jueves, 21 de mayo de 2015

El cuaderno en los tiempos del móvil


Puede parecer que el teléfono móvil y los cuadernos nada tienen que ver entre sí, que ni son rivales ni se complementan; que pertenecen a ámbitos de uso muy distintos. El teléfono móvil es un objeto moderno, tecnológico, funcional y multifunción. En cambio, el cuaderno es antiguo y elemental; funcional y práctico, sí, pero no sirve más que para anotar cosas. Qué primitivo. 

Y además, para colmo, esa única función del cuaderno también la ha usurpado el móvil.

Así es: además de sus funciones exclusivas, también tiene el móvil un uso que tradicionalmente correspondía a los cuadernos o similares. Por ejemplo, cuando alguien nos daba su número de teléfono (fijo, claro), lo anotábamos en un cuaderno o en una agenda. Ahora nos hacemos una llamada perdida y ya tenemos los números registrados en nuestros aparatos. Y para comunicar otros datos, como una dirección, un nombre, etc, nos mandamos un mensaje de texto o, si hay confianza, un wasapillo.
Y antes, cuando íbamos a una librería y nos interesaba un libro que no íbamos a comprar en ese momento, sacábamos un cuaderno y anotábamos los datos del libro. Ahora sacamos el móvil y le hacemos una foto. Ya no hay que anotar nada. No hace falta papel ni bolígrafo ni lápiz. Incluso, llevando la cosa al extremo, ni siquiera hace falta saber escribir.

Pero lo cierto es que las cosas no están tan mal para el humilde bloc y la modesta libreta. Muchas personas, como yo misma, seguimos utilizándolos a diario. Y aunque no podamos prescindir del móvil y el ordenador, nos mantenemos fieles a los instrumentos de escritura manual, que, según para qué, cómo y cuándo, siguen siendo más prácticos, cómodos y rápidos que los aparatos tecnológicos más novedosos. A ciascuno il suo, que dijo Leonardo Sciascia. A cada cual lo suyo.


Y es que a mí me parece que los cuadernos siempre son necesarios. Yo tengo muchos y todos en uso. En uno voy apuntando los libros que me acechan y me incitan a leerlos (porque ya sabemos que contra ese empeño no hay nada que hacer); en otro tomo notas cuando asisto a alguna charla, taller o clase; en otro copio frases de los libros que leo y que no quiero perder de vista; en otro escribo ideas y borradores... Sí, los cuadernos son necesarios e insustituibles.

¿Y qué hay de la permanencia? ¿Cuánto tiempo conservamos un texto anotado o recibido en el móvil y cuánto una nota apuntada en un cuaderno? ¿Cuánto tiempo puede un cuaderno estar guardado en un cajón, conservando impolutas sus anotaciones? 

Pero no es sólo que muchas personas sigamos utilizando este medio tradicional como memoria externa; es que parece que precisamente ahora, en los tiempos del móvil, el cuaderno ha pasado de ser un simple elemento práctico a convertirse en un objeto también estético. Y al igual que esos libros que, en los tiempos del e-book, se publican en ediciones muy cuidadas y atractivas, también los cuadernos saben vestirse de gala y hacerse admirar.

Pero ya sea en el bloc más artístico o en el más sencillo, las palabras y los datos anotados a mano resultan más vinculados a nosotros e incluso más verdaderos, y sin duda más duraderos, que los transmitidos por un mecánico y  fugaz tecleo.

"La felicidad es... sentarse tranquilamente a escribir en un cuaderno."



domingo, 3 de mayo de 2015

Leer o releer, he ahí el dilema


Recuerdo que en una ocasión, en el instituto, un profesor nos habló de su frustración porque nunca podría llegar a leer todos los libros que querría, y que se arrepentía del tiempo que no había aprovechado para leer a lo largo de su vida.
Quizás aquel profesor era un poco exagerado en sus emociones, pero la cuestión es que sus palabras me hicieron pensar por primera vez en la lectura como algo infinito, inabarcable y en cierto modo, sí, frustrante.

