sábado, 8 de noviembre de 2014

Cuento. Un hombre afortunado


Pasé los primeros años de mi infancia creyendo que mi padre se dedicaba a un oficio misterioso.
Los padres de los demás niños tenían trabajos fáciles de nombrar y de comprender: zapatero, pintor, maestro… Pero mi padre era nada más y nada menos que gelómogo satador.
Aquello me  desconcertaba y me intrigaba de manera extraordinaria, y me parecía que un oficio con un nombre tan difícil tenía que ser algo muy importante.
Al cumplir ocho años aquellas sílabas misteriosas se ordenaron debidamente y entonces supe que mi padre era en realidad gemólogo tasador.
Yo seguía sin entender en que consistía aquello, aunque mi madre me explicó que  lo que hacía mi padre era «tasar gemas, o sea, averiguar el valor de las joyas». Y como me dijo también que trabajaba en el Monte de Piedad, estuve un tiempo creyendo que mi padre trabajaba en el campo, en lo alto de un monte, desenterrando joyas.
Poco a poco fui comprendiendo realmente su oficio gracias a las  historias que me contaba sobre las personas que iban a su trabajo a dejar allí sus pequeños tesoros.
Y la que mejor recuerdo es la del colgante de plata.
Un día llegó un hombre para dejar en prenda un colgante de plata con una piedra azul. Mi padre le dijo que no podían darle mucho por aquella joya, pero el hombre ya lo sabía.
Cuando la entregó, mi padre vio una gran tristeza en sus ojos y comprendió que aquel objeto debía de ser muy importante para ese hombre. Le dijo que guardarían su colgante durante un año y que antes de que acabara ese plazo podría volver para recuperarlo.
Pero aquellas palabras no consiguieron aliviar la pena del hombre, que al marcharse dijo: "Yo nunca volveré."
Y así fue: aquel hombre no volvió. Pero mi padre, impresionado por su mirada, había decidido que él mismo compraría la joya cuando la subastaran. Después  buscaría a  su dueño, que quizá podría regresar por ella.
 
El mismo día en que mi padre consiguió el colgante de la piedra azul, llamó al número de teléfono que figuraba en el registro de entrega.
La mujer que contestó dijo que el colgante había sido de su hermano, que se llamaba Sebastián, y que se había marchado hacía un año, sin decirle a nadie, ni siquiera a ella, dónde estaría.
 
Mi padre me dijo entonces que a veces la vida nos prepara sorpresas que no podemos imaginar y que por eso hay que esperar siempre, aunque parezca que las cosas  no pueden seguir adelante ni cambiar. Por eso le dejó su número de teléfono a aquella mujer, y por eso conservó el colgante sin llegar a considerarlo nunca de su propiedad.
 
Algún  tiempo después llegó la sorpresa en la que mi padre había confiado. Recibió una llamada desde un país extranjero. Era Sebastián, que le contó que había hablado con su hermana y que gracias a ella sabía que lo había estado buscando un año atrás.
Al día siguiente acompañé a mi padre a la oficina de correos para enviar un estuche que contenía una cadena de plata con una piedra azul.
 
Unos meses después fue mi padre quien recibió un envío desde el extranjero. Era un libro antiguo, con letras y flores doradas, titulado Meditaciones de  Marco Aurelio. Lo conservo desde entonces.
Mis padres se preguntaron por qué  Sebastián  habría enviado aquel libro precisamente. Pero entonces yo lo abrí, con mucho cuidado, y vi unas palabras escritas a mano.
Mi padre leyó la dedicatoria: “Para un hombre afortunado.”
Empezó a hojearlo, y al pasar unas páginas encontró unas líneas que estaban señaladas con lápiz. Aquellas líneas decían que el hombre afortunado es el que tiene la gran fortuna de poseer un alma bondadosa.
-Claro, papá –dije yo, con el orgullo de haber comprendido el misterio-. Por eso te lo ha regalado, porque habla de ti.
 
Lo que no comprendí entonces fue por qué mi padre me miró tan fijamente y me abrazó sin motivo.
 
 
 
 

viernes, 24 de octubre de 2014

Donde menos se espera…


…salta la liebre, dice el refrán,  parafraseando el cual podríamos decir que también donde menos se espera salta la palabra. La palabra rara, curiosa, interesante. Esa palabra que nunca antes habíamos visto, que no conocíamos y que descubrimos así, de sopetón, en cualquier sitio y por sorpresa.
Esto les habrá ocurrido a ustedes muchas veces, sin duda, como a mí misma, ya lo saben.
 
