martes, 11 de enero de 2022

Tres hombres y un destino

Esta entrada que hoy recordamos se publicó originalmente en Juguetes del viento el 25 de febrero de 2017. 


¿Qué pueden tener en común un joven impresor norteamericano del siglo dieciocho, un rico empresario escocés del siglo diecinueve, y un humilde trabajador colombiano del siglo XXI?

Diríase que nada, salvo que nos refiramos a algo que está por encima del tiempo y de las circunstancias personales y sociales, de las condiciones de vida y del carácter de cada cual.
Y a algo así nos referimos, en efecto.

Benjamin Franklin by David Martin, 1767 WikipediaNuestro primer personaje, el impresor dieciochesco, mostró de niño grandes aptitudes para el aprendizaje y fue un alumno brillante. Sin embargo, a los diez años tuvo que abandonar la escuela para empezar a trabajar como aprendiz en la imprenta de su padre.
Pero como era estudioso por naturaleza, dedicaba varias horas al día a leer, supliendo así la formación académica que no pudo recibir.
Siendo ya un joven profesional, organizó con unos amigos un club intelectual. Se reunían una vez a la semana y charlaban sobre política y filosofía.
Pero para sus debates necesitaban libros que leer, y esto representaba un problema: había pocas librerías y los libros eran caros para sus escasos medios económicos.  Y las bibliotecas públicas, donde poder ir a leer y sacar libros en préstamo,  no existían aún.
Pero este muchacho inteligente tuvo una gran idea: reunir los libros que tenían entre todos los amigos, y además establecer una cuota para comprar más.
Así fueron añadiendo volúmenes  hasta formar una buena colección. Y entonces el joven impresor estableció una  biblioteca en su propia casa, que abría los sábados por la tarde.
La cosa estaba bien organizada: los miembros del club, es decir, los que pagaban la cuota, podían llevarse los libros que quisieran, pero si los perdían tendrían que pagar una multa. Y además la biblioteca también estaba abierta para el púbico en general, que debía pagar una fianza por si no devolvían los libros que sacaban.
Esta idea librera fue un gran éxito en su ciudad, donde leer y aprender se convirtió en una prestigiosa afición, y sus habitantes adquirieron fama de ser los más cultos del país. Tanto fue así que pronto llegaron nuevos patrocinadores para la biblioteca, y otras ciudades pusieron en marcha proyectos similares.

Y así fue cómo este joven intelectual autodidacta, llamado Benjamin Franklin, inventó la biblioteca pública.

Nuestro segundo personaje fue un niño escocés muy pobre que a los doce años  emigró con su familia a Estados Unidos.
Empezó a trabajar en una fábrica, y siendo aún adolescente ya estaba decidido a no quedarse en eso. Sabía que si se formaba, si estudiaba, podría cambiar sus perspectivas de vida. No tenía dinero para comprar libros ni para pagar la cuota de la única biblioteca que tenía a mano y que era privada; pero supo convencer a sus responsables para que le permitieran utilizarla.
Gracias a su interés por aprender, a su espíritu de trabajo y a su ambición por superar la pobreza, el joven emprendedor fue poco a poco mejorando su situación, de tal manera que llegó a ser una de las personas más ricas del mundo.
Pero la riqueza no le hizo olvidar las convicciones políticas que había heredado  de su padre y su abuelo, que habían luchado en Escocia por la igualdad y los derechos de los trabajadores. Pensaba este hombre que la responsabilidad de los ricos era compensar  a la sociedad por los beneficios que conseguían gracias al trabajo de los obreros, de manera que éstos tuvieran también la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida.
Y siendo consciente de la importancia de la formación intelectual, y de la importancia de  las bibliotecas para que todo el mundo pudiera tener  acceso al conocimiento, dedicó gran parte de su riqueza a fundar bibliotecas públicas por todo Estados Unidos y también en el Reino Unido.
Por otro lado, todo hay que decirlo, pagaba poco a sus empleados. Pensaba que la mejor manera de compensarlos y mejorar su vida era mediante los libros. Curiosa manera de entender las necesidades del obrero.
Carnegie Hall
Pero lo importante en esta historia sobre bibliotecas es que un sólo hombre, con una visión puramente altruista, creó más de dos mil bibliotecas. Imaginemos cuántos libros puede haber en dos mil bibliotecas, y a cuantos miles de personas se les facilita así el acceso a la cultura y al conocimiento. Con todos los beneficios que eso implica.
Este filántropo raro se llamaba Andrew Carnegie, y a pesar de su ingente labor bibliófila, hoy su nombe no se recuerda tanto por las bibliotecas que fundó como por otra de sus contribuciones a la cultura: el prestigioso auditorio Carnegie Hall, que construyó en 1891.
Y llegamos ahora a la historia del trabajador colombiano, un hombre sencillo que trabaja en el servicio de recogida de basuras de Bogotá.
Casi no tiene estudios, pero sí un gran amor por la lectura: cuando era niño apenas pudo ir a la escuela, pero su madre le leía todas las noches.

Hace unos veinte años, cuando hacía su servicio por los vecindarios pudientes de la ciudad, este basurero intelectual decidió rescatar los libros que encontraba en la basura. Y no debían de ser pocos, porque ha llegado a reunir más de veinte mil.

