domingo, 23 de agosto de 2015

Mensajes anónimos


En la entrada del 20 de julio, titulada De-text-ives, hablamos de la lingüística forense, la disciplina científica que consiste, dicho en pocas palabras, en el análisis de textos escritos relacionados con casos policiales.
Como ejemplo citábamos la novela Mr. Mercedes de Stephen King, en la que el protagonista, el detective Hodges, analiza, de manera un tanto rudimentaria, una carta que ha recibido. Con el análisis de esa carta, del estilo con que está escrita, el detective traza un somero perfil del remitente, lo cual le sirve como punto de partida para averiguar de quién se trata.
En los comentarios de aquella entrada, nuestro amigo Carlos propuso, casi de pasada, una idea que me pareció interesante y divertida y que me gustaría llevar a cabo. Consiste la cosa en que aquellos de ustedes que deseen participar, escriban comentarios anónimos -o firmados con seudónimo- a la presente entrada, para que yo,  imitando al detective Hodges, intente averiguar a quién corresponde cada comentario, guiándome por su estilo.
Si los comentarios pertenecen a lectores que hayan comentado aquí habitualmente puede que yo tenga alguna posibilidad de reconocer su idiolecto, es decir, su forma personal e individual de expresarse. Y si algún nuevo comentarista se animase a participar, también sería interesante comprobar si soy capaz de distinguir que ese texto determinado no pertenece a ninguno de los participantes habituales.
 
Claro que también pueden ustedes hacer como el malo de la novela y cambiar adrede su estilo, disfrazar su idiolecto, pero ése es un riesgo que forma parte del juego. Los auténticos lingüistas forenses son tan perspicaces en sus métodos y tan sofisticados en sus procedimientos que son capaces de distinguir cuándo un texto está disfrazado y en qué consiste ese disfraz. Yo, sin duda, caeré en la trampa tramposa si la hubiere, pero eso dará, si cabe, más intriga y diversión al asunto.
 
Y también sería divertido que ustedes mismos –quienes lo deseen-  probasen a reconocer a sus compañeros comentaristas, asumiendo así el doble papel de analizados y analistas en este detectivesco juego.
 
Espero que les guste la propuesta y se animen todos a participar.
¡Gracias!
 
 


miércoles, 5 de agosto de 2015

Todos los libros son verdad


Uno de mis libros favoritos no es un libro.
Mejor dicho, es un libro que no escribió nadie.
O mejor aún, es un libro que no pretendía ser un libro.
Y además no estoy de acuerdo con lo que dice.

Esto, que parece un galimatías, se entenderá mejor si digo que me estoy refiriendo a 84, Charing Cross Road, el famoso libro que no escribió Helene Hanff.

Como es bien sabido, Helene Hanff fue una neoyorquina, guionista de televisión y escritora sin éxito, que, desde 1949 y durante veinte años, mantuvo correspondencia con la librería Marks & Co. de Londres, en especial con uno de sus responsables, Frank Doel.
Esas cartas empezaron siendo puramente comerciales, en las que ella solicitaba el envío de determinados libros, preguntaba sobre determinadas obras, la posibilidad de conseguirlas, el precio, etc.,  y a las que el señor Doel respondía con la información correspondiente.
Pero con el tiempo las  cartas fueron convirtiéndose en una verdadera correspondencia de amistad, en la que entre títulos de libros, nombres de autores, comentarios sobre las obras literarias y las ediciones, se intercalaban el interés personal, las bromas, las muestras de afecto, la preocupación por el bienestar del otro…

Es muy consolador sentir que hay alguien a muchísimos kilómetros de distancia capaz de ser  tan generosa y amable  con personas a las que ni siquiera conoce.


La idea de publicar las cartas que se escribieron la señorita Hanff y el librero londinense fue de un editor que, gracias a un amigo de ella, tuvo ocasión de leerlas.  Cuando el editor le dijo a Helene que quería publicarlas en forma de libro a ella la idea le pareció, precisamente, un disparate.

En el nº 84 de la calle Charing Cross Road (Londres), 
hay una placa que recuerda a Helene Hanff  y a la librería.

He leído este libro varias veces, y siempre me emociona el amor que transmite: amor a los libros, a la literatura y a las personas. Son cartas que  demuestran que los libros pueden hacer verdaderamente feliz a una persona, y que la distancia geográfica no es impedimento para que se creen verdaderos lazos afectivos gracias a la comunicación epistolar.
Pero la primera vez que lo leí además me sorprendió mucho un detalle en particular, cual es el hecho de que a la señorita Hanff no le gustaban las obras de ficción. Así es: ¡no le gustaban las novelas ni los cuentos!

…son sólo relatos inventados, y a mí no me gustan las ficciones.

… jamás he conseguido interesarme por cosas que sé que jamás les ocurrieron a personas que nunca han vivido.



Como dije al principio, este libro es uno de mis favoritos, pero ello no es óbice para que discrepe sobre esta cuestión.  Porque yo creo que las historias de ficción  son tan verdaderas como lo que se cuenta en las biografías, las memorias, los diarios y los ensayos.

