jueves, 16 de mayo de 2013

El reino de los libros


Perdido entre los campos de Gales hay un pueblecito llamado Hay on Wye.
Podría ser uno de tantos pueblos olvidados, de esos que “no están en el mapa”.
Y de hecho eso era, antes de que un joven llamado Richard Booth decidiera que había que hacer algo para que el pueblo resultara interesante.
Y lo que se le ocurrió fue abrir una librería de segunda mano.
Pero ¿cómo se consigue que una librería se convierta en el gran atractivo de un pueblo?
Es verdad que los libros de segunda mano tienen algo que hace que la gente se sienta atraída por ellos de una forma peculiar. Sin embargo, ¿es eso suficiente para transformar  un pueblo moribundo  en destino turístico internacional?
Pues parece que sí.
Y Richard Booth inició esa transformación cuando abrió su librería en 1962.
Los libros los adquirió comprando bibliotecas enteras, por aquí y por allá, a particulares y en subastas, en Reino Unido, en Francia, en Estados Unidos… reuniendo así miles  y miles de ejemplares.
De hecho llegó a a tener tantos que se quedó sin espacio, así que empezó a comprar tiendas, de las muchas que había cerradas en el pueblo, y a llenarlas de libros.
En una entrevista reciente, por cierto, dijo que en aquella época hubiera podido comprar el pueblo entero por unas cuantas libras. Qué tiempos.
Hay on Wye Booksellers
Contagiadas por la iniciativa de mister Booth, otras personas, algunas de las cuales habían empezado en la cosa librera precisamente trabajando con él, se animaron a establecer también sus propias librerías.  Y así fue como aquel pequeño pueblecito condenado al olvido empezó a ser conocido por  todo el país y llamado “el pueblo de los libros”.
Al cabo de un tiempo don Richard abrió otra librería, bien grande, en la calle Lion. Y por la misma época compró también el castillo del pueblo, del siglo XIII, que se caía a pedazos. Y lo convirtió en librería también, claro.
Además, en el terreno que hay delante del castillo, el librero empedernido colocó unas estanterías de donde los visitantes podían coger libros las veinticuatro horas del día, depositando los cincuenta peniques que costaba cada uno en una caja colocada allí a tal efecto. La llamó “Honesty Bookshop” con todo el sentido del mundo.
No hace falta comentar el aspecto que acabaron teniendo tanto los libros como las estanterías al cabo de unas pocas lluvias…

El señor Booth, además de un gran amante de los libros, debía de ser también un gran amante de la guasa, porque en 1977, en una ceremonia que me imagino bastante cómica, declaró Hay on Wye estado independiente, y él mismo se proclamó  rey, con el sobrenombre de Ricardo Corazón de Libro.

Esta ocurrencia publicitaria le proporcionó al pueblo su sitio en el mapa definitivamente, y lo convirtió en la meca de los bibliófilos de todo el mundo.
Richard Booth's Bookshop
Hoy día Hay on Wye sigue siendo un pequeño pueblo de mil quinientos habitantes, pero recibe una media de 350.000 visitantes al año; tiene galerías de arte, tiendas de artesanía, de ropa, un festival literario internacional, y por supuesto muchas librerías, más de treinta, y con catálogos impresionantes.

La librería de la calle Lion sigue abierta y, aunque ya no está regentada por Richard Booth, sigue conservando su nombre. Es lo lógico.
El castillo, sin embargo, ya no es librería. Ha sido adquirido recientemente por un particular para convertirlo en un centro cultural, que tampoco está mal.

A mí me parece sorprendente que una persona piense en libros cuando busca un modo de dar vida a un pueblo. Y me parece sorprendente también que se lo proponga y haga realidad esa idea locuela. En cambio, pensándolo bien,  no me sorprende tanto que tenga éxito.
Porque, como dijimos antes, los libros atraen mucho a las personas, y tener un sitio donde  curiosear sin fin entre miles de volúmenes es algo que entusiasma y divierte mucho al bibliófilo.
Hay on Wye es un parque de atracciones para lectores y coleccionistas, una pastelería para golosos de las letras.
Abren todos los días del año y nos están esperando.



