domingo, 20 de mayo de 2018

El armario de las maravillas


Anoche, no sé por qué, la memoria me trajo un recuerdo que yo no sabía que tenía guardado. Me acordé, de pronto, y diría que sin motivación alguna, de un armario. Un armario que había  en una de las aulas de mi infancia, en la que pasé varios cursos.

Según lo veo ahora, en mi recuerdo, era un armario corriente, más bien estrecho, de madera clara, y con dos puertas.
Estaba al fondo del aula, casi ignorado, silencioso y discreto. Los pupitres le daban la espalda, concentrados sólo en la pizarra por obligación y en la puerta por devoción. Y no se abría con frecuencia: sólo en determinadas ocasiones  la maestra, como un sacerdote ante el sagrario, se dirigía con ceremonia hacia él  y abría las puertas del misterio.

Porque en verdad era un misterio lo que se guardaba en su interior. Nunca vi lo que había dentro, o, mejor dicho, nunca vi el armario por dentro. Porque aunque yo me volvía para mirar cuando la maestra lo abría, su propia figura me impedía la visión; porque en realidad  no lo abría del todo, sólo lo suficiente para alcanzar lo que quisiera sacar de allí, como si  de hecho quisiera que aquello resultase misterioso.

La mayoría de las veces sólo se dirigía el armario para coger tizas nuevas, aquellas nacaradas barritas blancas que a mí tanto me gustaban y con las que hubiera deseado escribir en la pizarra cada vez que hubiera querido.
Pero alguna que otra vez de aquel armario salieron lápices, bolígrafos, gomas de borrar, carpetas, tubos de pegamento o tijeras sin punta… incluso, en ocasiones especiales, la maestra, como el mago que tira y tira de un pañuelo infinito de colores, sacaba del armario cartulinas,  y ceras, y botecitos de témpera…
Así que yo sabía, aunque no lo viera, que ese armario era una especie de papelería en miniatura, un paraíso de material escolar; un cofre de los tesoros como los que los piratas de dibujos animados enterraban debajo de una palmera. Cuánto me habría gustado abrirlo y contemplar aquellas joyas.

Pero allí dentro había algo más. Algo que me intrigaba de un modo especial y de lo que no tengo más que un recuerdo muy borroso, más nebuloso que muchos sueños. En el armario de las maravillas había una caja que contenía unas piezas planas, cuadradas, de colores, como galletas de plástico transparente. Y recuerdo, o quizá imagino, que esas piezas encajaban entre sí, que tenían unas ranuras en los bordes, por las que se unían unas con otras. Y creo recordar, o quizá sólo imagino, que con esas piezas se podían construir extrañas formas arquitectónicas, geometrías abstractas, castillos de naipes de ciencia-ficción.

Quizá alguna vez la maestra usó ese juego por algún motivo, pero no imagino qué pudo ser. Lo que sí sé es que muchas veces me pregunté qué haría falta para que la maestra sacara aquel juego; qué habría que hacer, qué tendría yo que hacer, para que me dejara jugar con aquellas piezas que tanto me intrigaban.
La cuestión es que nunca supe qué era aquello en realidad, de quién era ni por qué estaba en el armario. Pero sabía que estaba, y aquella sola visión fugaz que alguna vez debí de tener, bastó para impresionar mi cerebro con una imagen difusa que nunca se borró, y que anoche, por alguna razón que no imagino, apareció en mi recuerdo.

Entonces pensé que algunos misterios de la infancia nunca se resuelven, y que es mejor que no se resuelvan; porque gracias a eso aquel armario, aquel cofre del tesoro papelero, sigue pareciéndome maravilloso y enigmático hoy día, y puedo seguir soñando con él.
Y pensé que nuestro cerebro es también una especie de armario de las maravillas, en el que se guardan cosas que no siempre vemos pero que están ahí, y que cualquier día, por alguna razón, pueden aparecer por sorpresa y sin explicación, como los sueños. 
Y eso es siempre fascinante, como piezas de colores que tal vez encajen entre sí.




miércoles, 2 de mayo de 2018

El gran descubrimiento de Pascualito


Un domingo soleado Pascualito fue con sus padres a pasear por el puerto. 
Iba Pacualito pensando que los domingos casi siempre son amarillos, cuando llegaron al recinto. Desde la entrada vieron un barco blanco y enorme que a Pascualito se le figuró una tarta gigante.
–Eso  es un crucero -dijo el padre.
Y Pascualito anotó en su memoria esa palabra nueva, para soltarla por ahí en cuanto tuviera ocasión. “He visto un curcero”, le dijo más tarde a su abuela.

