En
muchas ocasiones me he acordado de una novela que leí hace mucho tiempo y con
la que me divertí mucho: Marciano, vete a casa, del gran Fredric Brown.
A
pesar del buen recuerdo que tenía del libro —o quizá por eso precisamente—,
nunca me había decidido a releerla. Sin embargo, este recién pasado mes de
febrero, por unas razones determinadas volví a pensar en la novela, y
esta vez sí que sentí curiosidad por leerla de nuevo. No sé si quería comprobar
si me divertía otra vez, o simplemente quería recordarla con detalle.
La
cuestión es que empecé a leerla y, en efecto, volvió a parecerme divertida, amena,
original... Pero no sólo eso, porque esta lectura actual me ha traído además un par de sorpresas.
En primer lugar, me ha parecido que la novela, dadas las circunstancias actuales, ha adquirido una
dimensión metafórica que antes no tenía.
Marciano,
vete a casa fue escrita en 1955, y trata sobre una invasión marciana a la
Tierra. Los marcianos son, por supuesto, unos hombrecillos verdes, que no son
peligrosos por sus armas ultrasónicas ni por sus rayos fulminadores ni nada por estilo:
el peligro está en que son sumamente bordes, y tienen una capacidad ilimitada para
poner mal de los nervios a los humanos.
Han
llegado a la Tierra por millones, han invadido todos los países del mundo y absolutamente
nadie está libre de su acoso. Es tal su capacidad para molestar, para incordiar, para
desquiciar, y por lo tanto para impedir el normal funcionamiento de la sociedad,
que llegan a desestabilizar la economía de
los países, provocando una crisis mundial sin precedentes:
«En quiebra, o muy
cerca, estaban los miles de tiendas, salones de belleza, hoteles, bares,
restaurantes [...] También se quedaban sin empleo los miles de personas que trabajaban
en los teatros, cines, salas de conciertos, estadios y otros espectáculos públicos.
Los espectáculos de masas habían muerto.»*
Ese gran aumento del desempleo hace que se formen colas interminables a las puertas de los comedores sociales, y además se producen numerosos casos de trastornos psiquiátricos provocados por la tensión emocional de esa situación a la que no
se le ve fin. Mientras tanto, los científicos no descansan intentando encontrar la forma de acabar con los marcianos, lo cual es difícil, porque a los invasores no les afectan nuestras leyes físicas.
Ya
ven ustedes a qué me refería antes al decir que la novela ha adquirido una nueva
dimensión metafórica.
Lo único
bueno de todo esto es que, como los marcianos lo ven todo y lo oyen todo, y
además son unos chivatos, ya no hay secretos políticos ni militares. Ya no
tiene sentido plantear una guerra ni amenazar al enemigo ni engañarlo:
«Cifras y hechos, en
discursos y en la prensa, debían ser veraces. Los marcianos disfrutaban
buscando el más pequeño error o exageración para contárselo a todo el mundo. ¿Cómo
se puede gobernar así?»
Y
esta circunstancia es lo que lleva a algunos a pensar que tal vez la intención de los
marcianos al invadirnos era hacernos recapacitar sobre nuestra manía de
pelearnos y llevarnos la contraria mutuamente. Por eso, en un mensaje radiofónico dirigido a los irritantes invasores verdes, un líder político
proclama:
«[…] Puede que hayáis
visto que, siendo como somos, sólo podríamos unirnos en una causa común […] que
trascienda nuestros odios fraternales, que ahora parecen tan ridículos que
resultan difíciles de recordar.»
No
sé si esto también les recuerda algo a ustedes. A mí sí, y me hace pensar que una
invasión marciana es algo mucho más probable que la realización de unos cambios con los que a veces sueñan los ilusos.
Y la otra sorpresa que me ha traído esta relectura es una circunstancia curiosa que me ha recordado esas coincidencias literarias que hemos comentado aquí otras veces.
En ese mismo discurso radiofónico, el
personaje añade:
«Es posible que,
sabiendo que estamos en el umbral de los viajes interplanetarios, no queráis
que vayamos a Marte.»
Y
miren ustedes qué coincidencia más coincidente, que este pasaje lo leí el 19 de
febrero, es decir, justo al día siguiente de la llegada del vehículo Perseverance a Marte.
Me
pregunto con preocupación qué habrán pensado los hombrecillos verdes al verlo
aparecer en su planeta.
*Fredric Brown. Marciano, vete a casa.
Martínez Roca, 1982. Traducción de Francisco Blanco.