Cuando encuentro una de esas palabras inauditas que me llaman la atención no tengo más remedio que anotarla; es inevitable, no puedo dejarla pasar, para después, en cuanto tenga ocasión, intentar saber algo más de ella: su significado exacto, su origen, sus usos frecuentes, sus diferentes acepciones si las tuviere…

Normalmente son palabras a las que no voy a poder dar uso,  es decir, que se van a convertir en vocabulario pasivo dentro de mi diccionario mental, aumentando ese conglomerado de cachivaches inasibles que algunos llaman conocimientos inútiles. Pero nunca he alardeado de tener un sentido práctico de la vida, así que me quedo con ellas y las guardo como quien guarda un recuerdo que le gusta pero que probablemente nunca va a utilizar: simplemente por el gusto de tenerlo, de saber que existe.
Hoy traigo aquí, para compartirlas con ustedes, que es lo que más me gusta, unas cuantas palabras nuevas –nuevas para mí- que han ido saltando ante mis ojos, cual liebres con ganas de juego, en diversos textos que he leído últimamente.
 
La primera de ellas es la inquisitorial relapso, que según nuestro diccionario de referencia es aquel que “reincide en un pecado del que ya había hecho penitencia”. O sea, un auténtico pecador, un reincidente, un obstinado, un incorregible que peca y repeca aun habiendo  sido ya  castigado por ello.
“… éste debe ser condenado como relapso con todo derecho, porque tras de esta segunda prueba ya no resulta dudoso que sea culpable del primer error.”  
(Jacob Sprenger. El martillo de las brujas para golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza: Malleus maleficarum, 1486).

 
Y como esto de relapso me suena a lapso y a lapsus, vuelvo a recurrir a los sabios y descubro que relapso deriva efectivamente de lapso, que deriva a su vez de lapsus, que significa, ni más ni menos que deslizamiento, caída, de ahí su sentido de “re-caída en un error”.  
Pensándolo bien, creo que a esta palabra si le podemos dar un uso cotidiano. Sobre todo después de ver un telediario.

Otra de mis palabras favoritas desde hace unas semanas es sochantre.
No me dirán ustedes que no es sonora y contundente. Antes de saber su significado, a mí esta palabra me sonó a insulto, pero a insulto cabal, merecido y específico. Un insulto meditado y elegido a conciencia. Pero no, no podemos insultar a nadie con este vocablo colosal porque nada tiene de ofensivo: el sochantre es el “director del coro en los oficios divinos”.
Esta palabra tan curiosa y resonante está formada con la preposición so y el sustantivo chantre, derivado del francés chanteur, cantor. Por lo tanto el sochantre es el que está por debajo, el auxiliar, del chantre o maestro del coro.

“Aquí hubiera acabado su faena mística el Sochantre, si de improviso no levanta Isabel sus ojos del suelo…”
(Ginés Alberola. El sochantre de mi pueblo, 1890)
 
La última palabra de hoy es bibliópolo.
Ya conocíamos al bibliófilo, al bibliómano y al bibliógrafo,  y ahora se une a ellos su amigo el bibliópolo, o bibliopola, tal y como aparece en el diccionario de la RAE, que es un vendedor de libros antiguos y especialmente de libros raros y curiosos.
Procede del latín bibliopola, a través del griego bibliopoles, compuesto por las formas biblion y polein, vender.
“Quintiliano coloca al frente de sus Instituciones oratorias una carta escrita al bibliópolo Tryphon, donde se le muestra muy reconocido.”
(Manuel Danvila y Collado. La propiedad intelectual: legislación española y extranjera comentada, concordada y esplicada según la historia, la filosofía, la jurisprudencia y los tratados, 1882).
Page 41
Relapso, sochantre, bibliópolo. Puede que éstas sean palabras hoy caídas en desuso, pero si a veces vuelven con un nuevo aire las modas del vestir tras pasar un tiempo en el armario del olvido; si se recuperan tradiciones que parecían perdidas para siempre, y si la nostalgia nos hace volver la vista al pasado para darle un nuevo valor a toda clase de manifestaciones del saber y el hacer humano, también podríamos, digo yo, volver a usar palabras arcaicas y renovarlas quizás con acepciones más modernas.
Más que nada porque suenan divinamente, ¿no les parece?
 

 

jueves, 9 de octubre de 2014

Libros en conserva

 
Del mismo modo en que hay prendas de vestir que no nos decidimos a usar o alimentos que nos resistimos a probar,  hay libros cuya lectura no llegamos nunca a emprender.
Y al igual que yo misma me negué durante muchos años a probar los espárragos en conserva, con frecuencia muchos de nosotros eludimos  libros que tenemos en nuestras estanterías desde hace tiempo. Son libros que están también en conserva, pues resisten nuestro olvido durante largo tiempo sin que se alteren sus propiedades, en esas alacenas literarias que son nuestras bibliotecas personales.
Yo sé que mi rechazo a los espárragos se debía a que simplemente no me parecía que  aquellos tronquitos blancos, brillantes y resbalosos fueran en realidad comestibles.
Pero para los libros que tengo en espera no puedo dar la misma razón, pues no me cabe duda de que son un buen alimento. Así que otros motivos debe de haber que nos llevan a dejar ciertos libros instalados en el limbo del por ahora no.
Hace una semanas, nuestro amigo Carlos me sugirió que escribiese sobre este asunto de los libros postergados, y pensé que sería una buena ocasión para preguntar a algunos de los lectores de este blog si tienen libros en espera y si ello se debe a alguna razón en particular.
Así el propio Carlos me dijo que él tiene varios en esa situación, en concreto una antología de cuentos de Cortázar; el Homenaje a Cataluña, de George Orwell; El pintor de batallas de Pérez-Reverte y La Regenta, cuyas historias dejaron de interesarle poco después de empezada la lectura.
Y otro de ellos es El conde Lucanor, que, según me contó, de niño le encantaba “y soñaba con tenerlo”. Pero cuando por fin tuvo su propio ejemplar resultó ser una edición en español medieval, tal que así:
 
