domingo, 11 de abril de 2021

Una recompensa para ellos

En un pasaje de El héroe de nuestro tiempo*, de Lérmontov, el protagonista anota en su diario que, en una noche especialmente difícil, intentó distraerse leyendo un libro que tenía sobre la mesa y que era una novela de Walter Scott: 

"Comencé a leer con gran esfuerzo, pero luego, cautivado por la maravillosa fábula, me olvidé de todo... ¿Recompensarán a este bardo escocés en el otro mundo por cada minuto de placer que regala con su libro?"


Me llamó mucho la atención este pensamiento, porque indica, creo yo, una valoración muy particular, muy honda, del mérito artístico; y una gratitud igualmente honda por el talento y el trabajo de los creadores.

Por otro lado, también me parece muy importante el detalle de que eso sucediera en una noche difícil, en la que el personaje se encontraba muy inquieto, y de que aunque al principio le costase concentrarse en el libro, poco a poco fuese sintiéndose "cautivado" por la historia que en él se relataba.

Esta idea de que los libros puedan ser un medio de salvación, una forma de ausentarnos de las circunstancias en momentos concretos, me resulta fascinante. Que un narración, una historia escrita, hecha sólo de palabras, tenga esa capacidad de liberarnos temporalmente de nuestra realidad, es algo que, aunque sabido y esperado, nunca deja de asombrarme. 

¿Qué poder excepcional es el que hace posible que las mismas  palabras que usamos en las situaciones más corrientes o más prosaicas del día a día, tengan la capacidad de transportarnos a situaciones insólitas, a circunstancias que no han existido en ningún lugar ni en ningún momento, y además seamos capaces de vivirlas con la intensidad de una experiencia verdadera ?

En las palabras hay magia, y qué magos excelentes son aquellos que la ejecutan con tal maestría.  Por eso yo también creo que merecerían alguna clase de recompensa "en el otro mundo", en algún paraíso ultraterrenal, en algún más allá novelesco que debería existir como colofón a su extraordinario espectáculo de ilusionismo.


Charles Reade https://es.wikipedia.org/


*Mijáil Y. Lérmontov. El héroe de nuestro tiempo (Ed. Akal, 2009. Traducción de Rocío Martínez Torres).


domingo, 28 de marzo de 2021

Aurora

Cuando entré en la habitación, ayer por la mañana, ella seguía durmiendo. Abrí las cortinas  y entonces se movió. Abrió los ojos despacio, parpadeando. Después me miró con una mirada clara, profunda, que me desconcertó.

Las otras siempre se despertaban muy alteradas, y al verme me gritaban o lloraban, preguntando dónde estaban, qué les había hecho, quién era yo y qué quería de ellas. Era el peor momento, y tenía que calmarlas otra vez. En cambio, con ella fue diferente. No gritó, no lloró. Sólo preguntó dónde estaba. Parecía que sabía todo lo demás. Sin duda ella es distinta. Le pregunté su nombre: Aurora. Ese nombre es una metáfora, una promesa. Creo que me quedaré con ella.

Cada vez entiendo mejor la importancia que tienen algunas personas para el funcionamiento del universo. Por lo general, unos somos los técnicos, los que movemos las palancas, pulsamos las teclas y giramos los volantes; pero necesitamos de los otros, que son las  piezas, los engranajes, los cilindros y las válvulas que hacen que el mecanismo se mueva y nunca se detenga. La diferencia con otros técnicos es que yo soy consciente de esto, de lo importantes que son las piezas, hasta las más diminutas, para que todo funcione bien. 

Y por eso las traigo, para cuidar de ellas, para protegerlas.  Aunque hasta ahora ninguna lo ha comprendido. 

Pero lo que vi ayer y  he visto hoy en Aurora es mucho más profundo que lo que había visto hasta ahora en las otras. Las otras no eran conscientes de su importancia. Sólo les preocupaba su integridad, su hambre, su miedo y su deseo de escapar. Pero no tenían ninguna conexión con su alma, con su esencia. Aurora en cambio sólo mira hacia dentro. No habla, no pide, sólo espera. Ella se conoce y está conectada con su verdadera entidad.

Ha sido una suerte encontrarla, porque ya estaba harto de piezas vulgares, materialistas, que me ofrecían dinero para que las dejara marchar. Qué simples, qué superficiales. No servían para el papel que les otorgó el universo. Por eso hay tantos fallos.

Pero ahora, con Aurora como inspiración y como motor verdadero, las personas dejarán de ser esos simples instrumentos que funcionan sin saber por qué, sin conciencia de la maquinaria a la que dan vida. Empezaré por salvarlos a todos de su degradación, de su envilecimiento, y entonces Aurora y yo haremos que el mundo funcione como debe.


