domingo, 29 de mayo de 2016

El villano, el bizarro y el letrado


En varias ocasiones me han preguntado por el  lema que figura en la cabecera de este blog: “Léalo el curioso, ámelo el discreto y abunde en su sentir”. Y parece que eso de “ámelo el discreto” no se entiende bien.
Conocemos la palabra  discreto con el sentido de prudente, moderado, reservado, alguien o algo que no destaca. Pero originalmente esta palabra se refería al que está “dotado de discernimiento”, ya que discreto proviene de discretus que es el participio de discernere
Y éste, claro está, es el sentido que tiene el término discreto en el susodicho lema.

Las palabras, como las personas, cambian a lo largo del tiempo, modificando su significado, perdiendo algunas de las diversas acepciones que puedan tener, o ganando acepciones nuevas. Esto último, de hecho, está ocurriendo en la actualidad a diario, debido a la tecnología. Palabras como subir, bajar, descargar, pirata o piratería, ventana, y tantas otras, tienen ahora significados que no tenían hace un par de décadas. Y esto se ha convertido en algo tan cotidiano que no nos llama la atención.

Más sorprendente nos resulta, quizá, el hecho de que algunas palabras hayan perdido el significado que tuvieron en otras épocas.
El lingüista  David Crystal dice que una palabra puede perder su significado, o uno de sus significados, porque el concepto denominado por ella deja de tener validez para el hablante;  ya sea porque esa palabra adquiere connotaciones negativas, o porque uno de sus sentidos empieza a expresarse con otra palabra que se considera más moderna; o porque los hablantes vamos otorgando nuevas interpretaciones a los conceptos abstractos.
Es decir, los cambios semánticos se producen por motivos psicológicos, sociales y culturales.

Y yo creo que hoy día estos cambios se producen sobre todo por la influencia de otros idiomas. 
Hace algún tiempo hablamos  aquí  de la palabra bizarroEsta palabra, que procede del italiano bizzarro (iracundo, altanero), significa en español “valiente”, “arriesgado” y  también “generoso”:

“Ellas, antes, viéndolo tan hermoso, tan bizarro, tan ardiente…”
(Eduardo Barrios. Gran señor y rajadiablos, 1948)

“Era el recién llegado un caballero bizarro, de noble y elevada estatura y de esbelto tallo; vestía una sencilla armadura…”
(Nicasio C. Jover. Las amarguras de un rey, 1856)

Pero cada vez  con más frecuencia esta palabra se utiliza con el sentido de “extraño, inusual”,  que es el significado que tiene bizarre en inglés. Y así se habla de “concursos bizarros”, “noticias bizarras”, etc.
Así que si sigue extendiéndose el uso de este sentido y la palabra bizarro cambia definitivamente su significado en español, podremos decir que nosotros asistimos en directo a ese proceso de modificación semántica.

villano
El clásico villano
El caso es que donde hay un caballero bizarro suele haber también un villano, por lo que me pregunto si ese tipo “ruin, indigno o indecoroso” ha sufrido  también algún cambio semántico.
Y resulta que sí, porque originalmente el villano, del latín villanus, era el vecino o habitante de una villa o aldea.
¿Cómo pasaría el vecino de la villa a convertirse en un tipo ruin? Como el villano, es decir, el labriego, el hombre del campo, era lo contrario del hidalgo, del aristócrata, supongo yo que si había algún malvado por ahí tenía que ser un villano. Porque bien sabido es que de la nobleza jamás ha salido un bellaco, ¿verdad?

Si leemos libros escritos no hace unos cuantos siglos, sino sólo unas décadas, encontraremos muchos ejemplos de estos cambios semánticos. Debido a esto algunas expresiones nos resultan incomprensibles, o, cuando menos, chocantes. Y éste, por cierto, es uno de los motivos por los que se dice que las traducciones tienen caducidad, como los yogures.
Un ejemplo emblemático es el caso de la novela Los monederos falsos (Les faux-monnayeurs, 1925) de André Guidé. En los años treinta, cuando se publicó esta obra en español, la palabra monedero tenía el significado de “fabricante de moneda”, y la locución monedero falso por lo tanto designaba al falsificador. De hecho  el diccionario de la RAE   recoge tal cual la expresión monedero falso y la define como “persona que acuña moneda falsa o subrepticia, o le da curso a sabiendas”.

Pero hoy día la palabra monedero  ha perdido, al menos en el habla común,  la acepción de “fabricante de moneda” y significa sólo el estuche en el que se guardan las monedas, por lo que monedero falso hoy resulta una expresión extraña e incluso absurda.*

Por cierto, si hemos de vérnoslas con un villano y con un monedero falso, nos convendría contar con un letrado. Pero ojo, un letrado de hoy día, porque originalmente un letrado era sencillamente una persona que  sabía leer y escribir:

“…alto, hermoso, rudo, valiente, emprendedor, poco letrado, pero locuaz en extremo…”
(Pedro Antonio de Alarcón. Buena pesca, 1854)

Y relacionada con las letras está también la palabra letrero, que antes de significar “cartel” o “anuncio”, significó, precisamente, letrado:

“¿Por qué?, dirá el menos letrado o letrero de mis lectores.”
(Ángel Muro. El practicón, 1893).

