jueves, 17 de septiembre de 2015

Emociones anónimas

 
Las palabras son algo tan cotidiano, tan nuestro, que no siempre somos conscientes  de lo que verdaderamente son. Están ahí, a nuestra disposición, y las utilizamos como el aire que respiramos, sin pararnos a pensar en que son imprescindibles para la vida. Para nuestra vida personal.
Las palabras nos permiten hablar de las cosas, y cuando las cosas tienen un nombre, cuando podemos encerrar un concepto en una palabra, como un genio en una lámpara mágica, nos parece que tenemos cierto dominio de la cosa en sí.
Por eso cuando se trata de ideas, emociones o sensaciones es cuando más necesitamos las palabras, y sobre todo si son emociones que nos aquejan el estado de ánimo.
Hablar de esas sensaciones y  compartirlas es beneficioso, pero además, si esa aflicción tiene un nombre específico nos parecerá menos amenazadora: en primer lugar porque si tiene un nombre es porque otros la han experimentado también, lo cual es un alivio. Y en segundo lugar porque si se le ha puesto un nombre es porque esa emoción ha sido analizada, diseccionada y se han descubierto algunos de sus secretos. Y así se vuelve menos misteriosa, menos confusa.
Un simple nombre nos da tranquilidad. Tal es el poder de las palabras.
  
El mundo intangible de nuestras emociones parece ser tan vasto como el universo físico en el que habitamos. Tan grande y tan complejo que hay muchas, muchísimas de esas emociones y sensaciones que aún no tienen nombre, y con frecuencia ni siquiera sabemos definirlas, tan complicadas e intrincadas son.
Y pensando precisamente que hacía falta “dar un  nombre a emociones que todos podemos experimentar y para las que no tenemos palabras”, el diseñador gráfico John Koenig creó hace unos años un blog-diccionario, llamado The Dictionary of Obscure Sorrows

Las palabras de este diccionario de aflicciones indescifrables son creaciones propias de Koenig, que las diseña combinando palabras y prefijos de diversos idiomas, especialmente del griego.
Así ha creado, por ejemplo, la palabra  kairosclerosis, para denominar “el momento en que te das cuenta de que eres feliz y tratas de saborear la sensación”.
Koenig ha creado esta palabra a partir del  griego kairos, "el momento oportuno” y sclerosis, “endurecimiento, consolidación”.

O zenosyne, que es la sensación de que el tiempo pasa siempre muy rápido.
Esta palabra  deriva del  griego zeno (en referencia a Zenón de Elea y sus paradojas sobre el tiempo, el espacio y el movimiento) y mnemosyne (la personificación de la memoria en la mitología griega).

El diccionario de Koening contiene palabras que a mí me resultan muy poéticas, como poéticos son los conceptos que encierran. Por ejemplo:

vellichor: la extraña melancolía que producen las librerías de segunda mano.

opia: la ambigua intensidad que se produce al mirar a alguien a los ojos.

dès vu: la conciencia de que algo se convertirá en un recuerdo.

kenopsia: la sobrecogedora atmósfera de un lugar que normalmente está lleno de gente,  en el momento en que está vacío y en silencio.


Hay también definiciones muy complejas, como la de gnossienne que  denomina “el momento en que nos damos cuenta de que alguien a quien conoces desde hace años tiene una vida interior que desconoces, y de que en los rincones de su personalidad hay una puerta cerrada desde dentro, una escalera que lleva a un ala de la casa que nunca has explorado del todo, un ático que permanecerá ignoto para ti.”
 
O la de chrysalism, que es "la amniótica tranquilidad de estar bajo techo durante una tormenta, escuchando las rachas de lluvia golpeando el tejado, como una discusión en el piso de arriba, cuyas palabras amortiguadas resultan ininteligibles pero cuya liberación de tensión acumulada entiendes perfectamente."

Y hay otras que se refieren a sensaciones que es fácil que experimentemos cada día, como:

moledro: la sensación de conexión con un escritor o artista al que no conoces, que puede haber vivido hace siglos y a miles de kilómetros de distancia.  

sonder: la conciencia de que cualquier persona que pasa por nuestro lado tiene una vida tan real y compleja como la nuestra.

liberosis: el deseo de preocuparse menos por las cosas.


