jueves, 26 de mayo de 2011

Mes de mayo, me desmayo. Segunda parte

(viene de aquí)

Un elemento que constituye parte fundamental de las comuniones y de las ceremonias en general, son los asistentes al acto.

Los hay de todo tipo, por supuesto, pero los discretos, los correctos, por su propia naturaleza pasan desapercibidos.
En cambio hay otros con los que ocurre justamente lo contrario: ponen gran empeño y dedicación en hacerse notar y en llamar la atención de los presentes.
Esto lo consiguen, por un lado, con su aliño indumentario, que diría el poeta, o sea, su atuendo o vestimenta; y por otro, con su comportamiento.

Hay personas que para ir a una comunión se visten y adornan con un boato excesivo, como esas señoras que llevan vestidos y arquitectura capilar más propios para ir a un cóctel en la embajada que para ver a los nietos recibir a Cristo por primera vez.
Otras se decantan por un estilo completamente inapropiado para un acto en la iglesia del barrio, como esas jóvenes que van ataviadas más para la discoteca un sábado noche que para la parroquia un domingo por la mañana: vestidos ceñidos, grandes escotes, maquillaje a tutiplén y derroche de peluquería.

Pero seamos ecuánimes: los caballeros, cada vez más, también cuidan muchísimo su estilismo, y vienen mostrando en los últimos años una especial predilección por el look gángster-chic.

En una de las comuniones a las que he sido gentilmente invitada este año, me llamó especialmente la atención un señor al que veía de perfil desde mi sitio en la iglesia.
Lucía el hombre una larga melena, rubia y rizada, que envidiaría la mismísima Nicole Kidman, y que sujetaba, a modo de felpa, con una gafas de sol que para sí querría Elton John.

Sin embargo, no es el asunto de los atuendos lo que más me asusta. Allá cada cual con su gusto y su libertad de elección. A mí lo que más asombro y desconcierto me causa es el comportamiento de algunos durante las ceremonias.
Parece que hay personas que no tienen una idea muy clara de dónde se encuentran. Es decir, o bien ignoran que están en una iglesia, o bien ignoran qué es una iglesia.

Yo no soy persona pía, pero una cosa es la falta de devoción o de fe, y otra la falta de respeto y de educación.
Y es que no consigo entender por qué la gente habla –y habla constantemente- durante la celebración, mientras el cura se dirige a los presentes, mientras los niños comulgan, mientras leen o mientras cantan.
Pero lo llamativo no es solo que hablen y que hablen sin parar, sino que hablen a voces, a grito pelao, comentando sus cositas como el que está en el parque:

-No, yo le dije a la Encarni que no me daba tiempo a venir, pero al final mi Jose me dijo que me podía traer, y digo, ay, pues si tú me puedes llevar, asín veo yo a los chiquillos.

Además de las conversaciones a voz en cuello, también se lleva mucho el taconeo por los pasillos de la iglesia.
No sé que necesidad imperiosa lleva a algunas asistentes a estar todo el rato de arriba abajo, pero abundan las que se levantan y van hacia delante, a los primeros bancos, a hablar con alguien que está allí sentado. Y las que se levantan de los primeros bancos y van hacia los últimos, pero siempre con su tocotoc- tocotoc retumbando por todo el espacio parroquial.
Quizá hacen esto para que todo el mundo vea lo monísimas que van, pero, vaya, seguro que hay una razón de más peso, aunque a mí no se me ocurra cuál pueda ser.

Sin embargo, no han sido ellas las protagonistas de una escena sin parangón en los anales de la historia de las comuniones, presenciada con pasmo por una servidora hace unas semanas.
Sucedió que, mientras el párroco hablaba sobre el significado de la ceremonia, salió de entre los primeros bancos un individuo, que por alguna razón se vio obligado a dejar su sitio, y que en su camino por el pasillo de la iglesia se percató de la presencia de un conocido suyo, que era, mira por dónde, el de la melena a lo Kidman.

Al verse el uno al otro, se saludaron con la misma discreción con que los jugadores de baloncesto celebran una canasta de tres puntos: levantando las manos y entrechocándolas en un contundente palmetazo que resonó vergonzosamente por el humilde templo.

Pero aún tenía yo otra comunión a la que asistir, dos semanas después, así que, por improbable que pudiera parecer, todavía quedaban posibilidades de una nueva conmoción.