Siguieron el paseo, y después de ver barcos de otras clases la madre de Pascualito dijo:
–¡Mira! ¡Un velero antiguo!
Y aceleraron el paso para acercarse a verlo.
Pascualito miraba sorprendido aquella maraña de palos y cuerdas y velas, mientras su padre, embelesado y con mirada soñadora, le decía el nombre de algunas de aquellas cosas. Era asombroso que todo eso tuviera un nombre, y era asombroso que alguien los supiera, pensaba Pascualito sin saber muy bien que estaba pensando eso.
–En una época –dijo el padre–, a mí me hubiera gustado ser marino, ¿sabes? -Y de pronto empezó a recitar: “Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín…”
Pascualito escuchaba muy atento, extrañado y un poco conmovido. Porque no entendía nada de lo que estaba diciendo su padre pero le encantaba el sonido especial que tenían aquellas palabras.
–Papá, dilo otra vez –pidió Pascualito cuando su padre terminó la recitación.

Varias semanas después, cuando Pascualito ya casi se había aprendido de memoria aquella poesía, de tantas veces como quiso escuchar "lo del velero mercantil", su madre lo llevó a comprar un regalo de cumpleaños para el padre. Estuvieron en una tienda donde vendían muchas clases de regalos. Pascualito miró por aquí y por allá, y aunque vio muchas cosas que le gustaron hubo algo que le pareció lo más especial de todo.
–¡Esto, mamá! –dijo entusiasmado, señalando un barquito de madera, con sus palos, y sus cuerdas, y sus velas.

Durante el resto del día y al día siguiente, Pascualito estuvo especialmente pensativo y meditabundo, y cuando la madre le preguntó si estaba preocupado por algo, Pascualito respondió con otra pregunta:
–Mamá, ¿yo puedo hacer una poesía?
Incluso la madre de Pascualito, que estaba acostumbrada a este niño académico, se sorprendió ante tal pregunta. Pero como siempre lo tomaba en serio, le respondió simplemente:
–Claro que sí.
De manera que Pascualito –con la ayuda de su madre, la verdad sea dicha–  empezó a escribir en un papel las palabras del poemita que ya tenía dentro, no se sabe si en la cabeza o en el corazón, o a medio camino.
 
Cuando llegó el día del cumpleaños de su padre Pascualito estaba muy contento y emocionado, y tenía muchas ganas de darle su regalo, a ver qué le parecía.
Así que antes de merendar, los abuelos le dieron su regalo, la madre le dio su regalo, y Pascualito le dio su regalo. Cuando el padre abrió el envoltorio de colores y apareció  aquel velero tan bonito hubo un aplauso unánime y espontáneo de todos los presentes, lo que a Pascualito le hizo aplaudir también, de puro contento.
–¡Es precioso, Pascualito, me encanta! ¡Muchas gracias! –dijo el padre al tiempo que abrazaba al niño, y Pascualito estaba tan orgulloso que el estómago le hacía cosquillas.
Entonces la madre le hizo un gesto, y Pascualito, algo inseguro y nervioso, le dio a su padre un sobre de color azul. El padre cogió el sobre con la mano un poco temblorosa, lo abrió y sacó una hoja azul en la que había algo escrito.
–Léelo, léelo –dijeron los abuelos.
Y el padre leyó la poesía de Pascualito, que decía:

“Este barquito velero
no navega por el mar,
no flota ni corta el viento
ni pone rumbo a Panamá.

Pero si sueñas despierto
en noches de luna llena
este barco chiquitito
te llevará donde quieras.”

–¿Te gusta, papá, te gusta? –preguntó Pascualito impaciente.
Y el padre, sin soltar el papel, volvió a abrazar a Pascualito, muy fuerte y sin decir nada. 
Qué otra cosa podía hacer.



old sailing boat barco velero antiguo



lunes, 23 de abril de 2018

Días de libro y rosas


Una vez conocí a una persona que, según me dijo, nunca había leído un libro.
No era la primera vez que oía a alguien decir eso, claro, pero en esta ocasión me llamó más la atención, quizá porque entonces yo ya era consciente de la importancia que la lectura tenía para mí.

La cuestión es que en ese momento pensé que esa persona “no sabía lo que se perdía”, como se suele decir,  porque yo estaba segura de que así era, de que no leer libros era privarse de muchas posibilidades: de aprender, de descubrir, de divertirse, de meditar, de sentir consuelo y compañía… Como dice Eugene Field en Los amores de un bibliómano:

Risa para mis momentos más alegres, distracción para mis preocupaciones, 
consuelo para mis pesares, charla ociosa para mis momentos de mayor pereza, 
lágrimas para mis penas, consejo para mis dudas, y seguridad contra mis miedos. 
Todo esto me dan mis libros…


Sin embargo, más adelante cambié de opinión. No es que ya no creyera en las bondades de los libros, sino que empecé a pensar que me equivocaba, que quienes no leían libros no se perdían nada, que seguramente esas personas encontrarían de otra forma el deleite y el solaz que otros encontramos en la lectura. Y siguiendo este pensamiento me dije que los amantes del deporte, por ejemplo, podrían pensar igualmente que yo “no sabía lo que me perdía” por no tener afición a ellos. Es decir, que cada uno disfruta a su manera y encuentra satisfacción en cosas diferentes.

Pero un tiempo después cambié de opinión nuevamente, y volví a pensar que no leer quizá sí suponga, no perder, pero sí dejar de ganar algo. Porque me parecía que otras aficiones –el deporte, la ópera, el ajedrez, la pintura, los puzzles…– implicaban una inclinación determinada y específica que como es lógico no todo el mundo siente, mientras que la lectura, me parecía a mí, era algo general, inherente al ser humano y hasta necesario.