En el diccionario de Koenig yo personalmente he encontrado una cuantas palabras que me parecen muy útiles y prácticas. Pero no sé  si en él encontraré  las palabras correspondientes a ciertas sensaciones para las que sigo necesitando un nombre. 
Una de esas sensaciones es la impresión de que podríamos “rebobinar” el tiempo unos segundos, para evitar un gesto que acabamos de hacer, una palabra que acabamos de pronunciar; la sensación de que eso de lo que nos arrepentimos al instante lleva tan poco tiempo en el mundo que no ha podido consolidarse y por eso tendría que ser fácil eliminarlo; que con un pequeño esfuerzo podríamos empujar el tiempo hacia atrás y repetir el instante de otra manera.
¿Cómo se llama esa sensación?
Y ustedes, ¿necesitan un nombre para alguna sensación en particular?


 

 
 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Lo malo de leer


Muchas veces hemos hablado en este blog de cómo alrededor de la literatura se producen ciertas coincidencias sorprendentes.
Por ejemplo, hace algún tiempo comentábamos  aquí que varios autores parecían haberse puesto de acuerdo para recomendarme una obra determinada.
Y aquí les conté en qué derivó la cosa...
 
En estos días me ha vuelto a ocurrir algo parecido, aunque en este caso la coincidencia se refiere a una idea,  a una reflexión que me ha hecho pararme a pensar sobre algo que, creía yo, no daba pie a la menor controversia.
Resulta que una de estas noches de verano, leyendo unos amenos ensayos de Schopenhauer* me encontré con la afirmación de que la lectura continua impide los pensamientos propios, ya que nos llenamos el cerebro con ideas ajenas, y por lo tanto quien lee mucho va perdiendo poco a poco la capacidad de pensar por sí mismo. 

La idea de que leer mucho pueda ser algo negativo me sorprendió y me desconcertó bastante. Pero como Schopenhauer me parece un poco cascarrabias, pensé que exageraba y que cuando elaboró esa idea debía de estar de mal humor, así que no le presté mucha atención.
Sin embargo, dos o tres días después, en un ensayo de Robert Louis Stevenson** leí lo siguiente:

"Y si un hombre lee con mucha dedicación [...] le queda poco tiempo para pensar."
 
Esta singular coincidencia me llamó la atención también, quizás más que la teoría en sí. 
Y como Stevenson me parece igual de listo que Schopenhauer pero mucho más simpático, le hice más caso que al filósofo alemán. Pero sobre todo pensé que si dos sabios de tan diferente estilo y talante coincidían en una idea tan concreta y peculiar, algo de verdad inherente debía de haber en ella.
 
Ahora esa idea ya no me resulta tan desconcertante, pues entiendo que si alguien lee y lee y sólo lee, sin pararse a meditar sobre lo leído, sólo acumulará las ideas que otros tuvieron antes, pero no elaborará pensamientos propios.

En el siglo XIX, a diferencia de hoy día, el único medio de información era la lectura de libros y periódicos, pero la cuestión, tal y como la plantean Schopenhauer y Stevenson es en esencia la misma que nos atribula en el siglo XXI: llenarnos el cerebro con una vorágine de información, sin darnos tiempo a calibrarla, nos satura  y nos hace imposible reflexionar sobre tantos asuntos y formarnos una opinión meditada sobre ellos. Y así es muy posible que acabemos adoptando como propias las ideas y opiniones de otros.
 
Supongo que leer con provecho  consiste en asimilar la información y las ideas, haciendo nuestro lo que leemos. Pero no como el niño que aprende una lección de memoria ni como quien acata una orden incuestionable, sino procesando esas ideas, pasándolas por el tamiz de nuestra experiencia, de nuestra forma propia de entender las cosas;  comparando lo que otros pensaron con lo que de manera natural e intuitiva pensamos nosotros sobre el asunto de que se trate;  cotejando las ideas propias con las ajenas y extrayendo una conclusión elaborada. 
De ese modo, esa lectura reposada nos proporcionará nuevos puntos de vista y nuevas ideas, y ampliará y mejorará nuestras concepciones previas. Todo lo contrario de ese anquilosamiento mental producido por la lectura meramente acumulativa, a la que se refieren nuestros ilustres pensadores.