Con el tiempo, y a partir de la idea de Richard Booth, se han creado otros “pueblos de los libros” por todo el mundo: en Escocia, Estados Unidos, Holanda, Noruega, Australia, Francia, Suiza, España Pero estos han sido creados de manera artificial, de golpe, con lo que en algunos casos el invento resulta  impersonal, de diseño, sin la  gracia, sin el encanto y, por supuesto, sin el toque de locura de Hay on Wye.

domingo, 5 de mayo de 2013

El artista infame. Segunda parte

(viene de aquí)
Necesitamos un  nombre para  nuestro  sospechoso y desacreditado artista, pero lo cierto es que no tenemos que inventarlo.
No,  porque como ya habrán supuesto ustedes,  este personaje existió realmente.
Se llamaba Thomas Griffiths Wainewright, nació en Londres en 1794  y aunque fue en verdad pintor, retratista y escritor,  la posteridad lo conoce como Wainewright el envenenador.

El misterio que rodea a Wainewright es notable, no solo por los delitos que se le atribuyen, sino porque muchos datos de su biografía son desconocidos, contradictorios o confusos, como la fecha de su muerte, que según unas fuentes es 1847,  según otras, 1852.
Lo que sí parece cierto es que las aseguradoras se negaron a pagarle los seguros contratados por su cuñada Helen, al sospechar que había sido asesinada por él.
La justicia no encontró pruebas sólidas de asesinato, aunque sí de fraude, por la enrevesada forma y circunstancia en que se suscribieron los seguros.

Pero Wainewright, tras la muerte de Helen, había huido a Francia -con lo que estaba fuera del alcance de la justicia británica-,  donde permaneció durante varios años.
Mientras tanto, se iban extendiendo los rumores sobre sus crímenes y el descrédito de su persona.

Por cierto, Oscar Wilde,  en su ensayo Pluma, lápiz y veneno: estudio en verde (Pen, Pencil and Poison, a Study in Green, 1889), señala que en Francia Wainewright cometió otro asesinato, envenenando a un amigo al  que también habría convencido  para que se hiciera un seguro de vida…

Mientras se encontraba en Francia,  el Banco de Inglaterra descubrió aquel primer fraude cometido por Wainewright años atrás, cuando falsificó firmas y documentos legales para cobrar la herencia de su padre.
Se ordenó por ello su detención, aunque mientras permaneciera fuera del país estaría a salvo...
Sin embargo, sorprendentemente y con temeraria osadía, Wainewright volvió a Londres, y aunque vivía oculto y sin salir de la vivienda que ocupaba, se cuenta que fue casualmente descubierto por un policía que lo vio una noche asomado a la ventana.

Fue entonces detenido por el fraude al Banco de Inglaterra  y encarcelado en espera del juicio.

Como hecho curioso, cabe referir aquí que un día un escritor que visitaba la prisión vio a Wainewright y lo reconoció, e inspirado por su figura escribió un lúgubre relato, cargado de emoción y tristeza.
Este relato es Atrapado (Hunted Down, 1859) y su autor,  Charles Dickens.

Por fin Wainewright fue juzgado y declarado culpable. Y como entonces la falsificación de documentos legales era delito capital, la sentencia fue severa: deportación a Hobart Town, Tasmania, de por vida.

Hobart Town, Tasmania
Durante su exilio Thomas G. Wainewright, el hombre de letras, el elegante artista, hubo de realizar trabajos forzados  y sufrió las duras condiciones de vida de los convictos. Fue así debilitándose y enfermando, aunque encontró en la pintura alivio y consuelo para su penosa situación.
Realizó numerosos retratos, incluyendo el suyo propio, revelando nuevamente aquel espíritu artístico y aquel talento que en su juventud  le valió el reconocimiento de los grandes.
Wainewright, tal vez  asesino, sin duda estafador, murió en el hospital de prisioneros de Tasmania al cabo de unos ocho años  y cuando se le acababa de conceder la libertad condicional que había anhelado.
Como ya se ha dicho, nunca se demostró de manera fehaciente que cometiera los asesinatos que se le atribuyen, por lo que hoy día algunos consideran injusta e injustificada su funesta reputación de “asesino en serie”, de envenenador despiadado.

