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domingo, 17 de noviembre de 2024

La inteligencIA

Pienso mucho últimamente en la inteligencia artificial y todo lo que conlleva y va a conllevar, y la primera conclusión a la que llego siempre es que no sé qué me parece más temible, si la inteligencia artificial o la estupidez natural. Y también me pregunto si la inteligencia artificial no tendrá como contrapartida una estupidez artificial también, al igual que sucede en el caso humano.

Lo que me parece indudable es que si, hasta ahora, todo lo que sucede en el mundo ha dependido de la inteligencia y de la estupidez humana, a partir de ahora todo dependerá también de ese tercer factor, una inteligencia de otra clase que podrá superar a la inteligencia humana pero cuya posible estupidez difícilmente será superior a la estupidez humana.

Que conste que la IA me parece maravillosa en muchos sentidos, por ejemplo en todo lo relacionado con la ciencia médica y en todo lo que requiera una precisión y exactitud que el ser humano no puede alcanzar dada su propia condición humana, que está sujeta a emociones, dudas, deseos, miedos, intereses, olvidos, distracciones y temblor de manos.

Pero la IA también me parece temible por otros aspectos, que tienen que ver precisamente con lo mismo pero al revés: que no tiene emociones, ni recuerdos, ni sentido del humor...


Y sin embargo, lo más inquietante es que la IA pueda llegar a alcanzar tal grado de desarrollo y perfección que acabe siendo capaz de sentir, de pensar, de desear... es decir, de adquirir sentimientos y conciencia propia, como los humanos.

Pero entonces esto me lleva a otra cuestión: si la inteligencia artificial se volviera tan completa, tan compleja y tan humana como para llegar a tener sentimientos, conciencia, deseos, etc., ¿adquiriría con ello también la capacidad de meter la pata como un humano cualquiera? Y en ese caso, ¿no sería mejor quedarnos como estamos?

En fin, ya ven ustedes que  pensar en esto me genera un revoltillo de paradojas que me abruma y me confunde de tal manera que acabo por no saber realmente qué pienso de todo esto.

Entonces, por acotar el pensamiento y limitarlo a algo un poco más manejable, me centro en un uso concreto de la IA, como son los traductores automáticos. Si duda, es maravilloso poder disponer de una herramienta que nos permita comunicarnos con hablantes de cualquier idioma, aunque no sepamos ni una palabra de ese idioma. Esto probablemente implicará, entre otras cuestiones, que desaparezca el aprendizaje de idiomas, asunto que daría para mucha reflexión también.

Pero lo más inmediato es el uso que ya tienen los traductores automáticos. Hace poco leí un artículo sobre este asunto en el que se decía que los traductores automáticos no son fiables en determinadas situaciones delicadas, porque tienen aún ciertas limitaciones. Por ejemplo, pueden confundir palabras de ortografía o sonido similar, y no detectan las erratas, por lo que las palabras mal escritas las toman por otras, y las traducen por ésas sin percibir que no encajan en el contexto. Por lo tanto el uso de traducciones automáticas en sectores como la medicina o el derecho, o en situaciones bélicas, supone un riesgo gravísimo, ya que un error en esas traducciones puede dar lugar a una catástrofe, personal o colectiva.

Y es cierto. Imaginemos que un traductor automático confunde, por ejemplo, las palabras inglesas "probe" y "prove", es decir, que confunde "sondear/investigar" con "demostrar", y desde luego no es lo mismo investigar si alguien ha traficado con drogas que demostrar que ha traficado.

Pero lo triste del asunto es que este tipo de errores también los cometemos los humanos. ¿Acaso no vemos y oímos equivocaciones de este tipo por doquier, en cualquier tipo de texto escrito o discurso hablado?  De hecho, el error que he utilizado como ejemplo es real y lo cometió hace un tiempo un ser humano en televisión. 

Es decir, si nuestro consuelo o defensa ante la apabullante arremetida de la IA es que a veces se equivoca, ya podemos darnos por derrotados, porque nosotros seguiremos cometiendo errores pero la IA sin duda dejará algún día de cometerlos.

 

pixabay.com

 

viernes, 1 de noviembre de 2024

Traducciones simpáticas

Esta entrada fue publicada originalmente en Juguetes del viento el 22 de octubre de 2012. 


Terminaba la entrada anterior con una referencia a ciertas expresiones que se utilizan en español directamente, es decir, no en textos traducidos, sino elaborados originalmente en español. Son frases que en algún momento fueron traducidas de forma inexacta y que así se siguen reproduciendo.


Una de ellas es “más grande que la vida”,  traducción literal de “bigger than life”, expresión que equivale a extraordinario.
Se utiliza con frecuencia en críticas y comentarios sobre obras artísticas, por ejemplo películas y videojuegos, en frases como “Un cine más grande que la vida”. 

