miércoles, 16 de marzo de 2016

El capricho del filósofo



No sé si conocen ustedes a Jeremy Bentham.
Hasta hace poco yo sólo sabía que era un filósofo británico. Pero hace ese poco, en un libro que nada tiene que ver con Jeremy Bentham leí una referencia a él que me sorprendió, me “inspiró viva curiosidad” y me llevó a querer saber más de este personaje.
Jeremy Bentham
Jeremy Benthan, 1827
Y resulta que, ahora que sé algo más, el buen señor me ha caído muy bien, y por eso quiero hablarles de él, por si no lo conocen, porque creo que a ustedes también les va a resultar simpático.

Jeremy Bentham nació en Londres en 1748, y fue un niño prodigio. A los tres años empezó a estudiar latín y a los doce estudiaba leyes en Oxford.
Pero no quiso ser abogado, porque las leyes de la época no le gustaban, y le pareció mejor escribir sobre cómo se podrían mejorar y hacerlas más justas.

En sus escritos Bentham defendía la reforma de las prisiones, el sufragio universal, la despenalización de la homosexualidad y el buen trato a los animales; la libertad de prensa y el debate público. También le preocupaban el bienestar de los desfavorecidos y las políticas sociales, y cuestionó la utilidad de las instituciones, los valores morales y religiosos,  etc.
Por otra parte, lo más destacado de su teoría filosófica es su concepto del utilitarismo, que consiste, dicho de manera simple, en que el criterio para determinar si una acción es correcta o no, será el “principio de la mayor felicidad”. Es decir, será correcto todo aquello que proporcione la mayor felicidad al mayor número de personas. Y como Bentham creía que lo que mueve al ser humano es el placer y el dolor, la felicidad consistirá en aumentar el placer y disminuir el dolor.  Y esta idea  es lo que debía servir como fundamento de las leyes. Ni más ni menos.

Pero lo más sorprendente de esta ilustre figura no es su mentalidad moderna y altruista, lo que ya sería suficiente para despertar nuestra simpatía. Lo más sorprendente es el capricho que tuvo para después de muerto; un antojo post mortem que consistía básicamente en que lo disecaran y lo expusieran en una vitrina.
Y así lo especificó en su testamento, donde dio instrucciones sobre cómo se debía cumplir su voluntad:

“El esqueleto se dispondrá de manera que la figura completa quede sentada en la silla que habitualmente he utilizado yo en vida, en la actitud  que adopto cuando estoy enfrascado en mis pensamientos mientras escribo.”

También especificó que “el esqueleto se vista con uno de los trajes negros que suelo utilizar”, y que  “el cuerpo así ataviado, junto con la silla y el bastón que he llevado en los últimos años, se coloquen en un mueble o vitrina adecuados”;  y añadió que a ese mueble se fijaría una placa grabada con su nombre y su fecha de defunción “en caracteres llamativos”.
A su figura así conservada la denominó “auto-icono”.
Por último, dejó escrito en su testamento que si sus amigos y discípulos tenían a bien reunirse cada año “con el propósito de conmemorar al fundador de la teoría de la mayor felicidad”, su albacea se encargaría de que el mueble o vitrina que contendría su auto-icono se llevara a la sala en la que fuesen a reunirse.

Jeremy Bentham auto-iconComo ya se imaginarán ustedes, sus amigos, su médico y sus abogados cumplieron estrictamente la última voluntad del finado, y hoy día, el auto-icono de Jeremy Bentham está expuesto, desde 1850 y en una especie de quiosco de madera, en un vestíbulo del University College London, para sorpresa o sobresalto de todo el que pasa por allí.
Conviene especificar que la cabeza del difunto quedó tan maltrecha después de embalsamada que resultaba terrorífica, y en una concesión al buen gusto se decidió sustituirla por una reproducción de cera. La auténtica, la orgánica, se conserva en una caja fuerte y sólo se puede contemplar en circunstancias muy especiales. Bueno, y también en internet.

Todo este asunto, claro, se presta al debate y a la especulación. Muchos creen que la intención de Bentham al pedir que sus restos se conservaran de este modo tan peculiar era simplemente gastar una broma de ultratumba; otros creen que era un arrogante y un creído; y otros que era una forma de cuestionar las concepciones religiosas de la vida y la muerte.

