domingo, 16 de septiembre de 2018

El capitán prisionero


Cuento

Esta entrada se publicó en el blog originalmente el 14 de junio de 2010.  Hoy la recuperamos con motivo del décimo aniversario de Juguetes del viento.



El general se acercó a la celda donde tenía recluido al   capitán  enemigo.
El prisionero estaba leyendo un libro, y aunque oyó llegar al general, no levantó la mirada de la página.
-¿Qué está leyendo, capitán?
-¿Le importa mucho lo que yo lea?
-Ande, no sea antipático.
-El Conde de Montecristo.
-Ahá. No estará buscando inspiración para fugarse, como Edmundo Dantés, ¿verdad?
-No señor. Sólo intento evadirme mentalmente.
-Pero, ¿no le resulta tentadora la idea de imitar al héroe de la novela?
-No. Sé que es imposible escapar de aquí.
-Más difícil era escapar de If, y Dantés lo consiguió.
-¿Me está animando, general?
El general lanzó una carcajada hueca y sincera.
-No, no. Sólo intento mantener una conversación interesante, para variar. Es un libro que me gusta mucho. Lo he leído varias veces. Diga usted, ¿por qué parte va?
- Morrel está en la ruina y un personaje desconocido intenta ayudarle.
-¡Ah! Es un pasaje apasionante.

El capitán, con una expresión de fastidio, cerró el libro y lo dejó a un lado.
-Vaya, parece que le molesta mi conversación, pero le recuerdo que es usted mi prisionero y se tiene que aguantar.
-No lo olvido, general.
-¿Es la primera vez que lee la novela o la conoce ya?
-Es la primera vez que la leo.
-¿Y le está gustando?
-Es magnífica. Absorbente. Apasionante, como usted ha dicho.
-Bien, bien. Siga leyendo, siga. Hasta mañana, capitán.

Al día siguiente, el general volvió a la celda del capitán.
-¿Cómo va eso, capitán? ¿Ha leído más?
-Desde luego. Estoy completamente atrapado por la historia.
-Vaya, vaya, no sabe cuánto me alegra oír eso.
-¿Ah, sí? ¿Y por qué, si puedo preguntar?
-Usted tiene información vital para mí, y los dos sabemos que no está usted dispuesto a traicionar a los suyos proporcionándome dicha información, ¿cierto?
-Cierto. Pero ¿qué tiene que ver eso con la novela?
-Usted dijo que prefiere la muerte antes que revelar la estrategia de su ejército y los planes de su general.
-Lo dije y lo mantengo.
-Bien, entonces es inútil que lo amenace con fusilarlo o torturarlo para que me dé la información.
-Puede fusilarme o torturarme ahora mismo si quiere. No tengo miedo al dolor ni a la muerte.
-Pues bien, le propongo lo siguiente: o me da la información que necesito o le cuento el final de la novela.
-¡No! –exclamó el capitán, tapándose las orejas.
-Piénselo, capitán. Hay torturas que no duelen, pero que pueden acabar con un hombre igualmente. Le daré otra oportunidad. Mañana volveré a esta misma hora, y si no está dispuesto a hablar... ya sabe.

El general se alejó de la celda, y el capitán, presa del pánico, cogió de nuevo el libro y empezó a leer frenéticamente.
Pasó toda la noche leyendo a la luz de la vela, pero sólo consiguió empeorar su situación. Porque cuanto más avanzaba en la lectura, más se apasionaba por la historia, más deseos tenía de averiguar qué pasaba a continuación y más le horrorizaba la idea de que el general le revelase el final, o siquiera algún detalle significativo.


A la mañana siguiente, el general volvió a visitar la celda.

-Bien, bien, aquí está mi Edmundo Dantés, demacrado y desesperado. Dígame, capitán, ¿ha conseguido leer mucho más?
-No me haga esto, general, se lo suplico. Fusíleme, o deme latigazos, pero no me desvele la historia.
-Vaya, eso significa que sigue en sus trece. No está dispuesto a darme la información que necesito, ¿eh?
-No señor, no voy a traicionar a los míos.
-¿Por dónde va, capitán? ¿Por qué parte de la historia?
El capitán, temiendo que el general le contase algo que aún no había leído, contestó:
-El joven Alberto ha sido secuestrado por los bandidos.
-Ah, sí, una aventura fascinante. Deme el libro, por favor.