Sin embargo, parece que sus contemporáneos, incluidos los que lo habían admirado,  no tenían dudas. Su reputación quedó destruida desde el principio y sus méritos artísticos fueron desdeñados y puestos en duda.

Sus obras y sus preciadas posesiones se vendieron, se dispersaron, se destruyeron... Casi todos sus escritos, sus documentos, su correspondencia e incluso el diario que al parecer escribía, y al que se refiere Oscar Wilde en su ensayo, se perdieron.

Me pregunto cuánto habrá de cierto y cuánto de leyenda en la información que de Wainewright tenemos, pero sin duda esta información está llena de vacíos (valga la expresión), de suposiciones, de datos confusos.

Quién sabe qué secretos contendrían esos documentos suyos perdidos para siempre; qué verdades revelarían y cuántas dudas resolverían.
Quién sabe qué nos dirían de esta genuina figura romántica en la que se mezclan la luz y la tiniebla,  la criatura sensible y el  monstruo, y que a mí más me parece un personaje de ficción gótica que un hombre real.
Quizá por eso me inspira más compasión que rechazo.
Autorretrato con la inscripción
"Cabeza de convicto, con rasgos de maldad y venganza.”

domingo, 28 de abril de 2013

El artista infame

   
Imaginemos un personaje en cuya vida se mezclen el arte y el misterio; el ingenio y la sospecha; el lujo y la deshonra.
Un personaje con una identidad y una biografía tan sugestivas  que susciten nuestro interés y asombro.
Imaginémoslo atractivo, elegante, culto; un dandi, quizá con un cierto toque a lo Lord Byron, y dotado de un notable talento artístico.
Y supongamos que vivió en Londres entre los siglos XVIII y XIX, es decir, en el apogeo del Romanticismo.

Podría ser, por ejemplo, un poeta, o un pintor. Un joven, en fin,  refinado, coleccionista de obras de arte y antigüedades, amante de la literatura y de la compañía de los intelectuales de su época, que a los veintiséis años ya exponía sus obras en la Royal Academy de Londres.

Para configurar más claramente a este auténtico héroe romántico, añadiremos que tenía una salud algo delicada, un carácter hipocondríaco y  que sirvió como soldado durante un breve tiempo.

Imaginemos también que este devoto del lujo y la exquisitez se gana la vida escribiendo artículos y críticas de arte, utilizando diversos seudónimos a cual más estrambótico; que también escribe ensayos y poesía y que cuenta con la amistad y la admiración  de personalidades como Charles Lamb, Thomas De Quincey, William Blake…

Supongamos ahora que  sus ganancias no son suficientes para permitirle disfrutar de esa vida que le gusta, mundana, sofisticada y cara, y que para aumentar sus ingresos  decide cometer un fraude; en concreto, falsificar firmas y documentos legales con el fin de cobrar la mitad de su herencia paterna antes de lo estipulado en el testamento.

Este paso será el primero de nuestro hombre hacia el abismo: la estafa da resultado, por lo que al cabo de un tiempo, cuando el dinero vuelve a escasear, no duda en repetirla para hacerse con el resto de la herencia.
Y vuelve a darle resultado, pero con la vida de dispendio que lleva, la herencia se acaba pronto.

Digamos que entonces recurre a un prestamista. Tiene el aval de sus obras de arte -las mismas en las que tanto dinero invierte-, y además algún día será heredero de la mansión de su tío George,  así que no tiene problemas para conseguir el préstamo.

Pero el tío George es todavía joven y parece tener buena salud…  Sin embargo, muere repentinamente y en dolorosa agonía. Como si lo hubieran envenenado con estricnina.
Nuestro personaje hereda la mansión y algo de dinero,  pero sobre él ya cae la sombra de la sospecha. Sombra que será cada vez más oscura, pues a la muerte de su tío sigue la de su suegra, en circunstancias similares y poco después de haber hecho testamento a favor de su hija Eliza, la esposa del sospechoso.

Y puestos a imaginar, imaginemos por fin que su cuñada, que tiene veinte años y a la que ha convencido para que contrate varios seguros de vida, sufre poco después una muerte similar a las anteriores.
 
