sábado, 18 de junio de 2016

Corazón de chicle

(octavo aniblogsario) 

Ya ven ustedes, Juguetes del viento cumple otro año más. Y está tan contento  y emocionado que se le alborotan las palabras y casi no sabe qué decir.
Porque cumplir un año más, un año bloguero, no es poca cosa. Al contrario, es una gran cosa, y más si, como en este caso, el blog no sólo sobrevive sino que verdaderamente vive y crece.
Claro que el mérito no es suyo, sino de los lectores. Porque cada visita, cada comentario, cada seguidor y cada minuto que ustedes pasan aquí son una inyección de energía, de vitalidad  y de motivación.

Este año, además, el corazón del blog, que parece de chicle, se ha ensanchado un montón. Faltan algunos nombres de lectores que ya no vienen por aquí (lo cual es algo lógico), pero son más los nombres nuevos que contiene. Y tan maravilloso es que haya nombres nuevos como que el corazón siga incluyendo nombres que llevan años ahí. 
Como siempre digo, yo no dejo de asombrarme, y de dar la gracias, por esa fidelidad, por esa presencia incansable de quienes llevan tanto tiempo viniendo por aquí, algunos desde el principio y muchos sin faltar a una sola entrada.  Y  a eso, teniendo en cuenta las ocupaciones de cada cual, los avatares de la vida y los ires y venires de las circunstancias, yo le doy muchísimo valor.

Además, para mí lo más importante no es que los lectores de este blog sean muchos o pocos, sino su talla personal e intelectual, que se percibe a través de sus comentarios. Muchas veces me han dicho, en vista de esos comentarios, que tengo lectores de lujo,  y muchas veces he dicho yo que lo mejor de mis entradas son los comentarios que reciben. Porque todos aportan grandes cosas a Juguetes del viento: lucidez, ingenio, entusiasmo, curiosidad, originalidad, conocimientos, buen humor, estilo, inspiración…

Por eso, tanto los lectores que llevan mucho tiempo  acompañándome como los que han ido llegando durante este octavo año de blog, hacen que me sienta, de todo corazón, privilegiada.

Con todos estos elementos, ¿cómo no va a estar el blog más fuerte y más guapo cada año? Así que, amigos míos, este nuevo aniblogsario no podría ser más feliz y estimulante.

¡Muchísimas gracias a todos!





martes, 7 de junio de 2016

En busca del autor perdido


Hace un par de años leí un libro titulado Famous Affinities of History,  que es una colección de ensayos sobre historias de amor legendarias:  Marco Antonio y Cleopatra, la reina Isabel y el conde de Leicester, Charles Dickens y Ellen Ternan, Victor Hugo y Juliette Drouet, y muchas otras.

El libro es muy ameno, y nos da una interesante visión del carácter de cada personaje, pero sin  detalles impertinentes. Al contrario, el estilo es elegante, sobrio y con un cierto tono de misterio que hace la lectura absorbente.
El autor de esta obra se llama Lyndon Orr (1856-1914), de quien yo no tenía noticia en absoluto. Y al parecer no era la única, pues busqué información sobre él y no encontré nada.

Sí vi  muchas páginas  donde comprar o leer el libro, que, por cierto, parecía ser el único que este autor había escrito. Pero aparte de esto no encontré ningún dato sobre su persona, salvo las fechas de nacimiento y muerte, que figuran junto a su nombre en las referencias de la obra.

En su momento, por la razón que fuese, abandoné mis pesquisas, pero hace unos días, al repasar el libro, pensé que era muy extraño que no hubiese ninguna información sobre el autor de una obra que se encuentra en la red tan fácilmente. Así que me puse a buscar de nuevo.

Y de nuevo encontré muchos resultados para adquirir, leer e incluso escuchar el libro,  y  algunos otros que  llevaban a personas llamadas también Lyndon Orr pero que no tenían nada que ver con el escritor. Y vi también un resultado que me sorprendió: era un artículo de Wikipedia sobre un tal Harry Thurston Peck. ¿Qué tendría que ver este mister Peck con Lyndon Orr para que saliera su nombre en mi búsqueda? 
Leí el artículo en seguida, pero no había en él ni la menor referencia a Lyndon Orr. ¿Sería aquello un error wikipédico, un enlace equivocado? Me parecía difícil, pero si no era un error, ¿por qué aparecía  “Harry Thurston Peck” al buscar  “Lyndon Orr” si al parecer no había entre ellos niguna relación?

Entonces probé a buscar en Google los dos nombres juntos, y llegué así un sitio en el que aparecía una ficha  del libro en la que leí: Author: Lyndon Orr, Harry Thurston Peck.
“¡Cáspita!”, me dije,  “¿entonces es que Famous Affinities of History es de autoría conjunta?” Pero si fuese así,  ¿por qué en todas las ediciones y referencias que he visto del libro sólo aparece Lyndon Orr como autor?
¿Y  por qué tampoco en el artículo de Wikipedia ni en otras reseñas biográficas que leí sobre Peck se mencionaba tal colaboración?

Entonces pensé en otra posibilidad: Harry Thurston  Peck debía de ser el editor de Lyndon Orr. No en vano  había leído que Peck fue, entre otras cosas, editor.
Pero otra vez me equivocaba.

El caso es que al leer la biografía de Harry Thurston Peck quedé un tanto impresionada, por lo que abandoné momentáneamente mis indagaciones sobre Lyndon Orr para dedicarle mi atención a Peck. Porque resulta que H. T. Peck fue una especie de genio literario caído en desgracia.