El capitán  lo entregó  con desgana y miedo.
El general abrió el libro por la página marcada con una cinta negra.
-Vaya, vaya, me parece que me miente usted, capitán. Ese pasaje de los bandidos ha quedado ya muy atrás. Pero me gusta su intento, porque nada hay más aburrido que enfrentarse a un contrincante de inteligencia inferior.
Y  esté tranquilo, no voy a contarle el final, de momento. Esto me parece más divertido y fructífero de lo que pensé en principio, porque creo que prolongando la tortura un poco más, acabará usted cediendo a mi demanda y todos saldremos ganando: yo tendré la información y usted podrá seguir leyendo tranquilamente el libro sin que nadie lo importune.

Y tras unos momentos de pausa, añadió el general:
-Colijo que la tortura será más efectiva si tiene usted miedo cada día. Así que cada día le contaré un detallito que le fastidiará la lectura de las siguientes páginas.
Veamos... según la marca del libro, acaba usted de leer que el sirviente del conde había presenciado a escondidas el misterioso caso que tuvo lugar en la casa de Auteuil. Bien, todavía faltan muchas páginas para que se desvele quién era la dama implicada en el asunto.
-No, no, piedad... –dijo el capitán con voz temblorosa. Pero el general prosiguió:
-Le voy a robar el placer de descubrirlo por usted mismo en el momento adecuado.    Verá, después de este pasaje que acaba usted de leer hay una sorpresa tras otra, y la emoción de la lectura es suprema, pero, en vista de su tozudez, no tengo otra opción...
Y entonces el general, en un acto de perversidad inusitada,  pronunció el nombre del personaje clave en el misterio de Auteuil.
-¡No!, exclamó el capitán, que aun con las manos en los oídos pudo escucharlo.
-Ya ve que no amenazo en vano, capitán.

El capitán intentó pasar otra vez la noche leyendo. Pero a medida que pasaba las hojas y la vela se iba consumiendo, se consumía también su esperanza de terminar el libro antes de la mañana. El cansancio de sus sentidos y el agotamiento nervioso le impedían mantener los ojos abiertos.
¿Qué podría hacer? ¿Cómo escapar de la tortura? ¡Oh, desesperación!

-Buenos días, capitán. Otra noche de lectura, ¿no es así?
-Así es.
-Bien, bien ¿y hasta dónde ha llegado?
-Danglars y Montecristo intercambian información sobre Fernando Mondego.
-Ah, o sea que la intriga es absoluta.
-Desde luego.
-¿Y qué decisión ha tomado, capitán? ¿Qué hay de nuestro acuerdo?
-Acuerdo, ninguno. No voy a traicionar a mi ejército.
-Muy bien -dijo el general, exasperado por la contumacia del capitán-. Pues prepárese para oír ahora mismo el final de la novela y todos los detalles que llevan a él.

Al oír esto, el capitán se llevó las manos a los oídos con  frenesí, moviendo la cabeza y caminando de un lado a otro de la celda, mientras exclamaba ‘¡No, no!’.
El carcelero  le ató las manos a la espalda.
-Así no tendrá más remedio que escuchar –dijo el general. Y añadió-: Amordácelo también, carcelero, para que no grite.

Y entonces el general empezó a contar todos los detalles de la historia de Edmundo Dantés, el astuto héroe conocido como el Conde de Montecristo. Y reveló los motivos de cada personaje, y las consecuencias de cada acto; y las intrigas, los engaños, las dobles intenciones y las trampas a las que el conde hubo de enfrentarse, con su ingenio y su paciencia como arma más poderosa.

Y llegó al final, a la resolución de todas las tramas y todos los enigmas, para privar así al capitán de una de las mayores satisfacciones que un alma cultivada puede disfrutar: la de comprobar que un hombre, con tan sencillos instrumentos como el papel y la pluma, puede crear un mundo y llenarlo de vida, y hacer que habitemos en él y nos sintamos felizmente atrapados y sin deseos de escapar.

