domingo, 31 de enero de 2016

Estuve en Noblis

Estuve en Noblis, la ciudad de la que tanto me habían hablado y que nunca tuve interés por visitar.

Al llegar, con la primera impresión, me pregunté por qué todos hablaban de Noblis, si aquel parecía un lugar sin gracia, digno sólo de olvidar.
Pero durante el primer paseo empecé a comprender.
Noblis es singular. Lo que en cualquier ciudad moderna se evita o incluso se prohíbe, en Noblis se tolera y hasta diría que se fomenta.
Lo que en cualquier otro sitio se considera deshonroso, en Noblis es respetable. Lo que en nuestra ciudad  rechazamos, en Noblis nos conquista.
Las  fachadas ruinosas, los azulejos rotos, los metales oxidados, la sábanas tendidas en los balcones como velas de una fragata, dan a las calles un aire de pobreza, de descuido, de desidia, que sorprende y desconcierta al recién llegado. Pero en seguida reconocemos que Noblis ha conseguido hacer del abandono y la decrepitud un estilo, una demostración de carácter.
Porque a esa decrepitud la llaman decadencia y entonces nos seduce.
Las palabras importan mucho.

En otra ciudad diríamos: “Está todo muy viejo”. En Noblis decimos: “Tiene todo mucho encanto”.
Y lo cierto es que lo tiene, y comprendemos que la belleza de lo marchito es real, y nos atrae  y nos transmite serenidad.
Parece en Noblis que nadie se preocupa por el paso del tiempo, y que cuando algo se ha de deteriorar, se le permite deteriorarse.

Pero al mismo tiempo hay por todas partes detalles que denotan un gusto primordial por la perfección, por la armonía, por el color. Se ve en las fachadas decoradas con pintura o con mosaicos, donde florecen las guirnaldas, los dibujos geométricos y la exhuberancia de inspiración clásica.

Y por otro lado, esa quietud que el descuido infunde, contrasta con el bullicio de la gente y el tráfico. Y con el traqueteo vertiginoso de los tranvías, también ellos desvencijados y con la pintura descascarillada, que reptan y se estremecen por las calles como fósiles vivientes, vestigios de otros tiempos, pasados hace ya mucho.

La sensación que aparece sin buscarla cuando me acuerdo de Noblis, cuando me acuerdo sin voluntad de recordar, es la de una ciudad soleada y provocativa, orgullosa de su aspecto, como una mujer mayor y coqueta, que se arregla pero sólo lo justo; que no pretende aparentar lo que no es ni esconde lo que sí es.
En esta ciudad ajetreada y plácida al mismo tiempo, parece que dijeran a los visitantes: “Vengan, vengan con su ritmo frenético de turistas y mézclenlo con nuestra parsimonia. Y vengan con sus deseos de tranquilidad y agítense en nuestro pintoresco vaivén.”
Sí, por fin estuve en Noblis, y me hubiera gustado que estuvieras conmigo.



lunes, 18 de enero de 2016

El misterio del diccionario



Los diccionarios son una herramienta fundamental para mí, tanto por razones profesionales como por interés o gusto personal. Los utilizo a diario, y, quizá porque no dejo de sorprenderme con su utilidad y la magnitud de su alcance, también me resulta muy interesante el proceso de elaboración de estas obras lexicográficas.

La creación de un diccionario puede parecer  –y lo es– una tarea ardua y lenta; incluso  tediosa y propia de eruditos sin vida social. Un trabajo, en fin, nada emocionante.
Sin embargo, a veces, el proceso de elaboración de un diccionario puede deparar sorpresas asombrosas y contener  elementos tan misteriosos y enigmáticos como los del más interesante caso ideado por Agatha Christie.

Y eso precisamente es lo que ocurrió en el siglo XIX durante la elaboración del prestigioso Oxford English Dictionary (OED).

Sucedió que en 1857, los sabios de la British Philological Society, decidieron crear un diccionario que recogiera el significado y la etimología de todas las palabras de la lengua inglesa conocidas desde el siglo XII. El diccionario habría de incluir también, como elemento distintivo, citas literarias que ilustraran los diferentes significados de las palabras.

