viernes, 16 de agosto de 2019

Juzgamundos


Conocí a Augusto de la Torre en el club de lectura. Me llamó la atención desde el primer momento, porque era muy hablador, muy extrovertido, y parecía tener muchos conocimientos. Era educado y agradable, aunque al mismo tiempo, no sabía yo por qué,  me transmitía una sensación sutil, difusa, de incomodidad. Pensé que esto se debía a que me abrumaba su sociabilidad y su formidable seguridad en sí mismo.

Un día me invitó a cenar. Me sorprendió, porque en realidad no nos conocíamos, sólo nos habíamos visto tres veces en tres meses, el tiempo que yo llevaba asistiendo al club de lectura, y no habíamos mantenido ninguna conversación al margen de la tertulia. Pero dada la buena impresión general que tenía de él, acepté la invitación, pensando que podríamos pasar una rato agradable charlando de literatura.

Sin embargo, durante la cena Augusto de la Torre se reveló  como un extraordinario juzgamundos, contándome detalles que yo no le pedía sobre los compañeros del club de lectura, y criticándolos, desde su atalaya moral, por un motivo u otro. No obstante, su tema de conversación preferido era él mismo. Me contó toda su vida, me habló de sus éxitos profesionales y personales, que eran muchísimos por lo visto, y de lo bien que lo pasaba. Porque su forma de vivir, hedonista y egocéntrica según pude colegir, era, decía él,  la más lógica y la más sabia. 

También se pintaba a sí mismo como una persona de mentalidad abierta, respetuosa y defensora del vive y deja vivir, mientras, paradójicamente, despreciaba a quienes vivían y se comportaban de cualquier manera distinta a la suya.
Así que volví a casa decepcionada y molesta por la forma cínica en que este zascandil se gloriaba y se presentaba  como lo contrario de lo que era.

Seguí viéndolo una vez al mes en el club de lectura, y aunque volvió a invitarme a salir ya no acepté.
En las tertulias nos parecía cada vez más vocinglero, pomposo y superficial, y empezaba a resultarnos cargante. Sin embargo, cuando al terminar cada reunión nos despedíamos todos en la puerta de la librería, yo lo miraba mientras se iba, y lo veía marchar, caminando con aplomo, las manos en los bolsillos y la cabeza erguida. Y me daba pena, tan ufano, tan convencido de sus méritos, tan ignorante y tan solo. 


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lunes, 5 de agosto de 2019

Un hombre peculiar

Celebrando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada, que fue publicada originalmente el 29 de enero de 2013.


Hace años, cuando iba al instituto, solía coincidir en los alrededores de mi casa con un hombre que me resultaba peculiar.
Yo no sabía nada de él, salvo que debía de vivir por allí, dada la frecuencia con que me cruzaba con él.
Lo veía por la calle, por el vecindario, y a veces también en la parada del autobús que nos llevaba al centro de la ciudad.
 
Era alto, muy delgado, con las mejillas un poco hundidas  y algo desaliñado en el vestir.
Era joven, pero caminaba levemente encorvado y con paso lento.
Me resultaba singular por su aspecto físico, sin duda,  pero había algo más que era lo que realmente hacía que me fijara en él. Algo que siempre captaba mi atención y que lo convertía, a mis ojos, en una persona diferente a la mayoría.
 
Siempre iba solo, y a pesar de esto y de su semblante serio, yo no me lo imaginaba solitario ni triste. Al contrario, siempre me dio la sensación de que debía de tener buenos amigos y probablemente un trabajo que le gustaba.
Quizá esta impresión mía venía provocada por ese rasgo especial que lo caracterizaba y  que siempre observaba en él. Siempre.

Un día volvía yo a casa con mi madre, y, como tantas veces, este hombre se cruzó en nuestro camino.
Yo no lo sabía, pero resultó que mi madre también se había fijado en él en ocasiones anteriores y también pensaba  que tenía un aspecto un tanto particular.

Cuando pasó de largo y se alejó, mi madre me dijo en voz baja:
-¿No te parece a ti que ese muchacho tiene una pinta un poco rara?
A lo que yo contesté, divertida:
-Sí, parece un malo de película.
Entonces ella dijo que  no le causaba muy buena impresión, pero yo le dije que, al contrario, yo estaba segura de que debía de ser educado y culto.
 
