jueves, 2 de abril de 2026

El último encuentro

Cuando lo conocí, en el club de lectura, Andrés Hurtado tenía treinta y cuatro años y aún vivía bajo el cansado techo de sus progenitores. Según nos había contado él mismo, había dejado la universidad en el segundo año y desde entonces no había hecho ningún intento de buscar trabajo. Al contrario, había convertido el desván de la casa paterna en un estudio, para aislarse del mundo.

—De pequeño subía a jugar con los cachivaches que había por todas partes —nos dijo un día—, y ahora me paso el tiempo allí, leyendo, escribiendo y pensando. Porque yo pienso muchísimo; no lo puedo remediar, soy un filósofo de la vida. 

En el club de lectura no tenía aceptación; se mostraba arrogante y pamplinoso y todo el mundo lo consideraba un abusón, por cómo vivía a costa de sus padres, y un ignorante, por los comentarios que hacía de sí mismo y de los libros que leíamos.

Siempre llevaba sus opiniones escritas en un papelito, que sacaba del bolsillo y luego dejaba por ahí, en su silla, en alguna mesa de la librería o incluso en el suelo. Se notaba que los dejaba adrede, supongo que para que alguien los recogiera y tal vez se impresionara con sus reflexiones.  Y la verdad es que yo misma recogí muchos de esos papelitos y los conservo. Sus palabras eran tan disparatadas que me parecían unas entrañables obras maestras del absurdo. Por ejemplo, sobre El último encuentro, la novela de Sándor Márai, escribió:

«No está mal escrito. Se puede decir, que el autor tiene cierto talento, para relatar la susodicha  narración, pero manifiesta una prosa lacónica en esta obra de escritura. Como bien digo, el secreto que engloba a los personajes está edulcorado con un toque de misterio.»

En verdad sus intervenciones, como sus notas, eran siempre un batiburrillo de ideas deslavazadas y expresiones campanudas, que él creía profundas y elaboradas pero que no tenían ningún sentido.

A pesar de todo, a mí no me caía mal. Me parecía un pobre tipo con ínfulas de intelectual, empachado de críticas literarias que intentaba imitar. Pero lo veía tan solitario, tan menospreciado, y aun así tan conforme consigo mismo, que me inspiraba más ternura que otra cosa.

Un día nos dijo que había empezado a escribir una novela, y, con su habitual rimbombancia se mostró convencido de que el resultado sería incólume.

Le preguntamos de qué trataría la novela.

—Ah, no lo sé todavía —respondió, subiendo un poco los hombros.

—Pero si no lo sabes —le preguntó el coordinador del club de lectura—, ¿cómo la has empezado?

—Pues yo he empezado a escribir todo lo que se me ha venido a la cabeza y ya irá saliendo algo —explicó.

—¡Pero bueno! —exclamó Roberto, uno de los integrantes del grupo que más antipatía le mostraba, y que también estaba escribiendo una novela—. Tú no tienes respeto por la literatura. Tú lo que eres es un charlatán, un impostor, un... ¡un sicofante, hombre!

Andrés Hurtado se sobresaltó un poco, pero dijo, con aire satisfecho:

—No te pongas nervioso, Roberto, a ver si te crees que eres el único que sabe escribir.

Cuando nos reunimos al mes siguiente para comentar una nueva lectura, alguien le preguntó a Andrés cómo iba su novela.

—Ya llevo tres folios —dijo con cierto aire satisfecho—, pero ahora estoy atascado. Tengo el bloqueo del escritor —añadió casi con orgullo.

Yo me lo imaginaba en su desván, sentado ante el ordenador, con la vista perdida, esperando la visita de la musa que lo sacaría del bloqueo. Y al parecer la musa llegó y lo inspiró, en efecto, porque, en nuestra siguiente cita mensual nos dijo que había ido a despedirse porque dejaba el club de lectura.

Fingiendo interés, varios compañeros le preguntaron a qué se debía su abandono.

—Es que ahora estoy centrado en mi novela, y no quiero perder el tiempo con otras cosas.

Cuando se marchó, los demás, sobre todo Roberto, mostraron bastantes dudas sobre su constancia y su capacidad. Es verdad que lo teníamos por holgazán y mediocre, pero a mí también me parecía terco y competitivo. Esto puede ser negativo en muchas  circunstancias, pero también es cierto que las personas así no cejan cuando de verdad ponen su interés en algo.

Al cabo de casi un año y medio, Andrés Hurtado volvió al club de lectura. Nos sorprendió verlo allí de nuevo, y algunos no pudieron evitar un gesto de fastidio. A mí me pareció que había algo distinto en él, en su expresión, en su forma de moverse. Me daba la impresión de que se había vuelto más sencillo, más sereno, menos petulante. Más maduro, supongo.

—Quería compartir con vosotros una buena noticia —nos dijo, con una cierta timidez que resultaba novedosa en él—. Terminé mi novela y he ganado un concurso. La va a publicar la editorial Tisbe.

—¡¿Qué?! —exclamó Roberto, casi levantándose de su silla—. No me lo puedo creer.

Andrés Hurtado nos contó que después de dejar el club de lectura se matriculó en un curso de escritura, que trabajó mucho en su novela y que después de muchas correcciones y reescrituras la envió al concurso.

—Pero sobre todo —añadió—, he venido para pediros disculpas por todas las tonterías que dije aquí, en el club, y a daros las gracias por aguantarme tanto tiempo.

Después de decir eso, se volvió hacia mí y me miró de una forma peculiar. Me pareció ver en sus ojos gratitud, reconocimiento; como si supiera que yo siempre lo había visto de otra manera. Como si él hubiera visto más allá de mí, del mismo modo que yo había visto más allá de él.

