jueves, 18 de enero de 2018

De cómo Pascualito descubrió que necesitaba más palabras



Un día de primavera Pacualito iba caminando, de la mano de su madre, por un paseo en el que había grandes árboles a cada lado. Después de andar un trecho mirándose los zapatos, Pascualito levantó la vista un poco, y luego otro poco, y luego del todo, hasta ver las copas de los árboles, que le parecieron gigantes.
Y al fijarse en las ramas que se estiraban hacia arriba como si estuvieran sujetando el cielo, y al ver la enorme maraña de hojas que parecían nubes verdes, Pascualito tuvo una sensación muy rara.
Si hubiera conocido las palabras adecuadas habría podido decir que se sintió abrumado. O que esos árboles enredados con el cielo le hicieron sentirse aún más pequeño de lo que era. O podría haber dicho que tuvo una sensación de infinito, o que le había sentido vértigo.

Pero como no conocía ninguna de esas palabras, y tampoco era capaz todavía de comprender sus emociones, no pudo decir nada de eso.  Sin embargo, intentó expresar lo que sentía preguntándole a su madre:
-Mamá, ¿el mundo no se acaba nunca?
A lo que su madre respondió que el mundo se acaba para cada persona al morir.

Pascualito tuvo entonces otra sensación rara,  como si no hubiera preguntado lo que quería. Como si lo que decía su pregunta no fuera suficiente para que su madre lo entendiera.  Porque eso de morir ya lo sabía. Lo que quería saber ahora era si alguna vez el mundo se acabaría del todo, para todos  al mismo tiempo. Quería saber si el mundo se termina como se termina una caja de galletas; si se va gastando poco a poco hasta que se apaga, como una vela,  o si duraría para siempre.
Pero claro, Pacualito, con seis años que tenía, no podía pensar esas cosas ni decirlas. No podía decirlas ni pensarlas, pero el caso es que eso era lo que sentía.

Y así fue como comprendió que necesitaba más palabras de las que sabía, que tendría que aprender muchas más para poder decirlo todo y que los demás lo entendieran bien.
Porque también comprendió, a su manera, que las palabras, a veces, no dicen lo que queremos que digan o lo que creemos estar diciendo; que las palabras, a veces, no significan lo mismo para todos. Y eso también le dio vértigo.



Aquí, otra historia de Pascualito

domingo, 7 de enero de 2018

Una tarea maravillosa


Dedicado a Conxita, Mar y Javier


Esta entrada corresponde a otra de las sugerencias presentadas por los lectores con motivo del aniversario del blog. En este caso, Conxita, Javier y Mar coincidieron en su interés por conocer el proceso de traducción de una obra literaria, y en concreto cómo abordo yo la traducción de un libro.

Y creo que lo primero que debo decir  es que me resulta muy difícil hablar sobre esto con brevedad y orden, porque son muchos  los elementos que intervienen y se entrelazan en el proceso de la traducción. Pero intentaré dar una idea clara y sin extenderme demasiado.

Untitled Jan Frederik Pieter Portielje
Mi primer paso ante cada nueva traducción es la lectura de la obra, o parte de ella, si de antemano no la conozco. Hay traductores que prefieren trabajar sin conocer el texto previamente, para tener la misma sensación de “novedad” o de “sorpresa” que tiene el lector, que va leyendo sin saber lo que viene a continuación. 

Lo cierto es que casi nunca hay tiempo de leer el libro entero antes de empezar a trabajar en él, pero yo siempre leo al menos unos capítulos, un cierto número de páginas, para familiarizarme con el estilo, los temas, los personajes, etc., y hacerme una idea general del tipo de obra de que se trata.

Igualmente, si el autor es desconocido para mí, también me informo sobre su vida y su contexto social e histórico. Porque creo que, en general,  para comprender a fondo una obra literaria, su sentido, su origen, en suma, su porqué, es conveniente conocer al autor  y sus circunstancias. Y esto puede ser particularmente importante en las obras que tienen un carácter metafórico.

Y después de este primer acercamiento empieza la traducción en sí, que, grosso modo, podría resumirse en lo que muchas personas creen verdaderamente que es traducir: ir leyendo el libro en un idioma y escribiéndolo en otro. 

