jueves, 11 de diciembre de 2014

Cuidado con las novelas


Imagínense ustedes que un crítico literario o similar dijera que Paul Auster es un desalmado y que sus novelas son inmundas. O que Umberto Eco y Javier Marías escriben que da pena y sus obras no valen ni el trabajo de mirarlas.  O que publicar y comprar las obras de Ana María Matute es un derroche irresponsable.
Y que dijera, además, que las novelas, así, en conjunto, como hecho literario, son las culpables de la corrupción política y del calentamiento global.
Tal vez pensaríamos que ese señor ha bebido lo que no debía, o bien que tiene muchas ganas de guasa. Y tal vez también pensaríamos que lo que dice, por ser una tontería, tiene su lado divertido.
 
Pero si trasladamos esta ficción hasta 1910, comprobaremos que un crítico semejante existió y que decía, dentro de su contexto social e ideológico, los mismos disparates aunque, eso sí, con mucha más elegancia y gracejo.
En efecto, hace ya más de un siglo, un sacerdote jesuita, de nombre Pablo Ladrón de Guevara, escribió un libro muy curioso, divertidísimo (aunque no fuera esa su intención) y promotor (aunque tampoco fuera esa su intención) de muchísimos autores clásicos. El libro se titula Novelistas malos y buenos, y yo lo tengo.
En este libro encontramos un repaso muy completo de autores y  novelas que el buen sacerdote somete a juicio y  califica de buenos o malos según su pío y digno criterio.
Pero resulta que la mayoría de las novelas le parecen malas, y más malos aún sus autores, que se dirían entes malignos dedicados a  pervertir a las pobres almas cándidas que tienen la fatal ocurrencia de leer una novela.
En la introducción de la obra dice:
 
Así, basta abrir una novela de Louys, Eça de Queiroz, de Valle Inclán, de D’Annunzio y de tantos otros, para que, sin más, sepamos que tenemos delante, además de la impiedad, la inmoralidad, la deshonestidad más asquerosa y desvergonzada.
 
No, no se ahorra calificativos adversos el padre Pablo.  Pero escribe con tanta gracia, con  tal precisión semántica  y con tan certera conjugación de la idea y la expresión, que si lo leemos con ojos modernos y hacemos caso omiso de la intención moralizante y el espíritu doctrinario,  lo cierto es que da gusto leerlo, además de risa.
Vean lo que dice, y cómo lo dice, de algunos autores y sus obras:
A Galdós lo tacha de “sectario obcecado y de malas entrañas”, y su literatura le parece “innoble, falsa e insidiosa”. Fortunata y Jacinta es “muy deshonesta é indecente en pecados de especie especialmente grave”.
Baroja no sale mejor parado, pues dice  de él que “no le cuadra el nombre de Pío, sino el de impío, clerófobo, deshonesto”. Y de Camino de perdición perfección dice sencillamente que es “muy mala”.
Clarín es un “crítico presuntuoso, de mala ley, que se precia de tener por su gran maestro al novelista francés cuyo nombre las gentes decentes no pronuncian sino con mucha repugnancia.” Y de  La Regenta dice: “En el fondo rebosa de porquerías, vulgaridades y cinismo”, y es “cargante en demasía.”
 Tampoco le cae bien Pardo Bazán, la cual “ha venido á caer en el realismo deshonesto, y, en alguna novela, hasta en el determinismo”. Y de Los Pazos de Ulloa dice: “Muy mala. Hay pecado deshonesto de gravedad específica singularmente opuesta á la naturaleza, con descripciones y fraseología que no toleran ni los ojos ni los oídos de las personas bien educadas.”
Da la sensación de que a los franceses les tiene especial manía, pues de Balzac dice que es “Novelista muy deshonesto, y en alto grado pernicioso por sus máximas y principios y por los sentimientos que despierta.”
Y Victor Hugo “con frecuencia habla que parece un loco, ó más bien poseído del demonio. Muy inmoral y fatalista".
Y su obra El último día de un condenado a muerte le parece una “especie de novela atroz, horrible”.
A Zola le tiene mucha tirria y no lo oculta cuando dice que “… nació en París, donde murió de muerte desastrada, después de haber escrito libros tan escandalosos por su impiedad y asquerosa lujuria, que acabó por causar náuseas á sus propios amigos. Con tal infame comercio se hizo muy rico.” Y para reforzar su criterio se apoya en las palabras de otro crítico,  que calificó su estilo de “brutal y grosero” y a sus personajes de “grotescos y monstruos repulsivos”.
 
