lunes, 8 de agosto de 2011

Los sueños ¿sueños son?

Seguramente es verdad que los sueños son sólo sueños, aunque yo no estoy muy segura. Y a lo mejor también es verdad que la vida no es otra cosa que un sueño, como ya dijo el mísero e infelice Segismundo.
Y tampoco estoy segura de eso. Pero de lo que no tengo duda es de que hay sueños que resultan desconcertantes. 

Hay personas que nunca recuerdan lo que han soñado, y otras que lo recuerdan pero solo a grandes rasgos, sin detalles ni pormenores.
Yo soy de las afortunadas que recuerdan  los sueños con una claridad y una profusión de detalles que se diría que me lo invento.
Pero lo cierto es que puedo recordar las caras de las personas o seres diversos que aparecen, la ropa que llevan, los colores, las palabras que se pronuncian, los sonidos… todo.

Esto está bien cuando los sueños son agradables o divertidos, pero cuando son desagradables y hasta terroríficos, la cosa ya cambia.
Yo tengo sueños feos con mucha frecuencia, y como los recuerdo tan claramente, necesito mucho tiempo para olvidar la angustia que producen.
Por ejemplo, una vez soñé que nos invadían unos extraterrestres, que eran niños y nos atacaban con sus naves de juguete. En otra ocasión, una señora me mataba con un cuchillo de cocina. Y en otra, mi sobrina, de seis años, se convertía en un muñeco de papel y se la llevaba el viento.
Horroroso.
Hace tiempo leí que para evitar las pesadillas frecuentes era conveniente tener a mano, en la mesita de noche, un cuaderno y un bolígrafo. Así se podía anotar el sueño en el momento justo de despertar, pues el recuerdo puede desaparecer en un instante.
Teóricamente, si se anotan las pesadillas y luego se leen a la luz del día, pierden su efecto atemorizador y, como si nos hubiéramos puesto una vacuna, acaban por desaparecer.

Yo quise hacer la prueba, y creo que sí, que por lo menos durante un tiempo mis pesadillas fueron menos frecuentes. Pero lo mejor de todo es que ahora tengo un par de cuadernos llenos de sueños que resultan historias de lo más curiosas.
Incluso algunas de esas pesadillas, al pasar al papel, se han transformado y se han convertido en historias realmente cómicas.

Pero claro, no solo hay pesadillas en el mundo de los sueños. También hay sueños premonitorios, según dicen; y sueños que proporcionan la solución a un problema, como al parecer les ha ocurrido a algunos científicos; y sueños en los que simplemente se refleja nuestra actividad cotidiana, lo que el cerebro ha ido almacenando durante el día.

Pero a mí los que más me fascinan son los llamados sueños lúcidos, ésos en los que la persona que sueña es consciente de que está soñando.
Quizá otro día podríamos hablar de ellos.


(Continúa aquí)

sábado, 23 de julio de 2011

Cuento. Se vende

(Divertimento veraniego)

-¿Si?
-Sí, buenos días. ¿Es ahí el piso que se vende?
-Sí, sí, aquí es.
-Pues es que yo estaría interesado… ¿Cuándo podría venir a verlo?
-Bueno, ya que está usted ahí, ¿por qué no sube ahora?
-Ah. Estupendo. Gracias.
…

-Hola, buenos días.
-Pase, pase.
-Gracias.
-Venga por aquí y le voy enseñando las habitaciones…
…

-Bueno, pues el piso es magnífico, señora. Y si el precio es lo que me ha dicho, nos podríamos poner de acuerdo…
-Pero me falta por enseñarle una habitación, la de los libros, ¿no quiere verla?
-Ah, tienen una habitación para libros…
-Sí, es que mi marido los devora. Aunque ya más bien los libros nos devoran a nosotros. Vamos, que no nos cabe ni uno más. Se reproducen yo no sé cómo.
-Sí, lo comprendo, porque a mí me gustan mucho también y tengo montones.
-Espere, que la abro. Es que la tengo cerrada con llave porque por las tardes vienen los nietos y mi marido no quiere ni que se acerquen.
-Claro… ¡Vaya! Menuda biblioteca tienen ustedes aquí. Y yo creía que yo tenía… ¿eh? Pero… ¡Señora!, ¡que me ha dejado usted encerrado! ¡Abra la p… aaahhh! ¡¿Pero qué es esto?! ¡Oiga, abra, abra! ¡Que me comen…aaggh… que me comen…!
-Ya, ya, si es lo que le vengo diciendo –murmuró la mujer al otro lado de la puerta.

