domingo, 10 de enero de 2016

Premios Gamba. El regreso

 
Como quizá recuerden algunos de ustedes, los Premios Gamba son un modesto reconocimiento que en este blog rendimos a las meteduras de pata lingüísticas  que con frecuencia se producen en los medios de comunicación (televisión, prensa, webs de empresas, etc.) y a veces también en los libros.
 
Y como hace tiempo que no nos deleitamos aquí con esos gambazos, resbalones y deslices, me ha parecido oportuno traer hoy una pequeña recopilación —o sea, un cóctel de gambas— de casos varios recogidos y catalogados durante este pasado año.
 
En el primero de ellos, una alegre reportera informaba en una ocasión sobre una huelga del servicio de recogida de basura. Para destacar el importante trabajo de los servicios mínimos, dijo que se había hecho “un esfuerzo infrahumano”.
Obviamente el esfuerzo debió de ser “sobrehumano”, si no qué mérito tendría. Pero confundir infra- con sobre- es como confundir arriba con abajo, o sea, que no tiene ninguna importancia.
 
Otro día, un colaborador de un programa en el que se comentaban casos truculentos de la actualidad, se refirió a unos vehículos relacionados con un caso criminal. Al respecto comentaba el buen señor que “los coches se han revisado hasta la extremaución”.
¿Qué terrible confusión se produjo aquí? Ya se habrán percatado ustedes: debió decir extenuación (agotamiento), pero se le mezcló con extremaunción (unción que realiza el sacerdote católico a quien se halla en trance mortal) y salió un híbrido de lo más peculiar.
Estamos aquí ante un caso grave de contaminación fonética o malapropismo, es decir, lo que en este blog llamamos parejas complejas.
 
Otro escabroso caso de resbalón léxico con síntomas de pareja compleja es el que se produjo cuando un vivaracho reportero televisivo explicaba los detalles de un asesinato y dijo:  “En cuanto a la perpetuación del crimen…”
Obsérvese la falta de pericia del susodicho reportero, que utilizó  perpetuación (hacer algo perpetuo o perdurable) en lugar de perpetración (cometer un delito grave).
A no ser que el asesino siguiera matando a la víctima indefinidamente, claro.
 
Hace algún tiempo recogimos aquí el terrorífico caso de una presentadora que tradujo con gran desenvoltura y desacierto un titular de un periódico extranjero. El titular decía:  "Spain piles on austerity measures", lo cual  significa que España acumula medidas de austeridad. Pero ella lo tradujo como “España se pone las pilas con las medidas de austeridad”.
Después de semejante ridiculez alguien debería haberle dicho que no se precipitara con las traducciones, que fuese consciente de que no todo es lo que parece, que no confiara tan alegremente en sus conocimientos de inglés… en fin, que la hubiesen llamado a la prudencia.

Pero se ve que no hubo nada de esto, ni propósito de enmienda ni dolor de los pecados, porque hace poco la misma  persona tradujo otro titular con la misma falta de precaución y de conocimientos.
En esta ocasión el titular decía: "Venezuela elite probed over drug trafficking", es decir, que altos cargos de Venezuela estaban siendo investigados con relación al tráfico de drogas. Pero ella lo tradujo como “Demostrado que la élite de Venezuela trafica con drogas”.
Confundió probe (investigar) con prove (demostrar), y la confusión convirtió en acusación firme lo que de momento no era más que sospecha.
Fíjense ustedes en lo grave que puede llegar a ser una traducción apresurada o realizada por quien cree tener unos conocimientos que no tiene. E imagínense una metedura de pata de ese estilo en un documento oficial o en un tribunal...
 
Libro y foto de Pedro G.
Además de las meteduras de gamba y patinazos que hemos consignado hoy, ha habido en los últimos meses otros resbalones que también merecen un reconocimiento y un lugar en nuestros corazones. Por ejemplo, el aclamado caso del político que presentó un decálogo de cinco propuestas; el de los políticos que se pasaban unos a otros la pelota caliente; el del futbolista que dejó en la estocada a su equipo, o la del sospechoso de asesinato que guardaba un asa en la manga. O sea, algo a lo que agarrarse.
Y para terminar, observen ustedes qué terrible, pero terrible de verdad, es el patinazo que recoge la foto que me manda un amigo:
 
 


 

viernes, 1 de enero de 2016

¿Controqué?

