miércoles, 1 de abril de 2020

Instrucciones para soñar despiertos


Algunos dicen que soñar despiertos es cosa de ilusos, de inmaduros, o de insensatos. Procure ignorar opiniones de este cariz y entréguese a sus ensoñaciones con toda libertad y alegría.

Para soñar despiertos es necesario disponer de al menos una ilusión, un deseo o una fantasía,  sea del carácter que sea, aunque es imprescindible que al pensar en ello se le produzca una sonrisa inevitable.

Una vez generada en el ánimo dicha ilusión puede empezar el proceso. Se aconseja estar sentado, y entonces, con un codo sobre la mesa, llévese la mano a la cara y apoye la barbilla. Cierre los ojos, o, como alternativa, pose una mirada ausente sobre cualquier objeto. A continuación, traiga a la mente la imagen de sus anhelos y déjese envolver por el ensueño.   
Para mayor efecto, puede acompañarse de algún que otro suspiro.


steampunk


(Inspirado por el "Manual de instrucciones" de Julio Cortázar)

jueves, 19 de marzo de 2020

Viaje bajo techo



Ya hemos hablado  aquí con anterioridad de esa obra literaria encantadora titulada Viaje alrededor de mi habitación, que Xavier de Maistre escribió en 1794. Y ahora, en estos días raros que está viviendo nuestro mundo, tengo este librito en mente de manera especial, y vuelvo a leer con frecuencia muchos de sus deliciosos pasajes.

Como quizá saben ustedes, este viaje lo escribió su autor durante los cuarenta y dos días que pasó confinado en su habitación, en arresto domiciliario por causa de un duelo, cuando contaba veintisiete años; y durante esa cuarentena encontró en la imaginación, en la lectura, la escritura y la filosofía la mejor manera de pasar el tiempo. O mejor dicho, no de pasar el tiempo simplemente, sino de vivirlo y aprovecharlo con intensidad.

Encantador país de la imaginación, tú a quien el Ser benefactor por excelencia ha entregado a los hombres para consolarlos de la realidad...

 
A  lo largo del libro, Xavier de Maistre va recogiendo sus pensamientos, lo que siente, lo que recuerda, lo que imagina. Sus reflexiones y sus conclusiones. Y vemos que, lejos de lamentarse por su situación y desear que termine su confinamiento, cada vez se encuentra más a gusto en ese mundo privado e íntimo en el que está viviendo. Está aprendiendo a estar a solas consigo mismo, se está conociendo, y está descubriendo lo poco necesita para sentirse bien. 
Va explorando un mundo nuevo que se abre ante él, lleno de posibilidades, y  que hasta entonces no había conocido, ocupado y absorbido como estaba por el ajetreo de la vida exterior.

Por supuesto, conforme pasan los días, también añora la compañía de sus amigos, la luz del sol y los paseos. Pero esa es sólo una parte de su yo, una de sus mitades. La otra ha disfrutado de su viaje y se encuentra satisfecha por la experiencia. Y así, junto a la emoción de volver a salir al mundo, siente una especial nostalgia de esa situación insólita a la que tan bien se ha adaptado  y  a la que le ha sacado el mejor provecho.

Los cuarenta y dos días van a terminar, y un espacio de tiempo igual no bastaría para acabar la descripción del rico país por donde viajo gustosamente.

*

Mis mejores deseos para todos ustedes mientras dure nuestro extraño viaje.  



steampunk gears pipes




*Xavier de Maistre. Viaje alrededor de mi habitación. Editorial Funambulista, 2011.
Traducción y postfacio de J. M. Lacruz Bassols.

viernes, 6 de marzo de 2020

Misantropía



Los golpes en la puerta la dejan sin respiración. Levanta la vista del libro que estaba leyendo pero no hace ningún otro movimiento, está paralizada por la sorpresa. El fuego que arde en la chimenea parece ahora más vivo que ella.

Entonces vuelve el rostro hacia la muñeca de cara de porcelana que está sentada en el extremo del sofá, y con un gesto le indica que guarde silencio.
Piensa en acercarse a la mirilla de la puerta e intentar ver quién hay al otro lado, pero no se atreve, no quiere delatarse. Es imposible que nadie sepa que hay alguien en la casa. Las cortinas están cerradas y ella lleva días sin salir. Quien sea habrá estado llamado a todas las puertas, pero en realidad no esperará encontrar a nadie. Así que si no oyen nada ni notan ningún movimiento se marcharán.

