martes, 18 de abril de 2017

Literalmente bizarro


Repasando un libro de David Crystal, he encontrado una afirmación que me ha hecho pensar otra vez en un asunto del que ya hemos hablado en este blog con anterioridad.
Tal afirmación tiene que ver con los cambios que se producen en las lenguas a lo largo del tiempo, y que son precisamente lo que indica que una lengua está viva.

Dice Crystal que esos cambios, de cualquier aspecto gramatical, sólo se pueden identificar y analizar una vez que se han producido, ya  que es prácticamente imposible predecirlos.

Como digo, me he parado a pensar en esto, y más concretamente en los cambios de significado que experimentan a veces las palabras a lo largo de su historia. Y me parece que hay ocasiones en que esos cambios semánticos sí se pueden predecir o, al menos, verlos venir desde lejos. 
Y digo esto porque nosotros, en este blog, ya anticipamos hace tiempo uno de esos cambios de significado: el de la palabra bizarro.

Como saben ustedes, esta palabra significa (o significaba hasta hace unos años) valiente, aguerrido, gallardo
Era una palabra poco usada en la actualidad, pero desde hace algún tiempo y en algunos ámbitos, se ha vuelto bastante común, aunque con un significado diferente: el de raro o extravagante, que es el significado que tiene la palabra  bizarre en inglés y en francés.

En aquella ocasión señalamos que quizá con el tiempo esta palabra llegase a adquirir "oficialmente" el significado que tiene en dichos idiomas,  dado que su uso con el significado foráneo estaba cada vez más extendido.
En efecto, este significado ha seguido afianzándose en el habla coloquial, y como confirmación de ese uso generalizado, el nuevo significado ya aparece recogido en diversos diccionarios.
Por lo tanto, me parece a mí que podemos considerar que bizarro ha adquirido ya definitivamente el significado de extravagante


Esto puede resultar irritante para muchos, sobre todo porque es un cambio que tiene su origen en una  interpretación errónea (por ignorancia o por esnobismo) de un término extranjero. Y resulta difícil admitir que  un intruso de esa calaña se instale en el idioma.

Sin embargo, cuando una palabra hace fortuna y se asienta en el habla, es como una ola del mar que ha llegado a la orilla.

Pero no es esta la única palabra que está experimentando un proceso de modificación semántica; vamos, que está cambiando de significado ahora mismo, delante de nuestros ojos.  Me estoy refiriendo al adverbio literalmente. ¿No han oído ustedes ya muchas veces frases como “estaba literalmente en las nubes”, o “se subía literalmente por las paredes”, cuando es obvio que nadie estaba en las nubes ni se subía por las paredes literalmente sino figuradamente?

Así es: literalmente ya no se usa sólo para referirse a algo que se dice con exactitud, con pleno sentido, sino que está adquiriendo también un sentido enfático, para expresar una idea de manera exagerada o con intensidad.  

Dicho de otro modo, literalmente adquiere el significado de en sentido figurado. Curioso, ¿eh?
De ser así, de consolidarse este uso, como parece que está sucediendo, el término literalmente se convertiría en un contrónimo, ya saben, esas palabras que significan una cosa y la contraria. 

También es curioso que en inglés está ocurriendo lo mismo con literally, tal y como indica el Diccionario Oxfordque explica que en los últimos años se ha hecho muy común un uso no literal de esta palabra, para crear un efecto de exageración. Y añade que aunque este uso está muy extendido no se considera aceptable en contextos formales. 

Pero más curioso aún es que de este uso “no literal” de literally ya hay constancia en el siglo XVIII. ¿Estaremos entonces ante un caso de vaivén lingüístico, que es un concepto que me acabo de inventar? Es decir, que este nuevo sentido de la palabra sería en realidad una vuelta a sus orígenes. Y así podría ser, pues sin duda en los misteriosos mecanismos del lenguaje caben fenómenos  de este tipo.

Yo creo que hasta tiempos recientes las palabras, las expresiones, cambiaban con mucha lentitud, con la lentitud con que evolucionan los organismos vivos; y que los cambios necesitaban mucho tiempo para difundirse entre los hablantes; y que las formas nuevas tardaban en consolidarse, en asentarse en el habla primero y en la lengua escrita después.  
Y me da la impresión de que ahora las lenguas cambian mucho más rápido, como todo. Entre otras razones porque hay un contacto más intenso entre los idiomas (lo cual, como hemos visto, es una de las causas de los cambios semánticos), y la influencia de unos sobre otros es más inmediata. Y porque los medios de comunicación y las nuevas tecnologías hacen que los usos lingüísticos –sean o no acertados- se transmitan y se contagien entre los hablantes con una facilidad extraordinaria.
  
