lunes, 26 de mayo de 2025

Qué sensación

Ya hemos hablado aquí en ocasiones anteriores sobre el dilema que a veces se nos plantea entre leer o releer, entre dedicar nuestro tiempo a libros que aún no hemos leído o a libros que querríamos releer.

Lo cierto es que para mí ese dilema está dejando de serlo, porque cada vez me apetece más la relectura y a ella me estoy entregando sin resquemor.  

Es indudable que siempre cabe la posibilidad de que el libro elegido no nos guste más o ni siquiera igual que la primera vez. Es un riesgo inevitable. Y si por ese temor elegimos no releer, siempre nos quedará la duda, el desasosiego, el comecome de no saber cómo habría sido la experiencia.  En cambio, si elegimos leerlo y resulta que nos vuelve a gustar tanto o más que la primera vez, la sensación será, como mínimo, muy gratificante.

Y eso es precisamente lo que me ha ocurrido a mí en estos días con un libro en particular. Lo cierto es que en este caso concreto la relectura era especialmente arriesgada, porque el libro en cuestión es uno que leí hace mucho, mucho tiempo. En concreto cuando yo tenía doce años. 

Aunque quizá, ahora que lo pienso, lo arriesgado fue que leyera ese libro a esa edad, porque no se trata de un libro infantil ni mucho menos. El caso es que recuerdo muy bien la emoción que me produjo aquella lectura y cuánto la disfruté. Por eso seguramente no había vuelto a leerlo, por temor a romper el encantamiento de aquella primera lectura, cuyo recuerdo siempre me hecho sonreír con gratitud. Además éste fue el primer libro adulto que leí en mi vida, o al menos el primero que leí completo y con deleite, y eso, sin duda, se merece un respeto.   

amazon.comPor si tienen ustedes curiosidad, el libro al que me refiero es El misterio de Salem's Lot, la mítica novela de Stephen King. 

Como saben algunos de ustedes, desde aquella primera vez he seguido siendo lectora de King durante toda mi vida; he seguido su trayectoria literaria y conozco su evolución. Y yo, lógicamente, también he evolucionado como lectora, de modo que a pesar de mi confianza en el talento del autor, tenía cierto temor a que el libro y yo no volviéramos a conectar como conectamos entonces. Sin embargo, ahora puedo decir con satisfacción que la relectura ha sido un deleite, y me ha sorprendido muy gratamente que un libro que leí en la infancia tuviera tanto que decirme de adulta. ¡Qué sensación!

Porque lo cierto es que es ahora cuando me ha dicho mucho. En aquella lectura infantil me fascinó la historia en sí, la aventura, las peripecias de los personajes; ahora, sin embargo, he llegado mucho más allá, y he sido capaz de apreciar los méritos literarios y técnicos de la obra y su profundidad simbólica y psicológica, además de establecer conexiones con otras obras de King, conexiones que antes, naturalmente, no estaba a mi alcance percibir.

Por otra parte, también me parece interesante el detalle de que el ejemplar que he leído es el mismo que leí entonces, porque lo he conservado siempre: ha sobrevivido al tiempo, al polvo, a las mudanzas... Y esto le ha dado a la lectura una aún mayor dimensión emocional, y ha hecho que en todo momento yo haya tenido presente  a aquella lectora de doce años que leyó la novela por primera vez: la he visto en su habitación, con el libro, ese mismo libro,  entre las manos, pasando las páginas con emoción, descubriendo un mundo nuevo... Y como para completar la emotividad de este reencuentro literario, en algunas de las páginas he encontrado, con cierto temblor del corazón, la indecisa firma de esa niña, que quizá ya entonces quiso sentir que aquel libro era suyo, suyo y de nadie más.

Ya ven ustedes que esta relectura, tanto tiempo pospuesta por temor a la decepción,  ha resultado una experiencia muy especial, gratísima, y no solo en lo literario.

 

Imagen de la primera versión cinematográfica de la novela,
El misterio de Salem's Lot 
(Tobe Hooper,1979).


jueves, 1 de mayo de 2025

La impostora

Ya dije aquí, en alguna otra ocasión, que a veces me siento una impostora. Una impostora lingüística, concretamente. Esto me ocurre cuando utilizo frases hechas, proverbios o expresiones  cuyo significado literal no conozco en realidad. Conozco el sentido que tienen esas expresiones, claro, y sé cuándo utilizarlas; el problema es que hay en su composición alguna palabra cuyo significado literal, su significado independiente fuera de esa locución, ignoro.

Es lo que me pasaba, por ejemplo, con la palabra brete.  Yo decía, con toda precisión y seguridad, eso de "poner a alguien en un brete", o "estar en un brete", para referirme a un momento de dificultad, de apuro, a una situación conflictiva en la alguien no sabe bien cómo actuar o se ve incapacitado para actuar con autonomía. Pero no sabía que el brete, propiamente dicho, era un cepo para los pies, esos grilletes que impiden a los prisioneros moverse con libertad.

