viernes, 13 de julio de 2018

Tres historias de amor aproximadamente


1. Sospechas
 
Ismael estaba triste y enfadado, sobre todo enfadado. No tenía pruebas, pero estaba casi seguro de que su mujer tenía un amante.
-Y no lo soporto, en serio. No quiero parecer celoso y posesivo, pero la verdad es que esto me tiene desquiciado.
-Bueno, tranquilízate. Al fin y al cabo no lo sabes con certeza.
-Ya, ya, pero es que me parece cada vez más evidente. Hay detalles que no se pueden ignorar.
-Ya, supongo que no. Pero, en cualquier caso, qué vas a hacer, más te vale aceptarlo.
-Claro, qué remedio. Pero es que no soporto la idea de que esté con otro. Me hierve la sangre sólo de pensarlo.
-Bueno, cariño, ya veo que hoy no tienes un buen día, así que mejor me voy  —dijo ella empezando a vestirse.
***
 
2. Un tipo listo

-¿Cómo es que has roto con Patricia?
-Es que hay algo en su manera de ser que no me convence.
-Ah, a mí mi parece simpática, y buena persona.
-Sí, eso sí, pero…
-¡No me dirás que no te gusta físicamente!
-No, claro que me gusta, me gusta mucho.
-Pues entonces no entiendo... 
-Es que a mí me gustan las mujeres inteligentes y cultas.
-¿Y ella no lo es?
-Sí, ya lo creo que lo es. Ése es el problema.
-Ahora sí que no entiendo...
-Pues eso, que me gustan las mujeres  inteligentes y todo eso, pero no tanto como Patricia…
-¿...?
-… sólo lo suficiente para que puedan apreciar lo inteligente y culto que soy yo.
***
3. La boda

 
Faltaban dos semanas para la boda y Fernando seguía sin responder a los  mensajes que  María le enviaba cada día.
“Piénsalo bien, Fernando, todavía estás a tiempo”, le decía. “Podríamos ser tan felices, Fernando. Contéstame, cariño.” “Fernando, mi amor, sabes que te esperaré hasta el último minuto.”
A pesar del persistente silencio de Fernando, María estaba segura de que, aunque fuese en el último momento, él reaccionaría, aparecería justo a tiempo y entonces todo sería maravilloso. Por eso siguió adelante con todos los preparativos, sin cancelar nada, segura de que todo terminaría saliendo como ella soñaba. “Nunca hay que rendirse”, se decía, “porque cuando algo se desea de verdad se consigue.”
 
Y llegó el día. El momento decisivo, el momento que ella tanto había deseado y esperado con tanta fe.  María entró en la iglesia del brazo de su padre, nerviosa y mirando a todos los presentes, aunque sólo veía rostros indefinidos  porque las lágrimas le empañaban la vista.
Al otro extremo, delante del altar, la esperaba su prometido, nervioso y feliz.
La novia llegó al altar, el novio le hizo un gesto cariñoso, y la ceremonia dio comienzo.
Todo era perfecto, pero de Fernando, ni rastro.  

 
borders and decorations
Aquí, más historias de amor aproximadamente.
 

miércoles, 4 de julio de 2018

Viva el lenguaje


Esta entrada fue publicada originalmente el 20 de agosto de 2008.
Hoy la recuperamos para celebrar el décimo aniversario de Juguetes del viento.


Para mí no hay nada más fascinante que el lenguaje humano. Creo que es el mayor éxito de la evolución, y creo que sin él ningún logro de la humanidad hubiera sido posible. Todo se basa en la comunicación entre unos seres humanos y otros, y de esa capacidad de comunicarse deriva el mundo que hemos creado: la sociedad, la ciencia, la guerra, el arte, la tecnología... Sin el lenguaje, la civilización humana no sería lo que es. Puede que ni siquiera fuese. Porque sin el lenguaje -creo yo, con permiso de sabios como Piaget- no existiría el pensamiento, o por lo menos el pensamiento complejo. Sería en todo caso un pensamiento primitivo, elemental, más parecido al instinto que al razonamiento.

Es fantástico que con sólo un puñadito de sonidos y un puñadito de símbolos que representan esos sonidos, hayamos podido crear, y sigamos creando, la barbaridad de palabras que tenemos para nombrarlo todo, lo material y lo abstracto, y que podamos expresar la barbaridad de ideas que cualquiera expresa al cabo del día, desde un simple hola hasta el discurso más retórico y florido; desde el concepto más genial a la tontería más tonta. Con los mismos elementos.

Y es que el lenguaje es como una maquinaria maravillosa de posibilidades infinitas. Y como un juguete extraordinario cuya capacidad para entretener nunca se agotara. Porque las palabras son mágicas.