Cuando terminó su relato, el general se puso en pie, ordenó desatar al prisionero y dijo con desdén:
-Aquí seguirá usted encerrado, capitán, con la única compañía de un libro que ya no guarda  misterio ni interés para usted.
Y se marchó a batallar.

Hasta ese momento, el capitán había permanecido maniatado y amordazado, sentado en una silla, con la cabeza baja,  abatido, la oscura melena cayéndole sobre la cara.
Cuando el carcelero lo desató y lo dejó solo, se levantó, cogió el libro del suelo y se tumbó en el camastro.
Abrió el libro por donde marcaba la cinta negra y empezó a leer. Pero antes, se llevó de nuevo las manos a los oídos, y, con cierta dificultad, se quitó los tapones que la noche anterior había fabricado con la cera de la vela.



viernes, 7 de septiembre de 2018

No estaría mal



No estaría mal, de vez en cuando,  poder vivir en ese mundo en el que todo tiene sentido.
En el que no quedan cabos sueltos.
En el que lo malo existe con una finalidad, no sólo con un motivo.
En el que nadie muere para siempre, porque lo pasado y lo futuro existen al mismo tiempo.
En el que la vida es un arte.
En el que las personas no hablan por hablar, ni  actúan por mera inercia.
No estaría mal, de vez en cuando, poder vivir la vida verosimil.
La que está hecha de palabras y pensamientos.
La coherente.
La que no defrauda.
La que sorprende pero no desconcierta.
La que emociona pero no abruma.
La que golpea pero no lastima.
La vida que a veces confunde pero nunca miente.
La que no busca ni espera nada, sólo ofrece.
No estaría mal, de vez en cuando, poder vivir en los libros.






martes, 28 de agosto de 2018

Siempre ellos


Siempre aparecen los que son en el momento adecuado.
Y si se equivocan, se van sin decir nada, se retiran con prudencia y dejan paso a otros.

Van llegando en silencio, como traídos por una corriente secreta, indescifrable, para acompañarme, para contarme cosas y divertirme; para explicarme; para emocionarme; para arrullarme y comprenderme.
Porque cuando el mundo entero se hace un páramo y la vida parece hueca, ellos conservan mágicamente todo su sentido.

Siempre están a mi lado y no piden nada a cambio, no exigen atención ni agradecimiento.
Pero yo les doy las gracias, y a veces, es verdad, los abrazo. 
Como se hace con los buenos amigos.
                                                    
                                            
Si sigo en el mundo, haré en él cosas que parecerán tonterías, porque me es imposible aceptar lo que veo. Todo viene a herir mi delicadeza, las costumbres de mi alma, o mis secretos pensamientos.
(Honoré de Balzac. Memorias de dos jóvenes esposas)


                                                    ❧


Para mí el tiempo, aquel día, estaba prácticamente perdido; no me hacía falta ni podía contar las horas; y tenía una vaga conciencia de que había una liberación en ese hecho. Hasta ahora había dejado pasar la realidad sin preocuparme; no sería fácil reencontrarla. Mi antiguo lugar en el prosaico universo, desde el que estaba acostumbrado a observar la vida que me rodeaba con tan serena magnificencia, era difícil de encontrar y alcanzar; además, yo había escalado lomas diferentes y ya no veía el antiguo lugar de residencia de mi arrogante alma. Por fin abandoné todo esfuerzo de recuperarla, y me resigné a la sensación de ser un actor pasivo en una calamidad indefinible.

(Charlotte Mew. Algunas formas de amor)


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Mi educación real, la superestructura, los detalles, la verdadera arquitectura, la obtuve en las bibliotecas públicas. Para un niño pobre cuya familia no podía permitirse comprar libros, la biblioteca era una puerta abierta hacia las maravillas y el éxito […] En la actualidad, cuando leo constantemente que los fondos para bibliotecas se recortan cada vez más, lo único que se me ocurre es que la puerta se está cerrando y que la sociedad estadounidense ha encontrado otro modo más de destruirse a sí misma.