Mi madre se sorprendió un poco de mi opinión y mi convencimiento, puesto que, como he dicho, no lo conocíamos más que de vista.
Pero yo insistí en que a mí me parecía que aquel hombre tenía que ser una buena persona y alguien interesante.
Y al ver el asombro de mi madre, me expliqué:
-Lo digo porque siempre va con un libro en la mano.
 
Mi madre me miró con una sonrisa, pero no sé qué pensó exactamente.


Cecil Court, London



domingo, 21 de julio de 2019

Agradecimientos



Al arquitecto que diseñó el mundo en el que vivo,
Y al ingeniero que ideó el mecanismo de mi vida,
Gracias por el sol, por las nubes y por la lluvia
Y por el sonido del agua cuando llega a la orilla.
Por los animales y los bosques
Por las flores y los montes
Y por las personas que me ayudan a subir los escalones.
Por aquellos que despertaron y tocaron a rebato.
Por los niños buenos y los ancianos
Por las sonrisas y los abrazos
Y por el nudo en el estómago.
Por la magia que transforma el azar en coincidencia
Gracias por la literatura
Y por la Biblioteca Joanina
Por París, por Londres y por Sintra.
Por el hombre que no quiso ser nadie
Y por el que lo fue todo.
Por los que saben y nos enseñan.
Por quienes se ocupan de los otros.
Por los amigos que vuelven al cabo de los años,
Por los que nunca dejan de estar
Y por los nuevos que van llegando.
Y gracias por los que estuvieron
Aunque ya se hayan marchado.


mosaic pattern



viernes, 5 de julio de 2019

Razón suficiente


Hace unos meses un amigo me preguntó si yo llevaba un registro de lecturas.
Al contrario que él, yo nunca he tenido esa costumbre, ni siquiera lo había pensado nunca. Tampoco, hasta ese momento, se me había ocurrido qué utilidad  podían tener esos listados de libros leídos, aparte del mero recordatorio que suponen. 

Sin embargo, a partir de entonces he ido pensando que tales listas pueden ser un aliciente,  una forma de motivarse, si se necesita, para leer más: ir añadiendo títulos a la lista puede crear el deseo de aumentar el número de títulos leídos cada mes o cada año, o, en cualquier caso, la intención de no leer menos que el año anterior. Además, tengo la sensación de que el registro de los títulos puede darnos una mayor conciencia de lo leído, lo cual me parece una razón excelente y suficiente.

La cuestión es que después de aquella conversación mi forma de ver el asunto cambió un poco, y sentí que en verdad me gustaría tener anotados los libros que había leído en años anteriores. Me pareció que me habría gustado saber concretamente no cuántos sino cuáles habían sido, ver en qué orden los leí y cuánto hacía que los había leído. 

Y entonces, como casualmente era el mes de diciembre, decidí que a partir de enero anotaría los libros que fuese leyendo durante este 2019, aunque sólo fuese por la curiosidad de adoptar una nueva costumbre librera. Y además decidí hacer también un recuento de los leídos durante 2018, intentando recordar  todos los que me fuese posible.

De modo que empecé anotando el que estaba leyendo en esos días de finales de año, y fui haciendo memoria, y repasando mis estantes y el cuaderno donde a veces tomo notas durante las lecturas. Así conseguí recordar treinta títulos, y no creo que me faltasen muchos; uno o dos, quizá, tres como máximo, porque, como ya he comentado aquí otras veces, soy una lectora muy lenta y no creo que en un año llegue a leer muchos más de treinta libros (sin contar, claro está, los que traduzco).

Así que ahora tengo una lista de lecturas ya cerrada y otra en curso, que por ahora consta de sólo 16 títulos. Aunque teniendo en cuenta que uno de ellos tiene 800 páginas, podría contarlo como cuatro, ¿no?

Bromas aparte, dándole vueltas a todo esto, pensé que quizá tuviera más sentido hacer estas listas al inicio de nuestra trayectoria como lectores, porque así, al cabo del tiempo, se puede observar cómo han ido evolucionando nuestros gustos, nuestros intereses y la complejidad y variedad de los libros y los temas elegidos en cada momento, lo cual me parece interesante.  

