viernes, 22 de junio de 2012

Desmadre rococó


Recientemente he pasado unos días en París, ciudad que me ha resultado fascinante, asombrosa y extraordinaria.

Algunas personas que conocen mi debilidad por Londres me han preguntado cuál de las dos ciudades me gusta más.
La respuesta, que en principio puede parecer complicada, es sencilla en realidad: me parecen tan diferentes que no hay competencia entre ellas. Cada una encandila por su propia peculiaridad.

Y si tuviera que decir en qué se diferencian, seguramente la clave estaría en la grandiosidad.

París es una ciudad enorme llena de cosas enormes, por su tamaño o por alguna otra razón: edificios, puentes, estatuas, avenidas… todo es tremendo, exagerado.
Parece que los parisinos dijeran, como el castizo, “que no nos falte de na”: el Arco de Triunfo, el más grande del mundo. El Louvre, el museo más grande del mundo. Notre Dame, la catedral más famosa del mundo. Los Campos Elíseos, la zona comercial más cara del mundo… y así todo. Lo más.

En cambio, Londres, que es grandiosa también, pero en otro sentido, me resulta a mí más recoleta, más acogedora.
Es magnífica,  pero no es exagerada. Me parece hecha a la medida del hombre, mientras que París parece hecha a la medida de los titanes.

Efectivamente, la fastuosidad de París no está solo en el tamaño de sus construcciones. También está en la profusión de ornamentos, en la abundancia de elementos decorativos, en la exhuberancia escultórica, en los dorados y en el sinfín de detalles que cubren las fachadas y las cúpulas. Como si no quisieran dejar un hueco sin esculpir ni un espacio sin adornar.

Esto fascina, impresiona y sobrecoge. Y claro, también satura nuestros sentidos y nos deja agotados.
El intento de asimilar tanta belleza, tanto esplendor, requiere un esfuerzo y nos desborda.

Londres, como digo, es, en este aspecto, más serena, más comedida, más discreta.
No faltan allí monumentos majestuosos ni edificios que maravillan, pero no se ve ese jolgorio ornamental, ese raudal de brillos, esa plétora de intrincados encajes y florituras en la piedra.

Parece que el descontrol decorativo es cosa más napoleónica, más centroeuropea que anglosajona.

Sí,  esta es, según mi percepción, la principal diferencia entre París y Londres .
Pero en lo que sí son iguales ambas ciudades es en el amor que sus respectivos habitantes les profesan; en el respeto que sienten por lo suyo, por su historia, por su legado; en el orgullo que sienten por ser de allí.

Y sobre todo-sobre todo, son iguales en las ganas que dejan en el visitante de volver, de conocerlas mejor, de  disfrutar otra vez del embeleso que nos contagian y de volver a sentirnos tan bien como nos sentimos allí.




miércoles, 13 de junio de 2012

Premios Gamba 2012. Donde el zapping me lleve


Últimamente mis ocupaciones personales me dejan poco tiempo para ver la tele y leer la prensa. Esto repercute de forma positiva en mi salud, claro, pero de forma negativa en el número de entradas que dedicamos aquí a los medios de comunicación, esos que tan buenos momentos de befa, mofa y asombro nos han proporcionado.

Aun así, aun siendo pocas las ocasiones de tropezar con equivocaciones, pifias, resbalones y patinazos, lo cierto es que basta con asomarse de vez en cuando a los medios para encontrar errores que cualquier maestro señalaría con boli rojo.

Los fallos que encontramos en los medios de comunicación son, ya lo sabemos, variopintos y diversos: palabras mal empleadas, oraciones mal construidas, párrafos inconexos, preposiciones innecesarias o inadecuadas, ambigüedades, incongruencias, expresiones vulgares… es decir, todos los errores que se pueden cometer se cometen.

La mayoría de las veces las frases tontas se producen, me parece a mí, por simple ignorancia, por desconocimiento de los usos más elementales del idioma. Pero otras veces se pueden achacar a la falta de cuidado, a esa bella tradición de hacer las cosas a lo tío Diego, a la buena de Dios, como salgan, total, qué más da.

Supongo que eso es lo que le pasó a quien redactó el texto de un reportaje de Antena 3 sobre un niño desaparecido. Se nos dice que la madre recibió una llamada y que escuchó una voz que decía “Mamá, por favor, ayúdame”.
Y añade la voz del reportaje: “Tres palabras que escuchó la madre del niño por teléfono”.

Nunca se me han dado bien las matemáticas, desde luego, pero es que yo cuento cuatro palabras.
A no ser que “porfavor” sea una sola.

