sábado, 21 de octubre de 2017

Eso no se dice


Dedicado a Guille

Esta entrada corresponde a la propuesta presentada por Guille en el aniversario del blog. Según nos dijo, le interesaban las diferentes maneras de nombrar una misma cosa; las palabras que utilizamos para evitar otras que por algún motivo nos resulta incómodo pronunciar. Es decir, los eufemismos.

Es sin duda un tema muy interesante y filológico, por lo que me congratula meditar aquí someramente sobre ello.

La palabra eufemismo proviene del griego euphēmismós, término formado a su vez por  eu-, “bien”, “bueno”,  y phēmē, “modo de hablar”, y viene definido en el diccionario como “manifestación decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”.

brain illustrationComo comentamos hace tiempo, el lenguaje tiene sentimientos, y por eso puede resultarnos difícil expresar ciertas ideas o usar ciertas palabras que conllevan una gran carga emocional, moral o cultural. Y por eso mismo no las utilizamos en cualquier contexto ni en cualquier ocasión.
Por lo tanto el eufemismo es un recurso para evitar la “incomodidad lingüística”, por así decir, provocada por el pudor, por las convenciones sociales, o por las connotaciones negativas de cualquier clase que pueda tener una palabra para una persona o para una colectividad. 
También sucede a veces que una palabra simplemente nos parece fonéticamente fea y por eso no nos gusta usarla.

Pero sea por la razón que sea, la cuestión es que hay circunstancias en las que preferimos utilizar palabras o frases que consideramos más suaves, de menor impacto, menos contundentes que otras.
Por ejemplo, cuando alguien acaba de morir quizá prefiramos decir que se ha ido; o diremos de alguien que está grueso o que tiene sobrepeso, en vez de decir llanamente que está gordo; o decimos empleada del hogar por criada o sirvienta. Igualmente se dice interrupción del embarazo en vez de aborto; tercera edad en vez de vejez, o que el niño necesita mejorar cuando ha suspendido.

gangster cartoonEl eufemismo es considerado a veces como manifestación de hipocresía, o una falta de naturalidad. O una forma cursi y remilgada de expresar las cosas.  Pero lo cierto es que hasta los tipos más duros recurren al eufemismo con frecuencia, como cuando dicen, por ejemplo, eliminar en vez de matar; presionar en vez de chantajear, o cantar en vez de delatar. Que también los malos tienen sus miramientos.

Algunas personas son muy enemigas de los eufemismos, así que se alistan en el bando contrario, el de los disfemismos; es decir prefieren las  formas que se consideran  inadecuadas o malsonantes. Así,  frente a la palabra contenida se opta por la inmoderada; frente a la expresión discreta se eligen palabras de dificil digestión.

Cuando los disfemismos  se usan sin ton ni son, sin miramiento y sin gracia, yo me acuerdo de mi abuela y casi se me escapa un “¡Niño, eso no se dice!” Pero reconozco que, en ocasiones, un disfemismo a tiempo, dicho con oportunidad y con salero, puede ser muy efectivo, o divertido o incluso artístico.

Y también es cierto que hay eufemismos que molestan un poco, porque son en realidad una artimaña para no llamar a las cosas por su nombre; pero no con la loable intención de evitar incomodar u ofender, sino con la menos loable de camuflar unos objetivos o unos intereses determinados. Son en general eufemismos de carácter político y económico, que suponen una manipulación interesada del lenguaje y por lo tanto del pensamiento. Así por ejemplo se dice ajuste de plantilla para no decir "despido", que suena fatal; horario flexible por "disponibilidad permanente", que parece abusivo,  deterioro económico en vez de "quiebra" o "ruina", que dan muy mal rollo, o corrección política en vez de "censura", que produce mucho rechazo.

Y hay también eufemismos que resultan muy pintorescos, por no decir cómicos y hasta ridículos. Son unos que se llevan mucho en estos tiempos y que se utilizan para dar un cierto lustre técnico y moderno a determinadas profesiones y actividades. Por ejemplo,  al portero de un edificio o establecimiento  ahora  algunos lo llaman agente de control de acceso;  el basurero es  técnico de recogida de residuos, y el agente de seguros es gestor de incidentes.