Estos cambios de significado a mí me fascinan, no sólo por el propio hecho del cambio, que es en sí mismo algo interesantísimo desde el punto de vista lingüístico, sino sobre todo porque  demuestran la conexión tan profunda e indisoluble que existe entre el lenguaje y la vida; entre el lenguaje y nuestra esencia humana. Pues del mismo modo y al mismo tiempo que cambiamos nosotros y nuestra sociedad, cambia el lenguaje,  reflejando y revelando cómo  a lo largo del tiempo se modifican nuestras actitudes, nuestra forma de pensar y nuestra forma de entender el mundo.






*existe ya una traducción actualizada, con el título de Los falsificadores de moneda, realizada por María Teresa Gallego en 2012 para Alba Editorial.


miércoles, 18 de mayo de 2016

Al pie de la letra (una nueva aventura semántica de Pascualito)


Una noche, mientras su madre le ayudaba a ponerse el pijama, Pascualito dijo:
-Mamá, dime una palabra que yo no sepa.
La madre no se sorprendió mucho por esta petición, ya que conocía de sobra la afición de Pascualito por las palabras. Así que, tras pensar un poco, dijo:
-Pacífico. ¿Sabes qué significa pacífico?
-No –dijo Pascualito emocionado. Porque Pascualito se emocionaba cada vez que oía una palabra nueva. Incluso a veces, cuando la palabra le resultaba muy especial, daba un respingo y todo.
-Pues pacífico –dijo la madre– es lo mismo que tranquilo.
Y Pascualito escuchó muy atento todo lo demás que su madre le contó sobre esta palabra. Y así aprendió que además hay un océano que se llama Pacífico y una flor que también se llama así. Y que él era un niño pacífico y que esa palabra está relacionada con la paz.
Qué contento se acostó Pascualito, y qué bien durmió, soñando con niños pacíficos que jugaban a la orilla del mar rodeados de flores.

Unos días después, mientras  su padre le ayudaba a acostarse, Pascualito dijo:
-Papá, dime una palabra que yo no sepa.
-A ver que yo piense… –dijo el padre. Y casi en seguida añadió:
-Peregrino. ¿A que no sabes lo que es un peregrino?
Y mientras negaba con la cabeza, Pascualito abrió mucho los ojos esperando la revelación de este nuevo misterio.

Aquella noche el padre y la madre se preguntaron, sin ninguna preocupación, a qué se debería esa nueva manía de Pascualito de pedir una palabra antes de acostarse, y a continuación cada uno cogió el libro que tenía en la mesita de noche  y se puso a leer.

Al día siguiente la madre le dijo a Pascualito:
-Anda, cielo, traéme las gafas, ¿quieres? Están en mi mesita de noche.
Y Pascualito fue al dormitorio de sus padres, se acercó a la mesita de noche  y cogió las gafas, que estaban encima de un libro. Como estaba aprendiendo a leer y no se resistía a probar con todo letrero que se le pusiera por delante, se fijó en el título del libro: Pacífico. Y Pascualito empezó a hacer conjeturas (aunque él no sabía que esas ideas que se le venían a la cabeza se llamaban conjeturas).
Entonces en la mesita de noche de su padre vio otro libro. Se acercó y leyó el título: El peregrino de las estrellas. Y Pascualito dio por confirmadas sus conjeturas (aunque él no habría sabido explicar tal cosa).

Todo esto de las palabras nocturnas de Pascualito se debía a que unos días antes había oído a alguien decir: “Nunca te acostarás sin haber aprendido algo nuevo”. Y al niño aquello le había parecido algo que había que tomarse muy en serio, como cuando los mayores dicen: “Nunca te acuestes sin cenar”, o  “Nunca te acuestes sin cepillarte los dientes”.
Así que Pascualito, cuando se acercaba la hora de acostarse, se ponía a pensar, y si no recordaba haber aprendido nada nuevo aquel día, pedía una palabra. Porque a él le parecía que lo mejor que se puede aprender son palabras. Ya intuía él que con las palabras se aprende todo lo demás.

Y por eso, cuando vio los libros que sus padres tenían en la mesita de noche,  conjeturó que ellos también seguían el mandato de no acostarse sin haber aprendido algo nuevo, y que para aprender algo nuevo cada día leían libros, que para eso están llenos de palabras.


