domingo, 17 de febrero de 2013

La niña de arriba


No sé si lo que voy a contar ocurrió de verdad, o si es un cuento que alguien me contó hace mucho tiempo, o si es un sueño que soñé alguna vez.
Quizás me lo puedan decir ustedes.
 
Eran días de mucho calor y de mucha luz. Unos amigos míos estaban colaborando con un grupo de teatro. Tenían que pintar unos grandes murales que decorarían el escenario, y varias veces los acompañé al local de ensayo. Era muy divertido: pasábamos la tarde del sábado pintando mientras escuchábamos música y charlábamos despreocupados.
 
El local era en realidad un piso particular. Estaba en la tercera planta de un edificio de cuatro, antiguo, elegante, grande y oscuro.
En cada rellano había dos viviendas, pero muchas estaban vacías, por lo que el lugar resultaba bastante misterioso.
Estaba en un calle bulliciosa, muy ambientada a todas horas, pero cuando entrábamos en el portal el silencio y la oscuridad nos rodeaban, y al poner el pie en el escalón de la entrada solíamos bajar la voz, como si nuestras risas fueran una falta de respeto a aquel ambiente.
Sabíamos que algunas de las viviendas estaban habitadas porque había un portero, un hombre muy antipático que parecía odiarnos, pero lo único que se escuchaba de vez en cuando era el sonido de alguna puerta al cerrarse.
Estábamos seguros de que la otra vivienda de nuestro rellano estaba deshabitada, y de que tampoco había nadie en la planta de arriba.
Un día, uno de mis amigos y yo llegamos pronto. No teníamos la llave, así que nos sentamos en las escaleras a esperar.
Estando allí, charlando y bromeando, miré casualmente hacia arriba, y, para mi sorpresa, vi allí a una niña de unos cinco años. Estaba asomada a la barandilla, mirándonos, observándonos.
-Hola, guapa –le dije-. ¿Qué haces ahí?
La niña no contestó, pero sonreía.
Mi amigo, también muy sorprendido, miró y le dijo algo, pero tampoco a él le contestó.
Subimos los dos tramos de escalera, atraídos por la curiosidad que despertó en nosotros la chiquilla. Era muy graciosa, pero al mismo tiempo tenía una expresión triste. Estaba  mal arreglada, aunque limpia,  y muy pálida.
Le preguntamos si vivía allí y dijo que sí con la cabeza. En el rellano había unos cuantos juguetes, y vimos que la puerta estaba entreabierta. Notamos un olor que salía de la casa. Era olor a comida, seguramente alguien estaba cocinando, pero no olía bien. Era un olor denso, rancio.
Entonces la puerta se abrió y salió una mujer joven, también desarreglada, tímida, sonriente, delgada y pálida. Sacó al rellano el carrito de un bebé, un niño de unos ocho meses, al que la niña empezó a hacer caricias.  La mujer tampoco habló mucho, solo le dijo a la niña que no nos molestara.
 
Al otro sábado, cuando volvimos, lo primero que hicimos fue asomarnos al piso superior a ver si estaba la niña. Allí estaba, con su hermanito, jugando. Nos acercamos y ella nos recibió con su triste sonrisa y alegría en los ojos.
La puerta de la casa estaba abierta, percibimos el mismo olor a rancio y vimos un montón de ropa sucia en el suelo.
A la semana siguiente, cuando yo llegué mis amigos ya estaban allí.  Oí  música a través de la puerta, pero antes de llamar subí la escalera. La niña estaba allí, como siempre, en el rellano. Estaba sentada en el suelo, con el carrito del bebé al lado y un muñeco en la mano.
Cuando  me vio sonrió y se levantó en seguida. Yo llevaba un helado. Lo había comprado justo antes de entrar en el edificio y apenas lo había probado, y cuando vi cómo lo miraba la niña, le dije:
-Toma, para ti.
La chiquilla cogió el helado como si fuera el mayor tesoro del mundo, y empezó a comerlo con tal deleite que se me escapó una lágrima. Yo era muy joven y apenas consciente de que algunos niños no tienen  lo que para otros es tan común como un helado.
Unos días después, cuando ya terminaba el verano, mis amigos me dijeron que el grupo de teatro no podía seguir utilizando aquel piso, y que ya habían trasladado todos sus enseres a un nuevo local.
Así que nunca volvimos al viejo edificio.
Muchas veces he pensado en la niña y en sus extrañas circunstancias. Y me he arrepentido de no haber hecho nada por ella. Tendría que haber vuelto algún día, para ver si estaba bien, para pasar un rato con ella, para preguntarle si iba al colegio...
Pero lo cierto es que me olvidé de ella cuando volví a clase, a mis quehaceres, a mi vida.
Y quizás echó de menos nuestra presencia, nuestras risas, nuestra música.
Quizás quería otro helado, y yo nunca volví.
 