Los inicios del proyecto ya fueron azarosos. Herbert Coleridge fue nombrado editor, y como tal empezó el buen hombre a elaborar definiciones de palabras. Pero al poco tiempo enfermó y falleció. Su sucesor, llamado Furnivall, tenía, al parecer, más interés en invitar a señoritas a pasear en barca por el Támesis que en encerrarse en su despacho a escribir definiciones. Así que lo sustituyeron. Esta vez el elegido fue Sir James Augustus Henry Murray, un hombre con una asombrosa capacidad de trabajo y grandes conocimientos. Y también grandes barbas, por cierto.
James-Murray en 1910
Sir James es un personaje muy interesante del que merece la pena hablar, y más cuando se acaba de cumplir el centenario de  su muerte. Pero por ahora sigamos adelante con el diccionario y su misterio.

Murray se levantaba a las cinco de la mañana y trabajaba doce horas diarias, y aun así, al cabo de cinco años él y sus colaboradores sólo habían llegado a la palabra “hormiga”. Esto no estaría  mal si no fuera porque en inglés hormiga se dice “ant”.  Es decir, que en cinco años no habían podido ni terminar las entradas correspondientes a la letra A.

Pero entonces, en 1879, el sabio tuvo una gran idea: hizo un “llamamiento a las personas que hablan y leen inglés para que lean libros y extraigan citas para el nuevo diccionario de la lengua inglesa de la Sociedad Filológica”. En el llamamiento también se explicaba en qué consistía el proyecto y se incluía una “lista de libros para los que se necesitan lectores”. Entre esos libros estaban, por ejemplo, los Poemas Menores de Chaucer; El progreso del peregrino, de Bunyan; la prosa de Milton; Robinson Crusoe, de Defoe; el Gulliver de Jonathan Swift; la mayoría de las obras de Charlotte Bronte, de Byron, de Coleridge, de Hawthorne, etc.
Esta petición de colaboradores tuvo una respuesta maravillosa, pues los responsables del Diccionario empezaron a recibir  miles y miles de notas de lectores de todo el mundo de habla inglesa, que enviaban cada día  las citas que seleccionaban de los libros que iban leyendo y que fueron ilustrando el uso de cada palabra registrada en el OED.

Pero si todo esto ya es de por sí curioso y emocionante, más interesante aún es el hecho de que hubiera un colaborador misterioso. Alguien cuyas aportaciones al OED fueron asombrosas, pues estuvo enviando citas literarias, perfectamente organizadas en índices, cada semana, durante muchos años.
¿Quién sería esa persona, este voluntario y voluntarioso lector, que tan en serio se tomó la petición de Murray? Debía de ser sin duda un gran lector y un gran trabajador.

Llegó un momento en que Murray se interesó personalmente por saber quién sería este dedicado colaborador. Y con sorpresa supo que, según el anónimo remite de sus envíos, se trataba de alguien que escribía desde Broadmoor. Desde el manicomio de Broadmoor.
Murray pensó que se trataría de un médico, y desde luego, el colaborador misterioso era médico…
William Chester Minor era un estadounidense, nacido en 1834, que había sido cirujano militar; un hombre culto y refinado, que leía con avidez, pintaba acuarelas y tocaba la flauta. Quizá demasiado refinado y sensible para soportar la crueldad y la barbarie que presenció durante su servicio en la Guerra Civil Americana. Incluso en una ocasión fue obligado a marcar a fuego la letra D en la cara de un desertor. Todo esto dio pie a una grave inestabilidad mental.
William C. Minor
Y a esto se unió el hecho de que padecía también una obsesión por las prostitutas que lo llevaba a comportarse de manera cada vez menos aceptable para el ejército. Después de un tiempo hospitalizado, se le declaró incapacitado y fue jubilado en 1871.

Entonces viajó a Londres para descansar, pero allí su mente siguió atormentándolo, y se obsesionó con la idea de que aquel soldado al que le marcó la cara lo buscaba para vengarse. Y una noche, convencido de que su perseguidor  lo había encontrado, salió a la calle y mató de varios tiros a un hombre que pasaba por allí camino de su trabajo.
En el juicio por el asesinato de este hombre, William Minor fue declarado loco, y así fue como ingresó en el manicomio de Broadmoor. Tenía 37 años.