Pero los rusos tampoco le caen bien, por lo menos Tolstoi, al que califica de contradictorio, deshonesto, incrédulo, racionalista, anarquista, nihilista, inmoral y provocativo. Y nos dice que otro crítico coloca al ruso “entre los semilocos”, y un tercero opina que es “uno de esos seres cascados”.
Y él mismo añade: “Tolstoi querría que salieran del cielo los ángeles y del infierno los demonios y demás condenados.”
 
Menos mal que a Stevenson, Dickens, Poe y a algunos más los encuentra “inofensivos” y sus obras “se pueden leer”. Pero con cuidado, claro, porque, de Dickens nos advierte: “Algunas de sus novelas de amores no convienen a todos”. Y de Poe avisa: “En sus cuentos es raro, chocante, mórbido, malsano, fríamente fantástico, pero no deshonesto”.
 
No es de extrañar, en realidad, que la mayoría de los autores le parezcan seres perversos e indecentes, porque, según su visión del asunto, la novela como género literario no trae más que problemas a la humanidad. Y es de agradecer, dentro de todo, que se preocupe especialmente por las mujeres, que al parecer son las personas más vulnerables y más expuestas a los peligros de la lectura:
 
La novela es el arte de enseñar amoríos. Es el arte de familiarizar al lector con todos los atrevimientos y deslices. ¡Desgraciada la mujer que se aficiona á novelas! Yo me he puesto a leer por necesidad algunas que sé que las han leído muchas señoras cristianas… y confieso que no entiendo cómo una señora pudorosa puede leerlas sin perder la virginidad del alma en su lectura. Imposible, imposible, imposible!!!

 
Al final del libro, el padre Pablo nos aclara definitivamente por qué las novelas son tan perniciosas y su influencia tan temible:
 
El hastío, el disgusto de todo lo que dé pena y sea vulgar, es decir, de la mayor parte de las cosas de esta vida (que dan pena y son vulgares casi todas), es el carácter más distintivo de los que leen novelas y en su lectura contraen la enfermedad crónica que yo llamaría "nostalgia del país de las novelas". Enfermedad fatua, estéril, que agota las fuerzas del espíritu en inútiles anhelos y febriles ansias, enflaquece las fuerzas de la razón, anubla el albo y diáfano resplandor del criterio, distiende los nervios del espíritu y aun los nervios verdaderos del cuerpo, produciendo en los lectores una neurastenia que los incapacita para todo ejercicio ordenado y moderado, según las reglas de la vida ordinaria.
 
Así que hay que tener cuidado con las novelas si no quiere uno acabar convertido en un completo inútil.
Lo bueno es que los que ya no tenemos remedio, los que ya estamos contagiados de la ‘nostalgia del país de las novelas’, podemos seguir leyendo tranquilamente. Peor no nos vamos a poner.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Este blog tiene premio


Dice el diccionario que un premio es una “recompensa, galardón o remuneración que se da por algún mérito o servicio.”
Si eso es así, yo puedo decir que este modesto blog recibe premios a cada momento; en concreto, cada vez que alguien lo visita y más aún si deja constancia de esa visita con un comentario.
Pero además, para mayor regocijo y satisfacción, recibe de vez en cuando otros premios que tienen nombre propio y hasta trofeo, aunque sea virtual.
Hace unos días, nuestra amiga Zazou, del blog Bibliomanía y otros desvaríos ha tenido la generosidad de nominar a Juguetes del Viento para el premio Best Blog, y como es costumbre en estos casos, contestaré a las preguntas que a modo de entrevista me plantea ella. Después nominaré a mi vez a otros blogs que yo considero merecedores del premio, y plantearé también a sus creadores una serie de preguntas que, si tienen a bien seguir el juego, habrán de contestar en sus respectivos blogs.
 
Estas son las preguntas de Zazou y mis respuestas:
 
