miércoles, 22 de mayo de 2019

Mi querida aspiradora

Cuento


Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Pero eso no lo supe hasta media hora después, cuando terminé la limpieza del dormitorio y volví al salón. Entonces vi el pilotito rojo que parpadeaba indicando que alguien había llamado.

No me procupó haber perdido la llamada, todo lo contrario: que el ruido de la aspiradora me impidiese oír el teléfono me pareció una circunstancia muy feliz. Porque no me gusta hablar por teléfono. Y el sonido de las llamadas me pone muy nerviosa. Y porque, en este caso además, antes de comprobar el registro yo ya sabía de qué se trataba: alguien de la oficina de empleo me habría anunciado que yo era la candidata seleccionada para el trabajo. Ese trabajo que yo no quería.

Cuando dos semanas antes me llamaron para presentarme la oferta de empleo la acepté y acudí a la entrevista correspondiente por una sencilla razón: porque no soy capaz de decir que no.  Y por esta misma razón ahora habría aceptado ese empleo indeseado si hubiese respondido a la llamada. 

A esta incapacidad para decir que no se añade  otra: tampoco soy capaz de no descolgar el teléfono si lo oigo sonar. Aunque no quiera hablar. Ni aunque vea en la pantalla que es un operador de telefonía. Ni siquiera cuando veo que es ese amigo que me llama  cada pocos días y que me hace perder el tiempo lastimosamente con sus tediosos e inacabables monólogos. Porque tengo un problema más: una vez que descuelgo, tampoco soy capaz de decir que estoy ocupada, ni de inventar alguna excusa para poner fin a la conversación. 

Creo que debería pasar la aspiradora más a menudo.


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lunes, 13 de mayo de 2019

Mes de mayo, me desmayo

Seguimos celebrando los diez años de historia de Juguetes del viento. Esta entrada se publicó originalmente el 18 de mayo de 2011.


El mes de mayo es un mes peculiar.

Es un mes en el cual pasan muchas cosas que no pasan durante el resto del año. Es el mes de las flores, de las alergias, del tiempo raro, de la operación bikini… Pero sobre todo es el mes de la Primera Comunión.
Yo he tenido ocasión de asistir a varias comuniones en los últimos años, y basándome en mis experiencias, he llegado a la conclusión de que estas celebraciones evolucionan sin parar y siempre hacia la exageración.

En esta evolución hay varios elementos que me parecen destacables. Por ejemplo, la cuestión de los regalos.
children religionQue no es algo fácil, desde luego. Los invitados se devanan los sesos  intentando imaginar algo que el niño no tenga todavía, pero siendo esto prácticamente imposible, se piensa en algo que por lo menos no tenga repetido varias veces. 

Aunque también está la opción de regalar dinero, que es lo que hacen quienes no tienen ganas o tiempo de calentarse la cabeza, y quienes se guían por el sentido práctico de la vida... o no. Porque lo cierto es que   recientemente he descubierto que existe  una nueva modalidad de invitación, que consiste en  que cuando los padres del comulgante te invitan a la ceremonia y posterior ágape, te dicen por las claras que los regalos los quieren en efectivo, por favor. 
Con lo cual la opción de regalar money ya no es tal opción, sino un requerimiento.

Los almuerzos  de comunión, por lo que he visto, también han evolucionado muchísimo.
Hasta mediados de los 90, más o menos, consistían en una sabrosa comida con la familia más cercana en un restaurante de categoría media.
Pero  hoy día se organizan auténticos banquetes, con muchos  invitados y en salones de hoteles o restaurantes de empaque,  preferentemente con jardines y zonas acondicionadas para el esparcimiento de la chiquillería.

Holy Supper picturesY esto nos lleva a otro elemento que caracteriza la celebración actual, ya sea de primeras comuniones o de bodas: el banquete hay que celebrarlo cuanto más lejos mejor.
Nada de ir a un sitio que quede a mano, que resulte cómodo para los invitados que no tienen coche, o para los que no disponen de mucho tiempo, o para los que se quieren recoger pronto.

No, no, quedarse cerca está completamente descartado. Hay que ir a un lugar que quede a trasmano, muy a trasmano a ser posible, para que así pueda tener lugar otro de esos ritos  esenciales de estas celebraciones: los corrillos de invitados a la puerta de la iglesia, dándose instrucciones unos a otros para llegar al lugar del convite.