Vuelve a oír golpes en la puerta.
El fuego. Han debido ver el humo saliendo por la chimenea. Saben que estamos aquí, piensa, aterrada, dirigiéndose de nuevo a la muñeca. Se concentra intentando percibir algún sonido, algún murmullo. Espera oír a alguien rogando que le abran la puerta, o pidiendo ayuda, o amenazando con entrar por la fuerza. O alguna conversación en susurros. Pero no se oye nada, y ese silencio le indica que quien está fuera tiene malas intenciones.

Empieza a pensar en todos los años que lleva sola, y en cómo, al principio, hubiera dado cualquier cosa por volver a ver a un ser humano. En cuánto echaba de menos hablar con alguien, compartir el mundo con alguien. Pero ya no.

Los golpes otra vez.
Ya no. Está sola por culpa de sus semejantes y ahora quiere seguir así. Está segura de que si quedan otras personas, tarde o temprano, terminarán por arruinar el mundo que ella ha ido construyendo para sí, de la misma forma que arruinaron el que tenían para todos.

Sigue sentada en el sofá, inmóvil, con la mirada clavada en la puerta, como si quisiera ver a través de la madera.

Se instalarán aquí —piensa, mirando a la muñeca y cogiéndola de la mano—, se adueñarán de nuestra leña, de nuestro horno, de nuestros libros y nuestro depósito de agua. Tendría que pedirles permiso para todo, o peor aún, trabajar para ellos a cambio de una pequeña parte de lo que es mío.

Espera que en cualquier momento vuelvan a llamar a la puerta, y mientras ruega en silencio para que se marchen, unas lágrimas le empañan los ojos. Sigue mirando la puerta y ahora cree vislumbrar unas figuras al otro lado, unas figuras que de un momento a otro entrarán por la fuerza. Da igual que les abra o no —dice—. Entrarán de todas formas, y entonces el mundo se acabará otra vez.

La mujer vuelve a escuchar los golpes,  y, resignada, se levanta para abrir la puerta.


wooden pattern



domingo, 23 de febrero de 2020

Huesos de limón

Recordando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada que se publicó  originalmente el 14 de enero de 2015. 

¿Han observado ustedes cómo se esconden, entre las hojas de la ensalada o los granos de arroz, los huesos de limón que caen en el plato inadvertidamente? Esos huesos de limón no alteran el sabor ni la textura del plato, pero no son comestibles, así que no sólo estorban y hacen feo sino que además empañan la labor del cocinero.

lemons, limonesDe la misma manera y por las mismas razones, nuestros textos quedan deslucidos cuando en ellos caen las molestas y escondidizas erratas.

La errata, ese lapsus tipográfico (que no tiene que ver con nuestro dominio de la ortografía), esa mancha, esa ignominia que aparece en nuestros escritos cuando ya los hemos enviado a su destino, cuando ya se han hecho públicos, y que ha estado riéndose de nosotros, jugando al escondite, durante los procesos de revisión.

La errata no es mala per se; la errata es un fallo natural, un desliz que se puede corregir con toda facilidad y que, incluso si no se corrige, no afecta al sentido de la frase y mucho menos al del texto completo.

El peligro de la errata es su mala idea, su capacidad para escabullirse entre las letras que la rodean y esperar agazapada hasta el momento de dejarse ver, cuando ya cualquier lector la puede  localizar. Entonces nos quedamos con la injusta sensación de haber sido descuidados y con la correcta impresión de haber sido burlados.

Pero ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué no siempre detectamos los errores por mucho que releamos y revisemos nuestros textos?

La culpa no es nuestra, que nos afanamos en limpiar nuestros escritos y nos esmeramos en no dejar ni una mancha en ellos. La culpa la tiene nuestro maravilloso cerebro.
Cuando leemos un texto que hemos escrito nosotros mismos, tenemos ya una copia mental de ese texto, lo cual implica que sabemos de antemano lo que vamos a leer, las palabras que vamos a ir encontrando. Por eso el cerebro se anticipa, espera leer “Los niños comían manzanas” y da por hecho que eso es lo que lee, aunque en realidad hayamos escrito “Los niños comían mananzas”.

En cambio, el cerebro del lector destinatario de nuestro texto no anticipa, no presupone qué palabras vienen a continuación, por lo cual sí verá ese “mananzas”. Y se llevará una mala impresión y podrá pensar que el texto no ha sido debidamente revisado.

Pero en muchas ocasiones ni siquiera ese lector es capaz de detectar la antipática errata,  y Eugene Field, en Los amores de un bibliómano, nos cuenta una anécdota que ilustra el caso:

En una ocasión la imprenta Foulis de Glasgow se propuso imprimir un Horacio perfecto. En consecuencia las galeradas se expusieron a las puertas de la universidad  y se pagó una suma de dinero por cada error detectado.
A pesar de estas precauciones la edición contenía seis errores no detectados cuando finalmente se publicó.