Acto seguido, salió al balcón. Hacía viento y había que afianzar el letrero de SE VENDE.
Aunque no tenía la menor intención de vender.



domingo, 10 de julio de 2011

Una niña y unos libros (segunda parte)

(viene de aquí)

Otros de los libros que había en casa  eran La cabaña del Tío Tom y el Viaje a la Luna, de Julio Verne.

Me encantaban las encuadernaciones. Los dos eran de tapa dura y de tamaño cuartilla. En la del Tío Tom se veía, en primer plano, la cabeza de un señor negro con el pelo blanco y rizado, con un fondo azul celeste y en el de Julio Verne, un cohete acercándose a la luna.

Teníamos también una edición de Robinson Crusoe, en tapa dura, de color crema, con un dibujo, o más bien un boceto, de un hombre caminando por una playa, cubriéndose con un parasol de hojas de palmera o similar.

Y me acuerdo de que ese libro me hizo sentir como una auténtica lectora fracasada.

Para empezar, yo veía la portada del libro y leía: Daniel Defoe. Robinson Crusoe, y no sabía quién era el autor y quién el personaje.
A lo mejor por eso, por intentar averiguar ese enigma, un día me dio por leerlo. O más bien por intentarlo, porque no leí más de dos o tres páginas. Es duro reconocerlo, pero es que no me enteraba de nada.

No sé exactamente qué edad tenía yo en aquel momento, pero seguramente no más de nueve o diez años, y tengo una imagen clarísima de mí misma diciéndole a mi hermano que no me gustaba leerlo porque estaba lleno de palabras que no entendía.
Y eso me hizo pensar que la lectura de libros no era cosa para mí, pues creía yo, ingenua, que siempre sería igual, que nunca sabría más palabras de las que sabía en ese momento.

Pero al verano siguiente hice un feliz descubrimiento.
Había en el barrio una pequeña biblioteca municipal de la que mi hermano se hizo socio.
Permítaseme aquí un paréntesis para señalar que mi hermano era también un niño, poco mayor que yo, pero intelectualmente mucho más maduro.
Tendría unos doce años y los sábado por la mañana iba a la biblioteca y se traía un par de libros.
Creo recordar que  me explicó que se podían sacar hasta tres libros cada vez, y renovar el préstamo todas las veces que hiciera falta.
Se ve que, a pesar de mis fracasos anteriores, mi curiosidad por los libros seguía funcionando porque le pregunté a mi hermano si podría sacar alguno para mí.
Así que a la vez siguiente fui con él, y curioseando por allí encontré algo que me llamó la atención: unos libros que se titulaban Los Cinco, y que contaban las aventuritas de una pandilla de niños y un perro que se pasaban la vida yendo de picnic al campo y siempre acababan metidos en andanzas detectivescas.
Me llevé a casa uno de esos libros y me lo pasé bomba leyéndolo.
Acabé leyendo un puñado de ellos, con gran deleite y afán. Cada vez que terminaba uno, mi hermano me traía otro de la biblioteca.

Gracias a estos libros descubrí un par de cosas que han marcado mi vida como lectora.
Una: que me encantaban las historias de misterio, miedo, emoción y peligros.
Dos: que no me gustaba nada leer libros de biblioteca, porque después de leerlos no los quería devolver.
Y no es que tuviera tendencias delictivas, ojo. Es que descubrí que a los personajes de los libros que nos gustan se les toma mucho cariño y se convierten en amigos de los que no nos queremos despedir; y que los propios libros se transforman en objetos preciados, con valor sentimental, y que por tanto desprenderse de ellos es doloroso.

Así que decidí que no quería más libros prestados. A partir de entonces solo leería libros que fueran míos y de nadie más.
Y como la experiencia de Los Cinco me había gustado, quise leer más cosas de ese tipo, de aventuras, misterios y situaciones peligrosas.
Pero claro, ya necesitaba dosis más fuertes de adrenalina literaria, así que de las aventuras light de Los Cinco pasé directamente a las historias terroríficas de Stephen King.

