martes, 13 de noviembre de 2018

Palabras curiosas (y literarias)

Este año Juguetes del viento ha cumplido diez años, y para celebrar la historia del blog estamos recuperando diversas entradas. 
Ésta fue publicada originalmente el 26 de octubre de 2013



Las palabras, ya se sabe, tienen vida propia, y por eso tienen también sus caprichos y sus manías. En el fondo son unas coquetas y todo lo que van buscando es que nos fijemos en ellas, que nos demos cuenta de lo bonitas o peculiares que son o del origen tan curioso que tienen.

Y lo cierto es que cuando les prestamos un poco de atención casi nunca nos decepcionan; siempre nos muestran algún aspecto de sí mismas que nos sorprende, nos divierte o nos asombra. Raro es que nos dejen indiferentes.

 Una de esas palabras peculiares y divertidas es “bunburismo” (del inglés bunburism).  Todo el mundo conoce a ese famoso cantante de ondulados cabellos que se hace llamar Bunbury. Y casi todo el mundo sabe también que este  nombre es originalmente el de un personaje de la obra teatral La importancia de llamarse Ernesto (The Importance of Being Earnest),  de Oscar Wilde.
Pero aunque sea relativamente curioso que un músico elija como nombre artístico el de un personaje literario, más curioso es que ese personaje no exista. Porque el señor Bunbury de Oscar Wilde es una ficción dentro de la ficción: uno de los protagonistas de la obra, llamado Algernon Moncrieff, se inventa un amigo, el tal Bunbury, supuestamente enfermo y solo, y al que él va a cuidar y hacerle compañía.
Esta invención le sirve de magnífica excusa para librarse de compromisos sociales a los que no quiere acudir, y encima queda como un ángel.

Este es el literario origen del pintoresco término “bunburismo” (y del verbo correspondiente, “bunburizar”), que puede dar lugar a conversaciones más o menos como ésta:
-¿Quedamos mañana a las siete para que te cuente mis problemas?
-Ay, no puedo, es que ya he quedado con Tadeo Vinn.
-¿Tadeo Vinn? Oye, esto no será  un bunburismo, ¿no?

Otra palabra que  resulta interesante  es "yahoo", que da nombre a un popular servidor de correo electrónico.
Me imagino que los creadores de la cosa eligieron este nombre por su acepción más optimista y jovial, pues yahoo es sinónimo de yippee, o sea, “yupi”, o “yuju”,  una forma de expresar alegría y contento.
Según el diccionario Merrian-Webster, al que yo le tengo mucha fe, esta palabra es probablemente una alteración de yo-ho, dos interjecciones para llamar la atención de alguien, como en español decimos “oye” o “mira”.
Según el mismo diccionario, el primer registro de este uso de la palabra yahoo es de 1870. Pero el caso es que esta palabra ya existía previamente y también tiene origen literario. La inventó Jonathan Swift más de un siglo antes, cuando escribió Los viajes de Gulliver. En esta magna obra los Yahoos son unos seres de aspecto humano, primarios, ignorantes, dominados por la codicia y por los instintos más primitivos.
Por eso la palabra se usa en la lengua inglesa para designar a quien es muy bruto, vulgar, maleducado…
Llama la atención que dos conceptos tan diferentes (alegría y regocijo por un lado; persona grosera por otro) sean representados por un mismo término; y más aún que una palabra exista en el universo etéreo de las palabras y que a lo largo del tiempo otra palabra evolucione de manera que acaba teniendo la misma forma que aquella. Es curioso, ¿no?

Pues algo parecido ocurre con la palabra siguiente, que va dedicada a un diablo que ronda por aquí con frecuencia.
Se trata de dickens, con minúscula porque no se refiere al escritor victoriano.
Éste, efectivamente,  es un caso similar al anterior, en el que una palabra evoluciona, se transforma y acaba teniendo el mismo aspecto y sonido que otra con la que en principio no guarda parentesco alguno.
Esta palabra, dickens, se utiliza como sinónimo y eufemismo de devil (diablo), y es probable que sea una modificación de devilkin (diablillo).
Por eso podremos oír a algún clásico decir: What the dickens…? (“¿qué diablos/qué demonios…?”)
like the dickens, que viene a ser “un montón”: “Me duele la cabeza like the dickens.”
Por ahondar un  poco más en lo curioso de la palabra, diremos que el  apellido Dickens proviene de Dickon, que es un diminutivo del nombre Richard, y que uno de los cuentos más famosos de la literatura gótica, escrito por Sheridan Le Fanu, se titula precisamente "Dickon el diablo".
O sea que, después de todo, tal vez Dickens y el diablo no anden tan alejados el uno del otro.

