lunes, 11 de agosto de 2014

Nabokov se equivoca


Necesito que tú, lector, nos imagines,
 porque nosotros no existimos si no existes tú.
Vladimir Nabokov. Lolita.


Por un momento voy a atreverme a llevarle la contraria a Nabokov. Porque yo creo que los personajes literarios, algunos al menos,  tienen vida propia y por lo tanto existen sin necesidad de los lectores.
Y no me refiero, claro está, a la vida que tienen dentro de los libros, sino a una vida “de verdad”, independiente de las historias en las que los conocemos.

A veces me imagino que existe una dimensión diferente, un universo paralelo al nuestro, un mundo simultáneo en el que viven seres reales, y que los personajes que encontramos en los libros son el reflejo literario de esos seres.
Porque si no fueran reales sería  imposible que resultaran tan verdaderos, tan creíbles, por increíbles que puedan parecer; tan auténticos y tan vivos que inspiran en nosotros los mismos sentimientos que nos inspiran nuestros semejantes, de cuya existencia no tenemos duda.
Así pues, decidido: los personajes literarios son reales y viven en algún sitio.

Bueno, esto no es más que una teoría fantasiosa, claro está, pero lo cierto es que existen personajes en la literatura que atraen a los lectores de manera extraordinaria. Y algunos de esos personajes llegan a tener tal carácter, tal identidad por sí mismos, que se convierten en figuras autónomas e independientes de la obra literaria en la que nacieron y del autor que los creó.
Es el caso de Don Quijote, Hamlet, Sherlock Holmes, Mister Scrooge, Emma Bovary, Edmundo Dantés, Ana Karenina, Alicia… y de otros quizás menos recurrentes pero igualmente simbólicos, como Atticus Finch, Gregor Samsa, Holden Caulfield, Lázaro de Tormes, esos otros en los que están ustedes pensando y algunos más.

Pero aparte de estos grandes nombres, de estos personajes universales, hay otros que destacan mucho menos, que no siempre aparecen en las listas ni en los recuentos, que se quedan modestamente en segundo plano, pero que son igual de importantes, o incluso más, para lectores determinados.
Son los favoritos de cada uno de nosotros, los personajes que nos deslumbran inesperadamente, los que nos llegan al corazón por sorpresa, los que quedan en nuestro recuerdo aun después de que olvidemos las historias en las que los encontramos.
De estos personajes he conocido, como ustedes, a unos cuantos, pero hoy nombraré sólo a dos de ellos: Arturo Bandini y John  Harper.

Arturo Bandini tendría que caerme mal, por desconsiderado y arrogante. Era lo que estaba previsto cuando empecé a leer Camino de Los Ángeles, una de las cuatro novelas que John Fante le dedicó.  Pero, al contrario, me inspira una gran ternura. Está tan solo y tan perdido, buscando como puede su lugar en el mundo, aplazando sus sueños y siempre en conflicto con los demás y consigo mismo, que resulta conmovedor. No sabe comportarse ni relacionarse con los demás, pero eso no lo hace malo, es que no ha tenido dónde ni con quién aprender. Y parece que cuanto más se esfuerza por resultar un tipo duro, más frágil y desvalido lo veo.
Bandini es tan interesante, tan complejo y está tan vivo que no es posible que sea una mera ficción. Tiene que existir en algún sitio.

John Harper tiene nueve años y una responsabilidad tremenda: proteger a su hermana del ogro y guardar el secreto que le confió su padre antes de que lo condenaran a muerte.
Este chiquillo tan asustado y tan valiente me ha robado el corazón  desde las páginas de  La noche del cazador, de Davis Grubb.
Al hablar de esta novela es inevitable referirse a la maravillosa película de Charles Laughton y a la interpretación que hace Robert Mitchum del siniestro predicador Harry Powell.
Pero en la novela no es el predicador el que me hace pasar las páginas con entusiasmo,  sino John, el huérfano dickensiano, el niño perdido de cuento de hadas. El héroe involuntario, que agotado y muerto de miedo sigue adelante, fiel a su palabra y al recuerdo de su padre, es el que me sorprende y el que me conmueve.
Yo estoy convencida de que este niño está en ese limbo literario, en ese mundo alternativo en el que viven los personajes que no necesitan de los lectores para existir.

Y ustedes, ¿qué personajes tienen en el corazón? ¿Qué personajes les son tan queridos que les parecen personas reales?
 