A mí me parece que quizá había un poco de todo, y también creo que Bentham, que era tan listo,  supo prever que la sociedad, en las décadas y siglos posteriores, se volvería cada vez más frívola, más olvidadiza y más indiferente a su propio pasado; y que, convencido como estaba de las bondades de sus teorías, quiso que las generaciones futuras no se olvidasen de ellas; que no quedasen reducidas a una lección más en los libros de texto. Y siendo, como parece ser que era, un filósofo guasón, pensó que la mejor manera de que se siguiese hablando de él, y por ende de su pensamiento, era darnos a nosotros, a los frívolos habitantes del futuro, un motivo a nuestra medida para que nos fijásemos en él.
¿O acaso no es eso lo que me ha pasado a mí?



old london engraving


sábado, 5 de marzo de 2016

¿Qué haré con ellos?


Hace un par de años leí Nadie acabará con los libros*,  donde Umberto Eco y Jean-Claude Carriere charlan sobre diversos temas relacionados con los libros: el coleccionismo, la evolución de los soportes, la censura a través de la historia, etc.

El último capítulo del libro tiene el explícito título de “¿Qué hacer con nuestra biblioteca cuando morimos?”, y en él los dos polímatas comparten ideas sobre lo que se puede hacer con los libros que dejamos tras de nosotros, y comentan sus planes personales para cuando llegue la hora.

Leyendo ese capítulo medité yo al respecto y sobre mis propios libros. Porque aunque mi modestísima biblioteca es una risa comparada con los cincuenta mil volúmenes de Umberto Eco o los de tantos grandes lectores y coleccionistas que andan por el mundo,  yo tampoco quisiera que un día mis queridos libros fueran simplemente a parar a un contenedor de reciclaje.

LibraryEl mes pasado, cuando supe la noticia del fallecimiento de Eco, lo primero que pensé fue: “¿Y qué pasará ahora con sus libros?” Recordaba haber leído que el destino que él tenía previsto para su biblioteca era la donación. Releí el pasaje y en efecto, quería que su familia la donase a una biblioteca pública o la vendiese, completa, en una subasta, a una universidad.

Aparte de esto, dice Eco en el libro que en su testamento dejaría libros determinados a determinados amigos. Y también que tenía montones de ejemplares de sus libros en traducciones a diferentes idiomas y que muchos de ellos los había donado a las cárceles, donde hay presos de toda las nacionalidades.
Por su parte, Jean-Claude Carriere habla de la posibilidad de crear una fundación, como forma de que las instituciones oficiales se encarguen de conservar las bibliotecas de personalidades ilustres. Y respecto a sus propias colecciones,   dice que quisiera cederlas a museos o bibliotecas especializadas.

Así pues, parece que éstos son los destinos de las grandes bibliotecas cuando sus dueños ya no están para leer mucho: la venta, la subasta, la donación a diferentes entidades, y la creación de fundaciones.

Pero, claro, éstas son las soluciones para las colecciones de postín, para los libros que poseyeron los personajes célebres. A ellos les dejamos las grandes cifras y las soluciones trascendentes,  pero ¿qué se hace con los trescientos, los quinientos o los mil doscientos libros que puede tener una persona cualquiera? ¿Dejarlos simplemente atrás, a su suerte, al capricho del azar o a la decisión de unos herederos que quizá no sepan qué hacer con ellos?

En una ocasión conté aquí cómo llegaron a mis manos unos libros cuyos dueños quisieron asegurarse de que fuesen a un lugar donde estuvieran calentitos y a gusto.
Y espero que del mismo modo en que yo recibo ahora libros que pertenecieron primero a otras personas, los míos, incluidos estos heredados, vayan a parar algún día a otras manos interesadas.

No me gusta ponerme trascendental, y menos antes de tiempo, pero a veces es inevitable pensar en ciertas cosas e imaginar qué nos gustaría hacer en determinados momentos y circunstancias.
Por eso a veces he pensado que a mí me gustaría donar mis libros a las bibliotecas del instituto y la universidad en los que estudié, o a alguna biblioteca pública.