En fin, independientemente de que a veces se usen con un poco de exageración, o con finalidades poco edificantes o incluso perversas, parece que el eufemismo está más presente en el lenguaje de lo que quizá creemos, y sus formas son tan cotidianas a veces, tan sutiles otras, que no siempre somos conscientes de su presencia. 

Y yo creo que es un recurso lingüístico muy interesante y  en ocasiones muy colorido y hasta poético. Porque no sólo evita la incomodidad que determinadas expresiones pueden causar, sino que además, me parece a mí, es una manifestación de creatividad por parte de los hablantes y de versatilidad por parte de idioma. Es decir, una muestra más de la capacidad que tiene la lengua para recrearse a sí misma y para adaptarse a las necesidades de los hablantes.  Porque estarán ustedes de acuerdo en que es más agradable resolver un proceso asistencial que ir al médico; y en que es mucho más bonito y metáforico pasar a mejor vida que morirse sin más.

Ya lo dijo Clarín en Su único hijo:  

[…] recababan para ellos el mérito de las buenas formas, 
del eufemismo en el lenguaje; y así, todo se decía con rodeos, con frases opacas; 
y al hablar de amores de ilegales consecuencias se decía: 
«Fulano obsequia a Fulana», v. gr.
De todas suertes, la vida era mucho más divertida entonces.


old book




lunes, 9 de octubre de 2017

Parejas complejas, 12


Hay parejas que se llevan mal, como Caperucita y el Lobo,  el capitán Ahab y Moby Dick, o Superman y Lex Luthor.
Pero también hay parejas que se llevan muy bien, como Thelma y Louise, Batman y Robin o Hansel y Gretel.

Moby DickY luego hay parejas gamberras, cuyos miembros se ponen de acuerdo entre sí con el único fin de causar el mal al resto de la población.
Es el caso de los gemelos traviesos, de esos que se hacen pasar el uno por el otro para desconcertar a la abuela o para hacer trampas en los exámenes.

A este grupo malvado pertenecen las parejas complejas, esos duetos de palabras que se parecen tanto la una a la otra que fácilmente nos confunden y nos hacen caer en su trampa de ignominia.
Cuando ocurre esto, yo me imagino que esas palabras, después de oírnos pronunciar una en lugar de otra, salen corriendo entre risitas, se esconden detrás de una esquina, y se asoman satisfechas a contemplar nuestro sonrojo y oprobio. 

Y así me las imaginé cuando escuché una vez a un tertuliano televisivo decir que hay que cumplir las leyes, que uno “no puede inculcar las normas.”
Pero el caso es que sí, que a veces conviene inculcarlas, es decir, repetírselas a alguien para que se las aprenda. Y  lo que el burlado tertuliano debió decir en ese caso es conculcar. Porque conculcar significa “quebrantar una ley, obligación o principio”.

Otra pareja con una mala idea notable es la formada por esotérico y exotérico. Se parecen una barbaridad, incluso hay que pronunciarlas con intención para que se perciba su escasa diferencia. Pero aunque se parecen tanto, significan precisamente cosas contrarias. Esotérico es lo que está oculto, algo impenetrable y de difícil acceso para la mente. Por el contrario, exotérico es lo común, lo que es accesible para todo el mundo.

Como si el objetivo de la obra de arte no fuera precisamente
el exoterismo […], como si su función no fuera manisfestar
de manera clara el misterio en el cual su autor fue admitido.*

El mundo de los sueños 
(Alma-Tadema, 1876).
Estas dos palabras provienen respectivamente de los términos griegos esōtérō, “más adentro”, y exōtérō, “más afuera”, y me resulta curioso que, de las dos,  la más común sea la que hace referencia a lo raro, y la más rara sea la que se refiere a lo común.
Será que como la x es una letra tan exótica, nos parece que lo exotérico tendría que ser aquello que nos resulta más ajeno.
 
Y es que a veces resulta dificil conciliar la forma de una palabra con su significado.
Un momento, ¿conciliar o reconciliar?

El diccionario me dice que conciliar  es  hacer compatibles o poner de acuerdo dos o más personas o cosas; y que reconciliar es volver a las amistades, o acordar los ánimos desunidos.
La verdad es que ahora,  después de leer el significado exacto de cada palabra, sigo sin estar segura de cuál es la que más conviene en este caso...

