miércoles, 12 de febrero de 2020

Una broma recursiva



Seguramente ustedes saben lo que es la recursividad, y seguramente sabrán también que es un concepto que se utiliza en diversas disciplinas, como la informática y las matemáticas, aunque yo sólo entiendo, o creo entender, el concepto en cuanto se refiere al lenguaje, que, como sin duda saben ustedes, es algo que me interesa mucho y en todos sus aspectos, y éste de la recursividad es uno de ellos y del que quería hablarles hoy,  aunque es probable que ya se hayan dado cuenta de eso y, en caso de que no supieran en qué consiste la recursividad lingüística, ahora se estarán dando cuenta de que es la capacidad que tiene el lenguaje para prolongar una frase de manera ilimitada, es decir, que uniendo palabras y frases, por ejemplo mediante conjunciones, ya sean coordinantes o subordinantes, o dicho de otro modo, insertando frases dentro de  otras frases, se podría crear un enunciado infinito, si bien quizá no debería decir "crear un enunciado" sino "iniciar un enunciado" o "poner en marcha un enunciado", puesto que  si es infinito nunca llegaría a estar creado, es decir, terminado, sino siempre en proceso de creación, cosa que quizá pueda parecer inútil, pero que no lo es, dado que todas las funciones o capacidades del lenguaje tienen su porqué, y además,  estarán ustedes de acuerdo conmigo en que a veces alguien empieza a hablar y parece que no va a parar nunca, es decir, que va a seguir enlazando frases unas con otras ad infinitum a pesar de que en realidad no haga más que repetir de diferentes maneras lo que ya ha dicho sin añadir nada nuevo, ya sea porque no sabe cómo finalizar su discurso, ya sea porque quiere dar la impresión de tener mucho que decir, por más que esté demostrando todo lo contrario, además de demostrar también que la recursividad no sólo existe sino que la ponemos en práctica con más frecuencia de lo que creemos, y aunque esto que yo estoy haciendo no sea más que una pequeña broma lingüística, lo cierto es que la recursividad es un concepto de mucha enjundia y sobre el que los expertos no paran de investigar, dado que es sumamente abstracto y tiene aplicación, como dijimos al principio, en diversos ámbitos y con sentidos diferentes, lo cual indica...


blockchain


sábado, 1 de febrero de 2020

ECO


Cuando Blanca comprendió que Jacinto no la había amado ni la amaría nunca, ya era tarde. Había dedicado tanta energía a quererlo, a complacerlo y a satisfacer todas sus necesidades y caprichos, que se había quedado sin fuerzas para sostener su propia vida.

Él vivía sólo para sí mismo, para su música y sus lamentos de poeta incomprendido, y ella era como un espejo, que sólo mira con los ojos de quien lo mira, y como el eco, que sólo habla para decir lo que ya se espera. 

Cada día Jacinto le pedía a Blanca que escuchase la canción que estaba componiendo, y ella, incapaz de negarle nada, escuchaba. Entonces él cantaba, acompañado de su guitarra, y después le preguntaba: ¿Qué te parece la melodía? ¿Y la letra? ¿Qué crees que significa? Y ella, al principio embelesada, después agotada, le respondía lo que él quería oír. 

Pocos días antes de desaparecer, Blanca se sentía sin alma, sin vitalidad, como si ya hubiese consumido toda su energía. Se tumbó en la cama, y, sin pretenderlo, recordó el momento preciso en el que descubrió la verdad sobre su relación con Jacinto. Él estaba, como de costumbre, eligiendo la ropa que se pondría para una próxima actuación, uno de esos recitales que hacía en bares en los que lo escuchaba un público de quince o veinte personas y en los que le pagaban con unas cuantas copas. 

Ante el espejo, se probaba una camisa después de otra, un pañuelo después de otro, primero anudado, después suelto, con chaqueta, sin chaqueta, buscando la combinación perfecta, la que más le favoreciera. 
Ella lo miraba, apoyada en el marco de la puerta de la habitación, con los brazos cruzados y una sonrisa desganada, respondiendo a sus preguntas y a sus demandas de atención. Y mientras él se contemplaba en el espejo con unas prendas y otras, ella comprendió: Cómo va a enamorarse de mí, si ya está enamorado

Ése fue el momento en el que Blanca se rindió. Dejó de esperar el amor de Jacinto, y dejó de anhelar un poco de su interés, de su aprecio. Se sintió vencida, acabada, y supo que no resistiría mucho más. ¿Puedes limpiarme estos zapatos?, le dijo Jacinto en ese momento, al tiempo que se los daba, sin reparar en las dos lágrimas de frustración que se enredaban en sus pestañas. 
Ahora, tumbada en la cama, notó que iba desapareciendo, que su cuerpo se desdibujaba y su pensamiento se desvanecía. Y sintió que se transformaba en niebla, en aire, en nada.

