lunes, 27 de junio de 2022

La isla de las emociones

En estos días veraniegos Juguetes del viento ha celebrado su decimocuarto aniblogsario. Es lo que se llama un blog persistente. Y para celebrar estos catorce años me gustaría recordar junto con ustedes, que tanto tienen que ver con la perdurabilidad de este espacio,  una de las muchas entradas que conforman la historia del blog. Espero que les guste y que sigan acompañándome como hasta ahora, aunque yo no sepa expresar cuánto agradezco su presencia y cuánto me inspira

*


Yo sólo creo en los cuentos/nunca apuesto por la verdad,
sé que la vida es un sueño/pero el libro es real.
Yo no confío en los hechos/no me pone la realidad
es más fuerte un solo poeta/que una tropa vulgar.
(Conde. El último de los creyentes)


No hace mucho, leyendo La educación sentimental de Flaubert, volví a comprobar  que las novelas están escritas para cada uno de nosotros, para decirnos algo que nos hace falta o nos conviene saber.

En esta ocasión en particular, al leer determinados pasajes de la novela he comprendido lo que una persona allegada a mí me decía hace unos meses y que yo no llegaba a entender. Y en general, leyendo las vicisitudes de los protagonistas de la historia he visto reproducidas actitudes ajenas y propias y he comprendido con claridad el porqué de unas y  las repercusiones de otras.

Estos efectos que tienen las novelas, las historias en general, los constatamos en muchas ocasiones. Cualquier persona que tenga el hábito de leer ficción, especialmente lo que solemos llamar “gran literatura”, habrá tenido esa sensación de que la historia parece escrita expresamente para quien la lee; de que el autor, con lo que le cuenta, le da pistas para entender mejor las relaciones humanas y por lo tanto le ayuda a vivir mejor.

Que un escritor nos hable a nosotros personalmente, a través del tiempo, de los siglos incluso, puede parecer cosa esotérica o ensoñación de mentes románticas. Y puede que incluso nos guste considerar que así es. Pero lo cierto es que esto tiene fundamento científico.

Parece ser que nuestro cerebro se maneja mejor con los cuentos que con los hechos, como dice el poeta. Y es que recordamos mejor, entendemos mejor y aprendemos más de aquello que se nos cuenta con estructura narrativa y con personajes que actúan e interactúan entre sí. En cambio, la mera información  sobre  hechos determinados deja en nuestro cerebro una impresión mucho más leve y pasajera.

¿Y por qué ocurre esto? Cuando nos hablan o leemos sobre cualquier asunto, las palabras mediante las cuales recibimos esa información llegan a  las áreas del cerebro encargadas  de procesar el lenguaje. Entendemos el mensaje, pero  ya está.

Sin embargo, cuando nos narran una historia se ponen en funcionamiento no sólo esas áreas que procesan el significado de las palabras sino también otras áreas que  se activan cuando experimentamos en la vida real hechos similares y las emociones correspondientes.

Dicho de otro modo, nuestro cerebro no establece diferencias entre las sensaciones y sentimientos que experimentamos en la vida real y los que experimentamos a través de una historia. Y nos identificamos con los personajes y las situaciones porque recibimos esa “sensación de realidad”, e incluso la asociamos con experiencias similares previas.

Curiosamente, hay un área del cerebro relacionada con las emociones, una “pieza” fundamental llamada ínsula, que es bastante desconocida aún. Es ahora, desde hace pocos años, cuando los científicos están empezando a comprender su función y su importancia en el proceso de las experiencias emocionales y físicas que van asociadas a diferentes estímulos.

Por eso yo, a partir de ahora, cuando lea una historia, además de darle las gracias a Flaubert y a quien corresponda en cada caso, por sus enseñanzas, me acordaré también de esa ínsula misteriosa, de esa pequeña isla en la que se esconde el mapa secreto de nuestras emociones.






Entrada publicada originalmente el 21/02/2015

viernes, 20 de mayo de 2022

Tigres siberianos

No me canso de decirlo: en las palabras hay magia. La forma en que se relacionan unas con otras, ya sea  como hermanas o bien como familiares lejanos en los que es difícil percibir el parentesco; la manera en que derivan unas de otras, aunque  después cada una siga su propio camino, y las formas en que nos revelan sus misterios, todo eso sin duda tiene que ver con la magia.

Y así, cuando tarde o temprano descubrimos esos parentescos, las relaciones misteriosas que a veces tienen las palabras,  nos asombramos tanto como si un mago sacase de la chistera, en vez de un conejito blanco o una paloma, un tremendo tigre siberiano.

Como ya saben ustedes, a mí me dan unos terribles ataques de curiosidad cuando me cruzo con una palabra que no conozco o que me hace pensar en otra con la que le sospecho un origen común. Y en este segundo caso mi departamento cerebral de paretología (o etimología popular) me lleva a atribuirles algún parentesco.  Y entonces, claro está, no me queda más remedio que hurgar en la chistera a ver si descubro algún tigre siberiano.

Es lo que me ocurrió no hace mucho con la palabra présbite.

Leí en un libro que uno de los personajes leía el periódico alejándolo de sí "porque era présbite". Yo en seguida pensé que "présbite" debía de ser otra forma de "presbítero", es decir un eclesiástico de determinado rango. Pero claro, al mismo tiempo me pregunté qué tendría que ver el rango eclesiástico con el hecho de tener que alejar el periódico para leerlo.

Entonces se me apareció, como flotando delante de mí, la palabra "presbicia", y me dije: "Tate, ¿será que la persona que padece presbicia es présbite, lo mismo que el que padece miopía es miope?"