Nació en Connecticut en 1856 y fue un estudiante brillante que se formó en París, Berlín, Roma y la universidad de Columbia. Y tras graduarse, en 1888, se convirtió en prestigioso catedrático de latín de la misma universidad. Además colaboraba en periódicos y revistas, escribió numerosas obras propias y fue también traductor, crítico y editor. Era muy respetado y admirado en el mundo académico y periodístico; fue un afamado orador y un escritor muy reconocido en los círculos literarios.

Pero en 1908 todo empezó a cambiar para mal. Su esposa lo acusó de abandono, por el mucho tiempo que dedicaba al trabajo, y se divorció de él. Dos años después,  cuando iba a casarse por segunda vez, su secretaria lo denunció por haber roto su promesa de matrimonio con ella para casarse con Elizabeth du Bois. Peck negó esa promesa de matrimonio que alegaba la secretaria, pero la prensa difundió el asunto, sin importar que fuese verdad o no. Además se publicaron unas cartas de amor presentadas por la secretaria, aunque él insistía en que tales cartas no eran suyas.

A causa de este escándalo Peck fue expulsado de la universidad. Y aunque finalmente la demanda de la secretaria fue desestimada por el tribunal,  la reputación del profesor ya estaba manchada para siempre.
Abandonado por Elizabeth du Bois, arruinado, enfermo e ignorado por sus colegas, Peck sobrevivía con trabajos ocasionales de poca importancia y residía en una modesta habitación, alquilada para él por su primera esposa.
Su estado físico y psicológico llegó a tal grado de debilitación que el 23 de marzo de 1914 Harry Thurston Peck se suicidó de un disparo en la cabeza.

Pero esta triste historia de injusticia y traición no me hizo olvidar lo que me llevó hasta ella: mi búsqueda de Lyndon Orr, búsqueda que hasta el momento sólo me había permitido conocer sus fechas de nacimiento y muerte. 
No sé si ustedes han reparado en un detalle que yo tardé en observar, y es que las fechas de Peck y Orr son las mismas: 1856-1914.
¿Sería éste el motivo por el que los enlaces de internet llevan a Peck cuando se busca a Orr? 
Creo que Google funciona demasiado bien como para eso, así que entonces  ya sólo cabía una posibilidad: que Lyndon Orr y Harry Thurston Peck fuesen la misma persona.

Y esta idea fue cobrando fuerza en mí cuando caí en la cuenta de que había leído, en alguno de los artículos consultados, que Peck escribió a veces utilizando seudónimos. Y también cuando comprobé  que Famous Affinities of History, el libro que dio origen a toda esta pesquisa, fue publicado en 1914, es decir, que fue escrito cuando el nombre de Harry Thurston Peck  ya estaba desprestigiado. Sin duda por ello decidió publicarlo con seudónimo, o se vio obligado a ello.

Y con esta idea en mente, realicé otra búsqueda con nuevos parámetros, esperando confirmar mi teoría.
Y efectivamente, llegué hasta un foro  cuyos responsables se  habían enredado en la misma intriga que yo, y que, después de "mucho trabajo detectivesco", habían finalmente hallado la clave en un artículo del Marion Daily Star del 13 de abril de 1911; artículo en el que se dice que “…Lyndon Orr, que escribe de forma tan amena, y quizás sincera, sobre los grandes romances de la historia, es en realidad el catedrático Harry Thurston Peck”. 

Después, para terminar de confirmar la resolución del caso, encontré un sitio en el que, como autor del libro, figura el nombre de Peck entre paréntesis después del de Lyndon Orr; y otro en el que se especifica “Lyndon Orr pseudonym of Harry Thurston Peck”.

Con el  misterio de la identidad de Lyndon Orr ya resuelto, me paro a pensar y me parece que ésta es una de esas historias que leídas en una novela resultan dramáticas y lacrimógenas. Pero que siendo un caso real, enfada y conmueve.
Y me conmueve no sólo la historia en sí, sino el hecho de que este hombre, que lo había perdido absolutamente todo por culpa de un asunto parecido al amor, tuviese aún aliento para escribir precisamente sobre grandes y apasionados romances.
Quizá es que lo único que no perdió, a pesar de todo,  fue la fe en el amor.


Artículo de prensa de 1914 sobre el suicidio de Peck.


domingo, 29 de mayo de 2016

El villano, el bizarro y el letrado


En varias ocasiones me han preguntado por el  lema que figura en la cabecera de este blog: “Léalo el curioso, ámelo el discreto y abunde en su sentir”. Y parece que eso de “ámelo el discreto” no se entiende bien.
Conocemos la palabra  discreto con el sentido de prudente, moderado, reservado, alguien o algo que no destaca. Pero originalmente esta palabra se refería al que está “dotado de discernimiento”, ya que discreto proviene de discretus que es el participio de discernere
Y éste, claro está, es el sentido que tiene el término discreto en el susodicho lema.

Las palabras, como las personas, cambian a lo largo del tiempo, modificando su significado, perdiendo algunas de las diversas acepciones que puedan tener, o ganando acepciones nuevas. Esto último, de hecho, está ocurriendo en la actualidad a diario, debido a la tecnología. Palabras como subir, bajar, descargar, pirata o piratería, ventana, y tantas otras, tienen ahora significados que no tenían hace un par de décadas. Y esto se ha convertido en algo tan cotidiano que no nos llama la atención.