Andrés Hurtado no volvió al club de lectura y no volvimos a saber de él. Pero yo leí su novela y, aunque no se haya convertido en un escritor de renombre, espero que siga escribiendo.


pixabay.com


sábado, 14 de marzo de 2026

Cóctel de gambas

Hace tiempo que no presentamos aquí una nueva remesa de gambazos, resbalones, deslices y tonterías de diversa índole, de esos que aparecen en los medios de comunicación prácticamente a diario. 

Para encontrarse con alguna de esas meteduras de pata (o de gamba) y esas muestras de tontuna lingüística que pueblan los programas de televisión, los artículos periodísticos, la publicidad, etc, no hace falta estar muy pendiente de los medios. Basta con asomarse a ellos de forma casual, de vez en cuando, incluso sin prestar mucha atención, para que nos salgan al paso esas perlas del habla que tanto deleite nos han proporcionado siempre.

Así que hoy hemos preparado un suculento cóctel con un par de ejemplos de esos desaciertos que denominamos parejas complejas; otro par de la categoría locuciones locas, y unos cuantos de los que llamamos tontinglish.

Espero que les apetezca.

Hay parejas de palabras tan parecidas entre sí y con significados tan cercanos que resulta fácil confundirlas, como electrizar y electrificar; alimenticio y alimentario; pastoral y pastoril...

Pero otras veces la confusión no tiene más explicación que la ignorancia. O a lo mejor es falta de concentración. Lo cierto es que cuando esas confusiones de difícil explicación vienen de un profesional de la comunicación, que tiene el lenguaje precisamente como herramienta de trabajo, el asunto resulta un poco enfadoso.

Como ocurre con este titular de un periódico digital, que se refería al recibimiento que los seguidores ofrecieron a un equipo deportivo: «Miles de personas se conjuraron para recibir a los jugadores».

Aquí, obviamente, debió decirse se congregaron (es decir, se reunieron, se juntaron,  se concentraron), porque conjurar es conspirar, intrigar, maquinar... Salvo que esas personas estuvieran tramando alguna fechoría contra los jugadores, claro.

Me imagino que un determinado político debió enfadarse bastante cuando un tertuliano dijo de él que es «un europeísta convicto».

O sea, culpable de algún delito. Porque eso es lo que significa convicto. De nuevo, es obvio que la palabra adecuada aquí es convencido. Esta confusión es casi un delito, ¿no les parece?

A veces los reporteros, tertulianos, presentadores y periodistas en general, así como los políticos, hacen unos potajes verbales un tanto extraños mezclando la mitad de una expresión con la mitad de otra, o confundiendo  una palabra con otra, dando lugar a construcciones absurdas e incoherentes.

Es lo que le ocurrió al reportero que, refiriéndose a determinada situación, dijo que el presidente del gobierno «se juega la madre del cordero». Cual si fuera un pastor que apuesta una oveja en una partida de póker.

Cabe recordar aquí la ocasión en que una reputada periodista dijo aquello de «le sentó a cuerno quemado». O como aquella otra que dijo, más recientemente, que una persona se había escondido un pendrive  «en senda sea la parte».

En cuanto a la tontuna que padecen algunos con el inglés, a mí me parece claro que en muchas ocasiones se prefiere el impacto chuli, el snobismo extranjerizante, el anglovacile, antes que la comprensión del mensaje. Si no, no se entiende que se haga publicidad de un producto utilizando palabras que muchos posibles clientes no van a entender. Sirva como ejemplo el caso de ese champú denominado «Growth Booster». Por suerte para nosotros, añaden la explicación «sérum anticaída», con lo que ya podemos hacernos una idea de si nos interesa el producto o no. 

Lo mismo ocurre con estos adornos para barandillas, que no sabe una cómo van a quedar si no echa mano al diccionario (o al traductor):

 

O en estos otros casos, que no sé a qué me tengo que unir, ni si me apetece lo que me ofrecen, porque no sé lo que es:

 





En fin, la vida no es sencilla, pero lo sería un poco más si algunos no se empeñaran en complicarla innecesariamente.


sábado, 14 de febrero de 2026

Reflexiones shakespearianas

 Al cabo de muchos años he vuelto a leer en estos días El rey Lear. Al margen de la historia en sí, de los temas, de la atmósfera, y de todos esos logros técnicos y artísticos que hacen de Shakespeare la figura que es, me han llamado la atención dos aspectos concretos: la colección de elaborados insultos que los personajes se dedican unos a otros y las reflexiones o sentencias que, como quien no hace la cosa, don William va dejando caer a lo largo de la obra.

Los insultos shakespearianos, ingeniosos, agudos, mordaces, cáusticos y sorprendentes son casi un género en sí mismos, y si les apetece, otro día podríamos hablar de ellos y reírnos un rato.

Pero ahora me gustaría compartir con ustedes esas otras frases, también agudas, precisas, sencillas y breves en su forma pero profundas en su significado, que me han ido deleitando durante la lectura y que me han hecho detenerme a reflexionar sobre su pertinencia hoy día como hace cuatro siglos. Frases que son reflexiones sobre el mundo y el ser humano, y que pueden actuar como consejos, como advertencias, como refranes... Que nos dan una visión precisa de las cosas y de las personas y que nos llevan a pensar en que hay circunstancias y situaciones en la vida  a las que no prestamos atención pero que destacan como verdades incuestionables cuando alguien las señala.

He aquí, pues, esta pequeña recopilación:

«La estupidez del mundo es tan superlativa que cuando nos aquejan las desgracias, normalmente producto de nuestros excesos, echamos la culpa al sol, a la luna, las estrellas, como si fuéramos canallas por necesidad, tontos por coacción celeste […] y tuviésemos todos nuestros vicios por divina imposición».