Pero después pensé que incluso ahora, cuando nuestros gustos y criterios ya están formados, es muy posible que en cualquier momento nos abramos a posibilidades nuevas, al descubrimiento de culturas, estilos, géneros y autores a los que hasta ahora no hemos dedicado nuestra atención. La literatura, como el arte en general, no tiene límites, y nunca sabemos qué nuevos tesoros pueden atraernos cuando menos lo esperemos. 

Es obvio que yo, como sin duda también ustedes, recuerdo sin necesidad de listas ni de verlos físicamente, los libros que han sido más importantes para mí: aquellos que me han revelado algo, que me han enseñado, o emocionado, o consolado; los que me han hecho meditar o reír; los que me han hecho compañía de esa forma única en que nos acompañan los libros; los que me han llevado a pensar en personas concretas; los que me han servido de escudo protector… en fin, los que de una manera u otra me han dado alegría y felicidad, emocional o intelectual. Pero, como dije antes, no estaría mal saber en qué momento concreto los leí, en qué año,  y junto a cuáles otros. Porque quizá una lista de lecturas pueda ser también una especie de diario, en el que los títulos de los libros leídos nos traigan a la mente las circunstancias biográficas en que los leímos.

No sé si cuando, al cabo de un tiempo, repase  estas listas que he empezado a hacer ahora, me alegraré de tenerlas, o si simplemente dará igual porque recordaré, sin necesidad de leer los títulos, cuáles han tenido verdadero sentido para mí y por qué.
Y tampoco sé si a mí este registro de lecturas me servirá, como decíamos al principio, para leer más o para afianzar mejor las lecturas. 
Lo que sí sé es que, de momento, me resulta divertido y me hace pensar, y eso también me parece razón suficiente.





domingo, 23 de junio de 2019

Una carta

Celebrando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada que fue publicada originalmente el 14 de octubre de 2015.


Querido señor Walser:
En los últimos días he estado leyendo sus Historias de amor y, como ya me ha ocurrido en otras ocasiones, he sentido el deseo de escribirle unas líneas. Esta vez, como  ve, no he dejado pasar ese capricho.

Si me permite, señor Walser, yo sé que su vida no fue muy fácil ni alegre. Sé que padeció usted la melancolía de los poetas, el insomnio de los soñadores, la angustia de los sensibles. Y que pasó mucho tiempo solo y que así murió.

Sé también que fue usted una persona sin pretensiones, sin deseos de relucir, de destacar ni de ser alguien en el mundo. Al contrario, creo que, como el protagonista de su novela Jakob von Gunten, usted prefería no ser nadie, que  deseaba pasar  desapercibido, no tener responsabilidades ni compromisos duraderos; hacer sus modestas tareas con esmero y que lo dejaran soñar tranquilo.

Me embelesa y me admira,  señor Walser, que a pesar de sus desdichas, de su inadaptación, de sus fracasos, sus historias en general y estos pequeños cuentos de amor en particular, tengan un espíritu alegre. Ese tono inocente, juguetón, irónico y como de ensueño que hay en ellos me hace sonreír mientras los leo, y al final me provocan una leve sorpresa, un suspiro romántico o cualquier otra suave conmoción del espíritu.

Leer sus cuentos me hace sentir bien, ¿sabe usted?, me relaja y me alegra, porque al leerlos tengo la sensación de que no hay por qué enfadarse, afligirse ni quejarse; pero no por inconsciencia ni por indolencia, sino porque siempre hay un motivo para estar contento o porque se puede estar contento sin motivo.

Quizás algunos hayan pensado alguna vez que sus historias son insustanciales, que en ellas no ocurre nada, y que son incluso un poco deslavazadas. O que sus personajes no tienen entidad. Pero a mí me parece que sus cuentos y sus personajes reflejan un pequeño desdén por lo convencional, por lo esperado; y como usted vivió de otra manera,  también escribió de otra manera, sin encajar en lo previsto. Y que el encanto de su escritura está precisamente en la falta de aspiraciones, en la ingenuidad y en la naturalidad;  y en la sutileza del humor, de la ironía y de la parodia de las novelitas románticas y  de las convenciones que rigen las relaciones amorosas.