Más tarde, a esta conciencia de la imposibilidad de leer todo lo que querríamos, añadí otro motivo de desasosiego: empecé a darle muchas vueltas a la cuestión de la relectura. Me preguntaba, y he seguido preguntándomelo hasta hace poco, qué sería mejor, si leer solo libros nuevos, es decir, libros que no hubiera leído antes, o releer libros que me hubieran gustado mucho. Durante mucho tiempo, y después de haber releído algunos, no tuve dudas: con tantos libros que había por leer, era una locura dedicar las horas a leer libros repetidos.
Y así estuve mucho tiempo, años, sin releer ningún libro, por mucho que me hubiese gustado alguno en particular. Siempre me acordaba de las palabras de mi profesor y me vencía la idea de que había que aprovechar el tiempo para lecturas nuevas, para leer las demás obras de los autores que me gustaban y para descubrir otros que me podrían gustar.
Pero un día, no sé por qué razón, empecé a cambiar mi forma de ver este asunto. Hacía ya unos cuantos años que había leído La conjura de los necios, un libro que fue para mí una especie de revelación, que me divirtió mucho y me hizo pensar mucho. Y un buen día, sin otro motivo aparente que el buen recuerdo que tenía de esta novela, sentí muchas ganas de volver a leerla. Sin dudar y haciendo caso omiso de mi propio convencimiento, me puse a ello y descubrí que, al contrario de lo que había pensado durante todo aquel tiempo, la relectura no me resultó, ni mucho menos, una pérdida de tiempo, sino un tiempo muy bien empleado.
 
Desde entonces, cada vez que he releído un libro he comprobado que es verdad lo que dice Stephen King: que un buen libro no nos revela todos sus secretos de una vez. Y eso es precisamente lo que nos hace volver a leerlo: el saber, o más bien sentir, que no nos lo ha contado todo, que aunque hayamos leído ya todas sus páginas, sigue teniendo algo que decirnos. Y claro, nosotros queremos saberlo.
Aunque también creo que, a veces, lo que buscamos en la relectura no es lo que el libro nos pueda ofrecer de nuevo sino volver a encontrarnos con algo que ya conocemos, con algo que ya nos ofreció y que es algo que nos reconforta. Hay libros que nos hacen sentir bien, porque nos vemos reflejados en ellos, porque nos hacen ver que no estamos solos en nuestras cuitas, porque nos dicen cosas que nos ayudan de una manera o de otra. Y por eso volvemos a leerlo, para volver a escuchar esas palabras que nos consuelan o nos alientan o cuya melodía, simplemente, nos agrada.

Claro está que no cualquier libro merece una relectura. De hecho, algunos no merecen ni una primera lectura, y se pierde mucho más el tiempo leyendo un libro que no nos satisface, que nos deja indiferentes, que releyendo, las veces que nos apetezca, un libro que nos resulta provechoso.
Ya dijo Oscar Wilde que si no disfrutamos al leer un libro otra vez, es que ese libro no merecía la primera lectura. O, en palabras de Susan Sontag: “No merece la pena leer un libro que no merezca la pena releer.”

Creo que con frecuencia nos ocurre como a aquel profesor, que sentimos una especie de ansiedad por leer más, que nos impide disfrutar realmente de la lectura; una avidez que nos lleva más a acumular libros leídos con premura que a obtener beneficio de ellos.
Por eso, al contrario que en el título de esta entrada, con los libros no debería haber dilemas ni decisiones que tomar.
No hay que elegir, sino leer y releer según nos apetezca, sin estropear con ansiedad ni impaciencia el placer de pasar las páginas con deleite y dedicándoles el tiempo que queramos, las veces que queramos.
Siempre será un tiempo bien empleado.
 
 




domingo, 19 de abril de 2015

Parejas complejas, 10

 
Hay un dicho que afirma “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, y que a mí me parece una verdad universal, que se puede aplicar a cualquier época y a cualquier ciencia.  
La lingüística, como ciencia que es, también adelanta, se perfecciona y avanza. Cada día aumentan los conocimientos sobre el funcionamiento del lenguaje y los mecanismos internos de los idiomas; sobre las áreas y las funciones cerebrales relacionadas con el lenguaje, etc.
Pero hay algo que sigue dando dolor de cabeza y desesperación a los lingüistas más reputados, a los científicos más expertos y a los filólogos más eruditos. Me refiero, claro está, a ese fenómeno lingüístico que se manifiesta en lo que aquí llamamos parejas complejas, y que se define técnicamente como “la mala idea” de las palabras. Otros, más indulgentes, lo consideran como algo más lúdico, y se refieren a ello como “el carácter juguetón” de las palabras.

