domingo, 20 de julio de 2014

No nos pongamos fonéticos

 
Uno de los aspectos de la lengua española que más gusta a los extranjeros que estudian nuestro idioma es que la ortografía les resulta muy fácil, porque es “muy fonética”. Es  decir, que entre la forma en que se escriben las palabras y la forma en que se pronuncian hay una correspondencia casi exacta: al contrario de lo  que ocurre en muchos otros idiomas, en español la m con la a siempre se pronuncia ma; la p con la o siempre se pronuncia po, etc.
 
Antonio de Nebrija (siglo XV),
el primer ortógrafo español
Es cierto que hay algunos escollos en ese mar tranquilo, como la h, que se escribe pero no se pronuncia; la existencia de b y v, que siendo grafías diferentes representan el mismo sonido; las combinaciones ge y gi, que suenan igual que je y ji, y algunos otros casos similares, que nos obligan a aprender específicamente que determinada palabra se escribe de una manera y no de otra.
Poca cosa, me parece, sobre todo si se compara con otros idiomas cuya ortografía  es mucho menos fonética y cuyo caso extremo es el inglés.
Por eso me llama mucho la atención que haya hispanohablantes que se quejen de la ortografía española y digan que hay que modificarla para que sea total y absolutamente fonética y represente con total fidelidad la pronunciación.
Pero ¿la pronunciación de quién?, cabe preguntarse. Porque obviamente una misma lengua no se pronuncia igual en todas las áreas geográficas en las que se habla.
Pero eso es lo que propone Juan Andrés Gualda Gil, que, en su libro Ortografía americana de la lengua española y en su web, promueve una renovación de la ortografía para los países hispanoamericanos, ya que, según dice, la ortografía que compartimos los hispanohablantes no refleja de ninguna manera la forma en que se pronuncia el idioma en dichos países.
Y, coherente con su propuesta, escribe de aquesta manera:
 
“A pesar de qe la lengua en America ha experimentado sustansiales cambios y es hablada por unos 420 millones de personas (nada menos qe el 93% de todos los hispanohablantes), las normas linguisticas qe la rijen son las del dialecto castellano hablado tan solo por unos 30 millones en el sentro y norte de España.”
 
Pero si nos vamos a poner fonéticos, nos ponemos del todo. Y como la ortografía española tampoco refleja la forma en que se pronuncia el español en Málaga o en Córdoba, por ejemplo, ¿habría que pedir por ello una ortografía para cada zona geográfica?
Con lo práctico y lo útil que es compartir una ortografía común, con la que todos nos entendemos; una ortografía que, por cierto, no refleja ni pretende reflejar una pronunciación específica de una zona, sino una pronunciación estándar, de referencia, es decir, un modelo consensuado de lengua, libre de las peculiaridades fonéticas de las distintas regiones donde se habla esa lengua.
 
Se supone que con esta renovación ortográfica propuesta por Gualda Gil se pretende resolver, entre otras cosas,  “el caos ortográfico que existe actualmente en el ámbito escolar”, según leo en la web. Pero a mí me da la sensación de que ese supuesto caos se convertiría en una verdadera catástrofe si se introdujeran las modificaciones que este lingüista defiende.
 
Pensemos por un momento en los libros. ¿Se utilizarían los que están escritos con la actual ortografía mientras se les enseña a los niños la nueva? ¿Estarían las editoriales dispuestas a reeditar todos sus libros, reescritos con la nueva ortografía? ¿Cuánto les costaría eso a las editoriales y cuánto al consumidor?
 
También me resulta curioso el hecho de que se propongan cambios ortográficos a tan gran escala cuando tanta polémica y rechazo se genera ante la mínima modificación que proponga la RAE. Rechazo que quizá se deba a que el hablante no acepta fácilmente que se modifique de un plumazo  su patrimonio cultural más íntimo y su herencia recibida. 
 
La cuestión es que la ortografía está siempre sujeta a cambios y tiende a la simplificación, como demuestra, sin ir más lejos, la propia historia de la palabra, que originalmente se escribió orthographía. Pero esta evolución ha de producirse de manera gradual,  sin imposiciones ni prisas, como demuestra, a mi modesto entender, el hecho de que en diferentes épocas haya habido otros intentos de renovar la ortografía española que han fracasado.
Dicen los que apoyan estas propuestas que dicho fracaso se debe a las imposiciones de la RAE, que al parecer debe de tener un gran poder y dominio sobre las academias americanas. Pero lo cierto es que en otros países, como en Estados Unidos y Reino Unido, también, desde el siglo XIX,  se han hecho intentos de simplificar la ortografía inglesa y también han fracasado. Lo máximo que se ha logrado ha sido la eliminación de algunas letras superfluas en algunas palabras, o la convivencia de dos formas, como phantasy y fantasy.

