Mostrando entradas con la etiqueta ciudades. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciudades. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de marzo de 2024

La ciudad mirífica

No es ignota ni remota, no es oculta ni lejana,

ni apartada ni secreta, pero se guarda discreta

de la vorágine humana.

Es librera y literaria, es latina y palatina,   

es sobria y es soberbia, majestuosa y sensata,

recatada, imponente, decimonónica y resurgente.

Es egipcia y medieval, animálica y florística,

es sabrosa y olorosa, taurina y motorística.

Es histórica y simbólica,

es mítica y alegórica,

es mística y mitológica.

Es artística, es barroca, es romántica y sencilla,

monuméntica y cinemática, victoriosa y rebeldista.

Es verde y roja y blanca, es azul y coronada,

por arriba se asoma al cielo,

por abajo se aleja cercana,

y un río majestuoso le da reflejos de plata.


Turín
Turín, Italia




miércoles, 25 de agosto de 2021

Viajes de verano, verano de viajes

Este verano he visitado varias ciudades europeas, y he tenido ocasión de conocer a personas muy diferentes entre sí. Todas me han interesado, por un motivo u otro, y de hecho, me he centrado más en ellas que en las ciudades en las que habitan.

Mi primer destino, fue, como tantas otras veces, Londres. Allí conocí a unos amigos que me parecieron un poco excéntricos, pero también muy educados,  divertidos e inteligentes. Tuve la suerte de que me permitieran visitar el curioso club al que pertenecen, y pasé unos ratos estupendos escuchando sus peculiares anécdotas.

Desde Londres fui a Hungría, en concreto a Budapest. Me alojé con una pareja acomodada, y aunque traté bastante con la señora de la casa, a quien conocí mejor fue a la muchacha que trabajaba con ellos. Se llamaba Anna y era muy callada, muy reservada. A mí me intrigaba mucho su personalidad, y la paciencia extraordinaria que mostraba ante los desplantes y las exigencias de la señora.  Me parecía admirable ese aguante. Sin embargo, no pude evitar preguntarme si Anna sería capaz de seguir mucho tiempo así. Cuando me marché, las cosas entre Anna y los señores se habían complicado mucho.

De Budapest fui a Praga. Pasé unos días extraños e inquietantes en el barrio judío. Allí conocí a un joven al que nunca olvidaré, sensible, bueno, trabajador, pero infeliz, asediado por inquietudes y dudas, sobre sí mismo y sobre las personas con las que trata habitualmente. Me contó su historia y quedé fascinada por sus detalles, terribles  y conmovedores. Me costó despedirme de él, me hubiera gustado quedarme allí algún tiempo más, pero tenía que seguir camino.

Volví entonces a Hungría, esta vez no a Budapest, sino a una pequeña ciudad llamada Sárszeg. Allí estuve una semana con un matrimonio mayor, dos personas entrañables. Casualmente, cuando yo llegué, su hija, a la que llaman Alondra, se marchaba a pasar unos días con unos parientes, así que sólo la traté un poco al final de mi estancia, cuando regresó, y sólo supe algo de ella de manera inderecta. Pero no me importó no conocerla mejor, porque creo que sus padres son mucho más interesantes que ella.

Ahora, cuando falta poco para que terminen mis vacaciones, me encuentro en Italia. Aquí he entablado amistad con un señor mayor que me está contando muchas anécdotas sobre su vida, sobre cómo empezó a interesarse por los libros cuando era niño, cómo se convirtió en un auténtico bibliófilo,  y cómo llegó a hacerse anticuario y dedicar su vida a los libros. Me encanta hablar con él, y estoy segura de que también me costará despedirme.

 *

Y por si tienen curiosidad por conocer cuáles han sido los medios de transporte que he utilizado para realizar estos maravillosos viajes, les dejo aquí la información correspondiente:

-G. K. Chesterton. The Club of Queer Trades (El club de los negocios raros).

-Dëzso Kostolány. Anna la dulce. (Xordica ed, 2021. Trad. de Judith Xantús).

-Gustav Meyrink. El Golem (Valdemar, 1994. Trad. de Alfonso Ungría).

-Dëzso Kostolány. Alondra (Ediciones B, 2002. Trad. de Judith Xantús).

