miércoles, 7 de enero de 2026

Un dilema lector

En el ámbito de la lectura con frecuencia nos acosan diversos dilemas. Por ejemplo, qué libro leer a continuación al terminar uno que nos ha gustado especialmente. O, en caso de que tengamos establecido un determinado orden de títulos, si favorecer a uno que nos atrae más que el que correspondería según ese orden. O si prestar o no un libro a alguien...

Pero creo que el dilema más disyuntivo, el dilema más dilemático, es el que se nos plantea cuando un libro que estamos leyendo no termina de gustarnos.

Podría parecer un dilema sin sentido, un dilema que no debería ser tal. Porque si algo no nos gusta parece que lo más fácil es dejarlo de lado. Pero el caso es que para muchas personas no es tan fácil.

A mí me ocurrió eso durante mucho tiempo: una vez que empezaba a leer un libro era incapaz de dejarlo a medias, de abandonarlo antes de leerlo completo. Me decía a mí misma que quizá más adelante empezaría a disfrutarlo; que si lo dejaba podría perderme lo bueno que probablemente me aguardaba más adelante; que si no lo terminaba nunca sabría si me habría gustado o no. Y así seguía, dándole oportunidades al libro, página tras página. Entonces llegaba al final con la sensación de haber realizado una proeza, de haber escalado una cumbre, de haber podido con las dificultades... y de haber perdido lastimosamente un tiempo que podría haber dedicado a otro libro que me habría dado más satisfacciones.

Por supuesto ya aprendí la lección, y cuando un libro no me satisface le digo con cariño: "No eres tú, soy yo", y lo dejo sin ningún remordimiento. Es lo mejor para los dos.

Por eso, cuando alguien me dice que es incapaz de abandonar un libro que no le está gustando, que está leyendo como quien hace trabajos forzados, me acuerdo de aquellos tiempos en los que me ocurría lo mismo y pienso con satisfacción en cómo me liberé de esa especie de compromiso absurdo que establecía con los libros.

No hace mucho, en una reunión de amigos, alguien dijo que estaba leyendo un libro que le estaba costando un esfuerzo de voluntad, que estaba sufriendo de aburrimiento, que no veía la hora de terminarlo... Qué drama.   Y otra persona dijo que esa imposición voluntaria de terminar los libros por más que nos aburran debe venir de aquellas lecturas obligatorias que todos hemos sufrido en alguna medida siendo estudiantes. Puede que sea así, pero la cuestión es que ya no tiene sentido seguir infligiéndonos esa penitencia.

Yo creo que leer de esa manera, por obligación, con sufrimiento, tomándole aversión al libro, va en contra del propio espíritu de la lectura, que debe ser, básicamente, un disfrute.

Y es que no todos los libros son para todos. El mismo que a unos nos aburre, nos cansa y nos agobia, a otros puede proporcionarles grandes momentos de solaz. Por eso no hay que mortificarse con lecturas que no nos deleitan, ni siquiera cuando se trate de un libro muy recomendado, o de esos clásicos que «hay que leer», de esos libros míticos, sacralizados pero que quizá no encajan con nosotros, con nuestros gustos, nuestro intereses o nuestras necesidades lectoras.

Y, por supuesto, a esos libros con los que ahora no nos llevamos bien podremos volver en otro momento, en otra etapa. Y quizá entonces sí encajemos el uno con el otro, porque ni los libros ni nosotros somos siempre los mismos.

 



sábado, 3 de enero de 2026

Un niño bueno

Este relato se publicó originalmente en Juguetes del viento el 20 de diciembre de 2022

El último día de clase antes de las vacaciones de Navidad, Anita volvió a casa un poco triste y bastante confusa. Cuando se tienen seis años, la confusión causa tristeza.

Su padre siempre sabía lo que había que hacer, pero no siempre estaba en casa. Pasaba mucho tiempo trabajando. Y su madre era la mejor del mundo dando abrazos y cuidándola cuando estaba enferma, pero no siempre entendía sus penas.

Así que muchas veces, cuando tenía algún sentimiento que la hacía sufrir, Anita buscaba refugio en su hermano. Era tres años mayor que ella, y por lo tanto un niño también,  pero a Anita nueve años le parecían muchos, y además su hermano sabía muchas cosas de tanto leer libros. Pero sobre todo la comprendía muy bien, y eso casi siempre era suficiente para que ella se sintiera mejor.