Los hay de todo tipo, y con ellos ha creado, igual que aquel joven del siglo dieciocho, una biblioteca pública en su modesta casa. A ella acuden los niños de las zonas más pobres y apartadas, para quienes los libros son un verdadero lujo, y que tampoco pueden acceder, por la distancia, a las bibliotecas públicas de la ciudad.

Y es que, al igual que el rico empresario escocés, este hombre sencillo considera que los libros, el conocimiento, son el mejor medio para salir de la miseria.
Su nombre es José Gutiérrez, pero en Colombia lo llaman El Señor de los Libros.

Así es, los libros están por encima de condiciones sociales y personales; por encima de épocas y nacionalidades; por encima de ideologías y conflictos.
Los libros despiertan el espíritu e igualan a las personas más dispares dándoles un destino común: el amor por el conocimiento y el deseo de compartir esa riqueza intangible con nuestros semejantes.


garbagge collector library

Aquí, la historia de otro héroe bibliófilo colombiano.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Invitados

Como saben ustedes, en estos días de transición, en esta época en que dejamos atrás un año y recibimos otro, es tradición que visiten este blog unos cuantos amigos sabios, a los que invitamos para que compartan con nosotros algunos de sus pensamientos, algunas de esas ideas que pueden parecen elementales, pero que quizá no siempre tenemos presentes.   Son ideas que, me parece a mí, deberían ocupar nuestros corazones la mayor parte del tiempo. 

En esta ocasión  nuestros invitados nos hablan, de un modo u otro,  del consuelo que nos traen las cosas sencillas, de la compañía que podemos brindarnos mutuamente, y de  lo fácil que es, o debería ser, procurarles unos instantes de bienestar a nuestros semejantes. 

Porque a veces para eso basta una palabra :

 

"... estaba convencido de que nuestro humanismo, nuestro apostolado, debía manifestarse —honrada y sinceramente— en los asuntos de escasa importancia, y de que la delicadeza  y la cordialidad fundamentadas en la consideración, el perdón y la disculpa representaban lo mejor, lo más noble que existe en el mundo […] A menudo basta con pronunciar en el instante preciso y con toda naturalidad  una palabra en apariencia indiferente pero que el interlocutor necesita desesperadamente."

 Dezsö Kosztolányi. Kornél Esti. Un héroe de su tiempo (1933)

 * 


Por supuesto, podemos ser nosotros mismos quienes necesitemos esa palabra de consuelo, de apoyo, de comprensión, aunque a veces nos resistimos a compartir nuestras cuitas con otras personas, ya sea por miedo a molestar, ya sea por el temor de parecer débiles. Sin embargo, uno de nuestros invitados nos hace ver las cosas de una manera diferente, inesperada y mejor, en la que hablar con otros  de nuestras preocupaciones se convertiría en un intercambio de dicha espiritual, beneficiosa para ambas partes: 


"Cuando en adelante tuvo penas, y penas reales, no las ocultó, que dando el placer de que le consolaran recibió el de ser consolado. La verdadera abnegación no es guardarse las penas, es saberlas compartir."

Miguel de Unamuno. "Ver con los ojos" (1886)

 


Por otro lado, es muy posible que la decepción vital que casi todos experimentamos alguna vez se deba no a que la vida no sea suficientemente satisfactoria, sino a que dedicamos muchas energías a buscar nuestro contento donde no se encuentra. Porque parece claro que la verdadera dicha está en la ausencia de deseos excesivos, en liberarnos de anhelos y ambiciones materiales que como mucho suponen una satisfacción sólo momentánea:


"Y ciertamente, mi existencia, consagrada a la complacencia de mis deseos, era absurda y mala, y la afirmación de que la vida es mala y absurda sólo se refería a la mía propia y no a la vida en general."

                                                                                                                 Lev Tolstói. Confesión (1882)

 *

Y justo en estas fechas navideñas parece que lo que domina muchos corazones es precisamente el deseo de bienes superfluos y el ansia de placeres gastronómicos innecesarios, y nos olvidamos de lo que supuestamente conmemoramos, lo que en teoría dio origen a estas celebraciones navideñas. 

Pero otro de nuestros invitados nos recuerda que la verdadera felicidad está en lo más sencillo, que con frecuencia es lo que más nos reconforta y nos da fuerzas para seguir adelante, porque es lo único que verdaderamente necesitamos:


"Tal vez un cobertizo seco y un montón de paja reciente parezcan bienes exiguos, pero me salieron al paso cuando menos lo esperaba y se me iluminó el corazón ante tal hallazgo."

 William Godwing. Las aventuras de Caleb Williams (1794)

 ***


 Dedicado a  todos ustedes, con mis mejores deseos para estos días y para todos los siguientes.



lunes, 22 de noviembre de 2021

Risas léxicas (segunda parte)

(viene de aquí)

Decíamos en la entrada anterior que hay palabras que nos resultan divertidas por su mero sonido; que nos hacen gracia aunque su significado no aluda a ningún concepto cómico.