Aunque ya puse remedio en su momento a mi ignorancia respecto al brete y algunas otras palabras incluidas en este tipo de unidades léxicas, no dejan de aparecer a cada momento otras frases que, como decía antes, me hacen sentir como una impostora por utilizar palabras cuyo significado desconozco. Porque si alguien, en el momento en que pronuncio una de esas locuciones, me preguntara qué significa esa palabra concreta, me pondría en un brete, precisamente.

Es decir, no sabría cómo salir del atolladero. Vaya, aquí hay otra. Salir del atolladero. Está claro que esta frase significa resolver un problema, librarse de algún inconveniente o peligro, de algún conflicto o dilema. Pero ¿qué es específicamente un atolladero?

Pues literalmente un atolladero es un lugar donde se atascan los vehículos, los caballos o las personas, como por ejemplo un barrizal.  Porque atollar es lo mismo que encallar o tropezar, atascar o atrancarse. Es decir, quedarse inmovilizado, como si lo pusieran a uno en un brete, ni más ni menos.

dreamstime.com

Y no es extraño que uno, sea persona, caballo o carreta, se vea atollado en un barrizal si previamente han caído chuzos de punta. Y ahí vamos otra vez. Obviamente,  decimos "caer chuzos de punta" para referirnos a que llueve  con fuerza. Pero nuevamente he de preguntarme, contrita, qué es un chuzo.

Y una vez más el diccionario acude en mi socorro para sacarme de ese atolladero: un chuzo es un palo acabado en un pincho, en una punta de hierro, que se utiliza como arma. Es decir, un chuzo es una lanza o una pica.

Cabría preguntarse aquí, consecuentemente, por qué cuando llueve mucho decimos que caen chuzos de punta y no que "caen lanzas (o picas) de punta". Pero eso sería meterse en otro atolladero y por hoy ya está bien  de eso.


Foto Ángeles de los Santos


miércoles, 23 de abril de 2025

No estaría mal

 Esta entrada se publicó originalmente en Juguetes del viento el 7 de septiembre de 2018. 


No estaría mal, de vez en cuando,  poder vivir en ese mundo en el que todo tiene sentido.

En el que no quedan cabos sueltos.

En el que lo malo existe con una finalidad, no sólo por un motivo.

En el que nadie muere para siempre, porque lo pasado y lo futuro existen al mismo tiempo.

En el que la vida es un arte.

En el que las personas no hablan por hablar, ni  actúan por mera inercia.

No estaría mal, de vez en cuando, poder vivir la vida verosimil.

La que está hecha de palabras y pensamientos.

La coherente.

La que no defrauda.

La que sorprende pero no desconcierta.

La que emociona pero no abruma.

La que golpea pero no lastima.

La vida que a veces confunde pero nunca miente.

La que no busca ni espera nada, sólo ofrece.

No estaría mal, de vez en cuando, poder vivir en los libros.


pixabay.com



miércoles, 5 de febrero de 2025

Amor bajo control

Andrés Zabala llegó a la consulta abatido y demacrado.

—Usted dirá, señor Zabala, ¿a qué se debe su visita? —preguntó el doctor en psicología.

—A que desde hace un tiempo me devora la ansiedad. No como, no duermo, no disfruto, estoy siempre angustiado... 

—Entiendo —dijo el psicólogo llevándose la mano a la barba—. ¿A qué se dedica usted, señor Zabala?

—Soy propietario de una librería.

—Interesante. Y supongo que eligió usted esa profesión por vocación, ¿verdad?, por amor a los libros.

—Sí, señor. La literatura es mi pasión.

—Supongo que se hizo usted lector en la infancia.

—Así es. Aprender a leer y amar los libros fue todo uno.

—Entiendo. Y me imagino que tiene usted su casa también llena de libros.

—Efectivamente —dijo Zabala, que se entusiasmaba al hablar de cuestiones bibliófilas—. Vivo rodeado de los libros que he ido reuniendo a lo largo de mi vida. Incluso conservo todos los que leí de niño, de Amicis a Verne, y todos los que había en casa de mis padres, de Byron a Zola. —Y un tanto confuso añadió—: Pero ¿qué tiene que ver esto con mi problema de ansiedad?

Ignorando la pregunta, el psicólogo añadió:

—Y seguro que nunca se ha desprendido usted de ningún ejemplar.

—Por favor...

—Disculpe, no quería ofender. Pero dígame, ¿desde cuándo, aproximadamente, viene usted sufriendo esa ansiedad?

—Aproximadamente no; se lo puedo decir con exactitud: desde el 24 de marzo.

El psicólogo se acarició de nuevo la barba mientras meditaba brevemente. Entonces dijo:

—Me atrevería a decir que el 24 de marzo es su cumpleaños.

—Así es —respondió el paciente sin mostrar sorpresa.

—Y diría incluso que el pasado 24 de marzo cumplió usted 50 años.

—Sí, sí, claro. Esos datos estarán en mi ficha.

—Estarán, sí —dijo el doctor—, pero yo no veo nunca las fichas de los pacientes. Prefiero no conocer ningún dato a priori.