 Alice in Wonderland (George Dunlop Leslie,1879)
 
 


miércoles, 30 de julio de 2014

Cuento. Yin Bai, siempre puntual

 
Yin Bai  era el empleado más puntual de su empresa. Y probablemente de toda la ciudad. En diez años no había llegado tarde ni una sola vez. Y no solo no llegaba tarde, sino que llegaba con tiempo de sobra, sin prisas ni carreras.
Cada mañana se levantaba a la misma hora, como un gallo, desayunaba, se acicalaba y partía hacia el trabajo a ritmo de paseo.
Cuando empezaban a llegar sus compañeros él ya estaba en su mesa con las tareas del día organizadas.
-Siempre puntual, Yin –le decían unos.
-No hay quien te haga sombra, Bai –le decían otros.
Y Yin Bai sonreía ufano, orgulloso de su puntualidad sin tacha.
Lo más curioso de este asunto era que Yin Bai no tenía despertador.
-¿Y cómo te las apañas para levantarte a tiempo? –le preguntaban los compañeros.
Y él respondía que todo era cuestión de disciplina y que cada noche al acostarse, se ordenaba a sí mismo despertarse a una hora determinada; y que el cuerpo y la mente, doblegados por la rutina y por el sentido de la responsabilidad, obedecían sumisos de manera natural. Y añadía:
-Se trata de programar el reloj biológico. No hace falta otro reloj.
Y los compañeros lo miraban con admiración, subyugados por la sabiduría y la espiritualidad que desprendían sus palabras.
 
Sin duda Yin Bai era un hombre disciplinado y responsable como él solo. Y bastante metafísico también.  Pero el verdadero motivo por el que no tenía despertador no era su espiritualidad ni su dominio del cuerpo y la mente.
El verdadero motivo era algo de lo que nunca hablaba. Pues lo cierto era que Yin Bai era también algo supersticioso y bastante asustadizo. No soportaba el martilleo agudo y enervante del despertador, pero no porque le resultara irritante, como a todo el mundo, sino porque le daba miedo.
Y es que Yin Bai estaba convencido de que por las noches, mientras dormimos, el alma abandona el cuerpo para viajar al mundo de los sueños. Y también estaba seguro de que el alma necesita tiempo para volver y estar de nuevo en su sitio cuando el cuerpo despierte.  Así que si el cuerpo se veía obligado a despertar bruscamente, el alma no tendría tiempo de regresar. Y a Yin le aterraba la idea de despertar sin alma, sin emociones, convertido en un mero cuerpo vacío, una cáscara ambulante, un muerto interior.
Un día llegó a la empresa una nueva empleada. Se llamaba Song See y no era, ni mucho menos, la muchacha más hermosa que Yin hubiera visto jamás. Pero se enamoró de ella en seguida. Son cosas que pasan.
Con el transcurso de los días, el trato amable que ambos se profesaban y el descubrimiento paulatino de gustos e intereses en común, Yin y Song se hicieron muy  buenos amigos.
Y como Yin estaba enamorado y Song mostraba cada vez más simpatía por él, Yin empezó a sentirse un tanto alterado: estaba distraído, le costaba concentrarse y le fallaba el apetito.
Yin sabía a qué se debía este estado emocional, por lo que no se asustó mucho, pero lo malo era que su famoso reloj biológico, ese mecanismo infalible en el que confiaba plenamente, empezó a desajustarse.
Tanto era así que su consabida puntualidad desapareció y se hizo habitual que llegara a la oficina con el tiempo justo, casi tarde.
-Yin, ¿qué te está pasando? -le decían los compañeros entre risas-. ¿Se ha quedado sin pilas tu reloj biológico?
Y Yin, desconcertado no por las bromas sino por la razón que las motivaba, empezó a preocuparse. ¿Qué pasaría si continuaba así, si empezaba a descuidar sus rutinas y a llegar tarde al trabajo? ¿Es que ya no podía confiar en su reloj interno?
Un viernes de primavera Song le propuso a Yin ir de excursión el domingo, invitación que él aceptó con muchísimo gusto y bastante temor. ¿Cómo estar seguro de que se levantaría a tiempo?
“No me queda más remedio”, se dijo, “que tomar una decisión drástica, como los grandes héroes de la historia”. Y tragando saliva pensó: “Tengo que arriesgar mi alma, pero merecerá la pena.”
Y fue a la tienda de electrónica y compró un despertador.
Aquella noche, por primera vez en su vida, Yin Bai puso un despertador en su mesita de noche y programó la alarma.
Se acostó y, a pesar de sus temores, quizá por el agotamiento que le producían sus inquietudes, se quedó dormido muy pronto.
 
Sin duda esa noche su alma voló al mundo de los sueños como todas las noches, y cuando el despertador sonó, Yin abrió los ojos sobresaltado y desconcertado. Durante unos segundos no se atrevió a moverse ni a respirar siquiera.
Pero enseguida se dio cuenta de que no se notaba vacío, de que no había perdido su alma por el brusco despertar,  como había temido toda su vida,  sino todo lo contrario: se sentía repleto de ilusión y más vivo que nunca.
 
