lunes, 22 de octubre de 2012

Traducciones simpáticas



Terminaba la entrada anterior con una referencia a ciertas expresiones que se utilizan en español directamente, es decir, no en textos traducidos, sino elaborados originalmente en español. Son frases que en algún momento fueron traducidas de forma inexacta y que así se siguen reproduciendo.

Una de ellas es “más grande que la vida”,  traducción literal de “bigger than life”, expresión que equivale a extraordinario.
Se utiliza con frecuencia en críticas y comentarios sobre obras artísticas, por ejemplo películas y videojuegos, en frases como “Un cine más grande que la vida”. 

Y siempre con ese sentido de extraordinario, magnífico, sensacional, superior, excelente, sobresaliente, maravilloso, fuera de lo común, grandioso…
¡Anda!, cuántas formas tenemos en español para decir bigger than life sin tener que calcar la expresión inglesa…
Bueno, yo estoy segura de que las personas que han utilizado la expresión en estos textos saben perfectamente que es un ‘transplante’ lingüístico innecesario y tontorrón, pero a lo mejor les parece que queda muy chuli y moderno.

Nuestra segunda expresión del día es “truco o trato”, que, como todo el mundo sabe, es la versión española de “trick or treat”, la famosa fórmula que caracteriza la fiesta americana de Halloween.
Yo tengo dos teorías con las que me intento explicar por qué en un momento dado “trick or treat” se convirtió  en “truco o trato”.
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Primera teoría: lo tradujo alguien que sabía que trick significa truco y que treat significa tratar (verbo), pero no sabía que trick también significa travesura o broma, ni que treat (sustantivo) significa golosina, chuchería, regalo, detalle.
Porque al fin y al cabo de eso se trata: de dar golosinas o regalitos a los niños para que no te hagan una trastada.

Segunda teoría: se eligió esta forma a sabiendas de que “truco o trato” es una traducción muy poco atinada, para mejor imitar el ritmo y la sonoridad de la expresión original.

A colación de esto –y permítanme la tontería- intento yo imaginarme qué pasaría si los americanos nos copiaran a nosotros alguna de nuestras celebraciones tradicionales, propias y arraigadas en la tierra de los siglos. Por ejemplo, los desfiles procesionales de la Semana Santa, o la Feria de Sevilla, los Carnavales de Cádiz, las Fallas de Valencia…

Tendrían que transplantar al inglés expresiones propias de dichas fiestas, con el ridículo resultado de “To the heaven with her!” (¡Al cielo con ella!), cuando levantaran el trono o paso de la Virgen; o “Long live the Captive!” (¡Viva el Cautivo!), cuando pasa por las calles la figura del Cristo hecho preso; o “Excellent there, my soul! (¡Ole ahí, mi arma!); “What a salt-shaker you have!” (¡Qué salero tienes!).
Y cosas así.

La última expresión de hoy es “simpatía por el diablo” ("sympathy for the devil"), locución muy famosa y popular porque es el título de una canción de The Rolling Stones.
Pero, como muchos saben y algunos desconocen, sympathy no significa simpatía, sino compasión.
De hecho, en los diccionarios aparecen sympathy y compassion como sinónimos.
Una vez más, estamos ante una “fotocopia”,  una traducción palabra por palabra, de esas que tanto nos dejan en evidencia.

La expresión “sympathy for the devil” se usa en inglés cuando alguien manifiesta compasión o pena por alguien que no merece esa condolencia.
Si nos compadecemos de un canalla por el castigo que le impone la ley, alguien nos podrá decir que eso es “sympathy for the devil”.

Por otro lado, también se usa esta expresión para referirse a una narración que está planteada desde el punto de vista del malo.

The Rolling Stones, en su canción Sympathy for the Devil, juegan precisamente con los dos usos de la expresión: por un lado, la canción está escrita en primera persona y es el diablo el que se expresa (“Permitan que me presente/ soy un hombre que…”), y por otro, nos pide, él mismo, que tengamos compasión de él, pues quiere que le pongamos freno después de todas las maldades que ha cometido a través de los siglos: “Necesito un poco de control/ así que si se encuentran conmigo/ tengan la amabilidad/ muestren un poco de compasión…”

Como se ve, ni la expresión en sí  ni la canción tienen que ver con que el diablo nos resulte simpático ni nos caiga bien.

