viernes, 29 de enero de 2021

Escribiendo, que es gerundio

Con motivo de la celebración del Día Internacional de la Escritura a mano, celebrado la semana pasada, hoy reproducimos una entrada publicada en Juguetes del viento el 22 de marzo de 2012.


Un bolígrafo azul de punta media y un lápiz de grafito del número dos. Estos son los elementos imprescindibles para disfrutar de la escritura. Y me refiero al acto físico de escribir, de trazar letras y signos ortográficos en un papel.

Como accesorios, están muy bien los lápices de colores, los rotuladores y marcadores con punta de fieltro y los bolis de gel de colores variados (con o sin purpurina flotante).
Pero lo básico es lo básico.

Para mí escribir a mano es un placer.
Escribir con lápiz me gusta, porque me gusta su tacto cálido y porque creo que el lápiz tiene el encanto de lo modesto y lo tradicional. Y porque, si hay silencio, puedo oír ese ras-ras que hace sobre el papel y que me encanta. Es como si el lápiz fuera murmurando lo que va escribiendo.

Además, un lápiz nuevo, de los clásicos, sin florituras, me parece a mí un objeto magnífico y elegante. Tiene la belleza de lo simple, de la eficacia en la sencillez.
Y un lápiz usado, gastado, humilde, con muescas y arañazos, me recuerda lo antiguo, la infancia, y tiene la belleza singular de los abuelos: la que no tiene nada que ver con el aspecto impecable ni la perfección física, sino con el tiempo, con el trabajo, con el servicio prestado, con los ratos pasados con nosotros, limitándose a ser útil.

Por otro lado, escribir con un bolígrafo cómodo, que se desliza con facilidad sobre el papel, con un trazo medio, suave y firme al mismo tiempo, con un azul ni muy claro ni muy oscuro, me resulta –y no exagero- relajante, y me ayuda a pensar y a concentrarme.

Observar el trazo que va dejando el boli me fascina. Casi me hipnotiza. Y que esos signos, esos dibujillos que llamamos letras, vayan apareciendo gracias a unos levísimos movimientos de la mano, me parece cosa de ensalmo.

Sin duda, escribir en el ordenador es físicamente más cómodo, tiene más posibilidades estéticas y prácticas, no sale el llamado ‘callo del estudiante’ en el dedo medio, y no da calambres en la mano.
No está mal. Pero cuando escribimos a mano parece que lo que se dice es más verdadero, más convincente. Porque al escribir a mano a mí me da la sensación de que las ideas bajaran por el brazo, llegaran al boli, y del boli  al papel. Sin entretenerse por el camino, directas a la meta.

Y aunque lo escrito no sea algo personal, me parece que el hecho de escribirlo a mano ya convierte cualquier texto en personal, si no en el contenido, sí en la forma. Porque está escrito con nuestra letra, que es única, así que le hemos dado al texto algo nuestro, exclusivamente nuestro. Le hemos dado personalidad, que no es poca cosa.
De hecho, le hemos dado nuestra personalidad,  si la grafología no nos engaña. 

Porque para escribir una p tengo que hacer un trazo determinado, para escribir una g, otro distinto. Para la s la mano se mueve sinuosa y para la m se divierte subiendo y bajando. Cada letra tiene su movimiento propio. Como pasos de ballet en un escenario de papel.

En cambio, en el ordenador, cada letra tiene el mismo movimiento que las demás: todas las teclas se pulsan de la misma manera.
Esas letras son perfectas, no tienen defectos ni altibajos. No tienen carácter.

Por todo lo dicho, si vuelve a la vida el oficio de copista, avísenme, por favor.
¡Pero no se me lleven el ordenador!





lunes, 18 de enero de 2021

Piedras preciosas

Cada vez que me encuentro con una palabra desconocida me llevo una alegría, como el  buscador de oro que descubre una pepita en su cedazo.

Porque las palabras son las piedras preciosas que forman el tesoro de un idioma, y al igual que los valiosos minerales se ocultan bajo el agua, entre la arena o en las paredes de una cueva, con frecuencia las palabras permanecen  también ocultas, calladas, discretas, entre las páginas de los diccionarios y de las obras literarias. Y de la misma manera, de vez en cuando asoma alguna, surge inesperadamente y nos sorprende con su destello.

De las palabras que me han sorprendido en los últimos tiempos, me llamó la atención  de manera especial una de ellas en particular, que tanto por su sonido como por su significado me pareció un diamante perfecto.