Cuando el privado del rey esto le oyó dezir, estrañógelo mucho, deziéndol’ muchas maneras porque lo non devía fazer. Et entre las otras, díxol’ que si esto fiziese, que faría muy grant deserviçio a Dios en dexar tantas gentes como avía en el su regno…
 
lo cual hízole a mío amigo abandonar la obra, pues resultábale la su lectura grandemente dificultosa et luenga.
 
Esto mismo le sucedió a nuestra querida MJ con El cantar de Mío Cid, que desde sus primeros intentos de lectura duerme el sueño de los justos en un anaquel, de su dueña olvidado.
Como olvidado tiene también Los puentes de Madison County, de Robert James Waller. En este caso la razón del abandono es  sentimental: según me ha contado MJ la película le gustó mucho, pero la vio “en un momento malo” de su vida. Y teme, claro, que el libro y su poder de evocación le traigan el recuerdo de unas ásperas circunstancias.

 
También por motivos anímicos, otro de nuestros amigos, JuanRa Diablo, tiene en espera Paula, de Isabel Allende, sin atreverse a emprender su lectura por temor al impacto emocional. Y es que JuanRa, ahí donde lo ven, es un diablo muy sentimental.
Sentimental pero práctico también, pues por motivos prácticos tiene al Ulyses de James Joyce aguardando sine die su turno, junto con otros grandes clásicos anglosajones como Ivanhoe  y   Moby Dick.
Con lo bonito que es abrir un libro y encontrarse un inicio como este:
 
Llamadme Ismael. Hace varios años –no importa cuántos exactamente- con poco o ningún dinero en el  bolsillo  y nada concreto que me retuviera en tierra…
 
También tiene relegado Memorias de Adriano, a pesar de haberlo empezado tres veces. Al menos no podemos achacarle falta de perseverancia.
 
Por su parte, la encantadora Sara me dice que el libro que lleva más tiempo en sus estantes sin haber conseguido aún su atención es Fortunata y Jacinta, cuya lectura va aplazando una y otra vez por esa razón de peso o grosor que ya hemos referido anteriormente; y porque lo libros que lee mensualmente para el club de lectura en el que participa se pondrían muy celosos. Que todo hay que tenerlo en cuenta.
 
En mi caso, de los libros que tengo olvidados, ignorados o en espera -siempre  a mi pesar- los que más tiempo llevan aguardando su oportunidad de impresionarme son El ruido y la furia, que languidece y amarillea en su estante desde que intenté leerlo por primera vez, y El club de los negocios raros, de G. K. Chesterton.
En cuanto a la novela de Faulkner, que tanta devoción despierta entre algunos, la razón de mi desapego es clásica: quise leerlo –en inglés además- cuando aún no tenía ni conocimientos ni madurez suficiente para tal tarea.
Pero para el abandono que sufre el de Chesterton no tengo explicación ni excusa: el autor me cae bien, me gusta su estilo, el librito tiene cien páginas escasas y el título me resulta de lo más sugerente.
Así pues, no entiendo por qué lleva tanto tiempo ahí, desatendido, marginado. Será que en cuestión de libros, como en el amor, no siempre podemos explicarlo todo.
Sin embargo, estoy segura de que, al igual que me ocurrió con los espárragos en conserva, el día que me decida a probarlo descubriré que he estado años desdeñando un manjar exquisito.
 
