viernes 17 de febrero de 2012

Parejas complejas, 6


Incluso siendo muy fan de Los Simpson, es difícil discernir quién es quién en las parejas formadas por Carl y Lenny, Selma y Patty, Rod y Todd, Rasca y Pica e incluso Lou y Eddie.

Y si es difícil con unos personajes que tienen rasgos propios y diferenciados, cómo no va a ser difícil evitar la confusión cuando se trata de esas parejas abstractas, incorpóreas, sutiles y etéreas que venimos denominando parejas complejas.

Sí, amigos, las parejas complejas atacan de nuevo. O más bien se debería decir que no dejan de atacar. Y ahí las tenemos, campando a sus anchas por las calles del idioma, acechando con alevosía en los recovecos del léxico, y saltando a nuestro paso desde las esquinas de las frases.
Todo para hacernos caer en su trampa de oprobio y deshonor.

Y nadie está libre de caer en esa trampa, ojo, ni siquiera los que nos las damos de iniciados en el asunto.
Recuerdo un día en que, siendo yo adolescente, fui al médico para que me recetara algo para la tos. Había yo probado previamente una infusión que para dicha afección me había recomendado una vecina, y que no me había hecho efecto alguno. Le comenté esto al médico y añadí que la había probado porque “es algo inocuo”.
Entonces el señor doctor me miró como quien dice “mira la erudita…” por lo que me quedé con la sensación de haber incurrido en esa falta que normalmente se denomina “pasarse de listo” y pensando: “inicuo, tendría que haber dicho inicuo”.
Lógicamente, en cuanto volvía a casa corrí al diccionario y… comprobé con alivio que había dicho bien:

inocuo: que no hace daño

inicuo: malvado, injusto.

Así que, supongo, aquella mirada del médico significaba “será pedante...”
Pero, al margen de la pedantería juvenil, que no niego, ya me dirán ustedes si hay o no hay mala idea en la pareja inocuo/inicuo.

Algo así debió de pensar el redactor del siguiente titular cuando se diera cuenta del tropiezo:



Aquí, obviamente, la trampa la puso la parejita compulsivo/convulsivo:

convulsivo: perteneciente o relativo a la convulsión (convulsión: contracción intensa e involuntaria de los músculos del cuerpo, de origen patológico).

compulsivo: Que tiene virtud de compeler. Que muestra apremio o compulsión. Que tiene impulsos irresistibles.
Y ya que estamos con la comida y la alimentación, hace unos días, en un documental de tv, decía la voz en off: “¿… quiénes somos nosotros para alterar la cadena alimenticia?"
La cosa tiene más enjundia de lo que parece, pero en este caso, claramente, lo suyo hubiera sido decir “la cadena alimentaria”.
alimenticio: 1.Que alimenta o tiene la propiedad de alimentar. 2.Perteneciente o relativo a los alimentos o a la alimentación.

alimentario: 1.perteneciente o relativo a la alimentación. 2. propio de la alimentación.

Bien, parece que la segunda acepción de alimenticio coincide con la primera de alimentario, de lo cual se infiere que en determinados contextos ambos términos pueden ser sinónimos.
Pero en este caso concreto no hay duda, pues la RAE especifica: industria alimentaria; cadena alimentaria.


Otro caso: no hace mucho, oí a alguien en la tele decir “…eso es un peligro latente y evidente”.
Y lo que es evidente es que quien esto dijo confundía latente con patente.

latente: oculto, escondido o aparentemente inactivo.

patente: manifiesto, visible. Claro, perceptible.

Es decir, que si el peligro es latente no puede ser a la vez evidente, más que nada porque significan cosas opuestas.

En fin, visto lo visto, lo que sí que es un peligro patente y evidente son las parejas complejas, que son muchas y están dispuestas a todo. Así que, ante la menor sospecha de ataque, defendámonos blandiendo el arma más apropiada: el diccionario.