(Isaac Asimov. Memorias)
                                                       
                                                  
El amor, como dice mi amigo, es ciertamente una fuerza, incluso la mayor de este pobre universo que de él vive y por él se equilibra, y la anotación en buena rima de cualquiera de sus manifestaciones que sea intensamente genuina y nueva, constituye, sin duda alguna, una excelente adquisición para nuestro conocimiento del hombre, entidad de siete palmos de altura, que cuanto más profundamente se sondea a sí mismo, más insondable se reconoce.
 (Eça de Queirós. “Tema para versos”)





lunes, 6 de agosto de 2018

Policía gramatical


Esta entrada se publicó en el blog originalmente el 11 de marzo de 2010.  Hoy la recuperamos con motivo del décimo aniversario de Juguetes del viento.


Hace poco un amigo me envió dos e-mails, uno a continuación del otro.
El primero contenía (¡intolerable!) una falta de ortografía; creo que una b en lugar de v, o algo similar.
El segundo correo consistía exclusivamente en una disculpa por dicha falta, de la cual se había percatado mentalmente justo después de haberme enviado el mail (demasiado tarde, amigo).

A mí me pareció que el chico se preocupaba mucho por un simple error que cualquiera puede cometer, y que además no tenía ninguna trascendencia.

O quizá para él sí la tenía, pues es persona escrupulosa al máximo con lo que escribe. De hecho, yo siempre alabo su esmerada redacción y su perfecta ortografía.

Es curioso, dicho sea de paso, que hayamos llegado a tal extremo de ignorancia de nuestro propio idioma y de dejadez en su uso, que nos llame la atención, nos sorprenda y hasta nos maraville que una persona escriba con corrección, cuando esto debería ser lo habitual y lo más normal.
Es como si al ir a una tienda nos sorprendiera que nos dieran el cambio, o que los artículos estuvieran  en buenas condiciones.

Pero, como decía, hemos llegado al extremo de que lo correcto y lo lógico se han convertido en lo raro.

Y claro, como toda acción tiene su reacción, y todo bote su rebote, van surgiendo por doquier contumaces correctores, personas que para contrarrestar esa tendencia generalizada a escribir mal, se dedican a vigilar lo que otros escriben para señalar sus errores, regañarles y corregirlos.

computerEstas personas que se creen en la obligación de corregir cuanto error gramatical y ortográfico encuentran a su paso,  reciben los cariñosos apelativos de “policías gramaticales” o, en inglés, grammar police, así como spelling police (policía ortográfico), y grammar nazis.

En un par de emails recientes, también una amiga  se ha disculpado por los posibles fallos ortográficos que pudiesen contener sus correos, debidos bien a que su teclado estaba fallando, bien a despiste o falta de atención por su parte.

Esto ya me dio que pensar seriamente, y me preocupé por el hecho de que mis amigos se sintieran en la necesidad de disculparse ante mí por sus eventuales errores.

Y me asaltó entonces el temor y la duda: ¿soy yo uno de esos policías gramaticales?

Pensé también que a lo mejor me he ganado a pulso cierta fama de repipi con los textos que suelo escribir en este mi blog (y de todos ustedes), sobre desatinos semánticos y de expresión.

Por eso me gustaría aclarar que cuando critico la mala utilización del idioma me refiero exclusivamente a aquellos que lo tienen como herramienta de trabajo: periodistas, locutores, presentadores, traductores, redactores de textos oficiales, publicitarios, etc. Además procuro hacerlo con un tono jocoso y distendido, porque no se trata de ofender a nadie, sino de señalar fallos que mueven a risa la mayor parte de las veces. Y, por supuesto, considero que es lícito criticar la falta de profesionalidad en los medios de comunicación, del mismo modo que se critica a cualquier profesional de cualquier ámbito que haga mal su trabajo.


En otras ocasiones hablo de la utilización errónea de determinadas palabras por parte de personas anónimas, como yo, como cualquiera que va por la calle. Como se suele decir, el que tiene boca se equivoca, y ahí no cabe recriminación ninguna.
Y en esos casos especialmente, lo único que pretendo es dejar modesta constancia de lo divertido que puede llegar a ser el idioma, ya que jamás se me ocurriría criticar a nadie por una incorrección cometida en un texto o conversación coloquial, informal, sin pretensiones artísticas ni profesionales. Y además yo estoy tan expuesta al error como cualquiera.