Dreamstime steampunk


lunes, 15 de marzo de 2021

Palabras embriagadoras

Como ya he comentado otras veces, cada vez que me sale al paso una palabra que no conozco me invade el entusiasmo, aunque la palabra en cuestión no halle hueco fácilmente en mis conversaciones cotidianas

El entusiasmo por el hallazgo es aun mayor si además  la palabra me gusta en sí misma, es decir, por su sonido;  y más aún si  después descubro que tiene un significado que me resulta grato por la razón que sea.

Por suerte para mí,  encuentro con frecuencia muchas palabras que tienen esas cualidades. Es decir, que además de ser ventanas nuevas que se abren a nuevas partes del mundo, son como esos pequeños objetos que nos gusta coleccionar aunque no los usemos nunca, salvo para darnos el gusto de contemplarlos, que no es poco.  

Una de las palabras que he añadido últimamente a mi colección es «facecia», que me resulta muy graciosa; y además la cosa tiene su gracia,  porque significa precisamente «chiste» o «cuento gracioso», y deriva del latín facetia, que no es otra cosa que eso mismo: gracia, broma, agudeza. 

El diccionario señala que es palabra en desuso, pero yo estoy deseando que alguien me cuente alguna facecia.

httpsbookpalace.comacataloginfo_LeighJoustingLL.htmlOtra de esas palabras que conocí no hace mucho y que me llamó la atención es «estafermo». 

Ésta suena bastante menos graciosa que la anterior, pero también tiene su chispa. Proviene del italiano sta' fermo que significa «quédate quieto», y denomina a esa especie de monigote, con forma más o menos humana, que se usaba en los juegos y entrenamientos medievales. 

Por eso, ingeniosamente, en el lenguaje cotidiano se utiliza para referirse a una persona que está como alelada, ida o embobada. Y estarán ustedes de acuerdo conmigo en que es mucho más elegante decirle a alguien que parece un estafermo que llamarlo pasmarote.

La última palabra de hoy también tiene una sonoridad casi jocosa, aunque no es ninguna facecia. Se trata de «melopeya». La melopeya, según indica el diccionario, es el «arte de producir melodías», ya ven qué cosa tan bonita, y también se denomina así a una entonación monótona con que se acompaña un recitado.

Seguramente a ustedes, como a mí, se les ha venido a la cabeza esa otra palabra tan parecida que es «melopea», y que asociamos con el consumo de ciertas dosis de bebidas alcohólicas. Lo curioso es que al buscar «melopea», el diccionario nos remite en primer lugar a «melopeya», es decir, que se trata de otra forma para el mismo concepto. Aunque además de este significado,  melopea tiene, claro está, esa acepción coloquial de «embriaguez».

Y de forma inesperada, entre los eslabones de esta cadena me encontré con un sinónimo de ese recitado monótono que es la melopea; se trata de «canturía», otra palabra que me ha parecido bastante garbosa. 

Nuevamente, cuánto más fino será rogarle a alguien que ponga fin a su canturía que decirle simplemente que se deje de monsergas.

Yo, por si acaso, termino aquí.


miércoles, 3 de marzo de 2021

Dimensiones literarias

En muchas ocasiones me he acordado de una novela que leí hace mucho tiempo y con la que me divertí mucho: Marciano, vete a casa, del gran Fredric Brown.

A pesar del buen recuerdo que tenía del libro —o quizá por eso precisamente—, nunca me había decidido a releerla. Sin embargo, este recién pasado mes de febrero, por unas razones determinadas volví a pensar en la novela, y esta vez sí que sentí curiosidad por leerla de nuevo. No sé si quería comprobar si me divertía otra vez, o simplemente quería recordarla con detalle.

La cuestión es que empecé a leerla y,  en efecto, volvió a parecerme divertida, amena, original... Pero no sólo eso, porque esta lectura actual me ha traído además un par de sorpresas.

En primer lugar, me ha parecido que la novela, dadas las circunstancias actuales, ha adquirido una dimensión metafórica que antes no tenía. 

Marciano, vete a casa fue escrita en 1955, y trata sobre una invasión marciana a la Tierra. Los marcianos son, por supuesto, unos hombrecillos verdes, que no son peligrosos por sus armas ultrasónicas ni por sus rayos fulminadores ni nada por estilo: el peligro está en que son sumamente bordes, y tienen una capacidad ilimitada para poner mal de los nervios a los humanos.