-Alberto Vigevani. La febbre dei libri. Memorie di un libraio bibliofilo (Sellerio Editore, 2020).

*

Espero que ustedes  hayan tenido también unas vacaciones estupendas.




martes, 6 de marzo de 2018

Estuve en Tarnis


Tarnis fue una vez habitada por locos. Así creo yo que debió de ser.
Y eran locos de dos clases: jardineros y arquitectos.
Y los locos arquitectos y los jardineros locos entablaron una batalla loca para ver quién lograba creaciones más fabulosas.

Los jardineros, seguros de que el verde elemento superaría las rígidas posibilidades de la piedra, construyeron jardines, parques y bosques de insensata opulencia. Edificaron monumentos de desenfrenada vegetación, en los que el color, los olores y las formas eran de tal belleza y galanura que quien los contemplaba y paseaba por ellos lloraba de conmoción.

Sintra, PortugalLos arquitectos, seguros de superar a la naturaleza en fantasía y ensueño, sembraron castillos, palacios y torres en medio de los bosques y encima de las peñas. Plantaron escalinatas y balcones, salones y miradores, chimeneas, columnas y arcos a golpe de capricho, de arrebato romántico.  Y sus formas eran tan irreales, tan extrañas y graciosas que quien los contemplaba y paseaba por ellos lloraba de éxtasis.

Y en ese combate andaban ensimismadas las dos exuberancias, sin que ninguna lograra vencer a la otra, sin comprender que  no eran rivales sino aliadas.

Porque el bosque y el castillo, el parque y el palacio, el jardín y la torre, y la fuente, y la cueva; el seto y el sendero, el estanque, la cúpula, la pérgola y el puente, eran todo uno.
No se sabe dónde hay más delirio, más irrealidad. No se sabe dónde está el equilibrio y dónde el torbellino. Qué es vegetal y qué es arquitectura. 
Pues el secreto de su esplendor no está en la esencia de cada una, sino en cómo se imitan la una a la otra. 
Y en cómo se abrazan, se contienen y se protegen.
Y en cómo, sin saberlo los locos, el jardinero y el arquitecto no combatían el uno contra el otro, sino los dos contra la cordura. 

Cuando vuelva a Tarnis, ¿querrás venir conmigo?



Quinta da Regaleira. Sintra, Portugal


lunes, 17 de octubre de 2016

El asombro


“Había llegado a ese grado de emoción en el que se tropiezan las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme“.
-Stendhal-


He realizado recientemente un viaje por Portugal, y una las ciudades en las que he estado ha sido Coimbra. Tenía mucho interés en visitar su Universidad (siglo XIII) y en particular la excepcional Biblioteca Joanina (siglo XVI).

La Torre y la Galería  Latina
Cuando preparaba el viaje y supe de la prohibición de hacer fotografías en la Biblioteca no sentí, como cabría pensar, desilusión, sino al contrario, me alegré. Y después, estando allí, comprendí que no podía ser de otra forma. Intento imaginar por un momento a un grupo de personas en la Biblioteca, rodeadas por esos ilustres 60.000 volúmenes, mirando no con los ojos sino a través de un visor o una pantalla, y capturando no las sensaciones sino unas inertes imágenes fragmentadas, y me parece una frivolidad, por no decir una burla.

La Biblioteca era la última etapa de la visita a la Universidad, por lo que antes subí a la Torre, recorrí la Galería Latina, vi la sala de los Capelos,  la de las Armas, la Capilla… Y todo me pareció asombroso.
Cuando llegué a la Biblioteca tuve que aguardar turno, ya que las visitas están programadas de manera que sólo pueden entrar sesenta personas como máximo cada veinte minutos.
Yo había visto, claro está, imágenes de la Biblioteca que me habían dado idea de su esplendor, así que mientras esperaba a que sus puertas se abriesen para mí, me preparaba para contemplar los libros que cubren las paredes y que datan de entre los siglos XV y XVIII; los fabulosos techos, las estanterías doradas, las mesas de maderas exóticas, las columnas de fantasía…

Joao III (1502-1557),
fundador de la Biblioteca
Cuando por fin llegó nuestro turno para entrar, mis acompañantes y yo éramos los primeros del grupo, y de nosotros yo fui la primera en entrar. Y durante un instante, al poner el pie dentro de la sala maravillosa y levantar la vista, me quedé sin respiración.
Y esto no es una expresión. Me sentí intimidada, asombrada, maravillada.
Por un lado me impresionaba pensar que durante esos primeros instantes, al entrar, yo era la unica persona del mundo que estaba viendo aquel lugar. Y me parecía que los libros me miraban desde sus estantes enrejados y me saludaban, permitiéndome contemplarlos.

