miércoles, 10 de agosto de 2016

La tele y la biblio

Cuento


-Mamá, ¿ya estás otra vez viendo esa basura de programa?
-Sí, hija, a mí me gusta.
-Pero no te tomarás en serio a ese tío…
-Pues claro que sí, ¿por qué no me lo voy a tomar en serio?
-Pues porque es un falso, no hay más que verlo. Y los que llaman para hacer consultas… buf, menuda tropa… Bueno, yo me voy a la biblio.
-¿Otra vez? Ay, hija mía, no deberías ir tanto a ese sitio.

“La biblio” –pensó la madre-. “Es curioso que lo sigan llamando así”.

architectureLa  BIBLIOTECA ESPECIALIZADA ya era antigua cuando ella era joven, y recordaba muy bien su atmósfera, el silencio, la limpieza, las amplias salas llenas de libros… 

Pero ahora todo había cambiado, por dentro y por fuera. Las grandes letras doradas de la entrada ahora estaban negras y algunas se habían caído. B B   TECA ESP   ALIZA, era lo que se leía; lo cual, bien mirado, resultaba tan hilarante como descriptivo de lo que era “la biblio” ahora.

Volvió a centrar su atención en la televisión, en Pregúntale al Profesor Crystal, el programa que su hija consideraba tan despreciable y que a ella tanto le gustaba.

Lo que más admiraba, aparte de su talento, era la sencillez de aquel hombre. Al contrario que otros, él no se rodeaba de  la parafernalia propia de ese tipo de programas,  puro attrezzo para impresionar a los espectadores; ni vestía de manera especial, ni hacía ademanes peculiares... No, el profesor Crystal no se hacía el interesante. No lo necesitaba. Y tampoco necesitaba hacer consultas, como otros,  ni mirar nada. Todas sus respuestas eran espontáneas, naturales. Todo salía de su cabeza, de su capacidad natural y de su experiencia. Era un portento.

-Tenemos una nueva llamada –dijo el profesor Crystal desde detrás de su mesa-. ¿Nos dices tu nombre, por favor?
-Piscis –dijo una voz femenina.
-Muy bien, amiga Piscis, ¿qué te preocupa, qué quieres saber?
-Pues... me gustaría saber cuáles son las principales diferencias entre la escritura cuneiforme y los pictogramas sumerios. Y también quisiera saber si, en su opinión, profesor, el faraón Psamético I puede ser considerado el primer investigador lingüístico de la historia.

Las respuestas del profesor fueron, como siempre, concisas, claras y exactas. Sin duda era el mejor lingüista del mundo.

Ojalá a su hija le gustase ver el programa, en vez de ir tanto a la biblio.


tv room sketch


lunes, 1 de agosto de 2016

Divertimento veraniego. Resultado


En la entrada anterior jugamos a mezclar títulos de novelas para crear otros nuevos.
Como ya saben, Las hermanas Bunner se mezcló con Una cena en casa de los Timmins, y de ahí salió “Una cena en casa de las hermanas Bunner”; después se fundieron El mentiroso y Doctor Pasavento, y surgió “El doctor mentiroso”; y por último, la combinación de Noches blancas y La hierba de las noches dio lugar a “La hierba de las noches blancas”.

A este pequeño divertimento añadimos otro, que consistía en inventar un argumento para cada uno de esos títulos imaginarios. Y así esbozamos la historia de dos hermanas que buscan el amor a pesar de la censura social; la de un médico que inicia una nueva vida con una nueva identidad; y la de un noble venido a menos que acaba “yendo a más”.

Pero había, en realidad, un tercer elemento de juego, ya que de esos tres argumentos, en verdad sólo dos fueron ideados para la ocasión, y el restante es un argumento verdadero de una novela verdadera.
Y ése era precisamente el tercer elemento de este pasatiempo: que  ustedes adivinasen cuál de los tres argumentos era el  verdadero.

La cosa ha resultado interesante, porque la mayoría de los participantes en el juego han considerado que la historia verdadera es la del doctor mentiroso. En concreto Sara, Carlos, Chaly, Conxita, entangled y Guille se han decantado por ella.

Por su parte, JuanRa, HoldenMJ y Marisa han elegido como verdadero el argumento de las hermanas.

Y sólo uno de los participantes, Soros, cree que la historia que existe verdaderamente es la del noble venido a menos.

Es decir, de los tres argumentos, uno ha resultado “ignorado” por la mayoría, mientras que los otros dos han sido claramente preferidos por ustedes, bien como argumento verdadero, bien como argumento favorito, fuese o no verdadero.

Pues bien, he aquí la solución al enigma: el argumento que corresponde a una novela real es precisamente el menos votado, el del noble en decadencia que resurge de su ruina.
Y la novela verdadera a la que corresponde este argumento es La ilustre casa de Ramires (1900), del ilustre Eça de Queirós, máximo representante del realismo portugués.

