jueves, 14 de diciembre de 2017

Tres historias navideñas aproximadamente



En bicicleta por la ciudad 

A esa hora de la noche  la ciudad ya estaba desierta.
El muchacho pedaleaba por la interminable avenida bajo estrellas y guirnaldas de colores.
De pronto escuchó tras de sí, aún lejos, el ruido de una moto.
Se acercó a la acera todo lo que pudo, y de manera inconsciente aceleró el pedaleo.
La moto siguió acercándose, y justo en el momento en que llegaba a su altura el muchacho notó un roce en la espalda, como si el motorista le pasara la mano por encima de la cazadora.
En ese instante estuvo seguro de que quería tirarlo al suelo, pero la moto pasó de largo sin más.
El muchacho de la bicicleta pensó entonces que tal vez fuera un conocido que había intentado saludarlo. O algún sentimental imprudente que quería desearle una feliz Nochebuena.
Al llegar a su casa dejó la bicicleta en el patio y subió a su habitación.
Y entendió lo que había ocurrido al ver el desgarro que cruzaba la espalda de la cazadora. 


*** 

Fuensanta

A Fuensanta no le gustaba diciembre, porque las calles y los escaparates decorados hacían que se sintiera aún más sola. Pero no tenía más remedio que salir cada tarde para tirar la basura. Y a veces, de paso, iba a misa.

Salió del portal y al volver la esquina se detuvo un momento delante de un cartel que habían  pegado en la fachada. Era uno de esos carteles en los que se pide ayuda para encontrar a alguna persona desaparecida.
Fuensanta contempló la foto: era un hombre joven y de aspecto agresivo. Y entonces, hablando para sus adentros, como les hablaba a los santos de la iglesia, la anciana dijo:
-Todo el mundo tiene a alguien que lo eche de menos. Hasta un tipejo como tú, un ladrón cobarde y miserable, que se mete en las casas de mujeres indefensas para robarles su pobre paga de Navidad...

Fuensanta caminó unos pasos más hasta el contenedor y tiró la bolsa con su escasa basura diaria: unas mondas de patata, una cáscaras de huevo, unos huesos…

***


Los tiempos cambian

A Nicolás no le gustaban los cambios. Era muy tradicional y las novedades le causaban ansiedad. Pero sabía que los tiempos cambian y que hay que adaptarse, sobre todo si eres autónomo y tienes una empresa que sacar adelante.
De modo que aunque le costó desprenderse de su antiguo vehículo, al que le tenía mucho apego, no dejaba de reconocer que la nueva furgoneta de reparto, roja y blanca, era un primor.
Cuando se sentó al volante por primera vez se sintió raro, como aprisionado. Pero en seguida vio que los asientos eran más cómodos, y que en cuestión de estabilidad y seguridad no había comparación. Ahora sí que podría hacer sus entregas con toda  puntualidad sin temor a los vaivenes ni los derrapes.
Eso sí, lo que nunca podría superar la furgoneta era la estampa clásica del trineo y los renos recortados contra la luna.


Santa trineo luna

sábado, 2 de diciembre de 2017

¿Quién soy?


Hoy quiero proponerles a ustedes un nuevo juego, uno de esos entretenimientos literario-festivos con los que de vez en cuando nos deleitamos aquí. Bueno, yo me deleito, claro, y por eso espero que ustedes también.

Esta vez creo que la cosa les parecerá bastante sencilla. Al menos en cuanto al planteamiento, pero creo que en su resolución también.

Se trata de intentar identificar a tres personajes literarios, para lo cual tendrían ustedes que  leer los tres textos que les presento a continuación, uno para cada personaje. 
Son textos escritos por mí, planteados como si fuesen palabras de esos personajes, como si ellos hablasen de sí mismos. Por lo tanto, de lo que cuentan sobre su personalidad y sus circunstancias podrán ustedes inferir de qué personaje se trata.
Por supuesto son muy populares y  todos los conocemos, incluso aunque no hayamos leído las obras a las que pertencen.

Si les parece interesante el juego, espero sus respuestas, como de costumbre, en los comentarios. Yo no diré, claro está, si van acertando ustedes o no. Las soluciones las daré, también en los comentarios,   dentro de doce días, es decir, el miércoles 13 de diciembre.