Digo esto porque el lenguaje, usado convenientemente, puede ser la monda, y procurarnos más diversión que cualquier juego de cualquier clase.
Es obvio que para crear diversión con el lenguaje hace falta un cierto grado de ingenio, de creatividad y de conocimiento. Pero es que también es cierto que, a veces, cuando el lenguaje se cruza con la ignorancia, produce expresiones jocosas involuntarias que pueden llegar a ser más divertidas que cualquier chiste premeditado.
 
Hace poco oí en la calle a una señora que hablaba con otra sobre alguien que ambas conocían. Por lo visto, ese conocido común había fallecido recientemente, y según la señora que lo contaba, "iba por la calle tan tranquilo y de pronto le dio un infarto fumigante".
 
Al parecer, el mundo de la medicina da para muchas de estas creaciones hilarantes. Recuerdo a una vecina que decía que su marido tenía "una hernia fiscal". Si el hombre se hubiera dedicado al Derecho la cosa tendría su lógica, pero no era el caso.
Y otra vecina nos decía que su padre seguía en el hospital pero ya le habían quitado el engranaje, como si el pobre señor fuera un reloj de cuerda. Reconozco que tardé un rato en comprender que lo que le habían quitado era el drenaje.
 
Fuera del ámbito médico, un amigo mío oyó a alguien decir que iba a instalar "una antena parapléjica". Quizá fuera el mismo que dijo que a la plancha había que echarle "agua destinada". Y hablando de destino, hay quien encuentra milagroso que una carta o un paquete lleguen donde tienen que llegar, y quizá por eso un señor decía que conviene mandar las cosas "por correo santificado". Y el caso es que creo que algo de razón tenía...

Estos ejemplos provienen de gente de la calle, gente común y corriente, como yo, pero no quiere esto decir que no se den casos semejantes, y con más delito y menos gracia, entre los que pasan por listos y cultivados. Algunos sueltan perlas lingüísticas que deberían tener multa.

Ya dije antes que creo que para pensar hacen falta las palabras. Pero se ve que para usar las palabras no siempre es imprescindible pensar.

 
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domingo, 24 de junio de 2018

Resurrectos

Cuento

 
En aquel pueblo ocurría algo muy bonito y misterioso, y es que durante un día a la semana los muertos volvían a la vida.
Y lo mejor de todo es que no volvían corruptos y agusanados y con la ropa descompuesta,  como habría sido de esperar, sino todo lo contrario: como seres angelicales, limpios, bellos y elegantes. De hecho, algunos ganaban mucho con esta especie de resurrección semanal.

El caso es que cada domingo por la mañana aparecían en las calles los hermosos muertos vivientes, los dulces ángeles de ultratumba,  que paseaban por el pueblo rodeados de  un hálito de bondad y alegría. Y era digno de ver cómo los vecinos salían de sus casas a recibirlos emocionados, y cómo los muertos visitantes los abrazaban y se iban con sus familiares a pasar el día.
Después, al caer la medianoche, el prodigio llegaba a su fin, la magia ultraterrena se acababa y los plácidos difuntos simplemente desaparecían.

Cuando empezó a ocurrir esto nadie se explicaba a qué podría deberse,  y se hicieron muchas preguntas y se plantearon muchas teorías. Después, poco a poco todos se fueron acostumbrando al milagro y empezó a darles igual la causa. Por último, comprendieron cuál era el mecanismo que lo provocaba, aunque no su funcionamiento, pero seguía dándoles igual.

Como era algo tan fabuloso decidieron que había que guardar el secreto,  que aquella maravilla no se conociese más allá de las fronteras del pueblo. Porque si se supiera, todo el mundo querría ser enterrado allí y los jóvenes del lugar no darían abasto para seguir produciendo aquel prodigio.
Porque, en efecto, eran los jóvenes los que hacían posible ese asombroso y dominical regreso del más allá.

Las noches de los sábados los alumnos del instituto tenían poco que hacer y pocos sitios a donde ir para divertirse. En el pueblo había un cine, una cafetería y un pequeño restaurante. Así que el recorrido habitual era ir  a tomar un refresco a la cafetería, después a ver una película y después al restaurante a comer hamburguesas. Pero pasada la hora de la cena se quedaban sin lugares en los que seguir todos juntos, creando su mundo propio, ajeno al mundo de los adultos, al que aún no pertenecían, y al de la infancia, al que ya habían dejado de pertenecer.

