sábado, 1 de octubre de 2022

Querido blog

Querido blog:

Discúlpame por el poco caso que te hago últimamente. Sé que te sientes un poco olvidado, un poco abandonado. Y sé que lo peor no es que yo no venga a escribir, a darte un nuevo texto para actualizar tu estado, para que te sientas vivo y atendido. Sé que lo peor, lo que más tristeza te causa, es que si no tienes entradas nuevas tampoco tienes la visita y los comentarios de los amable seguidores que te leen.

Debes saber que si no vengo a escribir no es por pereza, ni por dejadez ni por cansancio. Nada de eso: yo te echo de menos, no lo dudes. Y también echo de menos, cómo no, a esos lectores que tanta compañía nos hacen y que tanta vida y tantas ideas nos aportan.

Pero ya sabes lo que dicen: la vida se mete por medio y a veces nos mantiene tan ocupados con cosas del mundo exterior que nos deja sin tiempo, incluso sin energía, para dedicarnos a este otro mundo virtual, íntimo y silencioso, en el que nos sentimos tan a gusto.

A pesar de todo, no te preocupes, querido blog, que yo no te olvido. Cómo voy a olvidarte después de tanta alegría y tantas satisfacciones como me has proporcionado; después de tantos ratos estupendos que llevo pasados aquí, durante doce años. Cómo voy a olvidarte si eres parte de mí.

Ya pronto vendré de nuevo, y así verás que aunque a veces tarde un poco, siempre vuelvo. Y espero que esos lectores a los que  tanto aprecias y tanto añoras vuelvan también para seguir haciéndonos compañía y compartiendo con nosotros sus agudas reflexiones, su afecto y su salero.

Así que hasta muy pronto, querido blog, y no olvides que siempre te llevo en el corazón.


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martes, 23 de agosto de 2022

Perspicere

Hace un par de días me topé, en un texto en inglés, con una palabra (una de tantas) que no conocía: perspicuity. Me sonó en seguida a perspicacia, pero como este significado no encajaba del todo bien en el contexto y además yo siempre ando atenta a los falsos amigos eché mano al diccionario sin dilación para asegurarme. 

El diccionario me dijo que perspicuity significa, precisamente, perspicuidad. Es decir, perspicuity no es un falso amigo sino un amigo verdadero, un amigo que es lo que aparenta y aparenta lo que es. 

La equivalencia española, la palabra perspicuidad, me era desconocida, obviamente, así que la busqué también, y el diccionario me indicó que significa "claridad", "precisión", "lucidez", y que el adjetivo correspondiente es "perspicuo". 

Y como estos conceptos de claridad y lucidez encajaban a la perfección en el texto inglés en el que encontré perspicuity, podría haberme quedado ahí, con mi duda resuelta y tan contenta.

Pero como perspicuidad y perspicuo sonaban también, claramente, a perspicacia,  recurrí entonces a mi querido amigo el diccionario etimológico, para ver si me equivocaba mucho o si iba por buen camino. Ya saben ustedes que, al igual que con los falsos amigos, también hay que andar atentos a la traicionera paretología o etimología popular, que nos lleva a asociar palabras por intuición, cuando la similitud entre ellas nos hace pensar que una debe de provenir de la otra.

Lo cierto es que no me equivocaba del todo, porque tanto perspicuidad como perspicacia (y perspicuo y perspicaz) derivan del latín perspicere, que significa "mirar atentamente o a través de algo". 

Ya sí que tenía resultas todas mis dudas respecto a estas palabras, pero más allá de lo puramente semántico y etimológico, todavía me esperaba otra sorpresita. Resultó que ese mismo día, por la noche, un amigo con el que mantuve una breve conversación por whatsapp, me dijo, por algo que no viene al caso, que yo había sido muy perspicaz. Sonreí para mis adentros al recordar que por la tarde yo había estado dándole vueltas a esa palabra precisamente. 

Pero para redondear aún más la cosa, durante la conversación este amigo hizo referencia al famoso relato de Borges "Funes el memorioso", y como hacía mucho de la última vez que lo leí, no recordaba determinados detalles. Lógicamente, al cabo de un rato ya estaba yo con un volumen de Borges en las manos, releyendo el relato, y al llegar al segundo párrafo me encontré con esta frase: "Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo."

Por un momento me quedé mirando al vacío, pasmada ante semejante coincidencia. Después, en cuanto me repuse del asombro, me dije que tenía que contarles a ustedes este caso casual, tan portentoso, me parece a mí, que se diría ideado por el propio Borges.