En este segundo caso, la ceremonia tenía lugar en una iglesia mucho más grande que la anterior, con lo cual, desde la entrada hasta los bancos, quedaba un espacio libre de considerable amplitud.
Pues bien, en mitad de la ceremonia vi que en ese espacio había un grupo de cinco o seis niños ¡jugando al fútbol!
Así como suena. Y esos niños obviamente no habían ido a la iglesia solos, pues el mayor no tendría más de nueve años.
Esto quiere decir que allí había, sin duda, padres, abuelos y tíos de esos niños. Pero nadie les decía nada.
Entonces yo, atónita y escandalizada ante tal situación, me acerqué a los chavales y les dije, simplemente, que estábamos en una iglesia y que en las iglesias no se juega. 
Y con la misma sencillez, los niños dejaron el balón inmediatamente y se disolvió el grupo; e incluso uno de ellos –un chiquillo de unos seis años- se puso a hablar conmigo, bajito, contándome que una de las niñas que estaban haciendo la Comunión era su prima, que los otros niños futboleros eran también primos suyos, y no sé qué más.

Con todo esto llego yo a diversas y tristes conclusiones.
Una de ellas es que la falta de educación, de decoro y de saber estar se ha impuesto en todos los ámbitos de nuestra vida. Que se ha perdido el respeto por todo, incluido el respeto por uno mismo; que nada tiene importancia, que ya nada es trascendente; que todo es superfluo, banal y frívolo.
Otra es que hay adultos a los que les importa muy poco lo que estén haciendo sus niños mientras no los molesten a ellos. Si molestan a otros da igual.
Y la que me parece más triste: que mientras a muchos niños se les dan mimos, consideración y protagonismo excesivos, hay otros que anhelan un poco de atención de los adultos y que, simplemente, hablen con ellos.




miércoles, 18 de mayo de 2011

Mes de mayo, me desmayo

El mes de mayo es un mes peculiar.

Es un mes en el cual pasan muchas cosas que no pasan durante el resto del año. Es el mes de las flores, de las alergias, del tiempo raro, de la operación bikini… pero sobre todo es el mes de la Primera Comunión.
Yo he tenido ocasión de asistir a varias comuniones en los últimos años, y basándome en mis experiencias, he llegado a la conclusión de que estas celebraciones evolucionan sin parar y siempre hacia la exageración.

En esta evolución hay varios elementos que me parecen destacables. Por ejemplo, la cuestión de los regalos.
Que no es algo fácil, desde luego. Los invitados se devanan los sesos  intentando imaginar algo que el niño no tenga todavía, pero siendo esto prácticamente imposible, se piensa en algo que por lo menos no tenga repetido varias veces. 
Aunque también está la opción de regalar dinero, que es lo que hacen quienes no tienen ganas o tiempo de calentarse la cabeza, y quienes se guían por el sentido práctico de la vida... o no. Porque lo cierto es que   recientemente he descubierto que existe  una nueva modalidad de invitación, que consiste en  que cuando los padres del comulgante te invitan a la ceremonia y posterior ágape, te dicen por las claras que los regalos los quieren en efectivo, por favor. 
Con lo cual la opción de regalar money ya no es tal opción, sino un requerimiento.

Los almuerzos  de comunión, por lo que he visto, también han evolucionado muchísimo.
Hasta mediados de los 90, más o menos, consistían en una sabrosa comida con la familia más cercana en un restaurante de categoría media.
Pero  hoy día se organizan auténticos banquetes, con muchos  invitados y en salones de hoteles o restaurantes de empaque,  preferentemente con jardines y zonas acondicionadas para el esparcimiento de la chiquillería.
Y esto nos lleva a otro elemento que caracteriza la celebración actual, ya sea de primeras comuniones o de bodas: el banquete hay que celebrarlo cuanto más lejos mejor.
Nada de ir a un sitio que quede a mano, que resulte cómodo para los invitados que no tienen coche, o para los que no disponen de mucho tiempo, o para los que se quieren recoger pronto.
No, no, quedarse cerca está completamente descartado. Hay que ir a un lugar que quede a trasmano, muy a trasmano a ser posible, para que así pueda tener lugar otro de esos ritos  esenciales de estas celebraciones: los corrillos de invitados a la puerta de la iglesia, dándose instrucciones unos a otros para llegar al lugar del convite.
-Coges la autovía y tiras como para el aeropuerto, pero antes de llegar coges la rotonda que hay enfrente de la gasolinera. Sales por la derecha, sigues hasta la siguiente rotonda, coges a la izquierda, que hay un campo de golf, sigues todo recto y ya verás un cartel que dice “Está usted abandonando el mundo conocido”. Pasas el cartel, y te metes por un camino de cabras que hay, y al final, después de una pista de barro, está el restaurante. No tiene pérdida.