Así pues, enhorabuena y aplausos a Soros por su tino, y muchas gracias a todos, por jugar conmigo en este “divertimento veraniego” y por haber mostrado preferencia por las historias inventadas, lo cual me llena de estival regocijo.



En la Plaza del Rossio, Lisboa

lunes, 25 de julio de 2016

Divertimento veraniego


Quizás algunos de ustedes recuerden una entrada en la que imaginábamos que unos cuantos libros se elegían unos a otros y se emparejaban, como para bailar. Y que, en ese baile, los títulos de los libros  se mezclaban dando lugar a otros nuevos.

En aquella ocasión imaginamos que si se combinaran, por ejemplo,  El guardián entre el centeno de Salinger y Flores azules de Raymond Queneau, el resultado sería "El guardián entre flores azules". O si se fundían El último encuentro de Sándor Márai y La tienda de los suicidas, de Jean Toulé, resultaría una nueva historia titulada "El último de los suicidas".

Entonces nos limitamos a imaginar títulos, pero algunos nos quedaron tan bonitos y sugerentes que  nos pareció una pena que no fuesen libros verdaderos, es decir, que detrás de  esos títulos no hubiese realmente historias que leer.

The Fantastic Flying Books of Mr Morris LessMore
The Fantastic Flying Books of Mr Morris LessMore 
Por alguna razón hace unos días me acordé de aquella entrada, y estuve dándole vueltas a esa idea de los títulos mezclados y  las historias que podrían contener.

Y entonces, como aquella vez, empezaron a danzar delante de mí varios libros, que se iban emparejando y dando lugar a nuevas combinaciones. 

Pero esta vez estuve más atenta, y no sólo vi aparecer los títulos nuevos sino que además vi cómo se iban esbozando posibles argumentos que los respaldaban.

Los primeros libros que vi saltar de mis estantes y ponerse a revolotear fueron Las hermanas Bunner, de Edith Wharton, y Una cena en casa de los Timmins, de William M. Thackeray, de cuya combinación surgió Una cena en casa de las hermanas Bunner.

Este libro podría ser la historia de dos hermanas que están deseosas de encontrar el amor, como sus amigas y conocidas, que están ya todas casadas. Así que deciden organizar una cena e invitar a unos cuantos solteros a los que conocen, lo que provoca un escándalo social en su pequeña ciudad. Pero las hermanas están dispuestas a arriesgar su buena reputación para conseguir el amor, y siguen adelante con su plan, ignorando el enfado y el puritanismo de quienes las acusan de inmorales.
Los invitados responden, se celebra la cena y el resultado es el esperado, aunque sólo para una de ellas. A partir de ese momento la relación entre las hermanas se deteriora, porque la que no ha encontrado pareja termina recriminando a la otra con los mismos argumentos que la sociedad empleó primero contra ambas.

***

Otra de las parejas librescas de esta ocasión fue la que formaron El mentiroso, de Henry James, y Doctor Pasavento  de Enrique Vila-Matas, que dio lugar a El doctor mentiroso, cuyo argumento podría ser el siguiente: 

Un médico muy prestigioso abandona su profesión después de que un diagnóstico suyo erróneo provoque la muerte de un niño. Sus abogados consiguen librarlo de la cárcel, pero su vida como médico está acabada. No sólo porque ha perdido su prestigio, sino porque él ha perdido la confianza en sí mismo. Además, el no ir a la cárcel no hace más que aumentar su sentimiento de culpa y su remordimiento.
Tras un intento fracasado de suicidio, decide marcharse a un lugar donde nadie lo conozca y vivir dedicado al servicio a los demás. Entonces se establece en un pequeño pueblo aislado, inventa una identidad nueva y abre un taller de carpintería, profesión que aprendió de su padre y que nunca ejerció.
Así vive humildemente además de estar siempre a disposición de los vecinos, cuyo afecto y admiración se gana en poco tiempo.
Un día un hombre se pone enfermo en su taller. Mandan llamar al médico de la zona, pero éste se encuentra en otro pueblo y tardará medio día en regresar. En ese tiempo, el hombre puede morir. Mientras tanto, el “doctor mentiroso” se debate entre su deber de ayudar al vecino y su miedo a volver a equivocarse. Pero también teme revelar su identidad verdadera y  perder el buen nombre que ha conseguido en esta comunidad, como ya lo perdió en su vida anterior.

***

Por último, de la combinación de Noches blancas,  de Dostoievski, y La hierba de las noches, de Patrick Modiano, resultó, cómo no, La hierba de las noches blancas.