Pero, aparte de todo esto, y aunque no dudemos de la futilidad de leer sin cavilar, ¿no es verdad que a veces leemos precisamente para no pensar?
Muchas veces recurrimos a la lectura de un libro, y no necesariamente de un libro ligero, para olvidar por un rato  nuestros propios pensamientos. Y así, al igual que quien se quita los zapatos y se pone unas pantuflas, así, arrullado por pensamientos ajenos, nuestro cerebro se pone cómodo y descansa.
Qué sosiego.





* Arthur Schopenhauer. Sobre los libros, el lenguaje y la escritura. (El Barquero, 2015). Traducciones de Edmundo González
Blanco y Esteve Serra.
** Robert Louis Stevenson. Memoria para el olvido (Siruela, 2005). Traducción de Ismael Attrache.

domingo, 23 de agosto de 2015

Mensajes anónimos


En la entrada del 20 de julio, titulada De-text-ives, hablamos de la lingüística forense, la disciplina científica que consiste, dicho en pocas palabras, en el análisis de textos escritos relacionados con casos policiales.
Como ejemplo citábamos la novela Mr. Mercedes de Stephen King, en la que el protagonista, el detective Hodges, analiza, de manera un tanto rudimentaria, una carta que ha recibido. Con el análisis de esa carta, del estilo con que está escrita, el detective traza un somero perfil del remitente, lo cual le sirve como punto de partida para averiguar de quién se trata.
En los comentarios de aquella entrada, nuestro amigo 
Carlos propuso, casi de pasada, una idea que me pareció interesante y divertida y que me gustaría llevar a cabo. Consiste la cosa en que aquellos de ustedes que deseen participar, escriban comentarios anónimos -o firmados con seudónimo- a la presente entrada, para que yo,  imitando al detective Hodges, intente averiguar a quién corresponde cada comentario, guiándome por su estilo.
Si los comentarios pertenecen a lectores que hayan comentado aquí habitualmente puede que yo tenga alguna posibilidad de reconocer su idiolecto, es decir, su forma personal e individual de expresarse. Y si algún nuevo comentarista se animase a participar, también sería interesante comprobar si soy capaz de distinguir que ese texto determinado no pertenece a ninguno de los participantes habituales.
Claro que también pueden ustedes hacer como el malo de la novela y cambiar adrede su estilo, disfrazar su idiolecto, pero ése es un riesgo que forma parte del juego. Los auténticos lingüistas forenses son tan perspicaces en sus métodos y tan sofisticados en sus procedimientos que son capaces de distinguir cuándo un texto está disfrazado y en qué consiste ese disfraz. Yo, sin duda, caeré en la trampa tramposa si la hubiere, pero eso dará, si cabe, más intriga y diversión al asunto.
Y también sería divertido que ustedes mismos –quienes lo deseen-  probasen a reconocer a sus compañeros comentaristas, asumiendo así el doble papel de analizados y analistas en este detectivesco juego.
Espero que les guste la propuesta y se animen todos a participar.
¡Gracias!


miércoles, 5 de agosto de 2015

Todos los libros son verdad


Uno de mis libros favoritos no es un libro.
Mejor dicho, es un libro que no escribió nadie.
O mejor aún, es un libro que no pretendía ser un libro.
Y además no estoy de acuerdo con lo que dice.

Esto, que parece un galimatías, se entenderá mejor si digo que me estoy refiriendo a 84, Charing Cross Road, el famoso libro que no escribió Helene Hanff.

Como es bien sabido, Helene Hanff fue una neoyorquina, guionista de televisión y escritora sin éxito, que, desde 1949 y durante veinte años, mantuvo correspondencia con la librería Marks & Co. de Londres, en especial con uno de sus responsables, Frank Doel.
Esas cartas empezaron siendo puramente comerciales, en las que ella solicitaba el envío de determinados libros, preguntaba sobre determinadas obras, la posibilidad de conseguirlas, el precio, etc.,  y a las que el señor Doel respondía con la información correspondiente.
Pero con el tiempo las  cartas fueron convirtiéndose en una verdadera correspondencia de amistad, en la que entre títulos de libros, nombres de autores, comentarios sobre las obras literarias y las ediciones, se intercalaban el interés personal, las bromas, las muestras de afecto, la preocupación por el bienestar del otro…

Es muy consolador sentir que hay alguien a muchísimos kilómetros de distancia capaz de ser  tan generosa y amable  con personas a las que ni siquiera conoce.