¿Qué os parece la melodía? ¿Entendéis lo que significa la letra? ¿Me sienta mejor esta camisa o la otra?, preguntaba Jacinto a su nueva corte de admiradoras, entre las que se encontraba, sin ella saberlo aún, su próximo eco.



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*Inspirado en el mito de Narciso y Eco.

domingo, 19 de enero de 2020

Otra lista lista


Hace unos meses comentábamos aquí  una costumbre que tienen muchas personas, que yo había adquirido poco antes, y que algunos de ustedes también tenían. Me refiero a la costumbre de llevar un listado de los libros que vamos leyendo cada año.

Como digo, yo había adquirido esa costumbre pocos meses antes, a raíz de una conversación con un amigo que me preguntó si yo llevaba ese registro. Y lo cierto es que, al pararme a pensar en ello, me sorprendí de no tener esa costumbre, porque eso de las listas, los registros y las anotaciones es algo muy propio de mí. Y los libros también.

Así que, como queriendo poner remedio lo antes posible a esa no-costumbre me entusiasmé con la idea de anotar los libros que llevaba leídos durante el año (era julio de 2019) y continuar anotando cada mes los que fuese leyendo. Pero además hice un pequeño ejercicio de memoria y conseguí hacer una lista retrospectiva de los libros que había leído en 2018. Y diría que no olvidé ninguno.

Ahora, claro está, tengo la lista completa de estos dos años anteriores, y en marcha la lista de las lecturas de este recién iniciado 2020.

El caso es que, en los pasados días navideños, otro amigo nos propuso un pequeño juego librero, relacionado precisamente con las lecturas de 2019. La cosa consistía en hacer una breve lista con esas lecturas, clasificadas por categorías, a las que cada uno podíamos añadir cualquier otra que nos pareciese oportuna.

Y claro, al tener a mano mi lista anual de títulos leídos podía estar segura de que no olvidaría ninguno que mereciera figurar en mis respuestas al juego.

Y ya se imaginarán ustedes que al tiempo que jugaba con estos amigos a compartir nuestros títulos favoritos del año, no pude evitar acordarme de los lectores de este modesto blog, porque también me gustaría mucho conocer q lecturas del recién pasado año han tenido más relevancia para ustedes.

Les dejo aquí las categorías del juego con los títulos que yo elegí para cada una, esperando que la propuesta les parezca interesante y se animen a participar, dejando sus listas (o sólo algunos títulos favoritos) aquí detrás, en el saloncito de los comentarios:

Mejor novela: Solenoide, de Mircea Cartarescu.
Libro de relatos: La posada de Manhuiol, de Ion Luca Caragiale.
No ficción/ensayo: Confesión, de Lev Tolstoi.
Novela gráfica:
Poesía: Ana Ajmatova.
Esperaba más de: Mi madre y la música, de Marina Tsvietaieva.
Mejor relectura: Niebla, de Unamuno.
Autoficción: Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu.
Inclasificable: Por qué nos gustan las mujeres, de Mircea Cartarescu.
La sorpresa: Old Herbaceous, de Reginald Arkell.



collage befunky


lunes, 6 de enero de 2020

El viajero

Recordando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada que se publicó  originalmente el 26 de mayo de 2014. 