La historia fue llevada al cine en 1987 por David H. Jones.
Las cosas que ocurren en las obras de ficción son verdad, son circunstancias y hechos que tienen lugar en la vida real, y los personajes a los que les ocurren son el reflejo de personas reales. ¿Acaso no han existido y existen en la vida real quijotes y sanchos? ¿Acaso no hay señoras Bovary y señores Finch en el mundo? ¿No hay en cada ciudad muchachas que lloran por el amor perdido, aunque no se llamen Nastenka, y hombres buenos que intentan remediar su pena?
Se nos presentan, claro,  bajo el disfraz de lo imaginado, de lo ficticio,  pero en esencia sus personalidades son las nuestras y sus historias nos ocurren a nosotros. Por eso nos interesan y por eso nos gusta leerlas, porque nos explican a nosotros mismos y nos ayudan a entender la vida.
Incluso las historias más fantasiosas son verdad también, porque no son sino un reflejo simbólico de las alegrías , los anhelos y  las cuitas del ser humano. ¿Acaso las invasiones extraterrestres o las hormigas mutantes no representan el miedo a lo desconocido, a potenciales enemigos o a todo lo que no podemos controlar?
 
La ficción es la realidad disfrazada de mentira, pero a Helene Hanff le gustaban los libros que hablan de la realidad vestida de calle.
Me gustaría saber que sentía al ver que ella misma fue origen y protagonista de un libro de los que tanto amaba.


Gracias a la máquina del tiempo de JuanRa Diablo
pude viajar al pasado y visitar la librería




lunes, 20 de julio de 2015

De-text-ives


En la novela Mr. Mercedes (2014) de Stephen King, un detective jubilado llamado Hodges recibe, por correo postal, una carta de un asesino en serie escrita a ordenador .
La carta, por supuesto, no tiene huellas dactilares ni ofrece ninguna otra pista que pudiera llevar a la identificación del remitente. O eso cree el susodicho.

Pero Hodges analiza la carta con un método forense muy especial, uno “que no requiere cámaras, microscopios ni productos químicos especiales”, y que no busca huellas, ni fluidos corporales, ni cabellos, ni ninguna de esas pruebas físicas que se analizan en un laboratorio. No,  Hodges analiza la carta utilizando la lingüística forense.

Hace un par de años quedé embobada, como es propio de mí, al leer un artículo sobre esta disciplina, de la que no había oído hablar  hasta entonces, y que me pareció fascinante. 
Supe entonces que la lingüística forense consiste en el estudio del lenguaje aplicado a la resolución de procesos legales; o, dicho de otro modo, el análisis del lenguaje en relación con la comisión de delitos.
Y una de sus aplicaciones es precisamente la que vemos en la novela de Stephen King: el examen del lenguaje con el que se han escrito textos relacionados con casos policiales.
Esos textos pueden ser cartas  y correos electrónicos de chantaje o amenaza; notas de suicidio; de secuestros; mensajes de móvil, mensajes en redes sociales y chats; anotaciones de diarios…

Y es que el  análisis de un texto desde el punto de vista de la lingüística forense puede revelar o al menos sugerir información relevante sobre la persona que lo ha escrito: edad, sexo, etnia, nivel cultural, origen geográfico, profesión, religión, filiación política, incluso aficiones y otros detalles que se reflejan en nuestra forma específica de emplear el lenguaje, es decir, nuestro idiolecto.
No se trata, claro está,  de deducir simplemente que si una persona escribe con faltas de ortografía es alguien de escasa formación académica.
Los “detectives lingüísticos” observan y analizan cómo el autor del texto en cuestión estructura las frases, los párrafos y el texto en general; qué registros de vocabulario utiliza; la puntuación; el uso de determinados recursos del lenguaje escrito, como las mayúsculas, subrayados, exclamaciones; errores significativos o recurrentes, etc. El análisis lingüístico forense permite extraer conclusiones de todas esas particularidades que imprimimos a nuestros textos sin darnos cuenta de ello o sin saber cuánto pueden revelar de una persona.


Todo esto queda bien reflejado en el análisis que  Hodges hace de la carta enviada por el asesino llamado  Mr. Mercedes. Así, por ejemplo, lo primero en que repara el detective es en el aplomo del remitente, en la seguridad en sí mismo que se trasluce en la carta.
También observa que  utiliza algunas palabras poco habituales y ciertas florituras de expresión,  por lo cual supone que debe de tratarse de una persona inteligente, leída, a la que le gusta escribir; que probablemente en el instituto sacara buenas notas en lengua y a la que le gustara leer sus trabajos en clase.
Por otro lado, utiliza expresiones relacionadas con el béisbol, lo cual puede indicar que sea aficionado a este deporte; y obviamente se maneja bien con los ordenadores, por lo que quizá se trate de una persona no muy mayor. Y es que además, según percibe Hodges,  la carta tiene en general un cierto aire juvenil...

Claro está que todas estas conjeturas son sólo eso, conjeturas, suposiciones y posibilidades, basadas en gran parte en la intuición, pero no dejan de ser también un punto de partida,  algo que permite como mínimo descartar ciertas opciones.

Además,  el análisis que hace Hodges es lingüística forense casera; los métodos y medios tecnológicos de los verdaderos detextives son obviamente mucho más sofisticados, complejos y refinados. Pero con ello Stephen King nos da una idea bastante clarificadora de lo que este tipo de análisis supone para la investigación criminal.