Me ha pasado siempre, por poner sólo unos cuantos ejemplos que me vienen ahora  a la cabeza, con términos como psicopompo, sochantre, Machupichu, cimborrio, mercachifle... que me parecen divertidísimos. 

También ocurre esto con palabras inexistentes, bien porque las inventemos a propósito, o, más divertido aún, cuando son producto de un lapsus linguae (cuando se nos lengua la traba) o  de un lapsus calami (nuestras amigas las erratas), como cuando yo misma, hace unos días, en vez de "cosmopolita" escribí cosmopilita. Una simple vocal en lugar de otra y la risa está servida.  

Pero, como nos preguntábamos en la entrada anterior, ¿por qué será que algunas palabras nos resultan cómicas y nos hacen reír? ¿Por qué, independientemente de su significado, el sonido de esas palabras nos parece por sí mismo divertido? ¿A qué se deberá esta jocosidad fonética?

Esta pregunta, claro está, no  me ha intrigado a mí sola ni en compañía de ustedes. Hace unos años, el profesor Chris Westbury de la universidad de Alberta, también se lo preguntó al ver que unas personas que colaboraban con él en un estudio sobre una cuestión lingüística diferente, se partían de risa con determinadas palabras inventadas que les presentaba. Inventadas con otra finalidad, claro, sin ninguna intención de hacer reír.

Entonces, intrigado por esta circunstancia, se puso el erudito a pensar sobre el asunto, y llegó a la conclusión de que la clave está en la combinación inusual de los sonidos dentro de la palabra. Es decir, cuando las letras y sus correspondientes sonidos se combinan de manera poco frecuente en un idioma determinado se produce ese efecto cómico. Dicho de otro modo, es la sorpresa, lo inesperado de esos sonidos, lo que nos produce esa sensación divertida.

Lo más llamativo es que esta idea surge en realidad, como indica el profesor,  de una teoría de 1818 y elaborada nada menos que por Schopenhauer, que no tiene fama de gracioso precisamente, y que propuso que el humor proviene de una desviación de lo esperado.  

Así pues, podemos concluir  que cuanto menor sea la posibilidad de que determinados sonidos aparezcan juntos en una palabra, cuanto menos esperemos una determinada conjunción de sonidos, mayor será el efecto cómico de esa combinación. Y que por lo tanto, algo tan intangible, tan etéreo como el humor, sería en realidad cuantificable, porque  sería cuestión de probabilidades.

Al contemplar la cuestión desde este punto de vista, observo que muchas de las palabras que he puesto como ejemplo, tanto en  esta entrada como en la anterior, tienen en común unas combinaciones de sonidos determinadas: machucho, sochantre, mercachifle, Machupichu... Parece que a mí, y tal vez a ustedes también, la repetición del sonido /ch/ dentro de una misma palabra me resulta cómico, al igual que ese sonido /ch/ en combinación con otros quizá también poco frecuentes en nuestra lengua, como /fl/ en posición final. Y pienso ahora en otras dos graciosísimas, como "chufla" y "cuchufleta", que también cumplirían esta regla desmañada que acabo de establecer de manera insensata.

Por supuesto, para llegar a una conclusión certera habría que hacer un análisis meticuloso de cuáles son las combinaciones de sonidos más y menos frecuentes en español, y qué posibilidades hay de encontrarlas en posición inicial, intermedia o final de la palabra.

Pero creo que esta pequeña muestra, estos escasos ejemplos nuestros, pueden indicarnos que, en efecto, la teoría del profesor Westbury no es ninguna chufla.


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lunes, 8 de noviembre de 2021

Risas léxicas

Hay palabras que, por alguna razón, nos resultan cómicas. Palabras que simplemente nos hacen gracia, con independencia de que conozcamos o no su significado, y con independencia de que ese significado aluda o no a algún concepto cómico. 

Y esto es lo que me ha ocurrido con algunas de las palabras que he aprendido últimamente, que me han resultado muy divertidas. Una de ellas es machucho, que me parece graciosísima, como también me lo parece pachucho, por cierto. Sin embargo machucho significa "persona entrada en años" (y que por lo tanto puede estar pachucha, añadiría yo), o "persona juiciosa y experimentada". Pero decir, por ejemplo, "el profesor Tal es un hombre serio y machucho", me resulta poco serio, valga la contradicción.

Parece, según apunta nuestro viejo amigo Corominas, que esta palabra deriva del árabe, y que originalmente designaría a la "gente del norte", por su carácter flemático.

Otra de esas palabras nuevas para mí es metemuertos. Ya me dirán si a ustedes también les hace gracia, porque desde luego a mí me parece muy divertida.

Tampoco en este caso el significado alude a nada jocoso: el metemuertos es el empleado del teatro "encargado de retirar los muebles en los cambios escénicos", aunque, según me dice el diccionario, también se emplea con el sentido de "entrometido", "impertinente".

Para remate del tomate, la palabra metemuertos tiene como sinónimo sacasillas, que aunque es una palabra meramente descriptiva, a mí, otra vez, me resulta muy chistosa. 

Por último, también me ha hecho reír recientemente la palabra purrela, que se refiere a un vino de mala calidad, y por extensión, a cualquier cosa de poco valor.