Han llegado a la Tierra por millones, han invadido todos los países del mundo y absolutamente nadie está libre de su acoso. Es tal su capacidad para molestar, para incordiar, para desquiciar, y por lo tanto para impedir el normal funcionamiento de la sociedad, que llegan  a desestabilizar la economía de los países, provocando una crisis mundial sin precedentes:

«En quiebra, o muy cerca, estaban los miles de tiendas, salones de belleza, hoteles, bares, restaurantes [...] También se quedaban sin empleo los miles de personas que trabajaban en los teatros, cines, salas de conciertos, estadios y otros espectáculos públicos. Los espectáculos de masas habían muerto.»* 

Ese gran aumento del desempleo hace que se formen colas interminables a las puertas de los comedores sociales, y además se producen numerosos casos de trastornos psiquiátricos provocados por la tensión emocional de esa situación a la que no se le ve fin. Mientras tanto, los científicos no descansan intentando encontrar la forma de acabar con los marcianos, lo cual es difícil, porque a los invasores no les afectan nuestras leyes físicas.

Ya ven ustedes a qué me refería antes al decir que la novela ha adquirido una nueva dimensión metafórica.

Lo único bueno de todo esto es que, como los marcianos lo ven todo y lo oyen todo, y además son unos chivatos, ya no hay secretos políticos ni militares. Ya no tiene sentido plantear una guerra ni amenazar al enemigo ni engañarlo:

 «Cifras y hechos, en discursos y en la prensa, debían ser veraces. Los marcianos disfrutaban buscando el más pequeño error o exageración para contárselo a todo el mundo. ¿Cómo se puede gobernar así?»  

Y esta circunstancia es lo que lleva a algunos a pensar que tal vez la intención de los marcianos al invadirnos era hacernos recapacitar sobre nuestra manía de pelearnos y llevarnos la contraria mutuamente. Por eso, en un mensaje radiofónico dirigido a los irritantes invasores verdes, un líder político proclama:

«[…] Puede que hayáis visto que, siendo como somos, sólo podríamos unirnos en una causa común […] que trascienda nuestros odios fraternales, que ahora parecen tan ridículos que resultan difíciles de recordar.»


No sé si esto también les recuerda algo a ustedes. A mí sí, y me hace pensar que una invasión marciana es algo mucho más probable que la realización de unos cambios con los que a veces sueñan los ilusos.

Y la otra sorpresa que me ha traído esta relectura es una circunstancia curiosa que me ha recordado  esas coincidencias literarias que hemos comentado aquí otras veces. 

En ese mismo discurso radiofónico, el personaje añade:

«Es posible que, sabiendo que estamos en el umbral de los viajes interplanetarios, no queráis que vayamos a Marte.»

Y miren ustedes qué coincidencia más coincidente, que este pasaje lo leí el 19 de febrero, es decir, justo al día siguiente de la llegada del vehículo Perseverance a Marte.

Me pregunto con preocupación qué habrán pensado los hombrecillos verdes al verlo aparecer en su planeta.

  

BBC


*Fredric Brown. Marciano, vete a casa. 
Martínez Roca, 1982. Traducción de Francisco Blanco.

viernes, 29 de enero de 2021

Escribiendo, que es gerundio

Con motivo de la celebración del Día Internacional de la Escritura a mano, celebrado la semana pasada, hoy reproducimos una entrada publicada en Juguetes del viento el 22 de marzo de 2012.


Un bolígrafo azul de punta media y un lápiz de grafito del número dos. Estos son los elementos imprescindibles para disfrutar de la escritura. Y me refiero al acto físico de escribir, de trazar letras y signos ortográficos en un papel.

Como accesorios, están muy bien los lápices de colores, los rotuladores y marcadores con punta de fieltro y los bolis de gel de colores variados (con o sin purpurina flotante).
Pero lo básico es lo básico.

Para mí escribir a mano es un placer.
Escribir con lápiz me gusta, porque me gusta su tacto cálido y porque creo que el lápiz tiene el encanto de lo modesto y lo tradicional. Y porque, si hay silencio, puedo oír ese ras-ras que hace sobre el papel y que me encanta. Es como si el lápiz fuera murmurando lo que va escribiendo.

Además, un lápiz nuevo, de los clásicos, sin florituras, me parece a mí un objeto magnífico y elegante. Tiene la belleza de lo simple, de la eficacia en la sencillez.
Y un lápiz usado, gastado, humilde, con muescas y arañazos, me recuerda lo antiguo, la infancia, y tiene la belleza singular de los abuelos: la que no tiene nada que ver con el aspecto impecable ni la perfección física, sino con el tiempo, con el trabajo, con el servicio prestado, con los ratos pasados con nosotros, limitándose a ser útil.

Por otro lado, escribir con un bolígrafo cómodo, que se desliza con facilidad sobre el papel, con un trazo medio, suave y firme al mismo tiempo, con un azul ni muy claro ni muy oscuro, me resulta –y no exagero- relajante, y me ayuda a pensar y a concentrarme.