Es que el fenómeno de los “falsos amigos” es ciertamente muy curioso e interesante, sobre todo porque  parece un capricho lingüístico, una cuchufleta ideada por un duendecillo  que se divirtiera trasteando con las palabras. Pero es en realidad una mera y lógica consecuencia de la evolución del lenguaje y de los vaivenes que experimentan los significados de las palabras, según el uso que los hablantes hacen de las distintas acepciones de las mismas.
Una cuestión apasionante, ¿a que sí?



viernes, 12 de octubre de 2012

Traducciones simpáticas

Primera parte

Una de las cosas que más me llaman la atención de los idiomas son las artimañas que despliegan para hacer tropezar en lo más tonto a quien se adentra en los vericuetos de una lengua extranjera.

Y de entre esas artimañas malévolas, quizá la que más mosquea al incauto forastero es la que con gran tino se denomina “falsos amigos”.
Como es bien sabido, los falsos amigos son esos vocablos traidores que nos hacen creer que son una cosa cuando son otra muy distinta. Esas palabras que tienen la misma o muy semejante apariencia en un idioma y en otro, pero significados dispares.
Hay abundantes ejemplos en todos los idiomas, y algunos son muy populares.


Por ejemplo, del italiano conocemos el burro, que es la mantequilla, y la gamba, que, por supuesto, es la pierna. Y sabemos que una lupa es una loba, un bollo es un sello, el verbo salire significa subir y guardare significa mirar. A pesar de las apariencias.
Y la palabra francesa marron, ya se sabe, significa castaña (por lo que comerse un marrón en Francia es mucho mejor que comérselo en España, y perdón por el chiste fácil). Además dos significa ‘espalda’ y très significa ‘muy’. Très bien!


Y un alemán que sea Alt no es alto sino viejo, un Bote es un mensajero y un Ente es un pato.
En fin, la cosa daría para hacer listas interminables, pero hay unos cuantos falsos amigos en la lengua inglesa que me parecen particularmente interesantes, por sí mismos y porque sistemáticamente nos los encontramos traducidos de forma literal en películas, series, artículos, etc.
Es decir, que consiguen engañar una y otra vez a quien se topa con ellos.


No me refiero a esos falsos amigos que todo el mundo conoce y en los que nadie –se supone- tropieza, como carpet (carpeta alfombra); actual (actual verdadero); constipated (constipado estreñido); library (librería biblioteca); fabric (fábrica tejido); conductor (conductor director de orquesta), etc.
Me refiero a otras palabras y expresiones que, como digo, raramente se ven traducidas con exactitud, lo cual es muy sorprendente, porque averiguar el significado de una palabra es una de las cosas más fáciles del mundo.


                                   Es lo que ocurre, por ejemplo, con bizarre.
Bizarre, tanto en inglés como en francés, tiene el sentido de raro, extraño, mientras que la palabra española bizarro equivale a valiente, audaz.
Sin embargo, por influencia del inglés, se suele utilizar bizarro para referirse a algo extravagante, y así hemos leído por ahí: “Otra costumbre bizarra” , “el souvenir más bizarro”, “Los 10 festivales mas bizarros del mundo”, etc.
Este uso está tan extendido, y es tan ignorado el significado español, que no me extrañaría que con el tiempo la palabra española bizarro llegara a adquirir “oficialmente” el significado que tiene en inglés y francés.
Es decir, que lo que hoy día es un error, puede llegar a convertirse en el significado legítimo de la palabra.
Castillos más grandes se han venido abajo.


Otra de las palabras que con mucha frecuencia se traducen falsamente es dramatic y la correspondiente forma adverbial dramatically.
Quien se deja llevar por las apariencias lo traduce como dramático cuando el contexto nos dice claramente que su sentido es drástico, radical.
Así escuchamos o leemos, por ejemplo, que el cerebro infantil "experimenta cambios dramáticos" cuando se aprende otro idioma; o que a algunas personas les gusta "cambiar de imagen dramáticamente"; o que tal cosa supone "un aumento dramático del bienestar".
A veces no es necesario el diccionario siquiera. Bastaría con un poco de sensatez.

En películas y series también se suele traducir literalmente la expresión herbal tea, con lo que los personajes se toman un té de hierbas, que no es nada, porque herbal tea significa sencillamente infusión.
Y también es frecuente que los personajes de las películas digan frases como “Huyeron en un convertible negro”, porque alguien se ha dejado engañar por uno de esos falsos amigos tan traicioneros y no se ha fijado en que, en español de España, un convertible es un descapotable.

