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lunes, 26 de junio de 2023

Yo inventé los blogs

Juguetes del viento acaba de cumplir un año más, quince nada menos, y para celebrarlo he querido recordar esta entrada que se publicó originalmente el 2 de junio de 2011. También quiero manifestar mi más profunda gratitud a los lectores que me acompañaron en etapas anteriores y a los que siguen acompañándome hoy.


Yo inventé los blogs

Bueno, no es eso exactamente.
En realidad debería decir, para ajustarme más a la verdad, que yo deseé los blogs antes de que estos se inventaran.
Porque cuando yo era adolescente, preadolescente incluso, imaginaba -o deseaba- un lugar donde uno pudiera escribir cosas y otras personas pudieran leerlo.
Sí, claro, existían los periódicos, las revistas y los libros, pero eso era inaccesible para la gente normal y corriente y sobre todo para los niños.

Lo que yo anhelaba era un lugar, un medio, donde pudiera escribir cualquiera, por ejemplo yo, y que fuera público. Un sitio donde hablar de lo que a uno le interesaba o le gustaba; de lo que uno pensaba sobre cualquier asunto, o contar algo interesante que nos hubiera pasado; algo que fuera importante para nosotros…


Y pensaba y pensaba qué sitio podría ser ese, cómo se podría llevar a cabo lo que yo imaginaba. Pero no se me ocurría nada que no fuera lo que ya existía, y que, efectivamente, no estaba a mi alcance.

Por aquel entonces yo me conformaba –qué remedio- con escribir para mí misma: un diario para las cositas personales, y una libreta donde apuntaba otras cosas que sí me hubiera gustado "publicar". Por ejemplo, juegos de palabras que se me ocurrían; cuentecillos y sobre todo, errores de expresión encontrados en diferentes medios o curiosidades lingüísticas escuchadas por aquí y por allá.

Recuerdo, por ejemplo,  haber anotado una frase que oí en una película, en la que unos amigos iban a un restaurante y decía uno de ellos: “Vamos a ordenar una pizza”. Y  a continuación de la frase yo comentaba que deberían haber dicho “vamos a pedir una pizza”, y que sin duda se trataba de un error de traducción.
Ya se sabe: el repipi no se hace; nace.

pixabay.com
De manera que para dar rienda suelta a mi vocación de correctora repelente, de cansina notaria de lo cotidiano y de narradora pretenciosa, lo único que podía hacer era esperar a ser mayor, estudiar periodismo y, cuando trabajara en un periódico o una revista, escribir artículos sobre esas cosas.
O, directamente, hacerme escritora (risas).

Por supuesto, estamos hablando de la era paleozoica, de modo que los ordenadores no eran todavía, ni mucho menos, de uso doméstico, y de internet no conocíamos ni el nombre.

Durante un breve espacio de tiempo, pude en cierto modo dar satisfacción a esos anhelos míos de escribir cosas y que aparecieran en algún sitio. Fue cuando algún profesor del instituto, con mucha voluntad y pocos medios, puso en marcha una revista. Y allá que fui yo a contribuir con articulillos y comentarios.
La experiencia no duró mucho, pero sirvió para que me diera cuenta de una cosa: aquello no era lo que yo buscaba.
No. Seguía sin saber qué era, en qué consistía lo que yo soñaba, pero no era una revista de instituto.
Era otra cosa. Tenía que haber otra cosa.

Y ahí me quedé, en ese anhelo, en ese echar de menos algo que no sabía qué era pero que, estaba segura, tarde o temprano tendría que aparecer.

Hasta que un buen día, ya en el siglo XXI, y ya con internet en nuestras vidas como elemento cotidiano, oí hablar de los “diarios online”, de los weblogs y de los blogs.
 Al principio no sabía muy bien qué eran realmente, pero cuando lo comprendí y empecé a ver algunos me dije: ¡Tate! Ahí está. Eso era.

Y efectivamente, eso era.

Lo que hoy llamamos blogs tan alegremente, que consideramos algo de lo más normal y que está al alcance de cualquiera, es aquello con lo que yo soñaba, lo que yo esperaba, aunque no supiera ni cómo denominarlo.

