En una ocasión una alumna mía, una niña de nueve años, me preguntó si yo conocía “todas las palabras del inglés”.
Le
dije, lógicamente, que no, que es imposible conocer todas las palabras
de un idioma, ni siquiera del propio. La niña se sorprendió mucho al oírme
decir eso, y su sorpresa quedó expresada cuando respondió: “Pues yo conozco
todas las palabras del español… ¿tú no?”
Entonces
yo, entre didáctica y bromista, le pregunté si sabía qué significaba la palabra
idiosincrasia. Fue genial ver la cara de la niña, que me miró como si yo
acabase de revelarle el sentido de la vida.
En
realidad algo de eso había –y perdonen ustedes la exageración-, pues lo cierto
es que la chiquilla acababa de descubrir un mundo nuevo: el de las palabras que
están más allá del vocabulario que usamos a diario y que manejamos con absoluta
familiaridad.

A diferencia de mi alumna, yo, de niña, nunca pensé que conociera todas las palabras de nuestro idioma. Al contrario, sufría mucho porque había una cantidad enorme de palabras y frases que escuchaba y veía escritas por aquí y por allá y cuyo significado no lograba discernir.
Confundía,
por ejemplo, los significados de las
palabras divorciarse y suicidarse.
Recuerdo
que una vez vi, en un kiosko de prensa, la portada de una revista en la que,
junto a la foto de una bella señora, se leía: “Fulanita de Tal se
divorcia”, y que pensé que era una pena
que siendo tan guapa, famosa y seguramente rica, hubiera decidido quitarse la
vida.
Pero
lo que más me desconcertaba eran ciertas expresiones hechas que me parecían tan
incomprensibles y absurdas que llegué a pensar que la gente las decía mal, que
tenían que ser de otra manera. Y no es que yo me creyera más lista que los
mayores, en absoluto; es que alguna explicación tenía que haber para aquella incomprensibilidad.
Una
frase que me desesperaba especialmente era dentro de lo que cabe.
Me
devanaba la sesera dándole vueltas a aquello. ¿”Dentro de lo que cabe”? Pero,
¿lo que cabe no es lo que está dentro? ¿No debería ser “ de lo que cabe dentro?” Y así
me pasaba un rato.
También
me resultaba muy extraña la expresión merece la pena, y no comprendía
por qué la gente decía cosas como “merece la pena levantarse temprano”. Yo creía entender que el hecho de levantarse
temprano -o lo que quiera que fuese- merecía que sintiéramos pena. Y claro, no veía lógico que lo dijeran tan
contentos y acordaran levantarse a las ocho para ir de excursión. ¿Es que
querían ponerse tristes o qué?
Más
o menos lo mismo me ocurría con mejorando lo presente. Yo entendía que
eso se decía como un cumplido, porque veía que los aludidos lo agradecían, pero en realidad a mí me parecía un insulto:
“Pepita López es encantadora, mejorando lo presente.” Y yo entendía que la
bella Pepita era mejor que las señoras presentes.
Desconcertante,
¿no?
Lo
más curioso de todo esto es que yo no preguntaba por el sentido de esas frases,
no pedía que me las explicaran, y no sé por qué. Quizá es que daba por hecho,
intuitivamente, que las frases eran absurdas, que se decían por costumbre y sin
reparar en su insensatez.
También
me mortificaron mucho las expresiones ceda el paso (eso tenía que estar
mal por fuerza) y admón de loterías (¿qué será un admón, madre
mía?).
Sí,
esas expresiones me hicieron sufrir mucho durante mucho tiempo, pero recuerdo
el día en que oí a alguien decir “… en la administración de loterías”. En aquel
momento la palabra admón. cobró todo su sentido y fue tal la
satisfacción que sentí con este descubrimiento que me pareció que un gran telón negro se levantaba y que ante mi ojos se alzaba el arcoíris refulgente del discernimiento.
Qué momento, señores.
Quizá
esto explique por qué no preguntaba yo a mis mayores por el sentido de esas
palabras y expresiones: la satisfacción de descubrirlo por mí misma era tan
gratificante que merecía la pena esperar.
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