Y así se consigue además que los invitados lleguen cansados y acalorados tras semejante periplo, de manera que no les queden fuerzas para quejarse por la hora y media que todavía habrán de esperar para probar  la sinfonada de hortalizas con reducción de balsámico.
Y no es que tengan hambre, sino una curiosidad tremenda por ver en qué consiste el plato.

Para que esta semblanza de las primeras comuniones fuera completa,  quedaría por tratar el asunto de determinados asistentes a la ceremonia religiosa,  cuyo comportamiento y actitud supone para mí una continua sorpresa.
Pero dada la complejidad del tema lo dejamos para otra ocasión.


domingo, 8 de mayo de 2011

Ténico-ténico


Una vez un amigo me contó un chiste muy tonto, pero al que, con el tiempo, yo le he encontrado mucho significado.
El chiste decía que un amigo le preguntaba a otro:
-Oye, ¿cómo se dice, serpiente o bicha?
Y el otro respondía:
-Hombre, ténico-ténico se dice retil.

Después, en efecto, en muchas ocasiones y cada vez con más frecuencia, he ido encontrando por los rincones de la vida muchos ejemplos de ese lenguaje supuestamente técnico, empleado a tontas y a locas por quienes pretenden darse una pátina de modernidad e  innovación,   o darle a una determinada profesión o actividad un lustre tecnológico y ciéntifico, que viste mucho y asombra a algunos.

Por ejemplo, antes de la implantación del lenguaje chupitecnológico, las cocinas tenían una hornilla –de gas, eléctrica o vitrocerámica-, pero ahora tienen  zona de cocción.  Y tenían también un fregadero o pila,  mientras que ahora tienen zona de aguas.

-Pepe, a ver si me desatascas la zona de aguas, hombre.

Pero claro, antes los vendedores de muebles y electrodomésticos eran eso, vendedores, mientras que ahora son técnicos, expertos o, como mínimo, consejeros de decoración,  siempre prestos y dispuestos para asesorarte sobre tus necesidades de interiorismo. Que las tienes.

Por eso mismo, antes, para dormir utilizábamos un somier y un colchón, es decir, lo que se venía denominando una cama, mientras que ahora lo que necesitamos es un equipo de descanso.

- Tengo unas ganas de llegar a casa y meterme en el equipo de descanso…

Y yo, cada vez que escucho a alguien hablando en ese plan, asiento con la cabeza mientras pienso: “ténico-ténico”.

Otro campo en el que se emplea mucho ese lenguaje técnico que solo conocen los profesionales de pura cepa, es el de la gastronomía. Aparte de los nombres chupichulis que se inventan para no llamar a las cosas por su nombre y hacer pasar una rodaja de merluza rebozada por un manjar exótico y exclusivo, está la cuestión de los verbos.
Porque los cocineros, los de verdad, los profesionales modernos, no emplean los verbos reflexivos. Eso se queda para los cocinillas de tres al cuarto y para las amas de casa.
Los cocineros de postín no dicen, por ejemplo, “ponemos las patatas al fuego para que se cuezan”, sino “para que cuezan”; y no dicen “cuando se enfríen” sino “cuando enfríen”. Y así con cualquier verbo reflexivo que surja durante la preparación de los alimentos. 
Será que así sale la comida más buena.
Y recuerdo que en un tiempo hubo en la televisión andaluza un programa de cocina en el que un cocinero saleroso jamás utilizaba aceite. No, no, él utilizaba zumo de oliva, así como suena. Y lo repetía constantemente, por si no te habías enterado a la primera.

En otros ámbitos, últimamente he oído dos expresiones de lenguaje técnico que me han gustado mucho. Una de ellas es la denominación experta y moderna de la profesión de portero, que ahora se llama agente de control de acceso...
Y la otra es segmento de ocio, que no es otra cosa que la media hora de recreo del cole. Segmento de ocio. Ahí queda eso.

-Yonatan, como no te calles te quedas sin segmento de ocio.

Para terminar, hay dos palabras que he oído recientemente en la tele –ese paraíso lingüístico-, que asombran mucho también, aunque no estoy segura de si son realmente ejemplos de lenguaje técnico, o simplemente de lenguaje memo.
Un día, haciendo zapping, pasé de puntillas por un programa en el que un señor decía que “en este país la derecha está handicapada”.
Claro, handicapada, es el participio del verbo handicapar, que no existe, pero da igual.

Y del mismo modo, una alegre y soleada mañana de domingo, desayunando con la tele puesta (qué insensata fui), topé con otro señor que, mientras maquillaba a una modelo, explicaba las virtudes del producto que le estaba aplicando. Y dijo el maquillador, con todo el cuajo, que tal producto “hipertridimensionaliza el rostro”.
Y lo más asombroso es que lo dijo así, como el que no hace la cosa, sin asfixiarse ni nada, y se quedó más ancho que largo.