La palabra era licnobio, que, como quizá sepan ustedes, denomina a una persona que vive con luz artificial, "haciendo de la noche día", según la poética definición del diccionario de la RAE. Es decir, la persona que duerme de día y realiza sus actividades por la noche, con luz artificial. O sea, como un noctámbulo, un nocherniego, un noctívago. O un vampiro, si me permiten la broma. 

Pero aparte de su significado y su sonido, también  me resultó muy interesante  la etimología de esta palabra,  que incluye específicamente  la referencia a la luz artificial. En efecto, licnobio proviene del griego lychnóbios, formado por lychnos, lámpara, y bios, vida.

También me gustó mucho saber que las lámparas o candiles con los que se alumbrarían los licnobios en la antigua Grecia se denominan luchnoi, que, al igual que lychnos procede del indoeuropeo leuk, y que  sin duda tiene mucho que ver con nuestra  luz.

Así que del mismo modo que el aventurero se enriquece con el oro que encuentra en el río, yo me siento más rica cada vez que añado una palabra nueva a mi vocabulario personal. Porque con cada palabra se amplia mi horizonte, se agranda mi mundo y se ensanchan mis pensamientos.  


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miércoles, 6 de enero de 2021

¡OH!

Una mañana de invierno, después de una tormenta que había encendido el cielo durante toda la noche, Alicia fue al paseo marítimo para hacer fotos de las nubes, que seguían flotando sobre el mar como medusas gigantes.

Pero al llegar vio desde el parapeto algo que le interesó más que las nubes. Había dos niños en la arena, un chiquillo de unos nueve años y una niña algo más pequeña. Estaban junto a las grandes letras de cemento, húmedas aún por la tormenta, que a la sombra de un pequeño grupo de palmeras formaban la palabra PLAYASOL. Los padres de los niños estaban en la orilla, contemplando el mar, sin prestarles mucha atención a ellos.

Durante el verano esas letras eran uno de los entretenimientos de los niños y jóvenes que llenaban la playa, y un lugar favorito para hacerse fotos. Los más altos se asomaban por los huecos de la P y la A, o por entre los brazos de la Y. Otros se sentaban en la L formando ellos mismos un  ángulo recto; otros buscaban posturas difíciles para encajar en la S; pero lo que más les divertía a los pequeños era colarse por la O, pasando de un lado a otro sin cansarse.

Alicia, que observaba con el zoom de la cámara, pensó que era muy  curioso que esos dos niños no jugaran en ningún momento a pasar a través de la O, sino que se asomaban a ella como si fuese una ventana. Se apoyaban cada uno en un lado, miraban, y al cabo de unos segundos se retiraban, con caras de asombro y exclamaciones de sorpresa, como cuando se mira por un caleidoscopio por primera vez.  Después de asomarse varias veces llamaron a sus padres, y, alterados pero sonrientes, les hicieron gestos para que se acercaran.

Los padres se asomaron también, tal como les pedían los niños, pero Alicia vio que se apartaban de aquella peculiar ventana con indiferencia, encogiéndose de hombros.

Después de esto, la familia se marchó en dirección al paseo, aunque Alicia pudo observar que los niños no dejaban de volver la mirada hacia las letras.

Entonces bajó ella a la arena, se acercó a las letras, e imitando a los niños se asomó por el hueco de la O. En seguida se apartó, con un movimiento brusco, como si hubiera recibido una descarga eléctrica o una sorpresa enorme. Después de unos segundos de indecisión volvió a asomarse, y a continuación metió sólo las manos, con la cámara preparada. Sin embargo,  al retirarla comprobó que, al igual que los padres de aquellos dos niños,  la máquina no había registrado nada más que la arena y las palmeras del otro lado de las letras.

Alicia permaneció unos instantes frente del gran óvalo de cemento, quieta y pensativa, como un pez piedra que se queda inmóvil en la arena justo antes de lanzarse sobre su presa. Entonces dio unos pasos hacia delante y se coló en la O, como  los pequeños que jugaban allí en verano. Pero a diferencia de ellos, Alicia no apareció junto a las palmeras del otro lado.

 




domingo, 20 de diciembre de 2020

Invitados

En estos días de diciembre, cuando un año va terminando y otro está a punto de empezar, parece que el aire se vuelve diferente. Parece que los días saben que son especiales, que marcan una frontera, ilusoria pero significativa, y el ambiente se vuelve festivo, colorista, y algo melancólico también. Hay una sensación de despedida y de novedad, como el reptil que deja atrás su chaqueta usada para empezar a lucir la nueva; una sensación de cambio, de renovación, de esperanza de algo mejor, que este año, por cierto, se acentúa de una manera singular.