Pero antes de enviarlos allí, seleccionaría los más queridos y los regalaría a personas concretas, incluidas algunas de las que pasan por aquí. A veces incluso me entretengo en fantasear con esta idea y trato de decidir qué libros regalaría a cada quien, según lo que sé o creo saber de los gustos, intereses y personalidad de cada uno.

Otras veces, después de hacer este reparto mental,  pienso que quizá lo mejor que podría hacer con los restantes sería llevarlos simplemente a alguna librería de segunda mano, pero no para venderlos, sino para donarlos también. Me parece que dejarlos en esas estanterías que dan una segunda oportunidad a los libros y quizá una primera a muchos lectores, es la mejor manera  de que los libros sigan su trayectoria natural, que es ser vendidos y comprados, cambiar de manos, recorrer el mundo.

Porque me parece que los libros están con nosotros para cumplir una función: enseñarnos y acompañarnos, darnos consuelo y alegría y procurarnos una clase única de felicidad. Después, al cabo del tiempo, cuando su función con nosotros ya está cumplida, cuando ya no los podemos disfrutar,  han de ir a otros sitios, a otras personas. Así es cómo se mantienen vivos y cómo conservan su sentido.
Ésa es la naturaleza de todos los libros, aunque se trate de modestas ediciones económicas, fabricadas en serie, y no hayan pertenecido a ningún lector ilustre.


casa abandonada en Bélgica
Casa abandonada en Bélgica


* Editorial Lumen, 2010. Traducción de Helena Lozano Miralles

jueves, 25 de febrero de 2016

Un nuevo misterio en casa del señor Talbot

(segunda parte y final)
(viene de aquí)


A la hora de costumbre empezaron a llegar los amigos de Talbot. Cuando estuvieron todos reunidos y después de intercambiar breves impresiones sobre diversos temas, Scott, el jefe de la policía, que tenía un aire entre altivo y sosegado muy adecuado para su cargo, dijo:
-Talbot, amigo mío, no hace falta ser policía, y mucho menos jefe de nada, para darse cuenta de que algo le preocupa. Espero que no haya sufrido ningún contratiempo serio.
­-Es cierto, señores, que estoy preocupado. Y bastante perplejo. He perdido, no sé cómo ni dónde ni cuándo, mi ejemplar de Las metamorfosis.
Y a continuación Talbot puso a sus amigos al tanto del percance.
        
El asunto era tan peculiar, y el libro tan valioso, que todos aportaron ideas, teorías y posibilidades sobre lo que podría haber ocurrido. E incluso hicieron una solidaria y afanosa búsqueda por todo el estudio. Dibujaban un escena muy pintoresca aquellos cinco hombres, ora agachados, ora arrodillados, metiendo la cabeza debajo de los sillones y detrás de los muebles; levantando cortinas y almohadones; mirando al techo en busca de inspiración y al suelo en busca del libro.
Pero fue inútil. El precioso ejemplar de Ovidio no apareció.

Al día siguiente Talbot ordenó al servicio buscar por toda la casa, incluso en los lugares más absurdos, como la alacena y el lavadero. Mientras tanto, él mismo y el jardinero recorrieron los parterres, removieron la hojarasca y miraron en cada seto, en cada macizo de flores y en cada alcorque. Pero de nuevo la búsqueda no dio ningún resultado: el libro parecía haberse evaporado como el aroma de un perfume barato.
Con gran pesar de su corazón, Talbot se rindió y dio el libro por perdido. Se dio todas las explicaciones que se le ocurrieron, incluso que el gato que rondaba siempre por el jardín, y que nadie sabía de dónde procedía, se había llevado el libro por algún motivo animal, con lo que ahora esa joya de la literatura y de la imprenta yacería en algún inmundo agujero, con consecuencias que prefería no imaginar. Y así, resignado a quedarse sin el libro y sin explicación, Talbot dejó de buscar, aunque su corazón nunca perdió la esperanza de que su Ovidio apareciera algún día, de  manera tan inusitada como desapareció.

Transcurrió el tiempo, y un día, al cabo de un año, tuvo lugar en el jardín un prodigio que maravilló a Talbot y que llevó a Pedro, el veterano jardinero, al borde de las lágrimas de emoción. Por su parte, Casilda, sin apreciar lo portentoso del fenómeno, sólo exclamó con naturalidad: "¡Ay, qué bonito, señor!"