La primera vez que vi  a Manuel fue en una conferencia literaria.
La sala estaba llena, no había asientos libres y estábamos los dos de pie, como muchas otras personas. Pero era evidente que Manuel se encontraba muy incómodo.
Intentaba cambiar de postura cada poco tiempo, pero parecía no encontrarse bien de ninguna manera. Vi entonces su bastón e imaginé que le dolían las piernas.
En un par de ocasiones, cuando aplaudíamos las palabras del conferenciante,  nos miramos, y por encima de su gesto de dolor vi que sonreía y asentía con satisfacción.
Siempre he pensado que la literatura, las palabras bien elegidas y las ideas bien expresadas tienen poder curativo, y en esta ocasión me lo pareció más que nunca.
Cuando terminó la conferencia lo vi alejarse, una mano ocupada con el bastón, la otra con un libro. Y pensé que si por algún motivo ese hombre se viera obligado a dejar una mano libre, soltaría el bastón.
Unas semanas después lo volví a ver en otro acto literario. Reconocí al momento su andar inseguro, su nariz intrépida y su pelo recortado y peinado con precisión de ingeniería.
A la salida lo vi hablando con alguien a quien yo conocía, y así fue cómo supe su nombre y que amaba la literatura por encima de todo.
Y al rato, en su cafetería favorita, me hablaba de Italo Calvino, de Victor Hugo, de Melville, de Swift, de Walser; de Don Quijote, de La Cartuja de Parma, de Robinson Crusoe
Y hablaba de tal manera que fue como si yo no hubiera conocido hasta entonces nada de todo aquello. Y comprendí que aquel hombre tambaleante era un viajero que no necesitaba pies ni alas que lo llevaran. Que su nave eran los libros y su pasaje la imaginación.
Muchas veces más me volví a reunir con él en aquella cafetería, y siempre lo vi igual, con un libro entre las manos y el bastón a un lado, olvidado, innecesario cuando viajaba.  Y siempre me hablaba de los lugares que visitaba, de los personajes  con los que iba y de cómo se sentía parte de las historias que leía.
Hasta que un día desapareció. No volví a verlo en actos literarios ni en el café. Pregunté a los amigos pero nadie sabía nada cierto de él. Decían que se había marchado de viaje, unos creían que a algún país extranjero; otros, que a la morada definitiva.
Pero a mí me gusta pensar que ahora Manuel vive en un libro, que consiguió entrar en alguna de sus historias favoritas, que es uno más de sus personajes y que lleva el bastón solo porque resulta elegante.


miércoles, 25 de diciembre de 2019

Como de costumbre



Estos días en los que un año va terminando y otro nuevo viene de camino tienen un carácter diferente. Es algo que no tiene que ver con esas celebraciones de carácter difuso, ambiguo e incongruente, en las que lo místico, lo espiritual, se mezcla en incomprensible batiburrillo con lo más mundano, prosaico y material.

Tienen algo especial estos días que me parece a mí cercano a la magia. Me refiero a esa sutil sensación de renovación que sentimos; a esa difusa confianza en que con el año nuevo todo será diferente, todo cambiará para mejor. Queremos pensar que al marcharse, el año viejo se llevará consigo todo lo que no estuvo bien, todo lo que salió mal, y que ahora empezará una nueva etapa más venturosa.

Y creo que está bien que tengamos esa sensación, esa esperanza, porque es bueno que miremos al futuro con ilusión, con ganas de emprender nuevos proyectos y nuevas formas de hacer las cosas.

Por eso les he pedido a unos amigos sabios, de los que suelo invitar al blog por estas fechas, que nos dejen unas palabras sobre cómo consideran ellos que se podrían mejorar las cosas, en lo personal y en lo general; para cada uno y para el mundo.


Vivimos en una escala ascendente cuando somos felices, y una cosa lleva a otra en una serie interminable. Siempre hay un horizonte nuevo para aquellos que miran hacia adelante. […] Ser verdaderamente felices depende de cómo empezamos y no de cómo acabamos, de lo que queremos y no de lo que tenemos. Una aspiración es una alegría eterna.

Robert Louis Stevenson. “El Dorado”.

*

En muchos casos, la mejor renovación que puede llevarse a cabo es la de uno mismo. Quizá si empezamos a vernos a nosotros mismos de otra manera; si desarrollamos una nueva confianza en nuestras capacidades, quizá todo se vuelva más fácil. 
Quizá todo dependa de eso.


A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es infinitamente más ligera de lo que creía, sólo hay que tener arrojo, sentirse y percibirse una misma, y la fuerza acude entonces de cielos insospechados.”

Stefan Zweig. La embriaguez de la metamorfosis (1926)


*

Ligereza es precisamente lo que propone Roal Dahl. Ligereza y humor para mejorar el mundo. No estaría mal.

La vida es mucho más divertida si se sabe jugar en todo momento. […] Yo, personalmente, he sentido siempre dificultades para tomarme algo completamente en serio, y creo que el mundo sería un lugar más agradable si todas las personas siguieran mi ejemplo.

Roald Dahl. Mi tío oswald (1979)

*

Y no olvidemos la potencia de las palabras, que pueden agitar los corazones y hacer surgir una resolución y una energía de las que no éramos conscientes. Son palabras como besos, que conmueven y apasionan, que transmiten bondad y belleza. 
Si nos rodeamos de palabras así, todo ha de ir mejor, por fuerza.