Casos como estos, en los que las palabras parecen divertirse jugando a transformarse, cambiar de sentido, dar vueltas sobre sí mismas y enredarse unas con otras, me hacen pensar que algo de magia hay en todo esto, y que en realidad el lenguaje no es un instrumento que utilizamos los hablantes, como creemos, sino que es el lenguaje el que nos utiliza a nosotros. Como lugar de residencia.



lunes, 5 de noviembre de 2018

Misterium tremendum en casa del señor Talbot



El señor Talbot estaba en su estudio, despachando como cada miércoles unos asuntos con su  amigo y administrador, el señor Hurley. Después de firmar unos documentos y mientras  los guardaba en una carpeta, Hurley dijo:
-Por cierto, Talbot, esa doncella suya… Casilda… vaya sorpresa.
-¿A qué se refiere usted, Hurley? –preguntó Talbot, que siempre estaba alerta en lo referente a Casilda.
-Pues a que me ha parecido verla hace un rato, en el pueblo…
-Bueno, habrá ido a hacer algún recado, la habrá mandado la señora Cook, la cocinera…
-¿Un recado? ¿En la taberna, con una jarra de cerveza en una mano y un marinero en la otra?
El señor Talbot no podía creer lo que oía. Casilda era demasiado inocente, demasiado tímida, y demasiado boba, para esas cosas. Así que en seguida dijo:
-Imposible, mi querido Hurley, imposible. Se habrá usted confundido con otra muchacha, con alguna que se le parezca.
-Será eso, pero le aseguro, Talbot, que si no era ella, era su hermana gemela.
-No creo que tenga ninguna hermana gemela, pero esa explicación me parece más creíble que el que fuese realmente Casilda. 

Al ver tan seguro a Talbot, Hurley admitió que podría haberse confundido, pero estaba convencido de que la muchacha a la que había visto en la taberna era Casilda. La había visto de cerca y la conocía bien.

Al día siguiente Talbot recibió a otro amigo, Scott, jefe de policía, para jugar su partida de ajedrez de todos los jueves. 
Mientras Talbot preparaba unas copas de licor para acompañar el juego, Scott le dijo:
-Menuda sorpresa me llevé ayer tarde.
-¿Ah, sí? ¿Qué ocurrió?
-Que vi a Casilda, su doncella, en el puerto.
-¿En el puerto?  ¿Y qué hacía Casilda en el puerto?
-Pues, por lo que vi, estaba despidiendo a un marinero que embarcaba.
Talbot se volvió hacia Scott, con una copa en cada mano:
-¿Pero cómo es posible…?
-Bueno –dijo Scott con su habitual aire sosegado-, tampoco es tan raro. No es que la muchacha sea muy bonita, pero es joven, y se ve que cariñosa…

Entonces Talbot le contó a Scott lo que le había dicho Hurley el día antes. A lo que Scott respondió:
-Pues ahí lo tiene usted, Talbot. No es ningún misterio. Casilda tiene una vida personal fuera de esta casa. Es natural.
-Ya, claro, pero es que no es propio de ella… ¿No sería alguien que se le parecía mucho?
-Podría ser, desde luego. Pero tendría que ser una hermana gemela.

