lunes, 30 de abril de 2012

Sospechas sospechosas

Primera parte

Hace poco un amigo me decía que había oído rumores según los cuales Stephen King tiene un “negro”. Es decir, alguien que escribe sus libros mientras él se rasca la barriga.

Sí, esos rumores existen desde hace mucho tiempo. Incluso hay quien dice que no tiene un negro, que tiene todo un equipo. Que él propone una idea y son esos ‘escritores fantasma’ (ghostwriters) los que hacen el trabajo.

Stephen King
Quienes lanzan estos rumores o creen en ellos los justifican diciendo que es imposible que una persona escriba tanto. Que no se puede escribir una novela cada año y además tan gordas como suelen ser las de mister King. Y menos dos novelas. O una novela y varios cuentos.
Pero no sé yo dónde está lo extraño, si precisamente para referirse a autores que escriben tanto existe el término prolífico.
De hecho, hubo una época (finales de los 70 y primeros 80) en que King escribía tanto que tuvo que publicar varios libros con seudónimo (Richard Bachman). Porque los editores creían que publicar más de un libro al año de un mismo autor no era conveniente, pues se corría el riesgo de saturar el mercado y que el público se cansara.

Pero siempre hay alguien dispuesto a creer en lo más difícil y resistirse a lo más lógico; a sospechar de lo que se sale de lo habitual, aunque sea algo perfectamente natural.
Hay personas que tienen un talento especial para determinadas actividades, y cuando ese talento se combina con una capacidad de trabajo extraordinaria, surge un creador prolífico, ya sea de las letras, de la música, de la ciencia o de la carpintería.
Sin embargo, comprendo que esto no se les ocurra a quienes no están familiarizados con los conceptos de ‘talento’ y ‘trabajo duro’.
Tampoco sé por qué nadie pone en duda que, por ejemplo, Agatha Christie, prolífica como ella sola, fuera la autora de sus más de 80 novelas, y en cambio algunos se pasan la vida intentando demostrar que otros autores en particular no pudieron haber escrito las obras que llevan su nombre. Bien porque son ‘demasiadas’, bien porque se duda de su capacidad intelectual.

Que es lo que pasa con Dumas y Shakespeare.
Alexandre Dumas Lo de Dumas es bastante conocido. Hay quienes tratan de demostrar que su colaborador Auguste Maquet fue quien en realidad escribíó Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo.

Según los defensores de Maquet, este era muy trabajador y aplicado, mientras que Dumas era un cabeza loca y un viva la vida, lo cual según ellos, es incompatible con el arte de la pluma.

Por el contrario, según los Dumasiens, esa capacidad de trabajo de Maquet era su único mérito, mientras que el talento creador era exclusivo de Dumas.

O sea, que uniendo las dos capacidades nos sale una simbiosis perfecta, una colaboración ideal entre dos fuerzas: el trabajo y la constancia por un lado y el ingenio y el arte por otro. Y sucede que  a veces, esas dos fuerzas se dan en una misma persona.

Otra cuestión sería decidir cuál de esas dos fuerzas es la más necesaria, la fundamental, la imprescindible. La que solo tienen unos cuantos elegidos y que no se puede aprender ni alcanzar por la mera fuerza de voluntad.

Auguste Maquet
No se duda que Maquet desarrolló junto con Dumas las líneas generales, el argumento, el ‘esqueleto’ de algunas de sus novelas, y que, al igual que otros colaboradores, se encargaba del trabajo de documentación necesario: la investigación histórica, geográfica, etc. Pero eso no convierte a Maquet en ‘negro’ o ‘escritor fantasma’; no lo convierte en el autor oculto de las novelas. Más que nada porque  sabemos de él y no le falta reconocimiento.

Para los eruditos y expertos en el tema, la cosa no tiene credibilidad y nos dicen que las pruebas y los argumentos que tratan de arrebatar la gloria a Dumas no son ni suficientes ni sólidos.
Pero la sospecha está servida y la película El otro Dumas (L’autre Dumas, 2010), de Saffy Nebou y protagonizada por Gerard Depardieu, la alimenta.

Luego tenemos el caso de Shakespeare, que es espectacular. Y como tiene tanta miga y es tan interesante quizá convendría dejarlo para la próxima ocasión.



domingo, 15 de abril de 2012

¿De dónde vienen los libros?

Segunda parte
(viene de aquí)
A veces me da la sensación de que los libros saben más de lo que dicen en sus páginas. Me parece que saben dónde los quieren, dónde van a estar bien cuidados y van a ser queridos, dónde van a proporcionar satisfacción y felicidad.