Pero también sucedía que lo que me rodeaba no tenía nada que ver con lo que yo había visto en imágenes. Era algo no bello sino sobrecogedor. Porque no se trataba sólo de la belleza espectacular que percibía con la mirada; era algo más, algo intangible que no se transmite en las fotografías ni en los documentales. Es algo que sólo se puede sentir estando allí, y que tiene que ver con el saber acumulado durante siglos en aquellos libros; con la capacidad de la mente humana para concebir lugares así; con la voluntad de los hombres de conservar los conocimientos y el arte de quienes los precedieron. Con el afán de crear mundos dentro de nuestro mundo. Y tiene que ver con el silencio, con la solemnidad, con el respeto.

Casi no me atrevo a decir, por temor a resultar exagerada, que todo eso me emocionó de tal manera que no pude contener las lágrimas.
Y supongo que en un caso así es inevitable pensar en el llamado síndrome de Stendhal. Pero no creo que fuera eso lo que me ocurrió. No sentí ninguno de los síntomas físicos que, según los expertos, configuran tal síndrome. No, simplemente fue una emoción muy intensa, una gran impresión, un sentimiento apasionado, provocado por las sensaciones y los pensamientos que he referido.

Y creo que por eso mismo, por proteger esas emociones, esa consideración  y reverencia que merece el lugar, por lo que es y por lo que representa, es por lo que no se permite hacer fotografías. 
Y por eso, aunque había sesenta personas en la sala, sólo se oía ese silencio vivo que se produce cuando callamos por respeto, cuando nos sentimos pequeños porque sabemos que lo que nos rodea es más trascendental que nosotros.


"Este es el emplazamiento que la augusta Coimbra dio a los libros,
para que la Biblioteca le corone la frente"


domingo, 31 de enero de 2016

Estuve en Noblis

Estuve en Noblis, la ciudad de la que tanto me habían hablado y que nunca tuve interés por visitar.

Al llegar, con la primera impresión, me pregunté por qué todos hablaban de Noblis, si aquel parecía un lugar sin gracia, digno sólo de olvidar.
Pero durante el primer paseo empecé a comprender.
Noblis es singular. Lo que en cualquier ciudad moderna se evita o incluso se prohíbe, en Noblis se tolera y hasta diría que se fomenta.
Lo que en cualquier otro sitio se considera deshonroso, en Noblis es respetable. Lo que en nuestra ciudad  rechazamos, en Noblis nos conquista.
Las  fachadas ruinosas, los azulejos rotos, los metales oxidados, la sábanas tendidas en los balcones como velas de una fragata, dan a las calles un aire de pobreza, de descuido, de desidia, que sorprende y desconcierta al recién llegado. Pero en seguida reconocemos que Noblis ha conseguido hacer del abandono y la decrepitud un estilo, una demostración de carácter.
Porque a esa decrepitud la llaman decadencia y entonces nos seduce.
Las palabras importan mucho.

En otra ciudad diríamos: “Está todo muy viejo”. En Noblis decimos: “Tiene todo mucho encanto”.
Y lo cierto es que lo tiene, y comprendemos que la belleza de lo marchito es real, y nos atrae  y nos transmite serenidad.
Parece en Noblis que nadie se preocupa por el paso del tiempo, y que cuando algo se ha de deteriorar, se le permite deteriorarse.

Pero al mismo tiempo hay por todas partes detalles que denotan un gusto primordial por la perfección, por la armonía, por el color. Se ve en las fachadas decoradas con pintura o con mosaicos, donde florecen las guirnaldas, los dibujos geométricos y la exhuberancia de inspiración clásica.

Y por otro lado, esa quietud que el descuido infunde, contrasta con el bullicio de la gente y el tráfico. Y con el traqueteo vertiginoso de los tranvías, también ellos desvencijados y con la pintura descascarillada, que reptan y se estremecen por las calles como fósiles vivientes, vestigios de otros tiempos, pasados hace ya mucho.