Más sorprendente nos resulta, quizá, el hecho de que algunas palabras hayan perdido el significado que tuvieron en otras épocas.
El lingüista  David Crystal dice que una palabra puede perder su significado, o uno de sus significados, porque el concepto denominado por ella deja de tener validez para el hablante;  ya sea porque esa palabra adquiere connotaciones negativas, o porque uno de sus sentidos empieza a expresarse con otra palabra que se considera más moderna; o porque los hablantes vamos otorgando nuevas interpretaciones a los conceptos abstractos.
Es decir, los cambios semánticos se producen por motivos psicológicos, sociales y culturales.

Y yo creo que hoy día estos cambios se producen sobre todo por la influencia de otros idiomas. 
Hace algún tiempo hablamos  aquí  de la palabra bizarroEsta palabra, que procede del italiano bizzarro (iracundo, altanero), significa en español “valiente”, “arriesgado” y  también “generoso”:

“Ellas, antes, viéndolo tan hermoso, tan bizarro, tan ardiente…”
(Eduardo Barrios. Gran señor y rajadiablos, 1948)

“Era el recién llegado un caballero bizarro, de noble y elevada estatura y de esbelto tallo; vestía una sencilla armadura…”
(Nicasio C. Jover. Las amarguras de un rey, 1856)

Pero cada vez  con más frecuencia esta palabra se utiliza con el sentido de “extraño, inusual”,  que es el significado que tiene bizarre en inglés. Y así se habla de “concursos bizarros”, “noticias bizarras”, etc.
Así que si sigue extendiéndose el uso de este sentido y la palabra bizarro cambia definitivamente su significado en español, podremos decir que nosotros asistimos en directo a ese proceso de modificación semántica.

villano
El clásico villano
El caso es que donde hay un caballero bizarro suele haber también un villano, por lo que me pregunto si ese tipo “ruin, indigno o indecoroso” ha sufrido  también algún cambio semántico.
Y resulta que sí, porque originalmente el villano, del latín villanus, era el vecino o habitante de una villa o aldea.
¿Cómo pasaría el vecino de la villa a convertirse en un tipo ruin? Como el villano, es decir, el labriego, el hombre del campo, era lo contrario del hidalgo, del aristócrata, supongo yo que si había algún malvado por ahí tenía que ser un villano. Porque bien sabido es que de la nobleza jamás ha salido un bellaco, ¿verdad?

Si leemos libros escritos no hace unos cuantos siglos, sino sólo unas décadas, encontraremos muchos ejemplos de estos cambios semánticos. Debido a esto algunas expresiones nos resultan incomprensibles, o, cuando menos, chocantes. Y éste, por cierto, es uno de los motivos por los que se dice que las traducciones tienen caducidad, como los yogures.
Un ejemplo emblemático es el caso de la novela Los monederos falsos (Les faux-monnayeurs, 1925) de André Guidé. En los años treinta, cuando se publicó esta obra en español, la palabra monedero tenía el significado de “fabricante de moneda”, y la locución monedero falso por lo tanto designaba al falsificador. De hecho  el diccionario de la RAE   recoge tal cual la expresión monedero falso y la define como “persona que acuña moneda falsa o subrepticia, o le da curso a sabiendas”.

Pero hoy día la palabra monedero  ha perdido, al menos en el habla común,  la acepción de “fabricante de moneda” y significa sólo el estuche en el que se guardan las monedas, por lo que monedero falso hoy resulta una expresión extraña e incluso absurda.*

Por cierto, si hemos de vérnoslas con un villano y con un monedero falso, nos convendría contar con un letrado. Pero ojo, un letrado de hoy día, porque originalmente un letrado era sencillamente una persona que  sabía leer y escribir:

“…alto, hermoso, rudo, valiente, emprendedor, poco letrado, pero locuaz en extremo…”
(Pedro Antonio de Alarcón. Buena pesca, 1854)

Y relacionada con las letras está también la palabra letrero, que antes de significar “cartel” o “anuncio”, significó, precisamente, letrado:

“¿Por qué?, dirá el menos letrado o letrero de mis lectores.”
(Ángel Muro. El practicón, 1893).

Estos cambios de significado a mí me fascinan, no sólo por el propio hecho del cambio, que es en sí mismo algo interesantísimo desde el punto de vista lingüístico, sino sobre todo porque  demuestran la conexión tan profunda e indisoluble que existe entre el lenguaje y la vida; entre el lenguaje y nuestra esencia humana. Pues del mismo modo y al mismo tiempo que cambiamos nosotros y nuestra sociedad, cambia el lenguaje,  reflejando y revelando cómo  a lo largo del tiempo se modifican nuestras actitudes, nuestra forma de pensar y nuestra forma de entender el mundo.






*existe ya una traducción actualizada, con el título de Los falsificadores de moneda, realizada por María Teresa Gallego en 2012 para Alba Editorial.


miércoles, 18 de mayo de 2016

Al pie de la letra (una nueva aventura semántica de Pascualito)


Una noche, mientras su madre le ayudaba a ponerse el pijama, Pascualito dijo:
-Mamá, dime una palabra que yo no sepa.
La madre no se sorprendió mucho por esta petición, ya que conocía de sobra la afición de Pascualito por las palabras. Así que, tras pensar un poco, dijo:
-Pacífico. ¿Sabes qué significa pacífico?
-No –dijo Pascualito emocionado. Porque Pascualito se emocionaba cada vez que oía una palabra nueva. Incluso a veces, cuando la palabra le resultaba muy especial, daba un respingo y todo.
-Pues pacífico –dijo la madre– es lo mismo que tranquilo.
Y Pascualito escuchó muy atento todo lo demás que su madre le contó sobre esta palabra. Y así aprendió que además hay un océano que se llama Pacífico y una flor que también se llama así. Y que él era un niño pacífico y que esa palabra está relacionada con la paz.
Qué contento se acostó Pascualito, y qué bien durmió, soñando con niños pacíficos que jugaban a la orilla del mar rodeados de flores.