-Ay, qué mala cara tengo. Necesito hipertridimensionalizármela, pero ya.

Pues eso: ténico-ténico.

Aquí, más lenguaje memotécnico

viernes, 29 de abril de 2011

Detalles

Londres, es bien sabido, es una ciudad mágica. Es histórica y moderna, bulliciosa y tranquila, majestuosa y sencilla, y desde luego muy limpia.
Es un lugar enorme y a la vez acogedor, en el que se puede encontrar desde lo más sublime a lo más común. Y en la que lo común adquiere un sorprendente tono sublime.
Es una ciudad que, como dice mi amigo John, ama la literatura, a lo que  yo añado que la literatura ama a Londres.

En Londres puedes extasiarte contemplando prodigios como el  Big Ben, el Parlamento, la abadía de Westminster, la Catedral de Southwark, la Torre del Londres… y cuando ya no puedes asimilar más grandiosidad, ir a Notting Hill y sentir la coqueta y relajante belleza de sus calles llenas de flores, de sus tiendas y cafeterías, de sus casitas de colores y su ambiente chic y sencillo a un tiempo.

Pero esto, seguramente, también lo sabe todo el mundo.

En cambio, hay lugares y elementos londinenses que, me parece, suelen pasar desapercibidos, tal vez por su modestia, aunque no carecen en absoluto de finura y significado.
Me refiero a detalles como  ciertas placas conmemorativas, humildes y casi escondidas, como esta, que evoca la historia de Helene Hanff y la librería Marks and Co.
O esta otra, en Notting Hill, precisamente, que recuerda, con sorprendente laconismo, que en esta casa vivió George Orwell.

También me llaman la atención las placas que señalan el número de algunas casas, y que son muestra del gusto británico por el mimo, la delicadeza y el cuidado en los elementos cotidianos.

  
O la estatua de Peter Pan, en Kensington Gardens, que a su vez está llena de detalles en forma de animalillos y hadas.
A mí me fascina esta especialmente:


Yo creo que la contemplación y el disfrute de la  belleza nos hace mejores personas. Porque nos hace más sensibles y nos capacita para descubrir y apreciar  matices y aspectos de la vida, del mundo y del ser humano, que normalmente quedan ocultos bajo capas de prisas, impaciencia y pragmatismo. 
E igualmente, nos hace respetuosos con los bienes comunes.
Pero a veces, también la propia belleza, la más evidente, la más deslumbrante, nos impide ver que alrededor hay otras bellezas, más pequeñitas, menos llamativas, pero igualmente  emocionantes.

domingo, 17 de abril de 2011

Inocente de todos los cargos


Supongo que todo el mundo ha recibido alguna vez en su correo uno de esos mensajes en los que se dice que el idioma español es machista.

En esos mensajes vienen ejemplos que supuestamente demuestran que nuestra lengua es discriminatoria y que tiene una mala idea que no se puede consentir.

Por ejemplo, se dice que ‘zorro’ es un héroe justiciero y ‘zorra’ una mujer de vida   licenciosa; que ‘héroe’ significa un hombre valiente mientras que ‘heroína’ es una droga; o que si algo es bueno y estupendo, decimos que es coj*n*do, y si es malo y aburrido decimos que es un coñ*z*.
Aunque también se usa la expresión “de p*t* madre” para referirse a algo estupendo, mira tú por donde.

Estos ejemplos, y otros que se ponen como pruebas inculpatorias para acusar al idioma de machista y retrógrado, me parecen a mí algo rebuscadillos y tendenciosos, francamente. Porque también se dice de un hombre que es un zorro, o muy zorro, para señalar que actúa con malicia, o que es un vago; y que una mujer es zorra, o muy zorra, para indicar que es lista, espabilada y difícil de embaucar.
Y aunque haya una droga llamada heroína, a las mujeres valientes se las llama heroínas, porque es lo que son, y nadie se confunde con otra cosa. De hecho, a la droga se la llamó así  porque su uso médico original, en el siglo XIX,  hizo que se la considerara  como una sustancia 'heroíca', por sus efectos beneficiosos.

Esto de culpar al idioma por los prejuicios humanos a mí me hace mucha gracia, y también me cansa un poquito, la verdad. Parece que el idioma sea un ser consciente, un ente malintencionado con capacidad para discriminar y ofender.
Pero resulta que no, que ni el idioma toma decisiones por sí mismo, ni le tiene manía a las mujeres ni a nadie.
Si hay palabras con carga machista u ofensiva es porque existe una sociedad machista y con tendencia a la falta de respeto y al desprecio por los demás, y son las personas las que le dan a una palabra determinada una connotación determinada.