«Lo bueno se malogra queriendo mejorarlo».

«Éste es uno de ésos que, elogiado por sincero, adopta una insolente tosquedad».

«Los seres perversos parecen hermosos al lado de otros más perversos».

«Si no dais a la naturaleza más de lo necesario, la vida humana vale menos que la de la bestia».

«El arte de la necesidad es admirable: vuelve valioso lo mísero».

«Es un mal de este mundo que los locos guíen a los ciegos».

«Muchas bromas resultan profecías».

«Al nacer lloramos por haber venido a este gran teatro de locos».

***

 

Por cierto, algunas de estas frases me recuerdan a determinados dichos o refranes nuestros. ¿Y a ustedes?


https://hyperbole.es/2016/04/william-shakespeare-magia-en-escena/


*Las citas corresponden a una edición digital de dominio público. 

miércoles, 7 de enero de 2026

Un dilema lector

En el ámbito de la lectura con frecuencia nos acosan diversos dilemas. Por ejemplo, qué libro leer a continuación al terminar uno que nos ha gustado especialmente. O, en caso de que tengamos establecido un determinado orden de títulos, si favorecer a uno que nos atrae más que el que correspondería según ese orden. O si prestar o no un libro a alguien...

Pero creo que el dilema más disyuntivo, el dilema más dilemático, es el que se nos plantea cuando un libro que estamos leyendo no termina de gustarnos.

Podría parecer un dilema sin sentido, un dilema que no debería ser tal. Porque si algo no nos gusta parece que lo más fácil es dejarlo de lado. Pero el caso es que para muchas personas no es tan fácil.

A mí me ocurrió eso durante mucho tiempo: una vez que empezaba a leer un libro era incapaz de dejarlo a medias, de abandonarlo antes de leerlo completo. Me decía a mí misma que quizá más adelante empezaría a disfrutarlo; que si lo dejaba podría perderme lo bueno que probablemente me aguardaba más adelante; que si no lo terminaba nunca sabría si me habría gustado o no. Y así seguía, dándole oportunidades al libro, página tras página. Entonces llegaba al final con la sensación de haber realizado una proeza, de haber escalado una cumbre, de haber podido con las dificultades... y de haber perdido lastimosamente un tiempo que podría haber dedicado a otro libro que me habría dado más satisfacciones.

Por supuesto ya aprendí la lección, y cuando un libro no me satisface le digo con cariño: "No eres tú, soy yo", y lo dejo sin ningún remordimiento. Es lo mejor para los dos.

Por eso, cuando alguien me dice que es incapaz de abandonar un libro que no le está gustando, que está leyendo como quien hace trabajos forzados, me acuerdo de aquellos tiempos en los que me ocurría lo mismo y pienso con satisfacción en cómo me liberé de esa especie de compromiso absurdo que establecía con los libros.

No hace mucho, en una reunión de amigos, alguien dijo que estaba leyendo un libro que le estaba costando un esfuerzo de voluntad, que estaba sufriendo de aburrimiento, que no veía la hora de terminarlo... Qué drama.   Y otra persona dijo que esa imposición voluntaria de terminar los libros por más que nos aburran debe venir de aquellas lecturas obligatorias que todos hemos sufrido en alguna medida siendo estudiantes. Puede que sea así, pero la cuestión es que ya no tiene sentido seguir infligiéndonos esa penitencia.

Yo creo que leer de esa manera, por obligación, con sufrimiento, tomándole aversión al libro, va en contra del propio espíritu de la lectura, que debe ser, básicamente, un disfrute.

Y es que no todos los libros son para todos. El mismo que a unos nos aburre, nos cansa y nos agobia, a otros puede proporcionarles grandes momentos de solaz. Por eso no hay que mortificarse con lecturas que no nos deleitan, ni siquiera cuando se trate de un libro muy recomendado, o de esos clásicos que «hay que leer», de esos libros míticos, sacralizados pero que quizá no encajan con nosotros, con nuestros gustos, nuestro intereses o nuestras necesidades lectoras.

Y, por supuesto, a esos libros con los que ahora no nos llevamos bien podremos volver en otro momento, en otra etapa. Y quizá entonces sí encajemos el uno con el otro, porque ni los libros ni nosotros somos siempre los mismos.

 



sábado, 3 de enero de 2026

Un niño bueno

Este relato se publicó originalmente en Juguetes del viento el 20 de diciembre de 2022

El último día de clase antes de las vacaciones de Navidad, Anita volvió a casa un poco triste y bastante confusa. Cuando se tienen seis años, la confusión causa tristeza.

Su padre siempre sabía lo que había que hacer, pero no siempre estaba en casa. Pasaba mucho tiempo trabajando. Y su madre era la mejor del mundo dando abrazos y cuidándola cuando estaba enferma, pero no siempre entendía sus penas.

Así que muchas veces, cuando tenía algún sentimiento que la hacía sufrir, Anita buscaba refugio en su hermano. Era tres años mayor que ella, y por lo tanto un niño también,  pero a Anita nueve años le parecían muchos, y además su hermano sabía muchas cosas de tanto leer libros. Pero sobre todo la comprendía muy bien, y eso casi siempre era suficiente para que ella se sintiera mejor.

Aquel día Anita le contó a su hermano que unos niños mayores del colegio habían dicho que los regalos de Navidad los compraban los padres en las tiendas, que no los traía nadie de lugares mágicos ni nada de eso. Y que no había más que mirar en el armario de los padres para encontrar allí escondidos los regalos, esperando hasta el día de Reyes.

—Eso lo dicen cada vez que se acerca la Navidad, para fastidiar a los pequeños —le dijo el hermano con aire experto—. No les hagas caso, son muy tontos.