Y es que como todos somos humanos y todos tenemos los mismos sueños y las mismas necesidades, no hay más que esperar –con paciencia, eso sí- a que alguien invente o dé forma a lo que otros solo podemos intuir vagamente.

Y siempre ocurre. Siempre hay alguien que, tarde o temprano, es capaz de hacer realidad lo que para otros no es más que una mera fantasía, una ilusión sin sustento.

Demos gracias por ello.


pixabay.com



martes, 21 de febrero de 2023

Sucedió una tarde

Esta entrada que hoy recordamos se publicó originalmente en Juguetes del viento el 28-12-2012. 


Es curioso cómo a veces, de pronto, se nos viene a la memoria el recuerdo de una situación intrascendente, de una experiencia pasajera a la que no le dimos importancia.

Pero  resulta que ese hecho que sucedió sin más y en el que nunca volvimos a pensar, se quedó almacenado, sin nosotros saberlo,  en esa especie de coliflor que tenemos dentro de la cabeza.
Hace unos días me acordé, quién sabe por qué, de una de esas situaciones que tienen lugar un día cualquiera y que pasan sin dejar huella. 
Aparentemente.

Tendría yo dieciséis o diecisiete años y era una tarde de verano.  Había quedado con mis amigas, y, como es habitual, mi puntualidad británica y yo llegamos las primeras. Me senté en un banco del paseo a esperarlas y a los pocos minutos llegó un muchacho.

Se sentó a mi lado y empezó a hablar conmigo.
No sé cómo entabló la conversación,  si me dijo su nombre, si me preguntó el mío, si quería saber la hora... no sé.
Lo que recuerdo es que en algún momento, por alguna razón, empezamos a hablar de libros.

Me preguntó si  a mí me gustaba leer, y dijo que él no leía nunca porque los libros le parecían muy aburridos. Que había empezado algunos pero los había dejado en seguida.
Yo le dije, más o menos, que habiendo tantos libros en el mundo, seguro que alguno le gustaría, que no todos eran aburridos.

Entonces me pidió que le hablara de alguno que me hubiera gustado a mí y que le pudiera gustar a él. Y yo, echando mano de mis escasísimos conocimientos, le hablé de uno que había leído hacía poco y que era muy entretenido.

Me preguntó de qué trataba y  le conté el argumento brevemente.
Por supuesto yo entonces no sabía nada del simbolismo de la novela ni de su filosofía ni nada de eso. Mi lectura se había quedado en lo anecdótico, en lo divertido de la trama, en la fantasía del relato.

El libro en cuestión era El caballero inexistente, de Italo Calvino.
Y aunque en aquel momento ni el chico ni yo teníamos dónde apuntar el título, recuerdo que hizo un esfuerzo por memorizarlo, repitiéndolo lentamente, como si lo escribiera.  
Ya no me acuerdo de nada más, no sé cómo terminó la conversación, pero me imagino que llegarían mis amigas y me marché.

Ahora me pregunto si el muchacho recordaría más tarde el título del libro; y si lo recordó, me gustaría saber si lo compró y si lo leyó. Y especialmente me gustaría saber si le gustó.

Como dije al principio, nunca antes me había acordado de esta anécdota, pero cuando hace unos días apareció en mi pensamiento, como aparece una foto vieja en un cajón, pensé que probablemente esta fue la primera vez que le recomendé un libro a alguien.

Y también pensé que era muy curioso que alguien que decía aburrirse con los libros tuviera tanto interés por conocer alguno que le pudiera gustar.
Y por último, también he pensado que este hecho que al principio consideré intrascendente, ahora no me lo parece tanto.

 
 

viernes, 13 de septiembre de 2019

Historia de un libro

Celebrando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada, que fue  publicada originalmente el 6 de febrero de 2011.


Hay muchas cosas de las que no puedo presumir, y una de ellas es mi memoria.
Pero a pesar de eso, hay cosas que recuerdo con mucha claridad.
Y una de esas cosas es mi relación con los libros durante mi infancia.
Otro día entraré en detalles, pero hoy me quiero referir a un libro en particular, uno que nos trajeron los Reyes una vez a mi hermano y a mí.
Se titulaba Héroes en zapatillas, y he de reconocer que tardé mucho tiempo en entender lo que significaba tal título.