Lo que sí tengo claro es que conciliar significa también “conseguir dormirse”, por eso yo no conseguí dormir la noche en que  me encontré en un libro esta frase:

No creía que pudiera reconciliar el sueño hasta que
aquel postigo dejara de dar golpes…

Y claro, a la mañana siguiente estaba... bueno,  no sé si estaba somnolienta o soñolienta.
No me digan que esta pareja no es terrible, de las quitan el sueño. Pero lo peor es que estamos en otro de esos casos en los que conocer la definición de cada una no nos sirve de mucho. Vean ustedes:

Somnoliento: Que tiene o denota sueño  (del latín somnolentus) 
Soñoliento:  Acometido por el sueño o muy inclinado a él (del latín somnolentus)


En fin, yo me rindo. Tendré que asumir que jamás de los jamases seré capaz de distinguir las palabras de determinadas parejas complejas, y que siempre las usaré sin precisión. 
En esos casos, el único consuelo que me queda es pensar que habrá más personas que tampoco las diferencien, con lo que, tal vez, mi deshonra léxica pasará desapercibida.


🌿🌿🌿

* Claude-Edmonde Magny. Carta sobre el poder de la escritura.
Traducción de M. Virginia Jaua. Ed. Periférica, 2016

martes, 26 de septiembre de 2017

Anagnosia


Recuerdo que cuando era pequeña, encontrarme con palabras que no conocía me desconcertaba y me fascinaba.
Me desconcertaba porque cada palabra nueva me demostraba que el mundo, tanto el físico como el mental, era inabarcable.
Y me fascinaba porque  iba comprendiendo, de manera intuitiva y difusa, que, al mismo tiempo,  cada palabra que aprendía me hacía el mundo más accesible.
Descubrir una palabra nueva era descubrir un aspecto nuevo de la realidad, y una forma más exacta, más precisa, de expresarla.

Y lo bueno es que me sigue pasando lo mismo. Como para confirmar aquellas primeras ideas indefinidas sobre la inmensidad de la realidad y la función de las palabras para conocerla y comprenderla, nunca he dejado de asombrarme con las palabras nuevas que he ido encontrando.

Horacio Quiroga
Horacio Quiroga (1878-1937)
Y esto es lo que me ha ocurrido hace muy poco con la palabra anagnosia.
La encontré en “La retórica del cuento  de Horacio Quiroga, donde el maestro habla de “mi elemental anagnosia del oficio”.
Me pareció que la palabra tenía una connotación negativa, pero el contexto no me sirvió para confirmar esa impresión. Así que, como siempre, fui al diccionario de la RAE como primer paso de la indagación. 
Pero hete aquí que me encontré con que la palabra anagnosia no viene recogida . Empezaba mal la pesquisa.

Pero eso no me arredró, más bien lo contrario, de manera que me puse a buscarla por otros rumbos y derroteros.
Y como me parecía una palabra de origen griego, busqué en el diccionario  pertinente. ¿Y qué me encontré? Pues que como significado de anagnosia figuraba… anagnosia. Así también hago yo un diccionario, oiga.

Después probé a poner la palabra directamente en Google, y aparecieron como resultado varios diccionarios portugueses. En ellos leí que anagnosia proviene del griego anágnosis, que significa “reconocimiento” y “lectura”, y que el término se utiliza para referirse a la lectura e interpretación excesiva -demasiado imaginativa- de un texto.

Interesante, pero obviamente esta definición no encajaba en el texto de Horacio Quiroga.

También me daba Google la referencia a un libro argentino del siglo XIX, titulado  Anagnosia: verdadero método para enseñar y aprender á leer con facilidad, inspirando al niño a la lectura y amor á la virtud y al trabajo.
Precioso, sin duda. Pero tampoco encajaba con la anagnosia de Quiroga.

Con estos resultados, seguí mi búsqueda  más intrigada aún de lo que estaba al principio, y entonces pensé que quizá anagnosia fuera la palabra agnosia acompañada  del prefijo negativo an-. Así que lo primero era comprobar si existía agnosia. Y ahora sí; agnosia aparece en el diccionario. Su origen está en el término griego agnōsía, que significa “desconocimiento”,  y se define como:  
"Alteración de la percepción que incapacita a alguien para reconocer personas, objetos o sensaciones que antes le eran familiares."

