domingo, 20 de junio de 2010

Cuento. El capitán prisionero. Segunda parte y final.

(viene de aquí)

A la mañana siguiente, el general volvió a visitar la celda.

-Bien, bien, aquí está mi Edmundo Dantés, demacrado y desesperado. Dígame, capitán, ¿ha conseguido leer mucho más?
-No me haga esto, general, se lo suplico. Fusíleme, o deme latigazos, pero no me desvele la historia.
-Vaya, eso significa que sigue en sus trece. No está dispuesto a darme la información que necesito, ¿eh?
-No señor, no voy a traicionar a los míos.
-¿Por dónde va, capitán? ¿Por qué parte de la historia?
El capitán, temiendo que el general le contase algo que aún no había leído, contestó:
-El joven Alberto ha sido secuestrado por los bandidos.
-Ah, sí, una aventura fascinante. Deme el libro, por favor.

El capitán  lo entregó  con desgana y miedo.
El general abrió el libro por la página marcada con una cinta negra.
-Vaya, vaya, me parece que me miente usted, capitán. Ese pasaje de los bandidos ha quedado ya muy atrás. Pero me gusta su intento, porque nada hay más aburrido que enfrentarse a un contrincante de inteligencia inferior.
Y  esté tranquilo, no voy a contarle el final, de momento. Esto me parece más divertido y fructífero de lo que pensé en principio, porque creo que prolongando la tortura un poco más, acabará usted cediendo a mi demanda y todos saldremos ganando: yo tendré la información y usted podrá seguir leyendo tranquilamente el libro sin que nadie lo importune.

Y tras unos momentos de pausa, añadió el general:
-Colijo que la tortura será más efectiva si tiene usted miedo cada día. Así que cada día le contaré un detallito que le fastidiará la lectura de las siguientes páginas.
Veamos... según la marca del libro, acaba usted de leer que el sirviente del conde había presenciado a escondidas el misterioso caso que tuvo lugar en la casa de Auteuil. Bien, todavía faltan muchas páginas para que se desvele quién era la dama implicada en el asunto.
-No, no, piedad... –dijo el capitán con voz temblorosa. Pero el general prosiguió:
-Le voy a robar el placer de descubrirlo por usted mismo en el momento adecuado.    Verá, después de este pasaje que acaba usted de leer hay una sorpresa tras otra, y la emoción de la lectura es suprema, pero, en vista de su tozudez, no tengo otra opción...
Y entonces el general, en un acto de perversidad inusitada,  pronunció el nombre del personaje clave en el misterio de Auteuil.
-¡No!, exclamó el capitán, que aun con las manos en los oídos pudo escucharlo.
-Ya ve que no amenazo en vano, capitán.

El capitán intentó pasar otra vez la noche leyendo. Pero a medida que pasaba las hojas y la vela se iba consumiendo, se consumía también su esperanza de terminar el libro antes de la mañana. El cansancio de sus sentidos y el agotamiento nervioso le impedían mantener los ojos abiertos.
¿Qué podría hacer? ¿Cómo escapar de la tortura? ¡Oh, desesperación!

-Buenos días, capitán. Otra noche de lectura, ¿no es así?
-Así es.
-Bien, bien ¿y hasta dónde ha llegado?
-Danglars y Montecristo intercambian información sobre Fernando Mondego.
-Ah, o sea que la intriga es absoluta.
-Desde luego.
-¿Y qué decisión ha tomado, capitán? ¿Qué hay de nuestro acuerdo?
-Acuerdo, ninguno. No voy a traicionar a mi ejército.
-Muy bien -dijo el general, exasperado por la contumacia del capitán-. Pues prepárese para oír ahora mismo el final de la novela y todos los detalles que llevan a él.

Al oír esto, el capitán se llevó las manos a los oídos con  frenesí, moviendo la cabeza y caminando de un lado a otro de la celda, mientras exclamaba ‘¡No, no!’.
El carcelero  le ató las manos a la espalda.
-Así no tendrá más remedio que escuchar –dijo el general. Y añadió-: Amordácelo también, carcelero, para que no grite.

Y entonces el general empezó a contar todos los detalles de la historia de Edmundo Dantés, el astuto héroe conocido como el Conde de Montecristo. Y reveló los motivos de cada personaje, y las consecuencias de cada acto; y las intrigas, los engaños, las dobles intenciones y las trampas a las que el conde hubo de enfrentarse, con su ingenio y su paciencia como arma más poderosa.