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domingo, 17 de julio de 2022

Una víctima discreta

(Divertimento veraniego)


Radio 24, veinticuatro horas de información, veinticuatro horas de actualidad...

la policía investiga el asesinato de un hombre  que fue hallado sin vida el martes pasado en su domicilio. Los vecinos del inmueble en el que residía la víctima han prestado declaración…

 

—No, yo no vi ni escuché nada, pero viviendo en el 7º es normal que no me entere de lo que pasa en el 3º... Me enteré porque vinieron los vecinos del 4º a decírmelo. Es que aquí todo el mundo cuenta conmigo para todo, sabe usted, me lo consultan todo, cosas de la comunidad, del banco... porque yo tengo mucho conocimiento para esas cosas, los papeleos, los trámites. Podría haber sido abogado si hubiera querido. A este hombre, el fallecido, lo conocía poco, parece que no hablaba con nadie, que era muy discreto. Aunque creo yo que tenía amistad con alguien del 8º. Un par de veces lo vi en mi rellano mientras yo esperaba el ascensor y él subía por las escaleras. Un poco raro me pareció. Las dos veces me dijo que iba a la azotea, aunque yo no le pregunté. Me parece a mí que lo decía para justificarse. Yo tengo mucho ojo para eso, sabe usted, en seguida me doy cuenta de cómo es cada cual. Podría haber sido psicólogo. Pero se le veía buena persona, eso sí. No lo veo yo metido en ninguna clase de jaleo. Yo creo que  lo han matado por error, que iban buscando a otro y se han equivocado de hombre. Investiguen ustedes por ese lado, háganme caso, que yo tengo mucho ojo para estas cosas. Podría haber sido policía.

***

—Era uno de esos… de los que espían a las mujeres. A mí por lo menos me espiaba. Se ve que estaba obsesionado conmigo... Sí, por ejemplo, su lavadero está frente al mío, y cada vez que yo tendía mi ropa me daba cuenta de que él estaba detrás del visillo, mirándome. Y cuando tendía él, aprovechaba para mirar con disimulo mi tendedor. Y no creo que le interesaran mis paños de cocina, ya me entiende usted. Y otra cosa: siempre que entraba o salía de su casa, miraba hacia mi puerta, no fallaba... Pues lo sé porque lo veía por la mirilla... No, siempre estaba solo. Salía para el trabajo a las ocho y  volvía a las tres menos cuarto; algunas veces después de las tres, cuando pasaba por el súper antes de subir... Pues lo sé porque siempre que llegaba después de las tres venía con un par de bolsas. Y ya no volvía a salir. Era de costumbres fijas, eso se lo puedo asegurar. Bueno, algunas noches lo vi que salía y se iba por las escaleras. A mí me parece que tenía amistad con alguno de los vecinos de arriba,  pero no subía en el ascensor. Otra de sus rarezas. La verdad es que a mí no me extraña mucho lo que le ha pasado,  porque estas personas así, un poco perturbadas, nunca se sabe con quién se juntan ni en qué líos andan.

 ***

—Menuda faenita para ustedes, ¿no? Un muerto ahí, sin pistas, sin huellas, sin móvil. Bueno, móvil tendría el hombre, digo yo, je, je... ¿No me ha entendido usted? Digo que no hay móvil para el asesinato, como dicen en las películas, pero que un móvil tendría, ¿no? Sí, hombre, un móvil, un teléfono móvil... No, yo no lo conocía mucho, sólo de buenos días y buenas tardes. No, no escuché nada. Yo vivo en el quinto. En el quinto pino, ja, ja. ¿Y sabe usted dónde vive el ciego? Pues en el no-ve-no-ve, ja, ja. Joder, pues sí que son serios ustedes, madre mía... No, en realidad no lo conocía, era de esas personas discretas, que pasan desapercibidas. Vamos, que no se va a notar mucho que se haya muerto.

 ***

—Yo vivo en el 2ºA, o sea debajo del pobre Ernesto. Qué buen muchacho era, tan discreto y tan amable. Siempre que coincidía con él me ayudaba. ¿Cómo dice usted? No, si hubiera habido algún ruido yo lo habría oído. Mi mujer dice que exagero, pero no es verdad, los ciegos oímos mucho mejor que la mayoría. Por las mañanas yo oía su despertador, la ducha, la cafetera... así que imagínese usted si habría oído una discusión o una pelea. Yo creo que quien haya sido era alguien que conocía y él mismo le abrió la puerta.  Y entonces lo mataron sin que él se diera cuenta, por detrás. Pobre hombre... ¿Cómo dice? No, siempre iba sólo, por lo menos yo nunca lo oí hablar con nadie.

 ***

 —Sí, en el 8º C vivo yo. No,  yo no trataba con él, no he hablado nunca con él. Era un hombre muy discreto... o sea, eso es lo que he oído decir, porque ya le digo que yo no lo conocía. ¿Que yo tenía amistad con él? No, señor, de eso nada... Pues el que le haya dicho eso es un mentiroso. A la gente le gusta mucho meter las narices en la vida de los demás... ¿Que subía a mi casa? Ni hablar, es imposible que nadie nos haya visto. O sea, que nos hubieran visto en caso de que… en fin, que no, que yo no tenía ningún trato con él, ya se lo he dicho...