Observar el trazo que va dejando el boli me fascina. Casi me hipnotiza. Y que esos signos, esos dibujillos que llamamos letras, vayan apareciendo gracias a unos levísimos movimientos de la mano, me parece cosa de ensalmo.

Sin duda, escribir en el ordenador es físicamente más cómodo, tiene más posibilidades estéticas y prácticas, no sale el llamado ‘callo del estudiante’ en el dedo medio, y no da calambres en la mano.
No está mal. Pero cuando escribimos a mano parece que lo que se dice es más verdadero, más convincente. Porque al escribir a mano a mí me da la sensación de que las ideas bajaran por el brazo, llegaran al boli, y del boli  al papel. Sin entretenerse por el camino, directas a la meta.

Y aunque lo escrito no sea algo personal, me parece que el hecho de escribirlo a mano ya convierte cualquier texto en personal, si no en el contenido, sí en la forma. Porque está escrito con nuestra letra, que es única, así que le hemos dado al texto algo nuestro, exclusivamente nuestro. Le hemos dado personalidad, que no es poca cosa.
De hecho, le hemos dado nuestra personalidad,  si la grafología no nos engaña. 

Porque para escribir una p tengo que hacer un trazo determinado, para escribir una g, otro distinto. Para la s la mano se mueve sinuosa y para la m se divierte subiendo y bajando. Cada letra tiene su movimiento propio. Como pasos de ballet en un escenario de papel.

En cambio, en el ordenador, cada letra tiene el mismo movimiento que las demás: todas las teclas se pulsan de la misma manera.
Esas letras son perfectas, no tienen defectos ni altibajos. No tienen carácter.

Por todo lo dicho, si vuelve a la vida el oficio de copista, avísenme, por favor.
¡Pero no se me lleven el ordenador!





lunes, 18 de enero de 2021

Piedras preciosas

Cada vez que me encuentro con una palabra desconocida me llevo una alegría, como el  buscador de oro que descubre una pepita en su cedazo.

Porque las palabras son las piedras preciosas que forman el tesoro de un idioma, y al igual que los valiosos minerales se ocultan bajo el agua, entre la arena o en las paredes de una cueva, con frecuencia las palabras permanecen  también ocultas, calladas, discretas, entre las páginas de los diccionarios y de las obras literarias. Y de la misma manera, de vez en cuando asoma alguna, surge inesperadamente y nos sorprende con su destello.

De las palabras que me han sorprendido en los últimos tiempos, me llamó la atención  de manera especial una de ellas en particular, que tanto por su sonido como por su significado me pareció un diamante perfecto.

La palabra era licnobio, que, como quizá sepan ustedes, denomina a una persona que vive con luz artificial, "haciendo de la noche día", según la poética definición del diccionario de la RAE. Es decir, la persona que duerme de día y realiza sus actividades por la noche, con luz artificial. O sea, como un noctámbulo, un nocherniego, un noctívago. O un vampiro, si me permiten la broma. 

Pero aparte de su significado y su sonido, también  me resultó muy interesante  la etimología de esta palabra,  que incluye específicamente  la referencia a la luz artificial. En efecto, licnobio proviene del griego lychnóbios, formado por lychnos, lámpara, y bios, vida.

También me gustó mucho saber que las lámparas o candiles con los que se alumbrarían los licnobios en la antigua Grecia se denominan luchnoi, que, al igual que lychnos procede del indoeuropeo leuk, y que  sin duda tiene mucho que ver con nuestra  luz.

Así que del mismo modo que el aventurero se enriquece con el oro que encuentra en el río, yo me siento más rica cada vez que añado una palabra nueva a mi vocabulario personal. Porque con cada palabra se amplia mi horizonte, se agranda mi mundo y se ensanchan mis pensamientos.  


pixabay.com



 

miércoles, 6 de enero de 2021

¡OH!

Una mañana de invierno, después de una tormenta que había encendido el cielo durante toda la noche, Alicia fue al paseo marítimo para hacer fotos de las nubes, que seguían flotando sobre el mar como medusas gigantes.

Pero al llegar vio desde el parapeto algo que le interesó más que las nubes. Había dos niños en la arena, un chiquillo de unos nueve años y una niña algo más pequeña. Estaban junto a las grandes letras de cemento, húmedas aún por la tormenta, que a la sombra de un pequeño grupo de palmeras formaban la palabra PLAYASOL. Los padres de los niños estaban en la orilla, contemplando el mar, sin prestarles mucha atención a ellos.