Podríamos poner muchos más ejemplos, claro está, y seguramente a ustedes se les están viniendo a la cabeza unos cuantos.
Pero hay otros casos de expresiones calcadas, que en un momento determinado se interpretaron palabra por palabra y que se han perpetuado así en nuestra cultura popular, de tal manera que puede que muchos de los que utilizan o reciben esas frases no sean conscientes de su origen extranjero ni de la falta de exactitud -o el esnobismo- que llevan implícitos.

¿Diversión? No: Desvío

lunes, 1 de octubre de 2012

Cuento. Pascualito


Pascualito tenía seis años y lo que más le gustaba del mundo era escribir.
Todavía no tenía mucho que decir, ni mucha soltura en el trazo, pero desde el momento en que descubrió esa novedad que eran las letras, ni un solo día dejó de usar su lápiz.

Siempre lo llevaba en la mano, como si esperara que en cualquier momento le saliera al paso un papel en blanco y quisiera estar preparado para aprovechar la ocasión.

Había tomado por costumbre sentarse en la mesa del salón, con el lápiz en la mano, un cuaderno delante y el periódico del día al lado. Le gustaba hacerse el interesante fingiendo leer las noticias. Entonces, al cabo de unos minutos se decidía por una y empezaba la fiesta: ¡a copiar!

Y así pasaba las tardes, interrumpiendo la tarea solo para merendar.

Un día, en el colegio, la maestra le preguntó con ironía:
-¿Qué haces, Pascualito?
-Nada, señorita.
-Exacto, Pascualito, no haces nada. Tus compañeros haciendo sumas, y tú nada de nada.
-Es que no me gusta hacer sumas, señorita.
-Vaya, no te gusta hacer sumas, ¿eh?
-No -dijo Pascualito.
-Pero habrase visto niño insolente. ¿Vas a hacer las cuentas, sí o no?
-No -dijo Pascualito, convencido de que le estaban dando a elegir.

Y entonces, para gran sorpresa de Pascualito, la maestra dijo:
-Pues te quedas sin recreo, y además vas a escribir "Los niños desobedientes hacen copias”.
Dio media vuelta y escribió la frase en la pizarra:
-Venga, escribe eso en el cuaderno.
Y Pascualito, sin dilación, lo copió.

Entonces levantó la vista hacia la maestra, como diciendo “¿Y ahora qué?”
-Ahora cópialo diez veces.
Y Pascualito, con gran satisfacción, se puso a copiar con deleite la frase, una y otra vez.

Mientras, sus compañeros habían salido al patio y desde el aula se escuchaba el griterío alegre de sus juegos.
Cuando Pascualito terminó su faena se levantó y fue a la mesa de la maestra.
-Ya está -le dijo, mientras le entregaba el cuaderno.
-A ver…
La maestra contó las frases. Sí, diez. Los renglones un poco ondulados y la línea de las letras insegura, pero eran diez frases, una después de otra, y sin un solo borrón. Ni siquiera en desobediente. Sorprendente en un gaznápiro como Pascualito, pensó la maestra.

-Muy bien -dijo devolviéndole el cuaderno-. Y ya sabes que cada vez que no hagas lo que se te dice te quedarás sin recreo y haciendo copias. Anda, vete a tu sitio, que va a sonar el timbre.

Al poco rato sus compañeros volvieron del patio y para entonces Pascualito ya había decidido que su maestra era la más buena del mundo, pues le había permitido quedarse en la clase escribiendo, en vez de tener que ir al patio a jugar al fútbol con los otros niños.

Así fue cómo Pascualito aprendió que para que a uno lo dejen hacer lo que le gusta tiene que negarse a hacer lo que le disgusta.




Aquí, "De cómo Pascualito aprendió a leer"


martes, 18 de septiembre de 2012

Dentro y fuera


Cada día abro mi ventana y me asomo al mundo enorme.
Desde mi ventana lo veo todo, quizá más de lo que pretendo.
Veo edificios, vehículos, árboles, a veces animales; veo el sol, la luna, las estrellas, la lluvia y el viento, las nubes, la niebla, las luces y la oscuridad. Veo a muchas personas que van y vienen, y a los que esperan, que a veces desesperan; a los que charlan sin nada que decir y a los que sin saberlo me enseñan tanto.