¿Qué opinan ustedes? ¿Les parece la ortografía española tan difícil, tan complicada y caprichosa como para que se haga necesario remodelarla por completo? ¿Bastaría con leer algún libro de vez en cuando para que la forma escrita de las palabras se aprendiera de manera espontánea?

 
En este supermercado de Madrid ya han modificado
 la ortografía por su cuenta.
 

lunes, 7 de julio de 2014

El diamante de Thackeray




Se dice que las grandes obras de la literatura se reconocen porque superan la prueba del tiempo, porque décadas y siglos después de haber sido creadas resultan tan actuales y pertinentes como cuando se escribieron. Porque quienes las leen doscientos o mil años después, recogen su mensaje, se conmueven y se reconocen en los personajes y sus peripecias como si no los separara ninguna distancia.
Y es que a veces resulta sorprendente comprobar, leyendo obras de otras épocas y otras culturas, cómo el ser humano es siempre el mismo, en todo tiempo y lugar, con los mismos deseos, los mismos miedos, las mismas necesidades y, en muchas ocasiones, hasta el mismo sentido del humor.

Todo esto se aprecia en La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, escrita por William M.Thackeray en 1841,  una obra ingeniosa, divertida, conmovedora y ejemplarizante, que presenta casos y hechos tan propios de nuestros días que a ratos nos sentimos tentados de volver a comprobar la fecha en que fue escrita.

Thackeray dijo, en el prefacio a la primera edición de esta obra, que a los editores del libro “les preocupa que la moraleja del cuento -es decir, que la especulación es peligrosa y que la honradez es el mejor camino-, señale especialmente al pueblo británico.”
Y en efecto, esta sátira moral alude a la sociedad inglesa, pero hoy día sabemos que sus males y sus defectos no son exclusivos ni de un país ni de una época. Como tampoco lo son sus virtudes.

Samuel Titmarsh es  un joven e ingenuo empleado de una gran empresa de seguros que, a causa de un diamante que recibe como regalo, y sobre todo por su falta de maldad y por la confianza que deposita en quienes no la merecen, se ve envuelto -víctima y sospechoso- en un fraude financiero de gran alcance. 
Él mismo nos cuenta su historia desde el punto de vista de quien aprendió una lección por las malas, y desea compartir su escarmiento por si su experiencia puede resultar de utilidad al lector.

Uno de los aspectos de esta  novela que a mí más me llaman la atención es que pesar de los amargos episodios que el bueno de Samuel tiene que sufrir, no hay acritud ni rencor en el tono de su narración, siempre impregnada del candor del joven Titmarsh, que incluso cuando se burla del esnobismo de ciertos personajes o refiere la maldad de otros, mantiene su actitud bondadosa y comprensiva. Da la sensación de que Thackeray exagera la inocencia y credulidad de sus personajes buenos -que llegan a parecer algo Tit  (bobo)- para más resaltar la vileza de los malos.
Pero sin duda Thackeray está a favor de los buenos. A los malos nos los pinta bastante ridículos en su ruindad.

Por suerte para Samuel también abundan en su historia las escenas felices, los momentos conmovedores y los pasajes cómicos, en un magistral y delicado equilibrio de emociones que recorre toda la novela.
Por eso podremos reírnos con la pretenciosa señorita Brough y sus inútiles intentos de hablar francés y resultar grácil y delicada; con el cobardica señor Preston y con la mandona señora Roundhand; con el descarado Bob Swinney y con la despistada condesa Drum. Nos indignaremos con el miserable Smithers, con la vil tía Hoggarty y con el retorcido señor Brough. Y nos emocionaremos con el fiel Gus Hoskins, con la dulce Mary Smith y con la bondadosa señora Stokes.

Esta pequeña joya literaria es una de las primeras obras de su autor y una de las menos conocidas, pero, como ocurre tantas veces, la popularidad de una obra no siempre se corresponde con sus valores. Y en este caso, la inteligente combinación de crítica, humor y sensibilidad, que caracteriza el estilo de Thackeray; la amenidad y ligereza de la narración, y la vigencia y contemporaneidad del argumento hacen que leer La Historia de Samuel Titmarsh hoy día sea como hacer un entretenido viaje al pasado cuyo destino es el presente.



 
 
William M. Thackeray. La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty.
Editorial Periférica, 2014.
 

viernes, 27 de junio de 2014

Magia postal


Últimamente he vuelto a pensar mucho en las cartas, en la comunicación epistolar al estilo clásico. Y no solo por lo mucho que me gusta a mí esa forma de comunicación, sino porque en estos días varias personas de mi entorno han hecho referencia, en diferentes ocasiones, a la añoranza del correo postal y a cómo ha ido perdiendo vigencia frente al correo electrónico, los mensajes de móvil, etc.