"Coges la autovía y tiras como para el aeropuerto, pero antes de llegar coges la rotonda que hay enfrente de la gasolinera. Sales por la derecha, sigues hasta la siguiente rotonda, coges a la izquierda, que hay un campo de golf, sigues todo recto y ya verás un cartel que dice: “Está usted abandonando el mundo conocido”. Pasas el cartel y te metes por un camino de cabras que hay, y al final, después de una pista de barro, está el restaurante. No tiene pérdida."

Y así se consigue además que los invitados lleguen cansados y acalorados tras semejante periplo, de manera que no les queden fuerzas para quejarse por la hora y media que todavía habrán de esperar para probar  la sinfonada de hortalizas con reducción de balsámico.
Y no es que tengan hambre, sino una curiosidad tremenda por ver en qué consiste el plato.

Para que esta semblanza de las primeras comuniones fuera completa,  quedaría por tratar el asunto de determinados asistentes a la ceremonia religiosa,  cuyo comportamiento y actitud supone para mí una continua sorpresa.

Pero dada la complejidad del tema lo dejamos para otra ocasión.


viernes, 3 de mayo de 2019

Palabras de chocolate



Cuando hablamos de los placeres y beneficios de la lectura solemos mencionar una serie de ideas que, aunque sean por completo ciertas, a veces pueden resultar un poco tópicas. Se dice, por ejemplo, que los libros nos dan la posibilidad de vivir muchas vidas distintas; o que nos ayudan a entender mejor la condición humana. O también que son una forma de viajar, de conocer otros mundos y otras épocas, tanto reales como imaginarios. Alible. También decimos, claro está, que son una fuente de conocimiento, de transmisión y preservación de ideas, y de inspiración para la creación de nuevas obras. O que ensanchan nuestra mente, que nos hacen compañía, nos divierten, nos consuelan. O, siguiendo a Dostoievski, que fortalecen el corazón de las personas. 

Pero hay un beneficio más, uno que, me parece a mí, no se nombra con la misma frecuencia que los anteriores, quizá porque es muy evidente. Intérlope. Me refiero a que la lectura es una forma, quizá la mejor forma, de descubrir y aprender  palabras
Como ya dijimos en otra ocasión, cada palabra que añadimos a nuestro diccionario personal es como una llave que abre una puerta,  y cada puerta nos deja ver un trocito más del panorama, ampliándose así cada vez más nuestra visión y comprensión de todo esto que llamamos mundo, vida, o realidad. Galicinio.

Porque, claro, las palabras lo nombran todo, dan identidad a lo tangible y a lo inmaterial, a lo ocurrido y a lo pensado, a lo sentido y a lo soñado. Y cuando podemos darle un nombre a las cosas, éstas se vuelven cercanas, asequibles, se ponen a nuestro alcance, a nuestra disposición. Onomatodoxia. Por eso las palabras nos dan la capacidad no ya de expresarnos mejor sino de pensar mejor, porque a través de ellas podemos manejar y dar forma a algo tan inasible como las ideas, los conceptos y las imágenes.  

Y algunas, además, son tan curiosas, tan sonoras, tan espléndidas, independientemente de lo que signifiquen, que vale la pena conocerlas por sí mismas, por el mero gusto de saber que existen, y asimilarlas con el deleite de quien paladea un bombón.

Por eso a mí me encanta encontrar palabras nuevas cuando leo un libro. Me parecen un regalo añadido al propio placer de la lectura; una golosina léxica que aparece por sorpresa en la página, como un colorido huevo de Pascua en un jardín primaveral.




huevos de Pascua Easter eggs


jueves, 18 de abril de 2019

Te propongo una cita



Como en otras ocasiones, les traigo hoy unas cuantas citas extraídas de libros que he estado repasando en los últimos días.
Y como las veces anteriores, algunas de esas citas, frases, ideas o reflexiones que me voy encontrado señaladas en las páginas, me traen al pensamiento a personas determinadas.

En efecto, me resulta inevitable relacionar pasajes concretos con personas concretas, incluidas las que amablemente visitan este blog, aunque es muy posible que para algunas de esas relaciones no haya una razón particular. Puede que ni siquiera conozca mucho a la personas a la que asocio con una determinada idea, con un determinado pensamiento; y puede que me equivoque por completo en algunos casos, claro está.

Por eso, tanto si acierto como si me equivoco, lo que  me resulta verdaderamente interesante es que ustedes mismos me digan, si les parece bien, cuál o cuáles de las citas que les propongo les gusta más, o, si se da el caso, con cuál se sienten más identificados.