Y siempre con ese sentido de extraordinario, magnífico, sensacional, superior, excelente, sobresaliente, maravilloso, fuera de lo común, grandioso...

¡Anda!, cuántas formas tenemos en español para decir bigger than life sin tener que calcar la expresión inglesa…

Bueno, yo estoy segura de que las personas que han utilizado la expresión en estos textos saben perfectamente que es un ‘transplante’ lingüístico innecesario y tontorrón, pero a lo mejor les parece que queda muy chuli y moderno.

Nuestra segunda expresión del día es “truco o trato”, que, como todo el mundo sabe, es la versión española de “trick or treat”, la famosa fórmula que caracteriza la fiesta americana de Halloween.
Yo tengo dos teorías con las que me intento explicar por qué en un momento dado “trick or treat” se convirtió  en “truco o trato”.
dreamstime.com

Primera teoría: lo tradujo alguien que sabía que trick significa truco y que treat significa tratar (verbo), pero no sabía que trick también significa travesura o broma, ni que treat (sustantivo) significa golosina, chuchería, regalo, detalle.

Porque al fin y al cabo de eso se trata: de dar golosinas o regalitos a los niños para que no te hagan una trastada.

Segunda teoría: se eligió esta forma a sabiendas de que “truco o trato” es una traducción muy poco atinada, para mejor imitar el ritmo y la sonoridad de la expresión original.

A colación de esto –y permítanme la tontería- intento yo imaginarme qué pasaría si los americanos nos copiaran a nosotros alguna de nuestras celebraciones tradicionales, propias y arraigadas en la tierra de los siglos. Por ejemplo, los desfiles procesionales de la Semana Santa, o la Feria de Sevilla, los Carnavales de Cádiz, las Fallas de Valencia…

Tendrían que transplantar al inglés expresiones propias de dichas fiestas, con el ridículo resultado de “To the heaven with her!” (¡Al cielo con ella!), cuando levantaran el trono o paso de la Virgen; o “Long live the Captive!” (¡Viva el Cautivo!), cuando pasa por las calles la figura del Cristo hecho preso; o “Excellent there, my soul! (¡Ole ahí, mi arma!); “What a salt-shaker you have!” (¡Qué salero tienes!).
Y cosas así.

La última expresión de hoy es “simpatía por el diablo” ("sympathy for the devil"), locución muy famosa y popular porque es el título de una canción de The Rolling Stones.
Pero, como muchos saben y algunos desconocen, sympathy no significa simpatía, sino compasión.
De hecho, en los diccionarios aparecen sympathy y compassion como sinónimos.
Una vez más, estamos ante una “fotocopia”,  una traducción palabra por palabra, de esas que tanto nos dejan en evidencia.

La expresión “sympathy for the devil” se usa en inglés cuando alguien manifiesta compasión o pena por alguien que no merece esa condolencia.
Si nos compadecemos de un canalla por el castigo que le impone la ley, alguien nos podrá decir que eso es “sympathy for the devil”.

Por otro lado, también se usa esta expresión para referirse a una narración que está planteada desde el punto de vista del malo.

The Rolling Stones, en su canción Sympathy for the Devil, juegan precisamente con los dos usos de la expresión: por un lado, la canción está escrita en primera persona y es el diablo el que se expresa (“Permitan que me presente/ soy un hombre que…”), y por otro, nos pide, él mismo, que tengamos compasión de él, pues quiere que le pongamos freno después de todas las maldades que ha cometido a través de los siglos: “Necesito un poco de control/ así que si se encuentran conmigo/ tengan la amabilidad/ muestren un poco de compasión…”

Como se ve, ni la expresión en sí  ni la canción tienen que ver con que el diablo nos resulte simpático ni nos caiga bien.

Es que el fenómeno de los “falsos amigos” es ciertamente muy curioso e interesante, sobre todo porque  parece un capricho lingüístico, una cuchufleta ideada por un duendecillo  que se divirtiera trasteando con las palabras. Pero es en realidad una mera y lógica consecuencia de la evolución del lenguaje y de los vaivenes que experimentan los significados de las palabras, según el uso que los hablantes hacen de las distintas acepciones de las mismas.
Una cuestión apasionante, ¿a que sí?



lunes, 17 de mayo de 2021

Qué sería de mí

En una ocasión prepandémica, asistí a una charla sobre un libro escrito por un autor ruso. El libro en cuestión nos había gustado a casi todos los presentes, y todos elogiaron el estilo literario: la belleza de las descripciones, la precisión con que se caracterizaba psicológicamente a los personajes, la naturalidad de los diálogos, etc. 