Sin embargo, aunque es cierto que la comunicación escrita en papel y a mano es ya algo poco frecuente, a mí me da la sensación de que su uso no se perderá nunca, aunque se mantenga de forma discreta.

Me refiero a que, como pasa con otras manifestaciones culturales (como los discos de vinilo, por ejemplo), cuando lo tecnológico, lo nuevo, se impone relegando a sus precedentes, surge, de forma paralela, una especie de rebeldía, de reacción, por parte de quienes consideran que lo clásico es superior en ciertos aspectos y que lo moderno no es necesariamente de más calidad ni más cómodo.

Sea como sea, la cuestión es que lo de escribir cartas a mí me ha gustado mucho siempre. Ya de pequeña, con diez u once años, en las vacaciones de verano me carteaba con dos o tres compañeras del colegio, por saber de ellas, claro, pero sobre todo porque me encantaba ese ritual de contar cosas por escrito, guardar el papel en un sobre, escribir los datos, ponerle un sello y finalmente dejar caer la carta en el vacío de un buzón, una especie de bidón amarillo que estaba en plena calle, con la total confianza de que desde allí, de algún modo, llegaría a la casa de mi amiga.

Un día vi algo que me maravilló. Vi a un señor abriendo uno de esos buzones por detrás. Yo nunca me había fijado en esa puerta trasera, y entonces vi que de allí recogía un saco de tela, donde comprendí que iban las cartas.
Aquella visión fue como descubrir el truco con el que un mago hace que una moneda que ha guardado en una caja aparezca en la oreja de un espectador.
Y pensé que aquel trabajo de recoger y repartir las cartas era fantástico.

Recuerdo que cuando escribía aquellas primeras cartas no estaba segura de cómo escribir el sobre, y que mi padre o mi madre me indicaban dónde tenía que poner mi nombre y dirección (yo era el remitente, ¡menuda palabra!) y dónde  el nombre de la amiga a la que escribía, que era el destinatario (¡otra!). Y debajo ponía su dirección y más abajo la ciudad, que podía ser en el norte de España, donde una de ellas veraneaba, o mi propia ciudad, a cuatro calles de distancia de mi casa. 

Porque, efectivamente, una de mis amigas y yo podíamos reunirnos cualquier tarde, en su casa o en la mía, para jugar y  hablar de nuestras cosas, pero era mucho más divertido enviarnos cartas y recibir respuesta. Y desde luego me parecía sorprendente que hubiera personas, adultos, cuyo trabajo consistía en hacer posible que mis amigas y yo nos divirtiéramos de aquel modo.

Muchas de esas cartas las conservo aún, y aunque su remitente y sus destinatarias ya no se volverán a escribir, esos sobres y su contenido siguen representando para mí la magia de la comunicación por medio de la escritura y la emoción del mensaje lanzado al vacío con la confianza y la certeza de que alguien lo llevará a su destino.

Por suerte, hoy día, en perfecta armonía con la comunicación electrónica –que también tiene mucho de magia-, sigo encontrando en mi buzón sobres de papel que contienen lo que la comunicación electrónica no puede transmitir: la calidez de la escritura manual, del trazo único y personal de cada letra, y el tiempo que alguien me ha dedicado con ese ritual que yo conocí de pequeña y que me entusiasmó para siempre.

 
 
 

martes, 17 de junio de 2014

Ya son seis

 
 


 
Sí, amigos, ya son seis. Juguetes del viento cumple seis años este 18 de junio.
 
Hay que ver cómo ha crecido, ¿eh? Parece que fue ayer cuando salió a la luz por primera vez, cuando llegó al mundo, con más miedo que otra cosa.
Y qué endeblito estaba el pobre, sin imágenes, sin comentarios, sin enlaces… no tenía nada y apenas recibía visitas, pero era lógico, porque casi nadie se había enterado de su nacimiento.
Sin embargo, poco a poco empezaron a llegar amigos, todos con muy buena voluntad y cargados de regalos en forma de  palabras amables, generosidad de corazón y sonrisas.
Y así fue creciendo, convirtiéndose en un blog fuerte, cada vez más saludable y más bonito –o eso me parece a mí- y cada vez más contento, porque además de conservar a casi todos aquellos primeros visitantes que vinieron, a lo largo de este tiempo ha seguido recibiendo otros nuevos, que han llegado también con esos regalos que tanto le gustan y algunos más, inesperados y sorprendentes. Alguno de esos nuevos amigos hasta ha viajado en el tiempo para conocerlo desde sus inicios. Y otro, que lo conoce bien,  le hizo un  precioso retrato que refleja a la perfección su sentido y sus orígenes más remotos. 

Todo esto es una maravilla, una sorpresa y una alegría constante, y no saben ustedes lo feliz y agradecido que está. Muchas veces se emociona y todo, que lo he visto yo.
Así que aquí está,  con sus seis años recién cumplidos y animado para seguir cumpliendo más.
Eso sí, si tienen ustedes ganas de seguir acompañándolo, claro.
 