Los responsables del asilo le permitieron tener libros en su celda  así como material de pintura. Además pudo mantener correspondencia con diversos libreros de Londres a los que con frecuencia hacía pedidos de libros, llegando a convertir su celda en una verdadera biblioteca. Es probable que en alguno de esos libros que recibía encontrara una copia del famoso llamamiento del doctor Murray solicitando la  colaboración de voluntarios para el OED. En seguida esto se convirtió en su pasión y su razón de vivir.

Como en toda historia trágica, en ésta tampoco faltan elementos conmovedores. Por ejemplo, que Minor, consciente, a pesar de su locura, de lo que había hecho, prestara ayuda económica a la viuda del hombre al que había matado, y que ella fuera en varias ocasiones a visitarlo y llevarle libros.
Y que el bueno del doctor Murray, enterado de la sorprendente historia de este abnegado colaborador, fuera a conocerlo y siguiera visitándolo con frecuencia durante veinte años,  y que se ocupara de que Minor fuese finalmente trasladado a su patria. Además, en el prefacio al quinto volumen del OED, Murray incluyó una mención al Dr. W. C. Minor, en sincero reconocimiento por su extraordinaria colaboración.
Y también  emociona ver cómo una pasión, en este caso la pasión por los libros y las palabras, puede dar un nuevo sentido a una vida rota.

Ni Minor ni Murray llegaron a ver terminada la obra a la que tanto trabajo, tiempo y amor habían dedicado, cada uno desde su lugar.
El sabio y entrañable filólogo murió en julio de 1915, a los 78 años, cuando trabajaba en la letra U.
El loco y desventurado cirujano falleció en 1920, en una residencia de ancianos, en Connecticut.
La primera edición del Oxford English Dictionary se publicó en 1928.




Una novela sobre este asunto: El profesor y el loco, de Simon Winchester (Editorial Debate, 1999).

domingo, 10 de enero de 2016

Premios Gamba. El regreso

 
Como quizá recuerden algunos de ustedes, los Premios Gamba son un modesto reconocimiento que en este blog rendimos a las meteduras de pata lingüísticas  que con frecuencia se producen en los medios de comunicación (televisión, prensa, webs de empresas, etc.) y a veces también en los libros.
 
Y como hace tiempo que no nos deleitamos aquí con esos gambazos, resbalones y deslices, me ha parecido oportuno traer hoy una pequeña recopilación —o sea, un cóctel de gambas— de casos varios recogidos y catalogados durante este pasado año.
 
En el primero de ellos, una alegre reportera informaba en una ocasión sobre una huelga del servicio de recogida de basura. Para destacar el importante trabajo de los servicios mínimos, dijo que se había hecho “un esfuerzo infrahumano”.
Obviamente el esfuerzo debió de ser “sobrehumano”, si no qué mérito tendría. Pero confundir infra- con sobre- es como confundir arriba con abajo, o sea, que no tiene ninguna importancia.
 
Otro día, un colaborador de un programa en el que se comentaban casos truculentos de la actualidad, se refirió a unos vehículos relacionados con un caso criminal. Al respecto comentaba el buen señor que “los coches se han revisado hasta la extremaución”.
¿Qué terrible confusión se produjo aquí? Ya se habrán percatado ustedes: debió decir extenuación (agotamiento), pero se le mezcló con extremaunción (unción que realiza el sacerdote católico a quien se halla en trance mortal) y salió un híbrido de lo más peculiar.
Estamos aquí ante un caso grave de contaminación fonética o malapropismo, es decir, lo que en este blog llamamos parejas complejas.
 
Otro escabroso caso de resbalón léxico con síntomas de pareja compleja es el que se produjo cuando un vivaracho reportero televisivo explicaba los detalles de un asesinato y dijo:  “En cuanto a la perpetuación del crimen…”
Obsérvese la falta de pericia del susodicho reportero, que utilizó  perpetuación (hacer algo perpetuo o perdurable) en lugar de perpetración (cometer un delito grave).
A no ser que el asesino siguiera matando a la víctima indefinidamente, claro.
 
Hace algún tiempo recogimos aquí el terrorífico caso de una presentadora que tradujo con gran desenvoltura y desacierto un titular de un periódico extranjero. El titular decía:  "Spain piles on austerity measures", lo cual  significa que España acumula medidas de austeridad. Pero ella lo tradujo como “España se pone las pilas con las medidas de austeridad”.
Después de semejante ridiculez alguien debería haberle dicho que no se precipitara con las traducciones, que fuese consciente de que no todo es lo que parece, que no confiara tan alegremente en sus conocimientos de inglés… en fin, que la hubiesen llamado a la prudencia.