La idea de publicar las cartas que se escribieron la señorita Hanff y el librero londinense fue de un editor que, gracias a un amigo de ella, tuvo ocasión de leerlas.  Cuando el editor le dijo a Helene que quería publicarlas en forma de libro a ella la idea le pareció, precisamente, un disparate.

En el nº 84 de la calle Charing Cross Road (Londres), 
hay una placa que recuerda a Helene Hanff  y a la librería.

He leído este libro varias veces, y siempre me emociona el amor que transmite: amor a los libros, a la literatura y a las personas. Son cartas que  demuestran que los libros pueden hacer verdaderamente feliz a una persona, y que la distancia geográfica no es impedimento para que se creen verdaderos lazos afectivos gracias a la comunicación epistolar.
Pero la primera vez que lo leí además me sorprendió mucho un detalle en particular, cual es el hecho de que a la señorita Hanff no le gustaban las obras de ficción. Así es: ¡no le gustaban las novelas ni los cuentos!

…son sólo relatos inventados, y a mí no me gustan las ficciones.

… jamás he conseguido interesarme por cosas que sé que jamás les ocurrieron a personas que nunca han vivido.



Como dije al principio, este libro es uno de mis favoritos, pero ello no es óbice para que discrepe sobre esta cuestión.  Porque yo creo que las historias de ficción  son tan verdaderas como lo que se cuenta en las biografías, las memorias, los diarios y los ensayos.

La historia fue llevada al cine en 1987 por David H. Jones.
Las cosas que ocurren en las obras de ficción son verdad, son circunstancias y hechos que tienen lugar en la vida real, y los personajes a los que les ocurren son el reflejo de personas reales. ¿Acaso no han existido y existen en la vida real quijotes y sanchos? ¿Acaso no hay señoras Bovary y señores Finch en el mundo? ¿No hay en cada ciudad muchachas que lloran por el amor perdido, aunque no se llamen Nastenka, y hombres buenos que intentan remediar su pena?
Se nos presentan, claro,  bajo el disfraz de lo imaginado, de lo ficticio,  pero en esencia sus personalidades son las nuestras y sus historias nos ocurren a nosotros. Por eso nos interesan y por eso nos gusta leerlas, porque nos explican a nosotros mismos y nos ayudan a entender la vida.
Incluso las historias más fantasiosas son verdad también, porque no son sino un reflejo simbólico de las alegrías , los anhelos y  las cuitas del ser humano. ¿Acaso las invasiones extraterrestres o las hormigas mutantes no representan el miedo a lo desconocido, a potenciales enemigos o a todo lo que no podemos controlar?
 
La ficción es la realidad disfrazada de mentira, pero a Helene Hanff le gustaban los libros que hablan de la realidad vestida de calle.
Me gustaría saber que sentía al ver que ella misma fue origen y protagonista de un libro de los que tanto amaba.


Gracias a la máquina del tiempo de JuanRa Diablo
pude viajar al pasado y visitar la librería




lunes, 20 de julio de 2015

De-text-ives


En la novela Mr. Mercedes (2014) de Stephen King, un detective jubilado llamado Hodges recibe, por correo postal, una carta de un asesino en serie escrita a ordenador .
La carta, por supuesto, no tiene huellas dactilares ni ofrece ninguna otra pista que pudiera llevar a la identificación del remitente. O eso cree el susodicho.

Pero Hodges analiza la carta con un método forense muy especial, uno “que no requiere cámaras, microscopios ni productos químicos especiales”, y que no busca huellas, ni fluidos corporales, ni cabellos, ni ninguna de esas pruebas físicas que se analizan en un laboratorio. No,  Hodges analiza la carta utilizando la lingüística forense.

Hace un par de años quedé embobada, como es propio de mí, al leer un artículo sobre esta disciplina, de la que no había oído hablar  hasta entonces, y que me pareció fascinante. 
Supe entonces que la lingüística forense consiste en el estudio del lenguaje aplicado a la resolución de procesos legales; o, dicho de otro modo, el análisis del lenguaje en relación con la comisión de delitos.
Y una de sus aplicaciones es precisamente la que vemos en la novela de Stephen King: el examen del lenguaje con el que se han escrito textos relacionados con casos policiales.
Esos textos pueden ser cartas  y correos electrónicos de chantaje o amenaza; notas de suicidio; de secuestros; mensajes de móvil, mensajes en redes sociales y chats; anotaciones de diarios…