Tenemos pues un personaje singular, brillante, enigmático, veleidoso, que despierta primero la admiración y después la sospecha y el recelo de sus contemporáneos.
Un hombre con una vida que parece diseñada ex profeso para atraer nuestra atención y nuestra curiosidad.

Ya solo nos  falta darle un nombre…

(Continúa aquí )

lunes, 15 de abril de 2013

Parejas complejas, 8

 
Parejas complejas ha habido muchas a lo largo de la historia: Marco Antonio y Cleopatra, Napoleón y Josefina, Belén Esteban y Jesulín de Ubrique…
Aunque algunas, más que complejas son espeluznantes, como el Doctor Jeckyll y Mister Hyde o Rasca y Pica.
Sin embargo, las que a mí más me sobresaltan y más miedo me dan son esas que se deslizan subrepticiamente en cualquier conversación o alocución, consiguiendo hacer una gracia como poco, o dejarnos a la altura de una babucha en los peores casos.
 
Últimamente una de esas parejas complejas ha pasado por mi lado varias veces. Es una pareja que siempre me ha dado que pensar, porque en realidad no estaba segura de si en efecto era una pareja o una sola palabra que unos pronunciaban de una manera y otros de otra.
Pero es una pareja, y sin duda una de las que más mala idea tienen. Se trata de espulgar y expurgar.
 
Leí en un periódico una noticia  que decía:
“Ayer, los agentes seguían expurgando contrarreloj los cientos de documentos incautados en las oficinas municipales…”
Y poco después, en un libro:
Espulgábamos los catálogos de las bibliotecas y, cuando leíamos ciertos títulos, nos hacíamos ya una idea de los tesoros que nos esperaban.”
 
En ambos casos tuve dudas,  así que, como siempre, consulté el diccionario  y encontré lo siguiente:
espulgar:
1. Limpiar de pulgas o piojos.
2. Examinar, reconocer algo con cuidado y por partes.
expurgar:
1. Limpiar o purificar algo.
2. Mandar tachar algunas palabras, cláusulas o pasajes de determinados libros o impresos, sin prohibir la lectura de estos.
 
De lo cual deducimos que, tanto en la noticia del periódico como en el libro, la palabra adecuada es espulgar, concretamente su segunda acepción, y que por lo tanto quien redactó la noticia periodística cayó en la trampa tendida por la parejita.

 
Otras dos palabras que causan confusión cuando se desconoce su condición de dúo travieso o cuando se usan sin cuidado son retraer y retrotraer.
 
Una vez oí a una señora que decía:
“Yo me retrotraigo pero mi marido insiste…”
 
Y después, leyendo otra noticia, encontré:
“…que se inicien los trámites para retrotraer la titularidad de la parcela al Ayuntamiento…”
 
He aquí lo que cada una de estas dos palabras significa:
retrotraer:
Retroceder a un tiempo pasado para tomarlo como referencia o punto de partida de un relato.
retraer:
1. Retirarse, retroceder.
2. Ejercitar el derecho de retracto. Retracto: Derecho que compete a ciertas personas para quedarse, por el tanto de su precio, con la cosa vendida a otro.
 
Es decir, que ni la señora se retrotrae del marido ni al ayuntamiento  se le retrotrae la parcela.
 
Sé que puede parecer que me dedico a espulgar lo que dicen los demás para encontrar deslices e incorrecciones en su discurso. Pero lo cierto es que yo me retraigo, retrocedo ante la idea de fiscalizar cada palabra y cada frase que oigo o leo.
Me esfuerzo por centrarme en el mensaje exclusivamente, sin prestar atención a su forma, pero tarde o temprano aparece una palabra que parece inadecuada en un contexto determinado; que suena inapropiada, que no parece la mejor opción para ese momento.
 
Y entonces, sin que yo lo pueda evitar, la palabra en cuestión empieza a dar vueltas, a rondarme por la cabeza, a veces durante días, y llega a ponerse tan pesada que no me queda otro remedio que consultar diccionarios y ejemplos de uso para quitármela de encima.
 
Es lo que me pasó recientemente, cuando vi en la tele a un periodista que hablaba con un religioso sobre la elección del nuevo Papa.
El reportero, en un momento de la entrevista dijo:
 
“Y ahora, hablando de algo mucho más terrestre…”
 
Y claro, la duda era inevitable: ¿terrestre o terrenal? No olvidemos que se estaba hablando de asuntos relacionados con la religión, la fe, lo divino frente a lo mundano.
 