Y llegó al final, a la resolución de todas las tramas y todos los enigmas, para privar así al capitán de una de las mayores satisfacciones que un alma cultivada puede disfrutar: la de comprobar que un hombre, con tan sencillos instrumentos como el papel y la pluma, puede crear un mundo y llenarlo de vida, y hacer que habitemos en él y nos sintamos felizmente atrapados y sin deseos de escapar.

Cuando terminó su relato, el general se puso en pie, ordenó desatar al prisionero y dijo con desdén:
-Aquí seguirá usted encerrado, capitán, con la única compañía de un libro que ya no guarda  misterio ni interés para usted.
Y se marchó a batallar.

Hasta ese momento, el capitán había permanecido maniatado y amordazado, sentado en una silla, con la cabeza baja,  abatido, la oscura melena cayéndole sobre la cara.
Cuando el carcelero lo desató y lo dejó solo, se levantó, cogió el libro del suelo y se tumbó en el camastro.
Abrió el libro por donde marcaba la cinta negra y empezó a leer. Pero antes, se llevó de nuevo las manos a los oídos, y, con cierta dificultad, se quitó los tapones que la noche anterior había fabricado con la cera de la vela.


lunes, 14 de junio de 2010

Cuento. El capitán prisionero.


Primera parte

El general se acercó a la celda donde tenía recluido al   capitán  enemigo.
El prisionero estaba leyendo un libro, y aunque oyó llegar al general, no levantó la mirada de la página.
-¿Qué está leyendo, capitán?
-¿Le importa mucho lo que yo lea?
-Ande, no sea antipático.
-El Conde de Montecristo.
-Ahá. No estará buscando inspiración para fugarse como Edmundo Dantés, ¿verdad?
-No señor. Sólo intento evadirme mentalmente.
-Pero, ¿no le resulta tentadora la idea de imitar al héroe de la novela?
-No. Sé que es imposible escapar de aquí.
-Más difícil era escapar de If, y Dantés lo consiguió.
-¿Me está animando, general?
El general lanzó una carcajada hueca y sincera.
-No, no. Sólo intento mantener una conversación interesante, para variar. Es un libro que me gusta mucho. Lo he leído varias veces. Diga usted, ¿por qué parte va?
- Morrel está en la ruina y un personaje desconocido intenta ayudarle.
-¡Ah! Es un pasaje apasionante.


El capitán, con una expresión de fastidio, cerró el libro y lo dejó a un lado.
-Vaya, parece que le molesta mi conversación, pero le recuerdo que es usted mi prisionero y se tiene que aguantar.
-No lo olvido, general.
-¿Es la primera vez que lee la novela o la conoce ya?
-Es la primera vez que la leo.
-¿Y le está gustando?
-Es magnífica. Absorbente. Apasionante, como usted ha dicho.
-Bien, bien. Siga leyendo, siga. Hasta mañana, capitán.


Al día siguiente, el general volvió a la celda del capitán.
-¿Cómo va eso, capitán? ¿Ha leído más?
-Desde luego. Estoy completamente atrapado por la historia.
-Vaya, vaya, no sabe cuánto me alegra oír eso.
-¿Ah, sí? ¿Y por qué, si puedo preguntar?
-Usted tiene información vital para mí, y los dos sabemos que no está usted dispuesto a traicionar a los suyos proporcionándome dicha información, ¿cierto?
-Cierto. Pero ¿qué tiene que ver eso con la novela?
-Usted dijo que prefiere la muerte antes que revelar la estrategia de su ejército y los planes de su general.
-Lo dije y lo mantengo.
-Bien, entonces es inútil que lo amenace con fusilarlo o torturarlo para que me dé la información.
-Puede fusilarme o torturarme ahora mismo si quiere. No tengo miedo al dolor ni a la muerte.
-Pues bien, le propongo lo siguiente: o me da la información que necesito o le cuento el final de la novela.
-¡No! –exclamó el capitán, tapándose las orejas.
-Piénselo, capitán. Hay torturas que no duelen, pero pueden acabar con un hombre igualmente. Le daré otra oportunidad. Mañana volveré a esta misma hora, y si no está dispuesto a hablar..., ya sabe.

El general se alejó de la celda, y el capitán, presa del pánico, cogió de nuevo el libro y empezó a leer frenéticamente.
Pasó toda la noche leyendo a la luz de la vela, pero sólo consiguió empeorar su situación. Porque cuanto más avanzaba en la lectura, más se apasionaba por la historia, más deseos tenía de averiguar qué pasaba a continuación y más le horrorizaba la idea de que el general le revelase el final, o siquiera algún detalle significativo.

