martes, 18 de abril de 2017

Literalmente bizarro


Repasando un libro de David Crystal, he encontrado una afirmación que me ha hecho pensar otra vez en un asunto del que ya hemos hablado en este blog con anterioridad.
Tal afirmación tiene que ver con los cambios que se producen en las lenguas a lo largo del tiempo, y que son precisamente lo que indica que una lengua está viva.

Dice Crystal que esos cambios, de cualquier aspecto gramatical, sólo se pueden identificar y analizar una vez que se han producido, ya  que es prácticamente imposible predecirlos.

Como digo, me he parado a pensar en esto, y más concretamente en los cambios de significado que experimentan a veces las palabras a lo largo de su historia. Y me parece que hay ocasiones en que esos cambios semánticos sí se pueden predecir o, al menos, verlos venir desde lejos. 
Y digo esto porque nosotros, en este blog, ya anticipamos hace tiempo uno de esos cambios de significado: el de la palabra bizarro.

Como saben ustedes, esta palabra significa (o significaba hasta hace unos años) valiente, aguerrido, gallardo
Era una palabra poco usada en la actualidad, pero desde hace algún tiempo y en algunos ámbitos, se ha vuelto bastante común, aunque con un significado diferente: el de raro o extravagante, que es el significado que tiene la palabra  bizarre en inglés y en francés.

En aquella ocasión señalamos que quizá con el tiempo esta palabra llegase a adquirir "oficialmente" el significado que tiene en dichos idiomas,  dado que su uso con el significado foráneo estaba cada vez más extendido.
En efecto, este significado ha seguido afianzándose en el habla coloquial, y como confirmación de ese uso generalizado, el nuevo significado ya aparece recogido en diversos diccionarios.
Por lo tanto, me parece a mí que podemos considerar que bizarro ha adquirido ya definitivamente el significado de extravagante


Esto puede resultar irritante para muchos, sobre todo porque es un cambio que tiene su origen en una  interpretación errónea (por ignorancia o por esnobismo) de un término extranjero. Y resulta difícil admitir que  un intruso de esa calaña se instale en el idioma.

Sin embargo, cuando una palabra hace fortuna y se asienta en el habla, es como una ola del mar que ha llegado a la orilla.

Pero no es esta la única palabra que está experimentando un proceso de modificación semántica; vamos, que está cambiando de significado ahora mismo, delante de nuestros ojos.  Me estoy refiriendo al adverbio literalmente. ¿No han oído ustedes ya muchas veces frases como “estaba literalmente en las nubes”, o “se subía literalmente por las paredes”, cuando es obvio que nadie estaba en las nubes ni se subía por las paredes literalmente sino figuradamente?

Así es: literalmente ya no se usa sólo para referirse a algo que se dice con exactitud, con pleno sentido, sino que está adquiriendo también un sentido enfático, para expresar una idea de manera exagerada o con intensidad.  

Dicho de otro modo, literalmente adquiere el significado de en sentido figurado. Curioso, ¿eh?
De ser así, de consolidarse este uso, como parece que está sucediendo, el término literalmente se convertiría en un contrónimo, ya saben, esas palabras que significan una cosa y la contraria. 

También es curioso que en inglés está ocurriendo lo mismo con literally, tal y como indica el Diccionario Oxfordque explica que en los últimos años se ha hecho muy común un uso no literal de esta palabra, para crear un efecto de exageración. Y añade que aunque este uso está muy extendido no se considera aceptable en contextos formales. 

Pero más curioso aún es que de este uso “no literal” de literally ya hay constancia en el siglo XVIII. ¿Estaremos entonces ante un caso de vaivén lingüístico, que es un concepto que me acabo de inventar? Es decir, que este nuevo sentido de la palabra sería en realidad una vuelta a sus orígenes. Y así podría ser, pues sin duda en los misteriosos mecanismos del lenguaje caben fenómenos  de este tipo.

Yo creo que hasta tiempos recientes las palabras, las expresiones, cambiaban con mucha lentitud, con la lentitud con que evolucionan los organismos vivos; y que los cambios necesitaban mucho tiempo para difundirse entre los hablantes; y que las formas nuevas tardaban en consolidarse, en asentarse en el habla primero y en la lengua escrita después.  
Y me da la impresión de que ahora las lenguas cambian mucho más rápido, como todo. Entre otras razones porque hay un contacto más intenso entre los idiomas (lo cual, como hemos visto, es una de las causas de los cambios semánticos), y la influencia de unos sobre otros es más inmediata. Y porque los medios de comunicación y las nuevas tecnologías hacen que los usos lingüísticos –sean o no acertados- se transmitan y se contagien entre los hablantes con una facilidad extraordinaria.
  