Esta definición tampoco  me servía para entender la frase de Quiroga, pero la etimología de la palabra sí me daba una pista útil:  si originalmente agnosia significa  “desconocimiento”, la forma negativa an-agnosia debía de ser “conocimiento”, lo cual sí resultaba coherente en el texto de don Horacio.
Intentando aclararme entre agnosias, anagnosias, desconocimiento e interpretaciones imaginativas,  conceptos con lo que, por cierto, me iba identificando cada vez más, encontré, por los mundos anglosajones, una definición similar de agnosia y la etimología de la palabra, que está formada por el prefijo a- (“sin”) y la palabra gnōsis (“conocimiento”). De aquí deriva también, dicho sea de paso, el término  “agnóstico”, que hace referencia justamente a la imposibilidad de saber.

La cosa se volvía cada vez más rara, porque, visto lo anterior, resulta que anagnosia es una palabra que contiene dos prefijos negativos, an- y a-, para adquirir un significado positivo, con lo que su sentido estricto viene a ser sin desconocimiento.
Sin duda ya, la frase “mi elemental anagnosia del oficio” significaba “mi elemental conocimiento del oficio”.

Pero me quedaba un misterio por resolver, a saber, ¿por qué las primeras referencias anagnosia que encontré tenían que ver con la interpretación de los textos?
Insistiendo un poco más en mis indagaciones di por fin con un diccionario griego-inglés que con toda la sencillez del mundo me indicó que la palabra anagnosia significa las dos cosas: “lectura” y “conocimiento”. Y es que, al fin y al cabo, ¿qué es la lectura sino conocimiento?
Así que quizá el primer diccionario griego que consulté no era tan simple como me pareció, porque ahora sé que puedo decir con toda lógica y coherencia que gracias a la anagnosia aumenté mi anagnosia. 





miércoles, 13 de septiembre de 2017

¿De qué va?


No hace mucho, por esos encuentros casuales que se producen en internet, di con una entrevista a un escritor islandés al que no conocía, Jon Kalman Stefánsson.
La cuestión es que el autor dice en la entrevista algo que me interesó: que saber “de qué va” un libro, de qué trata, no siempre es relevante, y que puede que la respuesta a esa pregunta no nos diga nada. Según él, lo que importa no es de qué trata el libro sino cómo es el libro.

Yo nunca me había parado a pensar en esto de forma consciente, pero en cuanto lo escuché reconocí la idea; es decir, es algo que yo también pensaba pero de forma difusa, porque nunca lo había meditado ni le había dado forma con palabras.

Herman Melville
Herman Melville
Pero creo que es verdad que muchas veces lo  más interesante no es de qué trata el libro, o cuál es la historia que cuenta, el argumento, sino la forma en que está contado. Y no me refiero siquiera al estilo, a las características del lenguaje, sino al enfoque que se le da a la historia, la forma en la que el autor la presenta, y las ideas que se encuentran en ella. Y más aún,  las ideas que nosotros como lectores extraemos. Es decir, lo que importa es lo que el libro nos hace pensar.

Por ejemplo, si alguien me preguntase “de qué va” Bartleby, el icónico relato de Melville, podría decir que va de un oficinista que se niega a hacer lo que su jefe le manda. No dice mucho, ¿verdad? Pero, en resumidas cuentas, de eso va la historia. 
Y, claro, si decimos sólo eso, estamos obviando algo tan importante como las ideas que se contienen en la historia, y tambén la forma magistral en que Melville va intrigando al lector. A medida que el bueno de Bartleby se va encerrando más en su educada y pertinaz negativa, va aumentando el misterio, y al mismo tiempo van apareciendo sugerencias sobre la condición humana: cómo nos enfrentamos cada uno a las situaciones conflictivas; cómo las circunstancias que vivimos condicionan nuestra visión de las cosas; qué nos hace ser a cada uno quienes somos; cómo manifestamos nuestra individualidad...
Todo esto, la forma en que se va desarrollando una historia, la forma en que capta nuestro interés, y las reflexiones que nos inspira, son tan importantes como el argumento y el tema, si no más.