Y sin más,  ésta es la información que cada personaje nos da sobre sí mismo: 


Personaje 1:

Yo soy una persona sencilla, del campo, que no se complica la vida. A mí que no me vengan con cuentos de poetas ni cosas de esas espirituales. Eso son tonterías de gente que no tiene nada que hacer. Conozco yo a uno que… bueno, yo creo que no está bien de la cabeza. Pero me cae bien, esa es la verdad. Tendrá sus rarezas, pero es buena persona. Y muy listo, ¿eh?,  al contrario que yo, que soy un tarugo, lo reconozco. El caso es que me gusta salir con él  por los campos, porque me habla de cosas que a mí nunca se me habrían pasado por la cabeza. Tengo que ir cuidando de él, eso también es verdad, porque con lo despistado que está y lo endeble, de cuerpo y de sesera, no sé cómo no se ha matado ya. Pero el caso es que él también me ayuda a mí, sin darse cuenta, porque creo que desde que me junto con él soy mejor persona. 

***
Personaje 2:

Mi padre era un científico adelantado a su época. Estaba al tanto de los últimos descubrimientos y trabajaba para perfeccionarlos. Por desgracia yo no heredé su inteligencia, y cuando vio que yo no era como él hubiera querido, como él había soñado, me rechazó sin miramientos. Es verdad que soy un manazas, pero eso no es culpa mía. 
Nunca superé el rechazo de mi padre, así que he sido siempre un infeliz. Y por eso en cuanto tuve ocasión me escapé de casa y me fui por esos mundos, lo más lejos posible. Necesitaba encontrarme a mí mismo, saber quién soy.

***

 Personaje 3:

Algunos dicen que soy un niño mimado, un hijo de papá que no sabe lo que quiere. Un veleta. Un impredecible. Pero es que mi familia es muy rara. Mi padre murió, y mi madre se se volvió a casar, casi enseguida y además con un impresentable. No sólo no lo soporto sino que sospecho de él. Creo que él es el responsable de la muerte de mi padre, que lo planeó todo para quedarse con todo, incluida su esposa. Y con estos pensamientos me estoy volviendo loco. Creo que tengo una depresión, porque he pensado suicidarme, y además últimamente he tenido alucinaciones… Pero no me atrevo a contárselo a nadie, porque con la fama de descentrado que tengo nadie me creería…

***


Como siempre, los espero a ustedes  aquí detrás,  en el saloncito de los comentarios. ¡Gracias!



casa Mark Twain

martes, 21 de noviembre de 2017

Yo leo, ¿tú lees?


Puede parecer una simple coincidencia, y seguramente es una coincidencia, aunque no me parece simple.
Me refiero a que desde hace un tiempo, dos o tres años quizá, muchas personas conocidas me comentan una misma cosa: que ahora leen mucho menos que antes, y que incluso han perdido el hábito por completo.

Algunas de estas personas dicen que esto se debe a que no tienen tiempo, a que llevan una vida muy acelerada, con mucho que hacer, siempre fuera de casa... Y es obvio que la falta de tiempo y de sosiego, además del cansancio, son incompatibles con el estado de calma despierta que requiere la lectura.
Otras me han dicho que el problema es que hace tiempo que no encuentran libros que les gusten de verdad, que les afecten, que supongan algo más que un rato de distracción. Y añaden que, aunque siguen leyendo, esa falta de intensidad les hace ir poco a poco perdiendo el interés.

Parece que hay aquí dos problemas distintos, pero después de meditar un poco sobre ellos, creo yo que en realidad son dos aspectos de una misma cuestión.
Respecto a lo primero ya se ha hablado mucho y desde hace tiempo. Por ejemplo, hace más de veinte años David Foster Wallace ya hablaba de cómo los libros estaban perdiendo su capacidad de interesar, de atraer, debido esto entre otras causas a la influencia de la televisión.
Y más recientemente, el filósofo Nuccio Ordine ha analizado a fondo cómo las características de nuestra sociedad actual afectan al hábito de la lectura. 
 
La otra cuestión, la falta de literatura interesante, también da mucho que pensar, y a mí me interesa mucho. Conozco a varias personas, profesionales de la literatura de un modo u otro,  que conocen muy bien, y mucho mejor que yo,  lo que se escribe hoy día. Y hablan de  falta de profundidad moral y psicológica en las obras actuales. Una de ellas me decía no hace mucho que hoy hay “muchos contadores de historias pero muy pocos escritores”. Y creo que es una manera muy sencilla y muy certera de  identificar el problema.