Otra de recuentos: en un telediario hablaban de un detenido por la policía, y resultó que el presunto asesino tenía en la casa “un fusil, una metralleta y varias armas”.
Lo cual es como decir que había un perro, un gato y varios animales. Me parece.

Y hablando de presuntos: en un programa de La Sexta oí que se referían a Iñaki Urdangarín como “el presunto yerno del rey” y “el presunto duque de Palma”.

De este señor se supone que ha cometido un delito monetario, que ya es bastante, pero ahora además también se supone que es yerno del rey y duque de Palma.
Inaudito.

Otro día el zapping me llevó hasta un concurso de preguntas y respuestas. Esto me pareció suficientemente interesante como para quedarme un ratito viéndolo, y no hizo falta más que eso, un ratito, para que me saltara a las orejas un nuevo candidato a los Premio Gamba. Y fue ello que la presentadora, asombrada ante las explicaciones de un concursante, dijo que era ella la que parecía “una concursanta”.
También podría haber dicho participanta, por supuesto.

Las páginas de internet también proporcionan ejemplos de patinazos gramaticales, como es bien sabido. Pero lo más grave es que esos resbalones nos los encontremos precisamente en páginas dedicadas a la gramática. Es el colmo de la incongruencia, ¿verdad? Pues en este parrafito podemos apreciar no uno sino dos tropiezos: la palabra conjugación sin tilde, y la expresión asimismo separada en dos. Así mismo vale.

Ahora viene una pequeña colección de frases redactadas con un cierto nivel de incompetencia:

-En un telediario hablan de un pueblo que está dividido por la vía del tren, y dice el reportero: “Los habitantes de A Porriño están, literalmente, partidos por la mitad”.
Pero salían imágenes y la verdad es que todo el mundo estaba entero. No sé…

-En Antena 3 informan sobre la huelga del 29 de marzo, y un reportero dicharachero, que se encuentra en una calle donde se han producido altercados, dice que algunas personas “están esperando a que capee el temporal”.

Me figuro yo que estarían “esperando a que amaine el temporal”. O, en todo caso, estarían “capeando el temporal”.

Bueno, por lo menos la palabra ‘temporal’ estaba bien.
Por cierto, esto es un buen ejemplo de ese fenómeno léxico-semántico que los lingüistas denominan “potaje mental”.

-En la edición online de un prestigioso diario, leo un artículo sobre la nueva y completa traducción del clásico de Defoe. En el artículo se lee que la novela ‘Robinson Crusoe’ circulaba “en una quincena de secuelas”.

Quincenas las hay de días, de meses y también de notas musicales, según he aprendido recientemente en el diccionario. Pero de secuelas no. Por lo menos según el diccionario.

-En un documental de TV2 sobre Eduardo VIII y su amada Wallis Simpson, se dice que él le regalaba a ella “joyas de decenas de miles de euros”.

Sí, sí, euros. En los años 30. Y en Inglaterra.

En fin, como se ve, basta con dejarse llevar por el zapping o el googling para dar un repullo lingüístico detrás de otro.

¿Qué nuevos casos de impericia gramatical nos aguardarán? Pronto lo veremos…

image photo : Television set

miércoles, 30 de mayo de 2012

La gran evasión


Cuando yo estudiaba bachillerato tuve un profesor de literatura que dijo una vez algo que nunca olvidaré. Y no porque me impresionara positivamente.


Aquel profesor nos preguntó sobre la utilidad de la literatura, y yo respondí que servía para aprender, para meditar y también para evadirse, ya fuese al leer o al escribir.
Entonces el profesor se puso muy serio y campanudo y sentenció:

-No. La literatura no es evasión. Si un libro te sirve para evadirte, entonces no es buena literatura. Para evadirse hay otras cosas.

Aquello me sorprendió mucho, y aunque no dije nada me hubiera gustado preguntarle qué hacíamos entonces con Cervantes, con Mark Twain, con Galdós, con Chaucer…

Porque, según eso, cuántos autores tendríamos que sacar de las bibliotecas, por entretenidos.  Y literatura sería solo aquello que nos hiciera sufrir por lo menos un poco, o, directamente, matarnos de aburrimiento o pena.

“Lo sabía todo sobre literatura,
excepto cómo disfrutarla.” (Joseph Heller)

 
Lo malo del asunto es que siempre ha habido profesores e intelectuales imbuidos de esa idea de que la literatura tiene que ser, exclusivamente, una cosa muy sesuda, muy seria, de mucho reflexionar. Por ejemplo:

“Yo creo que deberíamos leer solo libros que nos hieran o nos apuñalen (…) Necesitamos libros que nos afecten como un desastre, que nos entristezcan profundamente…” (Franz Kafka).