Así que hubo un momento en que los más decididos empezaron a quedarse los sábados por la noche en las afueras del pueblo, en los alrededores del cementerio. Allí, arrebujados en la oscuridad y el silencio, encendieron sus primeros cigarrillos, probaron sus primeras bebidas alcohólicas, y empezaron a probarse unos a otros. Era la primera generación de jóvenes de aquel pueblo que tomaba aquellas costumbres, pero hasta en los lugares más apartados y más anclados en la tradición ocurren cosas nuevas alguna vez. 

Después de los primeros acercamientos tímidos, los más apasionados empezaron a apartarse de sus compañeros en busca de rincones más íntimos. Y como no hay nada más íntimo, silencioso y privado que un cementerio,  una pareja pionera comprendió que sólo al otro lado de la tapia podrían estar completamente solos. Y así fue durante un breve tiempo, hasta que otros cuantos, y después todos los demás, decidieron que aquello era una idea estupenda y la adoptaron también.

Dicen que lo contrario de la muerte es la vida, pero no es así. Lo  verdaderamente opuesto a la muerte es la pasión. Y si la muerte pone fin a la vida y la pasión, lo mismo ocurre al revés: la vida y la pasión ponen fin a la muerte. Así que cada vez que los jóvenes dejaban fluir la vida y la pasión por entre las tumbas, aquella energía vital y amorosa ponía fin a la muerte que allí reinaba: por cada pareja que se amaba en aquel camposanto un alma allí enterrada volvía a la vida, convertida por un día en  un bello zombi del amor. 


Pere Lachaise cemetery, Paris.



viernes, 15 de junio de 2018

Diez


En estos días Juguetes del viento cumple diez años.
Tal vez tendría que decir que no me parece posible, que no lo hubiera imaginado, etc. Pero lo cierto es que no me sorprende, porque este blog, creo que ya lo he dicho alguna vez, se convirtió muy pronto en parte natural de mi vida cotidiana y de mi persona.
 
Sin embargo, a pesar de esto,  he de decir que durante los últimos meses he pensado en varias ocasiones que quizá fuera hora de dejarlo. Y es que tenía la sensación de haber perdido, como el clásico, "la capacidad de pensar y hablar coherentemente sobre ninguna cosa". 
 
Supongo que esto ha sido una especie de resfriado anímico, causado por la falta de tiempo y el cansancio mental, que me ha tenido temporalmente acobardada. Pero como dijo el filósofo, “una mala tarde la tiene cualquiera”, y aunque no sé si podré pensar y escribir con coherencia, al menos tengo ganas de intentarlo. 
 
Además, cuando comenté con un par de amigos, por separado, esta idea de dejar el blog, los dos tuvieron reacciones semejantes al respecto, con palabras muy sabias que venían a decir, más o menos, “déjate de tonterías y ponte a escribir”.  Alentador, sin duda.
 

Bromas aparte, lo más alentador, y lo más emocionante, de todo lo relacionado con este blog es el hecho de que haya personas que me acompañan desde el principio, desde las primeras entradas; y que haya otras que lleven ya varios años viniendo a leer y a dejarme sus opiniones; y que sigan llegando de vez en cuando lectores nuevos, algunos de los cuales se convierten en habituales, para enorme satisfacción mía, o que se añaden al lindo mosaico de los seguidores.

Aunque no es la cantidad lo que me importa, ya lo saben ustedes porque siempre lo digo: es la calidad, humana e intelectual, de los lectores de Juguetes del viento lo que yo más aprecio y valoro.
 
En fin, el caso es que poquito a poco hemos llegado al décimo aniblogsario, y como esto es algo que, aunque no me parezca raro, sí lo considero digno de celebración, he pensado que para ello, además de seguir escribiendo nuevas entradas, me gustaría volver a publicar de vez en cuando algunas de las que han ido apareciendo en el blog a lo largo de todo este tiempo. No en la barra lateral, donde tenemos el gadget “Hoy recordamos”  desde el octavo aniversario,  sino aquí, en  primera línea de blog, esperando, por supuesto, que a quienes me acompañan desde hace más tiempo les apetezca recordar entradas que quizá en su momento les gustaron; y que a quienes me acompañan desde hace menos les agrade conocer algunos de los textos que han ido conformando la historia de Juguetes del viento.
 
Y como siempre, lo más importante es expresarles una vez más mi mayor agradecimiento a todos los lectores del blog. Porque ustedes inspiran, divierten, enseñan. Y porque es una alegría y una emoción verlos llegar cada vez con sus palabras y sus ideas, siempre generosas, amables e interesantes.
Y por esto, ya lo saben, yo los llevo a todos en el corazón.


domingo, 3 de junio de 2018

¿Quién soy? (Actualizado)



Quizá recuerden el juego que hicimos hace unos meses. Se trataba de que intentaran adivinar ustedes unos personajes literarios a partir de las pistas que yo les daba, en forma de una imaginaria descripción de sí mismos que hacían dichos personajes .