Y es que el  análisis de un texto desde el punto de vista de la lingüística forense puede revelar o al menos sugerir información relevante sobre la persona que lo ha escrito: edad, sexo, etnia, nivel cultural, origen geográfico, profesión, religión, filiación política, incluso aficiones y otros detalles que se reflejan en nuestra forma específica de emplear el lenguaje, es decir, nuestro idiolecto.
No se trata, claro está,  de deducir simplemente que si una persona escribe con faltas de ortografía es alguien de escasa formación académica.
Los “detectives lingüísticos” observan y analizan cómo el autor del texto en cuestión estructura las frases, los párrafos y el texto en general; qué registros de vocabulario utiliza; la puntuación; el uso de determinados recursos del lenguaje escrito, como las mayúsculas, subrayados, exclamaciones; errores significativos o recurrentes, etc. El análisis lingüístico forense permite extraer conclusiones de todas esas particularidades que imprimimos a nuestros textos sin darnos cuenta de ello o sin saber cuánto pueden revelar de una persona.


Todo esto queda bien reflejado en el análisis que  Hodges hace de la carta enviada por el asesino llamado  Mr. Mercedes. Así, por ejemplo, lo primero en que repara el detective es en el aplomo del remitente, en la seguridad en sí mismo que se trasluce en la carta.
También observa que  utiliza algunas palabras poco habituales y ciertas florituras de expresión,  por lo cual supone que debe de tratarse de una persona inteligente, leída, a la que le gusta escribir; que probablemente en el instituto sacara buenas notas en lengua y a la que le gustara leer sus trabajos en clase.
Por otro lado, utiliza expresiones relacionadas con el béisbol, lo cual puede indicar que sea aficionado a este deporte; y obviamente se maneja bien con los ordenadores, por lo que quizá se trate de una persona no muy mayor. Y es que además, según percibe Hodges,  la carta tiene en general un cierto aire juvenil...

Claro está que todas estas conjeturas son sólo eso, conjeturas, suposiciones y posibilidades, basadas en gran parte en la intuición, pero no dejan de ser también un punto de partida,  algo que permite como mínimo descartar ciertas opciones.

Además,  el análisis que hace Hodges es lingüística forense casera; los métodos y medios tecnológicos de los verdaderos detextives son obviamente mucho más sofisticados, complejos y refinados. Pero con ello Stephen King nos da una idea bastante clarificadora de lo que este tipo de análisis supone para la investigación criminal.

Si ya la grafología nos sorprende con su capacidad para revelar aspectos psicológicos del autor de un texto manuscrito, cuánto más fascinante resulta el hecho de que determinados rasgos de nuestra personalidad, de nuestra identidad, puedan ser deducidos de un texto escrito por medios mecánicos, incluso si el texto es un simple mensaje de teléfono móvil, como ya ha ocurrido en casos reales.

Como muchas veces hemos comentado aquí, el lenguaje es algo tan íntimo, tan inherente al ser humano y tan propio de cada uno de nosotros que forma parte de nuestra personalidad, de nuestra esencia personal. Y aunque un mismo idioma lo hablen muchas personas, el uso individual que cada uno hacemos de él  puede llegar a ser tan revelador como nuestra actitud.

Y es que, ya lo saben ustedes, el lenguaje es tan poderoso y tan fundamental  para la vida humana, que sirve hasta para cazar a los malos. ¿Se le puede pedir más?

Continúa aquí

domingo, 5 de julio de 2015

Recuerdos etimológicos


Es probable que me equivoque, porque equivocarme se me da muy bien, pero estoy casi segura de que sé cuál fue la primera palabra que me hizo interesarme por esa cosa de la etimología.
Tendría yo unos catorce años y la palabra en cuestión fue estrambótico.
No sé cuáles fueron las circunstancias, pero sí recuerdo que oí a alguien decir que esta palabra derivaba de estrambote y que el estrambote era un tipo de estrofa poética.
Como digo, creo que ésta fue la primera vez en que fui consciente de que cada palabra nace en algún momento determinado y tiene un origen determinado.

Muchas veces me he acordado de esto, y hace poco quise asegurarme de que el recuerdo no me engañaba. Tras una sencilla consulta comprobé que recordaba bien y en concreto que el estrambote es una estrofa de carácter humorístico que se añade a un soneto. Y de paso aprendí que estrambote a su vez deriva del francés estribot, y que al español llegó a través del italiano, que  había convertido estribot  en strambotto.