Como digo,  en esto coincidimos todos, pero al parecer nadie había pensado en una cuestión que para mí era obvia: si podíamos apreciar el estilo de la obra era gracias al trabajo de traducción que alguien había hecho. Cuando hice este comentario todo el mundo estuvo de acuerdo, y algunos de los presentes, incluido el conductor de la charla, casi lamentaron no haber reparado conscientemente en ello. Entonces se comentó que si la traducción es defectuosa, se nota y nos estropea la lectura, y que si está bien hecha se nos olvida que estamos leyendo una traducción.

Creo que ése es un buen medidor de la calidad de una traducción, porque eso significa que ésta no estorba, no extraña, no entorpece; no se interpone entre la obra y el lector.

Esta anécdota (aunque podría tratarse de otras similares) me vino a la cabeza hace unos días, cuando empecé a leer un libro de un autor húngaro que acabo de descubrir gracias a uno de esos grandes lectores que tengo entre mis amigos. El autor en cuestión es Dezsö Kostolányi (1885-1936)*, y en cuanto empecé a leer la novela empecé a disfrutar. La historia aún no estaba desarrollándose, sólo estaba leyendo las primeras palabras del personaje narrador, pero en seguida me encandiló la fluidez del estilo, las palabras sencillas con las que se expresan ideas profundas, el lirismo de ciertos pasajes;  el sentido del humor con que se tratan algunos asuntos y la ternura que se desprende de otros.

Así que no pude evitar pensar en el traductor con gratitud.  Qué sería de mí sin las traducciones, me dije. No podría disfrutar de este libro, ni de ninguno escrito en húngaro, en ruso, en alemán... en ninguno de tantos idiomas que por desgracia no conozco y que, gracias a las traducciones, me proporcionan tantos momentos de deleite; con los que aprendo, medito, sueño, comprendo, río y sonrío.

A veces he oído decir que la traducción es siempre inferior a la obra original, porque en ese proceso se pierden muchas cosas. Pero en esas ocasiones siempre pienso que al leer a Sándor Márai, a Rilke, a Stefan Szweig, a Colette, a Cartarescu, a Tsvieáieva, a Eça de Queirós... yo no tengo la sensación de perder nada, sino todo lo contrario. Tengo la sensación de ganar mucho. De ganar pensamientos, ideas, palabras, conocimiento del ser humano y del mundo. Del mundo que todos compartimos y del que cada persona lleva dentro.

No puedo imaginar cuánto perderíamos sin traducciones.


dreamstime.com

*Dezsö Kostolanyi. Kornel Esti. Un héroe de su tiempo. Bruguera, 2007. Traducción de Mária Szijj.

jueves, 31 de octubre de 2019

Traducciones simpáticas

Celebrando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada, que fue  publicada originalmente el 22 de octubre de 2012.


Terminaba la entrada anterior con una referencia a ciertas expresiones que se utilizan en español directamente, es decir, no en textos traducidos, sino elaborados originalmente en español. Son frases que en algún momento fueron traducidas de forma inexacta y que así se siguen reproduciendo.

Una de ellas es “más grande que la vida”,  traducción literal de “bigger than life”, expresión que equivale a extraordinario.
Se utiliza con frecuencia en críticas y comentarios sobre obras artísticas, por ejemplo películas y videojuegos, en frases como “Un cine más grande que la vida”, y siempre con el sentido de extraordinario, magnífico, sensacional, superior, excelente, sobresaliente, maravilloso, fuera de lo común, grandioso...
¡Anda!, cuántas formas tenemos en español para decir bigger than life sin tener que calcar la expresión inglesa…

Bueno, yo estoy segura de que las personas que han utilizado la expresión en estos textos saben perfectamente que es un ‘transplante’ lingüístico innecesario y tontorrón, pero a lo mejor les parece que queda muy chuli y moderno.

Nuestra segunda expresión del día es “truco o trato”, que, como todo el mundo sabe, es la versión española de “trick or treat”, la famosa fórmula que caracteriza la fiesta americana de Halloween.
Yo tengo dos teorías con las que me intento explicar por qué en un momento dado “trick or treat” se convirtió  en “truco o trato”.

Dreamstime.com

Primera teoría: lo tradujo alguien que sabía que trick significa truco y que treat significa tratar (verbo); pero no sabía que trick también significa travesura o broma, ni que treat (sustantivo) significa golosinachucheríaregalodetalle.
Porque al fin y al cabo de eso se trata: de dar golosinas o regalitos a los niños para que no te hagan una trastada.
Segunda teoría: se tradujo así a sabiendas de que “truco o trato” es una traducción muy poco atinada, pero se eligió esta forma para mejor imitar el ritmo y la sonoridad de la expresión original.