Entonces encontré en el diccionario una interesante distinción:
terrestre: perteneciente o relativo a la Tierra.
terrenal: perteneciente o relativo a la tierra, en contraposición de lo que pertenece al cielo.
 
Es decir, lo terrestre es lo que se refiere al planeta Tierra, con mayúscula pues es un nombre propio; mientras que lo terrenal es lo relativo a la tierra, con minúscula, a lo que no pertenece al cielo, en el sentido de “la mansión eterna de los bienaventurados”, como poéticamente lo define la RAE.
Así pues, el reportero que hablaba primero de lo divino y después de lo humano, debería haber dicho, efectivamente,  terrenal.
 
Qué bonito y ventajoso es esto de que las palabras tengan su significado preciso y exacto para encajar divinamente en un contexto o en otro.
Lo malo es que no siempre lo sabemos aprovechar.
 
 

jueves, 4 de abril de 2013

Dos historias de amor aproximadamente


La carta
Querido esposo:

Me imagino que te sorprenderá que me ponga en contacto contigo de este modo, pues quizás  habrías esperado algo más original. 
Pero, aunque pueda parecer raro, no soy la única que se comunica  por escrito, con papel  y pluma. Aquí hay muchas personas que siguen prefiriendo esta forma. Y si algo abunda aquí son las plumas.
Quiero  que  sepas que estoy muy contenta de que me mandaras aquí. Es verdad que en su momento puse mala cara, pero ahora puedo decir, sin exagerar, que estoy en la gloria. 

A veces me digo que tendrías que venir tú también. Te resultó muy fácil organizar las cosas para mandarme a mí, así que ya conoces el procedimiento.
Aunque, ahora que lo pienso, aquí  solo hay buenas personas. A la gente como tú no la dejan entrar.  
Pero no te preocupes, seguro que habrá otro lugar para ti, donde estarás con los de tu clase.
Tu esposa, eternamente agradecida.








 Crisis

No sé, no sé. 
Si es que ni siquiera es guapo. Es simpático, agradable... pero también puede ser muy arisco cuando quiere.
No, culto tampoco es. Ni ha estudiado ni le gustan los libros.
Ah, los amigos… de eso mejor no hablar, no los aguanto.
En común tenemos poco... en realidad nos aburrimos juntos.
Hombre, sí... es trabajador, es buena persona... pero es que eso es lo mínimo que se  puede esperar de cualquiera, ¿no? Lo único que faltaría es que fuera un delincuente.
La verdad es que yo no creo que esto tenga mucho futuro...
-Cariño, ¿qué pasa?
-¿Qué?
-Que tienes que contestar.
-¿Eh? Ah… Sí, sí quiero.


Aquí, otras historias de amor aproximadamente


lunes, 25 de marzo de 2013

Fragmentos invernales

 
 
El caso es ofender
Me cuenta una amiga que una compañera de trabajo, refiriéndose a una tercera, dijo:
-Sí, ahora se las da de esto y de lo otro, pero esa ha sido siempre una mismundi.
 
Buenos augurios
Una señora se encuentra con un conocido, un señor muy mayor, y  a modo de saludo le dice:
-¿Pero todavía está usted por aquí? ¡Yo creía que usted ya había cascao!
 
Ortopedia equina
Dos mujeres hablan de una conocida de ambas. Una de ellas le cuenta a la otra que esa amiga común había tenido de joven un problema en la columna vertebral:
-Estaba fatal… si hasta le tuvieron que poner un corcel.
 
O sea, ósea.
 Una vecina me habla de un amiga suya:
-Y le ha dicho el médico que tiene los huesos como una mujer de sesenta años, de la descalificación que tiene.
 
Metafísica popular
 Un hombre, parado en un semáforo, habla por el móvil:
-No, para el sábado no hay ningún problema.
-…
-Sí, es que le sentó algo mal, pero ya está casi bien, así que de aquí al sábado ya estará bien del todo, aunque a lo mejor no le convenga tomar cerveza o algo, pero… ¿Oye? ¿Edu? ¿Edu?
 El hombre mira el teléfono y dice:
-Le estoy hablando al vacío.
 