¿Y por qué tampoco el lector avispado y sagaz descubre en ocasiones las erratas? De nuevo, la culpa es del cerebro humano, que, al igual que el corrector de Word, a veces se pasa de listo.
Según las leyes psicológicas de la percepción, y en concreto la llamada “ley de cierre” o “de completud”, el cerebro percibe el todo antes que las partes, y por lo tanto lee las palabras completas, no letra por letra, y tiende a corregir automáticamente lo que percibe como erróneo; y es tan eficiente en su labor  que nuestros ojos no llegan a ver el fallo. 

Seguramente han visto ustedes algunos de esos textos que demuestran que podemos entender un mensaje en el qeu sloo la pirmrea y la úmlita ltera de cdaa plaraba etsán en su stiio.
O esos otros que dmstrn q tmbn s psbl  ntndr n txt sn vcls.

La feliz conclusión de todo esto es que si se nos escapan algunas erratas, si no detectamos algunos errores tipográficos, ello no se debe a ninguna flaqueza intelectual, sino precisamente a que nuestro cerebro funciona a la perfección.


"Las mejores revisiones las hago después de haber pulsado enviar"

miércoles, 12 de febrero de 2020

Una broma recursiva



Seguramente ustedes saben lo que es la recursividad, y seguramente sabrán también que es un concepto que se utiliza en diversas disciplinas, como la informática y las matemáticas, aunque yo sólo entiendo, o creo entender, el concepto en cuanto se refiere al lenguaje, que, como sin duda saben ustedes, es algo que me interesa mucho y en todos sus aspectos, y éste de la recursividad es uno de ellos y del que quería hablarles hoy,  aunque es probable que ya se hayan dado cuenta de eso y, en caso de que no supieran en qué consiste la recursividad lingüística, ahora se estarán dando cuenta de que es la capacidad que tiene el lenguaje para prolongar una frase de manera ilimitada, es decir, que uniendo palabras y frases, por ejemplo mediante conjunciones, ya sean coordinantes o subordinantes, o dicho de otro modo, insertando frases dentro de  otras frases, se podría crear un enunciado infinito, si bien quizá no debería decir "crear un enunciado" sino "iniciar un enunciado" o "poner en marcha un enunciado", puesto que  si es infinito nunca llegaría a estar creado, es decir, terminado, sino siempre en proceso de creación, cosa que quizá pueda parecer inútil, pero que no lo es, dado que todas las funciones o capacidades del lenguaje tienen su porqué, y además,  estarán ustedes de acuerdo conmigo en que a veces alguien empieza a hablar y parece que no va a parar nunca, es decir, que va a seguir enlazando frases unas con otras ad infinitum a pesar de que en realidad no haga más que repetir de diferentes maneras lo que ya ha dicho sin añadir nada nuevo, ya sea porque no sabe cómo finalizar su discurso, ya sea porque quiere dar la impresión de tener mucho que decir, por más que esté demostrando todo lo contrario, además de demostrar también que la recursividad no sólo existe sino que la ponemos en práctica con más frecuencia de lo que creemos, y aunque esto que yo estoy haciendo no sea más que una pequeña broma lingüística, lo cierto es que la recursividad es un concepto de mucha enjundia y sobre el que los expertos no paran de investigar, dado que es sumamente abstracto y tiene aplicación, como dijimos al principio, en diversos ámbitos y con sentidos diferentes, lo cual indica...


blockchain


sábado, 1 de febrero de 2020

ECO


Cuando Blanca comprendió que Jacinto no la había amado ni la amaría nunca, ya era tarde. Había dedicado tanta energía a quererlo, a complacerlo y a satisfacer todas sus necesidades y caprichos, que se había quedado sin fuerzas para sostener su propia vida.

Él vivía sólo para sí mismo, para su música y sus lamentos de poeta incomprendido, y ella era como un espejo, que sólo mira con los ojos de quien lo mira, y como el eco, que sólo habla para decir lo que ya se espera. 

Cada día Jacinto le pedía a Blanca que escuchase la canción que estaba componiendo, y ella, incapaz de negarle nada, escuchaba. Entonces él cantaba, acompañado de su guitarra, y después le preguntaba: ¿Qué te parece la melodía? ¿Y la letra? ¿Qué crees que significa? Y ella, al principio embelesada, después agotada, le respondía lo que él quería oír. 