Hay besos y besos. Los verdaderos y los que están hechos de palabras. […] el beso “hablado” puede embelesar con la misma fuerza (o a veces con más fuerza) que un beso “material”. […] la belleza exterior (la del cuerpo) puede sacudir la superficie, pero sólo la belleza interior (de la cual la fuerza de la poesía es poderosa expresión) es capaz de hacer vibrar las cuerdas de nuestro corazón.

Nuccio Ordine. Classici per la vita (2016)



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sábado, 14 de diciembre de 2019

La tela de araña


El sol silencioso  pintaba de amarillo la terraza del domingo.  Las flores de fuego parecían a punto de estallar, y yo, recostada en la tumbona,  repasaba las últimas páginas que había escrito durante la semana.

Entonces sonó el teléfono. Molesta por la interrupción me levanté y entré en el salón. En la pantalla del aparato vi que era Raúl, y tuve la tentación de no responder, pero un raro sentido de la cortesía me lo impidió. 
Mientras lo saludaba volví a la terraza. Raúl, como siempre, me preguntó si me interrumpía, y le dije que estaba trabajando, que tenía tarea atrasada y que no podía entretenerme mucho.

—¿En domingo? Eso no puede ser —me dijo con su acostumbrado tono autoritario—,  tienes que descansar.  ¿Por qué no quedas con tus amigas para comer?  Si yo estuviera más cerca ahora mismo iba a recogerte…

Y mientras él continuaba con su habitual retahíla de opiniones no solicitadas, de consejos inoportunos y de recomendaciones sobre cómo yo debería organizar mi vida y mi trabajo, vi que entre los barrotes de la barandilla había una telaraña, cuyos hilos brillaban al sol como si fueran de plata. Era una obra maestra de ingeniería natural que yo no podía dejar de mirar, mientras seguía sosteniendo el teléfono y oyendo el parloteo de Raúl, que ahora se lamentaba de lo solo que se sentía y de lo mal que lo pasaba por mi culpa.
—Raúl, tengo que colgar, de verdad, estoy ocupada.
—A ver cuándo reconoces que tienes un problema —continuó, ignorando mis palabras—, que no quieres reconocer tus sentimientos…

Yo seguía  observando la telaraña sin moverme, casi sin respirar, hasta que me di cuenta de que la araña también estaba allí. Me causó repugnancia, pero al mismo tiempo aumentó esa especie de hipnotismo que me impedía apartar la mirada. Allí estaba, también trabajando en domingo, agrandando su tela, su red para insectos incautos.

Raúl seguía hablando y yo escuchaba su voz como un zumbido: a lo mejor un día te arrepientes…; si yo desapareciera te darías cuenta… Y la araña seguía entrelazando sus hilos, meticulosa, obsesiva, arriba y abajo, agitando las patas como incansables agujas de tejer.

De pronto aquel espectáculo se me  hizo insoportable. Dejé el teléfono en la tumbona, abrí el pequeño arcón de jardinería y saqué un bote de insecticida y un paño viejo.
La fuerza del espray hizo que la araña saliera despedida, no sé si muerta, y se perdiera en el vacío. Después, con el paño, destruí su perfecta y pegajosa trampa.                                                                                                      
Entonces desde la tumbona me llegó el murmullo del teléfono.  Lo cogí, escuché un momento y dije: «Adiós, Raúl»,  y colgué, y me pareció que él también se perdía en el vacío.


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lunes, 2 de diciembre de 2019

Tres palabras


Las palabras están por todas partes: en el papel y en la piedra, en el aire y en la arena, en el agua y en los sueños.
A veces permanecen ocultas, como tesoros, y otras veces están a la mano, como un buen amigo.  Pero siempre son maravillosas.
Y eso es lo que me han parecido algunas de las que he encontrado en los  últimos meses y que me han sorprendido y encandilado, ya sea por su eufonía, por su significado, o por ambas cosas a la vez.
Mezquita-catedral de Córdoba
De todas ellas he elegido tres para presentárselas aquí a ustedes.

La primera es tornavoz, que me resulta muy sugerente, misteriosa y evocadora. 

Según el diccionario, tornavoz es el “sombrero” o dosel  que tienen los púlpitos, y que sirve para amplificar la voz del orador. Yo siempre creí que esos doseles eran elementos decorativos, y lo son, de hecho, pero nunca supe que además de una función estética tuviesen otra tan práctica como hacer que el sonido se amplifique y se difunda por toda la iglesia.
Al leer sobre esta palabra he visto que también se denomina “cupulín”, que me parece graciosísima, y que también tienen tornavoz —o cupulín— algunos sitiales e incluso algunos campanarios, para orientar el sonido de las campanas.
Tornavoz. Tiene poesía, ¿verdad?

