domingo, 17 de febrero de 2019

Premios Gamba


Puede que algunos de ustedes recuerden los Premios Gamba, ese reconocimiento imaginario que en este blog hemos otorgado muchas veces a quienes se esfuerzan por hacer que la lengua española resulte más idiota cada día. 

Los galardonados suelen ser personas que desde los medios de comunicación generan fabulosas meteduras de pata (o de gamba), aunque los resbalones y deslices lingüísticos se encuentran también en libros, carteles publicitarios, doblajes de películas, y en cualesquiera otras manifestaciones del lenguaje hablado y escrito.

En esta ocasión me voy a referir sólo a disparates que he oído  últimamente en la televión, que irritan y mueven a risa al mismo tiempo, y que pueden dividirse en dos grandes bloques: el de las frases construidas de manera chocante y el de los anglicismos tontainas.

En el primer grupo podríamos incluir la frase memorable de una reportera que, al informar sobre un caso de asesinato, dijo que la autopsia indicaba que la víctima “murió de forma estrangulada”.

Y es que las autopsias revelan cosas asombrosas, porque en otro caso se averiguó, según el reportero correspondiente, que las víctimas “habían sido disparadas”.

Yo creo que estos periodistas merecen un Premio Gamba doble: uno por la forma de construir las frases y otro por la falta de respeto.

También resulta un poco estrafalaria la manera de referirse a la gran cantidad de público que había acudido a despedir a una persona fallecida:  “La capilla ardiente ha recibido muchísimas visitas y va a seguir haciéndolo”.
Sí, las capillas ardientes suelen hacer esas cosas.

Y la nieve también toma sus decisiones, no lo duden, porque un alegre reportero, colocado bajo una máquina de nieve artificial, dijo:  “Parece que está nevando, pero no es así porque lo hace de forma artificial”.

En nuestro segundo grupo de frases atolondradas, el de los anglicismos inútiles, podemos incluir el comentario de un tertuliano (o tertuliana) que, refiriéndose a un ministro que había ido al congreso sin corbata, dijo que “se presentó de casual Friday”.  O el de aquel otro que se refirió al “comunity manager” de una red social, porque seguramente no conoce la palabra “moderador”.

Recientemente se ha inventado un verbo nuevo que sin duda hacía muchísima falta en nuestro idioma. Es el verbo agendar , que gusta mucho entre los políticos y los que dan información sobre ellos. Así, se dice que un acto determinado, una comparecencia, etc, está o no está “agendado”, calcando del inglés scheduled, porque en español no disponemos de palabras como “programado”, “previsto”, “proyectado”, “planificado”…

También oí un día a una persona televisiva  referirse a “el storytelling del asunto”,  en vez de decir… bueno, la verdad es que no sé qué quería decir.
Y tampoco estoy muy segura de qué quería decir otra cuando manifestó: “Yo exijo un streaming de las negociaciones”; ni cuando otro comentó que “siempre ha habido conversaciones en on y en off”.
Aunque, pensándolo bien, a lo mejor se refería a que unas veces se habla con el cerebro encendido y otras apagado.

Para terminar, no podemos olvidarnos  del  periodista que afirmó que lo que había dicho un político “es más bien whisful thinking”, en lugar de decir que aquello era más bien “hacerse ilusiones”, o  “lo que él querría”. Se diría que algunos se creen  periodistas de la BBC o de la CNN, pero eso no es más que wishful thinking.

Yo no sé por qué dicen las estadísticas que en España no se habla inglés. ¡Pero si no paran!

Todo esto me lleva a una profunda meditación: si alguien que, como esta que les habla, apenas dedica a la televisión el tiempo que dura un té o un café con tostadas, se tropieza con tantas tonterías lingüísticas, ¿cuántas se producirán al cabo del día, en tantos programas y cadenas como hay? Yo no me comprometo a comprobarlo.


pixabay.com  thinking


viernes, 8 de febrero de 2019

Un hombre y dos burros


Seguimos celebrando los diez años de Juguetes del viento con la recuperación de algunas de  las entradas que conforman la historia del blog.
Ésta se publicó originalmente el 18 de enero de 2013.


El año pasado leí una novela titulada La librería ambulante, ("Parnasus on Wheels", 1917) de Christopher Morley.
En esta novela, que se desarrolla en Nueva Inglaterra a principios del siglo XX,  un hombre, el señor Mifflin,  viaja en un carromato tirado por un caballo. Su negocio es la venta de libros y su pasión la difusión de las ventajas de la lectura.