Pocos días antes de desaparecer, Blanca se sentía sin alma, sin vitalidad, como si ya hubiese consumido toda su energía. Se tumbó en la cama, y, sin pretenderlo, recordó el momento preciso en el que descubrió la verdad sobre su relación con Jacinto. Él estaba, como de costumbre, eligiendo la ropa que se pondría para una próxima actuación, uno de esos recitales que hacía en bares en los que lo escuchaba un público de quince o veinte personas y en los que le pagaban con unas cuantas copas. 

Ante el espejo, se probaba una camisa después de otra, un pañuelo después de otro, primero anudado, después suelto, con chaqueta, sin chaqueta, buscando la combinación perfecta, la que más le favoreciera. 
Ella lo miraba, apoyada en el marco de la puerta de la habitación, con los brazos cruzados y una sonrisa desganada, respondiendo a sus preguntas y a sus demandas de atención. Y mientras él se contemplaba en el espejo con unas prendas y otras, ella comprendió: Cómo va a enamorarse de mí, si ya está enamorado

Ése fue el momento en el que Blanca se rindió. Dejó de esperar el amor de Jacinto, y dejó de anhelar un poco de su interés, de su aprecio. Se sintió vencida, acabada, y supo que no resistiría mucho más. ¿Puedes limpiarme estos zapatos?, le dijo Jacinto en ese momento, al tiempo que se los daba, sin reparar en las dos lágrimas de frustración que se enredaban en sus pestañas. 
Ahora, tumbada en la cama, notó que iba desapareciendo, que su cuerpo se desdibujaba y su pensamiento se desvanecía. Y sintió que se transformaba en niebla, en aire, en nada.

¿Qué os parece la melodía? ¿Entendéis lo que significa la letra? ¿Me sienta mejor esta camisa o la otra?, preguntaba Jacinto a su nueva corte de admiradoras, entre las que se encontraba, sin ella saberlo aún, su próximo eco.



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*Inspirado en el mito de Narciso y Eco.

domingo, 19 de enero de 2020

Otra lista lista


Hace unos meses comentábamos aquí  una costumbre que tienen muchas personas, que yo había adquirido poco antes, y que algunos de ustedes también tenían. Me refiero a la costumbre de llevar un listado de los libros que vamos leyendo cada año.

Como digo, yo había adquirido esa costumbre pocos meses antes, a raíz de una conversación con un amigo que me preguntó si yo llevaba ese registro. Y lo cierto es que, al pararme a pensar en ello, me sorprendí de no tener esa costumbre, porque eso de las listas, los registros y las anotaciones es algo muy propio de mí. Y los libros también.

Así que, como queriendo poner remedio lo antes posible a esa no-costumbre me entusiasmé con la idea de anotar los libros que llevaba leídos durante el año (era julio de 2019) y continuar anotando cada mes los que fuese leyendo. Pero además hice un pequeño ejercicio de memoria y conseguí hacer una lista retrospectiva de los libros que había leído en 2018. Y diría que no olvidé ninguno.

Ahora, claro está, tengo la lista completa de estos dos años anteriores, y en marcha la lista de las lecturas de este recién iniciado 2020.

El caso es que, en los pasados días navideños, otro amigo nos propuso un pequeño juego librero, relacionado precisamente con las lecturas de 2019. La cosa consistía en hacer una breve lista con esas lecturas, clasificadas por categorías, a las que cada uno podíamos añadir cualquier otra que nos pareciese oportuna.

Y claro, al tener a mano mi lista anual de títulos leídos podía estar segura de que no olvidaría ninguno que mereciera figurar en mis respuestas al juego.

Y ya se imaginarán ustedes que al tiempo que jugaba con estos amigos a compartir nuestros títulos favoritos del año, no pude evitar acordarme de los lectores de este modesto blog, porque también me gustaría mucho conocer q lecturas del recién pasado año han tenido más relevancia para ustedes.

Les dejo aquí las categorías del juego con los títulos que yo elegí para cada una, esperando que la propuesta les parezca interesante y se animen a participar, dejando sus listas (o sólo algunos títulos favoritos) aquí detrás, en el saloncito de los comentarios:

Mejor novela: Solenoide, de Mircea Cartarescu.
Libro de relatos: La posada de Manhuiol, de Ion Luca Caragiale.
No ficción/ensayo: Confesión, de Lev Tolstoi.
Novela gráfica:
Poesía: Ana Ajmatova.
Esperaba más de: Mi madre y la música, de Marina Tsvietaieva.
Mejor relectura: Niebla, de Unamuno.
Autoficción: Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu.
Inclasificable: Por qué nos gustan las mujeres, de Mircea Cartarescu.
La sorpresa: Old Herbaceous, de Reginald Arkell.



collage befunky


lunes, 6 de enero de 2020

El viajero

Recordando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada que se publicó  originalmente el 26 de mayo de 2014. 