Ya hemos hablado aquí en muchas ocasiones de este asunto y, se considere mala idea o se considere travesura, lo cierto es que este fenómeno tiene, para el hablante que lo sufre, perniciosas consecuencias: necesidad urgente de consultar un diccionario, bochorno, sonrojo, deseos de ser tragado por la tierra, etc.
Nosotros traemos aquí de vez en cuando algunas de esas palabras pérfidas y alevosas, para desenmascararlas, para revelar su doble y traicionera identidad, en un humilde afán de contribuir a evitar situaciones como las antedichas. Y las parejas complejas que hemos capturado en esta ocasión son las siguientes:
 
1. perífrasis y paráfrasis:
Gemelas casi idénticas, estas dos palabras, además de tener unos rasgos físicos muy similares, tienen el peligro añadido de que se usan en los mismos contextos, ya que los significados de ambas se relacionan con la expresión oral o escrita.
 
La perífrasis es un circunloquio, o sea, lo contrario de ir al grano; es utilizar más palabras de las necesarias para decir algo que se podría expresar de manera más breve. Se da mucho entre personas que gustan de dar a su discurso un aire rimbombante, deseosos de sentirse poetas por un rato:
 
Ejemplo: La policía ha detenido a cuatro individuos que robaban en gasolineras.
 
Perífrasis: Agentes del cuerpo de policía han procedido a la detención de cuatro individuos  que perpetraban robos en estaciones de servicio.
 
La paráfrasis, por su parte, tiene dos acepciones. Por un lado, es la imitación de una frase conocida, manteniendo su estructura pero con palabras diferentes:
 
Ejemplo: Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Paráfrasis: Más sabe el diablo por Google que por diablo.
 
Y por otro lado, la paráfrasis es también una reformulación de un texto determinado, para hacerlo más comprensible:
 

Ejemplo: la confusio linguarum nació del desajuste entre lenguaje gestual y lenguaje hablado (Umberto Eco. La búsqueda de la lengua perfecta.)
 
Paráfrasis: la confusión de las lenguas se produjo por las diferencias entre el lenguaje de gestos y el lenguaje hablado.
 
Aunque aquí  me surge una duda: si perífrasis es utilizar más palabras de las necesarias y paráfrasis es la modificación de un texto para hacerlo más comprensible, entonces ese texto más comprensible ¿será la paráfrasis de una perífrasis?
 
Veamos otra pareja compleja:
 
2. apóstrofe y apóstrofo
 
El apóstrofe,  o invocación, es una figura literaria que consiste en expresarse, a modo de discurso, dirigiéndose a alguien, incluso a uno mismo, o a algo.
 
Ejemplo:  Ay, mísero de mí, ay, infelice / apurar, cielos, pretendo / ya que me tratáis así /qué delito cometí / contra vosotros, naciendo. (Calderón de la Barca. La vida es sueño).
 
El apóstrofo, en cambio, es un signo ortográfico, una comilla simple (‘) que indica la supresión de letras o palabras. Al contrario que en otros idiomas, como el inglés o el italiano, en español actual prácticamente sólo se usa en determinados casos para representar el habla coloquial.
 
Ejemplo: Si tu mal tiene remedio, ¿pa’ qué te quejas? Y si no lo tiene, ¿pa’ qué te quejas? Me quejo porque m’apetece.
 
Y ahora que lo pienso, podría darse el caso de un texto en el que se combinen el apóstrofe y el apóstrofo y, ya puestos,  la paráfrasis también:
 
Ejemplo: Ay, mísero de mí, ay, infelice / pa’qué me tratáis así / qu’es que no sé / qué delito cometí ...
           
Y llegamos a la última pareja compleja de hoy:
3. reescribir y rescribir
Reescribir es volver a escribir lo ya escrito introduciendo cambios, dándole una nueva interpretación. O sea que, sin ánimo de sinónimo, la reescritura viene a ser  algo parecido a la paráfrasis.
 
Y rescribir, aunque es una palabra en desuso, es lo que hacemos cada vez que contestamos una carta, un email, etc; es decir, rescribir es responder por escrito a una comunicación.
 
Así pues, la loca conclusión de todo esto es que podemos hacer una paráfrasis de una perífrasis y por lo tanto reescribir dicha perífrasis; que podemos también parafrasear o reescribir un apóstrofe añadiéndole unos apóstrofos, y que al rescribir una carta la podemos reescribir o parafrasear, con apóstrofos y con apóstrofes.

 

miércoles, 8 de abril de 2015

Hagan juego. El resultado


En la entrada anterior proponíamos un juego literario que consistía en hacer diferentes versiones de un texto determinado, utilizando para ello cualquier recurso lingüístico pero sin cambiar el sentido de la historia.
También establecimos un número máximo y mínimo de palabras, para que todos los textos tuviesen una longitud semejante y como marco que sirviese de referencia a los participantes.