 
Contrónimo.
He aquí una palabra audaz, decidida, enérgica. Una palabra muy apropiada para empezar el año.
Pero ¿qué son los contrónimos? Pues, por decirlo de una manera sencilla, son  palabras indecisas, incoherentes, que se llevan la contraria a sí mismas. Palabras a las que se podría aplicar aquello de “donde dije digo, digo diego”.
Porque, en efecto, un contrónimo es un término que significa una cosa y su opuesta, según le parezca. Es decir, que es antónimo de sí mismo. De hecho también se denominan  autoantónimos, aunque hace falta practicar un poco antes de llamarlos así en público.
En resumidas cuentas, los contrónimos son palabras con doble personalidad.

Y no crean ustedes que son raros ni infrecuentes los contrónimos. Son palabras que usamos todos los días -o casi todos- aunque no nos damos cuenta de su carácter caprichoso y veleta.
Pensemos en unas cuantas palabras y en sus opuestos. Por ejemplo: lo contrario de comprar, vender; lo contrario de dar, recibir; lo contrario de ganar, perder; lo contrario de alquilar… alquilar.
En efecto, la palabra alquilar es un contrónimo, porque significa tanto “comprar el uso de algo” como “vender el uso de algo”. Por lo tanto, “Ya he alquilado el piso” puede significar tanto que soy el dueño del piso como que soy el inquilino (que no el alquilino, como dijo aquél).
 
Y lo mismo ocurre con arrendar y con prestar.
Decimos “Tengo un libro prestado” y puede significar que alguien me lo ha prestado a mí o lo contrario, que yo se lo he prestado a alguien. Es decir, que en este caso concreto prestar significa tanto “perder un libro para siempre” como “quedarse con un libro para siempre”.
 
Hay dos terminos contrónimos en particular que a mí personalmente me confundieron mucho durante mucho tiempo. Uno de ellos es sancionar, que yo siempre entendí como “aplicar un castigo”, hasta que descubrí que las leyes y las normas se sancionan pero con el sentido contrario. Es decir, que sancionar una norma no significa castigarla sino autorizarla o aprobarla.
Y el otro es uno que me desconcertó en mi infancia –y me sigue desconcertando hoy día, pero ahora disimulo-: el verbo “ponerse” cuando se aplica al sol. “El sol sale por el este y se pone por el oeste”, nos decían. Y la confusión era tremenda porque en este caso “ponerse” significa en realidad “quitarse”.
 
Hay dos contrónimos que son especialmente curiosos, porque uno de sus significados es de uso común mientras que el otro es bastante desconocido. Por eso es fácil que se interprete como error el uso de ese otro significado. Se trata de lívido, que significa originalmente “amoratado” pero también ha adquirido ya el significado de “pálido”;  y de nimio, que significa “sin importancia” y a la vez “excesivo, exagerado”. De los dos dimos más detalle aquí en su día.
 
Cuando supe de esta singularidad que tienen algunas palabras, comprendí varias cosas. En primer lugar comprendí que no es tan descabellado decir que algo es mortal o de miedo cuando en realidad no se trata de algo funesto o peligroso sino de algo muy bueno.
Y también comprendí por qué en ocasiones utilizamos el verbo acabar con el sentido de empezar. Así decimos, por ejemplo: “Paquito y Piluca han acabado saliendo juntos”, cuando lo que ocurre es que han empezado a salir juntos. Por eso conviene aclarar la situación si alguien nos dice “Me gustaría acabar contigo”.
 
Pero, sobre todo, gracias a este concepto de la contronimia, comprendí que todo es contradictorio en sí mismo; que el ser humano y todo su universo es en esencia paradójico; y que el lenguaje y las palabras, que tan ilógicos pueden parecernos a veces, son el más lógico y coherente reflejo de ese carácter insensato que nos identifica.
 
 
Puesta de sol ferroviaria (E. Hopper, 1929)




jueves, 17 de diciembre de 2015

Que hablen ellos (una vez más)


Cuando un año va terminando  y otro está a punto de comenzar,  al margen de las celebraciones y los sentimientos promovidos por los medios de comunicación y consumo, parece que, de manera natural, el alma se nos vuelve como esponjosa, y predispuesta a absorber ideas de renovación y mejora.