jueves 26 de enero de 2012

La tienda de don Luis

Hace unos días me acordé, no sé por qué, de don Luis y su tienda.
Don Luis era un señor muy alto, muy delgado, algo agachapado, y muy viejo. Al menos, así lo veía yo y así lo sigo viendo en mi recuerdo.
Y a juzgar por lo nebuloso y difuso de tal recuerdo, yo debía de ser muy pequeña cuando iba a su tienda con mi madre y a veces con mi abuela.
Don Luis andaba despacio y hablaba muy bajito. Y su tienda era muy antigua y bastante oscura, lo cual sería razón suficiente para que el lugar no le gustara a ningún niño. Pero a mí me gustaba.
Era una tienda de ropa de casa, si el recuerdo es fiable, y tenía un mostrador grande y compacto, de madera maciza. Y lleno de arañazos y muescas, con el borde gastado, pulido por el uso de muchos años y la caricia inconsciente de muchas manos.
Recuerdo también a una señora mayor -seguramente su esposa- bien arreglada, que siempre estaba allí, tras el mostrador, sentada en una silla, sonriente, observando el funcionamiento del negocio, pero sin intervenir en el mecanismo comercial.
Y me recuerdo a mí misma mirando embobada a don Luis, sus pausados movimientos y su peculiar aspecto.
Pero lo que mejor recuerdo es el cuaderno. El cuaderno rectangular, apaisado,  con tapas azules y hojas de color crema. Eso sí que me encandilaba. 
Cuando alguien hacía una compra, don Luis sacaba el cuaderno de detrás del mostrador. Lo ponía encima con suavidad, con un movimiento parsimonioso y espeso, como envuelto en polvo y silencio. Entonces lo abría despacito, pasaba las hojas con cuidado, apoyaba la mano y escribía.
Anotaba palabras y números, con esmero, con cuidado, con tanta lentitud como lo habría escrito yo misma con mi inexperta mano infantil.
Cómo me fascinaba aquel cuaderno, y cuánto me hubiera gustado poder escribir en él, en aquellas hojas mullidas y densas...

Mucho tiempo después, siendo yo ya adolescente, me acordé un buen día de don Luis, como ahora, aparentemente sin motivo. Le pregunté a mi madre y me dijo que la tienda cerró siendo yo todavía pequeña.
Me imagino que don Luis se jubiló del negocio, o de la vida, y nadie tomó el relevo. 
Y me pregunto si antes de cerrar la tienda por última vez recogió el cuaderno y se lo llevó   consigo.
Me gustaría saberlo.

        

jueves 12 de enero de 2012

El año de Dickens

La época victoriana me parece una etapa histórica apasionante.
Hay quien solo ve en ella el hollín y los humos de las fábricas; la pobreza de las clases desfavorecidas, la explotación de los obreros y el trabajo infantil; la injusticia y la desigualdad entre sexos.
Por desgracia todo eso es una realidad de la época. Pero no la única.

Con todos sus defectos y sus fallos, el victorianismo (1837-1901), y en general todo el siglo XIX, es un periodo de enorme desarrollo científico y tecnológico que permitió que las condiciones de vida mejoraran de manera espectacular, sobre todo en lo que se refiere a la salud y la higiene.
Pero también se produjeron avances extraordinarios en el ámbito social,  educativo y cultural.
Se creó la policía, con lo que las calles y los barrios fueron mucho más seguros; se humanizaron las prisiones; se dio a la educación una importancia capital y se implantó la escolarización infantil obligatoria y gratuita. Igualmente se crearon escuelas dominicales para adultos, de manera que por primera vez en la historia los obreros podían dejar de ser analfabetos.
Esto, junto con la popularización de ediciones baratas de libros, hizo que la lectura se convirtiera en una afición nacional, extendida a todas las clases sociales. Y esto a su vez favoreció que se forjara la conciencia de clase y la rebelión ante la injusticia, el abuso de poder y las restricciones morales sin fundamento. Porque los trabajadores tenían acceso a la cultura, podían leer, podían desarrollar opiniones y podían compartir ideas. Menuda revolución, y no menos trascendente que la Industrial, desde luego.

Pues resulta que en esta época fascinante vivó y escribió sus maravillosas historias el señor Charles Dickens. Y resulta que en este 2012 se cumplen doscientos años de su nacimiento (7 de febrero de 1812). Eso hay que celebrarlo por todo lo alto.
En Londres, por supuesto, no van a faltar acontecimientos, pero también va a haber celebración en Francia, Alemania, Suiza, Estados Unidos… no, en España no.
Bueno sí, en mi casa.