—Pues entonces, más que un discípulo de Freud, parece usted un alumno aventajado de Sherlock Holmes, si me permite decírselo.

—Se lo permito, por supuesto. Son posiblemente los más grandes conocedores de la mente humana. Pero sigamos con su caso, que me parece muy claro. Usted sufre de lo que llamamos «ansiedad de la abundancia». Ama usted tanto la literatura, y tiene tantos libros a su disposición que quisiera leerlo todo. Pero el día 24, al cumplir los cincuenta, que es media vida o más, tomó usted conciencia, aunque fuese inconscientemente, de que jamás podrá leer todos los libros que tiene al alcance de la mano. Eso le ha creado el estado de angustia y pesadumbre que lo atormenta.

—¡No me diga!

—Sí, señor Zabala, no me cabe duda. Usted es un bibliófilo, un bibliómano y un bibliófago. Incluso un bibliótafo, si me apura. El amor que siente por los libros es desmedido, desbordante, y ha llegado a tal extremo que ya no lo puede controlar y se ha convertido en un problema. Y es que el amor, de la clase que sea, hay que do-si-fi-car-lo. No se puede ir por la vida amando sin límites, sin medida, porque todo lo que se ama así, a barullo, a lo bruto, dejándose llevar por el apasionamiento, acaba por atragantarse.

—No irá usted a decirme que deje de leer...

—No, no, las soluciones drásticas pueden empeorar el problema. Pero sí debe moderar su amor. ¿Conoce usted la «teoría de las pequeñas dosis»?

Zabala negó con la cabeza y el doctor continuó:

—Esta teoría consiste básicamente en que las cosas que se toman en dosis pequeñas saben mejor, se aprecian mejor y por lo tanto se disfrutan más, y además no crean adicción. Que es lo que tiene usted: adicción a los libros, y por lo tanto tiene que desengancharse.

—Pero eso me va a resultar muy difícil.

—Claro. Tan difícil como es dejar el tabaco para el fumador empedernido; o como hacer dieta para el glotón irredento. Usted es un glotón de la lectura, por así decir, y deberá ponerse a dieta si quiere recuperar su bienestar.

—Pero es que precisamente a mí el bienestar siempre me lo han proporcionado los libros.

—Hasta ahora, estimado Zabala, hasta ahora. Pero en casos así, llega un momento en que el bienestar se acaba y empiezan los problemas.

Zabala asintió, resignado.

—Va usted a hacer lo siguiente —continuó el psicólogo en tono afable—: cuando esté en casa y le entren ganas de leer, lea, pero no se dé un atracón. Póngase un límite de, por ejemplo, veinte páginas diarias.

—Qué poco...

—Bueno, que sean veinticinco, pero ni una más. Y en la librería procure dominar su curiosidad por ver lo que cada libro encierra entre sus tapas. Cuando sienta ese deseo, distráigase con otra cosa; póngase, por ejemplo, a hacer crucigramas.

—Ah, pues me parece buena idea —admitió Zabala, algo más animado.

—Ya ve usted, si todo es buscar el lado bueno de las cosas.

 

Andrés Zabala salió de la consulta esperanzado. Había comprendido que las pasiones hay que controlarlas, no dejar que lo controlen a uno, y que todo exceso, antes o después se vuelve pernicioso.

Cuando llegó a su casa estaba decidido a hacer esa peculiar dieta que le había recomendado el psicólogo. Se sentía capaz, motivado, con un objetivo claro.

Al entrar en el salón contempló su biblioteca: tres paredes y media cubiertas de libros. Después fue a su estudio y observó otras tres paredes de libros más varias torres de ejemplares que subían desde el suelo a alturas diversas. A continuación entró en el dormitorio y suspiró al ver por todas partes estantes repletos de volúmenes.

Entonces volvió al salón, se acercó a una de las filas de libros y sacó uno de los más gruesos. Se sentó en su sillón de lectura y abrió el libro con deleite.

«Veinticinco páginas al día», recordó.

—Mañana empiezo la dieta, lo prometo —dijo en voz alta, como si hablara con el doctor.


Librería Feltrinelli (Milán)




 

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Invitados

La Navidad es tiempo de tradiciones, y en este blog somos afectos a las tradiciones. Al menos a algunas, y en concreto a las que hemos creado aquí nosotros y para nosotros.

Así que en estos días decembrinos en los que vamos despidiendo un año y nos preparamos para recibir otro, cumplimos con nuestra tradición de invitar a unos cuantos sabios para que nos dejen un regalo en forma de palabras.

Y en esta ocasión se han puesto de acuerdo para hablarnos precisamente de las palabras; de las que pensamos y de las que pronunciamos, ya sea por escrito o en conversación, y de la importancia de usarlas bien; de la dificultad de encontrar a veces las que necesitamos; de cómo pueden ser el sustento de una amistad; del poder que tienen para cambiar nuestro estado, para bien o para mal. Y de los males que las aquejan, como las dictatoriales restricciones a la expresión que a veces algunos imponen. Y de cómo las palabras, las palabras solas, pueden ser una fuente de felicidad.  