Unos días después, mientras  su padre le ayudaba a acostarse, Pascualito dijo:
-Papá, dime una palabra que yo no sepa.
-A ver que yo piense… –dijo el padre. Y casi en seguida añadió:
-Peregrino. ¿A que no sabes lo que es un peregrino?
Y mientras negaba con la cabeza, Pascualito abrió mucho los ojos esperando la revelación de este nuevo misterio.

Aquella noche el padre y la madre se preguntaron, sin ninguna preocupación, a qué se debería esa nueva manía de Pascualito de pedir una palabra antes de acostarse, y a continuación cada uno cogió el libro que tenía en la mesita de noche  y se puso a leer.

Al día siguiente la madre le dijo a Pascualito:
-Anda, cielo, traéme las gafas, ¿quieres? Están en mi mesita de noche.
Y Pascualito fue al dormitorio de sus padres, se acercó a la mesita de noche  y cogió las gafas, que estaban encima de un libro. Como estaba aprendiendo a leer y no se resistía a probar con todo letrero que se le pusiera por delante, se fijó en el título del libro: Pacífico. Y Pascualito empezó a hacer conjeturas (aunque él no sabía que esas ideas que se le venían a la cabeza se llamaban conjeturas).
Entonces en la mesita de noche de su padre vio otro libro. Se acercó y leyó el título: El peregrino de las estrellas. Y Pascualito dio por confirmadas sus conjeturas (aunque él no habría sabido explicar tal cosa).

Todo esto de las palabras nocturnas de Pascualito se debía a que unos días antes había oído a alguien decir: “Nunca te acostarás sin haber aprendido algo nuevo”. Y al niño aquello le había parecido algo que había que tomarse muy en serio, como cuando los mayores dicen: “Nunca te acuestes sin cenar”, o  “Nunca te acuestes sin cepillarte los dientes”.
Así que Pascualito, cuando se acercaba la hora de acostarse, se ponía a pensar, y si no recordaba haber aprendido nada nuevo aquel día, pedía una palabra. Porque a él le parecía que lo mejor que se puede aprender son palabras. Ya intuía él que con las palabras se aprende todo lo demás.

Y por eso, cuando vio los libros que sus padres tenían en la mesita de noche,  conjeturó que ellos también seguían el mandato de no acostarse sin haber aprendido algo nuevo, y que para aprender algo nuevo cada día leían libros, que para eso están llenos de palabras.


Hibiscus Pacífico

Aquí, la primera historia de Pascualito

lunes, 9 de mayo de 2016

Detrás de los visillos


En ocasiones, cuando miramos con cierta atención un edificio, nos preguntamos cómo serán esas casas por dentro y qué vidas habrá en ellas. Y entonces nos fijamos en una ventana en particular y sentimos curiosidad por quién vivirá en aquel piso concreto, el de la persiana medio bajada, el del visillo que se agita. Quizá una familia, quizá unos estudiantes, quizá una persona sola. ¿Y quién será esa persona, cómo será su vida?¿Qué estará haciendo en ese momento? Quizá esté leyendo un libro, o hablando por teléfono; quizá esté trabajando en el ordenador, o limpiando el polvo, o viendo una película mientras come. ¿Y qué película estará viendo? ¿Será feliz esa persona? Las preguntas que se nos ocurren son  infinitas, porque la vida de cualquier  persona es un mundo de infinitas circunstancias y posibilidades.

Quizá por las mismas razones los libros de segunda mano tienen un atractivo y un encanto especial. Porque, igual que ocurre con las ventanas, sabemos que detrás de ellos, detrás de sus visillos,  hay personas concretas y reales. Y eso siempre supone un misterio.

Aquí ya hemos hablado en varias ocasiones sobre los libros de segunda mano, y en particular sobre lo mucho que a algunos nos gusta encontrar en esos libros un rastro de quien los poseyó antes. Una huella que representa una pista minúscula sobre  el dueño de ese libro.
exlibrisEse rastro o huella que alguien deja en un libro puede ser cualquier cosa: unas líneas subrayadas, una nota escrita en un margen, un pétalo de flor prensado entre las palabras, un papel con alguna anotación…

La huella más personal que puede tener un libro es el nombre de su dueño, ya sea escrito a mano o en una etiqueta o un sello, es decir, en un ex libris. Y esto es suficiente para que algunos echemos a volar la curiosidad y nos  preguntemos mil cosas sobre esa persona y por qué el libro ya no está con ella.
Porque los libros que llevan esa marca de propiedad, tienen que haber sido muy especiales para alguien:

Cuando veo un libro que lleva su ex libris me siento obligado a tratar ese libro con especial consideración. Lleva consigo el certificado del amor de su dueño […] Muchas veces he pescado libros viejos de los cajones de los mercadillos de libros, los he comprado y me los he llevado conmigo simplemente porque tenían los ex libris de sus anteriores dueños.
(Eugene Field. Los amores de un bibliómano, 1885)


Las librerías de segunda mano son un buen sitio para los libros cuando éstos ya no pueden permanecer, qué más da el motivo, con sus dueños.  Son un lugar donde empezar una nueva vida, donde encontrar nuevos lectores que les den otra vez utilidad. Son la casa de acogida de los libros, donde esperan a que alguien les dé un nuevo hogar.