Al contrario que las tres anteriores, purrela es, según el diccionario, una palabra de creación expresiva. Esto de las palabras de creación expresiva es un asunto muy interesante y complejo, pero, dicho de manera simple, se trata de palabras que no tiene un origen etimológico (no derivan de palabras anteriores), sino que son una creación espontánea, palabras con las que el hablante intenta reproducir una sensación o una impresión de los sentidos o de los sentimientos. Es decir, un intento de reproducir sensaciones físicas o emocionales mediante los sonidos del lenguaje. Cuando esto ocurre, se dice que esa palabra tiene valor fonosimbólico.

En el caso de purrela, a mí me parece clarísimo ese valor fonosimbólico: imagínense ustedes a una persona que prueba un vino muy malo y su consiguiente reacción, y verán a qué me refiero.

Como esto de las palabras que nos hacen gracia por su mero sonido también me parece un tema muy entretenido y ameno, quizá en una próxima entrada podríamos hablar de una teoría que intenta explicar el porqué de esa jocosidad fonética.


phonetics

 

viernes, 15 de octubre de 2021

La verdad de las palabras

Este verano pasado Juguetes del viento cumplió trece años. Para celebrar este aniversario recuperamos esta entrada (publicada originalmente el 28 de marzo de 2016), una de tantas que, junto con los comentarios de sus lectores,  han ido configurando la historia del blog. Gracias a todos.


Las personas tenemos muchas facetas; nuestro carácter o nuestra personalidad no son planos ni transparentes como el cristal de una ventana. Estamos compuestos de muchos factores y la combinación de ellos es lo que configura nuestra personalidad.

Y algo parecido ocurre con la mayoría de las palabras, que encierran en sí varios conceptos y se refieren a más de una idea.
Pero con frecuencia sucede que cuando conocemos superficialmente a una persona pensamos que los únicos rasgos de su carácter son los más evidentes, e incluso a veces  los confudimos y tomamos unos rasgos por otros. Y de la misma manera, de las diversas acepciones que la mayoría de las palabras tienen, sólo conocemos las más habituales, y a veces además les atribuimos significados inexactos.
Y tanto en un caso como en otro, descubrir esos aspectos más ocultos es casi siempre motivo de sorpresa y satisfacción.

Biblioteca de San Carlino, Roma.
En esto me paré a pensar no hace mucho, cuando dos amigos míos hablaron, por separado y en dos ocasiones diferentes,  de la escasa profundidad moral que observan, en general,  en la literatura contemporánea; de cómo echan de menos historias que apelen a la moral, que nos hagan meditar y nos conmuevan desde el punto de vista moral.

Y en las dos ocasiones, algunas de las otras personas que estaban en la conversación, creyeron que hablábamos de moral en el sentido que con frecuencia se le atribuye a esta palabra: el de principios religiosos,  o de convenciones sociales; de lo que se considera o no aceptable socialmente, lo que está bien o mal visto; de lo que  desde hace un tiempo se denomina  “políticamente” correcto o incorrecto.

Pero a lo que nos referíamos era a aquello que  tiene que ver con la conciencia y el respeto humano, incluido el respeto a nuestra propia conciencia; a los valores personales propios, no impuestos,  que nos indican cómo hemos de conducirnos; a las reglas de conducta que seguimos no porque nos lo mande una ley, una norma social o un precepto religioso, sino porque es lo que consideramos nuestro deber humano, lo que nos dicta nuestra conciencia que debemos o no debemos hacer. 

Dice Robert Louis Stevenson en su ensayo “La moral de la profesión de letras”:

El primer deber de cualquier persona que escribe es intelectual […] Debe cerciorarse de que su propia mente se mantenga ágil, compasiva y brillante […] El segundo deber, mucho más difícil de definir, es moral.

Y lo explica del siguiente modo: Sería deseable que todas las obras literarias […] surgieran de impulsos sólidos, humanos, sanos y potentes […] No existe el libro perfecto, pero hay muchos que deleitan, mejoran o animan al lector.

Y esto es precisamente lo que buscan mis amigos: esas obras que nos engrandecen y nos inspiran, porque surgen de esos “impulsos sólidos, humanos y sanos” y nos los transmiten.

Entonces, en aquellas dos conversaciones, yo sugerí que para encontrar esa llamada literaria a la moral hace falta recurrir a los clásicos. Y nuevamente hubo confusión, porque tendemos a asociar el concepto clásico con ideas de antigüedad, de cosa intelectual difícil y aburrida, o de tradición rancia.
Pero yo me refería a esa otra idea que encierra la palabra clásico y que se refiere a aquello que por sus cualidades se convierte en un ejemplo digno de imitar o seguir. Me refería a esos “clásicos” que lo son no por antigüedad,  sino porque forman parte de la literatura eterna: Dostoievski, Flaubert, Wilde, Stevenson, Sandor Marai, Stefan Zweig, Virginia Woolf, Edith Wharton, Italo Calvino... por nombrar sólo algunos de mis favoritos.

