El
último día de clase antes de las vacaciones de Navidad, Anita volvió a casa un
poco triste y bastante confusa. Cuando se tienen seis años, la confusión causa
tristeza.
Su
padre siempre sabía lo que había que hacer, pero no siempre estaba en casa.
Pasaba mucho tiempo trabajando. Y su madre era la mejor del mundo dando abrazos
y cuidándola cuando estaba enferma, pero no siempre entendía sus penas.
Así
que muchas veces, cuando tenía algún sentimiento que la hacía sufrir, Anita buscaba
refugio en su hermano. Era tres años mayor que ella, y por lo tanto un niño
también, pero a Anita nueve años le
parecían muchos, y además su hermano sabía muchas cosas de tanto leer libros. Pero
sobre todo la comprendía muy bien, y eso casi siempre era suficiente para que
ella se sintiera mejor.
Aquel
día Anita le contó a su hermano que unos niños mayores del colegio habían dicho
que los regalos de Navidad los compraban los padres en las tiendas, que no los
traía nadie de lugares mágicos ni nada de eso. Y que no había más que mirar en el
armario de los padres para encontrar allí escondidos los regalos, esperando
hasta el día de Reyes.
—Eso
lo dicen cada vez que se acerca la Navidad, para fastidiar a los pequeños —le
dijo el hermano con aire experto—. No les hagas caso, son muy tontos.
Por
la noche, cuando ya estaba acostada y con la luz apagada, la idea de los
regalos escondidos en el armario de los padres no dejaba de rondar los
pensamientos de Anita. Estaba segura de
que aquello no era verdad, pero no entendía por qué algunos niños querían engañar
a los pequeños diciendo algo así.
¿Y
si fuera verdad?, pensó de pronto. Y de manera difusa, indefinida como las
sombras nocturnas de su habitación, su cerebro infantil le dijo que ningún niño
podía ser capaz de pensar una mentira tan grande. Que si lo decían tenía que
ser porque lo habían visto, porque habían visto los regalos en el armario de
sus padres.
Esos
pensamientos resultaron agotadores, y antes de terminarlos Anita se durmió.
Pero a la mañana siguiente seguían en su cabeza, activos e imparables como
duendes en su taller, cortando, cosiendo, pegando, dándoles forma a cosas que
hasta entonces no existían.
Anita
estaba atrapada. La tentación de mirar en el armario de sus padres no la dejó
tranquila en todo el día. Quería seguir creyendo que allí no había regalos
escondidos, pero ya no podía creerlo sin
más. Tenía que comprobarlo. Entonces habló otra vez con su hermano.
—No
pienses más en eso, Anita. Es una tontería, de esas cosas que dicen los mayores
para hacerse los chulitos.
—Pero
entonces no importa que miremos, ¿no?
—Qué
cabezota eres. Bueno, pues si quieres miramos, pero como nos pillen se van a
enfadar.
La posibilidad
de que los padres se enfadasen con ellos poco antes de Navidad preocupó mucho a
Anita. Fuese quien fuese quien traía los regalos, había que portarse bien. Y
espiar en el armario de los padres no era portarse bien. Ahora tenía otra duda. No sabía si mirar o no,
si resolver el misterio o quedarse con la incertidumbre.
Después
de merendar, la madre les dijo:
—Tengo
que subir a la azotea a recoger la ropa. No tardo nada, ¿eh?, así que portaos
bien.
Anita
y su hermano se miraron como cómplices de un plan, y cuando la madre salió, el
niño dijo:
—Venga,
a ver si así te quedas tranquila. Yo abro el armario y tú vigila el pasillo, y
en cuanto oigas que mamá abre la puerta nos vamos corriendo a mi cuarto.
El
niño abrió una de las puertas correderas del armario mientras Anita, desde la entrada
de la habitación, miraba hacia el pasillo como él le había dicho.
—Aquí
no hay nada, Anita —dijo con alivio—. Sólo la ropa de papá y mamá.
Anita
se volvió hacia el armario y señalando con un dedo dijo:
—¿Y
ahí arriba?
El
hermano levantó la mirada hacia el altillo del armario.
—Vale
—dijo con tono de resignación—. Voy a ver si puedo. Tú sigue vigilando.
El
niño se quitó las zapatillas y se subió a la butaca que usaba su padre para descalzarse,
y desde la butaca se subió a la cómoda.
Anita
estaba muy nerviosa, casi le temblaban las piernas. Su hermano podía caerse y
hacerse mucho daño. Y si su madre volvía en ese momento los descubriría sin
remedio. Y además estaban a punto de saber la verdad.
De
pie en el extremo del mueble y estirando el brazo todo lo posible, el hermano
de Anita consiguió alcanzar la puerta superior del armario y deslizarla lo
suficiente para mirar dentro. Entonces,
en el misterioso silencio de aquella cueva secreta, el niño vio una colcha
metida en una funda transparente, un ventilador y una sombrilla de playa. Y
también unas cajas envueltas con papel
de colores y lazos rojos, y varias bolsas abultadas, con dibujos navideños y el
nombre de una juguetería.
—¿Están
ahí? ¿Hay regalos? —le preguntó Anita, inquieta como un gorrioncillo.
—Qué
va, Anita. Aquí sólo hay unas mantas y cosas viejas —respondió el hermano, al
tiempo que cerraba aquella puerta de los secretos.
A
continuación bajó de la cómoda a la butaca y se puso de nuevo las zapatillas.
Anita lo miraba como a un héroe, y
después los dos salieron del cuarto de sus padres. En ese momento se abrió la
puerta de la calle.
—Niños,
ya estoy aquí —dijo la madre—. Habéis sido buenos, ¿verdad?
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