En cualquier caso, a mí me gustan tanto y me parecen tan interesantes todas, que me complace compartirlas aquí, porque creo que a ustedes también pueden gustarles. Y espero que así sea:
  

Lo que todas las generaciones olvidan es que, mientras las palabras que se usan para describir ideas siempre están cambiando, las ideas en sí mismas no cambian tan rápido, ni esas ideas son nuevas en modo alguno […] Si confinamos toda nuestra atención a la jerga actual —es decir, si nos dedicamos tan solo a la literatura moderna— creeremos que el mundo está progresando cuando tan solo se está repitiendo.

Rudyard Kipling. “Los propósitos de la lectura” (1912)

*

El señor Hamil me decía a menudo que el tiempo viene lentamente del desierto, con sus caravanas de camellos, y que no tiene prisa porque transporta la eternidad. Pero siempre resulta más bonito cuando se cuenta que cuando se ve en la cara de un viejo que se deja robar cada día un poco más, y si quieren mi opinión, al tiempo hay que buscarlo entre los ladrones.
Romain Gary. La vida ante sí (1975)

*

Todo en este mundo viene a parar en simple nimiedad, y el hombre que por voluntad de otros, sin seguir sus inclinaciones o su propia necesidad, se consume trabajando por el dinero o por los honores, será siempre un loco.
J. W. Goethe. Werther (1774)


El día y la noche, el día y la noche siempre. ¿No habrá nunca nada más? Acaso me volvía el mismo confuso deseo de que alguna vez, al despertarme, no hallara solamente el día y la noche, sino algo nuevo, deslumbrante y doloroso. Algo como un agujero por donde escapar de la vida.
Ana María Matute. Primera memoria (1959)

 *

Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos y los otros mil similares sobre los que suele vagar un ojo con natural indiferencia, puede de pronto adoptar para mí, en cualquier momento que de ningún modo soy capaz de propiciar, una singularidad sublime y conmovedora; para expresarla, todas las palabras me parecen demasiado pobres.

Hugo von Hofmannsthal. Carta de Lord Chandos (1902)

*

[…] empecé a comprender la importancia que tenía ser capaz de entusiasmarse por algo en esta vida. Él me enseñó que si te interesas por alguna cosa, sea cual sea, debes volcarte sobre ella con todas tus fuerzas. Abrazarla con ambos brazos, apretujarla, amarla, y sobre todo apasionarte por ella. Si no hay entusiasmo nada vale la pena.

Roal Dahl. Mi tío Oswald (1979)


En cierto momento de mi vida me hice mis cuentas: si salgo de casa para disfrutar de la compañía de una persona inteligente, de una persona honrada, me encuentro afrontando, por término medio, el riesgo de tropezar con doce ladrones y siete imbéciles que están ahí, dispuestos a comunicarme sus opiniones sobre la humanidad, sobre el gobierno, sobre la administración municipal, sobre Moravia… ¿Le parece que vale la pena? […] Y además en casa estoy tan a gusto, y especialmente aquí dentro —alzó las manos para indicar y englobar todos los libros de alrededor.
Leonardo Sciascia. A cada cual lo suyo (1966)


Laura Muntz Lyall. "Interesting Story" (1898)


Las citas corresponden a las siguientes ediciones:

-Rudyard Kipling. Discursos. La Dragona, 2018. Traducción de Marta Gámez.
-Romain Gary. La vida ante sí. Debolsillo, 2018. Traducción de Ana María de la Fuente.
-J. W. Goethe. Werther. Cátedra, 2013. Traducción de Manuel José González.
-Ana María Matute. Primera memoria. Austral, 2010.
-Hugo von Hofmannsthal. Carta de Lord Chandos. Alba Editorial, 2001. Traducción de Antón Dieterich.
-Roal Dahl. Mi tío Oswald. Anagrama, 2017. Traducción de Enrique Hegewicz.
-Leonardo Sciascia. A cada cual lo suyo. Alianza Editorial, 1992. Traducción de Ester Benítez.



martes, 9 de abril de 2019

La bombonera azul


Seguimos recordamos la historia de Juguetes del viento con motivo del  décimo aniversario del blog. Esta entrada se publicó originalmente el 22 de marzo de 2014.