***


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lunes, 27 de junio de 2022

La isla de las emociones

En estos días veraniegos Juguetes del viento ha celebrado su decimocuarto aniblogsario. Es lo que se llama un blog persistente. Y para celebrar estos catorce años me gustaría recordar junto con ustedes, que tanto tienen que ver con la perdurabilidad de este espacio,  una de las muchas entradas que conforman la historia del blog. Espero que les guste y que sigan acompañándome como hasta ahora, aunque yo no sepa expresar cuánto agradezco su presencia y cuánto me inspira

*


Yo sólo creo en los cuentos/nunca apuesto por la verdad,
sé que la vida es un sueño/pero el libro es real.
Yo no confío en los hechos/no me pone la realidad
es más fuerte un solo poeta/que una tropa vulgar.
(Conde. El último de los creyentes)


No hace mucho, leyendo La educación sentimental de Flaubert, volví a comprobar  que las novelas están escritas para cada uno de nosotros, para decirnos algo que nos hace falta o nos conviene saber.

En esta ocasión en particular, al leer determinados pasajes de la novela he comprendido lo que una persona allegada a mí me decía hace unos meses y que yo no llegaba a entender. Y en general, leyendo las vicisitudes de los protagonistas de la historia he visto reproducidas actitudes ajenas y propias y he comprendido con claridad el porqué de unas y  las repercusiones de otras.

Estos efectos que tienen las novelas, las historias en general, los constatamos en muchas ocasiones. Cualquier persona que tenga el hábito de leer ficción, especialmente lo que solemos llamar “gran literatura”, habrá tenido esa sensación de que la historia parece escrita expresamente para quien la lee; de que el autor, con lo que le cuenta, le da pistas para entender mejor las relaciones humanas y por lo tanto le ayuda a vivir mejor.

Que un escritor nos hable a nosotros personalmente, a través del tiempo, de los siglos incluso, puede parecer cosa esotérica o ensoñación de mentes románticas. Y puede que incluso nos guste considerar que así es. Pero lo cierto es que esto tiene fundamento científico.

Parece ser que nuestro cerebro se maneja mejor con los cuentos que con los hechos, como dice el poeta. Y es que recordamos mejor, entendemos mejor y aprendemos más de aquello que se nos cuenta con estructura narrativa y con personajes que actúan e interactúan entre sí. En cambio, la mera información  sobre  hechos determinados deja en nuestro cerebro una impresión mucho más leve y pasajera.

¿Y por qué ocurre esto? Cuando nos hablan o leemos sobre cualquier asunto, las palabras mediante las cuales recibimos esa información llegan a  las áreas del cerebro encargadas  de procesar el lenguaje. Entendemos el mensaje, pero  ya está.

Sin embargo, cuando nos narran una historia se ponen en funcionamiento no sólo esas áreas que procesan el significado de las palabras sino también otras áreas que  se activan cuando experimentamos en la vida real hechos similares y las emociones correspondientes.

Dicho de otro modo, nuestro cerebro no establece diferencias entre las sensaciones y sentimientos que experimentamos en la vida real y los que experimentamos a través de una historia. Y nos identificamos con los personajes y las situaciones porque recibimos esa “sensación de realidad”, e incluso la asociamos con experiencias similares previas.

Curiosamente, hay un área del cerebro relacionada con las emociones, una “pieza” fundamental llamada ínsula, que es bastante desconocida aún. Es ahora, desde hace pocos años, cuando los científicos están empezando a comprender su función y su importancia en el proceso de las experiencias emocionales y físicas que van asociadas a diferentes estímulos.

Por eso yo, a partir de ahora, cuando lea una historia, además de darle las gracias a Flaubert y a quien corresponda en cada caso, por sus enseñanzas, me acordaré también de esa ínsula misteriosa, de esa pequeña isla en la que se esconde el mapa secreto de nuestras emociones.






Entrada publicada originalmente el 21/02/2015

viernes, 20 de mayo de 2022

Tigres siberianos

No me canso de decirlo: en las palabras hay magia. La forma en que se relacionan unas con otras, ya sea  como hermanas o bien como familiares lejanos en los que es difícil percibir el parentesco; la manera en que derivan unas de otras, aunque  después cada una siga su propio camino, y las formas en que nos revelan sus misterios, todo eso sin duda tiene que ver con la magia.

Y así, cuando tarde o temprano descubrimos esos parentescos, las relaciones misteriosas que a veces tienen las palabras,  nos asombramos tanto como si un mago sacase de la chistera, en vez de un conejito blanco o una paloma, un tremendo tigre siberiano.

Como ya saben ustedes, a mí me dan unos terribles ataques de curiosidad cuando me cruzo con una palabra que no conozco o que me hace pensar en otra con la que le sospecho un origen común. Y en este segundo caso mi departamento cerebral de paretología (o etimología popular) me lleva a atribuirles algún parentesco.  Y entonces, claro está, no me queda más remedio que hurgar en la chistera a ver si descubro algún tigre siberiano.