Lady Gaga

No hace falta decir que estrambótico significa, como nos dice el diccionario,  «extravagante, irregular y sin orden». Pero ¿por qué lo extravagante se asoció en algún momento con el estrambote? Pues porque el estrambote es en sí mismo una extravagancia: una estrofa que va por su cuenta, a su aire, que no se atiene ni a la métrica ni a la seriedad del soneto que la precede.
Por eso me parece que decir que algo o alguien es estrambótico puede resultar, según se entienda,  una descalificación o un piropo.

Y aunque suene tan extravagante como el estrambote, lo cierto es que también recuerdo cuál fue la siguiente palabra cuya etimología se me apareció de sopetón y me dejó pasmada de sorpresa.
En esta ocasión era la palabra adefesio, que ya sabía yo que se usaba para referirse a algo muy feo o ridículo. Y fue el caso que un día leí en algún sitio que San Pablo había escrito una carta  a los habitantes de Éfeso, es decir una epístola ad Ephesios. Al leer esto di un respingo, porque fue como si algo me tocara en el hombro y me dijera: «Fíjate, muchacha, qué cosa tan curiosa.»
Pero nuevamente me pregunto, ¿qué tienen que ver los pobres efesios con lo muy feo? Pues parece ser que originalmente se acuñó la expresión hablar ad efesios con el sentido de hablar en balde porque nadie hace caso -como al parecer le ocurrió a san Pablo-, o de decir disparates. Después la expresión se generalizó y se aplicó a cosas y personas que resultaban disparatadas y chocantes.

Ahora va a parecer que estoy diciendo adefesios, pero la verdad es que también recuerdo cuál fue la tercera palabra que me dejó prendada por lo curioso de  su origen.

En este caso la sorpresa me la dio la palabra rocambolesco, que me ha parecido siempre de una sonoridad y una contundencia estupendas. En su momento supe, por algún afortunado azar, que rocambolesco provenía de Rocambole, que era el nombre de un personaje literario. Pero nunca supe más detalles hasta fechas recientes, cuando aprendí que Rocambole es un personaje creado en el siglo XIX por el autor francés Pierre-Alexis Ponson de Terrail, que tiene un nombre estupendo también, dicho sea de paso. 
No sé yo por qué el señor Pierre-Alexis le dio este nombre a su personaje, porque el rocambole es, según he aprendido de camino, una planta similar al ajo. Pero lo relevante en nuestro caso es que este Rocambole es un ingenioso aventurero, ladrón de guante blanco, tramposo pero encantador, cuyas  aventuras son tan folletinescas, exageradas e inverosímiles, que su nombre acabó utilizándose para referirse a todo lo que resultara desmesurado, enrevesado y poco creíble.

Y así fue, de casualidad en casualidad, cómo encontré una nueva razón que confirmaba una sensación que tuve desde muy pequeña, a saber, que las palabras son una fuente de sorpresas, fascinación y diversión sin fin.
Por cierto, qué casualidad es que las tres palabras que recuerdo como origen de mi gusto por la etimología, tengan en común la idea de lo estrafalario, lo extravagante, lo raro…

Para terminar, y por rizar el rizo y buclear el bucle, ¿han pensado ustedes alguna vez de dónde viene la palabra etimología,  es decir, cuál es la etimología de etimología?



Éfeso (Turquía). Fachada de la Biblioteca Celsus (siglo IX a.C.)



lunes, 15 de junio de 2015

Séptimo aniblogsario


El próximo día 18 de junio, este blog cumple siete años.

Dicen que siete años, en términos blogueros, es mucho tiempo, pero a mí no me lo parece. En realidad no me parece ni mucho ni poco, porque desde el primer momento el blog se convirtió para mí en algo natural, algo que forma parte de mis hábitos, de mi forma de vida, y por lo tanto no lo considero como algo que perdura sino algo que simplemente es.

Pero es cierto que en siete años, y en uno sólo, da tiempo a que pasen muchas cosas en la vida de una persona, y a que haya cambios, circunstancias, azares y eventualidades de todo tipo, externos e interiores, que impidan al bloguero mantener su actividad o que lo lleven a decidir que es hora de dejarlo.