La casa de mi tía Rosita era un lugar especial. Olía a perfume y todo estaba siempre muy limpio. Los suelos parecían  espejos y los espejos ventanas abiertas a un mundo real.
Mi tía Rosita también olía a perfume y cuando me daba un beso casi me mareaba.
Hablaba con una voz muy suave que parecía siempre a punto de apagarse, como una vela de cumpleaños, y sus movimientos eran tan sosegados que la pulsera que llevaba apenas se movía.

Algunas veces mi tía me preguntaba si quería un caramelo. Entonces se levantaba, iba a otra habitación y volvía con uno, uno solo, cogido con dos dedos que parecían de nácar.
Se inclinaba y me decía:
-Toma, bonita. Te lo cambio por un beso.

Y a mí aquellas palabras, pronunciadas siempre de la misma manera, me parecían la fórmula mágica de algún hechizo.
Mi tía tenía muchos objetos que me fascinaban, como un reloj de arena y un libro con las tapas en relieve. Pero lo que más me atraía de todo era una bombonera de cristal tallado, de color azul, que destellaba como un diamante.

La primera vez que me fijé en ella le pregunté:
-¿Qué es esto, tía Rosita?
-Eso es una bombonera. La tengo desde que era pequeña como tú –respondió ella con su voz de hada.

Siempre que íbamos a su casa nos sentábamos a la mesa, y mientras mi tía y mis padres charlaban y tomaban café, yo, con una magdalena que me duraba toda la tarde, contemplaba embelesada la bombonera.
Me resultaba un objeto enigmático, tan reluciente, tan perfecto, y hasta creía que si la abría saldrían de su interior unos rayos de colores, una música misteriosa o un soplo de polvos brillantes.
Quería levantarme y acercarme al mueble, tocar la bombonera con las dos manos y abrirla despacio para ver qué había dentro, para ver qué salía de allí.
Pero nunca me atreví. Temía romperla y que ocurriera algo terrible, y también porque yo quería que siguiera allí para poder mirarla.

Un día, estando en casa, le pregunté a mi madre:
-Mamá, ¿la tía Rosita quién es?
-¿Cómo qué quién es? Pues es tu tía, la hermana de papá –dijo mi madre. 
Pero eso ya lo sabía yo. Mi pregunta buscaba otra respuesta, porque yo estaba convencida de que mi tía no era una persona como las demás.
-Pero ¿ella qué hace cuándo nosotros no estamos en su casa?
-Pues lo que hace todo el mundo, hija –dijo mi madre-. Trabaja, va a la compra, duerme… como todo el mundo. 
Aquella respuesta no me servía tampoco, porque mi tía no era como todo el mundo, así que yo no creía que hiciera lo mismo que los demás.
Entonces pregunté otra cosa:
-Mamá, ¿tú sabes qué hay en la bombonera?
-¿En qué bombonera?
-En la bombonera azul de la tía Rosita –dije, decepcionada por la duda de mi madre, porque para mí no había en el mundo más bombonera que aquella.
-Pues no sé –dijo mi madre-. Cualquier cosa. O a lo mejor no hay nada.
Y añadió:
-Pero no le preguntes, ¿eh? No se debe curiosear en las cosas de los demás.

Me conformé con la idea de no preguntarle a la tía Rosita, pero que dentro de la bombonera no hubiera nada me parecía imposible de aceptar. ¿Cómo no iba a haber nada allí dentro? ¿Para qué serviría algo tan especial si no era para contener algo especial?

En la siguiente visita, antes de marcharnos,  mi tía me dijo algo que me sorprendió y me entusiasmó de tal modo que por un momento dejé de respirar.
Me dijo que sabía cuánto me gustaba la bombonera y, cogiéndola del mueble con mucho cuidado, me la dio.
-Ahora es tuya –dijo-. Espero que la tengas durante mucho tiempo.
Yo no dije ni una palabra, solo recibí la bombonera y la sostuve entre mis manos como si fuera un pajarillo caído del nido.
Pensé que a continuación mi tía me contaría algún secreto o me daría instrucciones especiales o me pediría alguna promesa.
Pero  no me dijo nada más.

Cuando llegamos a casa fui a mi habitación y me senté en la cama con la bombonera en las manos. La miraba sin cansarme, sin creer aún que fuese mía.
Y entonces la abrí. Levanté la tapa muy despacio esperando descubrir algún secreto, preparándome para ver algo extraordinario.