Y es curioso que estos dos conceptos que fueron malinterpretados en las dos conversaciones, tengan entre sí una relación literaria tan estrecha, pues sin duda estas obras clásicas y eternas, se convierten en tales precisamente porque tienen, entre otras cosas,  un carácter moral, que se advierte en lo que con ellas aprendemos sobre nosotros mismos, nuestro mundo y nuestros actos. Y sobre nuestras palabras.



Jehan Georges Vibert, The committee on moral books, 1866
Jehan Georges Vibert. El comité de los libros morales (1866)

jueves, 16 de septiembre de 2021

Aquí la BBC

Sin duda habrán observado ustedes que cada vez resulta más difícil entender lo que se oye en nuestra televisión.

No me refiero a que se digan incoherencias, que se dicen, desde luego; ni a que se den explicaciones deslavazadas que no significan nada, ni a que en la verborrea de algunos haya sólo palabras que son como un huevo roto: una cáscara sin nada dentro. 

Todo esto ocurre, en efecto, pero ahora me refiero a esa otra manía de los parlanchines televisivos que consiste en adornar sus intervenciones con palabras en inglés, en incrustar términos de la lengua británica en sus discursitos, para, supongo yo, darse una pátina de modernidad y cosmopolitismo. Con resultado siempre ridículo, por cierto.

Comprendo que en algunos casos hay un estudiado afán de no llamar a las cosas por su nombre para hacerlas pasar por algo chuli. Es obvio, por ejemplo, en el caso de los minijobs, que suena mucho más simpático que "contrato basura"; o rider, que queda mucho más cool que "repartidor".

Pero no me explico qué necesidad puede tener un periodista de decir, por ejemplo, que habría que hacer "un test de antígenos antes del inside y cuando se acabe el inside cada uno a su  casa". O que "Reino Unido ha hecho un lock-down total".

También me cuesta entender qué lleva a personas de habla española a decir que hay que mutear el micrófono, topar el precio del gas, o "tranquilizar a la gente en cuanto al timing". Bueno, tranquilíceme usted primero explicándome qué es eso del "timing", hágame el favor.

Yo me pregunto si quien habla así es simplemente un cursi o un pedante, o si es que en realidad no sabe que esas palabras extranjeras tienen su forma correspondiente en nuestra propia lengua. A veces, sinceramente, creo que es lo segundo, que la ignorancia del propio idioma lleva a algunas personas a pensar que en español  no tenemos términos o expresiones  equivalentes a timingsmoothie, tipoutfit , fake news, trending topic..., y quizá por eso se dicen cosas tales como que "esto es un preprint"  o que "se va publicar un nuevo paper".

Me imagino la confusión y el desconcierto de muchas personas, sobre todo personas mayores, cuando oyen esa sarta de anglicismos, esa retahíla de términos ajenos a nuestro idioma que adornan las frases de quienes hablan en la tele, ya sea en una tertulia, en un concurso, en la publidad, etc.

Esta forma de complicar el discurso, de dificultar la comprensión llenendo nuestra lengua de palabras extranjeras me parece una falta de consideración y de respeto, no sólo a la propia lengua sino también a las personas que no entienden ni tienen por qué entender otro idioma. 

Creo que eso es lo que más me molesta de esta tendencia tontaina. O trending foolishness.

 

Dreamstime steampunk



miércoles, 25 de agosto de 2021

Viajes de verano, verano de viajes

Este verano he visitado varias ciudades europeas, y he tenido ocasión de conocer a personas muy diferentes entre sí. Todas me han interesado, por un motivo u otro, y de hecho, me he centrado más en ellas que en las ciudades en las que habitan.

Mi primer destino, fue, como tantas otras veces, Londres. Allí conocí a unos amigos que me parecieron un poco excéntricos, pero también muy educados,  divertidos e inteligentes. Tuve la suerte de que me permitieran visitar el curioso club al que pertenecen, y pasé unos ratos estupendos escuchando sus peculiares anécdotas.

Desde Londres fui a Hungría, en concreto a Budapest. Me alojé con una pareja acomodada, y aunque traté bastante con la señora de la casa, a quien conocí mejor fue a la muchacha que trabajaba con ellos. Se llamaba Anna y era muy callada, muy reservada. A mí me intrigaba mucho su personalidad, y la paciencia extraordinaria que mostraba ante los desplantes y las exigencias de la señora.  Me parecía admirable ese aguante. Sin embargo, no pude evitar preguntarme si Anna sería capaz de seguir mucho tiempo así. Cuando me marché, las cosas entre Anna y los señores se habían complicado mucho.

De Budapest fui a Praga. Pasé unos días extraños e inquietantes en el barrio judío. Allí conocí a un joven al que nunca olvidaré, sensible, bueno, trabajador, pero infeliz, asediado por inquietudes y dudas, sobre sí mismo y sobre las personas con las que trata habitualmente. Me contó su historia y quedé fascinada por sus detalles, terribles  y conmovedores. Me costó despedirme de él, me hubiera gustado quedarme allí algún tiempo más, pero tenía que seguir camino.