 

 

domingo, 20 de julio de 2014

No nos pongamos fonéticos

 
Uno de los aspectos de la lengua española que más gusta a los extranjeros que estudian nuestro idioma es que la ortografía les resulta muy fácil, porque es “muy fonética”. Es  decir, que entre la forma en que se escriben las palabras y la forma en que se pronuncian hay una correspondencia casi exacta: al contrario de lo  que ocurre en muchos otros idiomas, en español la m con la a siempre se pronuncia ma; la p con la o siempre se pronuncia po, etc.
 
Antonio de Nebrija (siglo XV),
el primer ortógrafo español
Es cierto que hay algunos escollos en ese mar tranquilo, como la h, que se escribe pero no se pronuncia; la existencia de b y v, que siendo grafías diferentes representan el mismo sonido; las combinaciones ge y gi, que suenan igual que je y ji, y algunos otros casos similares, que nos obligan a aprender específicamente que determinada palabra se escribe de una manera y no de otra.
Poca cosa, me parece, sobre todo si se compara con otros idiomas cuya ortografía  es mucho menos fonética y cuyo caso extremo es el inglés.
Por eso me llama mucho la atención que haya hispanohablantes que se quejen de la ortografía española y digan que hay que modificarla para que sea total y absolutamente fonética y represente con total fidelidad la pronunciación.
Pero ¿la pronunciación de quién?, cabe preguntarse. Porque obviamente una misma lengua no se pronuncia igual en todas las áreas geográficas en las que se habla.
Pero eso es lo que propone Juan Andrés Gualda Gil, que, en su libro Ortografía americana de la lengua española y en su web, promueve una renovación de la ortografía para los países hispanoamericanos, ya que, según dice, la ortografía que compartimos los hispanohablantes no refleja de ninguna manera la forma en que se pronuncia el idioma en dichos países.
Y, coherente con su propuesta, escribe de aquesta manera:
 
“A pesar de qe la lengua en America ha experimentado sustansiales cambios y es hablada por unos 420 millones de personas (nada menos qe el 93% de todos los hispanohablantes), las normas linguisticas qe la rijen son las del dialecto castellano hablado tan solo por unos 30 millones en el sentro y norte de España.”
 
Pero si nos vamos a poner fonéticos, nos ponemos del todo. Y como la ortografía española tampoco refleja la forma en que se pronuncia el español en Málaga o en Córdoba, por ejemplo, ¿habría que pedir por ello una ortografía para cada zona geográfica?
Con lo práctico y lo útil que es compartir una ortografía común, con la que todos nos entendemos; una ortografía que, por cierto, no refleja ni pretende reflejar una pronunciación específica de una zona, sino una pronunciación estándar, de referencia, es decir, un modelo consensuado de lengua, libre de las peculiaridades fonéticas de las distintas regiones donde se habla esa lengua.
 
Se supone que con esta renovación ortográfica propuesta por Gualda Gil se pretende resolver, entre otras cosas,  “el caos ortográfico que existe actualmente en el ámbito escolar”, según leo en la web. Pero a mí me da la sensación de que ese supuesto caos se convertiría en una verdadera catástrofe si se introdujeran las modificaciones que este lingüista defiende.
 
Pensemos por un momento en los libros. ¿Se utilizarían los que están escritos con la actual ortografía mientras se les enseña a los niños la nueva? ¿Estarían las editoriales dispuestas a reeditar todos sus libros, reescritos con la nueva ortografía? ¿Cuánto les costaría eso a las editoriales y cuánto al consumidor?
 
También me resulta curioso el hecho de que se propongan cambios ortográficos a tan gran escala cuando tanta polémica y rechazo se genera ante la mínima modificación que proponga la RAE. Rechazo que quizá se deba a que el hablante no acepta fácilmente que se modifique de un plumazo  su patrimonio cultural más íntimo y su herencia recibida. 
 
La cuestión es que la ortografía está siempre sujeta a cambios y tiende a la simplificación, como demuestra, sin ir más lejos, la propia historia de la palabra, que originalmente se escribió orthographía. Pero esta evolución ha de producirse de manera gradual,  sin imposiciones ni prisas, como demuestra, a mi modesto entender, el hecho de que en diferentes épocas haya habido otros intentos de renovar la ortografía española que han fracasado.
Dicen los que apoyan estas propuestas que dicho fracaso se debe a las imposiciones de la RAE, que al parecer debe de tener un gran poder y dominio sobre las academias americanas. Pero lo cierto es que en otros países, como en Estados Unidos y Reino Unido, también, desde el siglo XIX,  se han hecho intentos de simplificar la ortografía inglesa y también han fracasado. Lo máximo que se ha logrado ha sido la eliminación de algunas letras superfluas en algunas palabras, o la convivencia de dos formas, como phantasy y fantasy.

¿Qué opinan ustedes? ¿Les parece la ortografía española tan difícil, tan complicada y caprichosa como para que se haga necesario remodelarla por completo? ¿Bastaría con leer algún libro de vez en cuando para que la forma escrita de las palabras se aprendiera de manera espontánea?

