lunes, 24 de mayo de 2010

Dime cuál es tu nombre y te diré cómo te llamas, I.

Recuerdo un chiste infantil en el que un señor quería cambiarse el nombre.
-¿Por qué quiere cambiarse el nombre?, le preguntaban.
-Porque cuando digo cómo me llamo, todo el mundo se ríe de mí.
-¿Cómo se llama usted?
-José Caca.
-Ah, claro. ¿Y cómo quiere llamarse?
-Antonio Caca.

Y es que, por lo visto, el nombre que nos pongan al nacer puede marcar nuestra personalidad y hasta nuestro destino.
Eso dicen, aunque yo no creo que sea siempre así.
En una ocasión tuve una alumna llamada Sherezade y al ver su nombre en la lista de clase me imaginé a una muchacha delicada, de rasgos exóticos, voz aterciopelada y andares majestuosos. Pero Sherezade resultó ser una chica grandota, desgarbada, con gafas y que vestía al estilo heavy-metal. Y  con un sentido del humor fabuloso, por cierto.
Por supuesto, nadie la llamaba Sherezade. Era ‘Chere’ para todo el mundo y así se presentaba ella misma.

Pero al parecer muchos padres modernos sí están convencidos de que un nombre corriente hará de sus hijos una persona corriente, así que se estrujan la sesera para encontrar nombres originales y llenos de significado, con los que nombrar a sus retoños.
Pero la originalidad a veces da problemas.
Conocí a un niño de nombre Israel al que su abuelo llamaba Rafael. El hombre, que estaba más bien sordo, daba por hecho que entendía mal. Y además, es que le parecía imposible que su nieto tuviera nombre de país.
También puede ser que un nombre poco frecuente o muy creativo no se entienda a la primera y haya que andar siempre repitiéndolo, lo cual es un engorro; o puede que nadie sepa cómo escribirlo y haya que estar echando mano al deletreo o a un boli; o puede que simplemente sirva de rechifla, con el consiguiente trauma-mosqueo del afectado. Que le pregunten si no a la niña Noemí, a la que sus primitos llamaban ‘Nuevemí’.

Es normal que los padres ya no quieran llamar a sus hijos Tiburcio ni Frumencio, ni Cunegunda ni Cristeta. Pero ¿por qué ha de ser mejor llamarse Yotuel que Fernando? ¿O Aroha en vez de Isabel?

Muchas veces los progenitores, en su afán de ser originales y creativos, y en su deseo de que su niño destaque sobre los demás, no se dan cuenta de lo fácil que es pasarse de la raya y caer en lo ridículo.
En esa búsqueda del nombre insólito hay quien se inspira en películas o series de televisión americanas. Pero claro, como no ven los nombres escritos y se fían del oído, pasa lo que le pasó a una familia que bautizó a su hija Sue Ellen. El problema era que lo escribían ‘Suelen’.
Por esa misma razón hay en España niños llamados ‘Yonatan’, ‘Yeremy’, ‘Yeimi’ (Jamie) o ‘Braian’ (Brian).
Lo de ponerle a los niños nombres extranjeros se da mucho en los barrios populares, donde abundan también las Jessica, Yasmín, Ingrid, ‘Reichel’ (Rachel) o Jennifer. Y ello da lugar a escenas costumbristas como la de la señora que, asomada a la ventana y a grito pelado, decía: “¡Jeniii! ¡Dile a la Ingri que se suba p’arriba!”

viernes, 7 de mayo de 2010

Premios Gamba 2010. Se nos va de las manos

Me sigue llamando la atención el poco cuidado con que se dan las noticias en nuestras televisiones, públicas o privadas.

No se presta atención al detalle, no hay un mínimo de interés por hacer las cosas bien, no se esmeran; van a la bulla y al ‘como salga’. Y eso demuestra una gran falta de respeto al público: no les importa hacer las cosas mal porque creen que no merecemos que se esfuercen en hacer bien su trabajo. O nos toman por tontos y creen que no vamos a apreciar una mala redacción, una falta de ortografía, una incoherencia, o cualquiera de los muchos errores que se comenten a diario en los medios de comunicación.
¿O será simplemente que no lo saben hacer mejor?

Hoy comenzamos con una metida de gamba de esas en las que tanto destaca el telediario de Telecinco.
Un aciago día del mes de marzo, Pedro Piqueras nos habla de un juicio. Se trata del conductor de un autocar que llevaba a bordo a un equipo juvenil de fútbol. El dicho conductor iba borracho y se le juzga "por la muerte de esa gente".
¿Esa gente? Señor Piqueras, un respeto, hombre, un poco de decoro humano y profesional.
Pero lo mejor del asunto es que después, cuando una voz en off da más detalles del caso, descubrimos que el vehículo había sido detenido por la policía y los jóvenes futbolistas recogidos por otro autocar que los llevó a su destino. O sea, que no había muerto nadie.
Así que doble gambazo: llamar “esa gente” a quienes el locutor creía víctimas mortales, y dar una noticia con un error tan grueso.
Y ahora, díganme, ¿creen ustedes que Pedro Piqueras se disculpó por el error, rectificó o hizo referencia alguna a la equivocación?
Efectivamente: no.