Y efectivamente, en seguida comprobé que el présbite es quien padece presbicia. Y de camino supe que la palabra presbicia procede del francés presbytie, y éste a su vez del griego presbytes, que significa, fíjense, "anciano". Es decir, que hacerse mayor, o sea, présbite, nos aboca a la presbicia. O, al revés, padecer presbicia nos convierte en présbites, ya que la presbicia aparece con la edad.

Pues bien, ya había descubierto lo referente a "présbite", pero me quedaba el cabo suelto del "presbítero". Puede que fuese cosa de mi departamento de etimología popular, pero el caso es que me parecía clarísimo el parentesco entre  el présbite y el presbítero. Así que curioseé un poco más en la chistera y resultó que no me equivoca. En efecto, existe la sospechada relación, ya que "presbítero" proviene del latín presbyter y éste del griego presbýteros, que significa literalmente "más anciano".

Es decir, cuando un eclasiástico llega a presbítero no es ya sólo presbytes (anciano) sino presbýteros, por lo cual lo más probable es que padezca presbicia. Así, además de presbítero será présbite, lo cual convertiría al presbítero prácticamente en una redundancia de sí mismo.

Ocurre con las palabras  como con la magia, que nos despista y nos hace dudar con sus pases de acá para allá, con sus vueltas y revueltas, pero siempre acaba mostrándonos algún fascinante tigre siberiano.


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domingo, 24 de abril de 2022

No sólo para leer

Algunas personas llegan a reunir una cantidad importante de libros, y en esos casos es habitual que otras personas les pregunten si los han leído todos. Como si los libros sólo se tuvieran por su utilidad como fuente de lectura. Si así fuera, desde luego, carecería de sentido tener muchos más libros de los que se pueden leer en una vida.  

Pero los libros se tienen por otras razones, además de para leerlos. Por algo existen palabras como bibliomanía y bibliofilia, o esa otra, japonesa, que están tan de moda (aunque se originó en el siglo XIX), que es tsundoku, y que se usa para referirse a los libros comprados y no leídos que se van apilando en casa.

El caso es que parece difícil explicar, a quien no comparta esa pasión de la bibliomanía, por qué se tienen los libros a pesar de que posiblemente no se vayan a leer nunca. Ni siquiera Umberto Eco, el gran sabio, tenía una respuesta definitiva, sino varias diferentes, para cuando le preguntaban si había leído los treinta mil volúmenes que tenía en casa.  Y una de ellas, según cuenta él mismo en Nadie acabará con los libros, era: "No, no he leído ninguno de estos libros. Si no, ¿para que iba a tenerlos?" 

Según esta respuesta,  la verdadera biblioteca sería la de los libros no leídos, lo que me parece una idea interesante.

Sobre este asunto de la acumulación de libros he leído últimamente diversos artículos. Y me ha llamado la atención que en todos ellos se repiten las mismas ideas y los mismos argumentos.  Por ejemplo, se dice que no hay que sentirse culpable por tener libros sin leer amontonados en casa. Y que lo bueno de esos libros sin leer es que son un recordatorio de nuestra ignorancia, de lo mucho que nos queda por aprender. Y para rematar, se hace referencia frecuente al término antibiblioteca, acuñado por el ensayista Nassin Taleb para denominar esas colecciones de libros no leídos, y que a mí, por cierto, me parece una palabra muy fea y desacertada.

Es decir, al mismo tiempo que defienden la "manía" librera, que la ensalzan y la recomiendan, hablan del asunto en términos muy negativos. Porque, vistos así, da la sensación de que los libros fuesen algo malo asociado a la culpabilidad; y de que fuesen como institutrices regañonas que nos reprocharan nuestra incultura. Y como si los libros se leyesen con la finalidad de adquirir conocimientos.

En ninguno de esos artículos se habla del puro deleite de leer, de disfrutar con una historia y con un lenguaje esmerado. Ni de la relajación, la evasión, la diversión y las emociones diversas que un libro puede hacernos sentir; ni de la compañía que proporcionan, o el consuelo que puede traernos el vernos reflejados en sus personajes y situaciones.

Todo eso puede darnos la lectura,  y yo creo que para eso leemos. Por eso tener libros sin leer a mí no me hace pensar en lo ignorante que soy, sino en los buenos ratos que esos libros me proporcionarán, de un modo u otro. Cuando veo libros sin leer no veo maestros dispuestos a llenarme la cabeza de conocimientos. Lo que veo es un mundo de posibilidades, todas felices. Creo que eso son los libros: una posibilidad, una promesa de gratas emociones. También de conocimientos, por supuesto, pero mucho más que eso.

A mí, como a tantas personas, me gusta tener libros a mi alrededor, porque eso me hace sentir que el mundo es infinito y está lleno de vidas y circunstancias, todas interesantes; que hay muchas otras realidades dentro de la realidad en la que vivimos, muchos "mundos posibles", lo que enriquece de manera incalculable nuestra visión de las cosas y de nosotros mismos. Y no siento más que gratitud al pensar en la inteligencia, la sensibilidad y el trabajo de quienes tienen la capacidad de crear realidades y emocionarnos con ellas.

Creo que no hay que explicar ni justificar el amor a la lectura ni la pasión por los libros, como fuente de lectura y como objetos, porque es algo que resulta natural, innato y consustancial para quien lo disfruta. Y para quien necesite explicaciones quizá ninguna sea suficiente. Pero el caso es que  hablamos de ello constantemente, quizá porque el hecho de hablar de lo que amamos es una consecuencia inevitable de ese amor.