Yo suelo bromear diciendo que ya desde los griegos está dicho todo, y que si algo  les faltó por decir, ya se encargó Shakespeare.  Es una forma de decir que todos los temas están ya tratados en la historia de la literatura. Y que por eso es absurdo empeñarse en ser original, pretender escribir sobre algo nuevo. Y de todas formas, dicho sea de paso, la originalidad no es garantía de nada: se puede ser muy insípido de una forma muy original.

Incluso hay quien dice, como es el caso del escritor Christopher Booker (que tiene un nombre de lo más apropiado, por cierto), que sólo existen unos cuantos temas básicos: la lucha contra el monstruo; la burla contra los poderosos; la búsqueda; el viaje; el renacer... y que todas las historias, de una forma u otra,  tratan sobre alguno de esos temas.
No sé si esto es simplificar demasiado, pero vistos de manera amplia, incluyendo todo lo que metáforas como “el monstruo” o “el viaje” pueden incluir, quizá no sea tan simple.

La cuestión es que la originalidad no hay que buscarla tanto en el tema como en la forma de tratarlo. Lo importante es el planteamiento y las ideas, lo que la historia nos aporta o nos inspira;  que nos haga meditar sobre cosas en las que nunca antes habíamos pensado, o que pensemos en ellas de manera diferente, con nuevas perspectivas; que nos sorprenda y nos diga algo de una manera interesante y propia.

Por eso, cuando me preguntan de qué va un libro determinado, siempre tengo la impresión de no hacerle justicia. Siempre siento que me quedo corta si sólo hablo del argumento. Y esa sensación está justificada, porque -salvo que el libro sea una verdadera simpleza-, incluso una mera obra de entretenimiento podrá evocar diversas ideas, sea cual sea la trama en la que esas ideas están contenidas.
Pero claro, cuando alguien pregunta de qué va un libro, espera una respuesta escueta, no una disertación, así que quizá sea inevitable que nos quede esa sensación de estar trivializando la profundidad del libro, y que siempre corramos el riesgo de que, como dice el escritor en su entrevista, la respuesta que demos no le diga mucho a quien nos preguntó.




viernes, 1 de septiembre de 2017

Un arte respetable


Dedicado a Rick

La filología es un arte respetable, un arte que exige un trabajo sutil
y delicado, en el que no se consigue nada si no se actúa con lentitud.
(Nietzsche. Prólogo a Aurora, 1886)
  
Esta entrada responde a otra de las sugerencias propuestas por los lectores con motivo del noveno aniversario del blog. En este caso, como se ve por la dedicatoria, la sugerencia es de nuestro amigo Rick, al que le interesa mucho la filología, y en particular la etimología, es decir, el origen de las palabras.

Hermanos Grimm
Jacob y Wilhem Grimm
Se trata de un tema que aparece en este blog con cierta frecuencia, aunque casi siempre de manera secundaria, complementaria de otros temas, así que me complace grandemente hablar hoy de ella con cierto detenimiento.

Por empezar con un poco de historia, la etimología como estudio de las palabras, de cómo derivan y evolucionan unas a partir de otras, ya existía en la Grecia antigua, pero hasta el siglo XVII fue una cuestión de creatividad e imaginación lingüística más que una ciencia. La etimología como la disciplina que conocemos hoy empezó a tomar forma en el siglo XVIII y se desarrolló en el XIX, sobre todo con los estudios filológicos de los hermanos Grimm.