Por eso, como otras veces, he estado hablando con unos amigos muy simpáticos y muy listos, y les he pedido que me dejen algunos pensamientos suyos para compartirlos con ustedes.
Y en esta ocasión, Robert Walser, Robert Louis Stevenson, Octave Uzanne, Leon H. Vincent y Stephen King, me han hablado de formas de felicidad,  de sentirse bien. Y, viendo lo que dicen, me da la impresión de que nuestro bienestar reside en nosotros mismos, en nuestra forma de afrontar la realidad.

Por ejemplo, un cambio de actitud, una forma diferente de enfrentarse a las cosas, pueden convertir a un desdichado en alguien feliz y satisfecho:

“Volví a respirar más tranquilo y más libre… y volví a ser un hombre más hermoso, más cálido, más feliz. Poco a poco vi desaparecer los temores que llenaban mi alma; la tristeza y el vacío de mi corazón y la desesperanza se transformaron lentamente en alegre y serena satisfacción, y en un agradable y vivo interés que aprendí a sentir de nuevo. Estaba muerto, y ahora es como si alguien me hubiera elevado y alentado. Donde creía tener que sufrir muchas cosas feas, duras e inquietantes, encuentro el encanto y la bondad, y lo hallo todo tranquilo, familiar y bueno.”

Robert Walser. El paseo (1917)

Todos nuestros autores, que tan sabios  y cultivados son, están de acuerdo en que los sentimientos, más que el intelecto, son lo fundamental para vivir contentos:

“Adiós, amigo, es usted joven, ame la vida con alegría y nobleza, sin demasiadas cosas en la mente, pero con muchas en el corazón […] Piense que cuanto más ganamos del lado de la inteligencia más perdemos del lado del instinto, y la pérdida no compensa la ganancia.”

Octave Uzanne. “El bibliotecario Van Der Broëcken de Rotterdam” (1895)

 
Pero, claro, han de ser sentimientos sinceros, sin disfraz; si son fingidos no reportan bienestar:
“La verdad hacia el sentimiento, la verdad en una relación, la verdad hacia tu propio corazón y tus amigos, nunca simular ni falsificar la emoción: ésa es la verdad que hace posible el amor y feliz a la humanidad.”
Robert Louis Stevenson. “La verdad de la conversación” (1879)

 
Y si compartimos los sentimientos con los demás, la felicidad será aún mayor :

“Un sentimiento compartido es uno de esos grandes bienes que hacen que la vida resulte agradable y siempre nueva. Saber que otros han sentido lo que nosotros hemos sentido, y que han visto cosas, aunque sólo sean cosillas, de forma no muy distinta de cómo las hemos visto nosotros, será, hasta el final uno de los placeres más exquisitos de la vida.”
 
Robert Louis Stevenson. “Apología de la pereza” (1877)

 
Otro de nuestros amigos está de acuerdo en que un sentimiento compartido produce  satisfacción y contento, pero le da a la idea un matiz específico. Seguro que ustedes también están de acuerdo con él:

“Para los lectores, uno de los descubrimientos más electrizantes de la vida es que son lectores: no simplemente capaces de leer […] sino de enamorarse de ello. Sin remedio.
El primer libro que consigue esto nunca se olvida, y cada página parece traer una nueva revelación, que quema y exalta: ¡Sí! ¡Eso es! ¡Sí!  Y por supuesto: ¡Eso es lo que yo pienso! ¡Eso es lo que yo SIENTO!
Stephen King. Finders Keepers (2015)

 
Por último, aquí tenemos lo que a mí me parece que es la descripción de un hombre verdaderamente dichoso. Incluso la podríamos tomar como una lista de ingredientes con los que elaborar el bizcocho de la felicidad:

“De manera que, en cierto modo, era la encarnación de la tolerancia, al igual que, sin duda, era la encarnación del buen humor y la generosidad. No le envidiaba a nadie los dones de la naturaleza o del destino. No sólo se complacía en vivir y dejar vivir sino que se esmeraba en hacer que la vida de los demás fuera un placer para ellos, y recibía con risueña serenidad comentarios adversos sobre sí mismo.”
Leon H. Vincent. El bibliótafo (1898)



Esta tierra es mía (This Land is Mine. Jean Renoir, 1943)

Para todos ustedes, amigos de Juguetes del viento, mis mejores deseos y mi sincero agradecimiento, siempre, por su presencia.