Pero cada idioma tiene sus estructuras propias y su carácter, por lo que rara vez las frases se pueden traducir palabra por palabra, sobre todo cuando se trata de idiomas cuyas estructuras sintácticas y sus formas de expresión son muy dispares entre sí, como ocurre por ejemplo entre el inglés y el español. Ya lo dijo san Jerónimo: non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu”, no palabra por palabra sino sentido por sentido.

Porque la obra, que está hecha de lenguaje, es como un mar: tiene una estructura superficial y una estructura profunda; lo  que dicen las palabras y cómo lo dicen, por un lado,  y lo que significan,  sus connotaciones, por otro. 
Y, dependiendo del nivel de complejidad de cada obra,  estas estructuras no siempre se pueden descifrar a la primera, o al mismo tiempo, o no siempre con total certeza. 

Por eso con el paso de las páginas trabajadas es como se va conociendo verdaderamente la personalidad de la obra. Y por eso, conforme ésta se va revelando a sí misma, es con frecuencia necesario ir volviendo atrás, para cambiar palabras, recomponer pasajes, y hacer cualquier modificación que se revele necesaria a la luz de las nuevas informaciones que la propia obra nos va proporcionando.

stack of books libros apilados
Otro aspecto del proceso de traducción, y sobre lo que Conxita preguntaba expresamente, es la documentación. En ocasiones, sobre todo con libros de tipo ensayístico, hay que dedicar un tiempo considerable a documentarse sobre determinados conceptos, para poder entenderlos plenamente y por lo tanto traducirlos con propiedad. 
Si en una obra se habla de un hecho histórico, o de un concepto filosófico, por ejemplo, debo cerciorame, primero, de si estoy interpretando correctamente lo que dice el autor sobre ese hecho o concepto; y segundo, de cuál es la manera habitual  de referirse a ellos en español. Porque no podemos traducir sólo las palabras que denominan ese concepto,  sino el concepto en sí; es decir, no darle otro nombre -aunque literalmente sea correcto- a algo que ya tiene una denominación establecida. 

Para terminar  este somero recorrido nos iremos directamente a la última fase del proceso, que es la revisión final, es decir, una lectura (o dos) de toda la obra ya traducida, para resolver dudas y  hacer modificaciones de carácter semántico, o fonético, o de ritmo, de tono, de estilo, cuya conveniencia se percibe  al leer la obra como un continuo, como un todo; también para detectar posibles equivocaciones o imprecisiones de sentido o de redacción; para eliminar erratas, etc. 

En fin, hay libros y más libros dedicados a la traducción, a todos sus aspectos, que son innumerables si no infinitos, como infinitas son las posibilidades del lenguaje. Esto es sólo una visión muy escueta y reducidísima de esta tarea maravillosa que requiere tiempo, dedicación, meticulosidad, paciencia, mimo… y por supuesto amor y pasión por el lenguaje y su manifestación más exquisita, la literatura. 

Old books and key Libros Antiguos y llave



lunes, 25 de diciembre de 2017

Que hablen ellos (como es tradición)


Como saben ustedes, este blog, que ya tiene edad suficiente para eso, tiene sus propias tradiciones.  Una de ellas, apropiada para estos días en que un año termina y otro empieza,  consiste en invitar a unos amigos sabios a que  pasen por aquí y nos dejen unos pensamientos edificantes, algunas ideas interesantes sobre la vida, sus placeres y sus encrucijadas.

En anteriores ocasiones, los amigos que han venido nos han hablado, por ejemplo, sobre el papel fundamental que tienen las palabras en nuestra vida; o sobre la felicidad; o sobre los placeres sencillos, la confianza en el porvenir, etc.
Esta vez han venido algunos habituales, como Stevenson, Stefan Zweig  y Sándor Márai, además de Patrick Modiano, Tolstoi y Leon H. Vincent. Y todos ellos nos traen interesantes reflexiones sobre algo tan complejo y tan esencial para el ser humano como son las relaciones personales.