No sé si esto tiene alguna lógica o algún fundamento científico, pero mi sensación es que sí. Porque lo cierto es que desde que nacemos nos gusta que nos cuenten cosas, nos gustan los cuentos, las historias, y sabemos que el cerebro las recibe con agrado y saca provecho de ellas. También nos gustan las películas, los chistes, las anécdotas, las canciones… que no son sino formas de contar historias. Es decir, que la esencia de la literatura -la narración de historias- es, en efecto, inherente al ser humano, un acto natural.

En los tiempos de las cavernas nuestros ancestros se reunían
alrededor del fuego por la noche. Los lobos aullaban en la oscuridad,
más allá del resplandor del fuego. Y una persona empezaba a hablar.
Y contaba una historia, para que la oscuridad no nos diese tanto miedo.

                                                            (El editor de libros. “Genius”, Michael Grandaje, 2016)
  
De manera que quizá el gusto por la lectura, por las narraciones, sea algo con lo que nacemos pero que con el tiempo muchas personas van perdiendo, como ocurre con la inocencia, el deseo de aprender o las ganas de jugar. Y en otras personas, por el contrario, no sólo se mantiene ese gusto sino que va haciéndose más completo y cabal.

Creo que no se puede dudar que la lectura de libros también nos da, aparte del regocijo personal, una visión más amplia del mundo, nuevos puntos de vista, aspectos que desconocemos de la realidad, ideas que nunca habíamos tenido y circunstancias en las que nunca habíamos pensado; y todo esto, creo yo, desemboca en un conocimiento mayor del ser humano –incluidos nosotros mismos– y una mayor capacidad de comprensión de nuestros semejantes.
Y también creo que todo esto influye en nuestro bienestar. Se dice que cuanto más conscientes seamos de todo, de la realidad en su más amplio sentido, más pesimistas nos volveremos. Y puede que sea verdad, pero creo que también es verdad que el conocimiento, en todo su sentido también, nos abastece  de nuevos recursos mentales y emocionales para manejar mejor esa conciencia de la realidad.

Sin duda hay personas felices e infelices, lúcidas y no tan lúcidas tanto entre quienes leen como entre quienes no leen. Pero aunque me demostrasen que leer libros no sirve para todo eso que yo creo, y que el bienestar personal no tiene nada que ver con la lectura, yo me alegro de ser lectora. Entre otras cosas, porque gracias a eso puedo compartir muchas meditaciones con ustedes. 




martes, 10 de abril de 2018

Lingüistas y alienígenas


Dedicado a MJ

En respuesta a la sugerencia que les presenté en la entrada de aniversario, nuestra amiga MJ me mandó un correo con una propuesta.
Según me decía, había visto La llegada (“Arrival”, Denis Villeneuve, 2016), y como le había interesado la teoría lingüística en la que se basa esta película, me proponía que comentase algo al respecto.

Yo también había visto la película, y me había llamado la atención que tuviese como fundamento una teoría lingüística, en concreto la llamada “Hipótesis de Sapir-Whorf”. Así que la sugerencia de MJ me da ocasión de meditar un poco sobre asuntos que guardan relación con otros que ya han ido apareciendo en el blog otras veces. 

En la película citada vemos a unos lingüistas que intentan desentrañar la forma de comunicación, el “idioma”, de unos extraterrestres que han llegado a nuestro planeta, para poder comunicarse con ellos y conocer los propósitos de su visita. Se podría decir, por cierto, que se establece entre ellos una especie de “encuentros en la tercera frase”, y perdonen ustedes la tontería.
En ese intento de comprender el lenguaje de los alienígenas es donde aparece reflejada la hipótesis de Sapir-Whorf, también denominada “teoría de la relatividad lingüística”.

Dicho en términos muy elementales, esta hipóteis establece que el idioma que hablamos influye en nuestro pensamiento; es decir,  que los hablantes de lenguas diferentes tienen formas diferentes de pensar. Por eso en la película se plantea que cuando la protagonista descubra la clave del lenguaje del alien, adquirirá no sólo ese lenguaje, sino también la concepción de la realidad que ese lenguaje conlleva.

Como han dicho algunos lingüistas, la película toma la hipótesis de Sapir-Whorf al pie de la letra y la lleva al extremo, aunque para eso es una película y además de ciencia-ficción. Sin embargo, en el terreno puramente lingüístico, la cosa no es tan clara ni tan definida.

A principios del siglo XX (aunque la idea ya surgió en el siglo XIX),  el lingüista Edward Sapir  planteó la posibilidad de que el lenguaje influyera en la manera en que sus hablantes interpretan la realidad; es decir, que la forma en que concebimos el mundo dependería en cierta medida de nuestros respectivos idiomas, de sus estructuras internas.

Años más tarde, tras la muerte de Sapir, un alumno y colaborador suyo, Benjamin Whorf, reelaboró y extendió la idea del profesor, dando origen a la hipótesis que hoy lleva el nombre de ambos, aunque nunca fue establecida como tal por ellos mismos, ni en común ni por separado.