Otro resbalón, también en Telecinco: hablan de la cogida que sufrió recientemente el torero José Tomás, y dicen que “los médicos tardaron más de tres horas en atenderlo”. Pero no era eso. Es que estuvieron tres horas atendiéndolo, que es muy distinto.
En otro programa, hace dos o tres días, dan una noticia sobre un desprendimiento de rocas que ha sepultado varias viviendas. Dice la locutora: “Debajo de esta montaña de escombros vivían cuatro familias”.
¿Eh? ¿Vivían debajo de los escombros? Serían cuatro familias de topos, ¿no?

El mes de abril ha sido especialmente prolífico en rótulos televisimos penosamente redactados.
Por ejemplo, en un programa de TV1 nos cuentan la historia de un anciano de Granada que padece el llamado ‘Síndrome de Diógenes’,y que, a causa de tal enfermedad, ha acumulado en su casa toneladas de basura.
Sobre las imágenes del reportaje aparece un rótulo a modo de pie de foto, en el que se lee: “Más de dos toneladas de basura ha acumulado un anciano con Diógenes de Granada”.
Dicho así, parece que la basura la ha acumulado un anciano junto con un tal Diógenes de Granada, que además parece el nombre de un cantaor, al estilo Perlita de Huelva o Chiquito de la Calzada.
O sea, suspenso en redacción.

Más ejemplos. En una tertulia de Canal Sur sobre la reforma del Código Penal, leemos que “el PP se abstiene por no incluir la perpétua”.
En primer lugar, parece que es el PP el que no incluye la perpetua, con lo cual la frase queda incoherente. Y en segundo lugar, fíjense en la tilde tan mona que le colocan a ‘perpétua’.
Pues nada: suspenso en redacción y en ortografía.
Pero es que en el mismo programa ponen otro rotulito informando (es un decir) sobre la reducción de penas para algunos delitos, como “los de contra la seguridad vial”.
¿Los de contra la seguidad vial? Suspenso y sin posibilidad de recuperación.

Otro, otro. Este de Antena 3. Reportaje sobre el caso escandaloso del profesor de kárate que resultó ser un pederasta. Sobre imágenes de la casa del tipo aparece el rótulo: “Una vecina del chalé de Torres Baena asegura que allí obligaba a los menores a ver porno”.
Pero, ¿quién los obligaba? ¿la vecina?
Pues según el rótulo, sí, porque “una vecina del chalé de Torres Baena” es el sujeto de los dos verbos; así que la vecina “asegura” y la vecina “obligaba”. Es una cuestión de sintaxis elemental. De modo que otro suspenso, en redacción y en sentido común.
Para terminar, otro cartelito de Antena 3. En el telediario conectan con una reportera que está en París. Aparece el rótulo con su nombre y debajo del nombre pone “Enviada espacial”.

Pero la verdad es que no me extraña nada, porque parece que están todos en la luna…

martes, 27 de abril de 2010

Los títulos de las películas, VII

Sabemos y comprendemos que hay ocasiones en que cambiar el título de una película es necesario y conveniente. Y que algunos de esos títulos ‘postizos’ son incluso mejores que los originales, o por lo menos más sonoros y significativos en un idioma determinado que en el original.
Pero, la verdad, me parece a mí que la inmensa mayoría de las veces ese cambio no solo es innecesario sino que puede perjudicar a la película y al espectador.
Por ejemplo, si The Prowler ("el merodeador") la titulan en Bélgica  Rosemary’s Killer (“el asesino de Rosemary”), le quitan toda la gracia y todo el intríngulis a la película. Con ese título, en cuanto la tal Rosemary aparezca en la pantalla, ya sabemos que no sale viva de allí.
Cabe señalar en este preciso momento que en España esta película se llama igualmente El asesino de Rosemary, pero también El asesinato de Rosemary. Más claro, agua.
Algo semajante ocurre con un título tocayo: Rosemary’s Baby, que aquí es La semilla del diablo.

Este tipo de títulos  se conoce como spoiler,  aguafiestas, para entendernos, porque echan a perder la clave o incluso el desenlace de las películas.

Otro spoiler de primera es el título francés de Home Alone (Solo en casa). Nuestros vecinos la conocen como “Mamá, he perdido el avión”. Pues eso, todo el arranque de la historia por los suelos.