Durante el verano esas letras eran uno de los entretenimientos de los niños y jóvenes que llenaban la playa, y un lugar favorito para hacerse fotos. Los más altos se asomaban por los huecos de la P y la A, o por entre los brazos de la Y. Otros se sentaban en la L formando ellos mismos un  ángulo recto; otros buscaban posturas difíciles para encajar en la S; pero lo que más les divertía a los pequeños era colarse por la O, pasando de un lado a otro sin cansarse.

Alicia, que observaba con el zoom de la cámara, pensó que era muy  curioso que esos dos niños no jugaran en ningún momento a pasar a través de la O, sino que se asomaban a ella como si fuese una ventana. Se apoyaban cada uno en un lado, miraban, y al cabo de unos segundos se retiraban, con caras de asombro y exclamaciones de sorpresa, como cuando se mira por un caleidoscopio por primera vez.  Después de asomarse varias veces llamaron a sus padres, y, alterados pero sonrientes, les hicieron gestos para que se acercaran.

Los padres se asomaron también, tal como les pedían los niños, pero Alicia vio que se apartaban de aquella peculiar ventana con indiferencia, encogiéndose de hombros.

Después de esto, la familia se marchó en dirección al paseo, aunque Alicia pudo observar que los niños no dejaban de volver la mirada hacia las letras.

Entonces bajó ella a la arena, se acercó a las letras, e imitando a los niños se asomó por el hueco de la O. En seguida se apartó, con un movimiento brusco, como si hubiera recibido una descarga eléctrica o una sorpresa enorme. Después de unos segundos de indecisión volvió a asomarse, y a continuación metió sólo las manos, con la cámara preparada. Sin embargo,  al retirarla comprobó que, al igual que los padres de aquellos dos niños,  la máquina no había registrado nada más que la arena y las palmeras del otro lado de las letras.

Alicia permaneció unos instantes frente del gran óvalo de cemento, quieta y pensativa, como un pez piedra que se queda inmóvil en la arena justo antes de lanzarse sobre su presa. Entonces dio unos pasos hacia delante y se coló en la O, como  los pequeños que jugaban allí en verano. Pero a diferencia de ellos, Alicia no apareció junto a las palmeras del otro lado.

 




domingo, 20 de diciembre de 2020

Invitados

En estos días de diciembre, cuando un año va terminando y otro está a punto de empezar, parece que el aire se vuelve diferente. Parece que los días saben que son especiales, que marcan una frontera, ilusoria pero significativa, y el ambiente se vuelve festivo, colorista, y algo melancólico también. Hay una sensación de despedida y de novedad, como el reptil que deja atrás su chaqueta usada para empezar a lucir la nueva; una sensación de cambio, de renovación, de esperanza de algo mejor, que este año, por cierto, se acentúa de una manera singular.

Y como es época de tradiciones, nosotros, siguiendo nuestra particualr tradición bloguera, hemos vuelto a invitar a unos cuantos amigos sabios para que nos acompañen un ratito con sus sabias palabras, con algunas ideas que nos reconforten, que nos insuflen pensamientos vivificantes y que nos lleven a reflexionar sobre la vida y el mundo, sobre nosotros mismos y nuestra experiencia.  

En esta ocasión los invitados nos hablan, de una manera o de otra, sobre la felicidad, ese estado misterioso que tanto obsesiona al ser humano y cuya fórmula varía constantemente, según quien la defina, según quien la analice. 

Quizá una manera de alcanzar la felicidad, o al menos acercarnos a ella, sea la sabiduría, y para llegar a ella Pessoa cree que se debe evitar en lo posible que las circunstancias externas afecten demasiado a nuestro ánimo, para lo que sería necesario una vida interior satisfactoria:

"El verdadero sabio es aquel que se dispone de manera que los acontecimientos exteriores lo alteren mínimamente. Para eso necesita acorazarse, rodeándose de realidades más próximas a él que los hechos, y a través de las cuales los hechos, alterados de acuerdo con ellas, le lleguen." 

                                                                            Fernando Pessoa. Libro del desasosiego (1913-34)


En lo que todo el mundo parece estar de acuerdo es en que la felicidad es algo relativo, pues casi siempre depende de las emociones previas que hayamos experimentado: 

"Cuatro o cinco días después saboreaba ese rápido, inefable e irreprimible momento de gozo que sucede a un dolor punzante, a una preocupación, a una incomodidad..."

(Joaquim María Machado de Assis. Memorias póstumas de Blas Cubas (1881)


"La felicidad, según le había enseñado la vida, es una cuestión de grados, que hay que medir respecto al sufrimiento o la preocupación o el aburrimiento que la hayan precedido." 