Ya sean relaciones de amistad, de amor, de familia, o los contactos casuales y fugaces que se establecen cada día, las personas estamos constantemente tratando con otras personas, relacionándonos unos con otros, en una cadena sin fin.
Y esta cadena, claro, a veces se enreda y cruje, se atranca y funciona mal.
Pero de una forma o de otra, siempre sigue en marcha. Porque, como nos dice Patrick Modiano, no podemos vivir aislados, o al menos no por mucho tiempo, porque si no, nos sentiríamos perdidos, como en un inmenso océano y sin rumbo:


En esa vida que, a veces, nos parece como un gran solar sin postes indicadores, 
en medio de todas las líneas de fuga y de los horizontes perdidos, nos gustaría dar con puntos de referencia, hacer algo así como un catastro para no tener ya esa impresión de navegar a la aventura. Y entonces creamos vínculos, intentamos 
que sean más estables los encuentros azarosos.

-Patrick Modiano. En el café de la juventud perdida (2007)-


Pero  por supuesto, no puede haber ninguna relación verdadera ni podemos ser felices si no nos apoyamos en sentimientos sinceros:


La verdad hacia el sentimiento, la verdad en una relación, la verdad 
hacia tu propio corazón y tus amigos, nunca simular o falsificar la emoción: 
ésa es la verdad que hace posible el amor y feliz a la humanidad.

Robert Louis Stevenson. “El Dorado” (1881)


Por su parte, Sándor Márai plantea que las relaciones entre las personas también están regidas por ciertas leyes; que algo tan serio como una relación importante no se forja de manera casual, sino que, aunque no nos demos cuenta, ese proceso tiene su camino y su momento, como lo tienen todos los elementos del universo aparentemente caótico en el que vivimos:


… a las personas no solamente las atan las palabras, los juramentos y las promesas […] Hay algo diferente, una ley más severa, más dura, que determina si dos personas 
están ligadas o no […] Dos personas no pueden encontrarse antes de estar maduras para su encuentro. Maduras no desde el punto de vista de sus inclinaciones y sus caprichos, 
sino en su fuero más íntimo, obedeciendo la ley irrevocable de sus destinos, de su estrella, de la misma manera que se encuentran dos astros en la infinitud del universo, 
con una exactitud perfectamente determinada, en el instante previsto, en el instante que pertenece a los dos, en la infinitud del espacio y del tiempo.

-Sándor Márai. La herencia de Eszter (1939)-


Y quizá esas leyes naturales que gobiernan las relaciones tengan algo que ver con la reflexión de Leon H. Vincent, que se refiere a la imposibilidad de que un número muy elevado de amigos puedan ser amigos verdaderos. Y no porque esas personas no sean buenos amigos en potencia, sino porque las relaciones verdaderas exigen cierto tiempo y dedicación; requieren que les prestemos un poco de atención, porque son como una planta delicada, que si la descuidamos se marchita. Y nos resultará imposible prestarles esos cuidados si el jardín es excesivamente grande.


Este particular genio ejemplificaba la desgracia de tener demasiada facilidad 
para establecer esas relaciones que quedan a medio camino entre el trato ocasional 
y la amistad. Por darle a la cuestión forma de paradoja, tenía tantos amigos 
que no tenía ningún amigo. Quizás esto sea injusto, pero la amistad conlleva 
un toque de celos y exclusividad.

Leon H. Vincent. El bibliótafo (1898)


Pero, como decíamos al principio, las relaciones son complicadas y no es difícil equivocarse. Porque los seres humanos somos complicados, y con frecuencia no somos conscientes de que las relaciones no siempre significan lo mismo para las dos partes; es decir, no siempre tienen la misma importancia o la misma trascendencia para unos y otros. Por eso hay que tener en cuenta los sentimientos ajenos cuando tomamos decisiones que afectan a otros, si no queremos que esa decisión se convierta en un quebranto para ellos:


Un adulto tiene que pensar, antes de inmiscuirse en un asunto, hasta dónde está dispuesto a llegar.  No se juega con los sentimientos ajenos. Lo admito, usted encandiló 
a esa buena gente llevado por los motivos más nobles y honrados, 
pero en nuestro mundo no importa si uno actúa con dureza o timidez, 
sino sólo lo que al final se consigue o se provoca.

Stefan Zweig. La impaciencia del corazón (1939)

  
Por último, Tolstoi nos muestra que la felicidad, la nuestra y la de los otros, no tiene más secreto que el amor. Porque el amor y la entrega que ofrecemos a otras personas produce a su vez amor hacia nosotros.
Sin duda amar es más fácil que lo contrario, seguramente porque estamos hechos para eso.