Y a mí me parece,  modestamente, que las mejores obras literarias son aquellas que, por supuesto, nos hacen pensar, nos llevan más allá de nuestras ideas cotidianas, nos plantean cuestiones en las que nunca habíamos pensado, o no habríamos sabido expresar,  pero que al mismo tiempo se leen con agrado, nos entretienen, nos ayudan a olvidarnos por un rato de lo nuestro, y por lo tanto nos proporcionan felicidad.

“No hay nada más apropiado para llenar
los vacíos de la vida que la lectura de
autores útiles y entretenidos.” (Joseph Addison)


Hay muchas personas, de todas las edades, a las que la sola idea de leer un libro les da como repelús. Les parece lo más aburrido del mundo eso de estar uno solo, en silencio, con un montón de palabras delante. Sin imágenes, sin coloricos, sin musiquilla. Solo palabras… Y quizá esto se deba, por lo menos en parte, a que en algún momento les dieron a leer libros que no les correspondían, libros a destiempo.

Bueno, en esto, como en todo, cada cual tiene sus gustos y sus disgustos, pero yo estaré eternamente agradecida por casi todos los libros que he leído, por los que leeré y hasta por los que nunca tendré la posibilidad de leer. Por los grandes momentos de diversión, de emoción, de reflexión, de consuelo, de refugio, de comprensión, que he pasado con un libro en las manos.

Como toda forma artística, la literatura, su disfrute,  estimula nuestro entendimiento y nuestra imaginación y fortalece nuestra disposición para ver las cosas desde diversos ángulos. Es decir, nos hace más racionales, más ecuánimes y más capaces de pensar de forma personal.

Los libros nos ayudan a entender la vida y su consecuencia, el mundo y a nosotros mismos. Y con ellos aprendemos palabras y formas de usarlas, lo que a su vez nos capacita para pensar  mejor y para expresar mejor lo que pensamos.

“Mientras exista el pensamiento,
las palabras estarán vivas y la
literatura será una huida,
no de la vida, sino hacia la vida.” (Cyril Connolly)

Y si todo esto viene dado a través de historias amenas, de personajes tan reales que se escapan de las páginas y de un lenguaje deleitoso, entonces la felicidad y la evasión, aunque algunos no estén de acuerdo, están garantizadas.

Por lo tanto, a aquel profesor mío yo le preguntaría: “¿Pero qué lee usted?” Y sobre todo, “¿Qué no lee usted?”

viernes, 18 de mayo de 2012

Fragmentos primaverales


1. Ay, los extranjeros, qué complicados son

Una señora comenta con unas amigas que su hija se va a casar con su novio italiano y que el muchacho se llama Giovanni:

-Que Giovanni es Juan, sabes, es lo mismo, pero ellos en vez de decir Juan dicen Giovanni, que son ganas de complicarse, porque Giovanni es mucho más difícil de decir que Juan. ¿Por qué no dicen Juan? Mira que las ganas de complicarse…

2. Se le cae la baba con el bebé

En una calle tranquila, sin tráfico, un joven habla con otro que está asomado a un balcón del primer piso.

-…tiene mucha gracia, es más bonita… Yo voy a verla casi todos los domingos.
-¿Y te conoce?
-Claro, no ves que yo la he cuidado desde que nació. Si yo le daba el biberón y todo. Y en cuanto me ve se viene detrás de mí.
-¿Qué tiempo tiene?
-Un año tiene ya, la cabra.


3. Habría que pagar por separado

Dos jóvenes hablan  en la acera:

-Entonces ahora el marrón es para todos...
-Claro, por uno que ha metido la pata,  ahora pagamos juntos por pecadores.


4. Superfans

Unas señoras  están sentadas en una cafetería y al pasar, oigo que hablan de sus cantantes favoritos:
-Raphael es estupendo, desde luego, pero para mí como Julio Iglesias no hay nadie.
-Ah, es que Julio Iglesias es un fueraborda.