Hibiscus Pacífico

Aquí, la primera historia de Pascualito

lunes, 9 de mayo de 2016

Detrás de los visillos


En ocasiones, cuando miramos con cierta atención un edificio, nos preguntamos cómo serán esas casas por dentro y qué vidas habrá en ellas. Y entonces nos fijamos en una ventana en particular y sentimos curiosidad por quién vivirá en aquel piso concreto, el de la persiana medio bajada, el del visillo que se agita. Quizá una familia, quizá unos estudiantes, quizá una persona sola. ¿Y quién será esa persona, cómo será su vida?¿Qué estará haciendo en ese momento? Quizá esté leyendo un libro, o hablando por teléfono; quizá esté trabajando en el ordenador, o limpiando el polvo, o viendo una película mientras come. ¿Y qué película estará viendo? ¿Será feliz esa persona? Las preguntas que se nos ocurren son  infinitas, porque la vida de cualquier  persona es un mundo de infinitas circunstancias y posibilidades.

Quizá por las mismas razones los libros de segunda mano tienen un atractivo y un encanto especial. Porque, igual que ocurre con las ventanas, sabemos que detrás de ellos, detrás de sus visillos,  hay personas concretas y reales. Y eso siempre supone un misterio.

Aquí ya hemos hablado en varias ocasiones sobre los libros de segunda mano, y en particular sobre lo mucho que a algunos nos gusta encontrar en esos libros un rastro de quien los poseyó antes. Una huella que representa una pista minúscula sobre  el dueño de ese libro.
exlibrisEse rastro o huella que alguien deja en un libro puede ser cualquier cosa: unas líneas subrayadas, una nota escrita en un margen, un pétalo de flor prensado entre las palabras, un papel con alguna anotación…

La huella más personal que puede tener un libro es el nombre de su dueño, ya sea escrito a mano o en una etiqueta o un sello, es decir, en un ex libris. Y esto es suficiente para que algunos echemos a volar la curiosidad y nos  preguntemos mil cosas sobre esa persona y por qué el libro ya no está con ella.
Porque los libros que llevan esa marca de propiedad, tienen que haber sido muy especiales para alguien:

Cuando veo un libro que lleva su ex libris me siento obligado a tratar ese libro con especial consideración. Lleva consigo el certificado del amor de su dueño […] Muchas veces he pescado libros viejos de los cajones de los mercadillos de libros, los he comprado y me los he llevado conmigo simplemente porque tenían los ex libris de sus anteriores dueños.
(Eugene Field. Los amores de un bibliómano, 1885)


Las librerías de segunda mano son un buen sitio para los libros cuando éstos ya no pueden permanecer, qué más da el motivo, con sus dueños.  Son un lugar donde empezar una nueva vida, donde encontrar nuevos lectores que les den otra vez utilidad. Son la casa de acogida de los libros, donde esperan a que alguien les dé un nuevo hogar.

Creo que encontrar en esos estantes o cajones de saldo libros que tienen uno de esos rastros únicos nos da un sentimiento especial. Nos parecen más olvidados, más solos.
Y también nos dan un sentimiento especial los libros que llevan otra marca, otro “certificado de amor” que no es el ex libris ni la firma de su dueño; que tampoco es una nota al margen ni un recorte de periódico; ni un marcapáginas olvidado ni un pétalo de rosa. Son los libros que tienen una dedicatoria. Y eso sí que hace único al libro.

A mí me cuesta imaginar que alguien que recibe un libro dedicado se deshaga voluntariamente de ese libro. Porque es deshacerse de una muestra de cariño o de afecto. Es como deshacerse de un abrazo.

El caso es que si cualquier libro de segunda mano nos lleva a imaginar y fantasear sobre sus dueños anteriores, los libros con dedicatoria estimulan nuestra curiosidad y nuestra imaginación de doble manera. ¿Quién sería la persona que firma la dedicatoria? ¿Por qué regaló ese libro en particular a esa persona en particular?

Por eso cada vez que he comprado un libro de segunda mano y he encontrado en él un rastro de su vida anterior me ha parecido que el libro tenía dos historias que contarme: la que se narra en sus páginas y la que oculta tras sus visillos.


anton pieck
La librería (Anton Piek, 1930)


viernes, 29 de abril de 2016

Deslones y resbalices


Recuerdo que una vez, preparando un examen con dos compañeros de clase y repasando un tema determinado, dije yo que “en aquel momento, la preocupal principación era…” Los tres nos reímos, claro, pero uno de mis compañeros no tuvo suficiente con eso y, queriendo hacer befa y mofa de mi desliz, él mismo se deslizó cuando dijo: “¿Es que tú no puedes decir de dejar tonterías? Con lo que se cumplió aquello de “en el pecado lleva la penitencia”.