Y me parece también que se las componen de algún modo para ir a parar a esos sitios, a esas casas. Tal vez de forma un poco enrevesada, es cierto, pero hay que tener en cuenta que son libros y quizá no disponen de muchos medios para llevar a cabo sus decisiones.
Pero la cuestión es que se las apañan, y, con más revueltas o menos, acaban saliéndose con la suya.
Y eso es lo que debió de pasar con una serie de libros que tengo en casa y que llegaron un buen día, hace unos pocos años, sin que nadie los hubiera llamado.

Resultó que unos familiares míos tenían por vecinos a un matrimonio extranjero. Eran alemanes, pero habían vivido en Sudáfrica muchos años, habían pasado otros cuantos aquí, en la costa mediterránea, y habían decidido que era hora de volver a su país de origen.
Y como una mudanza de un país a otro no es cosa de coser y cantar, la pareja intentaba aligerar en lo posible la impedimenta para el viaje, regalando, por ejemplo, un buen montón de libros.
Podrían simplemente haberlos dejado en la casa y que los siguientes moradores hubiesen decidido qué hacer con ellos. O podrían haberlos donado a la biblioteca municipal. Pero yo creo que preferían dejárselos a alguien en concreto, y que les costaba desprenderse de ellos a la ligera.

Por eso les preguntaron a sus vecinos, mis familiares, si ellos querrían quedarse con los libros, o si conocían a alguien que pudiese quererlos.

Y así, un buen día, apareció en mi casa un par de cajas llenas de libros. Unos estaban en alemán, otros, la mayoría, en inglés; unos eran antiguos, otros modernos; unos más interesantes que otros… Pero todos contenían la esencia del amor por la lectura y de los buenos ratos que otras personas pasaron leyendo sus páginas, y probablemente también la nostalgia de sus dueños.
Y a todo ello se añadió la emoción que sentía yo al abrir las cajas, porque un cargamento de libros es siempre un mundo de maravillosas posibilidades.
Y ya adelanto que no, ningún Stephen King esta vez.

Entre los libros que allí venían, había, por ejemplo, dos biblias, editadas en Sudáfrica en los años 80 y con el sello de una librería de Cape Town.
También había una historia de Chicago, editada en Londres en 1931, y que, ¡ay!, alguien se olvidó de devolver a la biblioteca pública de Benobi (Sudáfrica), como delata la ficha de préstamo adherida en el interior de la cubierta.
Había también varios libros modernos, de bolsillo, tipo best-seller, de temática bélica y de espionaje.
Y dos ediciones muy bonitas, con láminas a todo color, de cuentos de los Hermanos Grimm.
Una de estas perteneció a una niña llamada Elke, que escribió su nombre en la guarda en 1939.
La otra perteneció a Mark, que dejó su huella en el 74 y además se entretuvo en colorear las ilustraciones en blanco y negro.
Estos detalles, creo yo, le añaden un carácter especial a los libros, los llenan de vida, y dejan constancia de que en algún momento alguien disfrutó con ellos, que es, al fin y al cabo, lo que le da sentido a los libros.

Había también un librito de poesía árabe, traducida al inglés. Es un libro de tapa dura, en rojo y dorado, que alguien regaló a alguien en 1953, y que puso una dedicatoria que no me resisto a reproducir aquí: “Despierta, pequeña mía, y llena la copa antes de que el licor de la vida se evapore”.
También aparecieron por allí El jorobado de Notre Dame, El Holandés Errante, una biografía de D.H. Lawence…

En total cincuenta y dos libros formaban esta herencia insólita, cuya joya más valiosa, para mí personalmente, es una edición de los Cuentos de Navidad de Charles Dickens, que en su momento fue un regalo de Richard y Jane para Nat, “con los mejores deseos para el futuro”, en la Navidad de 1950.

Como curiosidad, diré que Nat debía de ser aficionada a la repostería, pues entre las páginas del libro guardó una receta de “crepes Suzette al estilo inglés” que recortó de algún periódico.

Sí, los libros hablan de sus dueños.
Y me gustaría que los primeros dueños de estos supieran que alguien los recibió de la forma más inesperada e improbable y los tiene bien cuidados. Alguien que está muy lejos de ellos en el tiempo y en el espacio, pero que se siente cerca.

Y todo gracias a una serie de coincidencias impensables.
O a la voluntad de los libros, quién sabe…


                                     

lunes, 2 de abril de 2012

¿De dónde vienen los libros?

Primera parte

Los libros están por todas partes. Por lo menos en mi casa.
Y seguramente en las de ustedes también. Porque son parte de nuestra vida y de nuestra persona.
Estamos hechos, dicen, de muchos elementos diferentes, así que, supongo, según la presencia o ausencia de unos u otros elementos, seremos de una forma u otra.
Por ejemplo, del mismo modo que dos personas son distintas si una ha tenido amor y risas en su infancia y la otra no, dos personas también serán distintas si una tiene o ha tenido la compañía de los libros y la otra no.
Eso es lo que yo creo.