La cuestión  es que habrá exposiciones, talleres, conferencias, actividades lúdicas para niños y adultos, teatro, fiestas callejeras, comidas, lecturas colectivas, etc,  durante todo el año. De hecho algunas de estas actividades empezaron ya en noviembre pasado.
Habrá también una ceremonia pública en la abadía de Westminster, donde está enterrado, e incluso se ha acuñado una moneda oficial del bicentenario, que entrará en circulación en primavera y que lleva la silueta de Dickens formada por los títulos de sus obras más representativas. No me parece especialmente bonita, la verdad, pero sí sumamente simbólica y sentimental.
O sea, sí, muy bonita.

Bueno, ya no hace falta decir que a mí Dickens me gusta mucho, pero sí quiero especificar que además de sus historias, me gusta el propio Dickens como persona, me resulta muy simpático.
Fue un hombre muy humano, también un poquito guasón, muy querido por su familia y por sus muchos amigos, y agradecido con sus lectores; un triunfador que supo disfrutar de su éxito con modestia, y que se preocupaba muchísimo por los desfavorecidos, especialmente los niños.
De hecho, sus novelas más importantes son una dura crítica contra esos abusos e injusticias de los que hablábamos hace un rato.
Pero es que además él mismo podría ser un personaje creado por su propia imaginación. Por eso a mí me parece que su vida y su obra forman un tejido mágico en el que se entrelazan los hilos de la realidad, de su propia experiencia vital, con los de la ficción. Seguramente por eso sus personajes resultan tan verdaderos y por eso son universalmente reconocidos y queridos, hoy tanto como en su día.
Esto, por cierto, nos lleva directamente a la anécdota de “La tienda de antigüedades” (The Old Curiosity Shop): las novelas de Dickens se publicaban por entregas, cada semana o cada mes, un capítulo, y esta en concreto estaba teniendo un éxito enorme no solo en Reino Unido sino también en Estados Unidos. Y tal era la expectación ante el último capítulo de la novela, que varios miles de lectores esperaban en el puerto de Boston la llegada del barco que llevaba los ejemplares para su distribución y venta. Y según cuentan las crónicas, cuando los marinos bajaban del barco, la gente, impaciente,  les preguntaba qué pasaba finalmente con Nell, la protagonista.
No voy a decir la respuesta por si a alguien le han entrado unas ganas irrefrenables de leer el libro.
El caso es que, como se ve, Dickens se adelantó dos siglos al fenómeno harrypotteriano.

Por todo esto y mucho más, no me extraña que su muerte, acaecida en 1870, se sintiera como una tragedia nacional, ni que ahora se celebre su vida y su obra de forma tan espléndida y magnífica. 
Celebración en la que yo, discretamente, participo.

Las fotos están tomadas en su casa de Doughty Street, 48, en Londres.
De las casas que habitó, esta es la única que se conserva, y entrar en ella, recorrer sus habitaciones, con muebles y objetos que fueron de su propiedad, es un verdadero viaje en el tiempo y una experiencia sentimental extraordinaria.






martes 27 de diciembre de 2011

La casa oscura

Cuento misterioso a la manera decimonónica (2ª parte)


Al día siguiente, el tercero de nuestro estancia en la casa,  Marcela me preguntó:
-¿Cerraste anoche las cortinas, cuando me dormí?
-No; las dejé como me pediste ayer, y, mira, así siguen. ¿Por qué lo preguntas?
-Pues porque cuando me estaba quedando dormida, me pareció que la habitación se oscurecía. Me debí dormir en ese instante.

El asunto para mí no tenía ninguna importancia, pero noté que Marcela estaba pensativa, como dándole vueltas a alguna idea. Le pregunté qué le preocupaba.
-Es que, ahora que lo pienso, anteanoche tuve la misma sensación.
-Seguramente –supuse yo-, lo que ocurrió fue que las nubes ocultaron la luna.
No hablamos más del asunto, pero, al cuarto día, en cuanto desperté, Marcela hizo el mismo comentario:
-Esta noche ha ocurrido otra vez: justo en el momento en que me quedaba dormida, noté que la habitación se oscurecía.
-Claro, el cielo sigue muy nublado -dije.
-Pero es que me parece que es otra clase de oscuridad… más repentina… más cercana…

Como vi que Marcela estaba nerviosa por este hecho, aunque para mí carecía totalmente de importancia decidí hacer un pequeño esfuerzo por mantenerme despierto aquella noche hasta que ella se durmiese, y comprobar si era cierto que la habitación se oscurecía en ese momento.

