viernes, 29 de abril de 2016

Deslones y resbalices


Recuerdo que una vez, preparando un examen con dos compañeros de clase y repasando un tema determinado, dije yo que “en aquel momento, la preocupal principación era…” Los tres nos reímos, claro, pero uno de mis compañeros no tuvo suficiente con eso y, queriendo hacer befa y mofa de mi desliz, él mismo se deslizó cuando dijo: “¿Es que tú no puedes decir de dejar tonterías? Con lo que se cumplió aquello de “en el pecado lleva la penitencia”.

Pero lo importante del asunto no es que el burlón quedase burlado, sino la cuestión en sí del desliz, del resbalón, del lapsus linguae. O, como se dice en inglés, del spoonerism, palabra derivada del nombre de William Archibald Spooner, rector de Oxford en el siglo XIX, que, según cuentan, tenía este tipo de deslices con mucha frecuencia.

cerebro engranajesSi nos paramos a observar de cerca estos errores del habla tan curiosos y tan graciosos, veremos que tienen una “lógica gramatical”, por así decir; que no son unos errores cualquiera sino que siguen un patrón, y que encajan con las leyes gramaticales que, según Chomsky, tenemos impresas en el cerebro, y que denominó gramática universal.

Por ejemplo, en el caso de mi famosa preocupal principación, tenemos dos elementos: preocupación y principal, un sustantivo y un adjetivo, entre los cuales se produce una metátesis -un intercambio de lugar entre los sonidos de los dos elementos- y una anticipación: antes de que yo terminara de pronunciar preocupación mi cerebro ya estaba anticipando la pronunciación de principal, y, con esas prisas, me hizo mezclar ambas palabras.
Pero ¿verdad que “preocupal” y “principación” suenan a sustantivo y adjetivo? ¿Que podrían perfectamente ser  un sustantivo y un adjetivo reales? Eso es porque la estructura de estas palabras, aunque sean erróneas, se ajusta a las estructuras que esperamos que tengan sustantivos y adjetivos, y como tales están colocadas en la frase.
Es como si completáramos un puzle con piezas que no le corresponden pero que encajan perfectamente en el todo porque tienen la forma y el tamaño adecuado.

Lo mismo ocurre con el lapsus de aquel compañero burlesco: decir de dejar tiene la misma estructura que dejar de decir, dos verbos en infinitivo conectados por una preposición. Una estructura —una perífrasis verbal— perfectamente acorde con esa “gramática mental” o “gramática intuitiva” que todos tenemos y que nos hace percibir como naturales o extrañas las construcciones gramaticales que nos salen al paso. Aunque no sepamos qué es una preposición ni un infinitivo ni nada semejante.
  
Podríamos decir que nuestro cerebro, cuando comete este tipo de errores, está haciendo juegos de palabras por su cuenta, sin contar con nuestra intervención consciente; pero que esos “juegos de palabras”, como tales, conservan la lógica y el funcionamiento propios de nuestras estructuras lingüísticas. Y seguramente por eso, cuando oímos algún desliz de este tipo lo identificamos como lo que es y nos damos cuenta de cuáles son las palabras que se han mezclado en esa ocasión. Como cuando alguien dijo “te lo sagro por lo más jurado”.

Todo esto a mí me parece una prueba más de lo mágico y maravilloso que es el lenguaje humano; de cómo su articulación, sus mecanismos, sus trucos y recovecos, son una fuente sin fin de sorpresas, un pozo sin fondo de posibilidades. Algo que, siendo tan nuestro, tan inherente a nuestra condición humana y tan cotidiano, sigue teniendo al mismo tiempo secretos y misterios que nos sorprenden a cada momento.

Y todo esto también me hace pensar en una de las características esenciales del lenguaje humano: la arbitrariedad. 
Pero ése es otro tema del que, si acaso, podríamos hablar en otra ocasión.


engraved words



lunes, 18 de abril de 2016

Una pelota de colores

Cuento

Para una niña pequeña, un niño más pequeño aún es casi como un muñeco viviente, un compañero de juegos ideal.
Yo tendría cinco o seis años, y aquel niño, rubio y delicado, tres o cuatro. Era el hijo de una amiga de mi madre y durante aquel verano fuimos a su casa todos los sábados. Después de merendar, mientras mi madre y la madre del niño pasaban la tarde charlando y haciendo labores, el niño y yo jugábamos en un patio que había junto a la cocina.
El niño era muy risueño, alegre y cariñoso, y yo, aun siendo tan pequeña, sentía una gran ternura por él. Me sentía mayor y protectora.
Casi siempre jugábamos con una pelota que había en el patio; una pelota azul, sucia y blanda que apenas botaba. A mí me parecía una pelota triste, pero al niño le gustaba jugar con ella; se divertía lanzándola  hacia arriba y correteando de un lado para otro, riendo, intentando cogerla antes de que llegara al suelo con aquel sonido flojo y mullido que me hacía reír a mí también.