5. Hay que tomar fruta

Un vendedor ambulante,  megáfono en mano, pregona las naranjas que lleva en la furgoneta. Su técnica  publicitaria es peculiar:

-¡Señora, señora, venimos regalando naraja! Un euro cuatro kilos.
Señora, naraja grande, naraja gorda, cuatro kilos un euro.
Señora, corriendo a la furgoneta con el euro en la mano.
Señora, señora, naraja, naraja.
Naraja regalá, cuatro kilos un euro.
Naraja dulce como el caramelo. Cuatro kilo un euro.
¿Se habeis enterao bien, señora? Cuatro kilos un euro...

jueves, 10 de mayo de 2012

Sospechas sospechosas

Segunda parte
(viene de aquí)

La cuestión que nos ocupa hoy es sin duda peliaguda e interesante. Se trata, como ya adelantamos en la entrada anterior, del empeño que tienen algunos eruditos (llamados "anti-stratfordianos") en demostrar que William Shakespeare, nacido en Stratford-upon-Avon en 1564,  no escribió las obras que llevan su nombre, sino que el autor de las mismas fue un “escritor fantasma” cuyas obras han llegado hasta nosotros bajo el nombre de Shakespeare. 
 
El problema en realidad es doble, porque, por un lado, hay quienes afirman que William Shakespeare era un actorcillo de poca monta y además analfabeto, que pudo haberse apropiado de las obras escritas por otro; y por otro lado, hay quienes  creen que  "William Shakespeare" es el seudónimo de alguien que por un motivo u otro no podía firmar las obras con su verdadero nombre. De este modo William Shakespeare no sería más que un nombre utilizado para figurar públicamente como autor.

¿Y quién pudo ser entonces ese genio que supuestamente escribió Romeo y Julieta, Hamlet, Enrique V y todas las demás obras maestras que llevamos cinco siglos  atribuyendo al hombre de Stratford?

A lo largo del tiempo se han propuesto muchos candidatos, pero los tres que más atención han atraído son Sir Francis Bacon (1561-1626), insigne filósofo y poeta; Edward de Vere, conde de Oxford (1550-1604) y Christopher Marlowe (1564-1593) maestro de las letras universalmente reconocido.

Los que defienden la teoría 'baconiana’ sostienen que es imposible que un paleto como el de Stratford hubiera escrito las obras que se le atribuyen, pues tales obras requieren unos conocimientos que William no podía tener de ninguna manera; que Bacon, en cambio, era noble, culto y viajado, pero a causa de su elevado rango social no podía publicar las obras con su nombre (en la época isabelina ser noble y dramaturgo estaba muy mal visto, pues el teatro era cosa de la plebe); que hay numerosas coincidencias y similitudes entre las obras de Bacon y las de Shakespeare…

Pero entonces no me queda claro  si es que ese tal Shakespeare  le copió las obras a Bacon o es que "William Shakespeare" era un seudónimo utilizado por Bacon, que además escribió numerosas grandes obras con su propio nombre.


Por otra parte, los oxfordianos, o partidarios de la llamada ‘teoría de Oxford’, utilizan los mismos argumentos que los baconianos para defender que fue Edward de Vere el autor que o bien utilizó a William Shakespeare como fachada para hacer públicas sus creaciones, o bien fue engañado por el rústico actorzuelo para hacerse con ellas y presentarlas como propias. Y engañar de paso también a sus compañeros actores, al público, a los patrocinadores y a los intelectuales contemporáneos.
Sobre esta segunda posibilidad, por cierto,  se construye Anonymous (Roland Emmerich, 2011), que presenta a Shakespeare como un patán borrachuzo, frescales, manirroto, timador, mujeriego y robaobras. Y a su amigo y sano rival literario, el ilustre Benjamin (Ben) Jonson, como un pelele en manos del conde Edward de Vere y manejado también por William.

Lo que no me imagino en este caso es cómo se las apañó el pobre William para escribir El Rey Lear, entre otras, después de la muerte del aristócrata.

La teoría que intenta apear a Shakespeare de su trono para sentar en él a Marlowe (que tiene el suyo propio), es la que a mí más me gusta. Por romántica.

Marlowe fue dramaturgo y poeta y a nadie se le oculta su influencia literaria sobre Shakespeare. Ambos eran de la misma edad, pero el talento de Marlowe brilló con precocidad, mientras que Shakespeare desarrolló el suyo  a lo largo de los años.



Christopher (Kit) Marlowe era un joven combativo y apasionado, que no se resistía a una buena polémica y a decir lo que pensaba sin cortarse.

Tampoco le hacía ascos, al parecer, a una farra en la taberna, y se cree que murió, a la edad de veintinueve años, apuñalado en un callejón; según unos, en una pelea; según otros, en un asesinato político (pues también se dice que trabajaba como espía para la reina).