No hace mucho conocí la historia de otro divulgador de los  beneficios de la lectura, este de carne y hueso,  que en el siglo XXI cuenta prácticamente con los mismos medios que el de la novela, pero se enfrenta a mayores dificultades y peligros ( y eso que el bueno de Mifflin también sufre lo suyo).

En La Gloria, Colombia, una zona marcada por la violencia de grupos paramilitares y bandas de asaltantes,  un maestro de enseñanza primaria  llamado Luis Soriano va de un  lado a otro con dos burros. Uno se llama Alfa y el otro Beto,  y van cargados de libros.

Los sábados por la mañana, muy temprano, el maestro sale de casa con sus dos burritos libreros y una mesa plegable en la que ha pegado un letrero que dice “Biblioburro”.
Llega a aldeas aisladas, donde los niños tienen padres analfabetos y viven en casas en las que no hay un solo libro.

Al llegar, después de varias horas de camino a pleno sol,  abre la mesa portátil  y a continuación pone en el suelo un peculiar top manta de las letras, un picnic bibliográfico, con los libros que lleva ese día.
Los niños se ponen a curiosear. Algunos se sientan a leer allí mismo, o a escuchar leer al maestro o  a hacer los deberes de la escuela; otros se llevan algún libro en préstamo.

Un día el maestro escuchó en la radio a un periodista que hablaba sobre el libro que acababa de publicar, y le escribió pidiéndole que donara un ejemplar para su biblioteca ambulante.
El periodista, conquistado por este proyecto singular, lo dio a conocer en la radio, y gracias a esto, don Luis Soriano empezó a recibir donaciones de libros que llegaban de muy diversos lugares, y además una entidad financiera donó dinero para la construcción de una pequeña biblioteca en el pueblo.

Don Luis inició su biblioteca itinerante, hace más de una década, con los setenta libros que constituían su exigua biblioteca personal. Hoy día, gracias a las donaciones, tiene casi cinco mil volúmenes, entre libros infantiles, libros de texto,  novelas, ensayos y enciclopedias. 

Al principio muchos se reían de él al verlo pasar con sus  burros y sus libros  y lo tomaban por loco.
En una ocasión se cayó de su montura y se partió una pierna, a resultas de lo cual sufre una cojera permanente.
En otra ocasión lo asaltaron unos bandidos que, al ver que no llevaba dinero, le robaron una novela.
A lo mejor la leyeron y todo, quién sabe.

Pero ni estas desventuras ni peligros mayores, como el de la guerrilla, arredraron a este valiente, que siguió adelante con su romántico empeño y que se emociona al ver cómo los niños a los que él enseña,  a su vez enseñan a leer y escribir a sus padres.

Es muy grato saber que su humilde pero trascendente iniciativa ha ido poco a poco alcanzando reconocimiento internacional. Por ejemplo, en 2010, la CNN le dedicó un reportaje en su sección CNN Heroes; en la BBC y el New York Times también han aparecido noticias sobre el biblioburro. Existe igualmente un documental cinematográfico titulado Biblioburro: The Donkey Library, y además en otros países como Venezuela y Etiopía se están llevando a cabo proyectos similares.

El compromiso de este auténtico maestro no es sólo con la cultura y la alfabetización; es sobre todo un compromiso con el porvenir. Porque el conocimiento del mundo y de la vida que los niños adquieren a través de los libros, deriva, creo yo, en la conciencia de quiénes somos, cada uno y los demás. Y en esa conciencia probablemente está la fórmula mágica del respeto; y el respeto es, entre otras cosas, el antídoto contra la violencia.



                                      


Aquí, otros héroes libreros.

miércoles, 30 de enero de 2019

Libricina


Hace unos meses asistí a una especie de performance, dentro del Festival Ñen la que el escritor y crítico literario Guillermo Busutil actuaba como médico de los males del alma, por así decir.
En un espacio que representaba una consulta, este peculiar doctor, ataviado humorísticamente con bata y estetoscopio, esperaba tras su mesa la llegada de los pacientes. De este modo, los asistentes que lo desearan podían acercarse a la mesa y contarle  sus cuitas, qué les preocupaba o de qué mal emocional estaban aquejados. Y entonces el buen doctor echaba mano de sus enciclopédicos conocimientos literarios y le recetaba a cada paciente un libro, o dos, que, según su criterio, podían ayudarle a superar o sobrellevar su dolencia espiritual.