 Hoy les propongo una nueva edición de este juego, y para que resulte más emocionante, los comentarios serán invisibles, para que los jugadores no se influyan unos a otros en sus respuestas.

Así pues, espero que les apetezca jugar y  participen ustedes con la sagacidad y el salero que les son propios.

Son tres personajes literarios muy conocidos, y esto es lo que cada uno nos dice de sí mismo:


Personaje 1.  

Soy un hombre corriente, común, que tiene un trabajo común y corriente.  Un hombre que vive con su familia corriente en una vivienda común.
Mi jefe es un hombre desconsiderado y explotador, pero no puedo permitirme dejar el trabajo. Con mi sueldo ayudo a mantener la casa y la familia, y eso es muy importante para mí: no soportaría convertirme en un parásito. 

En fin, soy una persona normal, como tantas otras, y  sin embargo, desde hace unos días, me siento un bicho raro.  Ya no me gustan las mismas cosas que antes, tengo intereses nuevos… he cambiado. Mis padres y mi hermana lo han notado, y no saben qué hacer conmigo. Siguen tratándome bien, pero creo que ya no me quieren, y yo no quiero ser una carga para ellos. Prefiero desaparecer…

***

Personaje 2. 

Soy culto, educado, elegante. He vivido mucho, así que tengo mucha experiencia y conocimiento de la vida. Sí, soy bastante mayor, es verdad, pero aparento mucha menos edad de la que tengo.

Sin embargo, a pesar de todas estas cualidades, no tengo amigos, soy un solitario. Sé que la culpa es mía, porque mis costumbres y mis gustos no encajan con los de la mayoría de las personas.
Prefiero, por ejemplo, dormir durante el día y hacer más bien vida nocturna.  Las últimas horas del día, son más tranquilas y seguras. Por lo menos para mí.
También soy muy estricto y peculiar en cuanto a mi dieta, y sé que eso no favorece precisamente las reuniones sociales.

He tenido varias novias, pero nunca me han durado mucho, y quizá por eso tengo mala fama. Parece que nadie se fía de mí, y comprendo que vivir en una mansión y pertenecer a la aristocracia no me ayuda a caerle bien al pueblo llano.
Ahora estoy planeando hacer un viaje a Londres, para cambiar de aires y ver cómo anda el mundo últimamente. 


***

Personaje 3.  

Cualquiera podría pensar que soy una persona feliz, porque siempre estoy sonriendo, pero eso es sólo que tengo esa cara, risueña y expresiva. En realidad trabajo todo el día y todos los días. Y además tengo que compartir la casa con mis compañeros. O sea, que no tengo vida privada y ellos son las únicas personas con las que trato. Menos mal que por lo menos son todos muy agradables. Bueno, todos menos uno que está siempre protestando por todo. En fin, ya ven que mi vida no es precisamente un cuento de hadas.
Pero no puedo quejarme.

Bueno, en realidad también conozco a una joven, una muchacha encantadora. Es muy bonita, dulce, trabajadora… Nos llevamos muy bien y es  muy amable conmigo, pero sé que eso no significa nada, porque en realidad ella es muy amable con todo el mundo. No, no me hago ilusiones, yo no soy el tipo de hombre que gusta a las mujeres. Y además, siendo ella como es, estoy seguro de que cualquier día encontrará un príncipe azul, se enamorarán y serán felices,  comerán perdices y todo eso. Y no la volveré a ver.
Pero no puedo quejarme.
En serio, no puedo quejarme. 

*** 

Los comentarios serán visibles el próximo día 12, martes, y veremos cuántos aciertos ha tenido cada uno, y en qué personajes han pensado ustedes, que sin duda será lo más interesante. 
Hasta entonces, muchas gracias a todos.




La librería. Anton Piek, 1930




domingo, 20 de mayo de 2018

El armario de las maravillas


Anoche, no sé por qué, la memoria me trajo un recuerdo que yo no sabía que tenía guardado. Me acordé, de pronto, y diría que sin motivación alguna, de un armario. Un armario que había  en una de las aulas de mi infancia, en la que pasé varios cursos.

Según lo veo ahora, en mi recuerdo, era un armario corriente, más bien estrecho, de madera clara, y con dos puertas.
Estaba al fondo del aula, casi ignorado, silencioso y discreto. Los pupitres le daban la espalda, concentrados sólo en la pizarra por obligación y en la puerta por devoción. Y no se abría con frecuencia: sólo en determinadas ocasiones  la maestra, como un sacerdote ante el sagrario, se dirigía con ceremonia hacia él  y abría las puertas del misterio.