Cuando por la tarde llegaron sus amigos, Talbot, muy conmovido, les dijo:
-Caballeros, vengan conmigo al jardín y sean testigos de algo que sólo podrán creer si lo ven. Y aun así, les resultará difícil.
Salieron los señores al jardín y Talbot los condujo hasta el manzano injertado. En seguida vieron que el árbol había dado frutos por primera vez después del experimento, y que a consecuencia de ello estaba lleno de manzanas de distintas variedades: rojas, verdes y amarillas; dulces y ácidas…, tal y como Talbot había esperado. Pero además había otras manzanas de una clase desconocida: unas manzanas azules con reflejos dorados.
Para asombrar más aún a sus atónitos amigos, de una rama baja Talbot cogió una de esas manzanas, y con una pequeña navaja la partió y mostró las dos mitades.
En el primer momento, los hombres hicieron un gesto de rechazo ante lo que Talbot les mostraba.
–No, no, fíjense bien, caballeros, no es lo que parece.
Y, en efecto, no era lo que parecía.  La carne de la manzana, de color pajizo como el pergamino, estaba marcada por líneas oscuras que, a simple vista, parecían la señal de la descomposición o los sutiles senderos que trazan  los insectos cuando devoran. Pero al mirar con más atención, los amigos de Talbot apreciaron, deslumbrados e incrédulos, que aquellos rastros  no se debían a nada tan  vil, sino que eran en realidad producto de algo superior, de algún proceso incomprensible y excelso.
Porque lo que veían en la manzana eran palabras impresas, palabras en latin que formaban versos, versos tal y como los que escribió Ovidio para narrar  las mágicas metamorfosis de los dioses.


La sabiduría del universo ( Christi Belcourt, 2014)
(Aquí, otro misterio en casa del señor Talbot)


sábado, 20 de febrero de 2016

Un nuevo misterio en casa del señor Talbot

Cuento (primera parte)


El señor Talbot era un hombre de hábitos muy arraigados. Después de pasar dos o tres días en su casa, cualquiera sería capaz de predecir sus acciones según la hora que fuese.
Por las mañanas, después de desayunar, despachaba con su secretario los asuntos del día, y a continuación salía un rato al jardín. Últimamente estaba muy entusiasmado con un manzano que había mandado injertar. Le parecía muy emocionante poder modificar el árbol para que diese distintas variedades de manzanas. Pero aparte de este novedoso capricho botánico, su costumbre era  leer sentado en uno de los bancos,  pasear por los senderitos, contemplar las pérgolas y el estanque, y solazarse con el trinar de los pájaros que habían establecido su residencia en tan placentero vergel.

Volvía  a entrar en la casa a la hora de almorzar, y después de la comida se sentaba ante la chimenea de su estudio, con una pipa y una copa de licor.  Mientras fumaba y bebía se dedicaba a contemplar con deleite su maravillosa colección de cuadros, o a estudiar los catálogos de las subastas del mes en curso, o a leer otro rato, y así hacía tiempo hasta la hora en que llegaban sus amigos para su habitual tertulia vespertina.

Efectivamente, Talbot era por completo predecible, y le gustaba que las cosas sucedieran tal y como él las tenía previstas.

Detestaba lo inesperado, lo que rompiese la rutina, lo que lo obligase a improvisar. Por eso aquel día del que vamos a dar cuenta a continuación, Talbot lo pasó nervioso y alterado como los pececillos de su estanque cuando se acercaba el gato.

Resultó que después de comer fue al estudio, se preparó la copa de licor y la pipa y, antes de sentarse en su sillón, delante de la chimenea, fue a coger el libro que por la mañana había llevado consigo al jardín. Se dirigió sin pensarlo al aparador, el que estaba debajo de aquel magnífico y sorprendente cuadro de Spiers. Allí, encima del aparador, era donde dejaba siempre el libro que tenía entre manos en cada momento. Sin embargo, en esta ocasión, el libro no estaba allí. 