Pero lo importante del asunto no es que el burlón quedase burlado, sino la cuestión en sí del desliz, del resbalón, del lapsus linguae. O, como se dice en inglés, del spoonerism, palabra derivada del nombre de William Archibald Spooner, rector de Oxford en el siglo XIX, que, según cuentan, tenía este tipo de deslices con mucha frecuencia.

cerebro engranajesSi nos paramos a observar de cerca estos errores del habla tan curiosos y tan graciosos, veremos que tienen una “lógica gramatical”, por así decir; que no son unos errores cualquiera sino que siguen un patrón, y que encajan con las leyes gramaticales que, según Chomsky, tenemos impresas en el cerebro, y que denominó gramática universal.

Por ejemplo, en el caso de mi famosa preocupal principación, tenemos dos elementos: preocupación y principal, un sustantivo y un adjetivo, entre los cuales se produce una metátesis -un intercambio de lugar entre los sonidos de los dos elementos- y una anticipación: antes de que yo terminara de pronunciar preocupación mi cerebro ya estaba anticipando la pronunciación de principal, y, con esas prisas, me hizo mezclar ambas palabras.
Pero ¿verdad que “preocupal” y “principación” suenan a sustantivo y adjetivo? ¿Que podrían perfectamente ser  un sustantivo y un adjetivo reales? Eso es porque la estructura de estas palabras, aunque sean erróneas, se ajusta a las estructuras que esperamos que tengan sustantivos y adjetivos, y como tales están colocadas en la frase.
Es como si completáramos un puzle con piezas que no le corresponden pero que encajan perfectamente en el todo porque tienen la forma y el tamaño adecuado.

Lo mismo ocurre con el lapsus de aquel compañero burlesco: decir de dejar tiene la misma estructura que dejar de decir, dos verbos en infinitivo conectados por una preposición. Una estructura —una perífrasis verbal— perfectamente acorde con esa “gramática mental” o “gramática intuitiva” que todos tenemos y que nos hace percibir como naturales o extrañas las construcciones gramaticales que nos salen al paso. Aunque no sepamos qué es una preposición ni un infinitivo ni nada semejante.
  
Podríamos decir que nuestro cerebro, cuando comete este tipo de errores, está haciendo juegos de palabras por su cuenta, sin contar con nuestra intervención consciente; pero que esos “juegos de palabras”, como tales, conservan la lógica y el funcionamiento propios de nuestras estructuras lingüísticas. Y seguramente por eso, cuando oímos algún desliz de este tipo lo identificamos como lo que es y nos damos cuenta de cuáles son las palabras que se han mezclado en esa ocasión. Como cuando alguien dijo “te lo sagro por lo más jurado”.

Todo esto a mí me parece una prueba más de lo mágico y maravilloso que es el lenguaje humano; de cómo su articulación, sus mecanismos, sus trucos y recovecos, son una fuente sin fin de sorpresas, un pozo sin fondo de posibilidades. Algo que, siendo tan nuestro, tan inherente a nuestra condición humana y tan cotidiano, sigue teniendo al mismo tiempo secretos y misterios que nos sorprenden a cada momento.

Y todo esto también me hace pensar en una de las características esenciales del lenguaje humano: la arbitrariedad. 
Pero ése es otro tema del que, si acaso, podríamos hablar en otra ocasión.


engraved words



lunes, 18 de abril de 2016

Una pelota de colores

Cuento

Para una niña pequeña, un niño más pequeño aún es casi como un muñeco viviente, un compañero de juegos ideal.
Yo tendría cinco o seis años, y aquel niño, rubio y delicado, tres o cuatro. Era el hijo de una amiga de mi madre y durante aquel verano fuimos a su casa todos los sábados. Después de merendar, mientras mi madre y la madre del niño pasaban la tarde charlando y haciendo labores, el niño y yo jugábamos en un patio que había junto a la cocina.
El niño era muy risueño, alegre y cariñoso, y yo, aun siendo tan pequeña, sentía una gran ternura por él. Me sentía mayor y protectora.
Casi siempre jugábamos con una pelota que había en el patio; una pelota azul, sucia y blanda que apenas botaba. A mí me parecía una pelota triste, pero al niño le gustaba jugar con ella; se divertía lanzándola  hacia arriba y correteando de un lado para otro, riendo, intentando cogerla antes de que llegara al suelo con aquel sonido flojo y mullido que me hacía reír a mí también.

Un sábado de aquéllos, al salir al patio vi que había una pelota nueva. Era la más bonita que yo había visto; una pelota grande, firme y de colores relucientes; una pelota con ganas de jugar. No había que lanzarla hacía arriba: la hacíamos botar en el suelo y subía  sola, con fuerza, con alegría. Y yo la veía allí arriba, girando y brillando, como una pompa de jabón eterna bajo el cielo del verano.
A mí me fascinaba aquella pelota, pero el niño, sin embargo, no dejaba de lado la azul, y cuando la cogía a mí me parecía que la abrazaba como yo abrazaba a mi muñeca de trapo.

