viernes, 27 de marzo de 2015

Hagan juego


Nuestro amigo Lan nos proponía hace unas semanas un interesante  juego literario que quiero presentarles con la idea y el deseo de que los lectores de este blog se animen a participar.
 
El juego o experimento consiste en que ustedes reescriban un breve texto, que yo les propondré a continuación, siguiendo unas sencillas pautas. Lo fundamental es que la historia sea la misma pero narrada de forma diferente. Para ello habrá que evitar en lo posible repetir frases y palabras del original, utilizando a su elección sinónimos, equivalencias, perífrasis, paráfrasis, circunloquios, y toda clase de recursos lingüísticos -incluido el lipograma si a alguien le place- que sirvan para nuestro propósito.
También es importante que la longitud de las versiones que ustedes escriban sea similar a la del texto del que partimos. Éste tiene 69 palabras, por lo  que sus versiones podrán tener entre 65 y 75 palabras.
 
Quienes deseen participar deberán enviarme a mi correo electrónico sus versiones, indicando  si desean que su texto sea identificado con su nombre o prefieren que aparezca bien como anónimo o bien con el seudónimo que el interesado elija. Y el plazo para ello es de doce días, es decir, desde mañana  28 de marzo hasta el miércoles 8 de abril.
 
Después publicaré una nueva entrada en la que figurarán los textos escritos por ustedes para que todos podamos leerlos todos, disfrutarlos y comentarlos, lo cual, sin duda, nos proporcionará grandes momentos de deleite y regocijo.
El objetivo de este juego-experimento no es otro que divertirnos un rato jugando con las palabras y disfrutando con sus posibilidades; comprobar cómo una misma cosa se puede expresar de muy diversas maneras, y constatar cuán dúctil, flexible y  adaptable es el lenguaje, de cuyas propiedades no siempre sacamos partido suficiente.
Sin más, este es el texto que les propongo para ser reescrito, reinterpretado, versionado o adaptado; transmutado, refundido o parafraseado:
 
“Durante todo el camino el perrito fue haciendo cabriolas, con la lengua fuera, intentando alcanzar la bolsa que el hombre levantaba y apartaba, entre risas y regañinas.
Al llegar a casa el hombre dejó los libros sobre una mesa y fue a la cocina. Mientras, el perrito se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, mirando hacia arriba,  como si estuviera ideando  alguna estrategia para alcanzar los libros.”
(Cuento completo aquí)
 
Espero sus colaboraciones. ¡Muchas gracias!

 
 
 
 
 

lunes, 16 de marzo de 2015

La expansión de Bruno

(Cuento)

Los dos días más importantes en la vida de una persona
son el día en que nace y el día en que descubre por qué.
(Mark Twain)

 
Se podría decir, y de hecho se dice, que  Bruno nació dos veces. La primera, cuando su madre lo trajo al mundo, que es la manera más habitual de nacer; y la segunda, años después, cuando supo qué hacía aquí.
Bruno era el segundo de tres hermanos y su vida quedó marcada por esa posición intermedia. Fue un estudiante mediocre, era de mediana estatura y solo se interesaba a medias por las cosas. No tenía amigos íntimos y nadie tenía mal concepto de él. No tenía pasiones ni rechazaba nada por completo.
Quizás esa indefinición, ese falta de inclinación hacia nada, fue lo que lo llevó a  tomar una decisión que, por drástica, no parecía adecuada a su forma de ser. Pero todo el mundo actúa alguna vez de manera imprevisible y Bruno, claro está, no iba a ser diferente.
Cuando terminó el instituto y sus compañeros se decidieron por la universidad o por el mundo laboral, Bruno, incapaz de preferir ni lo uno ni lo otro, decidió quedarse en casa.
 
Sus padres pensaron que necesitaba un tiempo para reflexionar, para aclararse las ideas. “Está en una edad muy delicada”, se decían sin convencimiento.
Pasaron semanas y meses y, cuando quisieron darse cuenta, Bruno llevaba un año sin salir de casa y casi sin salir de su habitación.
Su madre le decía:
-Bruno, hijo mío, ¿no te gustaría…?
Y sin dejarla terminar, Bruno contestaba:
-No, no me gustaría.
Entonces lo intentaba su padre:
-Bruno, muchacho, ¿no te parece…?
-No, no me parece –respondía Bruno, que cada vez se volvía más huraño.
Convertido en un recluso voluntario, Bruno apenas comía, casi no se duchaba y, si así lo hubiese querido, hubiera podido trenzarse la barba, como un guerrero vikingo.
Pasaba los días, y las noches también, ante el ordenador, jugando a juegos de estrategia y visitando páginas donde otros jugadores intercambiaban impresiones y trucos para mejorar el rendimiento de sus virtuales ejércitos.
 
