Mostrando entradas con la etiqueta tontinglish. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tontinglish. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de marzo de 2026

Cóctel de gambas

Hace tiempo que no presentamos aquí una nueva remesa de gambazos, resbalones, deslices y tonterías de diversa índole, de esos que aparecen en los medios de comunicación prácticamente a diario. 

Para encontrarse con alguna de esas meteduras de pata (o de gamba) y esas muestras de tontuna lingüística que pueblan los programas de televisión, los artículos periodísticos, la publicidad, etc, no hace falta estar muy pendiente de los medios. Basta con asomarse a ellos de forma casual, de vez en cuando, incluso sin prestar mucha atención, para que nos salgan al paso esas perlas del habla que tanto deleite nos han proporcionado siempre.

Así que hoy hemos preparado un suculento cóctel con un par de ejemplos de esos desaciertos que denominamos parejas complejas; otro par de la categoría locuciones locas, y unos cuantos de los que llamamos tontinglish.

Espero que les apetezca.

Hay parejas de palabras tan parecidas entre sí y con significados tan cercanos que resulta fácil confundirlas, como electrizar y electrificar; alimenticio y alimentario; pastoral y pastoril...

Pero otras veces la confusión no tiene más explicación que la ignorancia. O a lo mejor es falta de concentración. Lo cierto es que cuando esas confusiones de difícil explicación vienen de un profesional de la comunicación, que tiene el lenguaje precisamente como herramienta de trabajo, el asunto resulta un poco enfadoso.

Como ocurre con este titular de un periódico digital, que se refería al recibimiento que los seguidores ofrecieron a un equipo deportivo: «Miles de personas se conjuraron para recibir a los jugadores».

Aquí, obviamente, debió decirse se congregaron (es decir, se reunieron, se juntaron,  se concentraron), porque conjurar es conspirar, intrigar, maquinar... Salvo que esas personas estuvieran tramando alguna fechoría contra los jugadores, claro.

Me imagino que un determinado político debió enfadarse bastante cuando un tertuliano dijo de él que es «un europeísta convicto».

O sea, culpable de algún delito. Porque eso es lo que significa convicto. De nuevo, es obvio que la palabra adecuada aquí es convencido. Esta confusión es casi un delito, ¿no les parece?

A veces los reporteros, tertulianos, presentadores y periodistas en general, así como los políticos, hacen unos potajes verbales un tanto extraños mezclando la mitad de una expresión con la mitad de otra, o confundiendo  una palabra con otra, dando lugar a construcciones absurdas e incoherentes.

Es lo que le ocurrió al reportero que, refiriéndose a determinada situación, dijo que el presidente del gobierno «se juega la madre del cordero». Cual si fuera un pastor que apuesta una oveja en una partida de póker.

Cabe recordar aquí la ocasión en que una reputada periodista dijo aquello de «le sentó a cuerno quemado». O como aquella otra que dijo, más recientemente, que una persona se había escondido un pendrive  «en senda sea la parte».

En cuanto a la tontuna que padecen algunos con el inglés, a mí me parece claro que en muchas ocasiones se prefiere el impacto chuli, el snobismo extranjerizante, el anglovacile, antes que la comprensión del mensaje. Si no, no se entiende que se haga publicidad de un producto utilizando palabras que muchos posibles clientes no van a entender. Sirva como ejemplo el caso de ese champú denominado «Growth Booster». Por suerte para nosotros, añaden la explicación «sérum anticaída», con lo que ya podemos hacernos una idea de si nos interesa el producto o no. 

Lo mismo ocurre con estos adornos para barandillas, que no sabe una cómo van a quedar si no echa mano al diccionario (o al traductor):

 

O en estos otros casos, que no sé a qué me tengo que unir, ni si me apetece lo que me ofrecen, porque no sé lo que es:

 





En fin, la vida no es sencilla, pero lo sería un poco más si algunos no se empeñaran en complicarla innecesariamente.


lunes, 23 de junio de 2025

Más tontinglish

Hubo un tiempo en que, con cierta frecuencia, me encontraba en mis clases con personas que se resistían, con ahínco y contumacia, a aprender inglés, incluso en un nivel básico.