 

jueves, 7 de febrero de 2013

Lenguaje memotécnico


Hace ya tiempo hablamos aquí de ese lenguaje técnico y colosal que emplean muchos profesionales de diversos ámbitos, no para hablar con mayor propiedad, sino para parecer más expertos, más especializados.
Estas personas,  en vez de decir “desde el principio” o “desde el primer momento”, dicen  desde el minuto cero, y  en vez de añadir “otro detalle” o “algo más”,  añaden un plus.
Uno de los campos donde  se dan mucho estos arrebatos de lenguaje técnico- tontorrón es la economía, donde encontramos expertos en la materia que dicen cosas como  “un default en el sistema bancario”.
Preguntémonos por qué este amante de la rimbombancia no pudo usar alguna palabra española, de esas  que se entienden divinamente.
Probablemente fue por la misma razón por la que otro entendido en la cosa financiera y bursátil dijo que “los mercados panican”.
Claro,  es que “se asustan” o “sienten pánico” o “se ponen nerviosos” lo puede decir cualquiera. En cambio, el verbo panicar solo está al alcance de los más versados y doctos.
Otro verbo técnico, muy apropiado también para el ambiente bancario, es aperturar: “¿Usted participó en aperturar cuentas bancarias en el extranjero?”, le preguntó un abogado a un famoso acusado de blanquear dinero.
 
El mundo de la medicina también es fuente de satisfacción para quienes gustan del lenguaje técnico-insensato.
Por ejemplo, si alguien sufre una experiencia terrible no quedará traumatizado sino shockado.
Y los pacientes que están en la sala de espera no están ahí esperando a que los atiendan. No, están esperando “la resolución de su proceso asistencial.” 
También en el ámbito de la educación encontramos casos de ese lenguaje técnico cuyo objetivo parece ser decir las cosas lo menos claras posible. Aunque esto a veces tiene sus ventajas, seamos ecuánimes,  porque gracias a este lenguaje ortopédico y aparatoso, los estudiantes ya no suspenden, sino que están “pendientes de evaluación positiva”. Lo cual, convendrán ustedes conmigo, resulta  mucho más alentador.
 
Por último, hay otra actividad, la jardinería, cuyas posibilidades léxico-festivas están todavía, creo yo, sin explotar, aunque ya se va viendo que algunos se están esforzando por darle lustre y brillo lingüístico a la profesión.
Así, por ejemplo, en vez de "regar las plantas" algunos ya dicen, "cuidarlas  a nivel hídrico”. Y en vez de "abonar el jardín", dicen "prestarle atención a nivel suelo”.
Unos comienzos prometedores, sin duda.

 
Lo cierto es que yo, al escuchar estas cosas, me quedo shockada y panico un montón, porque me parece que en nuestro idioma se está produciendo un default y que no le estamos prestando la debida atención a nivel vocablo.
 

 