Janet Mcneill. Tea at four o’clock (1956)


La felicidad es incompatible con el miedo. El miedo se adueña de nuestro corazón, de nuestra mente, de nuestra vida, y no nos permite la serenidad, que es hermana de la felicidad. En muchas ocasiones no es la realidad lo que más nos asusta, sino la imaginación descontrolada:

"El miedo es un espejo deformador: cualquier detalle casual se convierte por su fuerza exageradora en algo de dimensiones terroríficas, de claridad caricaturesca; y una vez atizada, la fantasía persigue incluso las posibilidades más increíbles y rocambolescas."

Stefan Zweig. La embriaguez de la metamorfosis (c. 1926)



Y por último, si hemos sido felices la muerte nos asustará menos. Quizá quien no se siente satisfecho con la vida que ha llevado se resista a abandonarla, paradójicamente, tal vez esperando una última oportunidad de disfrutarla. En cambio, cuando la vida ha sido satisfactoria el final se acepta mejor:  

"Puesto que he disfrutado de una buena vida, aceptaré la muerte con toda la alegría posible cuando me llegue [...] También me gustaría que aquellos que me sobrevivan -parientes, amigos y lectores- eviten perder el tiempo y amargar sus vidas con duelos y tristezas inútiles. En vez de eso, deberán estar felices, en mi nombre, porque mi vida ha sido muy buena."

Isaac Asimov. Memorias (1992)


*

Con mis mejores deseos para todos ustedes, para todos nosotros.





viernes, 4 de diciembre de 2020

Remordimientos literarios

Hace poco estuve hablando con un amigo sobre los relatos de Salinger, y salió a colación esa biografía sui géneris escrita por Ian Hamilton y titulada En busca de J. D. Salinger. 

Como quizá sepan ustedes, este libro es una versión remodelada de una obra anterior por la que Salinger demandó a Hamilton, al considerar que atentaba contra su derecho a la intimidad. Porque, entre otros detalles, la obra reproducía cartas privadas sin que él, Salinger, hubiese dado consentimiento para ello.

Salinger consiguió que se prohibiera la publicación de dicho libro, pero Hamilton no se quedó quieto. Al contrario, disfrazó la obra, le dio unas vueltas, y la publicó no como biografía sino como ensayo o investigación sobre el famoso autor. 

El caso es que esta charla con mi amigo me  llevó a recordar un trabajo sobre Salinger que hice en la universidad, para la asignatura de Literatura norteamericana, y que me causó una extraña pesadumbre.

Recordé cuánto disfrutaba yo indagando por ahí, en busca de información sobre Salinger, estudios de sus obras, etc. Pero lo que mejor recuerdo es que al mismo tiempo que disfrutaba me sentía mal. Y es que por un lado me encantaba la tarea de investigar y escribir sobre un autor por el que tenía una consideración especial (y tal vez algo adolescente, lo reconozco), pero por otro me sentía culpable justamente por eso, por indagar en su vida, sabiendo lo celoso que él había sido siempre de su intimidad y su privacidad. Mi trabajo, pensaba yo, era algo que iba en contra del respeto que sentía por él, como autor y como persona.

Pero esta contradicción que me mortificaba no quedaba ahí. Porque además me molestaba que los estudiosos, los críticos, los periodistas, no dejasen de elucubrar sobre Salinger y escribir sobre él; me molestaba que durante toda su vida el escritor se hubiese sentido perseguido por sus admiradores; que no lo hubiesen dejado en paz. Que no hubiesen respetado ese deseo suyo, tan walseriano,  de no ser nadie, de huir de la notoriedad... pero al mismo tiempo yo era la primera que andaba buscando artículos y ensayos que me diesen información sobre él.

Por otra parte, le cogí mucha manía a Ian Hamilton, por haber escrito esa  obra que tanto enfadó a Salinger y por haberse salido finalmente con la suya mediante un subterfugio literario. Y al mismo tiempo, cómo no, me moría de ganas de leerla.

Lo cierto es que cuando empecé a leer In Search of J. D. Salinger me sentía como una intrusa, casi como una espía, por estar leyéndolo en vez de respetar la intimidad de mi admirado escritor. Qué remordimiento.

Ahora creo que en el fondo de esas contradicciones mías, de toda aquella desazón, de ese querer y no querer, yacía un deseo romántico: la ilusión de un complot mundial, de una especie de cruzada literaria, por la que todos los lectores y admiradores de Salinger boicoteásemos la venta de biografías y cualesquiera libros que especulasen sobre él; que nadie los comprara ni los leyera nunca; que amarillearan ignorados en los sótanos de las editoriales, de las distribuidoras, de las librerías.

Pero, ahora que lo pienso, esta pretensión de condenar libros, de penalizar unas obras que podían ser interesantísimas, serias y eruditas, también se contradice con mi amor al estudio y mi espíritu bibliófilo...