Porque en verdad era un misterio lo que se guardaba en su interior. Nunca vi lo que había dentro, o, mejor dicho, nunca vi el armario por dentro. Porque aunque yo me volvía para mirar cuando la maestra lo abría, su propia figura me impedía la visión; porque en realidad  no lo abría del todo, sólo lo suficiente para alcanzar lo que quisiera sacar de allí, como si  de hecho quisiera que aquello resultase misterioso.

La mayoría de las veces sólo se dirigía el armario para coger tizas nuevas, aquellas nacaradas barritas blancas que a mí tanto me gustaban y con las que hubiera deseado escribir en la pizarra cada vez que hubiera querido.
Pero alguna que otra vez de aquel armario salieron lápices, bolígrafos, gomas de borrar, carpetas, tubos de pegamento o tijeras sin punta… incluso, en ocasiones especiales, la maestra, como el mago que tira y tira de un pañuelo infinito de colores, sacaba del armario cartulinas,  y ceras, y botecitos de témpera…
Así que yo sabía, aunque no lo viera, que ese armario era una especie de papelería en miniatura, un paraíso de material escolar; un cofre de los tesoros como los que los piratas de dibujos animados enterraban debajo de una palmera. Cuánto me habría gustado abrirlo y contemplar aquellas joyas.

Pero allí dentro había algo más. Algo que me intrigaba de un modo especial y de lo que no tengo más que un recuerdo muy borroso, más nebuloso que muchos sueños. En el armario de las maravillas había una caja que contenía unas piezas planas, cuadradas, de colores, como galletas de plástico transparente. Y recuerdo, o quizá imagino, que esas piezas encajaban entre sí, que tenían unas ranuras en los bordes, por las que se unían unas con otras. Y creo recordar, o quizá sólo imagino, que con esas piezas se podían construir extrañas formas arquitectónicas, geometrías abstractas, castillos de naipes de ciencia-ficción.

Quizá alguna vez la maestra usó ese juego por algún motivo, pero no imagino qué pudo ser. Lo que sí sé es que muchas veces me pregunté qué haría falta para que la maestra sacara aquel juego; qué habría que hacer, qué tendría yo que hacer, para que me dejara jugar con aquellas piezas que tanto me intrigaban.
La cuestión es que nunca supe qué era aquello en realidad, de quién era ni por qué estaba en el armario. Pero sabía que estaba, y aquella sola visión fugaz que alguna vez debí de tener, bastó para impresionar mi cerebro con una imagen difusa que nunca se borró, y que anoche, por alguna razón que no imagino, apareció en mi recuerdo.

Entonces pensé que algunos misterios de la infancia nunca se resuelven, y que es mejor que no se resuelvan; porque gracias a eso aquel armario, aquel cofre del tesoro papelero, sigue pareciéndome maravilloso y enigmático hoy día, y puedo seguir soñando con él.
Y pensé que nuestro cerebro es también una especie de armario de las maravillas, en el que se guardan cosas que no siempre vemos pero que están ahí, y que cualquier día, por alguna razón, pueden aparecer por sorpresa y sin explicación, como los sueños. 
Y eso es siempre fascinante, como piezas de colores que tal vez encajen entre sí.




miércoles, 2 de mayo de 2018

El gran descubrimiento de Pascualito


Un domingo soleado Pascualito fue con sus padres a pasear por el puerto. 
Iba Pacualito pensando que los domingos casi siempre son amarillos, cuando llegaron al recinto. Desde la entrada vieron un barco blanco y enorme que a Pascualito se le figuró una tarta gigante.
–Eso  es un crucero -dijo el padre.
Y Pascualito anotó en su memoria esa palabra nueva, para soltarla por ahí en cuanto tuviera ocasión. “He visto un curcero”, le dijo más tarde a su abuela.

Siguieron el paseo, y después de ver barcos de otras clases la madre de Pascualito dijo:
–¡Mira! ¡Un velero antiguo!
Y aceleraron el paso para acercarse a verlo.
Pascualito miraba sorprendido aquella maraña de palos y cuerdas y velas, mientras su padre, embelesado y con mirada soñadora, le decía el nombre de algunas de aquellas cosas. Era asombroso que todo eso tuviera un nombre, y era asombroso que alguien los supiera, pensaba Pascualito sin saber muy bien que estaba pensando eso.
–En una época –dijo el padre–, a mí me hubiera gustado ser marino, ¿sabes? -Y de pronto empezó a recitar: “Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín…”
Pascualito escuchaba muy atento, extrañado y un poco conmovido. Porque no entendía nada de lo que estaba diciendo su padre pero le encantaba el sonido especial que tenían aquellas palabras.
–Papá, dilo otra vez –pidió Pascualito cuando su padre terminó la recitación.