Yo no sé si esto será bueno o malo ni a qué conducirá, pero sí sé que es inevitable.




sábado, 8 de abril de 2017

Ser o no ser


Recientemente me han hecho una pregunta que me pareció difícil de contestar. No porque no supiera la respuesta, sino porque no sabía cómo darle forma a esa respuesta. La tenía en la mente, de forma intuitiva, pero hasta ese momento no me había parado a pensar en ello con palabras.

La pregunta era: “Si una persona descarga 1500 ebooks, ¿tiene una biblioteca?”.
La cosa tiene su cosa, ¿verdad?

Se supone que una biblioteca es una colección de al menos cien libros. Así que, en ese sentido, se podría decir que quien tiene  mil quinientas  obras digitales a su disposición tiene una biblioteca considerable.

Sin embargo, a la pregunta yo respondí que no, que los libros electrónicos, sean muchos o pocos, no conforman, a mi modo de ver, una biblioteca. Son, desde luego, una enorme fuente de lectura, pero creo que una verdadera biblioteca es otra cosa.
Conste que no menosprecio la lectura de ebooks, ni mucho menos. La lectura es, o debe ser, algo tan personal y tan libre que sería absurdo poner objeciones a un medio que proporciona posibilidades infinitas de acceso a la literatura.

Por eso quizá la clave del asunto está en que no es lo mismo tener una biblioteca que  formar una biblioteca.
Porque una biblioteca verdadera, personal, no se forma solo con libros.
Una biblioteca se forma también con tiempo. Porque el tiempo es imprescindible para que la biblioteca sea lo que se supone que es: una colección de libros que habla de su dueño. 
En cada momento, en cada etapa, nos interesan unos libros o unos tipos determinados de libros. A lo largo del tiempo cambian nuestros gustos, nuestros criterios, nuestros intereses o nuestros medios económicos. Y dependiendo de estos factores, nuestra biblioteca adquirirá formas determinadas. Irá cambiando igual que cambiamos nosotros.
Por eso será nuestra biblioteca, única y personal.

Pero en una descarga virtual en masa no hay nada de eso. Falta el interés sostenido a lo largo del tiempo,  la meticulosidad. No hay meditación ni condiciones que nos lleven a descartar un libro a favor de otro… No hay búsqueda, ni reflexión, ni espera…
Creo que en muchos casos, cuando se descargan tantos libros de golpe no es porque se desea de verdad cada uno de esos libros, sino simplemente porque se puede.

También creo que con las obras virtuales sólo se puede satisfacer el amor a la lectura, pero no el amor a los libros, que es otra cosa.
El amor a los libros es algo más amplio, que además del interés por la obra que se lee incluye también el gusto por el libro como objeto.
Y el valor del libro como objeto puede venir dado por muchos factores diferentes: porque es un libro regalado, porque tiene una dedicatoria, porque es una edición especial, porque lleva años con nosotros, porque perteneció a alguien…
Luego están los casos de bibliomanía desatada, claro, en los que los libros se coleccionan exclusivamente como objetos, por las peculiaridades de su edición, sin importar la obra que contienen, porque el interés principal no es leerlos. Pero ése es otro tema.

El amor al libro, frente al amor por la lectura, también incluye el hecho de tener las páginas entre la manos, las páginas que se van pasando, que es una forma de tocar la historia que leemos, de sentirla más de cerca. Porque cada obra tiene su tacto particular, su textura propia, y eso se aprecia mejor si lo percibimos físicamente además de intelectualmente. El tacto del libro, me parece a mí, hace que la lectura sea más intensa.

Por estas razones considero que una colección de libros intangibles no es lo mismo que una biblioteca.
Pero todo esto no es más que mi visión personal de esta cuestión. Porque, en realidad, qué importa que se les llame biblioteca o no a los libros digitales.
Lo que importa en un caso como éste es que  una pregunta interesante puede llevarnos  a meditar sobre algo en lo que no habíamos pensado hasta el momento, como  he meditado yo ahora  sobre estos aspectos de la lectura y la bibliofilia.