La primera vez que vi  a Manuel fue en una conferencia literaria.
La sala estaba llena, no había asientos libres y estábamos los dos de pie, como muchas otras personas. Pero era evidente que Manuel se encontraba muy incómodo.
Intentaba cambiar de postura cada poco tiempo, pero parecía no encontrarse bien de ninguna manera. Vi entonces su bastón e imaginé que le dolían las piernas.
En un par de ocasiones, cuando aplaudíamos las palabras del conferenciante,  nos miramos, y por encima de su gesto de dolor vi que sonreía y asentía con satisfacción.
Siempre he pensado que la literatura, las palabras bien elegidas y las ideas bien expresadas tienen poder curativo, y en esta ocasión me lo pareció más que nunca.
Cuando terminó la conferencia lo vi alejarse, una mano ocupada con el bastón, la otra con un libro. Y pensé que si por algún motivo ese hombre se viera obligado a dejar una mano libre, soltaría el bastón.
Unas semanas después lo volví a ver en otro acto literario. Reconocí al momento su andar inseguro, su nariz intrépida y su pelo recortado y peinado con precisión de ingeniería.
A la salida lo vi hablando con alguien a quien yo conocía, y así fue cómo supe su nombre y que amaba la literatura por encima de todo.
Y al rato, en su cafetería favorita, me hablaba de Italo Calvino, de Victor Hugo, de Melville, de Swift, de Walser; de Don Quijote, de La Cartuja de Parma, de Robinson Crusoe
Y hablaba de tal manera que fue como si yo no hubiera conocido hasta entonces nada de todo aquello. Y comprendí que aquel hombre tambaleante era un viajero que no necesitaba pies ni alas que lo llevaran. Que su nave eran los libros y su pasaje la imaginación.
Muchas veces más me volví a reunir con él en aquella cafetería, y siempre lo vi igual, con un libro entre las manos y el bastón a un lado, olvidado, innecesario cuando viajaba.  Y siempre me hablaba de los lugares que visitaba, de los personajes  con los que iba y de cómo se sentía parte de las historias que leía.
Hasta que un día desapareció. No volví a verlo en actos literarios ni en el café. Pregunté a los amigos pero nadie sabía nada cierto de él. Decían que se había marchado de viaje, unos creían que a algún país extranjero; otros, que a la morada definitiva.
Pero a mí me gusta pensar que ahora Manuel vive en un libro, que consiguió entrar en alguna de sus historias favoritas, que es uno más de sus personajes y que lleva el bastón solo porque resulta elegante.


miércoles, 25 de diciembre de 2019

Como de costumbre



Estos días en los que un año va terminando y otro nuevo viene de camino tienen un carácter diferente. Es algo que no tiene que ver con esas celebraciones de carácter difuso, ambiguo e incongruente, en las que lo místico, lo espiritual, se mezcla en incomprensible batiburrillo con lo más mundano, prosaico y material.

Tienen algo especial estos días que me parece a mí cercano a la magia. Me refiero a esa sutil sensación de renovación que sentimos; a esa difusa confianza en que con el año nuevo todo será diferente, todo cambiará para mejor. Queremos pensar que al marcharse, el año viejo se llevará consigo todo lo que no estuvo bien, todo lo que salió mal, y que ahora empezará una nueva etapa más venturosa.

Y creo que está bien que tengamos esa sensación, esa esperanza, porque es bueno que miremos al futuro con ilusión, con ganas de emprender nuevos proyectos y nuevas formas de hacer las cosas.

Por eso les he pedido a unos amigos sabios, de los que suelo invitar al blog por estas fechas, que nos dejen unas palabras sobre cómo consideran ellos que se podrían mejorar las cosas, en lo personal y en lo general; para cada uno y para el mundo.


Vivimos en una escala ascendente cuando somos felices, y una cosa lleva a otra en una serie interminable. Siempre hay un horizonte nuevo para aquellos que miran hacia adelante. […] Ser verdaderamente felices depende de cómo empezamos y no de cómo acabamos, de lo que queremos y no de lo que tenemos. Una aspiración es una alegría eterna.

Robert Louis Stevenson. “El Dorado”.

*

En muchos casos, la mejor renovación que puede llevarse a cabo es la de uno mismo. Quizá si empezamos a vernos a nosotros mismos de otra manera; si desarrollamos una nueva confianza en nuestras capacidades, quizá todo se vuelva más fácil. 
Quizá todo dependa de eso.