Pero ¿de dónde vienen lo libros? ¿Cómo llegan a nosotros?
Lo más habitual es que los compremos o nos los regalen. También algunas veces los heredamos, lo cual resulta bastante romántico, sobre todo si son ya antiguos. Salen a nuestro encuentro después de haber atravesado las décadas, las generaciones. Llegan a nuestras manos a través del tiempo, como aquella colección de cuentos de Poe de la que ya hablé aquí; o como esta gramática, de 1925, con la que algún antepasado mío preparó alguna vez algún examen.
O como esa edición de las Novelas Ejemplares de Cervantes que reposa en aquel estante, y que data de 1909.

Pero en varias ocasiones sí que han llegado a mí algunos libros de forma inesperada y poco habitual. He aquí un par de ejemplos:
Un día cualquiera, siendo yo adolescente, mi padre me trajo un libro. Me dijo que alguien lo había olvidado en un banco, en el vestíbulo de la empresa en la que trabajaba. Y como en todo el día nadie había vuelto a buscarlo, lo recogió porque pensó que me gustaría.

El libro estaba en alemán, lo cual no era de extrañar, dado que mi padre trabajaba en un lugar por el que pasaban a diario y constantemente viajeros de todo el mundo. Y aunque el detalle del idioma me impedía darle el uso para el que los libros están pensados, me lo quedé como objeto de colección y con una sonrisilla en la cara.

El libro era corriente, una edición de bolsillo, de esas que pesan poco y se estropean con facilidad.
Lo curioso del caso, y quienes me conocen un poco sabrán por qué lo digo, es que aquel libro era una novela de Stephen King.
Fíjense: alguien que había llegado a mi ciudad desde un país lejano, había olvidado un libro de Stephen King en un banco; pero no en un banco cualquiera, sino en un banco que estaba a la vista y a la mano de un hombre; y no de un hombre cualquiera, sino de uno  que tenía una hija que leía a Stephen King desde niña y con fruición.
No sé a ustedes, pero a mí me gusta pensar que las casualidades las fabrica alguien a nuestra medida.

Por aquella misma época había yo empezado a sentir interés y curiosidad por las cosas antiguas. Me llamaba mucho la atención cualquier cosa que tuviera cierta solera, sobre todo los edificios y los libros. Quizá es que empezaba yo a ser consciente de lo que significa el tiempo, el pasado, la huella que el ser humano deja en el mundo; y a darme cuenta de que el mundo había girado siempre sin necesidad de que yo hubiera estado en él.
Un día mi padre me habló de un edificio antiguo, un palacio, que estaba en una de las zonas más señoriales de la ciudad, y que albergaba oficinas. En realidad aquel palacio sería pronto rehabilitado y utilizado para otros fines, y las oficinas se trasladarían a otro lugar. 
Me dijo mi padre también que un viejo conocido suyo trabajaba allí y que, si yo quería, podríamos ir un día para que yo viera el edificio por dentro.
Lógicamente me encantó la idea, así que al cabo de unos días mi padre ya se había puesto de acuerdo con su amigo, y me llevó allí.
Creo recordar que la mayor parte de aquel enorme edificio estaba ya vacía y sin uso. Pero sí recuerdo con claridad que para ir a las oficinas en las que este señor nos esperaba, tuvimos que bajar unas escaleras y llegar a un sótano que podría haber sido el escenario de cualquier película de la Hammer.
Me fascinó el lugar, las frías paredes de piedra gris, los techos abovedados, el suelo gastado. Había unos cuantos señores trabajando allí, en mesas individuales, y recuerdo que alguno tenía una pequeña estufa eléctrica a sus pies.
El amigo de mi padre me dijo que, según tenía entendido, me gustaban mucho las cosas antiguas, y que me iba a hacer un regalo.
Fue hacia una mesa y volvió con algo en las manos. Me dijo:
-Toma, puedes quedarte con este libro.
Mi sorpresa fue enorme, pues no hacían falta más que dos ojos en la cara para darse cuenta de que se trataba de un volumen muy antiguo, a pesar de su buen estado de conservación.
Además era un libro atractivo, de formato grande, encuadernado en piel y con aspecto de cierto lujo. Le di las gracias al buen hombre, sin creerme del todo que podía llevarme, así porque sí, aquella reliquia del pasado.
Seguramente el libro no tenía valor económico, pero a mí me parecía que valor histórico sí debía tener.
En fin, para mí era valioso, y eso es lo que cuenta, ¿no?
Después, en casa, hojeándolo tranquilamente, vi que se trataba de un libro de leyes. Concretamente, y según rezaba con rimbombancia y boato en la segunda página, era el tomo IX de la Enciclopedia Española de Derecho y Administración, ó Nuevo Teatro Universal de la Legislación de España é Indias, y que era edición de 1856.
Sin duda, aquel hombre me hizo un gran regalo, y me gustaría poder decirle que lo sigo conservando con mimo, y que a veces lo hojeo y me deleito con su exquisito lenguaje, arcaizante y riguroso.