Un día quiso el azar que uno de esos jugadores, que se hacía llamar Rebel –la originalidad no es siempre necesaria–, y al que Bruno imaginaba como otro vikingo desgreñado y hosco, revelara su identidad femenina. Esto le causó a Bruno una pequeña conmoción, y estuvo a punto de abandonar el sitio y no volver. Pero se dio la circunstancia de que Rebel conquistó su curiosidad primero y su corazón después, y al cabo de unos días empezaron a intercambiar mensajes privados.  
Si la madre de Bruno hubiera sabido que su hijo había encontrado un alma gemela, se habría ilusionado y se habría echado a soñar. Pero en realidad fue mejor que no lo supiera y no se hiciera ilusiones. Y es que sí, su hijo y Rebel eran almas gemelas: ninguno de los dos tenía la menor intención de abandonar su encierro ni el más leve interés por conocerse en persona. Tal para cual.
 
Algún tiempo después, cuando ya Bruno hubiera podido usar su barba como bufanda, ocurrió otro hecho inesperado.
Los caminos del ciberespacio son inescrutables y sus bifurcaciones insospechadas, y esto  hizo que Bruno, buscando nuevos recursos para los personajes de  su juego, llegara inexplicablemente a un sitio en el que leyó: “¿Quieres colaborar con nosotros? ¡Necesitamos voluntarios! ¡Ellos te necesitan!”
Atraído de nuevo por la curiosidad, dedicó unos minutos a aquel sitio que había aparecido en su mundo por sorpresa, y supo que ellos eran águilas, linces, camaleones... Bruno nunca había sentido un interés particular por los animales como no lo había sentido por ninguna otra cosa del mundo real, pero las imágenes de aquellas criaturas, del refugio, del monte, de la vida natural, le causaron una impresión extraña. Sintió una emoción a la que no podía dar nombre; una sensación que le pareció dolorosa y dulce al mismo tiempo, como si el corazón se le agrandara.
No es fácil explicar una expansión semejante del alma, salvo con la certeza de que la vocación, esa llamada que nos indica un camino, tira de nosotros con más fuerza incluso que el amor.  Y Bruno sintió  en ese momento que algo lo empujaba hacia los animales, hacia la naturaleza; algo que hacía que se sintiera distinto y nuevo.
Al otro día salió de su habitación por primera vez en varias semanas. Un poco ruborizado por la alegría asombrada de sus padres, se sentó a la mesa y, con una amabilidad en la voz y en los gestos que ya no recordaban, les  pidió compartir la comida con ellos.
Y a la mañana siguiente, aseado y con una mochila casi vacía al hombro, salió de casa. Caminaba despacio, porque sus miembros estaban debilitados, pero su espíritu era como un sol: cálido, luminoso y con un camino preciso que seguir.
 


jueves, 5 de marzo de 2015

Sin ánimo de sinónimo


Hace unas semanas, cuando preparaba la entrada titulada Lipograma, volví a meditar mucho sobre esa interesante cuestión que son los sinónimos.
Como en dicha entrada me propuse evitar toda palabra que contuviera la letra a, tuve que buscar otras que, además de no contenerla,  no alteraran el sentido de lo que pretendía decir. Así, por ejemplo, para evitar la palabra palabra recurrí a término, que de las opciones de que disponía me parecía  la más adecuada.
 

Si consultamos un diccionario de sinónimos, veremos que como equivalentes de palabra, aparecen también vocablo -que no me hubiera servido para mi lipograma, porque contiene la a-, voz y verbo, que tienen unos usos muy determinados y que por eso mismo tampoco me habrían servido como equivalentes a palabra en mi texto.
Por otro lado, término y palabra son sinónimos sólo en contextos lingüísticos. Si decimos “al término de la reunión” o “los términos del acuerdo”, es obvio que no podríamos utilizar palabra como sinónimo de término.
 
Dicen los expertos que  los sinónimos auténticos escasean e incluso que no existen, y que toda palabra que consideramos sinónima de otra tiene matices y connotaciones que la distinguen de esa otra, como acabamos de ver. Es decir, los considerados sinónimos no son siempre intercambiables.
Además, ¿para qué querríamos unas palabras estrictamente idénticas a otras? Eso iría en contra del principio de economía del lenguaje, que además de práctico, es un mecanismo esencial para el correcto funcionamiento de los idiomas.