Y como es época de tradiciones, nosotros, siguiendo nuestra particualr tradición bloguera, hemos vuelto a invitar a unos cuantos amigos sabios para que nos acompañen un ratito con sus sabias palabras, con algunas ideas que nos reconforten, que nos insuflen pensamientos vivificantes y que nos lleven a reflexionar sobre la vida y el mundo, sobre nosotros mismos y nuestra experiencia.  

En esta ocasión los invitados nos hablan, de una manera o de otra, sobre la felicidad, ese estado misterioso que tanto obsesiona al ser humano y cuya fórmula varía constantemente, según quien la defina, según quien la analice. 

Quizá una manera de alcanzar la felicidad, o al menos acercarnos a ella, sea la sabiduría, y para llegar a ella Pessoa cree que se debe evitar en lo posible que las circunstancias externas afecten demasiado a nuestro ánimo, para lo que sería necesario una vida interior satisfactoria:

"El verdadero sabio es aquel que se dispone de manera que los acontecimientos exteriores lo alteren mínimamente. Para eso necesita acorazarse, rodeándose de realidades más próximas a él que los hechos, y a través de las cuales los hechos, alterados de acuerdo con ellas, le lleguen." 

                                                                            Fernando Pessoa. Libro del desasosiego (1913-34)


En lo que todo el mundo parece estar de acuerdo es en que la felicidad es algo relativo, pues casi siempre depende de las emociones previas que hayamos experimentado: 

"Cuatro o cinco días después saboreaba ese rápido, inefable e irreprimible momento de gozo que sucede a un dolor punzante, a una preocupación, a una incomodidad..."

(Joaquim María Machado de Assis. Memorias póstumas de Blas Cubas (1881)


"La felicidad, según le había enseñado la vida, es una cuestión de grados, que hay que medir respecto al sufrimiento o la preocupación o el aburrimiento que la hayan precedido." 

Janet Mcneill. Tea at four o’clock (1956)


La felicidad es incompatible con el miedo. El miedo se adueña de nuestro corazón, de nuestra mente, de nuestra vida, y no nos permite la serenidad, que es hermana de la felicidad. En muchas ocasiones no es la realidad lo que más nos asusta, sino la imaginación descontrolada:

"El miedo es un espejo deformador: cualquier detalle casual se convierte por su fuerza exageradora en algo de dimensiones terroríficas, de claridad caricaturesca; y una vez atizada, la fantasía persigue incluso las posibilidades más increíbles y rocambolescas."

Stefan Zweig. La embriaguez de la metamorfosis (c. 1926)



Y por último, si hemos sido felices la muerte nos asustará menos. Quizá quien no se siente satisfecho con la vida que ha llevado se resista a abandonarla, paradójicamente, tal vez esperando una última oportunidad de disfrutarla. En cambio, cuando la vida ha sido satisfactoria el final se acepta mejor:  

"Puesto que he disfrutado de una buena vida, aceptaré la muerte con toda la alegría posible cuando me llegue [...] También me gustaría que aquellos que me sobrevivan -parientes, amigos y lectores- eviten perder el tiempo y amargar sus vidas con duelos y tristezas inútiles. En vez de eso, deberán estar felices, en mi nombre, porque mi vida ha sido muy buena."

Isaac Asimov. Memorias (1992)


*

Con mis mejores deseos para todos ustedes, para todos nosotros.





viernes, 4 de diciembre de 2020

Remordimientos literarios

Hace poco estuve hablando con un amigo sobre los relatos de Salinger, y salió a colación esa biografía sui géneris escrita por Ian Hamilton y titulada En busca de J. D. Salinger. 

Como quizá sepan ustedes, este libro es una versión remodelada de una obra anterior por la que Salinger demandó a Hamilton, al considerar que atentaba contra su derecho a la intimidad. Porque, entre otros detalles, la obra reproducía cartas privadas sin que él, Salinger, hubiese dado consentimiento para ello.

Salinger consiguió que se prohibiera la publicación de dicho libro, pero Hamilton no se quedó quieto. Al contrario, disfrazó la obra, le dio unas vueltas, y la publicó no como biografía sino como ensayo o investigación sobre el famoso autor de El guardián entre el centeno.

El caso es que esta charla con mi amigo me  llevó a recordar un trabajo sobre Salinger que hice en la universidad, para la asignatura de Literatura norteamericana, y que me causó una extraña pesadumbre.