Hay ocasiones en que la cosa adquiere carácter de conspiración internacional. Por ejemplo, la película de Nicolas Cage National Treasure (“tesoro nacional”) tiene diferentes títulos en Europa. En España se llama La búsqueda; en Francia, Benjamin Gates et le Trésor des Templiers, y en Italia Il mistero delle pagine perdute.
Obsérvese que si juntamos los tres títulos es como si nos contaran  la película. Ya solo falta que en algún otro país la hayan titulado "Benjamin Gates encuentra (o no) lo que andaba buscando", y ya no hace falta ir a verla.

Pero un título desafortunado no es solo el que ‘revienta’ la gracia de una peli. Hay también títulos que dan una idea falsa sobre el género del film. Es lo que ocurre con Fried Green Tomatos (Tomate verdes fritos) en Canadá, donde se titula "El secreto está en la salsa". Este título a mí personalmente me suena a comedia con cocinero cachas o similar. Y no es eso, claro.
Y luego hay casos que simplemente trastornan los sentidos, como ocurre con Army of Darkness (El ejército de las tinieblas), que en Japón se llama Captain Supermarket (sí, sí, Capitán Supermercado), que es lo más inexplicable que he visto yo en mucho tiempo.
Tampoco está mal el título que le pusieron en China a Full Monty, a saber, "Seis cerdos desnudos"(¡!)
Y me quedo sin palabras cuando veo que Being John Malkovich (Cómo ser John Malkovich) se titula, también en China , “Personas diminutas de mi cerebro, ¡dejad de mirar cuando orino!”

Es curiosa también la costumbre de Turquía, donde al parecer siguen una sencilla norma a la hora de titular las películas extranjeras: todas las películas románticas incluyen en el título la palabra amor, y todas las de miedo incluyen la palabra muerte. Vamos, que les gusta facilitarle las cosas al espectador.
Por eso no me atrevo a imaginar qué palabras utilizarán para identificar las películas porno.

Como se ve, el asunto llega a tales extremos que en Hollywood están pensando en la necesidad de ejercer algún control sobre los títulos que les ponen a sus películas en cada país, para unificarlos de alguna forma y evitar que esos títulos inadecuados revelen demasiado sobre el argumento, o confundan al espectador sobre el contenido del film, o lleven al aficionado a comprar dos veces la misma película, engañado por los diferentes títulos.

Yo me pregunto si es que en esto del tituleo no se tienen en cuenta los derechos de autor, ni el respeto a la creación artística, ni nada de eso que tanto se defiende últimamente.


domingo, 18 de abril de 2010

Los títulos de las películas, VI

(Para Sara)

(viene de aquí)
Siguiendo con el asunto de la entrada anterior, traemos a colación otro ejemplo de lío tremebundo con los títulos de las películas, sus secuelas y sus versiones.
En 1977, Francois Truffaut dirigió L’homme qui aimait les femmes, que tiene en español dos títulos, dos: la traducción del original y otro inventado. Es decir, El hombre que amaba a las mujeres, por un lado, y El amante del amor, por otro.


Esto ya sería suficiente para confundir al público:
-A mí me encanta una de Truffaut que se llama El hombre que amaba a las mujeres.
-Esa no la he visto, pero te recomiendo otra suya que a mí me gustó mucho, El amante del amor.



Pero la cosa tiene más complicación. En 1983 Blake Edwards hizo una versión del film, llamada The Man Who Loved Women, es decir, el título original francés traducido al inglés. Lo lógico.
Pero cuando tocó estrenar esta versión americana en España, la lógica se acabó. Porque lo suyo hubiera sido estrenarla como El hombre que amaba a las mujeres, respetando el título de Blake Edwards y por ende el de Truffaut. O en todo caso, con el segundo título español, El amante del amor, en un acto de coherencia (qué ilusa soy) que minimizara en lo posible el caos titulero, y para que el público más avezado supiera de qué se trataba.



Pero no. Aquí la bautizaron como Mis problemas con las mujeres.
La razón debió ser, como sospecho normalmente, que el distribuidor de turno se creía muy simpático y, por supuesto, más original que Truffaut y Edwards juntos. 
 

No se vayan todavía, amigos, que aún hay más.
Vaya usted a un establecimiento del ramo y compre la película  francesa. Está editada en DVD con el título de El amante del amor. Vale, se acepta.
Pero es que cuando ponga usted el disco y salga el menú, se encontrará con que aparece el título de Mis problemas con las mujeres (!!!).
Es decir, que a la película de Truffaut le ponen el título que se inventaron aquí para la de Blake Edwards.
Esto lo que se dice rizar el rizo. O no tener ni idea, que también puede ser.



Pero seamos justos. No es España el único país donde se trastocan los títulos originales de las películas. No, al contrario, se trata de una manía internacional, y lo veremos próximamente.

               

lunes, 29 de marzo de 2010

Los títulos de las películas, V

(viene de aquí)

Algunas veces, el bello arte de liar al espectador con los títulos que les ponen a las películas extranjeras, alcanza unas cotas de perfección inimaginables y sorprendentes.