Creo que encontrar en esos estantes o cajones de saldo libros que tienen uno de esos rastros únicos nos da un sentimiento especial. Nos parecen más olvidados, más solos.
Y también nos dan un sentimiento especial los libros que llevan otra marca, otro “certificado de amor” que no es el ex libris ni la firma de su dueño; que tampoco es una nota al margen ni un recorte de periódico; ni un marcapáginas olvidado ni un pétalo de rosa. Son los libros que tienen una dedicatoria. Y eso sí que hace único al libro.

A mí me cuesta imaginar que alguien que recibe un libro dedicado se deshaga voluntariamente de ese libro. Porque es deshacerse de una muestra de cariño o de afecto. Es como deshacerse de un abrazo.

El caso es que si cualquier libro de segunda mano nos lleva a imaginar y fantasear sobre sus dueños anteriores, los libros con dedicatoria estimulan nuestra curiosidad y nuestra imaginación de doble manera. ¿Quién sería la persona que firma la dedicatoria? ¿Por qué regaló ese libro en particular a esa persona en particular?

Por eso cada vez que he comprado un libro de segunda mano y he encontrado en él un rastro de su vida anterior me ha parecido que el libro tenía dos historias que contarme: la que se narra en sus páginas y la que oculta tras sus visillos.


anton pieck
La librería (Anton Piek, 1930)


viernes, 29 de abril de 2016

Deslones y resbalices


Recuerdo que una vez, preparando un examen con dos compañeros de clase y repasando un tema determinado, dije yo que “en aquel momento, la preocupal principación era…” Los tres nos reímos, claro, pero uno de mis compañeros no tuvo suficiente con eso y, queriendo hacer befa y mofa de mi desliz, él mismo se deslizó cuando dijo: “¿Es que tú no puedes decir de dejar tonterías? Con lo que se cumplió aquello de “en el pecado lleva la penitencia”.

Pero lo importante del asunto no es que el burlón quedase burlado, sino la cuestión en sí del desliz, del resbalón, del lapsus linguae. O, como se dice en inglés, del spoonerism, palabra derivada del nombre de William Archibald Spooner, rector de Oxford en el siglo XIX, que, según cuentan, tenía este tipo de deslices con mucha frecuencia.

cerebro engranajesSi nos paramos a observar de cerca estos errores del habla tan curiosos y tan graciosos, veremos que tienen una “lógica gramatical”, por así decir; que no son unos errores cualquiera sino que siguen un patrón, y que encajan con las leyes gramaticales que, según Chomsky, tenemos impresas en el cerebro, y que denominó gramática universal.

Por ejemplo, en el caso de mi famosa preocupal principación, tenemos dos elementos: preocupación y principal, un sustantivo y un adjetivo, entre los cuales se produce una metátesis -un intercambio de lugar entre los sonidos de los dos elementos- y una anticipación: antes de que yo terminara de pronunciar preocupación mi cerebro ya estaba anticipando la pronunciación de principal, y, con esas prisas, me hizo mezclar ambas palabras.
Pero ¿verdad que “preocupal” y “principación” suenan a sustantivo y adjetivo? ¿Que podrían perfectamente ser  un sustantivo y un adjetivo reales? Eso es porque la estructura de estas palabras, aunque sean erróneas, se ajusta a las estructuras que esperamos que tengan sustantivos y adjetivos, y como tales están colocadas en la frase.
Es como si completáramos un puzle con piezas que no le corresponden pero que encajan perfectamente en el todo porque tienen la forma y el tamaño adecuado.

Lo mismo ocurre con el lapsus de aquel compañero burlesco: decir de dejar tiene la misma estructura que dejar de decir, dos verbos en infinitivo conectados por una preposición. Una estructura —una perífrasis verbal— perfectamente acorde con esa “gramática mental” o “gramática intuitiva” que todos tenemos y que nos hace percibir como naturales o extrañas las construcciones gramaticales que nos salen al paso. Aunque no sepamos qué es una preposición ni un infinitivo ni nada semejante.
  
Podríamos decir que nuestro cerebro, cuando comete este tipo de errores, está haciendo juegos de palabras por su cuenta, sin contar con nuestra intervención consciente; pero que esos “juegos de palabras”, como tales, conservan la lógica y el funcionamiento propios de nuestras estructuras lingüísticas. Y seguramente por eso, cuando oímos algún desliz de este tipo lo identificamos como lo que es y nos damos cuenta de cuáles son las palabras que se han mezclado en esa ocasión. Como cuando alguien dijo “te lo sagro por lo más jurado”.

Todo esto a mí me parece una prueba más de lo mágico y maravilloso que es el lenguaje humano; de cómo su articulación, sus mecanismos, sus trucos y recovecos, son una fuente sin fin de sorpresas, un pozo sin fondo de posibilidades. Algo que, siendo tan nuestro, tan inherente a nuestra condición humana y tan cotidiano, sigue teniendo al mismo tiempo secretos y misterios que nos sorprenden a cada momento.