La siguiente palabra tiene también que ver con lo religioso o eclesiástico. Se trata de archimandrita, que me parece de una sonoridad espectacular y que, leída fuera de su contexto, me hubiese desconcertado absolutamente. Es una palabra de origen griego (archimandrítēs) que denomina al superior de un monasterio de la iglesia ortodoxa, y que significa literalmente “jefe del redil”, en alusión al “rebaño” de Cristo.

Y la tercera de hoy, que en última instancia también tiene que ver con el mundo de las creencias y lo espiritual, es la fantástica eudemonía. Y digo fantástica no sólo por su sonido, sino porque indagando en su etimología y su relación con otros términos, he visto que tiene mucho que ver con lo que en su tiempo fueron creencias  y que para nosotros hoy pertenece al ámbito de la fantasía.
Eudemonía procede del griego εὐδαιμονία, que tal como la define el diccionario es el “estado de satisfacción debido generalmente a la situación de uno mismo en la vida”, y tiene que ver con la ética de Aristóteles, denominada eudemonismo. 

El caso es que esto de la eudemonía y el eudemonismo me sonaba a mí, y seguro que a ustedes también, a otra cosa que no tiene mucho que ver con la felicidad ni con la ética.
Como siempre, acudí a la etimología y me fijé en que la palabra está compuesta por el prefijo eu-,  que como saben ustedes significa “bien”, “correcto”,  y daimon, que significa espíritu o genio, y también, claro está, demonio.
Entonces consulté la etimología de demonio y el sabio Corominas me confirmó que esta palabra deriva del griego daimonion, que a su vez es diminutivo de daimon.

Pero ¿por qué la palabra eudemonía asocia lo bueno, la dicha, con un concepto como demonio?
Pues resulta que el término daimon se refería originalmente a los “genios" o deidades inferiores, que vivían, según la tradición, entre nuestro mundo terrenal y el mundo de los dioses, actuando como mensajeros o intermediarios entre ambas esferas. Entre estos seres semidivinos estaban por ejemplo las ninfas, que habitaban en las aguas, los bosques, las montañas; los angeloi, que dieron origen a los ángeles del cristianismo; y los faunos, que, representados con pezuñas, cuernos y cola, son el origen de nuestra tradicional figura del demonio, a la que el cristianismo otorgó un carácter maligno.

Para terminar, cabe recordar que antes de adoptar el término griego los romanos, denominaban numen (numina en plural) a estas divinidades inferiores, y de ahí procede la palabra numinoso,  a la que ya le dedicamos atención tiempo ha.

Ya ven ustedes que, como hemos dicho otras veces, al tirar del hilo de una sola palabra podemos ir formando una curiosa madeja, que nos revela las muchas y sorprendentes conexiones que enlazan a unas palabras con otras,  y el nexo inseparable que une a las palabras con la vida. 


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domingo, 17 de noviembre de 2019

jueves, 31 de octubre de 2019

Traducciones simpáticas

Celebrando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada, que fue  publicada originalmente el 22 de octubre de 2012.


Terminaba la entrada anterior con una referencia a ciertas expresiones que se utilizan en español directamente, es decir, no en textos traducidos, sino elaborados originalmente en español. Son frases que en algún momento fueron traducidas de forma inexacta y que así se siguen reproduciendo.

Una de ellas es “más grande que la vida”,  traducción literal de “bigger than life”, expresión que equivale a extraordinario.
Se utiliza con frecuencia en críticas y comentarios sobre obras artísticas, por ejemplo películas y videojuegos, en frases como “Un cine más grande que la vida”, y siempre con el sentido de extraordinario, magnífico, sensacional, superior, excelente, sobresaliente, maravilloso, fuera de lo común, grandioso...
¡Anda!, cuántas formas tenemos en español para decir bigger than life sin tener que calcar la expresión inglesa…

Bueno, yo estoy segura de que las personas que han utilizado la expresión en estos textos saben perfectamente que es un ‘transplante’ lingüístico innecesario y tontorrón, pero a lo mejor les parece que queda muy chuli y moderno.