Esto es lo que, a través de los años y los siglos, nos dicen hoy y con la misma vigencia que cuando las pensaron por primera vez:

 

Es posible que le hubiera gustado hacerle esas confidencias a alguien. Pero ¿cómo referir un malestar indefinible que cambia de aspecto como las nubes y gira en torbellinos como el viento? Así que le faltaban las palabras y la ocasión y el atreverse.

 Flaubert. La señora Bovary (1856)

Pero nosotros hemos experimentado lo que hace indisolubles las amistades: hay entre nosotros ese intercambio constante de impresiones felices de una y otra parte que tal vez haga de la amistad, bajo este aspecto, algo más rico que el amor.

 Balzac. La falsa amante (1843)

 *

Soy, por vocación, traficante de palabras, y las palabras son, sin duda, la droga más potente utilizada por la humanidad. Las palabras no sólo contagian, infectan, envenenan, narcotizan y paralizan, sino que entran y cambian las células más ínfimas del cerebro.

 Rudyard Kipling. «Los cirujanos y el alma» (1923)

 *

Las únicas condiciones en que tales conversaciones especulativas pueden resultar agradables son la libertad para bromear, la posibilidad de cuestionar cualquier cosa siempre que no se use un lenguaje insultante, y la licencia para socavar o refutar cualquier argumentación sin ofensa al argumentador. Y a decir verdad, conversar se ha convertido en una actividad penosa para la mayoría de la gente a causa de las estrictas leyes que se imponen a las conversaciones, y de la pedantería y beatería dominantes entre quienes se alzan en dictadores de esas jurisdicciones.

---------------------------------------------------Shaftesbury. Sensus communis. Ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor en una carta a un amigo (1709)

*

Así que las palabras me servían, acaso más los adjetivos que los sustantivos, para contrastar la osificación del mundo […] Como ya de niño, cuando las buscaba en el diccionario y cada una de ellas parecía una diosa que nace del mar. Palabras inventadas y tiempo detenido: ésta es mi receta para ser felices.

 Gesualdo Bufalino. Argos el ciego (1984)

*

Cuando estaba escribiendo me olvidaba de estar triste. Me olvidaba de preocuparme por el futuro. Me olvidaba de dónde estaba. […] ¿Sabías que puedes sentarte delante de una pantalla o de un bloc de papel y cambiar el mundo? El cambio no dura mucho, el mundo siempre vuelve, pero mientras dura, es alucinante. Lo es todo. Porque puedes hacer que las cosas sean como tú quieras.

Stephen King. Billy Summers (2021)


***

Para todos ustedes, mis mejores deseos para lo que queda de este año y para todo el siguiente.


Vecteezy.com Vintage letter

Las citas corresponden a las siguientes ediciones:

Gustave Flaubert. La señora Bovary (Alba editorial, 2012). Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

Honoré de Balzac. La falsa amante (Ediciones Invisibles, 2019). Traducción de José Ramón Monreal.

Rudyard Kipling. Discursos (La Dragona, 2018). Traducción de Marta Gámez.

Shaftesbury. Sensus communis. Ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor en una carta a un amigo (Acantilado, 2017). Traducción de Eduardo Gil Bera.

Gesualdo Bufalino. Argos el ciego (Anagrama, 2006). Traducción de Joaquín Jorda.

Stephen King. Billy Summers (Scribner, 2021). El párrafo utilizado es traducción propia.


domingo, 17 de noviembre de 2024

La inteligencIA

Pienso mucho últimamente en la inteligencia artificial y todo lo que conlleva y va a conllevar, y la primera conclusión a la que llego siempre es que no sé qué me parece más temible, si la inteligencia artificial o la estupidez natural. Y también me pregunto si la inteligencia artificial no tendrá como contrapartida una estupidez artificial también, al igual que sucede en el caso humano.

Lo que me parece indudable es que si, hasta ahora, todo lo que sucede en el mundo ha dependido de la inteligencia y de la estupidez humana, a partir de ahora todo dependerá también de ese tercer factor, una inteligencia de otra clase que podrá superar a la inteligencia humana pero cuya posible estupidez difícilmente será superior a la estupidez humana.

Que conste que la IA me parece maravillosa en muchos sentidos, por ejemplo en todo lo relacionado con la ciencia médica y en todo lo que requiera una precisión y exactitud que el ser humano no puede alcanzar dada su propia condición humana, que está sujeta a emociones, dudas, deseos, miedos, intereses, olvidos, distracciones y temblor de manos.

Pero la IA también me parece temible por otros aspectos, que tienen que ver precisamente con lo mismo pero al revés: que no tiene emociones, ni recuerdos, ni sentido del humor...


Y sin embargo, lo más inquietante es que la IA pueda llegar a alcanzar tal grado de desarrollo y perfección que acabe siendo capaz de sentir, de pensar, de desear... es decir, de adquirir sentimientos y conciencia propia, como los humanos.