Es lo que me ocurrió no hace mucho con la palabra présbite.

Leí en un libro que uno de los personajes leía el periódico alejándolo de sí "porque era présbite". Yo en seguida pensé que "présbite" debía de ser otra forma de "presbítero", es decir un eclesiástico de determinado rango. Pero claro, al mismo tiempo me pregunté qué tendría que ver el rango eclesiástico con el hecho de tener que alejar el periódico para leerlo.

Entonces se me apareció, como flotando delante de mí, la palabra "presbicia", y me dije: "Tate, ¿será que la persona que padece presbicia es présbite, lo mismo que el que padece miopía es miope?"

Y efectivamente, en seguida comprobé que el présbite es quien padece presbicia. Y de camino supe que la palabra presbicia procede del francés presbytie, y éste a su vez del griego presbytes, que significa, fíjense, "anciano". Es decir, que hacerse mayor, o sea, présbite, nos aboca a la presbicia. O, al revés, padecer presbicia nos convierte en présbites, ya que la presbicia aparece con la edad.

Pues bien, ya había descubierto lo referente a "présbite", pero me quedaba el cabo suelto del "presbítero". Puede que fuese cosa de mi departamento de etimología popular, pero el caso es que me parecía clarísimo el parentesco entre  el présbite y el presbítero. Así que curioseé un poco más en la chistera y resultó que no me equivoca. En efecto, existe la sospechada relación, ya que "presbítero" proviene del latín presbyter y éste del griego presbýteros, que significa literalmente "más anciano".

Es decir, cuando un eclasiástico llega a presbítero no es ya sólo presbytes (anciano) sino presbýteros, por lo cual lo más probable es que padezca presbicia. Así, además de presbítero será présbite, lo cual convertiría al presbítero prácticamente en una redundancia de sí mismo.

Ocurre con las palabras  como con la magia, que nos despista y nos hace dudar con sus pases de acá para allá, con sus vueltas y revueltas, pero siempre acaba mostrándonos algún fascinante tigre siberiano.


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domingo, 24 de abril de 2022

No sólo para leer

Algunas personas llegan a reunir una cantidad importante de libros, y en esos casos es habitual que otras personas les pregunten si los han leído todos. Como si los libros sólo se tuvieran por su utilidad como fuente de lectura. Si así fuera, desde luego, carecería de sentido tener muchos más libros de los que se pueden leer en una vida.  

Pero los libros se tienen por otras razones, además de para leerlos. Por algo existen palabras como bibliomanía y bibliofilia, o esa otra, japonesa, que están tan de moda (aunque se originó en el siglo XIX), que es tsundoku, y que se usa para referirse a los libros comprados y no leídos que se van apilando en casa.

El caso es que parece difícil explicar, a quien no comparta esa pasión de la bibliomanía, por qué se tienen los libros a pesar de que posiblemente no se vayan a leer nunca. Ni siquiera Umberto Eco, el gran sabio, tenía una respuesta definitiva, sino varias diferentes, para cuando le preguntaban si había leído los treinta mil volúmenes que tenía en casa.  Y una de ellas, según cuenta él mismo en Nadie acabará con los libros, era: "No, no he leído ninguno de estos libros. Si no, ¿para que iba a tenerlos?" 

Según esta respuesta,  la verdadera biblioteca sería la de los libros no leídos, lo que me parece una idea interesante.

Sobre este asunto de la acumulación de libros he leído últimamente diversos artículos. Y me ha llamado la atención que en todos ellos se repiten las mismas ideas y los mismos argumentos.  Por ejemplo, se dice que no hay que sentirse culpable por tener libros sin leer amontonados en casa. Y que lo bueno de esos libros sin leer es que son un recordatorio de nuestra ignorancia, de lo mucho que nos queda por aprender. Y para rematar, se hace referencia frecuente al término antibiblioteca, acuñado por el ensayista Nassin Taleb para denominar esas colecciones de libros no leídos, y que a mí, por cierto, me parece una palabra muy fea y desacertada.

Es decir, al mismo tiempo que defienden la "manía" librera, que la ensalzan y la recomiendan, hablan del asunto en términos muy negativos. Porque, vistos así, da la sensación de que los libros fuesen algo malo asociado a la culpabilidad; y de que fuesen como institutrices regañonas que nos reprocharan nuestra incultura. Y como si los libros se leyesen con la finalidad de adquirir conocimientos.

En ninguno de esos artículos se habla del puro deleite de leer, de disfrutar con una historia y con un lenguaje esmerado. Ni de la relajación, la evasión, la diversión y las emociones diversas que un libro puede hacernos sentir; ni de la compañía que proporcionan, o el consuelo que puede traernos el vernos reflejados en sus personajes y situaciones.

