Después
de varios meses en los que Juguetes del Viento ha estado de reposo,
regreso a este hogar virtual, a este saloncito de tertulias, para volver a
charlar con ustedes, si les apetece.
Durante
estos meses me han acompañado diversas lecturas, lo cual no es nada
sorprendente. Pero a mí sí me ha sorprendido un poco que algunas de esas
lecturas se hayan conectado entre sí de manera un tanto curiosa. O quizá es que
yo quiero verlo así.
Una
de esas lecturas fue Encuentros con libros*, una colección de ensayos y
críticas literarias del maestro Stefan Zweig. En uno de los textos Zweig
reflexiona sobre los diarios que escriben los adolescentes, y sobre todo las
adolescentes, como forma de "rendir cuentas ante uno mismo", y de
reflejar no sólo sentimientos y pensamientos, sino también hechos cotidianos,
sin gran consecuencia, pero que para el adolescente resultan trascendentales, ya
que en esa etapa se vive todo con mucha intensidad.
Dice
también Zweig que por eso es excepcional que un adulto lleve un diario, y que
sólo los poetas conservan esa manera tan intensa de vivir que tienen los
adolescentes, y esa forma "pura y apasionada" de contemplar el mundo
y sus misterios.
Y así
se conectaron este libro y otro con el que lo estaba alternando: el
impresionante Libro del desasosiego*. Porque esta obra es precisamente
eso, un diario escrito por un adulto: el
poeta Pessoa. Aunque él, qué curioso, muestra una pasión inversa,
por así decir, porque aparece pasionalmente desapasionado, sensiblemente
indiferente a la vida, pero, por ello mismo, viviendo intensamente.
Y estas
dos lecturas me llevaron, como formando una cadena de intangibles eslabones, a recordar
otras páginas más peculiares, personales y exclusivas: mis propios diarios
de adolescencia y temprana juventud.
Entonces
me resultó inevitable hacer un breve viaje al pasado, repasando algunos de los
pasajes que escribí entonces. Y he
comprobado que en aquel registro de lo cotidiano, de mis alegrías y mis desasosiegos,
están, en efecto, ese entusiasmo, esa intensidad y esa mirada apasionada al
mundo y a la vida que menciona Zweig. Y también está "el interés por la
realidad, el ansia de conocimiento y el deseo de completar la imagen del
mundo".
De
este modo me pareció que mis humildes páginas se conectaban con las ilustres de
Zweig y las eminentes de Pessoa.
Y
por último, en otro de los libros leídos en estos meses, Oblómov*, he
encontrado otra de estas peculiares conexiones. En los capítulos finales de
esta novela, uno de los personajes, Olga Serguéievna, recuerda una etapa
anterior de su vida, una etapa en la que "jugaba a vivir", y en la
que "se iniciaba en el conocimiento de la vida, la estudiaba, comenzaba a
conocer su propia mente y su carácter, iba recopilando datos únicamente..."; y en la que "sus pasos eran inseguros"; "se preparaba para el futuro"...
En aquellos momentos, cuando escribía mis diarios, mi única intención (o la única que yo era capaz de
identificar) era conservar y preservar todos esos momentos, todas aquellas
vivencias que tan importantes me parecían (y que de hecho eran), para que no se
perdieran en el tiempo, para que no se disolvieran en el aire del olvido. Para
que no se "marchitaran" -según
Olga y Oblómov en la novela- y quedaran en nada. O quizá para no "sentir el tiempo con un dolor enorme", como dice Pessoa en su Libro.
Pero al leerlos ahora he percibido justamente lo que piensa la heroína de Oblómov, y he comprendido que yo, en efecto, también lo escribía todo, y lo analizaba, para
entender mejor las cosas, para ir conociendo la vida. Y, como también señala Stefan Zweig, un intento
de conocer mi propio carácter, mi propia forma de pensar, de hacer las cosas y
de actuar en cada circunstancia.
Así
es como estas tres obras magistrales se han conectado entre sí, y a su vez se
han conectado a mí de una forma muy personal, llevándome además, pasito a paso,
a que yo me conecte conmigo misma, con mi yo del pasado, y de la manera más sencilla
y eficaz: a través de las palabras.
 |
| Jonathan Wolsten Holme |
*Stefan
Zweig. Encuentros con libros. Acantilado, 2020. Traducción de Roberto
Bravo de la Varga.
*Fernando
Pessoa. Libro del desasosiego. Seix Barral, 1997. Traducción de Ángel
Crespo.
*Iván
Goncharov. Oblómov. Alba, 2002. Traducción de Lydia Kúper de Velasco.