Pero, siguiendo otras versiones más románticas, en realidad ese asesinato no se produjo. Habiéndose ordenado su arresto, acusado de hereje, ateo e inmoral,  el entorno de la corona fingió la muerte del joven irreverente. No bastaba con que se ocultase para evitar  el arresto: tenía que ser dado por muerto para que no lo buscaran y para evitar que las personas cercanas a él fuesen detenidas y torturadas para que confesaran su paradero.
Y así, con el acta de defunción firmada por el forense de la casa real, y un cadáver falso, se ponía fin al asunto y todos a salvo.

Pero,  ¿qué fue de Marlowe entonces? Pues según esta teoría, huyó a Italia, y allí siguió escribiendo bajo un nombre falso. Ya se imaginan ustedes qué nombre. Efectivamente: William Shakespeare.

Y así volvemos a lo que ya conocemos: los defensores de la autoría de Marlowe argumentan (oootra vez) que el tal Shakespeare de Stratford era un ignorante que no fue a la universidad, mientras que Marlowe había estudiado Teología, hablaba idiomas y había viajado por Europa; que William no había salido de su pueblo más que para instalarse en Londres a vivir del cuento (bueno, del teatro); que muchas de las obras de Shakespeare se desarrollan precisamente en Italia (El mercader de Venecia, La fierecilla domada, Romeo y Julieta, Otelo…), y que precisamente Shakespeare empezó a destacar como autor después de la desaparición de Marlowe.

Esto significaría que Marlowe escribía en Italia, mandaba las obras a Inglaterra firmadas con el nombre de Shakespeare, y allí, el actorzuelo iletrado se hacía pasar por el autor de las mismas.
Sin duda, una trama magníficamente organizada. Y que desbarata, a mi modesto entender, la teoría de que Shakespeare, el verdadero, fuera un actor de poca monta: tenía que ser un actor fabuloso para que nadie se percatara del engaño, sobre todo teniendo en cuenta que era un desinformado que no sabía ni escribir su nombre.

De todo esto me parece deducir, por ejemplo, que según estas teorías, una persona que no haya recibido educación superior y no pertenezca a las clases altas no está capacitada para el arte. Se ve que algunos no creen en el talento nato, en la capacidad natural, en la sensibilidad innata para crear, ni en el afán por aprender. Ni  que un autor pueda y deba informarse y asesorarse para cubrir los conocimientos que no posee.


También me parece que los argumentos que se dan para demostrar que Shakespeare no pudo escribir su obra se podrían aplicar con la misma alegría a muchos otros.
Y que a lo mejor alguien, alguna vez, tuvo la idea de crear polémica poniendo en duda la autoría precisamente del más famoso y aclamado autor de todos los tiempos, y otros vieron ahí un filón en el que ahondar para salir en los papeles académicos. Puestos a especular…

Pero en el fondo de la cuestión, detrás de las teorías, de los estudios, las investigaciones, las especulaciones y las sospechas, ¿qué queda?
Pues queda lo más importante: las obras.
Supongamos que se acabara demostrando fehacientemente que Dumas no escribió El conde de Montecristo, que Shakespeare no escribió Hamlet, y, ya que estamos, que Leonardo no pintó la Mona Lisa. ¿Qué pasaría? Habría un gran revuelo académico, desde luego, y habría que modificar muchas cosas, pero las obras seguirían siendo lo que son: creaciones inmortales que superan a sus autores, sean estos quienes sean. Y seguirían llenando nuestras vidas de emociones, poesía, misterio y deseos.
Porque lo que nos hace feliz no es el nombre que figura en la portada del libro, sino lo que hay dentro.

Así que, mientras los entendidos y los doctos elaboran sus sospechas, yo me quedo aquí disfrutando El sueño de una noche de verano, escrita al parecer por un tal William Shakespeare, al que lo que le interesaba no era la fama ni la posteridad, sino ver sus historias interpretadas en el escenario.

lunes, 30 de abril de 2012

Sospechas sospechosas

Primera parte

Hace poco un amigo me decía que había oído rumores según los cuales Stephen King tiene un “negro”. Es decir, alguien que escribe sus libros mientras él se rasca la barriga.

Sí, esos rumores existen desde hace mucho tiempo. Incluso hay quien dice que no tiene un negro, que tiene todo un equipo. Que él propone una idea y son esos ‘escritores fantasma’ (ghostwriters) los que hacen el trabajo.

Stephen King
Quienes lanzan estos rumores o creen en ellos los justifican diciendo que es imposible que una persona escriba tanto. Que no se puede escribir una novela cada año y además tan gordas como suelen ser las de mister King. Y menos dos novelas. O una novela y varios cuentos.
Pero no sé yo dónde está lo extraño, si precisamente para referirse a autores que escriben tanto existe el término prolífico.
De hecho, hubo una época (finales de los 70 y primeros 80) en que King escribía tanto que tuvo que publicar varios libros con seudónimo (Richard Bachman). Porque los editores creían que publicar más de un libro al año de un mismo autor no era conveniente, pues se corría el riesgo de saturar el mercado y que el público se cansara.