Por la noche, cuando ya estaba acostada y con la luz apagada, la idea de los regalos escondidos en el armario de los padres no dejaba de rondar los pensamientos de Anita.  Estaba segura de que aquello no era verdad, pero no entendía por qué algunos niños querían engañar a los pequeños diciendo algo así.

¿Y si fuera verdad?, pensó de pronto. Y de manera difusa, indefinida como las sombras nocturnas de su habitación, su cerebro infantil le dijo que ningún niño podía ser capaz de pensar una mentira tan grande. Que si lo decían tenía que ser porque lo habían visto, porque habían visto los regalos en el armario de sus padres.

Esos pensamientos resultaron agotadores, y antes de terminarlos Anita se durmió. Pero a la mañana siguiente seguían en su cabeza, activos e imparables como duendes en su taller, cortando, cosiendo, pegando, dándoles forma a cosas que hasta entonces no existían.

Anita estaba atrapada. La tentación de mirar en el armario de sus padres no la dejó tranquila en todo el día. Quería seguir creyendo que allí no había regalos escondidos, pero  ya no podía creerlo sin más. Tenía que comprobarlo. Entonces habló otra vez con su hermano.

—No pienses más en eso, Anita. Es una tontería, de esas cosas que dicen los mayores para hacerse los chulitos.

—Pero entonces no importa que miremos, ¿no?

—Qué cabezota eres. Bueno, pues si quieres miramos, pero como nos pillen se van a enfadar.

La posibilidad de que los padres se enfadasen con ellos poco antes de Navidad preocupó mucho a Anita. Fuese quien fuese quien traía los regalos, había que portarse bien. Y espiar en el armario de los padres no era portarse bien.  Ahora tenía otra duda. No sabía si mirar o no, si resolver el misterio o quedarse con la incertidumbre. 

Después de merendar, la madre les dijo:

—Tengo que subir a la azotea a recoger la ropa. No tardo nada, ¿eh?, así que portaos bien.

Anita y su hermano se miraron como cómplices de un plan, y cuando la madre salió, el niño dijo:

—Venga, a ver si así te quedas tranquila. Yo abro el armario y tú vigila el pasillo, y en cuanto oigas que mamá abre la puerta nos vamos corriendo a mi cuarto.

El niño abrió una de las puertas correderas del armario mientras Anita, desde la entrada de la habitación, miraba hacia el pasillo como él le había dicho.

—Aquí no hay nada, Anita —dijo con alivio—. Sólo la ropa de papá y mamá.

Anita se volvió hacia el armario y señalando con un dedo dijo:

—¿Y ahí arriba?

El hermano levantó la mirada hacia el altillo del armario.

—Vale —dijo con tono de resignación—. Voy a ver si puedo. Tú sigue vigilando.

El niño se quitó las zapatillas y se subió a la butaca que usaba su padre para descalzarse, y desde la butaca se subió a la cómoda.

Anita estaba muy nerviosa, casi le temblaban las piernas. Su hermano podía caerse y hacerse mucho daño. Y si su madre volvía en ese momento los descubriría sin remedio. Y además estaban a punto de saber la verdad.

De pie en el extremo del mueble y estirando el brazo todo lo posible, el hermano de Anita consiguió alcanzar la puerta superior del armario y deslizarla lo suficiente para mirar dentro.  Entonces, en el misterioso silencio de aquella cueva secreta, el niño vio una colcha metida en una funda transparente, un ventilador y una sombrilla de playa. Y también  unas cajas envueltas con papel de colores y lazos rojos, y varias bolsas abultadas, con dibujos navideños y el nombre de una juguetería.  

—¿Están ahí? ¿Hay regalos? —le preguntó Anita, inquieta como un gorrioncillo.

—Qué va, Anita. Aquí sólo hay unas mantas y cosas viejas —respondió el hermano, al tiempo que cerraba aquella puerta de los secretos.

A continuación bajó de la cómoda a la butaca y se puso de nuevo las zapatillas. Anita lo miraba como a un héroe,  y después los dos salieron del cuarto de sus padres. En ese momento se abrió la puerta de la calle.

—Niños, ya estoy aquí —dijo la madre—. Habéis sido buenos, ¿verdad?


domingo, 7 de diciembre de 2025

Invitados

Diciembre es un mes de recuentos, de proyectos, de ilusión, de alegría y de esperanzas para el año nuevo que se acerca, pero también de recuerdos y de nostalgia. Son días en los que nos volcamos hacia fuera, hacia la vida social, las relaciones, los contactos, pero también nos volvemos hacia dentro, hacia nosotros mismos, y parece inevitable la reflexión, el balance del año transcurrido, de lo logrado y lo que quedó atrás.

Y por eso, por ser época de meditación, de planteamientos, solemos traer aquí una pequeña colección de ideas, de pensamientos, que quizá nos ayuden a ver algunas cosas de otra manera, con una perspectiva diferente de la habitual y siempre con el refrendo de quienes han demostrado su sabiduría y su pericia para analizar la vida, el mundo y al ser humano. Así  que en esta ocasión, como en años anteriores, han venido a dejarnos sus palabras unos buenos amigos que nos hablan precisamente de eso: de la vida, de su sentido y de nosotros.


En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos  fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.

Paul Auster. La habitación cerrada ( 1986)

 

Esta idea, que puede parecer negativa, quizá pueda verse también como un alivio, porque, si la adoptamos, nos libera de esa necesidad tan humana de búsqueda de sentido, de ese impulso que puede conducirnos no a la respuesta que buscamos sino a la frustración por no encontrarla.  