Pero entonces esto me lleva a otra cuestión: si la inteligencia artificial se volviera tan completa, tan compleja y tan humana como para llegar a tener sentimientos, conciencia, deseos, etc., ¿adquiriría con ello también la capacidad de meter la pata como un humano cualquiera? Y en ese caso, ¿no sería mejor quedarnos como estamos?

En fin, ya ven ustedes que  pensar en esto me genera un revoltillo de paradojas que me abruma y me confunde de tal manera que acabo por no saber realmente qué pienso de todo esto.

Entonces, por acotar el pensamiento y limitarlo a algo un poco más manejable, me centro en un uso concreto de la IA, como son los traductores automáticos. Si duda, es maravilloso poder disponer de una herramienta que nos permita comunicarnos con hablantes de cualquier idioma, aunque no sepamos ni una palabra de ese idioma. Esto probablemente implicará, entre otras cuestiones, que desaparezca el aprendizaje de idiomas, asunto que daría para mucha reflexión también.

Pero lo más inmediato es el uso que ya tienen los traductores automáticos. Hace poco leí un artículo sobre este asunto en el que se decía que los traductores automáticos no son fiables en determinadas situaciones delicadas, porque tienen aún ciertas limitaciones. Por ejemplo, pueden confundir palabras de ortografía o sonido similar, y no detectan las erratas, por lo que las palabras mal escritas las toman por otras, y las traducen por ésas sin percibir que no encajan en el contexto. Por lo tanto el uso de traducciones automáticas en sectores como la medicina o el derecho, o en situaciones bélicas, supone un riesgo gravísimo, ya que un error en esas traducciones puede dar lugar a una catástrofe, personal o colectiva.

Y es cierto. Imaginemos que un traductor automático confunde, por ejemplo, las palabras inglesas "probe" y "prove", es decir, que confunde "sondear/investigar" con "demostrar", y desde luego no es lo mismo investigar si alguien ha traficado con drogas que demostrar que ha traficado.

Pero lo triste del asunto es que este tipo de errores también los cometemos los humanos. ¿Acaso no vemos y oímos equivocaciones de este tipo por doquier, en cualquier tipo de texto escrito o discurso hablado?  De hecho, el error que he utilizado como ejemplo es real y lo cometió hace un tiempo un ser humano en televisión. 

Es decir, si nuestro consuelo o defensa ante la apabullante arremetida de la IA es que a veces se equivoca, ya podemos darnos por derrotados, porque nosotros seguiremos cometiendo errores pero la IA sin duda dejará algún día de cometerlos.

 

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viernes, 1 de noviembre de 2024

Traducciones simpáticas

Esta entrada fue publicada originalmente en Juguetes del viento el 22 de octubre de 2012. 


Terminaba la entrada anterior con una referencia a ciertas expresiones que se utilizan en español directamente, es decir, no en textos traducidos, sino elaborados originalmente en español. Son frases que en algún momento fueron traducidas de forma inexacta y que así se siguen reproduciendo.


Una de ellas es “más grande que la vida”,  traducción literal de “bigger than life”, expresión que equivale a extraordinario.
Se utiliza con frecuencia en críticas y comentarios sobre obras artísticas, por ejemplo películas y videojuegos, en frases como “Un cine más grande que la vida”. 

Y siempre con ese sentido de extraordinario, magnífico, sensacional, superior, excelente, sobresaliente, maravilloso, fuera de lo común, grandioso...

¡Anda!, cuántas formas tenemos en español para decir bigger than life sin tener que calcar la expresión inglesa…

Bueno, yo estoy segura de que las personas que han utilizado la expresión en estos textos saben perfectamente que es un ‘transplante’ lingüístico innecesario y tontorrón, pero a lo mejor les parece que queda muy chuli y moderno.

Nuestra segunda expresión del día es “truco o trato”, que, como todo el mundo sabe, es la versión española de “trick or treat”, la famosa fórmula que caracteriza la fiesta americana de Halloween.
Yo tengo dos teorías con las que me intento explicar por qué en un momento dado “trick or treat” se convirtió  en “truco o trato”.
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Primera teoría: lo tradujo alguien que sabía que trick significa truco y que treat significa tratar (verbo), pero no sabía que trick también significa travesura o broma, ni que treat (sustantivo) significa golosina, chuchería, regalo, detalle.

Porque al fin y al cabo de eso se trata: de dar golosinas o regalitos a los niños para que no te hagan una trastada.

Segunda teoría: se eligió esta forma a sabiendas de que “truco o trato” es una traducción muy poco atinada, para mejor imitar el ritmo y la sonoridad de la expresión original.