A pesar de su seguridad en el carácter de Casilda, Talbot no dejaba de darle vueltas al asunto. Le parecía difícil que dos de sus amigos se hubiesen confundido  con alguien tan peculiar como Casilda, y  a la que habían visto tantas veces en su casa. Así que, cuando Scott se marchó, después de ganar dos partidas de ajedrez, Talbot mandó llamar a la tímida doncella.
-Casilda, dígame, ¿dónde estuvo usted ayer por la tarde?
-Aquí, señor –respondió Casilda-, en la casa.
-¿No salió a ningún recado? ¿No fue al pueblo?
-No señor, no tenía que ir. Iré mañana, que es viernes y la señora Cook me mandará al mercado por…
-Está bien, está bien. Pero, dígame, ¿estuvo en la cocina, con la señora Cook, todo el día?
-Sí, señor. Bueno, todo el día en la cocina no. Antes del almuerzo estuve en el vestíbulo, limpiando el espejo nuevo, como me dijo Butler, el mayordomo…
-Ya sé quién es Butler, Casilda. Vaya al grano, por favor.
-Sí señor, pues eso, señor, que Butler me mandó limpiar el espejo porque los hombres que lo trajeron lo dejaron muy sucio después de ponerlo en la pared y …
–Ah, bien, bien –dijo Talbot, que tras meditar un poco añadió:
–Casilda, usted no tiene ninguna hermana gemela, ¿verdad?
–No, señor, ni gemela ni de otra clase. Sólo tengo dos hermanos, mayores que yo, que trabajan con mi padre en la…
—Sí, sí, es suficiente. Puede marcharse, pero haga el favor de decirles a Butler y a la señora Cook que vengan a verme.

Casilda salió del estudio con su paso nervioso, con la cabeza gacha y manoseando el delantal, como era su actitud propia. Al verla, el señor Talbot pensó: “Imposible. Es imposible que esta muchacha ande por las tabernas y los muelles mariposeando con los marineros. Pero si no tiene una hermana gemela, ¿cómo se explica que la hayan visto por ahí cuando se supone que estaba aquí? 

Después de hablar con el mayordomo y la cocinera, que le confirmaron que Casilda no había  salido de la casa durante todo el día anterior, Talbot comprendió que la cosa era mucho más complicada de lo que le pareció al principio. Era un misterio tremendo que había que aclarar como fuese. Porque según lo que decían los unos y los otros, parecía que Casilda tuviese la capacidad de estar en dos sitios al mismo tiempo; y, lo verdaderamente grave, que tenía dos personalidades, y tan dispares entre sí que aquello podría terminar convirtiéndose en un problema en el trato con ella, y desde luego  poner en entredicho la respetabilidad de la casa.

Al día siguiente Talbot se reunió de nuevo con Scott, Hurley y otros  dos amigos, para celebrar su acostumbrada tertulia; tertulia que en esta ocasión, no podía ser de otro modo, se centró en el asunto de Casilda y su supuesto don de la ubicuidad.
Scott y Hurley seguían convencidos de que la joven a la que habían visto, el uno en la taberna y el otro en el puerto, era Casilda o una hermana gemela. Pero su convencimiento no encajaba, y así lo admitieron, con las afirmaciones de Butler y la señora Cook,  ni con la de la propia Casilda respecto a que no tenía ninguna hermana.

–Y estoy seguro de que ninguno miente –dijo Talbot–. Butler y la señora Cook llevan muchos años conmigo y nunca me han dado motivo para dudar ni lo más mínimo de su honestidad. Y Casilda… bueno, Casilda es incapaz de mentir, simplemente. No tiene maldad ni cabeza para eso. 
-Salvo que tenga en verdad una gemela y ella no lo sepa -aventuró Scott, acostumbrado, como jefe de policía que era, a pensar en todas las posibilidades.

Y así iba pasando  la tarde, con tan doctos caballeros frunciendo mucho el entrecejo de tanto pensar, y sin llegar a ninguna conclusión.

Entonces a Talbot le pareció escuchar un murmullo en el vestíbulo, al otro lado de la puerta del estudio, como si alguien hablase consigo mismo.
Dejó a sus amigos cavilando, salió a ver, y se encontró con Casilda, que estaba con el plumero bajo el brazo, las manos a los lados de los ojos y la frente pegada al gran espejo nuevo.
-Casilda, alma de Dios, ¿se puede saber qué hace usted, que se va a quedar bizca?
-Ay, señor, disculpe, es que quería ver a la mujer.
-¿Pero qué mujer, criatura?
-La mujer del espejo. Me había parecido que era yo que me reflejaba, como es lo normal, pero se ve que no era yo, porque cuando me he acercado ha dado media vuelta y se ha ido.
-¿Pero cómo que se ha ido? ¿Y a dónde?