Recordé cuánto disfrutaba yo indagando por ahí, en busca de información sobre Salinger, estudios de sus obras, etc. Pero lo que mejor recuerdo es que al mismo tiempo que disfrutaba me sentía mal. Y es que por un lado me encantaba la tarea de investigar y escribir sobre un autor por el que tenía una consideración especial (y tal vez algo adolescente, lo reconozco), pero por otro me sentía culpable justamente por eso, por indagar en su vida, sabiendo lo celoso que él había sido siempre de su intimidad y su privacidad. Mi trabajo, pensaba yo, era algo que iba en contra del respeto que sentía por él, como autor y como persona.

Pero esta contradicción que me mortificaba no quedaba ahí. Porque además me molestaba que los estudiosos, los críticos, los periodistas, no dejasen de elucubrar sobre Salinger y escribir sobre él; me molestaba que durante toda su vida el escritor se hubiese sentido perseguido por sus admiradores; que no lo hubiesen dejado en paz. Que no hubiesen respetado ese deseo suyo, tan walseriano,  de no ser nadie, de huir de la notoriedad... pero al mismo tiempo yo era la primera que andaba buscando artículos y ensayos que me diesen información sobre él.

Por otra parte, le cogí mucha manía a Ian Hamilton, por haber escrito esa  obra que tanto enfadó a Salinger y por haberse salido finalmente con la suya mediante un subterfugio literario. Y al mismo tiempo, cómo no, me moría de ganas de leerla.

Lo cierto es que cuando empecé a leer In Search of J. D. Salinger me sentía como una intrusa, casi como una espía, por estar leyéndolo en vez de respetar la intimidad de mi admirado escritor. Qué remordimiento.

Ahora creo que en el fondo de esas contradicciones mías, de toda aquella desazón, de ese querer y no querer, yacía un deseo romántico: la ilusión de un complot mundial, de una especie de cruzada literaria, por la que todos los lectores y admiradores de Salinger boicoteásemos la venta de biografías y cualesquiera libros que especulasen sobre él; que nadie los comprara ni los leyera nunca; que amarillearan ignorados en los sótanos de las editoriales, de las distribuidoras, de las librerías.

Pero, ahora que lo pienso, esta pretensión de condenar libros, de penalizar unas obras que podían ser interesantísimas, serias y eruditas, también se contradice con mi amor al estudio y mi espíritu bibliófilo...

En fin, lo dicho: un sinvivir.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Mi secreto


Nunca le he contado a nadie que a mí  no me gusta leer. Que en realidad nunca he leído ningún libro entero. He empezado unos cuantos, pero me aburro de tal manera que nunca paso de las primeras diez  o quince páginas. No me interesa nada de lo que se cuenta en los libros; la literatura me parece una falsedad, un engañabobos, un pasatiempo para insomnes perezosos.

Pero un escritor, y menos un escritor de éxito como yo, no puede decir eso. Sería un desprestigio, un escándalo que pondría en peligro mi medio de vida. Por eso tengo mi casa llena de libros, para cuando vienen las visitas, y sobre todo los críticos, los colegas y mis alumnos de los talleres de escritura. Hay que guardar las apariencias.

A veces casi me veo en un apuro, cuando en una entrevista, en clase o en cualquier acto literario me preguntan qué opino de tal o cual libro, de tal o cual autor. Pero ya tengo suficiente experiencia para salir del paso, y unas cuantas frases prefabricadas que utilizo según la ocasión. Por ejemplo, si me preguntan por alguna obra de reciente publicación, basta con decir: "No tengo tiempo para estar al tanto de las novedades"; o "Tengo buenas referencias de ese libro, pero no lo he leído aún".

Si me preguntan por mis obras favoritas, respondo: "Los clásicos nunca fallan. Siempre hay que recurrir a los clásicos". Entonces dejo caer algún que otro nombre de prestigio, como Henry James, Tolstoi, Flaubert, y listo. Y si quiero impresionar un poco, Gustav Meyrinc o Marina Tsvietáieva, por ejemplo, quedan fenomenal.

En ocasiones un colega o un alumno me ponen en un verdadero aprieto. Hay libros que, por lo visto, son "imprescindibles" y todo el mundo los ha leído; y me comentan algo de ellos dando por hecho que los conozco bien. En esas ocasiones suelo decir: "La verdad es que ya se ha dicho tanto sobre esa obra que es imposible añadir nada nuevo...". Y entonces  me dan la razón y pasamos a otro tema.