Curiosamente, esas personas se matriculaban en cursos de inglés porque sabían que era conveniente para ampliar sus oportunidades laborales, pero al mismo tiempo se negaban a someterse, según decían, al "colonialismo", al "imperialismo" del inglés. Mantenían una actitud belicosa contra la lengua anglosajona, y decían que no estaban dispuestas a "ceder", a aprender un idioma que consideraban, a diferencia del español, feo, pobre, absurdo y, sobre todo, una imposición "de los americanos".  A esta actitud yo la denominaba mentalmente "patriotismo lingüístico", y la consideraba un error, una forma de autolimitarse, de negarse un beneficio, porque aprender idiomas es algo objetivamente bueno.

Lo curioso es que ahora, más o menos una década después, ocurre todo lo contrario del rechazo que mostraban aquellas personas. Se diría que hay una especie de veneración hacia la lengua inglesa,  hasta el punto de que en el mundo de la cultura y del ocio, en todos los ámbitos de la vida social, y en especial en los medios de comunicación, el inglés se cuela en nuestra lengua de manera constante, por no decir cargante y enojosa.

Ya en varias ocasiones hemos traído ejemplos, recogidos de los medios de comunicación, de lo que otras veces hemos llamado aquí "tontinglish", es decir,  esa invasión pedante del extranjerismo anglosajón,  ese uso innecesario y artificioso de la lengua inglesa, que produce en muchos casos expresiones amaneradas, rebuscadas, o directamente incomprensibles para muchos. Y hoy, a riesgo de resultar yo misma repetitiva y cansina, vengo con una nueva tanda de ejemplos.

Porque lo cierto es que la cosa no deja de sorprenderme, tal es el número y la variedad de palabras y expresiones inglesas que adornan el discurso de periodistas, presentadores, reporteros, tertulianos, políticos y casi cualquiera que se exprese públicamente.

Entre los ejemplos de esta ocasión, tenemos la siguiente frase que leí no hace mucho en algún sitio de internet: "En la newsletter les explicamos qué es la dieta veggie". 

Sin duda está muy bien que nos expliquen qué es eso de veggie, pero deberían empezar por explicar también que es la newsletter. O mejor aún sería que en vez de newsletter dijeran boletín, y en vez de veggie dijeran vegetariana. Aunque a lo mejor es que yo soy muy antigua, cosa que admitiría sin reparo.

istockphoto.com
En otra ocasión oí a un dicharachero entrevistado que dijo: "En esos casos, lo que hago es un facepalm." 

Supongo que muchos televidentes que escucharan esa frase se quedaron sin saber qué es lo que hace ese señor en esos casos. Pero me imagino que el señor prefería no hacerse entender, y por eso dijo lo del facepalm, en vez de decir que se tapa la cara con sonrojo, abochornado, o algo similar.

La verdad es que yo misma sentí un poco de sonrojo -aunque no hice un facepalm- cuando oí a una meteoróloga que, comentando el tiempo que haría en los días siguientes, dijo que "las temperaturas seguirán en el mismo mood". Supongo que quería decir que las temperaturas seguirían iguales, o en la misma línea, pero para qué decirlo de forma sencilla pudiendo resultar pedante.

Lo mismo pensaría, supongo yo, la alegre reportera que hace unos días nos informaba de que el presidente del gobierno había modificado el timing de su agenda. Porque me imagino que decir sencillamente que había modificado la agenda es de antiguos como yo.

Y terminamos por hoy con el pasmoso caso de la tertuliana que, después de decir que "en España no hay un gobierno en la sombra" se apresuró a añadir: "Lo que es el clásico shadow cabinet".