Entonces Talbot se dio cuenta de algo asombroso. Algo tan asombroso que aunque lo estaba viendo con sus ojos no lo podía creer. Porque mientras hablaba con Casilda, en el espejo sólo se veía su imagen, la de él, allí de pie, como si estuviera hablando sólo. Como si el reflejo de Casilda se hubiera marchado.
Entonces, aturdido y trastornado, entró de nuevo en el estudio para pedirles a sus amigos que saliesen a ver aquel prodigio. 
Al abrir la puerta los encontró a todos apiñados ante uno de los ventanales, mirando hacia el jardín.
-Señores, hagan el favor… -empezó a decir.
Y cuando los amigos se apartaron de la ventana Talbot vio a Casilda en el jardín y los demás la vieron en el vestíbulo.   Allí estaban, la Casilda  asustadiza y apocada que todos conocían, y esa otra Casilda, alocada y alegre, que correteaba y brincaba por entre los parterres tarareando una descocada canción marinera.

Mientras la verdadera Casilda seguía en el vestíbulo, ahora intentando mirar por detrás del espejo y ajena a la conmoción que había provocado, Talbot, que ya había comprendido lo que ocurría, informó a sus amigos del fenómeno espejístico que había presenciado. Y todos aquellos caballeros, hombres ilustrados y eruditos, conocedores de las ciencias y de las filosofías, las teologías y las metafísicas, tuvieron que admitir, una vez más, que, en lo referente a Casilda, eran como hombres primitivos abrumados por los misterios del universo, sin más opción que creer lo que veían y sin posibilidad de encontrarle una explicación.


flowers

Aquí, otros misterios en casa del señor Talbot.


viernes, 26 de octubre de 2018

Los gajes y la palestra



Ya les conté a ustedes en una ocasión que algunas veces me siento como una impostora lingüística, por utilizar palabras cuyo significado no conozco.
Y no es que yo diga palabras a lo loco a ver  si acierto. Me refiero a locuciones, a expresiones fijas en muchas de las cuales hay una palabra clave cuyo significado ignoro.

Con frecuencia es fácil intuir ese significado, como ocurre, por ejemplo, en el caso de la expresión “gajes del oficio”: no cuesta imaginar que un gaje ha de ser una inconveniencia, un fastidio asociado a una tarea determinada. Pero siempre llega un momento en que esa suposición no me resulta suficiente y hasta me incomoda, porque a mí me gusta conocer los significados con exactitud y certeza, y, a ser posible, también la etimología de los términos. De esa forma asimilo de verdad las palabras, así puedo considerarlas mías y sentirme con pleno derecho a utilizarlas.
  
Además, al buscar las palabras en el libro de las maravillas, ése que llamamos “diccionario”, con frecuencia encuentro alguna sorpresa extra que me hace sonreír y pensar en lo bonito que es esto del léxico.

Así que un día me detuve en la palabra gaje, y supe que, efectivamente, significa “molestia o perjuicio que se experimenta con motivo de una ocupación”. Pero también aprendí que antiguamente el gaje era el sueldo que se pagaba a alguien, o aquello que “se adquiere  por algún empleo además del sueldo”.  Esto me ha hecho pensar en que, últimamente, cuando un político se queja por algo, se lleva mucho decirle que “eso va con el sueldo”, lo cual, según se ve, es una forma pretendidamente original pero en verdad literal, de referirse, justamente, a los gajes del oficio.

La palabra gaje proviene del francés “gage”, que significa prenda, y que a su vez deriva del gótico “wadi”, prenda o fianza . Y en efecto, dejar algo en prenda es dejar algo como fianza.
Y ya que hemos llegado a la prenda, podría decirse que esta palabra fue, inicialmente, una incorrección, ya que se trata una alteración de pendra.
A todo esto, quizá algunos de ustedes se acuerden de aquel pignus que pasó por aquí hace  tiempo, y que tiene mucho que ver en esto. 

Ya ven lo que digo: esto de las palabras es una sorpresa continua.
Recuerdo, por cierto, que cuando era pequeña y, después de haber oído en varias ocasiones la expresión que nos ocupa, le pregunté a mi madre qué significaba eso de “gases del oficio”. Si ya eso me resultaba desconcertante, imagínense cuando supe que no eran gases sino gajes.