martes, 29 de enero de 2013

Un hombre peculiar


Hace años, cuando iba al instituto, solía coincidir en los alrededores de mi casa con un hombre que me resultaba peculiar.
Yo no sabía nada de él salvo que debía de vivir por allí, dada la frecuencia con que me cruzaba con él.
Lo veía por la calle, por el vecindario, y a veces también en la parada del autobús que nos llevaba al centro de la ciudad.
Era alto, muy delgado, con las mejillas un poco hundidas  y algo desaliñado en el vestir.
Era joven, pero caminaba levemente encorvado y con paso lento.
Me resultaba singular por su aspecto físico, sin duda,  pero había algo más que era lo que realmente hacía que me fijara en él. Algo que siempre captaba mi atención y que lo convertía, a mis ojos, en una persona diferente a la mayoría.
Siempre iba solo, y a pesar de esto y de su semblante serio, yo no me lo imaginaba solitario ni triste. Al contrario, siempre me dio la sensación de que debía de tener buenos amigos y probablemente un trabajo que le gustaba.
Quizá esta impresión mía venía provocada por ese rasgo especial que lo caracterizaba y  que siempre observaba en él. Siempre.
Un día volvía yo a casa con mi madre, y, como tantas veces, este hombre se cruzó en nuestro camino.
Yo no lo sabía, pero resultó que mi madre también se había fijado en él en ocasiones anteriores y también pensaba  que tenía un aspecto un tanto particular.
Cuando pasó de largo y se alejó, mi madre me dijo en voz baja:
-¿No te parece a ti que ese muchacho tiene una pinta un poco rara?
A lo que yo contesté, divertida:
-Sí, parece un malo de película.
Entonces ella dijo que  no le causaba muy buena impresión, pero yo le dije que, al contrario, yo estaba segura de que debía de ser educado y culto.
Mi madre se sorprendió un poco de mi opinión y mi convencimiento, puesto que, como he dicho, no lo conocíamos más que de vista.
Pero yo insistí en que a mí me parecía que aquel hombre tenía que ser una buena persona y alguien interesante.
Y al ver el asombro de mi madre, me expliqué:
-Lo digo porque siempre va con un libro en la mano.
Mi madre me miró con una sonrisa, pero no sé qué pensó exactamente.


viernes, 18 de enero de 2013

Un hombre y dos burros


El año pasado leí una novela titulada La librería ambulante, (Parnasus on Wheels, 1917) de Christopher Morley.
En esta novela, que se desarrolla en Nueva Inglaterra a principios del siglo XX,  un hombre, el señor Mifflin,  viaja en un carromato tirado por un caballo. Su negocio es la venta de libros y su pasión la difusión de las ventajas de la lectura.
No hace mucho conocí la historia de otro divulgador de los  beneficios de la lectura, este de carne y hueso,  que en el siglo XXI cuenta prácticamente con los mismos medios que el de la novela, pero se enfrenta a mayores dificultades y peligros ( y eso que el bueno de Mifflin también sufre lo suyo).
En La Gloria, Colombia, una zona marcada por la violencia de grupos paramilitares y bandas de asaltantes,  un maestro de enseñanza primaria  llamado Luis Soriano va de un  lado a otro con dos burros. Uno se llama Alfa y el otro Beto,  y van cargados de libros.
Los sábados por la mañana, muy temprano, el maestro sale de casa con sus dos burritos libreros y una mesa plegable en la que ha pegado un letrero que dice “Biblioburro”.
Llega a aldeas aisladas, donde los niños tienen padres analfabetos y viven en casas en las que no hay un solo libro.
Al llegar, después de varias horas de camino a pleno sol,  abre la mesa portátil  y a continuación pone en el suelo un peculiar top manta de las letras, un picnic bibliográfico, con los libros que lleva ese día.
Los niños se ponen a curiosear. Algunos se sientan a leer allí mismo, o a escuchar leer al maestro o  a hacer los deberes de la escuela; otros se llevan algún libro en préstamo.
 
Un día el maestro escuchó en la radio a un periodista que hablaba sobre el libro que acababa de publicar, y le escribió pidiéndole que donara un ejemplar para su biblioteca ambulante.

El periodista, conquistado por este proyecto singular, lo dio a conocer en la radio, y gracias a esto, don Luis Soriano empezó a recibir donaciones de libros que llegaban de muy diversos lugares, y además una entidad financiera donó dinero para la construcción de una pequeña biblioteca en el pueblo.
Don Luis inició su biblioteca itinerante, hace más de una década, con los setenta libros que constituían su exigua biblioteca personal.
Hoy día, gracias a las donaciones, tiene casi cinco mil volúmenes, entre libros infantiles, libros de texto,  novelas, ensayos y enciclopedias. 