Parecía tan difícil vivir mal y tan fácil amarlos a todos y ser amada… 
Todos eran tan buenos y tan dulces conmigo […] “¿Por qué son todos 
tan buenos conmigo? ¿Qué he hecho para merecer un amor así?”, 
me preguntaba. […] Ahora me parecía claro lo que antes 
me había parecido confuso. Sólo ahora entendía por qué él solía decir 
que la felicidad consistía en vivir para el otro, y me sentía 
completamente de acuerdo con él.

Lev Tolstoi. La felicidad conyugal (1859)

 

Yo les deseo a todos ustedes un año lleno de relaciones felices, y espero que sigan haciéndome feliz a mí con su presencia. 
Muchas gracias por todo.


jueves, 14 de diciembre de 2017

Tres historias navideñas aproximadamente



En bicicleta por la ciudad 

A esa hora de la noche  la ciudad ya estaba desierta.
El muchacho pedaleaba por la interminable avenida bajo estrellas y guirnaldas de colores.
De pronto escuchó tras de sí, aún lejos, el ruido de una moto.
Se acercó a la acera todo lo que pudo, y de manera inconsciente aceleró el pedaleo.
La moto siguió acercándose, y justo en el momento en que llegaba a su altura el muchacho notó un roce en la espalda, como si el motorista le pasara la mano por encima de la cazadora.
En ese instante estuvo seguro de que quería tirarlo al suelo, pero la moto pasó de largo sin más.
El muchacho de la bicicleta pensó entonces que tal vez fuera un conocido que había intentado saludarlo. O algún sentimental imprudente que quería desearle una feliz Nochebuena.
Al llegar a su casa dejó la bicicleta en el patio y subió a su habitación.
Y entendió lo que había ocurrido al ver el desgarro que cruzaba la espalda de la cazadora. 


*** 

Fuensanta

A Fuensanta no le gustaba diciembre, porque las calles y los escaparates decorados hacían que se sintiera aún más sola. Pero no tenía más remedio que salir cada tarde para tirar la basura. Y a veces, de paso, iba a misa.

Salió del portal y al volver la esquina se detuvo un momento delante de un cartel que habían  pegado en la fachada. Era uno de esos carteles en los que se pide ayuda para encontrar a alguna persona desaparecida.
Fuensanta contempló la foto: era un hombre joven y de aspecto agresivo. Y entonces, hablando para sus adentros, como les hablaba a los santos de la iglesia, la anciana dijo:
-Todo el mundo tiene a alguien que lo eche de menos. Hasta un tipejo como tú, un ladrón cobarde y miserable, que se mete en las casas de mujeres indefensas para robarles su pobre paga de Navidad...

Fuensanta caminó unos pasos más hasta el contenedor y tiró la bolsa con su escasa basura diaria: unas mondas de patata, una cáscaras de huevo, unos huesos…

***


Los tiempos cambian

A Nicolás no le gustaban los cambios. Era muy tradicional y las novedades le causaban ansiedad. Pero sabía que los tiempos cambian y que hay que adaptarse, sobre todo si eres autónomo y tienes una empresa que sacar adelante.
De modo que aunque le costó desprenderse de su antiguo vehículo, al que le tenía mucho apego, no dejaba de reconocer que la nueva furgoneta de reparto, roja y blanca, era un primor.
Cuando se sentó al volante por primera vez se sintió raro, como aprisionado. Pero en seguida vio que los asientos eran más cómodos, y que en cuestión de estabilidad y seguridad no había comparación. Ahora sí que podría hacer sus entregas con toda  puntualidad sin temor a los vaivenes ni los derrapes.
Eso sí, lo que nunca podría superar la furgoneta era la estampa clásica del trineo y los renos recortados contra la luna.


Santa trineo luna

sábado, 2 de diciembre de 2017

¿Quién soy?


Hoy quiero proponerles a ustedes un nuevo juego, uno de esos entretenimientos literario-festivos con los que de vez en cuando nos deleitamos aquí. Bueno, yo me deleito, claro, y por eso espero que ustedes también.

Esta vez creo que la cosa les parecerá bastante sencilla. Al menos en cuanto al planteamiento, pero creo que en su resolución también.