A colación de esto –y permítanme la tontería- intento yo imaginarme qué pasaría si los americanos nos copiaran a nosotros alguna de nuestras celebraciones tradicionales, propias y arraigadas en la tierra de los siglos. Por ejemplo, los desfiles procesionales de la Semana Santa, o la Feria de Sevilla, los Carnavales de Cádiz, las Fallas de Valencia…
Tendrían que transplantar al inglés expresiones propias de dichas fiestas, con el ridículo resultado de “To the heaven with her!” (¡Al cielo con ella!), cuando levantaran el trono o paso de la Virgen; o “Long live the Captive!” (¡Viva el Cautivo!), cuando pasa por las calles la figura del Cristo hecho preso; o “Excellent there, my soul! (¡Ole ahí, mi arma!); “What a salt-shaker you have!” (¡Qué salero tienes!).
Y cosas así.

La última expresión de hoy es “simpatía por el diablo” ("sympathy for the devil"), locución muy famosa y popular porque es el título de una canción de The Rolling Stones.
Pero, como muchos saben y algunos desconocen, sympathy no significa simpatía, sino compasión.
De hecho, en los diccionarios aparecen sympathy y compassion como sinónimos.

Una vez más, estamos ante una “fotocopia”,  una traducción palabra por palabra, de esas que tanto nos dejan en evidencia.

La expresión “sympathy for the devil” se usa en inglés cuando alguien manifiesta compasión o pena por alguien que no merece esa condolencia.
Si nos compadecemos de un canalla por el castigo que le impone la ley, alguien nos podrá decir que eso es “sympathy for the devil”.

Por otro lado, también se usa esta expresión para referirse a una narración que está planteada desde el punto de vista del malo.

The Rolling Stones, en su canción Sympathy for the Devil, juegan precisamente con los dos usos de la expresión: por un lado, la canción está escrita en primera persona y es el diablo el que se expresa (“Permitan que me presente/ soy un hombre que…”), y por otro, nos pide, él mismo, que tengamos compasión de él, pues quiere que le pongamos freno después de todas las maldades que ha cometido a través de los siglos: “Necesito un poco de control/ así que si se encuentran conmigo/ tengan la amabilidad/ muestren un poco de compasión…”

Como se ve, ni la expresión en sí  ni la canción tienen que ver con que el diablo nos resulte simpático ni nos caiga bien.

Es que el fenómeno de los “falsos amigos” es ciertamente muy curioso e interesante, sobre todo porque  parece un capricho lingüístico, una cuchufleta ideada por un duendecillo  que se divirtiera trasteando con las palabras. Pero es en realidad una mera y lógica consecuencia de la evolución del lenguaje y de los vaivenes que experimentan los significados de las palabras, según el uso que los hablantes hacen de las distintas acepciones de las mismas.
Una cuestión apasionante, ¿a que sí?


domingo, 7 de enero de 2018

Una tarea maravillosa


Dedicado a Conxita, Mar y Javier


Esta entrada corresponde a otra de las sugerencias presentadas por los lectores con motivo del aniversario del blog. En este caso, Conxita, Javier y Mar coincidieron en su interés por conocer el proceso de traducción de una obra literaria, y en concreto cómo abordo yo la traducción de un libro.

Y creo que lo primero que debo decir  es que me resulta muy difícil hablar sobre esto con brevedad y orden, porque son muchos  los elementos que intervienen y se entrelazan en el proceso de la traducción. Pero intentaré dar una idea clara y sin extenderme demasiado.

Untitled Jan Frederik Pieter Portielje
Mi primer paso ante cada nueva traducción es la lectura de la obra, o parte de ella, si de antemano no la conozco. Hay traductores que prefieren trabajar sin conocer el texto previamente, para tener la misma sensación de “novedad” o de “sorpresa” que tiene el lector, que va leyendo sin saber lo que viene a continuación. 

Lo cierto es que casi nunca hay tiempo de leer el libro entero antes de empezar a trabajar en él, pero yo siempre leo al menos unos capítulos, un cierto número de páginas, para familiarizarme con el estilo, los temas, los personajes, etc., y hacerme una idea general del tipo de obra de que se trata.

Igualmente, si el autor es desconocido para mí, también me informo sobre su vida y su contexto social e histórico. Porque creo que, en general,  para comprender a fondo una obra literaria, su sentido, su origen, en suma, su porqué, es conveniente conocer al autor  y sus circunstancias. Y esto puede ser particularmente importante en las obras que tienen un carácter metafórico.