Un día de finales de agosto, cuando mi madre y yo nos marchábamos, la madre del niño me dijo que me llevara la pelota, que el niño ya no la quería. Y yo, creyendo que hablaba de la pelota azul, pensé que tampoco la quería. Pero cuando volvió del patio, la mujer traía en las manos la pelota de colores, la pelota maravillosa. Yo no podía creer que aquella pelota tan especial fuese a ser mía, así, de pronto.
Sin embargo, no llegué a sentir ninguna alegría por aquella sorpresa, por aquel regalo asombroso, sino una sensación de pena y extrañeza que no comprendí y que sigo sintiendo hoy día cuando recuerdo aquel episodio. Porque al mismo tiempo que vi a la mujer venir con la pelota, vi al niño, detrás de ella, llorando.

No sé porqué la madre del niño quiso darme a mí la pelota, ni sé por qué yo la cogí, por qué le quité a aquel niño su pelota de colores si yo no la quería para mí, no me hacía falta tenerla.
Pero me la llevé, seguramente porque era lo que habían decidido los mayores y yo estaba acostumbrada a hacerles caso.

Creo que cada cosa tiene su sitio propio, y aquella pelota tenía su sitio en el patio, con el niño, esperándome para jugar.
Por eso aquella pelota preciosa, brillante y alegre, perdió su magia y su maravilla en el momento en que me la llevé del lugar que le correspondía.
Y la recuerdo en el suelo de mi habitación, abandonada debajo de una silla, volviéndose cada vez más azul.  



httpwww.freevector.com



viernes, 8 de abril de 2016

Confesiones blogueras


Hace unos días hablaba yo con una amiga sobre los blogs, y en concreto sobre los blogs que recogen vivencias personales, experiencias, recuerdos y pensamientos de sus autores. Y le decía yo a mi amiga que este tipo de blogs podría encuadrarse dentro  de la llamada literatura confesional.

Curiosamente pocos días después de esta conversación,  un amigo que suele venir por aquí aunque no se deja ver, me dijo que las entradas que más le gustan de mi blog son aquellas en las que aparte de libros y lenguaje, hablo de cosas que me afectan a mí, que se refieren a mi vida personal. Es decir, las entradas en las que hago un poco de literatura confesional.
 
Y curioso es también que unos días antes de todo esto yo había estado leyendo un artículo en el que se hablaba de los beneficios de reflejar por escrito nuestros pensamientos e impresiones sobre hechos que nos atañen personalmente. En ese artículo no se empleaba el término literatura confesional, pero la conexión me parece evidente.

Ya hemos comentado aquí en alguna otra ocasión que a veces  varios hechos o circunstancias relacionados con un mismo asunto parecen ponerse de acuerdo para presentarse ante nosotros casi al mismo tiempo, uno tras otro.
Y cuando esto ocurre, a mí me da la sensación de que algo me está invitando a que medite sobre ese asunto, o incluso a que escriba alguna cosilla sobre ello.

Como saben ustedes, la escritura confesional, a pesar de ese nombre que suena a culpa, no implica necesariamente una confesión en sentido literal, sino que tiene más que ver con la autobiografía. La diferencia es que la literatura confesional no es un recorrido por los hechos de una vida, sino que refleja sentimientos y reflexiones referidos a momentos o circunstancias concretos de una vida. Es, podríamos decir,  la captura de unos hechos y los sentimientos asociados a esos hechos. Algo así como una radiografía de las pasiones; un selfie emocional.

Tradicionalmente, el estilo confesional se ha manifestado por medio de diarios, cartas y declaraciones escritas de carácter personal, y son buenos ejemplos de esto obras como el Diario de Ana Frank, De Profundis de Oscar Wilde, El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, o Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre, en las que sus autores reflejaron sus sentimientos más profundos y sus reflexiones más íntimas sobre hechos trascendentales de sus vidas.
Pero también son literatura confesional las “falsas confesiones”, es decir, las obras en las que quien escribe en primera persona sobre sus sentimientos es un personaje de ficción, como ocurre, por ejemplo, en El último día de un condenado a muerte de Victor Hugo o en Carta de una desconocida de Stefan Zweig.

Pero, como le decía yo a mi amiga en aquella conversación, creo que hoy día los blogs cumplen también, en cierto modo, esa función confesional que tradicionalmente han cumplido las cartas y los diarios.
Cuando el autor de un blog nos relata hechos de su vida, circunstancias que no tienen por qué ser trascendentales, ni siquiera íntimas, pero sí personales, y nos da a conocer sus emociones, sus sentimientos y sus reflexiones, está expresando su identidad, presentándose a sí mismo,  que es algo muy parecido a escribir un diario. 
No en vano los blogs nacieron como diarios online, aunque luego sus funciones y contenidos se han diversificado de manera casi cósmica.