Todo eso puede darnos la lectura,  y yo creo que para eso leemos. Por eso tener libros sin leer a mí no me hace pensar en lo ignorante que soy, sino en los buenos ratos que esos libros me proporcionarán, de un modo u otro. Cuando veo libros sin leer no veo maestros dispuestos a llenarme la cabeza de conocimientos. Lo que veo es un mundo de posibilidades, todas felices. Creo que eso son los libros: una posibilidad, una promesa de gratas emociones. También de conocimientos, por supuesto, pero mucho más que eso.

A mí, como a tantas personas, me gusta tener libros a mi alrededor, porque eso me hace sentir que el mundo es infinito y está lleno de vidas y circunstancias, todas interesantes; que hay muchas otras realidades dentro de la realidad en la que vivimos, muchos "mundos posibles", lo que enriquece de manera incalculable nuestra visión de las cosas y de nosotros mismos. Y no siento más que gratitud al pensar en la inteligencia, la sensibilidad y el trabajo de quienes tienen la capacidad de crear realidades y emocionarnos con ellas.

Creo que no hay que explicar ni justificar el amor a la lectura ni la pasión por los libros, como fuente de lectura y como objetos, porque es algo que resulta natural, innato y consustancial para quien lo disfruta. Y para quien necesite explicaciones quizá ninguna sea suficiente. Pero el caso es que  hablamos de ello constantemente, quizá porque el hecho de hablar de lo que amamos es una consecuencia inevitable de ese amor.


 


lunes, 28 de marzo de 2022

Mi aleph

(Inspirado por "El aleph", de J. L. Borges)


Abrí la doble puerta del armario, y allí, delante de las toallas, estaba el aleph. Flotaba ingrávido como una pompa de jabón, irisado, satinado y perfecto. Acerqué el dedo para tocarlo, pero temí alterar su naturaleza y retiré la mano. 

Di un paso atrás para contemplarlo mejor, pero en seguida las imágenes que contenía —o que generaba a cada instante, no lo sé— hicieron que perdiera de vista la esfera en sí y sólo pudiera concentrarme en el espectáculo imposible que me ofrecía.

Allí, en aquel orbe maravilloso, pude verlo todo, lo accesible y lo inaccesible. Pude ver las nubes en movimiento y las gotas de agua que contenían; los mares calmos y los bravos y un volcán en erupción; pude ver la primera casa en la que viví y la última en la que viviré; pude ver  a mi madre consolándome lágrimas infantiles; pude ver las muñecas con las que jugué y mi próximo viaje a París; pude ver un prado verde blanco de margaritas, y una locomotora de vapor; los rascacielos luminosos de Tokio y a un hombre que fumaba a escondidas en el baño de un hospital; pude ver un iglú y un molino de viento y un faro en el mar, y pude ver las auroras boreales.

Pude ver a las mujeres con miriñaque paseando por Regent Street y la nebulosa marca que un cuadro desaparecido había dejado en una pared;  pude verme dormida y pude ver el sueño que estaba soñando; pude ver la huella humana en la luna, y en el fondo de una mina negra, el brillo de un diamante; pude ver melodías y flores; pájaros y libros; pude ver un cementerio olvidado y una rosa aún viva sobre una lápida; pude ver a mi primer amor besando a su primer amor; y a Dickens visitando a Poe; pude ver rocas ingentes en mitad de un bosque y una hormiga que cargaba una hoja de eucalipto; pude ver una batalla de espadas y a un niño que brillaba delante de un árbol de Navidad; y pude verte a ti y a mí viéndote a ti.

Y al poder verlo todo me sentí suprema y me sentí minúscula, y después lloré porque ya no me quedaba nada con lo que soñar. 


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domingo, 6 de marzo de 2022

Libros únicos

Sé que a muchas personas no les gustan los libros de segunda mano, y eso algo que, por supuesto, no me cuesta comprender.

Sin embargo, ya lo he dicho aquí muchas veces, a mí me parece que los libros usados tienen un carácter especial, porque llevan en sí la esencia de una vida anterior, en la que los amaron, los disfrutaron, o tal vez los desdeñaron. Son libros con experiencia, libros que han vivido y que llegan a nosotros buscando otras manos, otros ojos que sigan dándoles utilidad, sacando provecho de ellos; o tal vez esperando el aprecio que aún no han recibido.

También hemos hablado ya aquí de libros que se ponen a la venta en segunda mano llevando en su interior, como si fuese un corazón, una carta, una nota, un mensaje que los hace únicos, aunque haya por el mundo miles de ejemplares del  mismo título.

Hace un par de semanas un amigo me mostró un libro que había comprado por internet, de segunda mano, a un vendedor particular. El libro está impecable, muy bien cuidado, y tiene las iniciales de su dueño anterior escritas a lápiz, en la esquina superior derecha de la guarda. Una firma discreta, un "ex libris" manual y humilde, que no quiere molestar.

Dentro del libro, y esto es lo que me interesa contar aquí, había una carta. Una carta llena de amor que la vendedora, hija del dueño del libro, había incluido al enviar el ejemplar.