Créanme si les digo que casi empiezo a echar de menos aquel "patriotismo lingüístico" que tanto me llamaba la atención en mi etapa docente.


dreamstime.com

martes, 7 de marzo de 2023

Nueva convocatoria de los Premios Gamba

Quizá algunos de los amables lectores de este blog se acuerden de los otrora famosos Premios Gamba. Famosos en este modesto espacio, claro, pero famosos al fin y al cabo.

Y como recordarán quienes lo recuerden,  los Premios Gamba se otorgan a aquellos que, teniendo el lenguaje como herramienta principal de su desempeño profesional hacen un uso atolondrado, insensato y bobalicón del mismo, sufriendo así deslices, resbalones y hasta caídas estrepitosas en los pulidos suelos de nuestro bello idioma. 

resbalón Imagen de Google
Pues bien, después de mucho tiempo en que dicho galardón no se ha otorgado a nadie (públicamente), hoy presentamos nueva remesa de candidatos, que para la ocasión hemos distribuido en dos categorías diferentes: No sé lo que me digo, para aquellos que demuestran no conocer el significado de las palabras que están empleando; y Tontinglish, para quienes tienen el hábito de colar en su discurso abundantes anglicismos, siempre sin necesidad y casi siempre con necedad.

Sin más preámbulos, estos son los gambazos que optan a un Premio Gamba:

En la categoría No sé lo que me digo, tenemos, por ejemplo, el caso de un reportero que, en tiempos de vacunación contra la Covid,  nos informaba de que un hombre se había disfrazado de pobre para ponerse la vacuna, intentando colarse "entre los indígenas".

No me digan ustedes que esa confusión entre "indígena" e "indigente" no merece un premio. Y algo más, quizá.

Como también lo merece sin duda la periodista que, por las mismas fechas y hablando sobre las pruebas PCR, se refirió a "la introducción del isótopo".

Y también tiene mucho mérito la reportera que nos informaba de que, respecto a la vacuna, seguía habiendo "muchos excéntricos".

Claro, es que el que es raro es raro para todo.

En otros ámbitos y en fechas más recientes, un periodista dijo que habían detenido a un atracador que actuaba siempre de la misma manera, a saber: entraba en un establecimiento, ataba al empleado y después "perpetuaba el robo".

Se ve que el tipo se quedaba allí robando eternamente.

Y por último, tenemos también el desconcertante caso del reportero que, durante el mundial de fútbol, informaba de que miles de aficionados argentinos se habían quedado sin entradas para la final, y protestaban ante el estadio porque "querían ver el partido de cuerpo presente".

Pasmoso, ¿verdad? 

Por su parte, la categoría Tontinglish también ofrece mucho donde elegir. Por ejemplo, los reporteros, tertulianos y conductores de programas varios que dicen cosas como: "Las empresas están poniendo el target en los jóvenes"; "Yo quiero un streaming de las conversaciones" o "Las leyes no escritas son el check-balance de la Constitución".

También en reseñas de libros y películas se dicen cosas muy raras, como: "Para hacerse una idea del mood de este libro...", o  "Más allá del name dropping del título..."

Y no nos olvidemos de la publicidad, ese maravilloso campo de cultivo donde el anglicismo crece exuberante a lo largo de todo el año, y así podemos oír frases como: "Consíguelo sin cambios en tu lifestyle", o "Un nuevo morning show", y enterarnos de que existe un cosmético que tiene "efecto flow, efecto flash y efecto filler".

No se puede pedir más, ni en cosmética ni en tontuna.

Para terminar, y fuera de categoría (y fuera de toda lógica), miren el insólito epígrafe con que se inicia un artículo sobre higiene bucal:


Así que ya saben: ni se les ocurra volver a cepillarse los dientes. 


sábado, 19 de febrero de 2022

Lenguaje tecnoflash

Ya en otras ocasiones hemos dedicado espacio en este modesto blog a ese lenguaje superchuli y megaguay que utilizan algunos para darle lustre y realce a su discurso. Sobre todo cuando ese discurso es un poquito simplón.