Era un libro de gran formato que hablaba de personajes y hechos históricos y literarios: los faraones, el caballo de Troya, Leonardo da Vinci, Cristóbal Colón…

Cada historia o personaje se presentaba de dos formas. En una página había un texto formal, poco o nada infantil, que yo nunca me leía. Y en la página siguiente se contaba la historia en viñetas de cómic, con unos versitos ripiosos que eran la monda:

-“Se me viene a la memoria / Egipto y toda su historia”;
-“Julio Verne era un señor / que nació para escritor”.
 Y cosas así.

El libro lo leíamos y releíamos y lo manoseábamos de tal manera que lo recuerdo bastante descuajaringado.
Cuando pasó el tiempo y nos hicimos mayorcillos, cometimos la insensatez de regalar el libro –que era cosa de críos- a unos primillos nuestros que también se habían prendado de él.
Y después, más sensata y menos adolescente, me acordé de ese libro infinidad de veces, arrepintiéndome, por supuesto, de haberme deshecho de él.

Pero no nos echemos a llorar.
Hace unos años, paseando por Sevilla, me paré ante el gran escaparate de una librería. No es que me parara voluntariamente a mirar los libros. Es que me quedé parada por la sorpresa.
Porque conforme me acercaba a la librería, y sin tener intención de detenerme, vi, en la parte más alta del escaparate, el libro que tanto había añorado.

Allí estaban, Don Quijote y Sancho, con ese trazo de dibujo animado y esos colores que tanto me atraían de pequeña, llamándome desde la portada del libro.
Emocionada y asombrada entré en la librería y pedí el libro.

El dependiente me lo trajo y cuando lo tuve en mis manos me sentí retroceder en el tiempo, recuperar una sensación muy definida. Por un instante creí volver a mi habitación infantil y a las horas que pasé aprendiendo historia y literatura, creyendo que simplemente me estaba divirtiendo con un tebeo.

El librero me dijo que ese libro era una maravilla, que tenía un gran valor pedagógico y que era muy atractivo para los niños.
Yo le dije que lo sabía porque conocía el libro muy bien. Le conté la historia a grandes rasgos y creo que el buen señor se emocionó y todo.

Pagué el libro y me lo llevé en brazos como si temiera perderlo otra vez, y deseando volver a mi ciudad para enseñárselo a mi hermano.

Y ahí está, lo veo mientras escribo esto, y aunque obviamente no es el mismo ejemplar que tuvimos de pequeños, para mí es como si lo fuera.
El otro, el original, tendría un valor sentimental inmenso, claro está, pero este también lo tiene, por su poder de evocación.
Y además representa  la capacidad de hacernos revivir sensaciones que puede tener un objeto, y la magia que hay en recuperar, de forma totalmente inesperada, sorpresiva y casual, algo que habíamos dado por perdido para siempre.



lunes, 5 de agosto de 2019

Un hombre peculiar

Celebrando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada, que fue publicada originalmente el 29 de enero de 2013.


Hace años, cuando iba al instituto, solía coincidir en los alrededores de mi casa con un hombre que me resultaba peculiar.
Yo no sabía nada de él, salvo que debía de vivir por allí, dada la frecuencia con que me cruzaba con él.
Lo veía por la calle, por el vecindario, y a veces también en la parada del autobús que nos llevaba al centro de la ciudad.
 
Era alto, muy delgado, con las mejillas un poco hundidas  y algo desaliñado en el vestir.
Era joven, pero caminaba levemente encorvado y con paso lento.
Me resultaba singular por su aspecto físico, sin duda,  pero había algo más que era lo que realmente hacía que me fijara en él. Algo que siempre captaba mi atención y que lo convertía, a mis ojos, en una persona diferente a la mayoría.
 
Siempre iba solo, y a pesar de esto y de su semblante serio, yo no me lo imaginaba solitario ni triste. Al contrario, siempre me dio la sensación de que debía de tener buenos amigos y probablemente un trabajo que le gustaba.
Quizá esta impresión mía venía provocada por ese rasgo especial que lo caracterizaba y  que siempre observaba en él. Siempre.