Un sábado de aquéllos, al salir al patio vi que había una pelota nueva. Era la más bonita que yo había visto; una pelota grande, firme y de colores relucientes; una pelota con ganas de jugar. No había que lanzarla hacía arriba: la hacíamos botar en el suelo y subía  sola, con fuerza, con alegría. Y yo la veía allí arriba, girando y brillando, como una pompa de jabón eterna bajo el cielo del verano.
A mí me fascinaba aquella pelota, pero el niño, sin embargo, no dejaba de lado la azul, y cuando la cogía a mí me parecía que la abrazaba como yo abrazaba a mi muñeca de trapo.

Un día de finales de agosto, cuando mi madre y yo nos marchábamos, la madre del niño me dijo que me llevara la pelota, que el niño ya no la quería. Y yo, creyendo que hablaba de la pelota azul, pensé que tampoco la quería. Pero cuando volvió del patio, la mujer traía en las manos la pelota de colores, la pelota maravillosa. Yo no podía creer que aquella pelota tan especial fuese a ser mía, así, de pronto.
Sin embargo, no llegué a sentir ninguna alegría por aquella sorpresa, por aquel regalo asombroso, sino una sensación de pena y extrañeza que no comprendí y que sigo sintiendo hoy día cuando recuerdo aquel episodio. Porque al mismo tiempo que vi a la mujer venir con la pelota, vi al niño, detrás de ella, llorando.

No sé porqué la madre del niño quiso darme a mí la pelota, ni sé por qué yo la cogí, por qué le quité a aquel niño su pelota de colores si yo no la quería para mí, no me hacía falta tenerla.
Pero me la llevé, seguramente porque era lo que habían decidido los mayores y yo estaba acostumbrada a hacerles caso.

Creo que cada cosa tiene su sitio propio, y aquella pelota tenía su sitio en el patio, con el niño, esperándome para jugar.
Por eso aquella pelota preciosa, brillante y alegre, perdió su magia y su maravilla en el momento en que me la llevé del lugar que le correspondía.
Y la recuerdo en el suelo de mi habitación, abandonada debajo de una silla, volviéndose cada vez más azul.  



httpwww.freevector.com



viernes, 8 de abril de 2016

Confesiones blogueras


Hace unos días hablaba yo con una amiga sobre los blogs, y en concreto sobre los blogs que recogen vivencias personales, experiencias, recuerdos y pensamientos de sus autores. Y le decía yo a mi amiga que este tipo de blogs podría encuadrarse dentro  de la llamada literatura confesional.

Curiosamente pocos días después de esta conversación,  un amigo que suele venir por aquí aunque no se deja ver, me dijo que las entradas que más le gustan de mi blog son aquellas en las que aparte de libros y lenguaje, hablo de cosas que me afectan a mí, que se refieren a mi vida personal. Es decir, las entradas en las que hago un poco de literatura confesional.
 
Y curioso es también que unos días antes de todo esto yo había estado leyendo un artículo en el que se hablaba de los beneficios de reflejar por escrito nuestros pensamientos e impresiones sobre hechos que nos atañen personalmente. En ese artículo no se empleaba el término literatura confesional, pero la conexión me parece evidente.

Ya hemos comentado aquí en alguna otra ocasión que a veces  varios hechos o circunstancias relacionados con un mismo asunto parecen ponerse de acuerdo para presentarse ante nosotros casi al mismo tiempo, uno tras otro.
Y cuando esto ocurre, a mí me da la sensación de que algo me está invitando a que medite sobre ese asunto, o incluso a que escriba alguna cosilla sobre ello.