(Continuará)


jueves, 22 de marzo de 2012

Escribiendo, que es gerundio


Un bolígrafo azul de punta media y un lápiz de grafito del número dos. Estos son los elementos imprescindibles para disfrutar de la escritura. Y me refiero al acto físico de escribir, de trazar letras y signos ortográficos en un papel.
Como accesorios, están muy bien los lápices de colores, los rotuladores y marcadores con punta de fieltro y los bolis de gel de colores variados (con o sin purpurina flotante).
Pero lo básico es lo básico.

Para mí escribir a mano es un placer.
Escribir con lápiz me gusta, porque me gusta su tacto cálido y porque creo que el lápiz tiene el encanto de lo modesto y lo tradicional. Y porque, si hay silencio, puedo oír ese ras-ras que hace sobre el papel y que me encanta. Es como si el lápiz fuera murmurando lo que va escribiendo.

Además, un lápiz nuevo, de los clásicos, sin florituras, me parece a mí un objeto magnífico y elegante. Tiene la belleza de lo simple, de la eficacia en la sencillez.
Y un lápiz usado, gastado, humilde, con muescas y arañazos, me recuerda lo antiguo, la infancia, y tiene la belleza singular de los abuelos: la que no tiene nada que ver con el aspecto impecable ni la perfección física, sino con el tiempo, con el trabajo, con el servicio prestado, con los ratos pasados con nosotros, limitándose a ser útil.

Por otro lado, escribir con un bolígrafo cómodo, que se desliza con facilidad sobre el papel, con un trazo medio, suave y firme al mismo tiempo, con un azul ni muy claro ni muy oscuro, me resulta –y no exagero- relajante, y me ayuda a pensar y a concentrarme.

Observar el trazo que va dejando el boli me fascina. Casi me hipnotiza. Y que esos signos, esos dibujillos que llamamos letras, vayan apareciendo gracias a unos levísimos movimientos de la mano, me parece cosa de ensalmo.

Sin duda, escribir en el ordenador es físicamente más cómodo, tiene más posibilidades estéticas y prácticas, no sale el llamado ‘callo del estudiante’ en el dedo medio, y no da calambres en la mano.
No está mal. Pero cuando escribimos a mano parece que lo que se dice es más verdadero, más convincente. Porque al escribir a mano a mí me da la sensación de que las ideas bajaran por el brazo, llegaran al boli, y del boli  al papel. Sin entretenerse por el camino, directas a la meta.

Y aunque lo escrito no sea algo personal, me parece que el hecho de escribirlo a mano ya convierte cualquier texto en personal, si no en el contenido, sí en la forma. Porque está escrito con nuestra letra, que es única, así que le hemos dado al texto algo nuestro, exclusivamente nuestro. Le hemos dado personalidad, que no es poca cosa.
De hecho, le hemos dado nuestra personalidad,  si la grafología no nos engaña. 

Porque para escribir una p tengo que hacer un trazo determinado, para escribir una g, otro distinto. Para la s la mano se mueve sinuosa y para la m se divierte subiendo y bajando. Cada letra tiene su movimiento propio. Como pasos de ballet en un escenario de papel.

En cambio, en el ordenador, cada letra tiene el mismo movimiento que las demás: todas las teclas se pulsan de la misma manera.
Esas letras son perfectas, no tienen defectos ni altibajos. No tienen carácter.

Por todo lo dicho, si vuelve a la vida el oficio de copista, avísenme, por favor.
¡Pero no se me lleven el ordenador!


                                               

lunes, 12 de marzo de 2012

Dormir para ver. Segunda parte



Ya comenté en la entrada anterior el pasmo que me produce  la sensación de entrar en esa realidad paralela que son lo sueños lúcidos, y ser conscientes de que estamos soñando y de que estamos en un mundo que no es el real, que es otro.
Pero no es este mi único motivo de perplejidad. 

Hay personas que dicen que los sueños lúcidos han supuesto para ellos una revelación, un cambio en su forma de ver las cosas. Algunos cuentan que después de haber tenido un sueño lúcido han despertado sintiéndose diferentes y que su vida ha cambiado para mejor.