Pero no ocurrió nada. La bombonera estaba vacía y solo se veía el cristal del que estaba hecha, tan pulido y brillante que parecía líquido.
En ese instante me sentí desilusionada, pero este sentimiento duró poco porque enseguida comprendí, sin palabras, que el misterio de aquel objeto estaba en sí mismo, en su capacidad para emocionarme y hacerme soñar.
No, no estaba vacía, es que lo que contenía no estaba dentro.




sábado, 30 de marzo de 2019

Un paseo por el campo


Iba por el campo un perro, arrastrando la nariz por el suelo. De vez en cuando se detenía,  volvía la cabeza hacia el hombre y lo miraba como diciendo: «Adelante, todo despejado». 

Al pie de un gran árbol el perro se entretuvo más de lo habitual, aplicando la nariz con especial interés.  Entonces levantó la mirada de nuevo, y esta vez además ladró como nervioso. «Qué habrá visto ahora el detective canino», se dijo el hombre mientras se acercaba al perro y miraba hacia abajo para seguirle el juego.
—Ah, vaya, pero si es una flor. Muy bonita, inspector. Anda, vamos, que está apretando el calor.

Pero el animal se quedó clavado en el sitio y volvió a ladrar, y el hombre le vio algo en la mirada que lo obligó a tomar en serio su insistencia. Entonces se agachó, miró la flor con más atención, y casi se cayó del sobresalto.  El perro lo miró ufano, mientras el hombre, atónito, alargaba la mano para tocarla.
—No la arranques —dijo una vocecilla desde el interior de la flor.
Y el hombre, dudando de lo que veía, retiró la mano al instante.
—No le digas a nadie que me has visto, por favor —dijo de nuevo la voz—, pero si puedes, tráeme un poco de agua, ¿quieres?

Siempre que salía a pasear por el campo, el hombre llevaba agua, para él y para el perro, así que sacó su botella, la destapó, y sintiéndose un poco tonto preguntó:
—¿Te la echo por encima o en el suelo?
Y el niño diminuto que se acurrucaba en la corola respondió:
—Por encima, por favor, pero despacito.
Con mucho cuidado el hombre dejó caer el agua en el interior de la flor, mientras veía cómo el niño, risueño, bebía y se bañaba.
Y el perro, con la cabeza inclinada, observaba en silencio.



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martes, 19 de marzo de 2019

Sin que nadie me vea

(Divertimento primaveral)


7 de marzo

Hace unos días, mientras me duchaba, ocurrió algo inexplicable: empecé  a volverme transparente.  Cuando abrí el grifo y el agua empezó a llevarse la espuma, me di cuenta de que debajo no estaba mi cuerpo. Bueno, sí estaba, porque lo notaba, podía tocarlo; pero se confundía con el agua, sólo se percibía el contorno. Parecía una de esas estatuas de hielo. Y a continuación, poco a poco, fui desapareciendo del todo. ¡Me volví invisible! Pero después, durante la tarde, fui reapareciendo.

18 de marzo

Cuando era pequeño vi una película sobre un hombre invisible, y desde entonces siempre pensé que me gustaría ser invisible  para dedicarme a salvar el mundo. Me colaría en  las reuniones de los maleantes, me enteraría de sus planes y se los echaría a perder. Les quitaría las armas, las drogas o lo que fuera, y mandaría cartas a la policía para que los pillaran. Me sentaría  tranquilamente en los despachos de los corruptos, sin que nadie me viera, y escucharía sus conversaciones, y luego mandaría toda la información a los periódicos.

El caso es que creo que ahora estoy cerca de poder hacer realidad todo eso. He estado recordando detalles y ya sé a qué se debió que me volviera invisible. El día 7, antes de la ducha, me había tomado un yogur de piña, que, según vi después, llevaba varios días caducado. Y luego, al ducharme, usé un gel de una marca nueva. Pensé que la combinación del yogur caducado con algún componente del gel había producido el sorprendente fenómeno en mi organismo, así que hice una prueba. Me tomé otro yogur caducado y después me duché, y voilá, como dicen lo magos: volvió a ocurrir exactamente lo mismo.
O sea que ahora puedo volverme invisible a voluntad. El efecto sólo dura unas tres horas al día, pero creo que si aumento las dosis de yogur durará más. El yogur tiene que ser de piña, he comprobado que con otros sabores no funciona; y el gel tiene que ser el de la marca nueva.