Varias semanas después, cuando Pascualito ya casi se había aprendido de memoria aquella poesía, de tantas veces como quiso escuchar "lo del velero mercantil", su madre lo llevó a comprar un regalo de cumpleaños para el padre. Estuvieron en una tienda donde vendían muchas clases de regalos. Pascualito miró por aquí y por allá, y aunque vio muchas cosas que le gustaron hubo algo que le pareció lo más especial de todo.
–¡Esto, mamá! –dijo entusiasmado, señalando un barquito de madera, con sus palos, y sus cuerdas, y sus velas.

Durante el resto del día y al día siguiente, Pascualito estuvo especialmente pensativo y meditabundo, y cuando la madre le preguntó si estaba preocupado por algo, Pascualito respondió con otra pregunta:
–Mamá, ¿yo puedo hacer una poesía?
Incluso la madre de Pascualito, que estaba acostumbrada a este niño académico, se sorprendió ante tal pregunta. Pero como siempre lo tomaba en serio, le respondió simplemente:
–Claro que sí.
De manera que Pascualito –con la ayuda de su madre, la verdad sea dicha–  empezó a escribir en un papel las palabras del poemita que ya tenía dentro, no se sabe si en la cabeza o en el corazón, o a medio camino.
 
Cuando llegó el día del cumpleaños de su padre Pascualito estaba muy contento y emocionado, y tenía muchas ganas de darle su regalo, a ver qué le parecía.
Así que antes de merendar, los abuelos le dieron su regalo, la madre le dio su regalo, y Pascualito le dio su regalo. Cuando el padre abrió el envoltorio de colores y apareció  aquel velero tan bonito hubo un aplauso unánime y espontáneo de todos los presentes, lo que a Pascualito le hizo aplaudir también, de puro contento.
–¡Es precioso, Pascualito, me encanta! ¡Muchas gracias! –dijo el padre al tiempo que abrazaba al niño, y Pascualito estaba tan orgulloso que el estómago le hacía cosquillas.
Entonces la madre le hizo un gesto, y Pascualito, algo inseguro y nervioso, le dio a su padre un sobre de color azul. El padre cogió el sobre con la mano un poco temblorosa, lo abrió y sacó una hoja azul en la que había algo escrito.
–Léelo, léelo –dijeron los abuelos.
Y el padre leyó la poesía de Pascualito, que decía:

“Este barquito velero
no navega por el mar,
no flota ni corta el viento
ni pone rumbo a Panamá.

Pero si sueñas despierto
en noches de luna llena
este barco chiquitito
te llevará donde quieras.”

–¿Te gusta, papá, te gusta? –preguntó Pascualito impaciente.
Y el padre, sin soltar el papel, volvió a abrazar a Pascualito, muy fuerte y sin decir nada. 
Qué otra cosa podía hacer.



old sailing boat barco velero antiguo



lunes, 23 de abril de 2018

Días de libro y rosas


Una vez conocí a una persona que, según me dijo, nunca había leído un libro.
No era la primera vez que oía a alguien decir eso, claro, pero en esta ocasión me llamó más la atención, quizá porque entonces yo ya era consciente de la importancia que la lectura tenía para mí.

La cuestión es que en ese momento pensé que esa persona “no sabía lo que se perdía”, como se suele decir,  porque yo estaba segura de que así era, de que no leer libros era privarse de muchas posibilidades: de aprender, de descubrir, de divertirse, de meditar, de sentir consuelo y compañía… Como dice Eugene Field en Los amores de un bibliómano:

Risa para mis momentos más alegres, distracción para mis preocupaciones, 
consuelo para mis pesares, charla ociosa para mis momentos de mayor pereza, 
lágrimas para mis penas, consejo para mis dudas, y seguridad contra mis miedos. 
Todo esto me dan mis libros…


Sin embargo, más adelante cambié de opinión. No es que ya no creyera en las bondades de los libros, sino que empecé a pensar que me equivocaba, que quienes no leían libros no se perdían nada, que seguramente esas personas encontrarían de otra forma el deleite y el solaz que otros encontramos en la lectura. Y siguiendo este pensamiento me dije que los amantes del deporte, por ejemplo, podrían pensar igualmente que yo “no sabía lo que me perdía” por no tener afición a ellos. Es decir, que cada uno disfruta a su manera y encuentra satisfacción en cosas diferentes.