1.- ¿Qué libro te hubiera gustado escribir?
Unos cuantos… por ejemplo, El paseo de Robert Walser.
2.- ¿Qué libros guardas con especial cariño de tu infancia y adolescencia?
Por desgracia de mi infancia conservo pocos. Me acuerdo con mucho cariño de Mujercitas, pero quizá el más antiguo que conservo es una adaptación para niños de La cabaña del Tío Tom. También algunos de Los Cinco y sobre todo los primeros que leí de Stephen King, con los que lo pasé bomba pasando mucho miedo.
3.- ¿Qué personaje de ficción te gustaría que fuera tu mejor amigo/a?
Diré uno de cada sexo: Arturo Bandini (de las novelas de John Fante)  y Miss Matty Jenkins (de Cranford de Elizabeth Gaskell)
4.- ¿Sigues otros blogs que no tengan nada que ver con la lectura? ¿Cuáles?
Sí, algunos de los que están ahí, a la derecha.
5.- ¿Qué personaje de ficción te gustaría ser?
Hester Prynne (de La letra escarlata, de Hawthorne)
6.- ¿Cuál es el mejor libro que has leído en tu vida?
No, no. Me dice mi abogado  que no tengo obligación de contestar a esta pregunta.
7.- ¿Participas en algún club de lectura de tu pueblo o ciudad?
Sí, el que se celebra en la librería Fnac de Málaga.
8.- ¿Qué novela escogerías para pasar una noche de miedo?
Tal vez Salem’s Lot, de Stephen King.
9.- ¿Te dejas guiar por las listas de los libros más vendidos a la hora de elegir tus lecturas?
Esta es la única pregunta que puedo contestar con rotundidad: no.
10.- ¿Con qué escritor, vivo o muerto, te gustaría poder mantener una conversación que durase horas y horas?
Voy a decir varios, para que puedan turnarse y descansar: Dickens,  Eugene Field, Stephen King, Mary Shelley, Umberto Eco, R.L.Stevenson, George Sand…
 
 ***
 
A continuación, los blogs que yo elijo como Best Blog son:
 
A la edad del diablo, de JuanRa Diablo
Entre mil letras, de Marisa
Musas en papel, de Carmen Enciso
 
Y estas son mis preguntas para ellos:
 
1. ¿Qué te impulsó a crear un blog?
2. ¿Qué libro estás leyendo ahora?
3. Si pudieras subir al “anacronópete” de Enrique Gaspar para viajar en el tiempo, ¿a qué época y lugar te gustaría ir?
4. ¿De qué novela o cuento te gustaría ser un personaje?
5. ¿Y en cuál no querrías estar por nada del mundo?
6. ¿Qué prefieres, una novela de amor o un amor de novela?
7. De los libros que has leído ¿cuál le recomendarías a un adulto que quiere iniciarse en el hábito de la lectura?
8. ¿Y cuál le recomendarías a alguien que lee mucho?
9. ¿Cuánto es el máximo tiempo que has estado sin leer ningún libro?
10. ¿Cuál es tu palabra favorita?
 
***
 
Gracias de nuevo a Zazou por pensar en mi blog y a todos ustedes por mantenerlo activo y contento.
 
 
 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Cuento. Un hombre afortunado


Pasé los primeros años de mi infancia creyendo que mi padre se dedicaba a un oficio misterioso.
Los padres de los demás niños tenían trabajos fáciles de nombrar y de comprender: zapatero, pintor, maestro… Pero mi padre era nada más y nada menos que gelómogo satador.
Aquello me  desconcertaba y me intrigaba de manera extraordinaria, y me parecía que un oficio con un nombre tan difícil tenía que ser algo muy importante.
Al cumplir ocho años aquellas sílabas misteriosas se ordenaron debidamente y entonces supe que mi padre era en realidad gemólogo tasador.
Yo seguía sin entender en que consistía aquello, aunque mi madre me explicó que  lo que hacía mi padre era «tasar gemas, o sea, averiguar el valor de las joyas». Y como me dijo también que trabajaba en el Monte de Piedad, estuve un tiempo creyendo que mi padre trabajaba en el campo, en lo alto de un monte, desenterrando joyas.
Poco a poco fui comprendiendo realmente su oficio gracias a las  historias que me contaba sobre las personas que iban a su trabajo a dejar allí sus pequeños tesoros.
Y la que mejor recuerdo es la del colgante de plata.
Un día llegó un hombre para dejar en prenda un colgante de plata con una piedra azul. Mi padre le dijo que no podían darle mucho por aquella joya, pero el hombre ya lo sabía.
Cuando la entregó, mi padre vio una gran tristeza en sus ojos y comprendió que aquel objeto debía de ser muy importante para ese hombre. Le dijo que guardarían su colgante durante un año y que antes de que acabara ese plazo podría volver para recuperarlo.
Pero aquellas palabras no consiguieron aliviar la pena del hombre, que al marcharse dijo: "Yo nunca volveré."
Y así fue: aquel hombre no volvió. Pero mi padre, impresionado por su mirada, había decidido que él mismo compraría la joya cuando la subastaran. Después  buscaría a  su dueño, que quizá podría regresar por ella.
 