 


lunes, 28 de marzo de 2022

Mi aleph

(Inspirado por "El aleph", de J. L. Borges)


Abrí la doble puerta del armario, y allí, delante de las toallas, estaba el aleph. Flotaba ingrávido como una pompa de jabón, irisado, satinado y perfecto. Acerqué el dedo para tocarlo, pero temí alterar su naturaleza y retiré la mano. 

Di un paso atrás para contemplarlo mejor, pero en seguida las imágenes que contenía —o que generaba a cada instante, no lo sé— hicieron que perdiera de vista la esfera en sí y sólo pudiera concentrarme en el espectáculo imposible que me ofrecía.

Allí, en aquel orbe maravilloso, pude verlo todo, lo accesible y lo inaccesible. Pude ver las nubes en movimiento y las gotas de agua que contenían; los mares calmos y los bravos y un volcán en erupción; pude ver la primera casa en la que viví y la última en la que viviré; pude ver  a mi madre consolándome lágrimas infantiles; pude ver las muñecas con las que jugué y mi próximo viaje a París; pude ver un prado verde blanco de margaritas, y una locomotora de vapor; los rascacielos luminosos de Tokio y a un hombre que fumaba a escondidas en el baño de un hospital; pude ver un iglú y un molino de viento y un faro en el mar, y pude ver las auroras boreales.

Pude ver a las mujeres con miriñaque paseando por Regent Street y la nebulosa marca que un cuadro desaparecido había dejado en una pared;  pude verme dormida y pude ver el sueño que estaba soñando; pude ver la huella humana en la luna, y en el fondo de una mina negra, el brillo de un diamante; pude ver melodías y flores; pájaros y libros; pude ver un cementerio olvidado y una rosa aún viva sobre una lápida; pude ver a mi primer amor besando a su primer amor; y a Dickens visitando a Poe; pude ver rocas ingentes en mitad de un bosque y una hormiga que cargaba una hoja de eucalipto; pude ver una batalla de espadas y a un niño que brillaba delante de un árbol de Navidad; y pude verte a ti y a mí viéndote a ti.

Y al poder verlo todo me sentí suprema y me sentí minúscula, y después lloré porque ya no me quedaba nada con lo que soñar. 


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domingo, 6 de marzo de 2022

Libros únicos

Sé que a muchas personas no les gustan los libros de segunda mano, y eso algo que, por supuesto, no me cuesta comprender.

Sin embargo, ya lo he dicho aquí muchas veces, a mí me parece que los libros usados tienen un carácter especial, porque llevan en sí la esencia de una vida anterior, en la que los amaron, los disfrutaron, o tal vez los desdeñaron. Son libros con experiencia, libros que han vivido y que llegan a nosotros buscando otras manos, otros ojos que sigan dándoles utilidad, sacando provecho de ellos; o tal vez esperando el aprecio que aún no han recibido.

También hemos hablado ya aquí de libros que se ponen a la venta en segunda mano llevando en su interior, como si fuese un corazón, una carta, una nota, un mensaje que los hace únicos, aunque haya por el mundo miles de ejemplares del  mismo título.

Hace un par de semanas un amigo me mostró un libro que había comprado por internet, de segunda mano, a un vendedor particular. El libro está impecable, muy bien cuidado, y tiene las iniciales de su dueño anterior escritas a lápiz, en la esquina superior derecha de la guarda. Una firma discreta, un "ex libris" manual y humilde, que no quiere molestar.

Dentro del libro, y esto es lo que me interesa contar aquí, había una carta. Una carta llena de amor que la vendedora, hija del dueño del libro, había incluido al enviar el ejemplar.

En la carta, la vendedora  se presenta y da las gracias al comprador por su pedido, y a continuación cuenta brevemente que dicho libro es uno de los veinticinco mil volúmenes que conforman la biblioteca de su padre, fallecido el año pasado y que fue reuniendo desde pequeño.

Ahora ella, como heredera de tan magnífica colección, ha de dejar que los libros salgan al mundo, para que lleguen a otras personas, a otros lectores que tendrán así la oportunidad de disfrutarlos, de beneficiarse  del tesoro intangible que cada uno conserva entre sus páginas.

La autora de esta conmovedora carta habla de los "amados libros" de su padre, que ahora "tienen la oportunidad de escribir una nueva historia", y añade que está segura de que eso es lo que a él le habría gustado.

Sin duda, como también hemos dicho ya en otras ocasiones, los libros de segunda mano tienen dos historias que contar: la que recogen sus páginas y que todos podemos leer, y la historia particular de cada volumen, que no queda recogida en las páginas pero que de alguna manera impregna el libro, y que la mayoría de las veces sólo podemos imaginar o soñar.

No obstante, algunas veces, gracias a la especial sensibilidad de una persona, tenemos la extraordinaria posibilidad de conocer esa segunda historia de un libro, esa historia paralela y exclusiva, que puede llegar a emocionarnos igual que una de nuestras novelas favoritas.


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sábado, 19 de febrero de 2022

Lenguaje tecnoflash

Ya en otras ocasiones hemos dedicado espacio en este modesto blog a ese lenguaje superchuli y megaguay que utilizan algunos para darle lustre y realce a su discurso. Sobre todo cuando ese discurso es un poquito simplón.

Quizá algunos de ustedes recuerden aquellos casos de lenguaje memotécnico que tanto deleite proporciona al oyente atento; o ese lenguaje ténico cuya utilización queda sólo al alcance de los más expertos y sofisticados hablantes.

