No sé si conocen ustedes a Jeremy Bentham.
Hasta hace poco yo sólo sabía que era un filósofo
británico. Pero hace ese poco, en un libro que nada tiene que ver con Jeremy
Bentham leí una referencia a él que me sorprendió, me “inspiró viva
curiosidad” y me llevó a querer saber más de este personaje.
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| Jeremy Benthan, 1827 |
Y resulta que, ahora que sé algo más, el buen señor me
ha caído muy bien, y por eso quiero hablarles de él, por si no lo conocen,
porque creo que a ustedes también les va a resultar simpático.
Jeremy Bentham nació en Londres en 1748, y fue un niño
prodigio. A los tres años empezó a estudiar latín y a los doce estudiaba leyes
en Oxford.
Pero no quiso ser abogado, porque las leyes de la
época no le gustaban, y le pareció mejor escribir sobre cómo se podrían mejorar
y hacerlas más justas.
En sus escritos Bentham defendía la reforma de las
prisiones, el sufragio universal, la despenalización de la homosexualidad y el
buen trato a los animales; la libertad de prensa y el debate público. También
le preocupaban el bienestar de los desfavorecidos y las políticas sociales, y
cuestionó la utilidad de las instituciones, los valores morales y religiosos, etc.
Por otra parte, lo más destacado de su teoría
filosófica es su concepto del utilitarismo, que consiste, dicho de
manera simple, en que el criterio para determinar si una acción es correcta o
no, será el “principio de la mayor felicidad”. Es decir, será correcto todo
aquello que proporcione la mayor felicidad al mayor número de personas.
Y como Bentham creía que lo que mueve al ser humano es el placer y el dolor, la
felicidad consistirá en aumentar el placer y disminuir el dolor. Y esta idea
es lo que debía servir como fundamento de las leyes. Ni más ni menos.
Pero lo más sorprendente de esta ilustre figura no es
su mentalidad moderna y altruista, lo que ya sería suficiente para despertar
nuestra simpatía. Lo más sorprendente es el capricho que tuvo para después de
muerto; un antojo post mortem que consistía básicamente en que lo disecaran
y lo expusieran en una vitrina.
Y así lo especificó en su testamento, donde dio
instrucciones sobre cómo se debía cumplir su voluntad:
“El esqueleto se dispondrá de manera que la figura
completa quede sentada en la silla que habitualmente he utilizado yo en vida,
en la actitud que adopto cuando estoy
enfrascado en mis pensamientos mientras escribo.”
También especificó que “el esqueleto se vista con uno
de los trajes negros que suelo utilizar”, y que
“el cuerpo así ataviado, junto con la silla y el bastón que he llevado
en los últimos años, se coloquen en un mueble o vitrina adecuados”; y añadió que a ese mueble se fijaría una
placa grabada con su nombre y su fecha de defunción “en caracteres llamativos”.
A su figura así conservada la denominó “auto-icono”.
Por último, dejó escrito en su testamento que si sus
amigos y discípulos tenían a bien reunirse cada año “con el propósito de
conmemorar al fundador de la teoría de la mayor felicidad”, su albacea se
encargaría de que el mueble o vitrina que contendría su auto-icono se llevara a
la sala en la que fuesen a reunirse.
Como ya se imaginarán ustedes, sus amigos, su médico y
sus abogados cumplieron estrictamente la última voluntad del finado, y hoy día,
el auto-icono de Jeremy Bentham está expuesto, desde 1850 y en una especie de
quiosco de madera, en un vestíbulo del University College London, para sorpresa
o sobresalto de todo el que pasa por allí.
Conviene especificar que la cabeza del difunto quedó
tan maltrecha después de embalsamada que resultaba terrorífica, y en una
concesión al buen gusto se decidió sustituirla por una reproducción de cera. La
auténtica, la orgánica, se conserva en una caja fuerte y sólo se puede
contemplar en circunstancias muy especiales. Bueno, y también en internet.
Todo este asunto, claro, se presta al debate y a la
especulación. Muchos creen que la intención de Bentham al pedir que sus restos se
conservaran de este modo tan peculiar era simplemente gastar una broma de
ultratumba; otros creen que era un arrogante y un creído; y otros que era una
forma de cuestionar las concepciones religiosas de la vida y la muerte.
A mí me parece que quizá había un poco de todo, y
también creo que Bentham, que era tan listo, supo prever que la sociedad, en las décadas y
siglos posteriores, se volvería cada vez más frívola, más olvidadiza y más
indiferente a su propio pasado; y que, convencido como estaba de las bondades
de sus teorías, quiso que las generaciones futuras no se olvidasen de ellas;
que no quedasen reducidas a una lección más en los libros de texto. Y siendo,
como parece ser que era, un filósofo guasón, pensó que la mejor manera de que
se siguiese hablando de él, y por ende de su pensamiento, era darnos a
nosotros, a los frívolos habitantes del futuro, un motivo a nuestra medida para
que nos fijásemos en él.
¿O acaso no es eso lo que me ha pasado a mí?