Cómo está el patio
En la caja del supermercado, una señora le cuenta a otra que a alguien que conocen le robaron hace poco la cartera.
Una tercera señora se une a la conversación e informa:
-Pues a mí me quitaron no hace mucho las gafas.
-¿Las gafas?
-Sí, que me las dejé en un probador de Primark (primá).
-Ah, sí, en Primor (primó).
-Que yo no sé el gusto de robar unas gafas. Yo veo más clásico robar la cartera, ¿verdad?

 

domingo, 10 de marzo de 2013

El papel y lo otro

 
No voy a hacer una comparación entre el libro tradicional y el electrónico, ni una lista de las ventajas y desventajas de cada uno; primero porque eso me parece muy aburrido, y segundo porque no creo que haya competencia entre un soporte y otro. Cada uno tiene su sitio en el mundo y no son enemigos ni rivales.
Pero sí quiero hablar  de algo que tienen los libros de papel y que no tienen los electrónicos; algo que tiene que ver con el deleite de los sentidos y que no es la lectura.
Me refiero, claro está, a las ediciones, al aspecto del libro y al tacto. Bueno, y al olor. Y al sonido.
Cada libro conquista nuestros sentidos de una manera particular. Por su tamaño o formato, su grosor, el papel, el diseño de la cubierta, el tipo de letra, etc, un libro nos puede resultar atractivo, sin que en ello intervenga necesariamente la obra que contiene.
Es decir, la vista y el tacto también pueden influir en la atracción que sintamos hacia un libro cuando lo vemos y en nuestra decisión de comprarlo.
Lo del olor y el sonido viene después, como un extra, cuando ya lo tenemos en casa y empezamos a disfrutarlo.
Hace algún tiempo hablamos aquí de cómo a veces los libros parecen empeñados en llegar a nosotros. Como si tuvieran sensibilidad (yo estoy dispuesta a creerlo) y supieran que su sitio está con nosotros. Y una de sus estrategias es ponerse guapos.
Una vez, hace varios años, entré en una librería con unos amigos. Mientras ellos charlaban con el vendedor, al que conocían de visitas previas, yo me puse a curiosear por las estanterías. Casi al momento me pareció escuchar una vocecita que decía: “Pss, aquí, aquí arriba.” Miré hacia un estante que quedaba por encima de mi cabeza, y allí vi un lomo anaranjado.  Alargué el brazo y cogí el libro, y al instante, sin haber leído el título ni el nombre del autor, quedé encandilada. “¡Qué bonito!”, pensé. Era un libro de tapa dura, con un tacto ligeramente rugoso y suave a la vez, y con una ilustración estupenda en la cubierta. Entonces me fijé en el título: El anacronópete.
“Fascinante”, me dije. “¿Qué será un anacronópete, y quién será E. Gaspar?” Leí la cubierta posterior y resultó que el libro, para rematar la jugada,  trataba sobre una de mis fantasías favoritas: los viajes en el tiempo.
Resultó también que su autor, don Enrique Gaspar, que escribió esta historia en 1887, se adelantó a H.G. Wells en eso de inventarse una máquina para viajar por el tiempo. Pero este es otro asunto.
La cuestión es que antes de pagarlo ese libro ya era mío. Era el único ejemplar que había, y me gusta pensar que llevaba tiempo allí, esperándome, escondiéndose para que no lo viera nadie antes que yo.
 