Y todo esto también me hace pensar en una de las características esenciales del lenguaje humano: la arbitrariedad. 
Pero ése es otro tema del que, si acaso, podríamos hablar en otra ocasión.


engraved words



lunes, 18 de abril de 2016

Una pelota de colores

Cuento

Para una niña pequeña, un niño más pequeño aún es casi como un muñeco viviente, un compañero de juegos ideal.
Yo tendría cinco o seis años, y aquel niño, rubio y delicado, tres o cuatro. Era el hijo de una amiga de mi madre y durante aquel verano fuimos a su casa todos los sábados. Después de merendar, mientras mi madre y la madre del niño pasaban la tarde charlando y haciendo labores, el niño y yo jugábamos en un patio que había junto a la cocina.
El niño era muy risueño, alegre y cariñoso, y yo, aun siendo tan pequeña, sentía una gran ternura por él. Me sentía mayor y protectora.
Casi siempre jugábamos con una pelota que había en el patio; una pelota azul, sucia y blanda que apenas botaba. A mí me parecía una pelota triste, pero al niño le gustaba jugar con ella; se divertía lanzándola  hacia arriba y correteando de un lado para otro, riendo, intentando cogerla antes de que llegara al suelo con aquel sonido flojo y mullido que me hacía reír a mí también.

Un sábado de aquéllos, al salir al patio vi que había una pelota nueva. Era la más bonita que yo había visto; una pelota grande, firme y de colores relucientes; una pelota con ganas de jugar. No había que lanzarla hacía arriba: la hacíamos botar en el suelo y subía  sola, con fuerza, con alegría. Y yo la veía allí arriba, girando y brillando, como una pompa de jabón eterna bajo el cielo del verano.
A mí me fascinaba aquella pelota, pero el niño, sin embargo, no dejaba de lado la azul, y cuando la cogía a mí me parecía que la abrazaba como yo abrazaba a mi muñeca de trapo.

Un día de finales de agosto, cuando mi madre y yo nos marchábamos, la madre del niño me dijo que me llevara la pelota, que el niño ya no la quería. Y yo, creyendo que hablaba de la pelota azul, pensé que tampoco la quería. Pero cuando volvió del patio, la mujer traía en las manos la pelota de colores, la pelota maravillosa. Yo no podía creer que aquella pelota tan especial fuese a ser mía, así, de pronto.
Sin embargo, no llegué a sentir ninguna alegría por aquella sorpresa, por aquel regalo asombroso, sino una sensación de pena y extrañeza que no comprendí y que sigo sintiendo hoy día cuando recuerdo aquel episodio. Porque al mismo tiempo que vi a la mujer venir con la pelota, vi al niño, detrás de ella, llorando.

No sé porqué la madre del niño quiso darme a mí la pelota, ni sé por qué yo la cogí, por qué le quité a aquel niño su pelota de colores si yo no la quería para mí, no me hacía falta tenerla.
Pero me la llevé, seguramente porque era lo que habían decidido los mayores y yo estaba acostumbrada a hacerles caso.

Creo que cada cosa tiene su sitio propio, y aquella pelota tenía su sitio en el patio, con el niño, esperándome para jugar.
Por eso aquella pelota preciosa, brillante y alegre, perdió su magia y su maravilla en el momento en que me la llevé del lugar que le correspondía.
Y la recuerdo en el suelo de mi habitación, abandonada debajo de una silla, volviéndose cada vez más azul.  



httpwww.freevector.com



viernes, 8 de abril de 2016

Confesiones blogueras


Hace unos días hablaba yo con una amiga sobre los blogs, y en concreto sobre los blogs que recogen vivencias personales, experiencias, recuerdos y pensamientos de sus autores. Y le decía yo a mi amiga que este tipo de blogs podría encuadrarse dentro  de la llamada literatura confesional.

Curiosamente pocos días después de esta conversación,  un amigo que suele venir por aquí aunque no se deja ver, me dijo que las entradas que más le gustan de mi blog son aquellas en las que aparte de libros y lenguaje, hablo de cosas que me afectan a mí, que se refieren a mi vida personal. Es decir, las entradas en las que hago un poco de literatura confesional.
 
Y curioso es también que unos días antes de todo esto yo había estado leyendo un artículo en el que se hablaba de los beneficios de reflejar por escrito nuestros pensamientos e impresiones sobre hechos que nos atañen personalmente. En ese artículo no se empleaba el término literatura confesional, pero la conexión me parece evidente.

Ya hemos comentado aquí en alguna otra ocasión que a veces  varios hechos o circunstancias relacionados con un mismo asunto parecen ponerse de acuerdo para presentarse ante nosotros casi al mismo tiempo, uno tras otro.
Y cuando esto ocurre, a mí me da la sensación de que algo me está invitando a que medite sobre ese asunto, o incluso a que escriba alguna cosilla sobre ello.

Como saben ustedes, la escritura confesional, a pesar de ese nombre que suena a culpa, no implica necesariamente una confesión en sentido literal, sino que tiene más que ver con la autobiografía. La diferencia es que la literatura confesional no es un recorrido por los hechos de una vida, sino que refleja sentimientos y reflexiones referidos a momentos o circunstancias concretos de una vida. Es, podríamos decir,  la captura de unos hechos y los sentimientos asociados a esos hechos. Algo así como una radiografía de las pasiones; un selfie emocional.

Tradicionalmente, el estilo confesional se ha manifestado por medio de diarios, cartas y declaraciones escritas de carácter personal, y son buenos ejemplos de esto obras como el Diario de Ana Frank, De Profundis de Oscar Wilde, El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, o Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre, en las que sus autores reflejaron sus sentimientos más profundos y sus reflexiones más íntimas sobre hechos trascendentales de sus vidas.
Pero también son literatura confesional las “falsas confesiones”, es decir, las obras en las que quien escribe en primera persona sobre sus sentimientos es un personaje de ficción, como ocurre, por ejemplo, en El último día de un condenado a muerte de Victor Hugo o en Carta de una desconocida de Stefan Zweig.