Y los que no somos expertos también nos damos cuenta, aunque sea de manera intuitiva, de que cada palabra significa lo que sólo ella significa, y sabemos que no es lo mismo padre que papá o que progenitor.
Sin duda, las tres se refieren al mismo concepto, y nuestro padre, nuestro papá y nuestro progenitor son la misma persona, pero  cada una de estas palabras tiene un sentido, un tono y unas connotaciones especificas, y su inclusión indistinta en un texto, oral o escrito, alteraría el sentido de éste.
Por otra parte, con frecuencia una palabra determinada exige la compañía de un preposición, de una conjunción, etc., que su sinónimo no requiere, lo cual nos obligaría a hacer modificaciones adicionales en la forma del texto.


Así pues, los términos que consideramos sinónimos, con significados equivalentes, tienen en realidad sólo una equivalencia parcial, una similitud de significados que los hacen intercambiables sólo en determinadas circunstancias.  
 
Para asegurarme definitivamente de que esto de la sinonimia es un concepto más ideal que real, más teórico que efectivo, he probado a reescribir un texto cualquiera mediante sinónimos.
El texto es un fragmento de una historia breve que ya vimos aquí, y he elegido la primera equivalencia que un buen diccionario de sinónimos nos da para cada palabra consultada.
 
Versión original:
 
“Una vez conocí a un hombre que vivía a medias. Nunca dejaba que las cosas llegaran a su conclusión natural, sino que las interrumpía cuando le parecía conveniente.
Nunca se casó, pues a cada novia que tuvo la dejó cuando la relación empezaba a definirse. Del mismo modo, abandonaba a sus amigos cada cierto tiempo y entablaba nuevas amistades con personas diferentes.
Cada dos o tres años cambiaba de trabajo,  de coche, de casa y de dentista.
-¿Por qué en tu vida todo es temporal? –le pregunté una vez.
-Porque no me gustan los finales -me respondió-. Normalmente las cosas que acaban por sí mismas no acaban bien. Es mejor ponerles fin cuando todavía son agradables.”
 
Versión sinónima:
 
“Una vez traté a una criatura que subsistía a medias. Jamás permitía que las cosas arribaran a su terminación lógica, sino que las detenía cuando le parecía eficaz.
Jamás se matrimonió, pues a cada prometida que tuvo la abandonó cuando el noviazgo empezaba a determinarse.
También desatendía a sus compañeros cada cierto tiempo y comenzaba nuevos compañerismos con seres desemejantes.
Cada dos o tres años canjeaba su ocupación, su vehículo, su domicilio y su estomatólogo.
–¿Por qué en tu existencia todo es eventual? –le interrogué en una ocasión.
–Porque no me agradan los fines –me contestó–. Habitualmente las cosas que terminan por sí mismas no terminan perfectamente. Es preferible ponerles término cuando aún son gratas.”
 
Es casi lo mismo, sí, pero no da lo mismo. Ese casi es el que nos dice que cada palabra es única  e inimitable, porque en cuanto las probamos, en cuanto las saboreamos un poco, vemos que cada una es distinta de todas las demás, que cada una tiene su color propio y su propio sabor.
Prácticamente como las gominolas. 








sábado, 21 de febrero de 2015

La isla de las emociones


“Yo sólo creo en los cuentos/nunca apuesto por la verdad,
sé que la vida es un sueño/pero el libro es real.
Yo no confío en los hechos/no me pone la realidad
es más fuerte un solo poeta/que una tropa vulgar.”
(Conde. El último de los creyentes)


No hace mucho, leyendo La educación sentimental de Flaubert, volví a comprobar  que las novelas están escritas para cada uno de nosotros, para decirnos algo que nos hace falta o nos conviene saber.
En esta ocasión en particular, al leer determinados pasajes de la novela he comprendido lo que una persona allegada a mí me decía hace unos meses y que yo no llegaba a entender. Y en general, leyendo las vicisitudes de los protagonistas de la historia he visto reproducidas actitudes ajenas y propias y he comprendido con claridad el porqué de unas y  las repercusiones de otras.
Estos efectos que tienen las novelas, las historias en general, los constatamos en muchas ocasiones. Cualquier persona que tenga el hábito de leer ficción, especialmente lo que solemos llamar “gran literatura”, habrá tenido esa sensación de que la historia parece escrita expresamente para quien la lee; de que el autor, con lo que le cuenta, le da pistas para entender mejor las relaciones humanas y por lo tanto le ayuda a vivir mejor.
Que un escritor nos hable a nosotros personalmente, a través del tiempo, de los siglos incluso, puede parecer cosa esotérica o ensoñación de mentes románticas. Y puede que incluso nos guste considerar que así es. Pero lo cierto es que esto tiene fundamento científico.