Para mi enorme satisfacción y gratitud, han sido muchos los amigos de  este blog que han tenido la deferencia de participar en el juego-experimento, y además las versiones que han escrito, a pesar de las similitudes que obviamente han de  tener, son todas únicas, pues todas tienen  rasgos que las personalizan.
Por ejemplo, Carlos le ha dado una raza concreta a nuestro perrito; MJ ha cambiado la voz  y el tiempo narrativos; Soros le ha dado un toque de humor cascarrabias muy particular…
Hay también singulares coincidencias y otros aspectos de estas versiones que resultan curiosos,  pero ya los apreciarán ustedes y los comentaremos después en el saloncito habilitado aquí detrás a tal efecto.
En resumen podemos decir que, teniendo en cuenta que los autores de estas variaciones tenían muy poco margen de maniobra, las versiones resultan muy diferentes unas de otras y sobre todo muy creativas.

El texto original a partir del cual se han elaborado estas recreaciones es el siguiente:

«Durante todo el camino el perrito fue haciendo cabriolas, con la lengua fuera, intentando alcanzar la bolsa que el hombre levantaba y apartaba, entre risas y regañinas. 
Al llegar a casa el hombre dejó los libros sobre una mesa y fue a la cocina. Mientras, el perrito se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, mirando hacia arriba,  como si estuviera ideando  alguna estrategia para alcanzar los libros.»

Y ahora, colocadas en el orden en que las he ido recibiendo, disfrutemos de todas esas recreaciones, interpretaciones y variaciones:

«Desde que salieron de la librería, el fox-terrier no paró de cabriolear, con la lengua entre los dientes y husmeando el paquete que su dueño le escamoteaba mientras le abroncaba divertido.
Ya en el salón del domicilio, el amo apoyó su compra encima de la consola y salió, llegándose hasta la nevera. Entretanto, el animalito merodeaba alrededor del mueble; sin apartar la vista de su objetivo, parecía planificar cómo hacerse con los ejemplares recién comprados.»
-Carlos-
***
«A lo largo del trayecto, el diminuto perro no paró de hacer volteretas, extenuado, procurando atrapar el saco que el individuo alzaba y alejaba, entre risotadas y rapapolvos. Cuando llegó al hogar, el individuo soltó los ejemplares encima de un escritorio y se dirigió al fogón. Entretanto, el can chiquito rodeó la mesa varias veces echando una ojeada hacia la parte superior, como si maquinase una táctica para atrapar las novelas.»
-Sara-
***

«De vuelta a casa, el perrito, jadeando e inquieto, caracoleaba alrededor de su dueño con el aparente objetivo de alcanzar la bolsa que este, entre divertido y molesto, intentaba poner fuera de su alcance, profiriendo suaves reconvenciones.
Ya en casa, el hombre se dirigió a la cocina, dejando los libros sobre una mesa. Entonces, el pequeño can comenzó a corretear alrededor de aquella, levantando la mirada, como trazando un plan para hacerse con aquellos ejemplares.»
***

«De regreso a casa, el cachorro iba saltando, excitado, como si quisiera atrapar el hatillo que su dueño llevaba y alzaba alejándolo de su alcance, divertido y a la vez fingiendo enfado.
Ya en el hogar, él puso el contenido del hatillo —libros— sobre el escritorio y se retiró al cálido interior. El cachorro trotaba inquieto alrededor del escritorio; parecía buscar el modo de subir y acceder a los libros.»
***
«A lo largo del trayecto, el pequeño chucho brincaba excitado, pretendiendo atrapar la bolsa que alzaba su amo y que con jocosas reprimendas le vedaba.
Una vez en su hogar, el individuo colocó sus lecturas encima del escritorio y se dirigió a la cocina. Entretanto, el animalito comenzó a rodear sin pausa aquel mueble, escrutando hacia lo alto, igual que si planeara con pericia el modo de conseguir aquellos tomos.»
***
«A lo largo del trayecto el gozquecillo, brincador y jadeante, pugnaba por atrapar el talego que el tipo le hurtaba en el aire mientras le reprendía sin fe entre carcajadas.
Llegados a su hogar, mientras él encendía el fogón, el animal rodeaba, picadísimo, las faldas de la camilla, sin quitar ojo al zurrón que el sujeto había dejado sobre ella, buscando tenazmente la manera de alcanzar los tomos.»
-Lan-
 ***