Por eso, quizá sea conveniente en ocasiones dejarse llevar por la propia vida, aceptar sus vaivenes y sus contradicciones, y que, por lo tanto,  la felicidad siempre está entrelazada con las penas, por lo que nos conviene darle a cada momento bueno, por pequeño que sea, el gran valor que tiene:   


El que es feliz no puede ponerse a cargo de los felices; está en la naturaleza humana exigir más de uno mismo y de los demás cuanto más se haya recibido. Sólo el infeliz, cuando se recobra, sabe cultivar para sí y para los demás el sentimiento de que un bien mediocre debe ser disfrutado con entusiasmo.

                                                                              J. W. von Goethe. Las afinidades electivas (1809)


Esa felicidad que tanto eleváis está, pues, mezclada con mil penas, o, para hablar más exactamente, no es sino un tejido de desgracias a través de las cuales tendemos a la felicidad.

Abate Prevost. Manon Lescaut (1733) 


También es cierto que casi siempre la felicidad, la alegría, nos la proporciona lo más sencillo: una charla agradable, un rato con alguien querido, un juego compartido con un niño, un libro...


Saqué el ejemplar, encuadernado en piel, de Los Hermanos Karamazov. Lo palpé, pasé las páginas, lo estreché en mis brazos, mi vida, mi alegría, mi sublime Dostoievski. Puede que lo hubiera traicionado en mis obras, pero no en mi devoción. Mi padre había desaparecido, pero Fiódor Mijáilovich estaría conmigo hasta el fin de mis días.

 John Fante. La hermandad de la uva (1977)

 

Y, por supuesto, si miramos bien a nuestro alrededor, siempre podremos encontrar un sentido a nuestra existencia, y un motivo para sentirnos felices y en paz, aunque sea por momentos y a pesar de todo lo negativo que, inevitablemente, se cruza en nuestro camino. 


Lo único que tenemos que hacer es resistir y no preocuparnos. No se gana nada preocupándose. La mitad de las cosas por las que nos preocupamos no ocurren nunca.

Reginald Arkell. Retorno a Little Summerford (1953)


Nuestro mundo es muy bueno, a pesar de todas las evidencias en contra, y hay miles de personas haciendo miles de buenas acciones (tal vez millones) cada día.

Stephen King. Cuento de hadas (2023) 

***

Con mis mejores deseos para ustedes, queridos lectores, cuya compañía aquí es para mí un gran motivo de felicidad. 

¡Nos vemos en 2026!


pixabay.com


Los pasajes seleccionados corresponden a las siguientes ediciones: 

-Paul Auster. La habitación cerrada (Anagrama, 2008). Traducción de Maribel de Juan.

-J. W. von Goethe. Las afinidades electivas (Mondadori, 2007). Traducción de José María Valverde.

-Abate Prevost. Manon Lescaut (Cátedra, 1984). Traducción de Susana Cantero.

-John Fante. La hermandad de la uva (Anagrama, 2004).Traducción de Antonio Prometeo Moya.

-Reginald Arkell. Retorno a Little Summerford (Periférica, 2024). Traducción de Ángeles de los Santos.

-Stephen King. Fairy Tale (el fragmento es traducción propia).


domingo, 9 de noviembre de 2025

Palabras con carácter

Hay palabras que suenan como si fueran de seda, o transparentes, porque son suaves y cristalinas.  Otras en cambio parecen de esparto, porque resultan rugosas y resistentes, como hechas para durar mucho tiempo. Y otras que nos engañan, que suenan como a flor blanca y en cambio  llevan una ofensa en su corazón.

De las primeras he conocido últimamente a la resplandeciente fúlgido, que significa justamente eso, resplandeciente, brillante, luminoso. No en vano deriva de fulgor, que a su vez proviene de fulgere, que no es sino relampaguear, relucir o brillar. Es, sin duda, una palabra luminosa.

De morado terciopelo y brocado de oro, sobre el arnés fúlgido, lleva veste de ricas labores.

Romances históricos. Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, 1828.


De las otras, de las ásperas y duraderas, me ha salido al paso teúrgico, que es algo relativo a la teúrgia, un tipo de magia que practicaban los paganos de la antigüedad para comunicarse con sus dioses y «operar prodigios», como dice bellamente el diccionario de la RAE.

¿ Dónde hallar esta clave? ¿ La cábala, la magia, la teúrgia serán posibles?

Las ilusiones del doctor Faustino. Juan Valera, 1864

 

Y de las últimas, de esas engañosas que por fuera tienen pétalos y por dentro mala idea, me he tropezado con contumelia, que a pesar de su apariencia blanca y delicada es una injuria, una ofensa, un agravio, un ultraje.

Pero, según la opinión paterna, nosotros no debíamos «rebajarnos» a responder del mismo modo a la infame contumelia.

 Cuentos de tierra caliente. Dirma Pardo Carugati, 1999.

 

Lo que también me parece un agravio y una injusticia es que no exista en español un concepto que sí recogen los diccionarios ingleses, franceses y portugueses. Una palabra tan tremenda y con tanto carácter como es demonífugo.

Demonífugo, sí, del latín daemonium y fuge (que ahuyenta). Porque un demonífugo es aquella sustancia u objeto que hace huir a los demonios y que da protección contra los malos espíritus.

Es una lástima que no podamos encontrar esta palabra en textos escritos en lengua española, porque me parece un término muy práctico y de mucho provecho. Así que desde aquí yo propongo modestamente que la demos por existente y la usemos en cuanto tengamos ocasión.

Qué terrible ver a aquella pobre hija de vecino, tan bondadosa y trabajadora, tan fermosa y donosa como lo fuera su madre, convertida en ruin despojo por mor del diablo que ahora la habitaba. ¡Un demonífugo, por caridad!, clamaba su anciano padre, al tiempo que se mesaba los ralos cabellos blancos. 

Los infortunios del pueblo llano. Obra escrita por nadie en ninguna fecha.