Pero un tiempo después cambié de opinión nuevamente, y volví a pensar que no leer quizá sí suponga, no perder, pero sí dejar de ganar algo. Porque me parecía que otras aficiones –el deporte, la ópera, el ajedrez, la pintura, los puzzles…– implicaban una inclinación determinada y específica que como es lógico no todo el mundo siente, mientras que la lectura, me parecía a mí, era algo general, inherente al ser humano y hasta necesario.

No sé si esto tiene alguna lógica o algún fundamento científico, pero mi sensación es que sí. Porque lo cierto es que desde que nacemos nos gusta que nos cuenten cosas, nos gustan los cuentos, las historias, y sabemos que el cerebro las recibe con agrado y saca provecho de ellas. También nos gustan las películas, los chistes, las anécdotas, las canciones… que no son sino formas de contar historias. Es decir, que la esencia de la literatura -la narración de historias- es, en efecto, inherente al ser humano, un acto natural.

En los tiempos de las cavernas nuestros ancestros se reunían
alrededor del fuego por la noche. Los lobos aullaban en la oscuridad,
más allá del resplandor del fuego. Y una persona empezaba a hablar.
Y contaba una historia, para que la oscuridad no nos diese tanto miedo.

                                                            (El editor de libros. “Genius”, Michael Grandaje, 2016)
  
De manera que quizá el gusto por la lectura, por las narraciones, sea algo con lo que nacemos pero que con el tiempo muchas personas van perdiendo, como ocurre con la inocencia, el deseo de aprender o las ganas de jugar. Y en otras personas, por el contrario, no sólo se mantiene ese gusto sino que va haciéndose más completo y cabal.

Creo que no se puede dudar que la lectura de libros también nos da, aparte del regocijo personal, una visión más amplia del mundo, nuevos puntos de vista, aspectos que desconocemos de la realidad, ideas que nunca habíamos tenido y circunstancias en las que nunca habíamos pensado; y todo esto, creo yo, desemboca en un conocimiento mayor del ser humano –incluidos nosotros mismos– y una mayor capacidad de comprensión de nuestros semejantes.
Y también creo que todo esto influye en nuestro bienestar. Se dice que cuanto más conscientes seamos de todo, de la realidad en su más amplio sentido, más pesimistas nos volveremos. Y puede que sea verdad, pero creo que también es verdad que el conocimiento, en todo su sentido también, nos abastece  de nuevos recursos mentales y emocionales para manejar mejor esa conciencia de la realidad.

Sin duda hay personas felices e infelices, lúcidas y no tan lúcidas tanto entre quienes leen como entre quienes no leen. Pero aunque me demostrasen que leer libros no sirve para todo eso que yo creo, y que el bienestar personal no tiene nada que ver con la lectura, yo me alegro de ser lectora. Entre otras cosas, porque gracias a eso puedo compartir muchas meditaciones con ustedes. 




martes, 10 de abril de 2018

Lingüistas y alienígenas


Dedicado a MJ

En respuesta a la sugerencia que les presenté en la entrada de aniversario, nuestra amiga MJ me mandó un correo con una propuesta.
Según me decía, había visto La llegada (“Arrival”, Denis Villeneuve, 2016), y como le había interesado la teoría lingüística en la que se basa esta película, me proponía que comentase algo al respecto.

Yo también había visto la película, y me había llamado la atención que tuviese como fundamento una teoría lingüística, en concreto la llamada “Hipótesis de Sapir-Whorf”. Así que la sugerencia de MJ me da ocasión de meditar un poco sobre asuntos que guardan relación con otros que ya han ido apareciendo en el blog otras veces. 

En la película citada vemos a unos lingüistas que intentan desentrañar la forma de comunicación, el “idioma”, de unos extraterrestres que han llegado a nuestro planeta, para poder comunicarse con ellos y conocer los propósitos de su visita. Se podría decir, por cierto, que se establece entre ellos una especie de “encuentros en la tercera frase”, y perdonen ustedes la tontería.
En ese intento de comprender el lenguaje de los alienígenas es donde aparece reflejada la hipótesis de Sapir-Whorf, también denominada “teoría de la relatividad lingüística”.

Dicho en términos muy elementales, esta hipóteis establece que el idioma que hablamos influye en nuestro pensamiento; es decir,  que los hablantes de lenguas diferentes tienen formas diferentes de pensar. Por eso en la película se plantea que cuando la protagonista descubra la clave del lenguaje del alien, adquirirá no sólo ese lenguaje, sino también la concepción de la realidad que ese lenguaje conlleva.

Como han dicho algunos lingüistas, la película toma la hipótesis de Sapir-Whorf al pie de la letra y la lleva al extremo, aunque para eso es una película y además de ciencia-ficción. Sin embargo, en el terreno puramente lingüístico, la cosa no es tan clara ni tan definida.