Por suerte, ese día había amanecido un poco más claro y hacía menos frío, así que le pedimos a Irene que nos preparase un almuerzo que pudiésemos llevar en una cesta, y pasamos la mayor parte del día al aire libre.
Cuando volvimos a la casa por la tarde, Marcela estaba más relajada, y a mí, a pesar de que me encontraba cansado, también parecía haberme sentado bien la excursión.
No había pensado en ello durante todo el día, pero al subir al dormitorio recordé mi propósito de no dormirme antes que Marcela.
Así pues, cogí un libro cualquiera de la biblioteca, y me lo llevé a la habitación para leer hasta que ella se durmiese.

No pasó mucho rato antes de ver que ya descansaba plácidamente, y, como yo esperaba, la habitación no se oscureció ni ocurrió nada anormal. De hecho, el cielo esa noche estaba más despejado, y el resplandor de la luna era más nítido que las noches anteriores.
Vencido ya por el sueño y el cansancio, cerré el libro, apagué el pequeño quinqué que ardía sobre la mesita de noche, y me dispuse a dormir.

Pero entonces, justo antes de cerrar los ojos, comprendí lo que había estado pasando. Pues pude ver claramente, gracias a la luz de la luna, cómo el monje del cuadro que tanto nos impresionaba, soplaba suavemente la vela que sostenía en la mano, oscureciéndose entonces la habitación, tal y como Marcela había notado las noches anteriores.

Aquella visión me dejó clavado en la cama, con la mirada fija en el cuadro, la respiración contenida y las manos agarrotadas aferrando las mantas.
Así me encontró Marcela cuando despertó por la mañana.
Tardé horas en recuperar un estado de cierta normalidad, pero desde entonces, y ya han pasado varios años, la pluma y el papel siguen siendo el único medio con el que puedo comunicarme.

FIN








miércoles 21 de diciembre de 2011

La casa oscura

Cuento misterioso a la manera decimonónica (1ª parte)

Marcela y yo llegamos a la casa cuando empezaba la tormenta. El viaje había sido largo pero tranquilo, y el monótono golpeteo de los cascos de los caballos, casi adormecedor.
El dueño del lugar era un viejo amigo mío, que nos había ofrecido la casa, desocupada durante el invierno, para que pasásemos en ella unos días de descanso, antes de partir de luna de miel.

En la entrada, al final de un sendero bordeado de flores, nos esperaban Irene y Daniel, el matrimonio que se encargaba del mantenimiento del edificio y el jardín.
Nos recibieron con un ramo de prímulas, dándonos la enhorabuena por nuestra boda.
- Sólo notarán que estamos aquí cuando podamos serles útiles en algo –dijo Daniel.

Agradecí sinceramente sus palabras, pues tanto Marcela como yo deseábamos disfrutar de nuestro recién adquirido derecho a la intimidad.
Mientras nos dirigíamos a las habitaciones que nos habían preparado, observamos que la casa estaba decorada con un gusto por lo clásico y lo sobrio. Era elegante, pero, a juicio de Marcela, demasiado oscura y un poco triste.
La tormenta que tronaba fuera no hacía más que subrayar la atmósfera sombría de la casa.

Una vez llegados a nuestro dormitorio nos llamó la atención un cuadro que había sobre la chimenea. Representaba a un monje, visto de medio cuerpo, que sostenía en una mano una palmatoria con una vela encendida. Con la otra mano protegía la llama, como si una corriente de aire amenazara con apagarla.
El fondo del cuadro era prácticamente negro, y la cara del monje, iluminada por el amarillento resplandor de la vela, destacaba en esa negrura.

Marcela dijo que el cuadro le daba escalofríos, y yo he de reconocer que a mí también me causaba cierta incomodidad su extraordinario realismo: el efecto de la luz sobre el rostro del monje estaba magníficamente conseguido.

Irene nos sirvió una cena magnífica espléndida, y después, al calor de la chimenea del salón, Marcela y yo estuvimos haciendo planes para el viaje que emprenderíamos a la semana siguiente.