¿Y ustedes? ¿Tienen también en sus estanterías libros en conserva?
 


jueves, 25 de septiembre de 2014

El lenguaje tiene sentimientos

 
¿Conocen ustedes el chiste del científico y la araña? Sí, el del investigador que dejaba a una pobre araña sin patas y le decía: “Ven, arañita, ven aquí”, y que, observando la inmovilidad de la araña, llegaba a una conclusión irrefutable: cuando la araña pierde las patas se queda sorda.
Desde pequeña yo –me imagino que como muchas personas-  he tenido también  la tendencia a desarrollar mis propias teorías científicas sobre diferentes fenómenos del mundo y de la vida que me llamaban la atención. Yo observaba –en ocasiones inconscientemente- alguna circunstancia, y cuando esa circunstancia se repetía varias veces, llegaba a una conclusión, normalmente siguiendo el mismo estilo de pensamiento que el científico del chiste.
Pero de vez en cuando, para mi satisfacción y sorpresa, me he encontrado con que algunas de esas teorías mías, esas conclusiones intuitivas y deslavazadas, tenían algo de lógica y de sensatez.
Es lo que ocurre con una teoría que elaboré –o más bien intuí- cuando estaba en la universidad, relacionada con las lenguas extranjeras y la expresión de ciertas emociones.
Una de las primeras veces que pensé en ello fue estando en casa de una amiga mía, de padre español y madre inglesa. La madre de mi amiga hablaba español con poca soltura, pero lo usaba con frecuencia, y hablaba en español o en inglés dependiendo de las circunstancias. El inglés lo usaba indefectiblemente cuando estaba enfadada, cuando se quejaba de algo o cuando les regañaba a sus hijos.
Esto me hizo pensar que para ella el español, por no ser su lengua materna, no tendría suficiente fuerza, suficiente carga de significado como para sentir que sus emociones quedaban expresadas con la contundencia necesaria.
También estaba el hecho, según me contó mi amiga, de que cuando la buena señora intentaba regañar en español, al hijo pequeño le daba la risa. Y supuse entonces que esto se debía a lo mismo: a que el chiquillo percibía que aquella regañina, expresada en un idioma ajeno a quien regañaba, no resultaba seria ni creíble para nadie.

En ocasiones posteriores tuve la oportunidad de observar casos parecidos, en los que personas bilingües utilizaban su segundo idioma con soltura  pero cambiaban automáticamente a su lengua materna cuando necesitaban expresar determinados pensamientos o sensaciones con una carga emocional intensa. Parecía que a pesar de  que conociesen las palabras y expresiones necesarias para expresar sus emociones en su segundo idioma, este no era suficiente. Es decir, para expresar determinadas sensaciones e intenciones no bastan las palabras, sino que son necesarios también los sentimientos y la emotividad que  van asociados sólo a la lengua materna.
Y si esto me parecía interesante, más aún me fascinaba el caso contrario, es decir, el hecho de que expresar ciertas ideas o pronunciar ciertas palabras resultara más fácil en el idioma extranjero que en la lengua nativa. Me refiero concretamente a las “palabrotas” y las expresiones malsonantes en general.  Estas palabras tienen una gran carga emocional, moral y cultural; no son cualquier cosa, no las utilizamos en cualquier contexto ni en cualquier ocasión.
Por eso mismo, pensaba yo, debía de resultar más fácil, menos comprometido, utilizar sus equivalentes extranjeros, porque nuestra conexión con esas palabras extranjeras es mucho más débil, mucho menos profunda o íntima, y por lo tanto nos parece que tienen menos significado, menos potencia emocional.
Esta era la sensación que yo tenía, la teoría inarticulada que daba vueltas en mi cabeza como un trapo en la lavadora, y que no me habría atrevido a compartir con nadie.

Pero ahora sé que mi idea tenía fundamento y que a este fenómeno que yo observé espontáneamente los expertos lo llamaron, años después,  Emotion-Related Language Choice (ERLC), y se refiere exactamente al hecho de que las personas que hablan más de un idioma eligen su lengua materna o una segunda lengua según quieran expresar sus emociones con mayor o menor implicación afectiva.
Según un experimento que se ha realizado recientemente, un grupo de estudiantes polacos que tienen el inglés como segunda lengua, se sintieron muy incómodos al tener que expresar insultos racistas en su lengua materna, y en cambio les resultó muy fácil expresarlos en inglés.
 
La conclusión parece ser que nuestro bagaje emocional, cultural y moral está impreso en nuestra lengua materna y no en los idiomas que aprendemos posteriormente. Por eso nos resulta más fácil ser maleducados o groseros en otro idioma, ya que en una lengua extranjera aprendida las palabras  relacionadas con las emociones y los sentimientos nos resultan más tenues, más abstractas, menos  conectadas con nuestro mundo emocional.
Dicho de otro modo, el utilizar una lengua extranjera nos libera de las restricciones e implicaciones sociales y culturales  relacionadas con  determinadas palabras.
 
 
Por eso creo yo que esta teoría, este fenómeno de la ERLC, se produce también cuando se trata de expresiones cariñosas que nos pueden resultar algo comprometedoras o embarazosas en nuestra lengua. Es decir, nos puede resultar más fácil o más cómodo decirle a alguien palabras mimosas en otro idioma que en el propio, porque tanto para nosotros  como para la otra persona, esas palabras o expresiones extranjeras estarán menos cargadas de contenido afectivo, no tendrán las mismas connotaciones que las de nuestro propio idioma, y nos permitirán por lo tanto mantener una cierta distancia emocional con lo que expresamos.
Y es que, según han sugerido recientemente algunos investigadores*, las expresiones y palabras que por alguna razón nos incomodan o nos cohíben, hacen que se active un mecanismo que bloquea y dificulta el acceso a nuestra lengua materna, mientras que este bloqueo no se produce con  las palabras de nuestra segunda lengua.
Con razón dice la lingüista Anna Wierzbicka que conocer dos idiomas significa vivir en dos mundos emocionales  diferentes. 