Esto puede parecer una broma, y de hecho el acto tenía un carácter lúdico. Pero en el fondo hay una verdad seria, cual es que  los libros, en efecto, nos ayudan a vivir; que en ellos encontramos alivio, consuelo, comprensión y compañía; porque nos hacen ver que no estamos solos en nuestras aflicciones, sino todo lo contrario: que lo que nos preocupa, nos entristece o nos perturba, es en realidad como un resfriado: algo muy común, que padece y ha padecido siempre la mayor parte de nuestros congéneres. Y sólo esto, el sentirnos  acompañados y comprendidos en nuestras inquietudes es, si no una cura, sí un gran alivio. Porque la palabra, escrita o hablada,  es muchas veces la mejor medicina, o incluso la única que necesitamos. 

Curiosamente, hace unos días he leído algo que está muy relacionado con la insólita consulta del doctor Busutil. Se trata de un artículo sobre la Piccola farmacia letteraria, una librería que abrió  el pasado mes de diciembre en  Florencia, en la que los libreros actúan como farmaceúticos que despachan justamente eso: medicina literaria, jarabe de libros; medicamentos de agradable sabor y  que además no tienen efectos secundarios ni contraindicaciones.
Según se dice en el artículo, la librería-farmacia está teniendo un éxito colosal, y próximamente empezará a funcionar su página web para que se pueda acceder a sus servicios desde cualquier parte del mundo.  

Todo esto a mí me resulta muy romántico, y me llena de satisfacción ver que en un mundo que parece enemistado con las emociones,  con la cultura, con todo aquello que no produzca un beneficio material e inmediato, no dejan de aparecer iniciativas que tratan precisamente de contrarrestrar esa frialdad, esa frivolidad, ese materialismo que parece haberse adueñado de la sociedad, de los medios de comunicación, de la vida en general. Y también es una satisfacción ver que las personas responden con entusiasmo a estas propuestas, lo cual demuestra que  son necesarias y que, quizá sin saberlo, las estábamos esperando.

Además, todo esto me ha hecho pararme a pensar en qué  libros han sido curativos para mí alguna vez, y en cuáles podría yo recomendar si alguien me pidiese una de esas recetas literarias.

¿Y ustedes? ¿Creen que la literatura puede ser terapeútica?

Piccola farmacia letteraria

viernes, 18 de enero de 2019

Dos historias


Serie B

Las olas vienen y van. Los flotadores se bambolean. Los muchachos juegan en el agua y los niños aprenden a nadar. El sol tiembla de puro calor, y yo doy pasitos por la orilla sin poder adentrarme en el mar. Sólo puedo mojarme los pies. 

El agua fría se me enrosca en los tobillos, burbujea como champán salado. Y suena como cascabeles cuando se arrastra sobre las piedras y los restos de caracolas. Mojadas de espuma brillan como lentejuelas.
Echo de menos nadar, sumergirme, rozar el fondo con las manos. Acariciar a los peces. Y emerger después con el pelo mojado y reluciente.

Unos niños pasan corriendo y salpicando agua. Doy un brinco, me vuelvo, me aparto, pero  me  mojan la espalda y los hombros. Corro hacia la toalla y me tumbo al sol. Tengo que secarme de inmediato. No podré asistir a la fiesta esta noche si vuelven a salirme las escamas.

***

La terapia del camaleón

Un amanecer de verano salí al jardín para intentar dormir un poco a la sombra de mi único árbol, que había crecido tanto que muchas de sus ramas reposaban ya sobre el muro.

Al acercarme al árbol vi que en una rama,  un poco por encima de mí, había un  insólito camaleón.
Al principio me disgustó. El animal me causaba cierta repulsión, con sus ojos desorbitados, sus manos casi humanas y su expresión de viejo cascarrabias. Pero al mismo tiempo me fascinaba. Sus movimientos lentos, casi exasperantes, resultaban incomprensibles para alguien como yo, tan inquieto y nervioso que pasaba las noches en vela, incapaz de relajarme por muy cansado que estuviese.

El camaleón siguió viviendo en mi árbol, y en muy pocos días ya me había acostumbrado a pasar tiempo observándolo. Su parsimonia, su silencio, su aparente indiferencia me hipnotizaban.

A veces me parecía que el animal actuaba para mí, como un mimo que tuviera un solo espectador y decidiera desplegar para él todo su talento. Cuando me acercaba el camaleón empezaba a moverse, despacio, adelantando una pata, luego otra, con la cola enroscada, tortuga y caracol a un tiempo. Avanzaba por la rama como si el aire fuera de miel, como si atravesara un mundo espeso, gelatinoso. Entonces se detenía entre las flores rosadas y las hojas que ya amarilleaban, y como un arcoiris viviente empezaba a lucir sus colores. Y allí se quedaba, inmóvil, casi invisible, como pidiéndome que lo dejara descansar.