Ah, y también importa la opinión de ustedes sobre el asunto.


En el ojo del huracán (Storm Center, Daniel Taradash, 1956)



lunes, 27 de marzo de 2017

Tres historias


Doble contabilidad

Todo lo que sé lo aprendí de mi marido.
Decía que entre él y yo debía haber plena confianza. Y que al igual que yo estaba al tanto de sus artimañas contables, él tenía derecho a leer mi diario.
Durante un tiempo me negué a dejárselo, como es lógico, y él empezó a sospechar que le ocultaba algo. Y cuando sus sospechas empezaron a acercarse mucho a la realidad, me decidí.
Abrí la caja con llave en la que guardaba mis diarios y se lo di. El cuaderno azul.
Se fue a su estudio para leerlo, y al cabo de una hora salió. Vino hacia mí, con el cuaderno en la mano y la mirada borrosa.
-Qué tonto he sido –me dijo-. Perdóname. Un diario como éste es la prueba de amor más grande que un marido puede recibir de su esposa.
Sí, he aprendido mucho de él.


***

Qué felicidad

-Si yo me pusiera enferma me hundiría.
-No, eso crees ahora, pero las personas que tienen algún padecimiento se vuelven muy fuertes. Parece que con la enfermedad se desarrolla una gran capacidad de superación, una fortaleza y una presencia de ánimo que no tenemos cuando estamos bien.
-No sé, creo que yo no podría…
-Yo estoy segura de que es así. En la consulta veo a diario a personas a las que el dolor y los achaques  no les impiden ser felices. Al contrario, porque son más conscientes de  las cosas buenas, las aprecian más y las disfrutan...
-¿Qué te pasa, te duele la espalda?
-Sí, cada vez más, pero es que además últimamente me está dando la lata el estómago.
-Qué bien, qué feliz vas a ser.


***
  
El bucle de los deseos

Poco antes de su cumpleaños, Mario se enteró de que podía pedir un deseo antes de soplar las velas. Y de que si las apagaba todas de un solo soplido, el deseo se cumpliría.
Llegó el día, llegó la merienda, llegaron los regalos. Y llegó la tarta con sus cinco velas encendidas.
Mario se colocó nervioso ante la tarta, cerró los ojos para pedir su deseo y sopló.
Las cinco velas se apagaron a la vez bajo el huracán que salió de sus mofletes.
Mientras todos festejaban el exitoso soplido, el niño exclamaba:
-¡Se ha cumplido, se ha cumplido!
-Pero cariño –dijo la madre-, todavía no ha podido cumplirse el deseo. ¿Qué has pedido?
-¡Que se apagaran todas las velas! –respondió Mario con los ojos brillantes.

*



domingo, 19 de marzo de 2017

Ha vuelto a ocurrir. La solución.


En la entrada anterior les propuse a ustedes que jugaran a adivinar qué argumento literario, de los tres que les presentaba, era un argumento real, es decir, que correspondía a una obra existente, ya que los otros dos eran inventados para el juego.

Antes de revelar la solución quisiera dar las gracias a los lectores que han participado, por jugar y por los comentarios –enjundiosos y divertidos- que han hecho sobre los títulos y los argumentos propuestos, y sobre los motivos por los que han elegido un argumento y no otro.

Y es que verdaderamente resulta interesante ver cómo en algunos casos un determinado argumento novelero ha sido elegido por unos lectores y rechazado por otros por motivos similares. O cómo dos argumentos diferentes han sido elegidos por una misma razón.

Por ejemplo, *entangled* rechazó “Un susurro en la tormenta” porque le parecía “una mezcla de Oliver Twist y Little Boy Lost”. Sí, tal vez demasiado literario para ser real. 
Y también JuanRa y Anónimo descartaron este argumento,  justo por el hecho de que pareciera tan probable como argumento real. 

En cambio, por esa misma razón, porque resultaba muy literario,  la mayoría de los lectores consideró precisamente “Un susurro en la tormenta” como el más probable, y  por lo tanto ha sido el más votado como verdadero.