También dicen que muchos blogs quedan inactivos y abandonados por falta de motivación de sus autores, y que una de las razones de desmotivación es la ausencia de comentarios, lo que normalmente se interpreta como una constatación de que el blog no tiene lectores. No tiene por qué ser así, claro: hay muchos lectores que visitan determinados blogs de manera habitual aunque nunca dejen comentarios. Pero es verdad que el no recibir opiniones, el no saber si el blog gusta o no gusta, si lo que uno escribe interesa o no a alguien, puede hacer que el bloguero se sienta como un náufrago solitario que arroja sus mensajes al mar, sin saber si llegarán a alguien o si quedarán perdidos para siempre, flotando en el oleaje infinito. 

Además sucede que el fenómeno blog, en general, como forma de comunicación, está perdiendo vitalidad, y  en este proceso de debilitamiento  tiene mucho que ver el hecho de que muchos blogueros y lectores han acudido a la llamada de otras formas de comunicación, más dinámicas, más livianas,  y que requieren menos dedicación,  como Facebook y Twitter, que tan adecuadas resultan para la era de la inmediatez y la velocidad. 


Por todo esto quiero dedicar esta entrada de séptimo aniversario a los blogueros. A los que lo han sido y ya no lo son; a los que mantienen blogs muy visitados, y a los que, con independencia de los avatares personales y del número de visitas y comentarios, conservan la ilusión por su creación, disfrutan escribiendo y siguen lanzando sus mensajes al proceloso océano de la comunicación virtual.
Y, no hace falta decirlo, a los lectores, a todos: a los casuales y a los esporádicos que nos dedican unos minutos de su tiempo de vez en cuando; a los que comentan y a los que no; a aquellos que, habiendo sido fieles al blog durante largo tiempo, un día dejan de visitarnos y cuya retirada produce una gran sensación de ausencia. Y, cómo no, a los seguidores que permanecen con nosotros durante años y que siguen ofreciéndonos, de la manera más generosa, sus ideas, sus conocimientos, su inteligencia y su humor; su fidelidad, su cariño y su gratísima compañía.


A todos ustedes, ¡muchísimas gracias!







lunes, 1 de junio de 2015

El origen del origen


Hace mucho tiempo comentamos, en una entrada titulada FOXP2, que la ciencia, poco a poco, va descubriendo detalles y pistas que algún día podrían llevar a la solución de un enigma que a mí personalmente me fascina: el origen del lenguaje humano.
En aquella ocasión hablamos de un descubrimiento relacionado con el gen FOXP2, en el que reside la capacidad fisiológica de los seres humanos para hablar.

Tiempo después, en otra entrada hablamos del misterio insondable que es el origen del lenguaje como medio de expresión oral; es decir, de cómo nacieron las primeras palabras y  la comunicación mediante sonidos articulados y con significado. 

Recientemente el profesor Miyagawa, investigador del MIT (Massachusetts Institute of Technology), ha publicado una teoría que podría explicar precisamente cómo se originó el lenguaje humano, o, dicho de modo más casero, cuál fue el germen del primer idioma.


Según la teoría de Miyagawa, el lenguaje, la comunicación mediante sonidos con significado y frases con sintaxis, se habría originado a partir de dos formas de comunicación utilizadas por ciertos animales y que nuestros ancestros homínidos compartían con ellos. Esas dos formas de comunicación animal son la emisión continua de sonidos, como una melodía, propia de los pájaros; y la emisión de sonidos aislados con significados concretos, propia de los primates.

Los investigadores explican que todo lenguaje humano está compuesto por dos estructuras, que corresponden a esas dos formas de comunicación primaria: una estructura expresiva (la expresión de la afirmación, la interrogación, la negación, etc.);  y otra léxica (la expresión de los contenidos o significados). 
 De manera  que la estructura expresiva de nuestro lenguaje tendría su origen en el canto de los pájaros, así como suena;  y la estructura léxica en los gritos con que los monos expresan amenaza, alarma, etc. Es decir, el lenguaje humano es una combinación de melodía y significado,  y a esto lo han denominado Hipótesis de la integración.
Pero ¿cuándo y cómo se produjo en los humanos la fusión o integración de estos dos sistemas de comunicación?
Los expertos no dicen por ahora más que esta integración se produjo en algún momento y por alguna razón… Vaya, qué desilusión, seguimos sin saber.