Pero sea mediante diarios, cartas o blogs, lo cierto es que siempre hay algún momento en que el ser humano necesita comunicar, de manera abierta o velada, su yo esencial, dar expresión a sus pensamientos y meditaciones personales. 
Y también es cierto que a nosotros nos gusta leer lo que otros escriben sobre sí mismos, tal vez porque en ese tipo de textos es donde encontramos el lado más humano de nuestros semejantes, lo que más nos acerca unos a otros.
Y porque al tiempo que, mediante sus confesiones, vamos conociendo a la otra persona, nos vamos conociendo, y tal vez confesando, también a nosotros mismos.



La pasión de la creación. ( Leonid O. Pasternak, c-1890)
La pasión de la creación (Leonid O. Pasternak, c.1890) 
(Aquí, algo curioso sobre el libro de Victor Hugo y el de Xavier de Maistre)


lunes, 28 de marzo de 2016

La verdad de las palabras


Las personas tenemos muchas facetas; nuestro carácter o nuestra personalidad no son planos ni transparentes como el cristal de una ventana. Estamos compuestos de muchos factores y la combinación de ellos es lo que configura nuestra personalidad.
Y algo parecido ocurre con la mayoría de las palabras, que encierran en sí varios conceptos y se refieren a más de una idea.
Pero con frecuencia sucede que cuando conocemos superficialmente a una persona pensamos que los únicos rasgos de su carácter son los más evidentes, e incluso a veces  los confudimos y tomamos unos rasgos por otros. Y de la misma manera, de las diversas acepciones que la mayoría de las palabras tienen, sólo conocemos las más habituales, y a veces además les atribuimos significados inexactos.
Y tanto en un caso como en otro, descubrir esos aspectos más ocultos es casi siempre motivo de sorpresa y satisfacción.

La Biblioteca del San Carlino di Francesco BORROMINI a   RomaEn esto me paré a pensar no hace mucho, cuando dos amigos míos hablaron, por separado y en dos ocasiones diferentes,  de la escasa profundidad moral que observan, en general,  en la literatura contemporánea; de cómo echan de menos historias que apelen a la moral, que nos hagan meditar y nos conmuevan desde el punto de vista moral.
Y en las dos ocasiones, algunas de las otras personas que estaban en la conversación, creyeron que hablábamos de moral en el sentido que con frecuencia se le atribuye a esta palabra: el de principios religiosos,  o de convenciones sociales; de lo que se considera o no aceptable socialmente, lo que está bien o mal visto; de lo que  desde hace un tiempo se denomina  “políticamente” correcto o incorrecto.

Pero a lo que nos referíamos era a aquello que  tiene que ver con la conciencia y el respeto humano, incluido el respeto a nuestra propia conciencia; a los valores personales propios, no impuestos,  que nos indican cómo hemos de conducirnos; a las reglas de conducta que seguimos no porque nos lo mande una ley, una norma social o un precepto religioso, sino porque es lo que consideramos nuestro deber humano, lo que nos dicta nuestra conciencia que debemos o no debemos hacer. 

Dice Robert Louis Stevenson en su ensayo “La moral de la profesión de letras”:

El primer deber de cualquier persona que escribe es intelectual […] Debe cerciorarse de que su propia mente se mantenga ágil, compasiva y brillante […] El segundo deber, mucho más difícil de definir, es moral.
Y lo explica del siguiente modo: Sería deseable que todas las obras literarias […] surgieran de impulsos sólidos, humanos, sanos y potentes […] No existe el libro perfecto, pero hay muchos que deleitan, mejoran o animan al lector.

Y esto es precisamente lo que buscan mis amigos: esas obras que nos engrandecen y nos inspiran, porque surgen de esos “impulsos sólidos, humanos y sanos” y nos los transmiten.

Entonces, en aquellas dos conversaciones, yo sugerí que para encontrar esa llamada literaria a la moral hace falta recurrir a los clásicos. Y nuevamente hubo confusión, porque tendemos a asociar el concepto clásico con ideas de antigüedad, de cosa intelectual difícil y aburrida, o de tradición rancia.
Pero yo me refería a esa otra idea que encierra la palabra clásico y que se refiere a aquello que por sus cualidades se convierte en un ejemplo digno de imitar o seguir. Me refería a esos “clásicos” que lo son no por antigüedad,  sino porque forman parte de la literatura eterna: Dostoievski, Flaubert, Wilde, Stevenson, Sandor Marai, Stefan Zweig, Virginia Woolf, Edith Wharton, Italo Calvino... por nombrar sólo algunos de mis favoritos.

Y es curioso que estos dos conceptos que fueron malinterpretados en las dos conversaciones, tengan entre sí una relación literaria tan estrecha, pues sin duda estas obras clásicas y eternas, se convierten en tales precisamente porque tienen, entre otras cosas,  un carácter moral, que se advierte en lo que con ellas aprendemos sobre nosotros mismos, nuestro mundo y nuestros actos. Y sobre nuestras palabras.