Las librerías están llenas de novedades que cambian cada semana. Parece que en este sentido también va todo muy acelerado: cada pocos días hay un montón de libros nuevos, y no sólo títulos nuevos, sino autores nuevos también. Parece que, como ha dicho Javier Marías hace poco,  hoy todo el mundo es capaz de escribir una novela.
Pero escribir una novela es en realidad una actividad lenta, minuciosa, que requiere tiempo, meditación y conocimiento, por lo que toda esta avalancha de títulos modernos quizá no tenga en realidad mucho que ver con la literatura, aunque lo parezca.

Esos libros son más bien una clase de cultura producida en serie, que no requiere detenimiento, y que tiene una finalidad puramente comercial; que favorece el deseo constante de novedades (deseo que no sé si tenemos por naturaleza o nos imbuyen), y que  fomenta el consumo inmediato, sin tiempo para meditar ni para descubrir. Son libros que cuentan historias más o menos interesantes y más o menos bien hilvanadas; pero no son libros que traten, volviendo a D. F. Wallace,  de  “cuestiones humanas básicas: por quién vivo, en qué creo, qué quiero. Cuestiones tan profundas que dichas de viva voz suenan banales”.

Y esto es justo lo que creo yo que echan de menos algunos lectores: las historias de carácter moral, es decir, referidas a la ética personal y a lo que concierne al ser humano como tal; obras con capacidad para reflejar la condición humana, sus recovecos, sus misterios; y los personajes complejos, que no sólo hacen cosas, que no sólo  van y vienen, sino que se preguntan, que dudan, que evolucionan y nos sorprenden. En resumen, historias y personajes que investiguen, como diría Stefan Zweig, “los fenómenos del alma”,  y que nos permitan aprender sobre “los secretos del sentimiento y las leyes mágicas que lo gobiernan”.
Pero para escribir así, claro, hace falta ser un verdadero escritor y no un mero contador de historias.

No quiere esto decir que sólo haya que leer a Shakespeare, a Dostoievski, y los demás de su tamaño, porque hay autores mucho más “ligeros”, populares incluso, que también escriben con hondura y conocimiento del alma humana.  

Por supuesto, leer puede ser un mero pasatiempo, y eso está muy bien; pero yo creo que sin la gran literatura estamos más solos, más aislados, más perdidos, en un sentido esencial, espiritual, por decirlo de una forma sencilla. Por eso hay lectores que en la lectura buscamos algo más,  una forma de entender el mundo y al ser humano,  incluidos nosotros mismos; una forma de comprender la vida. Y esto es algo tan profundo que no puede encontrarse obviamente en libros producidos a toda velocidad y al por mayor, como si fueran salchichas.

La sociedad ha cambiado mucho en las últimas dos o tres décadas, y ahora todo está dominado por la urgencia, la inmediatez y la actividad constante. Y esto ha hecho que cambie la literatura, porque parece que en este mundo, frenético y cómodo a la vez, no hay lugar  ni tiempo para aquello que requiera lentitud, espera y esfuerzo.

Sin embargo, quizá ahora es cuando más necesitamos de esa literatura paciente y reflexiva, como una serena corriente subterránea, que nos ayude a conocernos y a no olvidar quiénes somos; que nos haga ver que somos algo más que meros consumidores, algo más que engranajes y combustible de una gigantesca maquinaria.
Por suerte, los libros que llegaron antes, permanecen. 



 Johann Georg Meyer von Bremen. "Niña leyendo en una mesa" (1849)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Tres historias de miedo aproximadamente


Monstruos

Un fantasmita, un zombi, una novia cadáver y una momia llamaron a la puerta.
Les abrió otro monstruo. Éste tenía un ojo más alto que el otro, la frente prominente, las mejillas hundidas y la piel color de aceituna aliñada.
Los niños se encogieron un poco,  y el adulto que los acompañaba otro poco. Pero al instante todos se echaron a reír y los niños levantaron sus cestitas.
El monstruo grande fue poniendo caramelos en todas mientras los niños le daban las gracias con voces cantarinas.
Después el hombre monstruo se quedó en la puerta viéndolos marchar, tan contentos y risueños y diciéndole adiós con la manita.