Otras veces me dicen que tal o cual libro mío tiene "claras reminiscencias nabokovianas"; o que en tal otro se perciben alusiones a, qué sé yo, "los poetas malditos del diecinueve". ¿Se puede saber de qué hablan? Pero, claro, tengo que poner cara de fumador de pipa y decir algo interesante. Entonces suelto cosas como: "Bueno, ya sabe usted que el propio autor es muchas veces inconsciente de lo que sus libros pueden sugerir  al lector". Y si me insisten sobre el asunto digo que es un honor que me relacionen con esos ilustres y rezo para que pasen a otra pregunta.

La verdad es que cada vez me resulta más agotador este continuo fingimiento. Y además últimamente noto que me faltan ideas, que escribir se me hace cada vez más cuesta arriba. Tanto es así que he empezado a fantasear con la idea de dar una rueda de prensa para decir la verdad, desvelar mi secreto y mandarlo todo a freír espárragos. Dejar de escribir y poner un bar. Pero tengo firmados contratos y compromisos, y hay tanto montado a mi alrededor, tanta gente que depende de mí, de las ventas de mis libros, que no me lo iban a permitir. 

Sin embargo otras veces pienso que a lo mejor un pequeño escándalo de ese tipo, en el momento adecuado,  podría ser hasta beneficioso: "El autor que nunca ha leído un libro". "El escritor que desprecia la literatura". Seguro que algo así crearía expectación, indignaría a unos y fascinaría a otros, y mis ventas aumentarían sin duda. Como cuando uno se muere y el interés por su obra resucita milagrosamente. El mundo es tan disparatado que necesita sus propias incongruencias para funcionar.

Y, ahora que lo pienso, a lo mejor podría escribir una novela sobre este asunto... Pero no, no creo que funcionara: demasiado incoherente para ser ficción.



miércoles, 4 de noviembre de 2020

Conexiones inconexas

Después de varios meses en los que Juguetes del Viento ha estado de reposo, regreso a este hogar virtual, a este saloncito de tertulias, para volver a charlar con ustedes, si les apetece.

Durante estos meses me han acompañado diversas lecturas, lo cual no es nada sorprendente. Pero a mí sí me ha sorprendido un poco que algunas de esas lecturas se hayan conectado entre sí de manera un tanto curiosa. O quizá es que yo quiero verlo así.

Una de esas lecturas fue Encuentros con libros*, una colección de ensayos y críticas literarias del maestro Stefan Zweig. En uno de los textos Zweig reflexiona sobre los diarios que escriben los adolescentes, y sobre todo las adolescentes, como forma de "rendir cuentas ante uno mismo", y de reflejar no sólo sentimientos y pensamientos, sino también hechos cotidianos, sin gran consecuencia, pero que para el adolescente resultan trascendentales, ya que en esa etapa se vive todo con mucha intensidad.

Dice también Zweig que por eso es excepcional que un adulto lleve un diario, y que sólo los poetas conservan esa manera tan intensa de vivir que tienen los adolescentes, y esa forma "pura y apasionada" de contemplar el mundo y sus misterios.

Y así se conectaron este libro y otro con el que lo estaba alternando: el impresionante Libro del desasosiego*. Porque esta obra es precisamente eso, un diario escrito por un adulto: el  poeta Pessoa. Aunque él, qué curioso, muestra una pasión inversa, por así decir, porque aparece pasionalmente desapasionado, sensiblemente indiferente a la vida, pero, por ello mismo, viviendo intensamente.

Y estas dos lecturas me llevaron, como formando una cadena de intangibles eslabones, a recordar otras páginas más peculiares, personales y exclusivas: mis propios diarios de  adolescencia y temprana juventud.  

Entonces me resultó inevitable hacer un breve viaje al pasado, repasando algunos de los pasajes que escribí entonces.  Y he comprobado que en aquel registro de lo cotidiano, de mis alegrías y mis desasosiegos, están, en efecto, ese entusiasmo, esa intensidad y esa mirada apasionada al mundo y a la vida que menciona Zweig. Y también está "el interés por la realidad, el ansia de conocimiento y el deseo de completar la imagen del mundo". 

De este modo me pareció que mis humildes páginas se conectaban con las ilustres de Zweig  y las eminentes de Pessoa.

Y por último, en otro de los libros leídos en estos meses, Oblómov*, he encontrado otra de estas peculiares conexiones. En los capítulos finales de esta novela, uno de los personajes, Olga Serguéievna, recuerda una etapa anterior de su vida, una etapa en la que "jugaba a vivir", y en la que "se iniciaba en el conocimiento de la vida, la estudiaba, comenzaba a conocer su propia mente y su carácter, iba recopilando datos únicamente..."; y en la que "sus pasos eran inseguros"; "se preparaba para el futuro"...