(Continuará)

viernes, 4 de junio de 2010

Dime cuál es tu nombre y te diré cómo te llamas, II

(viene de aquí)

En algunos países, como Francia, Alemania y Polonia, hay un cierto control sobre la cosa onomástica. O sea, que está prohibido ponerles a los niños nombres de fantasía, inventados, que sean confusos en cuanto al sexo de la criatura, o que puedan causarles a los chiquillos problemas de adaptación y bochorno. Porque, según los expertos, los nombres esos tan originales y pretenciosos, pueden de verdad amargarle la vida a los niños. Y no me extraña. No debe de ser muy sano que un infante vea a su alrededor caras raras o risas mal disimuladas cada vez que se dice su nombre.


Es obvio que este control  no se da en Estados Unidos, donde se llevan mucho, sobre todo entre las estrellas del cine y la música, los nombres superfashion y megaoriginales.
Hace unos años se pusieron de moda los nombres geográficos, como Dakota, Montana o Brooklin, e incluso Boston y Sahara. 
Y más recientemente, lo chuli eran los nombres “espirituales”, como Destiny, Serenity, Liberty, Heaven (cielo), y, rizando el rizo, Nevaeh, que no es otra cosa que Heaven al revés. Es como si aquí a una niña, en vez de llamarla Gloria, le pusieran Airolg.
Pero se ve que estos nombres, al poco tiempo, no resultaban ya suficientemente originales, así que había que ahondar más en la insensatez.
Y se ha conseguido, por supuesto.
Hace dos o tres años la revista Times Online,  publicó una lista con los nombres más locuelos de hijos de famosos, advirtiendo de paso sobre los problemas que esos nombres ridículos pueden causar.
Por ejemplo, la hija de Gwyneth Paltrow se llama Apple, la de Sting se llama Fuchsia y el hijo de Gary Oldman, Gulliver. Y estos son los más discretos.
Porque Nicholas Cage, gran aficionado a los cómics, le ha puesto a su hijo Kal-El, que al parecer significa la voz de Dios y  es el nombre que recibió Superman cuando nació, allá en su planeta Krypton.
Menos mal que Nicholas Cage no es español, porque si no, igual le hubiera puesto al chiquillo Mortadelo.

Otro actor, Forest Whitaker, tiene tres hijos llamados respectivamente Ocean, Sonnet y True (Verdadero), y el director Robert Rodriguez tiene cuatro, que se llaman Racer (corredor), Rebel, Rogue (pícaro, granuja) y Rocket (cohete). A este hombre habría que decirle algo.
Sylvester Stallone tiene un hijo llamado Sage Moonblood (¿Sabio Sangrelunar?) y Mia Farrow uno llamado Lark Song (Canción de la alondra) y otro Summer Song.
Y también habría que hablar seriamente con los padres de estos otros pobres angelitos hollywoodienses llamados Moxie CrimeFighter (algo así como Combatelcrimen Consangrefría); Peaches Honeyblossom ( Melocotones Flordemiel, más o menos); Luna Coco Patricia; Audio Science; Camera; Fifi Trixibell; Princess Tiaamii; Pilot Inspektor; Blue Angel; Moon Unit...

Me imagino yo a esos niños cuando sean adolescentes y empiecen a hacer vida social:
-Hola, me llamo Melocotón en Almíbar y mis padres son idiotas.
Pero claro, es probable que el otro responda:
-Pues yo me llamo Conjunción Planetaria y no les hablo a los míos.

Y a todo esto,  estoy segura de que estos padres tan creativos y originales tienen perros y gatos llamados Ben, Sophie, Rosie y Sammy.
Como si lo viera.



lunes, 24 de mayo de 2010

Dime cuál es tu nombre y te diré cómo te llamas, I.

Recuerdo un chiste infantil en el que un señor quería cambiarse el nombre.
-¿Por qué quiere cambiarse el nombre?, le preguntaban.
-Porque cuando digo cómo me llamo, todo el mundo se ríe de mí.
-¿Cómo se llama usted?
-José Caca.
-Ah, claro. ¿Y cómo quiere llamarse?
-Antonio Caca.