No quisiera resultar superficial, porque le tengo a usted mucho respeto, pero lo cierto es que me fascina la forma en que dejó usted este mundo, mientras daba un paseo por el campo nevado, aquel invierno de 1956. Y que fuera el día de Navidad y lo encontraran unos niños, caído en la nieve, herido de frío, como un ángel helado, le da a la circunstancia un aire de cuento de hadas que encaja muy bien con la imagen que tengo de usted, de persona desvalida, vulnerable y consciente de su fragilidad; de un hombre con el alma cándida y amorosa, feliz a su manera a pesar de todo. Un vagabundo de la vida que amaba el mundo y que sin decir "nada acerca de nada” cuenta mucho de sí mismo y de todos nosotros.

Cierro aquí esta carta, señor Walser, para seguir leyendo sus historias imprevisibles y sorprendentes, su imprevisible y sorprendente historia de amor por el mundo. 





*Robert Walser. Historias de amor (Siruela, 2010)
Traducción de Juan de Sola Jovet y Juan José del Solar.

miércoles, 12 de junio de 2019

Gracias


Juguetes del viento cumple un año más. Esta vez son once.
A los lectores que lo han mantenido activo todo este tiempo, muchísimas gracias por su estimulante presencia y su amabilidad. 
De todo corazón.



sábado, 1 de junio de 2019

Yo qué sé, qué sé yo


Hay preguntas que no deberían ser tales. Es decir, preguntas que a nadie debería ocurrírsele formular. Porque la respuesta es tan obvia y a la vez tan complicada, que el preguntado puede verse arrastrado a una especie de espiral en la que giran y giran mil respuestas pero es muy difícil atrapar una sola.

Son esas preguntas que nos pillan desprevenidos, a contrapié; auténticas quisicosas  de esas que dan ganas de esquivar con un socorrido “y yo qué sé”. Que fue, por cierto, lo primero que me vino a la cabeza, cuando, hace poco, me preguntaron: “¿Tú por qué escribes?”

A mí me parece que hacerle esa pregunta a quien escribe  es lo mismo que preguntarle por qué respira o por qué duerme. La respuesta parece elemental: porque no me queda otro remedio. 
Por eso, cuando me preguntaron, mi respuesta inmediata fue: "Porque no puedo no escribir". 


Pero, claro, hemos dicho que las respuestas a este tipo de preguntas son a la vez obvias y complicadas, y es que detrás de la respuesta básica hay algo más.
Respiramos porque  no nos queda otro remedio, sí, pero ¿por qué no nos queda otro remedio?, podrían preguntarnos después. Y entonces diríamos: “Porque soy un ser vivo aeróbico, y como tal necesito introducir oxígeno en mi cuerpo y expulsar dióxido de carbono para seguir viviendo.”

Del mismo modo,  si escribimos porque no nos queda otro remedio será por algo.  Si, al  igual que respirar, escribir es un impulso natural e irresistible,  alguna explicación tiene que haber.  
Y esa explicación es la que intentamos encontrar cuando queremos  profundizar un poco en nuestra respuesta. Y aunque sea con ideas algo imprecisas, podríamos razonarlo, diciendo, por ejemplo:  “Porque me ayuda a conocerme a mí mismo”; o “Porque así pongo orden en el caos que me rodea”; "porque en la ficción me siento más segura que en la realidad"; “porque es un intento de comprender el mundo y la vida”;  “porque amo la literatura y trato de conquistarla”…

Cada uno encontrará su por qué personal e individual, el motivo que explique esa necesidad de expresarse por escrito; pero creo que, a fin de cuentas, la razón última y común es en realidad la que implica la respuesta elemental: que escribir es nuestra manera de seguir viviendo, porque no se puede vivir sin respirar.



Carl Spitzweg. El poeta pobre (1839)

  

miércoles, 22 de mayo de 2019

Mi querida aspiradora

Cuento


Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Pero eso no lo supe hasta media hora después, cuando terminé la limpieza del dormitorio y volví al salón. Entonces vi el pilotito rojo que parpadeaba indicando que alguien había llamado.

No me procupó haber perdido la llamada, todo lo contrario: que el ruido de la aspiradora me impidiese oír el teléfono me pareció una circunstancia muy feliz. Porque no me gusta hablar por teléfono. Y el sonido de las llamadas me pone muy nerviosa. Y porque, en este caso además, antes de comprobar el registro yo ya sabía de qué se trataba: alguien de la oficina de empleo me habría anunciado que yo era la candidata seleccionada para el trabajo. Ese trabajo que yo no quería.