Al principio muchos se reían de él al verlo pasar con sus  burros y sus libros  y lo tomaban por loco.
En una ocasión se cayó de su montura y se partió una pierna, a resultas de lo cual sufre una cojera permanente.
En otra ocasión lo asaltaron unos bandidos que, al ver que no llevaba dinero, le robaron una novela.
A lo mejor la leyeron y todo, quién sabe.

Pero ni estas desventuras ni peligros mayores, como el de la guerrilla, arredraron a este valiente, que siguió adelante con su romántico empeño y que se emociona al ver cómo los niños a los que él enseña, son  quienes a su vez enseñan a leer y escribir a sus padres.
Es muy grato saber que su humilde y trascendente iniciativa ha ido poco a poco alcanzando reconocimiento internacional.
Por ejemplo, en 2010, la CNN le dedicó un reportaje en su sección CNN Heroes; en la BBC y el New York Times también han aparecido noticias sobre el biblioburro. Existe igualmente un documental cinematográfico titulado Biblioburro: The Donkey Library, y además en otros países como Venezuela y Etiopía se están llevando a cabo proyectos similares.
El compromiso de este auténtico maestro no es solo con la cultura y la alfabetización; es sobre todo un compromiso con el porvenir. Porque el conocimiento del mundo y de la vida que los niños adquieren a través de los libros, deriva, creo yo, en la conciencia de quiénes somos, cada uno y los demás. Y en esa conciencia probablemente está la fórmula mágica del respeto; y el respeto es, entre otras cosas, el antídoto contra la violencia.

Aquí, otros héroes libreros

miércoles, 9 de enero de 2013

Premios Gamba 2013. Bibliogambas


Vuelven los Premios Gamba, los Óscar de la lengua, los Grammy de la gramática. Y, como se ve en el título de la entrada, en esta ocasión los nominados son unos cuantos patinazos encontrados en libros, concretamente en dos de los últimos que he leído.
No es la primera vez que traemos aquí meteduras de pata halladas en libros, pero, a pesar de la experiencia,  un gambazo gramatical, un desatino léxico en una obra literaria me sigue sobresaltando mucho.

Pues bien, el primer sobresalto me lo llevé hace un par de meses, leyendo una novela francesa traducida al español.
En un pasaje determinado un médico que atiende a un enfermo dice que hay que llevarlo al hospital urgentemente, porque “estas cosas pueden ser fulgurantes.”
Resbalón a la vista: donde dice fulgurante debería decir fulminante porque las enfermedades no brillan ni resplandecen, que es lo que significa fulgurar;  en cambio, fulminante, referido a una enfermedad, significa “que causa muerte repentina". 

El diagnóstico es claro: estamos ante un caso grave de pareja compleja.
En otro libro, traducido también del francés, se lee:
“…nombrándola duquesa […] y mayordoma mayor de la princesa…”
¿Verdad que eso de mayordoma mayor resulta chocante y redundante?
Yo, por desgracia, no domino el francés, pero sí sé consultar los diccionarios, y también sé consultar una edición francesa de la obra. Y gracias a estas curiosas habilidades que me adornan, he podido ver que el término original que se tradujo como “mayordoma mayor” es grande maîtresse.
Según los diccionarios Collins y Larousse, maîtresse  significa señora, criada o camarera, según el contexto. 
Por lo tanto me figuro que grande maîtresse se traducirá como “camarera mayor”, que es un término español de toda la vida que designa un determinado cargo  palaciego.
Para asegurarme hago otra consulta; en este caso consulto otra edición española de la misma obra, y encuentro, efectivamente, que la frase grande maîtresse aparece traducida como camarera mayor.
Aparte de esto, y ya que estaba con las pesquisas léxicas, quise comprobar cuál es el equivalente femenino de mayordomo, que resulta que no es mayordoma, como el femenino de toro no es tora ni el de hombre es hombra.
No, el equivalente femenino de mayordomo es ama de llaves.
Es decir, que en el libro que he leído se han inventado la palabra mayordoma, que además de innecesaria –porque ya existe una palabra para designar el cargo- es inadecuada para su contexto.
En otro pasaje del mismo libro dice:
“…montó en cólera contra una pincha de cocina…”
El pinche, según los diccionarios, es la persona que presta servicios auxiliares en la cocina.
Es decir, pinche no es una palabra masculina que haya que “feminizar”, sino un nombre común que como tal se aplica tanto a hombres como mujeres. La diferencia de sexo la marca el artículo: el pinche/la pinche; un pinche/una pinche.
Por lo tanto, potaje mental en las cocinas del léxico. 
Terminamos hoy con otra cosilla que me saltó a los ojos mientras disfrutaba de la lectura del mismo libro.
Se trata de lo siguiente:
 “… he hecho voto a la Santísima Virgen de que, si por su santa intersección se salva mi padre…”
¿La santa intersección de la Virgen? No, no puede ser, me digo sofocando una risilla;   si  la Virgen intercede, lo que se le puede pedir es su intercesión.
Le pido al diccionario que interceda y me responde:
intercesión: Acción y efecto de interceder.
intersección: Encuentro de dos líneas, dos superficies o dos sólidos que recíprocamente se cortan […] . Conjunto de los elementos que son comunes a dos conjuntos.
He aquí otra pareja compleja para nuestra colección.
Lo bueno de encontrar en los libros estas perlas cultivadas  es que si nos lo tomamos con humor nos podemos echar unas risas,  lo cual siempre es conveniente.
Lo malo es que un tropiezo de estos nos saca de la fantasía literaria de un empujón; nos rompe la magia novelesca a lo bruto y nos devuelve de sopetón a la realidad real, esa que pretendíamos eludir durante un rato cuando nos pusimos a leer.
Y eso no se hace.