Cuando entró y se sentó en su sofá de tres inútiles plazas pensó que ojalá fuera Halloween todos los días. Así él sería normal.

 💦💦💦

¡Corre!

Yo corría al límite de mis fuerzas, pero se acercaban cada vez más.
Estaba seguro de que alguno de ellos me alcanzaría en cualquier momento.
Pero una voz me decía: “Corre y no pienses. ¡Corre!”.  Pero ya no me quedaban muchas fuerzas.
No quería mirar hacia atrás, por miedo a ver cómo avanzaban hacia mí, pero necesitaba saber si aún tenía alguna posibilidad de librarme de ellos.
Volví la cabeza un instante y vi que alguno se había quedado  rezagado, pero los demás seguían ahí, acortando la distancia.
Hubo un momento en que estuve a punto de rendirme. Estaba agotado y sólo quería dejarme caer, abandonar. Pero la voz me dijo: “Si te han de cazar, que te cacen, pero no te entregues tú mismo”.
Así que hice un último esfuerzo, no sé cómo, y conseguí distanciarme algo más, un par de zancadas que podían ser vitales.

Entonces me caí, me hice daño, y al mirar al suelo me eché a llorar. Miré hacia atrás otra vez y través de las lágrimas los vi llegar, pero ya no importaba. La medalla de oro  era mía. 


💦💦💦


La página cien

En una revista literaria Nicolás encontró una especie de juego: “Coge el libro que tengas más a mano. Ábrelo por la pagina cien. La primera frase que leas marcará el resto de tu vida”.
—Menuda tontería —pensó.
Pero la curiosidad lo había atrapado sin que él se diera cuenta, de modo que al cabo de unos minutos se encontró con que la tontería no se le iba de la cabeza. Así que acabó alargando la mano hacia la estantería que tenía al lado, y sin mirar, dejando trabajar al azar, como tiene que ser, cogió el primer libro que tocó.
Lo abrió por el final, sin querer reconocer que estaba realmente ansioso por saber qué  le deparaba la página cien.
Lo malo fue que el libro que el azar le había puesto en las manos era una novelita breve de noventa y nueve páginas.



borders flowers


sábado, 21 de octubre de 2017

Eso no se dice


Dedicado a Guille

Esta entrada corresponde a la propuesta presentada por Guille en el aniversario del blog. Según nos dijo, le interesaban las diferentes maneras de nombrar una misma cosa; las palabras que utilizamos para evitar otras que por algún motivo nos resulta incómodo pronunciar. Es decir, los eufemismos.

Es sin duda un tema muy interesante y filológico, por lo que me congratula meditar aquí someramente sobre ello.

La palabra eufemismo proviene del griego euphēmismós, término formado a su vez por  eu-, “bien”, “bueno”,  y phēmē, “modo de hablar”, y viene definido en el diccionario como “manifestación decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”.

brain illustrationComo comentamos hace tiempo, el lenguaje tiene sentimientos, y por eso puede resultarnos difícil expresar ciertas ideas o usar ciertas palabras que conllevan una gran carga emocional, moral o cultural. Y por eso mismo no las utilizamos en cualquier contexto ni en cualquier ocasión.
Por lo tanto el eufemismo es un recurso para evitar la “incomodidad lingüística”, por así decir, provocada por el pudor, por las convenciones sociales, o por las connotaciones negativas de cualquier clase que pueda tener una palabra para una persona o para una colectividad. 
También sucede a veces que una palabra simplemente nos parece fonéticamente fea y por eso no nos gusta usarla.

Pero sea por la razón que sea, la cuestión es que hay circunstancias en las que preferimos utilizar palabras o frases que consideramos más suaves, de menor impacto, menos contundentes que otras.
Por ejemplo, cuando alguien acaba de morir quizá prefiramos decir que se ha ido; o diremos de alguien que está grueso o que tiene sobrepeso, en vez de decir llanamente que está gordo; o decimos empleada del hogar por criada o sirvienta. Igualmente se dice interrupción del embarazo en vez de aborto; tercera edad en vez de vejez, o que el niño necesita mejorar cuando ha suspendido.

gangster cartoonEl eufemismo es considerado a veces como manifestación de hipocresía, o una falta de naturalidad. O una forma cursi y remilgada de expresar las cosas.  Pero lo cierto es que hasta los tipos más duros recurren al eufemismo con frecuencia, como cuando dicen, por ejemplo, eliminar en vez de matar; presionar en vez de chantajear, o cantar en vez de delatar. Que también los malos tienen sus miramientos.