El mismo día en que mi padre consiguió el colgante de la piedra azul, llamó al número de teléfono que figuraba en el registro de entrega.
La mujer que contestó dijo que el colgante había sido de su hermano, que se llamaba Sebastián, y que se había marchado hacía un año, sin decirle a nadie, ni siquiera a ella, dónde estaría.
 
Mi padre me dijo entonces que a veces la vida nos prepara sorpresas que no podemos imaginar y que por eso hay que esperar siempre, aunque parezca que las cosas  no pueden seguir adelante ni cambiar. Por eso le dejó su número de teléfono a aquella mujer, y por eso conservó el colgante sin llegar a considerarlo nunca de su propiedad.
 
Algún  tiempo después llegó la sorpresa en la que mi padre había confiado. Recibió una llamada desde un país extranjero. Era Sebastián, que le contó que había hablado con su hermana y que gracias a ella sabía que lo había estado buscando un año atrás.
Al día siguiente acompañé a mi padre a la oficina de correos para enviar un estuche que contenía una cadena de plata con una piedra azul.
 
Unos meses después fue mi padre quien recibió un envío desde el extranjero. Era un libro antiguo, con letras y flores doradas, titulado Meditaciones de  Marco Aurelio. Lo conservo desde entonces.
Mis padres se preguntaron por qué  Sebastián  habría enviado aquel libro precisamente. Pero entonces yo lo abrí, con mucho cuidado, y vi unas palabras escritas a mano.
Mi padre leyó la dedicatoria: “Para un hombre afortunado.”
Empezó a hojearlo, y al pasar unas páginas encontró unas líneas que estaban señaladas con lápiz. Aquellas líneas decían que el hombre afortunado es el que tiene la gran fortuna de poseer un alma bondadosa.
-Claro, papá –dije yo, con el orgullo de haber comprendido el misterio-. Por eso te lo ha regalado, porque habla de ti.
 
Lo que no comprendí entonces fue por qué mi padre me miró tan fijamente y me abrazó sin motivo.
 
 
 
 

viernes, 24 de octubre de 2014

Donde menos se espera…


…salta la liebre, dice el refrán,  parafraseando el cual podríamos decir que también donde menos se espera salta la palabra. La palabra rara, curiosa, interesante. Esa palabra que nunca antes habíamos visto, que no conocíamos y que descubrimos así, de sopetón, en cualquier sitio y por sorpresa.
Esto les habrá ocurrido a ustedes muchas veces, sin duda, como a mí misma, ya lo saben.
 
Cuando encuentro una de esas palabras inauditas que me llaman la atención no tengo más remedio que anotarla; es inevitable, no puedo dejarla pasar, para después, en cuanto tenga ocasión, intentar saber algo más de ella: su significado exacto, su origen, sus usos frecuentes, sus diferentes acepciones si las tuviere…

Normalmente son palabras a las que no voy a poder dar uso,  es decir, que se van a convertir en vocabulario pasivo dentro de mi diccionario mental, aumentando ese conglomerado de cachivaches inasibles que algunos llaman conocimientos inútiles. Pero nunca he alardeado de tener un sentido práctico de la vida, así que me quedo con ellas y las guardo como quien guarda un recuerdo que le gusta pero que probablemente nunca va a utilizar: simplemente por el gusto de tenerlo, de saber que existe.
Hoy traigo aquí, para compartirlas con ustedes, que es lo que más me gusta, unas cuantas palabras nuevas –nuevas para mí- que han ido saltando ante mis ojos, cual liebres con ganas de juego, en diversos textos que he leído últimamente.
 
La primera de ellas es la inquisitorial relapso, que según nuestro diccionario de referencia es aquel que “reincide en un pecado del que ya había hecho penitencia”. O sea, un auténtico pecador, un reincidente, un obstinado, un incorregible que peca y repeca aun habiendo  sido ya  castigado por ello.
“… éste debe ser condenado como relapso con todo derecho, porque tras de esta segunda prueba ya no resulta dudoso que sea culpable del primer error.”  
(Jacob Sprenger. El martillo de las brujas para golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza: Malleus maleficarum, 1486).

 
Y como esto de relapso me suena a lapso y a lapsus, vuelvo a recurrir a los sabios y descubro que relapso deriva efectivamente de lapso, que deriva a su vez de lapsus, que significa, ni más ni menos que deslizamiento, caída, de ahí su sentido de “re-caída en un error”.  
Pensándolo bien, creo que a esta palabra si le podemos dar un uso cotidiano. Sobre todo después de ver un telediario.