Y después de este primer acercamiento empieza la traducción en sí, que, grosso modo, podría resumirse en lo que muchas personas creen verdaderamente que es traducir: ir leyendo el libro en un idioma y escribiéndolo en otro. 

Pero cada idioma tiene sus estructuras propias y su carácter, por lo que rara vez las frases se pueden traducir palabra por palabra, sobre todo cuando se trata de idiomas cuyas estructuras sintácticas y sus formas de expresión son muy dispares entre sí, como ocurre por ejemplo entre el inglés y el español. Ya lo dijo san Jerónimo: non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu”, no palabra por palabra sino sentido por sentido.

Porque la obra, que está hecha de lenguaje, es como un mar: tiene una estructura superficial y una estructura profunda; lo  que dicen las palabras y cómo lo dicen, por un lado,  y lo que significan,  sus connotaciones, por otro. 
Y, dependiendo del nivel de complejidad de cada obra,  estas estructuras no siempre se pueden descifrar a la primera, o al mismo tiempo, o no siempre con total certeza. 

Por eso con el paso de las páginas trabajadas es como se va conociendo verdaderamente la personalidad de la obra. Y por eso, conforme ésta se va revelando a sí misma, es con frecuencia necesario ir volviendo atrás, para cambiar palabras, recomponer pasajes, y hacer cualquier modificación que se revele necesaria a la luz de las nuevas informaciones que la propia obra nos va proporcionando.

stack of books libros apilados
Otro aspecto del proceso de traducción, y sobre lo que Conxita preguntaba expresamente, es la documentación. En ocasiones, sobre todo con libros de tipo ensayístico, hay que dedicar un tiempo considerable a documentarse sobre determinados conceptos, para poder entenderlos plenamente y por lo tanto traducirlos con propiedad. 
Si en una obra se habla de un hecho histórico, o de un concepto filosófico, por ejemplo, debo cerciorame, primero, de si estoy interpretando correctamente lo que dice el autor sobre ese hecho o concepto; y segundo, de cuál es la manera habitual  de referirse a ellos en español. Porque no podemos traducir sólo las palabras que denominan ese concepto,  sino el concepto en sí; es decir, no darle otro nombre -aunque literalmente sea correcto- a algo que ya tiene una denominación establecida. 

Para terminar  este somero recorrido nos iremos directamente a la última fase del proceso, que es la revisión final, es decir, una lectura (o dos) de toda la obra ya traducida, para resolver dudas y  hacer modificaciones de carácter semántico, o fonético, o de ritmo, de tono, de estilo, cuya conveniencia se percibe  al leer la obra como un continuo, como un todo; también para detectar posibles equivocaciones o imprecisiones de sentido o de redacción; para eliminar erratas, etc. 

En fin, hay libros y más libros dedicados a la traducción, a todos sus aspectos, que son innumerables si no infinitos, como infinitas son las posibilidades del lenguaje. Esto es sólo una visión muy escueta y reducidísima de esta tarea maravillosa que requiere tiempo, dedicación, meticulosidad, paciencia, mimo… y por supuesto amor y pasión por el lenguaje y su manifestación más exquisita, la literatura. 

Old books and key Libros Antiguos y llave



jueves, 25 de septiembre de 2014

El lenguaje tiene sentimientos

 
¿Conocen ustedes el chiste del científico y la araña? Sí, el del investigador que dejaba a una pobre araña sin patas y le decía: “Ven, arañita, ven aquí”, y que, observando la inmovilidad de la araña, llegaba a una conclusión irrefutable: cuando la araña pierde las patas se queda sorda.
Desde pequeña yo –me imagino que como muchas personas-  he tenido también  la tendencia a desarrollar mis propias teorías científicas sobre diferentes fenómenos del mundo y de la vida que me llamaban la atención. Yo observaba –en ocasiones inconscientemente- alguna circunstancia, y cuando esa circunstancia se repetía varias veces, llegaba a una conclusión, normalmente siguiendo el mismo estilo de pensamiento que el científico del chiste.
Pero de vez en cuando, para mi satisfacción y sorpresa, me he encontrado con que algunas de esas teorías mías, esas conclusiones intuitivas y deslavazadas, tenían algo de lógica y de sensatez.
Es lo que ocurre con una teoría que elaboré –o más bien intuí- cuando estaba en la universidad, relacionada con las lenguas extranjeras y la expresión de ciertas emociones.
Una de las primeras veces que pensé en ello fue estando en casa de una amiga mía, de padre español y madre inglesa. La madre de mi amiga hablaba español con poca soltura, pero lo usaba con frecuencia, y hablaba en español o en inglés dependiendo de las circunstancias. El inglés lo usaba indefectiblemente cuando estaba enfadada, cuando se quejaba de algo o cuando les regañaba a sus hijos.
Esto me hizo pensar que para ella el español, por no ser su lengua materna, no tendría suficiente fuerza, suficiente carga de significado como para sentir que sus emociones quedaban expresadas con la contundencia necesaria.
También estaba el hecho, según me contó mi amiga, de que cuando la buena señora intentaba regañar en español, al hijo pequeño le daba la risa. Y supuse entonces que esto se debía a lo mismo: a que el chiquillo percibía que aquella regañina, expresada en un idioma ajeno a quien regañaba, no resultaba seria ni creíble para nadie.