26 de marzo

Mis experimentos de estos días  han dado el resultado que yo esperaba. Si me tomo dos yogures antes de ducharme, la invisibilidad me dura seis horas. ¡Seis horas cada vez! Tiempo suficiente para llevar a cabo mi sueño de convertirme en justiciero. Y si me hace falta más tiempo me tomo tres yogures.

30 de abril

Ya he empezado a sacar provecho de mi invisibilidad. Por ejemplo, me cuelo en las cocinas de los restaurantes, y  sin que nadie me vea, me zampo lo que se me antoja. Me cuelo también en los conciertos, y, si quiero, hasta me subo al escenario. También he ido de viaje por todas partes, en primera, claro…  
Pero todo esto es sólo para practicar. Dentro de poco empiezo a salvar el mundo.


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domingo, 10 de marzo de 2019

Ingredientes para un enigma


 Seguimos celebrando los diez años de Juguetes del viento recordando algunas de  las entradas que conforman la historia del blog.

Ésta se publicó originalmente el 25 de agosto de 2014.


¿Se imaginan ustedes que existiera un libro escrito en un idioma que nadie entendiera? ¿Y que estuviera además lleno de  dibujos y gráficos que nadie supiese interpretar?
¿No sería intrigante un libro así, de factura medieval, de cuidada caligrafía y vivo colorido, que hubiera llegado hasta nosotros sin título, sin fecha y sin nombre de autor?
Pues lo cierto es que tal libro existe, y que no son estos los únicos hechos  interesantes relacionados con él.

Wilfrid VoynichPensemos ahora  en un joven polaco, químico de formación, que por motivos políticos fue encarcelado y deportado a Siberia en 1885;  que cinco años después consiguió escapar y que tras diversos avatares pudo llegar a Londres, donde se estableció definitivamente y comenzó una nueva vida como coleccionista y vendedor de libros  antiguos y curiosos.
El joven se llamaba Wilfrid Voynich.

Ahora nos vamos a Italia. Allí, en la ciudad de Frascati, había un antiguo edificio llamado Villa Mondragone, que pertenecía a la Biblioteca del Vaticano y que los  religiosos jesuitas habían convertido en escuela privada. A principios del siglo XX, necesitados de dinero, los religiosos  decidieron  vender parte de los fondos de su biblioteca. Ante tal reclamo para bibliófilos no es de extrañar que Voynich viajara hasta allí y acabara comprando una buena cantidad de manuscritos.
Entre ellos estaba el libro indescifrable, que desde poco después sería conocido como Manuscrito Voynich.

Esto ocurrió en 1912 y desde entonces hasta hoy el manuscrito Voynich ha seguido siendo un verdadero misterio sin resolver.
Muchos expertos, incluido el propio Voynich, trataron de descifrar el contenido de sus páginas, y tan imposible resultaba que algunos decidieron que el libro era una falsificación, que el idioma en el que estaba escrito era una lengua inventada y que en realidad no había nada que descifrar porque no significaba nada.

Manuscrito Voynich Se llegó incluso a acusar al propio Voynich de ser el autor del fraude, de haber creado un falso libro antiguo.
Sin embargo, investigaciones posteriores permitieron datar con certeza el manuscrito en  el siglo XV. Y también se  averiguó que el lenguaje  en el que está escrito tiene rasgos en común con las lenguas naturales. Es decir, no era un lenguaje inventado, sino un idioma real codificado.

Esto llevó a pensar que el libro pudiese ser un tratado de alquimia, pues los alquimistas, considerados herejes, publicaban sus estudios e investigaciones en textos cifrados. 

Pero teorías sobre el contenido y el idioma del libro hay otras muchas, como la que afirma que se trata de una obra de juventud de Leonardo da Vinci;  la que propone que se trata de un manual de higiene escrito en alemán medieval y en espejo, es decir, con la caligrafía invertida; la que asegura que es un texto escrito en un idioma secreto y que Jesús entregó a Judas; o mi favorita, según la cual el manuscrito Voynich es un libro llegado del futuro, escrito en hebreo cifrado y que trata sobre tecnología alienígena.

Manuscrito Voynich 
A pesar de todos los intentos, serios o disparatados, por descifrar el enigma, Voynich murió en 1930 sin saber cuál era el mensaje de su libro.
El siguiente propietario del manuscrito fue un coleccionista americano, Hans Peter Kraus, que lo compró a los herederos de Voynich en 1961, y que en 1969 lo donó a la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, donde se conserva en la actualidad.