Un día volvía yo a casa con mi madre, y, como tantas veces, este hombre se cruzó en nuestro camino.
Yo no lo sabía, pero resultó que mi madre también se había fijado en él en ocasiones anteriores y también pensaba  que tenía un aspecto un tanto particular.

Cuando pasó de largo y se alejó, mi madre me dijo en voz baja:
-¿No te parece a ti que ese muchacho tiene una pinta un poco rara?
A lo que yo contesté, divertida:
-Sí, parece un malo de película.
Entonces ella dijo que  no le causaba muy buena impresión, pero yo le dije que, al contrario, yo estaba segura de que debía de ser educado y culto.
 
Mi madre se sorprendió un poco de mi opinión y mi convencimiento, puesto que, como he dicho, no lo conocíamos más que de vista.
Pero yo insistí en que a mí me parecía que aquel hombre tenía que ser una buena persona y alguien interesante.
Y al ver el asombro de mi madre, me expliqué:
-Lo digo porque siempre va con un libro en la mano.
 
Mi madre me miró con una sonrisa, pero no sé qué pensó exactamente.


Cecil Court, London



jueves, 10 de enero de 2019

Palabras insensatas


Seguimos celebrando los diez años de Juguetes del viento con la recuperación de algunas de las entradas que conforman la historia del blog. 
Ésta se publicó originalmente el 11 de septiembre de 2014.


En una ocasión una alumna mía, una niña de nueve años, me preguntó si yo conocía “todas las palabras del inglés”.

Le dije, lógicamente, que no, que es imposible conocer todas las palabras de un idioma, ni siquiera del propio. La niña se sorprendió mucho al oírme decir eso, y su sorpresa quedó expresada cuando respondió: “Pues yo conozco todas las palabras del español… ¿tú no?”

Entonces yo, entre didáctica y bromista, le pregunté si sabía qué significaba la palabra idiosincrasia. Fue genial ver la cara de la niña, que me miró como si yo acabase de revelarle el sentido de la vida.

En realidad algo de eso había -y perdonen ustedes la exageración-, pues lo cierto es que la chiquilla acababa de descubrir un mundo nuevo: el de las palabras que están más allá del vocabulario que usamos a diario y que manejamos con absoluta familiaridad.

A diferencia de mi alumna, yo, de niña, nunca pensé que conociera todas las palabras de nuestro idioma. Al contrario, sufría mucho porque había una cantidad enorme de palabras y frases que escuchaba y veía escritas por aquí y por allá y cuyo significado no lograba discernir.

Confundía, por ejemplo,  los significados de las palabras divorciarse y suicidarse.
Recuerdo que una vez vi, en un quiosco de prensa, la portada de una revista en la que, junto a la foto de una bella señora, se leía: “Fulanita de Tal se divorcia”,  y que pensé que era una pena que siendo tan guapa, famosa y seguramente rica, hubiera decidido quitarse la vida.

Pero lo que más me desconcertaba eran ciertas expresiones hechas que me parecían tan incomprensibles y absurdas que llegué a pensar que la gente las decía mal, que tenían que ser de otra manera. Y no es que yo me creyera más lista que los mayores, en absoluto; es que alguna explicación tenía que haber para aquella incomprensibilidad.
 
Una frase que me desesperaba especialmente era dentro de lo que cabe.
Me devanaba la sesera dándole vueltas a aquello. ¿”Dentro de lo que cabe”? Pero, ¿lo que cabe no es lo que está dentro? ¿No debería ser “ de lo que cabe dentro?” Y así me pasaba un rato.
 
También me resultaba muy extraña la expresión merece la pena, y no comprendía por qué la gente decía cosas como “merece la pena levantarse temprano”.  Yo creía entender que el hecho de levantarse temprano -o lo que quiera que fuese- merecía que sintiéramos pena. Y claro, no veía lógico que lo dijeran tan contentos y acordaran levantarse a las ocho para ir de excursión. ¿Es que querían ponerse tristes o qué?