Y es que, por lo visto, el nombre que nos pongan al nacer puede marcar nuestra personalidad y hasta nuestro destino.
Eso dicen, aunque yo no creo que sea siempre así.
En una ocasión tuve una alumna llamada Sherezade y al ver su nombre en la lista de clase me imaginé a una muchacha delicada, de rasgos exóticos, voz aterciopelada y andares majestuosos. Pero Sherezade resultó ser una chica grandota, desgarbada, con gafas y que vestía al estilo heavy-metal. Y  con un sentido del humor fabuloso, por cierto.
Por supuesto, nadie la llamaba Sherezade. Era ‘Chere’ para todo el mundo y así se presentaba ella misma.

Pero al parecer muchos padres modernos sí están convencidos de que un nombre corriente hará de sus hijos una persona corriente, así que se estrujan la sesera para encontrar nombres originales y llenos de significado, con los que nombrar a sus retoños.
Pero la originalidad a veces da problemas.
Conocí a un niño de nombre Israel al que su abuelo llamaba Rafael. El hombre, que estaba más bien sordo, daba por hecho que entendía mal. Y además, es que le parecía imposible que su nieto tuviera nombre de país.
También puede ser que un nombre poco frecuente o muy creativo no se entienda a la primera y haya que andar siempre repitiéndolo, lo cual es un engorro; o puede que nadie sepa cómo escribirlo y haya que estar echando mano al deletreo o a un boli; o puede que simplemente sirva de rechifla, con el consiguiente trauma-mosqueo del afectado. Que le pregunten si no a la niña Noemí, a la que sus primitos llamaban ‘Nuevemí’.

Es normal que los padres ya no quieran llamar a sus hijos Tiburcio ni Frumencio, ni Cunegunda ni Cristeta. Pero ¿por qué ha de ser mejor llamarse Yotuel que Fernando? ¿O Aroha en vez de Isabel?

Muchas veces los progenitores, en su afán de ser originales y creativos, y en su deseo de que su niño destaque sobre los demás, no se dan cuenta de lo fácil que es pasarse de la raya y caer en lo ridículo.
En esa búsqueda del nombre insólito hay quien se inspira en películas o series de televisión americanas. Pero claro, como no ven los nombres escritos y se fían del oído, pasa lo que le pasó a una familia que bautizó a su hija Sue Ellen. El problema era que lo escribían ‘Suelen’.
Por esa misma razón hay en España niños llamados ‘Yonatan’, ‘Yeremy’, ‘Yeimi’ (Jamie) o ‘Braian’ (Brian).
Lo de ponerle a los niños nombres extranjeros se da mucho en los barrios populares, donde abundan también las Jessica, Yasmín, Ingrid, ‘Reichel’ (Rachel) o Jennifer. Y ello da lugar a escenas costumbristas como la de la señora que, asomada a la ventana y a grito pelado, decía: “¡Jeniii! ¡Dile a la Ingri que se suba p’arriba!”

viernes, 7 de mayo de 2010

Premios Gamba 2010. Se nos va de las manos

Me sigue llamando la atención el poco cuidado con que se dan las noticias en nuestras televisiones, públicas o privadas.

No se presta atención al detalle, no hay un mínimo de interés por hacer las cosas bien, no se esmeran; van a la bulla y al ‘como salga’. Y eso demuestra una gran falta de respeto al público: no les importa hacer las cosas mal porque creen que no merecemos que se esfuercen en hacer bien su trabajo. O nos toman por tontos y creen que no vamos a apreciar una mala redacción, una falta de ortografía, una incoherencia, o cualquiera de los muchos errores que se comenten a diario en los medios de comunicación.
¿O será simplemente que no lo saben hacer mejor?

Hoy comenzamos con una metida de gamba de esas en las que tanto destaca el telediario de Telecinco.
Un aciago día del mes de marzo, Pedro Piqueras nos habla de un juicio. Se trata del conductor de un autocar que llevaba a bordo a un equipo juvenil de fútbol. El dicho conductor iba borracho y se le juzga "por la muerte de esa gente".
¿Esa gente? Señor Piqueras, un respeto, hombre, un poco de decoro humano y profesional.
Pero lo mejor del asunto es que después, cuando una voz en off da más detalles del caso, descubrimos que el vehículo había sido detenido por la policía y los jóvenes futbolistas recogidos por otro autocar que los llevó a su destino. O sea, que no había muerto nadie.
Así que doble gambazo: llamar “esa gente” a quienes el locutor creía víctimas mortales, y dar una noticia con un error tan grueso.
Y ahora, díganme, ¿creen ustedes que Pedro Piqueras se disculpó por el error, rectificó o hizo referencia alguna a la equivocación?
Efectivamente: no.