A principios del siglo XX (aunque la idea ya surgió en el siglo XIX),  el lingüista Edward Sapir  planteó la posibilidad de que el lenguaje influyera en la manera en que sus hablantes interpretan la realidad; es decir, que la forma en que concebimos el mundo dependería en cierta medida de nuestros respectivos idiomas, de sus estructuras internas.

Años más tarde, tras la muerte de Sapir, un alumno y colaborador suyo, Benjamin Whorf, reelaboró y extendió la idea del profesor, dando origen a la hipótesis que hoy lleva el nombre de ambos, aunque nunca fue establecida como tal por ellos mismos, ni en común ni por separado.

ArrivalWhorf estaba convencido de que la gramática de cada idioma influye en la forma de pensar de sus hablantes, y para ello se basaba en sus investigaciones sobre la lengua de los indios Hopi: había observado que mientras que en las lenguas europeas el tiempo se representa de manera lineal –pasado, presente y futuro–, en la lengua hopi el tiempo se percibe como un flujo circular, y esa es  precisamente la característica que tiene el lenguaje de los extraterrestres de la película.

La hipótesis de Sapir-Whorf  siempre ha sido polémica, y sigue siendo objeto de debate hoy día. Muchos lingüistas descartan que el lenguaje determine la forma en que sus hablantes conciben la realidad, porque las estructuras lingüísticas, como planteó Noam Chomsky,  son universales, comunes a todos los idiomas; de manera que todos los seres humanos pensamos las mismas cosas y concebimos el mundo de igual manera, independientemente de cuál sea nuestra lengua materna.

Por otra parte, según indican otros expertos, la teoría de Whorf implicaría que no existe una realidad objetiva, sino realidades diferentes para los hablantes de idiomas de estructuras diferentes. Y se derivaría también que nuestro pensamiento no es libre, sino que está limitado o dirigido por el idioma que hablemos.

El asunto es sin duda apasionante, pero yo no puedo opinar más que basándome en mi personal y poco científica intuición sobre el asunto. Y en ese sentido, mi impresión es que el lenguaje no determina nuestra visión de la realidad, del entorno en el que vivimos, sino que lo refleja, lo representa; porque sí creo en la teoría de Chomsky, en que todos los hablantes compartimos una gramática esencialmente universal; que todos, sea cual sea nuestra lengua materna, compartirmos una especie de gramática innata, que se refleja en los llamados “universales lingüísticos” (rasgos que son comunes a todas las lenguas). 

También creo que en las cuestiones humanas fundamentales (los miedos, los deseos, las necesidades, las esperanzas…) todos los seres humanos, seamos de la nacionalidad que seamos y hablemos la lengua que hablemos, somos iguales. Por eso entendemos el arte y el pensamiento de pueblos muy lejanos en el tiempo y el espacio. Y dado que las lenguas son todas traducibles entre sí, ¿no significa eso que nuestra concepción del mundo y de la vida es básicamente semejante, aunque nuestros idiomas sean diferentes?

También es cierto que se puede utilizar el lenguaje -lo vemos casi a diario- para crear una supuesta realidad. Pero ésa es otra cuestión.
Y también es verdad que pensamos con palabras, que le damos forma al pensamiento con el lenguaje, pero eso no significa que el lenguaje cree la realidad sobre la que pensamos; simplemente la expresa, y la expresaremos mejor cuanto mejor sea nuestro conocimiento del lenguaje.

Y por último, creo también que aunque todos los hablantes del mundo concibamos la realidad de igual o semejante manera, el conocer diferentes idiomas nos da diferentes perspectivas de la realidad, porque en ocasiones distintos idiomas enfocan una misma realidad desde puntos de vista diferentes. De nuevo, esto no implicaría diferentes concepciones de la realidad, sino la posibilidad de verla desde diferentes ángulos.

La película La llegada, al margen de que nos guste mucho o poco, tiene un interés fundamental: que presenta una reflexión sobre el lenguaje, eso tan nuestro, tan esencial y tan trascendente.
Por eso, sea cual sea la verdad del asunto, tengan razón Sapir y Whorf, la tenga Chomsky o la tenga el próximo lingüista que elabore una nueva teoría, lo más interesante de todo es precisamente que haya teorías diferentes, que nos preguntemos por los orígenes y por todas las circunstancias relacionadas con esta capacidad humana maravillosa que es el lenguaje. Y, como he dicho otras veces, me fascina que después de miles de años utilizando el lenguaje sigamos sin desentrañar sus misterios y sigamos intrigados por la naturaleza de lo que precisamente nos hace ser lo que somos.


 Arrival film