Al volver al dormitorio, Marcela me pidió que dejase las cortinas entreabiertas.
- No me gusta dormir en total oscuridad -dijo-. Me agrada el resplandor de la luna en la ventana.
Por la mañana nos despertamos temprano. Seguía nublado y hacía frío, pero no llovía, así que después del desayuno fuimos a dar un paseo por los alrededores, y después pasamos la tarde charlando, leyendo y escribiendo cartas.
(Continuará)






martes 6 de diciembre de 2011

Premios Gamba. Cerrando la temporada.


Este año hemos dado pocos Premios Gamba, aunque gambazos, pifias, meteduras de pata y resbalones lingüísticos se han producido en abundancia, como viene siendo habitual, en los medios de comunicación.
Lo que ocurre es que unas veces ha faltado la oportunidad para registrarlos; otras, ha sido poco el tiempo dedicado a los medios; y otras, la constante repetición de los mismos errores ha hecho que el asunto se vuelva tedioso y que dé pereza dejar constancia de ellos.
Sin embargo la cabra tira al monte, y el vicio notarial de los que nos divertimos con estas cosas acaba por vencernos y volvemos a las andadas.
Así que sí, candidatos tenemos y sus méritos son detallados a continuación.

Por ejemplo, con motivo de la visita de algún querube de esos que vuelven locuelas a las chicas, se hablaba en una tertulia televisiva del “fenómeno fan”, de los estragos que causan los bellos artistas en las adolescentes y del griterío que se produce ante la proximidad de alguno de ellos. Y de que con frecuencia la emoción por la presencia del ídolo va acompañada de desmayos, ataques de nervios y lloros de diversa intensidad.

En dicha tertulia intervenía un invitado muy conocido, un reputado intelectual de cuyo nombre fingiré no acordarme, que explicaba que la palabra inglesa fan significa abanico, y que a los fans se les llama así porque  se agitan como abanicos.

Esta explicación me dejó un poco trastornada, verdaderamente, porque si bien es cierto que la palabra  fan (derivada de vannus) significa abanico, o ventilador, tiene otra acepción, la de seguidor o admirador de algo o alguien. Y esta acepción, que es la que nos ocupa, es, según los diccionarios,  un  acortamiento de la palabra fanatic, que es lo que siempre hemos tenido entendido y es asunto de conocimiento común.
Hay otra teoría, según la cual la palabra fan derivaría  del término fancy (inclinación, deseo, capricho), que también cuadra con el asunto.

De modo que, sea una u otra la verdadera etimología de fan, lo que está claro es que la peregrina explicación del contertulio no hay por dónde cogerla, y por lo tanto, es candidato a un Premio Gamba con todo merecimiento.

Un error muy común entre los candidatos a nuestro premio es el de los refranes o dichos populares mal empleados, mezclados, fuera de lugar o utilizados con un sentido equivocado. Recordemos el ominoso caso del tertuliano que en un programa de radio decía: “y esto no es más que la gota del iceberg”, en una mezcla loca de “la gota que colma el vaso” y “la punta del iceberg”.

Más reciente es el ejemplo que aquí les traigo. En un telediario de Antena 3 del pasado noviembre, nos informaban de las inundaciones que se habían producido en esos días en diversos lugares de España. Sobre imágenes de vecinos que con palas, cubos, escobas y fregonas intentaban sacar el agua y el barro de sus casas, nos dice una voz que tal labor es “como matar moscas a cañonazos”.

O sea, que, según alguien, los vecinos estaban empleando medios excesivos para un problema tan pequeño. Porque eso es lo que significa “matar moscas a cañonazos”. Lo cual implica que el que escribió ese texto desconoce el significado de la expresión o desprecia el problema de esas personas.
Esperemos que sea lo primero.

Otro tipo habitual de metedura de pata es el de las noticias trágicas expresadas con tan poco acierto que inducen a risa, como pasó en septiembre en las noticias online de Yahoo, en referencia al décimo aniversario de los atentados de Nueva York.



Seguro que a cualquiera se le ocurre otra forma de redactar la noticia de manera que no resulte tan chocante ni tan desafortunadamente cómica.

Y con respecto al mismo asunto, en muchos lugares del mundo se llevaron a cabo homenajes y actos simbólicos. En España, por ejemplo, los príncipes de Asturias plantaron diez árboles en algún sitio para conmemorar los diez años transcurridos desde el terrible suceso. Pero en el telediario de Antena 3 –otra vez-, dijeron que "los príncipes Felipe y Letizia han plantado diez árboles por cada año transcurrido”.