El lenguaje es portentoso y espectacular. Ya hemos dicho aquí otras veces que el lenguaje es el verdadero motor del mundo, lo que hace que funcione y lo que ha hecho posible la evolución del ser humano, las sociedades y las civilizaciones.
Pero lo más admirable de todo es que esta capacidad nuestra para expresarnos mediante unos pocos sonidos articulados, siendo algo tan íntimo, tan inherente al ser humano y tan cotidiano, no deja de sorprendernos y de dar nuevas muestras de su tremenda y maravillosa complejidad, y de su influencia no sólo en nuestro pensamiento sino también en nuestros sentimientos.
 

 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Palabras insensatas


En una ocasión una alumna mía, una niña de nueve años, me preguntó si yo conocía “todas las palabras del inglés”.
Le dije, lógicamente, que no, que es imposible conocer todas las palabras de un idioma, ni siquiera del propio. La niña se sorprendió mucho al oírme decir eso, y su sorpresa quedó expresada cuando respondió: “Pues yo conozco todas las palabras del español… ¿tú no?”
Entonces yo, entre didáctica y bromista, le pregunté si sabía qué significaba la palabra idiosincrasia. Fue genial ver la cara de la niña, que me miró como si yo acabase de revelarle el sentido de la vida.
En realidad algo de eso había –y perdonen ustedes la exageración-, pues lo cierto es que la chiquilla acababa de descubrir un mundo nuevo: el de las palabras que están más allá del vocabulario que usamos a diario y que manejamos con absoluta familiaridad.

A diferencia de mi alumna, yo, de niña, nunca pensé que conociera todas las palabras de nuestro idioma. Al contrario, sufría mucho porque había una cantidad enorme de palabras y frases que escuchaba y veía escritas por aquí y por allá y cuyo significado no lograba discernir.
Confundía, por ejemplo,  los significados de las palabras divorciarse y suicidarse.
Recuerdo que una vez vi, en un kiosko de prensa, la portada de una revista en la que, junto a la foto de una bella señora, se leía: “Fulanita de Tal se divorcia”,  y que pensé que era una pena que siendo tan guapa, famosa y seguramente rica, hubiera decidido quitarse la vida.
Pero lo que más me desconcertaba eran ciertas expresiones hechas que me parecían tan incomprensibles y absurdas que llegué a pensar que la gente las decía mal, que tenían que ser de otra manera. Y no es que yo me creyera más lista que los mayores, en absoluto; es que alguna explicación tenía que haber para aquella incomprensibilidad.
 
Una frase que me desesperaba especialmente era dentro de lo que cabe.
Me devanaba la sesera dándole vueltas a aquello. ¿”Dentro de lo que cabe”? Pero, ¿lo que cabe no es lo que está dentro? ¿No debería ser “ de lo que cabe dentro?” Y así me pasaba un rato.
 
También me resultaba muy extraña la expresión merece la pena, y no comprendía por qué la gente decía cosas como “merece la pena levantarse temprano”.  Yo creía entender que el hecho de levantarse temprano -o lo que quiera que fuese- merecía que sintiéramos pena. Y claro, no veía lógico que lo dijeran tan contentos y acordaran levantarse a las ocho para ir de excursión. ¿Es que querían ponerse tristes o qué?
Más o menos lo mismo me ocurría con mejorando lo presente. Yo entendía que eso se decía como un cumplido, porque veía que los aludidos lo agradecían,  pero en realidad a mí me parecía un insulto: “Pepita López es encantadora, mejorando lo presente.” Y yo entendía que la bella Pepita era mejor que las señoras presentes.
Desconcertante, ¿no?
Lo más curioso de todo esto es que yo no preguntaba por el sentido de esas frases, no pedía que me las explicaran, y no sé por qué. Quizá es que daba por hecho, intuitivamente, que las frases eran absurdas, que se decían por costumbre y sin reparar en su insensatez.
También me mortificaron mucho las expresiones ceda el paso (eso tenía que estar mal por fuerza) y admón de loterías (¿qué será un admón, madre mía?).
Sí, esas expresiones me hicieron sufrir mucho durante mucho tiempo, pero recuerdo el día en que oí a alguien decir “… en la administración de loterías”. En aquel momento la palabra admón. cobró todo su sentido y fue tal la satisfacción que sentí con este descubrimiento que me pareció que un gran telón se levantaba y que ante mi ojos se alzaba el arcoíris refulgente del discernimiento. Qué momento, señores.
Quizá esto explique por qué no preguntaba yo a mis mayores por el sentido de esas palabras y expresiones: la satisfacción de descubrirlo por mí misma era tan gratificante que merecía la pena esperar.