En la carta, la vendedora  se presenta y da las gracias al comprador por su pedido, y a continuación cuenta brevemente que dicho libro es uno de los veinticinco mil volúmenes que conforman la biblioteca de su padre, fallecido el año pasado y que fue reuniendo desde pequeño.

Ahora ella, como heredera de tan magnífica colección, ha de dejar que los libros salgan al mundo, para que lleguen a otras personas, a otros lectores que tendrán así la oportunidad de disfrutarlos, de beneficiarse  del tesoro intangible que cada uno conserva entre sus páginas.

La autora de esta conmovedora carta habla de los "amados libros" de su padre, que ahora "tienen la oportunidad de escribir una nueva historia", y añade que está segura de que eso es lo que a él le habría gustado.

Sin duda, como también hemos dicho ya en otras ocasiones, los libros de segunda mano tienen dos historias que contar: la que recogen sus páginas y que todos podemos leer, y la historia particular de cada volumen, que no queda recogida en las páginas pero que de alguna manera impregna el libro, y que la mayoría de las veces sólo podemos imaginar o soñar.

No obstante, algunas veces, gracias a la especial sensibilidad de una persona, tenemos la extraordinaria posibilidad de conocer esa segunda historia de un libro, esa historia paralela y exclusiva, que puede llegar a emocionarnos igual que una de nuestras novelas favoritas.


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sábado, 19 de febrero de 2022

Lenguaje tecnoflash

Ya en otras ocasiones hemos dedicado espacio en este modesto blog a ese lenguaje superchuli y megaguay que utilizan algunos para darle lustre y realce a su discurso. Sobre todo cuando ese discurso es un poquito simplón.

Quizá algunos de ustedes recuerden aquellos casos de lenguaje memotécnico que tanto deleite proporciona al oyente atento; o ese lenguaje ténico cuya utilización queda sólo al alcance de los más expertos y sofisticados hablantes.

Lo mejor del asunto es que estas palabras y expresiones tan pintureras y campanudas no dejan de aparecer y prosperar como florecillas regadas con el agua de la modernidad y la innovación. Y, para remate del tomate, estas florecillas reciben cada vez con más frecuencia el abono de la lengua anglosajona, lo que, sin duda alguna, fortalece su carácter rutilante y mentecato.

Como ejemplo de lo que estamos diciendo, valga el caso de las personas que, al ser amantes de estas expresiones técnicas y novedosas, no van al médico, sino al "proveedor de atención médica"; o el de aquellos que intentan venderte un "centro de fregado", mientras te ofrecen un simple cubo y una fregona.

Otros, amigos del extranjerismo, dicen que hay que cuidar "lo que es el fitting de los vestidos", o sea, que hay que procurar que el vestido que te vayas a poner sea el adecuado. Qué gran idea.

Y otros, dedicados al mundo empresarial, nos dicen que tienen intención de "convertir Barcelona en un hub", que por suerte significa "eje" o "centro". Menos mal. Por otro lado, nos dicen también que las empresas "están poniendo el target en los jóvenes". Esto puede ser más preocupante, ya que, entre otras cosas, el target puede ser el blanco o la diana. Pero cabe pensar que se refieren a que el público al que se dirigen las empresas son los jóvenes. Es lo malo del lenguaje tecnoflash, que nos deja a muchos atribulados y cariacontecidos.

Pero claro, cuando un organismo oficial dedicado a la gestión de la enseñanza, a velar por la formación académica de la muchachada, dice que a partir de ahora no se hablará de "alumnos suspensos" sino "en proceso de logro", ya debemos ir preparándonos para cualquier cosa.

En fin, son las consecuencias de la modernidad a toda costa; de las ganas de no dejar nada como estaba, por muy bien que estuviera; de la pasión por la innovación tontorrona y de las ínfulas creativas que tienen muchos que probablemente no tienen mucho que hacer.  


 

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viernes, 4 de febrero de 2022

Lagofrío

Diego y Laura llegaron a Lagofrío pocos días después de que el servicio de excursiones hubiese cerrado hasta la siguiente temporada.

Y en realidad eso era lo que Diego había esperado. A él no le interesaban las excursiones turísticas para ver pelícanos y pescar cangrejos. Lo que quería era ir al islote de Los Justos, para fotografiar las ruinas de la ermita  durante uno de aquellos atardeceres dorados y líquidos que ofrecía el lago.

Sabía que algunos pescadores de la zona alquilaban sus barcas si les pagaban bien, y  no tuvo problemas para encontrar uno con el que llegar a un acuerdo.

—¿Sabe usted manejar una de éstas pequeñas? —le preguntó el pescador.

—Sí, sí, tengo cierta experiencia.

Diego y Laura subieron a la barca y el pescador observó cómo la ponían en marcha e iniciaban el recorrido.