Y de actualidad vuelve a estar el manuscrito Voynich en 2014.
El pasado mes de febrero se anunció que Stephen Bax, lingüista de la universidad de Bedfordshire y experto en manuscritos medievales,  ha conseguido penetrar en el misterio del libro y dar con la clave para desentrañarlo, utilizando minuciosas técnicas de análisis lingüístico.

Así ha logrado decodificar nueve palabras, correspondientes a nombres de estrellas y plantas como tauro, centaurea, algodón o eléboro.
Según el catedrático, estas palabras, que pueden ser el punto de partida para descifrar el texto completo, llevan a pensar que el manuscrito Voynich es probablemente un tratado sobre la naturaleza y que está escrito en alguna lengua oriental.

Qué emocionante tiene que ser descubrir el misterio de un libro cuyas páginas han permanecido en silencio durante 600 años.
Qué emocionante debió de ser para Wilfrid Voynich intuir la importancia del manuscrito que le había comprado a los frailes italianos.
Y qué emocionante es imaginar a alguien, perdido en el tiempo, escribiendo esas páginas, llenándolas con palabras secretas y dibujando, a la pobre luz de una vela, enigmáticas figuras. Alguien queriendo dejar testimonio de sus ideas; queriendo preservar, con enorme esfuerzo y dedicación, lo que sabía de su mundo  que es también el nuestro.



jueves, 28 de febrero de 2019

Un libro y una carta



En una ocasión me regalaron un libro comprado de segunda mano. El libro, muy voluminoso, de casi mil páginas, estaba inmaculado, como si nadie lo hubiese abierto nunca, ni siquiera para hojearlo; y al recibirlo empecé a pensar, como siempre, en los diversos azares que pueden llevar un libro desde su propietario original hasta la librería de segunda mano.

Al hojearlo descubrí que, al contrario de lo que había pensado, el libro sí había sido abierto, al menos una vez y al menos por un punto concreto: el punto en el que una persona había introducido una hoja de papel escrita a mano.

El papel, doblado en dos y comprimido entre aquella profusión de páginas, era una carta. Una carta escrita con esmero,  con una caligrafía  muy clara y pulcra.

En el primer instante me pareció que leerla  sería como inmiscuirme en una conversación privada, pero después, claro está, la leí. Yo no era su destinatario original, pero desde el momento en que el libro llegó a la librería de segunda mano el destinatario cambió. La carta ya no era para quien debió haberla recibido muchos años atrás; la carta ya era para mí. Porque las palabras se escriben para que alguien las lea, y aquéllas merecían ser leídas. Y también la persona que las escribió merecía al menos un lector que apreciara su gentileza, su bondad y su impecable forma de escribir.

La carta es conmovedora, y desprende amor, lealtad y gratitud: es la carta de una joven que se despide de una familia, después de haber trabajado en su casa durante varios años, y que vuelve a su ciudad de origen.

Pensé que quien  llevó aquel libro a la tienda de segunda mano  no se dio cuenta siquiera de que había dentro una carta, y esto me produjo mucha tristeza, aunque, al mismo tiempo, su descuido sirviera para que esa modesta joya llegara a mí.

Hace unos días volví a pensar en esta carta olvidada en un libro, y en la persona que la escribió poniendo en ella su corazón, cuando leí una noticia sobre un hecho semejante ocurrido  en Estados Unidos.

Es el caso reciente de una mujer que compró  un ejemplar de  Mientras escribo, de Stephen King (por cierto, un libro y un autor muy especiales para mí, si me permiten el inciso), y que  encontró entre sus páginas una tarjeta de cumpleaños muy particular.  Se la dirige una abuela  a su nieto, y  conmueve de forma dolorosa. Porque en la tarjeta  la abuela le ruega al  nieto que se abra  una cuenta de ahorros,  que vaya ingresando poco a poco lo que pueda, y que nunca utilice ese dinero.  La abuela quiere evitar que el día de mañana su nieto se vea como se ve ella hoy día: en el umbral de la pobreza  y “sin nadie a quien culpar más que a mí misma.” 
Y para corroborar sus circunstancias, la buena mujer le dice al joven que de hecho su regalo de cumpleaños es ése libro, que ha comprado de saldo por 54 céntimos.  

Aparte de la elemental pero sabia lección de economía y sentido común que la abuela le da a su nieto; y aparte del hecho de que este libro que ella compró de segunda mano volviera a una venta de segunda mano, me llama la atención, una vez más, que esos tesoros, esos libros que llevan dentro una nota, una carta, una carga de sentimientos de tanto valor, acaben en una librería de viejo sin que nadie haya reparado en esos mensajes. 