Otro encanto añadido tienen a veces los libros usados, esos que compramos de segunda mano o que recibimos de alguien por algún motivo; esos libros que algunas veces llevan la huella de quien los tuvo antes que nosotros. También hablamos aquí de esto anteriormente.
Tengo un librito antiguo, de 1896, que compré no hace mucho, a través de internet, en una librería americana.
A este libro le tengo un cariño especial por diversos motivos, pero lo que quiero contar ahora es que cuando lo recibí y lo abrí, vi que tenía un ex libris, gracias al cual sé que esta pequeña joya perteneció a William y Eloise Nottingham. Me imagino -quizá por la imagen del ex libris, quizá por la esencia de la obra- que los señores Nottingham eran una pareja amante de la naturaleza y la vida tranquila; y me los imagino también sentados en una mecedora uno, en un sofá el otro, al atardecer, disfrutando de la lectura. Quizá incluso uno lo leyera en voz alta para el otro, y estoy segura de que asentían y sonreían al escuchar las palabras que salían del libro.
Además del ex libris, encontré entre las páginas un papelito con unos números anotados, unas series de cifras que no forman fechas, ni números de teléfono. Quién sabe lo que significarían en su momento…
Un ex libris sin duda demuestra amor al libro, porque lo personaliza, lo hace único y lo une para siempre a quien lo poseyó. Pero incluso un simple papelito con cualquier anotación, o un subrayado, una nota en un margen, etc, demuestran que era un libro vivido, disfrutado.
Son detalles que transmiten calidez y que establecen alguna clase de mágica conexión entre personas y épocas, ¿no creen?
Y a mí me parece que todo esto de lo que estamos hablando solo nos lo pueden ofrecer los libros con páginas de papel.
 
 

viernes, 1 de marzo de 2013

Dos historias


A medias

Una vez conocí a un hombre que vivía a medias. Nunca dejaba que las cosas llegaran a su conclusión natural, sino que las interumpía cuando le parecía conveniente.
Nunca se casó, pues a cada novia que tuvo la dejó cuando la relación empezaba a definirse.
Del mismo modo, abandonaba a sus amigos cada cierto tiempo y entablaba nuevas amistades con personas diferentes.
Cada dos o tres años cambiaba de trabajo,  de coche, de casa y de dentista.
-¿Por qué en tu vida todo es temporal? –le pregunté una vez.
-Porque no me gustan los finales -me respondió-. Normalmente las cosas que acaban por sí mismas no acaban bien. Es mejor ponerles fin cuando todavía son agradables.

Y no solo interumpía el discurrir de relaciones personales, laborales y sentimentales, sino también, y con más frecuencia,  el de las cosas menos trascendentes. Así que nunca vio una película entera, ni leyó un libro entero; nunca terminaba los platos -¡ni siquiera los postres!- y siempre regresaba de las vacaciones antes de lo previsto.
-Pero entonces –le dije un día-, lo dejas todo en lo mejor, en mitad de la diversión.
-Lo prefiero así -fue su lacónica respuesta.

Es fácil imaginar cómo terminó todo. Y también es fácil imaginar que a nadie de los que lo conocimos nos sorprendió mucho.

 
Un agujero en el jardín

Estábamos los tres en el jardín, de rodillas alrededor  del agujero, mirándolo fijamente.
La boca del agujero era minúscula, apenas más grande que la de un hormiguero, pero la tierra estaba  húmeda y blanda, por lo que sería fácil agrandarlo con las manos.
Yo quería recuperar mis pertenencias, pero la idea de meter las manos en esa tierra negra y viscosa nos causaba repugnancia. Podría estar llena de gusanos, y la posibilidad de rozarlos siquiera nos asqueaba.
En esa indecisión permanecimos hasta que yo,  sin pensarlo más, comencé a retirar tierra del borde del agujero.
En unos segundos y entre los tres lo agrandamos lo suficiente como para que cupiera una mano.
Lo agrandamos más.  Miramos al interior. Se veía el fondo, y allí abajo se distinguían diversos objetos.
Tendría que meterme dentro para alcanzarlos.

Ensanchamos el agujero un poco más y, habiendo comprobado que no había insectos, al menos en apariencia, me senté en la tierra, metí las piernas en el agujero y me dejé caer.  Uno de mis compañeros se tumbó en el suelo y metió la cabeza y los brazos, para vigilarme y ayudarme a salir después.
Cogí mi mochila, pero la mayoría de mis cosas se habían caído. Fui cogiendo todo lo que veía y guardándolo en la mochila, deprisa, sin pensar en lo que hacía ni en dónde me encontraba.

Ya fuera del agujero, pusimos todos los objetos en el suelo y los inspeccionamos.
Allí estaban mis pertenencias, junto con muchas cosas más, cosas que otras personas debieron de haber dado por perdidas, sin remedio, a lo largo del tiempo.