Quizá algunos de ustedes recuerden aquellos casos de lenguaje memotécnico que tanto deleite proporciona al oyente atento; o ese lenguaje ténico cuya utilización queda sólo al alcance de los más expertos y sofisticados hablantes.

Lo mejor del asunto es que estas palabras y expresiones tan pintureras y campanudas no dejan de aparecer y prosperar como florecillas regadas con el agua de la modernidad y la innovación. Y, para remate del tomate, estas florecillas reciben cada vez con más frecuencia el abono de la lengua anglosajona, lo que, sin duda alguna, fortalece su carácter rutilante y mentecato.

Como ejemplo de lo que estamos diciendo, valga el caso de las personas que, al ser amantes de estas expresiones técnicas y novedosas, no van al médico, sino al "proveedor de atención médica"; o el de aquellos que intentan venderte un "centro de fregado", mientras te ofrecen un simple cubo y una fregona.

Otros, amigos del extranjerismo, dicen que hay que cuidar "lo que es el fitting de los vestidos", o sea, que hay que procurar que el vestido que te vayas a poner sea el adecuado. Qué gran idea.

Y otros, dedicados al mundo empresarial, nos dicen que tienen intención de "convertir Barcelona en un hub", que por suerte significa "eje" o "centro". Menos mal. Por otro lado, nos dicen también que las empresas "están poniendo el target en los jóvenes". Esto puede ser más preocupante, ya que, entre otras cosas, el target puede ser el blanco o la diana. Pero cabe pensar que se refieren a que el público al que se dirigen las empresas son los jóvenes. Es lo malo del lenguaje tecnoflash, que nos deja a muchos atribulados y cariacontecidos.

Pero claro, cuando un organismo oficial dedicado a la gestión de la enseñanza, a velar por la formación académica de la muchachada, dice que a partir de ahora no se hablará de "alumnos suspensos" sino "en proceso de logro", ya debemos ir preparándonos para cualquier cosa.

En fin, son las consecuencias de la modernidad a toda costa; de las ganas de no dejar nada como estaba, por muy bien que estuviera; de la pasión por la innovación tontorrona y de las ínfulas creativas que tienen muchos que probablemente no tienen mucho que hacer.  


 

dreamstime.com


jueves, 16 de septiembre de 2021

Aquí la BBC

Sin duda habrán observado ustedes que cada vez resulta más difícil entender lo que se oye en nuestra televisión.

No me refiero a que se digan incoherencias, que se dicen, desde luego; ni a que se den explicaciones deslavazadas que no significan nada, ni a que en la verborrea de algunos haya sólo palabras que son como un huevo roto: una cáscara sin nada dentro. 

Todo esto ocurre, en efecto, pero ahora me refiero a esa otra manía de los parlanchines televisivos que consiste en adornar sus intervenciones con palabras en inglés, en incrustar términos de la lengua británica en sus discursitos, para, supongo yo, darse una pátina de modernidad y cosmopolitismo. Con resultado siempre ridículo, por cierto.

Comprendo que en algunos casos hay un estudiado afán de no llamar a las cosas por su nombre para hacerlas pasar por algo chuli. Es obvio, por ejemplo, en el caso de los minijobs, que suena mucho más simpático que "contrato basura"; o rider, que queda mucho más cool que "repartidor".

Pero no me explico qué necesidad puede tener un periodista de decir, por ejemplo, que habría que hacer "un test de antígenos antes del inside y cuando se acabe el inside cada uno a su  casa". O que "Reino Unido ha hecho un lock-down total".

También me cuesta entender qué lleva a personas de habla española a decir que hay que mutear el micrófono, topar el precio del gas, o "tranquilizar a la gente en cuanto al timing". Bueno, tranquilíceme usted primero explicándome qué es eso del "timing", hágame el favor.