Más o menos lo mismo me ocurría con mejorando lo presente. Yo entendía que eso se decía como un cumplido, porque veía que los aludidos lo agradecían,  pero en realidad a mí me parecía un insulto: “Pepita López es encantadora, mejorando lo presente.” Y yo entendía que la bella Pepita era mejor que las señoras presentes. Desconcertante, ¿no?

También me mortificaron mucho las expresiones ceda el paso (eso tenía que estar mal por fuerza) y admón de loterías (¿qué será un admón, madre mía?).

Lo más curioso de todo esto es que yo no preguntaba por el sentido de esas frases, no pedía que me las explicaran, y no sé por qué. Quizá es que daba por hecho, intuitivamente, que las frases eran absurdas, que se decían por costumbre y sin reparar en su insensatez.

Sí, esas expresiones me hicieron sufrir mucho durante mucho tiempo, pero recuerdo el día en que oí a alguien decir “… en la administración de loterías”. En aquel momento la palabra admón. cobró todo su sentido y fue tal la satisfacción que sentí con este descubrimiento que me pareció que un gran telón negro se levantaba y que ante mi ojos se alzaba el arcoíris refulgente del discernimiento. Qué momento, señores.

Quizá esto explique por qué no preguntaba yo a mis mayores por el sentido de esas palabras y expresiones: la satisfacción de descubrirlo por mí misma era tan gratificante que merecía la pena esperar. 



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lunes, 15 de octubre de 2018

La tienda de don Luis


Esta entrada se publicó en el blog originalmente el 26 de enero de 2012. Hoy la recordamos con motivo del décimo aniversario de Juguetes del viento.


Hace unos días me acordé, no sé por qué, de don Luis y su tienda.

Don Luis era un señor muy alto, muy delgado, algo agachapado, y muy viejo. Al menos, así lo veía yo y así lo sigo viendo en mi recuerdo.
Y a juzgar por lo nebuloso y difuso de tal recuerdo, yo debía de ser muy pequeña cuando iba a su tienda con mi madre y a veces con mi abuela.
Don Luis andaba despacio y hablaba muy bajito. Y su tienda era muy antigua y bastante oscura, lo cual sería razón suficiente para que el lugar no le gustara a ningún niño. Pero a mí me gustaba.
Era una tienda de ropa de casa, si el recuerdo es fiable, y tenía un mostrador grande y compacto, de madera maciza. Y lleno de arañazos y muescas, con el borde gastado, pulido por el uso de muchos años y la caricia inconsciente de muchas manos.
Recuerdo también a una señora mayor -seguramente su esposa- bien arreglada, que siempre estaba allí, tras el mostrador, sentada en una silla, sonriente, observando el funcionamiento del negocio, pero sin intervenir en el mecanismo comercial.
Y me recuerdo a mí misma mirando embobada a don Luis, sus pausados movimientos y su peculiar aspecto.
Pero lo que mejor recuerdo es el cuaderno. El cuaderno rectangular, apaisado,  con tapas azules y hojas de color crema. Eso sí que me encandilaba.
Cuando alguien hacía una compra, don Luis sacaba el cuaderno de detrás del mostrador. Lo ponía encima con suavidad, con un movimiento parsimonioso y espeso, como envuelto en polvo y silencio. Entonces lo abría despacito, pasaba las hojas con cuidado, apoyaba la mano y escribía.
Anotaba palabras y números, con esmero, con cuidado, con tanta lentitud como lo habría escrito yo misma con mi inexperta mano infantil.
Cómo me fascinaba aquel cuaderno, y cuánto me hubiera gustado poder escribir en él, en aquellas hojas mullidas y densas...

Mucho tiempo después, siendo yo ya adolescente, me acordé un buen día de don Luis, como ahora, aparentemente sin motivo. Le pregunté a mi madre y ella me dijo que la tienda cerró siendo yo todavía pequeña.
Me imagino que don Luis se jubiló del negocio, o de la vida, y nadie tomó el relevo.
Y me pregunto si antes de cerrar la tienda por última vez recogió el cuaderno y se lo llevó   consigo.
Me gustaría saberlo.

miércoles, 25 de julio de 2018

Todo importa


En estos días he recordado una anécdota ocurrida hace tiempo.
Era mi primer año en la universidad, y estaba en la biblioteca con una compañera a la que llamaré María.
La sala estaba casi vacía, y en una mesa cercana a la nuestra vimos a un muchacho conocido de María. Ella me dijo que era alumno de la facultad de ciencias,  y que, “a pesar de eso”, era aficionado a escribir poesía. “Un sensible, vamos”, añadió, con un tono de desdén que no me resultó extraño, pues yo sabía del poco aprecio que ella tenía por todo lo que no fuese puramente práctico y utilitario.