Un poco desconcertado miró a su alrededor por ver si, inexplicablemente, lo había dejado en la mesa, encima de alguna silla, en la repisa de la chimenea. Aunque eso no hubiera sido propio de él, estaba dentro de lo posible. Pero no, el libro no estaba en el estudio. Pensó entonces que quizá lo llevó hasta el comedor cuando entró del jardín para almorzar. O, tal vez, supuso con temor, se había quedado en el jardín. Talbot se estremeció ante la posibilidad de haber dejado a la intemperie, encima del banco, debajo del manzano, su ejemplar de Las metamorfosis de Ovidio. Su precioso ejemplar de tapas azules, letras doradas y filigrana floral. Su valiosa edición de 1775, impresa en Londres por  Paddington-Collier.

Presa de un nerviosismo impropio de un hombre de mundo como él, se sintió incapaz de correr al jardín para rescatar el libro lo antes posible, si es que en verdad estaba allí. Porque la posibilidad de encontrar el libro marcado por el impacto de una manzana, por muy newtoniana que pudiera resultar la imagen, lo llenaba de terror. E imaginar la delicada encuadernación manchada con los innobles desechos de algún pájaro, lo paralizaba de espanto.
Pudo sin embargo reaccionar lo suficiente como para tirar del cordón que hacía sonar una campanilla en la cocina, y al poco apareció Casilda, la asustadiza y tarda doncella que, aunque hacendosa y limpia como nadie, no era precisamente una persona adecuada para la resolución de problemas de ingenio.
–Casilda, dígame –empezó Talbot con fingida paciencia–, ¿ha visto usted por casualidad un libro de tapas azules en el comedor?
–No, señor,  yo no he visto ningún libro.
–¿Está segura, Casilda? Es posible que yo lo haya dejado olvidado encima de la mesa durante el almuerzo.
–Si hay un libro en la mesa, yo me doy cuenta, señor. Porque en la mesa no se ponen libros.
–Claro, claro, Casilda, así debe ser. Pero, ya le digo, es posible que yo, no usted ni nadie del servicio, yo, me lo haya dejado allí olvidado.
–¿Y dice usted que es un libro azul?
–Eso es, un libro azul y con letras doradas.
–No, estoy segura de que no había ningún libro azul, señor. Ni de otro color tampoco.
Talbot respiró hondo, como hacía siempre que hablaba con Casilda, y aceptando que la despistada muchacha no se equivocara, le dijo:
–Bien, Casilda, muchas gracias, y hágame el favor de decirle al jardinero que venga.
–¿A Pedro, señor?
–Sí, a Pedro, el jardinero. Gracias.

Después de hablar con el jardinero, que había estado revisando los injertos del manzano hasta ese momento y no había visto tampoco ningún libro, Talbot se sintió aliviado, pero mucho más perplejo que antes por la misteriosa desaparición.

(Continúa aquí)

(Y aquí, un misterio anterior en casa del señor Talbot)

jueves, 11 de febrero de 2016

Palabras de alto copete



Hay palabras para todos los gustos y de todas las clases: bonitas, feas, sonoras, planas, graciosas, sosas… Y hay también palabras humildes y palabras aristocráticas. Palabras modestas, sin pretensiones, palabras de diario, como casa, lápiz, móvil, lechuga… y palabras de postín, de esas que sólo están al alcance de eruditos y sabiondos. 
Cuando nos encontramos con ellas nos preguntamos de dónde habrán salido, dónde habrán estado todo el tiempo, y, en casos muy graves de adicción léxico-semántica, cómo hemos podido ser felices hasta ese momento sin tener conocimiento de ellas.

Últimamente han llegado a mis ojos algunas de esas palabras postineras, de las cuales tres me han causado especial impacto.
Se trata de icástico,  polímata y concinidad, ante cuya sonoridad y contundencia no pude quedarme indiferente.

Icástico significa “natural, sin disfraz ni adorno”, y se refiere a la representación o imitación de la realidad tal como es.  La imitación icástica (por ejemplo, el arte realista) es por lo tanto opuesta a la imitación fantástica. 
El lenguaje también tiene una función icástica, o mimética: las palabras representan o evocan los referentes, es decir, los objetos o conceptos a los que designan. Por eso mismo, y por ejemplo, una traducción ha de ser icástica respecto al texto original. 