Descubrí al maestro gracias a una revista de Círculo de Lectores, del que mi madre era socia. Yo no sabía quién era ese señor King, pero como decía allí que escribía novelas de miedo, le pedí a mi madre que me comprara uno de aquellos libros.
Y así, con doce años me zampé Salem's Lot, y me dio tanto susto y me lo pasé tan bien, que después de este pedí otro, y después otro... y desde entonces, Mr King y sus libros han estado siempre conmigo.

Después, lógicamente, fueron llegando a mi vida muchos otros libros y autores, algunos de los cuales pasaron  inmediatamente a ser miembros de mi club personal  de favoritos.  

Pero esto es ya  el comienzo de otra historia, de otra serie de experiencias relacionadas con los libros, la lectura y las sensaciones que nos produce.
Porque, en efecto, los libros producen emociones y sensaciones únicas, exclusivas, que no se encuentran de otro modo.
A veces basta incluso con tocarlos…



martes, 28 de junio de 2011

Una niña y unos libros



Ya he comentado en alguna otra ocasión que recuerdo muy bien –o por lo menos bastante bien- mi relación con los libros durante mi infancia.
Recuerdo, por ejemplo, que en mi casa había algunos libros que me llamaban la atención especialmente, que me atraían por algún motivo. 
Normalmente era porque no entendía el título.  Lo leía y releía, pero no sabía lo que significaba.
Es lo que me ocurría, por ejemplo, con El fenómeno humano de Teilhard de Chardin.
Bueno, en este caso es que ni siquera estaba segura de qué era eso de Teilhard de Chardin.
Otros me atraían porque  me daban  miedo, como  Rojo y negro, de Stendhal. Era un libro de tapa blanda, con el fondo verdoso y una ilustración de una especie de cara doble, o una cara y una máscara… La cuestión es que aunque me daba miedo -o precisamente por eso- con frecuencia iba yo al mueble en el que estaba el libro, lo cogía y lo miraba de refilón, sin atreverme a observarlo abiertamente, pero sin poder eludir tampoco la atracción extraña que ejercía en mí.
Cabe decir que siempre conservé la curiosidad por aquel libro, y que después, de mayor, lo leí y me gustó muchísimo, aunque no fuera de miedo.
Y otro que también me daba miedo, y pena, era una novela que se llamaba, si no me equivoco, El naufrago del espacio, y en cuya portada se veía un astronauta cabizbajo, caminando, o flotando, por el cosmos. Y yo me imaginaba al pobre hombre, allí, solo, en la inmensidad del universo, triste y abandonado a su suerte. Me daba escalofríos, y, efectivamente, iba una y otra vez a mirar la cubierta de aquel libro.
Ese no he llegado a leerlo, pero ahora creo que debía de tratarse de la novela de Gustave Le Rouge.

Esta sensación de atracción y emoción que me producían ciertos libros la experimenté también con aquel libro de cuentos de Poe que había en casa de unos familiares y que hoy día guardo yo como un tesoro.
Pero aparte de los libros de la familia, recuerdo los que fueron mis primeros libros, míos de mi propiedad.
Y estoy casi segura de que estos primeros-primeros libros fueron unos cuentos de hadas que formaban una pequeña colección.
Ya sé que no tiene mucho mérito acordarse de que unos cuentos de hadas fueran los primeros libros de una niña, pero es que me acuerdo perfectamente de esos libros en concreto.
Estaban encuadernados en tapa dura, de tamaño cuartilla, tenían poco grosor, y las portadas tenían unas hadas o princesas, blancas, de vaporosos vestidos y larga melena, sobre fondos azules y turquesa.
Y recuerdo también que cada cuento empezaba hacia la mitad de la primera página, y la primera letra era de esas grandes, de arabescos,  esas que a veces es difícil reconocer y que son tradicionales en los “Érase una vez…”


Recuerdo que los leía, o por lo menos los miraba, frecuentemente, y no me cuesta ningún esfuerzo verme a mí misma, sentada en el sofá de casa, pasando las páginas de esos libros una y otra vez.
Lo de manosear los libros siempre se me dio bien, la verdad.
También me acuerdo de varios clásicos infantiles, como Mujercitas, de Louisa May Alcott, que leí varias veces, y La pequeña Dorrit, de Dickens, que fue un regalo de mis tíos.
Era una edición en tapa dura,  tonos rojos, y con la imagen de una niña con unos manguitos de pieles. Y sé que junto con este me regalaron otro también de Dickens, aunque no recuerdo cuál.
Lo que si recuerdo es que esos no los leí. Quizá porque me parecían muy tristes, o quizá porque yo era en realidad una niña más de acción que de reflexión, inquieta y saltimbanqui.