Pero siempre hay alguien dispuesto a creer en lo más difícil y resistirse a lo más lógico; a sospechar de lo que se sale de lo habitual, aunque sea algo perfectamente natural.
Hay personas que tienen un talento especial para determinadas actividades, y cuando ese talento se combina con una capacidad de trabajo extraordinaria, surge un creador prolífico, ya sea de las letras, de la música, de la ciencia o de la carpintería.
Sin embargo, comprendo que esto no se les ocurra a quienes no están familiarizados con los conceptos de ‘talento’ y ‘trabajo duro’.
Tampoco sé por qué nadie pone en duda que, por ejemplo, Agatha Christie, prolífica como ella sola, fuera la autora de sus más de 80 novelas, y en cambio algunos se pasan la vida intentando demostrar que otros autores en particular no pudieron haber escrito las obras que llevan su nombre. Bien porque son ‘demasiadas’, bien porque se duda de su capacidad intelectual.

Que es lo que pasa con Dumas y Shakespeare.
Alexandre Dumas Lo de Dumas es bastante conocido. Hay quienes tratan de demostrar que su colaborador Auguste Maquet fue quien en realidad escribíó Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo.

Según los defensores de Maquet, este era muy trabajador y aplicado, mientras que Dumas era un cabeza loca y un viva la vida, lo cual según ellos, es incompatible con el arte de la pluma.

Por el contrario, según los Dumasiens, esa capacidad de trabajo de Maquet era su único mérito, mientras que el talento creador era exclusivo de Dumas.

O sea, que uniendo las dos capacidades nos sale una simbiosis perfecta, una colaboración ideal entre dos fuerzas: el trabajo y la constancia por un lado y el ingenio y el arte por otro. Y sucede que  a veces, esas dos fuerzas se dan en una misma persona.

Otra cuestión sería decidir cuál de esas dos fuerzas es la más necesaria, la fundamental, la imprescindible. La que solo tienen unos cuantos elegidos y que no se puede aprender ni alcanzar por la mera fuerza de voluntad.

Auguste Maquet
No se duda que Maquet desarrolló junto con Dumas las líneas generales, el argumento, el ‘esqueleto’ de algunas de sus novelas, y que, al igual que otros colaboradores, se encargaba del trabajo de documentación necesario: la investigación histórica, geográfica, etc. Pero eso no convierte a Maquet en ‘negro’ o ‘escritor fantasma’; no lo convierte en el autor oculto de las novelas. Más que nada porque  sabemos de él y no le falta reconocimiento.

Para los eruditos y expertos en el tema, la cosa no tiene credibilidad y nos dicen que las pruebas y los argumentos que tratan de arrebatar la gloria a Dumas no son ni suficientes ni sólidos.
Pero la sospecha está servida y la película El otro Dumas (L’autre Dumas, 2010), de Saffy Nebou y protagonizada por Gerard Depardieu, la alimenta.

Luego tenemos el caso de Shakespeare, que es espectacular. Y como tiene tanta miga y es tan interesante quizá convendría dejarlo para la próxima ocasión.



domingo, 15 de abril de 2012

¿De dónde vienen los libros?

Segunda parte
(viene de aquí)
A veces me da la sensación de que los libros saben más de lo que dicen en sus páginas. Me parece que saben dónde los quieren, dónde van a estar bien cuidados y van a ser queridos, dónde van a proporcionar satisfacción y felicidad.

Y me parece también que se las componen de algún modo para ir a parar a esos sitios, a esas casas. Tal vez de forma un poco enrevesada, es cierto, pero hay que tener en cuenta que son libros y quizá no disponen de muchos medios para llevar a cabo sus decisiones.
Pero la cuestión es que se las apañan, y, con más revueltas o menos, acaban saliéndose con la suya.
Y eso es lo que debió de pasar con una serie de libros que tengo en casa y que llegaron un buen día, hace unos pocos años, sin que nadie los hubiera llamado.

Resultó que unos familiares míos tenían por vecinos a un matrimonio extranjero. Eran alemanes, pero habían vivido en Sudáfrica muchos años, habían pasado otros cuantos aquí, en la costa mediterránea, y habían decidido que era hora de volver a su país de origen.
Y como una mudanza de un país a otro no es cosa de coser y cantar, la pareja intentaba aligerar en lo posible la impedimenta para el viaje, regalando, por ejemplo, un buen montón de libros.
Podrían simplemente haberlos dejado en la casa y que los siguientes moradores hubiesen decidido qué hacer con ellos. O podrían haberlos donado a la biblioteca municipal. Pero yo creo que preferían dejárselos a alguien en concreto, y que les costaba desprenderse de ellos a la ligera.