Si ya la grafología nos sorprende con su capacidad para revelar aspectos psicológicos del autor de un texto manuscrito, cuánto más fascinante resulta el hecho de que determinados rasgos de nuestra personalidad, de nuestra identidad, puedan ser deducidos de un texto escrito por medios mecánicos, incluso si el texto es un simple mensaje de teléfono móvil, como ya ha ocurrido en casos reales.

Como muchas veces hemos comentado aquí, el lenguaje es algo tan íntimo, tan inherente al ser humano y tan propio de cada uno de nosotros que forma parte de nuestra personalidad, de nuestra esencia personal. Y aunque un mismo idioma lo hablen muchas personas, el uso individual que cada uno hacemos de él  puede llegar a ser tan revelador como nuestra actitud.

Y es que, ya lo saben ustedes, el lenguaje es tan poderoso y tan fundamental  para la vida humana, que sirve hasta para cazar a los malos. ¿Se le puede pedir más?


domingo, 5 de julio de 2015

Recuerdos etimológicos


Es probable que me equivoque, porque equivocarme se me da muy bien, pero estoy casi segura de que sé cuál fue la primera palabra que me hizo interesarme por esa cosa de la etimología.
Tendría yo unos catorce años y la palabra en cuestión fue estrambótico.
No sé cuáles fueron las circunstancias, pero sí recuerdo que oí a alguien decir que esta palabra derivaba de estrambote y que el estrambote era un tipo de estrofa poética.
Como digo, creo que ésta fue la primera vez en que fui consciente de que cada palabra nace en algún momento determinado y tiene un origen determinado.

Muchas veces me he acordado de esto, y hace poco quise asegurarme de que el recuerdo no me engañaba. Tras una sencilla consulta comprobé que recordaba bien y en concreto que el estrambote es una estrofa de carácter humorístico que se añade a un soneto. Y de paso aprendí que estrambote a su vez deriva del francés estribot, y que al español llegó a través del italiano, que  había convertido estribot  en strambotto.

Lady Gaga

No hace falta decir que estrambótico significa, como nos dice el diccionario,  «extravagante, irregular y sin orden». Pero ¿por qué lo extravagante se asoció en algún momento con el estrambote? Pues porque el estrambote es en sí mismo una extravagancia: una estrofa que va por su cuenta, a su aire, que no se atiene ni a la métrica ni a la seriedad del soneto que la precede.
Por eso me parece que decir que algo o alguien es estrambótico puede resultar, según se entienda,  una descalificación o un piropo.

Y aunque suene tan extravagante como el estrambote, lo cierto es que también recuerdo cuál fue la siguiente palabra cuya etimología se me apareció de sopetón y me dejó pasmada de sorpresa.
En esta ocasión era la palabra adefesio, que ya sabía yo que se usaba para referirse a algo muy feo o ridículo. Y fue el caso que un día leí en algún sitio que San Pablo había escrito una carta  a los habitantes de Éfeso, es decir una epístola ad Ephesios. Al leer esto di un respingo, porque fue como si algo me tocara en el hombro y me dijera: «Fíjate, muchacha, qué cosa tan curiosa.»
Pero nuevamente me pregunto, ¿qué tienen que ver los pobres efesios con lo muy feo? Pues parece ser que originalmente se acuñó la expresión hablar ad efesios con el sentido de hablar en balde porque nadie hace caso -como al parecer le ocurrió a san Pablo-, o de decir disparates. Después la expresión se generalizó y se aplicó a cosas y personas que resultaban disparatadas y chocantes.

Ahora va a parecer que estoy diciendo adefesios, pero la verdad es que también recuerdo cuál fue la tercera palabra que me dejó prendada por lo curioso de  su origen.

En este caso la sorpresa me la dio la palabra rocambolesco, que me ha parecido siempre de una sonoridad y una contundencia estupendas. En su momento supe, por algún afortunado azar, que rocambolesco provenía de Rocambole, que era el nombre de un personaje literario. Pero nunca supe más detalles hasta fechas recientes, cuando aprendí que Rocambole es un personaje creado en el siglo XIX por el autor francés Pierre-Alexis Ponson de Terrail, que tiene un nombre estupendo también, dicho sea de paso. 
No sé yo por qué el señor Pierre-Alexis le dio este nombre a su personaje, porque el rocambole es, según he aprendido de camino, una planta similar al ajo. Pero lo relevante en nuestro caso es que este Rocambole es un ingenioso aventurero, ladrón de guante blanco, tramposo pero encantador, cuyas  aventuras son tan folletinescas, exageradas e inverosímiles, que su nombre acabó utilizándose para referirse a todo lo que resultara desmesurado, enrevesado y poco creíble.

Y así fue, de casualidad en casualidad, cómo encontré una nueva razón que confirmaba una sensación que tuve desde muy pequeña, a saber, que las palabras son una fuente de sorpresas, fascinación y diversión sin fin.
Por cierto, qué casualidad es que las tres palabras que recuerdo como origen de mi gusto por la etimología, tengan en común la idea de lo estrafalario, lo extravagante, lo raro…

Para terminar, y por rizar el rizo y buclear el bucle, ¿han pensado ustedes alguna vez de dónde viene la palabra etimología,  es decir, cuál es la etimología de etimología?



Éfeso (Turquía). Fachada de la Biblioteca Celsus (siglo IX a.C.)



lunes, 15 de junio de 2015

Séptimo aniblogsario


El próximo día 18 de junio, este blog cumple siete años.