Otra de mis palabras favoritas desde hace unas semanas es sochantre.
No me dirán ustedes que no es sonora y contundente. Antes de saber su significado, a mí esta palabra me sonó a insulto, pero a insulto cabal, merecido y específico. Un insulto meditado y elegido a conciencia. Pero no, no podemos insultar a nadie con este vocablo colosal porque nada tiene de ofensivo: el sochantre es el “director del coro en los oficios divinos”.
Esta palabra tan curiosa y resonante está formada con la preposición so y el sustantivo chantre, derivado del francés chanteur, cantor. Por lo tanto el sochantre es el que está por debajo, el auxiliar, del chantre o maestro del coro.

“Aquí hubiera acabado su faena mística el Sochantre, si de improviso no levanta Isabel sus ojos del suelo…”
(Ginés Alberola. El sochantre de mi pueblo, 1890)
 
La última palabra de hoy es bibliópolo.
Ya conocíamos al bibliófilo, al bibliómano y al bibliógrafo,  y ahora se une a ellos su amigo el bibliópolo, o bibliopola, tal y como aparece en el diccionario de la RAE, que es un vendedor de libros antiguos y especialmente de libros raros y curiosos.
Procede del latín bibliopola, a través del griego bibliopoles, compuesto por las formas biblion y polein, vender.
“Quintiliano coloca al frente de sus Instituciones oratorias una carta escrita al bibliópolo Tryphon, donde se le muestra muy reconocido.”
(Manuel Danvila y Collado. La propiedad intelectual: legislación española y extranjera comentada, concordada y esplicada según la historia, la filosofía, la jurisprudencia y los tratados, 1882).
Page 41
Relapso, sochantre, bibliópolo. Puede que éstas sean palabras hoy caídas en desuso, pero si a veces vuelven con un nuevo aire las modas del vestir tras pasar un tiempo en el armario del olvido; si se recuperan tradiciones que parecían perdidas para siempre, y si la nostalgia nos hace volver la vista al pasado para darle un nuevo valor a toda clase de manifestaciones del saber y el hacer humano, también podríamos, digo yo, volver a usar palabras arcaicas y renovarlas quizás con acepciones más modernas.
Más que nada porque suenan divinamente, ¿no les parece?
 

 

jueves, 9 de octubre de 2014

Libros en conserva

 
Del mismo modo en que hay prendas de vestir que no nos decidimos a usar o alimentos que nos resistimos a probar,  hay libros cuya lectura no llegamos nunca a emprender.
Y al igual que yo misma me negué durante muchos años a probar los espárragos en conserva, con frecuencia muchos de nosotros eludimos  libros que tenemos en nuestras estanterías desde hace tiempo. Son libros que están también en conserva, pues resisten nuestro olvido durante largo tiempo sin que se alteren sus propiedades, en esas alacenas literarias que son nuestras bibliotecas personales.
Yo sé que mi rechazo a los espárragos se debía a que simplemente no me parecía que  aquellos tronquitos blancos, brillantes y resbalosos fueran en realidad comestibles.
Pero para los libros que tengo en espera no puedo dar la misma razón, pues no me cabe duda de que son un buen alimento. Así que otros motivos debe de haber que nos llevan a dejar ciertos libros instalados en el limbo del por ahora no.
Hace una semanas, nuestro amigo Carlos me sugirió que escribiese sobre este asunto de los libros postergados, y pensé que sería una buena ocasión para preguntar a algunos de los lectores de este blog si tienen libros en espera y si ello se debe a alguna razón en particular.
Así el propio Carlos me dijo que él tiene varios en esa situación, en concreto una antología de cuentos de Cortázar; el Homenaje a Cataluña, de George Orwell; El pintor de batallas de Pérez-Reverte y La Regenta, cuyas historias dejaron de interesarle poco después de empezada la lectura.
Y otro de ellos es El conde Lucanor, que, según me contó, de niño le encantaba “y soñaba con tenerlo”. Pero cuando por fin tuvo su propio ejemplar resultó ser una edición en español medieval, tal que así:
 
Cuando el privado del rey esto le oyó dezir, estrañógelo mucho, deziéndol’ muchas maneras porque lo non devía fazer. Et entre las otras, díxol’ que si esto fiziese, que faría muy grant deserviçio a Dios en dexar tantas gentes como avía en el su regno…
 
lo cual hízole a mío amigo abandonar la obra, pues resultábale la su lectura grandemente dificultosa et luenga.
 