Se trata de intentar identificar a tres personajes literarios, para lo cual tendrían ustedes que  leer los tres textos que les presento a continuación, uno para cada personaje. 
Son textos escritos por mí, planteados como si fuesen palabras de esos personajes, como si ellos hablasen de sí mismos. Por lo tanto, de lo que cuentan sobre su personalidad y sus circunstancias podrán ustedes inferir de qué personaje se trata.
Por supuesto son muy populares y  todos los conocemos, incluso aunque no hayamos leído las obras a las que pertencen.

Si les parece interesante el juego, espero sus respuestas, como de costumbre, en los comentarios. Yo no diré, claro está, si van acertando ustedes o no. Las soluciones las daré, también en los comentarios,   dentro de doce días, es decir, el miércoles 13 de diciembre.

Y sin más,  ésta es la información que cada personaje nos da sobre sí mismo: 


Personaje 1:

Yo soy una persona sencilla, del campo, que no se complica la vida. A mí que no me vengan con cuentos de poetas ni cosas de esas espirituales. Eso son tonterías de gente que no tiene nada que hacer. Conozco yo a uno que… bueno, yo creo que no está bien de la cabeza. Pero me cae bien, esa es la verdad. Tendrá sus rarezas, pero es buena persona. Y muy listo, ¿eh?,  al contrario que yo, que soy un tarugo, lo reconozco. El caso es que me gusta salir con él  por los campos, porque me habla de cosas que a mí nunca se me habrían pasado por la cabeza. Tengo que ir cuidando de él, eso también es verdad, porque con lo despistado que está y lo endeble, de cuerpo y de sesera, no sé cómo no se ha matado ya. Pero el caso es que él también me ayuda a mí, sin darse cuenta, porque creo que desde que me junto con él soy mejor persona. 

***
Personaje 2:

Mi padre era un científico adelantado a su época. Estaba al tanto de los últimos descubrimientos y trabajaba para perfeccionarlos. Por desgracia yo no heredé su inteligencia, y cuando vio que yo no era como él hubiera querido, como él había soñado, me rechazó sin miramientos. Es verdad que soy un manazas, pero eso no es culpa mía. 
Nunca superé el rechazo de mi padre, así que he sido siempre un infeliz. Y por eso en cuanto tuve ocasión me escapé de casa y me fui por esos mundos, lo más lejos posible. Necesitaba encontrarme a mí mismo, saber quién soy.

***

 Personaje 3:

Algunos dicen que soy un niño mimado, un hijo de papá que no sabe lo que quiere. Un veleta. Un impredecible. Pero es que mi familia es muy rara. Mi padre murió, y mi madre se se volvió a casar, casi enseguida y además con un impresentable. No sólo no lo soporto sino que sospecho de él. Creo que él es el responsable de la muerte de mi padre, que lo planeó todo para quedarse con todo, incluida su esposa. Y con estos pensamientos me estoy volviendo loco. Creo que tengo una depresión, porque he pensado suicidarme, y además últimamente he tenido alucinaciones… Pero no me atrevo a contárselo a nadie, porque con la fama de descentrado que tengo nadie me creería…

***


Como siempre, los espero a ustedes  aquí detrás,  en el saloncito de los comentarios. ¡Gracias!



casa Mark Twain

martes, 21 de noviembre de 2017

Yo leo, ¿tú lees?


Puede parecer una simple coincidencia, y seguramente es una coincidencia, aunque no me parece simple.
Me refiero a que desde hace un tiempo, dos o tres años quizá, muchas personas conocidas me comentan una misma cosa: que ahora leen mucho menos que antes, y que incluso han perdido el hábito por completo.

Algunas de estas personas dicen que esto se debe a que no tienen tiempo, a que llevan una vida muy acelerada, con mucho que hacer, siempre fuera de casa... Y es obvio que la falta de tiempo y de sosiego, además del cansancio, son incompatibles con el estado de calma despierta que requiere la lectura.
Otras me han dicho que el problema es que hace tiempo que no encuentran libros que les gusten de verdad, que les afecten, que supongan algo más que un rato de distracción. Y añaden que, aunque siguen leyendo, esa falta de intensidad les hace ir poco a poco perdiendo el interés.