Volví entonces a Hungría, esta vez no a Budapest, sino a una pequeña ciudad llamada Sárszeg. Allí estuve una semana con un matrimonio mayor, dos personas entrañables. Casualmente, cuando yo llegué, su hija, a la que llaman Alondra, se marchaba a pasar unos días con unos parientes, así que sólo la traté un poco al final de mi estancia, cuando regresó, y sólo supe algo de ella de manera inderecta. Pero no me importó no conocerla mejor, porque creo que sus padres son mucho más interesantes que ella.

Ahora, cuando falta poco para que terminen mis vacaciones, me encuentro en Italia. Aquí he entablado amistad con un señor mayor que me está contando muchas anécdotas sobre su vida, sobre cómo empezó a interesarse por los libros cuando era niño, cómo se convirtió en un auténtico bibliófilo,  y cómo llegó a hacerse anticuario y dedicar su vida a los libros. Me encanta hablar con él, y estoy segura de que también me costará despedirme.

 *

Y por si tienen curiosidad por conocer cuáles han sido los medios de transporte que he utilizado para realizar estos maravillosos viajes, les dejo aquí la información correspondiente:

-G. K. Chesterton. The Club of Queer Trades (El club de los negocios raros).

-Dëzso Kostolány. Anna la dulce. (Xordica ed, 2021. Trad. de Judith Xantús).

-Gustav Meyrink. El Golem (Valdemar, 1994. Trad. de Alfonso Ungría).

-Dëzso Kostolány. Alondra (Ediciones B, 2002. Trad. de Judith Xantús).

-Alberto Vigevani. La febbre dei libri. Memorie di un libraio bibliofilo (Sellerio Editore, 2020).

*

Espero que ustedes  hayan tenido también unas vacaciones estupendas.




martes, 20 de julio de 2021

Divertimento veraniego

 

En la carnicería

Un hombre de unos sesenta años, gordote, de aspecto bonachón, habla sin parar con el carnicero, un joven muy correcto.

Mientras éste atiende mi pedido, el hombre habla y habla de cualquier cosa que se le viene a la cabeza.

De pronto, el hablador me pide disculpas por tanto parloteo, y yo, que en realidad me estoy divirtiendo mucho, le digo que no se preocupe. Entonces mira al carnicero y le dice:

—Pero, ¿a que soy simpaticote?

Y el carnicero:

—Hombre, Antonio, claro que sí.

Y el tal Antonio insiste:

—Yo soy más simpático que mi hermano, ¿verdad?

El carnicero, en un aprieto, echa mano de sus dotes diplomáticas:

—Los dos, los dos son muy simpáticos.

Entonces el hombre me mira otra vez y me dice, convencido:

—Yo, yo soy más simpático.

                                                                             *

 

En la carcinería

Un hombre de unos sesaños enta, gordote, de aspecho bonatón, para sin hablar con el carnicero, un jecto muy corroven.

Mientras éste apide mi tendido, el hombre habla y habla de cualcosa quier que se le bieze a la cavena.

De pronto, el hablador me dispide culpas por tanto parloteo, y yo, que en realidad me estoy divirtiendo mucho, le preocupo que no se diga. Entonces mira al carnicero y le dice:

—Pero, ¿a que soy simpaticote?

Y el carnicero:

—Hombre, Antonio, claro que sí.

Y el tal Antonio insiste:

—Yo soy más sirmano que mi empático, ¿verdad?

El carniprieto en un acero, echa mano de sus dóticas diplomanas:

—Los dos, los dos son muy simpáticos.

Entombres el honce me mira otra vez y me dice, convencido:

—Yo, yo soy más sintápico.

*

 

En el negocio de productos cárnicos

Un caballero de mediana edad, de amplias formas y apacible compostura, departe incansable con el responsable de la preparación y despacho de los productos a la venta, hombre de menor edad que el antedicho y de exquisitas formas en el trato.

Mientras el mencionado comerciante atiende mi pedido, el hombre de la amplia figura habla y habla de cualesquiera asuntos que acuden a sus entendederas.

Inopinadamente, el contumaz parlanchín se excusa ante mi persona por su incontenible verbosidad, y yo, que en honor a la verdad estoy disfrutando grandemente, le digo que no tenga por ello congoja ninguna. Acto seguido, el locuaz individuo dirige su mirada hacia el matarife e inquiere:

—Pero, ¿no es cierto que soy extrovertido y cordial?

Y el joven responsable de la cárnica mercancía responde al punto:

—Cómo negarlo, Antonio, sin la menor duda lo es usted.

Y el aludido, empecinado, persevera:

—¿Y no es más cierto que yo supero en gracia personal al otro hijo de mi madre?

El mancebo, en situación comprometida, recurre sin ambages a su habilidad para las relaciones con el prójimo:

—Ambos dos, ambos dos gozan de gran encanto y gracejo.

Entonces el caballero de la dilatada silueta vuelve a dirigir su atención hacia mí y me hace saber, con todo convencimiento:

—Este, este servidor de usted es más expansivo y grato.

*


Málaga


viernes, 25 de junio de 2021

Aunque no sirvan para nada

En los comentarios finales de La casa de los veinte mil libros, su autor, Sasha Abramsky, hace referencia a las notas y apuntes tomados durante sus investigaciones para el libro, notas y  apuntes que, según comenta, conserva en una caja. Y dice al respecto: «Las palabras no se tiran. Podrían, algún día, ser útiles».