 

 

lunes, 25 de agosto de 2014

Ingredientes para un enigma


¿Se imaginan ustedes que existiera un libro escrito en un idioma que nadie entendiera? ¿Y que estuviera además lleno de  dibujos y gráficos que nadie supiese interpretar?
¿No sería intrigante un libro así, de factura medieval, de cuidada caligrafía y vivo colorido, que hubiera llegado hasta nosotros sin título, sin fecha y sin nombre de autor?
Pues lo cierto es que tal libro existe, y que no son estos los únicos hechos  interesantes relacionados con él.
Pensemos ahora  en un joven polaco, químico de formación, que por motivos políticos fue encarcelado y deportado a Siberia en 1885;  que cinco años después consiguió escapar y que tras diversos avatares consiguió llegar a Londres, donde se estableció definitivamente y comenzó una nueva vida como coleccionista y vendedor de libros  antiguos y curiosos.
El joven se llamaba Wilfrid Voynich.
 
Ahora nos vamos a Italia. Allí, en la ciudad de Frascati, había un antiguo edificio llamado Villa Mondragone, que pertenecía a la Biblioteca del Vaticano y que los  religiosos jesuitas habían convertido en escuela privada. A principios del siglo XX, necesitados de dinero, los religiosos  decidieron  vender parte de los fondos de su biblioteca. Ante tal reclamo para bibliófilos no es de extrañar que Voynich viajara hasta allí y acabara comprando una buena cantidad de manuscritos.
Entre ellos estaba el libro indescifrable, que desde poco después sería conocido como Manuscrito Voynich.
 
Esto ocurrió en 1912 y desde entonces hasta hoy el manuscrito Voynich ha seguido siendo un verdadero misterio sin resolver.
Muchos expertos, incluido el propio Voynich, trataron de descifrar el contenido de sus páginas, y tan imposible resultaba que algunos decidieron que el libro era una falsificación, que el idioma en el que estaba escrito era una lengua inventada y que en realidad no había nada que descifrar porque no significaba nada.
Se llegó incluso a acusar al propio Voynich de ser el autor del fraude, de haber creado un falso libro antiguo.
Sin embargo, investigaciones posteriores permitieron datar con certeza el manuscrito en  el siglo XV. Y también se  averiguó que el lenguaje  en el que está escrito tiene rasgos en común con las lenguas naturales. Es decir, no era un lenguaje inventado, sino un idioma real codificado.
 
Esto llevó a pensar que el libro pudiese ser un tratado de alquimia, pues los alquimistas, considerados herejes, publicaban sus estudios e investigaciones en textos cifrados. Pero teorías sobre el contenido y el idioma del libro hay otras muchas, como la que afirma que se trata de una obra de juventud de Leonardo da Vinci;  la que propone que se trata de un manual de higiene escrito en alemán medieval y en espejo, es decir, con la caligrafía invertida; la que asegura que es un texto escrito en un idioma secreto y que Jesús entregó a Judas; o mi favorita, según la cual el manuscrito Voynich es un libro llegado del futuro, escrito en hebreo cifrado y que trata sobre tecnología alienígena.

A pesar de todos los intentos, serios o disparatados, por descifrar el enigma, Voynich murió en 1930 sin saber cuál era el mensaje de su libro.
El siguiente propietario del manuscrito fue un coleccionista americano, Hans Peter Kraus, que lo compró a los herederos de Voynich en 1961, y que en 1969 lo donó a la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, donde se conserva en la actualidad.
 
Y de actualidad vuelve a estar el manuscrito Voynich en 2014.
El pasado mes de febrero se anunció que Stephen Bax, lingüista de la universidad de Bedfordshire y experto en manuscritos medievales,  ha conseguido penetrar en el misterio del libro y dar con la clave para desentrañarlo, utilizando minuciosas técnicas de análisis lingüístico.
Así ha logrado decodificar nueve palabras, correspondientes a nombres de estrellas y plantas como tauro, centaurea, algodón o eléboro.
Según el catedrático, estas palabras, que pueden ser el punto de partida para descifrar el texto completo, llevan a pensar que el manuscrito Voynich es probablemente un tratado sobre la naturaleza y que está escrito en alguna lengua oriental.
Qué emocionante tiene que ser descubrir el misterio de un libro cuyas páginas han permanecido en silencio durante 600 años.
Qué emocionante debió de ser para Wilfrid Voynich intuir la importancia del manuscrito que le había comprado a los frailes italianos.
Y qué emocionante es imaginar a alguien, perdido en el tiempo, escribiendo esas páginas, llenándolas con palabras secretas y dibujando, a la pobre luz de una vela, enigmáticas figuras. Alguien queriendo dejar testimonio de sus ideas; queriendo preservar, con enorme esfuerzo y dedicación, lo que sabía de su mundo  que es también el nuestro. 
               