¡Gracias a todos!
 
 
 

sábado, 7 de junio de 2014

Aquí pasa algo

 
Hace unas semanas hablábamos aquí de lo difícil que resulta hacer caso omiso de las recomendaciones, directas o indirectas, que nos invitan a leer tal o cual libro, y de cómo dos señores muy listos me habían inducido inopinadamente a leer una novela de Victor Hugo titulada El último día de un condenado a muerte.
Pues bien, pocos días después de la segunda de esas recomendaciones fui a una de mis librerías  habituales para hacerme con la novela en cuestión.
 
Resultó que no la tenían, así que fui a otra. Tampoco en ésta la tenían, pero me dijeron que podrían pedirla y tenerla allí un par de días después. Así que la encargué, y este detalle no lo cuento como una mera anécdota, sino porque tiene su trascendencia, como después se verá. 
 
Efectivamente, no compré la novela ese día, que era lunes, sino dos días después. El miércoles por la mañana, como me habían dicho, me avisaron de que ya estaba el libro en la tienda.
Por la tarde tenía previsto asistir, junto con unos amigos, a la conferencia de inauguración de la Feria del Libro de mi ciudad –y esto tampoco es mera anécdota-, así que antes de reunirme con ellos pasé por la librería y recogí mi ejemplar de El último día de un condenado a muerte.  
 
Durante la conferencia, el primer orador que intervino hizo referencia a varias obras clásicas que tienen en común determinados elementos argumentales. Y una de las obras que nombró  me llamó la atención, porque me eran totalmente desconocidos tanto la obra como su autor, pero sobre todo porque lo poco que de ella dijo el conferenciante me pareció muy curioso e interesante.
Rápidamente saqué del bolso un cuaderno y un bolígrafo y tomé nota. Se trataba de Viaje alrededor de mi habitación (1794), de Xavier de Maistre.
 
Al día siguiente, indagando un poco, supe que este autor, conde de Maistre, fue un militar italo-francés que escribió esta obra mientras cumplía una pena de arresto domiciliario.
Me interesó el librito, sí, lo reconozco, pero me limité a anotarlo en mi lista de futuribles lecturas.
 
Un par de días después terminé el libro que había estado leyendo y, saltándome cualquier clase de orden preestablecido, me lancé a la lectura de El último día de un condenado a muerte, el libro que había venido conmigo a la conferencia.
La edición que compré incluye un interesante prólogo del traductor, y en la página 17  del mismo me llevé un sobresalto colosal  al leer lo siguiente:
“[…] y se han citado dos obras, René de Chateaubriand y Viaje alrededor de mi habitación  de Xavier de Maistre […]”
¿Me creerán ustedes si les digo que casi se me cayó el libro de las manos?
Fíjense bien: no se trataba sólo de que en una conferencia oyera hablar de una obra de la que no había oído hablar nunca antes y que a los pocos días encontrara en un libro una referencia a esa misma obra. Es que el libro en el que encontré esa referencia estaba conmigo en la conferencia, recién adquirido.
 
A la semana siguiente volví a la librería en busca de otro libro en el que tenía interés desde hacía tiempo. Lo localicé en seguida y, como tenía tiempo disponible, me entretuve “viajando alrededor de la librería”. Y curioseando por allí vi un libro determinado, no recuerdo cuál, que quise hojear. Lo saqué del estante y junto con él salió hacia fuera el que estaba a su lado.
Lo cogí para dejarlo en su sitio y al ver la cubierta se me aflojaron las manos otra vez: era Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre.
 
Ya se imaginarán ustedes que no fui capaz de dejarlo allí, claro, porque  el libro se estaba esforzando mucho para que yo lo leyera. Llevaba días persiguiéndome, y viendo que yo no terminaba de hacerle caso, optó por arrojarse al vacío desde su estante para caer en mis manos. Y todo eso tiene mucho mérito y ablanda el corazón más duro.
  
Pero, dejando a un lado el romanticismo, estaba yo pensando en esta caprichosa serie de coincidencias, en las sorprendentes manifestaciones del azar, cuando, desde las páginas de su libro, el propio Xavier de  Maistre vino a darme su opinión al respecto. Me dijo:
“Pero yo no creo en el azar, en esa triste ironía, en esa palabra que no significa nada."
 
Y ya no sé qué pensar.
 