Parece que a algunos distribuidores y editores de películas les encanta alardear de imaginación, y además parece que tienen en muy baja estima los títulos originales de las películas, y les falta tiempo para cambiárselos.

Ejemplos ya conocemos muchos, pero, como decíamos, hay casos que asombran hasta al cinéfilo más curtido.
Uno de esos casos asombrosos tiene su punto de partida en la película Phantasm, de Don Coscarelli, estrenada en 1979.
Esta película se llamó en España Phantasma, título que está muy bien, porque resulta español y exótico al mismo tiempo, como Raphael.
En ese mismo año, en Estados Unidos hicieron una miniserie de televisión, dirigida por Tobe Hooper, titulada Salem’s Lot y basada en la novela de Stephen King.

Y además de la miniserie, se hizo una versión cinematográfica para Europa, titulada, como la serie y la novela, Salem’s Lot.
Pero hete aquí que cuando la película llega a España me le cambian el título  y me la estrenan como Phantasma II. Así, por las buenas.
Supongo yo que Phantasma había tenido éxito, y el listo correspondiente pensó que había que aprovechar el tirón. Lo de confundir al público se ve que les daba igual.
Así que me imagino que los espectadores que habían visto Phantasma irían a ver este Phantasma II pensando que iban a encontrarse con nuevas aventuras de los hermanos Pearson contra ‘el hombre alto’, y se encontraron con David Soul interpretando a Ben Mears en una historia de vampiros, completamente ajena y sin relación alguna con Phantasma.

Pero ahí no acaba la cosa. Resulta que Don Coscarelli decidió, en 1988, hacer la verdadera y auténtica continuación de su Phantasm, y la tituló,  con toda lógica, Phantasm II.

Y claro, aquí ya habíamos tenido un Phantasma II -que no era tal-, así que, ¿qué hacer con este Phantasm II verdadero?
Pues se ve que ponerle Phantasma III les dio corte, así que optaron por añadirle un subtítulo, quedando la cosa en Phantasma II. El regreso.

Ya teníamos Phantasma, Phantasma II y Phantasma II. El regreso. De Salem’s Lot ni rastro.

Andando el tiempo, llegados ya a 1994, Coscarelli sigue con su saga, que se había convertido ya en obra de culto, y rueda Phantasm III. Lord of the Dead. Que levanten la mano los que crean que en España se limitaron a traducir ese "Señor de los muertos"...
Efectivamente, aquí, inspirados y decididos a no dejar nada como estaba, se titula Phantasma III. El pasaje del terror.
Cambiar por cambiar, vamos.

¿Y qué pasó en todo este tiempo con Salem’s Lot, Ben Mears y los vampiros? Pues que con el tiempo se editó aquí, en vídeo, la serie televisiva norteamericana original, pero no llamándose Salem´s Lot a secas, sino El misterio de Salem’s Lot, para que pareciera otra.

Y en 2004 se hizo una nueva versión, protagonizada por Rob Lowe, que mantiene el título de Salem’s Lot, y que aquí se vuelve a llamar El misterio de Salem’s Lot.
Y la película que se hizo en el 79 para ser estrenada en los cines europeos, se sigue editando en España –erre que erre- hoy día con el titulo de Phantasma II.

Así que si alguien va al videoclub, o a la tienda o a donde sea, a buscar alguna de estas películas, deberá tener en cuenta que :

Phantasma es Phantasm.

Phantasma II es Salem’s Lot (el film).

Phantasma II. El regreso es Phantasm II.

Phantasma III. El pasaje del terror, es Phantasm. Lord of the Dead.

El misterio de Salem’s Lot (de 1979) es Salem’s Lot (la miniserie original)

El misterio de Salem’s Lot (de 2004) es Salem’s Lot (la versión moderna de la miniserie).

Pero por supuesto  este no es el único caso –ni mucho menos- de títulos cambiados, primeras y segundas partes confundidas, versiones antiguas y modernas embarulladas... todo un desbarajuste del que seguiremos hablando otro día.


La auténtica
Esta en realidad es Salem's Lot
               
  (continúa aquí)                                          

jueves, 11 de marzo de 2010

Policía gramatical

(Dedicado a MJ)

Hace poco un amigo me envió dos e-mails, uno a continuación del otro.
El primero contenía (¡intolerable!) una falta de ortografía; creo que una b en lugar de v, o algo similar.
El segundo correo consistía exclusivamente en una disculpa por dicha falta, de la cual se había percatado mentalmente justo después de haberme enviado el mail (demasiado tarde, amigo).

A mí me pareció que el chico se preocupaba mucho por un simple error que cualquiera puede cometer, y que además no tenía ninguna trascendencia.

O quizá para él sí la tenía, pues es persona escrupulosa al máximo con lo que escribe. De hecho, yo siempre alabo su esmerada redacción y su perfecta ortografía.