 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Un libro, una emoción



Nuestro amigo Holden, a través de su blog, me ha propuesto participar en un juego que me ha parecido original e interesante.
El juego está inspirado por la película Inside Out (“Del revés”), en la que cinco personajes de animación representan sendas emociones: alegría, tristeza, miedo, asco e ira. Y se trata de elegir cinco libros, cada uno de los cuales nos haya  producido una de esas emociones.

Me ha resultado muy difícil elegir un solo libro para cada emoción, por lo que en algunos casos me he tomado la pequeña libertad de nombrar dos. O tres.
Son estos:

Alegría. Al pensar en un libro que me haya producido alegría o felicidad, he llegado a la conclusión de que cualquier libro que me gusta me produce felicidad y me alegra; pero quedarme ahí sería hacer trampas. Se trata de elegir un libro que me haya alegrado el ánimo y me haya hecho sonreír. Y entonces han aparecido ante mí  El paseo de Robert Walser, y las Historias de amor, de las que ya hablamos hace poco aquí, del mismo autor. Pero también  La tienda de los suicidas, de Jean Toulé, que a pesar de su título, es un libro divertido y optimista, con unos personajes sombríos y cenizos que regentan una tienda de artículos para el suicidio, y que descubren con recelo que el hijo menor les ha salido de lo más risueño y alegre.

Asco. Esta ha sido la relación que más me ha costado establecer, porque no recuerdo ningún libro que me haya causado impresión de asco. Sin embargo, recientemente he leído uno que me ha producido angustia y rechazo. Me refiero a  El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, que es una historia de amor, del amor de un padre por su mujer y su hijo; pero es que está llena de detalles “orgánicos”, de minuciosas descripciones de dolor y trauma físico,  algo para lo que yo no tengo espíritu.


Ira. También en este caso dos libros han aparecido a la vez: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, y La herencia de Eszter, de Sándor Márai.
En el primero, como es bien sabido, la injusticia y la traición de las que es víctima Edmundo Dantés dan mucha rabia y ganas de decirle cuatro cosas al pérfido Fernando Montego.
Y en el de Márai, el personaje llamado Lajos es un tipo despreciable, un timador y un frescales, que se aprovecha del encanto personal que la naturaleza le ha dado para embaucar a quien tiene mejor corazón que él. En el fondo es un infeliz, siempre trampeando y siempre insatisfecho, pero no escarmienta, y mientras tanto va destruyendo la vida de quien haga falta con tal de salirse con la suya. 
Es una historia emocional y psicológicamente intensa y muy interesante.


Esta escena da mucho más
miedo en el libro
Miedo. Desde niña me gusta el género de terror, el suspense, el misterio, y he pasado maravillosos momentos de emoción y sinvivir gracias a este tipo historias. Y, como saben algunos de ustedes, el autor al que más he leído en este género es Stephen King, que, dicho sea de paso, no es sólo un autor de terror. Pero ése es otro tema. Centrándonos en el que nos ocupa, uno de los libros que más miedo me ha hecho pasar es El misterio de Salem’s Lot. Escenas como las de aquellos hombres metiendo los ataúdes en la casa abandonada, o la del niño Danny Glick llamando a la ventana del dormitorio de su hermano, ponen los pelos de punta, sobre todo si tienes doce o trece años.

Tristeza. De nuevo dos libros vinieron sin titubear a mi mente al pensar en esta emoción, y no puedo dejar de lado ninguno de los dos.
Uno es La educación sentimental, de Flaubert, y el otro Flores para Algernon, de Daniel Keyes, una conmovedora historia de ciencia-ficción. Los dos son muy emotivos, los dos me hicieron llorar de pura tristeza y compasión por sus protagonistas, pero, sin pretender comparar dos libros entre los que no hay comparación posible,  creo que Flores para Algernon es más enternecedor y el infortunio de su protagonista más impresionante.