En ocasiones posteriores tuve la oportunidad de observar casos parecidos, en los que personas bilingües utilizaban su segundo idioma con soltura  pero cambiaban automáticamente a su lengua materna cuando necesitaban expresar determinados pensamientos o sensaciones con una carga emocional intensa. Parecía que a pesar de  que conociesen las palabras y expresiones necesarias para expresar sus emociones en su segundo idioma, este no era suficiente. Es decir, para expresar determinadas sensaciones e intenciones no bastan las palabras, sino que son necesarios también los sentimientos y la emotividad que  van asociados sólo a la lengua materna.
Y si esto me parecía interesante, más aún me fascinaba el caso contrario, es decir, el hecho de que expresar ciertas ideas o pronunciar ciertas palabras resultara más fácil en el idioma extranjero que en la lengua nativa. Me refiero concretamente a las “palabrotas” y las expresiones malsonantes en general.  Estas palabras tienen una gran carga emocional, moral y cultural; no son cualquier cosa, no las utilizamos en cualquier contexto ni en cualquier ocasión.
Por eso mismo, pensaba yo, debía de resultar más fácil, menos comprometido, utilizar sus equivalentes extranjeros, porque nuestra conexión con esas palabras extranjeras es mucho más débil, mucho menos profunda o íntima, y por lo tanto nos parece que tienen menos significado, menos potencia emocional.
Esta era la sensación que yo tenía, la teoría inarticulada que daba vueltas en mi cabeza como un trapo en la lavadora, y que no me habría atrevido a compartir con nadie.

Pero ahora sé que mi idea tenía fundamento y que a este fenómeno que yo observé espontáneamente los expertos lo llamaron, años después,  Emotion-Related Language Choice (ERLC), y se refiere exactamente al hecho de que las personas que hablan más de un idioma eligen su lengua materna o una segunda lengua según quieran expresar sus emociones con mayor o menor implicación afectiva.
Según un experimento que se ha realizado recientemente, un grupo de estudiantes polacos que tienen el inglés como segunda lengua, se sintieron muy incómodos al tener que expresar insultos racistas en su lengua materna, y en cambio les resultó muy fácil expresarlos en inglés.
 
La conclusión parece ser que nuestro bagaje emocional, cultural y moral está impreso en nuestra lengua materna y no en los idiomas que aprendemos posteriormente. Por eso nos resulta más fácil ser maleducados o groseros en otro idioma, ya que en una lengua extranjera aprendida las palabras  relacionadas con las emociones y los sentimientos nos resultan más tenues, más abstractas, menos  conectadas con nuestro mundo emocional.
Dicho de otro modo, el utilizar una lengua extranjera nos libera de las restricciones e implicaciones sociales y culturales  relacionadas con  determinadas palabras.
 
 
Por eso creo yo que esta teoría, este fenómeno de la ERLC, se produce también cuando se trata de expresiones cariñosas que nos pueden resultar algo comprometedoras o embarazosas en nuestra lengua. Es decir, nos puede resultar más fácil o más cómodo decirle a alguien palabras mimosas en otro idioma que en el propio, porque tanto para nosotros  como para la otra persona, esas palabras o expresiones extranjeras estarán menos cargadas de contenido afectivo, no tendrán las mismas connotaciones que las de nuestro propio idioma, y nos permitirán por lo tanto mantener una cierta distancia emocional con lo que expresamos.
Y es que, según han sugerido recientemente algunos investigadores*, las expresiones y palabras que por alguna razón nos incomodan o nos cohíben, hacen que se active un mecanismo que bloquea y dificulta el acceso a nuestra lengua materna, mientras que este bloqueo no se produce con  las palabras de nuestra segunda lengua.
Con razón dice la lingüista Anna Wierzbicka que conocer dos idiomas significa vivir en dos mundos emocionales  diferentes. 