Jehan Georges Vibert, The committee on moral books, 1866
Jehan Georges Vibert, El comité de los libros morales, 1866


miércoles, 16 de marzo de 2016

El capricho del filósofo



No sé si conocen ustedes a Jeremy Bentham.
Hasta hace poco yo sólo sabía que era un filósofo británico. Pero hace ese poco, en un libro que nada tiene que ver con Jeremy Bentham leí una referencia a él que me sorprendió, me “inspiró viva curiosidad” y me llevó a querer saber más de este personaje.
Jeremy Bentham
Jeremy Benthan, 1827
Y resulta que, ahora que sé algo más, el buen señor me ha caído muy bien, y por eso quiero hablarles de él, por si no lo conocen, porque creo que a ustedes también les va a resultar simpático.

Jeremy Bentham nació en Londres en 1748, y fue un niño prodigio. A los tres años empezó a estudiar latín y a los doce estudiaba leyes en Oxford.
Pero no quiso ser abogado, porque las leyes de la época no le gustaban, y le pareció mejor escribir sobre cómo se podrían mejorar y hacerlas más justas.

En sus escritos Bentham defendía la reforma de las prisiones, el sufragio universal, la despenalización de la homosexualidad y el buen trato a los animales; la libertad de prensa y el debate público. También le preocupaban el bienestar de los desfavorecidos y las políticas sociales, y cuestionó la utilidad de las instituciones, los valores morales y religiosos,  etc.
Por otra parte, lo más destacado de su teoría filosófica es su concepto del utilitarismo, que consiste, dicho de manera simple, en que el criterio para determinar si una acción es correcta o no, será el “principio de la mayor felicidad”. Es decir, será correcto todo aquello que proporcione la mayor felicidad al mayor número de personas. Y como Bentham creía que lo que mueve al ser humano es el placer y el dolor, la felicidad consistirá en aumentar el placer y disminuir el dolor.  Y esta idea  es lo que debía servir como fundamento de las leyes. Ni más ni menos.

Pero lo más sorprendente de esta ilustre figura no es su mentalidad moderna y altruista, lo que ya sería suficiente para despertar nuestra simpatía. Lo más sorprendente es el capricho que tuvo para después de muerto; un antojo post mortem que consistía básicamente en que lo disecaran y lo expusieran en una vitrina.
Y así lo especificó en su testamento, donde dio instrucciones sobre cómo se debía cumplir su voluntad:

“El esqueleto se dispondrá de manera que la figura completa quede sentada en la silla que habitualmente he utilizado yo en vida, en la actitud  que adopto cuando estoy enfrascado en mis pensamientos mientras escribo.”

También especificó que “el esqueleto se vista con uno de los trajes negros que suelo utilizar”, y que  “el cuerpo así ataviado, junto con la silla y el bastón que he llevado en los últimos años, se coloquen en un mueble o vitrina adecuados”;  y añadió que a ese mueble se fijaría una placa grabada con su nombre y su fecha de defunción “en caracteres llamativos”.
A su figura así conservada la denominó “auto-icono”.
Por último, dejó escrito en su testamento que si sus amigos y discípulos tenían a bien reunirse cada año “con el propósito de conmemorar al fundador de la teoría de la mayor felicidad”, su albacea se encargaría de que el mueble o vitrina que contendría su auto-icono se llevara a la sala en la que fuesen a reunirse.

Jeremy Bentham auto-iconComo ya se imaginarán ustedes, sus amigos, su médico y sus abogados cumplieron estrictamente la última voluntad del finado, y hoy día, el auto-icono de Jeremy Bentham está expuesto, desde 1850 y en una especie de quiosco de madera, en un vestíbulo del University College London, para sorpresa o sobresalto de todo el que pasa por allí.
Conviene especificar que la cabeza del difunto quedó tan maltrecha después de embalsamada que resultaba terrorífica, y en una concesión al buen gusto se decidió sustituirla por una reproducción de cera. La auténtica, la orgánica, se conserva en una caja fuerte y sólo se puede contemplar en circunstancias muy especiales. Bueno, y también en internet.

Todo este asunto, claro, se presta al debate y a la especulación. Muchos creen que la intención de Bentham al pedir que sus restos se conservaran de este modo tan peculiar era simplemente gastar una broma de ultratumba; otros creen que era un arrogante y un creído; y otros que era una forma de cuestionar las concepciones religiosas de la vida y la muerte.

A mí me parece que quizá había un poco de todo, y también creo que Bentham, que era tan listo,  supo prever que la sociedad, en las décadas y siglos posteriores, se volvería cada vez más frívola, más olvidadiza y más indiferente a su propio pasado; y que, convencido como estaba de las bondades de sus teorías, quiso que las generaciones futuras no se olvidasen de ellas; que no quedasen reducidas a una lección más en los libros de texto. Y siendo, como parece ser que era, un filósofo guasón, pensó que la mejor manera de que se siguiese hablando de él, y por ende de su pensamiento, era darnos a nosotros, a los frívolos habitantes del futuro, un motivo a nuestra medida para que nos fijásemos en él.
¿O acaso no es eso lo que me ha pasado a mí?



old london engraving


sábado, 5 de marzo de 2016

¿Qué haré con ellos?