viernes, 28 de diciembre de 2012

Sucedió una tarde


Es curioso cómo a veces, de pronto, se nos viene a la memoria el recuerdo de una situación intrascendente, de una experiencia pasajera a la que no le dimos importancia.
Pero  resulta que ese hecho que sucedió sin más y en el que nunca volvimos a pensar, se quedó almacenado, sin nosotros saberlo,  en esa especie de coliflor que tenemos dentro de la cabeza.
Hace unos días me acordé, quién sabe por qué, de una de esas situaciones que tienen lugar un día cualquiera y que pasan sin dejar huella.
Aparentemente.
Tendría yo dieciséis o diecisiete años y era una tarde de verano.  Había quedado con mis amigas, y, como es habitual, mi puntualidad británica y yo llegamos las primeras. Me senté en un banco del paseo a esperarlas y a los pocos minutos llegó un muchacho.
Se sentó a mi lado y empezó a hablar conmigo.
No sé cómo entabló la conversación,  si me dijo su nombre, si me preguntó el mío, si quería saber la hora... no sé.
Lo que recuerdo es que en algún momento, por alguna razón, empezamos a hablar de los libros.
Me preguntó si  a mí me gustaba leer, y dijo que él no leía nunca porque los libros le parecían muy aburridos. Que había empezado algunos pero los había dejado en seguida.
Yo le dije, más o menos, que habiendo tantos libros en el mundo, seguro que alguno le gustaría, que no todos eran aburridos.
Entonces me pidió que le hablara de alguno que me hubiera gustado a mí y que le pudiera gustar a él. Y yo, echando mano de mis escasísimos conocimientos, le hablé de uno que había leído hacía poco y que era muy entretenido.
Me preguntó de qué trataba y  le conté el argumento brevemente.
Por supuesto yo entonces no sabía nada del simbolismo de la novela ni de su filosofía ni nada de eso. Mi lectura se había quedado en lo anecdótico, en lo divertido de la trama, en la fantasía del relato.

El libro en cuestión era El caballero inexistente, de Italo Calvino.
Y aunque en aquel momento ni el chico ni yo teníamos dónde apuntar el título, recuerdo que hizo un esfuerzo por memorizarlo, repitiéndolo lentamente, como si lo escribiera.  
Ya no me acuerdo de nada más, no sé cómo terminó la conversación, pero me imagino que llegarían mis amigas y me marché.