«¡Chucho malabarista, hasta babear quieres mis lecturas! ¡Enano garabito, recorte de canijos, husméale la concha a tu mamá, no profanes los clásicos! Y, mientras esto le decía, embromado, esquivó sus brincos circenses todo el itinerario.
En la vivienda, mientras él avivaba el hogar, el obstinado caniche no dejaba un momento de rondar, urdiendo el modo de llegar a la encimera donde dejó los textos.»
-Soros-
***
«En el sendero hacia el bohío él, con exagerados aspavientos, subía, bajaba y alejaba el capazo. Entre jolgorio y fingidas reprimendas, salvaba las tarascadas y lametones del caniche curioso.
Llegados a la cabaña, mientras preparaba la trébede, el chucho, cabeza levantada y rabo inquieto, no le quitaba ojo al paquete de novelas y pugnaba por alcanzar aquella cima plana, que rodeaba sin descanso, sin que su talla le diera para semejante logro.»
-Pelagalgos-
***

«Mientras recorrían la senda, el cachorro juguetón saltaba e intentaba lamer el paquete que sostenía el viejo en el aire. Él, cariñosamente y sin mucha convicción, le reprendía.
Cuando llegaron al garito, el tipo entró en la alacena y el canecito permaneció girando en torno a la base del altillo, donde el viejo dejó aquel capacho repleto de literatura, sin saber cómo llegar a él.»
-Correlindes-
***
«No hay perro tan extraordinario como el mío. Cuando salgo de Luces está esperándome en la puerta, moviendo el rabo y me parece que sonríe mientras da esos graciosos saltitos a mi alrededor. Tengo que apartar la bolsa de su lado, porque estoy seguro de que la agarraría con sus dientes y se escaparía con ella feliz de haber conseguido su ansiado botín: mi provisión mensual de libros.»
-MJ-
***

«A lo largo del sendero, el chuchillo se dedicó a hacer piruetas, sin apenas resuello, queriendo echar la zarpa al macuto que aquel señor trataba de alejar de él, regañándolo tras una sonrisa. 
Una vez en la casa, el señor dejó los libros encima de la mesa y se marchó hacia la cocina, mientras el chuchillo giraba una y otra vez en torno a ella, mirando hacia esos libros y pensando quizás en cómo conseguirlos.»
***
«Del  camino duramente el perrito sacó de una cabriola fuera su lengua por si se la levantaba al hombre apartar la bolsa regañando a su alcance.
Alrededor de los libros en la mesa el perrito dando vueltas ideando como alcanzarlos y él en la cocina de la casa.»
-Anánimo-
***
Muchísimas gracias a todos.


viernes, 27 de marzo de 2015

Hagan juego


Nuestro amigo Lan nos proponía hace unas semanas un interesante  juego literario que quiero presentarles con la idea y el deseo de que los lectores de este blog se animen a participar.
 
El juego o experimento consiste en que ustedes reescriban un breve texto, que yo les propondré a continuación, siguiendo unas sencillas pautas. Lo fundamental es que la historia sea la misma pero narrada de forma diferente. Para ello habrá que evitar en lo posible repetir frases y palabras del original, utilizando a su elección sinónimos, equivalencias, perífrasis, paráfrasis, circunloquios, y toda clase de recursos lingüísticos -incluido el lipograma si a alguien le place- que sirvan para nuestro propósito.
También es importante que la longitud de las versiones que ustedes escriban sea similar a la del texto del que partimos. Éste tiene 69 palabras, por lo  que sus versiones podrán tener entre 65 y 75 palabras.
 
Quienes deseen participar deberán enviarme a mi correo electrónico sus versiones, indicando  si desean que su texto sea identificado con su nombre o prefieren que aparezca bien como anónimo o bien con el seudónimo que el interesado elija. Y el plazo para ello es de doce días, es decir, desde mañana  28 de marzo hasta el miércoles 8 de abril.
 
Después publicaré una nueva entrada en la que figurarán los textos escritos por ustedes para que todos podamos leerlos todos, disfrutarlos y comentarlos, lo cual, sin duda, nos proporcionará grandes momentos de deleite y regocijo.
El objetivo de este juego-experimento no es otro que divertirnos un rato jugando con las palabras y disfrutando con sus posibilidades; comprobar cómo una misma cosa se puede expresar de muy diversas maneras, y constatar cuán dúctil, flexible y  adaptable es el lenguaje, de cuyas propiedades no siempre sacamos partido suficiente.