Es curioso, dicho sea de paso, que hayamos llegado a tal extremo de ignorancia de nuestro propio idioma y de dejadez en su uso, que nos llame la atención, nos sorprenda y hasta nos maraville que una persona escriba con corrección, cuando esto debería ser lo habitual y lo más normal.
Es como si al ir a una tienda nos sorprendiera que nos dieran el cambio, o que los artículos estuvieran  en buenas condiciones.

Pero, como decía, hemos llegado al extremo de que lo correcto y lo lógico se han convertido en lo raro.

Y claro, como toda acción tiene su reacción, y todo bote su rebote, van surgiendo por doquier contumaces correctores, personas que para contrarrestar esa tendencia generalizada a escribir mal, se dedican a vigilar lo que otros escriben para señalar sus errores, regañarles y corregirlos.

computerEstas personas que se creen en la obligación de corregir cuanto error gramatical y ortográfico encuentran a su paso,  reciben los cariñosos apelativos de “policías gramaticales” o, en inglés, grammar police, así como spelling police (policía ortográfico), y grammar nazis.

En un par de emails recientes, también una amiga  se ha disculpado por los posibles fallos ortográficos que pudiesen contener sus correos, debidos bien a que su teclado estaba fallando, bien a despiste o falta de atención por su parte.

Esto ya me dio que pensar seriamente, y me preocupé por el hecho de que mis amigos se sintieran en la necesidad de disculparse ante mí por sus eventuales errores.

Y me asaltó entonces el temor y la duda: ¿soy yo uno de esos policías gramaticales?

Pensé también que a lo mejor me he ganado a pulso cierta fama de repipi con los textos que suelo escribir en este mi blog (y de todos ustedes), sobre desatinos semánticos y de expresión.

Por eso me gustaría aclarar que cuando critico la mala utilización del idioma me refiero exclusivamente a aquellos que lo tienen como herramienta de trabajo: periodistas, locutores, presentadores, traductores, redactores de textos oficiales, publicitarios, etc. Además procuro hacerlo con un tono jocoso y distendido, porque no se trata de ofender a nadie, sino de señalar fallos que mueven a risa la mayor parte de las veces. Y, por supuesto, considero que es lícito criticar la falta de profesionalidad en los medios de comunicación, del mismo modo que se critica a cualquier profesional de cualquier ámbito que haga mal su trabajo.


En otras ocasiones hablo de la utilización errónea de determinadas palabras por parte de personas anónimas, como yo, como cualquiera que va por la calle. Como se suele decir, el que tiene boca se equivoca, y ahí no cabe recriminación ninguna.
Y en esos casos especialmente, lo único que pretendo es dejar modesta constancia de lo divertido que puede llegar a ser el idioma, ya que jamás se me ocurriría criticar a nadie por una incorrección cometida en un texto o conversación coloquial, informal, sin pretensiones artísticas ni profesionales. Y además yo estoy tan expuesta al error como cualquiera.

Por eso precisamente me resultan cargantes los verdaderos policías gramaticales, esas personas que entran en foros, chats, blogs y en las secciones de comentarios de periódicos y revistas de la red, y se dedican cansinamente a fiscalizar, analizar, vigilar, corregir y acosar a los demás a cuenta de su forma de expresarse.

Y lo más gracioso del caso es que muchos de esos grammar nazis creen tener unos conocimientos gramaticales de los que precisamente carecen, y señalan fallos donde no los hay, y hacen correcciones que son en realidad tristes muestras de su ignorancia.

Así que espero y deseo que nadie me considere agente de la ley lingüística, ni fiscal del distrito de la Gramática, ni sheriff del condado de la Ortografía, ni nada de eso.
Yo lo único que quiero es jugar con las palabras, como el viento.





Nota Bene: Todo lo anterior no significa que me parezca bien  que cada uno trastoque la gramática como le plazca. Pero de eso hablaremos otro día.

martes, 2 de marzo de 2010

Premios Gamba 2010. Febrerillo el loco

*Hoy empezamos con una comparación extraña:
Un enviado de TVE a Haití dice que la población sigue necesitando agua y alimentos, pero que ahora sobre todo necesita vacunas, porque las enfermedades infecciosas “ya se están contagiando como la espuma”.
Pero ¿desde cuándo la espuma es contagiosa?¿ Y a qué espuma se referirá? ¿A la de la cerveza? ¿A la del baño?
*Seguimos con una traición del subconsciente:
En un informativo de Antena 3, una reportera nos informa de que por la tarde va a tener lugar una sesión de control del gobierno “con la asistencia de todos los pesos pesados”, y añade: “Esta sesión de control del pesado...”.
Parece que sí, que la traicionó el subconsciente, pero creo que no dijo nada que no hubiéramos pensado ya muchos.