 

-Victor Hugo. El último día de un condenado a muerte. Editorial Valdemar, 2011.
Traducción de Mauro Armiño.
-Xavier de Maistre. Viaje alrededor de mi habitación. Editorial Funambulista, 2011.
Traducción de J. M. Lacruz Bassols


lunes, 26 de mayo de 2014

Cuento. El viajero


La primera vez que vi  a Manuel fue en una conferencia literaria.
La sala estaba llena, no había asientos libres y estábamos los dos de pie, como muchas otras personas. Pero era evidente que Manuel se encontraba muy incómodo.
Intentaba cambiar de postura cada poco tiempo, pero parecía no encontrarse bien de ninguna manera. Vi entonces su bastón e imaginé que le dolían las piernas.
En un par de ocasiones, cuando aplaudíamos las palabras del conferenciante,  nos miramos, y por encima de su gesto de dolor vi que sonreía y asentía con satisfacción.
Siempre he pensado que la literatura, las palabras bien elegidas y las ideas bien expresadas tienen poder curativo, y en esta ocasión me lo pareció más que nunca.
 
Cuando terminó la conferencia lo vi alejarse, una mano ocupada con el bastón, la otra con un libro. Y pensé que si por algún motivo ese hombre se viera obligado a dejar una mano libre, soltaría el bastón.
 
Unas semanas después lo volví a ver en otro acto literario. Reconocí al momento su andar inseguro, su nariz intrépida y su pelo recortado y peinado con precisión de ingeniería.
A la salida lo vi hablando con alguien a quien yo conocía, y así fue cómo supe su nombre y que amaba la literatura por encima de todo.
Y al rato, en su cafetería favorita, me hablaba de Italo Calvino, de Victor Hugo, de Melville, de Swift, de Walser; de Don Quijote, de La Cartuja de Parma, de Robinson Crusoe
Y hablaba de tal manera que fue como si yo no hubiera conocido hasta entonces nada de todo aquello. Y comprendí que aquel hombre tambaleante era un viajero que no necesitaba pies ni alas que lo llevaran. Que su nave eran los libros y su pasaje la imaginación.
 
Muchas veces más me volví a reunir con él en aquella cafetería, y siempre lo vi igual, con un libro entre las manos y el bastón a un lado, olvidado, innecesario cuando viajaba.  Y siempre me hablaba de los lugares que visitaba, de los personajes  con los que iba y de cómo se sentía parte de las historias que leía.
 
Hasta que un día desapareció. No volví a verlo en actos literarios ni en el café. Pregunté a los amigos pero nadie sabía nada cierto de él. Decían que se había marchado de viaje, unos creían que a algún país extranjero; otros, que a la morada definitiva.
Pero a mí me gusta pensar que ahora Manuel vive en un libro, que consiguió entrar en alguna de sus historias favoritas, que es uno más de sus personajes y que lleva el bastón solo porque resulta elegante.
 
 
 

 

sábado, 10 de mayo de 2014

Atención: Pelibro


Siempre se ha hablado  de los  peligros que acechan a los libros. Entre los clásicos, es decir, entre los peligros clásicos, están el fuego, el agua, los roedores y otros bichos más innobles aún; y, por supuesto, la intolerancia, el fanatismo y el afán de controlar el pensamiento, que prohíbe, esconde y destruye.
Y entre los peligros más modernos siempre se nombra al pobre libro electrónico, que, según algunos, acabará con su hermano mayor, el libro de papel, como si hubiera entre ellos una rivalidad bíblica.
En realidad, creo yo, el peligro más peligroso es la  falta de interés por la lectura. Eso sí que haría desaparecer los libros, si la cosa alcanzara dimensiones apocalípticas.
 
La cuestión es que se habla de los peligros que acosan a los libros, pero  no suele hablarse del peligro que los propios libros representan, es decir, de lo peligrosos que son ellos para los lectores.  
Porque los libros a veces se comportan como tiranos. Y lo peor de todo es que nosotros nos sometemos con gusto a esa tiranía. No lo podemos remediar.


Robert Louis Stevenson
Ya hemos dicho  otras veces que los libros tienen sus propias artimañas para llegar hasta nosotros. A veces, pobrecitos, es porque se sienten solos, ignorados o en peligro, y es lógico que hagan lo que puedan para llegar a nosotros, para hacer que los rescatemos, y eso no se les puede reprochar.
Lo que no está bien es que se aprovechen de nuestra debilidad.
Una de las tretas de las que se valen para hacerse con nuestra voluntad es lo que se denomina referencia. La referencia es menos tajante que la recomendación, pero a veces la sutileza cala más hondo que la contundencia. Y cuando alguien en cuyo criterio confiamos nos refiere algún libro, aunque sea de pasada, el efecto puede ser importante.
Es lo que me ha pasado a mí recientemente, que dos personas muy apreciadas me han hablado en poco tiempo de una misma obra. Quizás las conozcan ustedes: son Robert  Louis Stevenson y Fiodor Dostoievski.

