Necesito que tú,
lector, nos imagines,
porque nosotros no existimos si no existes tú.
Vladimir Nabokov.
Lolita.
Por
un momento voy a atreverme a llevarle la contraria a Nabokov. Porque yo creo
que los personajes literarios, algunos al menos, tienen vida propia y por lo tanto existen sin
necesidad de los lectores.
Y no
me refiero, claro está, a la vida que tienen dentro de los libros, sino a una
vida “de verdad”, independiente de las historias en las que los conocemos.
A
veces me imagino que existe una dimensión diferente, un universo paralelo al
nuestro, un mundo simultáneo en el que viven seres reales, y que los personajes
que encontramos en los libros son el reflejo literario de esos seres.
Porque
si no fueran reales sería imposible que resultaran
tan verdaderos, tan creíbles, por increíbles que puedan parecer; tan auténticos
y tan vivos que inspiran en nosotros los mismos sentimientos que nos inspiran
nuestros semejantes, de cuya existencia no tenemos duda.
Así
pues, decidido: los personajes literarios son reales y viven en algún sitio.
Bueno, esto no es más que una teoría fantasiosa, claro está, pero lo cierto es que existen personajes en la
literatura que atraen a los lectores de manera extraordinaria. Y algunos de
esos personajes llegan a tener tal carácter, tal identidad por sí mismos, que se
convierten en figuras autónomas e independientes de la obra literaria en la que
nacieron y del autor que los creó.
Es
el caso de Don Quijote, Hamlet, Sherlock Holmes, Mister Scrooge, Emma Bovary, Edmundo
Dantés, Ana Karenina, Alicia… y de otros quizás menos recurrentes pero
igualmente simbólicos, como Atticus Finch, Gregor Samsa, Holden Caulfield,
Lázaro de Tormes, esos otros en los que están ustedes pensando y algunos más.
Pero
aparte de estos grandes nombres, de estos personajes universales, hay otros que
destacan mucho menos, que no siempre aparecen en las listas ni en los
recuentos, que se quedan modestamente en segundo plano, pero que son igual de
importantes, o incluso más, para lectores determinados.
Son
los favoritos de cada uno de nosotros, los personajes que nos deslumbran inesperadamente,
los que nos llegan al corazón por sorpresa, los que quedan en nuestro recuerdo
aun después de que olvidemos las historias en las que los encontramos.
De estos
personajes he conocido, como ustedes, a unos cuantos, pero hoy nombraré sólo a
dos de ellos: Arturo Bandini y John Harper.
Arturo
Bandini tendría que caerme mal, por desconsiderado y arrogante. Era lo que
estaba previsto cuando empecé a leer Camino de Los Ángeles, una de las cuatro novelas que John Fante le dedicó. Pero, al contrario, me inspira una gran
ternura. Está tan solo y tan perdido, buscando como puede su lugar en el mundo,
aplazando sus sueños y siempre en conflicto con los demás y consigo mismo, que resulta
conmovedor. No sabe comportarse ni relacionarse con los demás, pero eso no lo
hace malo, es que no ha tenido dónde ni con quién aprender. Y parece que cuanto
más se esfuerza por resultar un tipo duro, más frágil y desvalido lo veo.
Bandini
es tan interesante, tan complejo y está tan vivo que no es posible que sea una
mera ficción. Tiene que existir en algún sitio.
John
Harper tiene nueve años y una responsabilidad tremenda: proteger a su hermana
del ogro y guardar el secreto que le confió su padre antes de que lo condenaran
a muerte.
Este
chiquillo tan asustado y tan valiente me ha robado el corazón desde las páginas de La noche del cazador, de Davis Grubb.
Al
hablar de esta novela es inevitable referirse a la maravillosa película de
Charles Laughton y a la interpretación que hace Robert Mitchum del siniestro
predicador Harry Powell.
Pero
en la novela no es el predicador el que me hace pasar las páginas con entusiasmo,
sino John, el huérfano dickensiano, el
niño perdido de cuento de hadas. El héroe involuntario, que agotado y muerto de
miedo sigue adelante, fiel a su palabra y al recuerdo de su padre, es el que me
sorprende y el que me conmueve.
Yo
estoy convencida de que este niño está en ese limbo literario, en ese mundo alternativo
en el que viven los personajes que no necesitan de los lectores para existir.
Y
ustedes, ¿qué personajes tienen en el corazón? ¿Qué personajes les son tan
queridos que les parecen personas reales?






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