Nuestra segunda expresión del día es “truco o trato”, que, como todo el mundo sabe, es la versión española de “trick or treat”, la famosa fórmula que caracteriza la fiesta americana de Halloween.
Yo tengo dos teorías con las que me intento explicar por qué en un momento dado “trick or treat” se convirtió  en “truco o trato”.
Glowing pumpkins in a dark...Primera teoría: lo tradujo alguien que sabía que trick significa truco y que treat significa tratar (verbo); pero no sabía que trick también significa travesura o broma, ni que treat (sustantivo) significa golosinachucheríaregalodetalle.
Porque al fin y al cabo de eso se trata: de dar golosinas o regalitos a los niños para que no te hagan una trastada.
Segunda teoría: se tradujo así a sabiendas de que “truco o trato” es una traducción muy poco atinada, pero se eligió esta forma para mejor imitar el ritmo y la sonoridad de la expresión original.

A colación de esto –y permítanme la tontería- intento yo imaginarme qué pasaría si los americanos nos copiaran a nosotros alguna de nuestras celebraciones tradicionales, propias y arraigadas en la tierra de los siglos. Por ejemplo, los desfiles procesionales de la Semana Santa, o la Feria de Sevilla, los Carnavales de Cádiz, las Fallas de Valencia…
Tendrían que transplantar al inglés expresiones propias de dichas fiestas, con el ridículo resultado de “To the heaven with her!” (¡Al cielo con ella!), cuando levantaran el trono o paso de la Virgen; o “Long live the Captive!” (¡Viva el Cautivo!), cuando pasa por las calles la figura del Cristo hecho preso; o “Excellent there, my soul! (¡Ole ahí, mi arma!); “What a salt-shaker you have!” (¡Qué salero tienes!).
Y cosas así.

La última expresión de hoy es “simpatía por el diablo” ("sympathy for the devil"), locución muy famosa y popular porque es el título de una canción de The Rolling Stones.
Pero, como muchos saben y algunos desconocen, sympathy no significa simpatía, sino compasión.
De hecho, en los diccionarios aparecen sympathy y compassion como sinónimos.

Una vez más, estamos ante una “fotocopia”,  una traducción palabra por palabra, de esas que tanto nos dejan en evidencia.

La expresión “sympathy for the devil” se usa en inglés cuando alguien manifiesta compasión o pena por alguien que no merece esa condolencia.
Si nos compadecemos de un canalla por el castigo que le impone la ley, alguien nos podrá decir que eso es “sympathy for the devil”.

Por otro lado, también se usa esta expresión para referirse a una narración que está planteada desde el punto de vista del malo.

The Rolling Stones, en su canción Sympathy for the Devil, juegan precisamente con los dos usos de la expresión: por un lado, la canción está escrita en primera persona y es el diablo el que se expresa (“Permitan que me presente/ soy un hombre que…”), y por otro, nos pide, él mismo, que tengamos compasión de él, pues quiere que le pongamos freno después de todas las maldades que ha cometido a través de los siglos: “Necesito un poco de control/ así que si se encuentran conmigo/ tengan la amabilidad/ muestren un poco de compasión…”

Como se ve, ni la expresión en sí  ni la canción tienen que ver con que el diablo nos resulte simpático ni nos caiga bien.

Es que el fenómeno de los “falsos amigos” es ciertamente muy curioso e interesante, sobre todo porque  parece un capricho lingüístico, una cuchufleta ideada por un duendecillo  que se divirtiera trasteando con las palabras. Pero es en realidad una mera y lógica consecuencia de la evolución del lenguaje y de los vaivenes que experimentan los significados de las palabras, según el uso que los hablantes hacen de las distintas acepciones de las mismas.
Una cuestión apasionante, ¿a que sí?


miércoles, 23 de octubre de 2019

El último deseo de mamá



Alberto nunca quiso pensar en que algún día faltaría su madre. Por eso ahora, junto a su lecho de muerte, se sentía desconcertado, sin preparación para ese trance. Mientras, el médico y el sacerdote se desenvolvían con soltura en la parte de la muerte que le  correspondía a cada uno.

Desde el día en que abandonó la universidad y regresó al hogar materno,  Alberto no había vuelto a salir de casa, y ahora se preguntaba qué iba a ser de él sin su madre, que había sido su único apoyo y su único contacto con el mundo de fuera. Entonces ella, inconsciente desde hacía horas, abrió los ojos y volvió la cara para mirar a su hijo por última vez. Movió los labios, pero sólo emitió un leve aliento. Alberto se inclinó más y ella intentó hablar de nuevo.
—No quiero que te quedes solo —logró decir con una voz que era ya de ultratumba.
Entonces se acercaron el médico y el sacerdote, ella  los miró y se dirigió al religioso, como si hablara con alguien influyente:

—Es mi último deseo, padre. Que mi hijo no se quede solo.
Al día siguiente, acompañado por el médico, Alberto salió a la calle por primera vez en diez años para despedir  a su madre.