A colación de esto –y permítanme la tontería- intento yo imaginarme qué pasaría si los americanos nos copiaran a nosotros alguna de nuestras celebraciones tradicionales, propias y arraigadas en la tierra de los siglos. Por ejemplo, los desfiles procesionales de la Semana Santa, o la Feria de Sevilla, los Carnavales de Cádiz, las Fallas de Valencia…

Tendrían que transplantar al inglés expresiones propias de dichas fiestas, con el ridículo resultado de “To the heaven with her!” (¡Al cielo con ella!), cuando levantaran el trono o paso de la Virgen; o “Long live the Captive!” (¡Viva el Cautivo!), cuando pasa por las calles la figura del Cristo hecho preso; o “Excellent there, my soul! (¡Ole ahí, mi arma!); “What a salt-shaker you have!” (¡Qué salero tienes!).
Y cosas así.

La última expresión de hoy es “simpatía por el diablo” ("sympathy for the devil"), locución muy famosa y popular porque es el título de una canción de The Rolling Stones.
Pero, como muchos saben y algunos desconocen, sympathy no significa simpatía, sino compasión.
De hecho, en los diccionarios aparecen sympathy y compassion como sinónimos.
Una vez más, estamos ante una “fotocopia”,  una traducción palabra por palabra, de esas que tanto nos dejan en evidencia.

La expresión “sympathy for the devil” se usa en inglés cuando alguien manifiesta compasión o pena por alguien que no merece esa condolencia.
Si nos compadecemos de un canalla por el castigo que le impone la ley, alguien nos podrá decir que eso es “sympathy for the devil”.

Por otro lado, también se usa esta expresión para referirse a una narración que está planteada desde el punto de vista del malo.

The Rolling Stones, en su canción Sympathy for the Devil, juegan precisamente con los dos usos de la expresión: por un lado, la canción está escrita en primera persona y es el diablo el que se expresa (“Permitan que me presente/ soy un hombre que…”), y por otro, nos pide, él mismo, que tengamos compasión de él, pues quiere que le pongamos freno después de todas las maldades que ha cometido a través de los siglos: “Necesito un poco de control/ así que si se encuentran conmigo/ tengan la amabilidad/ muestren un poco de compasión…”

Como se ve, ni la expresión en sí  ni la canción tienen que ver con que el diablo nos resulte simpático ni nos caiga bien.

Es que el fenómeno de los “falsos amigos” es ciertamente muy curioso e interesante, sobre todo porque  parece un capricho lingüístico, una cuchufleta ideada por un duendecillo  que se divirtiera trasteando con las palabras. Pero es en realidad una mera y lógica consecuencia de la evolución del lenguaje y de los vaivenes que experimentan los significados de las palabras, según el uso que los hablantes hacen de las distintas acepciones de las mismas.
Una cuestión apasionante, ¿a que sí?



viernes, 4 de octubre de 2024

Seguro que no es para tanto


Dani pidió permiso para irse a su habitación y se levantó de la mesa casi sin haber comido.

Andrés, el niño no está bien —dijo la madre—. Ya lleva así una semana, sin ganas de comer, ni de jugar... Y además está estudiando demasiado, esforzándose demasiado. Eso no es normal en un niño de diez años.  

—Bueno, es que Dani es muy sensible, y lo del maestro le ha afectado mucho.

—Sí, pero... no sé... Tampoco es normal que no quiera hablar con nosotros.

—Mira, vamos a esperar unos días más, y si sigue así lo llevamos al psicólogo, ¿te parece?

Entonces sonó el portero electrónico.

—¡Dani, cielo! —llamó la madre después de responder—. Es Salva, que si quieres bajar.

 

Dani bajó a la plaza y los dos amigos se sentaron en el respaldo de un banco.

—¿Te gusta el maestro nuevo? —dijo Salva.

—Sí, está bien.

—Explica mejor que don Eugenio, por lo menos.

—Yo es que soy muy torpe para las matemáticas —dijo Dani con la mirada fija en el suelo.

—Qué va, no digas eso. Lo que pasa es que si no te explican bien... Y además regañaba mucho. A ti te tenía manía, se le notaba un montón.

Dani permaneció en silencio mientras Salva hablaba de cualquier cosa sin que él le prestara atención. Al cabo de un rato dijo:

—Salva... yo...

—Qué.

—No, nada.

—Dani, tío, estás muy raro.

—No, no me pasa nada.


Al día siguiente la madre se asustó al entrar en la habitación. Dani estaba acurrucado en la cama, tembloroso, y tenía las ojeras propias de un enfermo.

—Dani, cielo, ¿qué te pasa? Cuéntamelo, por favor, que estoy muy preocupada.

Después de titubear un poco, Dani se sentó en la cama, miró a su madre a los ojos y rompió a llorar. La madre lo abrazó y le dijo:

—No pasa nada, cielo. Cuéntame lo que sea, que seguro que no es para tanto.

El niño se abrazó a ella también, y entre hipidos, lágrimas y mocos dijo por fin:

—¡Ay, mamá, que yo he tenido la culpa!

—¿La culpa de qué, cielo?

—De lo de don Eugenio.

—¿Lo de don Eugenio? Pero cómo vas a tener tú la culpa de que al pobre hombre le diera un infarto, cielo mío.

—¡Porque yo lo pedí! —dijo Dani, llorando cada vez más.