Desde luego, no es mi caso, pero no por eso los sueños lúcidos dejan de ser especialmente fascinantes. Hace algún tiempo soñé que me despertaba y me veía en una situación tan sorprendente y desconcertante que pensaba, en el sueño, que aquello no podía ser verdad y que quizá estaba soñando. 
Me veía nítidamente haciendo un esfuerzo por aclararme, pero al mirar a mi alrededor  lo veía todo tan real y tan exactamente como es, que me convencí de que estaba despierta. Aunque nuevamente, al considerar otras circunstancias, me decía que no podía ser real, que tenía que estar soñando. 
En el sueño no sentía miedo, a pesar de esas circunstancias extrañas.  Mi preocupación era averiguar si estaba  despierta o soñando, y me decía que debía buscar pistas, indicios que me lo aclarasen. Entonces, ocurría algo más, muy extraño también, y entonces me decía a mí misma que éso era la prueba de que estaba soñando, pues algo así no puede pasar en la realidad. Esto hacía que me sintiese muy tranquila. 

En este sueño, por cierto, hay, aparte de la lucidez, otro fenómeno: el del falso despertar, es decir, soñar que nos despertamos, mientras seguimos dormidos.
Y también hay un ejemplo de lo que los expertos llaman “reality checks”, es decir, “comprobaciones de realidad”, que es lo que hacemos cuando en un sueño lúcido buscamos pistas, detalles extraordinarios que nos indiquen que realmente estamos en un sueño. 

Creo que se puede decir que este sueño mío es técnicamente muy completo, aunque, como digo, no me ha reportado ningún beneficio emocional.
Pero, aparte de ese enriquecimiento personal y esa ayuda que parecen proporcionar los sueños lúcidos a algunas personas, y que, como digo, a mí me asombran tanto, también me resulta sorprendente el hecho de que haya, en teoría, técnicas para producir sueños lúcidos a voluntad.

La verdad es que no me parece que un sueño lúcido espontáneo y uno inducido sean exactamente lo mismo. Me parece que el espontáneo es más auténtico. Es decir, si los sueños lúcidos tienen alguna finalidad, en términos psicológicos o biológicos –cosa que ignoro-, entonces los tendremos –si los tenemos- cuando nuestra psique o nuestro cerebro los considere necesarios, por así decir. En cambio, si los provocamos conscientemente, ¿cumplirán la misma finalidad, si es que la tienen?

El caso es  que los que saben de esto dicen que estos sueños lúcidos inducidos son los más claros e impresionantes, y, como hemos dicho, proponen técnicas para entrenarnos en la capacidad de producirlos.
Algunas de esas técnicas son bastante fáciles de llevar a cabo. Otras, en cambio, me parecen una insensatez.

Por ejemplo, una de las fáciles consiste simplemente en leer información sobre los sueños lúcidos, como alguna página de internet que trate sobre el tema,  antes de irnos a dormir.
Otra consiste en rememorar, con el máximo detalle posible, nuestro primer sueño lúcido (si es que ya hemos tenido alguno), y después, cuando nos vamos quedando dormidos,  volver a recordar ese sueño, mientras nos proponemos conscientemente tener un sueño lúcido esa noche.


También se recomienda llevar un diario de sueños, es decir, tener un cuaderno donde ir anotando los sueños de todo tipo que tengamos. Esto lo hago yo desde hace años, como ya comenté, y si bien me ha servido para otras cosas, no me ha dado resultado como método para tener sueños lúcidos.

Y luego tenemos la técnica que se denomina Wake Back to the Bed (algo así como “despertar y volver a la cama”), y que me parece una tortura medieval.
Consiste dicha técnica en irse a la cama y poner el despertador para despertarnos al cabo de seis horas. Una vez despiertos hay que levantarse y espabilarse, y ponerse a hacer algo que mantenga el cerebro alerta durante un rato, entre 20 minutos y una hora.
Al cabo de ese tiempo, hay que volver a acostarse y, mientras nos vamos quedando dormidos, pensar en lo que queremos soñar. 
Fácil, ¿no?

Ironías aparte, qué interesante y qué desconocida todavía es esta capacidad nuestra para soñar, para decirnos cosas a nosotros mismos "desde fuera", para crear imágenes, circunstancias y entornos que nos maravillan, nos emocionan, nos impresionan y nos intrigan tanto.
¿Qué posibilidades tendremos en nosotros mismos, y qué capacidades aún ignoradas?
¿Cómo es posible que algo tan cotidiano y tan natural sea todavía  tan ignoto, desconocido y secreto para nosotros mismos?
Una vez más podemos decir que conocemos mejor el espacio exterior, el cosmos, que nuestro propio universo interior.
Misterios de la vida.