Es decir, un mismo razonamiento ha llevado a conclusiones diferentes. Y esos razonamientos y esas conclusiones resultan tan coherentes en un caso como en otro. 
Quizá esto signifique que ciertos aspectos la literatura tienen sus propias razones, que escapan a los rigores de la pura razón. 
Y conste que esto no es una crítica de la razón pura, si me permiten el tonto juego de palabras.
En resumen, el argumento más votado como verdadero ha sido el que calificamos como “dickensiano”, es decir “Un susurro en la tormenta”, que ha sido elegido por seis lectores: Chaly Vera, Sara, Soros, Rick, Juan Carlos, Holden y Metalsaurio.
El segundo más votado ha sido el que calificamos como gótico, esto es,  “En lo profundo de mi habitación”, elegido por Conxita, *entangled*, Guille y MJ.
Y el argumento que consideramos como de ciencia ficción, “La biblia del corazón”, sólo ha sido elegido por JuanRa y por Anónimo.

Dicen que la mayoría siempre tiene razón, y aunque habrá casos en que no sea así, en esta ocasión sí se cumple tal afirmación, porque el argumento real es, en efecto, “Un susurro en la tormenta”, que corresponde en realidad a una breve novela titulada Maurice o La cabaña del pescador, escrita por Mary Shelley en 1820.


Así pues, enhorabuena a Chaly VeraSara, SorosRick, Juan Carlos, Holden y Metalsaurio, aunque a mí también me gusta que los demás jugadores no hayan acertado, porque eso significa que han preferido los argumentos inventados. 

Por cierto, estarán pensando ustedes, acertadamente, que tratándose de una obra de Mary Shelley, no podemos en rigor calificarla de “dickensiana”, por obvias razones cronológicas, aunque sí que podría considerarse “pre-dickensiana”. He aquí un interesante tema de estudio.

En fin, muchas gracias de nuevo a todos por la amabilidad con que han respondido a mi propuesta, como es habitual en ustedes, y espero que lo hayan pasado tan bien como yo con este nuevo juego.




Mary Shelley. Maurice o La cabaña del pescador. (Ediciones B, 2001)
Traducción de Rita da Costa.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Ha vuelto a ocurrir


En este blog nos gusta imaginar de vez en cuando que los libros hacen una fiesta peculiar, una especie de baile literario en donde unos se emparejan con otros de manera caprichosa. Y al abrazarse con esa pasión que tienen los libros, ocurre que sus títulos se mezclan, dando lugar a títulos nuevos que sólo existen en nuestra imaginación.
Por ejemplo, si El pajarito blanco de J.M. Barrie se mezclase con Exploradores del abismo, de Enrique Vila-Matas, el resultado podría ser un nuevo libro titulado "El pajarito del abismo"; o si El dominico blanco de Gustav Meyrink se fundiese con El diablo en las colinas, de Leonardo Sciascia, se crearía una novela diferente titulada "El diablo blanco".

La primera vez que hicimos este cóctel de títulos pensamos que podríamos dar  un paso más, que estaría bien inventar los argumentos que podrían tener esas novelas imaginarias. Así que eso hicimos después aquí, y es verdad que resultó bastante interesante y entretenido.
Y para mayor entretenimiento aún, en aquella ocasión, quizá lo recuerden, les propuse un juego añadido: de los tres argumentos que les presenté sólo dos habían sido inventados enteramente por mí; había un tercero que correspondía a una novela verdadera, y ustedes debían adivinar cuál de los tres era el argumento real.

El caso es que ha vuelto a ocurrir. He vuelto a ver varios de mis libros danzando, abrazándose, combinándose ellos solitos como si nada.
Y como la vez anterior la cosa resultó divertida y emocionante, he pensado que a lo mejor les apetecería jugar de nuevo, como a mí; o probar por primera vez si en aquella ocasión no participaron.
Así que he observado y he elegido tres de esos títulos surgidos de la peculiar danza literaria. Y después les he otorgado sendos argumentos, de los cuales, nuevamente, dos son inventados por mí para este juego, y otro corresponde a una novela real.
¿Jugamos entonces? 

Pues bien, en esta ocasión he visto que La tormenta de nieve, de Tolstoi, se ha emparejado con Un susurro en la oscuridad de Louise May Alcott, y que de su combinación surgía Un susurro en la tormenta.