 

dreamstime.com


martes, 21 de octubre de 2025

Casi viuda

Divertimento otoñal

Aurelio Martín, sentado a la mesita de mármol de la cafetería donde desayunaba siempre, leyó el anuncio del periódico dos veces, primero con sorpresa y después con interés: «Señora casi viuda desea conocer caballero para compartir intereses...».

Es perfecta para mí, pensó Aurelio. Setenta años, o sea, joven, y con necesidad de compañía, como yo. Y sin pensarlo más sacó el teléfono móvil del bolsillo del chaquetón y marcó el número que figuraba en el anuncio.

Mientras sonaba el tono de llamada Aurelio pensó que tal vez no era el primero en llamar; que el anuncio podía llevar varios días publicándose, y temió haber perdido la ocasión. Entonces contestaron al otro lado de la línea:

—¿Diga?

—Sí, eh... buenos días... llamaba por el anuncio... eh... Me llamo Aurelio Ma...

—Ah, hola, Aurelio, muchas gracias por llamar. Yo me llamo Carmela.

—Encantado, Carmela —respondió Aurelio, pensando que la señora parecía simpática. Si además es guapita..., se dijo, haciéndose ilusiones.

—¿Qué edad tienes, Aurelio? —preguntó Carmela con desparpajo.

—Tengo setenta.

—Ay, estupendo. ¿Cuándo podríamos vernos?

Y un tanto sorprendido por esa pregunta tan directa, pero también halagado por el interés de la mujer, Aurelio respondió:

—Pues... cuando usted quiera.

—Nada de usted, hombre. Vamos a tutearnos, ¿no?

—Sí, sí —respondió Aurelio—. Yo también lo prefiero.

—Vives aquí, ¿verdad? Porque si eres de fuera...

—No, sí, vivo aquí, de toda la vida.

Entonces Carmela le dio su dirección y lo invitó a que fuese a merendar esa misma tarde.

Aurelio pensó que Carmela era demasiado confiada, o que la pobre estaba muy sola y deseosa de compañía. Claro, se dijo, con el marido moribundo, en el hospital o en una residencia...

Por la tarde, a las cinco y media, como un clavo, estaba Aurelio llamando al timbre de Carmela.

La puerta se abrió casi al momento, y allí estaba Carmela, con un blusón de colores, su pelo rubio muy bien peinado y una gran sonrisa.

Sí que es guapita, pensó Aurelio, contento. A ver qué le parezco yo.

Aurelio también se había arreglado para la ocasión, con chaqueta y corbata, y una gorra inglesa gris con la que él se encontraba muy bien.

—Anda, qué buen mozo eres, Aurelio —dijo Carmela con su estilo llano—. Pasa, pasa, que tenemos mucho de qué hablar.

Carmela y Aurelio congeniaron divinamente. Tomaron café y un bizcocho de vainilla y nueces que hacía ella misma.

—Está de rechupete —dijo Aurelio, que ya se consideraba muy afortunado por haber encontrado a una mujer como Carmela.

Y entre unos temas y otros, cuando ya se había establecido entre ellos una agradable confianza, Aurelio le preguntó a Carmela sobre su situación personal, es decir, sobre su condición de «casi viuda».

—Es una situación muy triste, Aurelio, muy triste. Tres años lleva mi marido así, postrado en la cama, que ni siente ni padece, ni habla ni paula. Se pasa el día dormido, que yo creo que más que dormido está como atontolinado. Y hay que lavarlo, y cambiarlo de ropa... en fin, una cosa muy triste.

—Vaya, lo siento mucho. Debe ser muy duro para ti —dijo Aurelio, comprensivo.

—Y tanto que sí, Aurelio, y tanto que sí.

—¿Y vas a verlo todos los días?

Carmela hizo un gesto de extrañeza.

—A la residencia, me refiero —dijo Aurelio—. Me imagino que estará en un centro de mayores ¿no?

—No, no —dijo Carmela con contundencia—. Yo no puedo dejar a mi marido en manos de extraños. Mi marido está aquí.

—¿Aquí? ¿En la casa?

—Claro, en el dormitorio ¿dónde va estar? Ven, ven y te lo presento.

Aurelio se sintió muy incómodo. No tenía ninguna gana de ver al pobre hombre, y menos cuando él había ido a su casa con intención de intimar en lo posible con su mujer. Era una situación de lo más comprometida, así que le dijo a Carmela:

—Mira, creo que mejor me marcho. No me parece decoroso estar aquí, bajo el mismo techo que tu marido, ni creo que deba yo entrar en la intimidad de su dormitorio.

—Ay, Aurelio, qué fino eres, qué bien hablas —dijo Carmela con entusiasmo.

—Sí, bueno, pues... si quieres, ya nos veremos otro día. Pero en la calle, en una cafetería, ¿de acuerdo? Y luego, si quieres, vamos a cenar a algún sitio.

—Bueno, yo encantada, claro. Pero primero habrá que solucionar esto.

Entonces fue Aurelio quien se mostró extrañado.

—¿Qué hay que solucionar?

—Pues que mientras mi marido esté así, yo no puedo salir a pasar la tarde fuera, ni a cenar ni nada. No puedo dejarlo solo.

—Ah, claro, querrás contratar a alguien para que se quede con él y así tú puedas salir...

—Que no, Aurelio, que no es eso —dijo Carmela, que se daba cuenta de que Aurelio no había comprendido la situación—. A ver, ¿tú no me has llamado por el anuncio?

—Sí, claro, porque querías conocer a alguien...

—Eso, eso —interrumpió Carmela—. Alguien que comparta mis intereses. O sea, alguien que me ayude a solucionar este asunto.

—Pero entonces... —titubeó Aurelio—, ¿es que quieres que yo te ayude a buscar a alguien...?