 

lunes, 11 de agosto de 2014

Nabokov se equivoca


Necesito que tú, lector, nos imagines,
 porque nosotros no existimos si no existes tú.
Vladimir Nabokov. Lolita.


Por un momento voy a atreverme a llevarle la contraria a Nabokov. Porque yo creo que los personajes literarios, algunos al menos,  tienen vida propia y por lo tanto existen sin necesidad de los lectores.
Y no me refiero, claro está, a la vida que tienen dentro de los libros, sino a una vida “de verdad”, independiente de las historias en las que los conocemos.

A veces me imagino que existe una dimensión diferente, un universo paralelo al nuestro, un mundo simultáneo en el que viven seres reales, y que los personajes que encontramos en los libros son el reflejo literario de esos seres.
Porque si no fueran reales sería  imposible que resultaran tan verdaderos, tan creíbles, por increíbles que puedan parecer; tan auténticos y tan vivos que inspiran en nosotros los mismos sentimientos que nos inspiran nuestros semejantes, de cuya existencia no tenemos duda.
Así pues, decidido: los personajes literarios son reales y viven en algún sitio.

Bueno, esto no es más que una teoría fantasiosa, claro está, pero lo cierto es que existen personajes en la literatura que atraen a los lectores de manera extraordinaria. Y algunos de esos personajes llegan a tener tal carácter, tal identidad por sí mismos, que se convierten en figuras autónomas e independientes de la obra literaria en la que nacieron y del autor que los creó.
Es el caso de Don Quijote, Hamlet, Sherlock Holmes, Mister Scrooge, Emma Bovary, Edmundo Dantés, Ana Karenina, Alicia… y de otros quizás menos recurrentes pero igualmente simbólicos, como Atticus Finch, Gregor Samsa, Holden Caulfield, Lázaro de Tormes, esos otros en los que están ustedes pensando y algunos más.

Pero aparte de estos grandes nombres, de estos personajes universales, hay otros que destacan mucho menos, que no siempre aparecen en las listas ni en los recuentos, que se quedan modestamente en segundo plano, pero que son igual de importantes, o incluso más, para lectores determinados.
Son los favoritos de cada uno de nosotros, los personajes que nos deslumbran inesperadamente, los que nos llegan al corazón por sorpresa, los que quedan en nuestro recuerdo aun después de que olvidemos las historias en las que los encontramos.
De estos personajes he conocido, como ustedes, a unos cuantos, pero hoy nombraré sólo a dos de ellos: Arturo Bandini y John  Harper.

Arturo Bandini tendría que caerme mal, por desconsiderado y arrogante. Era lo que estaba previsto cuando empecé a leer Camino de Los Ángeles, una de las cuatro novelas que John Fante le dedicó.  Pero, al contrario, me inspira una gran ternura. Está tan solo y tan perdido, buscando como puede su lugar en el mundo, aplazando sus sueños y siempre en conflicto con los demás y consigo mismo, que resulta conmovedor. No sabe comportarse ni relacionarse con los demás, pero eso no lo hace malo, es que no ha tenido dónde ni con quién aprender. Y parece que cuanto más se esfuerza por resultar un tipo duro, más frágil y desvalido lo veo.
Bandini es tan interesante, tan complejo y está tan vivo que no es posible que sea una mera ficción. Tiene que existir en algún sitio.

John Harper tiene nueve años y una responsabilidad tremenda: proteger a su hermana del ogro y guardar el secreto que le confió su padre antes de que lo condenaran a muerte.
Este chiquillo tan asustado y tan valiente me ha robado el corazón  desde las páginas de  La noche del cazador, de Davis Grubb.
Al hablar de esta novela es inevitable referirse a la maravillosa película de Charles Laughton y a la interpretación que hace Robert Mitchum del siniestro predicador Harry Powell.
Pero en la novela no es el predicador el que me hace pasar las páginas con entusiasmo,  sino John, el huérfano dickensiano, el niño perdido de cuento de hadas. El héroe involuntario, que agotado y muerto de miedo sigue adelante, fiel a su palabra y al recuerdo de su padre, es el que me sorprende y el que me conmueve.
Yo estoy convencida de que este niño está en ese limbo literario, en ese mundo alternativo en el que viven los personajes que no necesitan de los lectores para existir.

Y ustedes, ¿qué personajes tienen en el corazón? ¿Qué personajes les son tan queridos que les parecen personas reales?
 