Echarle la culpa al idioma de los pecados humanos es como si un señor apuñala a otro y le echamos la culpa al cuchillo. No, mire, el cuchillo estaba ahí para pelar patatas, lo que pasa es que alguien lo ha utilizado con intenciones aviesas.

Por eso, decir que la lengua española es machista es, como mínimo, inexacto. Porque la lengua refleja nuestras ideas y nuestras costumbres, no al revés.
El ser humano, como ser pensante y hablante que es, tiene la capacidad de crear con las palabras, y puede crear tanto lo bueno como lo malo.
Con nuestras palabras podemos ayudar, aliviar, motivar, alegrar, y también podemos manipular, engañar, entristecer y hacer daño.
Depende de nosotros, porque somos nosotros los que empleamos las palabras de una forma u otra y los que les damos intención, según nuestra mentalidad, nuestros intereses y nuestro propósito.



block letters

domingo, 10 de abril de 2011

Premios Gamba 2011. ¿No hay esperanza?

A mí ya no me extraña  que en la tele, con demasiada frecuencia, se hable mal; que el nivel de exigencia vaya para abajo que corta; que la falta de rigor y de conocimiento se imponga sobre el cuidado, el esmero y la buena formación.
 
Como tampoco me extraña que este avance de la desidia y el desinterés por las cosas bien hechas afecte igualmente a la prensa escrita, a la publicidad, a los textos oficiales… en fin, a todo.
 
Pero, pensaba yo, por lo menos nos queda la literatura para darnos el gusto de leer un texto bien elaborado, con un lenguaje simplemente correcto, sin expresiones ni palabras mal empleadas, fuera de lugar o innecesariamente vulgares.
 
Pero qué va. Mi gozo en un pozo, pues ya  he podido comprobar, con gran pesar, que la falta de cuidado, de celo y atención no se detiene ante nada.
 
De todas formas, empezaremos por los casos clásicos, que no faltan.
Por ejemplo, en el telediario de Antena 3, del 7 de marzo, una reportera que informa sobre el caso de una mujer muerta a manos de su marido, dice que la mujer lo había denunciado previamente, pero que “no preveyó” el fatal desenlace.
 
Claro, preveyó, del verbo preveyer: yo preveyo, tu preveyas, el preveye…
 
Hace unos días, mando en ristre, pasando de un canal a otro, llegué a una emisora que no sabía que estaba sintonizada en mi tele: la conocida PTV, que yo creía que solo se veía si estabas abonado. El caso es que la sorpresa me hizo detenerme un momento para ver qué programa había. Era una entrevista a un actor de teatro, que estaba en Málaga actuando en esos días. Y como una de sus compañeras de reparto es natural de la ciudad, el entrevistador le dijo al actor que tenía “una buena cicerona”.
Yo no sé qué diccionario maneja dicho entrevistador, pero en los que consulto yo (RAE, Larousse, Espasa Calpe…), la palabra 'cicerona' no viene. Y se ve que tampoco viene en el diccionario de mi ordenador, que cada vez que pongo 'cicerona' me lo cambia automáticamente a 'cicerone'.
Porque claro, cicerone es palabra del género epiceno, es decir, que se refiere tanto al sexo masculino como al femenino.
Es lo mismo que ocurre, por ejemplo, con 'víctima' o 'criatura'. Y si a nadie se le ocurre decir víctimo ni criaturo cuando el referente es de sexo masculino, ¿por qué a algunos se les ocurre decir miembra y cicerona?
Y, como curiosidad, la actriz de la que hablaban, ¿qué personaja interpretaría?
 
Pero, como decíamos, lo más triste viene ahora.
He leído recientemente dos novelas de  Mathias Malzieu.
Las dos me han gustado muchísimo, pero, para mi asombro, las ediciones, que estéticamente son preciosas, abundan en errores léxicos y sintácticos.
 
Por ejemplo, en las páginas 36-37, se lee “… y da la sensación que les cosquillean el cerebro…”, es decir, un clásico caso de queísmo, vicio de redacción tan feo como el dequeísmo. Para evitar caer en lo uno se cae en lo otro. Ayyyy…

En la página 55, otro fallo inexplicable: “… solo un epitafio gravado en el árbol.” Obviamente, el epitafio debería estar grabado, del verbo grabar, que es hacer una incisión, labrar letras o figuras en una superficie. No gravar, que es imponer o cargar algo sobre algo o alguien.