Esta es mi selección, que espero les haya parecido interesante.
Para completar este juego yo debería ahora invitar a otros blogueros para que presenten su selección de libros en sus respectivos blogs, y por supuesto, todos los que pasan por aquí están invitados. Pero voy a permitirme también una variación,  y en vez de nominar blogs concretos voy a pedirles a ustedes otra cosa, para que puedan jugar también, si les apetece, quienes no tengan blog propio. Y es que me gustaría mucho saber no sólo qué les ha parecido mi selección,  sino también cuál sería la suya, conocer los libros que les han producido a ustedes cada una de estas cinco emociones.
Así pues, los espero aquí detrás, ya saben, en el saloncito de los comentarios.





jueves, 26 de noviembre de 2015

Tres historias de amor aproximadamente


 
Prioridades

-Mi trabajo está por encima de todo, mis novelas son lo más importante para mí. Y la ayuda de mi marido me resulta imprescindible. Tiene un don especial para los diálogos, para poner las palabras exactas en cada ocasión.
…
-Querido,  ¿recuerdas lo que me dijiste aquella vez que perdí las llaves del coche?
-Claro, mi amor: que eras una idiota redomada.
-Ah, eso es: redomada... ¿Y qué te respondí yo?
-Que era un impertinente y un zafio.
-Perfecto… Gracias, cielo, qué haría yo sin ti.

***
Sin mentiras

-Otro paquete de Mazazon para Roberto Díaz.
-Pues qué bien. Adelante.
…
-¿Ya han traído este pedido? Qué pronto, ¿no?
-Sí, es que el repartidor estaba deseando volver  a verme.
-Pfff, sí,  seguro.  
-Sí…
***
He vuelto

Un día, después de varios meses, el marido volvió a casa, arrepentido.
-Todo ha terminado, querida.
-¿De verdad?
-De verdad, mi amor. Todo lo que ha pasado ha sido una locura, un error imperdonable. He sido un idiota, pero tú eres tan buena que sé que me perdonarás, ¿verdad que sí?
-Sí, sí. Todos nos equivocamos, no te preocupes.
-Ahora yo sabré compensarte por el abandono, por la soledad, por las mentiras.
-Entonces, ¿vienes para quedarte?
-Sí, mi amor. Me quedaré a tu lado para siempre.
-¿Y todo volverá a ser como antes?
-Sí, mi vida, como antes.
Ella se echó a llorar, y el aguafiestas creyó que era de felicidad.






(Otras historias de amor aproximadamente, aquí) 

martes, 17 de noviembre de 2015

Nosotros lo terminamos


“El escritor sólo empieza el libro. El lector lo termina.”
(Samuel Johnson, 1709-1784)


Hace unos días comentaba con un amigo algunos aspectos de El guardián entre el centeno, la mítica novela de J. D. Salinger, y hablamos en especial del  significado simbólico del campo de centeno imaginado por Holden Caulfield, protagonista de la historia.

J. D. Salinger
Esto me llevó después a meditar un poco sobre lo difícil que es a veces llegar al significado profundo de las obras literarias; no quedarnos en la superficie, en lo que leemos, sino  dar una interpretación a lo que el autor nos dice cuando nos lo dice de manera indirecta.

Esto, por cierto, se da con frecuencia en las historias que tienen un carácter fantástico, irreal o sobrenatural, y creo que esa dificultad para atravesar la superficie del texto, para desentrañar su posible sentido implícito, es lo que hace que tantas veces la literatura de fantasía, en todas sus variantes, sea considerada poco seria y de menor categoría que la literatura realista.
No hace mucho comentamos aquí algo a este respecto.

El escritor tiene una forma propia de ver el mundo, la vida y al ser humano, y esa visión, esa forma personal de concebir el mundo, es lo que nos transmite en sus obras, mediante sus historias y los personajes que habitan en ellas.
Y los lectores, claro está, también tenemos nuestra propia concepción de las cosas, que se va construyendo según nuestras experiencias, conocimientos, entorno cultural, etc.  Por eso, cuanto mayor sea la distancia cultural o emocional entre el autor y el lector, más difícil nos resultará captar los significados y las intenciones que se ocultan tantas veces en la escritura.

Henry James (por
John Singer Sargent, 1913)
Es posible, por supuesto, que el autor no haya pretendido conscientemente dar a su texto una intención o una carga simbólica determinada. Puede que seamos nosotros, los lectores, quienes encontremos un simbolismo, una relación entre conceptos, que el autor no perseguía o que otros lectores no perciben.