 
En este supermercado de Madrid ya han modificado
 la ortografía por su cuenta.
 

lunes, 7 de julio de 2014

El diamante de Thackeray




Se dice que las grandes obras de la literatura se reconocen porque superan la prueba del tiempo, porque décadas y siglos después de haber sido creadas resultan tan actuales y pertinentes como cuando se escribieron. Porque quienes las leen doscientos o mil años después, recogen su mensaje, se conmueven y se reconocen en los personajes y sus peripecias como si no los separara ninguna distancia.
Y es que a veces resulta sorprendente comprobar, leyendo obras de otras épocas y otras culturas, cómo el ser humano es siempre el mismo, en todo tiempo y lugar, con los mismos deseos, los mismos miedos, las mismas necesidades y, en muchas ocasiones, hasta el mismo sentido del humor.

Todo esto se aprecia en La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, escrita por William M.Thackeray en 1841,  una obra ingeniosa, divertida, conmovedora y ejemplarizante, que presenta casos y hechos tan propios de nuestros días que a ratos nos sentimos tentados de volver a comprobar la fecha en que fue escrita.

Thackeray dijo, en el prefacio a la primera edición de esta obra, que a los editores del libro “les preocupa que la moraleja del cuento -es decir, que la especulación es peligrosa y que la honradez es el mejor camino-, señale especialmente al pueblo británico.”
Y en efecto, esta sátira moral alude a la sociedad inglesa, pero hoy día sabemos que sus males y sus defectos no son exclusivos ni de un país ni de una época. Como tampoco lo son sus virtudes.

Samuel Titmarsh es  un joven e ingenuo empleado de una gran empresa de seguros que, a causa de un diamante que recibe como regalo, y sobre todo por su falta de maldad y por la confianza que deposita en quienes no la merecen, se ve envuelto -víctima y sospechoso- en un fraude financiero de gran alcance. 
Él mismo nos cuenta su historia desde el punto de vista de quien aprendió una lección por las malas, y desea compartir su escarmiento por si su experiencia puede resultar de utilidad al lector.

Uno de los aspectos de esta  novela que a mí más me llaman la atención es que pesar de los amargos episodios que el bueno de Samuel tiene que sufrir, no hay acritud ni rencor en el tono de su narración, siempre impregnada del candor del joven Titmarsh, que incluso cuando se burla del esnobismo de ciertos personajes o refiere la maldad de otros, mantiene su actitud bondadosa y comprensiva. Da la sensación de que Thackeray exagera la inocencia y credulidad de sus personajes buenos -que llegan a parecer algo Tit  (bobo)- para más resaltar la vileza de los malos.
Pero sin duda Thackeray está a favor de los buenos. A los malos nos los pinta bastante ridículos en su ruindad.

Por suerte para Samuel también abundan en su historia las escenas felices, los momentos conmovedores y los pasajes cómicos, en un magistral y delicado equilibrio de emociones que recorre toda la novela.
Por eso podremos reírnos con la pretenciosa señorita Brough y sus inútiles intentos de hablar francés y resultar grácil y delicada; con el cobardica señor Preston y con la mandona señora Roundhand; con el descarado Bob Swinney y con la despistada condesa Drum. Nos indignaremos con el miserable Smithers, con la vil tía Hoggarty y con el retorcido señor Brough. Y nos emocionaremos con el fiel Gus Hoskins, con la dulce Mary Smith y con la bondadosa señora Stokes.

Esta pequeña joya literaria es una de las primeras obras de su autor y una de las menos conocidas, pero, como ocurre tantas veces, la popularidad de una obra no siempre se corresponde con sus valores. Y en este caso, la inteligente combinación de crítica, humor y sensibilidad, que caracteriza el estilo de Thackeray; la amenidad y ligereza de la narración, y la vigencia y contemporaneidad del argumento hacen que leer La Historia de Samuel Titmarsh hoy día sea como hacer un entretenido viaje al pasado cuyo destino es el presente.



 
 
William M. Thackeray. La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty.
Editorial Periférica, 2014.
 

viernes, 27 de junio de 2014

Magia postal


Últimamente he vuelto a pensar mucho en las cartas, en la comunicación epistolar al estilo clásico. Y no solo por lo mucho que me gusta a mí esa forma de comunicación, sino porque en estos días varias personas de mi entorno han hecho referencia, en diferentes ocasiones, a la añoranza del correo postal y a cómo ha ido perdiendo vigencia frente al correo electrónico, los mensajes de móvil, etc.

Sin embargo, aunque es cierto que la comunicación escrita en papel y a mano es ya algo poco frecuente, a mí me da la sensación de que su uso no se perderá nunca, aunque se mantenga de forma discreta.

Me refiero a que, como pasa con otras manifestaciones culturales (como los discos de vinilo, por ejemplo), cuando lo tecnológico, lo nuevo, se impone relegando a sus precedentes, surge, de forma paralela, una especie de rebeldía, de reacción, por parte de quienes consideran que lo clásico es superior en ciertos aspectos y que lo moderno no es necesariamente de más calidad ni más cómodo.