Veo a muchos a los que no conozco de nada, a otros a los que conozco solo de vista, y veo también a los amigos.
Algunas veces se acercan ellos y me saludan, me hablan de sus cosas, nos reímos, incluso leemos juntos los anuncios, los carteles, los textos que aparecen por todas partes llenando el mundo de mensajes.
Otras veces los llamo yo –eh, ¿qué te cuentas? – porque están a lo suyo y no me han visto.



Desde mi ventana también veo cosas que no me gustan. Cosas que esconden la verdad más fea y la mentira más clara.
Y cosas que no buscaba, que no esperaba, pero que aparecen ante mis ojos y resultan un regalo inesperado y sorprendente.
Y cosas que no me interesan, que me aburren o que no necesito. Entonces simplemente miro a otro lado y las dejo pasar de largo.



Mi ventana es mágica, porque a través de ella también veo el tiempo, y lo puedo parar donde yo quiera. Veo el mensaje del pasado, el misterio del presente y la invitación del futuro.



Cuando cierro mi ventana entro en el mundo pequeño, que es -¿paradoja?- donde el mundo enorme está contenido, donde cobra sentido y se hace real.






PD: algunas palabras dicen más de lo que parece.






viernes, 7 de septiembre de 2012

Premios Gamba 2012. No hay dolor


No, no hay dolor de los pecados ni arrepentimiento ni propósito de enmienda. Los candidatos que luchan por conseguir un reconocimiento a sus meteduras de pata siguen apareciendo aquí, allá y acullá, sin reparo y sin sonrojo.


Y hablando de pecados y arrepentimientos, ¿dónde han de ir  aquellos que desean confesarse?
En el primer capítulo de la serie “Infierno sobre ruedas”, dice un personaje: “Le dispararon cuando rezaba en el confesionario."
Aquí tenemos un error tan sutil, tan generalizado, y una palabra tan caprichosa, que realmente no sé si si merece un Premio Gamba. 
Es decir, admito que esto es de tiquismiquis, pero creo que no está de más comentarlo.
El caso es que donde se confiesan los pecados es en el confesonario, mientras que el confesionario es, según la RAE, un “tratado o discurso en que se dan reglas para saber confesar y confesarse.”
Curioso, ¿eh?

No sé si el siguiente caso será un pecado. Supongo que no, pero  una falta de acierto y de mesura sí me parece.
Hace poco dejaron en los buzones de mi vecindario un folleto publicitario de una caja de ahorros.
En dicho folleto podemos leer: “Andalucía, libera tus jurdeles de mano ajena”.
Como no sé lo que significa jurdeles ni es palabra que haya escuchado jamás, consulto el diccionario de la RAE para asegurarme de su significado.

Pero hete aquí que el extraño vocablo no aparece en las páginas de dicha publicación.

Entonces escribo “jurdeles” en Google y solo encuentro un lugar en el que se recoge el término y que es un diccionario de palabras de Sanlúcar (Cádiz).
Es decir, “jurdeles” es un localismo muy local y significa “dinero, riqueza”.

A lo mejor a partir de ahora, en la publicidad de los bancos y cajas de ahorro se ponen de moda los localismos y términos coloquiales, y así veremos folletos que digan:
“Confía tu parné a Banco Manolo, mi arma”.
O bien:
“Traiga la pasta a nuestra sucursal y ya verá qué risa.”

El siguiente ‘gambazo’ o desliz que recogemos hoy aquí también proviene de una serie de TV. En ella un niño dice que tiene que leer un libro para el colegio, y que tal libro es "La web de Charlotte".

Se trata de un error de traducción provocado por una falta de conocimiento. El cuento referido es Charlotte’s Web, un clásico de la literatura infantil anglosajona, de E.B. White, y escrito en 1952, por lo que difícilmente puede el título hacer referencia a ninguna web.
Claro que no, porque Charlotte es una araña, y su web es la telaraña que teje para salvar a su amigo el cerdito.

La palabra web, efectivamente,  significa telaraña, tejido, red y por eso se usa en el ámbito de internet. Es la tercera w de las famosas www (world wide web).
Por lo tanto, la traducción del título no puede ser "La web de Charlotte" sino La telaraña de Charlotte o La telaraña de Carlota.

Hay deslices lingüísticos que no implican ningún error, pero que merecen un reconocimiento por su pura comicidad.
Un ejemplo de estos es el comentario de un reportero que informaba sobre los sanfermines este verano, y que, refiriéndose al gran tamaño de los toros, dijo que “entre cuerno y cuerno” caben “tres cabezas de tres mozos diferentes”.