Dicen que siete años, en términos blogueros, es mucho tiempo, pero a mí no me lo parece. En realidad no me parece ni mucho ni poco, porque desde el primer momento el blog se convirtió para mí en algo natural, algo que forma parte de mis hábitos, de mi forma de vida, y por lo tanto no lo considero como algo que perdura sino algo que simplemente es.

Pero es cierto que en siete años, y en uno sólo, da tiempo a que pasen muchas cosas en la vida de una persona, y a que haya cambios, circunstancias, azares y eventualidades de todo tipo, externos e interiores, que impidan al bloguero mantener su actividad o que lo lleven a decidir que es hora de dejarlo.

También dicen que muchos blogs quedan inactivos y abandonados por falta de motivación de sus autores, y que una de las razones de desmotivación es la ausencia de comentarios, lo que normalmente se interpreta como una constatación de que el blog no tiene lectores. No tiene por qué ser así, claro: hay muchos lectores que visitan determinados blogs de manera habitual aunque nunca dejen comentarios. Pero es verdad que el no recibir opiniones, el no saber si el blog gusta o no gusta, si lo que uno escribe interesa o no a alguien, puede hacer que el bloguero se sienta como un náufrago solitario que arroja sus mensajes al mar, sin saber si llegarán a alguien o si quedarán perdidos para siempre, flotando en el oleaje infinito. 

Además sucede que el fenómeno blog, en general, como forma de comunicación, está perdiendo vitalidad, y  en este proceso de debilitamiento  tiene mucho que ver el hecho de que muchos blogueros y lectores han acudido a la llamada de otras formas de comunicación, más dinámicas, más livianas,  y que requieren menos dedicación,  como Facebook y Twitter, que tan adecuadas resultan para la era de la inmediatez y la velocidad. 


Por todo esto quiero dedicar esta entrada de séptimo aniversario a los blogueros. A los que lo han sido y ya no lo son; a los que mantienen blogs muy visitados, y a los que, con independencia de los avatares personales y del número de visitas y comentarios, conservan la ilusión por su creación, disfrutan escribiendo y siguen lanzando sus mensajes al proceloso océano de la comunicación virtual.
Y, no hace falta decirlo, a los lectores, a todos: a los casuales y a los esporádicos que nos dedican unos minutos de su tiempo de vez en cuando; a los que comentan y a los que no; a aquellos que, habiendo sido fieles al blog durante largo tiempo, un día dejan de visitarnos y cuya retirada produce una gran sensación de ausencia. Y, cómo no, a los seguidores que permanecen con nosotros durante años y que siguen ofreciéndonos, de la manera más generosa, sus ideas, sus conocimientos, su inteligencia y su humor; su fidelidad, su cariño y su gratísima compañía.


A todos ustedes, ¡muchísimas gracias!







lunes, 1 de junio de 2015

El origen del origen


Hace mucho tiempo comentamos, en una entrada titulada FOXP2, que la ciencia, poco a poco, va descubriendo detalles y pistas que algún día podrían llevar a la solución de un enigma que a mí personalmente me fascina: el origen del lenguaje humano.
En aquella ocasión hablamos de un descubrimiento relacionado con el gen FOXP2, en el que reside la capacidad fisiológica de los seres humanos para hablar.

Tiempo después, en otra entrada hablamos del misterio insondable que es el origen del lenguaje como medio de expresión oral; es decir, de cómo nacieron las primeras palabras y  la comunicación mediante sonidos articulados y con significado. 

Recientemente el profesor Miyagawa, investigador del MIT (Massachusetts Institute of Technology), ha publicado una teoría que podría explicar precisamente cómo se originó el lenguaje humano, o, dicho de modo más casero, cuál fue el germen del primer idioma.


Según la teoría de Miyagawa, el lenguaje, la comunicación mediante sonidos con significado y frases con sintaxis, se habría originado a partir de dos formas de comunicación utilizadas por ciertos animales y que nuestros ancestros homínidos compartían con ellos. Esas dos formas de comunicación animal son la emisión continua de sonidos, como una melodía, propia de los pájaros; y la emisión de sonidos aislados con significados concretos, propia de los primates.

Los investigadores explican que todo lenguaje humano está compuesto por dos estructuras, que corresponden a esas dos formas de comunicación primaria: una estructura expresiva (la expresión de la afirmación, la interrogación, la negación, etc.);  y otra léxica (la expresión de los contenidos o significados). 
 De manera  que la estructura expresiva de nuestro lenguaje tendría su origen en el canto de los pájaros, así como suena;  y la estructura léxica en los gritos con que los monos expresan amenaza, alarma, etc. Es decir, el lenguaje humano es una combinación de melodía y significado,  y a esto lo han denominado Hipótesis de la integración.
Pero ¿cuándo y cómo se produjo en los humanos la fusión o integración de estos dos sistemas de comunicación?
Los expertos no dicen por ahora más que esta integración se produjo en algún momento y por alguna razón… Vaya, qué desilusión, seguimos sin saber.