La sensación que aparece sin buscarla cuando me acuerdo de Noblis, cuando me acuerdo sin voluntad de recordar, es la de una ciudad soleada y provocativa, orgullosa de su aspecto, como una mujer mayor y coqueta, que se arregla pero sólo lo justo; que no pretende aparentar lo que no es ni esconde lo que sí es.
En esta ciudad ajetreada y plácida al mismo tiempo, parece que dijeran a los visitantes: “Vengan, vengan con su ritmo frenético de turistas y mézclenlo con nuestra parsimonia. Y vengan con sus deseos de tranquilidad y agítense en nuestro pintoresco vaivén.”
Sí, por fin estuve en Noblis, y me hubiera gustado que estuvieras conmigo.



jueves, 16 de mayo de 2013

El reino de los libros


Perdido entre los campos de Gales hay un pueblecito llamado Hay on Wye.
Podría ser uno de tantos pueblos olvidados, de esos que “no están en el mapa”.
Y de hecho eso era, antes de que un joven llamado Richard Booth decidiera que había que hacer algo para que el pueblo resultara interesante.
Y lo que se le ocurrió fue abrir una librería de segunda mano.
Pero ¿cómo se consigue que una librería se convierta en el gran atractivo de un pueblo?
Es verdad que los libros de segunda mano tienen algo que hace que la gente se sienta atraída por ellos de una forma peculiar. Sin embargo, ¿es eso suficiente para transformar  un pueblo moribundo  en destino turístico internacional?
Pues parece que sí.
Y Richard Booth inició esa transformación cuando abrió su librería en 1962.
Los libros los adquirió comprando bibliotecas enteras, por aquí y por allá, a particulares y en subastas, en Reino Unido, en Francia, en Estados Unidos… reuniendo así miles  y miles de ejemplares.
De hecho llegó a a tener tantos que se quedó sin espacio, así que empezó a comprar tiendas, de las muchas que había cerradas en el pueblo, y a llenarlas de libros.
En una entrevista reciente, por cierto, dijo que en aquella época hubiera podido comprar el pueblo entero por unas cuantas libras. Qué tiempos.
Hay on Wye Booksellers
Contagiadas por la iniciativa de mister Booth, otras personas, algunas de las cuales habían empezado en la cosa librera precisamente trabajando con él, se animaron a establecer también sus propias librerías.  Y así fue como aquel pequeño pueblecito condenado al olvido empezó a ser conocido por  todo el país y llamado “el pueblo de los libros”.
Al cabo de un tiempo don Richard abrió otra librería, bien grande, en la calle Lion. Y por la misma época compró también el castillo del pueblo, del siglo XIII, que se caía a pedazos. Y lo convirtió en librería también, claro.
Además, en el terreno que hay delante del castillo, el librero empedernido colocó unas estanterías de donde los visitantes podían coger libros las veinticuatro horas del día, depositando los cincuenta peniques que costaba cada uno en una caja colocada allí a tal efecto. La llamó “Honesty Bookshop” con todo el sentido del mundo.
No hace falta comentar el aspecto que acabaron teniendo tanto los libros como las estanterías al cabo de unas pocas lluvias…

El señor Booth, además de un gran amante de los libros, debía de ser también un gran amante de la guasa, porque en 1977, en una ceremonia que me imagino bastante cómica, declaró Hay on Wye estado independiente, y él mismo se proclamó  rey, con el sobrenombre de Ricardo Corazón de Libro.

Esta ocurrencia publicitaria le proporcionó al pueblo su sitio en el mapa definitivamente, y lo convirtió en la meca de los bibliófilos de todo el mundo.
Richard Booth's Bookshop
Hoy día Hay on Wye sigue siendo un pequeño pueblo de mil quinientos habitantes, pero recibe una media de 350.000 visitantes al año; tiene galerías de arte, tiendas de artesanía, de ropa, un festival literario internacional, y por supuesto muchas librerías, más de treinta, y con catálogos impresionantes.

La librería de la calle Lion sigue abierta y, aunque ya no está regentada por Richard Booth, sigue conservando su nombre. Es lo lógico.
El castillo, sin embargo, ya no es librería. Ha sido adquirido recientemente por un particular para convertirlo en un centro cultural, que tampoco está mal.