Una imagen icástica
de Galileo
Polímata es una persona con grandes conocimientos en diversas materias científicas o humanísticas.  
Grandes polímatas de todos los tiempos son, por ejemplo,  Leonardo, Galileo, Aristóteles, Karl Marx, Einstein  y Umberto Eco.

Concinidad significa armonía, elegancia, belleza de estilo, el equilibrio que se consigue con la simetría y el paralelismo de elementos.
Es un concepto que se aplica  a la escritura, a la retórica y a la arquitectura.

Es interesante, claro está,  conocer los significados de las palabras que se cruzan en nuestro camino, aunque quizá no las vayamos a utilizar mucho; pero también es muy interesante saber de dónde salen estas palabras, de dónde vienen. 
A mí me parecen tan misteriosas, tan bien elaboradas y tan intrigantes, que quiero saber algo más de ellas, desvelar algunos de sus secretos, porque al conocer su porqué y su cómo aprecio aún más su belleza y su interés. 

Y, en efecto, me ha gustado mucho saber que icástico deriva del griego eikastikós, que significa “relativo a la representación de los objetos”;  que polímata viene del latín polymathes (“que sabe mucho”) y que este término  a su vez deriva de las formas griegas poly -mucho- y mathema -conocimiento-. Y también  que concinidad  proviene del latin concinnitas, (estilo elegante, bello), que deriva a su vez de concinnus (inteligente, elegante, ordenado, limpio, hermoso, placentero).

Y que cuando el término concinidad se aplica a un texto hace referencia a la belleza del estilo, a la hábil conexión de las palabras y las frases, y al buen orden y disposición del discurso.

Como la cuestión de la escritura me interesa especialmente, esta palabra me importa mucho. Y el conocerla me ha llevado a pensar, una vez más,  en los secretos de la escritura, en los misterios que hacen que un texto nos produzca deleite o no, independientemente de aquello de lo que hable; o que dos textos nos causen impresiones diferentes aunque hablen de lo mismo.
Y una vez más llego a la conclusión de que la forma importa; de que no sólo nos gusta un texto por lo que dice, sino también por la forma en que lo dice.

Y me llama la atención, pero no me sorprende, que toda esta idea de la concinidad, de lo que hace que un texto nos resulte deleitoso, derive, en primera instancia, de cinnus, que significa cómodo, agradable. 
Y es que leer un texto primoroso es como recostarse en un diván de mullidas y cálidas palabras.


Reading a story (Thomas Sully, 1783-1872) 



domingo, 31 de enero de 2016

Estuve en Noblis

Estuve en Noblis, la ciudad de la que tanto me habían hablado y que nunca tuve interés por visitar.

Al llegar, con la primera impresión, me pregunté por qué todos hablaban de Noblis, si aquel parecía un lugar sin gracia, digno sólo de olvidar.
Pero durante el primer paseo empecé a comprender.
Noblis es singular. Lo que en cualquier ciudad moderna se evita o incluso se prohíbe, en Noblis se tolera y hasta diría que se fomenta.
Lo que en cualquier otro sitio se considera deshonroso, en Noblis es respetable. Lo que en nuestra ciudad  rechazamos, en Noblis nos conquista.
Las  fachadas ruinosas, los azulejos rotos, los metales oxidados, la sábanas tendidas en los balcones como velas de una fragata, dan a las calles un aire de pobreza, de descuido, de desidia, que sorprende y desconcierta al recién llegado. Pero en seguida reconocemos que Noblis ha conseguido hacer del abandono y la decrepitud un estilo, una demostración de carácter.
Porque a esa decrepitud la llaman decadencia y entonces nos seduce.
Las palabras importan mucho.

En otra ciudad diríamos: “Está todo muy viejo”. En Noblis decimos: “Tiene todo mucho encanto”.
Y lo cierto es que lo tiene, y comprendemos que la belleza de lo marchito es real, y nos atrae  y nos transmite serenidad.
Parece en Noblis que nadie se preocupa por el paso del tiempo, y que cuando algo se ha de deteriorar, se le permite deteriorarse.

Pero al mismo tiempo hay por todas partes detalles que denotan un gusto primordial por la perfección, por la armonía, por el color. Se ve en las fachadas decoradas con pintura o con mosaicos, donde florecen las guirnaldas, los dibujos geométricos y la exhuberancia de inspiración clásica.