Cuando ya estaban cerca del islote, que se alzaba en medio del agua como una pirámide cubierta de filigrana verde, Diego apagó el motor.

—Quiero hacer unas cuantas fotos aquí también, con la cámara a ras del agua. 

—Sólo tenemos una hora de alquiler —le recordó Laura.

—Sí, tranquila, cinco minutos y seguimos.

Sin embargo, al cabo de esos cinco minutos fue imposible volver a encender el motor.

—Vaya, parece que se ha averiado —dijo Diego, después de intentarlo varias veces.

—¿Cómo que se ha averiado? —dijo Laura, algo alterada—. Prueba otra vez.

—No te preocupes. En el peor de los casos vendrá el pescador a buscarnos si pasa el rato y no volvemos, eso seguro.

—Pero sigue probando —insistió Laura. No vamos a quedarnos aquí una hora.

Diego intentó varias veces más poner en marcha el motor, pero fue en vano.

—Es que no teníamos que haber venido los dos solos, y menos fuera de temporada.

—Laura, venir en temporada es absurdo. Esto parece una feria con tanto turista, y así es imposible hacer las fotos que yo necesito.

La barca se mecía al ritmo del atardecer, que iba llegando con lentitud por el horizonte. El vuelo recto de unos patos salvajes se ondulaba en el agua, y los bosques que rodeaban el lago empezaban a ensombrecerse.

—Eres un irresponsable, Diego. Y yo una idiota por venir contigo.

—Ah, ahora soy un irresponsable. Cuando íbamos a pasar un fin de semana romántico, haciendo fotos y disfrutando de este paisaje increíble, no te parecí ningún irresponsable.

—Porque me lo pintaste todo tan ideal que me convenciste. Como siempre, Diego, que siempre me convences y siempre acabamos haciendo lo que tú quieres.

—¡Pero bueno! Si llevas un año diciendo que querías venir conmigo alguna vez.

—Pues claro, porque desde que empezamos a salir yo me quedo casi todos los fines de semana en casa, mientras tú andas de acá para allá con la excusa de las fotografías.

—¿La excusa de las fotografías? Te recuerdo que es mi trabajo, por si se te ha olvidado.

—Bueno, pero no me dirás que no te lo pasas bien con tu trabajo.

El sol seguía descendiendo y el cielo se iba llenando de colores inmensos que convertían el lago en un manto de terciopelo cobrizo y añil. Y el islote se volvía fantasmal.

—Lo que pasa es que no te fías de mí, Laura, reconócelo de una vez.

—Pues mira, no, no me fío. Ea, ya está reconocido. Y tú sabes que tengo motivos para no fiarme.

Diego hizo un gesto de cansancio y los dos se quedaron en silencio. Entonces oyeron el rumor de un motor que se acercaba.

—¿Será el pescador? —dijo Laura, esperanzada.

—¿Ya ha pasado una hora? —exclamó Diego mirando su reloj, y dándose cuenta en ese momento de lo mucho que había oscurecido ya.

Poco después una barca más grande se detuvo a su lado.
El pescador los ayudó a subir y a continuación pasó a la barca pequeña. Intentó arrancarla, pero tampoco lo consiguió. Entonces ató un cabo de remolque a la cornamusa, volvió a la barca grande y emprendieron el regreso a la orilla.

Durante el recorrido, Diego y Laura permanecieron en silencio, ella, abrazada a la mochila, con ojos llorosos, y él, con la cámara al cuello, lamentando haber desperdiciado aquel soberbio atardecer.


Sunset, Eagle Cliff
Sunset, Eagle Cliff (Jasper Francis Cropsey, 1850)

martes, 11 de enero de 2022

Tres hombres y un destino

Esta entrada que hoy recordamos se publicó originalmente en Juguetes del viento el 25 de febrero de 2017. 


¿Qué pueden tener en común un joven impresor norteamericano del siglo dieciocho, un rico empresario escocés del siglo diecinueve, y un humilde trabajador colombiano del siglo XXI?

Diríase que nada, salvo que nos refiramos a algo que está por encima del tiempo y de las circunstancias personales y sociales, de las condiciones de vida y del carácter de cada cual.
Y a algo así nos referimos, en efecto.