A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es infinitamente más ligera de lo que creía, sólo hay que tener arrojo, sentirse y percibirse una misma, y la fuerza acude entonces de cielos insospechados.”

Stefan Zweig. La embriaguez de la metamorfosis (1926)


*

Ligereza es precisamente lo que propone Roal Dahl. Ligereza y humor para mejorar el mundo. No estaría mal.

La vida es mucho más divertida si se sabe jugar en todo momento. […] Yo, personalmente, he sentido siempre dificultades para tomarme algo completamente en serio, y creo que el mundo sería un lugar más agradable si todas las personas siguieran mi ejemplo.

Roald Dahl. Mi tío oswald (1979)

*

Y no olvidemos la potencia de las palabras, que pueden agitar los corazones y hacer surgir una resolución y una energía de las que no éramos conscientes. Son palabras como besos, que conmueven y apasionan, que transmiten bondad y belleza. 
Si nos rodeamos de palabras así, todo ha de ir mejor, por fuerza.


Hay besos y besos. Los verdaderos y los que están hechos de palabras. […] el beso “hablado” puede embelesar con la misma fuerza (o a veces con más fuerza) que un beso “material”. […] la belleza exterior (la del cuerpo) puede sacudir la superficie, pero sólo la belleza interior (de la cual la fuerza de la poesía es poderosa expresión) es capaz de hacer vibrar las cuerdas de nuestro corazón.

Nuccio Ordine. Classici per la vita (2016)



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sábado, 14 de diciembre de 2019

La tela de araña


El sol silencioso  pintaba de amarillo la terraza del domingo.  Las flores de fuego parecían a punto de estallar, y yo, recostada en la tumbona,  repasaba las últimas páginas que había escrito durante la semana.

Entonces sonó el teléfono. Molesta por la interrupción me levanté y entré en el salón. En la pantalla del aparato vi que era Raúl, y tuve la tentación de no responder, pero un raro sentido de la cortesía me lo impidió. 
Mientras lo saludaba volví a la terraza. Raúl, como siempre, me preguntó si me interrumpía, y le dije que estaba trabajando, que tenía tarea atrasada y que no podía entretenerme mucho.

—¿En domingo? Eso no puede ser —me dijo con su acostumbrado tono autoritario—,  tienes que descansar.  ¿Por qué no quedas con tus amigas para comer?  Si yo estuviera más cerca ahora mismo iba a recogerte…

Y mientras él continuaba con su habitual retahíla de opiniones no solicitadas, de consejos inoportunos y de recomendaciones sobre cómo yo debería organizar mi vida y mi trabajo, vi que entre los barrotes de la barandilla había una telaraña, cuyos hilos brillaban al sol como si fueran de plata. Era una obra maestra de ingeniería natural que yo no podía dejar de mirar, mientras seguía sosteniendo el teléfono y oyendo el parloteo de Raúl, que ahora se lamentaba de lo solo que se sentía y de lo mal que lo pasaba por mi culpa.
—Raúl, tengo que colgar, de verdad, estoy ocupada.
—A ver cuándo reconoces que tienes un problema —continuó, ignorando mis palabras—, que no quieres reconocer tus sentimientos…

Yo seguía  observando la telaraña sin moverme, casi sin respirar, hasta que me di cuenta de que la araña también estaba allí. Me causó repugnancia, pero al mismo tiempo aumentó esa especie de hipnotismo que me impedía apartar la mirada. Allí estaba, también trabajando en domingo, agrandando su tela, su red para insectos incautos.

Raúl seguía hablando y yo escuchaba su voz como un zumbido: a lo mejor un día te arrepientes…; si yo desapareciera te darías cuenta… Y la araña seguía entrelazando sus hilos, meticulosa, obsesiva, arriba y abajo, agitando las patas como incansables agujas de tejer.

De pronto aquel espectáculo se me  hizo insoportable. Dejé el teléfono en la tumbona, abrí el pequeño arcón de jardinería y saqué un bote de insecticida y un paño viejo.
La fuerza del espray hizo que la araña saliera despedida, no sé si muerta, y se perdiera en el vacío. Después, con el paño, destruí su perfecta y pegajosa trampa.                                                                                                      
Entonces desde la tumbona me llegó el murmullo del teléfono.  Lo cogí, escuché un momento y dije: «Adiós, Raúl»,  y colgué, y me pareció que él también se perdía en el vacío.