Y por otro lado, esa quietud que el descuido infunde, contrasta con el bullicio de la gente y el tráfico. Y con el traqueteo vertiginoso de los tranvías, también ellos desvencijados y con la pintura descascarillada, que reptan y se estremecen por las calles como fósiles vivientes, vestigios de otros tiempos, pasados hace ya mucho.

La sensación que aparece sin buscarla cuando me acuerdo de Noblis, cuando me acuerdo sin voluntad de recordar, es la de una ciudad soleada y provocativa, orgullosa de su aspecto, como una mujer mayor y coqueta, que se arregla pero sólo lo justo; que no pretende aparentar lo que no es ni esconde lo que sí es.
En esta ciudad ajetreada y plácida al mismo tiempo, parece que dijeran a los visitantes: “Vengan, vengan con su ritmo frenético de turistas y mézclenlo con nuestra parsimonia. Y vengan con sus deseos de tranquilidad y agítense en nuestro pintoresco vaivén.”
Sí, por fin estuve en Noblis, y me hubiera gustado que estuvieras conmigo.



lunes, 18 de enero de 2016

El misterio del diccionario



Los diccionarios son una herramienta fundamental para mí, tanto por razones profesionales como por interés o gusto personal. Los utilizo a diario, y, quizá porque no dejo de sorprenderme con su utilidad y la magnitud de su alcance, también me resulta muy interesante el proceso de elaboración de estas obras lexicográficas.

La creación de un diccionario puede parecer  –y lo es– una tarea ardua y lenta; incluso  tediosa y propia de eruditos sin vida social. Un trabajo, en fin, nada emocionante.
Sin embargo, a veces, el proceso de elaboración de un diccionario puede deparar sorpresas asombrosas y contener  elementos tan misteriosos y enigmáticos como los del más interesante caso ideado por Agatha Christie.

Y eso precisamente es lo que ocurrió en el siglo XIX durante la elaboración del prestigioso Oxford English Dictionary (OED).

Sucedió que en 1857, los sabios de la British Philological Society, decidieron crear un diccionario que recogiera el significado y la etimología de todas las palabras de la lengua inglesa conocidas desde el siglo XII. El diccionario habría de incluir también, como elemento distintivo, citas literarias que ilustraran los diferentes significados de las palabras.

Los inicios del proyecto ya fueron azarosos. Herbert Coleridge fue nombrado editor, y como tal empezó el buen hombre a elaborar definiciones de palabras. Pero al poco tiempo enfermó y falleció. Su sucesor, llamado Furnivall, tenía, al parecer, más interés en invitar a señoritas a pasear en barca por el Támesis que en encerrarse en su despacho a escribir definiciones. Así que lo sustituyeron. Esta vez el elegido fue Sir James Augustus Henry Murray, un hombre con una asombrosa capacidad de trabajo y grandes conocimientos. Y también grandes barbas, por cierto.
James-Murray en 1910
Sir James es un personaje muy interesante del que merece la pena hablar, y más cuando se acaba de cumplir el centenario de  su muerte. Pero por ahora sigamos adelante con el diccionario y su misterio.

Murray se levantaba a las cinco de la mañana y trabajaba doce horas diarias, y aun así, al cabo de cinco años él y sus colaboradores sólo habían llegado a la palabra “hormiga”. Esto no estaría  mal si no fuera porque en inglés hormiga se dice “ant”.  Es decir, que en cinco años no habían podido ni terminar las entradas correspondientes a la letra A.

Pero entonces, en 1879, el sabio tuvo una gran idea: hizo un “llamamiento a las personas que hablan y leen inglés para que lean libros y extraigan citas para el nuevo diccionario de la lengua inglesa de la Sociedad Filológica”. En el llamamiento también se explicaba en qué consistía el proyecto y se incluía una “lista de libros para los que se necesitan lectores”. Entre esos libros estaban, por ejemplo, los Poemas Menores de Chaucer; El progreso del peregrino, de Bunyan; la prosa de Milton; Robinson Crusoe, de Defoe; el Gulliver de Jonathan Swift; la mayoría de las obras de Charlotte Bronte, de Byron, de Coleridge, de Hawthorne, etc.
Esta petición de colaboradores tuvo una respuesta maravillosa, pues los responsables del Diccionario empezaron a recibir  miles y miles de notas de lectores de todo el mundo de habla inglesa, que enviaban cada día  las citas que seleccionaban de los libros que iban leyendo y que fueron ilustrando el uso de cada palabra registrada en el OED.