Pero se ve que no hubo nada de esto, ni propósito de enmienda ni dolor de los pecados, porque hace poco la misma  persona tradujo otro titular con la misma falta de precaución y de conocimientos.
En esta ocasión el titular decía: "Venezuela elite probed over drug trafficking", es decir, que altos cargos de Venezuela estaban siendo investigados con relación al tráfico de drogas. Pero ella lo tradujo como “Demostrado que la élite de Venezuela trafica con drogas”.
Confundió probe (investigar) con prove (demostrar), y la confusión convirtió en acusación firme lo que de momento no era más que sospecha.
Fíjense ustedes en lo grave que puede llegar a ser una traducción apresurada o realizada por quien cree tener unos conocimientos que no tiene. E imagínense una metedura de pata de ese estilo en un documento oficial o en un tribunal...
 
Libro y foto de Pedro G.
Además de las meteduras de gamba y patinazos que hemos consignado hoy, ha habido en los últimos meses otros resbalones que también merecen un reconocimiento y un lugar en nuestros corazones. Por ejemplo, el aclamado caso del político que presentó un decálogo de cinco propuestas; el de los políticos que se pasaban unos a otros la pelota caliente; el del futbolista que dejó en la estocada a su equipo, o la del sospechoso de asesinato que guardaba un asa en la manga. O sea, algo a lo que agarrarse.
Y para terminar, observen ustedes qué terrible, pero terrible de verdad, es el patinazo que recoge la foto que me manda un amigo:
 
 


 

viernes, 1 de enero de 2016

¿Controqué?

 
Contrónimo.
He aquí una palabra audaz, decidida, enérgica. Una palabra muy apropiada para empezar el año.
Pero ¿qué son los contrónimos? Pues, por decirlo de una manera sencilla, son  palabras indecisas, incoherentes, que se llevan la contraria a sí mismas. Palabras a las que se podría aplicar aquello de “donde dije digo, digo diego”.
Porque, en efecto, un contrónimo es un término que significa una cosa y su opuesta, según le parezca. Es decir, que es antónimo de sí mismo. De hecho también se denominan  autoantónimos, aunque hace falta practicar un poco antes de llamarlos así en público.
En resumidas cuentas, los contrónimos son palabras con doble personalidad.

Y no crean ustedes que son raros ni infrecuentes los contrónimos. Son palabras que usamos todos los días -o casi todos- aunque no nos damos cuenta de su carácter caprichoso y veleta.
Pensemos en unas cuantas palabras y en sus opuestos. Por ejemplo: lo contrario de comprar, vender; lo contrario de dar, recibir; lo contrario de ganar, perder; lo contrario de alquilar… alquilar.
En efecto, la palabra alquilar es un contrónimo, porque significa tanto “comprar el uso de algo” como “vender el uso de algo”. Por lo tanto, “Ya he alquilado el piso” puede significar tanto que soy el dueño del piso como que soy el inquilino (que no el alquilino, como dijo aquél).
 
Y lo mismo ocurre con arrendar y con prestar.
Decimos “Tengo un libro prestado” y puede significar que alguien me lo ha prestado a mí o lo contrario, que yo se lo he prestado a alguien. Es decir, que en este caso concreto prestar significa tanto “perder un libro para siempre” como “quedarse con un libro para siempre”.
 
Hay dos terminos contrónimos en particular que a mí personalmente me confundieron mucho durante mucho tiempo. Uno de ellos es sancionar, que yo siempre entendí como “aplicar un castigo”, hasta que descubrí que las leyes y las normas se sancionan pero con el sentido contrario. Es decir, que sancionar una norma no significa castigarla sino autorizarla o aprobarla.
Y el otro es uno que me desconcertó en mi infancia –y me sigue desconcertando hoy día, pero ahora disimulo-: el verbo “ponerse” cuando se aplica al sol. “El sol sale por el este y se pone por el oeste”, nos decían. Y la confusión era tremenda porque en este caso “ponerse” significa en realidad “quitarse”.
 