El lenguaje es portentoso y espectacular. Ya hemos dicho aquí otras veces que el lenguaje es el verdadero motor del mundo, lo que hace que funcione y lo que ha hecho posible la evolución del ser humano, las sociedades y las civilizaciones.
Pero lo más admirable de todo es que esta capacidad nuestra para expresarnos mediante unos pocos sonidos articulados, siendo algo tan íntimo, tan inherente al ser humano y tan cotidiano, no deja de sorprendernos y de dar nuevas muestras de su tremenda y maravillosa complejidad, y de su influencia no sólo en nuestro pensamiento sino también en nuestros sentimientos.
 

 

miércoles, 9 de enero de 2013

Premios Gamba 2013. Bibliogambas


Vuelven los Premios Gamba, los Óscar de la lengua, los Grammy de la gramática. Y, como se ve en el título de la entrada, en esta ocasión los nominados son unos cuantos patinazos encontrados en libros, concretamente en dos de los últimos que he leído.
No es la primera vez que traemos aquí meteduras de pata halladas en libros, pero, a pesar de la experiencia,  un gambazo gramatical, un desatino léxico en una obra literaria me sigue sobresaltando mucho.

Pues bien, el primer sobresalto me lo llevé hace un par de meses, leyendo una novela francesa traducida al español.
En un pasaje determinado un médico que atiende a un enfermo dice que hay que llevarlo al hospital urgentemente, porque “estas cosas pueden ser fulgurantes.”
Resbalón a la vista: donde dice fulgurante debería decir fulminante porque las enfermedades no brillan ni resplandecen, que es lo que significa fulgurar;  en cambio, fulminante, referido a una enfermedad, significa “que causa muerte repentina". 

El diagnóstico es claro: estamos ante un caso grave de pareja compleja.
En otro libro, traducido también del francés, se lee:
“…nombrándola duquesa […] y mayordoma mayor de la princesa…”
¿Verdad que eso de mayordoma mayor resulta chocante y redundante?
Yo, por desgracia, no domino el francés, pero sí sé consultar los diccionarios, y también sé consultar una edición francesa de la obra. Y gracias a estas curiosas habilidades que me adornan, he podido ver que el término original que se tradujo como “mayordoma mayor” es grande maîtresse.
Según los diccionarios Collins y Larousse, maîtresse  significa señora, criada o camarera, según el contexto. 
Por lo tanto me figuro que grande maîtresse se traducirá como “camarera mayor”, que es un término español de toda la vida que designa un determinado cargo  palaciego.
Para asegurarme hago otra consulta; en este caso consulto otra edición española de la misma obra, y encuentro, efectivamente, que la frase grande maîtresse aparece traducida como camarera mayor.
Aparte de esto, y ya que estaba con las pesquisas léxicas, quise comprobar cuál es el equivalente femenino de mayordomo, que resulta que no es mayordoma, como el femenino de toro no es tora ni el de hombre es hombra.
No, el equivalente femenino de mayordomo es ama de llaves.
Es decir, que en el libro que he leído se han inventado la palabra mayordoma, que además de innecesaria –porque ya existe una palabra para designar el cargo- es inadecuada para su contexto.
En otro pasaje del mismo libro dice:
“…montó en cólera contra una pincha de cocina…”
El pinche, según los diccionarios, es la persona que presta servicios auxiliares en la cocina.
Es decir, pinche no es una palabra masculina que haya que “feminizar”, sino un nombre común que como tal se aplica tanto a hombres como mujeres. La diferencia de sexo la marca el artículo: el pinche/la pinche; un pinche/una pinche.
Por lo tanto, potaje mental en las cocinas del léxico. 
Terminamos hoy con otra cosilla que me saltó a los ojos mientras disfrutaba de la lectura del mismo libro.
Se trata de lo siguiente:
 “… he hecho voto a la Santísima Virgen de que, si por su santa intersección se salva mi padre…”
¿La santa intersección de la Virgen? No, no puede ser, me digo sofocando una risilla;   si  la Virgen intercede, lo que se le puede pedir es su intercesión.
Le pido al diccionario que interceda y me responde:
intercesión: Acción y efecto de interceder.
intersección: Encuentro de dos líneas, dos superficies o dos sólidos que recíprocamente se cortan […] . Conjunto de los elementos que son comunes a dos conjuntos.
He aquí otra pareja compleja para nuestra colección.
Lo bueno de encontrar en los libros estas perlas cultivadas  es que si nos lo tomamos con humor nos podemos echar unas risas,  lo cual siempre es conveniente.
Lo malo es que un tropiezo de estos nos saca de la fantasía literaria de un empujón; nos rompe la magia novelesca a lo bruto y nos devuelve de sopetón a la realidad real, esa que pretendíamos eludir durante un rato cuando nos pusimos a leer.
Y eso no se hace.




lunes, 22 de octubre de 2012

Traducciones simpáticas



Terminaba la entrada anterior con una referencia a ciertas expresiones que se utilizan en español directamente, es decir, no en textos traducidos, sino elaborados originalmente en español. Son frases que en algún momento fueron traducidas de forma inexacta y que así se siguen reproduciendo.