Pero si todo esto ya es de por sí curioso y emocionante, más interesante aún es el hecho de que hubiera un colaborador misterioso. Alguien cuyas aportaciones al OED fueron asombrosas, pues estuvo enviando citas literarias, perfectamente organizadas en índices, cada semana, durante muchos años.
¿Quién sería esa persona, este voluntario y voluntarioso lector, que tan en serio se tomó la petición de Murray? Debía de ser sin duda un gran lector y un gran trabajador.

Llegó un momento en que Murray se interesó personalmente por saber quién sería este dedicado colaborador. Y con sorpresa supo que, según el anónimo remite de sus envíos, se trataba de alguien que escribía desde Broadmoor. Desde el manicomio de Broadmoor.
Murray pensó que se trataría de un médico, y desde luego, el colaborador misterioso era médico…
William Chester Minor era un estadounidense, nacido en 1834, que había sido cirujano militar; un hombre culto y refinado, que leía con avidez, pintaba acuarelas y tocaba la flauta. Quizá demasiado refinado y sensible para soportar la crueldad y la barbarie que presenció durante su servicio en la Guerra Civil Americana. Incluso en una ocasión fue obligado a marcar a fuego la letra D en la cara de un desertor. Todo esto dio pie a una grave inestabilidad mental.
William C. Minor
Y a esto se unió el hecho de que padecía también una obsesión por las prostitutas que lo llevaba a comportarse de manera cada vez menos aceptable para el ejército. Después de un tiempo hospitalizado, se le declaró incapacitado y fue jubilado en 1871.

Entonces viajó a Londres para descansar, pero allí su mente siguió atormentándolo, y se obsesionó con la idea de que aquel soldado al que le marcó la cara lo buscaba para vengarse. Y una noche, convencido de que su perseguidor  lo había encontrado, salió a la calle y mató de varios tiros a un hombre que pasaba por allí camino de su trabajo.
En el juicio por el asesinato de este hombre, William Minor fue declarado loco, y así fue como ingresó en el manicomio de Broadmoor. Tenía 37 años.

Los responsables del asilo le permitieron tener libros en su celda  así como material de pintura. Además pudo mantener correspondencia con diversos libreros de Londres a los que con frecuencia hacía pedidos de libros, llegando a convertir su celda en una verdadera biblioteca. Es probable que en alguno de esos libros que recibía encontrara una copia del famoso llamamiento del doctor Murray solicitando la  colaboración de voluntarios para el OED. En seguida esto se convirtió en su pasión y su razón de vivir.

Como en toda historia trágica, en ésta tampoco faltan elementos conmovedores. Por ejemplo, que Minor, consciente, a pesar de su locura, de lo que había hecho, prestara ayuda económica a la viuda del hombre al que había matado, y que ella fuera en varias ocasiones a visitarlo y llevarle libros.
Y que el bueno del doctor Murray, enterado de la sorprendente historia de este abnegado colaborador, fuera a conocerlo y siguiera visitándolo con frecuencia durante veinte años,  y que se ocupara de que Minor fuese finalmente trasladado a su patria. Además, en el prefacio al quinto volumen del OED, Murray incluyó una mención al Dr. W. C. Minor, en sincero reconocimiento por su extraordinaria colaboración.
Y también  emociona ver cómo una pasión, en este caso la pasión por los libros y las palabras, puede dar un nuevo sentido a una vida rota.

Ni Minor ni Murray llegaron a ver terminada la obra a la que tanto trabajo, tiempo y amor habían dedicado, cada uno desde su lugar.
El sabio y entrañable filólogo murió en julio de 1915, a los 78 años, cuando trabajaba en la letra U.
El loco y desventurado cirujano falleció en 1920, en una residencia de ancianos, en Connecticut.
La primera edición del Oxford English Dictionary se publicó en 1928.




Una novela sobre este asunto: El profesor y el loco, de Simon Winchester (Editorial Debate, 1999).