Éste podría tratar de un hombre perteneciente a una noble familia arruinada, que para intentar salir de su situación decide escribir un libro sobre las hazañas de sus nobles antepasados. Al contrario que éstos, él es una persona débil, cobarde y sin recursos económicos. Y con  ese libro  espera recuperar el prestigio perdido y de camino abrirse paso en el mundo de la política, que le parece la mejor manera de prosperar para un inepto como él.
Pero un día descubre que él también es capaz de defenderse con valentía y resolver a su favor una situación conflictiva. Esto le hace cambiar su concepto de sí mismo y comprender que no necesita recurrir a las glorias de sus antepasados para ser alguien en la vida.
A partir de entonces empieza a olvidarse del pasado y a construir su futuro, que no tendrá nada que ver con el espíritu aguerrido de sus ancestros sino con su verdadera naturaleza, que es la de un hombre sencillo,  bondadoso y altruista.

***

Y ahora, una vez presentados los argumentos de estos títulos imaginarios, debo revelar que aquí hay un pequeño juego escondido. Y es que de estos tres argumentos, dos han sido, efectivamente, inventados para este divertimento veraniego, mientras que uno de ellos es verdadero, es decir, corresponde en verdad a una novela existente, que no tiene por qué ser necesariamente una de las que se nombran en esta entrada.

Así pues, ¿cuál de los tres creen ustedes que es el argumento verdadero?


Casa de Mark Twain



jueves, 14 de julio de 2016

Otros López


Cuando yo era pequeña oí a mi padre decir en una conversación familiar: “Bueno, esos son otros López”. La frase me llamó mucho la atención pero, por supuesto, no la entendí. 
Y hasta mucho tiempo después no supe que esa expresión se utiliza en el sentido de “esa es otra cuestión”,  cuando se hace referencia a algo que sobrepasa el tema del que se está hablando.

Y hasta más tiempo aún después no supe de dónde proviene tan curioso dicho. Resulta, según nos dice el sabio Iribarren, que hubo una vez un individuo, de apellido López, que andaba siempre presumiendo de su linaje. Siempre que tenía ocasión hablaba de algún López famoso por sus logros y decía que era de su familia.
Hasta que en una ocasión alguien se refirió a unos López que habían sido encarcelados y ajusticiados, a lo que el vanidoso respondió: “Pero esos son otros López.”

Últimamente he ido tropezando, por aquí y por allá, con varias parejas de palabras muy similares entre sí, que por su apariencia nos hacen pensar que comparten etimología.
Son palabras habituales a las que nunca he prestado mucha atención, pero que, al aparecer muy cerca unas de otras, me han hecho pararme a pensar en ese posible origen común. Y al indagar un poco sobre ellas he visto que unas y otras podrían decir, como aquel sujeto, “esos son otros López”. Porque tales palabras, aun guardando un gran parecido, no pertenecen a las mismas familias.

La primera de éstas parejas es la formada por adolescente y adolecer. Como tenía yo entendido que el verbo adolecer significa  padecer, y los adolescentes son muy proclives al padecimiento emocional, no me habría sorprendido que ambas palabras compartiesen etimología. Pero resulta que no. Porque adolecer proviene de dolecer, y significa, en efecto, padecer (alguna enfermedad o defecto), mientras que adolescente proviene de adolescens, que es el participio activo de adolescere, verbo que significa crecer. Es decir, en sentido estricto, adolescente significa “creciente”, “que está creciendo”. Tal cual.
Y de camino, por cierto, he aprendido que adulto proviene también de adolescere, siendo en este caso el participio pasivo de dicho verbo. Por lo tanto el significado literal de adulto es “crecido”.

Volviendo al tema que nos ocupa, otra de esas parejas que aparentan un origen común que en apariencia se queda, es la formada por catastro y catástrofe.
El catastro, como saben ustedes, es el censo de los inmuebles, y es palabra que deriva del francés antiguo catastre,  que a su vez proviene del griego katástichon y significa “lista”.
Por su parte, la catástrofe proviene  del griego katastrophe  que significa “abatir”, “destruir”.
Así que aunque el parecido entre ambas sea notable y tengan nada menos que tres sílabas en común, el catastro y la catástrofe no son parientes. Como mucho, se conocen de vista.

Y la última pareja de hoy es la formada por escualo y escuálido, que ahí donde la ven, tiene truco. O, mejor dicho, doble truco, porque truco ya se ve que tienen todas.
En una consulta básica al diccionario encontramos que escualo  deriva de squalus y que escuálido proviene de squalĭdus. Por lo tanto podemos concluir que tienen orígenes distintos. Pero si buceamos un poco más hondo, encontramos  que estas dos palabras sí que tienen un antepasado común.
Porque aunque squalus es el nombre genérico de los peces similares al tiburón, y squalidus significa “flaco” y "endeble", resulta que originalmente squalidus significaba “áspero” y "sucio", y que tanto squalus como squalidus, procedían de squama, que significa “escama”.
Así que, al fin y al cabo, el escualo y el escuálido,  sí que son parientes, y no pueden negar el aire de familia aunque intenten disimularlo.