Sin más, este es el texto que les propongo para ser reescrito, reinterpretado, versionado o adaptado; transmutado, refundido o parafraseado:
 
“Durante todo el camino el perrito fue haciendo cabriolas, con la lengua fuera, intentando alcanzar la bolsa que el hombre levantaba y apartaba, entre risas y regañinas.
Al llegar a casa el hombre dejó los libros sobre una mesa y fue a la cocina. Mientras, el perrito se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, mirando hacia arriba,  como si estuviera ideando  alguna estrategia para alcanzar los libros.”
(Cuento completo aquí)
 
Espero sus colaboraciones. ¡Muchas gracias!

 
 
 
 
 

lunes, 16 de marzo de 2015

La expansión de Bruno

(Cuento)

Los dos días más importantes en la vida de una persona
son el día en que nace y el día en que descubre por qué.
(Mark Twain)

 
Se podría decir, y de hecho se dice, que  Bruno nació dos veces. La primera, cuando su madre lo trajo al mundo, que es la manera más habitual de nacer; y la segunda, años después, cuando supo qué hacía aquí.
Bruno era el segundo de tres hermanos y su vida quedó marcada por esa posición intermedia. Fue un estudiante mediocre, era de mediana estatura y solo se interesaba a medias por las cosas. No tenía amigos íntimos y nadie tenía mal concepto de él. No tenía pasiones ni rechazaba nada por completo.
Quizás esa indefinición, ese falta de inclinación hacia nada, fue lo que lo llevó a  tomar una decisión que, por drástica, no parecía adecuada a su forma de ser. Pero todo el mundo actúa alguna vez de manera imprevisible y Bruno, claro está, no iba a ser diferente.
Cuando terminó el instituto y sus compañeros se decidieron por la universidad o por el mundo laboral, Bruno, incapaz de preferir ni lo uno ni lo otro, decidió quedarse en casa.
 
Sus padres pensaron que necesitaba un tiempo para reflexionar, para aclararse las ideas. “Está en una edad muy delicada”, se decían sin convencimiento.
Pasaron semanas y meses y, cuando quisieron darse cuenta, Bruno llevaba un año sin salir de casa y casi sin salir de su habitación.
Su madre le decía:
-Bruno, hijo mío, ¿no te gustaría…?
Y sin dejarla terminar, Bruno contestaba:
-No, no me gustaría.
Entonces lo intentaba su padre:
-Bruno, muchacho, ¿no te parece…?
-No, no me parece –respondía Bruno, que cada vez se volvía más huraño.
Convertido en un recluso voluntario, Bruno apenas comía, casi no se duchaba y, si así lo hubiese querido, hubiera podido trenzarse la barba, como un guerrero vikingo.
Pasaba los días, y las noches también, ante el ordenador, jugando a juegos de estrategia y visitando páginas donde otros jugadores intercambiaban impresiones y trucos para mejorar el rendimiento de sus virtuales ejércitos.
 
Un día quiso el azar que uno de esos jugadores, que se hacía llamar Rebel –la originalidad no es siempre necesaria–, y al que Bruno imaginaba como otro vikingo desgreñado y hosco, revelara su identidad femenina. Esto le causó a Bruno una pequeña conmoción, y estuvo a punto de abandonar el sitio y no volver. Pero se dio la circunstancia de que Rebel conquistó su curiosidad primero y su corazón después, y al cabo de unos días empezaron a intercambiar mensajes privados.  
Si la madre de Bruno hubiera sabido que su hijo había encontrado un alma gemela, se habría ilusionado y se habría echado a soñar. Pero en realidad fue mejor que no lo supiera y no se hiciera ilusiones. Y es que sí, su hijo y Rebel eran almas gemelas: ninguno de los dos tenía la menor intención de abandonar su encierro ni el más leve interés por conocerse en persona. Tal para cual.
 