Es decir, que según eso, plantaron 100 árboles. Y en un rato.
Luego dirán que la realeza no trabaja. Pues sí que…

Para terminar, una gamba de película. En el cartel promocional de la película “Pánico” se lee: “Sólo tú lo vistes. Sólo tú puedes salvarla”.
Dejemos al margen las tildes innecesarias de “sólo” y fijémonos en ese “tú lo vistes”. Estaría bien si la cosa trata de muñecos y vestiditos, porque entonces podríamos decir “yo lo visto, tú lo vistes, él lo viste…”

Pero aquí lo que ocurre es que, una vez más, el afán finolis hace su aparición y se le coloca una –s de regalo a la segunda persona de un verbo en pretérito perfecto simple, que es un error muy común:  comistes, llegastes… o, como decía Mecano en su famosa copla La fuerza del destino, “tú contestastes que no”.

En fin, podríamos seguir recapitulando meteduras de pata de todo tipo, como faltas de concordancia, confusiones entre palabras de significados opuestos, oraciones incoherentes, preposiciones utilizadas sin ton ni son, o rótulos tan mal redactados que dan a entender, por ejemplo, que a continuación vamos a escuchar las declaraciones de una víctima mortal.
Y no era una psicofonía, no.


viernes 25 de noviembre de 2011

Parejas complejas 5

Hace ya  tiempo que no hablamos aquí sobre esas palabras que resultan tramposillas y traidoras, que hacen dueto con otras a las que se parecen un montón, y que a la primera de cambio y a poco que nos descuidemos, nos hacen confundirnos y decir digo donde debimos decir Diego. O al revés.

Es lo que venimos llamando parejas complejas, y es lo que le pasó hace poco a una señora  que departía con otra sobre la duquesa de Alba.
Comentaba la una que la aristocrática dama “tiene la cara muy rara”, y exclamaba la otra :
-¡Claro, eso es porque le hacen el botulismo!

 Sin duda se confundía la señora, y decía botulismo donde debía decir bótox.

-botulismo: Enfermedad producida por los alimentos envasados en malas condiciones.
-bótox: toxina que se inyectan los famosos en el rostro para dejar de parecerse a sí mismos.

Las personas suelen acordarse de su primera comunión, de su primer beso, de su primer libro… Yo me acuerdo de mi primera pareja compleja, que fue la que me hizo tomar conciencia de ese carácter caprichoso y juguetón que a veces muestra el lenguaje.
Esa mi primera pareja compleja era la formada por temeroso y temerario.

Ocurrió que, siendo yo una niña pequeña y un poquito marisabidilla, quise impresionar a mis mayores utilizando temerario en una frase.
Era una palabra que había escuchado por ahí y que di por hecho significaba lo mismo que temeroso.
Craso error el mío, por supuesto. Pero la ignorancia es atrevida y la inconsciencia aún más, así que un día, aprovechando una película en la que aparecía un personaje cobardica, dije yo muy ufana:
-Oh, qué tío más temerario.

Pero me duró poco la satisfacción, pues me quedé cabizbaja y cariacontecida cuando mi hermano, que me superaba ampliamente en sabihondez, me miró con benevolencia y me dijo:
-No te confundas. Un temerario es uno que hace cosas peligrosas sin darse cuenta del peligro.
Y me puso un par de ejemplos para que me quedara clarita la cosa.


Y encima el diccionario estaba de su parte:

temeroso: medroso, irresoluto. Que recela un daño.
temerario: excesivamente imprudente arrostrando peligros.

Y como si de un bucle lingüístico se tratara, de un rizar el rizo, de un girar sobre sí mismo, vemos cada día que hay temerarios cuya imprudencia consiste precisamente en utilizar las palabras sin cautela, sin la precaución de asegurarse de su significado.
Caen así en las garras de las parejas complejas, quedando su discurso maltrecho y desacertado.

Es el triste caso de la presentadora de un concurso de televisión, en el que se le preguntaba a un concursante algo relacionado con el huracán Katrina. Al respecto, la presentadora añadía que el huracán dejó la zona “completamente desbastada”.
Confusión al canto, entre desbastar y devastar.

desbastar: Quitar las partes más bastas a algo que se haya de labrar.
devastar: Destruir un territorio, arrasando sus edificios y asolando sus campos.