A mí me parece sorprendente que una persona piense en libros cuando busca un modo de dar vida a un pueblo. Y me parece sorprendente también que se lo proponga y haga realidad esa idea locuela. En cambio, pensándolo bien,  no me sorprende tanto que tenga éxito.
Porque, como dijimos antes, los libros atraen mucho a las personas, y tener un sitio donde  curiosear sin fin entre miles de volúmenes es algo que entusiasma y divierte mucho al bibliófilo.
Hay on Wye es un parque de atracciones para lectores y coleccionistas, una pastelería para golosos de las letras.
Abren todos los días del año y nos están esperando.



Con el tiempo, y a partir de la idea de Richard Booth, se han creado otros “pueblos de los libros” por todo el mundo: en Escocia, Estados Unidos, Holanda, Noruega, Australia, Francia, Suiza, España… Pero estos han sido creados de manera artificial, de golpe, con lo que en algunos casos el invento resulta  impersonal, de diseño, sin la  gracia, sin el encanto y, por supuesto, sin el toque de locura de Hay on Wye.

domingo, 5 de mayo de 2013

El artista infame. Segunda parte

(viene de aquí)
Necesitamos un  nombre para  nuestro  sospechoso y desacreditado artista, pero lo cierto es que no tenemos que inventarlo.
No,  porque como ya habrán supuesto ustedes,  este personaje existió realmente.
Se llamaba Thomas Griffiths Wainewright, nació en Londres en 1794  y aunque fue en verdad pintor, retratista y escritor,  la posteridad lo conoce como Wainewright el envenenador.

El misterio que rodea a Wainewright es notable, no solo por los delitos que se le atribuyen, sino porque muchos datos de su biografía son desconocidos, contradictorios o confusos, como la fecha de su muerte, que según unas fuentes es 1847,  según otras, 1852.
Lo que sí parece cierto es que las aseguradoras se negaron a pagarle los seguros contratados por su cuñada Helen, al sospechar que había sido asesinada por él.
La justicia no encontró pruebas sólidas de asesinato, aunque sí de fraude, por la enrevesada forma y circunstancia en que se suscribieron los seguros.

Pero Wainewright, tras la muerte de Helen, había huido a Francia -con lo que estaba fuera del alcance de la justicia británica-,  donde permaneció durante varios años.
Mientras tanto, se iban extendiendo los rumores sobre sus crímenes y el descrédito de su persona.

Por cierto, Oscar Wilde,  en su ensayo Pluma, lápiz y veneno: estudio en verde (Pen, Pencil and Poison, a Study in Green, 1889), señala que en Francia Wainewright cometió otro asesinato, envenenando a un amigo al  que también habría convencido  para que se hiciera un seguro de vida…

Mientras se encontraba en Francia,  el Banco de Inglaterra descubrió aquel primer fraude cometido por Wainewright años atrás, cuando falsificó firmas y documentos legales para cobrar la herencia de su padre.
Se ordenó por ello su detención, aunque mientras permaneciera fuera del país estaría a salvo...
Sin embargo, sorprendentemente y con temeraria osadía, Wainewright volvió a Londres, y aunque vivía oculto y sin salir de la vivienda que ocupaba, se cuenta que fue casualmente descubierto por un policía que lo vio una noche asomado a la ventana.

Fue entonces detenido por el fraude al Banco de Inglaterra  y encarcelado en espera del juicio.

Como hecho curioso, cabe referir aquí que un día un escritor que visitaba la prisión vio a Wainewright y lo reconoció, e inspirado por su figura escribió un lúgubre relato, cargado de emoción y tristeza.
Este relato es Atrapado (Hunted Down, 1859) y su autor,  Charles Dickens.

Por fin Wainewright fue juzgado y declarado culpable. Y como entonces la falsificación de documentos legales era delito capital, la sentencia fue severa: deportación a Hobart Town, Tasmania, de por vida.