Hay dos contrónimos que son especialmente curiosos, porque uno de sus significados es de uso común mientras que el otro es bastante desconocido. Por eso es fácil que se interprete como error el uso de ese otro significado. Se trata de lívido, que significa originalmente “amoratado” pero también ha adquirido ya el significado de “pálido”;  y de nimio, que significa “sin importancia” y a la vez “excesivo, exagerado”. De los dos dimos más detalle aquí en su día.
 
Cuando supe de esta singularidad que tienen algunas palabras, comprendí varias cosas. En primer lugar comprendí que no es tan descabellado decir que algo es mortal o de miedo cuando en realidad no se trata de algo funesto o peligroso sino de algo muy bueno.
Y también comprendí por qué en ocasiones utilizamos el verbo acabar con el sentido de empezar. Así decimos, por ejemplo: “Paquito y Piluca han acabado saliendo juntos”, cuando lo que ocurre es que han empezado a salir juntos. Por eso conviene aclarar la situación si alguien nos dice “Me gustaría acabar contigo”.
 
Pero, sobre todo, gracias a este concepto de la contronimia, comprendí que todo es contradictorio en sí mismo; que el ser humano y todo su universo es en esencia paradójico; y que el lenguaje y las palabras, que tan ilógicos pueden parecernos a veces, son el más lógico y coherente reflejo de ese carácter insensato que nos identifica.
 
 
Puesta de sol ferroviaria (E. Hopper, 1929)




jueves, 17 de diciembre de 2015

Que hablen ellos (una vez más)


Cuando un año va terminando  y otro está a punto de comenzar,  al margen de las celebraciones y los sentimientos promovidos por los medios de comunicación y consumo, parece que, de manera natural, el alma se nos vuelve como esponjosa, y predispuesta a absorber ideas de renovación y mejora.

Por eso, como otras veces, he estado hablando con unos amigos muy simpáticos y muy listos, y les he pedido que me dejen algunos pensamientos suyos para compartirlos con ustedes.
Y en esta ocasión, Robert Walser, Robert Louis Stevenson, Octave Uzanne, Leon H. Vincent y Stephen King, me han hablado de formas de felicidad,  de sentirse bien. Y, viendo lo que dicen, me da la impresión de que nuestro bienestar reside en nosotros mismos, en nuestra forma de afrontar la realidad.

Por ejemplo, un cambio de actitud, una forma diferente de enfrentarse a las cosas, pueden convertir a un desdichado en alguien feliz y satisfecho:

“Volví a respirar más tranquilo y más libre… y volví a ser un hombre más hermoso, más cálido, más feliz. Poco a poco vi desaparecer los temores que llenaban mi alma; la tristeza y el vacío de mi corazón y la desesperanza se transformaron lentamente en alegre y serena satisfacción, y en un agradable y vivo interés que aprendí a sentir de nuevo. Estaba muerto, y ahora es como si alguien me hubiera elevado y alentado. Donde creía tener que sufrir muchas cosas feas, duras e inquietantes, encuentro el encanto y la bondad, y lo hallo todo tranquilo, familiar y bueno.”

Robert Walser. El paseo (1917)

Todos nuestros autores, que tan sabios  y cultivados son, están de acuerdo en que los sentimientos, más que el intelecto, son lo fundamental para vivir contentos:

“Adiós, amigo, es usted joven, ame la vida con alegría y nobleza, sin demasiadas cosas en la mente, pero con muchas en el corazón […] Piense que cuanto más ganamos del lado de la inteligencia más perdemos del lado del instinto, y la pérdida no compensa la ganancia.”

Octave Uzanne. “El bibliotecario Van Der Broëcken de Rotterdam” (1895)

 
Pero, claro, han de ser sentimientos sinceros, sin disfraz; si son fingidos no reportan bienestar:
“La verdad hacia el sentimiento, la verdad en una relación, la verdad hacia tu propio corazón y tus amigos, nunca simular ni falsificar la emoción: ésa es la verdad que hace posible el amor y feliz a la humanidad.”
Robert Louis Stevenson. “La verdad de la conversación” (1879)

 
Y si compartimos los sentimientos con los demás, la felicidad será aún mayor :

“Un sentimiento compartido es uno de esos grandes bienes que hacen que la vida resulte agradable y siempre nueva. Saber que otros han sentido lo que nosotros hemos sentido, y que han visto cosas, aunque sólo sean cosillas, de forma no muy distinta de cómo las hemos visto nosotros, será, hasta el final uno de los placeres más exquisitos de la vida.”
 
