sábado, 5 de abril de 2014

El libro justo


Solo obtienes algo de los libros si eres capaz
de poner algo tuyo en lo que estás leyendo


Suelo decir que tengo mucha suerte porque no conozco más que a personas estupendas e interesantes que además me tratan muy bien.  Y también tengo la suerte de que con los libros me pasa más o menos lo mismo.  
Últimamente he leído varios de esos que nos absorben y acaparan nuestro interés de manera excepcional. De esos que invaden nuestros pensamientos y parece que nos llaman como diciendo “venga, ven a leer otro ratito”. Y nosotros vamos, claro.
Y de uno de esos libros quería hablar aquí. Se trata de La mujer justa, de Sándor Márai, que, al igual que El último encuentro, me ha parecido una lección magistral, un curso intensivo sobre la vida y el ser humano.

 
De pronto vemos con claridad todo el entramado de la vida: desaparecen entre bastidores personas que creíamos importantes, y del fondo en sombras emergen otras de las que no sabíamos nada, pero en cuanto aparecen sabemos que estábamos esperándolas, y ellas a nosotros, en un destino común…
 
 
Estoy convencida de que Sándor Márai lo sabía todo, que conocía todos los secretos de la vida, del mundo, de los hombres y de las mujeres, y me parece que cada página de sus libros lo demuestra: cada frase es una revelación sobre la naturaleza humana, y en cada párrafo encuentro observaciones que parecen indicar un camino, el camino más adecuado por el que transitar.  Entonces me imagino al señor Márai escribiendo, y mentalmente le doy las gracias por haberse tomado el tiempo y el trabajo de dejar por escrito para nosotros, para mí,  todo lo que sabía y que era capaz de expresar con tanta precisión y claridad.
 
Parece que en la vida todo ocurre al ritmo de un cronómetro invisible: no se puede decidir nada ni siquiera un segundo antes de que las cosas y las situaciones hayan decidido por sí mismas… Actuar de otra forma es insensato, forzado, inhumano, puede que hasta inmoral. La vida se encarga de tomar las decisiones de una forma maravillosa y sorprendente… y entonces todo resulta sencillo y natural.

Algunas personas llegan a tener una visión muy nítida de la mente y el corazón. Estas personas conocen al ser humano tan en profundidad que parece que las almas de sus semejantes no tienen secretos para ellas.
Y eso parece cuando leo las  palabras de Sándor Márai, y siento que él, como todos los autores grandes, los verdaderos escritores, se está dirigiendo a mí a través del tiempo, que está hablando para que yo lo escuche y comprenda. Porque sabe lo que yo necesito entender y me lo explica, así de simple.
Aunque esto suene exagerado,  quiero decir que sus obras tienen ese alcance y esa universalidad que hace que lectores de distintas épocas, de experiencias distintas, de intereses diferentes y de índoles dispares, nos sintamos incluidos en sus historias e interesados por sus personajes, a través de los cuales nos desvela los misterios del mundo.
 
[…] es imposible vivir sin la certeza de que en el mundo hay una persona para la que se es imprescindible.
 
Es la grandeza de la auténtica literatura, que se mide por el alcance de su rayo esclarecedor, de la luz que irradia y que llega a todos pero nos ilumina a cada uno de manera individual y única.
Por eso hay momentos en que llegamos a creer que algunas cosas fueron verdaderamente escritas para nosotros. Y la sensación es imponente.

En la vida diaria basta con que seamos modestos y nos esforcemos en conocer nuestros verdaderos deseos e inclinaciones, y en admitirlos sin sentir vergüenza. Y en conciliar nuestras aspiraciones con las posibilidades que nos ofrece el mundo.
 
Los personajes de La mujer justa se preguntan si será cierto que en algún lugar vive la persona justa y perfecta para cada uno.
Yo también me lo pregunto, pero de lo que no tengo duda es de que sí existe el libro justo para cada persona y en cada momento. No hay más que saber reconocerlo cuando lo vemos.
 