Otro resbalón, también en Telecinco: hablan de la cogida que sufrió recientemente el torero José Tomás, y dicen que “los médicos tardaron más de tres horas en atenderlo”. Pero no era eso. Es que estuvieron tres horas atendiéndolo, que es muy distinto.
En otro programa, hace dos o tres días, dan una noticia sobre un desprendimiento de rocas que ha sepultado varias viviendas. Dice la locutora: “Debajo de esta montaña de escombros vivían cuatro familias”.
¿Eh? ¿Vivían debajo de los escombros? Serían cuatro familias de topos, ¿no?

El mes de abril ha sido especialmente prolífico en rótulos televisimos penosamente redactados.
Por ejemplo, en un programa de TV1 nos cuentan la historia de un anciano de Granada que padece el llamado ‘Síndrome de Diógenes’,y que, a causa de tal enfermedad, ha acumulado en su casa toneladas de basura.
Sobre las imágenes del reportaje aparece un rótulo a modo de pie de foto, en el que se lee: “Más de dos toneladas de basura ha acumulado un anciano con Diógenes de Granada”.
Dicho así, parece que la basura la ha acumulado un anciano junto con un tal Diógenes de Granada, que además parece el nombre de un cantaor, al estilo Perlita de Huelva o Chiquito de la Calzada.
O sea, suspenso en redacción.

Más ejemplos. En una tertulia de Canal Sur sobre la reforma del Código Penal, leemos que “el PP se abstiene por no incluir la perpétua”.
En primer lugar, parece que es el PP el que no incluye la perpetua, con lo cual la frase queda incoherente. Y en segundo lugar, fíjense en la tilde tan mona que le colocan a ‘perpétua’.
Pues nada: suspenso en redacción y en ortografía.
Pero es que en el mismo programa ponen otro rotulito informando (es un decir) sobre la reducción de penas para algunos delitos, como “los de contra la seguridad vial”.
¿Los de contra la seguidad vial? Suspenso y sin posibilidad de recuperación.

Otro, otro. Este de Antena 3. Reportaje sobre el caso escandaloso del profesor de kárate que resultó ser un pederasta. Sobre imágenes de la casa del tipo aparece el rótulo: “Una vecina del chalé de Torres Baena asegura que allí obligaba a los menores a ver porno”.
Pero, ¿quién los obligaba? ¿la vecina?
Pues según el rótulo, sí, porque “una vecina del chalé de Torres Baena” es el sujeto de los dos verbos; así que la vecina “asegura” y la vecina “obligaba”. Es una cuestión de sintaxis elemental. De modo que otro suspenso, en redacción y en sentido común.
Para terminar, otro cartelito de Antena 3. En el telediario conectan con una reportera que está en París. Aparece el rótulo con su nombre y debajo del nombre pone “Enviada espacial”.

Pero la verdad es que no me extraña nada, porque parece que están todos en la luna…

martes, 27 de abril de 2010

Los títulos de las películas, VII

Sabemos y comprendemos que hay ocasiones en que cambiar el título de una película es necesario y conveniente. Y que algunos de esos títulos ‘postizos’ son incluso mejores que los originales, o por lo menos más sonoros y significativos en un idioma determinado que en el original.
Pero, la verdad, me parece a mí que la inmensa mayoría de las veces ese cambio no solo es innecesario sino que puede perjudicar a la película y al espectador.
Por ejemplo, si The Prowler ("el merodeador") la titulan en Bélgica  Rosemary’s Killer (“el asesino de Rosemary”), le quitan toda la gracia y todo el intríngulis a la película. Con ese título, en cuanto la tal Rosemary aparezca en la pantalla, ya sabemos que no sale viva de allí.
Cabe señalar en este preciso momento que en España esta película se llama igualmente El asesino de Rosemary, pero también El asesinato de Rosemary. Más claro, agua.
Algo semajante ocurre con un título tocayo: Rosemary’s Baby, que aquí es La semilla del diablo.

Este tipo de títulos  se conoce como spoiler,  aguafiestas, para entendernos, porque echan a perder la clave o incluso el desenlace de las películas.

Otro spoiler de primera es el título francés de Home Alone (Solo en casa). Nuestros vecinos la conocen como “Mamá, he perdido el avión”. Pues eso, todo el arranque de la historia por los suelos.

Hay ocasiones en que la cosa adquiere carácter de conspiración internacional. Por ejemplo, la película de Nicolas Cage National Treasure (“tesoro nacional”) tiene diferentes títulos en Europa. En España se llama La búsqueda; en Francia, Benjamin Gates et le Trésor des Templiers, y en Italia Il mistero delle pagine perdute.
Obsérvese que si juntamos los tres títulos es como si nos contaran  la película. Ya solo falta que en algún otro país la hayan titulado "Benjamin Gates encuentra (o no) lo que andaba buscando", y ya no hace falta ir a verla.