Por eso precisamente me resultan cargantes los verdaderos policías gramaticales, esas personas que entran en foros, chats, blogs y en las secciones de comentarios de periódicos y revistas de la red, y se dedican cansinamente a fiscalizar, analizar, vigilar, corregir y acosar a los demás a cuenta de su forma de expresarse.

Y lo más gracioso del caso es que muchos de esos grammar nazis creen tener unos conocimientos gramaticales de los que precisamente carecen, y señalan fallos donde no los hay, y hacen correcciones que son en realidad tristes muestras de su ignorancia.

Así que espero y deseo que nadie me considere agente de la ley lingüística, ni fiscal del distrito de la Gramática, ni sheriff del condado de la Ortografía, ni nada de eso.
Yo lo único que quiero es jugar con las palabras, como el viento.





Nota Bene: Todo lo anterior no significa que me parezca bien  que cada uno trastoque la gramática como le plazca. Pero de eso hablaremos otro día.

miércoles, 25 de julio de 2018

Todo importa


En estos días he recordado una anécdota ocurrida hace tiempo.
Era mi primer año en la universidad, y estaba en la biblioteca con una compañera a la que llamaré María.
La sala estaba casi vacía, y en una mesa cercana a la nuestra vimos a un muchacho conocido de María. Ella me dijo que era alumno de la facultad de ciencias,  y que, “a pesar de eso”, era aficionado a escribir poesía. “Un sensible, vamos”, añadió, con un tono de desdén que no me resultó extraño, pues yo sabía del poco aprecio que ella tenía por todo lo que no fuese puramente práctico y utilitario.

En un momento determinado el muchacho vino a nuestra mesa, y por la forma en que saludó a mi amiga comprendí que tenía mucho interés por ella. Después de intercambiar unas palabras con nosotras le dijo a María que le gustaría saber su opinión sobre una poesía que había escrito, y yo, conociéndola, temí que pudiera desairar al muchacho, incluso aunque actuase con toda la delicadeza de la que fuera capaz.   

Ella, naturalmente, accedió a leerla, y él le pidió que fuera a su mesa. Desde mi sitio yo veía a mi amiga leyendo el folio que él le dio, y cómo él la contemplaba a ella con cierto arrobo.

Tal y como yo había imaginado, la reacción de mi amiga fue muy poco alentadora: en el silencio de la sala, oí que ella, al tiempo que se levantaba y le devolvía el papel, le decía, con una sonrisilla indulgente: “Está gracioso”. Y mientras ella volvía a nuestra mesa yo pude ver en la cara del muchacho una mezcla de desconcierto, tristeza y desilusión.

Cuando María se sentó de nuevo frente a mí, se inclinó hacia delante y me dijo, en voz baja y con su consabido tono despectivo, que lo que le había dado a leer era una poesía en la que explicaba lo que para él era la poesía. “Menudo rollo”, añadió.

Al contrario que ella, yo siempre he sentido interés por lo que escriben los demás, y por lo tanto sentí curiosidad por aquella “poesía sobre la poesía”. Pero como no tenía ninguna amistad con aquel chico, no me atrevía a pedirle que me dejase leerla, así que María volvió a su mesa y le preguntó. Entonces vi que él le daba el papel de buena gana, y mientras ella me lo traía, él  me hizo un gesto, una especie de saludo, desde su mesa.

No recuerdo nada de lo que decía la poesía, pero sí recuerdo que me gustó, porque me pareció que tenía profundidad y sentimiento. Y sobre todo me pareció que era cualquier cosa menos algo “gracioso”.

Cuando fui a devolvérsela, el muchacho, lógicamente, me preguntó qué me había parecido, así que me senté frente a él y entablamos una breve conversación. Recuerdo que se mostró encantado cuando le di mi opinión sobre su poema, y después me preguntó si yo escribía también. Le dije que sí, aunque no poesía, y quiso que le dejara leer algo. Pero le dije que normalmente no me atrevía a dar a leer mis cosas a nadie, y que de hecho lo tiraba casi todo. Entonces él me dijo que no tirase nada, que lo conservara todo, y que no me preocupara de lo que opinaran los demás sobre mis textos. Y añadió que seguiría insistiendo hasta que le dejase leer algo.