Por ejemplo, la ambigua y compleja novela Otra vuelta de tuerca, de Henry James, es un  ejemplo paradigmático de esa literatura que da pie a múltiples interpretaciones. Podemos leerla como una historia de fantasmas sin más, en la que los espíritus de dos amantes perversos, anteriores habitantes de la casa, acosan a la institutriz y, al parecer, también a los dos niños que tiene a su cargo.
También podemos hacer una lectura freudiana y  llegar a la conclusión de que tales fantasmas no existen más que en la mente de la institutriz, quien, tal vez traumatizada por una represión sexual, cree que los niños sufrieron alguna clase de abuso por parte de los amantes fallecidos, que quieren ahora apoderarse de sus almas.
O podemos decidir que los fantasmas no son tales, sino dos personas de carne y hueso que merodean por los alrededores de la casa con determinadas intenciones, y a las que la institutriz, por su  inestabilidad psicológica e influida por la historia de los amantes fallecidos, ve como los espíritus de éstos.

The Innocents (Suspense), adaptación de
 Otra vuelta de tuerca (Jack Clayton, 1961).
Además de todas estas posibilidades, y sin renunciar a ninguna de ellas, a mí personalmente me resulta interesante la idea de que en la novela subyace también una denuncia de la situación de desprotección personal y económica, de soledad, aislamiento e incluso maltrato psicológico, que sufrían las institutrices en la Inglaterra victoriana; situación que las llevaba en muchas ocasiones a la neurosis, las obsesiones, la pérdida de contacto con la realidad…
No sé si Henry James tuvo esa intención de denuncia, pero teniendo en cuenta el contexto histórico y social en que se escribió, la propia historia me sugiere esta posibilidad; y me satisface, porque le añade un valor más a la obra y le da  una dimensión más trascendental.

También me gusta pensar que lo que pretendió James, como cualquier autor que introduce en su obra elementos simbólicos, alegóricos o metafóricos, fue precisamente escribir un relato ambiguo para que los lectores lo terminasen. 

Por lo tanto, cada lector podrá interpretar y entender la misma historia de una manera diferente, o de varias maneras simultáneas. 
Pero esto no quiere decir, claro está,  que cualquier interpretación de una obra sea válida; que el significado de una obra dependa del capricho o la imaginación de los lectores. Para que una interpretación sea válida y se pueda considerar correcta ha de estar fundamentada en la propia obra, ha de responder a la historia, es decir, ha de ser coherente con el contexto de la obra y poder justificarse en sus detalles.


Yo creo que tan atractivo resulta el desentrañar los secretos de una obra como el hecho en sí de que ésta dé lugar a diferentes interpretaciones. Que podamos darle algo nuestro a una historia, haciéndola así más nuestra. Y que podamos apreciar el interés de todas las interpretaciones posibles y admirarnos de la habilidad del autor para crear esa riqueza argumental que sugiere, insinúa, evoca e  invita a meditar. 




viernes, 6 de noviembre de 2015

El cuestionario en cuestión


En la entrada anterior hablamos del llamado Cuestionario de Proust, ese juego de preguntas de personalidad que Marcel Proust contestó en dos ocasiones y que estuvo de moda en los salones ingleses del siglo XIX.

Como saben ustedes, el objetivo del juego es conocer mejor a las personas, incluidos nosotros mismos, porque nos hace meditar sobre cuestiones en las que quizá no hemos pensado con anterioridad.

El caso es que el asunto despertó curiosidad –de lo cual me congratulo- entre los lectores de este blog, algunos de los cuales han mostrado interés por que realicemos aquí el dicho cuestionario. Y yo procedo encantada a poner en marcha la propuesta. 

Las preguntas originales que contestó Proust en su día son más de treinta, pero para jugar nosotros me ha parecido más conveniente hacer una selección, y he elegido las diez que he considerado más relevantes para el objetivo del juego y que pueden dar pie a respuestas más interesantes. 
Así pues, éstas son las preguntas de nuestra versión del cuestionario:

  1. ¿Cuál es tu ideal de felicidad?
  2. ¿Con qué defecto ajeno eres más indulgente?
  3. ¿Cuál es la cualidad que más admiras en los demás?
  4. ¿Cuál es tu ocupación favorita?
  5. ¿Quién o qué te gustaría ser?
  6. ¿Qué don natural te gustaría poseer?
  7. ¿Cuál es la característica o el aspecto  más destacado  de tu personalidad?
  8. ¿Cuál es tu principal defecto?
  9. ¿Qué valoras más en tus amigos?
  10. ¿Cómo querrías morir?
Quienes deseen participar y contestar el cuestionario pueden dejar sus respuestas aquí detrás, en el saloncito de los comentarios. Después podremos comparar, comentar y sorprendernos.
El primer comentario será el mío propio, con mis respuestas, que serán breves y concisas. Ustedes, por supuesto, pueden extenderse cuanto deseen.