 Y es que me parece a mí que la noticia estaría en que las tres cabezas fueran de un mismo mozo, ¿no?

También hay meteduras de pata que aúnan la ignorancia y la jocosidad, siendo estos candidatos los  más merecedores de un Premio Gamba. 
De ellos traemos hoy aquí uno escuchado en Antena 3 el pasado mes de julio.

En un programa matinal, la presentadora comenta los titulares de diversos periódicos que recogen información sobre las medidas de austeridad que el gobierno lleva a cabo en España.

Vemos en pantalla el titular del Wall Street Journal que dice: “Spain piles on austerity measures”, lo cual  significa que España multiplica, o acumula, medidas de austeridad.


Pero la presentadora lo traduce como “España se pone las pilas con las medidas de austeridad”.
Y no le dio la risa ni nada.


Y para terminar, tenemos un ejemplo de ese tipo, ya clásico, de resbalones lingüísticos que consiste sencillamente en hacerse un lío con refranes, proverbios y frases hechas, y enunciarlos de manera caótica y absurda.
Estos suelen tener también un efecto cómico considerable, como en el saleroso caso del tertuliano que, comentando un asunto en el que todo parece estar muy claro, dijo “Blanco, de la vaca y pone leche”.
Está clarísimo, caballero.



martes, 28 de agosto de 2012

Un buen comienzo


Se dice que las primeras líneas de una historia son decisivas, pues de ese comienzo depende que la historia nos atraiga y queramos seguir leyendo, o todo lo contrario.
Y también se dice que encontrar ese inicio determinante, esas primeras palabras que conquisten nuestro interés, es la tarea más difícil a la que se enfrenta el escritor.
Todo esto debe de ser verdad, porque hay comienzos que se han convertido en elementos de la cultura popular; frases o párrafos iniciales que parecen haber adquirido entidad propia, independiente del resto de la obra a la que pertenecen.
Son inicios que todos conocemos, aunque no hayamos leído la novela o cuento que así empieza.
Algunos son verdaderamente representativos y universalmente conocidos, como los de El Quijote, Cien años de soledad, Mobby Dick, Rebeca…
También son muy celebrados, aunque quizá no tan emblemáticos,  los párrafos iniciales que escribieron, por ejemplo, Tolstoy para Ana Karenina, Hemingway para El viejo y el mar, Jane Austen para Orgullo y Prejuicio, Paul Auster para Ciudad de cristal…
Hago aquí un inciso para referirme a algo que  a mí personalmente me resulta curioso, y es  que entre los considerados grandes comienzos de la historia de la literatura se encuentren David Copperfield y El guardián entre el centeno.
No, no es que me resulte curioso porque me parezca raro, ni mucho menos, sino por esa peculiar conexión  entre ambas novelas que el propio Salinger estableció, de manera tan ‘delicada’ y con su poquito de guasa.
Charles Dickens empezó su novela con estas magníficas líneas:

Si he de convertirme en el héroe de mi propia vida, o si ese lugar ha de ocuparlo otra persona, estas páginas lo dirán.
Para empezar el relato de mi vida por el principio de mi vida, diré que nací (según me han contado y yo lo creo) un viernes a las doce de la noche. Me dijeron que el reloj empezó a dar las campanadas y al mismo tiempo yo rompí a llorar.

Y ochenta y dos años después, J.D. Salinger construyó este otro principio mítico que nos remite directamente al clásico victoriano:
Si de verdad tienen ustedes interés, seguramente lo primero que querrán saber es dónde nací y cómo fue mi puñetera infancia y qué hacían mis padres antes de tenerme y todo ese rollo al estilo David Copperfield, pero, si quieren que les diga la verdad, no me apetece entrar en eso.


Siguiendo por donde íbamos,  todas las obras que estamos mencionando aquí son reconocidos clásicos que siempre aparecen en las listas y los textos concernientes a este tema, y que se ponen como ejemplo o modelo de lo que es un buen principio para una historia.