Por eso les preguntaron a sus vecinos, mis familiares, si ellos querrían quedarse con los libros, o si conocían a alguien que pudiese quererlos.

Y así, un buen día, apareció en mi casa un par de cajas llenas de libros. Unos estaban en alemán, otros, la mayoría, en inglés; unos eran antiguos, otros modernos; unos más interesantes que otros… Pero todos contenían la esencia del amor por la lectura y de los buenos ratos que otras personas pasaron leyendo sus páginas, y probablemente también la nostalgia de sus dueños.
Y a todo ello se añadió la emoción que sentía yo al abrir las cajas, porque un cargamento de libros es siempre un mundo de maravillosas posibilidades.
Y ya adelanto que no, ningún Stephen King esta vez.

Entre los libros que allí venían, había, por ejemplo, dos biblias, editadas en Sudáfrica en los años 80 y con el sello de una librería de Cape Town.
También había una historia de Chicago, editada en Londres en 1931, y que, ¡ay!, alguien se olvidó de devolver a la biblioteca pública de Benobi (Sudáfrica), como delata la ficha de préstamo adherida en el interior de la cubierta.
Había también varios libros modernos, de bolsillo, tipo best-seller, de temática bélica y de espionaje.
Y dos ediciones muy bonitas, con láminas a todo color, de cuentos de los Hermanos Grimm.
Una de estas perteneció a una niña llamada Elke, que escribió su nombre en la guarda en 1939.
La otra perteneció a Mark, que dejó su huella en el 74 y además se entretuvo en colorear las ilustraciones en blanco y negro.
Estos detalles, creo yo, le añaden un carácter especial a los libros, los llenan de vida, y dejan constancia de que en algún momento alguien disfrutó con ellos, que es, al fin y al cabo, lo que le da sentido a los libros.

Había también un librito de poesía árabe, traducida al inglés. Es un libro de tapa dura, en rojo y dorado, que alguien regaló a alguien en 1953, y que puso una dedicatoria que no me resisto a reproducir aquí: “Despierta, pequeña mía, y llena la copa antes de que el licor de la vida se evapore”.
También aparecieron por allí El jorobado de Notre Dame, El Holandés Errante, una biografía de D.H. Lawence…

En total cincuenta y dos libros formaban esta herencia insólita, cuya joya más valiosa, para mí personalmente, es una edición de los Cuentos de Navidad de Charles Dickens, que en su momento fue un regalo de Richard y Jane para Nat, “con los mejores deseos para el futuro”, en la Navidad de 1950.

Como curiosidad, diré que Nat debía de ser aficionada a la repostería, pues entre las páginas del libro guardó una receta de “crepes Suzette al estilo inglés” que recortó de algún periódico.

Sí, los libros hablan de sus dueños.
Y me gustaría que los primeros dueños de estos supieran que alguien los recibió de la forma más inesperada e improbable y los tiene bien cuidados. Alguien que está muy lejos de ellos en el tiempo y en el espacio, pero que se siente cerca.

Y todo gracias a una serie de coincidencias impensables.
O a la voluntad de los libros, quién sabe…


                                     

lunes, 2 de abril de 2012

¿De dónde vienen los libros?

Primera parte

Los libros están por todas partes. Por lo menos en mi casa.
Y seguramente en las de ustedes también. Porque son parte de nuestra vida y de nuestra persona.
Estamos hechos, dicen, de muchos elementos diferentes, así que, supongo, según la presencia o ausencia de unos u otros elementos, seremos de una forma u otra.
Por ejemplo, del mismo modo que dos personas son distintas si una ha tenido amor y risas en su infancia y la otra no, dos personas también serán distintas si una tiene o ha tenido la compañía de los libros y la otra no.
Eso es lo que yo creo.

Pero ¿de dónde vienen lo libros? ¿Cómo llegan a nosotros?
Lo más habitual es que los compremos o nos los regalen. También algunas veces los heredamos, lo cual resulta bastante romántico, sobre todo si son ya antiguos. Salen a nuestro encuentro después de haber atravesado las décadas, las generaciones. Llegan a nuestras manos a través del tiempo, como aquella colección de cuentos de Poe de la que ya hablé aquí; o como esta gramática, de 1925, con la que algún antepasado mío preparó alguna vez algún examen.
O como esa edición de las Novelas Ejemplares de Cervantes que reposa en aquel estante, y que data de 1909.