No sé si hablamos algo más,  esto es lo único que recuerdo de aquella conversación. Y tampoco recuerdo si llegué a darle a leer algo mío, aunque seguimos coincidiendo en la biblioteca con frecuencia.

Después de esta conversación yo me marché para asistir a una clase, y cuando volví a la biblioteca el muchacho ya se había marchado. Entonces María me contó que al despedirse de ella le había dicho: “Tu amiga me ha alegrado el día.”

Este recuerdo de una tarde cualquiera, de una de tantas tardes,  me ha hecho pensar  -como ocurre en ocasiones con los recuerdos en apariencia intrascendentes-, que, si prestamos un poco de atención, casi todo tiene más significado de lo que parece a simple vista.

Y he pensado, al recordar a aquella amiga, que a veces dos personas con gustos e intereses muy dispares pueden congeniar de una manera sorprendente, e incluso quererse mucho. Supongo que la clave está en otros factores mucho más sutiles e importantes que las diferencias.

También he pensado que, aunque aquel muchacho poeta me dijera que no debían importarme las opiniones ajenas, él mismo, con sus reacciones,  demostró que sí importan.

Y por eso he pensado también que una persona sensible es como una hoja de otoño, que no necesita mucha presión para quebrarse, y que tampoco necesita más que un leve soplo de brisa para elevarse y bailar en el aire.
 

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viernes, 13 de julio de 2018

Tres historias de amor aproximadamente


1. Sospechas
 
Ismael estaba triste y enfadado, sobre todo enfadado. No tenía pruebas, pero estaba casi seguro de que su mujer tenía un amante.
-Y no lo soporto, en serio. No quiero parecer celoso y posesivo, pero la verdad es que esto me tiene desquiciado.
-Bueno, tranquilízate. Al fin y al cabo no lo sabes con certeza.
-Ya, ya, pero es que me parece cada vez más evidente. Hay detalles que no se pueden ignorar.
-Ya, supongo que no. Pero, en cualquier caso, qué vas a hacer, más te vale aceptarlo.
-Claro, qué remedio. Pero es que no soporto la idea de que esté con otro. Me hierve la sangre sólo de pensarlo.
-Bueno, cariño, ya veo que hoy no tienes un buen día, así que mejor me voy  —dijo ella empezando a vestirse.
***
 
2. Un tipo listo

-¿Cómo es que has roto con Patricia?
-Es que hay algo en su manera de ser que no me convence.
-Ah, a mí mi parece simpática, y buena persona.
-Sí, eso sí, pero…
-¡No me dirás que no te gusta físicamente!
-No, claro que me gusta, me gusta mucho.
-Pues entonces no entiendo... 
-Es que a mí me gustan las mujeres inteligentes y cultas.
-¿Y ella no lo es?
-Sí, ya lo creo que lo es. Ése es el problema.
-Ahora sí que no entiendo...
-Pues eso, que me gustan las mujeres  inteligentes y todo eso, pero no tanto como Patricia…
-¿...?
-… sólo lo suficiente para que puedan apreciar lo inteligente y culto que soy yo.
***
3. La boda

 
Faltaban dos semanas para la boda y Fernando seguía sin responder a los  mensajes que  María le enviaba cada día.
“Piénsalo bien, Fernando, todavía estás a tiempo”, le decía. “Podríamos ser tan felices, Fernando. Contéstame, cariño.” “Fernando, mi amor, sabes que te esperaré hasta el último minuto.”
A pesar del persistente silencio de Fernando, María estaba segura de que, aunque fuese en el último momento, él reaccionaría, aparecería justo a tiempo y entonces todo sería maravilloso. Por eso siguió adelante con todos los preparativos, sin cancelar nada, segura de que todo terminaría saliendo como ella soñaba. “Nunca hay que rendirse”, se decía, “porque cuando algo se desea de verdad se consigue.”
 