*Ahora un problemilla de redacción básica:
En el Diario Sur del 18 febrero 2010 leemos, con referencia a los problemas causados por las lluvias:

“En los casos de Nerja y Torrox se han reeditado problemas que se repiten año tras año”.
Ah, ¿los problemas se editan y reeditan? Pues la RAE no lo sabe, porque dice que editar es publicar, o pagar y administrar una publicación, o adaptar un texto, y algunas cosas más, pero ninguna referida a los problemas.
Si lo que el redactor busca es evitar la redundancia, que le dé otro enfoque a la frase, que la construya de otra manera; que diga, por ejemplo, “En los casos de Nerja y Torrox estos problemas se repiten año tras año”; o “En los casos de Nerja y Torrox se han repetido los mismos problemas año tras año”, o cualquier otra  forma de las muchas posibles . En fin, se trata de tener recursos, de manejar el idioma con soltura y conocimiento, de poder expresar una misma idea de maneras diferentes... en fin, lo que cualquier periodista sabe hacer. ¿O no?

*Otro problema de expresión elemental:
Una reportera de Cuatro, informando sobre la puesta en libertad de un delincuente, dice que el susodicho “tendrá que acudir a los juzgados periódicamente, probablemente los lunes, para demostrar que ... (titubea) ... que sigue por ahí”.

Sí señora, eso es expresarse con claridad y con precisión. Qué bien explicado y qué profesional.

*Y aún hay más:

En un telediario, probablemente el de Telecinco, nos enseñan imágenes tomadas por las cámaras de la DGT que muestran graves infracciones de tráfico, y la voz en off se refiere a tales infracciones como “estas burradas”. No “locuras”, ni “barbaridades”, ni “temeridades”. No: burradas.
Está claro que cada uno comete las burradas que puede: unos al volante, otros al micrófono...

*Y terminamos con una frase tonta:

En el telediario, esta vez sin duda el  de Telecinco,  el día 26 dice don Pedro Piqueras que “las tormentas vuelven a Andalucía, cuando todavía están con el cuello hasta el barro”.
Y como el buen señor no se para a rectificar, ni se corrige, ni se corta, yo me pregunto, ¿esto es meter la pata hasta el cuello o hasta el barro?
Es que ya no sé, no sé...

jueves, 18 de febrero de 2010

El teléfono traductor: Google ataca de nuevo


Me parece fenomenal y admirable que en Google no paren de investigar y de trabajar para hacer nuestro mundo más cómodo (se supone) mediante la tecnología. Pero hay proyectos que, me da a mí la sensación, son más utópicos que otra cosa. Aunque probablemente me equivoco, y las utopías, en lo que a tecnología se refiere, ya no existen, porque todo se vuelve posible. En fin, ya se verá.

El caso es que hace unos días han anunciado que para dentro de un par de años estará listo un teléfono capaz de traducir nuestras conversaciones a otros idiomas.
En realidad, esto ya lo habían inventado hace tiempo los escritores de ciencia ficción, pero sólo en los libros, claro. Los chicos de Google parecen dispuestos a hacer realidad tan fantástica idea.

Ya sabíamos que Google tiene el mejor traductor  que existe (aunque esto no quiere decir que las traducciones automáticas que hace sean comparables a las que puede hacer una persona).
Pues bien, la tecnología para el futuro teléfono traductor es una combinación de este sistema de traducción con otro de reconocimiento de voz, que también lo tiene, pero no es tan bueno.

Por lo tanto, se supone que dentro de un par de años podré hablar por teléfono con un alemán, por ejemplo, sin problemas, porque yo hablaré en español, él escuchará la traducción al alemán de lo que yo diga, y viceversa.

Uno de los responsables del invento especifica que cuanto más usemos el teléfono mejor funcionará, porque reconocerá mejor nuestra voz, nuestro acento, nuestro tono, y todos esos elementos que forman parte del habla de cada persona.

Pero entonces, ¿qué pasará mientras el teléfono se entera bien de lo que decimos y cómo lo decimos?
Tomando como referencia el traductor existente, si una chica española anda en amores con un angloparlante, y en una conversación romántica ella le dice “calla, tonto”, el teléfono
probablemente traducirá “Be quiet, dumb”, o “silent, dumb.”
Pero claro, no es lo mismo decirle a un novio “calla, tonto” que decirle “cállate, idiota”. Con lo cual, conflicto a la vista.
O si un novio español le dice a su chica extranjera “Qué tontita eres, chiquilla”, en plan romanticón y meloso, el teléfono traducirá “How stupid you are, girl” (qué tonta eres, chica). Y no es lo mismo, no. Ni la frase ni las consecuencias.


Dicen los que de verdad saben de estas cosas que la variedad de acentos –en un mismo idioma- es tan grande, que no existe hoy día ningún sistema de reconocimiento de voz capaz de superar esta dificultad, ni creen posible que lo haya en un futuro próximo.
Pero en Google todo es posible...