Benjamin Franklin by David Martin, 1767 WikipediaNuestro primer personaje, el impresor dieciochesco, mostró de niño grandes aptitudes para el aprendizaje y fue un alumno brillante. Sin embargo, a los diez años tuvo que abandonar la escuela para empezar a trabajar como aprendiz en la imprenta de su padre.
Pero como era estudioso por naturaleza, dedicaba varias horas al día a leer, supliendo así la formación académica que no pudo recibir.
Siendo ya un joven profesional, organizó con unos amigos un club intelectual. Se reunían una vez a la semana y charlaban sobre política y filosofía.
Pero para sus debates necesitaban libros que leer, y esto representaba un problema: había pocas librerías y los libros eran caros para sus escasos medios económicos.  Y las bibliotecas públicas, donde poder ir a leer y sacar libros en préstamo,  no existían aún.
Pero este muchacho inteligente tuvo una gran idea: reunir los libros que tenían entre todos los amigos, y además establecer una cuota para comprar más.
Así fueron añadiendo volúmenes  hasta formar una buena colección. Y entonces el joven impresor estableció una  biblioteca en su propia casa, que abría los sábados por la tarde.
La cosa estaba bien organizada: los miembros del club, es decir, los que pagaban la cuota, podían llevarse los libros que quisieran, pero si los perdían tendrían que pagar una multa. Y además la biblioteca también estaba abierta para el púbico en general, que debía pagar una fianza por si no devolvían los libros que sacaban.
Esta idea librera fue un gran éxito en su ciudad, donde leer y aprender se convirtió en una prestigiosa afición, y sus habitantes adquirieron fama de ser los más cultos del país. Tanto fue así que pronto llegaron nuevos patrocinadores para la biblioteca, y otras ciudades pusieron en marcha proyectos similares.

Y así fue cómo este joven intelectual autodidacta, llamado Benjamin Franklin, inventó la biblioteca pública.

Nuestro segundo personaje fue un niño escocés muy pobre que a los doce años  emigró con su familia a Estados Unidos.
Empezó a trabajar en una fábrica, y siendo aún adolescente ya estaba decidido a no quedarse en eso. Sabía que si se formaba, si estudiaba, podría cambiar sus perspectivas de vida. No tenía dinero para comprar libros ni para pagar la cuota de la única biblioteca que tenía a mano y que era privada; pero supo convencer a sus responsables para que le permitieran utilizarla.
Gracias a su interés por aprender, a su espíritu de trabajo y a su ambición por superar la pobreza, el joven emprendedor fue poco a poco mejorando su situación, de tal manera que llegó a ser una de las personas más ricas del mundo.
Pero la riqueza no le hizo olvidar las convicciones políticas que había heredado  de su padre y su abuelo, que habían luchado en Escocia por la igualdad y los derechos de los trabajadores. Pensaba este hombre que la responsabilidad de los ricos era compensar  a la sociedad por los beneficios que conseguían gracias al trabajo de los obreros, de manera que éstos tuvieran también la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida.
Y siendo consciente de la importancia de la formación intelectual, y de la importancia de  las bibliotecas para que todo el mundo pudiera tener  acceso al conocimiento, dedicó gran parte de su riqueza a fundar bibliotecas públicas por todo Estados Unidos y también en el Reino Unido.
Por otro lado, todo hay que decirlo, pagaba poco a sus empleados. Pensaba que la mejor manera de compensarlos y mejorar su vida era mediante los libros. Curiosa manera de entender las necesidades del obrero.
Carnegie Hall
Pero lo importante en esta historia sobre bibliotecas es que un sólo hombre, con una visión puramente altruista, creó más de dos mil bibliotecas. Imaginemos cuántos libros puede haber en dos mil bibliotecas, y a cuantos miles de personas se les facilita así el acceso a la cultura y al conocimiento. Con todos los beneficios que eso implica.
Este filántropo raro se llamaba Andrew Carnegie, y a pesar de su ingente labor bibliófila, hoy su nombe no se recuerda tanto por las bibliotecas que fundó como por otra de sus contribuciones a la cultura: el prestigioso auditorio Carnegie Hall, que construyó en 1891.
Y llegamos ahora a la historia del trabajador colombiano, un hombre sencillo que trabaja en el servicio de recogida de basuras de Bogotá.
Casi no tiene estudios, pero sí un gran amor por la lectura: cuando era niño apenas pudo ir a la escuela, pero su madre le leía todas las noches.

Hace unos veinte años, cuando hacía su servicio por los vecindarios pudientes de la ciudad, este basurero intelectual decidió rescatar los libros que encontraba en la basura. Y no debían de ser pocos, porque ha llegado a reunir más de veinte mil.

Los hay de todo tipo, y con ellos ha creado, igual que aquel joven del siglo dieciocho, una biblioteca pública en su modesta casa. A ella acuden los niños de las zonas más pobres y apartadas, para quienes los libros son un verdadero lujo, y que tampoco pueden acceder, por la distancia, a las bibliotecas públicas de la ciudad.

Y es que, al igual que el rico empresario escocés, este hombre sencillo considera que los libros, el conocimiento, son el mejor medio para salir de la miseria.
Su nombre es José Gutiérrez, pero en Colombia lo llaman El Señor de los Libros.

Así es, los libros están por encima de condiciones sociales y personales; por encima de épocas y nacionalidades; por encima de ideologías y conflictos.
Los libros despiertan el espíritu e igualan a las personas más dispares dándoles un destino común: el amor por el conocimiento y el deseo de compartir esa riqueza intangible con nuestros semejantes.


garbagge collector library

Aquí, la historia de otro héroe bibliófilo colombiano.