Pero yo tengo mi propia teoría sobre la mitad de este asunto, es decir, sobre la razón por la que se produjo esa integración de estructuras como primer paso hacia la conversación. Mi teoría, claro está, no es nada científica, se fundamenta exclusivamente en el romanticismo. Podríamos denominarla Hipótesis del deseo, y consiste en que fue el puro deseo de relacionarse lo que hizo que esos dos sistemas de comunicación se fundieran en aquellos lejanos parientes nuestros, los primeros humanos. Por lo tanto fue la humana necesidad de comunicarnos con el prójimo lo que hizo evolucionar el cerebro y no al revés. Es decir, no es que el cerebro se modificara, nos hiciéramos más inteligentes y esto permitiera el surgimiento de lenguaje, sino que el deseo de comunicarnos es lo que hizo evolucionar el cerebro para darnos la capacidad de comunicación.
Lo cual es como decir que es el lenguaje lo que nos hace humanos y lo que nos hace inteligentes. 
No está nada mal para algo que empezó con pájaros y monos.






jueves, 21 de mayo de 2015

El cuaderno en los tiempos del móvil


Puede parecer que el teléfono móvil y los cuadernos nada tienen que ver entre sí, que ni son rivales ni se complementan; que pertenecen a ámbitos de uso muy distintos. El teléfono móvil es un objeto moderno, tecnológico, funcional y multifunción. En cambio, el cuaderno es antiguo y elemental; funcional y práctico, sí, pero no sirve más que para anotar cosas. Qué primitivo. 

Y además, para colmo, esa única función del cuaderno también la ha usurpado el móvil.

Así es: además de sus funciones exclusivas, también tiene el móvil un uso que tradicionalmente correspondía a los cuadernos o similares. Por ejemplo, cuando alguien nos daba su número de teléfono (fijo, claro), lo anotábamos en un cuaderno o en una agenda. Ahora nos hacemos una llamada perdida y ya tenemos los números registrados en nuestros aparatos. Y para comunicar otros datos, como una dirección, un nombre, etc, nos mandamos un mensaje de texto o, si hay confianza, un wasapillo.
Y antes, cuando íbamos a una librería y nos interesaba un libro que no íbamos a comprar en ese momento, sacábamos un cuaderno y anotábamos los datos del libro. Ahora sacamos el móvil y le hacemos una foto. Ya no hay que anotar nada. No hace falta papel ni bolígrafo ni lápiz. Incluso, llevando la cosa al extremo, ni siquiera hace falta saber escribir.

Pero lo cierto es que las cosas no están tan mal para el humilde bloc y la modesta libreta. Muchas personas, como yo misma, seguimos utilizándolos a diario. Y aunque no podamos prescindir del móvil y el ordenador, nos mantenemos fieles a los instrumentos de escritura manual, que, según para qué, cómo y cuándo, siguen siendo más prácticos, cómodos y rápidos que los aparatos tecnológicos más novedosos. A ciascuno il suo, que dijo Leonardo Sciascia. A cada cual lo suyo.


Y es que a mí me parece que los cuadernos siempre son necesarios. Yo tengo muchos y todos en uso. En uno voy apuntando los libros que me acechan y me incitan a leerlos (porque ya sabemos que contra ese empeño no hay nada que hacer); en otro tomo notas cuando asisto a alguna charla, taller o clase; en otro copio frases de los libros que leo y que no quiero perder de vista; en otro escribo ideas y borradores... Sí, los cuadernos son necesarios e insustituibles.

¿Y qué hay de la permanencia? ¿Cuánto tiempo conservamos un texto anotado o recibido en el móvil y cuánto una nota apuntada en un cuaderno? ¿Cuánto tiempo puede un cuaderno estar guardado en un cajón, conservando indelebles sus anotaciones? 

Pero no es sólo que muchas personas sigamos utilizando este medio tradicional como memoria externa; es que parece que precisamente ahora, en los tiempos del móvil, el cuaderno ha pasado de ser un simple elemento práctico a convertirse en un objeto también estético. Y al igual que esos libros que, en los tiempos del e-book, se publican en ediciones muy cuidadas y atractivas, también los cuadernos saben vestirse de gala y hacerse admirar.

Pero ya sea en el bloc más artístico o en el más sencillo, las palabras y los datos anotados a mano resultan más vinculados a nosotros e incluso más verdaderos, y sin duda más duraderos, que los transmitidos por un mecánico y  fugaz tecleo.

"La felicidad es... sentarse tranquilamente a escribir en un cuaderno."



domingo, 3 de mayo de 2015

Leer o releer, he ahí el dilema


Recuerdo que en una ocasión, en el instituto, un profesor nos habló de su frustración porque nunca podría llegar a leer todos los libros que querría, y que se arrepentía del tiempo que no había aprovechado para leer a lo largo de su vida.
Quizás aquel profesor era un poco exagerado en sus emociones, pero la cuestión es que sus palabras me hicieron pensar por primera vez en la lectura como algo infinito, inabarcable y en cierto modo, sí, frustrante.