Network, Social, Abstract, Social Network, Logo



lunes, 2 de diciembre de 2019

Tres palabras


Las palabras están por todas partes: en el papel y en la piedra, en el aire y en la arena, en el agua y en los sueños.
A veces permanecen ocultas, como tesoros, y otras veces están a la mano, como un buen amigo.  Pero siempre son maravillosas.
Y eso es lo que me han parecido algunas de las que he encontrado en los  últimos meses y que me han sorprendido y encandilado, ya sea por su eufonía, por su significado, o por ambas cosas a la vez.
Mezquita-catedral de Córdoba
De todas ellas he elegido tres para presentárselas aquí a ustedes.

La primera es tornavoz, que me resulta muy sugerente, misteriosa y evocadora. 

Según el diccionario, tornavoz es el “sombrero” o dosel  que tienen los púlpitos, y que sirve para amplificar la voz del orador. Yo siempre creí que esos doseles eran elementos decorativos, y lo son, de hecho, pero nunca supe que además de una función estética tuviesen otra tan práctica como hacer que el sonido se amplifique y se difunda por toda la iglesia.
Al leer sobre esta palabra he visto que también se denomina “cupulín”, que me parece graciosísima, y que también tienen tornavoz —o cupulín— algunos sitiales e incluso algunos campanarios, para orientar el sonido de las campanas.
Tornavoz. Tiene poesía, ¿verdad?

La siguiente palabra tiene también que ver con lo religioso o eclesiástico. Se trata de archimandrita, que me parece de una sonoridad espectacular y que, leída fuera de su contexto, me hubiese desconcertado absolutamente. Es una palabra de origen griego (archimandrítēs) que denomina al superior de un monasterio de la iglesia ortodoxa, y que significa literalmente “jefe del redil”, en alusión al “rebaño” de Cristo.

Y la tercera de hoy, que en última instancia también tiene que ver con el mundo de las creencias y lo espiritual, es la fantástica eudemonía. Y digo fantástica no sólo por su sonido, sino porque indagando en su etimología y su relación con otros términos, he visto que tiene mucho que ver con lo que en su tiempo fueron creencias  y que para nosotros hoy pertenece al ámbito de la fantasía.
Eudemonía procede del griego εὐδαιμονία, que tal como la define el diccionario es el “estado de satisfacción debido generalmente a la situación de uno mismo en la vida”, y tiene que ver con la ética de Aristóteles, denominada eudemonismo. 

El caso es que esto de la eudemonía y el eudemonismo me sonaba a mí, y seguro que a ustedes también, a otra cosa que no tiene mucho que ver con la felicidad ni con la ética.
Como siempre, acudí a la etimología y me fijé en que la palabra está compuesta por el prefijo eu-,  que como saben ustedes significa “bien”, “correcto”,  y daimon, que significa espíritu o genio, y también, claro está, demonio.
Entonces consulté la etimología de demonio y el sabio Corominas me confirmó que esta palabra deriva del griego daimonion, que a su vez es diminutivo de daimon.

Pero ¿por qué la palabra eudemonía asocia lo bueno, la dicha, con un concepto como demonio?
Pues resulta que el término daimon se refería originalmente a los “genios" o deidades inferiores, que vivían, según la tradición, entre nuestro mundo terrenal y el mundo de los dioses, actuando como mensajeros o intermediarios entre ambas esferas. Entre estos seres semidivinos estaban por ejemplo las ninfas, que habitaban en las aguas, los bosques, las montañas; los angeloi, que dieron origen a los ángeles del cristianismo; y los faunos, que, representados con pezuñas, cuernos y cola, son el origen de nuestra tradicional figura del demonio, a la que el cristianismo otorgó un carácter maligno.

Para terminar, cabe recordar que antes de adoptar el término griego los romanos, denominaban numen (numina en plural) a estas divinidades inferiores, y de ahí procede la palabra numinoso,  a la que ya le dedicamos atención tiempo ha.

Ya ven ustedes que, como hemos dicho otras veces, al tirar del hilo de una sola palabra podemos ir formando una curiosa madeja, que nos revela las muchas y sorprendentes conexiones que enlazan a unas palabras con otras,  y el nexo inseparable que une a las palabras con la vida. 


pixabay.com


domingo, 17 de noviembre de 2019

jueves, 31 de octubre de 2019

Traducciones simpáticas

Celebrando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada, que fue  publicada originalmente el 22 de octubre de 2012.


Terminaba la entrada anterior con una referencia a ciertas expresiones que se utilizan en español directamente, es decir, no en textos traducidos, sino elaborados originalmente en español. Son frases que en algún momento fueron traducidas de forma inexacta y que así se siguen reproduciendo.