Yo me pregunto si quien habla así es simplemente un cursi o un pedante, o si es que en realidad no sabe que esas palabras extranjeras tienen su forma correspondiente en nuestra propia lengua. A veces, sinceramente, creo que es lo segundo, que la ignorancia del propio idioma lleva a algunas personas a pensar que en español  no tenemos términos o expresiones  equivalentes a timingsmoothie, tipoutfit , fake news, trending topic..., y quizá por eso se dicen cosas tales como que "esto es un preprint"  o que "se va publicar un nuevo paper".

Me imagino la confusión y el desconcierto de muchas personas, sobre todo personas mayores, cuando oyen esa sarta de anglicismos, esa retahíla de términos ajenos a nuestro idioma que adornan las frases de quienes hablan en la tele, ya sea en una tertulia, en un concurso, en la publidad, etc.

Esta forma de complicar el discurso, de dificultar la comprensión llenendo nuestra lengua de palabras extranjeras me parece una falta de consideración y de respeto, no sólo a la propia lengua sino también a las personas que no entienden ni tienen por qué entender otro idioma. 

Creo que eso es lo que más me molesta de esta tendencia tontaina. O trending foolishness.

 

Dreamstime steampunk



miércoles, 11 de julio de 2012

Inglis pitinglis. II

(viene de aquí)

Decíamos en la entrada anterior que, según mi experiencia, hay varios factores que afectan negativamente a la predisposición o actitud de muchas personas para aprender un idioma extranjero.

Uno de ellos es esa idea infundada de que una lengua se puede aprender en poco tiempo y casi sin darnos cuenta. Bueno, algo sí se puede aprender: palabras, incluso muchas palabras, expresiones, fórmulas para saludar, presentarse, etc. Pero mantener una conversación, expresar opiniones, dar argumentos… es decir, hablar de verdad, es algo que requiere tiempo, dedicación e interés.

Pero sí, muchas personas creen realmente que se puede aprender un idioma en un par  de meses de clase, y se apuntan a los cursos con ilusión y entusiasmo.
Al poco tiempo, claro, ven que no es tan fácil como creían. Algunos abandonan, pero lo cierto -siempre según mi experiencia, insisto- es que la mayoría sigue adelante, animados por los logros que van consiguiendo.
Y eso es estupendo, pero entonces viene lo verdaderamente difícil: encontrar el modo de seguir avanzando en el aprendizaje.
Porque, me parece a mí, aquí disponemos de pocos recursos para que una persona pueda aprender inglés en condiciones.

La enseñanza reglada, ya lo dijimos, no es suficiente en absoluto; los cursos subvencionados por entidades diversas son escasos, demasiado breves y raramente superan el nivel elemental; en las escuelas oficiales de idiomas es difícil conseguir una plaza; los cursos privados no cualquiera se los puede permitir; y las alternativas, como estudiar por cuenta propia, con cursos online o a distancia, requieren una dosis de disciplina no siempre fácil de alcanzar.

Otro factor es la “timidez lingüística”: a muchas personas les da un “corte” tremendo hablar en inglés, aunque sepan perfectamente lo que tienen que decir, y aunque no sean particularmente tímidas en términos generales.
He tenido alumnos que me han dicho abiertamente que “escribir y escuchar, lo que sea, pero no me pidas que hable en inglés.”
Yo creo que este corte, esta tremenda timidez para pronunciar sonidos de otra lengua se debe precisamente a lo referido en la entrada anterior: la falta de costumbre, de contacto con el idioma, hace que emitir esos sonidos les resulte tan poco natural que se sienten ridículos.
Injustificadamente, desde luego.

También se da en muchos casos la convicción errónea de que para comunicarse de manera efectiva en un idioma extranjero hay que hablar ese idioma prácticamente como un nativo. Y ante la evidencia de que alcanzar ese nivel es imposible, muchas personas abandonan el intento o ni siquiera llegan al intento.