ArrivalWhorf estaba convencido de que la gramática de cada idioma influye en la forma de pensar de sus hablantes, y para ello se basaba en sus investigaciones sobre la lengua de los indios Hopi: había observado que mientras que en las lenguas europeas el tiempo se representa de manera lineal –pasado, presente y futuro–, en la lengua hopi el tiempo se percibe como un flujo circular, y esa es  precisamente la característica que tiene el lenguaje de los extraterrestres de la película.

La hipótesis de Sapir-Whorf  siempre ha sido polémica, y sigue siendo objeto de debate hoy día. Muchos lingüistas descartan que el lenguaje determine la forma en que sus hablantes conciben la realidad, porque las estructuras lingüísticas, como planteó Noam Chomsky,  son universales, comunes a todos los idiomas; de manera que todos los seres humanos pensamos las mismas cosas y concebimos el mundo de igual manera, independientemente de cuál sea nuestra lengua materna.

Por otra parte, según indican otros expertos, la teoría de Whorf implicaría que no existe una realidad objetiva, sino realidades diferentes para los hablantes de idiomas de estructuras diferentes. Y se derivaría también que nuestro pensamiento no es libre, sino que está limitado o dirigido por el idioma que hablemos.

El asunto es sin duda apasionante, pero yo no puedo opinar más que basándome en mi personal y poco científica intuición sobre el asunto. Y en ese sentido, mi impresión es que el lenguaje no determina nuestra visión de la realidad, del entorno en el que vivimos, sino que lo refleja, lo representa; porque sí creo en la teoría de Chomsky, en que todos los hablantes compartimos una gramática esencialmente universal; que todos, sea cual sea nuestra lengua materna, compartirmos una especie de gramática innata, que se refleja en los llamados “universales lingüísticos” (rasgos que son comunes a todas las lenguas). 

También creo que en las cuestiones humanas fundamentales (los miedos, los deseos, las necesidades, las esperanzas…) todos los seres humanos, seamos de la nacionalidad que seamos y hablemos la lengua que hablemos, somos iguales. Por eso entendemos el arte y el pensamiento de pueblos muy lejanos en el tiempo y el espacio. Y dado que las lenguas son todas traducibles entre sí, ¿no significa eso que nuestra concepción del mundo y de la vida es básicamente semejante, aunque nuestros idiomas sean diferentes?

También es cierto que se puede utilizar el lenguaje -lo vemos casi a diario- para crear una supuesta realidad. Pero ésa es otra cuestión.
Y también es verdad que pensamos con palabras, que le damos forma al pensamiento con el lenguaje, pero eso no significa que el lenguaje cree la realidad sobre la que pensamos; simplemente la expresa, y la expresaremos mejor cuanto mejor sea nuestro conocimiento del lenguaje.

Y por último, creo también que aunque todos los hablantes del mundo concibamos la realidad de igual o semejante manera, el conocer diferentes idiomas nos da diferentes perspectivas de la realidad, porque en ocasiones distintos idiomas enfocan una misma realidad desde puntos de vista diferentes. De nuevo, esto no implicaría diferentes concepciones de la realidad, sino la posibilidad de verla desde diferentes ángulos.

La película La llegada, al margen de que nos guste mucho o poco, tiene un interés fundamental: que presenta una reflexión sobre el lenguaje, eso tan nuestro, tan esencial y tan trascendente.
Por eso, sea cual sea la verdad del asunto, tengan razón Sapir y Whorf, la tenga Chomsky o la tenga el próximo lingüista que elabore una nueva teoría, lo más interesante de todo es precisamente que haya teorías diferentes, que nos preguntemos por los orígenes y por todas las circunstancias relacionadas con esta capacidad humana maravillosa que es el lenguaje. Y, como he dicho otras veces, me fascina que después de miles de años utilizando el lenguaje sigamos sin desentrañar sus misterios y sigamos intrigados por la naturaleza de lo que precisamente nos hace ser lo que somos.


 Arrival film


sábado, 31 de marzo de 2018

Cada vez más


No hace mucho dos amigos míos, grandes lectores ambos, decían que, aunque siguen leyendo tanto como antes, o incluso más, ya no disfrutan de los libros de la misma manera que hasta hace unos años. Y no se referían a lo que comentamos en otra ocasión, a no encontrar libros que les gustasen lo suficiente. Decían que  la razón está en ellos mismos, que los libros ya no les resultan tan estimulantes ni les dejan el poso que les dejaban antes. Ahora tienen la sensación de que los libros, aunque les gusten los que leen, no les causan gran impresión, no les abren mundos nuevos como sucedía antes.
Y lamentaban que esto pudiese indicar que se estaban haciendo mayores, porque, decían, con la edad se pierde la sensación de descubrimiento, de entusiasmo o apasionamiento que es propia de años más jóvenes.