Pero un título desafortunado no es solo el que ‘revienta’ la gracia de una peli. Hay también títulos que dan una idea falsa sobre el género del film. Es lo que ocurre con Fried Green Tomatos (Tomate verdes fritos) en Canadá, donde se titula "El secreto está en la salsa". Este título a mí personalmente me suena a comedia con cocinero cachas o similar. Y no es eso, claro.
Y luego hay casos que simplemente trastornan los sentidos, como ocurre con Army of Darkness (El ejército de las tinieblas), que en Japón se llama Captain Supermarket (sí, sí, Capitán Supermercado), que es lo más inexplicable que he visto yo en mucho tiempo.
Tampoco está mal el título que le pusieron en China a Full Monty, a saber, "Seis cerdos desnudos"(¡!)
Y me quedo sin palabras cuando veo que Being John Malkovich (Cómo ser John Malkovich) se titula, también en China , “Personas diminutas de mi cerebro, ¡dejad de mirar cuando orino!”

Es curiosa también la costumbre de Turquía, donde al parecer siguen una sencilla norma a la hora de titular las películas extranjeras: todas las películas románticas incluyen en el título la palabra amor, y todas las de miedo incluyen la palabra muerte. Vamos, que les gusta facilitarle las cosas al espectador.
Por eso no me atrevo a imaginar qué palabras utilizarán para identificar las películas porno.

Como se ve, el asunto llega a tales extremos que en Hollywood están pensando en la necesidad de ejercer algún control sobre los títulos que les ponen a sus películas en cada país, para unificarlos de alguna forma y evitar que esos títulos inadecuados revelen demasiado sobre el argumento, o confundan al espectador sobre el contenido del film, o lleven al aficionado a comprar dos veces la misma película, engañado por los diferentes títulos.

Yo me pregunto si es que en esto del tituleo no se tienen en cuenta los derechos de autor, ni el respeto a la creación artística, ni nada de eso que tanto se defiende últimamente.


domingo, 18 de abril de 2010

Los títulos de las películas, VI

(Para Sara)

(viene de aquí)
Siguiendo con el asunto de la entrada anterior, traemos a colación otro ejemplo de lío tremebundo con los títulos de las películas, sus secuelas y sus versiones.
En 1977, Francois Truffaut dirigió L’homme qui aimait les femmes, que tiene en español dos títulos, dos: la traducción del original y otro inventado. Es decir, El hombre que amaba a las mujeres, por un lado, y El amante del amor, por otro.


Esto ya sería suficiente para confundir al público:
-A mí me encanta una de Truffaut que se llama El hombre que amaba a las mujeres.
-Esa no la he visto, pero te recomiendo otra suya que a mí me gustó mucho, El amante del amor.



Pero la cosa tiene más complicación. En 1983 Blake Edwards hizo una versión del film, llamada The Man Who Loved Women, es decir, el título original francés traducido al inglés. Lo lógico.
Pero cuando tocó estrenar esta versión americana en España, la lógica se acabó. Porque lo suyo hubiera sido estrenarla como El hombre que amaba a las mujeres, respetando el título de Blake Edwards y por ende el de Truffaut. O en todo caso, con el segundo título español, El amante del amor, en un acto de coherencia (qué ilusa soy) que minimizara en lo posible el caos titulero, y para que el público más avezado supiera de qué se trataba.



Pero no. Aquí la bautizaron como Mis problemas con las mujeres.
La razón debió ser, como sospecho normalmente, que el distribuidor de turno se creía muy simpático y, por supuesto, más original que Truffaut y Edwards juntos. 
 

No se vayan todavía, amigos, que aún hay más.
Vaya usted a un establecimiento del ramo y compre la película  francesa. Está editada en DVD con el título de El amante del amor. Vale, se acepta.
Pero es que cuando ponga usted el disco y salga el menú, se encontrará con que aparece el título de Mis problemas con las mujeres (!!!).
Es decir, que a la película de Truffaut le ponen el título que se inventaron aquí para la de Blake Edwards.
Esto lo que se dice rizar el rizo. O no tener ni idea, que también puede ser.



Pero seamos justos. No es España el único país donde se trastocan los títulos originales de las películas. No, al contrario, se trata de una manía internacional, y lo veremos próximamente.