De regreso del cementerio, al bajar del coche del médico, Alberto se enfrentó definitivamente a su soledad, a su angustia.
Pasó el resto del día sentado en su sillón, con la televisión encendida sin sonido, intentando imaginar su vida a partir del día siguiente.

Al llegar la noche se levantó, sin pensar ya, y fue al baño en busca de los somníferos que tomaba su madre. Había muchos, una caja entera. Los sacó del envase y los tuvo en la mano durante un rato, mirándolos con atención, como sopesándolos.

Finalmente tomó sólo uno y fue a su dormitorio. Cerró las cortinas pero dejó la persiana levantada para no dormir en completa oscuridad, y ya acostado,  mientras esperaba que la pastilla le hiciera efecto, oyó un rumor cercano, en algún lugar de la casa. 

Por un instante creyó que sería su madre, trasteando en la cocina, como de costumbre, antes de acostarse. Pero eso ya no podía ser. Entonces pensó que habría sido uno de esos sonidos imaginarios que a veces se producen en el momento de quedarse dormido.  Pero aún no estaba dormido. Se quedó muy quieto, escuchando, y oyó otro sonido, esta vez muy cerca, a su lado, una especie de respiración. 

Se volvió para encender la luz de la  mesita de noche, pero no hizo falta. Con los ojos muy abiertos en la penumbra de la habitación, vio a su madre, sentada al borde de la cama.  Lo miraba sonriendo, y al ver que estaba despierto, le dijo:
—Me lo han concedido, hijo mío, mi último deseo. Duerme tranquilo, que nunca vas a estar solo.


perspective


jueves, 10 de octubre de 2019

Las vacaciones de un niño



Los hipocampos están situados a ambos lados del cerebro y tienen varias misiones: controlar el miedo, generar confianza e intervenir en los procesos de aprendizaje. Un hipocampo sano y efectivo favorece que tengamos mucho menos miedo.
El ejercicio físico aumenta el tamaño del hipocampo y reduce el volumen de la amígdala, que es el centro que reacciona con ira o con miedo.
(Dr. M. A. Puig)




4º de primaria. Redacción: Mis vacaciones de verano

  
El verano me gusta mucho porque no hay que madrugar para ir al colegio y no tengo que hacer deberes. Me da pena despedirme de mis amigos del colegio, pero cuando vamos al pueblo a la casa de mi abuela estoy con mis primos de Madrid y nos lo pasamos muy bien.

Este verano mi tío de Madrid nos ha llevado de excursión varias veces porque dice que hacer ejercicio es muy bueno para el cerebro, porque dice mi tío que dentro del cerebro hay una cosa que se llama hitocampo que se hace más grande con los paseos y el deporte, y que así uno se vuelve más valiente. Por eso estuvimos en un campo muy bonito y vimos un camaleón y una serpiente. Mis primas se asustaron mucho de la serpiente, pero mi primo y yo la cogimos con un palo y no nos dio nada de miedo. Otro día subimos a un monte y vimos todo el pueblo como si fuera un belén. Mi madre y mi tía se quedaron en casa con la abuela y se lo perdieron.

Casi todos los días fuimos a bañarnos al río, que tiene ranas y unas moscas con las patas muy largas que a mis primas también les daban miedo. Mis primas tienen que tener el hitocampo muy pequeño porque son muy asustonas, y les hace falta salir más al campo.

Por las noches mi primo y yo nos quedábamos despiertos mucho rato leyendo unos libros de misterio que había en la habitación y que dice mi tío que eran suyos de cuando vivía allí con la abuela y el abuelo. Me encanta leer esos libros de misterio, porque son muy emocionantes y es como si yo también estuviera dentro de la historia en vez de en casa de la abuela. Las historias tampoco me daban miedo, pero algunas veces me ponía un poco nervioso cuando veía que a los niños del libro les iba a pasar algún peligro. 
Este verano me lo he pasado muy bien.  



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miércoles, 25 de septiembre de 2019

Ya lo dijeron



Como dijo Abraham Lincoln, los libros "nos hacen ver que esas ideas tan originales que tenemos no son en realidad nada nuevo”,  y en la Biblia leemos que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Por eso no debería sorprendernos lo bien que encajan en nuestro presente ideas y observaciones escritas hace ochenta, cien, doscientos o dos mil años.