Esto mismo le sucedió a nuestra querida MJ con El cantar de Mío Cid, que desde sus primeros intentos de lectura duerme el sueño de los justos en un anaquel, de su dueña olvidado.
Como olvidado tiene también Los puentes de Madison County, de Robert James Waller. En este caso la razón del abandono es  sentimental: según me ha contado MJ la película le gustó mucho, pero la vio “en un momento malo” de su vida. Y teme, claro, que el libro y su poder de evocación le traigan el recuerdo de unas ásperas circunstancias.

 
También por motivos anímicos, otro de nuestros amigos, JuanRa Diablo, tiene en espera Paula, de Isabel Allende, sin atreverse a emprender su lectura por temor al impacto emocional. Y es que JuanRa, ahí donde lo ven, es un diablo muy sentimental.
Sentimental pero práctico también, pues por motivos prácticos tiene al Ulyses de James Joyce aguardando sine die su turno, junto con otros grandes clásicos anglosajones como Ivanhoe  y   Moby Dick.
Con lo bonito que es abrir un libro y encontrarse un inicio como este:
 
Llamadme Ismael. Hace varios años –no importa cuántos exactamente- con poco o ningún dinero en el  bolsillo  y nada concreto que me retuviera en tierra…
 
También tiene relegado Memorias de Adriano, a pesar de haberlo empezado tres veces. Al menos no podemos achacarle falta de perseverancia.
 
Por su parte, la encantadora Sara me dice que el libro que lleva más tiempo en sus estantes sin haber conseguido aún su atención es Fortunata y Jacinta, cuya lectura va aplazando una y otra vez por esa razón de peso o grosor que ya hemos referido anteriormente; y porque lo libros que lee mensualmente para el club de lectura en el que participa se pondrían muy celosos. Que todo hay que tenerlo en cuenta.
 
En mi caso, de los libros que tengo olvidados, ignorados o en espera -siempre  a mi pesar- los que más tiempo llevan aguardando su oportunidad de impresionarme son El ruido y la furia, que languidece y amarillea en su estante desde que intenté leerlo por primera vez, y El club de los negocios raros, de G. K. Chesterton.
En cuanto a la novela de Faulkner, que tanta devoción despierta entre algunos, la razón de mi desapego es clásica: quise leerlo –en inglés además- cuando aún no tenía ni conocimientos ni madurez suficiente para tal tarea.
Pero para el abandono que sufre el de Chesterton no tengo explicación ni excusa: el autor me cae bien, me gusta su estilo, el librito tiene cien páginas escasas y el título me resulta de lo más sugerente.
Así pues, no entiendo por qué lleva tanto tiempo ahí, desatendido, marginado. Será que en cuestión de libros, como en el amor, no siempre podemos explicarlo todo.
Sin embargo, estoy segura de que, al igual que me ocurrió con los espárragos en conserva, el día que me decida a probarlo descubriré que he estado años desdeñando un manjar exquisito.
 
¿Y ustedes? ¿Tienen también en sus estanterías libros en conserva?
 


jueves, 25 de septiembre de 2014

El lenguaje tiene sentimientos

 
¿Conocen ustedes el chiste del científico y la araña? Sí, el del investigador que dejaba a una pobre araña sin patas y le decía: “Ven, arañita, ven aquí”, y que, observando la inmovilidad de la araña, llegaba a una conclusión irrefutable: cuando la araña pierde las patas se queda sorda.
Desde pequeña yo –me imagino que como muchas personas-  he tenido también  la tendencia a desarrollar mis propias teorías científicas sobre diferentes fenómenos del mundo y de la vida que me llamaban la atención. Yo observaba –en ocasiones inconscientemente- alguna circunstancia, y cuando esa circunstancia se repetía varias veces, llegaba a una conclusión, normalmente siguiendo el mismo estilo de pensamiento que el científico del chiste.
Pero de vez en cuando, para mi satisfacción y sorpresa, me he encontrado con que algunas de esas teorías mías, esas conclusiones intuitivas y deslavazadas, tenían algo de lógica y de sensatez.
Es lo que ocurre con una teoría que elaboré –o más bien intuí- cuando estaba en la universidad, relacionada con las lenguas extranjeras y la expresión de ciertas emociones.
Una de las primeras veces que pensé en ello fue estando en casa de una amiga mía, de padre español y madre inglesa. La madre de mi amiga hablaba español con poca soltura, pero lo usaba con frecuencia, y hablaba en español o en inglés dependiendo de las circunstancias. El inglés lo usaba indefectiblemente cuando estaba enfadada, cuando se quejaba de algo o cuando les regañaba a sus hijos.
Esto me hizo pensar que para ella el español, por no ser su lengua materna, no tendría suficiente fuerza, suficiente carga de significado como para sentir que sus emociones quedaban expresadas con la contundencia necesaria.
También estaba el hecho, según me contó mi amiga, de que cuando la buena señora intentaba regañar en español, al hijo pequeño le daba la risa. Y supuse entonces que esto se debía a lo mismo: a que el chiquillo percibía que aquella regañina, expresada en un idioma ajeno a quien regañaba, no resultaba seria ni creíble para nadie.