Robert Louis Stevenson. “Apología de la pereza” (1877)

 
Otro de nuestros amigos está de acuerdo en que un sentimiento compartido produce  satisfacción y contento, pero le da a la idea un matiz específico. Seguro que ustedes también están de acuerdo con él:

“Para los lectores, uno de los descubrimientos más electrizantes de la vida es que son lectores: no simplemente capaces de leer […] sino de enamorarse de ello. Sin remedio.
El primer libro que consigue esto nunca se olvida, y cada página parece traer una nueva revelación, que quema y exalta: ¡Sí! ¡Eso es! ¡Sí!  Y por supuesto: ¡Eso es lo que yo pienso! ¡Eso es lo que yo SIENTO!
Stephen King. Finders Keepers (2015)

 
Por último, aquí tenemos lo que a mí me parece que es la descripción de un hombre verdaderamente dichoso. Incluso la podríamos tomar como una lista de ingredientes con los que elaborar el bizcocho de la felicidad:

“De manera que, en cierto modo, era la encarnación de la tolerancia, al igual que, sin duda, era la encarnación del buen humor y la generosidad. No le envidiaba a nadie los dones de la naturaleza o del destino. No sólo se complacía en vivir y dejar vivir sino que se esmeraba en hacer que la vida de los demás fuera un placer para ellos, y recibía con risueña serenidad comentarios adversos sobre sí mismo.”
Leon H. Vincent. El bibliótafo (1898)



Esta tierra es mía (This Land is Mine. Jean Renoir, 1943)

Para todos ustedes, amigos de Juguetes del viento, mis mejores deseos y mi sincero agradecimiento, siempre, por su presencia.

 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Un libro, una emoción



Nuestro amigo Holden, a través de su blog, me ha propuesto participar en un juego que me ha parecido original e interesante.
El juego está inspirado por la película Inside Out (“Del revés”), en la que cinco personajes de animación representan sendas emociones: alegría, tristeza, miedo, asco e ira. Y se trata de elegir cinco libros, cada uno de los cuales nos haya  producido una de esas emociones.

Me ha resultado muy difícil elegir un solo libro para cada emoción, por lo que en algunos casos me he tomado la pequeña libertad de nombrar dos. O tres.
Son estos:

Alegría. Al pensar en un libro que me haya producido alegría o felicidad, he llegado a la conclusión de que cualquier libro que me gusta me produce felicidad y me alegra; pero quedarme ahí sería hacer trampas. Se trata de elegir un libro que me haya alegrado el ánimo y me haya hecho sonreír. Y entonces han aparecido ante mí  El paseo de Robert Walser, y las Historias de amor, de las que ya hablamos hace poco aquí, del mismo autor. Pero también  La tienda de los suicidas, de Jean Toulé, que a pesar de su título, es un libro divertido y optimista, con unos personajes sombríos y cenizos que regentan una tienda de artículos para el suicidio, y que descubren con recelo que el hijo menor les ha salido de lo más risueño y alegre.

Asco. Esta ha sido la relación que más me ha costado establecer, porque no recuerdo ningún libro que me haya causado impresión de asco. Sin embargo, recientemente he leído uno que me ha producido angustia y rechazo. Me refiero a  El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, que es una historia de amor, del amor de un padre por su mujer y su hijo; pero es que está llena de detalles “orgánicos”, de minuciosas descripciones de dolor y trauma físico,  algo para lo que yo no tengo espíritu.


Ira. También en este caso dos libros han aparecido a la vez: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, y La herencia de Eszter, de Sándor Márai.
En el primero, como es bien sabido, la injusticia y la traición de las que es víctima Edmundo Dantés dan mucha rabia y ganas de decirle cuatro cosas al pérfido Fernando Montego.
Y en el de Márai, el personaje llamado Lajos es un tipo despreciable, un timador y un frescales, que se aprovecha del encanto personal que la naturaleza le ha dado para embaucar a quien tiene mejor corazón que él. En el fondo es un infeliz, siempre trampeando y siempre insatisfecho, pero no escarmienta, y mientras tanto va destruyendo la vida de quien haga falta con tal de salirse con la suya. 
Es una historia emocional y psicológicamente intensa y muy interesante.