 


Las citas corresponden a la edición de Salamandra, 2012.
Traducción de Agnes Csomos.

sábado, 22 de marzo de 2014

Cuento. La bombonera azul

  
La casa de mi tía Rosita era un lugar especial. Olía a perfume y todo estaba siempre muy limpio. Los suelos parecían  espejos y los espejos ventanas abiertas a un mundo real.
Mi tía Rosita también olía a perfume y cuando me daba un beso casi me mareaba.
Hablaba con una voz muy suave que parecía siempre a punto de apagarse, como una vela de cumpleaños, y sus movimientos eran tan sosegados que la pulsera que llevaba apenas se movía.

Algunas veces mi tía me preguntaba si quería un caramelo. Entonces se levantaba, iba a otra habitación y volvía con uno, uno solo, cogido con dos dedos que parecían de nácar.
Se inclinaba y me decía:
-Toma, bonita. Te lo cambio por un beso.

Y a mí aquellas palabras, pronunciadas siempre de la misma manera, me parecían la fórmula mágica de algún hechizo.
Mi tía tenía muchos objetos que me fascinaban, como un reloj de arena y un libro con las tapas en relieve. Pero lo que más me atraía de todo era una bombonera de cristal tallado, de color azul, que destellaba como un diamante.

La primera vez que me fijé en ella le pregunté:
-¿Qué es esto, tía Rosita?
-Eso es una bombonera. La tengo desde que era pequeña como tú –respondió.
 
Siempre que íbamos a su casa nos sentábamos a la mesa, y mientras mi tía y mis padres charlaban y tomaban café, yo, con una magdalena que me duraba toda la tarde, contemplaba embelesada la bombonera.
Me resultaba un objeto enigmático, tan reluciente, tan perfecto, y hasta creía que si la abría saldrían de su interior unos rayos de colores, una música misteriosa o un soplo de polvos brillantes.
Quería levantarme y acercarme al mueble, tocar la bombonera con las dos manos y abrirla despacio para ver qué había dentro, para ver qué salía de allí.
Pero nunca me atreví. Temía romperla y que ocurriera algo terrible, y también porque yo quería que siguiera allí para poder mirarla.
 
Un día, estando en casa, le pregunté a mi madre:
-Mamá, ¿la tía Rosita quién es?
-¿Cómo qué quién es? Pues es tu tía, la hermana de papá –dijo mi madre.
 
Pero eso ya lo sabía yo. Mi pregunta buscaba otra respuesta, porque yo estaba convencida de que mi tía no era una persona como las demás.
-Pero ¿ella qué hace cuándo nosotros no estamos en su casa?
-Pues lo que hace todo el mundo, hija –dijo mi madre-. Trabaja, va a la compra, duerme… como todo el mundo.
 
Aquella respuesta no me servía tampoco, porque mi tía no era como todo el mundo, así que yo no creía que hiciera lo mismo que los demás.
Entonces pregunté otra cosa:
-Mamá, ¿tú sabes qué hay en la bombonera?
-¿En qué bombonera?
-En la bombonera azul de la tía Rosita –dije, decepcionada por la duda de mi madre, porque para mí no había en el mundo más bombonera que aquella.
-Pues no sé –dijo mi madre-. Cualquier cosa. O a lo mejor no hay nada.
Y añadió:
-Pero no le preguntes, ¿eh? No se debe curiosear en las cosas de los demás.
 
Me conformé con la idea de no preguntarle a la tía Rosita, pero que dentro de la bombonera no hubiera nada me parecía imposible de aceptar. ¿Cómo no iba a haber nada allí dentro? ¿Para qué serviría algo tan especial si no era para contener algo especial?
 
En la siguiente visita, antes de marcharnos,  mi tía me dijo algo que me sorprendió y me entusiasmó de tal modo que por un momento dejé de respirar.
Me dijo que sabía cuánto me gustaba la bombonera y, cogiéndola del mueble con mucho cuidado, me la dio.
-Ahora es tuya –dijo-. Espero que la tengas durante mucho tiempo.
Yo no dije ni una palabra, solo recibí la bombonera y la sostuve entre mis manos como si fuera un pajarillo caído del nido.
Pensé que a continuación mi tía me contaría algún secreto o me daría instrucciones especiales o me pediría alguna promesa.
Pero  no me dijo nada más.
Cuando llegamos a casa fui a mi habitación y me senté en la cama con la bombonera en las manos. La miraba sin cansarme, sin creer aún que fuese mía.
Y entonces la abrí. Levanté la tapa muy despacio esperando descubrir algún secreto, preparándome para ver algo extraordinario.
 