Algunas personas son muy enemigas de los eufemismos, así que se alistan en el bando contrario, el de los disfemismos; es decir prefieren las  formas que se consideran  inadecuadas o malsonantes. Así,  frente a la palabra contenida se opta por la inmoderada; frente a la expresión discreta se eligen palabras de dificil digestión.

Cuando los disfemismos  se usan sin ton ni son, sin miramiento y sin gracia, yo me acuerdo de mi abuela y casi se me escapa un “¡Niño, eso no se dice!” Pero reconozco que, en ocasiones, un disfemismo a tiempo, dicho con oportunidad y con salero, puede ser muy efectivo, o divertido o incluso artístico.

Y también es cierto que hay eufemismos que molestan un poco, porque son en realidad una artimaña para no llamar a las cosas por su nombre; pero no con la loable intención de evitar incomodar u ofender, sino con la menos loable de camuflar unos objetivos o unos intereses determinados. Son en general eufemismos de carácter político y económico, que suponen una manipulación interesada del lenguaje y por lo tanto del pensamiento. Así por ejemplo se dice ajuste de plantilla para no decir "despido", que suena fatal; horario flexible por "disponibilidad permanente", que parece abusivo,  deterioro económico en vez de "quiebra" o "ruina", que dan muy mal rollo, o corrección política en vez de "censura", que produce mucho rechazo.

Y hay también eufemismos que resultan muy pintorescos, por no decir cómicos y hasta ridículos. Son unos que se llevan mucho en estos tiempos y que se utilizan para dar un cierto lustre técnico y moderno a determinadas profesiones y actividades. Por ejemplo,  al portero de un edificio o establecimiento  ahora  algunos lo llaman agente de control de acceso;  el basurero es  técnico de recogida de residuos, y el agente de seguros es gestor de incidentes.

En fin, independientemente de que a veces se usen con un poco de exageración, o con finalidades poco edificantes o incluso perversas, parece que el eufemismo está más presente en el lenguaje de lo que quizá creemos, y sus formas son tan cotidianas a veces, tan sutiles otras, que no siempre somos conscientes de su presencia. 

Y yo creo que es un recurso lingüístico muy interesante y  en ocasiones muy colorido y hasta poético. Porque no sólo evita la incomodidad que determinadas expresiones pueden causar, sino que además, me parece a mí, es una manifestación de creatividad por parte de los hablantes y de versatilidad por parte de idioma. Es decir, una muestra más de la capacidad que tiene la lengua para recrearse a sí misma y para adaptarse a las necesidades de los hablantes.  Porque estarán ustedes de acuerdo en que es más agradable resolver un proceso asistencial que ir al médico; y en que es mucho más bonito y metáforico pasar a mejor vida que morirse sin más.

Ya lo dijo Clarín en Su único hijo:  

[…] recababan para ellos el mérito de las buenas formas, 
del eufemismo en el lenguaje; y así, todo se decía con rodeos, con frases opacas; 
y al hablar de amores de ilegales consecuencias se decía: 
«Fulano obsequia a Fulana», v. gr.
De todas suertes, la vida era mucho más divertida entonces.


old book




lunes, 9 de octubre de 2017

Parejas complejas, 12


Hay parejas que se llevan mal, como Caperucita y el Lobo,  el capitán Ahab y Moby Dick, o Superman y Lex Luthor.
Pero también hay parejas que se llevan muy bien, como Thelma y Louise, Batman y Robin o Hansel y Gretel.

Moby DickY luego hay parejas gamberras, cuyos miembros se ponen de acuerdo entre sí con el único fin de causar el mal al resto de la población.
Es el caso de los gemelos traviesos, de esos que se hacen pasar el uno por el otro para desconcertar a la abuela o para hacer trampas en los exámenes.