Lo mejor del asunto es que estas palabras y expresiones tan pintureras y campanudas no dejan de aparecer y prosperar como florecillas regadas con el agua de la modernidad y la innovación. Y, para remate del tomate, estas florecillas reciben cada vez con más frecuencia el abono de la lengua anglosajona, lo que, sin duda alguna, fortalece su carácter rutilante y mentecato.

Como ejemplo de lo que estamos diciendo, valga el caso de las personas que, al ser amantes de estas expresiones técnicas y novedosas, no van al médico, sino al "proveedor de atención médica"; o el de aquellos que intentan venderte un "centro de fregado", mientras te ofrecen un simple cubo y una fregona.

Otros, amigos del extranjerismo, dicen que hay que cuidar "lo que es el fitting de los vestidos", o sea, que hay que procurar que el vestido que te vayas a poner sea el adecuado. Qué gran idea.

Y otros, dedicados al mundo empresarial, nos dicen que tienen intención de "convertir Barcelona en un hub", que por suerte significa "eje" o "centro". Menos mal. Por otro lado, nos dicen también que las empresas "están poniendo el target en los jóvenes". Esto puede ser más preocupante, ya que, entre otras cosas, el target puede ser el blanco o la diana. Pero cabe pensar que se refieren a que el público al que se dirigen las empresas son los jóvenes. Es lo malo del lenguaje tecnoflash, que nos deja a muchos atribulados y cariacontecidos.

Pero claro, cuando un organismo oficial dedicado a la gestión de la enseñanza, a velar por la formación académica de la muchachada, dice que a partir de ahora no se hablará de "alumnos suspensos" sino "en proceso de logro", ya debemos ir preparándonos para cualquier cosa.

En fin, son las consecuencias de la modernidad a toda costa; de las ganas de no dejar nada como estaba, por muy bien que estuviera; de la pasión por la innovación tontorrona y de las ínfulas creativas que tienen muchos que probablemente no tienen mucho que hacer.  


 

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viernes, 4 de febrero de 2022

Lagofrío

Diego y Laura llegaron a Lagofrío pocos días después de que el servicio de excursiones hubiese cerrado hasta la siguiente temporada.

Y en realidad eso era lo que Diego había esperado. A él no le interesaban las excursiones turísticas para ver pelícanos y pescar cangrejos. Lo que quería era ir al islote de Los Justos, para fotografiar las ruinas de la ermita  durante uno de aquellos atardeceres dorados y líquidos que ofrecía el lago.

Sabía que algunos pescadores de la zona alquilaban sus barcas si les pagaban bien, y  no tuvo problemas para encontrar uno con el que llegar a un acuerdo.

—¿Sabe usted manejar una de éstas pequeñas? —le preguntó el pescador.

—Sí, sí, tengo cierta experiencia.

Diego y Laura subieron a la barca y el pescador observó cómo la ponían en marcha e iniciaban el recorrido.

Cuando ya estaban cerca del islote, que se alzaba en medio del agua como una pirámide cubierta de filigrana verde, Diego apagó el motor.

—Quiero hacer unas cuantas fotos aquí también, con la cámara a ras del agua. 

—Sólo tenemos una hora de alquiler —le recordó Laura.

—Sí, tranquila, cinco minutos y seguimos.

Sin embargo, al cabo de esos cinco minutos fue imposible volver a encender el motor.

—Vaya, parece que se ha averiado —dijo Diego, después de intentarlo varias veces.

—¿Cómo que se ha averiado? —dijo Laura, algo alterada—. Prueba otra vez.

—No te preocupes. En el peor de los casos vendrá el pescador a buscarnos si pasa el rato y no volvemos, eso seguro.

—Pero sigue probando —insistió Laura. No vamos a quedarnos aquí una hora.

Diego intentó varias veces más poner en marcha el motor, pero fue en vano.

—Es que no teníamos que haber venido los dos solos, y menos fuera de temporada.

—Laura, venir en temporada es absurdo. Esto parece una feria con tanto turista, y así es imposible hacer las fotos que yo necesito.

La barca se mecía al ritmo del atardecer, que iba llegando con lentitud por el horizonte. El vuelo recto de unos patos salvajes se ondulaba en el agua, y los bosques que rodeaban el lago empezaban a ensombrecerse.

—Eres un irresponsable, Diego. Y yo una idiota por venir contigo.

—Ah, ahora soy un irresponsable. Cuando íbamos a pasar un fin de semana romántico, haciendo fotos y disfrutando de este paisaje increíble, no te parecí ningún irresponsable.

—Porque me lo pintaste todo tan ideal que me convenciste. Como siempre, Diego, que siempre me convences y siempre acabamos haciendo lo que tú quieres.

—¡Pero bueno! Si llevas un año diciendo que querías venir conmigo alguna vez.

—Pues claro, porque desde que empezamos a salir yo me quedo casi todos los fines de semana en casa, mientras tú andas de acá para allá con la excusa de las fotografías.

—¿La excusa de las fotografías? Te recuerdo que es mi trabajo, por si se te ha olvidado.

—Bueno, pero no me dirás que no te lo pasas bien con tu trabajo.

El sol seguía descendiendo y el cielo se iba llenando de colores inmensos que convertían el lago en un manto de terciopelo cobrizo y añil. Y el islote se volvía fantasmal.

—Lo que pasa es que no te fías de mí, Laura, reconócelo de una vez.