Pero, como le decía yo a mi amiga en aquella conversación, creo que hoy día los blogs cumplen también, en cierto modo, esa función confesional que tradicionalmente han cumplido las cartas y los diarios.
Cuando el autor de un blog nos relata hechos de su vida, circunstancias que no tienen por qué ser trascendentales, ni siquiera íntimas, pero sí personales, y nos da a conocer sus emociones, sus sentimientos y sus reflexiones, está expresando su identidad, presentándose a sí mismo,  que es algo muy parecido a escribir un diario. 
No en vano los blogs nacieron como diarios online, aunque luego sus funciones y contenidos se han diversificado de manera casi cósmica.

Pero sea mediante diarios, cartas o blogs, lo cierto es que siempre hay algún momento en que el ser humano necesita comunicar, de manera abierta o velada, su yo esencial, dar expresión a sus pensamientos y meditaciones personales. 
Y también es cierto que a nosotros nos gusta leer lo que otros escriben sobre sí mismos, tal vez porque en ese tipo de textos es donde encontramos el lado más humano de nuestros semejantes, lo que más nos acerca unos a otros.
Y porque al tiempo que, mediante sus confesiones, vamos conociendo a la otra persona, nos vamos conociendo, y tal vez confesando, también a nosotros mismos.



La pasión de la creación. ( Leonid O. Pasternak, c-1890)
La pasión de la creación (Leonid O. Pasternak, c.1890) 
(Aquí, algo curioso sobre el libro de Victor Hugo y el de Xavier de Maistre)


lunes, 28 de marzo de 2016

La verdad de las palabras


Las personas tenemos muchas facetas; nuestro carácter o nuestra personalidad no son planos ni transparentes como el cristal de una ventana. Estamos compuestos de muchos factores y la combinación de ellos es lo que configura nuestra personalidad.
Y algo parecido ocurre con la mayoría de las palabras, que encierran en sí varios conceptos y se refieren a más de una idea.
Pero con frecuencia sucede que cuando conocemos superficialmente a una persona pensamos que los únicos rasgos de su carácter son los más evidentes, e incluso a veces  los confudimos y tomamos unos rasgos por otros. Y de la misma manera, de las diversas acepciones que la mayoría de las palabras tienen, sólo conocemos las más habituales, y a veces además les atribuimos significados inexactos.
Y tanto en un caso como en otro, descubrir esos aspectos más ocultos es casi siempre motivo de sorpresa y satisfacción.

La Biblioteca del San Carlino di Francesco BORROMINI a   RomaEn esto me paré a pensar no hace mucho, cuando dos amigos míos hablaron, por separado y en dos ocasiones diferentes,  de la escasa profundidad moral que observan, en general,  en la literatura contemporánea; de cómo echan de menos historias que apelen a la moral, que nos hagan meditar y nos conmuevan desde el punto de vista moral.
Y en las dos ocasiones, algunas de las otras personas que estaban en la conversación, creyeron que hablábamos de moral en el sentido que con frecuencia se le atribuye a esta palabra: el de principios religiosos,  o de convenciones sociales; de lo que se considera o no aceptable socialmente, lo que está bien o mal visto; de lo que  desde hace un tiempo se denomina  “políticamente” correcto o incorrecto.

Pero a lo que nos referíamos era a aquello que  tiene que ver con la conciencia y el respeto humano, incluido el respeto a nuestra propia conciencia; a los valores personales propios, no impuestos,  que nos indican cómo hemos de conducirnos; a las reglas de conducta que seguimos no porque nos lo mande una ley, una norma social o un precepto religioso, sino porque es lo que consideramos nuestro deber humano, lo que nos dicta nuestra conciencia que debemos o no debemos hacer. 

Dice Robert Louis Stevenson en su ensayo “La moral de la profesión de letras”:

El primer deber de cualquier persona que escribe es intelectual […] Debe cerciorarse de que su propia mente se mantenga ágil, compasiva y brillante […] El segundo deber, mucho más difícil de definir, es moral.
Y lo explica del siguiente modo: Sería deseable que todas las obras literarias […] surgieran de impulsos sólidos, humanos, sanos y potentes […] No existe el libro perfecto, pero hay muchos que deleitan, mejoran o animan al lector.

Y esto es precisamente lo que buscan mis amigos: esas obras que nos engrandecen y nos inspiran, porque surgen de esos “impulsos sólidos, humanos y sanos” y nos los transmiten.

Entonces, en aquellas dos conversaciones, yo sugerí que para encontrar esa llamada literaria a la moral hace falta recurrir a los clásicos. Y nuevamente hubo confusión, porque tendemos a asociar el concepto clásico con ideas de antigüedad, de cosa intelectual difícil y aburrida, o de tradición rancia.
Pero yo me refería a esa otra idea que encierra la palabra clásico y que se refiere a aquello que por sus cualidades se convierte en un ejemplo digno de imitar o seguir. Me refería a esos “clásicos” que lo son no por antigüedad,  sino porque forman parte de la literatura eterna: Dostoievski, Flaubert, Wilde, Stevenson, Sandor Marai, Stefan Zweig, Virginia Woolf, Edith Wharton, Italo Calvino... por nombrar sólo algunos de mis favoritos.