Otra frase en la que me detuve a pensar seriamente en algún momento es salir a la palestra. Todos sabemos que esta expresión tiene el sentido de “hacer una aparición pública” o, en sentido más amplio, comparecer ante otras personas.
Pero ¿qué será una palestra exactamente?, me pregunté, contrita, un día concreto. Y entonces supe que era “el lugar donde se lucha”, y que proviene del latín palaestra, derivada a su vez del griego palaistra, que era el espacio del gymnasium  donde los atletas  clásicos practicaban la lucha.
De hecho, en italiano el gimnasio y la gimnasia se llaman palestra, y así “andare in palestra” es ir al gimnasio, y “fare palestra” es hacer gimnasia.
 
Todo esto lo sé ahora, pero durante mucho tiempo estuve convencida de que  palestra era sencillamente un sinónimo de pizarra, porque los maestros nos decían con frecuencia eso de “Fulanito, sal a la palestra”. Qué simpáticos. 
Y ahora que lo pienso, para mí salir a la palestra en clase de matemáticas era en verdad como salir a la palaistra de los griegos, a pelearme con los números, que casi siempre me dejaban fuera de combate.
En fin, gajes del oficio.


palestra de Pompeya
Palestra de Pompeya


lunes, 15 de octubre de 2018

La tienda de don Luis


Esta entrada se publicó en el blog originalmente el 26 de enero de 2012. Hoy la recordamos con motivo del décimo aniversario de Juguetes del viento.


Hace unos días me acordé, no sé por qué, de don Luis y su tienda.

Don Luis era un señor muy alto, muy delgado, algo agachapado, y muy viejo. Al menos, así lo veía yo y así lo sigo viendo en mi recuerdo.
Y a juzgar por lo nebuloso y difuso de tal recuerdo, yo debía de ser muy pequeña cuando iba a su tienda con mi madre y a veces con mi abuela.
Don Luis andaba despacio y hablaba muy bajito. Y su tienda era muy antigua y bastante oscura, lo cual sería razón suficiente para que el lugar no le gustara a ningún niño. Pero a mí me gustaba.
Era una tienda de ropa de casa, si el recuerdo es fiable, y tenía un mostrador grande y compacto, de madera maciza. Y lleno de arañazos y muescas, con el borde gastado, pulido por el uso de muchos años y la caricia inconsciente de muchas manos.
Recuerdo también a una señora mayor -seguramente su esposa- bien arreglada, que siempre estaba allí, tras el mostrador, sentada en una silla, sonriente, observando el funcionamiento del negocio, pero sin intervenir en el mecanismo comercial.
Y me recuerdo a mí misma mirando embobada a don Luis, sus pausados movimientos y su peculiar aspecto.
Pero lo que mejor recuerdo es el cuaderno. El cuaderno rectangular, apaisado,  con tapas azules y hojas de color crema. Eso sí que me encandilaba.
Cuando alguien hacía una compra, don Luis sacaba el cuaderno de detrás del mostrador. Lo ponía encima con suavidad, con un movimiento parsimonioso y espeso, como envuelto en polvo y silencio. Entonces lo abría despacito, pasaba las hojas con cuidado, apoyaba la mano y escribía.
Anotaba palabras y números, con esmero, con cuidado, con tanta lentitud como lo habría escrito yo misma con mi inexperta mano infantil.
Cómo me fascinaba aquel cuaderno, y cuánto me hubiera gustado poder escribir en él, en aquellas hojas mullidas y densas...

Mucho tiempo después, siendo yo ya adolescente, me acordé un buen día de don Luis, como ahora, aparentemente sin motivo. Le pregunté a mi madre y ella me dijo que la tienda cerró siendo yo todavía pequeña.
Me imagino que don Luis se jubiló del negocio, o de la vida, y nadie tomó el relevo.
Y me pregunto si antes de cerrar la tienda por última vez recogió el cuaderno y se lo llevó   consigo.
Me gustaría saberlo.

sábado, 6 de octubre de 2018

En esos otros mundos



A veces, mientras pasea por uno de esos mundos, las líneas se vuelven borrosas.
No le pasa nada en la vista, pero sí en el corazón.
Se altera un poco, y lo nota en el estómago, que parece que chisporrotea.
Entonces siente como si dentro de ella se abriera un mágico cascarón y de él saliera un pájaro algodonado, que sube aleteando, blando y suave, y durante unos instantes no la deja respirar.
Y en ese momento siente el deseo insensato de echar a correr, de volver al mundo de siempre y contarle a alguien, a quien sea, lo que acaba de ver.
Y quisiera poder aprender de memoria las palabras con las que lo ha visto todo.



haunted library




martes, 25 de septiembre de 2018

Tres historias



1. Naranja y negro

Estaba sola en un desierto de tierra naranja y negra, subiendo por extrañas dunas de barro, que me permitían ver que a mi alrededor no había más que otras dunas. ¿Por qué estaba yo en aquel lugar? ¿Cómo había llegado?