 Alice in Wonderland (George Dunlop Leslie,1879)
 
 


miércoles, 30 de julio de 2014

Cuento. Yin Bai, siempre puntual

 
Yin Bai  era el empleado más puntual de su empresa. Y probablemente de toda la ciudad. En diez años no había llegado tarde ni una sola vez. Y no solo no llegaba tarde, sino que llegaba con tiempo de sobra, sin prisas ni carreras.
Cada mañana se levantaba a la misma hora, como un gallo, desayunaba, se acicalaba y partía hacia el trabajo a ritmo de paseo.
Cuando empezaban a llegar sus compañeros él ya estaba en su mesa con las tareas del día organizadas.
-Siempre puntual, Yin –le decían unos.
-No hay quien te haga sombra, Bai –le decían otros.
Y Yin Bai sonreía ufano, orgulloso de su puntualidad sin tacha.
Lo más curioso de este asunto era que Yin Bai no tenía despertador.
-¿Y cómo te las apañas para levantarte a tiempo? –le preguntaban los compañeros.
Y él respondía que todo era cuestión de disciplina y que cada noche al acostarse, se ordenaba a sí mismo despertarse a una hora determinada; y que el cuerpo y la mente, doblegados por la rutina y por el sentido de la responsabilidad, obedecían sumisos de manera natural. Y añadía:
-Se trata de programar el reloj biológico. No hace falta otro reloj.
Y los compañeros lo miraban con admiración, subyugados por la sabiduría y la espiritualidad que desprendían sus palabras.
 
Sin duda Yin Bai era un hombre disciplinado y responsable como él solo. Y bastante metafísico también.  Pero el verdadero motivo por el que no tenía despertador no era su espiritualidad ni su dominio del cuerpo y la mente.
El verdadero motivo era algo de lo que nunca hablaba. Pues lo cierto era que Yin Bai era también algo supersticioso y bastante asustadizo. No soportaba el martilleo agudo y enervante del despertador, pero no porque le resultara irritante, como a todo el mundo, sino porque le daba miedo.
Y es que Yin Bai estaba convencido de que por las noches, mientras dormimos, el alma abandona el cuerpo para viajar al mundo de los sueños. Y también estaba seguro de que el alma necesita tiempo para volver y estar de nuevo en su sitio cuando el cuerpo despierte.  Así que si el cuerpo se veía obligado a despertar bruscamente, el alma no tendría tiempo de regresar. Y a Yin le aterraba la idea de despertar sin alma, sin emociones, convertido en un mero cuerpo vacío, una cáscara ambulante, un muerto interior.
Un día llegó a la empresa una nueva empleada. Se llamaba Song See y no era, ni mucho menos, la muchacha más hermosa que Yin hubiera visto jamás. Pero se enamoró de ella en seguida. Son cosas que pasan.
Con el transcurso de los días, el trato amable que ambos se profesaban y el descubrimiento paulatino de gustos e intereses en común, Yin y Song se hicieron muy  buenos amigos.
Y como Yin estaba enamorado y Song mostraba cada vez más simpatía por él, Yin empezó a sentirse un tanto alterado: estaba distraído, le costaba concentrarse y le fallaba el apetito.
Yin sabía a qué se debía este estado emocional, por lo que no se asustó mucho, pero lo malo era que su famoso reloj biológico, ese mecanismo infalible en el que confiaba plenamente, empezó a desajustarse.
Tanto era así que su consabida puntualidad desapareció y se hizo habitual que llegara a la oficina con el tiempo justo, casi tarde.
-Yin, ¿qué te está pasando? -le decían los compañeros entre risas-. ¿Se ha quedado sin pilas tu reloj biológico?
Y Yin, desconcertado no por las bromas sino por la razón que las motivaba, empezó a preocuparse. ¿Qué pasaría si continuaba así, si empezaba a descuidar sus rutinas y a llegar tarde al trabajo? ¿Es que ya no podía confiar en su reloj interno?
Un viernes de primavera Song le propuso a Yin ir de excursión el domingo, invitación que él aceptó con muchísimo gusto y bastante temor. ¿Cómo estar seguro de que se levantaría a tiempo?
“No me queda más remedio”, se dijo, “que tomar una decisión drástica, como los grandes héroes de la historia”. Y tragando saliva pensó: “Tengo que arriesgar mi alma, pero merecerá la pena.”
Y fue a la tienda de electrónica y compró un despertador.
Aquella noche, por primera vez en su vida, Yin Bai puso un despertador en su mesita de noche y programó la alarma.
Se acostó y, a pesar de sus temores, quizá por el agotamiento que le producían sus inquietudes, se quedó dormido muy pronto.
 
Sin duda esa noche su alma voló al mundo de los sueños como todas las noches, y cuando el despertador sonó, Yin abrió los ojos sobresaltado y desconcertado. Durante unos segundos no se atrevió a moverse ni a respirar siquiera.
Pero enseguida se dio cuenta de que no se notaba vacío, de que no había perdido su alma por el brusco despertar,  como había temido toda su vida,  sino todo lo contrario: se sentía repleto de ilusión y más vivo que nunca.