Giorgio Chirico



jueves, 1 de marzo de 2012

Dormir para ver


Ese mecanismo que tenemos en el cerebro y que produce sueños cuando dormimos es algo que a mí me asombra y me fascina.
Y si el hecho de soñar, en general, me causa asombro, determinados tipos de sueños me parecen cosa de pura magia.
Es verdad que a las mentes simples cualquier cosa nos parece magia, pero también es verdad que los sueños tienen una naturaleza ignota y un carácter ultraterreno que a mí me sobrecogen.
Ya comentamos aquí en otra ocasión que tenemos sueños de varias clases, desde los que reflejan imágenes de nuestras propias experiencias cotidianas hasta pesadillas escalofriantes, pasando por sueños premonitorios, sueños compensatorios, sueños reveladores que nos proporcionan la solución a un problema, o esos que llamamos "sueños lúcidos" y que a mí personalmente me inquietan un poco, aunque la situación soñada no sea en sí amedrentadora.
Digo que me inquietan porque tener un sueño lúcido a mí me parece que es como vivir un rato entre dos mundos, el de la conciencia y el onírico; el real y el de la fantasía. Como estar con un pie aquí y otro allí. Como verse atrapado entre dos realidades y no estar del todo ni en una ni en otra.
Aunque, según he leído, unos estudios recientes indican que un sueño lúcido no es ni sueño ni estado consciente ni una mezcla de ambos, sino un estado de conciencia diferente, independiente. Y eso lo saben –o creen saberlo- por los niveles de ondas Gamma que se activan cuando se tiene un sueño lúcido, que son distintos de los de los sueños comunes.

Sin embargo yo, con la tozudez que me otorga la ignorancia, sigo pensando y sintiendo que un sueño lúcido es como asomarse a una ventana y tener medio cuerpo en nuestro mundo y el otro medio en un mundo exterior y con frecuencia muy extraño. Más o menos como el señor Valdemar en el cuento de Poe, aunque sin llegar a tan terroríficas consecuencias, por suerte.

Pero a pesar de que me dan, como digo, cierto miedo, la cuestión de los sueños en general y de los lúcidos en particular me atrae mucho y me interesa, y me gustaría tener sueños lúcidos con más frecuencia.
Aún recuerdo algunos de los que he tenido.
El primero del que fui consciente lo tuve siendo pequeña. Tendría unos siete u ocho años, y me desperté tan asombrada, tan sorprendida, tan pasmada por lo que acababa de experimentar, que tanto el sueño como el asombro se me quedaron grabados en la memoria para siempre.
El sueño era, supongo, propio de la experiencia infantil. Las imágenes, las personas, las palabras del sueño eran las cotidianas, las habituales para un niño, pero, como digo, fue la clase de sueño lo que me impresionó tanto.
Soñé que yo estaba con mis padres en casa de mis abuelos, y por una razón concreta que recuerdo bien,  mi abuela se enfadaba conmigo,  me regañaba... pero yo la miraba muy tranquila y le decía: “No te preocupes, abuela, si esto es un sueño.”

Y hace unos meses tuve otro sueño en el que el nivel de lucidez era extraordinario. Diría que fue, por sus caraterísticas, un sueño lúcido prototípico, con todos los elementos que señalan los expertos.
Algunos dicen, por cierto,  que es posible entrenarse para tener sueños lúcidos... 


viernes, 17 de febrero de 2012

Parejas complejas, 6


Incluso siendo muy fan de Los Simpson, es difícil discernir quién es quién en las parejas formadas por Carl y Lenny, Selma y Patty, Rod y Todd, Rasca y Pica e incluso Lou y Eddie.

Y si es difícil con unos personajes que tienen rasgos propios y diferenciados, cómo no va a ser difícil evitar la confusión cuando se trata de esas parejas abstractas, incorpóreas, sutiles y etéreas que venimos denominando parejas complejas.

Sí, amigos, las parejas complejas atacan de nuevo. O más bien se debería decir que no dejan de atacar. Y ahí las tenemos, campando a sus anchas por las calles del idioma, acechando con alevosía en los recovecos del léxico, y saltando a nuestro paso desde las esquinas de las frases.
Todo para hacernos caer en su trampa de oprobio y deshonor.

Y nadie está libre de caer en esa trampa, ojo, ni siquiera los que nos las damos de iniciados en el asunto.
Recuerdo un día en que, siendo yo adolescente, fui al médico para que me recetara algo para la tos. Había yo probado previamente una infusión que para dicha afección me había recomendado una vecina, y que no me había hecho efecto alguno. Le comenté esto al médico y añadí que la había probado porque “es algo inocuo”.
Entonces el señor doctor me miró como quien dice “mira la erudita…” por lo que me quedé con la sensación de haber incurrido en esa falta que normalmente se denomina “pasarse de listo” y pensando: “inicuo, tendría que haber dicho inicuo”.
Lógicamente, en cuanto volvía a casa corrí al diccionario y… comprobé con alivio que había dicho bien:

inocuo: que no hace daño

inicuo: malvado, injusto.

Así que, supongo, aquella mirada del médico significaba “será pedante...”
Pero, al margen de la pedantería juvenil, que no niego, ya me dirán ustedes si hay o no hay mala idea en la pareja inocuo/inicuo.