Hay más, hay más. Página 87: “Su voz recuerda a los gritos que pudiera dar una avestruz…”.
Y mira lo que dice el DPD:
"avestruz. ‘Ave corredora de gran tamaño’. Es voz masculina: «Me acordé de Óscar, el pequeño avestruz de peluche que mi padre me regaló» (Montero Tú [Cuba 1995]). Por influjo del género de la palabra ave, se comete a menudo el error de usarla en femenino: la avestruz."


Voy a terminar con un ejemplo de sintaxis rarita que hace bizquear y preguntarse en qué idioma está escrita la oración. Está en la página 91: “Aunque me hubiera encantado hacerle ni que fuera un poquito de miedo…”

Y que yo termine con este ejemplo no significa que no haya más errores en el libro, sino que me da corte seguir.

No obstante, hay que decir a favor de la editorial que en la segunda novela, solo hay un fallo.
No debería haber ninguno, por supuesto, pero después de lo visto, se agradece que solo confundan 'arroyo' con 'arrollo':
“El arrollo atraviesa el pueblo” (página 38) y “…por el fondo del arrollo…” (página 39).
Es un error propio de un alumno de Primaria. Pero del primer día de primero de Primaria.

Por último, y a riesgo de resultar cansina y policial, añadiré que en la página web del libro y en referencia al autor, se lee:

A parte de escritor, también es el cantante de uno de los grupos de pop más importantes de Francia, Dionysos. Con el proyecto de La Mecánica del Corazón, libro y sexto álbum de la banda, Malzieu a seducido al gran público.”


Qué pena que una editorial ponga tan poco cuidado en la elaboración y promoción de sus productos. Y qué pena que el lector tenga que ver entorpecido de este modo el disfrute de unas historias tan  bellas, graciosas y conmovedoras como las que cuenta Mathias Malzieu.

miércoles, 6 de abril de 2011

Un trabajillo extra


-¿Sí?
-Buenos días. De Electrodomésticos París, para entregar una lavadora.
-Ah, sí, adelante. Tengan cuidado, que el ascensor es pequeño.

Los transportistas subieron la lavadora y la instalaron.
-Y se llevan ustedes la vieja, ¿no?
-Sí señora.
-Pues mire, es que hay otra cosa de la que me quiero deshacer. ¿Ustedes podrían encargarse?
-No, señora, verá, es que nosotros no podemos hacer más que lo que la empresa nos encarga, que es traer las lavadoras nuevas y retirar las viejas.
-Ya, pero, ¿y en plan particular? O sea, ustedes vienen otro día, yo les pago lo que acordemos y…
Los dos hombres se miraron el uno al otro. Uno de ellos hizo un gesto de “por mí, vale”, y el otro dijo:
-Pero tendría que ser en fin de semana, claro, fuera del horario laboral.
-Bien, bien, si a mí el día me da igual.
- Bueno, pues de acuerdo. ¿Y de qué se trata? ¿Un sofá, un colchón…?
-De mi marido.
-¿El colchón de su marido?
-No, no, de mi marido. Que me quiero deshacer de mi marido.
-Pero señora… qué dice… -dijeron los hombres con una risilla de desconcierto.
-Es un encargo… ya saben… un trabajito… Ustedes lo hacen como mejor les parezca, que yo en eso no me meto.  Yo les pago un dinero, y en boca cerrada no entran moscas.
-Señora, usted ha visto muchas películas, eh –dijo uno de los hombres, y dirigiéndose a su compañero:
-Anda, vámonos, vámonos, antes de que esta mujer diga más tonterías.

Los hombres salieron de la casa, y mientras metían la lavadora vieja en el ascensor, la señora seguía diciendo:
-Que yo tengo mis buenos dineritos, eh, no se vayan a creer. Que yo sé que estas cosas hay que pagarlas bien…
Los hombres, cada vez más nerviosos, consiguieron meter la lavadora en el ascensor, pulsaron el cero y bajaron.
Al salir al portal, mientras sacaban la lavadora a la calle, escucharon por el portero automático:
-Bueno, entonces ¿vienen ustedes el sábado o el domingo?... ¿Oiga?