—Ay, ay, chiquillo, qué dices —exclamó la madre, al tiempo que intentaba limpiarle la cara con su pañuelo.

—Que yo lo pedí, mamá, que yo pedí que se muriera... porque... porque me regañaba mucho y...

—Pero ¿cómo que lo pediste?

—Que sí, mamá. Que si pones unas tijeras dentro de un libro y pides que alguien se muera, se muere... pero yo lo hice porque me creía que era una tontería, y si hubiera sabido que era verdad no lo habría hecho... porque... aunque me tuviera manía... yo no quería que don Eugenio se muriera de verdad.

Dani hablaba y lloraba en el regazo de su madre, y ella, con una sonrisa de ternura, lo consolaba.


imagen generada con IA


  

jueves, 12 de septiembre de 2024

Aviso: contiene spoilers

Quizá hayan observado ustedes que en los últimos tiempos se imponen en el lenguaje cotidiano, con asombrosa celeridad, palabras y expresiones extranjeras que hasta no hace tanto no se usaban. Y que esas palabras y expresiones provienen casi exclusivamente del inglés. 

Que una lengua adopte y adapte palabras de otras lenguas es algo natural y propio del funcionamiento del lenguaje, y es una fuente de enriquecimiento del léxico propio y una forma de ensanchar nuestra capacidad de expresión. Es un intercambio que se produce entre idiomas desde que el mundo es mundo, como se suele decir.

Pero a mí me molesta un poquito el hecho de que esas nuevas adquisiciones léxicas sean en ocasiones una invasión más que un préstamo o una adopción,  en el sentido de que no solo se instalan en el habla común sino que desalojan a otras palabras propias, hasta el punto de que éstas acaban desapareciendo del uso y cayendo en el olvido.

Esto, me parece a mí, sucede cuando el idioma propio se ve atrapado entre el esnobismo y la ignorancia. Es decir, hay muchas ocasiones en que esos préstamos léxicos son innecesarios porque en nuestro idioma tenemos palabras que significan lo mismo, y sin embargo muchos dejan de utilizar las palabras  propias para lanzarse en brazos del extranjerismo, bien porque les parece más moderno y de más categoría (o sea, por esnobismo) o porque desconocen el vocabulario que les ofrece su propio idioma (o sea, por ignorancia).

Ejemplos de esto los encontramos en la calle y en los medios de comunicación a todas horas. ¿Recuerdan ustedes cuando se decían palabras como «boletín» o «boletín informativo», en vez de newsletter? ¿O cuando decíamos «tendencia», «tema candente», o «tema de actualidad», en vez de trending topic? Ya también se está desplazando «vegetariano» a favor de veggie, del mismo modo que muchos ya no dicen «moderador» ni «bulo» ni «artículo», sino comunity managerfake news y paper.

En fin, los ejemplos son innumerables, pero hoy quiero dedicarle unas líneas a una de esas palabras intrusas en particular. Se trata de spoiler.

Esta palabra me causaba, hasta no hace mucho, cierto recelo, porque no acertaba yo a encontrar la forma española que la tradujera directamente en algunos contextos, de modo que me preguntaba si no sería éste un caso de préstamo auténtico, es decir, de préstamo necesario porque en nuestra lengua no teníamos un término equivalente. Lo cual, la verdad sea dicha, me costaba darlo por sentado.

Como saben ustedes, spoiler (de spoil, estropear), significa «el que estropea» o echa a perder, y también «aguafiestas», y se  usa modernamente para referirse al hecho de desvelar una parte importante o crucial de un asunto, una película, obra literaria, etc. Así decimos, por ejemplo: «Dime de qué va la novela pero sin hacer spoilers»; «No te cuento más para no hacerte un spoiler», etc.

Pero es obvio que, antes de que se implantara el uso de spoiler en la lengua española, tendríamos alguna forma de referirnos a ese hecho de desvelar más de la cuenta. Y, en efecto, decíamos: «No me destripes la película que aún no la he visto»; o  «El bocazas de Pepito me ha reventado el final de la serie».

Como digo, hasta hace poco yo me preguntaba, intrigada, si no existiría en español la manera de decir eso mismo pero con un sustantivo en vez de con un verbo. Porque no se decía «No me hagas un destripe», ni «La reseña contiene destripes», ni nada semejante.

Y tampoco servía «aguafiestas», porque sólo se aplica a personas: «Pepito es un aguafiestas, me ha contado el final de la película».

Pues bien, no hace mucho, en un momento cualquiera, tuve una especie de revelación y me pregunté, de repente,  si la palabra inglesa spoiler y la española «expolio» tendrían un origen común o si estaría yo haciendo otra de mis habituales conexiones inconexas. Desde luego la semejanza entre ambas me pareció evidente, pero ya sabemos que la similitud entre dos palabras no siempre implica parentesco.

El caso es que después de que esa idea se presentara en mi cabeza como una visita que aparece sin avisar, no me quedó otro remedio que indagar un poco. Y así supe que «expoliar» (despojar, saquear) proviene del latín despoliare, que a su vez procede de spoliare (robar, saquear, y también descubrir o revelar),  de donde derivó «espolio», que después se transformó en «expolio».