En aquellos momentos, cuando escribía mis diarios, mi única intención (o la única que yo era capaz de identificar) era conservar y preservar todos esos momentos, todas aquellas vivencias que tan importantes me parecían (y que de hecho eran), para que no se perdieran en el tiempo, para que no se disolvieran en el aire del olvido. Para que no se "marchitaran" -según   Olga y Oblómov en la novela- y quedaran en nada. O quizá para no "sentir el tiempo con un dolor enorme", como dice Pessoa en su Libro.

Pero al leerlos ahora he percibido justamente lo que piensa la heroína de Oblómov, y he comprendido que yo, en efecto, también lo escribía todo, y lo analizaba, para entender mejor las cosas, para ir conociendo la vida. Y, como también señala Stefan Zweig, un intento de conocer mi propio carácter, mi propia forma de pensar, de hacer las cosas y de actuar en cada circunstancia. 

Así es como estas tres obras magistrales se han conectado entre sí, y a su vez se han conectado a mí de una forma muy personal, llevándome además, pasito a paso, a que yo me conecte conmigo misma, con mi yo del pasado, y de la manera más sencilla y eficaz: a través de las palabras.


Jonathan Wolsten Holme


 

*Stefan Zweig. Encuentros con libros. Acantilado, 2020. Traducción de Roberto Bravo de la Varga.
*Fernando Pessoa. Libro del desasosiego. Seix Barral, 1997. Traducción de Ángel Crespo.
*Iván Goncharov. Oblómov. Alba, 2002. Traducción de Lydia Kúper de Velasco. 

domingo, 2 de agosto de 2020

Gracias


Este verano Juguetes del viento ha cumplido doce años.

Sin embargo, al contrario que en los cumpleaños anteriores, esta vez no ha habido celebración, ni siquiera un brindis en la intimidad. Y es que, por unas cosas y otras, este año el blog tiene el corazón triste. Tan triste que incluso está pensando que quizá sea hora de jubilarse. 

Con todo, el balance de estos doce años es tan positivo, tan extraordinario, que me siento privilegiada, no sólo por haber podido mantener activo el blog, sin interrupción, durante todo este tiempo, sino también  y sobre todo, por los blogs y las personas que he conocido gracias a Juguetes del viento, personas de cuya presencia aquí me enorgullezco.

Por eso, y aunque no haya celebración, yo quiero darles las gracias, una vez más, a todos ustedes: a los lectores que ya no están pero que durante un tiempo  mantuvieron el blog vivo y alegre con su presencia, esa que tanto echo de menos. Y por supuesto a los que, para mi contento, siguen estando,  dándole sentido con sus comentarios y su generosidad.


flowers illustration



jueves, 16 de julio de 2020

Espantaperros

(Divertimento veraniego)

El primer día Miguel casi se cayó de la bicicleta cuando, a su paso, los perros se abalanzaron sobre la verja de la casona. Pero ahora ya sabía que estaba siempre cerrada y que no había peligro.

Sin embargo las cosas nunca pasan hasta que pasan por primera vez,  y un día, cuando los perros se abalanzaron de nuevo sobre la verja, la oxidada cerradura cedió por fin. Los animales, sorprendidos por su inesperada libertad, tardaron en reaccionar unos segundos, que fue el tiempo que Miguel tuvo para acelerar a cámara lenta y empezar a pedalear como si quisiera hacerle sangre al camino.

Pero los perros en seguida llegaron a su altura, y aunque Miguel lanzaba patadas a un lado y a otro alternativamente, las fieras apenas se despegaban de la bicicleta.

Miguel, que hacía aquel trayecto a diario, sabía que después de un recodo del camino había un olivo muy grande, y tuvo una idea desesperada. Mientras seguía lanzándole patadas a su comitiva canina, fue frenando un poco, y al llegar junto al olivo saltó de la bicicleta  y trepó por el tronco como un mono inesperado.

Allí subido se sintió a salvo, y pensó que los perros se aburrirían y se marcharían. Pero no. Se quedaron al pie del árbol, dando vueltas alrededor del tronco y mirando hacia arriba.

Pasaron diez, quince minutos, y Miguel empezó a ponerse nervioso. No podía llegar tarde a la piscina, porque  mientras no llegara el socorrista no abrirían. Entonces, viendo que los perros no se marchaban,  echó mano a  su mochila que por suerte seguía colgada a su espalda. De un bolsillo sacó su teléfono, pero, qué sorpresa, no había cobertura. 