Ahora me pregunto si el muchacho recordaría más tarde el título del libro; y si lo recordó, me gustaría saber si lo compró y si lo leyó. Y especialmente me gustaría saber si le gustó.
Como dije al principio, nunca antes me había acordado de esta anécdota, pero cuando hace unos días apareció en mi pensamiento, como aparece una foto vieja en un cajón, pensé que probablemente esta fue la primera vez que le recomendé un libro a alguien.
Y también pensé que era muy curioso que alguien que decía aburrirse con los libros tuviera tanto interés por conocer alguno que le pudiera gustar.
Y por último, también he pensado que este hecho que al principio consideré intrascendente, ahora no me lo parece tanto.
 
 
 

martes, 18 de diciembre de 2012

La regla del beso

 
Hay una regla fundamental que se debe tener en cuenta en la elaboración de textos y que es similar a aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno; y lo malo, si breve, menos malo”.
 
Es una regla o principio que  en inglés se denomina “the KISS rule”: Keep It Short and Simple, es decir, que sea breve y sencillo.
Ese es el mejor modo de hacernos entender fácilmente y  de evitar aburrir al prójimo.
La “regla KISS” se enseña en las escuelas y en los talleres de escritura, pero en realidad se puede aplicar en casi cualquier faceta de la vida y en cualquier ámbito profesional, porque hacer las cosas con sencillez, sin extenderse en adornos innecesarios, parece por lógica lo más conveniente para todo el mundo.
 
Pero diríase que es en el lenguaje, tanto escrito como hablado, donde más se nota y donde más estorba el aderezo excesivo, que puede tornar plúmbeo cualquier relato.
Esto no quiere decir que haya que quedarse a medias, que haya que dejar cosas sin decir por no alargar el texto. El texto debe tener la longitud que requiera lo que se ha de comunicar, siempre que todo lo que se diga sea necesario para entender el mensaje, no haya repeticiones de conceptos, divagaciones, etc.
De hecho, se dice que, en este sentido, la perfección se alcanza no cuando no hay más que añadir sino cuando no hay más que suprimir.
Y sin embargo, hete aquí que hay muchos que hacen justamente lo contrario: recargar su discurso sin añadir nada útil; alargar las frases con palabrería hueca o dar vueltas sobre lo mismo sin aportar nada nuevo ni provechoso.
Son los que en vez de ir al grano se van por las ramas, o los que pretenden darle cierta rimbombancia a su discurso, y en vez de decir “estamos tomando medidas” dicen “estamos poniendo en marcha toda clase de medidas”; o en vez de “para garantizar la seguridad de los asistentes al acto”, dicen “a fin de poder garantizar la total seguridad de todas aquellas personas que asistan al  acto.”
Pensando en esto, he descubierto yo solita que el alargamiento innecesario de las frases puede hacerse por niveles, según las ganas de darse importancia que tenga cada cual, o según su incapacidad para abreviar.
Y según esto,  para una frase concreta  he calculado cuatro niveles de alargamiento inútil.
 
La frase original puede ser “las sugerencias de los participantes”, a partir de la cual tenemos:
Nivel 1: las diferentes sugerencias de los participantes.
Nivel 2: las diferentes sugerencias aportadas por los participantes.
Nivel 3: las diferentes sugerencias aportadas por todos los participantes
Nivel 4: las diferentes sugerencias aportadas por todos y cada uno de los participantes.
 
Como se ve, la frase original y las demás, incluida la del nivel 4, significan exactamente lo mismo y aportan exactamente la misma información, aun siendo la última el doble de larga que la original.
Así que, si en cualquier momento, en cualquier ocasión y circunstancia, perciben ustedes que alargo y prolongo innecesaria e inútilmente alguna de mis frases, o incluso todas y cada una de ellas, avísenme por favor, mandándome un KISS bien grande.
Lo agradeceré.

 
 
 