Parece que hay aquí dos problemas distintos, pero después de meditar un poco sobre ellos, creo yo que en realidad son dos aspectos de una misma cuestión.
Respecto a lo primero ya se ha hablado mucho y desde hace tiempo. Por ejemplo, hace más de veinte años David Foster Wallace ya hablaba de cómo los libros estaban perdiendo su capacidad de interesar, de atraer, debido esto entre otras causas a la influencia de la televisión.
Y más recientemente, el filósofo Nuccio Ordine ha analizado a fondo cómo las características de nuestra sociedad actual afectan al hábito de la lectura. 
 
La otra cuestión, la falta de literatura interesante, también da mucho que pensar, y a mí me interesa mucho. Conozco a varias personas, profesionales de la literatura de un modo u otro,  que conocen muy bien, y mucho mejor que yo,  lo que se escribe hoy día. Y hablan de  falta de profundidad moral y psicológica en las obras actuales. Una de ellas me decía no hace mucho que hoy hay “muchos contadores de historias pero muy pocos escritores”. Y creo que es una manera muy sencilla y muy certera de  identificar el problema.

Las librerías están llenas de novedades que cambian cada semana. Parece que en este sentido también va todo muy acelerado: cada pocos días hay un montón de libros nuevos, y no sólo títulos nuevos, sino autores nuevos también. Parece que, como ha dicho Javier Marías hace poco,  hoy todo el mundo es capaz de escribir una novela.
Pero escribir una novela es en realidad una actividad lenta, minuciosa, que requiere tiempo, meditación y conocimiento, por lo que toda esta avalancha de títulos modernos quizá no tenga en realidad mucho que ver con la literatura, aunque lo parezca.

Esos libros son más bien una clase de cultura producida en serie, que no requiere detenimiento, y que tiene una finalidad puramente comercial; que favorece el deseo constante de novedades (deseo que no sé si tenemos por naturaleza o nos imbuyen), y que  fomenta el consumo inmediato, sin tiempo para meditar ni para descubrir. Son libros que cuentan historias más o menos interesantes y más o menos bien hilvanadas; pero no son libros que traten, volviendo a D. F. Wallace,  de  “cuestiones humanas básicas: por quién vivo, en qué creo, qué quiero. Cuestiones tan profundas que dichas de viva voz suenan banales”.

Y esto es justo lo que creo yo que echan de menos algunos lectores: las historias de carácter moral, es decir, referidas a la ética personal y a lo que concierne al ser humano como tal; obras con capacidad para reflejar la condición humana, sus recovecos, sus misterios; y los personajes complejos, que no sólo hacen cosas, que no sólo  van y vienen, sino que se preguntan, que dudan, que evolucionan y nos sorprenden. En resumen, historias y personajes que investiguen, como diría Stefan Zweig, “los fenómenos del alma”,  y que nos permitan aprender sobre “los secretos del sentimiento y las leyes mágicas que lo gobiernan”.
Pero para escribir así, claro, hace falta ser un verdadero escritor y no un mero contador de historias.

No quiere esto decir que sólo haya que leer a Shakespeare, a Dostoievski, y los demás de su tamaño, porque hay autores mucho más “ligeros”, populares incluso, que también escriben con hondura y conocimiento del alma humana.  

Por supuesto, leer puede ser un mero pasatiempo, y eso está muy bien; pero yo creo que sin la gran literatura estamos más solos, más aislados, más perdidos, en un sentido esencial, espiritual, por decirlo de una forma sencilla. Por eso hay lectores que en la lectura buscamos algo más,  una forma de entender el mundo y al ser humano,  incluidos nosotros mismos; una forma de comprender la vida. Y esto es algo tan profundo que no puede encontrarse obviamente en libros producidos a toda velocidad y al por mayor, como si fueran salchichas.

La sociedad ha cambiado mucho en las últimas dos o tres décadas, y ahora todo está dominado por la urgencia, la inmediatez y la actividad constante. Y esto ha hecho que cambie la literatura, porque parece que en este mundo, frenético y cómodo a la vez, no hay lugar  ni tiempo para aquello que requiera lentitud, espera y esfuerzo.

Sin embargo, quizá ahora es cuando más necesitamos de esa literatura paciente y reflexiva, como una serena corriente subterránea, que nos ayude a conocernos y a no olvidar quiénes somos; que nos haga ver que somos algo más que meros consumidores, algo más que engranajes y combustible de una gigantesca maquinaria.
Por suerte, los libros que llegaron antes, permanecen. 