Sin embargo yo me sorprendí, aunque sólo un poco, cuando leí hace unos días algo que Dostoieveski escribió en 1863, refieriéndose a los políticos franceses:

“Desde luego, sabe muy bien que sólo habrá elocuencia y nada más, que habrá palabras, palabras y palabras, y que de esas palabras no saldrá decididamente nada. Pero con eso ya está muy muy contento […], él mismo está convencido de que de su discurso no saldrá nada […] pero sin embargo habla, habla varios años seguidos, y habla hermosamente, hasta con gran placer. Y a todos los miembros que lo escuchan se les cae la baba de placer.” 

No es de extrañar que los analistas y críticos de  esta obra la consideren  “actual” , pues pareciera que el autor hubiera estado viendo los telediarios de nuestra televisión antes de escribir sus reflexiones. 

Cada época y cada sociedad tienen problemas y conflictos comunes y específicos, pero  lo que parece que nunca varía son las actitudes de las personas y los comportamientos humanos en general, sea en la época, el lugar y el problema  que sea.

Por ejemplo, Nancy Brysson Morrison señalaba en los años treinta dos debilidades del ser humano que siguen vigentes más de ochenta años después: por un lado el afán por los bienes materiales, y por otro el vicio de la queja, en el convencimiento de que las cosas están peor que nunca:

“No necesitamos todo lo que creemos que necesitamos; no necesitamos casi nada. Las cosas no son ahora más difíciles que antes y nada debilita más a los hombres que compadecerse de sí mismos.”

A pesar de la experiencia acumulada por la humanidad, esos vicios no sólo siguen existiendo, sino que se han acentuado. Del mismo modo, problemas que ya se detectaron hace décadas, no han hecho más que agravarse, como ocurre con  la cuestión medioambiental, sobre lo que escribió Isaac Asimov en 1992:

“La Tierra se enfrenta en la actualidad a problemas mediambientales que amenazan con la inminente destrucción de la civilización y con el final del planeta como lugar habitable. La humanidad no se puede permitir desperdiciar sus recursos financieros y emocionales en peleas interminables y sin sentido entre los diversos grupos. Debe haber un sentido de lo global en el que todo el mundo se una para resolver los problemas reales a los que nos enfrentamos todos.”

Parece que el maestro, como buen visionario, previó lo que está ocurriendo ahora, o empieza a ocurrir: las manifestaciones, marchas y protestas que el ciudadano anónimo (los políticos siguen con sus “palabras, palabras y palabras”)  y los investigadores de diversos campos están llevando a cabo en muchos paises, y que demuestran un grado de concienciación que es nuevo y  que sin duda a Asimov le habría gustado presenciar.

Por cierto, Stefan Zweig también escribió, mucho antes, sobre la necesidad de unión de la gente honrada y desinteresada,  y volvió a demostrar su agudeza y perspicacia con unas palabras que pueden pronunciarse hoy sin delatar sus ochenta años de antigüedad:

“Sólo la gente pequeña, los silenciosos, los carentes de ambición, no están unidos, y ésa es la desgracia del mundo en que vivimos. Los que no quieren nada unos de otros, los que se contentan con saber que hay gente honrada tanto en un lado como en el otro, y se consideran afortunados si gozan de buena salud […], ésos permanecen en el anonimato. Las personas que comparten intereses están unidas en todo el mundo. ¿Cómo sería si, alguna vez, los anónimos se unieran como los únicos que no tienen otro interés que vivir en paz y tranquilidad? Sería la fuerza más poderosa del mundo." 

Empecé diciendo que la literatura nos enseña que no hay nada nuevo, que lo que nos atañe hoy es lo mismo que afectó a nuestros antepasados. Y que aunque los problemas varíen en forma o en intensidad, nuestras emociones y reacciones son las mismas que las de ellos.
Pero ahora creo que hay que añadir además que los libros también nos enseñan que tanto el origen de los problemas  como las soluciones son los mismos que han sido siempre.



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Los fragmentos corresponden a las siguientes ediciones:

-Fiodor Dostoievski. Apuntes de invierno sobre impresiones de verano. Hermida Editores, 2017. Traducción de Alejandro Ariel González.
-Isaac Asimov. Memorias. Ediciones B, 1994. Traducción de Teresa de León.
-Stefan Zweig. Clarissa. Acantilado, 2017. Traducción de Marina Bornas Montaña.
-Nancy B. Morrison. The Gowk Storm, aún no publicado en español.