Esta escena da mucho más
miedo en el libro
Miedo. Desde niña me gusta el género de terror, el suspense, el misterio, y he pasado maravillosos momentos de emoción y sinvivir gracias a este tipo historias. Y, como saben algunos de ustedes, el autor al que más he leído en este género es Stephen King, que, dicho sea de paso, no es sólo un autor de terror. Pero ése es otro tema. Centrándonos en el que nos ocupa, uno de los libros que más miedo me ha hecho pasar es El misterio de Salem’s Lot. Escenas como las de aquellos hombres metiendo los ataúdes en la casa abandonada, o la del niño Danny Glick llamando a la ventana del dormitorio de su hermano, ponen los pelos de punta, sobre todo si tienes doce o trece años.

Tristeza. De nuevo dos libros vinieron sin titubear a mi mente al pensar en esta emoción, y no puedo dejar de lado ninguno de los dos.
Uno es La educación sentimental, de Flaubert, y el otro Flores para Algernon, de Daniel Keyes, una conmovedora historia de ciencia-ficción. Los dos son muy emotivos, los dos me hicieron llorar de pura tristeza y compasión por sus protagonistas, pero, sin pretender comparar dos libros entre los que no hay comparación posible,  creo que Flores para Algernon es más enternecedor y el infortunio de su protagonista más impresionante.

Esta es mi selección, que espero les haya parecido interesante.
Para completar este juego yo debería ahora invitar a otros blogueros para que presenten su selección de libros en sus respectivos blogs, y por supuesto, todos los que pasan por aquí están invitados. Pero voy a permitirme también una variación,  y en vez de nominar blogs concretos voy a pedirles a ustedes otra cosa, para que puedan jugar también, si les apetece, quienes no tengan blog propio. Y es que me gustaría mucho saber no sólo qué les ha parecido mi selección,  sino también cuál sería la suya, conocer los libros que les han producido a ustedes cada una de estas cinco emociones.
Así pues, los espero aquí detrás, ya saben, en el saloncito de los comentarios.





jueves, 26 de noviembre de 2015

Tres historias de amor aproximadamente


 
Prioridades

-Mi trabajo está por encima de todo, mis novelas son lo más importante para mí. Y su ayuda me resulta imprescindible. Tiene un don especial para los diálogos, para poner las palabras exactas en cada ocasión.
-Querido,  ¿recuerdas lo que me dijiste aquella vez que perdí las llaves del coche?
-Claro, mi amor: que eras una idiota redomada.
-Ah, eso es: redomada... ¿Y qué te dije yo?
-Que era un impertinente y un zafio.
-Perfecto… Gracias, cielo, qué haría yo sin ti.

 
***
 
Sin mentiras

-Otro paquete para Roberto Díaz.
-Pues qué bien. Adelante.
-¿Ya han traído este pedido? Qué pronto, ¿no?
-Sí, es que el chico estaba deseando volver  a verme.
-Pfff, sí,  seguro.  
-Sí…
 
***
 
He vuelto

Un día, después de varios meses, el marido volvió a casa, arrepentido.
-Todo ha terminado, querida.
-¿De verdad?
-De verdad, mi amor. Todo lo que ha pasado ha sido una locura, un error imperdonable. He sido un idiota, pero tú eres tan buena que sé que me perdonarás, ¿verdad que sí?
-Sí, sí. Todos nos equivocamos, no te preocupes.
-Ahora yo sabré compensarte por el abandono, por la soledad, por las mentiras.
-Entonces, ¿vienes para quedarte?
-Sí, mi amor. Me quedaré a tu lado para siempre.
-¿Y todo volverá a ser como antes?
-Sí, mi vida, como antes.
Ella se echó a llorar, y el aguafiestas creyó que era de felicidad.






(Dos historias de amor aproximadamente, aquí) 

martes, 17 de noviembre de 2015

Nosotros lo terminamos


“El escritor sólo empieza el libro. El lector lo termina.”
(Samuel Johnson, 1709-1784)


Hace unos días comentaba con un amigo algunos aspectos de El guardián entre el centeno, la mítica novela de J. D. Salinger, y hablamos en especial del  significado simbólico del campo de centeno imaginado por Holden Caufield, protagonista de la historia.

J. D. Salinger
Esto me llevó después a meditar un poco sobre lo difícil que es a veces llegar al significado profundo de las obras literarias; no quedarnos en la superficie, en lo que leemos, sino  dar una interpretación a lo que el autor nos dice cuando nos lo dice de manera indirecta.