Los perros se habían echado al suelo, y Miguel confió en que con el cansancio de la carrera y el calor, que ya iba aumentando, se quedarían dormidos. Pero en cuanto Miguel hacía cualquier movimiento se enderezaban  y gruñían como un motor ahogado.

Encaramado entre la fronda y las aceitunas,  a Miguel le pareció que las pruebas deportivas que superaba con tanta facilidad en las clases de preparación física eran un juego infantil comparadas con aquella situación. Y entonces pensó que la salida de una circunstancia como aquella no dependería sólo de capacidades físicas sino también del ingenio. Y se acordó de que al perro que tuvo él de pequeño le daba miedo cualquier objeto que no le resultase familiar, como los juguetes nuevos, que por alguna razón de psicología perruna el animalillo consideraba una amenaza.

Volvió a abrir la mochila para ver si llevaba algo que pudiese dar miedo a un perro; pero aparte del móvil inútil sólo llevaba lo de siempre: su billetera, una camiseta blanca de repuesto, el bolígrafo con el que siempre firmaba, y el libro que estaba leyendo esos días: El barón rampante, de Italo Calvino.  Lo miró con una sonrisa de incredulidad y volvió a guardarlo. Y entonces, quién sabe si inspirado por la inventiva de Cósimo Piovasco, Miguel tuvo una idea.
Sacó la camiseta que llevaba en la mochila, cerró la parte de abajo con el cordón de una de sus zapatillas y las mangas con un nudo en cada una. Después  empezó a meter aceitunas, hojas y ramitas por el cuello de la camiseta, hasta que tuvo un monigote compacto; y con el cordón de la otra zapatilla cerró también el cuello. Por último, con el bolígrafo le pintó a la camiseta unos grandes ojos como agujeros negros y una boca feroz.

Miguel se preparó, sosteniendo el monigote, y confiando en que la bicicleta no estuviera muy dañada. Los perros percibieron movimiento en el árbol y se pusieron en guardia de nuevo. Y entonces, sin pensarlo más, Miguel saltó al suelo, gritando y agitando el monigote delante de sí, como si fuese una máscara dislocada y un escudo al mismo tiempo. 

Al instante los perros enmudecieron, los ojos desorbitados y el cuerpo echado hacia atrás, paralizados. Miguel siguió agitando el pelele y gritando mientras se acercaba a la bicicleta. Cuando la alcanzó, la puso en pie y se subió a ella sin dejar de mirar a los perros, que seguían inmóviles y lloriqueando. 
En el momento de empezar a pedalear les arrojó la camiseta espantaperros, y los animales echaron a correr en dirección a la casona, de la que seguramente no querrían volver a salir.


vintage plants


domingo, 28 de junio de 2020

La vida (nada menos)


Se dice que el arte en general, y la literatura en particular, pueden definirse como un intento de entender la vida, el mundo, el sentido de la existencia humana.
Esto me hace pensar que si pudiéramos, de manera mágica, formar una especie de mosaico con todas las grandes obras literarias que nos ha dado la historia, quizá podríamos tener una visión completa de qué somos los seres humanos y de qué es la vida, en sentido filosófico o metafísico.

Da vértigo sólo pensarlo, pero nuestra condición humana, nuestra naturaleza curiosa y detectivesca, nos empuja sin remisión a investigar el misterio, a intentar ahondar en sus entresijos, aunque sepamos, tal vez, que nunca llegaremos a una conclusión definitiva.

Dice Stefan Zweig en Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski)* que "Novelista, en el sentido más elevado de la palabra, sólo lo es el artista universal que construye todo un cosmos, con sus propios modelos, sus propias leyes de gravitación y su propio firmamento". Y añade que  cada uno de los tres escritores a los que dedica sus ensayos "crea una ley de vida, un concepto de la vida, con la plétora de sus figuras, y los destaca con tanta armonía que gracias a él el mundo adopta una nueva forma".

Quizá se podría decir que esos auténticos novelistas, (los analizados por Zweig y otros cuantos más que podrían formar parte de su categoría), lo que hacen es crear un universo, un mundo entero,  que sirva como una especie de maqueta, un modelo a escala reducida, del real, del que habitamos físicamente. Y ahí, en esa maqueta literaria, intentan reproducir la vida, nada menos, con todas sus complejidades pero con una perspectiva que nos permite abarcarla con el limitado alcance de nuestros sentidos humanos. Como si contempláramos una casita de muñecas en la que pudiéramos ver todas las habitaciones a la vez y toda la vida que se  desarrolla en ellas. Una visión semejante a la que tendría un ser superior que nos contemplase a nosotros desde arriba, desde otro mundo que abarcara el nuestro.  