Finalmente, también he observado que muchas personas sienten pura antipatía hacia la lengua anglosajona.

Esta antipatía se puede deber en parte a algo también referido anteriormente: los métodos de enseñanza empleados en las escuelas han hecho que muchas personas asocien el inglés con el aburrimiento y el rechazo.

Pero otros le tienen antipatía al inglés por otro motivo muy distinto, y así llegamos a esa teoría que he desarrollado yo misma a lo largo de mi  trayectoria como profe de inglés.

La denomino teoría del patriota lingüístico, y se  resume en que hay personas que no pueden aprender inglés porque valoran mucho nuestra lengua –lo cual está fenomenal- y desprecian mucho la inglesa.

Las personas que practican el patriotismo lingüístico se dividen en dos categorías: 

a) los que sienten antipatía por el idioma inglés porque lo consideran una imposición imperialista y no están dispuestos a “ceder”.
“¿Y por qué tenemos que aprender inglés nosotros?”, suelen decir. “Que aprendan ellos español”;

b) los que menosprecian el inglés por la sencilla y contundente razón de que “como el español no hay na.”
Para ellos el inglés es un idioma absurdo, feo y pobre, lo desprecian y por lo tanto no le encuentran sentido alguno a aprenderlo.

Es curioso: estas personas se apuntan a los cursos por alguna razón, pero en el fondo no quieren aprender.
Y ante tal actitud poco se puede hacer, salvo repetir algo ya sabido: que siempre ha habido una lengua franca en el mundo, que adquiere ese estatus de manera natural por diversas razones, y que ahora esa lengua franca es el inglés, como antes lo fue el francés y antes el latín. Y que conocer esa lengua internacional, ese “esperanto natural”, no tiene más que ventajas para todos.

Pero se pasan el tiempo diciendo que el español es mucho más “bonito” y sobre todo mucho más “rico” que el inglés.
Y tienen además una curiosa forma de valorar una y otra lengua: cuando en español hay, por ejemplo, varias palabras para referirse a un mismo concepto o varias formas de expresar una misma idea, dicen: “Es que el español es un idioma muy rico.”
Pero cuando esto mismo ocurre en inglés, dicen con desdén: “Pff, mira que son complicados.”

Y si se explica que en inglés no existe algo que sí existe en español (por ejemplo el modo subjuntivo como forma verbal propia), dicen: “Es que el inglés es un idioma muy pobre, muy limitado”.
Pero si se  explica que en español no existe algo que sí existe en inglés (por ejemplo los “verbos frasales”), dicen “Es que el español es un idioma muy práctico”.

O sea, cuando una circunstancia gramatical determinada se da en la lengua española, la consideran un signo de la riqueza de nuestro idioma. Y cuando esa misma circunstancia gramatical se da en la lengua inglesa, la ven como una muestra de lo mal pensado que está el inglés.

Por todo lo visto cabe pensar que sí, que tenemos difícil lo de aprender inglés. Pero no porque nos falle ningún resorte, sino porque las lenguas extranjeras no forman parte de nuestra tradición cultural y académica, no son parte de nuestro bagaje intelectual y cognitivo, y por eso nunca han recibido la atención adecuada ni se les ha dado la importancia que tienen en la formación integral de las personas.

Pero nunca es tarde para empezar a recuperar el tiempo perdido y todos los escollos de los que hemos hablado son superables.
Todos, salvo, quizás, el patriotismo lingüístico.

miércoles, 4 de julio de 2012

Inglis pitinglis

(Primera parte)

Hace mucho tiempo oí a un médico en la tele decir que había dos cosas que los españoles pretendían siempre conseguir en poco tiempo y sin esfuerzo: adelgazar y aprender inglés.


Parece que sí, que a muchas personas les parece que un idioma se puede aprender en cuatro ratos, o en un par de meses.
Y también parece establecido y aceptado que a los españoles se nos dan mal los idiomas en general y el inglés en particular y que por   más empeño que pongamos en aprender  nunca pasamos del consabido ‘nivel básico’.