—No, hombre, no. Lo que quiero es dejar de ser casi viuda y ser viuda de una vez. Viuda del todo... ¿comprendes?

Aurelio comprendió, así que se levantó del sofá y se dirigió a la puerta.

—Tengo que marcharme ya, Carmela. Ya nos vemos otro día, ¿eh? —dijo por decir algo. Y abriendo la puerta del piso salió al rellano, y, sin entretenerse en esperar al ascensor, empezó a bajar las escaleras a toda prisa. Cuando iba por el segundo tramo oyó a Carmela, que desde arriba, asomada a la barandilla, le decía:

—Entonces, ¿vas a ayudarme, Aurelio? ¿Cuándo quedamos?

 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Hipo-

El pasado mes de julio, en la entrada titulada Especulaciones especulares y sobre todo durante la indagación previa, la palabra hipótesis estuvo haciéndose notar con insistencia, lo cual es lógico, ya que especular e hipotetizar andan con frecuencia de la mano.

Esa insistencia llegó al punto de reclamar una entrada propia, sobre todo por parte  del prefijo hipo-. Y yo a esas cosas no me puedo resistir, ya lo saben ustedes.

El caso es que al pararme a pensar en la palabra hipótesis me pregunté con mucha intriga cuál sería su origen etimológico, ya que ese prefijo hipo-  me llevaba a pensar, por un lado, en palabras como hipopótamo, hipocampo o hipódromo, que tienen que ver con el caballo;  y por otro, en palabras como hipotermia o hipotensión, que tienen el sentido general de "por debajo". 

La intriga era en verdad grande, porque ¿qué relación extraña podía haber entre una suposición o teoría y un caballo? 

¿Y entre el concepto de suposición y el de "por debajo"?

Intrigante también. O quizá no tanto. Porque en realidad estamos tratando con dos hipo- diferentes, aunque parezcan lo mismo.

En efecto, el hipo- que significa caballo deriva del griego hippós, mientras que el hipo- que significa "por debajo de algo" o "en la base de algo" deriva de hypo.

Por eso el hipopótamo (hippo+potamós) es un caballo de río; el hipocampo (hippo+kámpe) es un caballo curvado, y el hipódromo (hippo+dromos) es un camino de caballos.

Y por su parte, la hipótesis (hypo, en la base+thesis, acción de poner) es literalmente la "acción de poner en la base". ¿Y qué es "poner en la base" sino suponer? Pues es exactamente lo mismo, pero de procedencia latina en vez de griega, ya que suponer viene  de sub, debajo, y ponere, poner.

Este hypo de la hipótesis es, claro está, es el que llevan también la hipotermia, la hipotensión, la aguja hipodérmica (o subcutánea), y hasta la hipoteca, que procede de hypotheke (hipo, debajo+theke, caja o depósito) y que originalmente tenía el sentido de "cosas depositadas" o "colocadas debajo".

Una vez aclarado el asunto de los dos hipo-, me asaltó otra duda: ¿Y el hipo como tal, es decir, el hipido o singulto? ¿Tendrá que ver con el hippo o con el hypo? La verdad es que resulta difícil imaginar que tenga que ver con alguno de los dos, y, efectivamente, no tiene que ver con ninguno. La palabra hipo, que denomina ese "movimiento convulsivo del diafragma" causado por comer mucho y rápido, por consumo de alcohol o de bebidas con gas, por estrés, y por otras razones variadas, es en realidad una voz imitativa, una onomatopeya del sonido que produce esa contracción del diafragma y que nos suena como "hip".

Así que ya ven ustedes, empezamos con espejos y hemos acabado con  hipo (espero que no en sentido literal). Y es que ya se sabe que los caminos del léxico, recorridos a caballo del diccionario, están llenos de recovecos y en cada uno nos aguarda una sorpresa.

 

 

pixabay.com


lunes, 25 de agosto de 2025

Pensamientos greguerescos (II)

 

El oso polar se abriga con un manto de nieve

*

Cuando bebe en el río la jirafa se vuelve araña

*

Los fuegos artificiales son supernovas de marca blanca

*

La aurora boreal es un arcoíris derretido

*

Las montañas llevan las faldas hasta los pies

*

Los árboles secos tienen mala sombra

*

El calendario tiene los días contados

*

El reloj de arena multiplica el tiempo por ocho

*

La nostalgia es el álbum de fotos de la felicidad

*

Somos tan poca cosa que nuestro currículum cabe en una lápida de mármol

*


National Geographic
Cuando bebe en el río la jirafa se vuelve araña


jueves, 17 de julio de 2025

Especulaciones especulares


Como me ocurre tantas veces, hace unos días se me alojó en el pensamiento una palabra que no me dejaba en paz, dando vueltas por ahí como una peonza, reclamando mi atención.

La palabra era especular y lo que me traía de cabeza era si habría alguna relación etimológica entre el adjetivo "especular" (es decir, relativo al espejo), y el verbo "especular" (con el sentido de divagar, conjeturar, hipotetizar, suponer...)

La lógica, o la intuición, me decían que no, que no podía haber ninguna relación entre esos dos términos. Si decimos,  por ejemplo, "el reflejo especular" y "dejemos de especular hasta tener datos  precisos", parece obvio que se trata de dos palabras iguales en su forma pero sin conexión alguna en cuanto al significado. Pensé, por lo tanto, que un especular y el otro debieron ser originalmente dos palabras distintas, como demostrarían sus significados tan diferentes,  y que la evolución había hecho que acabaran teniendo la misma forma. Ya sabemos que eso ocurre.