F. Nietzsche
Friedrich Nietzsche
Y si la etimología trata del origen de las palabras, qué mejor que buscar el origen de esta palabra. Es decir, la etimología de la palabra etimología, haciendo como quien dice un bucle, un agujero de gusano lingüístico. La etimología aplicada a sí misma; la metaetimología, si me apuran.
Sin darle más vueltas, este término proviene de la palabra griega etymon, que significa “sentido verdadero”,  con el sufijo –logia, por lo que la etimología es estrictamente “el estudio del sentido verdadero de las palabras”.
En honor a Nietzsche y su amor a la filología, podemos añadir que el nombre de esta ciencia procede del griego phileo, “yo amo” y logos,  “palabra” o “lenguaje”.
Pero Nietzsche era filósofo también, así que, ya que estamos, digamos también que el philosophos es el que ama la sophia, es decir, la sabiduría.
Quizás la etimología de estas palabras es  de las más conocidas, de las que todos aprendemos en un momento u otro. Pero en general el origen de las palabras es tan desconocido como interesante. Y es que muchas veces las palabras, como vemos aquí en ocasiones, tienen detrás una historia curiosísima.
Recuerdo que una de las primeras palabras cuya etimología aprendí fue candidato. Me gustó tanto conocer el sentido verdadero de la palabra, que durante un tiempo anduve explicándoselo a toda la familia cada vez que tenía ocasión. Me encantaba contar que en la Roma clásica los políticos aspirantes a un cargo vestían, para distinguirse, una toga blanca, es decir una toga cándida. Aunque el candidato no tuviera nada de candidus (blanco, sin malicia).
También aprendí años ha el origen de la palabra salario, que como seguramente saben ustedes proviene de la sal, ya que, tanto en el Egipto antiguo como en la Roma y la Grecia clásicas, a los trabajadores se les pagaba con sal, elemento muy valioso porque servía para conservar los alimentos y para curar las heridas.
Y más recientemente descubrí por casualidad el bello y sorprendente origen de otra palabra bonita de por sí: compañero.
Esta palabra deriva del latin compania que a su vez procede de cum y panis, es decir, con pan. Por lo que el sentido verdadero y último de compañero es “el que comparte el pan”.

Algunas veces la etimología de una palabra se nos aparece en la cabeza de sopetón, por sí sola, sin que nos paremos a pensar  ni tengamos que hacer ninguna averiguación. Es lo que me ocurrió hace poco, cuando en una conversación con un amigo surgió la palabra concatenado. Entonces, en el momento de decirla, me di cuenta de que el origen de esa palabra tenía que estar relacionado con la catena latina, y significar estrictamente encadenado, unido con catena.

Sin embargo, por muy segura que estuviese de que ésa tenía que ser la etimología de concatenado, fui a cerciorarme en cuanto pude, porque no quería caer en un caso de paretología.
La paretología, o paretimología, es, como ya hemos comentado alguna vez, la etimología popular o falsa etimología. Es decir, una explicación no científica del origen de una palabra, que es en realidad lo que hacían los antiguos, como decíamos más arriba. Y esto de la etimología popular  ocurre cuando asociamos palabras por intuición, porque la semejanza fonética que existe entre ellas nos lleva a pensar que una debe de provenir de la otra. Es lo que me pasaba a mí con adolescente y adolecer, como ya vimos aquí

Hemos mencionado a Nietzsche y a los hermanos Grimm como filolólogos y etimólogos, pero hablar de etimología  y no nombrar a Joan Corominas (1905-1997) sería un grave olvido, por no decir una injusticia. Su Diccionario etimológico de la lengua española es una obra fundamental  en la que con todo rigor el sabio analiza miles de  palabras; establece el origen y la historia de cada término; indica el momento en que cada palabra aparece por primera vez en un texto; presenta posibles etimologías alternativas en los casos dudosos, etc. 

Siempre me ha sorprendido que la etimología no se incluya en los planes de estudio como asignatura en sí misma. Bien enfocada y adecuando sus contenidos, podría ser una asignatura muy atractiva en todos los niveles de enseñanza. No ya por lo que nos enseña sobre nuestro idioma, sino también porque conocer el origen y la evolución de las palabras nos ayudaría a aprender otros con más facilidad; y porque conocer las raices de las palabras facilitaría el entendimiento de otras materias; y sobre todo porque  la etimología despierta la curiosidad, causa sorpresa e incluso divierte.
¿Están ustedes de acuerdo?



domingo, 20 de agosto de 2017

Juego veraniego. El resultado


Llega el mejor momento de los juegos que hacemos en el blog: el momento de los resultados, el momento de compendiar todas las aportaciones que tan amable y salerosamente presentan ustedes.

Pero antes me gustaría referir algunas particularidades. Por ejemplo, aunque el texto con el que participasen ustedes podía ser de cualquier tipo, todos los lectores han elegido el formato de relato breve, salvo Juanra, que ha presentado dos textos y en el segundo ha optado por lo que podría ser un fragmento de microteatro;  y Guille, que ha escrito también unas líneas de diálogo pero independientes entre sí y sin reglas.
Por mi parte, yo me he atrevido con mucho atrevimiento a componer unos tristes ripios, que si algo han de dar, espero den más risa que pena.

