Cuando
lo conocí, en el club de lectura, Andrés Hurtado tenía treinta y cuatro años y
aún vivía bajo el cansado techo de sus progenitores. Según nos había contado él
mismo, había dejado la universidad en el segundo año y desde entonces no había
hecho ningún intento de buscar trabajo. Al contrario, había convertido el desván
de la casa paterna en un estudio, para aislarse del mundo.
—De pequeño subía a jugar con los cachivaches que había por todas partes —nos dijo un día—, y ahora me paso el tiempo allí, leyendo, escribiendo y pensando. Porque yo pienso muchísimo; no lo puedo remediar, soy un filósofo de la vida.
En el club de lectura no tenía aceptación; se mostraba arrogante y pamplinoso y todo el mundo lo consideraba un abusón, por cómo vivía a costa de sus padres, y un ignorante, por los comentarios que hacía de sí mismo y de los libros que leíamos.
Siempre llevaba sus opiniones escritas en un papelito, que sacaba del bolsillo y luego dejaba por ahí, en su silla, en alguna mesa de la librería o incluso en el suelo. Se notaba que los dejaba adrede, supongo que para que alguien los recogiera y tal vez se impresionara con sus reflexiones. Y la verdad es que yo misma recogí muchos de esos papelitos y los conservo. Sus palabras eran tan disparatadas que me parecían unas entrañables obras maestras del absurdo. Por ejemplo, sobre El último encuentro, la novela de Sándor Márai, escribió:
«No está mal escrito. Se puede decir, que el autor tiene cierto talento, para relatar la susodicha narración, pero manifiesta una prosa lacónica en esta obra de escritura. Como bien digo, el secreto que engloba a los personajes está edulcorado con un toque de misterio.»
En verdad sus intervenciones, como sus notas, eran siempre un batiburrillo de ideas deslavazadas y expresiones campanudas, que él creía profundas y elaboradas pero que no tenían ningún sentido.
A pesar de todo, a mí no me caía mal. Me parecía un pobre tipo con ínfulas de intelectual, empachado de críticas literarias que intentaba imitar. Pero lo veía tan solitario, tan menospreciado, y aun así tan conforme consigo mismo, que me inspiraba más ternura que otra cosa.
Un día nos dijo que había empezado a escribir una novela, y, con su habitual rimbombancia se mostró convencido de que el resultado sería incólume.
Le preguntamos de qué trataría la novela.
—Ah, no lo sé todavía —respondió, subiendo un poco los hombros.
—Pero si no lo sabes —le preguntó el coordinador del club de lectura—, ¿cómo la has empezado?
—Pues yo he empezado a escribir todo lo que se me ha venido a la cabeza y ya irá saliendo algo —explicó.
—¡Pero bueno! —exclamó Roberto, uno de los integrantes del grupo que más antipatía le mostraba, y que también estaba escribiendo una novela—. Tú no tienes respeto por la literatura. Tú lo que eres es un charlatán, un impostor, un... ¡un sicofante, hombre!
Andrés Hurtado se sobresaltó un poco, pero dijo, con aire satisfecho:
—No te pongas nervioso, Roberto, a ver si te crees que eres el único que sabe escribir.
Cuando nos reunimos al mes siguiente para comentar una nueva lectura, alguien le preguntó a Andrés cómo iba su novela.
—Ya llevo tres folios —dijo con cierto aire satisfecho—, pero ahora estoy atascado. Tengo el bloqueo del escritor —añadió casi con orgullo.
Yo me lo imaginaba en su desván, sentado ante el ordenador, con la vista perdida, esperando la visita de la musa que lo sacaría del bloqueo. Y al parecer la musa llegó y lo inspiró, en efecto, porque, en nuestra siguiente cita mensual nos dijo que había ido a despedirse porque dejaba el club de lectura.
Fingiendo interés, varios compañeros le preguntaron a qué se debía su abandono.
—Es que ahora estoy centrado en mi novela, y no quiero perder el tiempo con otras cosas.
Cuando se marchó, los demás, sobre todo Roberto, mostraron bastantes dudas sobre su constancia y su capacidad. Es verdad que lo teníamos por holgazán y mediocre, pero a mí también me parecía terco y competitivo. Esto puede ser negativo en muchas circunstancias, pero también es cierto que las personas así no cejan cuando de verdad ponen su interés en algo.
Al cabo de casi un año y medio, Andrés Hurtado volvió al club de lectura. Nos sorprendió verlo allí de nuevo, y algunos no pudieron evitar un gesto de fastidio. A mí me pareció que había algo distinto en él, en su expresión, en su forma de moverse. Me daba la impresión de que se había vuelto más sencillo, más sereno, menos petulante. Más maduro, supongo.
—Quería compartir con vosotros una buena noticia —nos dijo, con una cierta timidez que resultaba novedosa en él—. Terminé mi novela y he ganado un concurso. La va a publicar la editorial Tisbe.
—¡¿Qué?! —exclamó Roberto, casi levantándose de su silla—. No me lo puedo creer.
Andrés Hurtado nos contó que después de dejar el club de lectura se matriculó en un curso de escritura, que trabajó mucho en su novela y que después de muchas correcciones y reescrituras la envió al concurso.
—Pero sobre todo —añadió—, he venido para pediros disculpas por todas las tonterías que dije aquí, en el club, y a daros las gracias por aguantarme tanto tiempo.
Después de decir eso, se volvió hacia mí y me miró de una forma peculiar. Me pareció ver en sus ojos gratitud, reconocimiento; como si supiera que yo siempre lo había visto de otra manera. Como si él hubiera visto más allá de mí, del mismo modo que yo había visto más allá de él.
Andrés Hurtado no volvió al club de lectura y no volvimos a saber de él. Pero yo leí su novela y, aunque no se haya convertido en un escritor de renombre, espero que siga escribiendo.








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