               

lunes, 29 de marzo de 2010

Los títulos de las películas, V

(viene de aquí)

Algunas veces, el bello arte de liar al espectador con los títulos que les ponen a las películas extranjeras, alcanza unas cotas de perfección inimaginables y sorprendentes.

Parece que a algunos distribuidores y editores de películas les encanta alardear de imaginación, y además parece que tienen en muy baja estima los títulos originales de las películas, y les falta tiempo para cambiárselos.

Ejemplos ya conocemos muchos, pero, como decíamos, hay casos que asombran hasta al cinéfilo más curtido.
Uno de esos casos asombrosos tiene su punto de partida en la película Phantasm, de Don Coscarelli, estrenada en 1979.
Esta película se llamó en España Phantasma, título que está muy bien, porque resulta español y exótico al mismo tiempo, como Raphael.
En ese mismo año, en Estados Unidos hicieron una miniserie de televisión, dirigida por Tobe Hooper, titulada Salem’s Lot y basada en la novela de Stephen King.

Y además de la miniserie, se hizo una versión cinematográfica para Europa, titulada, como la serie y la novela, Salem’s Lot.
Pero hete aquí que cuando la película llega a España me le cambian el título  y me la estrenan como Phantasma II. Así, por las buenas.
Supongo yo que Phantasma había tenido éxito, y el listo correspondiente pensó que había que aprovechar el tirón. Lo de confundir al público se ve que les daba igual.
Así que me imagino que los espectadores que habían visto Phantasma irían a ver este Phantasma II pensando que iban a encontrarse con nuevas aventuras de los hermanos Pearson contra ‘el hombre alto’, y se encontraron con David Soul interpretando a Ben Mears en una historia de vampiros, completamente ajena y sin relación alguna con Phantasma.

Pero ahí no acaba la cosa. Resulta que Don Coscarelli decidió, en 1988, hacer la verdadera y auténtica continuación de su Phantasm, y la tituló,  con toda lógica, Phantasm II.

Y claro, aquí ya habíamos tenido un Phantasma II -que no era tal-, así que, ¿qué hacer con este Phantasm II verdadero?
Pues se ve que ponerle Phantasma III les dio corte, así que optaron por añadirle un subtítulo, quedando la cosa en Phantasma II. El regreso.

Ya teníamos Phantasma, Phantasma II y Phantasma II. El regreso. De Salem’s Lot ni rastro.

Andando el tiempo, llegados ya a 1994, Coscarelli sigue con su saga, que se había convertido ya en obra de culto, y rueda Phantasm III. Lord of the Dead. Que levanten la mano los que crean que en España se limitaron a traducir ese "Señor de los muertos"...
Efectivamente, aquí, inspirados y decididos a no dejar nada como estaba, se titula Phantasma III. El pasaje del terror.
Cambiar por cambiar, vamos.

¿Y qué pasó en todo este tiempo con Salem’s Lot, Ben Mears y los vampiros? Pues que con el tiempo se editó aquí, en vídeo, la serie televisiva norteamericana original, pero no llamándose Salem´s Lot a secas, sino El misterio de Salem’s Lot, para que pareciera otra.

Y en 2004 se hizo una nueva versión, protagonizada por Rob Lowe, que mantiene el título de Salem’s Lot, y que aquí se vuelve a llamar El misterio de Salem’s Lot.
Y la película que se hizo en el 79 para ser estrenada en los cines europeos, se sigue editando en España –erre que erre- hoy día con el titulo de Phantasma II.

Así que si alguien va al videoclub, o a la tienda o a donde sea, a buscar alguna de estas películas, deberá tener en cuenta que :

Phantasma es Phantasm.

Phantasma II es Salem’s Lot (el film).

Phantasma II. El regreso es Phantasm II.

Phantasma III. El pasaje del terror, es Phantasm. Lord of the Dead.

El misterio de Salem’s Lot (de 1979) es Salem’s Lot (la miniserie original)

El misterio de Salem’s Lot (de 2004) es Salem’s Lot (la versión moderna de la miniserie).

Pero por supuesto  este no es el único caso –ni mucho menos- de títulos cambiados, primeras y segundas partes confundidas, versiones antiguas y modernas embarulladas... todo un desbarajuste del que seguiremos hablando otro día.