La posición del sol y el peso menguante de la camtimplora me indicaban que llevaba ya varias horas allí, y sabía que no tenía posibilidades de llegar a algún otro lugar.

Empezó a oscurecer, el cielo se llenó de nubes negras y naranja como la arena.  Estaba aterrada, pero entonces, en un momento de súbita lucidez, el cerebro me dijo que todo aquello era demasiado absurdo para ser real, y que por lo tanto tenía que ser un sueño.
Y en ese momento, de pronto, me dormí. 

***

2. El destierro

A los desterrados los enviaban a una zona lejana e inhóspita en la que sólo vivían los desterrados.
Pero el delito de aquel preso se consideró tan grave que el destierro normal resultaba poca cosa. Así que los jueces pensaron y pensaron hasta que dieron con la solución.

–¿Cuánto mide la tierra? –le preguntaron al geógrafo mayor del reino.
–¿De arriba abajo o de izquierda a derecha?
–De izquierda a derecha.
–Cuarenta mil kilómetros, metro más, metro menos.

Así que los jueces calcularon que si mandaban al reo a cuarenta mil kilómetros de distancia lo estarían enviado lo más lejos que era posible sin salirse del planeta.
Entonces le preguntaron al geógrafo:
–¿Cuál es el lugar que se encuentra a cuarenta mil kilómetros de distancia de nuestra ciudad?

Y a ese lugar desterraron al reo, que no se podía creer que lo hubieran mandado tan cerca de su casa.

***

3. La merienda                          

En una de mis visitas a la casa de Nina, la niña salió a saludarme con su entusiasmo habitual.
Me cogió de la mano y me dijo:
-Ven a mi habitación. He invitado a merendar a unas amigas.
Me pareció muy gracioso que una niña de cinco años hubiera organizado una merienda con amigas, así que la acompañé a la habitación con mucha curiosidad.
Al entrar vi, con cierta decepción, que había cuatro muñecas sentadas alrededor de una mesita, y sobre ésta, unas tacitas de plástico y unas galletas de plastilina.
-Ah -dije-, es de mentira.
-No, no -dijo Nina-, son juguetes de verdad.


***




domingo, 16 de septiembre de 2018

El capitán prisionero


Cuento

Esta entrada se publicó en el blog originalmente el 14 de junio de 2010.  Hoy la recuperamos con motivo del décimo aniversario de Juguetes del viento.



El general se acercó a la celda donde tenía recluido al   capitán  enemigo.
El prisionero estaba leyendo un libro, y aunque oyó llegar al general, no levantó la mirada de la página.
-¿Qué está leyendo, capitán?
-¿Le importa mucho lo que yo lea?
-Ande, no sea antipático.
-El Conde de Montecristo.
-Ahá. No estará buscando inspiración para fugarse, como Edmundo Dantés, ¿verdad?
-No señor. Sólo intento evadirme mentalmente.
-Pero, ¿no le resulta tentadora la idea de imitar al héroe de la novela?
-No. Sé que es imposible escapar de aquí.
-Más difícil era escapar de If, y Dantés lo consiguió.
-¿Me está animando, general?
El general lanzó una carcajada hueca y sincera.
-No, no. Sólo intento mantener una conversación interesante, para variar. Es un libro que me gusta mucho. Lo he leído varias veces. Diga usted, ¿por qué parte va?
- Morrel está en la ruina y un personaje desconocido intenta ayudarle.
-¡Ah! Es un pasaje apasionante.