Para terminar esta entrada, por cierto, estaría muy bien poder explicar también cómo escuálido empezó significando sucio y acabó significando flaco. 
Pero esos  son otros López.


shark tiburón

lunes, 4 de julio de 2016

Una vida perfecta (y II)

(Cuento)
(viene de aquí)


La primera vez que conseguí ese control, esa capacidad para dirigir el sueño según mi voluntad, sólo pude modificar un instante, un detalle mínimo, pero la sensación fue extraordinaria. Desperté maravillado por la experiencia y deseando volver a tener otro sueño de esa clase, otro sueño  cuyo desarrollo pudiera yo determinar, como el escritor que decide los pasos y el destino de sus personajes.

En las noches siguientes seguí probando mis habilidades, que seguían evolucionando y mejorando.
¿Imaginas cuál fue el siguiente paso? Descubrí que no sólo podía dirigir un sueño espontáneo, sino que podía soñar lo que quisiera. Que podía elegir qué soñar y con quién. 
Y todas las noches elegía soñar contigo.

En la vida cotidiana yo no era más que un monigote llevado de acá para allá por las manos invisibles de las circunstancias. Pero en el mundo de mis sueños mandaba yo. En mis sueños podía hacer realidad lo que en la realidad no eran más que sueños. Era como diseñar una existencia a mi capricho.
Por eso la vida que tenía cuando estaba despierto se me iba haciendo cada vez más insoportable. Ya no me interesaba nada, porque nada podía compararse a mis sueños.

Un día, al despertarme por la mañana,  pensé que si podía soñar  lo que quisiera y conducir el sueño a mi antojo, tal vez también podría reanudar un sueño, continuarlo donde hubiera quedado interrumpido al despertar. 
Al cabo de unos días comprobé que eso también me era posible.

Le conté a Simó todo lo que estaba consiguiendo,  y entonces él, con preocupación, dijo que me estaba obsesionando con los sueños, con las posibilidades que creía estar descubriendo, y que temía que todo eso me afectara de manera peligrosa.
Le dije que  la realidad me parecía mucho más peligrosa que los sueños, pero él insistió y me aconsejó que pasara más tiempo con los amigos, que buscara nuevos alicientes y que sólo durmiera para descansar; que ignorara los sueños, porque podrían llevarme a la locura, a no poder distinguir la realidad de la fantasía.
Le agradecí su desvelo, claro está, pero yo sabía que su temor no tenía fundamento. Qué podía haber de malo en los sueños si me permitían tener una vida perfecta, una vida contigo.
Por eso, a pesar de sus advertencias, yo seguí soñando, perfeccionando mi capacidad.  Y así finalmente conseguí lo único que  me faltaba: prolongar un sueño tanto como quisiera, hasta llegar, ya lo ves, a vivir en él de forma permanente, sin tener que despertar.

***

Alfredo Simó se sentó ante su escritorio y abrió el diario en el que meses atrás empezó a registrar  la evolución del caso de Daniel.
Durante ese tiempo Simó había intentado despertarlo en muchas ocasiones, porque pensaba que Daniel, de alguna manera, había quedado atrapado o perdido en un sueño y no podía encontrar el camino de regreso a la vigilia. Su empeño había sido  ayudarle a volver.

Pero un día Simó vio la cuestión de manera distinta, no con la mirada del hombre de ciencia sino con la del amigo. Entonces comprendió que la felicidad no tiene  rostro ni nombre, sino que se los damos nosotros cuando la hallamos, y que cada uno encuentra su felicidad donde tal vez nadie más la haya encontrado antes.

Simó cerró su diario. Fue a la habitación donde dormía Daniel, y después de comprobar los monitores que velaban por su vida física, salió de la habitación murmurando un «buenas noches» para su amigo.




martes, 28 de junio de 2016

Una vida perfecta (I)


(Cuento)


Sólo una persona sabe lo que me ha ocurrido, aunque no conoce todos los detalles. Pero a ti quiero contártelo todo. Quiero que sepas cómo empezó todo y cómo conseguí quedarme aquí.

Durante mucho tiempo tuve pesadillas horribles que me hacían despertar en un grito y sin respiración. Después de uno de esos sueños no quería volver a dormirme, porque temía que la pesadilla siguiera ahí, en alguna parte del cerebro, y que en cuanto cerrase los ojos volviera a mortificarme.