Y llegó el día. El momento decisivo, el momento que ella tanto había deseado y esperado con tanta fe.  María entró en la iglesia del brazo de su padre, nerviosa y mirando a todos los presentes, aunque sólo veía rostros indefinidos  porque las lágrimas le empañaban la vista.
Al otro extremo, delante del altar, la esperaba su prometido, nervioso y feliz.
La novia llegó al altar, el novio le hizo un gesto cariñoso, y la ceremonia dio comienzo.
Todo era perfecto, pero de Fernando, ni rastro.  

 
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Aquí, más historias de amor aproximadamente.
 

miércoles, 4 de julio de 2018

Viva el lenguaje


Esta entrada fue publicada originalmente el 20 de agosto de 2008.
Hoy la recuperamos para celebrar el décimo aniversario de Juguetes del viento.


Para mí no hay nada más fascinante que el lenguaje humano. Creo que es el mayor éxito de la evolución, y creo que sin él ningún logro de la humanidad hubiera sido posible. Todo se basa en la comunicación entre unos seres humanos y otros, y de esa capacidad de comunicarse deriva el mundo que hemos creado: la sociedad, la ciencia, la guerra, el arte, la tecnología... Sin el lenguaje, la civilización humana no sería lo que es. Puede que ni siquiera fuese. Porque sin el lenguaje -creo yo, con permiso de sabios como Piaget- no existiría el pensamiento, o por lo menos el pensamiento complejo. Sería en todo caso un pensamiento primitivo, elemental, más parecido al instinto que al razonamiento.

Es fantástico que con sólo un puñadito de sonidos y un puñadito de símbolos que representan esos sonidos, hayamos podido crear, y sigamos creando, la barbaridad de palabras que tenemos para nombrarlo todo, lo material y lo abstracto, y que podamos expresar la barbaridad de ideas que cualquiera expresa al cabo del día, desde un simple hola hasta el discurso más retórico y florido; desde el concepto más genial a la tontería más tonta. Con los mismos elementos.

Y es que el lenguaje es como una maquinaria maravillosa de posibilidades infinitas. Y como un juguete extraordinario cuya capacidad para entretener nunca se agotara. Porque las palabras son mágicas.

Digo esto porque el lenguaje, usado convenientemente, puede ser la monda, y procurarnos más diversión que cualquier juego de cualquier clase.
Es obvio que para crear diversión con el lenguaje hace falta un cierto grado de ingenio, de creatividad y de conocimiento. Pero es que también es cierto que, a veces, cuando el lenguaje se cruza con la ignorancia, produce expresiones jocosas involuntarias que pueden llegar a ser más divertidas que cualquier chiste premeditado.
 
Hace poco oí en la calle a una señora que hablaba con otra sobre alguien que ambas conocían. Por lo visto, ese conocido común había fallecido recientemente, y según la señora que lo contaba, "iba por la calle tan tranquilo y de pronto le dio un infarto fumigante".
 
Al parecer, el mundo de la medicina da para muchas de estas creaciones hilarantes. Recuerdo a una vecina que decía que su marido tenía "una hernia fiscal". Si el hombre se hubiera dedicado al Derecho la cosa tendría su lógica, pero no era el caso.
Y otra vecina nos decía que su padre seguía en el hospital pero ya le habían quitado el engranaje, como si el pobre señor fuera un reloj de cuerda. Reconozco que tardé un rato en comprender que lo que le habían quitado era el drenaje.
 
Fuera del ámbito médico, un amigo mío oyó a alguien decir que iba a instalar "una antena parapléjica". Quizá fuera el mismo que dijo que a la plancha había que echarle "agua destinada". Y hablando de destino, hay quien encuentra milagroso que una carta o un paquete lleguen donde tienen que llegar, y quizá por eso un señor decía que conviene mandar las cosas "por correo santificado". Y el caso es que creo que algo de razón tenía...

Estos ejemplos provienen de gente de la calle, gente común y corriente, como yo, pero no quiere esto decir que no se den casos semejantes, y con más delito y menos gracia, entre los que pasan por listos y cultivados. Algunos sueltan perlas lingüísticas que deberían tener multa.