Al cabo de un tiempo, casi sin darme cuenta, empecé a dormir mejor. Cuando me acostaba, después de pasar un rato cada tarde observando al camaleón, en mi mente sólo se reproducía su imagen, sus colores, su desplazamiento elástico y pausado, su actitud estoica. Y entonces me invadían una placidez, una sensación de calma que eran nuevas para mí, y que me llevaban con suavidad hacia un dulce y mullido sueño. 


pixabay background

jueves, 10 de enero de 2019

Palabras insensatas


Seguimos celebrando los diez años de Juguetes del viento con la recuperación de algunas de las entradas que conforman la historia del blog. 
Ésta se publicó originalmente el 11 de septiembre de 2014.


En una ocasión una alumna mía, una niña de nueve años, me preguntó si yo conocía “todas las palabras del inglés”.

Le dije, lógicamente, que no, que es imposible conocer todas las palabras de un idioma, ni siquiera del propio. La niña se sorprendió mucho al oírme decir eso, y su sorpresa quedó expresada cuando respondió: “Pues yo conozco todas las palabras del español… ¿tú no?”

Entonces yo, entre didáctica y bromista, le pregunté si sabía qué significaba la palabra idiosincrasia. Fue genial ver la cara de la niña, que me miró como si yo acabase de revelarle el sentido de la vida.

En realidad algo de eso había -y perdonen ustedes la exageración-, pues lo cierto es que la chiquilla acababa de descubrir un mundo nuevo: el de las palabras que están más allá del vocabulario que usamos a diario y que manejamos con absoluta familiaridad.

A diferencia de mi alumna, yo, de niña, nunca pensé que conociera todas las palabras de nuestro idioma. Al contrario, sufría mucho porque había una cantidad enorme de palabras y frases que escuchaba y veía escritas por aquí y por allá y cuyo significado no lograba discernir.

Confundía, por ejemplo,  los significados de las palabras divorciarse y suicidarse.
Recuerdo que una vez vi, en un quiosco de prensa, la portada de una revista en la que, junto a la foto de una bella señora, se leía: “Fulanita de Tal se divorcia”,  y que pensé que era una pena que siendo tan guapa, famosa y seguramente rica, hubiera decidido quitarse la vida.

Pero lo que más me desconcertaba eran ciertas expresiones hechas que me parecían tan incomprensibles y absurdas que llegué a pensar que la gente las decía mal, que tenían que ser de otra manera. Y no es que yo me creyera más lista que los mayores, en absoluto; es que alguna explicación tenía que haber para aquella incomprensibilidad.
 
Una frase que me desesperaba especialmente era dentro de lo que cabe.
Me devanaba la sesera dándole vueltas a aquello. ¿”Dentro de lo que cabe”? Pero, ¿lo que cabe no es lo que está dentro? ¿No debería ser “ de lo que cabe dentro?” Y así me pasaba un rato.
 
También me resultaba muy extraña la expresión merece la pena, y no comprendía por qué la gente decía cosas como “merece la pena levantarse temprano”.  Yo creía entender que el hecho de levantarse temprano -o lo que quiera que fuese- merecía que sintiéramos pena. Y claro, no veía lógico que lo dijeran tan contentos y acordaran levantarse a las ocho para ir de excursión. ¿Es que querían ponerse tristes o qué?

Más o menos lo mismo me ocurría con mejorando lo presente. Yo entendía que eso se decía como un cumplido, porque veía que los aludidos lo agradecían,  pero en realidad a mí me parecía un insulto: “Pepita López es encantadora, mejorando lo presente.” Y yo entendía que la bella Pepita era mejor que las señoras presentes. Desconcertante, ¿no?

También me mortificaron mucho las expresiones ceda el paso (eso tenía que estar mal por fuerza) y admón de loterías (¿qué será un admón, madre mía?).

Lo más curioso de todo esto es que yo no preguntaba por el sentido de esas frases, no pedía que me las explicaran, y no sé por qué. Quizá es que daba por hecho, intuitivamente, que las frases eran absurdas, que se decían por costumbre y sin reparar en su insensatez.

Sí, esas expresiones me hicieron sufrir mucho durante mucho tiempo, pero recuerdo el día en que oí a alguien decir “… en la administración de loterías”. En aquel momento la palabra admón. cobró todo su sentido y fue tal la satisfacción que sentí con este descubrimiento que me pareció que un gran telón negro se levantaba y que ante mi ojos se alzaba el arcoíris refulgente del discernimiento. Qué momento, señores.