A este grupo malvado pertenecen las parejas complejas, esos duetos de palabras que se parecen tanto la una a la otra que fácilmente nos confunden y nos hacen caer en su trampa de ignominia.
Cuando ocurre esto, yo me imagino que esas palabras, después de oírnos pronunciar una en lugar de otra, salen corriendo entre risitas, se esconden detrás de una esquina, y se asoman satisfechas a contemplar nuestro sonrojo y oprobio. 

Y así me las imaginé cuando escuché una vez a un tertuliano televisivo decir que hay que cumplir las leyes, que uno “no puede inculcar las normas.”
Pero el caso es que sí, que a veces conviene inculcarlas, es decir, repetírselas a alguien para que se las aprenda. Y  lo que el burlado tertuliano debió decir en ese caso es conculcar. Porque conculcar significa “quebrantar una ley, obligación o principio”.

Otra pareja con una mala idea notable es la formada por esotérico y exotérico. Se parecen una barbaridad, incluso hay que pronunciarlas con intención para que se perciba su escasa diferencia. Pero aunque se parecen tanto, significan precisamente cosas contrarias. Esotérico es lo que está oculto, algo impenetrable y de difícil acceso para la mente. Por el contrario, exotérico es lo común, lo que es accesible para todo el mundo.

Como si el objetivo de la obra de arte no fuera precisamente
el exoterismo […], como si su función no fuera manisfestar
de manera clara el misterio en el cual su autor fue admitido.*

El mundo de los sueños 
(Alma-Tadema, 1876).
Estas dos palabras provienen respectivamente de los términos griegos esōtérō, “más adentro”, y exōtérō, “más afuera”, y me resulta curioso que, de las dos,  la más común sea la que hace referencia a lo raro, y la más rara sea la que se refiere a lo común.
Será que como la x es una letra tan exótica, nos parece que lo exotérico tendría que ser aquello que nos resulta más ajeno.
 
Y es que a veces resulta dificil conciliar la forma de una palabra con su significado.
Un momento, ¿conciliar o reconciliar?

El diccionario me dice que conciliar  es  hacer compatibles o poner de acuerdo dos o más personas o cosas; y que reconciliar es volver a las amistades, o acordar los ánimos desunidos.
La verdad es que ahora,  después de leer el significado exacto de cada palabra, sigo sin estar segura de cuál es la que más conviene en este caso...

Lo que sí tengo claro es que conciliar significa también “conseguir dormirse”, por eso yo no conseguí dormir la noche en que  me encontré en un libro esta frase:

No creía que pudiera reconciliar el sueño hasta que
aquel postigo dejara de dar golpes…

Y claro, a la mañana siguiente estaba... bueno,  no sé si estaba somnolienta o soñolienta.
No me digan que esta pareja no es terrible, de las quitan el sueño. Pero lo peor es que estamos en otro de esos casos en los que conocer la definición de cada una no nos sirve de mucho. Vean ustedes:

Somnoliento: Que tiene o denota sueño  (del latín somnolentus) 
Soñoliento:  Acometido por el sueño o muy inclinado a él (del latín somnolentus)


En fin, yo me rindo. Tendré que asumir que jamás de los jamases seré capaz de distinguir las palabras de determinadas parejas complejas, y que siempre las usaré sin precisión. 
En esos casos, el único consuelo que me queda es pensar que habrá más personas que tampoco las diferencien, con lo que, tal vez, mi deshonra léxica pasará desapercibida.


🌿🌿🌿

* Claude-Edmonde Magny. Carta sobre el poder de la escritura.
Traducción de M. Virginia Jaua. Ed. Periférica, 2016

martes, 26 de septiembre de 2017

Anagnosia


Recuerdo que cuando era pequeña, encontrarme con palabras que no conocía me desconcertaba y me fascinaba.
Me desconcertaba porque cada palabra nueva me demostraba que el mundo, tanto el físico como el mental, era inabarcable.
Y me fascinaba porque  iba comprendiendo, de manera intuitiva y difusa, que, al mismo tiempo,  cada palabra que aprendía me hacía el mundo más accesible.
Descubrir una palabra nueva era descubrir un aspecto nuevo de la realidad, y una forma más exacta, más precisa, de expresarla.