—Pues mira, no, no me fío. Ea, ya está reconocido. Y tú sabes que tengo motivos para no fiarme.

Diego hizo un gesto de cansancio y los dos se quedaron en silencio. Entonces oyeron el rumor de un motor que se acercaba.

—¿Será el pescador? —dijo Laura, esperanzada.

—¿Ya ha pasado una hora? —exclamó Diego mirando su reloj, y dándose cuenta en ese momento de lo mucho que había oscurecido ya.

Poco después una barca más grande se detuvo a su lado.
El pescador los ayudó a subir y a continuación pasó a la barca pequeña. Intentó arrancarla, pero tampoco lo consiguió. Entonces ató un cabo de remolque a la cornamusa, volvió a la barca grande y emprendieron el regreso a la orilla.

Durante el recorrido, Diego y Laura permanecieron en silencio, ella, abrazada a la mochila, con ojos llorosos, y él, con la cámara al cuello, lamentando haber desperdiciado aquel soberbio atardecer.


Sunset, Eagle Cliff
Sunset, Eagle Cliff (Jasper Francis Cropsey, 1850)

martes, 11 de enero de 2022

Tres hombres y un destino

Esta entrada que hoy recordamos se publicó originalmente en Juguetes del viento el 25 de febrero de 2017. 


¿Qué pueden tener en común un joven impresor norteamericano del siglo dieciocho, un rico empresario escocés del siglo diecinueve, y un humilde trabajador colombiano del siglo XXI?

Diríase que nada, salvo que nos refiramos a algo que está por encima del tiempo y de las circunstancias personales y sociales, de las condiciones de vida y del carácter de cada cual.
Y a algo así nos referimos, en efecto.

Benjamin Franklin by David Martin, 1767 WikipediaNuestro primer personaje, el impresor dieciochesco, mostró de niño grandes aptitudes para el aprendizaje y fue un alumno brillante. Sin embargo, a los diez años tuvo que abandonar la escuela para empezar a trabajar como aprendiz en la imprenta de su padre.
Pero como era estudioso por naturaleza, dedicaba varias horas al día a leer, supliendo así la formación académica que no pudo recibir.
Siendo ya un joven profesional, organizó con unos amigos un club intelectual. Se reunían una vez a la semana y charlaban sobre política y filosofía.
Pero para sus debates necesitaban libros que leer, y esto representaba un problema: había pocas librerías y los libros eran caros para sus escasos medios económicos.  Y las bibliotecas públicas, donde poder ir a leer y sacar libros en préstamo,  no existían aún.
Pero este muchacho inteligente tuvo una gran idea: reunir los libros que tenían entre todos los amigos, y además establecer una cuota para comprar más.
Así fueron añadiendo volúmenes  hasta formar una buena colección. Y entonces el joven impresor estableció una  biblioteca en su propia casa, que abría los sábados por la tarde.
La cosa estaba bien organizada: los miembros del club, es decir, los que pagaban la cuota, podían llevarse los libros que quisieran, pero si los perdían tendrían que pagar una multa. Y además la biblioteca también estaba abierta para el púbico en general, que debía pagar una fianza por si no devolvían los libros que sacaban.
Esta idea librera fue un gran éxito en su ciudad, donde leer y aprender se convirtió en una prestigiosa afición, y sus habitantes adquirieron fama de ser los más cultos del país. Tanto fue así que pronto llegaron nuevos patrocinadores para la biblioteca, y otras ciudades pusieron en marcha proyectos similares.

Y así fue cómo este joven intelectual autodidacta, llamado Benjamin Franklin, inventó la biblioteca pública.

Nuestro segundo personaje fue un niño escocés muy pobre que a los doce años  emigró con su familia a Estados Unidos.
Empezó a trabajar en una fábrica, y siendo aún adolescente ya estaba decidido a no quedarse en eso. Sabía que si se formaba, si estudiaba, podría cambiar sus perspectivas de vida. No tenía dinero para comprar libros ni para pagar la cuota de la única biblioteca que tenía a mano y que era privada; pero supo convencer a sus responsables para que le permitieran utilizarla.
Gracias a su interés por aprender, a su espíritu de trabajo y a su ambición por superar la pobreza, el joven emprendedor fue poco a poco mejorando su situación, de tal manera que llegó a ser una de las personas más ricas del mundo.
Pero la riqueza no le hizo olvidar las convicciones políticas que había heredado  de su padre y su abuelo, que habían luchado en Escocia por la igualdad y los derechos de los trabajadores. Pensaba este hombre que la responsabilidad de los ricos era compensar  a la sociedad por los beneficios que conseguían gracias al trabajo de los obreros, de manera que éstos tuvieran también la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida.
Y siendo consciente de la importancia de la formación intelectual, y de la importancia de  las bibliotecas para que todo el mundo pudiera tener  acceso al conocimiento, dedicó gran parte de su riqueza a fundar bibliotecas públicas por todo Estados Unidos y también en el Reino Unido.
Por otro lado, todo hay que decirlo, pagaba poco a sus empleados. Pensaba que la mejor manera de compensarlos y mejorar su vida era mediante los libros. Curiosa manera de entender las necesidades del obrero.
Carnegie Hall
Pero lo importante en esta historia sobre bibliotecas es que un sólo hombre, con una visión puramente altruista, creó más de dos mil bibliotecas. Imaginemos cuántos libros puede haber en dos mil bibliotecas, y a cuantos miles de personas se les facilita así el acceso a la cultura y al conocimiento. Con todos los beneficios que eso implica.
Este filántropo raro se llamaba Andrew Carnegie, y a pesar de su ingente labor bibliófila, hoy su nombe no se recuerda tanto por las bibliotecas que fundó como por otra de sus contribuciones a la cultura: el prestigioso auditorio Carnegie Hall, que construyó en 1891.
Y llegamos ahora a la historia del trabajador colombiano, un hombre sencillo que trabaja en el servicio de recogida de basuras de Bogotá.
Casi no tiene estudios, pero sí un gran amor por la lectura: cuando era niño apenas pudo ir a la escuela, pero su madre le leía todas las noches.