Parece ser que nuestro cerebro se maneja mejor con los cuentos que con los hechos, como dice el poeta. Y es que recordamos mejor, entendemos mejor y aprendemos más de aquello que se nos cuenta con estructura narrativa y con personajes que actúan e interactúan entre sí. En cambio, la mera información  sobre  hechos determinados deja en nuestro cerebro una impresión mucho más leve y pasajera.
¿Y por qué ocurre esto? Cuando nos hablan o leemos sobre cualquier asunto, las palabras mediante las cuales recibimos esa información llegan a  las áreas del cerebro encargadas  de procesar el lenguaje. Entendemos el mensaje, pero  ya está.
Sin embargo, cuando nos narran una historia se ponen en funcionamiento no sólo esas áreas que procesan el significado de las palabras sino también otras áreas que  se activan cuando experimentamos en la vida real hechos similares y las emociones correspondientes.
Dicho de otro modo, nuestro cerebro no establece diferencias entre las sensaciones y sentimientos que experimentamos en la vida real y los que experimentamos a través de una historia. Y nos identificamos con los personajes y las situaciones porque recibimos esa “sensación de realidad” y la asociamos con experiencias similares previas.
Curiosamente, hay un área del cerebro relacionada con las emociones, una “pieza” fundamental llamada ínsula, que es bastante desconocida aún. Es ahora, desde hace pocos años, cuando los científicos están empezando a comprender su función y su importancia en el proceso de las experiencias emocionales y físicas que van asociadas a diferentes estímulos.
Pero yo, a partir de ahora, cuando lea una historia, además de darle las gracias a Flaubert y a quien corresponda en cada caso, por sus enseñanzas, me acordaré también de esa ínsula misteriosa, de esa pequeña isla en la que se esconde el mapa secreto de nuestras emociones.

 
 

sábado, 7 de febrero de 2015

Lipograma


El término que hoy nos sirve de título es de origen griego y es el nombre de un juego de expresión que consiste en escribir un texto en el que se omite ex profeso un signo lingüístico concreto.
El primer ejercicio de este tipo del que se tiene conocimiento lo creó un lírico griego del siglo VI que compuso versos sin servirse del signo Σ.
 

Desde entonces, muchos escritores de diferente origen y condición siguieron proponiéndose retos similares, pero no puedo referirlos porque todos ellos tienen en sus nombres el signo lingüístico que yo estoy pretendiendo eludir en este texto. Sí puedo decir que, por ejemplo, uno de ellos fue un médico portugués que vivió en el siglo dieciséis y que escribió Los dos soles de Toledo;  y otro, un genio de nuestro suelo, no siempre comprendido en su tiempo, que escribió El chófer nuevo.
 
Existen incluso los ejercicios de este tipo en los que se excluyen diversos signos en el mismo texto, lo que tiene, opino yo, muchísimo mérito y enorme conflicto, independientemente de lo feliz y certero que resulte el experimento.

Yo no sé si estos desafíos lingüísticos tienen otro fin distinto de los que yo veo y que no son nimios, por cierto: discurrir mucho, recorrer todos los rincones de nuestro léxico y ver nuestros dones como ingenieros del verbo, proponiendo diferentes expresiones y recomponiendo nuestros escritos, de modo que reflejemos lo que queremos decir eludiendo los signos lingüísticos que hemos decidido omitir y pretendiendo, como colofón, que el texto resulte lo  menos postizo posible.
 
Indiscutiblemente, un texto extenso y en el que evitemos un signo frecuente  posee un mérito y un interés superior, porque, como es lógico, no es lo mismo prescindir del signo e que del u o el  j.
Por eso espero que este texto resulte entretenido y ligero de leer, porque de ello inferiré que, junto con el objetivo de cumplir con el código del juego, he conseguido otros dos: ofrecer unos modestos conocimientos y, sobre todo, divertirnos un poco.
Después de todo esto, puedo sostener y sostengo que este ejercicio es  un estímulo portentoso del intelecto  que no puede producir sino beneficios y provecho.
¿No sienten ustedes el impulso de medirse con un reto de éstos? 
 

 

martes, 27 de enero de 2015

Terror en la noche (más o menos)

 
Mi tío contaba  entre risas,  para diversión de la familia, una anécdota que le ocurrió cuando era joven. A lo largo de los años la anécdota se volvió a contar en casa en diversas ocasiones y gracias a eso la recuerdo  yo.
 