Pero no ocurrió nada. La bombonera estaba vacía y solo se veía el cristal del que estaba hecha, tan pulido y brillante que parecía líquido.
En ese instante me sentí desilusionada, pero este sentimiento duró poco porque enseguida comprendí, sin palabras, que el misterio de aquel objeto estaba en sí mismo, en su capacidad para emocionarme y hacerme soñar.
No, no estaba vacía: es que lo que contenía no estaba dentro.
 


 
 

martes, 11 de marzo de 2014

Historias y sensaciones

 
"...y sobre todo aquella otra historia, la mejor, la que ella desprendía de lo leído..."
(De ninguna parte)
 
Desde hace mucho tiempo siento gran admiración por Ana Mª Matute, como escritora y como persona.
Admiro, no podía ser de otra forma, su genio creativo, su espíritu poético y  también su sencillez, la poca importancia que parece concederse.

El pasado día 6 tuve la gran suerte de asistir a una charla de doña Ana Mª en la que conversó con el escritor Guillermo Busutil.

Ana Mª Matute y G. Busutil.
Centro Cultural G. del 27. Marzo 2014
Foto cedida por Guillermo Busutil
Este acto formaba parte de un homenaje al poeta Jaime Gil de Biedma, con quien ella tuvo gran amistad durante muchos años.
 Y hablando de su amigo compartió con la audiencia anécdotas, recuerdos, impresiones y opiniones de la literatura y de la vida, con la espontaneidad, el encanto y la lucidez que son, al margen de su talento literario, señas de identidad de la autora.
 A mí, creo que como a todos los asistentes, me encandiló con su naturalidad, su ternura y su firmeza de temperamento, que no está reñido lo uno con lo otro.
Y me emocionó con muchas de las cosas que contó y que dijo, porque vi en ella a una niña; a la niña inteligente, lista, sensible y artista que fue y que, diría yo, no ha dejado de ser.
Durante la charla dijo que hay personas que son amigas “de manera natural”, que con solo mirarse la primera vez que se ven sienten que son amigos.
Yo sé que esto ocurre así -es lo que Herman Melville llamó “amistad a primera vista”- y, tal vez porque lo sé, la comprendí muy bien y me gustó tanto su manera de decirlo.
Contó también, respondiendo a un comentario de Busutil, que precisamente Gil de Biedma le decía que ambos eran unos Peter Pan. Y ella confirmó que así era, que se resistían a crecer, a convertirse “en uno de esos”.
También sé yo lo verdadero que esto puede ser. Por eso, cuando contó que ella tenía una casa de muñecas pero no la usaba para muñecas, sino “para que vengan los gnomos”, me sentí una niña yo también, deseando que algunas cosas pudieran ser realidad.
 
De los cuentos -tal vez cuentos de hadas- que he leído de Ana Mª Matute -Carnavalito, Caballito Loco, Las mujeres...- recuerdo, más que los argumentos, más que las historias,  las sensaciones que tuve al leerlos la primera vez, hace muchos años.
Son sensaciones de gran ternura, de tristeza y de compasión, pero al mismo tiempo de esperanza y de alegría por las cosas buenas  del mundo y de la vida.
 
Y yo creo que ese es el poder de la verdadera literatura y lo que la distingue: que produce sensaciones, impresiones y sentimientos que perduran en el tiempo, que se quedan con nosotros y tal vez hasta cambian algo, siempre para mejor, en nuestro interior.

"Una dulce y dorada neblina flotaba entre los troncos de los árboles, acariciados por el viento y la luz del mar."
                                                                                                                              (Paulina)

sábado, 1 de marzo de 2014

Parejas complejas, 9


Hay parejas muy complejas, como las formadas por embestir e investir,  latente y patente, flagrante y fragante, etc.
Y hay también parejas realmente complejas  en las que las palabras son no solo muy parecidas en la forma y en el significado, sino que  además se pueden usar  en los mismos contextos. Recordemos como muestra el  terrible ejemplo de alimenticio y alimentario.

Estos son los casos más peligrosos, las palabras más revoltosas del diccionario, que se deleitan en confundirnos y hacernos resbalar en el fino hielo de la paronimia.
Recuerdo el lío que me armaron dos de estas la primera vez que me encontré con la guerra de secesión americana después de haber oído hablar de la guerra de sucesión de Enrique IV.
Más tarde supe que este fenómeno se produce por esa característica singular que tienen algunas palabras, característica que aquí, siguiendo a los grandes lingüistas del mundo, solemos denominar mala idea.