Pero faltaba poco para el momento en que descubriría definitivamente los auténticos misterios y placeres de las historias encuadernadas, como veremos más adelante.






jueves, 2 de junio de 2011

Yo inventé los blogs



Bueno, no es eso exactamente.
En realidad debería decir, para ajustarme más a la verdad, que yo deseé los blogs antes de que estos se inventaran.
Porque cuando yo era adolescente, preadolescente incluso, imaginaba -o deseaba- un lugar donde uno pudiera escribir cosas y otras personas pudieran leerlo.
Sí, claro, existían los periódicos, las revistas y los libros, pero eso era inaccesible para la gente normal y corriente y sobre todo para los niños.

Lo que yo anhelaba era un lugar, un medio, donde pudiera escribir cualquiera, por ejemplo yo, y que fuera público. Un sitio donde hablar de lo que a uno le interesaba o le gustaba; de lo que uno pensaba sobre cualquier asunto, o contar algo interesante que nos hubiera pasado; algo que fuera importante para nosotros…

Y pensaba y pensaba qué sitio podría ser ese, cómo se podría llevar a cabo lo que yo imaginaba. Pero no se me ocurría nada que no fuera lo que ya existía, y que, efectivamente, no estaba a mi alcance.

Por aquel entonces yo me conformaba –qué remedio- con escribir para mí misma: un diario para las cositas personales, y una libreta donde apuntaba otras cosas que sí me hubiera gustado "publicar". Por ejemplo, juegos de palabras que se me ocurrían; cuentecillos y sobre todo, errores de expresión encontrados en diferentes medios o curiosidades lingüísticas escuchadas por aquí y por allá.

Recuerdo, por ejemplo,  haber anotado una frase que oí en una película, en la que unos amigos iban a un restaurante y decía uno de ellos: “Vamos a ordenar una pizza”. Y  continuación de la frase yo comentaba que deberían haber dicho “vamos a pedir una pizza”, y que sin duda se trataba de un error de traducción.
Ya se sabe: el repipi no se hace; nace.

De manera que para dar rienda suelta a mi vocación de correctora repelente, de cansina notaria de lo cotidiano y de narradora pretenciosa, lo único que podía hacer era esperar a ser mayor, estudiar periodismo y, cuando trabajara en un periódico o una revista, escribir artículos sobre esas cosas.
O, directamente, hacerme escritora (risas).

Por supuesto, estamos hablando de la era paleozoica, de modo que los ordenadores no eran todavía, ni mucho menos, de uso doméstico, y de internet no conocíamos ni el nombre.

Durante un breve espacio de tiempo, pude en cierto modo dar satisfacción a esos anhelos míos de escribir cosas y que aparecieran en algún sitio. Fue cuando algún profesor del instituto, con mucha voluntad y pocos medios, puso en marcha una revista. Y allá que fui yo a contribuir con articulillos y comentarios.
La experiencia no duró mucho, pero sirvió para que me diera cuenta de una cosa: aquello no era lo que yo buscaba.
No. Seguía sin saber qué era, en qué consistía lo que yo soñaba, pero no era una revista de instituto.
Era otra cosa. Tenía que haber otra cosa.

Y ahí me quedé, en ese anhelo, en ese echar de menos algo que no sabía qué era pero que, estaba segura, tarde o temprano tendría que aparecer.

Hasta que un buen día, ya en el siglo XXI, y ya con internet en nuestras vidas como elemento cotidiano, oí hablar de los “diarios online”, de los weblogs y de los blogs.
 Al principio no sabía muy bien qué eran realmente, pero cuando lo comprendí y empecé a ver algunos me dije: ¡Tate! Ahí está. Eso era.

Y efectivamente, eso era.
Lo que hoy llamamos blogs tan alegremente, que consideramos algo de lo más normal y que está al alcance de cualquiera, es aquello con lo que yo soñaba, lo que yo esperaba, aunque no supiera ni cómo denominarlo.