Con frecuencia me acuerdo de esa frase, «Las palabras no se tiran», y de hecho la repito mentalmente cada vez que me encuentro con alguna de las muchas «piezas» de escritura que conservo. Entre ellas está, por supuesto, la mayoría de los diarios que he ido escribiendo a lo largo del tiempo;  o relatos escritos por amigos y compañeros; también montones de cartas, escritas por amigas que vivían a dos calles de distancia o a miles de kilómetros; cartas y tarjetas de amigos que pasaban las vacaciones fuera, o que me felicitaban por mi cumpleaños, o por Navidad... cartas escritas antes de que el correo electrónico me las quitase de las manos. En fin, incontables muestras de pensamiento escrito, de ideas puestas en un papel, de sentimientos conservados en tinta. Es imposible tirarlas.

De todas estas palabras, las que más me han sorprendido,  y las que más me han divertido cuando me he encontrado con ellas, son las que, escritas en hojas sueltas o en trozos de papel, han aparecido alguna vez entre las páginas de mis diarios, entre los apuntes de cualquier asignatura, o conservadas en algún libro. Son notas que en algún momento, durante una clase, o durante una sesión de estudio en la biblioteca, me pasó algún compañero para consultarme una duda o para gastarme una broma; o alguna amiga para contarme o preguntarme algo que por supuesto no podía esperar.

No deja de llamarme la atención que yo conservara esas notas, que ya en su momento les diese importancia suficiente como para guardarlas. Quizá ya entonces yo también sabía, aunque no de forma consciente, que las palabras no se tiran.

Por supuesto a lo largo de los años también me he desecho de muchas palabras escritas en papel: folios y folios de palabras, cuadernos de apuntes y de ejercicios, borradores de textos de todo tipo...  Son palabras que sucumbieron sin resistencia al sentido práctico y al sentido común. 

Pero, en efecto, muchas las conservo, porque, sí, cualquier día podría necesitar revisarlas: notas lingüísticas, datos, apuntes para textos diversos, personales o profesionales, bocetos de artículos o de relatos...

En cambio, esas otras palabras, esos papelitos, esas notas tan personales escritas en un momento particular por algún motivo particular, sé que no van a servir nunca para nada, salvo, quizá, para hacerme sonreír. Pero tal vez por eso mismo las conservo, porque no es sólo la utilidad práctica lo que da valor a las cosas.


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lunes, 17 de mayo de 2021

Qué sería de mí

En una ocasión prepandémica, asistí a una charla sobre un libro escrito por un autor ruso. El libro en cuestión nos había gustado a casi todos los presentes, y todos elogiaron el estilo literario: la belleza de las descripciones, la precisión con que se caracterizaba psicológicamente a los personajes, la naturalidad de los diálogos, etc. 

Como digo,  en esto coincidimos todos, pero al parecer nadie había pensado en una cuestión que para mí era obvia: si podíamos apreciar el estilo de la obra era gracias al trabajo de traducción que alguien había hecho. Cuando hice este comentario todo el mundo estuvo de acuerdo, y algunos de los presentes, incluido el conductor de la charla, casi lamentaron no haber reparado conscientemente en ello. Entonces se comentó que si la traducción es defectuosa, se nota y nos estropea la lectura, y que si está bien hecha se nos olvida que estamos leyendo una traducción.

Creo que ése es un buen medidor de la calidad de una traducción, porque eso significa que ésta no estorba, no extraña, no entorpece; no se interpone entre la obra y el lector.

Esta anécdota (aunque podría tratarse de otras similares) me vino a la cabeza hace unos días, cuando empecé a leer un libro de un autor húngaro que acabo de descubrir gracias a uno de esos grandes lectores que tengo entre mis amigos. El autor en cuestión es Dezsö Kostolányi (1885-1936)*, y en cuanto empecé a leer la novela empecé a disfrutar. La historia aún no estaba desarrollándose, sólo estaba leyendo las primeras palabras del personaje narrador, pero en seguida me encandiló la fluidez del estilo, las palabras sencillas con las que se expresan ideas profundas, el lirismo de ciertos pasajes;  el sentido del humor con que se tratan algunos asuntos y la ternura que se desprende de otros.

Así que no pude evitar pensar en el traductor con gratitud.  Qué sería de mí sin las traducciones, me dije. No podría disfrutar de este libro, ni de ninguno escrito en húngaro, en ruso, en alemán... en ninguno de tantos idiomas que por desgracia no conozco y que, gracias a las traducciones, me proporcionan tantos momentos de deleite; con los que aprendo, medito, sueño, comprendo, río y sonrío.

A veces he oído decir que la traducción es siempre inferior a la obra original, porque en ese proceso se pierden muchas cosas. Pero en esas ocasiones siempre pienso que al leer a Sándor Márai, a Rilke, a Stefan Szweig, a Colette, a Cartarescu, a Tsvieáieva, a Eça de Queirós... yo no tengo la sensación de perder nada, sino todo lo contrario. Tengo la sensación de ganar mucho. De ganar pensamientos, ideas, palabras, conocimiento del ser humano y del mundo. Del mundo que todos compartimos y del que cada persona lleva dentro.