Ya dije antes que creo que para pensar hacen falta las palabras. Pero se ve que para usar las palabras no siempre es imprescindible pensar.

 
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domingo, 24 de junio de 2018

Resurrectos

Cuento

 
En aquel pueblo ocurría algo muy bonito y misterioso, y es que durante un día a la semana los muertos volvían a la vida.
Y lo mejor de todo es que no volvían corruptos y agusanados y con la ropa descompuesta,  como habría sido de esperar, sino todo lo contrario: como seres angelicales, limpios, bellos y elegantes. De hecho, algunos ganaban mucho con esta especie de resurrección semanal.

El caso es que cada domingo por la mañana aparecían en las calles los hermosos muertos vivientes, los dulces ángeles de ultratumba,  que paseaban por el pueblo rodeados de  un hálito de bondad y alegría. Y era digno de ver cómo los vecinos salían de sus casas a recibirlos emocionados, y cómo los muertos visitantes los abrazaban y se iban con sus familiares a pasar el día.
Después, al caer la medianoche, el prodigio llegaba a su fin, la magia ultraterrena se acababa y los plácidos difuntos simplemente desaparecían.

Cuando empezó a ocurrir esto nadie se explicaba a qué podría deberse,  y se hicieron muchas preguntas y se plantearon muchas teorías. Después, poco a poco todos se fueron acostumbrando al milagro y empezó a darles igual la causa. Por último, comprendieron cuál era el mecanismo que lo provocaba, aunque no su funcionamiento, pero seguía dándoles igual.

Como era algo tan fabuloso decidieron que había que guardar el secreto,  que aquella maravilla no se conociese más allá de las fronteras del pueblo. Porque si se supiera, todo el mundo querría ser enterrado allí y los jóvenes del lugar no darían abasto para seguir produciendo aquel prodigio.
Porque, en efecto, eran los jóvenes los que hacían posible ese asombroso y dominical regreso del más allá.

Las noches de los sábados los alumnos del instituto tenían poco que hacer y pocos sitios a donde ir para divertirse. En el pueblo había un cine, una cafetería y un pequeño restaurante. Así que el recorrido habitual era ir  a tomar un refresco a la cafetería, después a ver una película y después al restaurante a comer hamburguesas. Pero pasada la hora de la cena se quedaban sin lugares en los que seguir todos juntos, creando su mundo propio, ajeno al mundo de los adultos, al que aún no pertenecían, y al de la infancia, al que ya habían dejado de pertenecer.

Así que hubo un momento en que los más decididos empezaron a quedarse los sábados por la noche en las afueras del pueblo, en los alrededores del cementerio. Allí, arrebujados en la oscuridad y el silencio, encendieron sus primeros cigarrillos, probaron sus primeras bebidas alcohólicas, y empezaron a probarse unos a otros. Era la primera generación de jóvenes de aquel pueblo que tomaba aquellas costumbres, pero hasta en los lugares más apartados y más anclados en la tradición ocurren cosas nuevas alguna vez. 

Después de los primeros acercamientos tímidos, los más apasionados empezaron a apartarse de sus compañeros en busca de rincones más íntimos. Y como no hay nada más íntimo, silencioso y privado que un cementerio,  una pareja pionera comprendió que sólo al otro lado de la tapia podrían estar completamente solos. Y así fue durante un breve tiempo, hasta que otros cuantos, y después todos los demás, decidieron que aquello era una idea estupenda y la adoptaron también.

Dicen que lo contrario de la muerte es la vida, pero no es así. Lo  verdaderamente opuesto a la muerte es la pasión. Y si la muerte pone fin a la vida y la pasión, lo mismo ocurre al revés: la vida y la pasión ponen fin a la muerte. Así que cada vez que los jóvenes dejaban fluir la vida y la pasión por entre las tumbas, aquella energía vital y amorosa ponía fin a la muerte que allí reinaba: por cada pareja que se amaba en aquel camposanto un alma allí enterrada volvía a la vida, convertida por un día en  un bello zombi del amor. 


Pere Lachaise cemetery, Paris.