sábado, 8 de diciembre de 2012

El engaño

Cuento
 
Trabajo en la recepción de un lujoso centro de estética. Aunque en vez de “trabajo” debería decir “vivo”, porque siempre estoy aquí.
Pero lo malo no es pasarme la vida entre estas paredes, lo malo es que aquí nadie aprecia mi potencial.
Bueno, me valoran por mi belleza, claro, y por eso estoy aquí, porque causo buena impresión a la clientela.
Pero eso es todo. No saben nada de mí. Nadie. Saben que estoy ahí, siempre en mi puesto, pero no tienen ni idea de mis cualidades, de las posibilidades que se ocultan bajo mi porte esbelto y elegante.
 Por supuesto soy consciente de que podría estar en sitios peores, en condiciones peores. Al fin y al cabo este lugar es agradable y aquí tengo una función que cumplir, aunque sea de un rango muy inferior a mi categoría.
Además es una forma fácil de ganarme el sustento y en ese sentido no tengo ninguna queja.
Pero el tener cubiertas las necesidades físicas no lo es todo. Y siento que todo lo que tengo que ofrecer, todo lo que podría dar al mundo, se está desperdiciando lastimosamente.
Cuando estaba en mi país de origen soñaba con otro tipo de vida, acorde con mi valía, con lo que llevo dentro, y me ilusioné mucho cuando supe que me traerían aquí. Creí que aquí  encontraría esa vida que soñaba, que aquí las personas sabrían apreciar  mis cualidades y sacar partido de ellas.
Pero me trajeron engañada, como a mis compañeras de viaje.
 Yo siempre me vi a mí misma en un gran laboratorio, colaborando con los científicos, aportando mi granito de arena a sus investigaciones y descubrimientos de nuevos fármacos.
Qué maravilloso tiene que ser ayudar a las personas, contribuir a su bienestar, a mejorar su salud y sus condiciones de vida.
Qué maravilloso compartir los dones que la naturaleza nos ha otorgado y sentirse útil así.
Pero cada día que paso aquí mis sueños se alejan un poco más. Y llegará un momento en que me verán mustia y ajada y ya no me querrán ni para esto. Simplemente me sustituiran por otra, que probablemente no tendrá las propiedades que tengo yo, pero será hermosa y saludable, y al parecer eso es lo  único que importa.
Porque aquí no necesitan más que una simple planta ornamental,  mientras que yo soy mucho más que eso: yo soy una exótica y valiosa planta medicinal, y en mis hojas está la solución a un gran problema médico.
Pero nadie se ha dado cuenta.

 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

La papelería de la plaza


Recuerdo una plaza como de pueblo, rodeada de soportales, tranquila, con bancos de madera, árboles alrededor, setos verdes y floridos todo el año y una iglesia de color teja. Y a un lado de la plaza, a la sombra de los soportales y entre otros comercios más modestos, una rutilante papelería.

La papelería de la plaza era un festival de olores. Olía a papel, a plástico, a tinta, a goma de borrar, a pegamento, a acuarelas, a libros nuevos…
Y era también y sobre todo, un festival de colores: cartulinas, papel pinocho, papel de seda, papel charol, lápices, rotuladores, cuadernos, papel de regalo...

Entrar en la papelería de la plaza era como entrar en el País de Oz, donde el color se convertía en el protagonista y yo me deleitaba  como en una tienda de golosinas.
Allí vendían, en efecto, golosinas de escritorio, y verdaderamente muchas veces me tuve que contener para no darle un mordisco a una goma de borrar que olía a fresa…

Y si durante el año la papelería era un arcoíris, cuando se acercaba la Navidad se convertía en un paraíso exuberante de colorines y fantasía, de brillos y reflejos, de texturas, de sensaciones desbordantes.
Figuritas, lazos, papel de plata, murales con montañas, estrellas que parecían de azúcar, ristras de lucecitas; cintas de espumillón multicolor, unidas en manojos que se me figuraban cabelleras delirantes; bolas de mil reflejos que por fuerza tenían que ser mágicas…
Qué festín para el paladar de los ojos, qué refulgente frenesí.

Pero si la papelería me embelesaba, la trastienda me intrigaba de forma irresistible.
A la trastienda se accedía por un paso que se abría entre las baldas y estantes que cubrían la pared, y que se estrechaba por los grandes rollos de papel de envolver que, puestos allí de pie, parecían vigilar la entrada como rígidos centinelas. 

Era como la entrada a un túnel secreto cuyo misterio solo conocían los vendedores, que entraban en él cada cierto tiempo y del que salían trayendo nuevos artículos deslumbrantes.
¿Qué maravillas se esconderían en aquella cueva del tesoro?
Yo me imaginaba que esa entrada daba a un almacén interminable, repleto de libretas, de estuches, de carpetas, de plástico para forrar los libros, de cajas, de papel de celofán, de pinceles con el pelo suave como el de un gato, de blocs con hojas enormes para dibujar…
Era fascinante pensar lo que allí podría haber...