Yo no sé si esto será bueno o malo ni a qué conducirá, pero sí sé que es inevitable.




sábado, 8 de abril de 2017

Ser o no ser


Recientemente me han hecho una pregunta que me pareció difícil de contestar. No porque no supiera la respuesta, sino porque no sabía cómo darle forma a esa respuesta. La tenía en la mente, de forma intuitiva, pero hasta ese momento no me había parado a pensar en ello con palabras.

La pregunta era: “Si una persona descarga 1500 ebooks, ¿tiene una biblioteca?”.
La cosa tiene su cosa, ¿verdad?

Se supone que una biblioteca es una colección de al menos cien libros. Así que, en ese sentido, se podría decir que quien tiene  mil quinientas  obras digitales a su disposición tiene una biblioteca considerable.

Sin embargo, a la pregunta yo respondí que no, que los libros electrónicos, sean muchos o pocos, no conforman, a mi modo de ver, una biblioteca. Son, desde luego, una enorme fuente de lectura, pero creo que una verdadera biblioteca es otra cosa.
Conste que no menosprecio la lectura de ebooks, ni mucho menos. La lectura es, o debe ser, algo tan personal y tan libre que sería absurdo poner objeciones a un medio que proporciona posibilidades infinitas de acceso a la literatura.

Por eso quizá la clave del asunto está en que no es lo mismo tener una biblioteca que  formar una biblioteca.
Porque una biblioteca verdadera, personal, no se forma solo con libros.
Una biblioteca se forma también con tiempo. Porque el tiempo es imprescindible para que la biblioteca sea lo que se supone que es: una colección de libros que habla de su dueño. 
En cada momento, en cada etapa, nos interesan unos libros o unos tipos determinados de libros. A lo largo del tiempo cambian nuestros gustos, nuestros criterios, nuestros intereses o nuestros medios económicos. Y dependiendo de estos factores, nuestra biblioteca adquirirá formas determinadas. Irá cambiando igual que cambiamos nosotros.
Por eso será nuestra biblioteca, única y personal.

Pero en una descarga virtual en masa no hay nada de eso. Falta el interés sostenido a lo largo del tiempo,  la meticulosidad. No hay meditación ni condiciones que nos lleven a descartar un libro a favor de otro… No hay búsqueda, ni reflexión, ni espera…
Creo que en muchos casos, cuando se descargan tantos libros de golpe no es porque se desea de verdad cada uno de esos libros, sino simplemente porque se puede.

También creo que con las obras virtuales sólo se puede satisfacer el amor a la lectura, pero no el amor a los libros, que es otra cosa.
El amor a los libros es algo más amplio, que además del interés por la obra que se lee incluye también el gusto por el libro como objeto.
Y el valor del libro como objeto puede venir dado por muchos factores diferentes: porque es un libro regalado, porque tiene una dedicatoria, porque es una edición especial, porque lleva años con nosotros, porque perteneció a alguien…
Luego están los casos de bibliomanía desatada, claro, en los que los libros se coleccionan exclusivamente como objetos, por las peculiaridades de su edición, sin importar la obra que contienen, porque el interés principal no es leerlos. Pero ése es otro tema.

El amor al libro, frente al amor por la lectura, también incluye el hecho de tener las páginas entre la manos, las páginas que se van pasando, que es una forma de tocar la historia que leemos, de sentirla más de cerca. Porque cada obra tiene su tacto particular, su textura propia, y eso se aprecia mejor si lo percibimos físicamente además de intelectualmente. El tacto del libro, me parece a mí, hace que la lectura sea más intensa.

Por estas razones considero que una colección de libros intangibles no es lo mismo que una biblioteca.
Pero todo esto no es más que mi visión personal de esta cuestión. Porque, en realidad, qué importa que se les llame biblioteca o no a los libros digitales.
Lo que importa en un caso como éste es que  una pregunta interesante puede llevarnos  a meditar sobre algo en lo que no habíamos pensado hasta el momento, como  he meditado yo ahora  sobre estos aspectos de la lectura y la bibliofilia.

Ah, y también importa la opinión de ustedes sobre el asunto.


En el ojo del huracán (Storm Center, Daniel Taradash, 1956)