Quizá esto explique por qué no preguntaba yo a mis mayores por el sentido de esas palabras y expresiones: la satisfacción de descubrirlo por mí misma era tan gratificante que merecía la pena esperar. 



                                             dreamstime rainbow



domingo, 30 de diciembre de 2018

Que hablen ellos (como es tradición)



En diez años da tiempo a muchas cosas, por ejemplo a que un blog origine sus propias tradiciones.
Y una de las tradiciones de este blog es que cuando empieza un nuevo año invitamos a unos cuantos amigos para que compartan con nosotros un poco de su sabiduría; para que  nos dejen ideas y palabras edificantes sobre asuntos que son a la vez sencillos y muy complejos, comunes y primordiales.

Este año han venido a la cita luminarias como Nuccio Ordine, John Cheever, Ray Bradbury, Ana María Matute y Stefan Zweig, y nos han traído palabras que tratan sobre la necesidad de formarse un criterio personal, sobre la trascendencia de las cosas pequeñas y sobre el disfrute de la vida.

Así, Nuccio Ordine nos habla de la importancia de tener una opinión propia, en vez de acatar sin más lo previamente aceptado por la mayoría, aunque lo primero sea mucho menos cómodo:

 … en un mundo en el que a la gente le gusta escuchar sólo las presuntas “verdades” aceptadas pasivamente […] es mucho más fácil recurrir a las opiniones generalizadas; hacerse una propia requiere esfuerzo, estudio, reflexión. Los prejuicios, en suma, son a menudo hijos de la ignorancia.
-Nuccio Ordine, 2016-


Con su poético estilo, Ray Bradbury nos advierte de un peligro que nos acecha desde bien pronto: el peligro de quedarnos sin  la ilusión, la  naturalidad y la capacidad de maravillarnos y disfrutar que tenemos de niños,  precisamente por aceptar las opiniones ajenas y amoldarnos a ellas:

Hacia los catorce o quince años mucha gente ya ha sido apartada de sus amores, de sus gustos antiguos e intuitivos, uno a uno, hasta que al llegar a la madurez no les queda nada de alegría, de garra, de entusiasmo, de sabor. Las críticas ajenas, y las propias, los han hecho sentir incómodos. Cuando a las cinco de una oscura y fría mañana de verano llega el circo y suena el organillo, en vez de levantarse y salir corriendo se remueven en sueños, y la vida pasa de largo.
-Ray Bradbury, 1994- 


Por su parte, las palabras de John Cheever nos invitan a celebrar el hecho de estar vivos, de vivir en un mundo asombroso, de formar parte de un universo colosal, lo que nos hace insignificantes y grandes al mismo tiempo; y de tener la capacidad de amar, que no es otra cosa que apreciar y valorar la vida:

El cielo estaba despejado aquella mañana y puede que todavía hubiera estrellas, aunque no las vio […] Lo que lo conmovió fue la sensación de esos mundos en torno al nuestro; por muy imperfecto que sea nuestro conocimiento de su naturaleza, tenemos la sensación de que poseen un ápice de nuestro pasado y de nuestras vidas futuras. Era esa poderosa sensación de que estamos vivos en el planeta. Era esa poderosa sensación de qué singular, en la inmensidad de la creación, es la riqueza de nuestra oportunidad. La sensación de que esa hora era un privilegio exquisito, el gran regalo de vivir aquí y de renovarnos por el amor. ¡Esto parecía el paraíso!
-John Cheever-


Ana María Matute nos dice algo que actualmente se repite mucho, pero que se olvida con frecuencia; y es que los momentos pequeños, aparentemente intrascendentes, son los que a la larga más importan.  Quizá sea porque las grandes emociones, las grandes impresiones, son eso, demasiado grandes para nosotros, nos abruman y nos sobrepasan:

¿Sabéis, muchachos? No creáis que al morir recordaréis hazañas, ni sucesos importantes que os hayan ocurrido. No creáis que recordaréis grandes aventuras, ni siquiera momentos felices que aún podáis vivir. Sólo cosas como ésta: una tarde así, unas copas de vino, esas rosas cubiertas de agua.
-Ana María Matute, 1959-


Para terminar, Stefan Zweig nos habla también de la felicidad, de la sencilla y cotidiana que podemos disfrutar solos,  y de la extraordinaria, la que nos desborda, la que, al igual que las penas, conviene compartir:

Pero ¿qué voy a hacer con mi alegría? Es demasiado grande para mí solo. Estoy acostumbrado a dosis más pequeñas: suelo compartir mis noches con un libro, con un amigo, con una buena carta o con un poco de música. En eso consiste para mí la felicidad. Cuando sobrepasa estas dosis no sé qué hacer con ella. Me gustaría compartirla con alguien.
-Stefan Zweig, 1941-