En un momento determinado el muchacho vino a nuestra mesa, y por la forma en que saludó a mi amiga comprendí que tenía mucho interés por ella. Después de intercambiar unas palabras con nosotras le dijo a María que le gustaría saber su opinión sobre una poesía que había escrito, y yo, conociéndola, temí que pudiera desairar al muchacho, incluso aunque actuase con toda la delicadeza de la que fuera capaz.   

Ella, naturalmente, accedió a leerla, y él le pidió que fuera a su mesa. Desde mi sitio yo veía a mi amiga leyendo el folio que él le dio, y cómo él la contemplaba a ella con cierto arrobo.

Tal y como yo había imaginado, la reacción de mi amiga fue muy poco alentadora: en el silencio de la sala, oí que ella, al tiempo que se levantaba y le devolvía el papel, le decía, con una sonrisilla indulgente: “Está gracioso”. Y mientras ella volvía a nuestra mesa yo pude ver en la cara del muchacho una mezcla de desconcierto, tristeza y desilusión.

Cuando María se sentó de nuevo frente a mí, se inclinó hacia delante y me dijo, en voz baja y con su consabido tono despectivo, que lo que le había dado a leer era una poesía en la que explicaba lo que para él era la poesía. “Menudo rollo”, añadió.

Al contrario que ella, yo siempre he sentido interés por lo que escriben los demás, y por lo tanto sentí curiosidad por aquella “poesía sobre la poesía”. Pero como no tenía ninguna amistad con aquel chico, no me atrevía a pedirle que me dejase leerla, así que María volvió a su mesa y le preguntó. Entonces vi que él le daba el papel de buena gana, y mientras ella me lo traía, él  me hizo un gesto, una especie de saludo, desde su mesa.

No recuerdo nada de lo que decía la poesía, pero sí recuerdo que me gustó, porque me pareció que tenía profundidad y sentimiento. Y sobre todo me pareció que era cualquier cosa menos algo “gracioso”.

Cuando fui a devolvérsela, el muchacho, lógicamente, me preguntó qué me había parecido, así que me senté frente a él y entablamos una breve conversación. Recuerdo que se mostró encantado cuando le di mi opinión sobre su poema, y después me preguntó si yo escribía también. Le dije que sí, aunque no poesía, y quiso que le dejara leer algo. Pero le dije que normalmente no me atrevía a dar a leer mis cosas a nadie, y que de hecho lo tiraba casi todo. Entonces él me dijo que no tirase nada, que lo conservara todo, y que no me preocupara de lo que opinaran los demás sobre mis textos. Y añadió que seguiría insistiendo hasta que le dejase leer algo.

No sé si hablamos algo más,  esto es lo único que recuerdo de aquella conversación. Y tampoco recuerdo si llegué a darle a leer algo mío, aunque seguimos coincidiendo en la biblioteca con frecuencia.

Después de esta conversación yo me marché para asistir a una clase, y cuando volví a la biblioteca el muchacho ya se había marchado. Entonces María me contó que al despedirse de ella le había dicho: “Tu amiga me ha alegrado el día.”

Este recuerdo de una tarde cualquiera, de una de tantas tardes,  me ha hecho pensar  -como ocurre en ocasiones con los recuerdos en apariencia intrascendentes-, que, si prestamos un poco de atención, casi todo tiene más significado de lo que parece a simple vista.

Y he pensado, al recordar a aquella amiga, que a veces dos personas con gustos e intereses muy dispares pueden congeniar de una manera sorprendente, e incluso quererse mucho. Supongo que la clave está en otros factores mucho más sutiles e importantes que las diferencias.