El capitán, con una expresión de fastidio, cerró el libro y lo dejó a un lado.
-Vaya, parece que le molesta mi conversación, pero le recuerdo que es usted mi prisionero y se tiene que aguantar.
-No lo olvido, general.
-¿Es la primera vez que lee la novela o la conoce ya?
-Es la primera vez que la leo.
-¿Y le está gustando?
-Es magnífica. Absorbente. Apasionante, como usted ha dicho.
-Bien, bien. Siga leyendo, siga. Hasta mañana, capitán.

Al día siguiente, el general volvió a la celda del capitán.
-¿Cómo va eso, capitán? ¿Ha leído más?
-Desde luego. Estoy completamente atrapado por la historia.
-Vaya, vaya, no sabe cuánto me alegra oír eso.
-¿Ah, sí? ¿Y por qué, si puedo preguntar?
-Usted tiene información vital para mí, y los dos sabemos que no está usted dispuesto a traicionar a los suyos proporcionándome dicha información, ¿cierto?
-Cierto. Pero ¿qué tiene que ver eso con la novela?
-Usted dijo que prefiere la muerte antes que revelar la estrategia de su ejército y los planes de su general.
-Lo dije y lo mantengo.
-Bien, entonces es inútil que lo amenace con fusilarlo o torturarlo para que me dé la información.
-Puede fusilarme o torturarme ahora mismo si quiere. No tengo miedo al dolor ni a la muerte.
-Pues bien, le propongo lo siguiente: o me da la información que necesito o le cuento el final de la novela.
-¡No! –exclamó el capitán, tapándose las orejas.
-Piénselo, capitán. Hay torturas que no duelen, pero que pueden acabar con un hombre igualmente. Le daré otra oportunidad. Mañana volveré a esta misma hora, y si no está dispuesto a hablar... ya sabe.

El general se alejó de la celda, y el capitán, presa del pánico, cogió de nuevo el libro y empezó a leer frenéticamente.
Pasó toda la noche leyendo a la luz de la vela, pero sólo consiguió empeorar su situación. Porque cuanto más avanzaba en la lectura, más se apasionaba por la historia, más deseos tenía de averiguar qué pasaba a continuación y más le horrorizaba la idea de que el general le revelase el final, o siquiera algún detalle significativo.


A la mañana siguiente, el general volvió a visitar la celda.

-Bien, bien, aquí está mi Edmundo Dantés, demacrado y desesperado. Dígame, capitán, ¿ha conseguido leer mucho más?
-No me haga esto, general, se lo suplico. Fusíleme, o deme latigazos, pero no me desvele la historia.
-Vaya, eso significa que sigue en sus trece. No está dispuesto a darme la información que necesito, ¿eh?
-No señor, no voy a traicionar a los míos.
-¿Por dónde va, capitán? ¿Por qué parte de la historia?
El capitán, temiendo que el general le contase algo que aún no había leído, contestó:
-El joven Alberto ha sido secuestrado por los bandidos.
-Ah, sí, una aventura fascinante. Deme el libro, por favor.

El capitán  lo entregó  con desgana y miedo.
El general abrió el libro por la página marcada con una cinta negra.
-Vaya, vaya, me parece que me miente usted, capitán. Ese pasaje de los bandidos ha quedado ya muy atrás. Pero me gusta su intento, porque nada hay más aburrido que enfrentarse a un contrincante de inteligencia inferior.
Y  esté tranquilo, no voy a contarle el final, de momento. Esto me parece más divertido y fructífero de lo que pensé en principio, porque creo que prolongando la tortura un poco más, acabará usted cediendo a mi demanda y todos saldremos ganando: yo tendré la información y usted podrá seguir leyendo tranquilamente el libro sin que nadie lo importune.

Y tras unos momentos de pausa, añadió el general:
-Colijo que la tortura será más efectiva si tiene usted miedo cada día. Así que cada día le contaré un detallito que le fastidiará la lectura de las siguientes páginas.
Veamos... según la marca del libro, acaba usted de leer que el sirviente del conde había presenciado a escondidas el misterioso caso que tuvo lugar en la casa de Auteuil. Bien, todavía faltan muchas páginas para que se desvele quién era la dama implicada en el asunto.
-No, no, piedad... –dijo el capitán con voz temblorosa. Pero el general prosiguió:
-Le voy a robar el placer de descubrirlo por usted mismo en el momento adecuado.    Verá, después de este pasaje que acaba usted de leer hay una sorpresa tras otra, y la emoción de la lectura es suprema, pero, en vista de su tozudez, no tengo otra opción...
Y entonces el general, en un acto de perversidad inusitada,  pronunció el nombre del personaje clave en el misterio de Auteuil.
-¡No!, exclamó el capitán, que aun con las manos en los oídos pudo escucharlo.
-Ya ve que no amenazo en vano, capitán.