Y es que como todos somos humanos y todos tenemos los mismos sueños y las mismas necesidades, no hay más que esperar –con paciencia, eso sí- a que alguien invente o dé forma a lo que otros solo podemos intuir vagamente.
Y siempre ocurre. Siempre hay alguien que, tarde o temprano, es capaz de hacer realidad lo que para otros no es más que una mera fantasía, una ilusión sin sustento.

Demos gracias por ello.

jueves, 26 de mayo de 2011

Mes de mayo, me desmayo. Segunda parte

(viene de aquí)

Un elemento que constituye parte fundamental de las comuniones y de las ceremonias en general, son los asistentes al acto.

Los hay de todo tipo, por supuesto, pero los discretos, los correctos, por su propia naturaleza pasan desapercibidos.
En cambio hay otros con los que ocurre justamente lo contrario: ponen gran empeño y dedicación en hacerse notar y en llamar la atención de los presentes.
Esto lo consiguen, por un lado, con su aliño indumentario, que diría el poeta, o sea, su atuendo o vestimenta; y por otro, con su comportamiento.

Hay personas que para ir a una comunión se visten y adornan con un boato excesivo, como esas señoras que llevan vestidos y arquitectura capilar más propios para ir a un cóctel en la embajada que para ver a los nietos recibir a Cristo por primera vez.
Otras se decantan por un estilo completamente inapropiado para un acto en la iglesia del barrio, como esas jóvenes que van ataviadas más para la discoteca un sábado noche que para la parroquia un domingo por la mañana: vestidos ceñidos, grandes escotes, maquillaje a tutiplén y derroche de peluquería.

Pero seamos ecuánimes: los caballeros, cada vez más, también cuidan muchísimo su estilismo, y vienen mostrando en los últimos años una especial predilección por el look gángster-chic.

En una de las comuniones a las que he sido gentilmente invitada este año, me llamó especialmente la atención un señor al que veía de perfil desde mi sitio en la iglesia.
Lucía el hombre una larga melena, rubia y rizada, que envidiaría la mismísima Nicole Kidman, y que sujetaba, a modo de felpa, con una gafas de sol que para sí querría Elton John.

Sin embargo, no es el asunto de los atuendos lo que más me asusta. Allá cada cual con su gusto y su libertad de elección. A mí lo que más asombro y desconcierto me causa es el comportamiento de algunos durante las ceremonias.
Parece que hay personas que no tienen una idea muy clara de dónde se encuentran. Es decir, o bien ignoran que están en una iglesia, o bien ignoran qué es una iglesia.

Yo no soy persona pía, pero una cosa es la falta de devoción o de fe, y otra la falta de respeto y de educación.
Y es que no consigo entender por qué la gente habla –y habla constantemente- durante la celebración, mientras el cura se dirige a los presentes, mientras los niños comulgan, mientras leen o mientras cantan.
Pero lo llamativo no es solo que hablen y que hablen sin parar, sino que hablen a voces, a grito pelao, comentando sus cositas como el que está en el parque:

-No, yo le dije a la Encarni que no me daba tiempo a venir, pero al final mi Jose me dijo que me podía traer, y digo, ay, pues si tú me puedes llevar, asín veo yo a los chiquillos.

Además de las conversaciones a voz en cuello, también se lleva mucho el taconeo por los pasillos de la iglesia.
No sé que necesidad imperiosa lleva a algunas asistentes a estar todo el rato de arriba abajo, pero abundan las que se levantan y van hacia delante, a los primeros bancos, a hablar con alguien que está allí sentado. Y las que se levantan de los primeros bancos y van hacia los últimos, pero siempre con su tocotoc- tocotoc retumbando por todo el espacio parroquial.
Quizá hacen esto para que todo el mundo vea lo monísimas que van, pero, vaya, seguro que hay una razón de más peso, aunque a mí no se me ocurra cuál pueda ser.

Sin embargo, no han sido ellas las protagonistas de una escena sin parangón en los anales de la historia de las comuniones, presenciada con pasmo por una servidora hace unas semanas.
Sucedió que, mientras el párroco hablaba sobre el significado de la ceremonia, salió de entre los primeros bancos un individuo, que por alguna razón se vio obligado a dejar su sitio, y que en su camino por el pasillo de la iglesia se percató de la presencia de un conocido suyo, que era, mira por dónde, el de la melena a lo Kidman.