Por otro lado, me complace el hecho de que casi todos han utilizado más de dos palabras (el mínimo establecido) de nuestra lista de palabras raras. Como curiosidad, cabe señalar que las más utilizadas (seis veces cada una) han  sido semicupio, polímata y numinoso; y las menos (dos veces cada una), congrua, apotropaico, icástico e inconsútil

Sin más, les dejo aquí todos los textos para deleite colectivo, e incluyo también el mío:

Macondo:
Aunque sus órdenes sagradas no le hubieran obligado, su entrapelia le impedía llevar una vida licenciosa. No obstante le resultaba ofensivo recibir una congrua más propia de un giróvago que de un polímata como él. Nadie se rasgaría las vestiduras porque al menos una vez al mes pudiera permitirse dejar tranquila al ama, para acudir al burdel a catar las prietas carnes y la concinidad de mujeres más jóvenes.

Sara:
A Teresa le ha crecido en el vientre un oso panda. Quizá sea hijo de un giróvago, porque, desde luego, Daniel "no sabe y no contesta". 
Cuando llegue el momento del alumbramiento, Teresa ha pensado en un semicupio. Y si ya lo del oso panda había sido la comidilla de familiares y allegados, lo del semicupio, ni te cuento.

Menos mal que llegó el polímata tío Luis y dijo: "Ya está, lo que pasa es que el oso panda es un infusorio".

Marisa:
Él se acercó muy despacio hacia ella. Esa concinidad suya la desarmaba; pocas veces había visto tal seguridad en uno mismo, tan aplastante, tan opuesta a lo que ella vivía cada día. El la cogió de la mano y la descarga eléctrica recorrió todos los impulsos de su cuerpo, y fue entonces cuando comprendió que caería rendida debido a lo numinoso de aquel personaje. 
  
Chaly Vera:
Indara sentada en el semicupio refregaba su bajo vientre para sacarse con agua y jabón la sensación que aun sentía cuando un giróvago al cruzarse con ella en la calle alargo una mano y le acaricio su zona prohibida, Indara aún recuerda el numinoso que su abuela le pronosticó cuando aquello sucediera.

Bubo:
La numinosidad de la mujer lo llevo al baño. El polímata entró desnudo en el semicupio. Buscaba el placer, el saber que no encontró como bibliótafo. Agarraba con su mano izquierda el medallón de una cruz apotropaica mientras se santiguaba con la derecha. Cuando la mujer comenzó a bañarlo los infusorios de su semén comenzarón a nadar por el agua. 
Supo en ese momento que la eutrapélica vida que había conocido había llegado a su fin. 


MJ:
Para muchos no era más que un giróvago, pero debajo se escondía un auténtico polímata. No le importaba lo que pensaran los demás, era feliz sabiendo que ella percibía su concinidad, que le inspiraba lo numinoso, por eso cuando se cruzaban por la calle, lo saludaba con gesto apotropaico.
  
JuanRa:
El polímata bibliótafo se sentía satisfecho observando los libros de su desván. Después de ocupar todas las estanterías, había continuado colocándolos por el suelo e incluso en el interior del semicupio de latón. Allí guardaba la primera edición de Viaje al centro de la tierra.

*****
- ¿Qué me dices, Gertrudis, qué te parece mi ático? ¿No sientes la concinidad que desprende?

- Sí, la concina es muy numinosa
- Querrás decir luminosa
- Ay, Eutrapia, nunca llegaré a tu altura.


Guille:
-Oye, te dejo, luego hablamos, me voy a pegar un infusorio en la semicupio. 
-Como te sigas portando mal te voy a dar una congrua que te hará dar dos giróvagos y te dejará icástico.
-Yo soy un eutrapélico debido a mi legendaria polimatía y eso fomenta mi concinidad.
-Unas bragas inconsútiles me producen una sensación numinosa.


Ángeles
¿Qué es un bibliótafoAlguien que esconde su libros.
¿Y qué significa inconsútilAlgo que no está cosido.
¿Qué quiere decir icásticoQue la realidad imita.
¿Y qué será un semicupioUna bañera chiquita.
¿Qué cosa es un infusorioUn gusarapo que nada.
¿Y qué será la eutrapeliaLa virtud de lo que agrada.
Así el polímata me explicó el misterio de las palabras.