A ese muchacho que era entonces mi tío le gustaban las historias de terror (no sé, por cierto, si esto es algo que se transmita por herencia genética, pero si así fuera, yo podría suponer de dónde viene mi gusto e interés por el género), y cada noche, antes de dormir, leía un rato alguna novela o  cuento escalofriante.
Decía que pasaba miedo, que se ponía nervioso, y que muchas veces estaba a punto de soltar el libro y no leer más, pero que al mismo tiempo  disfrutaba mucho con aquellas emociones  producidas por  seres de pesadilla,  sótanos siniestros, cementerios en ruinas y lúgubres bosques. 

Una noche, al parecer, se sintió especialmente impresionado por la historia que acababa de leer y le estaba resultando difícil quedarse dormido. 
Además se dio la circunstancia de que aquel día  había dejado una camisa blanca colgada de una percha y ésta colgada  en el tirador de la ventana.
Cuando sus ojos se acomodaron a la penumbra de la habitación, pudieron percibir el contorno de la camisa, que, colgada como estaba, le pareció por un momento un hombre allí de pie.
Con esta idea ya en la cabeza y con  la imaginación estimulada por la lectura, mi tío se iba obsesionando cada vez más con la dichosa camisa, que ya se le figuraba el asesino de la novela que hubiera escapado de sus páginas.
Era consciente de que aquello no era más que su camisa, pero no podía librarse de la impresión que le causaba. Y así, incapaz de ignorar aquella silueta fantasmal,  tuvo que saltar de la cama, descolgar la camisa y guardarla en el armario.
Cuando contaba la anécdota decía: “¡Yo ya veía al tío con sombrero y todo!”
 

Las novelas que tanto entretenían y sugestionaban a mi tío en su juventud eran de las que se denominan, según he sabido después, “novelas de a duro”  o "bolsilibros", que se vendían en los quioscos, constituían lo que se considera infraliteratura y eran el equivalente español de la literatura pulp americana.
En concreto, las que coleccionaba mi tío eran las que editó Bruguera durante los años setenta  en la colección “Selección Terror”, y que tienen títulos tan estupendos y rotundos como Bajo la fría lápida, El siniestro asesino soy yo, Calefacción en la tumba, Las llaves del diablo  o ¡Matad, muertos, matad!
 
Un día, cuando mi tío ya estaba casado y era padre de familia, descubrí que las novelitas seguían en casa de mis abuelos, olvidadas allí cuando su dueño dejó la casa paterna. Mi abuelo me dijo que podía quedarme con ellas si las quería.
Claro que las quería, y hoy sigo conservando esa docena de historias baratas que recuperé del olvido sin saber que con el tiempo se convertirían en el preciado objeto de coleccionismo que hoy día son.
Durante las noches de aquel verano en que mi abuelo me las dio, esas novelitas pulp fueron para mí un ligero e intrascendente entretenimiento. No me parecían muy terroríficas ni tan persuasivas,  pero siempre, antes de apagar la luz, me aseguraba de que en mi habitación no hubiera nada que, en la oscuridad, pudiera parecerse a la camisa de mi tío.
 
 

 
Es fácil encontrar en internet información sobre estas novelas y sobre sus autores más emblemáticos: Clark Carrados, Silver Kane, Burton Hare...



miércoles, 14 de enero de 2015

Huesos de limón


 ¿Han observado ustedes cómo se esconden, entre las hojas de la ensalada o los granos de arroz, los huesos de limón que caen en el plato inadvertidamente? Esos huesos de limón no alteran el sabor ni la textura del plato, pero no son comestibles, así que no sólo estorban y hacen feo sino que además empañan la labor del cocinero.
De la misma manera y por las mismas razones, nuestros textos quedan deslucidos cuando en ellos caen las molestas y escondidizas erratas.
 
La errata, ese lapsus tipográfico (que no tiene que ver con nuestro dominio de la ortografía), esa mancha, esa ignominia que aparece en nuestros escritos cuando ya los hemos enviado a su destino, cuando ya se han hecho públicos, y que ha estado riéndose de nosotros, jugando al escondite, durante los procesos de revisión.
La errata no es mala per se; la errata es un fallo natural, un desliz que se puede corregir con toda facilidad y que, incluso si no se corrige, no afecta al sentido de la frase y mucho menos al del texto completo.
El peligro de la errata es su mala idea, su capacidad para escabullirse entre las letras que la rodean y esperar agazapada hasta el momento de dejarse ver, cuando ya cualquier lector la puede  localizar. Entonces nos quedamos con la injusta sensación de haber sido descuidados y con la correcta impresión de haber sido burlados.
 