Algún tiempo después, cuando ya Bruno hubiera podido usar su barba como bufanda, ocurrió otro hecho inesperado.
Los caminos del ciberespacio son inescrutables y sus bifurcaciones insospechadas, y esto  hizo que Bruno, buscando nuevos recursos para los personajes de  su juego, llegara inexplicablemente a un sitio en el que leyó: “¿Quieres colaborar con nosotros? ¡Necesitamos voluntarios! ¡Ellos te necesitan!”
Atraído de nuevo por la curiosidad, dedicó unos minutos a aquel sitio que había aparecido en su mundo por sorpresa, y supo que ellos eran águilas, linces, camaleones... Bruno nunca había sentido un interés particular por los animales como no lo había sentido por ninguna otra cosa del mundo real, pero las imágenes de aquellas criaturas, del refugio, del monte, de la vida natural, le causaron una impresión extraña. Sintió una emoción a la que no podía dar nombre; una sensación que le pareció dolorosa y dulce al mismo tiempo, como si el corazón se le agrandara.
No es fácil explicar una expansión semejante del alma, salvo con la certeza de que la vocación, esa llamada que nos indica un camino, tira de nosotros con más fuerza incluso que el amor.  Y Bruno sintió  en ese momento que algo lo empujaba hacia los animales, hacia la naturaleza; algo que hacía que se sintiera distinto y nuevo.
Al otro día salió de su habitación por primera vez en varias semanas. Un poco ruborizado por la alegría asombrada de sus padres, se sentó a la mesa y, con una amabilidad en la voz y en los gestos que ya no recordaban, les  pidió compartir la comida con ellos.
Y a la mañana siguiente, aseado y con una mochila casi vacía al hombro, salió de casa. Caminaba despacio, porque sus miembros estaban debilitados, pero su espíritu era como un sol: cálido, luminoso y con un camino preciso que seguir.
 


jueves, 5 de marzo de 2015

Sin ánimo de sinónimo


Hace unas semanas, cuando preparaba la entrada titulada Lipograma, volví a meditar mucho sobre esa interesante cuestión que son los sinónimos.
Como en dicha entrada me propuse evitar toda palabra que contuviera la letra a, tuve que buscar otras que, además de no contenerla,  no alteraran el sentido de lo que pretendía decir. Así, por ejemplo, para evitar la palabra palabra recurrí a término, que de las opciones de que disponía me parecía  la más adecuada.
 

Si consultamos un diccionario de sinónimos, veremos que como equivalentes de palabra, aparecen también vocablo -que no me hubiera servido para mi lipograma, porque contiene la a-, voz y verbo, que tienen unos usos muy determinados y que por eso mismo tampoco me habrían servido como equivalentes a palabra en mi texto.
Por otro lado, término y palabra son sinónimos sólo en contextos lingüísticos. Si decimos “al término de la reunión” o “los términos del acuerdo”, es obvio que no podríamos utilizar palabra como sinónimo de término.
 
Dicen los expertos que  los sinónimos auténticos escasean e incluso que no existen, y que toda palabra que consideramos sinónima de otra tiene matices y connotaciones que la distinguen de esa otra, como acabamos de ver. Es decir, los considerados sinónimos no son siempre intercambiables.
Además, ¿para qué querríamos unas palabras estrictamente idénticas a otras? Eso iría en contra del principio de economía del lenguaje, que además de práctico, es un mecanismo esencial para el correcto funcionamiento de los idiomas.

Y los que no somos expertos también nos damos cuenta, aunque sea de manera intuitiva, de que cada palabra significa lo que sólo ella significa, y sabemos que no es lo mismo padre que papá o que progenitor.
Sin duda, las tres se refieren al mismo concepto, y nuestro padre, nuestro papá y nuestro progenitor son la misma persona, pero  cada una de estas palabras tiene un sentido, un tono y unas connotaciones especificas, y su inclusión indistinta en un texto, oral o escrito, alteraría el sentido de éste.
Por otra parte, con frecuencia una palabra determinada exige la compañía de un preposición, de una conjunción, etc., que su sinónimo no requiere, lo cual nos obligaría a hacer modificaciones adicionales en la forma del texto.


Así pues, los términos que consideramos sinónimos, con significados equivalentes, tienen en realidad sólo una equivalencia parcial, una similitud de significados que los hacen intercambiables sólo en determinadas circunstancias.  
 
Para asegurarme definitivamente de que esto de la sinonimia es un concepto más ideal que real, más teórico que efectivo, he probado a reescribir un texto cualquiera mediante sinónimos.
El texto es un fragmento de una historia breve que ya vimos aquí, y he elegido la primera equivalencia que un buen diccionario de sinónimos nos da para cada palabra consultada.
 
Versión original:
 
“Una vez conocí a un hombre que vivía a medias. Nunca dejaba que las cosas llegaran a su conclusión natural, sino que las interrumpía cuando le parecía conveniente.
Nunca se casó, pues a cada novia que tuvo la dejó cuando la relación empezaba a definirse. Del mismo modo, abandonaba a sus amigos cada cierto tiempo y entablaba nuevas amistades con personas diferentes.
Cada dos o tres años cambiaba de trabajo,  de coche, de casa y de dentista.
-¿Por qué en tu vida todo es temporal? –le pregunté una vez.
-Porque no me gustan los finales -me respondió-. Normalmente las cosas que acaban por sí mismas no acaban bien. Es mejor ponerles fin cuando todavía son agradables.”
 