Una de ellas es “más grande que la vida”,  traducción literal de “bigger than life”, expresión que equivale a extraordinario.
Se utiliza con frecuencia en críticas y comentarios sobre obras artísticas, por ejemplo películas y videojuegos, en frases como “Un cine más grande que la vida”, y siempre con el sentido de extraordinario, magnífico, sensacional, superior, excelente, sobresaliente, maravilloso, fuera de lo común, grandioso...
¡Anda!, cuántas formas tenemos en español para decir bigger than life sin tener que calcar la expresión inglesa…

Bueno, yo estoy segura de que las personas que han utilizado la expresión en estos textos saben perfectamente que es un ‘transplante’ lingüístico innecesario y tontorrón, pero a lo mejor les parece que queda muy chuli y moderno.

Nuestra segunda expresión del día es “truco o trato”, que, como todo el mundo sabe, es la versión española de “trick or treat”, la famosa fórmula que caracteriza la fiesta americana de Halloween.
Yo tengo dos teorías con las que me intento explicar por qué en un momento dado “trick or treat” se convirtió  en “truco o trato”.
Glowing pumpkins in a dark...Primera teoría: lo tradujo alguien que sabía que trick significa truco y que treat significa tratar (verbo); pero no sabía que trick también significa travesura o broma, ni que treat (sustantivo) significa golosinachucheríaregalodetalle.
Porque al fin y al cabo de eso se trata: de dar golosinas o regalitos a los niños para que no te hagan una trastada.
Segunda teoría: se tradujo así a sabiendas de que “truco o trato” es una traducción muy poco atinada, pero se eligió esta forma para mejor imitar el ritmo y la sonoridad de la expresión original.

A colación de esto –y permítanme la tontería- intento yo imaginarme qué pasaría si los americanos nos copiaran a nosotros alguna de nuestras celebraciones tradicionales, propias y arraigadas en la tierra de los siglos. Por ejemplo, los desfiles procesionales de la Semana Santa, o la Feria de Sevilla, los Carnavales de Cádiz, las Fallas de Valencia…
Tendrían que transplantar al inglés expresiones propias de dichas fiestas, con el ridículo resultado de “To the heaven with her!” (¡Al cielo con ella!), cuando levantaran el trono o paso de la Virgen; o “Long live the Captive!” (¡Viva el Cautivo!), cuando pasa por las calles la figura del Cristo hecho preso; o “Excellent there, my soul! (¡Ole ahí, mi arma!); “What a salt-shaker you have!” (¡Qué salero tienes!).
Y cosas así.

La última expresión de hoy es “simpatía por el diablo” ("sympathy for the devil"), locución muy famosa y popular porque es el título de una canción de The Rolling Stones.
Pero, como muchos saben y algunos desconocen, sympathy no significa simpatía, sino compasión.
De hecho, en los diccionarios aparecen sympathy y compassion como sinónimos.

Una vez más, estamos ante una “fotocopia”,  una traducción palabra por palabra, de esas que tanto nos dejan en evidencia.

La expresión “sympathy for the devil” se usa en inglés cuando alguien manifiesta compasión o pena por alguien que no merece esa condolencia.
Si nos compadecemos de un canalla por el castigo que le impone la ley, alguien nos podrá decir que eso es “sympathy for the devil”.

Por otro lado, también se usa esta expresión para referirse a una narración que está planteada desde el punto de vista del malo.

The Rolling Stones, en su canción Sympathy for the Devil, juegan precisamente con los dos usos de la expresión: por un lado, la canción está escrita en primera persona y es el diablo el que se expresa (“Permitan que me presente/ soy un hombre que…”), y por otro, nos pide, él mismo, que tengamos compasión de él, pues quiere que le pongamos freno después de todas las maldades que ha cometido a través de los siglos: “Necesito un poco de control/ así que si se encuentran conmigo/ tengan la amabilidad/ muestren un poco de compasión…”

Como se ve, ni la expresión en sí  ni la canción tienen que ver con que el diablo nos resulte simpático ni nos caiga bien.

Es que el fenómeno de los “falsos amigos” es ciertamente muy curioso e interesante, sobre todo porque  parece un capricho lingüístico, una cuchufleta ideada por un duendecillo  que se divirtiera trasteando con las palabras. Pero es en realidad una mera y lógica consecuencia de la evolución del lenguaje y de los vaivenes que experimentan los significados de las palabras, según el uso que los hablantes hacen de las distintas acepciones de las mismas.
Una cuestión apasionante, ¿a que sí?