El capitán intentó pasar otra vez la noche leyendo. Pero a medida que pasaba las hojas y la vela se iba consumiendo, se consumía también su esperanza de terminar el libro antes de la mañana. El cansancio de sus sentidos y el agotamiento nervioso le impedían mantener los ojos abiertos.
¿Qué podría hacer? ¿Cómo escapar de la tortura? ¡Oh, desesperación!

-Buenos días, capitán. Otra noche de lectura, ¿no es así?
-Así es.
-Bien, bien ¿y hasta dónde ha llegado?
-Danglars y Montecristo intercambian información sobre Fernando Mondego.
-Ah, o sea que la intriga es absoluta.
-Desde luego.
-¿Y qué decisión ha tomado, capitán? ¿Qué hay de nuestro acuerdo?
-Acuerdo, ninguno. No voy a traicionar a mi ejército.
-Muy bien -dijo el general, exasperado por la contumacia del capitán-. Pues prepárese para oír ahora mismo el final de la novela y todos los detalles que llevan a él.

Al oír esto, el capitán se llevó las manos a los oídos con  frenesí, moviendo la cabeza y caminando de un lado a otro de la celda, mientras exclamaba ‘¡No, no!’.
El carcelero  le ató las manos a la espalda.
-Así no tendrá más remedio que escuchar –dijo el general. Y añadió-: Amordácelo también, carcelero, para que no grite.

Y entonces el general empezó a contar todos los detalles de la historia de Edmundo Dantés, el astuto héroe conocido como el Conde de Montecristo. Y reveló los motivos de cada personaje, y las consecuencias de cada acto; y las intrigas, los engaños, las dobles intenciones y las trampas a las que el conde hubo de enfrentarse, con su ingenio y su paciencia como arma más poderosa.

Y llegó al final, a la resolución de todas las tramas y todos los enigmas, para privar así al capitán de una de las mayores satisfacciones que un alma cultivada puede disfrutar: la de comprobar que un hombre, con tan sencillos instrumentos como el papel y la pluma, puede crear un mundo y llenarlo de vida, y hacer que habitemos en él y nos sintamos felizmente atrapados y sin deseos de escapar.

Cuando terminó su relato, el general se puso en pie, ordenó desatar al prisionero y dijo con desdén:
-Aquí seguirá usted encerrado, capitán, con la única compañía de un libro que ya no guarda  misterio ni interés para usted.
Y se marchó a batallar.

Hasta ese momento, el capitán había permanecido maniatado y amordazado, sentado en una silla, con la cabeza baja,  abatido, la oscura melena cayéndole sobre la cara.
Cuando el carcelero lo desató y lo dejó solo, se levantó, cogió el libro del suelo y se tumbó en el camastro.
Abrió el libro por donde marcaba la cinta negra y empezó a leer. Pero antes, se llevó de nuevo las manos a los oídos, y, con cierta dificultad, se quitó los tapones que la noche anterior había fabricado con la cera de la vela.



viernes, 7 de septiembre de 2018

No estaría mal



No estaría mal, de vez en cuando,  poder vivir en ese mundo en el que todo tiene sentido.
En el que no quedan cabos sueltos.
En el que lo malo existe con una finalidad, no sólo con un motivo.
En el que nadie muere para siempre, porque lo pasado y lo futuro existen al mismo tiempo.
En el que la vida es un arte.
En el que las personas no hablan por hablar, ni  actúan por mera inercia.
No estaría mal, de vez en cuando, poder vivir la vida verosimil.
La que está hecha de palabras y pensamientos.
La coherente.
La que no defrauda.
La que sorprende pero no desconcierta.
La que emociona pero no abruma.
La que golpea pero no lastima.
La vida que a veces confunde pero nunca miente.
La que no busca ni espera nada, sólo ofrece.
No estaría mal, de vez en cuando, poder vivir en los libros.