Balamand Unioversity, Lebanon
Como se trata de dos personas cultas, inteligentes y, como digo, muy leídas, yo tengo siempre muy en cuenta sus palabras, y me fío mucho de sus opiniones y su criterio. Sin embargo, en esta ocasión me parecía que se equivocaban.

Porque creo que el paso del tiempo no trae consigo necesariamente el desencanto ni la pérdida de la capacidad de aprender y descubrir. Y del mismo modo, tampoco la poca edad implica mayor disfrute de las lecturas. Quizá sí más sorpresa, o más sensación de novedad, porque lógicamente, cuando somos más jóvenes todo es descubrir. Pero yo estoy segura de que cuanto más se lee, mejor se lee; de que la actividad lectora, como casi todo, mejora con la experiencia y la práctica. Y creo que cuanto más leemos más flexible se hace la mente, más abierta a nuevas ideas, a nuevos puntos de vista. De manera que cuanto más leemos más cosas comprendemos, y más ampliamos nuestra curiosidad y nuestro interés por cosas diferentes, lo que a su vez amplía el rango de nuestros gustos. 

Y como para todo eso hace falta tiempo, estoy convencida de que para determinadas cosas, entre ellas la lectura y su aprovechamiento, ir ganando edad es una ventaja, un beneficio, porque nos hacemos cada vez más receptivos y quizá  más sensibles.

Quizá la falta de deleite y de provecho de la que hablaban mis amigos tenga que ver también con el ritmo de lectura. Ya he comentado aquí alguna vez que conozco a personas que leen un libro por semana o incluso dos. Y yo, al contrario, leo a un ritmo muy pausado. Y no es porque me lo proponga. Al contrario, yo quisiera leer más rápido para así poder leer más, pero me es imposible, parece que la lentitud es inherente a mi persona. Pero no me quejo, porque creo que una parte del disfrute que extraigo de la lectura se debe a eso precisamente, a la parsimonia, que me permite detener el pensamiento, meditar lo que voy leyendo, y percibir todo su  significado; o al menos todo de lo que yo soy capaz.

Porque sin duda, las cosas se aprecian mejor cuando les damos tiempo para que se muestren, cuando nos damos tiempo a nosotros mismos para ver lo que va apareciendo.
Ya dijimos, en la entrada antes referida, que estos tiempos actuales, tiempos de prisas, impaciencia, exceso de estímulos y quehaceres, no casan bien con el sosiego que requiere una lectura provechosa. Pero creo que a veces son los propios lectores quienes se imponen unos ritmos de lectura impropios. En su afán por leer, por disfrutar de cuantos libros puedan, caen justo en lo que impide ese disfrute. Le aplican a la lectura las mismas pautas de velocidad y avidez que invaden muchas otras actividades de la sociedad de la premura.

Por eso, en aquella conversación, dije que, al contrario que ellos, yo  cada vez les saco más partido a mis lecturas. De hecho, a veces me siento, en cierto modo, como el protagonista de Flores para Algernon, la novela de Daniel Keyes en la que el personaje se va volviendo cada vez más listo. Por desgracia yo no me vuelvo más lista, pero sí noto que, como digo,  cada vez comprendo mejor lo que leo y extraigo más conclusiones; que los libros me enseñan cada vez más y que por lo tanto disfruto cada vez más.

Así que, en efecto, creo que ir ganando edad no nos hace menos receptivos, no nos hace perder la emoción de la lectura ni la disposición a la sorpresa y al aprendizaje,  porque a mí me ocurre justo lo contrario.
Aunque, claro, también puede ser que yo me esté haciendo cada vez más joven.


En el ojo del huracán (Storm Center. Daniel Taradash, 1956)


jueves, 15 de marzo de 2018

Te propongo una cita


Como saben algunos de ustedes, yo soy de esas personas que tienen la costumbre (buena o mala, según cada cual) de subrayar los libros, de señalar las frases y párrafos que más me gustan. De ese modo, al cabo del tiempo puedo volver a encontrar sin dificultad los pasajes que en su momento me llamaron la atención y que deseo volver a leer, ya sea por puro deleite estético, ya sea por recuperar una enseñanza, un consejo, un consuelo… todo eso que se encuentra en los libros.

  
Hay ciertas cosas que el destino se propone tercamente. En vano se le interponen 
la razón y la virtud, el deber y todo lo sagrado; tiene que ocurrir algo que al destino 
le parezca bien y a nosotros no; y así acaba por surgir sin remisión, hagamos lo que hagamos. Pero, qué digo. Precisamente el destino pretende volver a poner en mi camino 
mi propio deseo, mi propia intención, contra la cual yo he actuado desconsideradamente.

J.W. Goethe. Las afinidades electivas (1809)


Y como ya he contado aquí también, muchas veces me ocurre que esas citas, esas ideas destacadas en un libro, me traen a la mente a personas concretas, ya sean personas a las que conozco bien u otras a las que no conozco tan bien, pero de cuya personalidad y manera de pensar, de entender el mundo, creo tener cierta noción. Es decir, relaciono mentalmente una idea, una reflexión, con una persona, como quien al ver un artículo en una tienda piensa: “Esto le gustaría a…”


Nadie más que el hombre mismo autoriza su esclavitud o lucha por
liberar su espíritu. Su único enemigo es la debilidad y su único defecto
el miedo. Su alma está aprisionada por curiosas cadenas; esas cadenas
son de muchas clases -muy bien forjadas- y a menudo invisibles,
hasta que dejan cicatrices; la más cruel de ellas, el orgullo;
la más sutil, el sufrimiento, y la más mortífera -la que acaricia
mientras estrangula-, la que los hombres llaman amor.