Una de ellas es “más grande que la vida”,  traducción literal de “bigger than life”, expresión que equivale a extraordinario.
Se utiliza con frecuencia en críticas y comentarios sobre obras artísticas, por ejemplo películas y videojuegos, en frases como “Un cine más grande que la vida”. 

Y siempre con ese sentido de extraordinario, magnífico, sensacional, superior, excelente, sobresaliente, maravilloso, fuera de lo común, grandioso
¡Anda!, cuántas formas tenemos en español para decir bigger than life sin tener que calcar la expresión inglesa…
Bueno, yo estoy segura de que las personas que han utilizado la expresión en estos textos saben perfectamente que es un ‘transplante’ lingüístico innecesario y tontorrón, pero a lo mejor les parece que queda muy chuli y moderno.

Nuestra segunda expresión del día es “truco o trato”, que, como todo el mundo sabe, es la versión española de “trick or treat”, la famosa fórmula que caracteriza la fiesta americana de Halloween.
Yo tengo dos teorías con las que me intento explicar por qué en un momento dado “trick or treat” se convirtió  en “truco o trato”.
dreamstime.com

Primera teoría: lo tradujo alguien que sabía que trick significa truco y que treat significa tratar (verbo), pero no sabía que trick también significa travesura o broma, ni que treat (sustantivo) significa golosina, chuchería, regalo, detalle.
Porque al fin y al cabo de eso se trata: de dar golosinas o regalitos a los niños para que no te hagan una trastada.

Segunda teoría: se eligió esta forma a sabiendas de que “truco o trato” es una traducción muy poco atinada, para mejor imitar el ritmo y la sonoridad de la expresión original.

A colación de esto –y permítanme la tontería- intento yo imaginarme qué pasaría si los americanos nos copiaran a nosotros alguna de nuestras celebraciones tradicionales, propias y arraigadas en la tierra de los siglos. Por ejemplo, los desfiles procesionales de la Semana Santa, o la Feria de Sevilla, los Carnavales de Cádiz, las Fallas de Valencia…

Tendrían que transplantar al inglés expresiones propias de dichas fiestas, con el ridículo resultado de “To the heaven with her!” (¡Al cielo con ella!), cuando levantaran el trono o paso de la Virgen; o “Long live the Captive!” (¡Viva el Cautivo!), cuando pasa por las calles la figura del Cristo hecho preso; o “Excellent there, my soul! (¡Ole ahí, mi arma!); “What a salt-shaker you have!” (¡Qué salero tienes!).
Y cosas así.

La última expresión de hoy es “simpatía por el diablo” ("sympathy for the devil"), locución muy famosa y popular porque es el título de una canción de The Rolling Stones.
Pero, como muchos saben y algunos desconocen, sympathy no significa simpatía, sino compasión.
De hecho, en los diccionarios aparecen sympathy y compassion como sinónimos.
Una vez más, estamos ante una “fotocopia”,  una traducción palabra por palabra, de esas que tanto nos dejan en evidencia.

La expresión “sympathy for the devil” se usa en inglés cuando alguien manifiesta compasión o pena por alguien que no merece esa condolencia.
Si nos compadecemos de un canalla por el castigo que le impone la ley, alguien nos podrá decir que eso es “sympathy for the devil”.

Por otro lado, también se usa esta expresión para referirse a una narración que está planteada desde el punto de vista del malo.

The Rolling Stones, en su canción Sympathy for the Devil, juegan precisamente con los dos usos de la expresión: por un lado, la canción está escrita en primera persona y es el diablo el que se expresa (“Permitan que me presente/ soy un hombre que…”), y por otro, nos pide, él mismo, que tengamos compasión de él, pues quiere que le pongamos freno después de todas las maldades que ha cometido a través de los siglos: “Necesito un poco de control/ así que si se encuentran conmigo/ tengan la amabilidad/ muestren un poco de compasión…”

Como se ve, ni la expresión en sí  ni la canción tienen que ver con que el diablo nos resulte simpático ni nos caiga bien.

Es que el fenómeno de los “falsos amigos” es ciertamente muy curioso e interesante, sobre todo porque  parece un capricho lingüístico, una cuchufleta ideada por un duendecillo  que se divirtiera trasteando con las palabras. Pero es en realidad una mera y lógica consecuencia de la evolución del lenguaje y de los vaivenes que experimentan los significados de las palabras, según el uso que los hablantes hacen de las distintas acepciones de las mismas.
Una cuestión apasionante, ¿a que sí?