Hace unos veinte años, cuando hacía su servicio por los vecindarios pudientes de la ciudad, este basurero intelectual decidió rescatar los libros que encontraba en la basura. Y no debían de ser pocos, porque ha llegado a reunir más de veinte mil.

Los hay de todo tipo, y con ellos ha creado, igual que aquel joven del siglo dieciocho, una biblioteca pública en su modesta casa. A ella acuden los niños de las zonas más pobres y apartadas, para quienes los libros son un verdadero lujo, y que tampoco pueden acceder, por la distancia, a las bibliotecas públicas de la ciudad.

Y es que, al igual que el rico empresario escocés, este hombre sencillo considera que los libros, el conocimiento, son el mejor medio para salir de la miseria.
Su nombre es José Gutiérrez, pero en Colombia lo llaman El Señor de los Libros.

Así es, los libros están por encima de condiciones sociales y personales; por encima de épocas y nacionalidades; por encima de ideologías y conflictos.
Los libros despiertan el espíritu e igualan a las personas más dispares dándoles un destino común: el amor por el conocimiento y el deseo de compartir esa riqueza intangible con nuestros semejantes.


garbagge collector library

Aquí, la historia de otro héroe bibliófilo colombiano.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Invitados

Como saben ustedes, en estos días de transición, en esta época en que dejamos atrás un año y recibimos otro, es tradición que visiten este blog unos cuantos amigos sabios, a los que invitamos para que compartan con nosotros algunos de sus pensamientos, algunas de esas ideas que pueden parecen elementales, pero que quizá no siempre tenemos presentes.   Son ideas que, me parece a mí, deberían ocupar nuestros corazones la mayor parte del tiempo. 

En esta ocasión  nuestros invitados nos hablan, de un modo u otro,  del consuelo que nos traen las cosas sencillas, de la compañía que podemos brindarnos mutuamente, y de  lo fácil que es, o debería ser, procurarles unos instantes de bienestar a nuestros semejantes. 

Porque a veces para eso basta una palabra :

 

"... estaba convencido de que nuestro humanismo, nuestro apostolado, debía manifestarse —honrada y sinceramente— en los asuntos de escasa importancia, y de que la delicadeza  y la cordialidad fundamentadas en la consideración, el perdón y la disculpa representaban lo mejor, lo más noble que existe en el mundo […] A menudo basta con pronunciar en el instante preciso y con toda naturalidad  una palabra en apariencia indiferente pero que el interlocutor necesita desesperadamente."

 Dezsö Kosztolányi. Kornél Esti. Un héroe de su tiempo (1933)

 * 


Por supuesto, podemos ser nosotros mismos quienes necesitemos esa palabra de consuelo, de apoyo, de comprensión, aunque a veces nos resistimos a compartir nuestras cuitas con otras personas, ya sea por miedo a molestar, ya sea por el temor de parecer débiles. Sin embargo, uno de nuestros invitados nos hace ver las cosas de una manera diferente, inesperada y mejor, en la que hablar con otros  de nuestras preocupaciones se convertiría en un intercambio de dicha espiritual, beneficiosa para ambas partes: 


"Cuando en adelante tuvo penas, y penas reales, no las ocultó, que dando el placer de que le consolaran recibió el de ser consolado. La verdadera abnegación no es guardarse las penas, es saberlas compartir."

Miguel de Unamuno. "Ver con los ojos" (1886)

 


Por otro lado, es muy posible que la decepción vital que casi todos experimentamos alguna vez se deba no a que la vida no sea suficientemente satisfactoria, sino a que dedicamos muchas energías a buscar nuestro contento donde no se encuentra. Porque parece claro que la verdadera dicha está en la ausencia de deseos excesivos, en liberarnos de anhelos y ambiciones materiales que como mucho suponen una satisfacción sólo momentánea:


"Y ciertamente, mi existencia, consagrada a la complacencia de mis deseos, era absurda y mala, y la afirmación de que la vida es mala y absurda sólo se refería a la mía propia y no a la vida en general."

                                                                                                                 Lev Tolstói. Confesión (1882)

 *

Y justo en estas fechas navideñas parece que lo que domina muchos corazones es precisamente el deseo de bienes superfluos y el ansia de placeres gastronómicos innecesarios, y nos olvidamos de lo que supuestamente conmemoramos, lo que en teoría dio origen a estas celebraciones navideñas. 

Pero otro de nuestros invitados nos recuerda que la verdadera felicidad está en lo más sencillo, que con frecuencia es lo que más nos reconforta y nos da fuerzas para seguir adelante, porque es lo único que verdaderamente necesitamos:


"Tal vez un cobertizo seco y un montón de paja reciente parezcan bienes exiguos, pero me salieron al paso cuando menos lo esperaba y se me iluminó el corazón ante tal hallazgo."