Cuando dos semanas antes me llamaron para presentarme la oferta de empleo la acepté y acudí a la entrevista correspondiente por una sencilla razón: porque no soy capaz de decir que no.  Y por esta misma razón ahora habría aceptado ese empleo indeseado si hubiese respondido a la llamada. 

A esta incapacidad para decir que no se añade  otra: tampoco soy capaz de no descolgar el teléfono si lo oigo sonar. Aunque no quiera hablar. Ni aunque vea en la pantalla que es un operador de telefonía. Ni siquiera cuando veo que es ese amigo que me llama  cada pocos días y que me hace perder el tiempo lastimosamente con sus tediosos e inacabables monólogos. Porque tengo un problema más: una vez que descuelgo, tampoco soy capaz de decir que estoy ocupada, ni de inventar alguna excusa para poner fin a la conversación. 

Creo que debería pasar la aspiradora más a menudo.


pixabay abstract



lunes, 13 de mayo de 2019

Mes de mayo, me desmayo

Seguimos celebrando los diez años de historia de Juguetes del viento. Esta entrada se publicó originalmente el 18 de mayo de 2011.


El mes de mayo es un mes peculiar.

Es un mes en el cual pasan muchas cosas que no pasan durante el resto del año. Es el mes de las flores, de las alergias, del tiempo raro, de la operación bikini… Pero sobre todo es el mes de la Primera Comunión.
Yo he tenido ocasión de asistir a varias comuniones en los últimos años, y basándome en mis experiencias, he llegado a la conclusión de que estas celebraciones evolucionan sin parar y siempre hacia la exageración.

En esta evolución hay varios elementos que me parecen destacables. Por ejemplo, la cuestión de los regalos.
children religionQue no es algo fácil, desde luego. Los invitados se devanan los sesos  intentando imaginar algo que el niño no tenga todavía, pero siendo esto prácticamente imposible, se piensa en algo que por lo menos no tenga repetido varias veces. 

Aunque también está la opción de regalar dinero, que es lo que hacen quienes no tienen ganas o tiempo de calentarse la cabeza, y quienes se guían por el sentido práctico de la vida... o no. Porque lo cierto es que   recientemente he descubierto que existe  una nueva modalidad de invitación, que consiste en  que cuando los padres del comulgante te invitan a la ceremonia y posterior ágape, te dicen por las claras que los regalos los quieren en efectivo, por favor. 
Con lo cual la opción de regalar money ya no es tal opción, sino un requerimiento.

Los almuerzos  de comunión, por lo que he visto, también han evolucionado muchísimo.
Hasta mediados de los 90, más o menos, consistían en una sabrosa comida con la familia más cercana en un restaurante de categoría media.
Pero  hoy día se organizan auténticos banquetes, con muchos  invitados y en salones de hoteles o restaurantes de empaque,  preferentemente con jardines y zonas acondicionadas para el esparcimiento de la chiquillería.

Holy Supper picturesY esto nos lleva a otro elemento que caracteriza la celebración actual, ya sea de primeras comuniones o de bodas: el banquete hay que celebrarlo cuanto más lejos mejor.
Nada de ir a un sitio que quede a mano, que resulte cómodo para los invitados que no tienen coche, o para los que no disponen de mucho tiempo, o para los que se quieren recoger pronto.

No, no, quedarse cerca está completamente descartado. Hay que ir a un lugar que quede a trasmano, muy a trasmano a ser posible, para que así pueda tener lugar otro de esos ritos  esenciales de estas celebraciones: los corrillos de invitados a la puerta de la iglesia, dándose instrucciones unos a otros para llegar al lugar del convite.

"Coges la autovía y tiras como para el aeropuerto, pero antes de llegar coges la rotonda que hay enfrente de la gasolinera. Sales por la derecha, sigues hasta la siguiente rotonda, coges a la izquierda, que hay un campo de golf, sigues todo recto y ya verás un cartel que dice: “Está usted abandonando el mundo conocido”. Pasas el cartel y te metes por un camino de cabras que hay, y al final, después de una pista de barro, está el restaurante. No tiene pérdida."

Y así se consigue además que los invitados lleguen cansados y acalorados tras semejante periplo, de manera que no les queden fuerzas para quejarse por la hora y media que todavía habrán de esperar para probar  la sinfonada de hortalizas con reducción de balsámico.
Y no es que tengan hambre, sino una curiosidad tremenda por ver en qué consiste el plato.