Y a continuación comprobé fácilmente que spoil y por lo tanto spoiler proceden también, en efecto, de spoliare, por lo que no necesité más para saber que mi conexión  no había sido inconexa sino certera. 

Así pues, ya puedo decir con todas las de la ley frases como: «El prólogo del libro es un expolio total», o «Aviso, este artículo contiene expolios».

De todas maneras, el término spoiler está ya tan asentado en el habla española que no creo que nunca llegara a ser desplazado por «expolio», pero me da tranquilidad saber que en español tenemos este equivalente a nuestra disposición. Quién sabe si en algún momento nos puede venir bien.


dreamstime.com/roman soldier
Soldado romano dispuesto a spoliare

 

martes, 13 de agosto de 2024

El rudo erudito

Qué cosa más curiosa son las palabras.

A veces da la impresión —ya lo hemos dicho en ocasiones anteriores— de que tuvieran vida propia y tomaran decisiones conscientes, para sorprendernos, para reírse un poco de nosotros y para  hacernos saber que ellas son las que mandan.

Volví a pensar en todo esto hace poco, después de haber hecho una de esas conexiones inconexas que —como ya les he contado también otras veces— hago de vez en cuando, y que me hacen  tirar de un hilo suelto que acaba llevándome a una madeja compleja.

Y en este caso, ese hilo suelto fue la palabra «erudito», que por alguna razón estaba dando vueltas en mi cabeza. Me dije tontamente que «erudito» parecía un diminutivo, y que en caso de que lo fuera, la palabra original debería ser «erudo».  Ya ven ustedes las cosas a las que se dedica mi cerebro sin pedirme permiso ni nada.

El caso es que eso de «erudo» me dio risa, y pensé entonces que esta palabreja tontaina que acababa de inventarme estaba curiosamente cerca de «rudo», aunque sus respectivos significados no tuviesen mucho que ver. ¿O tal vez sí?

Entonces, claro, no tuve más remedio que indagar un poco en la cuestión, para ver si «rudo» y «erudito» estuvieran, por un curioso casual, emparentadas la una con la otra.

https://www.cervantesvirtual.com/portales/jose_cadalso/autor_biografia/
José Cadalso
(P. Castas Romero, 1855)

Y lo primero que aprendí es que «rudo», es decir, tosco, basto, o «que tiene gran dificultad para aprender lo que estudia», procede del latín rudis, «que está en bruto, sin pulir». Y que de rudis derivan, con toda lógica, «rudimento», que tiene el sentido de «primeros estudios de cualquier ciencia o profesión»,  y «rudimentario», que es aquello que está en sus inicios.  Por ejemplo: «Pepito se las da de experto en motores, pero sólo conoce los rudimentos de la mecánica». 
O «Me gusta la jardinería, pero sólo tengo conocimientos rudimentarios».

Pero lo que yo nunca hubiese esperado, a pesar de mis elucubraciones léxicas, es que de rudis derivase también, mire usted,  erudito. 

En efecto, «erudito», que es aquel que está «instruido en varias ciencias, artes y otras materias», es decir, el que es sabio, ilustrado, culto, proviene del latín eruditus, que es el participio del verbo erudire,  que significa "quitar la rudeza" o "desbastar".


Es decir, que el erudito es aquel al que se le ha quitado la rudeza; el que ha pasado de los rudimentos de una ciencia a conocerla con profundidad, y todo ello con un prefijo de nada. Convendrán ustedes conmigo en que mi invención de "erudo" tiene por lo tanto su lógica etimológica.

Pues bien, por muy interesante que me pareciera todo esto, resulta que lo mejor de mi rudimentaria investigación es que gracias a ella descubrí la maravillosa expresión «erudito a la violeta», que designa a aquel que solo tiene «una tintura superficial de ciencias y artes».

Quizá se pregunten ustedes, como me lo pregunté yo, de dónde procede esta exquisita locución, y puedo decírselo: procede de la obra Los eruditos a la violetaescrita en 1781 por el insigne don José Cadalso, quizá más conocido por sus Cartas marruecas.

Los eruditos a la violeta  es una obra satírica dedicada a los pedantes que sin saber de nada pretenden dárselas de conocedores de todo y se permiten opinar de todo, y tiene la graciosa forma de un curso en siete lecciones para convertirse en eso, en un erudito a la violeta, un sabelotodo de tres al cuarto.

Ya sólo me faltaba saber a qué se debe la denominación «a la violeta», y el propio Cadalso me lo explicó: es una alusión al perfume de violetas, que en la época era uno de los favoritos de aquellos frívolos sabiondos, petimetres con ínfulas de expertos.

Después de todo esto creo que podemos concluir que, en efecto, a veces el rudo y el erudito están muy cerca el uno del otro, y no sólo en lo etimológico.


httpsthesalonhost.combrief-history-of-salons
Ein Schubertabend in einem Wiener Bürgerhause (Julius Schmid, 1897)