Muchas gracias a todos por sus ideas, sugerencias e interés.




martes, 27 de octubre de 2015

Cuestiones sobre un cuestionario



A mediados del siglo XIX se puso de moda en Inglaterra un juego de salón que consistía en responder una serie de preguntas de carácter personal, y que tenía la finalidad de conocer a fondo la personalidad de quienes las respondían. Las respuestas se anotaban y conservaban en los “álbumes de confesiones”, que fueron muy populares hasta finales de siglo y se intercambiaban entre los amigos como recuerdo.
El cuestionario manuscrito de Proust de 1890
Entrado el siglo XX estos álbumes o libros de confesiones ya no se usaban, pero  volvieron a ser conocidos cuando se encontraron  dos cuestionarios contestados por Marcel Proust: uno a los trece años de edad, en el álbum de una amiga, y otro, muy similar, a los veinte.

Desde entonces ese juego de preguntas se conoce como el cuestionario de Proust y algunos presentadores de la televisiones francesa y americana lo han utilizado para entrevistar a sus invitados y conocer algunos de sus rasgos más personales.

A mí me resulta curioso el hecho de que el cuestionario alterna preguntas muy sencillas con otras que me parecen muy difíciles de contestar. Aunque, en realidad creo que yo no sabría contestar siquiera a las más fáciles. Todas ellas requieren conocerse muy bien a uno mismo y haberse planteado con anterioridad determinadas cuestiones que no creo que se puedan contestar de improviso. Por ejemplo:

-¿Qué es lo que más valoras en tus amigos?
-¿Cuál es tu color favorito?
-¿Cuál es tu ocupación favorita?
-¿Qué don natural te gustaría poseer?
-¿Qué figura histórica te inspira mayor desprecio?
-¿Qué es lo que más detestas en general?

Quizás la única pregunta a la  que yo podría responder con cierta seguridad es cuál es mi flor favorita (la margarita); pero sería incapaz de decidirme por un escritor ni por un nombre; o decir cuál es mi héroe favorito de ficción y cuál de la vida real, Tampoco sabría decir el lugar donde me gustaría vivir, ni quién me gustaría ser, ni cuál es mi ideal de felicidad.


Pero sin duda debe de ser muy interesante ser capaz de contestar a estas preguntas y, sobre todo, contestarlas en diferentes momentos de nuestra vida, para ver cómo cambian nuestros gustos, nuestros deseos, nuestras opiniones.
Existe de hecho un sitio en internet (The Proust Questionaire Archive) en el que se puede realizar el cuestionario online y que registra y conserva las respuestas en páginas individuales, de manera que cada persona puede contestar varias veces a lo largo de los años y después comparar sus respuestas al cabo del tiempo.

Hoy día también se utiliza el Cuestionario de Proust en cursos y talleres de escritura creativa, para que los autores en ciernes imaginen las respuestas que darían los personajes que quieren crear. De este modo se supone que los personajes son dotados de una personalidad definida que los hará más verosímiles y con mayor entidad.
Y esto me ha hecho pensar en los grandes personajes de la literatura, en esos que parecen vivir más allá de las páginas de los libros, que nos parecen tan reales como nosotros mismos; y preguntarme si sus autores necesitaron o se les ocurrió crearles de antemano una personalidad, diseñarles un carácter, unos gustos determinados y unas opiniones definidas sobre cuestiones concretas.
Y me he imaginado a Cervantes preguntándole a Don Quijote, por ejemplo, cuál es el principal rasgo de su carácter o cuál su nombre favorito de mujer.
Álbum de confesiones. 1860
Y a Mary Shelley preguntándole al doctor Frankenstein cuál es su principal defecto o cómo querría morir.
¿Y qué le habría preguntado Emily Bronte a su Catherine Earnshaw? Tal vez cuál es la cualidad que más aprecia en un hombre, o cuál sería para ella la mayor desgracia.