La auténtica
Esta en realidad es Salem's Lot
               
  (continúa aquí)                                          

jueves, 11 de marzo de 2010

Policía gramatical

(Dedicado a MJ)

Hace poco un amigo me envió dos e-mails, uno a continuación del otro.
El primero contenía (¡intolerable!) una falta de ortografía; creo que una b en lugar de v, o algo similar.
El segundo correo consistía exclusivamente en una disculpa por dicha falta, de la cual se había percatado mentalmente justo después de haberme enviado el mail (demasiado tarde, amigo).

A mí me pareció que el chico se preocupaba mucho por un simple error que cualquiera puede cometer, y que además no tenía ninguna trascendencia.

O quizá para él sí la tenía, pues es persona escrupulosa al máximo con lo que escribe. De hecho, yo siempre alabo su esmerada redacción y su perfecta ortografía.

Es curioso, dicho sea de paso, que hayamos llegado a tal extremo de ignorancia de nuestro propio idioma y de dejadez en su uso, que nos llame la atención, nos sorprenda y hasta nos maraville que una persona escriba con corrección, cuando esto debería ser lo habitual y lo más normal.
Es como si al ir a una tienda nos sorprendiera que nos dieran el cambio, o que los artículos estuvieran  en buenas condiciones.

Pero, como decía, hemos llegado al extremo de que lo correcto y lo lógico se han convertido en lo raro.

Y claro, como toda acción tiene su reacción, y todo bote su rebote, van surgiendo por doquier contumaces correctores, personas que para contrarrestar esa tendencia generalizada a escribir mal, se dedican a vigilar lo que otros escriben para señalar sus errores, regañarles y corregirlos.

computerEstas personas que se creen en la obligación de corregir cuanto error gramatical y ortográfico encuentran a su paso,  reciben los cariñosos apelativos de “policías gramaticales” o, en inglés, grammar police, así como spelling police (policía ortográfico), y grammar nazis.

En un par de emails recientes, también una amiga  se ha disculpado por los posibles fallos ortográficos que pudiesen contener sus correos, debidos bien a que su teclado estaba fallando, bien a despiste o falta de atención por su parte.

Esto ya me dio que pensar seriamente, y me preocupé por el hecho de que mis amigos se sintieran en la necesidad de disculparse ante mí por sus eventuales errores.

Y me asaltó entonces el temor y la duda: ¿soy yo uno de esos policías gramaticales?

Pensé también que a lo mejor me he ganado a pulso cierta fama de repipi con los textos que suelo escribir en este mi blog (y de todos ustedes), sobre desatinos semánticos y de expresión.

Por eso me gustaría aclarar que cuando critico la mala utilización del idioma me refiero exclusivamente a aquellos que lo tienen como herramienta de trabajo: periodistas, locutores, presentadores, traductores, redactores de textos oficiales, publicitarios, etc. Además procuro hacerlo con un tono jocoso y distendido, porque no se trata de ofender a nadie, sino de señalar fallos que mueven a risa la mayor parte de las veces. Y, por supuesto, considero que es lícito criticar la falta de profesionalidad en los medios de comunicación, del mismo modo que se critica a cualquier profesional de cualquier ámbito que haga mal su trabajo.


En otras ocasiones hablo de la utilización errónea de determinadas palabras por parte de personas anónimas, como yo, como cualquiera que va por la calle. Como se suele decir, el que tiene boca se equivoca, y ahí no cabe recriminación ninguna.
Y en esos casos especialmente, lo único que pretendo es dejar modesta constancia de lo divertido que puede llegar a ser el idioma, ya que jamás se me ocurriría criticar a nadie por una incorrección cometida en un texto o conversación coloquial, informal, sin pretensiones artísticas ni profesionales. Y además yo estoy tan expuesta al error como cualquiera.

Por eso precisamente me resultan cargantes los verdaderos policías gramaticales, esas personas que entran en foros, chats, blogs y en las secciones de comentarios de periódicos y revistas de la red, y se dedican cansinamente a fiscalizar, analizar, vigilar, corregir y acosar a los demás a cuenta de su forma de expresarse.

Y lo más gracioso del caso es que muchos de esos grammar nazis creen tener unos conocimientos gramaticales de los que precisamente carecen, y señalan fallos donde no los hay, y hacen correcciones que son en realidad tristes muestras de su ignorancia.

Así que espero y deseo que nadie me considere agente de la ley lingüística, ni fiscal del distrito de la Gramática, ni sheriff del condado de la Ortografía, ni nada de eso.
Yo lo único que quiero es jugar con las palabras, como el viento.





Nota Bene: Todo lo anterior no significa que me parezca bien  que cada uno trastoque la gramática como le plazca. Pero de eso hablaremos otro día.