En ocasiones posteriores tuve la oportunidad de observar casos parecidos, en los que personas bilingües utilizaban su segundo idioma con soltura  pero cambiaban automáticamente a su lengua materna cuando necesitaban expresar determinados pensamientos o sensaciones con una carga emocional intensa. Parecía que a pesar de  que conociesen las palabras y expresiones necesarias para expresar sus emociones en su segundo idioma, este no era suficiente. Es decir, para expresar determinadas sensaciones e intenciones no bastan las palabras, sino que son necesarios también los sentimientos y la emotividad que  van asociados sólo a la lengua materna.
Y si esto me parecía interesante, más aún me fascinaba el caso contrario, es decir, el hecho de que expresar ciertas ideas o pronunciar ciertas palabras resultara más fácil en el idioma extranjero que en la lengua nativa. Me refiero concretamente a las “palabrotas” y las expresiones malsonantes en general.  Estas palabras tienen una gran carga emocional, moral y cultural; no son cualquier cosa, no las utilizamos en cualquier contexto ni en cualquier ocasión.
Por eso mismo, pensaba yo, debía de resultar más fácil, menos comprometido, utilizar sus equivalentes extranjeros, porque nuestra conexión con esas palabras extranjeras es mucho más débil, mucho menos profunda o íntima, y por lo tanto nos parece que tienen menos significado, menos potencia emocional.
Esta era la sensación que yo tenía, la teoría inarticulada que daba vueltas en mi cabeza como un trapo en la lavadora, y que no me habría atrevido a compartir con nadie.

Pero ahora sé que mi idea tenía fundamento y que a este fenómeno que yo observé espontáneamente los expertos lo llamaron, años después,  Emotion-Related Language Choice (ERLC), y se refiere exactamente al hecho de que las personas que hablan más de un idioma eligen su lengua materna o una segunda lengua según quieran expresar sus emociones con mayor o menor implicación afectiva.
Según un experimento que se ha realizado recientemente, un grupo de estudiantes polacos que tienen el inglés como segunda lengua, se sintieron muy incómodos al tener que expresar insultos racistas en su lengua materna, y en cambio les resultó muy fácil expresarlos en inglés.
 
La conclusión parece ser que nuestro bagaje emocional, cultural y moral está impreso en nuestra lengua materna y no en los idiomas que aprendemos posteriormente. Por eso nos resulta más fácil ser maleducados o groseros en otro idioma, ya que en una lengua extranjera aprendida las palabras  relacionadas con las emociones y los sentimientos nos resultan más tenues, más abstractas, menos  conectadas con nuestro mundo emocional.
Dicho de otro modo, el utilizar una lengua extranjera nos libera de las restricciones e implicaciones sociales y culturales  relacionadas con  determinadas palabras.
 
 
Por eso creo yo que esta teoría, este fenómeno de la ERLC, se produce también cuando se trata de expresiones cariñosas que nos pueden resultar algo comprometedoras o embarazosas en nuestra lengua. Es decir, nos puede resultar más fácil o más cómodo decirle a alguien palabras mimosas en otro idioma que en el propio, porque tanto para nosotros  como para la otra persona, esas palabras o expresiones extranjeras estarán menos cargadas de contenido afectivo, no tendrán las mismas connotaciones que las de nuestro propio idioma, y nos permitirán por lo tanto mantener una cierta distancia emocional con lo que expresamos.
Y es que, según han sugerido recientemente algunos investigadores*, las expresiones y palabras que por alguna razón nos incomodan o nos cohíben, hacen que se active un mecanismo que bloquea y dificulta el acceso a nuestra lengua materna, mientras que este bloqueo no se produce con  las palabras de nuestra segunda lengua.
Con razón dice la lingüista Anna Wierzbicka que conocer dos idiomas significa vivir en dos mundos emocionales  diferentes. 