 
Recientemente utilicé en un texto la palabra pastoral, con el sentido de bucólico, de lo relativo a los pastores y al campo.
Pero en seguida la duda, tan prudente ella, se presentó ante mí, alzando su mano al tiempo que decía: “¿Y no será pastoril?”, porque me acordé de la carta pastoral y el báculo pastoral, que no se usan en el contexto campestre sino en el religioso.
Y la duda no era infundada, no, porque fíjense ustedes:
 
pastoril: 
-propio o característico de los pastores.
pastoral:
-perteneciente o relativo al pastor (de ganado). Literatura, música pastoral
-perteneciente o relativo al pastor (prelado)
-perteneciente o relativo a la poesía en que se pinta la vida de los pastores
-especie de drama bucólico, cuyos interlocutores son pastores y pastoras
-composición pastoril, literaria o musical.

Según esto, pastoral es aplicable tanto en el contexto de los pastores del campo como en el contexto religioso, mientras que pastoril solo se utilizará en el contexto campestre.
Es decir, lo pastoril es también pastoral, pero lo pastoral no siempre es pastoril.
Creo.

Es verdad que el diccionario es muy útil y muy bonito, y que casi siempre nos saca del aprieto -o brete- semántico. Pero también hay que reconocer que a veces, después de leer las definiciones, sigue sin quedarnos muy clara la cosa, y como ejemplo baste citar el ominoso caso de expurgar y espulgar.
 
Es lo que ocurre con la siguiente pareja, que incide otra vez en lo bucólico.
Un día en una novela me encontré con la frase:
 
“Dos veces por semana había jiras campestres…”
 
A pesar de lo que pueda parecer, no me asusté al leer tal cosa. No, porque yo sabía que la palabra jira, con jota, es algo así como un picnic.
Pero para conocer los significados precisos de este término y de su homófono fui al diccionario, donde encontré lo siguiente:
 
jira:
-banquete o merienda, especialmente campestres, entre amigos, con regocijo y bulla.
gira:
-excursión o viaje de una o varias personas por distintos lugares, con vuelta al punto de partida.
 
Por lo tanto, si yo voy a algún sitio con unos amigos a merendar, entonces diré que hemos hecho una jira. Pero si vamos  a comer a un sitio y a merendar a otro,  ¿habremos hecho una gira?
 
Pero lo más grave de las parejas complejas –y lo más gracioso-, es cuando  el propio lenguaje sufre las consecuencias de las trampas que tienden las palabras.
En una ocasión hice una búsqueda en Google sobre palabras homófonas, esperando encontrar ejemplos del tipo gira y jira, tubo y tuvo; poyo y pollo, etc. Pero  encontré algo mucho más divertido, y sin tilde ni nada:

 

Al ver esa joya no pude evitar añadirla a mi colección. Era un caso espectacular de pareja compleja y premio gamba todo en uno, un rizar el rizo del alboroto semántico, el colmo del metalenguaje.

Quién sabe, quizá fue un lingüista traicionado por una pareja compleja el que inventó aquello de "En casa del herrero..."


 

martes, 18 de febrero de 2014

Cuento. El regreso


La felicidad es un lugar solitario
(Eloy Tizón)