Hobart Town, Tasmania
Durante su exilio Thomas G. Wainewright, el hombre de letras, el elegante artista, hubo de realizar trabajos forzados  y sufrió las duras condiciones de vida de los convictos. Fue así debilitándose y enfermando, aunque encontró en la pintura alivio y consuelo para su penosa situación.
Realizó numerosos retratos, incluyendo el suyo propio, revelando nuevamente aquel espíritu artístico y aquel talento que en su juventud  le valió el reconocimiento de los grandes.
Wainewright, tal vez  asesino, sin duda estafador, murió en el hospital de prisioneros de Tasmania al cabo de unos ocho años  y cuando se le acababa de conceder la libertad condicional que había anhelado.
Como ya se ha dicho, nunca se demostró de manera fehaciente que cometiera los asesinatos que se le atribuyen, por lo que hoy día algunos consideran injusta e injustificada su funesta reputación de “asesino en serie”, de envenenador despiadado.

Sin embargo, parece que sus contemporáneos, incluidos los que lo habían admirado,  no tenían dudas. Su reputación quedó destruida desde el principio y sus méritos artísticos fueron desdeñados y puestos en duda.

Sus obras y sus preciadas posesiones se vendieron, se dispersaron, se destruyeron... Casi todos sus escritos, sus documentos, su correspondencia e incluso el diario que al parecer escribía, y al que se refiere Oscar Wilde en su ensayo, se perdieron.

Me pregunto cuánto habrá de cierto y cuánto de leyenda en la información que de Wainewright tenemos, pero sin duda esta información está llena de vacíos (valga la expresión), de suposiciones, de datos confusos.

Quién sabe qué secretos contendrían esos documentos suyos perdidos para siempre; qué verdades revelarían y cuántas dudas resolverían.
Quién sabe qué nos dirían de esta genuina figura romántica en la que se mezclan la luz y la tiniebla,  la criatura sensible y el  monstruo, y que a mí más me parece un personaje de ficción gótica que un hombre real.
Quizá por eso me inspira más compasión que rechazo.
Autorretrato con la inscripción
"Cabeza de convicto, con rasgos de maldad y venganza.”

domingo, 28 de abril de 2013

El artista infame

   
Imaginemos un personaje en cuya vida se mezclen el arte y el misterio; el ingenio y la sospecha; el lujo y la deshonra.
Un personaje con una identidad y una biografía tan sugestivas  que susciten nuestro interés y asombro.
Imaginémoslo atractivo, elegante, culto; un dandi, quizá con un cierto toque a lo Lord Byron, y dotado de un notable talento artístico.
Y supongamos que vivió en Londres entre los siglos XVIII y XIX, es decir, en el apogeo del Romanticismo.

Podría ser, por ejemplo, un poeta, o un pintor. Un joven, en fin,  refinado, coleccionista de obras de arte y antigüedades, amante de la literatura y de la compañía de los intelectuales de su época, que a los veintiséis años ya exponía sus obras en la Royal Academy de Londres.

Para configurar más claramente a este auténtico héroe romántico, añadiremos que tenía una salud algo delicada, un carácter hipocondríaco y  que sirvió como soldado durante un breve tiempo.

Imaginemos también que este devoto del lujo y la exquisitez se gana la vida escribiendo artículos y críticas de arte, utilizando diversos seudónimos a cual más estrambótico; que también escribe ensayos y poesía y que cuenta con la amistad y la admiración  de personalidades como Charles Lamb, Thomas De Quincey, William Blake…

Supongamos ahora que  sus ganancias no son suficientes para permitirle disfrutar de esa vida que le gusta, mundana, sofisticada y cara, y que para aumentar sus ingresos  decide cometer un fraude; en concreto, falsificar firmas y documentos legales con el fin de cobrar la mitad de su herencia paterna antes de lo estipulado en el testamento.

Este paso será el primero de nuestro hombre hacia el abismo: la estafa da resultado, por lo que al cabo de un tiempo, cuando el dinero vuelve a escasear, no duda en repetirla para hacerse con el resto de la herencia.
Y vuelve a darle resultado, pero con la vida de dispendio que lleva, la herencia se acaba pronto.

Digamos que entonces recurre a un prestamista. Tiene el aval de sus obras de arte -las mismas en las que tanto dinero invierte-, y además algún día será heredero de la mansión de su tío George,  así que no tiene problemas para conseguir el préstamo.