Se me ocurren varias explicaciones tristes, pero también una esperanzadora. Y es que quizá quienes se desprenden de libros así son en verdad conscientes de que dentro van esos mensajes, pero los  dejan ahí porque saben algo que yo también sé: que los libros especiales siempre sabrán el camino que han de recorrer para llegar a quien pueda apreciar su especial significado.


tarjeta de una abuela a su nieto
Imagen compartida por la compradora del libro.




domingo, 17 de febrero de 2019

Premios Gamba


Puede que algunos de ustedes recuerden los Premios Gamba, ese reconocimiento imaginario que en este blog hemos otorgado muchas veces a quienes se esfuerzan por hacer que la lengua española resulte más idiota cada día. 

Los galardonados suelen ser personas que desde los medios de comunicación generan fabulosas meteduras de pata (o de gamba), aunque los resbalones y deslices lingüísticos se encuentran también en libros, carteles publicitarios, doblajes de películas, y en cualesquiera otras manifestaciones del lenguaje hablado y escrito.

En esta ocasión me voy a referir sólo a disparates que he oído  últimamente en la televión, que irritan y mueven a risa al mismo tiempo, y que pueden dividirse en dos grandes bloques: el de las frases construidas de manera chocante y el de los anglicismos tontainas.

En el primer grupo podríamos incluir la frase memorable de una reportera que, al informar sobre un caso de asesinato, dijo que la autopsia indicaba que la víctima “murió de forma estrangulada”.

Y es que las autopsias revelan cosas asombrosas, porque en otro caso se averiguó, según el reportero correspondiente, que las víctimas “habían sido disparadas”.

Yo creo que estos periodistas merecen un Premio Gamba doble: uno por la forma de construir las frases y otro por la falta de respeto.

También resulta un poco estrafalaria la manera de referirse a la gran cantidad de público que había acudido a despedir a una persona fallecida:  “La capilla ardiente ha recibido muchísimas visitas y va a seguir haciéndolo”.
Sí, las capillas ardientes suelen hacer esas cosas.

Y la nieve también toma sus decisiones, no lo duden, porque un alegre reportero, colocado bajo una máquina de nieve artificial, dijo:  “Parece que está nevando, pero no es así porque lo hace de forma artificial”.

En nuestro segundo grupo de frases atolondradas, el de los anglicismos inútiles, podemos incluir el comentario de un tertuliano (o tertuliana) que, refiriéndose a un ministro que había ido al congreso sin corbata, dijo que “se presentó de casual Friday”.  O el de aquel otro que se refirió al “comunity manager” de una red social, porque seguramente no conoce la palabra “moderador”.

Recientemente se ha inventado un verbo nuevo que sin duda hacía muchísima falta en nuestro idioma. Es el verbo agendar , que gusta mucho entre los políticos y los que dan información sobre ellos. Así, se dice que un acto determinado, una comparecencia, etc, está o no está “agendado”, calcando del inglés scheduled, porque en español no disponemos de palabras como “programado”, “previsto”, “proyectado”, “planificado”…

También oí un día a una persona televisiva  referirse a “el storytelling del asunto”,  en vez de decir… bueno, la verdad es que no sé qué quería decir.
Y tampoco estoy muy segura de qué quería decir otra cuando manifestó: “Yo exijo un streaming de las negociaciones”; ni cuando otro comentó que “siempre ha habido conversaciones en on y en off”.
Aunque, pensándolo bien, a lo mejor se refería a que unas veces se habla con el cerebro encendido y otras apagado.

Para terminar, no podemos olvidarnos  del  periodista que afirmó que lo que había dicho un político “es más bien whisful thinking”, en lugar de decir que aquello era más bien “hacerse ilusiones”, o  “lo que él querría”. Se diría que algunos se creen  periodistas de la BBC o de la CNN, pero eso no es más que wishful thinking.

Yo no sé por qué dicen las estadísticas que en España no se habla inglés. ¡Pero si no paran!

Todo esto me lleva a una profunda meditación: si alguien que, como esta que les habla, apenas dedica a la televisión el tiempo que dura un té o un café con tostadas, se tropieza con tantas tonterías lingüísticas, ¿cuántas se producirán al cabo del día, en tantos programas y cadenas como hay? Yo no me comprometo a comprobarlo.


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