Pero ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué no siempre detectamos los errores por mucho que releamos y revisemos nuestros textos?
La culpa no es nuestra, que nos afanamos en limpiar nuestros escritos y nos esmeramos en no dejar ni una mancha en ellos. La culpa la tiene nuestro maravilloso cerebro.
Cuando leemos un texto que hemos escrito nosotros mismos, tenemos ya una copia mental de ese texto, lo cual implica que sabemos de antemano lo que vamos a leer, las palabras que vamos a ir encontrando. Por eso el cerebro se anticipa, espera leer “Los niños comían manzanas” y da por hecho que eso es lo que lee, aunque en realidad hayamos escrito “Los niños comían mananzas”.
En cambio, el cerebro del lector destinatario de nuestro texto no anticipa, no presupone qué palabras vienen a continuación, por lo cual sí verá ese “mananzas”. Y se llevará una mala impresión y podrá pensar que el texto no ha sido debidamente revisado.
 
Pero en muchas ocasiones ni siquiera ese lector es capaz de detectar la antipática errata,  y Eugene Field, en Los amores de un bibliómano, nos cuenta una anécdota que ilustra el caso:
En una ocasión la imprenta Foulis de Glasgow se propuso imprimir un Horacio perfecto. En consecuencia las galeradas se expusieron a las puertas de la universidad  y se pagó una suma de dinero por cada error detectado.
A pesar de estas precauciones la edición contenía seis errores no detectados cuando finalmente se publicó.
 
¿Y por qué tampoco el lector avispado y sagaz descubre en ocasiones las erratas? De nuevo, la culpa es del cerebro humano, que, al igual que el corrector de Word, a veces se pasa de listo.
Según las leyes psicológicas de la percepción, y en concreto la llamada “ley de cierre” o “de completud”, el cerebro percibe el todo antes que las partes, y por lo tanto lee las palabras completas, no letra por letra, y tiende a corregir automáticamente lo que percibe como erróneo; y es tan eficiente en su labor  que nuestros ojos no llegan a ver el fallo.
Seguramente han visto ustedes algunos de esos textos que demuestran que podemos entender un mensaje en el qeu sloo la pirmrea y la úmlita ltera de cdaa plaraba etsán en su stiio.
O esos otros que dmstrn q tmbn s psbl  ntndr n txt sn vcls.
 
La feliz conclusión de todo esto es que si se nos escapan algunas erratas, si no detectamos algunos errores tipográficos, ello no se debe a ninguna flaqueza intelectual, sino precisamente a que nuestro cerebro funciona a la perfección.
 
 
"Las mejores revisiones las hago después de haber pulsado enviar"




martes, 23 de diciembre de 2014

Que hablen ellos (otra vez)


Para la primera entrada de 2014 les pedí a unos amigos que compartieran con nosotros algunas de sus ideas, de sus reflexiones, que nos inspirasen para empezar el año con pensamientos constructivos y provechosos.
Y ahora que 2014 acaba, me ha parecido que sería buena idea recurrir otra vez a mentes preclaras y nobles para que nos ofrezcan nuevos ejemplos de sabiduría y sensatez.


En estos días en los que un año se va y otro llega; en los que nos ilusionamos con nuevos proyectos, nuevas etapas, y en los que se habla de amor, paz y felicidad entre regalos, banquetes y jolgorio de purpurina, los autores a los que he pedido un poco de ilustración nos han dejado palabras que hablan de agradecimiento por las cosas pequeñas; de apreciación por los momentos y los placeres cotidianos; de comprensión humana,  de renovación y de confianza en el porvenir y en nosotros mismos.
Son Robert Walser, conocido y amado por su sencillez y su ternura; Xavier de Maistre, que me encandila con su franca ingenuidad; Stefan Zweig, que vuelve a conquistarme con su elegancia literaria y personal; Robert Louis Stevenson, porque nadie mejor que él para hablarnos de resistencia y coraje ante la adversidad; Marguerite Yourcenar, que tan bien conoce al ser humano, y  Charles Dickens, que lo sabe todo.
 
Estas palabras no fueron escritas como consejos ni pretendían aleccionar, pero, tal vez por esa razón, a mí me parece que son más útiles y sinceras, y más comprensibles,  que muchos consejos y lecciones:

No me daba apenas cuenta de lo placentero que resultaba todo aquello para mí. Mi madre se acercó y se sentó junto a nosotros. Sentí la necesidad de decir algo amoroso o amable, pero ninguna palabra asomó a mis labios. Ella se dio cuenta de lo que me pasaba, me tomó entre sus brazos y me besó. […] era feliz de poder comunicarme así con mi madre.
(Robert Walser. Los cuadernos de Fritz Kocher, 1904)