No, no creo que ninguno de ellos, ni Shakespeare, ni Dostoievski, ni Galdós, ni Virginia Woolf, ni el propio Marcel Proust se plantearan de esta manera preguntas sobre la personalidad de sus creaciones literarias.

Pero a mí sí me gustaría jugar al juego del cuestionario con algunos de mis personajes favoritos. Por ejemplo, a Holden Caufield le preguntaría cuál es su estado de ánimo más típico; a Edna Pontellier cuál es su ideal de felicidad; a Hamlet le preguntaría cuál es el hábito ajeno que más detesta, y a Edmundo Dantés qué espera de sus amigos.

Probablemente ellos serían más capaces que yo de responder a las preguntas.
¿Y ustedes? ¿Sabrían contestar? ¿Y a qué personaje literario les gustaría hacerle alguna pregunta del cuestionario?




El cuestionario a los lectores, aquí.


miércoles, 14 de octubre de 2015

Una carta

Querido señor Walser:
 
En los últimos días he estado leyendo sus Historias de amor y, como ya me ha ocurrido en otras ocasiones, he sentido el deseo de escribirle unas líneas. Esta vez, como  ve, no he dejado pasar ese capricho.
Si me permite, señor Walser, yo sé que su vida no fue muy fácil ni alegre. Sé que padeció usted la melancolía de los poetas, el insomnio de los soñadores, la angustia de los sensibles. Y que pasó mucho tiempo solo y que así murió.
Sé también que fue usted una persona sin pretensiones, sin deseos de relucir, de destacar ni de ser alguien en el mundo. Al contrario, creo que, como el protagonista de su novela Jakob von Gunten, usted prefería no ser nadie, que  deseaba pasar  desapercibido, no tener responsabilidades ni compromisos duraderos; hacer sus modestas tareas con esmero y que lo dejaran soñar tranquilo.
Me embelesa y me admira,  señor Walser, que a pesar de sus desdichas, de su inadaptación, de sus fracasos, sus historias en general y estos pequeños cuentos de amor en particular, tengan un espíritu alegre. Ese tono inocente, juguetón, irónico y como de ensueño que hay en ellos me hace sonreír mientras los leo, y al final me provocan una leve sorpresa, un suspiro romántico o cualquier otra suave conmoción del espíritu.
Leer sus cuentos me hace sentir bien, ¿sabe usted?, me relaja y me alegra, porque al leerlos tengo la sensación de que no hay por qué enfadarse, afligirse ni quejarse; pero no por inconsciencia ni por indolencia, sino porque siempre hay un motivo para estar contento o porque se puede estar contento sin motivo.
Quizás algunos hayan pensado alguna vez que sus historias son insustanciales, que en ellas no ocurre nada, y que son incluso un poco deslavazadas. O que sus personajes no tienen entidad. Pero a mí me parece que sus cuentos y sus personajes reflejan un pequeño desdén por lo convencional, por lo esperado; y como usted vivió de otra manera,  también escribió de otra manera, sin encajar en lo previsto. Y que el encanto de su escritura está precisamente en la falta de aspiraciones, en la ingenuidad y en la naturalidad;  y en la sutileza del humor, de la ironía y de la parodia de las novelitas románticas y  de las convenciones que rigen las relaciones amorosas.
No quisiera resultar superficial, porque le tengo a usted mucho respeto, pero lo cierto es que me fascina la forma en que dejó usted este mundo, mientras daba un paseo por el campo nevado, aquel invierno de 1956. Y que fuera el día de Navidad y lo encontraran unos niños, caído en la nieve, herido de frío, como un ángel helado, le da a la circunstancia un aire de cuento de hadas que encaja muy bien con la imagen que tengo de usted, de persona desvalida, vulnerable y consciente de su fragilidad; de un hombre con el alma cándida y amorosa, feliz a su manera a pesar de todo. Un vagabundo de la vida que amaba el mundo y que sin decir "nada acerca de nada” cuenta mucho de sí mismo y de todos nosotros.
Cierro aquí esta carta, señor Walser, para seguir leyendo sus historias imprevisibles y sorprendentes, su imprevisible y sorprendente historia de amor por el mundo. 


Robert Walser. Historias de amor (Siruela, 2010)
Traducción de Juan de Sola Jovet y Juan José del Solar