Charlotte Mew. “Elinor” (c.1904)

La mayoría de las veces esa relación, como creo que es lógico, se establece por afinidad, porque  imagino, acertadamente o no, que un pensamiento determinado podría gustar a una persona en concreto. Pero otras veces la asociación se establece por disparidad, porque una idea concreta puede parecerme opuesta a lo que alguien en particular piensa sobre la cuestión de que se trate. 

Supo que tendría muchísmo que hacer, nada menos que percibir el mundo que 
hasta entonces no había conocido en realidad, sólo de oídas […] La realidad era 
mucho más simple, pero al mismo tiempo más densa y sustanciosa de como 
la había imaginado desde la penumbra.

Sándor Márai. La extraña (1934)

En muchas ocasiones atribuyo, también creo que es lógico, una misma cita a más de una persona; y del mismo modo, varias citas diferentes pueden parecerme adecuadas para una misma persona.

Estamos solos, cada uno consigo mismo y con su muerte propia y su vida solitaria y desastrosa, estamos muy solos todos. Pero te diré algo que quizá te consuele. La soledad es el afrodisíaco del espíritu, como la conversación lo es de la inteligencia.

Enrique Vila-Matas. Doctor Pasavento (2005)


Y entre esas personas en las que me hacen pensar las citas literarias, están, cómo no, ustedes, los lectores de este blog, y por esta razón ya en dos ocasiones anteriores les he propuesto un pequeño juego –por llamarlo así–  relacionado con esas espontáneas asociaciones.


¡Feliz el que encuentre un amigo cuyo corazón y espíritu
le convengan, un amigo que se una a él por una comunión de gustos,
de sentimientos y de conocimientos, un amigo que no esté
atormentado por la ambición o el interés, que prefiera
la sombra de un árbol a la pompa de una corte.
¡Feliz quien tiene un amigo!

Xavier de Maistre. Viaje alrededor de mi habitación (1794)


Este pequeño juego consiste simplemente en que, si les parece bien y les apetece,  me digan cuál o cuáles de las citas que reproduzco en esta entrada les gustan más, o con cuál están en desacuerdo, por la razón que sea. Y así comprobaremos si sus elecciones coinciden con mis asociaciones. 


Permanecí allí sentado durante media hora, y era extraño
lo cerca de mí que ella parecía estar. El lugar estaba
completamente vacío, es decir, estaba lleno de ella.”

Henry James. Diario de un hombre de cincuenta años (1880)

Espero que cada uno de ustedes encuentre al menos una cita que le llame la atención de manera especial, por afinidad o por disparidad.  Y creo que tan interesante será ver que he acertado en mis cábalas como lo contrario. Porque confirmar una suposición es emocionante, pero las sorpresas también lo son.




martes, 6 de marzo de 2018

Estuve en Tarnis


Tarnis fue una vez habitada por locos. Así creo yo que debió de ser.
Y eran locos de dos clases: jardineros y arquitectos.
Y los locos arquitectos y los jardineros locos entablaron una batalla loca para ver quién lograba creaciones más fabulosas.

Los jardineros, seguros de que el verde elemento superaría las rígidas posibilidades de la piedra, construyeron jardines, parques y bosques de insensata opulencia. Edificaron monumentos de desenfrenada vegetación, en los que el color, los olores y las formas eran de tal belleza y galanura que quien los contemplaba y paseaba por ellos lloraba de conmoción.

Sintra, PortugalLos arquitectos, seguros de superar a la naturaleza en fantasía y ensueño, sembraron castillos, palacios y torres en medio de los bosques y encima de las peñas. Plantaron escalinatas y balcones, salones y miradores, chimeneas, columnas y arcos a golpe de capricho, de arrebato romántico.  Y sus formas eran tan irreales, tan extrañas y graciosas que quien los contemplaba y paseaba por ellos lloraba de éxtasis.

Y en ese combate andaban ensimismadas las dos exuberancias, sin que ninguna lograra vencer a la otra, sin comprender que  no eran rivales sino aliadas.

Porque el bosque y el castillo, el parque y el palacio, el jardín y la torre, y la fuente, y la cueva; el seto y el sendero, el estanque, la cúpula, la pérgola y el puente, eran todo uno.
No se sabe dónde hay más delirio, más irrealidad. No se sabe dónde está el equilibrio y dónde el torbellino. Qué es vegetal y qué es arquitectura. 
Pues el secreto de su esplendor no está en la esencia de cada una, sino en cómo se imitan la una a la otra. 
Y en cómo se abrazan, se contienen y se protegen.
Y en cómo, sin saberlo los locos, el jardinero y el arquitecto no combatían el uno contra el otro, sino las dos contra la cordura. 