Mientras los hombres llevaban la lavadora vieja hacia la furgoneta, se cruzaron con dos mujeres que se dirigían al portal. Al verlos, una le dijo a la otra:
-Mira, se ve que ya le han traído la lavadora nueva a la del séptimo.
-La del séptimo es la vecina nueva, ¿no?
-Sí, la viuda.


domingo, 27 de marzo de 2011

Cartelitos nuevos

Han puesto nuevos carteles en la tienda de la que ya hablamos aquí hace poco.
Según se decía en esa entrada, los carteles venían a demostrar que la ortografía es algo innecesario, pues sin hacer uso de ella los dueños de la tienda lanzaban sin problemas sus mensajes comerciales. Y luego, los destinatarios de esos mensajes, o sea, los viandantes y eventuales clientes del establecimiento, ya nos apañábamos comos podíamos para interpretarlos.
Pues bien, en las últimas semanas han aparecido nuevos letreritos con propuestas comerciales de lo más interesante. Aunque no hace falta  decir que lo verdaderamente interesante son los letreros en sí mismos y en su mismidad.
A veces hay verdaderos corrillos de gente alrededor de las estanterías que ponen en la puerta de la tienda. Y no sé yo si esa acumulación de personal se debe al precio de los artículos o al poder de atracción de la campaña publicitaria.  






 
 
 
 
 
 
 
 
 
Después de pensarlo un poco y de observar con disimulo, creo poder afirmar que hay dos tipos de personas en esos corrillos: los que hacen caso omiso de los cartelitos y van directamente a ver y tocar el género, y los que ignoran el susodicho  y se entregan a la jeroglífica labor de descifrar los carteles. Los del primer grupo, por cierto, son los más numerosos, con perdón.
 
Por cierto, ¿alguien sabe cuántos pares son 18.0000?
¿Dieciochocientos mil?



domingo, 20 de marzo de 2011

Ni el dinero ni el amor. Segunda parte




(viene de aquí)

Es sin duda intrigante la cuestión de cómo -y cuándo y dónde- se originó el lenguaje humano. No sabemos siquiera si los señores neandertales o los de Cromagnon hablaban. Tenemos sus fósiles, pero no nos dejaron grabaciones.

Y como ya dijimos en la entrada anterior, a lo largo del tiempo los sabios han presentado diversas teorías que intentaban resolver este misterio, pero sin éxito.
Algunas de esas teorías tienen unos nombres muy graciosos, que se inventaron Max Müller y George Romanes, filólogo el uno, naturalista y psicólogo el otro.
Me imagino yo a los dos eruditos, una tarde con ganas de guasa, repasando esas teorías que otros estudiosos del ramo habían elaborado.
Por ejemplo, una de ellas dice, en resumidas  cuentas, que el lenguaje debió de originarse con las sílabas más fáciles de pronunciar asociadas a los objetos más importantes. Müller y Romanes la llamaron the mama theory.
Si esta teoría fuera cierta, dejaría en total descrédito la idea de que las primeras palabras pronunciadas por el hombre fueron “probando, probando”, como ha apuntado recientemente un pensador español…
Hay otra, a la que llamaron the ta-ta theory, que dice que es posible que el lenguaje derivara de movimientos y gestos que se hacían con la boca, abriéndola y cerrándola, sacando la lengua… y también tenemos the La-La theory o the sing-song theory, según la cual el lenguaje podría haberse originado a partir de sonidos asociados al amor (¡!), al juego y a las canciones.
Lo del amor y el juego vale; pero lo de las canciones… no tendrían letra, ¿no?

Según otra teoría, a la que nuestros amigos denominaron the bow-bow theory, el language nació como imitación de los sonidos naturales, es decir, los sonidos producidos por los animales, por el agua de los ríos, por el de una piedra chocando contra otra…
O sea, las onomatopeyas habrían sido el origen del lenguaje.
Y como las onomatopeyas son distintas en cada idioma (por ejemplo, lo que para nosotros es guau-guau, para los angloparlantes es wof-wof o bow-bow, para los chinos wang-wang, etc), digo yo que así además se explicaría el por qué de tantos idiomas diferentes en el mundo.
Umm, demasiado simple, ¿no? Además, nos haría falta otra teoría diferente que explicara cómo nacieron las palabras para denominar cosas que no suenan , como la cueva, la montaña, el sol, la oreja…

Por otro lado, the pooh-pooh theory apunta que el language comenzó de forma instintiva, con interjecciones para expresar sorpresa, dolor, miedo, etc.
No, no tiene nada que ver con Winnie de Pooh. Pooh equivale a nuestro bah!, y como verbo pooh-pooh significa menospreciar o desdeñar. Me pregunto si es que los señores Max y George despreciaban esta teoría, o es que creían que el desprecio por lo que dijesen otros fue una de las primeras reacciones humanas…

The ding-dong theory es el nombre que  le pusieron a una teoría que pretendía echar por alto la idea más básica y elemental de la lingüística: que los conceptos y sus nombres no tienen ninguna conexión natural entre sí (aquello de la arbitrariedad del signo lingüístico que todos aprendemos a la primera de cambio).