Y lo bueno es que me sigue pasando lo mismo. Como para confirmar aquellas primeras ideas indefinidas sobre la inmensidad de la realidad y la función de las palabras para conocerla y comprenderla, nunca he dejado de asombrarme con las palabras nuevas que he ido encontrando.

Horacio Quiroga
Horacio Quiroga (1878-1937)
Y esto es lo que me ha ocurrido hace muy poco con la palabra anagnosia.
La encontré en “La retórica del cuento  de Horacio Quiroga, donde el maestro habla de “mi elemental anagnosia del oficio”.
Me pareció que la palabra tenía una connotación negativa, pero el contexto no me sirvió para confirmar esa impresión. Así que, como siempre, fui al diccionario de la RAE como primer paso de la indagación. 
Pero hete aquí que me encontré con que la palabra anagnosia no viene recogida . Empezaba mal la pesquisa.

Pero eso no me arredró, más bien lo contrario, de manera que me puse a buscarla por otros rumbos y derroteros.
Y como me parecía una palabra de origen griego, busqué en el diccionario  pertinente. ¿Y qué me encontré? Pues que como significado de anagnosia figuraba… anagnosia. Así también hago yo un diccionario, oiga.

Después probé a poner la palabra directamente en Google, y aparecieron como resultado varios diccionarios portugueses. En ellos leí que anagnosia proviene del griego anágnosis, que significa “reconocimiento” y “lectura”, y que el término se utiliza para referirse a la lectura e interpretación excesiva -demasiado imaginativa- de un texto.

Interesante, pero obviamente esta definición no encajaba en el texto de Horacio Quiroga.

También me daba Google la referencia a un libro argentino del siglo XIX, titulado  Anagnosia: verdadero método para enseñar y aprender á leer con facilidad, inspirando al niño a la lectura y amor á la virtud y al trabajo.
Precioso, sin duda. Pero tampoco encajaba con la anagnosia de Quiroga.

Con estos resultados, seguí mi búsqueda  más intrigada aún de lo que estaba al principio, y entonces pensé que quizá anagnosia fuera la palabra agnosia acompañada  del prefijo negativo an-. Así que lo primero era comprobar si existía agnosia. Y ahora sí; agnosia aparece en el diccionario. Su origen está en el término griego agnōsía, que significa “desconocimiento”,  y se define como:  
"Alteración de la percepción que incapacita a alguien para reconocer personas, objetos o sensaciones que antes le eran familiares."

Esta definición tampoco  me servía para entender la frase de Quiroga, pero la etimología de la palabra sí me daba una pista útil:  si originalmente agnosia significa  “desconocimiento”, la forma negativa an-agnosia debía de ser “conocimiento”, lo cual sí resultaba coherente en el texto de don Horacio.
Intentando aclararme entre agnosias, anagnosias, desconocimiento e interpretaciones imaginativas,  conceptos con lo que, por cierto, me iba identificando cada vez más, encontré, por los mundos anglosajones, una definición similar de agnosia y la etimología de la palabra, que está formada por el prefijo a- (“sin”) y la palabra gnōsis (“conocimiento”). De aquí deriva también, dicho sea de paso, el término  “agnóstico”, que hace referencia justamente a la imposibilidad de saber.

La cosa se volvía cada vez más rara, porque, visto lo anterior, resulta que anagnosia es una palabra que contiene dos prefijos negativos, an- y a-, para adquirir un significado positivo, con lo que su sentido estricto viene a ser sin desconocimiento.
Sin duda ya, la frase “mi elemental anagnosia del oficio” significaba “mi elemental conocimiento del oficio”.

Pero me quedaba un misterio por resolver, a saber, ¿por qué las primeras referencias anagnosia que encontré tenían que ver con la interpretación de los textos?
Insistiendo un poco más en mis indagaciones di por fin con un diccionario griego-inglés que con toda la sencillez del mundo me indicó que la palabra anagnosia significa las dos cosas: “lectura” y “conocimiento”. Y es que, al fin y al cabo, ¿qué es la lectura sino conocimiento?
Así que quizá el primer diccionario griego que consulté no era tan simple como me pareció, porque ahora sé que puedo decir con toda lógica y coherencia que gracias a la anagnosia aumenté mi anagnosia. 





miércoles, 13 de septiembre de 2017

¿De qué va?