-A Jacinto lo recordaba yo muy diferente, más gordo, con un chaleco gris. Fumaba en pipa, más que nada para hacerse el interesante, y también recuerdo que solía llevar una gorra, de esas de tipo inglés.
Parecía satisfecho, aunque en realidad aquí no era feliz; esto se le quedaba pequeño a un hombre de sus ambiciones: quería ganar mucho dinero y que su nombre saliera en los periódicos. Así que se fue, hace años, diciendo que no volvería a poner un pie en este pueblucho.
Pero ahora ha vuelto, imagínese usted, para abrir de nuevo la biblioteca. Lo nunca visto. Un pueblo casi abandonado donde solo quedan cuatro viejos, la mitad con cataratas, y viene Jacinto a abrir la biblioteca.
Yo creo que acabó escarmentado de los negocios, de la gente. Y mire, ahí lo tiene, que parece que lo han vuelto como un calcetín: sin chaleco, sin gorra, sin pelo, y hasta parece que ya no fuma.
Lo que no termino yo de entender es por qué querrá abrir la biblioteca.
-Será por nostalgia. Como la fundó su padre…
-Será por eso, pero cuando vivía aquí no entró ni una vez. Decía que los libros no servían más que para coger polvo.
-Buenos días, señores.
-Buenos días, Jacinto. ¿Cuándo abre usted la biblioteca?
-En cuanto limpie un poco y vea los libros que hay.
-Pues habrá los mismos que cuando estaba su padre, porque ha estado cerrada desde que él murió.
-Sí, pero como yo antes no era bibliófilo… o sea, que no me gustaban los libros. En cambio ahora, lo que son las cosas, no hay nada que me guste más que sentarme a leer un libro y que nadie me moleste. Por eso la biblioteca me ha hecho volver.
-Pero usted sabrá que ahí no va a entrar nadie, ¿no? Que aquí no hay público para una biblioteca.
-Ah, claro, si eso es lo que yo quiero, que no entre nadie… Ah, vamos, que ustedes creían que yo iba a abrir la biblioteca por filantropía… o sea, por amor al prójimo. No, qué va. La quiero para mí, para encerrarme a leer y olvidarme del mundo.
Una biblioteca solitaria en un pueblo solitario. La felicidad definida.
 
 
 

sábado, 8 de febrero de 2014

El brete y la patena

 
Hay expresiones hechas que  empleamos comúnmente -y las empleamos bien-  en cuyo significado literal no solemos reparar.
Son locuciones cotidianas que usamos como un todo, sin detenernos a pensar en sus elementos clave, en el significado propio de estos, al margen de su función en la frase.
Últimamente he estado acordándome, sin motivo aparente, de que hubo un momento, hace tiempo,  en el que, después de haber utilizado algunas de esas expresiones varias veces y haberme sentido como una impostora, me dije que aquello no podía ser, que no podía ir por el mundo utilizando palabras cuyo significado desconocía. Me parecía una falta de decoro lingüístico.
Así que en ese mismo momento  acudí al diccionario sin dilación, como quien acude al botiquín en busca de una aspirina. Porque la ansiedad que me produce tener en el cerebro una palabra que no sé definir es comparable al malestar que produce una cefalea contumaz. Y qué alivio sentí entonces al notar los efectos curativos de las definiciones; qué tranquilidad mental y orgánica.
 
Una de esas expresiones a las que me refiero es “poner en un brete”.
Por ejemplo, si alguien nos pide que elijamos nuestra canción favorita de nuestro grupo favorito, es probable que, ante la dificultad de elegir, digamos “Ay, me pones en un brete”. Y estará bien dicho, porque “en un brete” significa en un aprieto, en una situación sin salida.
Pero ¿qué es un brete propiamente dicho?
En aquella indagación a la que me he referido, me enteré de que un brete es un cepo de hierro que se pone en los tobillos, como esos grilletes que les ponían a los presos y a los esclavos y que hemos visto en muchas películas.
Y más recientemente he sabido también que en América un brete es  una especie de jaula estrecha donde se meten las reses para marcarlas.
En ambos casos se ve claro por qué poner a alguien en un brete significa dejarlo sin escapatoria.

¿Y una patena? Muchas veces, cuando algo está brillante, impoluto e impecable decimos que está limpio como una patena, en efecto. Pero la patena en sí, ¿qué es?
También aprendí en aquella ocasión que una patena es el recipiente de metal noble donde se ponen las hostias durante la misa.
Y es que seguramente más limpio que eso no hay nada.
 
Así fue cómo en aquella ocasión, en un instante, pasé de estar en un brete, atenazada por la ignorancia, a tener la conciencia limpia como una patena, sin el remordimiento de utilizar palabras que desconocía.
Y lo mejor es que el efecto sanador del diccionario dura ad aeternum, al contrario que el de las aspirinas.