☀ ☀ 

Muchas gracias a todos por su estival colaboración.


viernes, 4 de agosto de 2017

Juego veraniego


Imaginen ustedes una historia, un cuento clásico en el que un niño sube al desván de su abuela y empieza a curiosear entre los trastos que encuentra allí. Al lado de una mecedora y de una lámpara de pie, el niño ve un baúl. Como es lógico, lo abre, y dentro, entre vestidos y libros antiguos, encuentra un juguete de lata. El juguete está oxidado, pero conserva sus colores y además tiene puesta una llave en forma de corazón. El niño le da un poco de cuerda y descubre que el juguete sigue funcionando, que se mueve y suena. Lo mira, lo observa, sonríe ante lo curioso que le resulta y se entretiene un rato. Entonces lo vuelve a guardar en el baúl. Quizá no vuelva a usarlo nunca, pero le gusta saber que está allí. Y sabe que, si quiere, podrá volver a cogerlo, enseñarlo a sus amigos y volver a jugar con él.

Lo que quiero proponerles hoy a ustedes es que juguemos con unos juguetes antiguos y algo oxidados, esos que hemos ido sacando de un baúl de vez en cuando y que ahora están repartidos por el blog como juguetes por el suelo de un desván.
Me refiero, claro, a esas palabras raras y olvidadas que han ido apareciendo por aquí en diferentes ocasiones y que nos han llamado la atención con sus peculiares formas y significados. Son juguetes del viento raros, es decir, palabras un poco extrañas como semicupio, infusorio, apotropaico, bibliótafo

En fin, la propuesta consiste en concreto en que elijan ustedes al menos dos palabras de la lista que les doy a continuación; y que esas palabras las utilicen en un breve texto (digamos entre 50 y 80 palabras, un párrafo similar a éste) que habrán de escribir dando muestra una vez más de ese ingenio, gracia y creatividad que caracteriza a los lectores de este blog. Y el texto podrá tener cualquier carácter (cómico, serio, fantasioso, realista, narrativo, biográfico, ensayístico…).

Son palabras raras, es verdad, y es difícil que podamos incluirlas en nuestras conversaciones. Así que el objetivo del juego es precisamente ése: sacarlas del diccionario y darles un poco de cuerda, para ver que siguen funcionando y entretenernos un rato con ellas. Además de los textos que escriban, creo que también resultará interesante ver qué palabras escoge cada uno. Puede que incluso descubramos que alguna es la favorita de la mayoría, o todo lo contrario.
  
Ésta es la lista de palabras que les propongo, y en caso de que quieran saber más detalles sobre ellas, cada una es un enlace a la entrada que le dedicamos en su momento:

-infusorio (célula o microorganismo que tiene cilios para su locomoción en un líquido)

-congrua (renta mínima que se paga a un clérigo para su subsistencia) 
  
-semicupio (bañera de medio cuerpo, baño de asiento) 

-giróvago (vagabundo; derviche) 

-eutrapelia (la virtud que modera el exceso  de las diversiones o entretenimientos;  la gracia inofensiva, el juego inocente; conversación amable y amena) 

-icástico (que representa o imita la realidad tal como es, como en el arte realista; lo opuesto a lo fantastico) 

-polímata (sabio, persona de grandes conocimientos de diversas materias)

-concinidad (armonía, elegancia, belleza de estilo, equilibrio)

-numinoso (aquello que nos sobrecoge y nos inspira; lo que nos da miedo y a la vez nos fascina, nos causa temor y al mismo tiempo nos atrae) 
  
-inconsútil (sin costuras, uniforme, sin fisuras) 
  
-apotropaico (aquello -palabras, amuletos, gestos, ritos- que se cree que aleja el mal o propicia el bien) 
  
-bibliótafo (persona que posee libros valiosos y los esconde y oculta a los demás)


Como siempre, pueden dejar sus textos en los comentarios a esta entrada o enviármelos al correo, durante los próximos quince días, es decir, hasta el 19 de agosto inclusive. Yo misma escribiré también un texto y en la próxima entrada los publicaré todos para regocijo general. 
Y como siempre, muchas gracias a todos por su interés.


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