No hace mucho, por esos encuentros casuales que se producen en internet, di con una entrevista a un escritor islandés al que no conocía, Jon Kalman Stefánsson.
La cuestión es que el autor dice en la entrevista algo que me interesó: que saber “de qué va” un libro, de qué trata, no siempre es relevante, y que puede que la respuesta a esa pregunta no nos diga nada. Según él, lo que importa no es de qué trata el libro sino cómo es el libro.

Yo nunca me había parado a pensar en esto de forma consciente, pero en cuanto lo escuché reconocí la idea; es decir, es algo que yo también pensaba pero de forma difusa, porque nunca lo había meditado ni le había dado forma con palabras.

Herman Melville
Herman Melville
Pero creo que es verdad que muchas veces lo  más interesante no es de qué trata el libro, o cuál es la historia que cuenta, el argumento, sino la forma en que está contado. Y no me refiero siquiera al estilo, a las características del lenguaje, sino al enfoque que se le da a la historia, la forma en la que el autor la presenta, y las ideas que se encuentran en ella. Y más aún,  las ideas que nosotros como lectores extraemos. Es decir, lo que importa es lo que el libro nos hace pensar.

Por ejemplo, si alguien me preguntase “de qué va” Bartleby, el icónico relato de Melville, podría decir que va de un oficinista que se niega a hacer lo que su jefe le manda. No dice mucho, ¿verdad? Pero, en resumidas cuentas, de eso va la historia. 
Y, claro, si decimos sólo eso, estamos obviando algo tan importante como las ideas que se contienen en la historia, y tambén la forma magistral en que Melville va intrigando al lector. A medida que el bueno de Bartleby se va encerrando más en su educada y pertinaz negativa, va aumentando el misterio, y al mismo tiempo van apareciendo sugerencias sobre la condición humana: cómo nos enfrentamos cada uno a las situaciones conflictivas; cómo las circunstancias que vivimos condicionan nuestra visión de las cosas; qué nos hace ser a cada uno quienes somos; cómo manifestamos nuestra individualidad...
Todo esto, la forma en que se va desarrollando una historia, la forma en que capta nuestro interés, y las reflexiones que nos inspira, son tan importantes como el argumento y el tema, si no más.

Yo suelo bromear diciendo que ya desde los griegos está dicho todo, y que si algo  les faltó por decir, ya se encargó Shakespeare.  Es una forma de decir que todos los temas están ya tratados en la historia de la literatura. Y que por eso es absurdo empeñarse en ser original, pretender escribir sobre algo nuevo. Y de todas formas, dicho sea de paso, la originalidad no es garantía de nada: se puede ser muy insípido de una forma muy original.

Incluso hay quien dice, como es el caso del escritor Christopher Booker (que tiene un nombre de lo más apropiado, por cierto), que sólo existen unos cuantos temas básicos: la lucha contra el monstruo; la burla contra los poderosos; la búsqueda; el viaje; el renacer... y que todas las historias, de una forma u otra,  tratan sobre alguno de esos temas.
No sé si esto es simplificar demasiado, pero vistos de manera amplia, incluyendo todo lo que metáforas como “el monstruo” o “el viaje” pueden incluir, quizá no sea tan simple.

La cuestión es que la originalidad no hay que buscarla tanto en el tema como en la forma de tratarlo. Lo importante es el planteamiento y las ideas, lo que la historia nos aporta o nos inspira;  que nos haga meditar sobre cosas en las que nunca antes habíamos pensado, o que pensemos en ellas de manera diferente, con nuevas perspectivas; que nos sorprenda y nos diga algo de una manera interesante y propia.

Por eso, cuando me preguntan de qué va un libro determinado, siempre tengo la impresión de no hacerle justicia. Siempre siento que me quedo corta si sólo hablo del argumento. Y esa sensación está justificada, porque -salvo que el libro sea una verdadera simpleza-, incluso una mera obra de entretenimiento podrá evocar diversas ideas, sea cual sea la trama en la que esas ideas están contenidas.
Pero claro, cuando alguien pregunta de qué va un libro, espera una respuesta escueta, no una disertación, así que quizá sea inevitable que nos quede esa sensación de estar trivializando la profundidad del libro, y que siempre corramos el riesgo de que, como dice el escritor en su entrevista, la respuesta que demos no le diga mucho a quien nos preguntó.