Pero en varias ocasiones sí que han llegado a mí algunos libros de forma inesperada y poco habitual. He aquí un par de ejemplos:
Un día cualquiera, siendo yo adolescente, mi padre me trajo un libro. Me dijo que alguien lo había olvidado en un banco, en el vestíbulo de la empresa en la que trabajaba. Y como en todo el día nadie había vuelto a buscarlo, lo recogió porque pensó que me gustaría.

El libro estaba en alemán, lo cual no era de extrañar, dado que mi padre trabajaba en un lugar por el que pasaban a diario y constantemente viajeros de todo el mundo. Y aunque el detalle del idioma me impedía darle el uso para el que los libros están pensados, me lo quedé como objeto de colección y con una sonrisilla en la cara.

El libro era corriente, una edición de bolsillo, de esas que pesan poco y se estropean con facilidad.
Lo curioso del caso, y quienes me conocen un poco sabrán por qué lo digo, es que aquel libro era una novela de Stephen King.
Fíjense: alguien que había llegado a mi ciudad desde un país lejano, había olvidado un libro de Stephen King en un banco; pero no en un banco cualquiera, sino en un banco que estaba a la vista y a la mano de un hombre; y no de un hombre cualquiera, sino de uno  que tenía una hija que leía a Stephen King desde niña y con fruición.
No sé a ustedes, pero a mí me gusta pensar que las casualidades las fabrica alguien a nuestra medida.

Por aquella misma época había yo empezado a sentir interés y curiosidad por las cosas antiguas. Me llamaba mucho la atención cualquier cosa que tuviera cierta solera, sobre todo los edificios y los libros. Quizá es que empezaba yo a ser consciente de lo que significa el tiempo, el pasado, la huella que el ser humano deja en el mundo; y a darme cuenta de que el mundo había girado siempre sin necesidad de que yo hubiera estado en él.
Un día mi padre me habló de un edificio antiguo, un palacio, que estaba en una de las zonas más señoriales de la ciudad, y que albergaba oficinas. En realidad aquel palacio sería pronto rehabilitado y utilizado para otros fines, y las oficinas se trasladarían a otro lugar. 
Me dijo mi padre también que un viejo conocido suyo trabajaba allí y que, si yo quería, podríamos ir un día para que yo viera el edificio por dentro.
Lógicamente me encantó la idea, así que al cabo de unos días mi padre ya se había puesto de acuerdo con su amigo, y me llevó allí.
Creo recordar que la mayor parte de aquel enorme edificio estaba ya vacía y sin uso. Pero sí recuerdo con claridad que para ir a las oficinas en las que este señor nos esperaba, tuvimos que bajar unas escaleras y llegar a un sótano que podría haber sido el escenario de cualquier película de la Hammer.
Me fascinó el lugar, las frías paredes de piedra gris, los techos abovedados, el suelo gastado. Había unos cuantos señores trabajando allí, en mesas individuales, y recuerdo que alguno tenía una pequeña estufa eléctrica a sus pies.
El amigo de mi padre me dijo que, según tenía entendido, me gustaban mucho las cosas antiguas, y que me iba a hacer un regalo.
Fue hacia una mesa y volvió con algo en las manos. Me dijo:
-Toma, puedes quedarte con este libro.
Mi sorpresa fue enorme, pues no hacían falta más que dos ojos en la cara para darse cuenta de que se trataba de un volumen muy antiguo, a pesar de su buen estado de conservación.
Además era un libro atractivo, de formato grande, encuadernado en piel y con aspecto de cierto lujo. Le di las gracias al buen hombre, sin creerme del todo que podía llevarme, así porque sí, aquella reliquia del pasado.
Seguramente el libro no tenía valor económico, pero a mí me parecía que valor histórico sí debía tener.
En fin, para mí era valioso, y eso es lo que cuenta, ¿no?
Después, en casa, hojeándolo tranquilamente, vi que se trataba de un libro de leyes. Concretamente, y según rezaba con rimbombancia y boato en la segunda página, era el tomo IX de la Enciclopedia Española de Derecho y Administración, ó Nuevo Teatro Universal de la Legislación de España é Indias, y que era edición de 1856.
Sin duda, aquel hombre me hizo un gran regalo, y me gustaría poder decirle que lo sigo conservando con mimo, y que a veces lo hojeo y me deleito con su exquisito lenguaje, arcaizante y riguroso.



(Continuará)