Aun así, al principio no le di mucha importancia. Achacaba las pesadillas a esas causas habituales en las que todos pensamos cuando dormimos mal. Y tampoco me  habría atrevido a hablar de eso con nadie. Se supone que los adultos no tienen pesadillas, y mucho menos se asustan de ellas. No quería parecer un niño al que le dan miedo los monstruos. 
Sin embargo, se fueron haciendo tan habituales que empecé a preocuparme. No sólo estaba siempre cansado y de mal humor; también empecé a temer que esos sueños terribles estuvieran causados por alguna  enfermedad. 
Así que fui a ver a  Simó, el famoso especialista,  al que acabé considerando un amigo.

Después de varias pruebas y muchas preguntas, Simó descartó cualquier enfermedad, y llegó a la conclusión de que mis pesadillas se debían a un estado permanente de ansiedad causado por la falta de sueño. Esto era como decir que las pesadillas estaban provocadas por el mal dormir que me causaban las propias pesadillas. La clave estaba en romper esa cadena.

Simó me recetó algo que me ayudaría a relajarme y dormir mejor, pero también me sugirió, con el tono de quien cuenta un secreto o dice algo que no debiera,  que  cada vez que tuviera una pesadilla anotara en un cuaderno todo lo que recordase y después lo leyera en voz alta.
Te parece absurdo, ¿verdad? Yo tampoco creía que aquello pudiera ser de ninguna utilidad, pero no tenía nada que perder por intentarlo. Así que empecé a llevar un diario de pesadillas, por así decir, y descubrí, con cierta incredulidad, que el solo hecho de ponerlas por escrito me tranquilizaba. Incluso me disponía a dormir pensando que al despertar escribiría lo que soñase, y casi me atraía la idea de ver qué ocurría cada noche en mis sueños.

De esta forma, poco a poco y cada vez más relajado, las pesadillas fueron haciéndose menos frecuentes y menos turbadoras, hasta que desaparecieron por completo.
Y no sólo desaparecieron, sino que en su lugar comenzaron los sueños agradables. 
A veces incluso despertaba sonriendo.

Y tan agradables eran los sueños y las sensaciones que producían, que al cabo de un tiempo empecé a sentir  verdadero deseo de que llegase cada día la hora de dormir, o, mejor dicho, de soñar. Porque ya no pensaba en dormir para descansar, sino para soñar. Ese mundo de los sueños al que antes temía, ahora me gustaba tanto que pasaba el día soñando con soñar.
Y tal vez de tanto soñar, de tanto ejercitar esa capacidad,  mis sueños se hacían cada vez más perfectos, mejor estructurados y más coherentes. Eran verdaderas historias, con un principio, un desarrollo y un final definidos; con personajes bien dibujados, escenarios precisos y diálogos o pensamientos muy claros.
Y  cada vez los recordaba mejor.

Simó me dijo que los sueños nos engañan, que lo que recordamos no es exactamente lo que hemos soñado,  sino la composición más o menos ordenada que nuestro cerebro consigue elaborar a partir de una serie caótica y simultánea de imágenes e impresiones. 
Pero yo sabía que mis sueños  no eran así.  No eran naipes caídos al azar sobre un tapete, sino escenas ordenadas según una secuencia lógica.

Al cabo de un tiempo había adquirido tal habilidad para soñar que llegué incluso a dominar los sueños, a dirigirlos según mi voluntad.



Casa abandonada en Namibia



sábado, 18 de junio de 2016

Corazón de chicle

(octavo aniblogsario) 

Ya ven ustedes, Juguetes del viento cumple otro año más. Y está tan contento  y emocionado que se le alborotan las palabras y casi no sabe qué decir.
Porque cumplir un año más, un año bloguero, no es poca cosa. Al contrario, es una gran cosa, y más si, como en este caso, el blog no sólo sobrevive sino que verdaderamente vive y crece.
Claro que el mérito no es suyo, sino de los lectores. Porque cada visita, cada comentario, cada seguidor y cada minuto que ustedes pasan aquí son una inyección de energía, de vitalidad  y de motivación.

Este año, además, el corazón del blog, que parece de chicle, se ha ensanchado un montón. Faltan algunos nombres de lectores que ya no vienen por aquí (lo cual es algo lógico), pero son más los nombres nuevos que contiene. Y tan maravilloso es que haya nombres nuevos como que el corazón siga incluyendo nombres que llevan años ahí. 
Como siempre digo, yo no dejo de asombrarme, y de dar la gracias, por esa fidelidad, por esa presencia incansable de quienes llevan tanto tiempo viniendo por aquí, algunos desde el principio y muchos sin faltar a una sola entrada.  Y  a eso, teniendo en cuenta las ocupaciones de cada cual, los avatares de la vida y los ires y venires de las circunstancias, yo le doy muchísimo valor.