Esto, por cierto, se da con frecuencia en las historias que tienen un carácter fantástico, irreal o sobrenatural, y creo que esa dificultad para atravesar la superficie del texto, para desentrañar su posible sentido implícito, es lo que hace que tantas veces la literatura de fantasía, en todas sus variantes, sea considerada poco seria y de menor categoría que la literatura realista.
No hace mucho comentamos aquí algo a este respecto.

El escritor tiene una forma propia de ver el mundo, la vida y al ser humano, y esa visión, esa forma personal de concebir el mundo, es lo que nos transmite en sus obras, mediante sus historias y los personajes que habitan en ellas.
Y los lectores, claro está, también tenemos nuestra propia concepción de las cosas, que se va construyendo según nuestras experiencias, conocimientos, entorno cultural, etc.  Por eso, cuanto mayor sea la distancia cultural o emocional entre el autor y el lector, más difícil nos resultará captar los significados y las intenciones que se ocultan tantas veces en la escritura.

Henry James (por
John Singer Sargent, 1913)
Es posible, por supuesto, que el autor no haya pretendido conscientemente dar a su texto una intención o una carga simbólica determinada. Puede que seamos nosotros, los lectores, quienes encontremos un simbolismo, una relación entre conceptos, que el autor no perseguía o que otros lectores no perciben.

Por ejemplo, la ambigua y compleja novela Otra vuelta de tuerca, de Henry James, es un  ejemplo paradigmático de esa literatura que da pie a múltiples interpretaciones. Podemos leerla como una historia de fantasmas sin más, en la que los espíritus de dos amantes perversos, anteriores habitantes de la casa, acosan a la institutriz y, al parecer, también a los dos niños que tiene a su cargo.
También podemos hacer una lectura freudiana y  llegar a la conclusión de que tales fantasmas no existen más que en la mente de la institutriz, quien, tal vez traumatizada por una represión sexual, cree que los niños sufrieron alguna clase de abuso por parte de los amantes fallecidos, que quieren ahora apoderarse de sus almas.
O podemos decidir que los fantasmas no son tales, sino dos personas de carne y hueso que merodean por los alrededores de la casa con determinadas intenciones, y a las que la institutriz, por su  inestabilidad psicológica e influida por la historia de los amantes fallecidos, ve como los espíritus de éstos.

The Innocents (Suspense), adaptación de
 Otra vuelta de tuerca (Jack Clayton, 1961).
Además de todas estas posibilidades, y sin renunciar a ninguna de ellas, a mí personalmente me resulta interesante la idea de que en la novela subyace también una denuncia de la situación de desprotección personal y económica, de soledad, aislamiento e incluso maltrato psicológico, que sufrían las institutrices en la Inglaterra victoriana; situación que las llevaba en muchas ocasiones a la neurosis, las obsesiones, la pérdida de contacto con la realidad…
No sé si Henry James tuvo esa intención de denuncia, pero teniendo en cuenta el contexto histórico y social en que se escribió, la propia historia me sugiere esta posibilidad; y me satisface, porque le añade un valor más a la obra y le da  una dimensión más trascendental.

También me gusta pensar que lo que pretendió James, como cualquier autor que introduce en su obra elementos simbólicos, alegóricos o metafóricos, fue precisamente escribir un relato ambiguo para que los lectores lo terminasen. 

Por lo tanto, cada lector podrá interpretar y entender la misma historia de una manera diferente, o de varias maneras simultáneas. 
Pero esto no quiere decir, claro está,  que cualquier interpretación de una obra sea válida; que el significado de una obra dependa del capricho o la imaginación de los lectores. Para que una interpretación sea válida y se pueda considerar correcta ha de estar fundamentada en la propia obra, ha de responder a la historia, es decir, ha de ser coherente con el contexto de la obra y poder justificarse en sus detalles.


Yo creo que tan atractivo resulta el desentrañar los secretos de una obra como el hecho en sí de que ésta dé lugar a diferentes interpretaciones. Que podamos darle algo nuestro a una historia, haciéndola así más nuestra. Y que podamos apreciar el interés de todas las interpretaciones posibles y admirarnos de la habilidad del autor para crear esa riqueza argumental que sugiere, insinúa, evoca e  invita a meditar.