Los entusiastas del traductor automático de Google dicen que las traducciones entre idiomas como inglés, francés, alemán y español son increíblemente buenas, y que quien lo critique es que no lo ha probado recientemente.
Bueno, pues como yo lo critico, lo voy a probar ahora mismo –más reciente imposible-.
Introduzco las palabras indian summer. Esta es la expresión que se utiliza en EEUU para referirse a ese fenómeno climatológico que se da cuando al principio de octubre hay unos días espléndidos, aunque ya no sea verano. Por lo tanto, indian summer es lo que en España llamamos veranillo de San Martín, veranillo de San Miguel o veranillo del membrillo.
Pero el traductor de Google, como traducción de indian summer nos da “verano indio”, que, obviamente, no significa nada.
Pruebo a usar la frase en contexto, por si acaso. Stephen King, en su novela nueva Under the Dome, utiliza esta frase: “a real indian summer day, for sure”, que en traducción mía sin pulir resulta “un verdadero día del veranillo de San Martín, sin duda”.
Pero Google lo traduce así: “un verdadero día de verano, la India para asegurarse de.”

Bueno, vale, le damos otra oportunidad. Otra frase del mismo libro:
“He was still on a roll” (“seguía en racha”), la traduce como “todavía estaba en un rollo”.
Y después, “his roll, it seemed, was over” (“la racha, al parecer, se le había acabado”), queda traducida como  “su papel, al parecer, era más.”

Que conste que a mí me parece admirable lo que se ha conseguido hasta ahora en este terreno. Pero también me parece que la cosa sigue dejando bastante que desear.

Y si esto hace el traductor con una frase sencilla, escrita, qué desmanes no cometerá el teléfono mágico cuando tenga que traducir a través de la voz, teniendo que interpretar no sólo palabras, sino pronunciación, entonación, intención...

Espero que ni los científicos, ni los ejecutivos ni los políticos del mundo lo utilicen para sus asuntos, porque no quiero ni pensar en los malentendidos que puede crear el telefonito.


lunes, 8 de febrero de 2010

Parejas complejas 3

Hay parejas, como Starsky y Hutch , Mortadelo y Filemón, Batman y Robin, que normalmente no causan ningún problema de identificación, porque sus componentes tienen siempre un rasgo diferenciador muy claro: uno es rubio y otro moreno; uno con gafas y otro sin gafas; uno adulto y otro joven, etc.

Pero con las parejas de palabras traicioneras esto no es posible. Se parecen tanto que muchas veces sólo se diferencian en una letra; o tienen las mismas sílabas, o las mismas letras en diferente orden... en fin, un lío.
Otras veces no, otras veces simplemente se trata de dos palabras que se asemejan ligeramente pero las confundimos porque su significado es muy similar.
Y con frecuencia estas confusiones nos causan risa porque además de la equivocación semántica, producen en nuestra mente imágenes cómicas o chocantes.

En una ocasión dos señoras estaban hablando de modas y complementos, y una de ellas dijo que “las medias negras esterilizan las piernas”.
Pues espero que no sea mediante un hervor...

Por cierto, lo contrario de estilizado es basto, ¿no? ¿O es vasto?

basto: grosero, tosco, áspero, sin pulimento;
vasto: amplio, extenso; dilatado, muy grande.

De donde se infiere que no es lo mismo una sábana basta que una sabana vasta. Y luego dicen que habría que eliminar las tildes.

También he oído decir alguna vez que a un delincuente lo sorprendieron “en fragante delito”.
Pues como no estuviera robando en una perfumería, no sé yo.
Pero la verdad es que entre fragante y flagrante hay un buen trabalenguas, aunque sus significados no guarden relación alguna:

fragante: de olor agradable y suave;
flagrante: que se está ejecutando en el momento; de tal evidencia que no necesita demostración.

Hace poco leí en la sección de cartas de los lectores de una revista, una en la que se decía que “hay bastantes mujeres que ejercitan la violencia”, pero se debió haber dicho “que ejercen la violencia”.
ejercitar: repetir, practicar reiteradamente una actividad para adiestrarse en ella;
ejercer: realizar una acción o influjo; hacer uso de una capacidad; poner en práctica formas de comportamiento determinadas.

Aunque claro, hay quien ejerce la violencia con tanta frecuencia que parece que la está ejercitando, o sea, practicando para perfeccionarse.

También hay quien dice: “Ese tiene muchas ínsulas”, para referirse a alguien que no es que posea varias islas, sino que tiene ínfulas, o, dicho más castizamente, que se las da de pan y manteca.

ínsula: isla; lugar pequeño o gobierno de poca entidad.
ínfula: presunción, vanidad, orgullo desmedido.