Un buen fuego, unos libros, unas plumas, ¡cuántos recursos contra el aburrimiento! Y aún más, qué placer olvidarse de los libros y las plumas para ponerse a atizar el fuego, entregándose a alguna dulce meditación o componiendo algunas rimas para alegrar a los amigos. Las horas discurren ante nosotros y caen silenciosas en la eternidad sin que sintáis su triste pasar.
(Xavier de Maistre. Viaje alrededor de mi habitación, 1794)

 
[…] no veo por qué he de adoptar el papel de juez; prefiero actuar de defensor. Personalmente, me causa mayor satisfacción comprender a los hombres que condenarlos.
(Stefan Zweig. Veinticuatro horas en la vida de una mujer, 1929)

 

Mi paciencia da sus frutos. Sufro menos y la vida se vuelve casi dulce. […] los periodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos de reanudación y de continuidad me parecen otros tantos prodigios […]; las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles. No todos nuestros libros perecerán; nuestras estatuas mutiladas serán rehechas, y otras cúpulas y frontones nacerán de nuestros frontones y nuestras cúpulas […]
(Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano, 1951)


 

El hombre se recupera de su desgracia, comienza a construir los nuevos cimientos de su vida sobre las ruinas de los antiguos, y cuando se le rompe la espada se las arregla con la daga como un valiente.

(Robert Louis Stevenson. Ensayos sobre literatura. 1887)
 
  
En la ciudad y en el pueblo hay puertas y ventanas cerradas contra el frío, hay troncos llameantes apilados, hay caras alegres, hay una sana melodía de voces.
Que la vileza y el daño queden fuera de los templos de los dioses del hogar, pero acojamos los recuerdos con dulce ánimo; pertenecen al tiempo y a su reconfortante y sereno consuelo.
(Charles Dickens. What Christmas Is as We Grow Older, 1851)


 * * *
 
Para todos ustedes, amigos de Juguetes del viento, mis mejores deseos para el nuevo año y mi agradecimiento por éste.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Cuidado con las novelas


Imagínense ustedes que un crítico literario o similar dijera que Paul Auster es un desalmado y que sus novelas son inmundas. O que Umberto Eco y Javier Marías escriben que da pena y sus obras no valen ni el trabajo de mirarlas.  O que publicar y comprar las obras de Ana María Matute es un derroche irresponsable.
Y que dijera, además, que las novelas, así, en conjunto, como hecho literario, son las culpables de la corrupción política y del calentamiento global.
Tal vez pensaríamos que ese señor ha bebido lo que no debía, o bien que tiene muchas ganas de guasa. Y tal vez también pensaríamos que lo que dice, por ser una tontería, tiene su lado divertido.
 
Pero si trasladamos esta ficción hasta 1910, comprobaremos que un crítico semejante existió y que decía, dentro de su contexto social e ideológico, los mismos disparates aunque, eso sí, con mucha más elegancia y gracejo.
En efecto, hace ya más de un siglo, un sacerdote jesuita, de nombre Pablo Ladrón de Guevara, escribió un libro muy curioso, divertidísimo (aunque no fuera esa su intención) y promotor (aunque tampoco fuera esa su intención) de muchísimos autores clásicos. El libro se titula Novelistas malos y buenos, y yo lo tengo.
En este libro encontramos un repaso muy completo de autores y  novelas que el buen sacerdote somete a juicio y  califica de buenos o malos según su pío y digno criterio.
Pero resulta que la mayoría de las novelas le parecen malas, y más malos aún sus autores, que se dirían entes malignos dedicados a  pervertir a las pobres almas cándidas que tienen la fatal ocurrencia de leer una novela.
En la introducción de la obra dice:
 
Así, basta abrir una novela de Louys, Eça de Queiroz, de Valle Inclán, de D’Annunzio y de tantos otros, para que, sin más, sepamos que tenemos delante, además de la impiedad, la inmoralidad, la deshonestidad más asquerosa y desvergonzada.
 