Algo así debió de pensar el redactor del siguiente titular cuando se diera cuenta del tropiezo:



Aquí, obviamente, la trampa la puso la parejita compulsivo/convulsivo:

convulsivo: perteneciente o relativo a la convulsión (convulsión: contracción intensa e involuntaria de los músculos del cuerpo, de origen patológico).

compulsivo: Que tiene virtud de compeler. Que muestra apremio o compulsión. Que tiene impulsos irresistibles.
Y ya que estamos con la comida y la alimentación, hace unos días, en un documental de tv, decía la voz en off: “¿… quiénes somos nosotros para alterar la cadena alimenticia?"
La cosa tiene más enjundia de lo que parece, pero en este caso, claramente, lo suyo hubiera sido decir “la cadena alimentaria”.
alimenticio: 1.Que alimenta o tiene la propiedad de alimentar. 2.Perteneciente o relativo a los alimentos o a la alimentación.

alimentario: 1.perteneciente o relativo a la alimentación. 2. propio de la alimentación.

Bien, parece que la segunda acepción de alimenticio coincide con la primera de alimentario, de lo cual se infiere que en determinados contextos ambos términos pueden ser sinónimos.
Pero en este caso concreto no hay duda, pues la RAE especifica: industria alimentaria; cadena alimentaria.


Otro caso: no hace mucho, oí a alguien en la tele decir “…eso es un peligro latente y evidente”.
Y lo que es evidente es que quien esto dijo confundía latente con patente.

latente: oculto, escondido o aparentemente inactivo.

patente: manifiesto, visible. Claro, perceptible.

Es decir, que si el peligro es latente no puede ser a la vez evidente, más que nada porque significan cosas opuestas.

En fin, visto lo visto, lo que sí que es un peligro patente y evidente son las parejas complejas, que son muchas y están dispuestas a todo. Así que, ante la menor sospecha de ataque, defendámonos blandiendo el arma más apropiada: el diccionario.



jueves, 26 de enero de 2012

La tienda de don Luis

Hace unos días me acordé, no sé por qué, de don Luis y su tienda.
Don Luis era un señor muy alto, muy delgado, algo agachapado, y muy viejo. Al menos, así lo veía yo y así lo sigo viendo en mi recuerdo.
Y a juzgar por lo nebuloso y difuso de tal recuerdo, yo debía de ser muy pequeña cuando iba a su tienda con mi madre y a veces con mi abuela.
Don Luis andaba despacio y hablaba muy bajito. Y su tienda era muy antigua y bastante oscura, lo cual sería razón suficiente para que el lugar no le gustara a ningún niño. Pero a mí me gustaba.
Era una tienda de ropa de casa, si el recuerdo es fiable, y tenía un mostrador grande y compacto, de madera maciza. Y lleno de arañazos y muescas, con el borde gastado, pulido por el uso de muchos años y la caricia inconsciente de muchas manos.
Recuerdo también a una señora mayor -seguramente su esposa- bien arreglada, que siempre estaba allí, tras el mostrador, sentada en una silla, sonriente, observando el funcionamiento del negocio, pero sin intervenir en el mecanismo comercial.
Y me recuerdo a mí misma mirando embobada a don Luis, sus pausados movimientos y su peculiar aspecto.
Pero lo que mejor recuerdo es el cuaderno. El cuaderno rectangular, apaisado,  con tapas azules y hojas de color crema. Eso sí que me encandilaba. 
Cuando alguien hacía una compra, don Luis sacaba el cuaderno de detrás del mostrador. Lo ponía encima con suavidad, con un movimiento parsimonioso y espeso, como envuelto en polvo y silencio. Entonces lo abría despacito, pasaba las hojas con cuidado, apoyaba la mano y escribía.
Anotaba palabras y números, con esmero, con cuidado, con tanta lentitud como lo habría escrito yo misma con mi inexperta mano infantil.
Cómo me fascinaba aquel cuaderno, y cuánto me hubiera gustado poder escribir en él, en aquellas hojas mullidas y densas...

Mucho tiempo después, siendo yo ya adolescente, me acordé un buen día de don Luis, como ahora, aparentemente sin motivo. Le pregunté a mi madre y me dijo que la tienda cerró siendo yo todavía pequeña.
Me imagino que don Luis se jubiló del negocio, o de la vida, y nadie tomó el relevo. 
Y me pregunto si antes de cerrar la tienda por última vez recogió el cuaderno y se lo llevó   consigo.
Me gustaría saberlo.

        

jueves, 12 de enero de 2012

El año de Dickens

La época victoriana me parece una etapa histórica apasionante.

Hay quien solo ve en ella el hollín y los humos de las fábricas; la pobreza de las clases desfavorecidas, la explotación de los obreros y el trabajo infantil; la injusticia y la desigualdad entre sexos.
Por desgracia todo eso es una realidad de la época. Pero no la única.