Cuando vuelva a Tarnis, ¿querrás venir conmigo?



Quinta da Regaleira. Sintra, Portugal


domingo, 25 de febrero de 2018

Informal y relajado


Dedicado a *entangled*

En respuesta a la idea que les presenté  en la entrada de aniversario, *entangled* propuso un tema que me pareció difícil. Y me lo pareció por dos razones: porque mi primera impresión fue que requeriría unos conocimientos específicos que yo no tengo, y –más grave aún– porque no estaba segura de entender bien lo que planteaba.

Después he visto que se podía tratar el asunto sin recurrir a áridas explicaciones lingüísticas, pero sigo sin estar segura de si el contenido de esta entrada se ajusta a la propuesta. Espero sin embargo que sea así, y que, en cualquier caso, resulte de algún interés para ustedes.

La cuestión planteada por *entangled* es “por qué los angloparlantes hablan tan mal su propio idioma”. En concreto nos decía:
“Cuando estaba estudiando, me junté con una tropa de americanos […] con propósito de intercambios culturales. Ellos me corregían mis errores fonéticos y viceversa. Y un buen día apareció una tal Edna, que resultó que cometía los mismos errores que yo, pero a todo el mundo le parecía normal. Ante mis quejas, uno de los gringos me explicó en voz baja: «Verás… es que… Edna… bueno, ella es de Atlanta».

No sé si la persona que dijo eso hablaba en serio o si es que Atlanta es de esos lugares que en cada país se convierten en objeto de chistes más o menos graciosos sobre la supuesta rusticidad de sus habitantes.

Pero la cuestión es que Edna, al parecer, no hablaba un inglés académico precisamente. Y ante esto surge automáticamente la pregunta: ¿es que acaso todos los españoles (o todos los franceses, italianos, alemanes…) hablan su idioma de manera impoluta?

Creo entender que *entangled* se refiere a que aquella estudiante americana cometía errores de pronunciación impropios en teoría de un hablante nativo;  errores  que en él se consideraban como tales y le corregían, y que en ella en cambio se veían como algo natural.
Y yo creo que se trata precisamente de eso: en un hablante nativo determinados modos de pronunciación se consideran peculiaridades del habla, ya sean individuales o regionales; mientras que al extranjero que estudia una lengua esas peculiaridades se le corrigen como errores porque se alejan de la norma, de la variedad de lengua estándar, que es la que se estudia en los diferentes ámbitos de enseñanza.

De hecho,  con frecuencia, quienes han estudiado un idioma extranjero lo hablan con mayor corrección que el hablante nativo medio, ya que los hablantes extranjeros son más conscientes de las reglas gramaticales, y tienen también el afán de ir eliminando sus errores conforme avanzan en el estudio de la lengua.

Aparte de esto, creo que a veces nos parece que los hablantes nativos hablan mal su propio idioma debido a lo que se denomina “pronunciación relajada”, que es simplemente la forma en que hablamos cuando utilizamos un lenguaje informal (que no es lo mismo que vulgar).
Esa pronunciación relajada se caracteriza entre otras cosas, por la pérdida de letras o sílabas y por la fusión de unas palabras con otras, y esto puede dar la impresión de un lenguaje mal hablado porque no coincide exactamente con lo que hemos aprendido al estudiar el idioma.

El inglés, como cualquier otra lengua, tiene dos variedades básicas: la formal y la coloquial o informal.  Y en el inglés coloquial no se dice, por ejemplo, “want to” sino “wanna”; ni “don’t know” sino “dunno”; y más que “do yo”, oiremos “d’ju”; o “coulda” en vez de “could have”... 
Estos son sólo unos cuantos ejemplos de las variaciones que caracterizan la pronunciación relajada del inglés, y que se producen sobre todo con expresiones muy habituales, con palabras y fórmulas que se utilizan constantemente.
Además, el inglés, por sus peculiares características, permite también determinados procesos fonéticos, determinadas modificaciones de la pronunciación y la ortografía, que pueden resultar ajenos al hablante extranjero.

La tendencia natural de los hablantes de cualquier idioma es la de simplificar y acelerar el habla en su uso cotidiano, porque en este caso lo que se impone es la comunicación inmediata y cómoda.
Pero todo esto, como decimos, forma parte del lenguaje coloquial, que no implica necesariamente formas erróneas, como tampoco son erróneas, por ejemplo, las formas dialectales de cualquier idioma, aunque no se ajusten a la lengua estándar.

Otra cosa, claro está, son las formas incorrectas de la lengua, los vulgarismos. “Habemos visto”, “si lo fueras dicho”, “contra más”, “me se olvidó”, “aluego”, “medecina”, o cualesquiera otros dislates lingüísticos que oímos y vemos constantemente, son ejemplos de vulgarismos del español, en los que no caerá un extranjero que estudie nuestro idioma.  Y, obviamente, en los demás idiomas también se producen vulgarismos, ya sean gramaticales, fonéticos o léxicos.