No, no se ahorra calificativos adversos el padre Pablo.  Pero escribe con tanta gracia, con  tal precisión semántica  y con tan certera conjugación de la idea y la expresión, que si lo leemos con ojos modernos y hacemos caso omiso de la intención moralizante y el espíritu doctrinario,  lo cierto es que da gusto leerlo, además de risa.
Vean lo que dice, y cómo lo dice, de algunos autores y sus obras:
A Galdós lo tacha de “sectario obcecado y de malas entrañas”, y su literatura le parece “innoble, falsa e insidiosa”. Fortunata y Jacinta es “muy deshonesta é indecente en pecados de especie especialmente grave”.
Baroja no sale mejor parado, pues dice  de él que “no le cuadra el nombre de Pío, sino el de impío, clerófobo, deshonesto”. Y de Camino de perfección dice sencillamente que es “muy mala”.
Clarín es un “crítico presuntuoso, de mala ley, que se precia de tener por su gran maestro al novelista francés cuyo nombre las gentes decentes no pronuncian sino con mucha repugnancia.” Y de  La Regenta dice: “En el fondo rebosa de porquerías, vulgaridades y cinismo”, y es “cargante en demasía.”
 Tampoco le cae bien Pardo Bazán, la cual “ha venido á caer en el realismo deshonesto, y, en alguna novela, hasta en el determinismo”. Y de Los Pazos de Ulloa dice: “Muy mala. Hay pecado deshonesto de gravedad específica singularmente opuesta á la naturaleza, con descripciones y fraseología que no toleran ni los ojos ni los oídos de las personas bien educadas.”
Da la sensación de que a los franceses les tiene especial manía, pues de Balzac dice que es “Novelista muy deshonesto, y en alto grado pernicioso por sus máximas y principios y por los sentimientos que despierta.”
Y Victor Hugo “con frecuencia habla que parece un loco, ó más bien poseído del demonio. Muy inmoral y fatalista".
Y su obra El último día de un condenado a muerte le parece una “especie de novela atroz, horrible”.
A Zola le tiene mucha tirria y no lo oculta cuando dice que “… nació en París, donde murió de muerte desastrada, después de haber escrito libros tan escandalosos por su impiedad y asquerosa lujuria, que acabó por causar náuseas á sus propios amigos. Con tal infame comercio se hizo muy rico.” Y para reforzar su criterio se apoya en las palabras de otro crítico,  que calificó su estilo de “brutal y grosero” y a sus personajes de “grotescos y monstruos repulsivos”.
 
Pero los rusos tampoco le caen bien, por lo menos Tolstoi, al que califica de contradictorio, deshonesto, incrédulo, racionalista, anarquista, nihilista, inmoral y provocativo. Y nos dice que otro crítico coloca al ruso “entre los semilocos”, y un tercero opina que es “uno de esos seres cascados”.
Y él mismo añade: “Tolstoi querría que salieran del cielo los ángeles y del infierno los demonios y demás condenados.”
 
Menos mal que a Stevenson, Dickens, Poe y a algunos más los encuentra “inofensivos” y sus obras “se pueden leer”. Pero con cuidado, claro, porque, de Dickens nos advierte: “Algunas de sus novelas de amores no convienen a todos”. Y de Poe avisa: “En sus cuentos es raro, chocante, mórbido, malsano, fríamente fantástico, pero no deshonesto”.
 
No es de extrañar, en realidad, que la mayoría de los autores le parezcan seres perversos e indecentes, porque, según su visión del asunto, la novela como género literario no trae más que problemas a la humanidad. Y es de agradecer, dentro de todo, que se preocupe especialmente por las mujeres, que al parecer son las personas más vulnerables y más expuestas a los peligros de la lectura:
 
La novela es el arte de enseñar amoríos. Es el arte de familiarizar al lector con todos los atrevimientos y deslices. ¡Desgraciada la mujer que se aficiona á novelas! Yo me he puesto a leer por necesidad algunas que sé que las han leído muchas señoras cristianas… y confieso que no entiendo cómo una señora pudorosa puede leerlas sin perder la virginidad del alma en su lectura. Imposible, imposible, imposible!!!

 
Al final del libro, el padre Pablo nos aclara definitivamente por qué las novelas son tan perniciosas y su influencia tan temible:
 
El hastío, el disgusto de todo lo que dé pena y sea vulgar, es decir, de la mayor parte de las cosas de esta vida (que dan pena y son vulgares casi todas), es el carácter más distintivo de los que leen novelas y en su lectura contraen la enfermedad crónica que yo llamaría "nostalgia del país de las novelas". Enfermedad fatua, estéril, que agota las fuerzas del espíritu en inútiles anhelos y febriles ansias, enflaquece las fuerzas de la razón, anubla el albo y diáfano resplandor del criterio, distiende los nervios del espíritu y aun los nervios verdaderos del cuerpo, produciendo en los lectores una neurastenia que los incapacita para todo ejercicio ordenado y moderado, según las reglas de la vida ordinaria.
 
Así que hay que tener cuidado con las novelas si no quiere uno acabar convertido en un completo inútil.
Lo bueno es que los que ya no tenemos remedio, los que ya estamos contagiados de la ‘nostalgia del país de las novelas’, podemos seguir leyendo tranquilamente. Peor no nos vamos a poner.