 

miércoles, 29 de enero de 2014

Confirmado


En la entrada anterior comentábamos que en el tiempo y en la vida todo está conectado de alguna manera. No creo que hiciera falta confirmar esta impresión, pero en los días subsiguientes a la publicación de dicha entrada, tal confirmación se ha producido de todas formas.
Y sin querer, yo me voy convenciendo de que esas coincidencias y conexiones que a veces nos dejan con los ojos como platos de pizza, están preparadas, aunque me falta averiguar por quién.
Miren ustedes qué cosas pasan:
Hace unos años vi, en la Tate Gallery de Londres,  un cuadro que me fascinó: La muerte de Chatterton, pintado por el  prerrafaelista Henry Wallis en 1856.
Chatterton, Thomas Chatterton, fue un poeta de corta vida y tristísimo final.
Fue un niño precoz, de gran sensibilidad artística e imaginación. Se trasladó a Londres en busca de su oportunidad para vivir de la literatura, pero, a pesar de su talento, se encontró pronto en la miseria, en un desván alquilado que no podía pagar, enfermo y muriéndose de hambre literalmente.  Críticos y editores apenas le prestaron atención. Viéndose en tal infortunio y sin esperanzas, se suicidó con arsénico en 1770. Tenía diecisiete años. 
 
 
Un tiempo después, en un libro del que ya hemos hablado aquí -Los amores de un bibliómano -en un pasaje en el que Field se queja de la crueldad de los críticos literarios, se lee: “mataron a Chatterton, igual que, años después, precipitaron la muerte de Keats.”
Me acordé, lógicamente, del cuadro de Wallis, y La muerte de Chatterton volvió a mí con gran nitidez. Miré de nuevo la foto del cuadro que tomé en el museo. Allí estaba ese joven inerte que tanto emociona, esa imagen que representa al idealista entregado al arte, al mártir del materialismo, como lo consideraron los  poetas románticos.
George Meredith
Por otro lado,  leyendo recientemente los ensayos literarios de R. L. Stevenson  he sabido  que una de sus obras favoritas   era The Egoist, de George Meredith.
 
Meredith es un autor victoriano, no tan popular como otros que todos conocemos, pero muy influyente,  admirado y respetado. Y permítanme la frivolidad de añadir que me parece también un hombre de aspecto muy elegante.
La cuestión es que el nombre de George Meredith empezó a perseguirme como un eco, y pensé que era mi cerebro intentando convencerme de que leyera The Egoist. Así que mientras me hacía con un ejemplar de la novela, me puse a leer sobre el autor para familiarizarme más con él.
Y menuda sorpresa me llevé.
Porque resulta que George Meredith fue, a los veintisiete años, el modelo que posó para Wallis; es decir, es la persona que vemos representando  a Chatterton en el cuadro que tanto me impresionó.
Así se conectan los hechos. Primero vemos en un museo un cuadro que nos atrae de manera especial y que representa a un poeta; después leemos en un libro una referencia a dicho poeta, lo cual  nos  vuelve a traer a la memoria aquel cuadro; poco después leemos otro libro en el que hay una referencia a un escritor al que no conocemos bien, y al buscar información sobre dicho autor, descubrimos que fue el modelo que posó para el cuadro que vimos en el museo.
Y así es como empezamos a sospechar que las casualidades no son tales sino que alguien nos las prepara.
O eso, o es que  el universo es mágico.
Para redondear todo este asunto, dos días después de esto y cuatro días después de haber escrito la entrada anterior, una amiga, que no lee mi blog porque es estadounidense y no sabe español, me mandó, porque le gustó,  una cita de un tal Leonardo da Vinci que dice:
“Aprende a mirar. Te darás cuenta de que todo está conectado con todo”.
 
Y si lo dice Leonardo, quién soy yo para dudar.

 

domingo, 19 de enero de 2014

En ese mismo año


Un día cualquiera y sin saber por qué, me paré a pensar tontamente en que siempre que ocurre una cosa ocurren muchas otras. Es decir, los acontecimientos son constantes, no hay un minuto en el devenir del tiempo ni un lugar del mundo en que no esté ocurriendo algo. Algo importante.
Sin haber vuelto a pensar en esto, hace poco caí en la cuenta de que durante 1895, mientras Eugene Field escribía Los amores de un bibliómano y Stephen Crane La roja insignia del valor, Oscar Wilde era arrestado y juzgado y entraba en la cárcel para cumplir  dos años de condena.
Esto, por cierto, me llevó a preguntarme si Field o Crane llegarían a tener noticia de lo que le estaba ocurriendo a Wilde y, en ese caso, qué pensarían… También recordé lo que pensé aquella vez, que todo  acontecimiento está rodeado de otros. Y sin pretender hacer un listado de efemérides, que se refieren a los hechos de un día concreto, quise hacer una prueba por pura curiosidad.
La prueba consistía en elegir  un año cualquiera y comprobar qué acontecimientos habían tenido lugar durante ese año. Pero para hacer la pesquisa más abarcable y  al mismo tiempo más desafiante, me limité a acontecimientos relacionados con la literatura.
 