*

Ojalá durante este nuevo año todos podamos vivir así, con  verdad, con ilusión, con felicidad, ya sea grande o pequeña; apreciando la bondad y la belleza del mundo, ya sea en buena compañía o en buena soledad; y teniendo siempre cerca palabras que nos inspiren, nos guíen y nos alienten. 


campo de amapolas, foto de Manuela


Las citas corresponden a las siguientes ediciones:
-Nuccio Ordine. Classici per la vita ( La nave di Teseo, 2016)
-Ray Bradbury. Zen en el arte de escribir (Minotauro, 2002). Traducción de Marcelo Cohen.
-John Cheever. ¡Oh, esto parece el paraíso! (Debolsillo, 2018). Traducción de Maribel de Juan.
-Ana María Matute. Primera memoria (Austral, 2018).
-Stefan Zweig. Clarissa (Acantilado, 2017). Traducción de Marina Bornas Montaña. 

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Costumbres navideñas


En 2018 Juguetes del viento ha cumplido diez años, y para celebrar la historia del blog estamos recuperando algunas entradas. Ésta fue publicada originalmente el 22 de diciembre de 2009.


Mi vecina tiene un Papá Noel colgado en el balcón, como mucha gente. Pero la diferencia es que mi vecina lo tiene colgado desde el año pasado. El muñecajo ha pasado los doce meses ahí, a la intemperie, con lo que eso conlleva. Y debe de ser el único Papá Noel del mundo que ha visto pasar bajo sus pies las procesiones de Semana Santa. Lo cual por cierto, configura una imagen digna de una película de Tom Cruise.
Me imagino a mi vecina, llegado el momento este año de sacar las decoraciones navideñas, diciendo "¿Y dónde está el papanué?" Y habrá ido a comprar otro, claro, porque a estas alturas, si no hay muñeco en el balcón, parece que no es Navidad.

No me explico yo por qué algunas modas arraigan en la población de tal manera que en seguida se convierten en tradición.
Pero ésta del adefesio balconero no es la única costumbre que me asombra. También me deja pensativa y con ganas de consultar a un antropólogo esa otra moda que yo llamo "los balcones histéricos". Consiste ello en adornar -es un decir- balcones, ventanas y terrazas con unas tiras luminosas, unas ristras de bombillitas de colores metidas en una especie de manguera.
La idea primigenia es colocar dichas mangueras luminosas siguiendo el contorno del balcón, la ventana o la terraza que se desea decorar, y que cuando se enciendan proporcionen una iluminación armoniosa y alegre. 
Pero un gran número de ciudadanos hace una interpretación libre del invento, y el resultado suele ser espantoso: balcones llenos de tirajos arrugados, colocados sin ton ni son, enganchados aquí y allá en completo desorden, y que se encienden y se apagan, parpadean y tiemblan sin orden ni concierto, sin ritmo y sin sentido, creando un efecto de balcón electrocutado que da pavor.

Tampoco me explico yo la pasión navideña por el petardo. ¿A qué se deberá ese gusto por el explotío? ¿Será para sacar de quicio al prójimo? ¿O será por la emocionante posibilidad de chamuscarse algún miembro?

Sea por lo que sea, la única conclusión a la que yo llego, observando estas usanzas, es que a buena parte de la humanidad le encanta el ruido, las luces estridentes, los colorines y el feísmo.
Observen un poco y verán. Casi todo lo que se convierte en moda rápidamente es feo, o chillón, o ruidoso. O todo a la vez. Y observen que en general las celebraciones, públicas o privadas, religiosas (si es que queda alguna) o laicas,  llevan aparejados el ruido, la matraca y la estridencia.
¿A qué se deberá?



***
Muchas gracias a todos ustedes por la compañía, la alegría y la sabiduría que me han regalado durante un año más, éste que acaba. Para 2019 les deseo a todos mucha felicidad, y espero que sigan acompañándome. 
Besos y abrazos,
Ángeles.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Cóctel de títulos. La solución


En primer lugar quiero agradecerles a todos ustedes su amable y simpática participación en el juego que les propuse en la entrada anterior.
Como recordarán, la propuesta partía de tres títulos inventados a partir de seis títulos de obras reales; tres libros inexistentes con un argumento cada uno. De esos tres argumentos, dos de ellos eran también inventados y sólo uno de ellos real, correspondiente a una novela verdadera. El juego consistía, claro está, en que intentasen ustedes adivinar o intuir cuál de esos argumentos era el real, y además les pedí que me dijesen cuál de los tres era el que más les gustaba.