 Johann Georg Meyer von Bremen. "Niña leyendo en una mesa" (1849)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Tres historias de miedo aproximadamente


Monstruos

Un fantasmita, un zombi, una novia cadáver y una momia llamaron a la puerta.
Les abrió otro monstruo. Éste tenía un ojo más alto que el otro, la frente prominente, las mejillas hundidas y la piel color de aceituna aliñada.
Los niños se encogieron un poco,  y el adulto que los acompañaba otro poco. Pero al instante todos se echaron a reír y los niños levantaron sus cestitas.
El monstruo grande fue poniendo caramelos en todas mientras los niños le daban las gracias con voces cantarinas.
Después el hombre monstruo se quedó en la puerta viéndolos marchar, tan contentos y risueños y diciéndole adiós con la manita.

Cuando entró y se sentó en su sofá de tres inútiles plazas pensó que ojalá fuera Halloween todos los días. Así él sería normal.

 💦💦💦

¡Corre!

Yo corría al límite de mis fuerzas, pero se acercaban cada vez más.
Estaba seguro de que alguno de ellos me alcanzaría en cualquier momento.
Pero una voz me decía: “Corre y no pienses. ¡Corre!”.  Pero ya no me quedaban muchas fuerzas.
No quería mirar hacia atrás, por miedo a ver cómo avanzaban hacia mí, pero necesitaba saber si aún tenía alguna posibilidad de librarme de ellos.
Volví la cabeza un instante y vi que alguno se había quedado  rezagado, pero los demás seguían ahí, acortando la distancia.
Hubo un momento en que estuve a punto de rendirme. Estaba agotado y sólo quería dejarme caer, abandonar. Pero la voz me dijo: “Si te han de cazar, que te cacen, pero no te entregues tú mismo”.
Así que hice un último esfuerzo, no sé cómo, y conseguí distanciarme algo más, un par de zancadas que podían ser vitales.

Entonces me caí, me hice daño, y al mirar al suelo me eché a llorar. Miré hacia atrás otra vez y través de las lágrimas los vi llegar, pero ya no importaba. La medalla de oro  era mía. 


💦💦💦


La página cien

En una revista literaria Nicolás encontró una especie de juego: “Coge el libro que tengas más a mano. Ábrelo por la pagina cien. La primera frase que leas marcará el resto de tu vida”.
—Menuda tontería —pensó.
Pero la curiosidad lo había atrapado sin que él se diera cuenta, de modo que al cabo de unos minutos se encontró con que la tontería no se le iba de la cabeza. Así que acabó alargando la mano hacia la estantería que tenía al lado, y sin mirar, dejando trabajar al azar, como tiene que ser, cogió el primer libro que tocó.
Lo abrió por el final, sin querer reconocer que estaba realmente ansioso por saber qué  le deparaba la página cien.
Lo malo fue que el libro que el azar le había puesto en las manos era una novelita breve de noventa y nueve páginas.



borders flowers


sábado, 21 de octubre de 2017

Eso no se dice


Dedicado a Guille

Esta entrada corresponde a la propuesta presentada por Guille en el aniversario del blog. Según nos dijo, le interesaban las diferentes maneras de nombrar una misma cosa; las palabras que utilizamos para evitar otras que por algún motivo nos resulta incómodo pronunciar. Es decir, los eufemismos.

Es sin duda un tema muy interesante y filológico, por lo que me congratula meditar aquí someramente sobre ello.

La palabra eufemismo proviene del griego euphēmismós, término formado a su vez por  eu-, “bien”, “bueno”,  y phēmē, “modo de hablar”, y viene definido en el diccionario como “manifestación decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”.

brain illustrationComo comentamos hace tiempo, el lenguaje tiene sentimientos, y por eso puede resultarnos difícil expresar ciertas ideas o usar ciertas palabras que conllevan una gran carga emocional, moral o cultural. Y por eso mismo no las utilizamos en cualquier contexto ni en cualquier ocasión.
Por lo tanto el eufemismo es un recurso para evitar la “incomodidad lingüística”, por así decir, provocada por el pudor, por las convenciones sociales, o por las connotaciones negativas de cualquier clase que pueda tener una palabra para una persona o para una colectividad. 
También sucede a veces que una palabra simplemente nos parece fonéticamente fea y por eso no nos gusta usarla.