Más tarde, a esta conciencia de la imposibilidad de leer todo lo que querríamos, añadí otro motivo de desasosiego: empecé a darle muchas vueltas a la cuestión de la relectura. Me preguntaba, y he seguido preguntándomelo hasta hace poco, qué sería mejor, si leer solo libros nuevos, es decir, libros que no hubiera leído antes, o releer libros que me hubieran gustado mucho. Durante mucho tiempo, y después de haber releído algunos, no tuve dudas: con tantos libros que había por leer, era una locura dedicar las horas a leer libros repetidos.
Y así estuve mucho tiempo, años, sin releer ningún libro, por mucho que me hubiese gustado alguno en particular. Siempre me acordaba de las palabras de mi profesor y me vencía la idea de que había que aprovechar el tiempo para lecturas nuevas, para leer las demás obras de los autores que me gustaban y para descubrir otros que me podrían gustar.
Pero un día, no sé por qué razón, empecé a cambiar mi forma de ver este asunto. Hacía ya unos cuantos años que había leído La conjura de los necios, un libro que fue para mí una especie de revelación, que me divirtió mucho y me hizo pensar mucho. Y un buen día, sin otro motivo aparente que el buen recuerdo que tenía de esta novela, sentí muchas ganas de volver a leerla. Sin dudar y haciendo caso omiso de mi propio convencimiento, me puse a ello y descubrí que, al contrario de lo que había pensado durante todo aquel tiempo, la relectura no me resultó, ni mucho menos, una pérdida de tiempo, sino un tiempo muy bien empleado.
 
Desde entonces, cada vez que he releído un libro he comprobado que es verdad lo que dice Stephen King: que un buen libro no nos revela todos sus secretos de una vez. Y eso es precisamente lo que nos hace volver a leerlo: el saber, o más bien sentir, que no nos lo ha contado todo, que aunque hayamos leído ya todas sus páginas, sigue teniendo algo que decirnos. Y claro, nosotros queremos saberlo.
Aunque también creo que, a veces, lo que buscamos en la relectura no es lo que el libro nos pueda ofrecer de nuevo sino volver a encontrarnos con algo que ya conocemos, con algo que ya nos ofreció y que es algo que nos reconforta. Hay libros que nos hacen sentir bien, porque nos vemos reflejados en ellos, porque nos hacen ver que no estamos solos en nuestras cuitas, porque nos dicen cosas que nos ayudan de una manera o de otra. Y por eso volvemos a leerlo, para volver a escuchar esas palabras que nos consuelan o nos alientan o cuya melodía, simplemente, nos agrada.

Claro está que no cualquier libro merece una relectura. De hecho, algunos no merecen ni una primera lectura, y se pierde mucho más el tiempo leyendo un libro que no nos satisface, que nos deja indiferentes, que releyendo, las veces que nos apetezca, un libro que nos resulta provechoso.
Ya dijo Oscar Wilde que si no disfrutamos al leer un libro otra vez, es que ese libro no merecía la primera lectura. O, en palabras de Susan Sontag: “No merece la pena leer un libro que no merezca la pena releer.”

Creo que con frecuencia nos ocurre como a aquel profesor, que sentimos una especie de ansiedad por leer más, que nos impide disfrutar realmente de la lectura; una avidez que nos lleva más a acumular libros leídos con premura que a obtener beneficio de ellos.
Por eso, al contrario que en el título de esta entrada, con los libros no debería haber dilemas ni decisiones que tomar.
No hay que elegir, sino leer y releer según nos apetezca, sin estropear con ansiedad ni impaciencia el placer de pasar las páginas con deleite y dedicándoles el tiempo que queramos, las veces que queramos.
Siempre será un tiempo bien empleado.
 
 




domingo, 19 de abril de 2015

Parejas complejas, 10

 
Hay un dicho que afirma “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, y que a mí me parece una verdad universal, que se puede aplicar a cualquier época y a cualquier ciencia.  
La lingüística, como ciencia que es, también adelanta, se perfecciona y avanza. Cada día aumentan los conocimientos sobre el funcionamiento del lenguaje y los mecanismos internos de los idiomas; sobre las áreas y las funciones cerebrales relacionadas con el lenguaje, etc.
Pero hay algo que sigue dando dolor de cabeza y desesperación a los lingüistas más reputados, a los científicos más expertos y a los filólogos más eruditos. Me refiero, claro está, a ese fenómeno lingüístico que se manifiesta en lo que aquí llamamos parejas complejas, y que se define técnicamente como “la mala idea” de las palabras. Otros, más indulgentes, lo consideran como algo más lúdico, y se refieren a ello como “el carácter juguetón” de las palabras.

Ya hemos hablado aquí en muchas ocasiones de este asunto y, se considere mala idea o se considere travesura, lo cierto es que este fenómeno tiene, para el hablante que lo sufre, perniciosas consecuencias: necesidad urgente de consultar un diccionario, bochorno, sonrojo, deseos de ser tragado por la tierra, etc.
Nosotros traemos aquí de vez en cuando algunas de esas palabras pérfidas y alevosas, para desenmascararlas, para revelar su doble y traicionera identidad, en un humilde afán de contribuir a evitar situaciones como las antedichas. Y las parejas complejas que hemos capturado en esta ocasión son las siguientes:
 
1. perífrasis y paráfrasis:
Gemelas casi idénticas, estas dos palabras, además de tener unos rasgos físicos muy similares, tienen el peligro añadido de que se usan en los mismos contextos, ya que los significados de ambas se relacionan con la expresión oral o escrita.
 
La perífrasis es un circunloquio, o sea, lo contrario de ir al grano; es utilizar más palabras de las necesarias para decir algo que se podría expresar de manera más breve. Se da mucho entre personas que gustan de dar a su discurso un aire rimbombante, deseosos de sentirse poetas por un rato:
 
Ejemplo: La policía ha detenido a cuatro individuos que robaban en gasolineras.
 