En fin, lo dicho: un sinvivir.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Mi secreto


Nunca le he contado a nadie que a mí  no me gusta leer. Que en realidad nunca he leído ningún libro entero. He empezado unos cuantos, pero me aburro de tal manera que nunca paso de las primeras diez  o quince páginas. No me interesa nada de lo que se cuenta en los libros; la literatura me parece una falsedad, un engañabobos, un pasatiempo para insomnes perezosos.

Pero un escritor, y menos un escritor de éxito como yo, no puede decir eso. Sería un desprestigio, un escándalo que pondría en peligro mi medio de vida. Por eso tengo mi casa llena de libros, para cuando vienen las visitas, y sobre todo los críticos, los colegas y mis alumnos de los talleres de escritura. Hay que guardar las apariencias.

A veces casi me veo en un apuro, cuando en una entrevista, en clase o en cualquier acto literario me preguntan qué opino de tal o cual libro, de tal o cual autor. Pero ya tengo suficiente experiencia para salir del paso, y unas cuantas frases prefabricadas que utilizo según la ocasión. Por ejemplo, si me preguntan por alguna obra de reciente publicación, basta con decir: "No tengo tiempo para estar al tanto de las novedades"; o "Tengo buenas referencias de ese libro, pero no lo he leído aún".

Si me preguntan por mis obras favoritas, respondo: "Los clásicos nunca fallan. Siempre hay que recurrir a los clásicos". Entonces dejo caer algún que otro nombre de prestigio, como Henry James, Tolstoi, Flaubert, y listo. Y si quiero impresionar un poco, Gustav Meyrinc o Marina Tsvietáieva, por ejemplo, quedan fenomenal.

En ocasiones un colega o un alumno me ponen en un verdadero aprieto. Hay libros que, por lo visto, son "imprescindibles" y todo el mundo los ha leído; y me comentan algo de ellos dando por hecho que los conozco bien. En esas ocasiones suelo decir: "La verdad es que ya se ha dicho tanto sobre esa obra que es imposible añadir nada nuevo...". Y entonces  me dan la razón y pasamos a otro tema.

Otras veces me dicen que tal o cual libro mío tiene "claras reminiscencias nabokovianas"; o que en tal otro se perciben alusiones a, qué sé yo, "los poetas malditos del diecinueve". ¿Se puede saber de qué hablan? Pero, claro, tengo que poner cara de fumador de pipa y decir algo interesante. Entonces suelto cosas como: "Bueno, ya sabe usted que el propio autor es muchas veces inconsciente de lo que sus libros pueden sugerir  al lector". Y si me insisten sobre el asunto digo que es un honor que me relacionen con esos ilustres y rezo para que pasen a otra pregunta.

La verdad es que cada vez me resulta más agotador este continuo fingimiento. Y además últimamente noto que me faltan ideas, que escribir se me hace cada vez más cuesta arriba. Tanto es así que he empezado a fantasear con la idea de dar una rueda de prensa para decir la verdad, desvelar mi secreto y mandarlo todo a freír espárragos. Dejar de escribir y poner un bar. Pero tengo firmados contratos y compromisos, y hay tanto montado a mi alrededor, tanta gente que depende de mí, de las ventas de mis libros, que no me lo iban a permitir. 

Sin embargo otras veces pienso que a lo mejor un pequeño escándalo de ese tipo, en el momento adecuado,  podría ser hasta beneficioso: "El autor que nunca ha leído un libro". "El escritor que desprecia la literatura". Seguro que algo así crearía expectación, indignaría a unos y fascinaría a otros, y mis ventas aumentarían sin duda. Como cuando uno se muere y el interés por su obra resucita milagrosamente. El mundo es tan disparatado que necesita sus propias incongruencias para funcionar.

Y, ahora que lo pienso, a lo mejor podría escribir una novela sobre este asunto... Pero no, no creo que funcionara: demasiado incoherente para ser ficción.



miércoles, 4 de noviembre de 2020

Conexiones inconexas

Después de varios meses en los que Juguetes del Viento ha estado de reposo, regreso a este hogar virtual, a este saloncito de tertulias, para volver a charlar con ustedes, si les apetece.

Durante estos meses me han acompañado diversas lecturas, lo cual no es nada sorprendente. Pero a mí sí me ha sorprendido un poco que algunas de esas lecturas se hayan conectado entre sí de manera un tanto curiosa. O quizá es que yo quiero verlo así.

Una de esas lecturas fue Encuentros con libros*, una colección de ensayos y críticas literarias del maestro Stefan Zweig. En uno de los textos Zweig reflexiona sobre los diarios que escriben los adolescentes, y sobre todo las adolescentes, como forma de "rendir cuentas ante uno mismo", y de reflejar no sólo sentimientos y pensamientos, sino también hechos cotidianos, sin gran consecuencia, pero que para el adolescente resultan trascendentales, ya que en esa etapa se vive todo con mucha intensidad.