Sea como sea, la cuestión es que lo de escribir cartas a mí me ha gustado mucho siempre. Ya de pequeña, con diez u once años, en las vacaciones de verano me carteaba con dos o tres compañeras del colegio, por saber de ellas, claro, pero sobre todo porque me encantaba ese ritual de contar cosas por escrito, guardar el papel en un sobre, escribir los datos, ponerle un sello y finalmente dejar caer la carta en el vacío de un buzón, una especie de bidón amarillo que estaba en plena calle, con la total confianza de que desde allí, de algún modo, llegaría a la casa de mi amiga.

Un día vi algo que me maravilló. Vi a un señor abriendo uno de esos buzones por detrás. Yo nunca me había fijado en esa puerta trasera, y entonces vi que de allí recogía un saco de tela, donde comprendí que iban las cartas.
Aquella visión fue como descubrir el truco con el que un mago hace que una moneda que ha guardado en una caja aparezca en la oreja de un espectador.
Y pensé que aquel trabajo de recoger y repartir las cartas era fantástico.

Recuerdo que cuando escribía aquellas primeras cartas no estaba segura de cómo escribir el sobre, y que mi padre o mi madre me indicaban dónde tenía que poner mi nombre y dirección (yo era el remitente, ¡menuda palabra!) y dónde  el nombre de la amiga a la que escribía, que era el destinatario (¡otra!). Y debajo ponía su dirección y más abajo la ciudad, que podía ser en el norte de España, donde una de ellas veraneaba, o mi propia ciudad, a cuatro calles de distancia de mi casa. 

Porque, efectivamente, una de mis amigas y yo podíamos reunirnos cualquier tarde, en su casa o en la mía, para jugar y  hablar de nuestras cosas, pero era mucho más divertido enviarnos cartas y recibir respuesta. Y desde luego me parecía sorprendente que hubiera personas, adultos, cuyo trabajo consistía en hacer posible que mis amigas y yo nos divirtiéramos de aquel modo.

Muchas de esas cartas las conservo aún, y aunque su remitente y sus destinatarias ya no se volverán a escribir, esos sobres y su contenido siguen representando para mí la magia de la comunicación por medio de la escritura y la emoción del mensaje lanzado al vacío con la confianza y la certeza de que alguien lo llevará a su destino.

Por suerte, hoy día, en perfecta armonía con la comunicación electrónica –que también tiene mucho de magia-, sigo encontrando en mi buzón sobres de papel que contienen lo que la comunicación electrónica no puede transmitir: la calidez de la escritura manual, del trazo único y personal de cada letra, y el tiempo que alguien me ha dedicado con ese ritual que yo conocí de pequeña y que me entusiasmó para siempre.

 
 
 

martes, 17 de junio de 2014

Ya son seis

 
 


 
Sí, amigos, ya son seis. Juguetes del viento cumple seis años este 18 de junio.
 
Hay que ver cómo ha crecido, ¿eh? Parece que fue ayer cuando salió a la luz por primera vez, cuando llegó al mundo, con más miedo que otra cosa.
Y qué endeblito estaba el pobre, sin imágenes, sin comentarios, sin enlaces… no tenía nada y apenas recibía visitas, pero era lógico, porque casi nadie se había enterado de su nacimiento.
Sin embargo, poco a poco empezaron a llegar amigos, todos con muy buena voluntad y cargados de regalos en forma de  palabras amables, generosidad de corazón y sonrisas.
Y así fue creciendo, convirtiéndose en un blog fuerte, cada vez más saludable y más bonito –o eso me parece a mí- y cada vez más contento, porque además de conservar a casi todos aquellos primeros visitantes que vinieron, a lo largo de este tiempo ha seguido recibiendo otros nuevos, que han llegado también con esos regalos que tanto le gustan y algunos más, inesperados y sorprendentes. Alguno de esos nuevos amigos hasta ha viajado en el tiempo para conocerlo desde sus inicios. Y otro, que lo conoce bien,  le hizo un  precioso retrato que refleja a la perfección su sentido y sus orígenes más remotos. 

Todo esto es una maravilla, una sorpresa y una alegría constante, y no saben ustedes lo feliz y agradecido que está. Muchas veces se emociona y todo, que lo he visto yo.
Así que aquí está,  con sus seis años recién cumplidos y animado para seguir cumpliendo más.
Eso sí, si tienen ustedes ganas de seguir acompañándolo, claro.
 
¡Gracias a todos!
 