 William Godwing. Las aventuras de Caleb Williams (1794)

 ***


 Dedicado a  todos ustedes, con mis mejores deseos para estos días y para todos los siguientes.



lunes, 22 de noviembre de 2021

Risas léxicas (segunda parte)

(viene de aquí)

Decíamos en la entrada anterior que hay palabras que nos resultan divertidas por su mero sonido; que nos hacen gracia aunque su significado no aluda a ningún concepto cómico.

Me ha pasado siempre, por poner sólo unos cuantos ejemplos que me vienen ahora  a la cabeza, con términos como psicopompo, sochantre, Machupichu, cimborrio, mercachifle... que me parecen divertidísimos. 

También ocurre esto con palabras inexistentes, bien porque las inventemos a propósito, o, más divertido aún, cuando son producto de un lapsus linguae (cuando se nos lengua la traba) o  de un lapsus calami (nuestras amigas las erratas), como cuando yo misma, hace unos días, en vez de "cosmopolita" escribí cosmopilita. Una simple vocal en lugar de otra y la risa está servida.  

Pero, como nos preguntábamos en la entrada anterior, ¿por qué será que algunas palabras nos resultan cómicas y nos hacen reír? ¿Por qué, independientemente de su significado, el sonido de esas palabras nos parece por sí mismo divertido? ¿A qué se deberá esta jocosidad fonética?

Esta pregunta, claro está, no  me ha intrigado a mí sola ni en compañía de ustedes. Hace unos años, el profesor Chris Westbury de la universidad de Alberta, también se lo preguntó al ver que unas personas que colaboraban con él en un estudio sobre una cuestión lingüística diferente, se partían de risa con determinadas palabras inventadas que les presentaba. Inventadas con otra finalidad, claro, sin ninguna intención de hacer reír.

Entonces, intrigado por esta circunstancia, se puso el erudito a pensar sobre el asunto, y llegó a la conclusión de que la clave está en la combinación inusual de los sonidos dentro de la palabra. Es decir, cuando las letras y sus correspondientes sonidos se combinan de manera poco frecuente en un idioma determinado se produce ese efecto cómico. Dicho de otro modo, es la sorpresa, lo inesperado de esos sonidos, lo que nos produce esa sensación divertida.

Lo más llamativo es que esta idea surge en realidad, como indica el profesor,  de una teoría de 1818 y elaborada nada menos que por Schopenhauer, que no tiene fama de gracioso precisamente, y que propuso que el humor proviene de una desviación de lo esperado.  

Así pues, podemos concluir  que cuanto menor sea la posibilidad de que determinados sonidos aparezcan juntos en una palabra, cuanto menos esperemos una determinada conjunción de sonidos, mayor será el efecto cómico de esa combinación. Y que por lo tanto, algo tan intangible, tan etéreo como el humor, sería en realidad cuantificable, porque  sería cuestión de probabilidades.

Al contemplar la cuestión desde este punto de vista, observo que muchas de las palabras que he puesto como ejemplo, tanto en  esta entrada como en la anterior, tienen en común unas combinaciones de sonidos determinadas: machucho, sochantre, mercachifle, Machupichu... Parece que a mí, y tal vez a ustedes también, la repetición del sonido /ch/ dentro de una misma palabra me resulta cómico, al igual que ese sonido /ch/ en combinación con otros quizá también poco frecuentes en nuestra lengua, como /fl/ en posición final. Y pienso ahora en otras dos graciosísimas, como "chufla" y "cuchufleta", que también cumplirían esta regla desmañada que acabo de establecer de manera insensata.

Por supuesto, para llegar a una conclusión certera habría que hacer un análisis meticuloso de cuáles son las combinaciones de sonidos más y menos frecuentes en español, y qué posibilidades hay de encontrarlas en posición inicial, intermedia o final de la palabra.

Pero creo que esta pequeña muestra, estos escasos ejemplos nuestros, pueden indicarnos que, en efecto, la teoría del profesor Westbury no es ninguna chufla.


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lunes, 8 de noviembre de 2021

Risas léxicas

Hay palabras que, por alguna razón, nos resultan cómicas. Palabras que simplemente nos hacen gracia, con independencia de que conozcamos o no su significado, y con independencia de que ese significado aluda o no a algún concepto cómico. 

Y esto es lo que me ha ocurrido con algunas de las palabras que he aprendido últimamente, que me han resultado muy divertidas. Una de ellas es machucho, que me parece graciosísima, como también me lo parece pachucho, por cierto. Sin embargo machucho significa "persona entrada en años" (y que por lo tanto puede estar pachucha, añadiría yo), o "persona juiciosa y experimentada". Pero decir, por ejemplo, "el profesor Tal es un hombre serio y machucho", me resulta poco serio, valga la contradicción.

Parece, según apunta nuestro viejo amigo Corominas, que esta palabra deriva del árabe, y que originalmente designaría a la "gente del norte", por su carácter flemático.

Otra de esas palabras nuevas para mí es metemuertos. Ya me dirán si a ustedes también les hace gracia, porque desde luego a mí me parece muy divertida.

Tampoco en este caso el significado alude a nada jocoso: el metemuertos es el empleado del teatro "encargado de retirar los muebles en los cambios escénicos", aunque, según me dice el diccionario, también se emplea con el sentido de "entrometido", "impertinente".

Para remate del tomate, la palabra metemuertos tiene como sinónimo sacasillas, que aunque es una palabra meramente descriptiva, a mí, otra vez, me resulta muy chistosa. 

Por último, también me ha hecho reír recientemente la palabra purrela, que se refiere a un vino de mala calidad, y por extensión, a cualquier cosa de poco valor.