No puedo imaginar cuánto perderíamos sin traducciones.


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*Dezsö Kostolanyi. Kornel Esti. Un héroe de su tiempo. Bruguera, 2007. Traducción de Mária Szijj.

lunes, 3 de mayo de 2021

Tesituras libreras

Hace tiempo me preguntaron si alguna vez había abandonado la lectura de un libro; si alguna vez había dejado un libro a medias porque no me gustase lo suficiente para seguir leyéndolo.

Quizá una respuesta afirmativa a esta pregunta sea algo obvio para muchas personas, pero, en aquella ocasión, yo respondí que no, que nunca había dejado un libro a medias. Y era cierto, hasta entonces yo había sido incapaz de no terminar un libro.

Pensaba, y así lo expliqué, que si dejaba el libro nunca sabría  si podría haber empezado a gustarme más adelante. De modo que seguía leyendo, esperando un momento en que me sorprendiera con un giro inesperado, con un personaje nuevo que aportase más interés, con un ritmo más ágil... O quizá que yo misma, por alguna razón, cambiase mi forma de percibir la narración y empezara a disfrutarla.

Es decir, que nunca dejaba de darle una nueva oportunidad al libro, concediéndole más  tiempo y confiando en que a la vuelta de cualquier página asomara el entusiasmo.

Además, ahora creo que también existía por mi parte cierto temor a reconocerme como una mala lectora, como alguien incapaz de apreciar las supuestas bondades del libro, y eso no me gustaba. Parece que no me atrevía a admitir que simplemente hay libros que no tienen mucho interés, en general, o que encajan con unas personas y con otras no, aun tratándose de obras consideradas «imprescindibles».

Lo curioso es que poco después de aquella ocasión  cambió por completo mi manera de pensar sobre este asunto. Tuve que admitir ante mí misma que siempre pasaba lo mismo: si al cabo de cierto número de páginas un libro no había llegado a interesarme de verdad,  terminaba el libro de la misma manera. Es decir, que no había sorpresa a la vuelta de ninguna página, que no aparecía el personaje que hacía nacer mi interés, que no llegaba el entusiasmo.

Desde entonces no tengo problemas en no terminar un libro cuando veo que no nos llevamos bien; nos despedimos con toda cordialidad y aquí no ha pasado nada.

Sin embargo, lo cierto es que rara vez me veo en esa tesitura. Supongo que he desarrollado con el tiempo una certera intuición que me dice de manera casi infalible qué libro me va a gustar y qué libro no. Y sé que también me he vuelto  suspicaz respecto a  ciertos tipos de obras que descarto de antemano y sin pesadumbre.

Sé, en fin, qué tipo de literatura me gusta, me ilustra, me estimula, me emociona o me divierte, y es ése un jardín tan amplio y variado que podría vivir en él durante varias vidas sin llegar a recorrerlo entero.  Qué maravillosa perspectiva. 



domingo, 11 de abril de 2021

Una recompensa para ellos

En un pasaje de El héroe de nuestro tiempo*, de Lérmontov, el protagonista anota en su diario que, en una noche especialmente difícil, intentó distraerse leyendo un libro que tenía sobre la mesa y que era una novela de Walter Scott: 

"Comencé a leer con gran esfuerzo, pero luego, cautivado por la maravillosa fábula, me olvidé de todo... ¿Recompensarán a este bardo escocés en el otro mundo por cada minuto de placer que regala con su libro?"


Me llamó mucho la atención este pensamiento, porque indica, creo yo, una valoración muy particular, muy honda, del mérito artístico; y una gratitud igualmente honda por el talento y el trabajo de los creadores.

Por otro lado, también me parece muy importante el detalle de que eso sucediera en una noche difícil, en la que el personaje se encontraba muy inquieto, y de que aunque al principio le costase concentrarse en el libro, poco a poco fuese sintiéndose "cautivado" por la historia que en él se relataba.

Esta idea de que los libros puedan ser un medio de salvación, una forma de ausentarnos de las circunstancias en momentos concretos, me resulta fascinante. Que un narración, una historia escrita, hecha sólo de palabras, tenga esa capacidad de liberarnos temporalmente de nuestra realidad, es algo que, aunque sabido y esperado, nunca deja de asombrarme. 

¿Qué poder excepcional es el que hace posible que las mismas  palabras que usamos en las situaciones más corrientes o más prosaicas del día a día, tengan la capacidad de transportarnos a situaciones insólitas, a circunstancias que no han existido en ningún lugar ni en ningún momento, y además seamos capaces de vivirlas con la intensidad de una experiencia verdadera ?

En las palabras hay magia, y qué magos excelentes son aquellos que la ejecutan con tal maestría.  Por eso yo también creo que merecerían alguna clase de recompensa "en el otro mundo", en algún paraíso ultraterrenal, en algún más allá novelesco que debería existir como colofón a su extraordinario espectáculo de ilusionismo.


Charles Reade https://es.wikipedia.org/


*Mijáil Y. Lérmontov. El héroe de nuestro tiempo (Ed. Akal, 2009. Traducción de Rocío Martínez Torres).