Versión sinónima:
 
“Una vez traté a una criatura que subsistía a medias. Jamás permitía que las cosas arribaran a su terminación lógica, sino que las detenía cuando le parecía eficaz.
Jamás se matrimonió, pues a cada prometida que tuvo la abandonó cuando el noviazgo empezaba a determinarse.
También desatendía a sus compañeros cada cierto tiempo y comenzaba nuevos compañerismos con seres desemejantes.
Cada dos o tres años canjeaba su ocupación, su vehículo, su domicilio y su estomatólogo.
–¿Por qué en tu existencia todo es eventual? –le interrogué en una ocasión.
–Porque no me agradan los fines –me contestó–. Habitualmente las cosas que terminan por sí mismas no terminan perfectamente. Es preferible ponerles término cuando aún son gratas.”
 
Es casi lo mismo, sí, pero no da lo mismo. Ese casi es el que nos dice que cada palabra es única  e inimitable, porque en cuanto las probamos, en cuanto las saboreamos un poco, vemos que cada una es distinta de todas las demás, que cada una tiene su color propio y su propio sabor.
Prácticamente como las gominolas. 








sábado, 21 de febrero de 2015

La isla de las emociones


“Yo sólo creo en los cuentos/nunca apuesto por la verdad,
sé que la vida es un sueño/pero el libro es real.
Yo no confío en los hechos/no me pone la realidad
es más fuerte un solo poeta/que una tropa vulgar.”
(Conde. El último de los creyentes)


No hace mucho, leyendo La educación sentimental de Flaubert, volví a comprobar  que las novelas están escritas para cada uno de nosotros, para decirnos algo que nos hace falta o nos conviene saber.
En esta ocasión en particular, al leer determinados pasajes de la novela he comprendido lo que una persona allegada a mí me decía hace unos meses y que yo no llegaba a entender. Y en general, leyendo las vicisitudes de los protagonistas de la historia he visto reproducidas actitudes ajenas y propias y he comprendido con claridad el porqué de unas y  las repercusiones de otras.
Estos efectos que tienen las novelas, las historias en general, los constatamos en muchas ocasiones. Cualquier persona que tenga el hábito de leer ficción, especialmente lo que solemos llamar “gran literatura”, habrá tenido esa sensación de que la historia parece escrita expresamente para quien la lee; de que el autor, con lo que le cuenta, le da pistas para entender mejor las relaciones humanas y por lo tanto le ayuda a vivir mejor.
Que un escritor nos hable a nosotros personalmente, a través del tiempo, de los siglos incluso, puede parecer cosa esotérica o ensoñación de mentes románticas. Y puede que incluso nos guste considerar que así es. Pero lo cierto es que esto tiene fundamento científico.

Parece ser que nuestro cerebro se maneja mejor con los cuentos que con los hechos, como dice el poeta. Y es que recordamos mejor, entendemos mejor y aprendemos más de aquello que se nos cuenta con estructura narrativa y con personajes que actúan e interactúan entre sí. En cambio, la mera información  sobre  hechos determinados deja en nuestro cerebro una impresión mucho más leve y pasajera.
¿Y por qué ocurre esto? Cuando nos hablan o leemos sobre cualquier asunto, las palabras mediante las cuales recibimos esa información llegan a  las áreas del cerebro encargadas  de procesar el lenguaje. Entendemos el mensaje, pero  ya está.
Sin embargo, cuando nos narran una historia se ponen en funcionamiento no sólo esas áreas que procesan el significado de las palabras sino también otras áreas que  se activan cuando experimentamos en la vida real hechos similares y las emociones correspondientes.
Dicho de otro modo, nuestro cerebro no establece diferencias entre las sensaciones y sentimientos que experimentamos en la vida real y los que experimentamos a través de una historia. Y nos identificamos con los personajes y las situaciones porque recibimos esa “sensación de realidad” y la asociamos con experiencias similares previas.
Curiosamente, hay un área del cerebro relacionada con las emociones, una “pieza” fundamental llamada ínsula, que es bastante desconocida aún. Es ahora, desde hace pocos años, cuando los científicos están empezando a comprender su función y su importancia en el proceso de las experiencias emocionales y físicas que van asociadas a diferentes estímulos.
Pero yo, a partir de ahora, cuando lea una historia, además de darle las gracias a Flaubert y a quien corresponda en cada caso, por sus enseñanzas, me acordaré también de esa ínsula misteriosa, de esa pequeña isla en la que se esconde el mapa secreto de nuestras emociones.