Hace un par de años estuve en la plaza y me alegró ver que la papelería seguía en su sitio, y a pleno rendimiento, en aquel momento con su escaparate repleto de artículos de Primera comunión.
No quise acercarme, no sé bien por qué, pero quizá fue porque me gustan mis recuerdos y no quiero actualizar la imagen que guardo de aquella tienda maravillosa.


color pencils lápices de colores

domingo, 18 de noviembre de 2012

Parejas complejas, 7


Qué bellos momentos de confusión y perplejidad nos proporcionan las palabras cuando se asocian entre sí para desconcertarnos y alborotarnos el entendimiento.
Qué sutileza la de esos vocablos que, con solo cambiar una sílaba por otra; con solo cambiar de sitio una letra, o añadir un espacio entre ellas, ya se transforman en otro concepto distinto y nos dejan a la altura del betún a poco que nos descuidemos.

Qué fácil es confundir esfinge con efigie; cómo distinguir el liderato del liderazgo; en qué se diferencia la apertura de la abertura, y la abertura de la obertura…
Y qué cuidado hemos de tener para no disecar lo que hemos de desecar y para no guarnecer lo que hemos de guarecer.


Pues bien, algunos hay que no parecen conscientes de esa posibilidad de confusión y se lanzan alegremente a utilizar en público algunas de estas palabras díscolas, cuando no malévolas, que siempre andan al acecho para pillarnos desprevenidos.

Free Stock Photo: Yellow Euro illustrationPor ejemplo, hace unas semanas, en un programa de Antena 3 en el que comentaban la actualidad política, apareció en pantalla un rótulo que refería las palabras de un ministro y que rezaba: “Hay que despejar las dudas entorno al euro”.
Efectivamente, ese entorno debiera haber sido en torno:


en torno: alrededor de
entorno: ambiente, lo que rodea


Pero no debemos dejarnos intimidar por la dificultad de algunas palabras, ni siquiera cuando  intimidar se asocia con  intimar:


intimar: exigir con autoridad o fuerza el cumplimiento de algo; estrechar la amistad con alguien.
intimidar: causar o infundir miedo; sentir miedo.


Aunque, según y cómo, nos pueden intimar e intimidar al mismo tiempo, ojo. E incluso nos puede intimidar la idea de intimar con alguien.


A algunos habría que intimarlos a que usaran el diccionario de vez en cuando, a ver si así dejaban de decir contornearse en vez de contonearse, que es lo que ocurre, por ejemplo, aquí:  “La mujer echó a andar, contorneándose con coquetería…” Y aquí: “… contorneándose todo lo que le permite su cuerpo, incluso bailando…”

contonearse: Hacer al andar movimientos afectados con los hombros y caderas.
contornear: Dar vueltas alrededor o en contorno de un sitio; perfilar, hacer los contornos de una figura.


Fuente
Y a propósito de dar vueltas, una vez, haciendo zapping, di con una película en la que unos jóvenes montaraces se aventuraban por una zona agreste y forestal. Pulsé ese botón del mando a distancia que permite ver en la pantalla los títulos de los programas, y según la información que apareció, la película era La cima del terror. Como supuse que los personajes habrían de subir a un monte en cuya cima, por
alguna ignota razón, pasarían mucho miedo, me quedé a ver… Y resultó que el miedo lo pasaban, sí, pero no en una cima, sino en una sima, que viene a ser justo lo contrario:

cima: punto más alto de los montes, cerros y collados.
sima: cavidad grande y muy profunda en la tierra.                             

 
Parece mentira que algo tan simple como ponerle a una palabra una c en vez de una s tenga tanta trascendencia. Pero así es, porque si confundir cima con sima está feo, imagínense confundir asesinar con acecinar:


asesinar: matar a alguien con premeditación y alevosía
acecinar: salar la carnes y ponerlas al aire para que se conserven.

Y es que podría decirse que en algunas ocasiones, utilizar las palabras correctamente es cuestión de vida o muerte.


Imagen pineada
¿Diccionarios? No: ¡es una tarta!