El primer año que se me vino a la cabeza fue 1900, quizá por ser un número redondo, quizá por ser el de la muerte de Wilde. Y en mi búsqueda descubrí que en ese mismo año también murió Stephen Crane precisamente, además de Nietzsche y Eça de Queiroz. Pero nació Antoine de Saint-Exupéry y Frank L. Baum escribió El mago de Oz.
No está mal: un poco de magia para compensar.
Entonces tuve curiosidad por saber el año de publicación de la obra más famosa de Saint-Exupéry.  Y al saber que El principito se publicó en 1943, quise ver qué otros hechos literarios tuvieron lugar en ese año. Y, entre muchos otros, vi que uno de mis  escritores favoritos, Roal Dahl,  que también había sido piloto como Saint-Exupéry, fíjense en la casualidad, escribió The Gremlims, el primero de sus maravillosos cuentos de fantasía. Más magia literaria.


Y al igual que antes,  me pregunté qué habrían pensado estos dos hombres de letras, que amaban a los niños y creaban para ellos fantásticos y divertidos mundos, si hubieran sabido que en ese mismo año una niña llamada Anne Frank vivía encerrada en un mundo tenebroso, y que aun así tenía aliento para escribir un diario y para soñar con ir a la escuela.
 
Podría haber seguido así ad infinitum, enlazando una fecha con otra, un hecho con otro, unas personas con otras; pero esto me bastó para pensar que en el mundo, en el tiempo y en la vida todo está conectado de alguna manera; que en el universo no hay un momento perdido, no hay un instante vacío, y que miremos donde miremos siempre encontraremos a alguien haciendo algo de provecho o soñando con hacerlo, porque esa es nuestra naturaleza.
Por eso estoy segura de que  ahora mismo hay alguien en algún sitio haciendo algo bueno para los demás, incluso sin pretenderlo. Por ejemplo, escribir un libro que hará soñar a muchos.
 

jueves, 2 de enero de 2014

Que hablen ellos


En esta ocasión les he pedido a unos buenos amigos míos que me prestaran unas palabras de esas que ellos dicen tan bien; que fueran ellos los que hablaran hoy aquí y nos dejaran unas reflexiones edificantes para empezar el año.
Tres de ellos, Oscar, Sándor y Stefan, que son unos expertos observadores y conocen bien la naturaleza humana y sus laberintos, han elegido unos pensamientos referidos a la amistad y al amor al prójimo.
Por otro lado, Eugene, el alegre soñador, también ha querido hablarnos de amor, pero de amor a los libros, no podía ser de otro modo.
Y John, que es un tipo duro y tierno a la vez, como los bizcochos crujientes, nos ha dejado una escena de atracción humana que se desarrolla entre libros.
Es que saben lo que nos gusta: 

 
“Me senté entre las ruinas de mi maravillosa vida, abrumado por la angustia, desconcertado por el miedo, aturdido por el dolor. Pero no quería odiarte. Todos los días me decía a mí mismo: Hoy debo mantener el amor en mi corazón, si no, ¿cómo podría vivir este día?”
Oscar Wilde. De Profundis (1897)
 
“Y si un amigo nuestro se equivoca, si resulta que no es un amigo de verdad, ¿podemos echarle la culpa por ello, por su carácter, por sus debilidades? ¿Qué valor tiene una amistad si solo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompensa?
 
Sándor Márai. El último encuentro (1942)
 
“[…] este simple propósito de ayudar, de ser útil a otros en lo sucesivo, me infunde ya una especie de entusiasmo. […] Solo cuando uno sabe que es algo también para otros, descubre el sentido y la misión de su propia existencia.”
 