Además, para mí lo más importante no es que los lectores de este blog sean muchos o pocos, sino su talla personal e intelectual, que se percibe a través de sus comentarios. Muchas veces me han dicho, en vista de esos comentarios, que tengo lectores de lujo,  y muchas veces he dicho yo que lo mejor de mis entradas son los comentarios que reciben. Porque todos aportan grandes cosas a Juguetes del viento: lucidez, ingenio, entusiasmo, curiosidad, originalidad, conocimientos, buen humor, estilo, inspiración…

Por eso, tanto los lectores que llevan mucho tiempo  acompañándome como los que han ido llegando durante este octavo año de blog, hacen que me sienta, de todo corazón, privilegiada.

Con todos estos elementos, ¿cómo no va a estar el blog más fuerte y más guapo cada año? Así que, amigos míos, este nuevo aniblogsario no podría ser más feliz y estimulante.

¡Muchísimas gracias a todos!





martes, 7 de junio de 2016

En busca del autor perdido


Hace un par de años leí un libro titulado Famous Affinities of History,  que es una colección de ensayos sobre historias de amor legendarias:  Marco Antonio y Cleopatra, la reina Isabel y el conde de Leicester, Charles Dickens y Ellen Ternan, Victor Hugo y Juliette Drouet, y muchas otras.

El libro es muy ameno, y nos da una interesante visión del carácter de cada personaje, pero sin  detalles impertinentes. Al contrario, el estilo es elegante, sobrio y con un cierto tono de misterio que hace la lectura absorbente.
El autor de esta obra se llama Lyndon Orr (1856-1914), de quien yo no tenía noticia en absoluto. Y al parecer no era la única, pues busqué información sobre él y no encontré nada.

Sí vi  muchas páginas  donde comprar o leer el libro, que, por cierto, parecía ser el único que este autor había escrito. Pero aparte de esto no encontré ningún dato sobre su persona, salvo las fechas de nacimiento y muerte, que figuran junto a su nombre en las referencias de la obra.

En su momento, por la razón que fuese, abandoné mis pesquisas, pero hace unos días, al repasar el libro, pensé que era muy extraño que no hubiese ninguna información sobre el autor de una obra que se encuentra en la red tan fácilmente. Así que me puse a buscar de nuevo.

Y de nuevo encontré muchos resultados para adquirir, leer e incluso escuchar el libro,  y  algunos otros que  llevaban a personas llamadas también Lyndon Orr pero que no tenían nada que ver con el escritor. Y vi también un resultado que me sorprendió: era un artículo de Wikipedia sobre un tal Harry Thurston Peck. ¿Qué tendría que ver este mister Peck con Lyndon Orr para que saliera su nombre en mi búsqueda? 
Leí el artículo en seguida, pero no había en él ni la menor referencia a Lyndon Orr. ¿Sería aquello un error wikipédico, un enlace equivocado? Me parecía difícil, pero si no era un error, ¿por qué aparecía  “Harry Thurston Peck” al buscar  “Lyndon Orr” si al parecer no había entre ellos niguna relación?

Entonces probé a buscar en Google los dos nombres juntos, y llegué así un sitio en el que aparecía una ficha  del libro en la que leí: Author: Lyndon Orr, Harry Thurston Peck.
“¡Cáspita!”, me dije,  “¿entonces es que Famous Affinities of History es de autoría conjunta?” Pero si fuese así,  ¿por qué en todas las ediciones y referencias que he visto del libro sólo aparece Lyndon Orr como autor?
¿Y  por qué tampoco en el artículo de Wikipedia ni en otras reseñas biográficas que leí sobre Peck se mencionaba tal colaboración?

Entonces pensé en otra posibilidad: Harry Thurston  Peck debía de ser el editor de Lyndon Orr. No en vano  había leído que Peck fue, entre otras cosas, editor.
Pero otra vez me equivocaba.

El caso es que al leer la biografía de Harry Thurston Peck quedé un tanto impresionada, por lo que abandoné momentáneamente mis indagaciones sobre Lyndon Orr para dedicarle mi atención a Peck. Porque resulta que H. T. Peck fue una especie de genio literario caído en desgracia.

Nació en Connecticut en 1856 y fue un estudiante brillante que se formó en París, Berlín, Roma y la universidad de Columbia. Y tras graduarse, en 1888, se convirtió en prestigioso catedrático de latín de la misma universidad. Además colaboraba en periódicos y revistas, escribió numerosas obras propias y fue también traductor, crítico y editor. Era muy respetado y admirado en el mundo académico y periodístico; fue un afamado orador y un escritor muy reconocido en los círculos literarios.