En fin, no sé si aquella joven llamada Edna hablaba en verdad un inglés incorrecto. Y tampoco sé si los ingleses y los americanos que hablan mal su idioma son la mayoría. Lo que sí sé es que el uso deficiente del propio idioma no es un mal exclusivo  de los angloparlantes. 

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viernes, 16 de febrero de 2018

Fortis imaginatio


Cuento. Segunda y última parte

Mientras la mujer hablaba yo ya había dejado de fingir que leía. El libro estaba sobre mi regazo, abierto porque mi mano lo sujetaba, pero olvidado.
La mujer prosiguió:
—Cuando después del entierro volvimos a casa de mi hija, yo fui a la habitación de la niña. Necesitaba estar allí, con sus cosas; ver y tocar lo que ella había visto y tocado todos los días. Me senté en su camita, acaricié su manta y lloré abrazada a su camisón. Sentía que esas cosas estaban impregnadas de ella, de su esencia. Yo nunca había pensado en lo importantes que pueden ser los objetos personales de las personas amadas, pero algo me llevaba a ellos; algo me decía que en ellos permanecía, de alguna manera, el espíritu de mi nieta.

Todos los ocupantes del compartimento estábamos en silencio, y casi inmóviles. El hombre de la gorra ya no sonreía, y el hombre de la pipa ya no fumaba. Toda nuestra atención estaba en el rostro y las palabras de aquella mujer que nos revelaba la verdad de su corazón.
—Entonces —continuó—, levanté la cara y, entre mis lágrimas, vi la muñeca de trapo que yo misma le regalé cuando cumplió un año y que siempre fue su juguete favorito. Siempre tenía la muñeca consigo, incluso dormía con ella. Si algún objeto estaba impregnado del espíritu de mi nieta, sería esa muñeca.

»Y ahora estoy segura de eso —añadió—, porque al mirar la muñeca yo veía a mi nieta. La veía, créanme, estaba allí, en los ojos de aquella muñeca a la que tanto quiso.
Y a continuación, la mujer relató que cogió la muñeca y la estrechó contra sí, igual que tantas veces había estrechado a su nieta. Y que fue un gran consuelo, porque no sólo sintió que de algún modo estaba abrazando a la niña, sino porque tuvo una sensación muy clara, muy real, de que la muñeca le devolvía el abrazo.
Entonces, la  mujer y su marido se miraron, se cogieron de las manos, y no dijeron nada más.

—Mi querida señora —dijo entonces el hombre de la pipa—, permítame decirle en primer lugar que lamento su pérdida en lo más profundo de mi corazón. Y ahora añadiré que lo que cuenta usted no me sorprende. Me maravilla, porque es algo maravilloso sin duda; pero no me sorprende, porque he oído a otras personas relatar  experiencias semejantes.

—Pero ¿no será que las personas que pasan por un trance tan doloroso quieren creer en la presencia de las personas perdidas? 
El hombre de la gorra escocesa expresó esta opinión con un tono de respeto, y me pareció que su escepticismo previo se había convertido en prudencia. Y añadió:
—Quizá, en su dolor, imaginan que realmente ocurre lo que desearían que ocurriera. Como dicen los sabios, fortis imaginatio generat casum.    

 En ese momento, para mi propia sorpresa, intervine yo misma en la conversación:
—Si me permiten, señores, yo también creo que los objetos guardan en sí el espíritu o el alma de las personas que los amaron. Quizá sea, como dice este caballero, que una fuerte imaginación genera el hecho mismo; quizá el intenso deseo de recuperar a un ser querido tras su muerte, nos hace sentir que en verdad su alma permanece a nuestro lado. Podría ser eso, pero yo no lo creo. No creo que ese estado de extrema sensibilidad nos haga imaginar la presencia de quien se fue, sino al contrario: que esa sensibilidad excepcional es precisamente lo que se necesita para poder percibir la presencia del ser querido. Normalmente no somos conscientes de esa vida que hay en los objetos porque nuestra sensibilidad está adormecida, y ésta sólo adquiere el nivel de percepción suficiente cuando el dolor de una muerte la despierta.

Faltaba poco para que el tren llegase a su destino. La conversación fue perdiendo intensidad a medida que nos acercábamos a Oxford, y cuando el tren se detuvo en la estación ya hacía rato que estábamos en silencio.
Nos despedimos unos de otros casi en silencio también, como si no quisiéramos interrumpir el curso de nuestros pensamientos.

Al bajar del tren el bullicio de la estación me hizo sonreir con cierta indulgencia, tal y como mis compañeros de la universidad sonreían ante mis comentarios.
La mayoría de las personas se afana en sus ocupaciones mundanas sin llegar nunca a saber que la vida es mucho más que eso. Creen que lo visible y lo conocido es lo único que existe, y van de acá para allá, como hacendosas hormigas convencidas de que no hay más mundo que el que rodea su agujero.

Recorrí el andén en dirección a la salida. Llevaba mi bolso de viaje en la mano izquierda. La derecha la tenía en el bolsillo del abrigo, sujetando con fuerza el viejo reloj de leontina de mi abuelo. 


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