Ésta podría ser una novela con un aire dickensiano, y estar protagonizada por un niño que se marcha de su casa porque su padre adoptivo lo maltrata. Va vagando por el país y sobreviviendo como puede, encontrando a veces a buenas personas que le ayudan y lo acogen por un tiempo, y a otras que lo tratan mal.  A pesar de su infortunio, el muchacho es optimista, bondadoso y alegre, y siempre confía en que las cosas le irán bien. En el momento crucial, cuando todo se le pone en contra, conoce a un hombre que va viajando en busca de su hijo, que fue secuestrado cuando tenía pocos meses de edad. Este padre nunca perdió la esperanza de que su hijo estuviera vivo, y por eso nunca dejó de buscarlo. El hombre, que resulta ser un rico arquitecto, se encariña con este chiquillo infortunado y bueno, e incluso piensa en adoptarlo. Pero tal vez esto no sea necesario…

***

Después vi claramente cómo se mezclaban En lo profundo del bosque, de Amos Oz, y Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre, dando lugar así a En lo profundo de mi habitación.

Aquí podríamos tener un cuento gótico, y trataría sobre Hester, una mujer que vive una vida apacible y cómoda, aunque hay algo indefinido que no la deja estar del todo tranquila.
Un día va a un taller de costura para que le arreglen una prenda. El taller está en una planta superior de un edificio grande y elegante. Mientras la atienden, Hester nota que hay alguien en un rincón que la mira fijamente. Se vuelve y ve a una anciana. Ésta le dice algo, y aunque Hester no la oye, se asusta. Cuando se marcha, la anciana la sigue,  se acerca a ella en la escalera y vuelve a hablarle. Aunque su voz no es más que un leve susurro, esta vez Hester oye sus palabras. Entonces baja las escaleras despacio,  llega a la calle y se dirige a su casa sintiendo que en ese instante todo ha cambiado…

***

Y por último, La biblia de neón de John Kennedy Toole y La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig  formaron, claro, La biblia del corazón.

Esta podría ser una novela de ciencia-ficción, y en ella se contaría la historia de un joven cuya situación es tan precaria que aceptará cualquier empleo. Le ofrecen uno que consiste en hacer publicidad de un salón de juegos, para lo que  deberá llevar una vestimenta muy peculiar: un traje formado por tubos de neón de colores. Será un letrero luminoso humano.
Este trabajo ha de desempeñarlo subido a una plataforma a varios metros de altura, desde donde ha de saludar y llamar la atención de los transeúntes.
El dueño del casino le paga por horas, así que el muchacho debe pasar muchas horas allí subido para ganar lo suficiente. 
Un día, el jefe se da cuenta de que lleva más de veinticuatro horas sin bajar, sin descansar, y esto le parece demasiado incluso a un explotador como él, así que le pide que baje. Pero el joven no responde, no reacciona. Entre varios empleados consigen bajarlo pero no pueden quitarle el traje luminoso, que parece haberse fundido con su cuerpo. Lo llevan al hospital y allí descubren que la sangre del joven es una especie de fluido fluorescente…


***

Y ahora díganme, ¿cuál de estos tres argumentos creen ustedes que corresponde a una novela existente?


The Fantastic Flying Books of Mr Morris Lessmore


sábado, 25 de febrero de 2017

Tres hombres y un destino


¿Qué pueden tener en común un joven impresor norteamericano del siglo dieciocho, un rico empresario escocés del siglo diecinueve, y un humilde trabajador colombiano del siglo XXI?

Diríase que nada, salvo que nos refiramos a algo que está por encima del tiempo y de las circunstancias personales y sociales, de las condiciones de vida y del carácter de cada cual.
Y a algo así nos referimos, en efecto.