Con todos sus defectos y sus fallos, el victorianismo (1837-1901), y en general todo el siglo XIX, es un periodo de enorme desarrollo científico y tecnológico que permitió que las condiciones de vida mejoraran de manera espectacular, sobre todo en lo que se refiere a la salud y la higiene.
Pero también se produjeron avances extraordinarios en el ámbito social,  educativo y cultural.
Se creó la policía, con lo que las calles y los barrios fueron mucho más seguros; se humanizaron las prisiones; se dio a la educación una importancia capital y se implantó la escolarización infantil obligatoria y gratuita. Igualmente se crearon escuelas dominicales para adultos, de manera que por primera vez en la historia los obreros podían dejar de ser analfabetos.
Esto, junto con la popularización de ediciones baratas de libros, hizo que la lectura se convirtiera en una afición nacional, extendida a todas las clases sociales. Y esto a su vez favoreció que se forjara la conciencia de clase y la rebelión ante la injusticia, el abuso de poder y las restricciones morales sin fundamento. Porque los trabajadores tenían acceso a la cultura, podían leer, podían desarrollar opiniones y podían compartir ideas. Menuda revolución, y no menos trascendente que la Industrial, desde luego.

Pues resulta que en esta época fascinante vivó y escribió sus maravillosas historias el señor Charles Dickens. Y resulta que en este 2012 se cumplen doscientos años de su nacimiento (7 de febrero de 1812). Eso hay que celebrarlo por todo lo alto.
En Londres, por supuesto, no van a faltar acontecimientos, pero también va a haber celebración en Francia, Alemania, Suiza, Estados Unidos… no, en España no.
Bueno sí, en mi casa.

La cuestión  es que habrá exposiciones, talleres, conferencias, actividades lúdicas para niños y adultos, teatro, fiestas callejeras, comidas, lecturas colectivas, etc,  durante todo el año. De hecho algunas de estas actividades empezaron ya en noviembre pasado.
Habrá también una ceremonia pública en la abadía de Westminster, donde está enterrado, e incluso se ha acuñado una moneda oficial del bicentenario, que entrará en circulación en primavera y que lleva la silueta de Dickens formada por los títulos de sus obras más representativas. No me parece especialmente bonita, la verdad, pero sí sumamente simbólica y sentimental.
O sea, sí, muy bonita.

Bueno, ya no hace falta decir que a mí Dickens me gusta mucho, pero sí quiero especificar que además de sus historias, me gusta el propio Dickens como persona.
Fue un hombre muy humano, también un poquito guasón, también con sus contradicciones, como cualquier ser humano; muy querido por su familia y por sus muchos amigos, y agradecido con sus lectores; un triunfador que supo disfrutar de su éxito con modestia, y que se preocupaba muchísimo por los desfavorecidos, especialmente los niños.
De hecho, sus novelas más importantes son una dura crítica contra esos abusos e injusticias de los que hablábamos hace un rato.
Pero es que además él mismo podría ser un personaje creado por su propia imaginación. Por eso a mí me parece que su vida y su obra forman un tejido mágico en el que se entrelazan los hilos de la realidad, de su propia experiencia vital, con los de la ficción. Seguramente por eso sus personajes resultan tan verdaderos y por eso son universalmente reconocidos y queridos, hoy tanto como en su día.
Esto, por cierto, nos lleva directamente a la anécdota de “La tienda de antigüedades” (The Old Curiosity Shop): en el siglo XIX las novelas se publicaban por entregas mensuales, y esta en concreto estaba teniendo un éxito enorme no solo en Reino Unido sino también en Estados Unidos. Y tal era la expectación ante el último capítulo de la novela, que varios miles de lectores esperaban en el puerto de Boston la llegada del barco que llevaba los ejemplares para su distribución y venta. Y según cuentan las crónicas, cuando los marinos bajaban del barco, la gente, impaciente,  les preguntaba qué pasaba finalmente con Nell, la protagonista.
No voy a decir la respuesta por si a alguien le han entrado unas ganas irrefrenables de leer el libro.
El caso es que, como se ve, Dickens se adelantó dos siglos al fenómeno harrypotteriano.

Por todo esto y mucho más, no me extraña que su muerte, acaecida en 1870, se sintiera como una tragedia nacional, ni que ahora se celebre su vida y su obra de forma tan espléndida y magnífica. 
Celebración en la que yo, discretamente, participo.

Las fotos están tomadas en su casa de Doughty Street, 48, en Londres.
De las casas que habitó, esta es la única que se conserva, y entrar en ella, recorrer sus habitaciones, con muebles y objetos que fueron de su propiedad, es un verdadero viaje en el tiempo y una experiencia sentimental extraordinaria.