Para que esta semblanza de las primeras comuniones fuera completa,  quedaría por tratar el asunto de determinados asistentes a la ceremonia religiosa,  cuyo comportamiento y actitud supone para mí una continua sorpresa.

Pero dada la complejidad del tema lo dejamos para otra ocasión.


viernes, 3 de mayo de 2019

Palabras de chocolate



Cuando hablamos de los placeres y beneficios de la lectura solemos mencionar una serie de ideas que, aunque sean por completo ciertas, a veces pueden resultar un poco tópicas. Se dice, por ejemplo, que los libros nos dan la posibilidad de vivir muchas vidas distintas; o que nos ayudan a entender mejor la condición humana. O también que son una forma de viajar, de conocer otros mundos y otras épocas, tanto reales como imaginarios. Alible. También decimos, claro está, que son una fuente de conocimiento, de transmisión y preservación de ideas, y de inspiración para la creación de nuevas obras. O que ensanchan nuestra mente, que nos hacen compañía, nos divierten, nos consuelan. O, siguiendo a Dostoievski, que fortalecen el corazón de las personas. 

Pero hay un beneficio más, uno que, me parece a mí, no se nombra con la misma frecuencia que los anteriores, quizá porque es muy evidente. Intérlope. Me refiero a que la lectura es una forma, quizá la mejor forma, de descubrir y aprender  palabras
Como ya dijimos en otra ocasión, cada palabra que añadimos a nuestro diccionario personal es como una llave que abre una puerta,  y cada puerta nos deja ver un trocito más del panorama, ampliándose así cada vez más nuestra visión y comprensión de todo esto que llamamos mundo, vida, o realidad. Galicinio.

Porque, claro, las palabras lo nombran todo, dan identidad a lo tangible y a lo inmaterial, a lo ocurrido y a lo pensado, a lo sentido y a lo soñado. Y cuando podemos darle un nombre a las cosas, éstas se vuelven cercanas, asequibles, se ponen a nuestro alcance, a nuestra disposición. Onomatodoxia. Por eso las palabras nos dan la capacidad no ya de expresarnos mejor sino de pensar mejor, porque a través de ellas podemos manejar y dar forma a algo tan inasible como las ideas, los conceptos y las imágenes.  

Y algunas, además, son tan curiosas, tan sonoras, tan espléndidas, independientemente de lo que signifiquen, que vale la pena conocerlas por sí mismas, por el mero gusto de saber que existen, y asimilarlas con el deleite de quien paladea un bombón.

Por eso a mí me encanta encontrar palabras nuevas cuando leo un libro. Me parecen un regalo añadido al propio placer de la lectura; una golosina léxica que aparece por sorpresa en la página, como un colorido huevo de Pascua en un jardín primaveral.




huevos de Pascua Easter eggs


jueves, 18 de abril de 2019

Te propongo una cita



Como en otras ocasiones, les traigo hoy unas cuantas citas extraídas de libros que he estado repasando en los últimos días.
Y como las veces anteriores, algunas de esas citas, frases, ideas o reflexiones que me voy encontrado señaladas en las páginas, me traen al pensamiento a personas determinadas.

En efecto, me resulta inevitable relacionar pasajes concretos con personas concretas, incluidas las que amablemente visitan este blog, aunque es muy posible que para algunas de esas relaciones no haya una razón particular. Puede que ni siquiera conozca mucho a la personas a la que asocio con una determinada idea, con un determinado pensamiento; y puede que me equivoque por completo en algunos casos, claro está.

Por eso, tanto si acierto como si me equivoco, lo que  me resulta verdaderamente interesante es que ustedes mismos me digan, si les parece bien, cuál o cuáles de las citas que les propongo les gusta más, o, si se da el caso, con cuál se sienten más identificados.

En cualquier caso, a mí me gustan tanto y me parecen tan interesantes todas, que me complace compartirlas aquí, porque creo que a ustedes también pueden gustarles. Y espero que así sea:
  

Lo que todas las generaciones olvidan es que, mientras las palabras que se usan para describir ideas siempre están cambiando, las ideas en sí mismas no cambian tan rápido, ni esas ideas son nuevas en modo alguno […] Si confinamos toda nuestra atención a la jerga actual —es decir, si nos dedicamos tan solo a la literatura moderna— creeremos que el mundo está progresando cuando tan solo se está repitiendo.