Aunque, pensándolo bien, tener ínsulas sí sería motivo para tener ínfulas. Como le pasó a Sancho Panza.
Bueno, mejor no complicarlo más.

sábado, 6 de febrero de 2010

J. D. Salinger (1 de enero de 1919- 27 de enero de 2010)


Hace mucho tiempo un amigo me recomendó un libro: El guardián entre el centeno, una novelita escrita en los años 50 por un tal J. D. Salinger.
Le hice caso a este amigo, leí el libro y antes de terminarlo ya se había convertido en uno de esos libros ‘especiales’ que todos tenemos, probablemente porque me pareció profundo y divertido, trágico y cómico en un equilibrio sin pretensiones.

Después quise saber algo sobre el autor y leer otros libros suyos, pero lo tenía difícil. En aquel entonces todavía no disponíamos de internet con la facilidad actual, por lo que la búsqueda de información sobre cualquier asunto era bastante más dificultosa que ahora. Y a esto se unía el hecho de que realmente existía muy poca documentación sobre tal autor, aunque eso yo todavía no lo sabía.
Más tarde ya tuve ocasión de saber que Salinger era un escritor nada prolífico, que vivía recluido en su casa de los bosques de New Hampshire, y que evitaba todo contacto con periodistas, críticos, estudiosos, editores y fans.
Parecen premonitorias las palabras de su protagonista, Holden Caulfield:


“Si no fuera por ti, no sé ni dónde estaría. Supongo que en algún bosque perdido o algo así.”

“...y con el dinero me construiría una cabaña (...) y pasaría allí el resto de mi vida.”


La novela le trajo a Salinger la fama, pero también los problemas. Sus miles de fans adoraban a Holden Caulfield, se sentían identificados con él, lo consideraban una especie de James Dean literario, un rebelde de la clase alta. Un adolescente perdido en el mundo, que busca sin saber qué está buscando y que se deprime con la misma facilidad con que se conmueve por detalles aparentemente insignificantes; que sueña, imagina, ama, odia, desea... y todo con la misma pasión.

El libro fue un gran éxito en Estados Unidos casi desde el primer momento, convirtiéndose incluso en lectura obligatoria en la secundaria. Pero Salinger no quería saber nada de la notoriedad pública ni de los editores, aunque esto fue precisamente lo que aumentó aún más el interés por su vida y su trabajo. Nunca consiguió que lo dejaran en paz.

El año pasado, sin ir más lejos, y con 90 años ya, tuvo que acudir a los tribunales para defender el respeto a su trabajo. Porque un tal J. D California –seudónimo tontorrón de F. Colting, un pequeño editor sueco- había escrito una ‘continuación’ de El Guardián entre el centeno, donde presentaba a un Holden anciano, escapado de un geriátrico.
Menos mal que la justicia demostró tener mejor gusto que el pirata sueco.

Anteriormente, en los 80, el crítico literario Ian Hamilton había escrito una biografía no autorizada de Salinger, que incluía fragmentos de cartas personales. Salinger recurrió a la justicia y consiguió que se prohibiera su publicación. Pero el señor Hamilton no desistió de su empeño, y publicó algo más tarde En busca de J. D Salinger, una biografía ‘camuflada’ en la que relataba precisamente su investigación sobre Salinger y las dificultades con las que había ido encontrándose por el camino.

El libro es sin duda interesante, aunque a mí me incomodaba un poco leerlo, sabiendo lo enemigo que Salinger era de que se especulara sobre él.
Y me resulta particularmente molesto el final del libro, cuando Hamilton dice: “...mi nombre y el de J. D. Salinger estarán unidos a perpetuidad (...) en los libros de Derecho, en las estanterías del Tribunal Supremo y en la mente de todos los que lean esto, la versión ‘legal’ de mi libro.”

Parece cosa de fan delirante, aunque menos peligroso, por suerte, que M. D. Chapman, también admirador declarado de El guardián entre el centeno, y que dijo haberle disparado a John Lennon para darle publicidad al libro.

Qué curioso resulta que quien no quiere la fama se vea perseguido por ella, y que en cambio otros busquen la notoriedad y el renombre aunque sea a costa de traicionar a la persona a la que dicen admirar.


Salinger es muy respetado, pero también denostado. Muchos dicen que está sobrevalorado; que sólo tuvo un acierto literario y que eso no es ser un escritor, y mucho menos un gran escritor; que su actitud esquiva, escurridiza y litigante no era más que una pose, un papel que interpretaba para conseguir ese protagonismo que fingía rehuir...

A mí personalmente no me parece que hubiera nada de eso. Yo creo que Salinger es simplemente un señor que escribió un libro que gustó muchísimo y siguió gustando a las generaciones posteriores. Y que a él no le gustó lo que la fama implicaba, que no le gustó el negocio literario y que quiso retirarse y apartarse de ese mundo. Así de sencillo.
Pero no lo dejaron.

**********



Sus otras obras:

Nueve cuentos (también publicado como For Esmé with Love and Squalor and other Stories).
Franny y Zooey.
Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción
.