Sí, nos pasa mucho eso,  que utilizamos palabras a lo loco, sin miramiento; que empleamos vocablos cuyo significado creemos conocer pero desconocemos, y cometemos tropelías léxicas sin piedad.

Y hablando de piedad, tengo un ejemplo ad hoc: un día impreciso, en un programa de televisión indefinido, un señor indeterminado, refiriéndose a una mujer que había cometido un terrible asesinato, decía:
-Espero que caiga sobre ella todo el peso de la ley, y de manera impía.

Me da la sensación de que tendría que haber dicho "de manera despiadada", pues del contexto se infiere que esperaba un duro castigo para la asesina. Y el término impío se refiere a la falta de piedad religiosa, a la persona o acción irreverente e irrespetuosa con lo sagrado:

impío: Falto de piedad, de religión, contrario u hostil a la religión.
despiadado: Inhumano, cruel, sin piedad.

Y así, sin piedad, es como se portan con nosotros esas palabras maliciosas y liantes, quizá en alguna clase de venganza subrepticia y solapada...

viernes 4 de noviembre de 2011

Romance anónimo


Gracias a un recuerdo que me han traído de León, he conocido un poema de singular contenido.
Trátase de un romance anónimo del siglo XVII, titulado A la Virgen de los Buenos Libros, en el que la celestial figura es comparada con un libro.
El poema causome gran sorpresa por su peculiar hechura. Y como creo que los selectos lectores de este modesto blog son todos  amantes de los libros, me place compartir el dicho romance para deleite común, por si alguien no lo conociere y pudiere encontrar en él motivo de intelectual regocijo.
Quede, pues, aquí transcrito:

                       Todo el amparo, señora,                  y en blanco, pues por ti Dios
                       de mi libro en ti le libro,                  mis culpas pone en olvido;
                       pues eres libro en quien Dios         de palma, oh libro, tus hojas
                       enquadernó sus prodigios.              en tu concepción las miro,
                       Si al que es vida le ceñiste              allá en tu parto azucenas
                       en tu virgen pergamino,                  y en tu soledad cuchillos.
                       ya libro eres de la vida,                   Tu essención es privilegio,
                       vida has de ser de los libros.          Tu tassa, precio infinito,
                       El gran Autor con la pluma            general tu aprobación,
                       del espíritu divino                           gloria el fin, gracia el principio,
                       sobre tu papel intacto                     impresión estrellas, coma,
                       sacó su palabra en limpio               la luna; punto, el sol mismo,
                       sin copia, por ser tú sola;               rectas líneas, blanco margen,
                       sin tinta, por ser arminio;               luces letras, cielo estilo
                       sin original obscuro,                        y al fin concepción sin mácula
                       y sin borrador delito.                      es el título aplaudido
                       Libro eres de cuenta,                     de tu libro, porque es Dios
                       donde el más estrecho juizio         el concepto de tu libro.
                       siempre suma lo constante           Oh libro cerrado a culpas
                       pero nunca lo caído;                       y abierto a humanos gemidos;
                       libro de memoria, siempre            borre un rasgo de tus gracias
                       para hacerme beneficio,                las erratas de mis vicios.




Discúlpeseme la sinuosa apariencia, aunque es bien sabido que Blogger no mantiene los espacios que se establecen ni permite la escritura en columnas (o esta humilde copista no ha sabido encontrar el modo).

domingo 23 de octubre de 2011

Cuento. William el cabezota.

(Inspirado en hechos reales)


En una lejana ciudad vivió una vez un hombre sencillo, trabajador, divertido e inteligente que tenía la cabeza llena de historias.
Eran historias que a todos encandilaban y que hablaban de reyes valientes que luchaban en terribles batallas junto a sus soldados; de príncipes tristes; de mujeres rebeldes; de amores imposibles; de hadas y duendes…

Sus historias se representaban en el teatro, y siempre resultaban un gran éxito, de modo que William, que así se llamaba este hombre, era muy querido y admirado.