Rudyard Kipling. “Los propósitos de la lectura” (1912)

*

El señor Hamil me decía a menudo que el tiempo viene lentamente del desierto, con sus caravanas de camellos, y que no tiene prisa porque transporta la eternidad. Pero siempre resulta más bonito cuando se cuenta que cuando se ve en la cara de un viejo que se deja robar cada día un poco más, y si quieren mi opinión, al tiempo hay que buscarlo entre los ladrones.
Romain Gary. La vida ante sí (1975)

*

Todo en este mundo viene a parar en simple nimiedad, y el hombre que por voluntad de otros, sin seguir sus inclinaciones o su propia necesidad, se consume trabajando por el dinero o por los honores, será siempre un loco.
J. W. Goethe. Werther (1774)


El día y la noche, el día y la noche siempre. ¿No habrá nunca nada más? Acaso me volvía el mismo confuso deseo de que alguna vez, al despertarme, no hallara solamente el día y la noche, sino algo nuevo, deslumbrante y doloroso. Algo como un agujero por donde escapar de la vida.
Ana María Matute. Primera memoria (1959)

 *

Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos y los otros mil similares sobre los que suele vagar un ojo con natural indiferencia, puede de pronto adoptar para mí, en cualquier momento que de ningún modo soy capaz de propiciar, una singularidad sublime y conmovedora; para expresarla, todas las palabras me parecen demasiado pobres.

Hugo von Hofmannsthal. Carta de Lord Chandos (1902)

*

[…] empecé a comprender la importancia que tenía ser capaz de entusiasmarse por algo en esta vida. Él me enseñó que si te interesas por alguna cosa, sea cual sea, debes volcarte sobre ella con todas tus fuerzas. Abrazarla con ambos brazos, apretujarla, amarla, y sobre todo apasionarte por ella. Si no hay entusiasmo nada vale la pena.

Roal Dahl. Mi tío Oswald (1979)


En cierto momento de mi vida me hice mis cuentas: si salgo de casa para disfrutar de la compañía de una persona inteligente, de una persona honrada, me encuentro afrontando, por término medio, el riesgo de tropezar con doce ladrones y siete imbéciles que están ahí, dispuestos a comunicarme sus opiniones sobre la humanidad, sobre el gobierno, sobre la administración municipal, sobre Moravia… ¿Le parece que vale la pena? […] Y además en casa estoy tan a gusto, y especialmente aquí dentro —alzó las manos para indicar y englobar todos los libros de alrededor.
Leonardo Sciascia. A cada cual lo suyo (1966)


Laura Muntz Lyall. "Interesting Story" (1898)


Las citas corresponden a las siguientes ediciones:

-Rudyard Kipling. Discursos. La Dragona, 2018. Traducción de Marta Gámez.
-Romain Gary. La vida ante sí. Debolsillo, 2018. Traducción de Ana María de la Fuente.
-J. W. Goethe. Werther. Cátedra, 2013. Traducción de Manuel José González.
-Ana María Matute. Primera memoria. Austral, 2010.
-Hugo von Hofmannsthal. Carta de Lord Chandos. Alba Editorial, 2001. Traducción de Antón Dieterich.
-Roal Dahl. Mi tío Oswald. Anagrama, 2017. Traducción de Enrique Hegewicz.
-Leonardo Sciascia. A cada cual lo suyo. Alianza Editorial, 1992. Traducción de Ester Benítez.



martes, 9 de abril de 2019

La bombonera azul


Seguimos recordamos la historia de Juguetes del viento con motivo del  décimo aniversario del blog. Esta entrada se publicó originalmente el 22 de marzo de 2014.


La casa de mi tía Rosita era un lugar especial. Olía a perfume y todo estaba siempre muy limpio. Los suelos parecían  espejos y los espejos ventanas abiertas a un mundo real.
Mi tía Rosita también olía a perfume y cuando me daba un beso casi me mareaba.
Hablaba con una voz muy suave que parecía siempre a punto de apagarse, como una vela de cumpleaños, y sus movimientos eran tan sosegados que la pulsera que llevaba apenas se movía.