Pero el caso es que no quise limitarme a especular,  así que me puse a indagar en el asunto y me encontré con una de esas sorpresas que ya no deberían sorprenderme. Porque resulta que nuestro verbo "especular" deriva del latín speculari, que significaba observar o acechar, y que más tarde adquirió el significado de espiar, indagar, explorar. ¿Y qué es especular (teorizar, hipotetizar), sino explorar, indagar, tantear, no un terreno sino una idea, un concepto, una circunstancia?

Por otra parte, supe que este verbo, speculari, proviene a su vez del sustantivo specula, que es un puesto de observación, una atalaya. Y que ambas formas, speculari y specula, proceden a su vez del latín arcaico specere, que significa "mirar".

Y mira por dónde, de specere proviene también speculum, es decir, espejo.

Por lo tanto, y a pesar de mi incredulidad inicial, el verbo "especular" y el adjetivo "especular", que tantas vueltas dieron en mi cabeza,  tienen efectivamente un antepasado común (specere) y un significado común  (mirar, observar, examinar),  por más que con el tiempo hayan adquirido sentidos tan diferentes.

Lo bueno de estas indagaciones -o especulaciones- es que nos dejan la mente liberada de palabras recalcitrantes y contumaces que no se van mientras no queden dilucidadas. Y que nos hacen asentir con la cabeza lentamente como quien dice: "Fíjate, qué curioso", lo cual siempre es una gran satisfacción intelectual.

Y lo malo es que, como saben ustedes, una cosa lleva a otra y a otra y a otra..., en un no parar lexicográfico. Cosa que volvió a suceder en este caso, claro, pues por la ventana de la especulación se coló, cual mosquito celoso, la palabra hipótesis, que reclamaba también un poco de atención a cuenta de ese caprichoso prefijo hipo-.

Por supuesto, hice caso de esa exigencia, pero mis averiguaciones al respecto quedan para una próxima ocasión.


httpspixabay.comesimagessearchespejo%20


lunes, 23 de junio de 2025

Más tontinglish

Hubo un tiempo en que, con cierta frecuencia, me encontraba en mis clases con personas que se resistían, con ahínco y contumacia, a aprender inglés, incluso en un nivel básico.

Curiosamente, esas personas se matriculaban en cursos de inglés porque sabían que era conveniente para ampliar sus oportunidades laborales, pero al mismo tiempo se negaban a someterse, según decían, al "colonialismo", al "imperialismo" del inglés. Mantenían una actitud belicosa contra la lengua anglosajona, y decían que no estaban dispuestas a "ceder", a aprender un idioma que consideraban, a diferencia del español, feo, pobre, absurdo y, sobre todo, una imposición "de los americanos".  A esta actitud yo la denominaba mentalmente "patriotismo lingüístico", y la consideraba un error, una forma de autolimitarse, de negarse un beneficio, porque aprender idiomas es algo objetivamente bueno.

Lo curioso es que ahora, más o menos una década después, ocurre todo lo contrario del rechazo que mostraban aquellas personas. Se diría que hay una especie de veneración hacia la lengua inglesa,  hasta el punto de que en el mundo de la cultura y del ocio, en todos los ámbitos de la vida social, y en especial en los medios de comunicación, el inglés se cuela en nuestra lengua de manera constante, por no decir cargante y enojosa.

Ya en varias ocasiones hemos traído ejemplos, recogidos de los medios de comunicación, de lo que otras veces hemos llamado aquí "tontinglish", es decir,  esa invasión pedante del extranjerismo anglosajón,  ese uso innecesario y artificioso de la lengua inglesa, que produce en muchos casos expresiones amaneradas, rebuscadas, o directamente incomprensibles para muchos. Y hoy, a riesgo de resultar yo misma repetitiva y cansina, vengo con una nueva tanda de ejemplos.

Porque lo cierto es que la cosa no deja de sorprenderme, tal es el número y la variedad de palabras y expresiones inglesas que adornan el discurso de periodistas, presentadores, reporteros, tertulianos, políticos y casi cualquiera que se exprese públicamente.

Entre los ejemplos de esta ocasión, tenemos la siguiente frase que leí no hace mucho en algún sitio de internet: "En la newsletter les explicamos qué es la dieta veggie". 

Sin duda está muy bien que nos expliquen qué es eso de veggie, pero deberían empezar por explicar también que es la newsletter. O mejor aún sería que en vez de newsletter dijeran boletín, y en vez de veggie dijeran vegetariana. Aunque a lo mejor es que yo soy muy antigua, cosa que admitiría sin reparo.

istockphoto.com
En otra ocasión oí a un dicharachero entrevistado que dijo: "En esos casos, lo que hago es un facepalm." 

Supongo que muchos televidentes que escucharan esa frase se quedaron sin saber qué es lo que hace ese señor en esos casos. Pero me imagino que el señor prefería no hacerse entender, y por eso dijo lo del facepalm, en vez de decir que se tapa la cara con sonrojo, abochornado, o algo similar.

La verdad es que yo misma sentí un poco de sonrojo -aunque no hice un facepalm- cuando oí a una meteoróloga que, comentando el tiempo que haría en los días siguientes, dijo que "las temperaturas seguirán en el mismo mood". Supongo que quería decir que las temperaturas seguirían iguales, o en la misma línea, pero para qué decirlo de forma sencilla pudiendo resultar pedante.

Lo mismo pensaría, supongo yo, la alegre reportera que hace unos días nos informaba de que el presidente del gobierno había modificado el timing de su agenda. Porque me imagino que decir sencillamente que había modificado la agenda es de antiguos como yo.

Y terminamos por hoy con el pasmoso caso de la tertuliana que, después de decir que "en España no hay un gobierno en la sombra" se apresuró a añadir: "Lo que es el clásico shadow cabinet".

Créanme si les digo que casi empiezo a echar de menos aquel "patriotismo lingüístico" que tanto me llamaba la atención en mi etapa docente.


dreamstime.com