Al verse el uno al otro, se saludaron con la misma discreción con que los jugadores de baloncesto celebran una canasta de tres puntos: levantando las manos y entrechocándolas en un contundente palmetazo que resonó vergonzosamente por el humilde templo.

Pero aún tenía yo otra comunión a la que asistir, dos semanas después, así que, por improbable que pudiera parecer, todavía quedaban posibilidades de una nueva conmoción.

En este segundo caso, la ceremonia tenía lugar en una iglesia mucho más grande que la anterior, con lo cual, desde la entrada hasta los bancos, quedaba un espacio libre de considerable amplitud.
Pues bien, en mitad de la ceremonia vi que en ese espacio había un grupo de cinco o seis niños ¡jugando al fútbol!
Así como suena. Y esos niños obviamente no habían ido a la iglesia solos, pues el mayor no tendría más de nueve años.
Esto quiere decir que allí había, sin duda, padres, abuelos y tíos de esos niños. Pero nadie les decía nada.
Entonces yo, atónita y escandalizada ante tal situación, me acerqué a los chavales y les dije, simplemente, que estábamos en una iglesia y que en las iglesias no se juega. 
Y con la misma sencillez, los niños dejaron el balón inmediatamente y se disolvió el grupo; e incluso uno de ellos –un chiquillo de unos seis años- se puso a hablar conmigo, bajito, contándome que una de las niñas que estaban haciendo la Comunión era su prima, que los otros niños futboleros eran también primos suyos, y no sé qué más.

Con todo esto llego yo a diversas y tristes conclusiones.
Una de ellas es que la falta de educación, de decoro y de saber estar se ha impuesto en todos los ámbitos de nuestra vida. Que se ha perdido el respeto por todo, incluido el respeto por uno mismo; que nada tiene importancia, que ya nada es trascendente; que todo es superfluo, banal y frívolo.
Otra es que hay adultos a los que les importa muy poco lo que estén haciendo sus niños mientras no los molesten a ellos. Si molestan a otros da igual.
Y la que me parece más triste: que mientras a muchos niños se les dan mimos, consideración y protagonismo excesivos, hay otros que anhelan un poco de atención de los adultos y que, simplemente, hablen con ellos.




miércoles, 18 de mayo de 2011

Mes de mayo, me desmayo

El mes de mayo es un mes peculiar.

Es un mes en el cual pasan muchas cosas que no pasan durante el resto del año. Es el mes de las flores, de las alergias, del tiempo raro, de la operación bikini… pero sobre todo es el mes de la Primera Comunión.
Yo he tenido ocasión de asistir a varias comuniones en los últimos años, y basándome en mis experiencias, he llegado a la conclusión de que estas celebraciones evolucionan sin parar y siempre hacia la exageración.

En esta evolución hay varios elementos que me parecen destacables. Por ejemplo, la cuestión de los regalos.
Que no es algo fácil, desde luego. Los invitados se devanan los sesos  intentando imaginar algo que el niño no tenga todavía, pero siendo esto prácticamente imposible, se piensa en algo que por lo menos no tenga repetido varias veces. 
Aunque también está la opción de regalar dinero, que es lo que hacen quienes no tienen ganas o tiempo de calentarse la cabeza, y quienes se guían por el sentido práctico de la vida... o no. Porque lo cierto es que   recientemente he descubierto que existe  una nueva modalidad de invitación, que consiste en  que cuando los padres del comulgante te invitan a la ceremonia y posterior ágape, te dicen por las claras que los regalos los quieren en efectivo, por favor. 
Con lo cual la opción de regalar money ya no es tal opción, sino un requerimiento.