Cuando leí los ensayos de Stefan Zweig  me resultó inevitable pensar en dos autores contemporáneos por los que tengo especial predilección: Stephen King y Mircea Cartarescu.  Porque si el verdadero novelista "es el artista universal que construye todo un cosmos con sus propias leyes", y crea "un concepto de la vida",  sin duda  King y Cartarescu lo son.

Porque Cartarescu es creador de un mundo que refleja el nuestro pero lo modifica, y que se sostiene, como flotando al margen de nuestra realidad, por la acción de un gran solenoide oculto. Y King ha construido una torre oscura que sirve de eje a un universo entero con un destino propio.

Por eso me gusta pensar que  si el maestro Zweig escribiera hoy en día, también él los consideraría  novelistas "en el sentido más elevado de la palabra".


fractal

*Stefan Zweig. Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski).
Acantilado, 2004. Traducción de J. Fontcuberta.

martes, 9 de junio de 2020

Epitafios

(Inspirado por  Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters)



Howard Phillips

Aquí yace el sepulturero
Enterrado por su sucesor
Su único descendiente
Espero haberle enseñado bien el oficio

✝️


Algernon Bloch

Bajo esta lápida
Yace el marmolista
Que labró estas palabras
Con sus propias manos
y sus últimas fuerzas

✝️


Nathaniel Usher

Veinte años pasé
a las puertas del cementerio
Abriendo y cerrando la verja
Ahora soy yo quien está dentro
Y sé mejor que nadie
Que no hay camino de vuelta

✝️


Shirley Oliphant

Ahora deseo que exista
El Dios en el que nunca creí


✝️


Stephen Blackwood

Qué necio fui creyendo
Que necesitaba oro y poder
Todo lo necesario ya lo tengo
Ahora que estoy a tus pies

✝️


Margaret Jackson

Viví la vida que elegí
Sencilla y sin exigencias
No tengais pena, me voy contenta
Muere tranquilo quien ha sabido vivir






viernes, 22 de mayo de 2020

Ricos para siempre


Estos días vuelvo a leer los ensayos literarios de Robert Louis Stevenson.

Stevenson escribe sobre hombres muy interesantes e inteligentes, sobre grandes autores de la literatura europea y norteamericana (Poe, Hawthorne, Victor Hugo, Balzac, Montaigne, Robert Burns,  Shakespeare...), y analiza sus obras y sus pensamientos con tal agudeza y penetración que a mí me parece que él, el propio Stevenson, es el más inteligente de todos.

En uno de los ensayos, por ejemplo, compara a Thoreau con Walt Whitman, y dice que sus filosofías, tan dispares, son similares en el fondo. De Thoreau dice que persigue la superación, que es maleducado y rudo; de Whitman, que persigue la felicidad, le gusta comunicarse y ama a los demás; que mientras Thoreau vive dedicado a la superación y la mejora, el hombre feliz (Whitman) rezuma bondad y nos ayuda a vivir a los demás.
Y si siendo tan dispares, son, como dice Stevenson, similares, entonces entiendo por qué me gustan los dos.

También compara a Dickens y Thackeray respecto a una cuestión muy concreta de su literatura. Pero tampoco aquí hay ganador ni perdedor: su juicio es ecuánime, otorga a cada uno lo que le corresponde.  En cambio nosotros, los lectores, sí que ganamos: ganamos una visión de las cosas que probablemente se nos escaparía, y unas ideas que enriquecerán nuestras lecturas y les darán profundidad, con todo lo que esto implica.

Los libros nos cambian, y de eso habla también Stevenson, refiriéndose a la ficción. No sé si él pensó alguna vez que sus propias obras de ficción formarían parte de ese olimpo literario que él analizaba con tanta pasión. Pero es probable que no llegara a imaginar que sus otras obras, sus ensayos, serían para algunos de nosotros una fuente de conocimiento y de placer igual de provechosa, grata y estimulante.

Y es que hay libros que yo imagino como cofres del tesoro, de esos que los piratas entierran en islas perdidas, y que contienen no perlas ni diamantes ni monedas de oro, sino las ideas y las palabras de los mejores hombres que han pisado el mundo.
A veces cuesta descubrir dónde están, pero cuando damos con ellos, sentimos que ya somos ricos para siempre. 



isla del tesoro