Dostoievski

Resulta que el señor Stevenson, con su chaqueta de terciopelo y su melena, me habló, a través de uno de sus ensayos literarios, de una novela que yo no conocía titulada El último día de un condenado a muerte, escrita por otro insigne caballero llamado Victor Hugo. Stevenson no la considera entre las grandes obras del francés, pero a mí el título me resultó tan sugerente, intrigante y emocionante que me entraron unas ganas irresistibles de leerla.
Y poco después llegó Dostoievski, con su mirada perdida y su barba de ogro, refiriéndose, en la nota introductoria que escribió para su novelita La dulce,  a la misma obra de Victor Hugo y en términos bien elogiosos.
Esta segunda referencia, tan cercana a la anterior, me convenció de que, por alguna razón, el dichoso libro estaba empeñado en que yo lo leyera. Así que El último día de un condenado a muerte está ya en mis estantes, en el lugar reservado a las lecturas inminentes, y además sabe que se ha colocado por delante de otros que ya estaban ahí antes.
Sí, los libros tienen voluntad propia, poder sobre nosotros e incluso sobre sus cómplices, y además son conscientes de su poder. Por eso a veces dan un poco de miedo.

Victor Hugo
 
Post Scriptum: Quizás recuerden ustedes que no hace mucho hablamos aquí de cómo todo parece estar conectado con todo, y de cómo muchas de esas conexiones a mí personalmente se me presentan con frecuencia y de manera asombrosa ligadas al mundo de la literatura.

Pues bien, mientras preparaba esta entrada, ayer tarde, recordé que otra de las novelas de Victor Hugo referidas por Stevenson en su ensayo es El hombre que ríe, lo cual a su vez me llevó a acordarme  de una antigua película del mismo título, interpretada por el maravilloso Conrad Veidt. 
Me pregunté entonces si dicha película sería una adaptación de la novela, y comprobé que, en efecto, así es.
Tras esta comprobación dejé en reposo el borrador y me puse a leer el libro que tengo estos días entre manos (El cuarto de las estrellas, de J. A. Garriga Vela). Iba por la página 116, y en la 117 me encontré con lo siguiente: “Mi madre guardaba mucha similitud con el protagonista de la película muda El hombre que ríe.”

Yo también me quedé muda. Y muy seria.

 

martes, 22 de abril de 2014

Otras dos



He añadido dos nuevas adquisiciones a mi colección de palabras fastuosas. Dos palabras colosales que resonarían con perfecta musicalidad en una imaginaria orquesta fonética.
La primera suena como campanillas tubulares de metal: inconsútil.
La primera vez que supe de esta palabra quedé prendada de ella por su sonoridad y quise entonces saber qué se escondía detrás de tal melodía.
Me pareció una palabra suave y delicada, y precisamente se utiliza en ocasiones como sinónimo de sutil, vaporoso, delicado. Pero esto no es lo correcto, pues en realidad inconsútil significa “sin costuras”, “no cosido”, y suele usarse para referirse a la túnica de Cristo: “los soldados se llevaron la vestidura inconsútil”; “la Virgen María elaboró la túnica inconsútil de Jesús”.
 
Pero supongo que puede aplicarse a todo aquello que se presenta firme, uniforme, sin añadidos y sin fisuras. Como el amor verdadero.
 
Ah, y le pregunté al sabio Corominas por el origen de esta bella palabra, y me dijo que es  un derivado negativo del latin consutilis, “que se puede coser”, que deriva a su vez de consuere, “coser”.
 
 La segunda suena, me parece a mí,  como un xilófono soprano: pignoraticio.
Cuando me encontré con esta palabra, inesperadamente, de sopetón, me alteré un poco, lo reconozco. Me pareció tan extraña y curiosa, tan sorprendente y sonora, que por un momento me quedé perpleja:  me fascinó esta palabra tan vibrátil y eufónica y lamenté que hubiera pasado desapercibida para mí hasta entonces.
Pero nunca es tarde si la dicha es buena, dicen los refraneros, así que me puse manos a la obra a aprender lo que pudiera sobre ella, para usarla con convicción en cuanto tuviera la menor oportunidad.
Y así me enteré, por ejemplo,  de que tiene dos amigas igualmente estrafalarias: pignoración y pignorar. Y todas ellas se refieren a la idea de empeño, hipoteca, cesión, traspaso.
Es decir, que si vamos a una casa de empeños y dejamos allí algún objeto en prenda, podremos decir que hemos hecho una pignoración o una transacción pignoraticia.
Eso es hablar con propiedad.
 
-Buenas, venía a pignorar el reloj de mi tatarabuelo.
-Pues pignorado queda, buen hombre.
 
Y todo esto se debe, según he aprendido, a que en latín pignus significa garantía o prenda, y por lo tanto dejar en garantía o en prenda es dejar in pignus de donde tenemos empeño. Y el plural de pignus es pignora.
 