Perífrasis: Agentes del cuerpo de policía han procedido a la detención de cuatro individuos  que perpetraban robos en estaciones de servicio.
 
La paráfrasis, por su parte, tiene dos acepciones. Por un lado, es la imitación de una frase conocida, manteniendo su estructura pero con palabras diferentes:
 
Ejemplo: Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Paráfrasis: Más sabe el diablo por Google que por diablo.
 
Y por otro lado, la paráfrasis es también una reformulación de un texto determinado, para hacerlo más comprensible:
 

Ejemplo: la confusio linguarum nació del desajuste entre lenguaje gestual y lenguaje hablado (Umberto Eco. La búsqueda de la lengua perfecta.)
 
Paráfrasis: la confusión de las lenguas se produjo por las diferencias entre el lenguaje de gestos y el lenguaje hablado.
 
Aunque aquí  me surge una duda: si perífrasis es utilizar más palabras de las necesarias y paráfrasis es la modificación de un texto para hacerlo más comprensible, entonces ese texto más comprensible ¿será la paráfrasis de una perífrasis?
 
Veamos otra pareja compleja:
 
2. apóstrofe y apóstrofo
 
El apóstrofe,  o invocación, es una figura literaria que consiste en expresarse, a modo de discurso, dirigiéndose a alguien, incluso a uno mismo, o a algo.
 
Ejemplo:  Ay, mísero de mí, ay, infelice / apurar, cielos, pretendo / ya que me tratáis así /qué delito cometí / contra vosotros, naciendo. (Calderón de la Barca. La vida es sueño).
 
El apóstrofo, en cambio, es un signo ortográfico, una comilla simple (‘) que indica la supresión de letras o palabras. Al contrario que en otros idiomas, como el inglés o el italiano, en español actual prácticamente sólo se usa en determinados casos para representar el habla coloquial.
 
Ejemplo: Si tu mal tiene remedio, ¿pa’ qué te quejas? Y si no lo tiene, ¿pa’ qué te quejas? Me quejo porque m’apetece.
 
Y ahora que lo pienso, podría darse el caso de un texto en el que se combinen el apóstrofe y el apóstrofo y, ya puestos,  la paráfrasis también:
 
Ejemplo: Ay, mísero de mí, ay, infelice / pa’qué me tratáis así / qu’es que no sé / qué delito cometí ...
           
Y llegamos a la última pareja compleja de hoy:
3. reescribir y rescribir
Reescribir es volver a escribir lo ya escrito introduciendo cambios, dándole una nueva interpretación. O sea que, sin ánimo de sinónimo, la reescritura viene a ser  algo parecido a la paráfrasis.
 
Y rescribir, aunque es una palabra en desuso, es lo que hacemos cada vez que contestamos una carta, un email, etc; es decir, rescribir es responder por escrito a una comunicación.
 
Así pues, la loca conclusión de todo esto es que podemos hacer una paráfrasis de una perífrasis y por lo tanto reescribir dicha perífrasis; que podemos también parafrasear o reescribir un apóstrofe añadiéndole unos apóstrofos, y que al rescribir una carta la podemos reescribir o parafrasear, con apóstrofos y con apóstrofes.

 

miércoles, 8 de abril de 2015

Hagan juego. El resultado


En la entrada anterior proponíamos un juego literario que consistía en hacer diferentes versiones de un texto determinado, utilizando para ello cualquier recurso lingüístico pero sin cambiar el sentido de la historia.
También establecimos un número máximo y mínimo de palabras, para que todos los textos tuviesen una longitud semejante y como marco que sirviese de referencia a los participantes.

Para mi enorme satisfacción y gratitud, han sido muchos los amigos de  este blog que han tenido la deferencia de participar en el juego-experimento, y además las versiones que han escrito, a pesar de las similitudes que obviamente han de  tener, son todas únicas, pues todas tienen  rasgos que las personalizan.
Por ejemplo, Carlos le ha dado una raza concreta a nuestro perrito; MJ ha cambiado la voz  y el tiempo narrativos; Soros le ha dado un toque de humor cascarrabias muy particular…
Hay también singulares coincidencias y otros aspectos de estas versiones que resultan curiosos,  pero ya los apreciarán ustedes y los comentaremos después en el saloncito habilitado aquí detrás a tal efecto.
En resumen podemos decir que, teniendo en cuenta que los autores de estas variaciones tenían muy poco margen de maniobra, las versiones resultan muy diferentes unas de otras y sobre todo muy creativas.

El texto original a partir del cual se han elaborado estas recreaciones es el siguiente:

«Durante todo el camino el perrito fue haciendo cabriolas, con la lengua fuera, intentando alcanzar la bolsa que el hombre levantaba y apartaba, entre risas y regañinas. 
Al llegar a casa el hombre dejó los libros sobre una mesa y fue a la cocina. Mientras, el perrito se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, mirando hacia arriba,  como si estuviera ideando  alguna estrategia para alcanzar los libros.»