Para comprobar tanto lo uno como lo otro no hay más que poner la tele en dos meses del año muy concretos: septiembre y enero.
En septiembre abundan los anuncios de fascículos y DVDs para aprender el idioma como decía aquel médico: sin esfuerzo y en menos que canta un gallo.
Y en enero, los telediarios se llenan de reportajes sobre propósitos de año nuevo, y los más repetidos, año tras año, son: ir al gimnasio, dejar de fumar y… aprender inglés, of course.

Hay muchas estadísticas y estudios que señalan que los españoles somos los europeos que menos idiomas extranjeros hablamos y la población con menor porcentaje de hablantes de inglés.

Y hay también muchas explicaciones sobre  el porqué de esta circunstancia.

Una de ellas es que en España vemos las películas dobladas al español, al contrario que en la mayoría de los países, que las ven en versión original subtitulada.

En esto hay bastante de cierto. No es que por el hecho de ver películas en inglés ya vayamos a salir hablando como Dickens, claro, pero sí que ayudaría mucho. Porque si estuviéramos acostumbrados  a los sonidos de otros idiomas, nos resultaría más fácil reconocerlos y reproducirlos. Además la comunicación en esos idiomas nos resultaría algo natural, y esto representa un buen trecho del camino. Si las películas y las series son parte de nuestra vida cotidiana, igualmente lo serían los idiomas que se hablan en ellas.
Y lo que nos resulta natural, cotidiano y útil, se aprende mucho más fácilmente que lo que nos parece ajeno y sin aplicación práctica.

Otra explicación muy repetida y también muy cierta, es que nuestro sistema educativo es poco eficaz. Bueno, esto se podría aplicar a cualquier asignatura, para qué vamos a engañarnos, pero esa es otra cuestión.

Lo que sí es esta cuestión es que la lengua inglesa se ha enseñado siempre en España ‘a la antigua’, con métodos obsoletos con los que se aprende, como mucho, a leer y escribir el idioma, pero no a comunicarse personalmente.
Es decir, se enseña el inglés como se enseña el latín, como una lengua muerta.

Hasta hace unas décadas esto quizá no importara mucho, porque no había ni el interés ni los medios ni las razones que hay hoy día para viajar, para ir a otros países y establecer contacto con hablantes de otras lenguas, ya sea por ocio o por negocio.
Es decir, comunicarse oralmente en lenguas extranjeras no era tan necesario ni tan cotidiano como hoy.

Pero el problema es que mientras las circunstancias y las necesidades comunicativas iban cambiando, nuestros métodos de enseñanza, centrados en ejercicios gramaticales repetitivos,  seguían siendo los mismos, llegando a ser sencillamente inútiles.
Ahora empieza a haber más conciencia de esta necesidad de enseñar inglés para hablarlo, para conversar, pero llevamos un retraso monumental con respecto a la mayoría de países europeos y muchos no europeos. 
                                                             






El bilingüismo, por no decir el poliglotismo, es un estado natural de los ciudadanos de esos países, mientras que para nosotros es todavía una novedad.
Hay una tercera explicación, que bien podría haber sido establecida por Homer Simpson y que pretende solventar esta cuestión por las buenas y definitivamente. Es la que dice que los españoles, simplemente, no estamos capacitados para hablar inglés.
Ea, no te empeñes que eso no es para nosotros.
O, en palabras de Homer, “esto nos enseña que no hay que intentar hacer cosas”.
No sé yo muy bien en qué consiste eso de “no estar capacitados”, pero desde luego no creo que tengamos ninguna tara biológica que nos impida el bilingüismo.
Lo que sí creo es que hay determinados factores, que he podido observar personalmente, que influyen muy negativamente en nuestra predisposición a aprender idiomas.
Algunos me resultan realmente curiosos, y a partir de la observación de los mismos he elaborado yo mi propia teoría.