Los almuerzos  de comunión, por lo que he visto, también han evolucionado muchísimo.
Hasta mediados de los 90, más o menos, consistían en una sabrosa comida con la familia más cercana en un restaurante de categoría media.
Pero  hoy día se organizan auténticos banquetes, con muchos  invitados y en salones de hoteles o restaurantes de empaque,  preferentemente con jardines y zonas acondicionadas para el esparcimiento de la chiquillería.
Y esto nos lleva a otro elemento que caracteriza la celebración actual, ya sea de primeras comuniones o de bodas: el banquete hay que celebrarlo cuanto más lejos mejor.
Nada de ir a un sitio que quede a mano, que resulte cómodo para los invitados que no tienen coche, o para los que no disponen de mucho tiempo, o para los que se quieren recoger pronto.
No, no, quedarse cerca está completamente descartado. Hay que ir a un lugar que quede a trasmano, muy a trasmano a ser posible, para que así pueda tener lugar otro de esos ritos  esenciales de estas celebraciones: los corrillos de invitados a la puerta de la iglesia, dándose instrucciones unos a otros para llegar al lugar del convite.
-Coges la autovía y tiras como para el aeropuerto, pero antes de llegar coges la rotonda que hay enfrente de la gasolinera. Sales por la derecha, sigues hasta la siguiente rotonda, coges a la izquierda, que hay un campo de golf, sigues todo recto y ya verás un cartel que dice “Está usted abandonando el mundo conocido”. Pasas el cartel, y te metes por un camino de cabras que hay, y al final, después de una pista de barro, está el restaurante. No tiene pérdida.

Y así se consigue además que los invitados lleguen cansados y acalorados tras semejante periplo, de manera que no les queden fuerzas para quejarse por la hora y media que todavía habrán de esperar para probar  la sinfonada de hortalizas con reducción de balsámico.
Y no es que tengan hambre, sino una curiosidad tremenda por ver en qué consiste el plato.

Para que esta semblanza de las primeras comuniones fuera completa,  quedaría por tratar el asunto de determinados asistentes a la ceremonia religiosa,  cuyo comportamiento y actitud supone para mí una continua sorpresa.
Pero dada la complejidad del tema lo dejamos para otra ocasión.


domingo, 8 de mayo de 2011

Ténico-ténico


Una vez un amigo me contó un chiste muy tonto, pero al que, con el tiempo, yo le he encontrado mucho significado.
El chiste decía que un amigo le preguntaba a otro:
-Oye, ¿cómo se dice, serpiente o bicha?
Y el otro respondía:
-Hombre, ténico-ténico se dice retil.

Después, en efecto, en muchas ocasiones y cada vez con más frecuencia, he ido encontrando por los rincones de la vida muchos ejemplos de ese lenguaje supuestamente técnico, empleado a tontas y a locas por quienes pretenden darse una pátina de modernidad e  innovación,   o darle a una determinada profesión o actividad un lustre tecnológico y ciéntifico, que viste mucho y asombra a algunos.

Por ejemplo, antes de la implantación del lenguaje chupitecnológico, las cocinas tenían una hornilla –de gas, eléctrica o vitrocerámica-, pero ahora tienen  zona de cocción.  Y tenían también un fregadero o pila,  mientras que ahora tienen zona de aguas.

-Pepe, a ver si me desatascas la zona de aguas, hombre.

Pero claro, antes los vendedores de muebles y electrodomésticos eran eso, vendedores, mientras que ahora son técnicos, expertos o, como mínimo, consejeros de decoración,  siempre prestos y dispuestos para asesorarte sobre tus necesidades de interiorismo. Que las tienes.

Por eso mismo, antes, para dormir utilizábamos un somier y un colchón, es decir, lo que se venía denominando una cama, mientras que ahora lo que necesitamos es un equipo de descanso.

- Tengo unas ganas de llegar a casa y meterme en el equipo de descanso…

Y yo, cada vez que escucho a alguien hablando en ese plan, asiento con la cabeza mientras pienso: “ténico-ténico”.

Otro campo en el que se emplea mucho ese lenguaje técnico que solo conocen los profesionales de pura cepa, es el de la gastronomía. Aparte de los nombres chupichulis que se inventan para no llamar a las cosas por su nombre y hacer pasar una rodaja de merluza rebozada por un manjar exótico y exclusivo, está la cuestión de los verbos.
Porque los cocineros, los de verdad, los profesionales modernos, no emplean los verbos reflexivos. Eso se queda para los cocinillas de tres al cuarto y para las amas de casa.
Los cocineros de postín no dicen, por ejemplo, “ponemos las patatas al fuego para que se cuezan”, sino “para que cuezan”; y no dicen “cuando se enfríen” sino “cuando enfríen”. Y así con cualquier verbo reflexivo que surja durante la preparación de los alimentos. 
Será que así sale la comida más buena.
Y recuerdo que en un tiempo hubo en la televisión andaluza un programa de cocina en el que un cocinero saleroso jamás utilizaba aceite. No, no, él utilizaba zumo de oliva, así como suena. Y lo repetía constantemente, por si no te habías enterado a la primera.