Pero el tío George es todavía joven y parece tener buena salud…  Sin embargo, muere repentinamente y en dolorosa agonía. Como si lo hubieran envenenado con estricnina.
Nuestro personaje hereda la mansión y algo de dinero,  pero sobre él ya cae la sombra de la sospecha. Sombra que será cada vez más oscura, pues a la muerte de su tío sigue la de su suegra, en circunstancias similares y poco después de haber hecho testamento a favor de su hija Eliza, la esposa del sospechoso.

Y puestos a imaginar, imaginemos por fin que su cuñada, que tiene veinte años y a la que ha convencido para que contrate varios seguros de vida, sufre poco después una muerte similar a las anteriores.
 
Tenemos pues un personaje singular, brillante, enigmático, veleidoso, que despierta primero la admiración y después la sospecha y el recelo de sus contemporáneos.
Un hombre con una vida que parece diseñada ex profeso para atraer nuestra atención y nuestra curiosidad.

Ya solo nos  falta darle un nombre…

(Continúa aquí )

jueves, 19 de julio de 2012

Shakespeare and Company


“Seamos hospitalarios con los extraños,
pues tal vez sean ángeles disfrazados”

Un sencillo letrero con estas palabras recibe al visitante que entra en Shakespeare and Company, como poética bienvenida a todo aquel que se acerca a este peculiar negocio.

La primera vez que supe de la existencia de esta librería, me llamó la atención su nombre, que me pareció curioso, y supuse que se encontraba en Reino Unido, probablemente en Londres. Pero en seguida vi que me equivocaba. Porque Shakespeare and Company se encuentra en pleno París, junto al Sena y frente a la catedral de Notre Dame, y su nombre es, en realidad, lo menos curioso de este lugar.

La librería fue fundada por un joven americano llamado George Whitman, un auténtico enamorado de los libros, que, en 1948, después de haber viajado a la aventura por medio mundo y haber participado en la II Guerra Mundial, se instaló en París, estudió en la Sorbona, e inició un pequeño negocio de préstamo de libros.
Poco después, en 1951 abrió su librería. Eligió como local una modesta edificación del siglo XVI, que originalmente había sido una dependencia de Notre Dame.

Whitman, un hombre de espíritu romántico e idealista, que leía un libro cada día, no quería que su librería fuera un mero negocio de venta de libros, sino un  hogar para escritores y amantes de los libros, un lugar de reunión, donde escribir, charlar y leer. Un auténtico refugio literario que tuvo visitantes tan ilustres como Henry Miller, Anais Nin, Simone de Beauvoir, Jack Querouac, William Burroughs...

Constantemente llegaban y siguen llegando a este “refugio” viajeros de todo el mundo, que encuentran en la librería un sitio donde escribir, si es lo que quieren, y donde dormir, si es lo que necesitan, durante unos días o incluso meses. A cambio, se les pide que colaboren en las tareas de la tienda durante dos horas al día.

“Da lo que puedas. Toma lo que necesites”. Otro lema que refleja su manera de hacer las cosas.

Desde hace varios años el negocio está a cargo de su hija Silvia, que, aun conservando el espíritu soñador, desinteresado y utópico de su padre, sabe que para mantener vivo y activo su sueño hay que tener página web,  estar presentes en Facebook  y Twitter,  vender a través de internet, y diversificar su oferta, por ejemplo, añadiendo una pequeña cafetería, porque, según sus palabras, “el café y los libros combinan muy bien”.
En fin, aunque a George Whitman solo le importaran las personas y los libros, lo cierto es que hace falta ganar dinero para que no les vuelvan a cortar la luz ni el agua.

El mes pasado tuve la gran satisfacción de visitar Shakespeare and Company por primera vez.
Vi su peculiarísima fachada desde Notre Dame. La vi allí, con su viejo retrato de Shakespeare presidiendo esa pequeña plaza que forma la ancha acera, con sus arbolitos, su fuente, sus rústicos cajones de libros, y con las docenas de personas, de todas las edades y de todas las procedencias que pululan siempre por allí, entrando y saliendo de la tienda, mirando el escaparate… estando allí, simplemente.