Aquel día Anita le contó a su hermano que unos niños mayores del colegio habían dicho que los regalos de Navidad los compraban los padres en las tiendas, que no los traía nadie de lugares mágicos ni nada de eso. Y que no había más que mirar en el armario de los padres para encontrar allí escondidos los regalos, esperando hasta el día de Reyes.

—Eso lo dicen cada vez que se acerca la Navidad, para fastidiar a los pequeños —le dijo el hermano con aire experto—. No les hagas caso, son muy tontos.

Por la noche, cuando ya estaba acostada y con la luz apagada, la idea de los regalos escondidos en el armario de los padres no dejaba de rondar los pensamientos de Anita.  Estaba segura de que aquello no era verdad, pero no entendía por qué algunos niños querían engañar a los pequeños diciendo algo así.

¿Y si fuera verdad?, pensó de pronto. Y de manera difusa, indefinida como las sombras nocturnas de su habitación, su cerebro infantil le dijo que ningún niño podía ser capaz de pensar una mentira tan grande. Que si lo decían tenía que ser porque lo habían visto, porque habían visto los regalos en el armario de sus padres.

Esos pensamientos resultaron agotadores, y antes de terminarlos Anita se durmió. Pero a la mañana siguiente seguían en su cabeza, activos e imparables como duendes en su taller, cortando, cosiendo, pegando, dándoles forma a cosas que hasta entonces no existían.

Anita estaba atrapada. La tentación de mirar en el armario de sus padres no la dejó tranquila en todo el día. Quería seguir creyendo que allí no había regalos escondidos, pero  ya no podía creerlo sin más. Tenía que comprobarlo. Entonces habló otra vez con su hermano.

—No pienses más en eso, Anita. Es una tontería, de esas cosas que dicen los mayores para hacerse los chulitos.

—Pero entonces no importa que miremos, ¿no?

—Qué cabezota eres. Bueno, pues si quieres miramos, pero como nos pillen se van a enfadar.

La posibilidad de que los padres se enfadasen con ellos poco antes de Navidad preocupó mucho a Anita. Fuese quien fuese quien traía los regalos, había que portarse bien. Y espiar en el armario de los padres no era portarse bien.  Ahora tenía otra duda. No sabía si mirar o no, si resolver el misterio o quedarse con la incertidumbre. 

Después de merendar, la madre les dijo:

—Tengo que subir a la azotea a recoger la ropa. No tardo nada, ¿eh?, así que portaos bien.

Anita y su hermano se miraron como cómplices de un plan, y cuando la madre salió, el niño dijo:

—Venga, a ver si así te quedas tranquila. Yo abro el armario y tú vigila el pasillo, y en cuanto oigas que mamá abre la puerta nos vamos corriendo a mi cuarto.

El niño abrió una de las puertas correderas del armario mientras Anita, desde la entrada de la habitación, miraba hacia el pasillo como él le había dicho.

—Aquí no hay nada, Anita —dijo con alivio—. Sólo la ropa de papá y mamá.

Anita se volvió hacia el armario y señalando con un dedo dijo:

—¿Y ahí arriba?

El hermano levantó la mirada hacia el altillo del armario.

—Vale —dijo con tono de resignación—. Voy a ver si puedo. Tú sigue vigilando.

El niño se quitó las zapatillas y se subió a la butaca que usaba su padre para descalzarse, y desde la butaca se subió a la cómoda.

Anita estaba muy nerviosa, casi le temblaban las piernas. Su hermano podía caerse y hacerse mucho daño. Y si su madre volvía en ese momento los descubriría sin remedio. Y además estaban a punto de saber la verdad.

De pie en el extremo del mueble y estirando el brazo todo lo posible, el hermano de Anita consiguió alcanzar la puerta superior del armario y deslizarla lo suficiente para mirar dentro.  Entonces, en el misterioso silencio de aquella cueva secreta, el niño vio una colcha metida en una funda transparente, un ventilador y una sombrilla de playa. Y también  unas cajas envueltas con papel de colores y lazos rojos, y varias bolsas abultadas, con dibujos navideños y el nombre de una juguetería.  

—¿Están ahí? ¿Hay regalos? —le preguntó Anita, inquieta como un gorrioncillo.

—Qué va, Anita. Aquí sólo hay unas mantas y cosas viejas —respondió el hermano, al tiempo que cerraba aquella puerta de los secretos.

A continuación bajó de la cómoda a la butaca y se puso de nuevo las zapatillas. Anita lo miraba como a un héroe,  y después los dos salieron del cuarto de sus padres. En ese momento se abrió la puerta de la calle.

—Niños, ya estoy aquí —dijo la madre—. Habéis sido buenos, ¿verdad?