Pues bien, casi todos ustedes han acertado en la elección de la historia verdadera, que es la que denominamos “Diario íntimo de la vida” (la niña que va a vivir con su dominante abuela y que no desea hacerse adulta), y que en realidad es el argumento de la novela Primera memoria, de Ana María Matute.

En concreto, Sara, Macondo, Chafardero, Albada, Chaly, Toro Salvaje, MJ y Marisa, apostaron por esta opción, así que felicidades a todos por su tino.
En cambio, JuanRa y Metalsaurio votaron por “Una vida ambulante” como argumento real, y Guille por  “Memorias de un vestido azul”. Gracias a los tres por considerar realistas estas opciones.

Por otra parte, casi todos los participantes que han expresado su preferencia por alguno de los argumentos, han elegido como favorito uno de los dos inventados, lo cual me congratula grandemente.
Haciendo el recuento de votos obtenemos que “Una vida ambulante” ha sido el favorito de Sara, Macondo y Marisa, mientras que “Memorias de un vestido azul” es el que más les ha gustado a JuanRa, Conxita,  MJ y Metalsaurio. Sólo Chafardero eligió como favorito el argumento de "Diario íntimo de la vida".
Por último, cabe señalar que tanto Rick como Beauséant nos dejaron también favorables impresiones, pero sin decantarse por ninguna historia en particular.

De nuevo y como siempre, muchas gracias a todos por hacerme pasar tan buenos ratos con su presencia aquí. 


domingo, 2 de diciembre de 2018

Cóctel de títulos



Quizá recuerden algunos de ustedes un juego al que hemos jugado en ocasiones anteriores. Consiste la cosa en mezclar títulos de libros para obtener títulos nuevos. Como quien mete varios ingredientes en una coctelera para obtener un combinado.

Por ejemplo, si mezclásemos La casa de los veinte mil libros, de Sasha Abramsky, con La nieta del señor Linh, de Philippe Claudel, obtendríamos La casa del señor Lihn. O si combinásemos Noches en el Alexandra, de William Trevor, con Una ciudad asediada, de Margaret Oliphant, el resultado sería Noches en una ciudad asediada.

Y quiza recuerden también que la primera vez que jugamos a esto, los títulos inventados nos hicieron imaginar qué libros podría haber detrás de ellos, qué historias podrían contar esos libros inexistentes. 
De modo que en posteriores entradas pasamos a la acción, pero no sólo imaginando argumentos para nuevos títulos inventados,  sino además añadiendo un juego de adivinanzas.

Y eso es lo que vengo a proponerles hoy de nuevo. Yo les daré tres títulos inventados a partir de seis títulos verdaderos, y a cada uno de los títulos inventados le adjudicaré un argumento, una historia. Pero de esos tres argumentos, dos son inventados  por mí, y uno corresponde a una novela real, existente y verdadera. Por lo tanto el juego consiste en que ustedes intenten descubrir cuál de esos tres argumentos es el real.
No pretendo, claró está, que reconozcan ustedes la historia y me digan a qué obra pertenece. Se trata simplemente de adivinar.
Y creo que también sería interesante que dijeran ustedes cuál es su argumento favorito, así podríamos saber si los inventados resultan suficientemente atractivos como para que pudieran ser una novela verdadera.

Así que si les apetece jugar, y yo espero que sí, éstos son los títulos que han surgido de mi coctelera literaria y el argumento que he adjudicado a cada uno. En esta ocasión, como peculiaridad, los tres tienen el nexo común de una niña que llega a una nueva casa. Espero que les gusten:

-Combinando Diario íntimo de Sally Mara, de Raymond Queneau, y La vida ante sí, de Roman Gary, obtuve Diario íntimo de la vida.

Ésta podría ser la historia de una niña que ha perdido a sus padres y ha de ir a vivir a casa de unos familiares. Su abuela, una mujer dominante y severa, dirige la vida de los demás miembros de la familia y tiene influencia en otras personas de su entorno. La niña observa y analiza a su modo las actitudes  y comportamientos de las personas cercanas, familiares y vecinos; y poco a poco va descubriendo los secretos del mundo adulto, al que sabe que pertenecerá dentro de no mucho tiempo y del que no quiere formar parte.

*** 
-La mezcla de La librería ambulante, de Christopher Morley, y Una vida, de Maupassant, dio lugar, claro,  a Una vida ambulante.