También he pensado que, aunque aquel muchacho poeta me dijera que no debían importarme las opiniones ajenas, él mismo, con sus reacciones,  demostró que sí importan.

Y por eso he pensado también que una persona sensible es como una hoja de otoño, que no necesita mucha presión para quebrarse, y que tampoco necesita más que un leve soplo de brisa para elevarse y bailar en el aire.
 

borders and decorations
 
 

domingo, 20 de mayo de 2018

El armario de las maravillas


Anoche, no sé por qué, la memoria me trajo un recuerdo que yo no sabía que tenía guardado. Me acordé, de pronto, y diría que sin motivación alguna, de un armario. Un armario que había  en una de las aulas de mi infancia, en la que pasé varios cursos.

Según lo veo ahora, en mi recuerdo, era un armario corriente, más bien estrecho, de madera clara, y con dos puertas.
Estaba al fondo del aula, casi ignorado, silencioso y discreto. Los pupitres le daban la espalda, concentrados sólo en la pizarra por obligación y en la puerta por devoción. Y no se abría con frecuencia: sólo en determinadas ocasiones  la maestra, como un sacerdote ante el sagrario, se dirigía con ceremonia hacia él  y abría las puertas del misterio.

Porque en verdad era un misterio lo que se guardaba en su interior. Nunca vi lo que había dentro, o, mejor dicho, nunca vi el armario por dentro. Porque aunque yo me volvía para mirar cuando la maestra lo abría, su propia figura me impedía la visión; porque en realidad  no lo abría del todo, sólo lo suficiente para alcanzar lo que quisiera sacar de allí, como si  de hecho quisiera que aquello resultase misterioso.

La mayoría de las veces sólo se dirigía el armario para coger tizas nuevas, aquellas nacaradas barritas blancas que a mí tanto me gustaban y con las que hubiera deseado escribir en la pizarra cada vez que hubiera querido.
Pero alguna que otra vez de aquel armario salieron lápices, bolígrafos, gomas de borrar, carpetas, tubos de pegamento o tijeras sin punta… incluso, en ocasiones especiales, la maestra, como el mago que tira y tira de un pañuelo infinito de colores, sacaba del armario cartulinas,  y ceras, y botecitos de témpera…
Así que yo sabía, aunque no lo viera, que ese armario era una especie de papelería en miniatura, un paraíso de material escolar; un cofre de los tesoros como los que los piratas de dibujos animados enterraban debajo de una palmera. Cuánto me habría gustado abrirlo y contemplar aquellas joyas.

Pero allí dentro había algo más. Algo que me intrigaba de un modo especial y de lo que no tengo más que un recuerdo muy borroso, más nebuloso que muchos sueños. En el armario de las maravillas había una caja que contenía unas piezas planas, cuadradas, de colores, como galletas de plástico transparente. Y recuerdo, o quizá imagino, que esas piezas encajaban entre sí, que tenían unas ranuras en los bordes, por las que se unían unas con otras. Y creo recordar, o quizá sólo imagino, que con esas piezas se podían construir extrañas formas arquitectónicas, geometrías abstractas, castillos de naipes de ciencia-ficción.

Quizá alguna vez la maestra usó ese juego por algún motivo, pero no imagino qué pudo ser. Lo que sí sé es que muchas veces me pregunté qué haría falta para que la maestra sacara aquel juego; qué habría que hacer, qué tendría yo que hacer, para que me dejara jugar con aquellas piezas que tanto me intrigaban.
La cuestión es que nunca supe qué era aquello en realidad, de quién era ni por qué estaba en el armario. Pero sabía que estaba, y aquella sola visión fugaz que alguna vez debí de tener, bastó para impresionar mi cerebro con una imagen difusa que nunca se borró, y que anoche, por alguna razón que no imagino, apareció en mi recuerdo.