Pero en 1908 todo empezó a cambiar para mal. Su esposa lo acusó de abandono, por el mucho tiempo que dedicaba al trabajo, y se divorció de él. Dos años después,  cuando iba a casarse por segunda vez, su secretaria lo denunció por haber roto su promesa de matrimonio con ella para casarse con Elizabeth du Bois. Peck negó esa promesa de matrimonio que alegaba la secretaria, pero la prensa difundió el asunto, sin importar que fuese verdad o no. Además se publicaron unas cartas de amor presentadas por la secretaria, aunque él insistía en que tales cartas no eran suyas.

A causa de este escándalo Peck fue expulsado de la universidad. Y aunque finalmente la demanda de la secretaria fue desestimada por el tribunal,  la reputación del profesor ya estaba manchada para siempre.
Abandonado por Elizabeth du Bois, arruinado, enfermo e ignorado por sus colegas, Peck sobrevivía con trabajos ocasionales de poca importancia y residía en una modesta habitación, alquilada para él por su primera esposa.
Su estado físico y psicológico llegó a tal grado de debilitación que el 23 de marzo de 1914 Harry Thurston Peck se suicidó de un disparo en la cabeza.

Pero esta triste historia de injusticia y traición no me hizo olvidar lo que me llevó hasta ella: mi búsqueda de Lyndon Orr, búsqueda que hasta el momento sólo me había permitido conocer sus fechas de nacimiento y muerte. 
No sé si ustedes han reparado en un detalle que yo tardé en observar, y es que las fechas de Peck y Orr son las mismas: 1856-1914.
¿Sería éste el motivo por el que los enlaces de internet llevan a Peck cuando se busca a Orr? 
Creo que Google funciona demasiado bien como para eso, así que entonces  ya sólo cabía una posibilidad: que Lyndon Orr y Harry Thurston Peck fuesen la misma persona.

Y esta idea fue cobrando fuerza en mí cuando caí en la cuenta de que había leído, en alguno de los artículos consultados, que Peck escribió a veces utilizando seudónimos. Y también cuando comprobé  que Famous Affinities of History, el libro que dio origen a toda esta pesquisa, fue publicado en 1914, es decir, que fue escrito cuando el nombre de Harry Thurston Peck  ya estaba desprestigiado. Sin duda por ello decidió publicarlo con seudónimo, o se vio obligado a ello.

Y con esta idea en mente, realicé otra búsqueda con nuevos parámetros, esperando confirmar mi teoría.
Y efectivamente, llegué hasta un foro  cuyos responsables se  habían enredado en la misma intriga que yo, y que, después de "mucho trabajo detectivesco", habían finalmente hallado la clave en un artículo del Marion Daily Star del 13 de abril de 1911; artículo en el que se dice que “…Lyndon Orr, que escribe de forma tan amena, y quizás sincera, sobre los grandes romances de la historia, es en realidad el catedrático Harry Thurston Peck”. 

Después, para terminar de confirmar la resolución del caso, encontré un sitio en el que, como autor del libro, figura el nombre de Peck entre paréntesis después del de Lyndon Orr; y otro en el que se especifica “Lyndon Orr pseudonym of Harry Thurston Peck”.

Con el  misterio de la identidad de Lyndon Orr ya resuelto, me paro a pensar y me parece que ésta es una de esas historias que leídas en una novela resultan dramáticas y lacrimógenas. Pero que siendo un caso real, enfada y conmueve.
Y me conmueve no sólo la historia en sí, sino el hecho de que este hombre, que lo había perdido absolutamente todo por culpa de un asunto parecido al amor, tuviese aún aliento para escribir precisamente sobre grandes y apasionados romances.
Quizá es que lo único que no perdió, a pesar de todo,  fue la fe en el amor.


Artículo de prensa de 1914 sobre el suicidio de Peck.


domingo, 29 de mayo de 2016

El villano, el bizarro y el letrado


En varias ocasiones me han preguntado por el  lema que figura en la cabecera de este blog: “Léalo el curioso, ámelo el discreto y abunde en su sentir”. Y parece que eso de “ámelo el discreto” no se entiende bien.
Conocemos la palabra  discreto con el sentido de prudente, moderado, reservado, alguien o algo que no destaca. Pero originalmente esta palabra se refería al que está “dotado de discernimiento”, ya que discreto proviene de discretus que es el participio de discernere
Y éste, claro está, es el sentido que tiene el término discreto en el susodicho lema.

Las palabras, como las personas, cambian a lo largo del tiempo, modificando su significado, perdiendo algunas de las diversas acepciones que puedan tener, o ganando acepciones nuevas. Esto último, de hecho, está ocurriendo en la actualidad a diario, debido a la tecnología. Palabras como subir, bajar, descargar, pirata o piratería, ventana, y tantas otras, tienen ahora significados que no tenían hace un par de décadas. Y esto se ha convertido en algo tan cotidiano que no nos llama la atención.