 
 

sábado, 7 de junio de 2014

Aquí pasa algo

 
Hace unas semanas hablábamos aquí de lo difícil que resulta hacer caso omiso de las recomendaciones, directas o indirectas, que nos invitan a leer tal o cual libro, y de cómo dos señores muy listos me habían inducido inopinadamente a leer una novela de Victor Hugo titulada El último día de un condenado a muerte.
Pues bien, pocos días después de la segunda de esas recomendaciones fui a una de mis librerías  habituales para hacerme con la novela en cuestión.
 
Resultó que no la tenían, así que fui a otra. Tampoco en ésta la tenían, pero me dijeron que podrían pedirla y tenerla allí un par de días después. Así que la encargué, y este detalle no lo cuento como una mera anécdota, sino porque tiene su trascendencia, como después se verá. 
 
Efectivamente, no compré la novela ese día, que era lunes, sino dos días después. El miércoles por la mañana, como me habían dicho, me avisaron de que ya estaba el libro en la tienda.
Por la tarde tenía previsto asistir, junto con unos amigos, a la conferencia de inauguración de la Feria del Libro de mi ciudad –y esto tampoco es mera anécdota-, así que antes de reunirme con ellos pasé por la librería y recogí mi ejemplar de El último día de un condenado a muerte.  
 
Durante la conferencia, el primer orador que intervino hizo referencia a varias obras clásicas que tienen en común determinados elementos argumentales. Y una de las obras que nombró  me llamó la atención, porque me eran totalmente desconocidos tanto la obra como su autor, pero sobre todo porque lo poco que de ella dijo el conferenciante me pareció muy curioso e interesante.
Rápidamente saqué del bolso un cuaderno y un bolígrafo y tomé nota. Se trataba de Viaje alrededor de mi habitación (1794), de Xavier de Maistre.
 
Al día siguiente, indagando un poco, supe que este autor, conde de Maistre, fue un militar italo-francés que escribió esta obra mientras cumplía una pena de arresto domiciliario.
Me interesó el librito, sí, lo reconozco, pero me limité a anotarlo en mi lista de futuribles lecturas.
 
Un par de días después terminé el libro que había estado leyendo y, saltándome cualquier clase de orden preestablecido, me lancé a la lectura de El último día de un condenado a muerte, el libro que había venido conmigo a la conferencia.
La edición que compré incluye un interesante prólogo del traductor, y en la página 17  del mismo me llevé un sobresalto colosal  al leer lo siguiente:
“[…] y se han citado dos obras, René de Chateaubriand y Viaje alrededor de mi habitación  de Xavier de Maistre […]”
¿Me creerán ustedes si les digo que casi se me cayó el libro de las manos?
Fíjense bien: no se trataba sólo de que en una conferencia oyera hablar de una obra de la que no había oído hablar nunca antes y que a los pocos días encontrara en un libro una referencia a esa misma obra. Es que el libro en el que encontré esa referencia estaba conmigo en la conferencia, recién adquirido.
 
A la semana siguiente volví a la librería en busca de otro libro en el que tenía interés desde hacía tiempo. Lo localicé en seguida y, como tenía tiempo disponible, me entretuve “viajando alrededor de la librería”. Y curioseando por allí vi un libro determinado, no recuerdo cuál, que quise hojear. Lo saqué del estante y junto con él salió hacia fuera el que estaba a su lado.
Lo cogí para dejarlo en su sitio y al ver la cubierta se me aflojaron las manos otra vez: era Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre.
 
Ya se imaginarán ustedes que no fui capaz de dejarlo allí, claro, porque  el libro se estaba esforzando mucho para que yo lo leyera. Llevaba días persiguiéndome, y viendo que yo no terminaba de hacerle caso, optó por arrojarse al vacío desde su estante para caer en mis manos. Y todo eso tiene mucho mérito y ablanda el corazón más duro.
  
Pero, dejando a un lado el romanticismo, estaba yo pensando en esta caprichosa serie de coincidencias, en las sorprendentes manifestaciones del azar, cuando, desde las páginas de su libro, el propio Xavier de  Maistre vino a darme su opinión al respecto. Me dijo:
“Pero yo no creo en el azar, en esa triste ironía, en esa palabra que no significa nada."
 
Y ya no sé qué pensar.
 

 

-Victor Hugo. El último día de un condenado a muerte. Editorial Valdemar, 2011.
Traducción de Mauro Armiño.
-Xavier de Maistre. Viaje alrededor de mi habitación. Editorial Funambulista, 2011.
Traducción de J. M. Lacruz Bassols


lunes, 26 de mayo de 2014

Cuento. El viajero


La primera vez que vi  a Manuel fue en una conferencia literaria.
La sala estaba llena, no había asientos libres y estábamos los dos de pie, como muchas otras personas. Pero era evidente que Manuel se encontraba muy incómodo.
Intentaba cambiar de postura cada poco tiempo, pero parecía no encontrarse bien de ninguna manera. Vi entonces su bastón e imaginé que le dolían las piernas.
En un par de ocasiones, cuando aplaudíamos las palabras del conferenciante,  nos miramos, y por encima de su gesto de dolor vi que sonreía y asentía con satisfacción.
Siempre he pensado que la literatura, las palabras bien elegidas y las ideas bien expresadas tienen poder curativo, y en esta ocasión me lo pareció más que nunca.
 