Y es curioso que estos dos conceptos que fueron malinterpretados en las dos conversaciones, tengan entre sí una relación literaria tan estrecha, pues sin duda estas obras clásicas y eternas, se convierten en tales precisamente porque tienen, entre otras cosas,  un carácter moral, que se advierte en lo que con ellas aprendemos sobre nosotros mismos, nuestro mundo y nuestros actos. Y sobre nuestras palabras.


Jehan Georges Vibert, The committee on moral books, 1866
Jehan Georges Vibert, El comité de los libros morales, 1866


miércoles, 16 de marzo de 2016

El capricho del filósofo



No sé si conocen ustedes a Jeremy Bentham.
Hasta hace poco yo sólo sabía que era un filósofo británico. Pero hace ese poco, en un libro que nada tiene que ver con Jeremy Bentham leí una referencia a él que me sorprendió, me “inspiró viva curiosidad” y me llevó a querer saber más de este personaje.
Jeremy Bentham
Jeremy Benthan, 1827
Y resulta que, ahora que sé algo más, el buen señor me ha caído muy bien, y por eso quiero hablarles de él, por si no lo conocen, porque creo que a ustedes también les va a resultar simpático.

Jeremy Bentham nació en Londres en 1748, y fue un niño prodigio. A los tres años empezó a estudiar latín y a los doce estudiaba leyes en Oxford.
Pero no quiso ser abogado, porque las leyes de la época no le gustaban, y le pareció mejor escribir sobre cómo se podrían mejorar y hacerlas más justas.

En sus escritos Bentham defendía la reforma de las prisiones, el sufragio universal, la despenalización de la homosexualidad y el buen trato a los animales; la libertad de prensa y el debate público. También le preocupaban el bienestar de los desfavorecidos y las políticas sociales, y cuestionó la utilidad de las instituciones, los valores morales y religiosos,  etc.
Por otra parte, lo más destacado de su teoría filosófica es su concepto del utilitarismo, que consiste, dicho de manera simple, en que el criterio para determinar si una acción es correcta o no, será el “principio de la mayor felicidad”. Es decir, será correcto todo aquello que proporcione la mayor felicidad al mayor número de personas. Y como Bentham creía que lo que mueve al ser humano es el placer y el dolor, la felicidad consistirá en aumentar el placer y disminuir el dolor.  Y esta idea  es lo que debía servir como fundamento de las leyes. Ni más ni menos.

Pero lo más sorprendente de esta ilustre figura no es su mentalidad moderna y altruista, lo que ya sería suficiente para despertar nuestra simpatía. Lo más sorprendente es el capricho que tuvo para después de muerto; un antojo post mortem que consistía básicamente en que lo disecaran y lo expusieran en una vitrina.
Y así lo especificó en su testamento, donde dio instrucciones sobre cómo se debía cumplir su voluntad:

“El esqueleto se dispondrá de manera que la figura completa quede sentada en la silla que habitualmente he utilizado yo en vida, en la actitud  que adopto cuando estoy enfrascado en mis pensamientos mientras escribo.”

También especificó que “el esqueleto se vista con uno de los trajes negros que suelo utilizar”, y que  “el cuerpo así ataviado, junto con la silla y el bastón que he llevado en los últimos años, se coloquen en un mueble o vitrina adecuados”;  y añadió que a ese mueble se fijaría una placa grabada con su nombre y su fecha de defunción “en caracteres llamativos”.
A su figura así conservada la denominó “auto-icono”.
Por último, dejó escrito en su testamento que si sus amigos y discípulos tenían a bien reunirse cada año “con el propósito de conmemorar al fundador de la teoría de la mayor felicidad”, su albacea se encargaría de que el mueble o vitrina que contendría su auto-icono se llevara a la sala en la que fuesen a reunirse.

Jeremy Bentham auto-iconComo ya se imaginarán ustedes, sus amigos, su médico y sus abogados cumplieron estrictamente la última voluntad del finado, y hoy día, el auto-icono de Jeremy Bentham está expuesto, desde 1850 y en una especie de quiosco de madera, en un vestíbulo del University College London, para sorpresa o sobresalto de todo el que pasa por allí.
Conviene especificar que la cabeza del difunto quedó tan maltrecha después de embalsamada que resultaba terrorífica, y en una concesión al buen gusto se decidió sustituirla por una reproducción de cera. La auténtica, la orgánica, se conserva en una caja fuerte y sólo se puede contemplar en circunstancias muy especiales. Bueno, y también en internet.

Todo este asunto, claro, se presta al debate y a la especulación. Muchos creen que la intención de Bentham al pedir que sus restos se conservaran de este modo tan peculiar era simplemente gastar una broma de ultratumba; otros creen que era un arrogante y un creído; y otros que era una forma de cuestionar las concepciones religiosas de la vida y la muerte.

A mí me parece que quizá había un poco de todo, y también creo que Bentham, que era tan listo,  supo prever que la sociedad, en las décadas y siglos posteriores, se volvería cada vez más frívola, más olvidadiza y más indiferente a su propio pasado; y que, convencido como estaba de las bondades de sus teorías, quiso que las generaciones futuras no se olvidasen de ellas; que no quedasen reducidas a una lección más en los libros de texto. Y siendo, como parece ser que era, un filósofo guasón, pensó que la mejor manera de que se siguiese hablando de él, y por ende de su pensamiento, era darnos a nosotros, a los frívolos habitantes del futuro, un motivo a nuestra medida para que nos fijásemos en él.
¿O acaso no es eso lo que me ha pasado a mí?



old london engraving