Pero además de esas  grandes obras hay lógicamente muchas otras que podrían incluirse igualmente en esos inventarios de inicios estupendos y efectivos.
 Yo, como cualquiera, también me he encontrado en ocasiones con historias cuyo comienzo me ha parecido espléndido.
Se me vienen a la memoria diversos títulos, por ejemplo, El hermano Jacob, de George Eliot; El profesor, de Frank McCourt; La alargada sombra del amor, de Mathias Malzieu; La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig; A cada cual lo suyo, de Leonardo Sciascia… en fin, la lista podría ser interminable, como es fácil suponer.
Son historias cuyas líneas iniciales me han seducido,  porque me han hecho sonreir o  porque han logrado que me identifique  con el personaje o la situación desde el primer momento.
Y en esto precisamente, creo yo, consiste un buen principio. En esto radica el arte de atrapar nuestro interés de modo que en seguida, nada más empezar la historia, sintamos  curiosidad por saber qué pasa ahí y qué va a pasar después.
¿A que es una delicia empezar a leer una historia y que aparezca una sonrisa en nuestro rostro, o que con esas primeras líneas sintamos que hay algún vínculo entre el personaje y nosotros?
No, no debe de ser nada fácil conseguir este efecto en el lector, y lo sabemos y le damos su valor, aunque sea de forma inconsciente. 
Porque esa conexión que sentimos,  ese vínculo que nos liga a los personajes por un motivo u otro es a veces tan sutil  que se nos escapa por entre las palabras y no lo podemos definir.
Pero eso da igual, lo importante es la emoción.
Y también es importante, me parece, tener en cuenta que un buen principio no es necesariamente  garantía de una buena historia. Ni un comienzo menos prometedor tiene por qué ser óbice para que la obra nos guste.

Pero, en fin, ese ya es otro asunto.






jueves, 9 de agosto de 2012

Cuento. El guía del cementerio

(Segunda parte)

(viene de aquí)

Una tarde, aunque ya oscurecía, alcanzó a ver la silueta de un hombre que estaba junto a uno de los caminos, sin moverse, como quien espera...

Y Mouchet, no podía ser de otra forma, se dirigió solícito a él:

-Señor, ¿puedo ayudarle? ¿Se ha desorientado?
-Desde luego que sí, buen hombre, desde luego que sí.
-Bueno, dígame…
-Pues que he salido a dar un paseo y ahora no sé volver.
-Ah, pues yo lo acompaño a la salida. En realidad estamos cerca de una de ellas.
-No, la salida no, yo no quiero salir.
Mientras hablaban, Mouchet tenía la sensación de que aquel hombre le resultaba familiar. Entornó los ojos en un intento de verlo mejor y entonces una idea cruzó por su cabeza. Le pareció una locura, pero casi sin querer, preguntó:

-¿Monsieur… monsieur Balzac?
-Sí señor, ese soy yo. ¿Nos conocemos, quizás?
Y Mouchet, tembloroso y emocionado, contestó:
-Yo a usted sí.
Entonces el hombre llamado Balzac le tendió la mano:
-¿Y a quien tengo el gusto de saludar?
-Me llamo Mouchet, -respondió el guía como si estuviera a punto de perder la conciencia.
-Pues bien, amigo Mouchet, a ver si puede indicarme el camino hasta mi morada, que empieza a refrescar.
-Sí, sí señor, vamos por aquí…

Mouchet echó a andar junto a Balzac sin saber muy bien qué estaba pasando, pero a pesar de su aturdimiento supo dirigirse al lugar requerido.
Cuando todavía estaban a bastante distancia, el señor Balzac dijo:

-Ah, creo que ya puedo seguir yo solo. Es por allí, ¿verdad?
-Efectivamente, señor, allí, –dijo Mouchet señalando a lo lejos.
Y para su propia sorpresa añadió:
-Junto al sicómoro, aquel árbol de flores amarillas, ¿lo ve?
-Bien, bien, -dijo Balzac con una sonrisa de satisfacción-. Entonces, querido Mouchet, aquí nos despedimos. Le quedo muy agradecido.
-No hay de qué, monsieur, ha sido un placer.

Balzac continuó su camino y Mouchet, atónito, lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre las sombras.
El guía del cementerio se quedó allí un rato más, con el paraguas en la mano y el asombro en el rostro. No podía creer lo que había pasado, e incluso pensó que soñaba.


Pero entonces empezó a comprender lo que cuarenta años atrás, en su primer día de trabajo, le dijo el guía que se jubilaba entonces:
-Espero que, si algún día lo necesitas, tengas la suerte de encontrarte con alguno de ellos. Será una experiencia maravillosa, aunque quizás en el primer momento, a causa del pasmo, no te des cuenta de lo que ocurre.


Y así fue cómo Mouchet, el diligente y servicial Mouchet, fue recompensado por  su perpetuo amor al cementerio y a sus residentes. Y fue así cómo a partir de entonces lo vio todo con ojos nuevos.


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