Esta novela podría tratar de un anciano y su nieta de seis años, que han dejado su vivienda anterior y  acaban de instalarse en un pequeño  apartamento de la ciudad. El anciano no tiene amigos y su única compañía es su nieta.  La niña es tan graciosa y tan sociable que en poco tiempo se gana el afecto y la simpatía de los vecinos, de sus compañeros de escuela y de su maestra. Gracias a eso el abuelo también se vuelve más sociable, menos solitario y más alegre.
Pero con el tiempo las cosas empiezan a cambiar:  la maestra y los vecinos sospechan que algo extraño ocurre, porque la niña, en tres años, no ha cambiado nada en absoluto, y en vez de nueve años sigue aparentando seis. Entonces el abuelo decide que es el momento de volver a mudarse.

***
-Por último, al mezclar El vestido azul, de Michèle Desbordes, y Memorias de un tramposo, de Sacha Guitry, surgió Memorias de un vestido azul.

Aquí podríamos tener la historia de una niña que encuentra un vestido azul en el desván de la nueva casa a la que se ha mudado su familia. Pero no es lo único que encuentra, porque al sacar el vestido del baúl ve que entre los pliegues de la tela hay un libro. En realidad el libro es un diario, en el que alguna otra niña, tiempo atrás, fue anotando lo que le ocurría, lo que hacía, veía, pensaba y aprendía cada vez que llevaba puesto ese vestido azul.
Nuestra protagonista decide hacer lo mismo que la anterior dueña del vestido,  y descubre que cada vez que se pone ese vestido ocurre en efecto algo digno de anotar en el diario.

***

Espero sus respuestas. Muchas gracias por participar.




jueves, 22 de noviembre de 2018

Tres historias



Un chico estupendo

Era un chico estupendo: cariñoso, trabajador, honrado, y además muy guapo.
Tenía también sus defectos, claro, pero no eran importantes. Excepto uno.
Yo le perdonaba que fuese un poco impuntual, y que le gustase tanto beber. Y que dejara siempre la ropa sucia en el suelo.
Lo que no podía soportar era que dijera cosas como “si lo fuera sabido”, “pienso de que”, o “contra más”.
Yo intenté mil veces inculcarle un poco de conocimiento, pero no aprendía.
Por eso, cuando una tarde me dijo que no sé qué cosa no se podía preveer, no pude contenerme,  y le inculqué en el cráneo el segundo tomo de la enciclopedia, tres veces, mientras le gritaba: “¡Eso-nose-dice!”

***
Manzanas de tiza 


El maestro dibujó cuatro manzanas en la pizarra. En realidad no eran más que cuatro círculos irregulares con un rabito encima, pero poco a poco, por efecto de la artística mano y de las tizas de colores, los círculos se fueron convirtiendo en manzanas vivas.
Primero adquirieron su verdadera forma y después volumen, sombra, brillo, perspectiva.
Los alumnos miraban embelesados la evolución de aquellos trazos, el realismo que el maestro iba consiguiendo con los mágicos pases de su mano, y, viendo que aquellas manzanas seguían haciéndose cada vez más apetitosas, se preguntaban hasta dónde llegaría ese realismo. ¿Llegarían a poder cogerlas? ¿Y a comerlas?
El silencio en el aula era completo, salvo por el suave ras-ras de las tizas bailando sobre la pizarra.
Cuando el maestro consideró que las manzanas estaban terminadas, dijo con cierta pena:
–Ahora borramos una.
Y al instante sólo quedaron tres.
–¿Veis? –dijo–. Cuatro menos una, tres. Eso es restar.
Después, con un suspiro, recogió de su mesa el libro de matemáticas, los ejercicios de cálculo, y por último, el cuaderno de dibujo que siempre llevaba consigo.


***
Faustino

Un hombre pasea por el cementerio. Se detiene ante una fosa recién excavada y la observa con interés. El jardinero, que lleva un rastrillo y un capazo lleno de flores difuntas, se acerca al hombre con afecto y respeto.

Jardinero: –Buenos días, Faustino. ¿Qué, tomando el aire, no?
Faustino: –Sí, hay que airearse y estirar las piernas un poco, que si no se agarrota uno.
Jardinero: –Claro, claro. ¿Y qué le parece el hoyito? ¿Le gusta?
Faustino: –Mucho. Qué simetría, qué proporciones. Da gusto verlo.
Jardinero: –Pues imagínese cuando esté todo terminado, con su caja dentro, su cruz de mármol, su lápida, sus flores…
Faustino: –Un primor, amigo mío, un auténtico primor. Vamos, que me dan ganas de morirme otra vez, no le digo más.

Se oye el rumor de la comitiva fúnebre que va acercándose. El jardinero se va hacia su caseta y Faustino se difumina por entre los árboles. 


flowers