Dice también Zweig que por eso es excepcional que un adulto lleve un diario, y que sólo los poetas conservan esa manera tan intensa de vivir que tienen los adolescentes, y esa forma "pura y apasionada" de contemplar el mundo y sus misterios.

Y así se conectaron este libro y otro con el que lo estaba alternando: el impresionante Libro del desasosiego*. Porque esta obra es precisamente eso, un diario escrito por un adulto: el  poeta Pessoa. Aunque él, qué curioso, muestra una pasión inversa, por así decir, porque aparece pasionalmente desapasionado, sensiblemente indiferente a la vida, pero, por ello mismo, viviendo intensamente.

Y estas dos lecturas me llevaron, como formando una cadena de intangibles eslabones, a recordar otras páginas más peculiares, personales y exclusivas: mis propios diarios de  adolescencia y temprana juventud.  

Entonces me resultó inevitable hacer un breve viaje al pasado, repasando algunos de los pasajes que escribí entonces.  Y he comprobado que en aquel registro de lo cotidiano, de mis alegrías y mis desasosiegos, están, en efecto, ese entusiasmo, esa intensidad y esa mirada apasionada al mundo y a la vida que menciona Zweig. Y también está "el interés por la realidad, el ansia de conocimiento y el deseo de completar la imagen del mundo". 

De este modo me pareció que mis humildes páginas se conectaban con las ilustres de Zweig  y las eminentes de Pessoa.

Y por último, en otro de los libros leídos en estos meses, Oblómov*, he encontrado otra de estas peculiares conexiones. En los capítulos finales de esta novela, uno de los personajes, Olga Serguéievna, recuerda una etapa anterior de su vida, una etapa en la que "jugaba a vivir", y en la que "se iniciaba en el conocimiento de la vida, la estudiaba, comenzaba a conocer su propia mente y su carácter, iba recopilando datos únicamente..."; y en la que "sus pasos eran inseguros"; "se preparaba para el futuro"...

En aquellos momentos, cuando escribía mis diarios, mi única intención (o la única que yo era capaz de identificar) era conservar y preservar todos esos momentos, todas aquellas vivencias que tan importantes me parecían (y que de hecho eran), para que no se perdieran en el tiempo, para que no se disolvieran en el aire del olvido. Para que no se "marchitaran" -según   Olga y Oblómov en la novela- y quedaran en nada. O quizá para no "sentir el tiempo con un dolor enorme", como dice Pessoa en su Libro.

Pero al leerlos ahora he percibido justamente lo que piensa la heroína de Oblómov, y he comprendido que yo, en efecto, también lo escribía todo, y lo analizaba, para entender mejor las cosas, para ir conociendo la vida. Y, como también señala Stefan Zweig, un intento de conocer mi propio carácter, mi propia forma de pensar, de hacer las cosas y de actuar en cada circunstancia. 

Así es como estas tres obras magistrales se han conectado entre sí, y a su vez se han conectado a mí de una forma muy personal, llevándome además, pasito a paso, a que yo me conecte conmigo misma, con mi yo del pasado, y de la manera más sencilla y eficaz: a través de las palabras.


Jonathan Wolsten Holme


 

*Stefan Zweig. Encuentros con libros. Acantilado, 2020. Traducción de Roberto Bravo de la Varga.
*Fernando Pessoa. Libro del desasosiego. Seix Barral, 1997. Traducción de Ángel Crespo.
*Iván Goncharov. Oblómov. Alba, 2002. Traducción de Lydia Kúper de Velasco. 

domingo, 2 de agosto de 2020

Gracias


Este verano Juguetes del viento ha cumplido doce años.

Sin embargo, al contrario que en los cumpleaños anteriores, esta vez no ha habido celebración, ni siquiera un brindis en la intimidad. Y es que, por unas cosas y otras, este año el blog tiene el corazón triste. Tan triste que incluso está pensando que quizá sea hora de jubilarse. 

Con todo, el balance de estos doce años es tan positivo, tan extraordinario, que me siento privilegiada, no sólo por haber podido mantener activo el blog, sin interrupción, durante todo este tiempo, sino también  y sobre todo, por los blogs y las personas que he conocido gracias a Juguetes del viento, personas de cuya presencia aquí me enorgullezco.

Por eso, y aunque no haya celebración, yo quiero darles las gracias, una vez más, a todos ustedes: a los lectores que ya no están pero que durante un tiempo  mantuvieron el blog vivo y alegre con su presencia, esa que tanto echo de menos. Y por supuesto a los que, para mi contento, siguen estando,  dándole sentido con sus comentarios y su generosidad.


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