Tenía muchos amigos, pero en especial dos de ellos, John y Henry, se preocupaban por el destino de esas extraordinarias historias, y le decían:


-Oye, William, deberías tener más cuidado con tus obras.
-¿Más cuidado? –preguntaba William sorprendido. -¿Por qué decís eso, queridos míos?
-Pues porque deberías recopilarlas, ordenarlas y publicarlas.
-¿Publicarlas? ¿Para qué?
-Pues para que todo el mundo pueda leerlas, hombre.
-Pero mis historias no son para leerlas. Son para el teatro. Mis personajes viven en el escenario.
-Bueno, sí, eso está muy bien -decía Henry-, pero en el teatro tienen una vida efímera. Se representan durante un tiempo y luego son sustituidas por otras.
-Es verdad, William, -añadía John-. Sería una gran lástima que esas historias y personajes maravillosos cayeran en el olvido.
-¿Y no es el olvido el destino de todo, incluídos nosotros mismos? -decía William, que era muy  modesto.

Y así, una y otra vez, John y Henry intentaban convencerlo de que sus obras eran muy valiosas y merecían un lugar en la posteridad.
Pero cada vez William se mostraba incrédulo y despreocupado con eso de la posteridad y la gloria.

Así que lo dejaban por imposible y se marchaban algo contrariados por la tozudez de su genial amigo.
-Qué cabezota es…
-Es que este Shakespeare… no sabe lo que vale.



jueves 13 de octubre de 2011

No somos tan malos


Tengo la sensación –bueno, en realidad tengo la evidencia- de que los que nos interesamos por el lenguaje y comentamos los errores que se comenten a diario en los medios de comunicación, le caemos fatal a un buen porcentaje de la población.

Resultamos antipáticos, entrometidos y maleducados. Se da por hecho que nos consideramos superiores a los demás y se nos avisa con dedo amenazador de que nosotros también cometemos errores.
Como si no lo supiéramos, cuando precisamente por ese interés lingüístico que nos adorna, somos los primeros conscientes de esa posibilidad.

Hombre, en todas partes hay maniáticos y exagerados a los que les da por algo, así que claro que hay quien va por ahí afeándole el uso del lenguaje a los demás e interrumpiendo para corregir. Pero esos son los raros, y ya los conocemos: son los entrañables policías gramaticales, que tanta gracia hacen.

Pero los que simplemente pensamos que hay que intentar hacer las cosas lo mejor posible, que escribir y expresarse correctamente es necesario y que las normas de ortografía y redacción no son un capricho, no tenemos mala idea. Somos personas corrientes y molientes, con un interés determinado que es el estudio del lenguaje.

Y tampoco  es que vayamos buscando faltas y errores, es que simplemente nos salen al paso, cual florecillas silvestres en medio de un prado.
Aparecen jocosas aquí, allá y acullá, y mientras a otros les pasan desapercibidas, nosotros, porque nos interesa el tema, las percibimos sin querer, sin necesidad de ir prestando atención.

Lo que sí que me llama la atención es que nadie mire mal a nadie cuando se critica al que mete la pata en cualquier otro terreno.
Se critica al médico, al profesor, al fontanero, al entrenador, al jugador y al taxista si hacen mal su labor. Y nos parece lógico que se los critique, pues lo propio es querer y esperar que las cosas se hagan bien.
Pero si criticas al profesional que usa incorrectamente el lenguaje, entonces eres un pedante y un cansino.
Y si haces un poco de guasa con las peculiaridades del lenguaje de la calle, eres también una mala persona que se ríe de los demás.

Al margen de esto, creo que la mayoría no somos muy conscientes de que nuestra manera de expresarnos, al hablar y al escribir, es una carta de presentación que dice de nosotros tanto como nuestra forma de vestir y nuestros modales.
Por eso todos, en todos los ámbitos de la vida, deberíamos aspirar a conocer el lenguaje lo mejor posible y a usarlo con toda corrección, pues eso nos dará prestigio y proyectará una buena imagen de nuestra persona.
Lo contrario nos hará parecer poco preparados, descuidados y negligentes, con el perjuicio que esto implica, sobre todo en el terreno profesional, sea cual sea.

Y no, no hace falta que nuestros interlocutores sean eruditos ni académicos para que aprecien el buen hablar y el bien escribir. La corrección y el esmero en el uso del lenguaje es algo que el hablante percibe de manera intuitiva, aunque no pueda dar razones técnicas,  ni falta que hace.