Benjamin Franklin by David Martin, 1767 WikipediaNuestro primer personaje, el impresor dieciochesco, mostró de niño grandes aptitudes para el aprendizaje y fue un alumno brillante. Sin embargo, a los diez años tuvo que abandonar la escuela para empezar a trabajar como aprendiz en la imprenta de su padre.
Pero como era estudioso por naturaleza, dedicaba varias horas al día a leer, supliendo así la formación académica que no pudo recibir.
Siendo ya un joven profesional, organizó con unos amigos un club intelectual. Se reunían una vez a la semana y charlaban sobre política y filosofía.
Pero para sus debates necesitaban libros que leer, y esto representaba un problema: había pocas librerías y los libros eran caros para sus escasos medios económicos.  Y las bibliotecas públicas, donde poder ir a leer y sacar libros en préstamo,  no existían aún.
Pero este muchacho inteligente tuvo una gran idea: reunir los libros que tenían entre todos los amigos, y además establecer una cuota para comprar más.
Así fueron añadiendo volúmenes  hasta formar una buena colección. Y entonces el joven impresor estableció una  biblioteca en su propia casa, que abría los sábados por la tarde.
La cosa estaba bien organizada: los miembros del club, es decir, los que pagaban la cuota, podían llevarse los libros que quisieran, pero si los perdían tendrían que pagar una multa. Y además la biblioteca también estaba abierta para el púbico en general, que debía pagar una fianza por si no devolvían los libros que sacaban.
Esta idea librera fue un gran éxito en su ciudad, donde leer y aprender se convirtió en una prestigiosa afición, y sus habitantes adquirieron fama de ser los más cultos del país. Tanto fue así que pronto llegaron nuevos patrocinadores para la biblioteca, y otras ciudades pusieron en marcha proyectos similares.

Y así fue cómo este joven intelectual autodidacta, llamado Benjamin Franklin, inventó la biblioteca pública.

Nuestro segundo personaje fue un niño escocés muy pobre que a los doce años  emigró con su familia a Estados Unidos.
Empezó a trabajar en una fábrica, y siendo aún adolescente ya estaba decidido a no quedarse en eso. Sabía que si se formaba, si estudiaba, podría cambiar sus perspectivas de vida. No tenía dinero para comprar libros ni para pagar la cuota de la única biblioteca que tenía a mano y que era privada; pero supo convencer a sus responsables para que le permitieran utilizarla.
Gracias a su interés por aprender, a su espíritu de trabajo y a su ambición por superar la pobreza, el joven emprendedor fue poco a poco mejorando su situación, de tal manera que llegó a ser una de las personas más ricas del mundo.
Pero la riqueza no le hizo olvidar las convicciones políticas que había heredado  de su padre y su abuelo, que habían luchado en Escocia por la igualdad y los derechos de los trabajadores.  Pensaba este hombre que la responsabilidad de los ricos era compensar  a la sociedad por los beneficios que conseguían gracias al trabajo de los obreros, de manera que éstos tuvieran también la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida.
Y siendo consciente de la importancia de la formación intelectual, y de la importancia de  las bibliotecas para que todo el mundo pudiera tener  acceso al conocimiento, dedicó gran parte de su riqueza a fundar bibliotecas públicas por todo Estados Unidos y también en el Reino Unido.
Por otro lado, todo hay que decirlo, pagaba poco a sus empleados. Pensaba que la mejor manera de compensarlos y mejorar su vida era mediante los libros. Curiosa manera de entender las necesidades del obrero.
Carnegie Hall
Pero lo importante en esta historia sobre bibliotecas es que un sólo hombre, con una visión puramente altruista, creó más de dos mil bibliotecas. Imaginemos cuántos libros puede haber en dos mil bibliotecas, y a cuantos miles de personas se les facilita así el acceso a la cultura y al conocimiento. Con todos los beneficios que eso implica.
Este filántropo raro se llamaba Andrew Carnegie, y a pesar de su ingente labor bibliófila, hoy su nombe no se recuerda tanto por las bibliotecas que fundó como por otra de sus contribuciones a la cultura: el prestigioso auditorio Carnegie Hall, que construyó en 1891.
Y llegamos ahora a la historia del trabajador colombiano, un hombre sencillo que trabaja en el servicio de recogida de basuras de Bogotá.
Casi no tiene estudios, pero sí un gran amor por la lectura: cuando era niño apenas pudo ir a la escuela, pero su madre le leía todas las noches.

Hace unos veinte años, cuando hacía su servicio por los vecindarios pudientes de la ciudad, este basurero intelectual decidió rescatar los libros que encontraba en la basura. Y no debían de ser pocos, porque ha llegado a reunir más de veinte mil.
Los hay de todo tipo, y con ellos ha creado, igual que aquel joven del siglo dieciocho, una biblioteca pública en su modesta casa. A ella acuden los niños de las zonas más pobres y apartadas, para quienes los libros son un verdadero lujo, y que tampoco pueden acceder, por la distancia, a las bibliotecas públicas de la ciudad.
Y es que, al igual que el rico empresario escocés, este hombre sencillo considera que los libros, el conocimiento, son el mejor medio para salir de la miseria.
Su nombre es José Gutiérrez, pero en Colombia lo llaman El Señor de los Libros.