 Stefan Zweig. La impaciencia del corazón (1939)
 
“Risa para mis momentos más alegres, distracción para mis preocupaciones, consuelo para mis pesares, charla ociosa para mis momentos de mayor pereza, lágrimas para mis penas, consejo para mis dudas y seguridad contra mis miedos. Todo esto me dan mis libros, con una prontitud y una certeza y una alegría que son más que humanas. Por eso yo no sería humano si no amara a estos amigos y no sintiera eterna gratitud hacia ellos.”
 
Eugene Field. Los amores de un bibliómano (1895)
 
“La observaba desde las sombras de los oscuros estantes. Ella sostenía un libro […] suspiró y reanudó la lectura. Unos momentos y volví a mirar. Aún sostenía el libro. ¿Y qué libro era? No lo sabía, pero tenía que saberlo para que mis ojos recorrieran el mismo sendero que los suyos.”
 John Fante. Camino de Los Ángeles (1933)
 
 
Gracias, señores.
 


lunes, 23 de diciembre de 2013

Palabras con sorpresa


Las palabras me vuelven loca, y lo digo en sentido figurado y en sentido casi literal.
Me vuelven loca porque me entusiasman y pienso en ellas constantemente. Y me vuelven loca también porque a veces me trastornan, me desconciertan y me confunden.
Recuerdo que hace mucho tiempo me llevé la sorpresa del siglo (del siglo XX) cuando descubrí que la palabra lívido no significaba lo que yo creía y lo que, según he podido comprobar, muchas otras personas creen también. Yo creía que lívido era sinónimo de pálido, así que cuando supe que lívido, del latín lividus, significa  “azulado negruzco”, “amoratado”, me quedé no pálida ni lívida sino boquiabierta.


¿Por qué algunas veces creemos con total seguridad que una palabra significa algo que no significa? Quizá porque alguien la ha empleado de manera incorrecta y así la hemos aprendido. Pero ¿cómo se originó el error? Esto es lo que a mí me parece más intrigante.


Otra palabra que me hizo palidecer de sorpresa cuando conocí su verdadero significado fue cerúleo. Dejándome llevar por una falsa etimología y por mi inagotable ignorancia, había dado por hecho que cerúleo derivaría de cera y que por lo tanto su significado había de ser “parecido a la cera”, “del color de la cera”; vamos, más o menos lo mismo que pálido (que no lívido). Pero hete aquí que se  me apareció el espíritu  del sabio Corominas que me dijo: “Consulta y aprende, muchacha insensata”.
Y así supe que cerúleo significa azul, porque proviene del latín caeruleus que a su vez deriva de caelum, o sea, cielo.
Lo cierto es que gracias a estos sorprendentes descubrimientos, a estos y a otros chascos léxicos, me he vuelto más prudente y hasta diría que recelosa; no me fío así como así de cualquier palabra, e incluso creo que he desarrollado cierta intuición que me lleva con frecuencia a consultar palabras de las que en teoría no tendría por qué dudar.
Y así fue cómo, hace unos días, me las vi con una palabra aparentemente inofensiva. Tan inofensiva como su significado pretende hacernos creer. Me refiero a nimio.
Todos sabemos que nimio es “insignificante, sin importancia”, pero no sé por qué, cuando fui a utilizar esta palabra en un texto escrito, algo me frenó, algo me dijo: “¿Tú estás segura, muchacha insensata?”.
No sé si fue otra vez el espíritu del sabio o no, pero el caso es que me puse a dudar, por lo cual acudí al diccionario y me llevé la sorpresa del siglo (del siglo XXI). Porque resulta que nimio significa, sí, insignificante, pero también todo lo contrario: excesivo, exagerado.
¿Cómo es esto posible?¿Cómo se llega a modificar el sentido de una palabra hasta significar algo opuesto al significado original?  Parece que en el mundo de las palabras todo es posible, y el propio diccionario se lo toma como algo de lo más natural cuando nos explica que este término, del latín nimius, abundante, fue malinterpretado en algún momento y “recibió acepciones de significado contrario”.
Así pues, hoy día esta palabra significa una cosa y la contraria, aunque si consultan un diccionario de sinónimos es probable que solo encuentren equivalencias para la acepción más conocida: intrascendente, insignificante, pequeño, menudo, mísero, trivial.
Aunque no me parece a mí que la cosa sea trivial, sino todo lo contrario.