Algunas veces mi tía me preguntaba si quería un caramelo. Entonces se levantaba, iba a otra habitación y volvía con uno, uno solo, cogido con dos dedos que parecían de nácar.
Se inclinaba y me decía:
-Toma, bonita. Te lo cambio por un beso.

Y a mí aquellas palabras, pronunciadas siempre de la misma manera, me parecían la fórmula mágica de algún hechizo.
Mi tía tenía muchos objetos que me fascinaban, como un reloj de arena y un libro con las tapas en relieve. Pero lo que más me atraía de todo era una bombonera de cristal tallado, de color azul, que destellaba como un diamante.

La primera vez que me fijé en ella le pregunté:
-¿Qué es esto, tía Rosita?
-Eso es una bombonera. La tengo desde que era pequeña como tú –respondió ella con su voz de hada.

Siempre que íbamos a su casa nos sentábamos a la mesa, y mientras mi tía y mis padres charlaban y tomaban café, yo, con una magdalena que me duraba toda la tarde, contemplaba embelesada la bombonera.
Me resultaba un objeto enigmático, tan reluciente, tan perfecto, y hasta creía que si la abría saldrían de su interior unos rayos de colores, una música misteriosa o un soplo de polvos brillantes.
Quería levantarme y acercarme al mueble, tocar la bombonera con las dos manos y abrirla despacio para ver qué había dentro, para ver qué salía de allí.
Pero nunca me atreví. Temía romperla y que ocurriera algo terrible, y también porque yo quería que siguiera allí para poder mirarla.

Un día, estando en casa, le pregunté a mi madre:
-Mamá, ¿la tía Rosita quién es?
-¿Cómo qué quién es? Pues es tu tía, la hermana de papá –dijo mi madre. 
Pero eso ya lo sabía yo. Mi pregunta buscaba otra respuesta, porque yo estaba convencida de que mi tía no era una persona como las demás.
-Pero ¿ella qué hace cuándo nosotros no estamos en su casa?
-Pues lo que hace todo el mundo, hija –dijo mi madre-. Trabaja, va a la compra, duerme… como todo el mundo. 
Aquella respuesta no me servía tampoco, porque mi tía no era como todo el mundo, así que yo no creía que hiciera lo mismo que los demás.
Entonces pregunté otra cosa:
-Mamá, ¿tú sabes qué hay en la bombonera?
-¿En qué bombonera?
-En la bombonera azul de la tía Rosita –dije, decepcionada por la duda de mi madre, porque para mí no había en el mundo más bombonera que aquella.
-Pues no sé –dijo mi madre-. Cualquier cosa. O a lo mejor no hay nada.
Y añadió:
-Pero no le preguntes, ¿eh? No se debe curiosear en las cosas de los demás.

Me conformé con la idea de no preguntarle a la tía Rosita, pero que dentro de la bombonera no hubiera nada me parecía imposible de aceptar. ¿Cómo no iba a haber nada allí dentro? ¿Para qué serviría algo tan especial si no era para contener algo especial?

En la siguiente visita, antes de marcharnos,  mi tía me dijo algo que me sorprendió y me entusiasmó de tal modo que por un momento dejé de respirar.
Me dijo que sabía cuánto me gustaba la bombonera y, cogiéndola del mueble con mucho cuidado, me la dio.
-Ahora es tuya –dijo-. Espero que la tengas durante mucho tiempo.
Yo no dije ni una palabra, solo recibí la bombonera y la sostuve entre mis manos como si fuera un pajarillo caído del nido.
Pensé que a continuación mi tía me contaría algún secreto o me daría instrucciones especiales o me pediría alguna promesa.
Pero  no me dijo nada más.

Cuando llegamos a casa fui a mi habitación y me senté en la cama con la bombonera en las manos. La miraba sin cansarme, sin creer aún que fuese mía.
Y entonces la abrí. Levanté la tapa muy despacio esperando descubrir algún secreto, preparándome para ver algo extraordinario.

Pero no ocurrió nada. La bombonera estaba vacía y solo se veía el cristal del que estaba hecha, tan pulido y brillante que parecía líquido.
En ese instante me sentí desilusionada, pero este sentimiento duró poco porque enseguida comprendí, sin palabras, que el misterio de aquel objeto estaba en sí mismo, en su capacidad para emocionarme y hacerme soñar.
No, no estaba vacía, es que lo que contenía no estaba dentro.