Entonces pensé que algunos misterios de la infancia nunca se resuelven, y que es mejor que no se resuelvan; porque gracias a eso aquel armario, aquel cofre del tesoro papelero, sigue pareciéndome maravilloso y enigmático hoy día, y puedo seguir soñando con él.
Y pensé que nuestro cerebro es también una especie de armario de las maravillas, en el que se guardan cosas que no siempre vemos pero que están ahí, y que cualquier día, por alguna razón, pueden aparecer por sorpresa y sin explicación, como los sueños. 
Y eso es siempre fascinante, como piezas de colores que tal vez encajen entre sí.




jueves, 16 de febrero de 2017

Isla de goma


La arena quema.
Mi tío clava la sombrilla, la abre, y el toldo circular nos proclama dueños de ese territorio. Marcamos el perímetro con las sillas plegables, la nevera, las cestas y la enorme colchoneta hinchable, negra y roja como la lava de un volcán. 
Somos como exploradores por un blando desierto.
Mi tío se sienta bajo la sombrilla a leer el periódico. Mi tía se tumba al sol.
Mis primos y yo corremos hacia la orilla.

El agua hiela.
Mi primo se lanza en seguida y nada hacia dentro como un niño pez. Mi prima y yo entramos despacio, subiendo los hombros y dando saltitos cada vez que el agua culebrea y nos moja la barriga.
Mi primo ya vuelve, resuelto y ufano.
-Voy por la colchoneta —dice. Y se adentra de nuevo en las ardientes arenas movedizas.
Mi prima y yo seguimos en la orilla. Damos dos pasos más, nos agachamos y nos mojamos hasta los hombros. Vacilamos un poco, damos otro pasito y por fin nos mojamos la cabeza. Salimos en seguida a la superficie, peinándonos con las manos los ojos y el pelo.
Ahí viene mi primo. Casi no puede con la colchoneta. Pero es un niño que no se arredra, y con muelles en los pies llega junto a nosotras.
Posa la colchoneta en el agua.
—Venga, subid —dice, mientras intenta mantenerla firme.
Mi prima y yo, con poca gracia, subimos a la colchoneta con la barriga y las rodillas. Después se sienta mi primo. Hay sitio de sobra para tres niños flacos.

La colchoneta se balancea al suave ritmo de las breves olas. 
Sin decir nada, mi prima salta de la colchoneta.
—¿Te vas? —le pregunto.
—Voy a tomar el sol —dice.
Con los codos levantados y el agua por las costillas se aleja rebotando hacia la arena.

Mi primo y yo seguimos en la colchoneta. Miramos los barcos que hay en el horizonte y él dice que le gustaría ser capitán.
En ese momento miro hacia la orilla y me parece que va hacia atrás. 
Mi primo y yo nos miramos.
—Tú quédate en la colchoneta — me dice.
Y el niño pez se tira al agua, y me deja sola, y se aleja.
Yo intento remar con los brazos, pero la colchoneta es demasiado grande. Entonces le grito:
—¡Jorge, vuelve, yo sola no puedo!
Pero no vuelve.
Y en medio de la gran isla flotante, me quedo muy quieta, como una sirena petrificada, aguantando la respiración sin querer y las lágrimas queriendo.
Me aterra tirarme al agua. Ya no hay suelo debajo y mis brazos de niña flaca se cansan pronto.
Pero quedarme en la isla de goma es peor.
Entonces, envalentonada por el miedo me lanzo al agua y nado, nado, nado…
Ya me duelen los brazos. Me detengo en vertical, como una medusa, moviendo las piernas y los brazos lo justo para mantenerme a flote.
Mi primo está todavía en el agua, no lo he perdido de vista.  Y parece que vuelve… sí, viene hacia mí.
Se detiene un momento y me grita:
—¡La colchoneta!
—¡Ve por ella si la quieres! —grito yo, y empiezo a nadar de nuevo.
El niño pez pasa por mi lado. Yo voy llegando a la orilla.

Por fin mis pies tocan el suelo. Me siento en la arena. Respiro de verdad. Veo a mi primo a lo lejos, que vuelve como un naúfrago en una balsa.
No lo espero. Me pongo de pie y busco nuestra sombrilla.
Llego al campamento. Mi tio sigue leyendo el periódico. Mi tía y mi prima  se fríen al sol. Me seco la cara, extiendo mi toalla y me tumbo junto a ellas. 
—¿Ya te has hartado de agua? —pregunta mi tía abriendo un ojo.


Malagueta, Málaga