Cuando terminó la conferencia lo vi alejarse, una mano ocupada con el bastón, la otra con un libro. Y pensé que si por algún motivo ese hombre se viera obligado a dejar una mano libre, soltaría el bastón.
 
Unas semanas después lo volví a ver en otro acto literario. Reconocí al momento su andar inseguro, su nariz intrépida y su pelo recortado y peinado con precisión de ingeniería.
A la salida lo vi hablando con alguien a quien yo conocía, y así fue cómo supe su nombre y que amaba la literatura por encima de todo.
Y al rato, en su cafetería favorita, me hablaba de Italo Calvino, de Victor Hugo, de Melville, de Swift, de Walser; de Don Quijote, de La Cartuja de Parma, de Robinson Crusoe
Y hablaba de tal manera que fue como si yo no hubiera conocido hasta entonces nada de todo aquello. Y comprendí que aquel hombre tambaleante era un viajero que no necesitaba pies ni alas que lo llevaran. Que su nave eran los libros y su pasaje la imaginación.
 
Muchas veces más me volví a reunir con él en aquella cafetería, y siempre lo vi igual, con un libro entre las manos y el bastón a un lado, olvidado, innecesario cuando viajaba.  Y siempre me hablaba de los lugares que visitaba, de los personajes  con los que iba y de cómo se sentía parte de las historias que leía.
 
Hasta que un día desapareció. No volví a verlo en actos literarios ni en el café. Pregunté a los amigos pero nadie sabía nada cierto de él. Decían que se había marchado de viaje, unos creían que a algún país extranjero; otros, que a la morada definitiva.
Pero a mí me gusta pensar que ahora Manuel vive en un libro, que consiguió entrar en alguna de sus historias favoritas, que es uno más de sus personajes y que lleva el bastón solo porque resulta elegante.
 
 
 

 

sábado, 10 de mayo de 2014

Atención: Pelibro


Siempre se ha hablado  de los  peligros que acechan a los libros. Entre los clásicos, es decir, entre los peligros clásicos, están el fuego, el agua, los roedores y otros bichos más innobles aún; y, por supuesto, la intolerancia, el fanatismo y el afán de controlar el pensamiento, que prohíbe, esconde y destruye.
Y entre los peligros más modernos siempre se nombra al pobre libro electrónico, que, según algunos, acabará con su hermano mayor, el libro de papel, como si hubiera entre ellos una rivalidad bíblica.
En realidad, creo yo, el peligro más peligroso es la  falta de interés por la lectura. Eso sí que haría desaparecer los libros, si la cosa alcanzara dimensiones apocalípticas.
 
La cuestión es que se habla de los peligros que acosan a los libros, pero  no suele hablarse del peligro que los propios libros representan, es decir, de lo peligrosos que son ellos para los lectores.  
Porque los libros a veces se comportan como tiranos. Y lo peor de todo es que nosotros nos sometemos con gusto a esa tiranía. No lo podemos remediar.


Robert Louis Stevenson
Ya hemos dicho  otras veces que los libros tienen sus propias artimañas para llegar hasta nosotros. A veces, pobrecitos, es porque se sienten solos, ignorados o en peligro, y es lógico que hagan lo que puedan para llegar a nosotros, para hacer que los rescatemos, y eso no se les puede reprochar.
Lo que no está bien es que se aprovechen de nuestra debilidad.
Una de las tretas de las que se valen para hacerse con nuestra voluntad es lo que se denomina referencia. La referencia es menos tajante que la recomendación, pero a veces la sutileza cala más hondo que la contundencia. Y cuando alguien en cuyo criterio confiamos nos refiere algún libro, aunque sea de pasada, el efecto puede ser importante.
Es lo que me ha pasado a mí recientemente, que dos personas muy apreciadas me han hablado en poco tiempo de una misma obra. Quizás las conozcan ustedes: son Robert  Louis Stevenson y Fiodor Dostoievski.

Dostoievski

Resulta que el señor Stevenson, con su chaqueta de terciopelo y su melena, me habló, a través de uno de sus ensayos literarios, de una novela que yo no conocía titulada El último día de un condenado a muerte, escrita por otro insigne caballero llamado Victor Hugo. Stevenson no la considera entre las grandes obras del francés, pero a mí el título me resultó tan sugerente, intrigante y emocionante que me entraron unas ganas irresistibles de leerla.
Y poco después llegó Dostoievski, con su mirada perdida y su barba de ogro, refiriéndose, en la nota introductoria que escribió para su novelita La dulce,  a la misma obra de Victor Hugo y en términos bien elogiosos.
Esta segunda referencia, tan cercana a la anterior, me convenció de que, por alguna razón, el dichoso libro estaba empeñado en que yo lo leyera. Así que El último día de un condenado a muerte está ya en mis estantes, en el lugar reservado a las lecturas inminentes, y además sabe que se ha colocado por delante de otros que ya estaban ahí antes.
Sí, los libros tienen voluntad propia, poder sobre nosotros e incluso sobre sus cómplices, y además son conscientes de su poder. Por eso a veces dan un poco de miedo.