Así es, los libros están por encima de condiciones sociales y personales; por encima de épocas y nacionalidades; por encima de ideologías y conflictos.
Los libros despiertan el espíritu e igualan a las personas más dispares dándoles un destino común: el amor por el conocimiento y el deseo de compartir esa riqueza intangible con nuestros semejantes.


garbagge collector library

Aquí, la historia de otro héroe colombiano

jueves, 16 de febrero de 2017

Isla de goma


La arena quema.
Mi tío clava la sombrilla, la abre, y el toldo circular nos proclama dueños de ese territorio. Marcamos el perímetro con las sillas plegables, la nevera, las cestas y la enorme colchoneta hinchable, negra y roja como la lava de un volcán. 
Somos como exploradores por un blando desierto.
Mi tío se sienta bajo la sombrilla a leer el periódico. Mi tía se tumba al sol.
Mis primos y yo corremos hacia la orilla.

El agua hiela.
Mi primo se lanza en seguida y nada hacia dentro como un niño pez. Mi prima y yo entramos despacio, subiendo los hombros y dando saltitos cada vez que el agua culebrea y nos moja la barriga.
Mi primo ya vuelve, resuelto y ufano.
-Voy por la colchoneta —dice. Y se adentra de nuevo en las ardientes arenas movedizas.
Mi prima y yo seguimos en la orilla. Damos dos pasos más, nos agachamos y nos mojamos hasta los hombros. Vacilamos un poco, damos otro pasito y por fin nos mojamos la cabeza. Salimos en seguida a la superficie, peinándonos con las manos los ojos y el pelo.
Ahí viene mi primo. Casi no puede con la colchoneta. Pero es un niño que no se arredra, y con muelles en los pies llega junto a nosotras.
Posa la colchoneta en el agua.
—Venga, subid —dice, mientras intenta mantenerla firme.
Mi prima y yo, con poca gracia, subimos a la colchoneta con la barriga y las rodillas. Después se sienta mi primo. Hay sitio de sobra para tres niños flacos.

La colchoneta se balancea al suave ritmo de las breves olas. 
Sin decir nada, mi prima salta de la colchoneta.
—¿Te vas? —le pregunto.
—Voy a tomar el sol —dice.
Con los codos levantados y el agua por las costillas se aleja rebotando hacia la arena.

Mi primo y yo seguimos en la colchoneta. Miramos los barcos que hay en el horizonte y él dice que le gustaría ser capitán.
En ese momento miro hacia la orilla y me parece que va hacia atrás. 
Mi primo y yo nos miramos.
—Tú quédate en la colchoneta — me dice.
Y el niño pez se tira al agua, y me deja sola, y se aleja.
Yo intento remar con los brazos, pero la colchoneta es demasiado grande. Entonces le grito:
—¡Jorge, vuelve, yo sola no puedo!
Pero no vuelve.
Y en medio de la gran isla flotante, me quedo muy quieta, como una sirena petrificada, aguantando la respiración sin querer y las lágrimas queriendo.
Me aterra tirarme al agua. Ya no hay suelo debajo y mis brazos de niña flaca se cansan pronto.
Pero quedarme en la isla de goma es peor.
Entonces, envalentonada por el miedo me lanzo al agua y nado, nado, nado…
Ya me duelen los brazos. Me detengo en vertical, como una medusa, moviendo las piernas y los brazos lo justo para mantenerme a flote.
Mi primo está todavía en el agua, no lo he perdido de vista.  Y parece que vuelve… sí, viene hacia mí.
Se detiene un momento y me grita:
—¡La colchoneta!
—¡Ve por ella si la quieres! —grito yo, y empiezo a nadar de nuevo.
El niño pez pasa por mi lado. Yo voy llegando a la orilla.

Por fin mis pies tocan el suelo. Me siento en la arena. Respiro de verdad. Veo a mi primo a lo lejos, que vuelve como un naúfrago en una balsa.
No lo espero. Me pongo de pie y busco nuestra sombrilla.
Llego al campamento. Mi tio sigue leyendo el periódico. Mi tía y mi prima  se fríen al sol. Me seco la cara, extiendo mi toalla y me tumbo junto a ellas. 
—¿Ya te has hartado de agua? —pregunta mi tía abriendo un ojo.