El lenguaje es portentoso y espectacular. Ya hemos dicho aquí otras veces que el lenguaje es el verdadero motor del mundo, lo que hace que funcione y lo que ha hecho posible la evolución del ser humano, las sociedades y las civilizaciones.
Pero lo más admirable de todo es que esta capacidad nuestra para expresarnos mediante unos pocos sonidos articulados, siendo algo tan íntimo, tan inherente al ser humano y tan cotidiano, no deja de sorprendernos y de dar nuevas muestras de su tremenda y maravillosa complejidad, y de su influencia no sólo en nuestro pensamiento sino también en nuestros sentimientos.
 

 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Palabras insensatas


En una ocasión una alumna mía, una niña de nueve años, me preguntó si yo conocía “todas las palabras del inglés”.
Le dije, lógicamente, que no, que es imposible conocer todas las palabras de un idioma, ni siquiera del propio. La niña se sorprendió mucho al oírme decir eso, y su sorpresa quedó expresada cuando respondió: “Pues yo conozco todas las palabras del español… ¿tú no?”
Entonces yo, entre didáctica y bromista, le pregunté si sabía qué significaba la palabra idiosincrasia. Fue genial ver la cara de la niña, que me miró como si yo acabase de revelarle el sentido de la vida.
En realidad algo de eso había –y perdonen ustedes la exageración-, pues lo cierto es que la chiquilla acababa de descubrir un mundo nuevo: el de las palabras que están más allá del vocabulario que usamos a diario y que manejamos con absoluta familiaridad.

A diferencia de mi alumna, yo, de niña, nunca pensé que conociera todas las palabras de nuestro idioma. Al contrario, sufría mucho porque había una cantidad enorme de palabras y frases que escuchaba y veía escritas por aquí y por allá y cuyo significado no lograba discernir.
Confundía, por ejemplo,  los significados de las palabras divorciarse y suicidarse.
Recuerdo que una vez vi, en un kiosko de prensa, la portada de una revista en la que, junto a la foto de una bella señora, se leía: “Fulanita de Tal se divorcia”,  y que pensé que era una pena que siendo tan guapa, famosa y seguramente rica, hubiera decidido quitarse la vida.
Pero lo que más me desconcertaba eran ciertas expresiones hechas que me parecían tan incomprensibles y absurdas que llegué a pensar que la gente las decía mal, que tenían que ser de otra manera. Y no es que yo me creyera más lista que los mayores, en absoluto; es que alguna explicación tenía que haber para aquella incomprensibilidad.
 
Una frase que me desesperaba especialmente era dentro de lo que cabe.
Me devanaba la sesera dándole vueltas a aquello. ¿”Dentro de lo que cabe”? Pero, ¿lo que cabe no es lo que está dentro? ¿No debería ser “ de lo que cabe dentro?” Y así me pasaba un rato.
 
También me resultaba muy extraña la expresión merece la pena, y no comprendía por qué la gente decía cosas como “merece la pena levantarse temprano”.  Yo creía entender que el hecho de levantarse temprano -o lo que quiera que fuese- merecía que sintiéramos pena. Y claro, no veía lógico que lo dijeran tan contentos y acordaran levantarse a las ocho para ir de excursión. ¿Es que querían ponerse tristes o qué?
Más o menos lo mismo me ocurría con mejorando lo presente. Yo entendía que eso se decía como un cumplido, porque veía que los aludidos lo agradecían,  pero en realidad a mí me parecía un insulto: “Pepita López es encantadora, mejorando lo presente.” Y yo entendía que la bella Pepita era mejor que las señoras presentes.
Desconcertante, ¿no?
Lo más curioso de todo esto es que yo no preguntaba por el sentido de esas frases, no pedía que me las explicaran, y no sé por qué. Quizá es que daba por hecho, intuitivamente, que las frases eran absurdas, que se decían por costumbre y sin reparar en su insensatez.
También me mortificaron mucho las expresiones ceda el paso (eso tenía que estar mal por fuerza) y admón de loterías (¿qué será un admón, madre mía?).
Sí, esas expresiones me hicieron sufrir mucho durante mucho tiempo, pero recuerdo el día en que oí a alguien decir “… en la administración de loterías”. En aquel momento la palabra admón. cobró todo su sentido y fue tal la satisfacción que sentí con este descubrimiento que me pareció que un gran telón se levantaba y que ante mi ojos se alzaba el arcoíris refulgente del discernimiento. Qué momento, señores.
Quizá esto explique por qué no preguntaba yo a mis mayores por el sentido de esas palabras y expresiones: la satisfacción de descubrirlo por mí misma era tan gratificante que merecía la pena esperar.