Y esa teoría defiende que las cosas tienen un nombre u otro dependiendo de su forma y tamaño. Por eso, como la luna (‘moon’ en inglés) es redonda y gorda, por eso lleva dos letras O; y me imagino que como un alfiler es pequeño y punzante, por eso se llama ‘pin’.
De esto se infiere que el hombre prehistórico hablaba inglés, claro. Y ahí están los Picapiedra para demostrarlo.

La teoría yo-he-ho o Yo-heave-ho dice que el language nació a partir de las expresiones y gruñidos que se pronuncian cuando se hace un esfuerzo físico, como un trabajo duro.

A mí esto me recuerda a los enanitos de Blancanieves, que decían eso de heigh-ho, heigh-ho cuando trabajaban en la mina.

Por último, basándose en la idea de que las personas siempre hemos necesitado mantener contacto unas con otras, un lingüista sugirió que el lenguaje pudo tener su origen en esa necesidad. Así que las primeras palabras debieron ser sonidos pronunciados para hacernos notar ante los demás, llamar su atención, pedir ayuda…
A esta teoría la llamaron the hey you! theory. O sea, la teoría ‘¡Oye, tú!’.
Me encanta.

Bromas aparte, a mí me parece que no conocer el origen del lenguaje es como no conocer el origen esencial y primigenio de todo lo humano y lo mundano.
Porque nuestro mundo se asienta  en las relaciones entre los seres humanos,  todo es lenguaje y comunicación, todo es transmisión e intercambio de ideas y de información.
En cualquier actividad, cotidiana o extraordinaria, en cualquier hecho, intrascendente o histórico que implique a más de una persona, siempre está por medio el lenguaje.
Por lo tanto el lenguaje, creo yo, es lo que nos hace humanos, y nuestra civilización, nuestro desarrollo como especie, no habría sido posible sin el habla, sin la capacidad para pensar primero y comunicarnos después.
Pero a partir de aquí yo ya me mareo, porque se llega al apasionante debate sobre si es el lenguaje el que forja el pensamiento, o si el pensamiento es independiente de las palabras.
Y en el primer caso, dado que el lenguaje es arbitrario y por lo tanto regulado y organizado, ¿significa eso que limita,  moldea y  determina el pensamiento?
La cosa da que pensar, ¿eh?


viernes, 11 de marzo de 2011

Ni el dinero ni el amor

(Primera parte)

Siempre se ha dicho eso de “las ciencias adelantan que es una barbaridad”, y no pasa un día sin que comprobemos la certeza de tal aseveración.
Pero hay algo que todavía no se ha descubierto y que a mí me quita el sueño, o por lo menos me lo coge prestado.
Algo que, además, parece imposible de descubrir.
No, no me refiero a la cura para el resfriado, sino a algo mucho más etéreo e insondable: el origen del lenguaje.
¿Cómo empezó el hombre a hablar? ¿Cómo nació esa capacidad asombrosa de comunicarnos por medio de sonidos articulados? ¿Cómo serían las primeras palabras pronunciadas por un humano, allá en las cavernas, en los albores de la humanidad?
Qué fascinante misterio.

Y  parece que, efectivamente,  se da por hecho que esto nunca se llegará a saber, lo cual a mí personalmente me deja sumida en una especie de vacío existencial. Porque el lenguaje, la comunicación mediante el habla, es la base de todo lo que somos.
Unos dicen que el dinero es lo que mueve el mundo; otros dicen que es el amor. Pero no. Lo que mueve el mundo es el lenguaje, la palabra. Y de ahí deriva todo lo demás.
Por eso, que no sepamos cómo surgió lo que nos hace humanos y   gobierna nuestra civilización desde sus orígenes, me causa desazón, no lo puedo evitar.

Maticemos un detalle: sí que se conoce el origen de la capacidad física de hablar. Se sabe cómo evolucionaron los órganos que intervienen en la producción de sonidos: los pulmones, la laringe, las cuerdas vocales, la lengua, el paladar, etc; y cómo pasaron de servir para otras cosas, como respirar, o tragar,  a servir además para hablar.
Hace algún tiempo, por cierto, hablamos aquí del FOXP2, el gen que nos hace parlantes.
Pero cómo pasó el hombre de tener esa capacidad física de producir sonidos a poder expresar mediante esos órganos fonadores lo que se le pasaba por el pensamiento, eso no se sabe.
Los expertos en la materia no paran de darle vueltas al asunto, y proponen teorías diversas, algunas muy graciosas, intentando explicar el enigma.
Pero, para mi desilusión, ninguna suficientemente sólida y coherente.