Y ahora, colocadas en el orden en que las he ido recibiendo, disfrutemos de todas esas recreaciones, interpretaciones y variaciones:

«Desde que salieron de la librería, el fox-terrier no paró de cabriolear, con la lengua entre los dientes y husmeando el paquete que su dueño le escamoteaba mientras le abroncaba divertido.
Ya en el salón del domicilio, el amo apoyó su compra encima de la consola y salió, llegándose hasta la nevera. Entretanto, el animalito merodeaba alrededor del mueble; sin apartar la vista de su objetivo, parecía planificar cómo hacerse con los ejemplares recién comprados.»
-Carlos-
***
«A lo largo del trayecto, el diminuto perro no paró de hacer volteretas, extenuado, procurando atrapar el saco que el individuo alzaba y alejaba, entre risotadas y rapapolvos. Cuando llegó al hogar, el individuo soltó los ejemplares encima de un escritorio y se dirigió al fogón. Entretanto, el can chiquito rodeó la mesa varias veces echando una ojeada hacia la parte superior, como si maquinase una táctica para atrapar las novelas.»
-Sara-
***

«De vuelta a casa, el perrito, jadeando e inquieto, caracoleaba alrededor de su dueño con el aparente objetivo de alcanzar la bolsa que este, entre divertido y molesto, intentaba poner fuera de su alcance, profiriendo suaves reconvenciones.
Ya en casa, el hombre se dirigió a la cocina, dejando los libros sobre una mesa. Entonces, el pequeño can comenzó a corretear alrededor de aquella, levantando la mirada, como trazando un plan para hacerse con aquellos ejemplares.»
***

«De regreso a casa, el cachorro iba saltando, excitado, como si quisiera atrapar el hatillo que su dueño llevaba y alzaba alejándolo de su alcance, divertido y a la vez fingiendo enfado.
Ya en el hogar, él puso el contenido del hatillo —libros— sobre el escritorio y se retiró al cálido interior. El cachorro trotaba inquieto alrededor del escritorio; parecía buscar el modo de subir y acceder a los libros.»
***
«A lo largo del trayecto, el pequeño chucho brincaba excitado, pretendiendo atrapar la bolsa que alzaba su amo y que con jocosas reprimendas le vedaba.
Una vez en su hogar, el individuo colocó sus lecturas encima del escritorio y se dirigió a la cocina. Entretanto, el animalito comenzó a rodear sin pausa aquel mueble, escrutando hacia lo alto, igual que si planeara con pericia el modo de conseguir aquellos tomos.»
***
«A lo largo del trayecto el gozquecillo, brincador y jadeante, pugnaba por atrapar el talego que el tipo le hurtaba en el aire mientras le reprendía sin fe entre carcajadas.
Llegados a su hogar, mientras él encendía el fogón, el animal rodeaba, picadísimo, las faldas de la camilla, sin quitar ojo al zurrón que el sujeto había dejado sobre ella, buscando tenazmente la manera de alcanzar los tomos.»
-Lan-
 ***

«¡Chucho malabarista, hasta babear quieres mis lecturas! ¡Enano garabito, recorte de canijos, husméale la concha a tu mamá, no profanes los clásicos! Y, mientras esto le decía, embromado, esquivó sus brincos circenses todo el itinerario.
En la vivienda, mientras él avivaba el hogar, el obstinado caniche no dejaba un momento de rondar, urdiendo el modo de llegar a la encimera donde dejó los textos.»
-Soros-
***
«En el sendero hacia el bohío él, con exagerados aspavientos, subía, bajaba y alejaba el capazo. Entre jolgorio y fingidas reprimendas, salvaba las tarascadas y lametones del caniche curioso.
Llegados a la cabaña, mientras preparaba la trébede, el chucho, cabeza levantada y rabo inquieto, no le quitaba ojo al paquete de novelas y pugnaba por alcanzar aquella cima plana, que rodeaba sin descanso, sin que su talla le diera para semejante logro.»
-Pelagalgos-
***

«Mientras recorrían la senda, el cachorro juguetón saltaba e intentaba lamer el paquete que sostenía el viejo en el aire. Él, cariñosamente y sin mucha convicción, le reprendía.
Cuando llegaron al garito, el tipo entró en la alacena y el canecito permaneció girando en torno a la base del altillo, donde el viejo dejó aquel capacho repleto de literatura, sin saber cómo llegar a él.»
-Correlindes-
***
«No hay perro tan extraordinario como el mío. Cuando salgo de Luces está esperándome en la puerta, moviendo el rabo y me parece que sonríe mientras da esos graciosos saltitos a mi alrededor. Tengo que apartar la bolsa de su lado, porque estoy seguro de que la agarraría con sus dientes y se escaparía con ella feliz de haber conseguido su ansiado botín: mi provisión mensual de libros.»
-MJ-
***

«A lo largo del sendero, el chuchillo se dedicó a hacer piruetas, sin apenas resuello, queriendo echar la zarpa al macuto que aquel señor trataba de alejar de él, regañándolo tras una sonrisa. 
Una vez en la casa, el señor dejó los libros encima de la mesa y se marchó hacia la cocina, mientras el chuchillo giraba una y otra vez en torno a ella, mirando hacia esos libros y pensando quizás en cómo conseguirlos.»
***
«Del  camino duramente el perrito sacó de una cabriola fuera su lengua por si se la levantaba al hombre apartar la bolsa regañando a su alcance.
Alrededor de los libros en la mesa el perrito dando vueltas ideando como alcanzarlos y él en la cocina de la casa.»
-Anánimo-
***
Muchísimas gracias a todos.