Más sorprendente nos resulta, quizá, el hecho de que algunas palabras hayan perdido el significado que tuvieron en otras épocas.
El lingüista  David Crystal dice que una palabra puede perder su significado, o uno de sus significados, porque el concepto denominado por ella deja de tener validez para el hablante;  ya sea porque esa palabra adquiere connotaciones negativas, o porque uno de sus sentidos empieza a expresarse con otra palabra que se considera más moderna; o porque los hablantes vamos otorgando nuevas interpretaciones a los conceptos abstractos.
Es decir, los cambios semánticos se producen por motivos psicológicos, sociales y culturales.

Y yo creo que hoy día estos cambios se producen sobre todo por la influencia de otros idiomas. 
Hace algún tiempo hablamos  aquí  de la palabra bizarroEsta palabra, que procede del italiano bizzarro (iracundo, altanero), significa en español “valiente”, “arriesgado” y  también “generoso”:

“Ellas, antes, viéndolo tan hermoso, tan bizarro, tan ardiente…”
(Eduardo Barrios. Gran señor y rajadiablos, 1948)

“Era el recién llegado un caballero bizarro, de noble y elevada estatura y de esbelto tallo; vestía una sencilla armadura…”
(Nicasio C. Jover. Las amarguras de un rey, 1856)

Pero cada vez  con más frecuencia esta palabra se utiliza con el sentido de “extraño, inusual”,  que es el significado que tiene bizarre en inglés. Y así se habla de “concursos bizarros”, “noticias bizarras”, etc.
Así que si sigue extendiéndose el uso de este sentido y la palabra bizarro cambia definitivamente su significado en español, podremos decir que nosotros asistimos en directo a ese proceso de modificación semántica.

villano
El clásico villano
El caso es que donde hay un caballero bizarro suele haber también un villano, por lo que me pregunto si ese tipo “ruin, indigno o indecoroso” ha sufrido  también algún cambio semántico.
Y resulta que sí, porque originalmente el villano, del latín villanus, era el vecino o habitante de una villa o aldea.
¿Cómo pasaría el vecino de la villa a convertirse en un tipo ruin? Como el villano, es decir, el labriego, el hombre del campo, era lo contrario del hidalgo, del aristócrata, supongo yo que si había algún malvado por ahí tenía que ser un villano. Porque bien sabido es que de la nobleza jamás ha salido un bellaco, ¿verdad?

Si leemos libros escritos no hace unos cuantos siglos, sino sólo unas décadas, encontraremos muchos ejemplos de estos cambios semánticos. Debido a esto algunas expresiones nos resultan incomprensibles, o, cuando menos, chocantes. Y éste, por cierto, es uno de los motivos por los que se dice que las traducciones tienen caducidad, como los yogures.
Un ejemplo emblemático es el caso de la novela Los monederos falsos (Les faux-monnayeurs, 1925) de André Guidé. En los años treinta, cuando se publicó esta obra en español, la palabra monedero tenía el significado de “fabricante de moneda”, y la locución monedero falso por lo tanto designaba al falsificador. De hecho  el diccionario de la RAE   recoge tal cual la expresión monedero falso y la define como “persona que acuña moneda falsa o subrepticia, o le da curso a sabiendas”.

Pero hoy día la palabra monedero  ha perdido, al menos en el habla común,  la acepción de “fabricante de moneda” y significa sólo el estuche en el que se guardan las monedas, por lo que monedero falso hoy resulta una expresión extraña e incluso absurda.*

Por cierto, si hemos de vérnoslas con un villano y con un monedero falso, nos convendría contar con un letrado. Pero ojo, un letrado de hoy día, porque originalmente un letrado era sencillamente una persona que  sabía leer y escribir:

“…alto, hermoso, rudo, valiente, emprendedor, poco letrado, pero locuaz en extremo…”
(Pedro Antonio de Alarcón. Buena pesca, 1854)

Y relacionada con las letras está también la palabra letrero, que antes de significar “cartel” o “anuncio”, significó, precisamente, letrado:

“¿Por qué?, dirá el menos letrado o letrero de mis lectores.”
(Ángel Muro. El practicón, 1893).

Estos cambios de significado a mí me fascinan, no sólo por el propio hecho del cambio, que es en sí mismo algo interesantísimo desde el punto de vista lingüístico, sino sobre todo porque  demuestran la conexión tan profunda e indisoluble que existe entre el lenguaje y la vida; entre el lenguaje y nuestra esencia humana. Pues del mismo modo y al mismo tiempo que cambiamos nosotros y nuestra sociedad, cambia el lenguaje,  reflejando y revelando cómo  a lo largo del tiempo se modifican nuestras actitudes, nuestra forma de pensar y nuestra forma de entender el mundo.






*existe ya una traducción actualizada, con el título de Los falsificadores de moneda, realizada por María Teresa Gallego en 2012 para Alba Editorial.