Al contrario que las tres anteriores, purrela es, según el diccionario, una palabra de creación expresiva. Esto de las palabras de creación expresiva es un asunto muy interesante y complejo, pero, dicho de manera simple, se trata de palabras que no tiene un origen etimológico (no derivan de palabras anteriores), sino que son una creación espontánea, palabras con las que el hablante intenta reproducir una sensación o una impresión de los sentidos o de los sentimientos. Es decir, un intento de reproducir sensaciones físicas o emocionales mediante los sonidos del lenguaje. Cuando esto ocurre, se dice que esa palabra tiene valor fonosimbólico.

En el caso de purrela, a mí me parece clarísimo ese valor fonosimbólico: imagínense ustedes a una persona que prueba un vino muy malo y su consiguiente reacción, y verán a qué me refiero.

Como esto de las palabras que nos hacen gracia por su mero sonido también me parece un tema muy entretenido y ameno, quizá en una próxima entrada podríamos hablar de una teoría que intenta explicar el porqué de esa jocosidad fonética.


phonetics

 

viernes, 15 de octubre de 2021

La verdad de las palabras

Este verano pasado Juguetes del viento cumplió trece años. Para celebrar este aniversario recuperamos esta entrada (publicada originalmente el 28 de marzo de 2016), una de tantas que, junto con los comentarios de sus lectores,  han ido configurando la historia del blog. Gracias a todos.


Las personas tenemos muchas facetas; nuestro carácter o nuestra personalidad no son planos ni transparentes como el cristal de una ventana. Estamos compuestos de muchos factores y la combinación de ellos es lo que configura nuestra personalidad.

Y algo parecido ocurre con la mayoría de las palabras, que encierran en sí varios conceptos y se refieren a más de una idea.
Pero con frecuencia sucede que cuando conocemos superficialmente a una persona pensamos que los únicos rasgos de su carácter son los más evidentes, e incluso a veces  los confudimos y tomamos unos rasgos por otros. Y de la misma manera, de las diversas acepciones que la mayoría de las palabras tienen, sólo conocemos las más habituales, y a veces además les atribuimos significados inexactos.
Y tanto en un caso como en otro, descubrir esos aspectos más ocultos es casi siempre motivo de sorpresa y satisfacción.

Biblioteca de San Carlino, Roma.
En esto me paré a pensar no hace mucho, cuando dos amigos míos hablaron, por separado y en dos ocasiones diferentes,  de la escasa profundidad moral que observan, en general,  en la literatura contemporánea; de cómo echan de menos historias que apelen a la moral, que nos hagan meditar y nos conmuevan desde el punto de vista moral.

Y en las dos ocasiones, algunas de las otras personas que estaban en la conversación, creyeron que hablábamos de moral en el sentido que con frecuencia se le atribuye a esta palabra: el de principios religiosos,  o de convenciones sociales; de lo que se considera o no aceptable socialmente, lo que está bien o mal visto; de lo que  desde hace un tiempo se denomina  “políticamente” correcto o incorrecto.

Pero a lo que nos referíamos era a aquello que  tiene que ver con la conciencia y el respeto humano, incluido el respeto a nuestra propia conciencia; a los valores personales propios, no impuestos,  que nos indican cómo hemos de conducirnos; a las reglas de conducta que seguimos no porque nos lo mande una ley, una norma social o un precepto religioso, sino porque es lo que consideramos nuestro deber humano, lo que nos dicta nuestra conciencia que debemos o no debemos hacer. 

Dice Robert Louis Stevenson en su ensayo “La moral de la profesión de letras”:

El primer deber de cualquier persona que escribe es intelectual […] Debe cerciorarse de que su propia mente se mantenga ágil, compasiva y brillante […] El segundo deber, mucho más difícil de definir, es moral.

Y lo explica del siguiente modo: Sería deseable que todas las obras literarias […] surgieran de impulsos sólidos, humanos, sanos y potentes […] No existe el libro perfecto, pero hay muchos que deleitan, mejoran o animan al lector.

Y esto es precisamente lo que buscan mis amigos: esas obras que nos engrandecen y nos inspiran, porque surgen de esos “impulsos sólidos, humanos y sanos” y nos los transmiten.

Entonces, en aquellas dos conversaciones, yo sugerí que para encontrar esa llamada literaria a la moral hace falta recurrir a los clásicos. Y nuevamente hubo confusión, porque tendemos a asociar el concepto clásico con ideas de antigüedad, de cosa intelectual difícil y aburrida, o de tradición rancia.
Pero yo me refería a esa otra idea que encierra la palabra clásico y que se refiere a aquello que por sus cualidades se convierte en un ejemplo digno de imitar o seguir. Me refería a esos “clásicos” que lo son no por antigüedad,  sino porque forman parte de la literatura eterna: Dostoievski, Flaubert, Wilde, Stevenson, Sandor Marai, Stefan Zweig, Virginia Woolf, Edith Wharton, Italo Calvino... por nombrar sólo algunos de mis favoritos.

Y es curioso que estos dos conceptos que fueron malinterpretados en las dos conversaciones, tengan entre sí una relación literaria tan estrecha, pues sin duda estas obras clásicas y eternas, se convierten en tales precisamente porque tienen, entre otras cosas,  un carácter moral, que se advierte en lo que con ellas aprendemos sobre nosotros mismos, nuestro mundo y nuestros actos. Y sobre nuestras palabras.



Jehan Georges Vibert, The committee on moral books, 1866
Jehan Georges Vibert. El comité de los libros morales (1866)