Supongo que en sus respectivos ámbitos naturales (el religioso y el financiero o mercantil), estas palabras serán de uso común y no llamarán la atención. Pero vistas desde fuera resultan muy exóticas y llamativas. Y es muy emocionante encontrar, cuando menos se espera, una palabra nueva, una sorpresa léxica.
Es algo parecido a recuperar por un momento la alegría de cuando éramos pequeños y aprendíamos palabras nuevas constantememente, y con cada palabra nueva el mundo se hacía un poco más abarcable, un poco más comprensible.
Y cuando además las palabras nos revelan su esencia y su por qué, a mí me da la sensación de que ya cualquier cosa se puede explicar. Y eso tranquiliza mucho.

 
 

sábado, 5 de abril de 2014

El libro justo


Solo obtienes algo de los libros si eres capaz
de poner algo tuyo en lo que estás leyendo


Suelo decir que tengo mucha suerte porque no conozco más que a personas estupendas e interesantes que además me tratan muy bien.  Y también tengo la suerte de que con los libros me pasa más o menos lo mismo.  
Últimamente he leído varios de esos que nos absorben y acaparan nuestro interés de manera excepcional. De esos que invaden nuestros pensamientos y parece que nos llaman como diciendo “venga, ven a leer otro ratito”. Y nosotros vamos, claro.
Y de uno de esos libros quería hablar aquí. Se trata de La mujer justa, de Sándor Márai, que, al igual que El último encuentro, me ha parecido una lección magistral, un curso intensivo sobre la vida y el ser humano.

 
De pronto vemos con claridad todo el entramado de la vida: desaparecen entre bastidores personas que creíamos importantes, y del fondo en sombras emergen otras de las que no sabíamos nada, pero en cuanto aparecen sabemos que estábamos esperándolas, y ellas a nosotros, en un destino común…
 
 
Estoy convencida de que Sándor Márai lo sabía todo, que conocía todos los secretos de la vida, del mundo, de los hombres y de las mujeres, y me parece que cada página de sus libros lo demuestra: cada frase es una revelación sobre la naturaleza humana, y en cada párrafo encuentro observaciones que parecen indicar un camino, el camino más adecuado por el que transitar.  Entonces me imagino al señor Márai escribiendo, y mentalmente le doy las gracias por haberse tomado el tiempo y el trabajo de dejar por escrito para nosotros, para mí,  todo lo que sabía y que era capaz de expresar con tanta precisión y claridad.
 
Parece que en la vida todo ocurre al ritmo de un cronómetro invisible: no se puede decidir nada ni siquiera un segundo antes de que las cosas y las situaciones hayan decidido por sí mismas… Actuar de otra forma es insensato, forzado, inhumano, puede que hasta inmoral. La vida se encarga de tomar las decisiones de una forma maravillosa y sorprendente… y entonces todo resulta sencillo y natural.

Algunas personas llegan a tener una visión muy nítida de la mente y el corazón. Estas personas conocen al ser humano tan en profundidad que parece que las almas de sus semejantes no tienen secretos para ellas.
Y eso parece cuando leo las  palabras de Sándor Márai, y siento que él, como todos los autores grandes, los verdaderos escritores, se está dirigiendo a mí a través del tiempo, que está hablando para que yo lo escuche y comprenda. Porque sabe lo que yo necesito entender y me lo explica, así de simple.
Aunque esto suene exagerado,  quiero decir que sus obras tienen ese alcance y esa universalidad que hace que lectores de distintas épocas, de experiencias distintas, de intereses diferentes y de índoles dispares, nos sintamos incluidos en sus historias e interesados por sus personajes, a través de los cuales nos desvela los misterios del mundo.
 
[…] es imposible vivir sin la certeza de que en el mundo hay una persona para la que se es imprescindible.
 
Es la grandeza de la auténtica literatura, que se mide por el alcance de su rayo esclarecedor, de la luz que irradia y que llega a todos pero nos ilumina a cada uno de manera individual y única.
Por eso hay momentos en que llegamos a creer que algunas cosas fueron verdaderamente escritas para nosotros. Y la sensación es imponente.

En la vida diaria basta con que seamos modestos y nos esforcemos en conocer nuestros verdaderos deseos e inclinaciones, y en admitirlos sin sentir vergüenza. Y en conciliar nuestras aspiraciones con las posibilidades que nos ofrece el mundo.
 
Los personajes de La mujer justa se preguntan si será cierto que en algún lugar vive la persona justa y perfecta para cada uno.
Yo también me lo pregunto, pero de lo que no tengo duda es de que sí existe el libro justo para cada persona y en cada momento. No hay más que saber reconocerlo cuando lo vemos.
 