Pero yo tengo mi propia teoría sobre la mitad de este asunto, es decir, sobre la razón por la que se produjo esa integración de estructuras como primer paso hacia la conversación. Mi teoría, claro está, no es nada científica, se fundamenta exclusivamente en el romanticismo. Podríamos denominarla Hipótesis del deseo, y consiste en que fue el puro deseo de relacionarse lo que hizo que esos dos sistemas de comunicación se fundieran en aquellos lejanos parientes nuestros, los primeros humanos. Por lo tanto fue la humana necesidad de comunicarnos con el prójimo lo que hizo evolucionar el cerebro y no al revés. Es decir, no es que el cerebro se modificara, nos hiciéramos más inteligentes y esto permitiera el surgimiento de lenguaje, sino que el deseo de comunicarnos es lo que hizo evolucionar el cerebro para darnos la capacidad de comunicación.
Lo cual es como decir que es el lenguaje lo que nos hace humanos y lo que nos hace inteligentes. 
No está nada mal para algo que empezó con pájaros y monos.






jueves, 21 de mayo de 2015

El cuaderno en los tiempos del móvil


Puede parecer que el teléfono móvil y los cuadernos nada tienen que ver entre sí, que ni son rivales ni se complementan; que pertenecen a ámbitos de uso muy distintos. El teléfono móvil es un objeto moderno, tecnológico, funcional y multifunción. En cambio, el cuaderno es antiguo y elemental; funcional y práctico, sí, pero no sirve más que para anotar cosas. Qué primitivo. 

Y además, para colmo, esa única función del cuaderno también la ha usurpado el móvil.

Así es: además de sus funciones exclusivas, también tiene el móvil un uso que tradicionalmente correspondía a los cuadernos o similares. Por ejemplo, cuando alguien nos daba su número de teléfono (fijo, claro), lo anotábamos en un cuaderno o en una agenda. Ahora nos hacemos una llamada perdida y ya tenemos los números registrados en nuestros aparatos. Y para comunicar otros datos, como una dirección, un nombre, etc, nos mandamos un mensaje de texto o, si hay confianza, un wasapillo.
Y antes, cuando íbamos a una librería y nos interesaba un libro que no íbamos a comprar en ese momento, sacábamos un cuaderno y anotábamos los datos del libro. Ahora sacamos el móvil y le hacemos una foto. Ya no hay que anotar nada. No hace falta papel ni bolígrafo ni lápiz. Incluso, llevando la cosa al extremo, ni siquiera hace falta saber escribir.

Pero lo cierto es que las cosas no están tan mal para el humilde bloc y la modesta libreta. Muchas personas, como yo misma, seguimos utilizándolos a diario. Y aunque no podamos prescindir del móvil y el ordenador, nos mantenemos fieles a los instrumentos de escritura manual, que, según para qué, cómo y cuándo, siguen siendo más prácticos, cómodos y rápidos que los aparatos tecnológicos más novedosos. A ciascuno il suo, que dijo Leonardo Sciascia. A cada cual lo suyo.


Y es que a mí me parece que los cuadernos siempre son necesarios. Yo tengo muchos y todos en uso. En uno voy apuntando los libros que me acechan y me incitan a leerlos (porque ya sabemos que contra ese empeño no hay nada que hacer); en otro tomo notas cuando asisto a alguna charla, taller o clase; en otro copio frases de los libros que leo y que no quiero perder de vista; en otro escribo ideas y borradores... Sí, los cuadernos son necesarios e insustituibles.

¿Y qué hay de la permanencia? ¿Cuánto tiempo conservamos un texto anotado o recibido en el móvil y cuánto una nota apuntada en un cuaderno? ¿Cuánto tiempo puede un cuaderno estar guardado en un cajón, conservando indelebles sus anotaciones? 

Pero no es sólo que muchas personas sigamos utilizando este medio tradicional como memoria externa; es que parece que precisamente ahora, en los tiempos del móvil, el cuaderno ha pasado de ser un simple elemento práctico a convertirse en un objeto también estético. Y al igual que esos libros que, en los tiempos del e-book, se publican en ediciones muy cuidadas y atractivas, también los cuadernos saben vestirse de gala y hacerse admirar.

Pero ya sea en el bloc más artístico o en el más sencillo, las palabras y los datos anotados a mano resultan más vinculados a nosotros e incluso más verdaderos, y sin duda más duraderos, que los transmitidos por un mecánico y  fugaz tecleo.

"La felicidad es... sentarse tranquilamente a escribir en un cuaderno."