Y hacia allí me dirigí, para hacer yo lo mismo. Me entretuve en la puerta un ratito y después entré. Y aunque teóricamente sabía lo que iba a ver, no pude evitar el asombro que me causó el sinfín de libros que allí encontré, las estanterías atestadas, en las que los libros, desde el suelo hasta el techo, parecen darse codazos entre sí, peleando por su hueco.
En los espacios libres, fotografías, dibujos y carteles dan una grata sensación de calidez hogareña, de humilde confort.
Y la lámpara de cristales, el pozo de los deseos y el suelo destartalado nos llevan a pensar que quizá estamos en algún lugar encantado.

Después subí la empinada escalera de madera, que parece tan  gastada e inestable como el resto de esta casita de cuento.
Allí, en la primera planta, estaban la vieja máquina de escribir, la butaca, el piano, el sofá… y las ventanas desde las que se ve Notre Dame. Y, por supuesto, más libros por todas partes.

El creador de este legendario lugar, que en 2006 recibió el título de Officier des Arts et Lettres del gobierno francés, murió en diciembre pasado, a los 98 años de edad, y desde entonces, una pequeña pancarta en la fachada sirve de modesto homenaje.

Aunque quizá para él, el mayor premio, el mejor homenaje, es descansar en el cementerio de Père Lachaise, en compañía de Balzac, Apollinaire, Colette, Oscar Wilde...



• Shakespeare and Company abre todos los días del año, incluidas las fiestas navideñas.

• La mayoría de los libros son en ingles y de segunda mano.
• Ha aparecido en películas como Antes del atardecer (2004) y Medianoche en París (2011).

• La librería organiza diversas actividades literarias, además de un premio internacional de novela corta para autores noveles, en colaboración con la Fundación Groot.

viernes, 22 de junio de 2012

Desmadre rococó


Recientemente he pasado unos días en París, ciudad que me ha resultado fascinante, asombrosa y extraordinaria.

Algunas personas que conocen mi debilidad por Londres me han preguntado cuál de las dos ciudades me gusta más.
La respuesta, que en principio puede parecer complicada, es sencilla en realidad: me parecen tan diferentes que no hay competencia entre ellas. Cada una encandila por su propia peculiaridad.

Y si tuviera que decir en qué se diferencian, seguramente la clave estaría en la grandiosidad.

París es una ciudad enorme llena de cosas enormes, por su tamaño o por alguna otra razón: edificios, puentes, estatuas, avenidas… todo es tremendo, exagerado.
Parece que los parisinos dijeran, como el castizo, “que no nos falte de na”: el Arco de Triunfo, el más grande del mundo. El Louvre, el museo más grande del mundo. Notre Dame, la catedral más famosa del mundo. Los Campos Elíseos, la zona comercial más cara del mundo… y así todo. Lo más.

En cambio, Londres, que es grandiosa también, pero en otro sentido, me resulta a mí más recoleta, más acogedora.
Es magnífica,  pero no es exagerada. Me parece hecha a la medida del hombre, mientras que París parece hecha a la medida de los titanes.

Efectivamente, la fastuosidad de París no está solo en el tamaño de sus construcciones. También está en la profusión de ornamentos, en la abundancia de elementos decorativos, en la exhuberancia escultórica, en los dorados y en el sinfín de detalles que cubren las fachadas y las cúpulas. Como si no quisieran dejar un hueco sin esculpir ni un espacio sin adornar.

Esto fascina, impresiona y sobrecoge. Y claro, también satura nuestros sentidos y nos deja agotados.
El intento de asimilar tanta belleza, tanto esplendor, requiere un esfuerzo y nos desborda.

Londres, como digo, es, en este aspecto, más serena, más comedida, más discreta.
No faltan allí monumentos majestuosos ni edificios que maravillan, pero no se ve ese jolgorio ornamental, ese raudal de brillos, esa plétora de intrincados encajes y florituras en la piedra.

Parece que el descontrol decorativo es cosa más napoleónica, más centroeuropea que anglosajona.

Sí,  esta es, según mi percepción, la principal diferencia entre París y Londres .
Pero en lo que sí son iguales ambas ciudades es en el amor que sus respectivos habitantes les profesan; en el respeto que sienten por lo suyo, por su historia, por su legado; en el orgullo que sienten por ser de allí.

Y sobre todo-sobre todo, son iguales en las ganas que dejan en el visitante de volver, de conocerlas mejor, de  disfrutar otra vez del embeleso que nos contagian y de volver a sentirnos tan bien como nos sentimos allí.