En otros ámbitos, últimamente he oído dos expresiones de lenguaje técnico que me han gustado mucho. Una de ellas es la denominación experta y moderna de la profesión de portero, que ahora se llama agente de control de acceso...
Y la otra es segmento de ocio, que no es otra cosa que la media hora de recreo del cole. Segmento de ocio. Ahí queda eso.

-Yonatan, como no te calles te quedas sin segmento de ocio.

Para terminar, hay dos palabras que he oído recientemente en la tele –ese paraíso lingüístico-, que asombran mucho también, aunque no estoy segura de si son realmente ejemplos de lenguaje técnico, o simplemente de lenguaje memo.
Un día, haciendo zapping, pasé de puntillas por un programa en el que un señor decía que “en este país la derecha está handicapada”.
Claro, handicapada, es el participio del verbo handicapar, que no existe, pero da igual.

Y del mismo modo, una alegre y soleada mañana de domingo, desayunando con la tele puesta (qué insensata fui), topé con otro señor que, mientras maquillaba a una modelo, explicaba las virtudes del producto que le estaba aplicando. Y dijo el maquillador, con todo el cuajo, que tal producto “hipertridimensionaliza el rostro”.
Y lo más asombroso es que lo dijo así, como el que no hace la cosa, sin asfixiarse ni nada, y se quedó más ancho que largo.

-Ay, qué mala cara tengo. Necesito hipertridimensionalizármela, pero ya.

Pues eso: ténico-ténico.

Aquí, más lenguaje memotécnico

viernes, 29 de abril de 2011

Detalles

Londres, es bien sabido, es una ciudad mágica. Es histórica y moderna, bulliciosa y tranquila, majestuosa y sencilla, y desde luego muy limpia.
Es un lugar enorme y a la vez acogedor, en el que se puede encontrar desde lo más sublime a lo más común. Y en la que lo común adquiere un sorprendente tono sublime.
Es una ciudad que, como dice mi amigo John, ama la literatura, a lo que  yo añado que la literatura ama a Londres.

En Londres puedes extasiarte contemplando prodigios como el  Big Ben, el Parlamento, la abadía de Westminster, la Catedral de Southwark, la Torre del Londres… y cuando ya no puedes asimilar más grandiosidad, ir a Notting Hill y sentir la coqueta y relajante belleza de sus calles llenas de flores, de sus tiendas y cafeterías, de sus casitas de colores y su ambiente chic y sencillo a un tiempo.

Pero esto, seguramente, también lo sabe todo el mundo.

En cambio, hay lugares y elementos londinenses que, me parece, suelen pasar desapercibidos, tal vez por su modestia, aunque no carecen en absoluto de finura y significado.
Me refiero a detalles como  ciertas placas conmemorativas, humildes y casi escondidas, como esta, que evoca la historia de Helene Hanff y la librería Marks and Co.
O esta otra, en Notting Hill, precisamente, que recuerda, con sorprendente laconismo, que en esta casa vivió George Orwell.

También me llaman la atención las placas que señalan el número de algunas casas, y que son muestra del gusto británico por el mimo, la delicadeza y el cuidado en los elementos cotidianos.

  
O la estatua de Peter Pan, en Kensington Gardens, que a su vez está llena de detalles en forma de animalillos y hadas.
A mí me fascina esta especialmente:


Yo creo que la contemplación y el disfrute de la  belleza nos hace mejores personas. Porque nos hace más sensibles y nos capacita para descubrir y apreciar  matices y aspectos de la vida, del mundo y del ser humano, que normalmente quedan ocultos bajo capas de prisas, impaciencia y pragmatismo. 
E igualmente, nos hace respetuosos con los bienes comunes.
Pero a veces, también la propia belleza, la más evidente, la más deslumbrante, nos impide ver que alrededor hay otras bellezas, más pequeñitas, menos llamativas, pero igualmente  emocionantes.