Victor Hugo
 
Post Scriptum: Quizás recuerden ustedes que no hace mucho hablamos aquí de cómo todo parece estar conectado con todo, y de cómo muchas de esas conexiones a mí personalmente se me presentan con frecuencia y de manera asombrosa ligadas al mundo de la literatura.

Pues bien, mientras preparaba esta entrada, ayer tarde, recordé que otra de las novelas de Victor Hugo referidas por Stevenson en su ensayo es El hombre que ríe, lo cual a su vez me llevó a acordarme  de una antigua película del mismo título, interpretada por el maravilloso Conrad Veidt. 
Me pregunté entonces si dicha película sería una adaptación de la novela, y comprobé que, en efecto, así es.
Tras esta comprobación dejé en reposo el borrador y me puse a leer el libro que tengo estos días entre manos (El cuarto de las estrellas, de J. A. Garriga Vela). Iba por la página 116, y en la 117 me encontré con lo siguiente: “Mi madre guardaba mucha similitud con el protagonista de la película muda El hombre que ríe.”

Yo también me quedé muda. Y muy seria.

 

martes, 22 de abril de 2014

Otras dos



He añadido dos nuevas adquisiciones a mi colección de palabras fastuosas. Dos palabras colosales que resonarían con perfecta musicalidad en una imaginaria orquesta fonética.
La primera suena como campanillas tubulares de metal: inconsútil.
La primera vez que supe de esta palabra quedé prendada de ella por su sonoridad y quise entonces saber qué se escondía detrás de tal melodía.
Me pareció una palabra suave y delicada, y precisamente se utiliza en ocasiones como sinónimo de sutil, vaporoso, delicado. Pero esto no es lo correcto, pues en realidad inconsútil significa “sin costuras”, “no cosido”, y suele usarse para referirse a la túnica de Cristo: “los soldados se llevaron la vestidura inconsútil”; “la Virgen María elaboró la túnica inconsútil de Jesús”.
 
Pero supongo que puede aplicarse a todo aquello que se presenta firme, uniforme, sin añadidos y sin fisuras. Como el amor verdadero.
 
Ah, y le pregunté al sabio Corominas por el origen de esta bella palabra, y me dijo que es  un derivado negativo del latin consutilis, “que se puede coser”, que deriva a su vez de consuere, “coser”.
 
 La segunda suena, me parece a mí,  como un xilófono soprano: pignoraticio.
Cuando me encontré con esta palabra, inesperadamente, de sopetón, me alteré un poco, lo reconozco. Me pareció tan extraña y curiosa, tan sorprendente y sonora, que por un momento me quedé perpleja:  me fascinó esta palabra tan vibrátil y eufónica y lamenté que hubiera pasado desapercibida para mí hasta entonces.
Pero nunca es tarde si la dicha es buena, dicen los refraneros, así que me puse manos a la obra a aprender lo que pudiera sobre ella, para usarla con convicción en cuanto tuviera la menor oportunidad.
Y así me enteré, por ejemplo,  de que tiene dos amigas igualmente estrafalarias: pignoración y pignorar. Y todas ellas se refieren a la idea de empeño, hipoteca, cesión, traspaso.
Es decir, que si vamos a una casa de empeños y dejamos allí algún objeto en prenda, podremos decir que hemos hecho una pignoración o una transacción pignoraticia.
Eso es hablar con propiedad.
 
-Buenas, venía a pignorar el reloj de mi tatarabuelo.
-Pues pignorado queda, buen hombre.
 
Y todo esto se debe, según he aprendido, a que en latín pignus significa garantía o prenda, y por lo tanto dejar en garantía o en prenda es dejar in pignus de donde tenemos empeño. Y el plural de pignus es pignora.
 
Supongo que en sus respectivos ámbitos naturales (el religioso y el financiero o mercantil), estas palabras serán de uso común y no llamarán la atención. Pero vistas desde fuera resultan muy exóticas y llamativas. Y es muy emocionante encontrar, cuando menos se espera, una palabra nueva, una sorpresa léxica.
Es algo parecido a recuperar por un momento la alegría de cuando éramos pequeños y aprendíamos palabras nuevas constantememente, y con cada palabra nueva el mundo se hacía un poco más abarcable, un poco más comprensible.
Y cuando además las palabras nos revelan su esencia y su por qué, a mí me da la sensación de que ya cualquier cosa se puede explicar. Y eso tranquiliza mucho.