Hace un par de años leí Nadie acabará con los libros*,  donde Umberto Eco y Jean-Claude Carriere charlan sobre diversos temas relacionados con los libros: el coleccionismo, la evolución de los soportes, la censura a través de la historia, etc.

El último capítulo del libro tiene el explícito título de “¿Qué hacer con nuestra biblioteca cuando morimos?”, y en él los dos polímatas comparten ideas sobre lo que se puede hacer con los libros que dejamos tras de nosotros, y comentan sus planes personales para cuando llegue la hora.

Leyendo ese capítulo medité yo al respecto y sobre mis propios libros. Porque aunque mi modestísima biblioteca es una risa comparada con los cincuenta mil volúmenes de Umberto Eco o los de tantos grandes lectores y coleccionistas que andan por el mundo,  yo tampoco quisiera que un día mis queridos libros fueran simplemente a parar a un contenedor de reciclaje.

El mes pasado, cuando supe la noticia del fallecimiento de Eco, lo primero que pensé fue: “¿Y qué pasará ahora con sus libros?” Recordaba haber leído que el destino que él tenía previsto para su biblioteca era la donación. Releí el pasaje y en efecto, quería que su familia la donase a una biblioteca pública o la vendiese, completa, en una subasta, a una universidad.

Aparte de esto, dice Eco en el libro que en su testamento dejaría libros determinados a determinados amigos. Y también que tenía montones de ejemplares de sus libros en traducciones a diferentes idiomas y que muchos de ellos los había donado a las cárceles, donde hay presos de toda las nacionalidades.
Por su parte, Jean-Claude Carriere habla de la posibilidad de crear una fundación, como forma de que las instituciones oficiales se encarguen de conservar las bibliotecas de personalidades ilustres. Y respecto a sus propias colecciones,   dice que quisiera cederlas a museos o bibliotecas especializadas.

Así pues, parece que éstos son los destinos de las grandes bibliotecas cuando sus dueños ya no están para leer mucho: la venta, la subasta, la donación a diferentes entidades, y la creación de fundaciones.

Pero, claro, éstas son las soluciones para las colecciones de postín, para los libros que poseyeron los personajes célebres. A ellos les dejamos las grandes cifras y las soluciones trascendentes,  pero ¿qué se hace con los trescientos, los quinientos o los mil doscientos libros que puede tener una persona cualquiera? ¿Dejarlos simplemente atrás, a su suerte, al capricho del azar o a la decisión de unos herederos que quizá no sepan qué hacer con ellos?

En una ocasión conté aquí cómo llegaron a mis manos unos libros cuyos dueños quisieron asegurarse de que fuesen a un lugar donde estuvieran calentitos y a gusto.
Y espero que del mismo modo en que yo recibo ahora libros que pertenecieron primero a otras personas, los míos, incluidos estos heredados, vayan a parar algún día a otras manos interesadas.

No me gusta ponerme trascendental, y menos antes de tiempo, pero a veces es inevitable pensar en ciertas cosas e imaginar qué nos gustaría hacer en determinados momentos y circunstancias.
Por eso a veces he pensado que a mí me gustaría donar mis libros a las bibliotecas del instituto y la universidad en los que estudié, o a alguna biblioteca pública.

Pero antes de enviarlos allí, seleccionaría los más queridos y los regalaría a personas concretas, incluidas algunas de las que pasan por aquí. A veces incluso me entretengo en fantasear con esta idea y trato de decidir qué libros regalaría a cada quien, según lo que sé o creo saber de los gustos, intereses y personalidad de cada uno.

Otras veces, después de hacer este reparto mental,  pienso que quizá lo mejor que podría hacer con los restantes sería llevarlos simplemente a alguna librería de segunda mano, pero no para venderlos, sino para donarlos también. Me parece que dejarlos en esas estanterías que dan una segunda oportunidad a los libros y quizá una primera a muchos lectores, es la mejor manera  de que los libros sigan su trayectoria natural, que es ser vendidos y comprados, cambiar de manos, recorrer el mundo.

Porque me parece que los libros están con nosotros para cumplir una función: enseñarnos y acompañarnos, darnos consuelo y alegría y procurarnos una clase única de felicidad. Después, al cabo del tiempo, cuando su función con nosotros ya está cumplida, cuando ya no los podemos disfrutar,  han de ir a otros sitios, a otras personas. Así es cómo se mantienen vivos y cómo conservan su sentido.
Ésa es la naturaleza de todos los libros, aunque se trate de modestas ediciones económicas, fabricadas en serie, y no hayan pertenecido a ningún lector ilustre.


casa abandonada en Bélgica
Casa abandonada en Bélgica


* Editorial Lumen, 2010. Traducción de Helena Lozano Miralles