 


Las citas corresponden a la edición de Salamandra, 2012.
Traducción de Agnes Csomos.

sábado, 22 de marzo de 2014

Cuento. La bombonera azul

  
La casa de mi tía Rosita era un lugar especial. Olía a perfume y todo estaba siempre muy limpio. Los suelos parecían  espejos y los espejos ventanas abiertas a un mundo real.
Mi tía Rosita también olía a perfume y cuando me daba un beso casi me mareaba.
Hablaba con una voz muy suave que parecía siempre a punto de apagarse, como una vela de cumpleaños, y sus movimientos eran tan sosegados que la pulsera que llevaba apenas se movía.

Algunas veces mi tía me preguntaba si quería un caramelo. Entonces se levantaba, iba a otra habitación y volvía con uno, uno solo, cogido con dos dedos que parecían de nácar.
Se inclinaba y me decía:
-Toma, bonita. Te lo cambio por un beso.

Y a mí aquellas palabras, pronunciadas siempre de la misma manera, me parecían la fórmula mágica de algún hechizo.
Mi tía tenía muchos objetos que me fascinaban, como un reloj de arena y un libro con las tapas en relieve. Pero lo que más me atraía de todo era una bombonera de cristal tallado, de color azul, que destellaba como un diamante.

La primera vez que me fijé en ella le pregunté:
-¿Qué es esto, tía Rosita?
-Eso es una bombonera. La tengo desde que era pequeña como tú –respondió.
 
Siempre que íbamos a su casa nos sentábamos a la mesa, y mientras mi tía y mis padres charlaban y tomaban café, yo, con una magdalena que me duraba toda la tarde, contemplaba embelesada la bombonera.
Me resultaba un objeto enigmático, tan reluciente, tan perfecto, y hasta creía que si la abría saldrían de su interior unos rayos de colores, una música misteriosa o un soplo de polvos brillantes.
Quería levantarme y acercarme al mueble, tocar la bombonera con las dos manos y abrirla despacio para ver qué había dentro, para ver qué salía de allí.
Pero nunca me atreví. Temía romperla y que ocurriera algo terrible, y también porque yo quería que siguiera allí para poder mirarla.
 
Un día, estando en casa, le pregunté a mi madre:
-Mamá, ¿la tía Rosita quién es?
-¿Cómo qué quién es? Pues es tu tía, la hermana de papá –dijo mi madre.
 
Pero eso ya lo sabía yo. Mi pregunta buscaba otra respuesta, porque yo estaba convencida de que mi tía no era una persona como las demás.
-Pero ¿ella qué hace cuándo nosotros no estamos en su casa?
-Pues lo que hace todo el mundo, hija –dijo mi madre-. Trabaja, va a la compra, duerme… como todo el mundo.
 
Aquella respuesta no me servía tampoco, porque mi tía no era como todo el mundo, así que yo no creía que hiciera lo mismo que los demás.
Entonces pregunté otra cosa:
-Mamá, ¿tú sabes qué hay en la bombonera?
-¿En qué bombonera?
-En la bombonera azul de la tía Rosita –dije, decepcionada por la duda de mi madre, porque para mí no había en el mundo más bombonera que aquella.
-Pues no sé –dijo mi madre-. Cualquier cosa. O a lo mejor no hay nada.
Y añadió:
-Pero no le preguntes, ¿eh? No se debe curiosear en las cosas de los demás.
 
Me conformé con la idea de no preguntarle a la tía Rosita, pero que dentro de la bombonera no hubiera nada me parecía imposible de aceptar. ¿Cómo no iba a haber nada allí dentro? ¿Para qué serviría algo tan especial si no era para contener algo especial?
 
En la siguiente visita, antes de marcharnos,  mi tía me dijo algo que me sorprendió y me entusiasmó de tal modo que por un momento dejé de respirar.
Me dijo que sabía cuánto me gustaba la bombonera y, cogiéndola del mueble con mucho cuidado, me la dio.
-Ahora es tuya –dijo-. Espero que la tengas durante mucho tiempo.
Yo no dije ni una palabra, solo recibí la bombonera y la sostuve entre mis manos como si fuera un pajarillo caído del nido.
Pensé que a continuación mi tía me contaría algún secreto o me daría instrucciones especiales o me pediría alguna promesa.
Pero  no me dijo nada más.
Cuando llegamos a casa fui a mi habitación y me senté en la cama con la bombonera en las manos. La miraba sin cansarme, sin creer aún que fuese mía.
Y entonces la abrí. Levanté la tapa muy despacio esperando descubrir algún secreto, preparándome para ver algo extraordinario.
 
Pero no ocurrió nada. La bombonera estaba vacía y solo se veía el cristal del que estaba hecha, tan pulido y brillante que parecía líquido.
En ese instante me sentí desilusionada, pero este sentimiento duró poco porque enseguida comprendí, sin palabras, que el misterio de aquel objeto estaba en sí mismo, en su capacidad para emocionarme y hacerme soñar.
No, no estaba vacía: es que lo que contenía no estaba dentro.