Malagueta, Málaga


viernes, 3 de febrero de 2017

Tres nuevas


Al igual que los campos monótonos del invierno se van animando y llenado de color con las florecillas que aparecen al llegar la primavera, así el monótono paisaje  del lenguaje revive y se anima  con las palabras que añadimos de vez en cuando a las praderas de nuestro léxico.

Últimamente he añadido yo unas cuantas palabras llenas de color a mi diccionario personal, ese que cada uno tenemos en la cabeza, aunque unos más gordos que otros.

Las palabras nos acompañan, nos rodean, nos persiguen, y aunque la mayoría de las veces no les hacemos mucho caso, hay ocasiones en que no queda más remedio que prestarles un poco de atención. Algunas son tan bonitas, tan raras o tan graciosas que nos sorprenden y hasta nos hacen sonreir por el feliz hallazgo. En esos casos siempre pienso que esas palabras hay que sacarlas a pasear.
Y sacarlas a pasear, claro, significa usarlas en público, en alguna conversación o en algún texto. Pero para estrenarlas, qué mejor que traerlas aquí, y ver si les gustan a ustedes también.

semicupioLa primera de mis tres palabras nuevas es semicupio, que a mí, por alguna razón, me resulta muy cómica. 
Un semicupio es, por así decir, una bañera de medio cuerpo; un baño de asiento, de esos tan decimonónicos que vemos en las películas del Oeste, en las que los rudos vaqueros se asean sin perder de vista el revólver, por lo que pueda pasar.
Esta palabra procede del latín y está formada por semi y cupa, que significa cuba o tonel. Es fácil imaginar qué se usaba antes de este invento.

La segunda palabra es giróvago, que suena, me parece a mí, a máquina voladora de fantasía.
Pero en realidad giróvago es sinónimo de vagabundo; y, según nos dice el diccionario,  también denomina al monje que “por no sujetarse a la vida regular de los anacoretas y cenobitas, vagaba de uno en otro monasterio”.  Es una palabra tan bonita que hasta su definición resulta poética.

dedrviches giróvagosPor otro lado, también se denomina giróvagos a los derviches o “monjes” de Turquía, que danzan girando sobre sí mismos para entrar en éxtasis.
Así que todo queda entre vueltas, revueltas y monjes, lo que me resulta muy curioso.

Pero indagando un poco más en el término he aprendido otra cosa curiosa. Resulta que esta palabra proviene del latín gyrovagus, de gyrus (movimiento circular) y vagus (errante). Y que este vagus, a pesar de lo que parece, no tiene que ver con vago, el holgazán; porque vago no proviene de vagus sino de vacuus, que, aparte de vacío, significa también ocioso, sin ocupación.
Son cosas del latín.

La última palabra de hoy es mi favorita de los últimos tiempos, por su forma y por su significado: eutrapelia.
Suena airosa y danzarina,  y es, según el diccionario, la “virtud que modera el exceso  de las diversiones o entretenimientos”;  la gracia inofensiva, el juego inocente.
Está tomada directamente del griego εὐτραπελία, que se refiere a la conversación amable y amena.

Pero una palabra tan especial merece algo más que una definición y una etimología. Merece al menos que un sabio decimonónico le dedique unas palabras. Y seguramente por eso Matthew Arnold pronunció éstas tan elegantes:

La eutrapelia es la virtud que nos permite entregarnos por completo a ese asunto tan serio que es disfrutar de las delicias de la amistad y el amor, la familia y los amigos, los libros y los juegos, el vino y la cerveza […] es sin duda un don estupendo. Lucidez de pensamiento, claridad y exactitud de lenguaje, falta de prejuicios y de rigidez, mente abierta, modales amables […]


Las palabras tiene un valor impresionante, porque cada una contiene en sí un montón de ideas, de conceptos, que a su vez contienen otros, y otros... Y todo ello refleja y representa los infinitos aspectos y facetas del mundo y del ser humano.

Por eso a mí me parece que cada palabra que añadimos a nuestro léxico particular es como una llave que abre una puerta. Y al abrirse, esa puerta  nos deja ver un trocito más del mundo, ensanchando el panorama que percibimos y permitiéndonos comprenderlo un poco mejor.