Pero sea por la razón que sea, la cuestión es que hay circunstancias en las que preferimos utilizar palabras o frases que consideramos más suaves, de menor impacto, menos contundentes que otras.
Por ejemplo, cuando alguien acaba de morir quizá prefiramos decir que se ha ido; o diremos de alguien que está grueso o que tiene sobrepeso, en vez de decir llanamente que está gordo; o decimos empleada del hogar por criada o sirvienta. Igualmente se dice interrupción del embarazo en vez de aborto; tercera edad en vez de vejez, o que el niño necesita mejorar cuando ha suspendido.

gangster cartoonEl eufemismo es considerado a veces como manifestación de hipocresía, o una falta de naturalidad. O una forma cursi y remilgada de expresar las cosas.  Pero lo cierto es que hasta los tipos más duros recurren al eufemismo con frecuencia, como cuando dicen, por ejemplo, eliminar en vez de matar; presionar en vez de chantajear, o cantar en vez de delatar. Que también los malos tienen sus miramientos.

Algunas personas son muy enemigas de los eufemismos, así que se alistan en el bando contrario, el de los disfemismos; es decir prefieren las  formas que se consideran  inadecuadas o malsonantes. Así,  frente a la palabra contenida se opta por la inmoderada; frente a la expresión discreta se eligen palabras de dificil digestión.

Cuando los disfemismos  se usan sin ton ni son, sin miramiento y sin gracia, yo me acuerdo de mi abuela y casi se me escapa un “¡Niño, eso no se dice!” Pero reconozco que, en ocasiones, un disfemismo a tiempo, dicho con oportunidad y con salero, puede ser muy efectivo, o divertido o incluso artístico.

Y también es cierto que hay eufemismos que molestan un poco, porque son en realidad una artimaña para no llamar a las cosas por su nombre; pero no con la loable intención de evitar incomodar u ofender, sino con la menos loable de camuflar unos objetivos o unos intereses determinados. Son en general eufemismos de carácter político y económico, que suponen una manipulación interesada del lenguaje y por lo tanto del pensamiento. Así por ejemplo se dice ajuste de plantilla para no decir "despido", que suena fatal; horario flexible por "disponibilidad permanente", que parece abusivo,  deterioro económico en vez de "quiebra" o "ruina", que dan muy mal rollo, o corrección política en vez de "censura", que produce mucho rechazo.

Y hay también eufemismos que resultan muy pintorescos, por no decir cómicos y hasta ridículos. Son unos que se llevan mucho en estos tiempos y que se utilizan para dar un cierto lustre técnico y moderno a determinadas profesiones y actividades. Por ejemplo,  al portero de un edificio o establecimiento  ahora  algunos lo llaman agente de control de acceso;  el basurero es  técnico de recogida de residuos, y el agente de seguros es gestor de incidentes.

En fin, independientemente de que a veces se usen con un poco de exageración, o con finalidades poco edificantes o incluso perversas, parece que el eufemismo está más presente en el lenguaje de lo que quizá creemos, y sus formas son tan cotidianas a veces, tan sutiles otras, que no siempre somos conscientes de su presencia. 

Y yo creo que es un recurso lingüístico muy interesante y  en ocasiones muy colorido y hasta poético. Porque no sólo evita la incomodidad que determinadas expresiones pueden causar, sino que además, me parece a mí, es una manifestación de creatividad por parte de los hablantes y de versatilidad por parte de idioma. Es decir, una muestra más de la capacidad que tiene la lengua para recrearse a sí misma y para adaptarse a las necesidades de los hablantes.  Porque estarán ustedes de acuerdo en que es más agradable resolver un proceso asistencial que ir al médico; y en que es mucho más bonito y metáforico pasar a mejor vida que morirse sin más.

Ya lo dijo Clarín en Su único hijo:  

[…] recababan para ellos el mérito de las buenas formas, 
del eufemismo en el lenguaje; y así, todo se decía con rodeos, con frases opacas; 
y al hablar de amores de ilegales consecuencias se decía: 
«Fulano obsequia a Fulana», v. gr.
De todas suertes, la vida era mucho más divertida entonces.


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