Como saben ustedes, la escritura confesional, a pesar de ese nombre que suena a culpa, no implica necesariamente una confesión en sentido literal, sino que tiene más que ver con la autobiografía. La diferencia es que la literatura confesional no es un recorrido por los hechos de una vida, sino que refleja sentimientos y reflexiones referidos a momentos o circunstancias concretos de una vida. Es, podríamos decir,  la captura de unos hechos y los sentimientos asociados a esos hechos. Algo así como una radiografía de las pasiones; un selfie emocional.

Tradicionalmente, el estilo confesional se ha manifestado por medio de diarios, cartas y declaraciones escritas de carácter personal, y son buenos ejemplos de esto obras como el Diario de Ana Frank, De Profundis de Oscar Wilde, El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, o Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre, en las que sus autores reflejaron sus sentimientos más profundos y sus reflexiones más íntimas sobre hechos trascendentales de sus vidas.
Pero también son literatura confesional las “falsas confesiones”, es decir, las obras en las que quien escribe en primera persona sobre sus sentimientos es un personaje de ficción, como ocurre, por ejemplo, en El último día de un condenado a muerte de Victor Hugo o en Carta de una desconocida de Stefan Zweig.

Pero, como le decía yo a mi amiga en aquella conversación, creo que hoy día los blogs cumplen también, en cierto modo, esa función confesional que tradicionalmente han cumplido las cartas y los diarios.
Cuando el autor de un blog nos relata hechos de su vida, circunstancias que no tienen por qué ser trascendentales, ni siquiera íntimas, pero sí personales, y nos da a conocer sus emociones, sus sentimientos y sus reflexiones, está expresando su identidad, presentándose a sí mismo,  que es algo muy parecido a escribir un diario. 
No en vano los blogs nacieron como diarios online, aunque luego sus funciones y contenidos se han diversificado de manera casi cósmica.

Pero sea mediante diarios, cartas o blogs, lo cierto es que siempre hay algún momento en que el ser humano necesita comunicar, de manera abierta o velada, su yo esencial, dar expresión a sus pensamientos y meditaciones personales. 
Y también es cierto que a nosotros nos gusta leer lo que otros escriben sobre sí mismos, tal vez porque en ese tipo de textos es donde encontramos el lado más humano de nuestros semejantes, lo que más nos acerca unos a otros.
Y porque al tiempo que, mediante sus confesiones, vamos conociendo a la otra persona, nos vamos conociendo, y tal vez confesando, también a nosotros mismos.



La pasión de la creación. ( Leonid O. Pasternak, c-1890)
La pasión de la creación (Leonid O. Pasternak, c.1890) 
(Aquí, algo curioso sobre el libro de Victor Hugo y el de Xavier de Maistre)


lunes, 28 de marzo de 2016

La verdad de las palabras


Las personas tenemos muchas facetas; nuestro carácter o nuestra personalidad no son planos ni transparentes como el cristal de una ventana. Estamos compuestos de muchos factores y la combinación de ellos es lo que configura nuestra personalidad.
Y algo parecido ocurre con la mayoría de las palabras, que encierran en sí varios conceptos y se refieren a más de una idea.
Pero con frecuencia sucede que cuando conocemos superficialmente a una persona pensamos que los únicos rasgos de su carácter son los más evidentes, e incluso a veces  los confudimos y tomamos unos rasgos por otros. Y de la misma manera, de las diversas acepciones que la mayoría de las palabras tienen, sólo conocemos las más habituales, y a veces además les atribuimos significados inexactos.
Y tanto en un caso como en otro, descubrir esos aspectos más ocultos es casi siempre motivo de sorpresa y satisfacción.

La Biblioteca del San Carlino di Francesco BORROMINI a   RomaEn esto me paré a pensar no hace mucho, cuando dos amigos míos hablaron, por separado y en dos ocasiones diferentes,  de la escasa profundidad moral que observan, en general,  en la literatura contemporánea; de cómo echan de menos historias que apelen a la moral, que nos hagan meditar y nos conmuevan desde el punto de vista moral.
Y en las dos ocasiones, algunas de las otras personas que estaban en la conversación, creyeron que hablábamos de moral en el sentido que con frecuencia se le atribuye a esta palabra: el de principios religiosos,  o de convenciones sociales; de lo que se considera o no aceptable socialmente, lo que está bien o mal visto; de lo que  desde hace un tiempo se denomina  “políticamente” correcto o incorrecto.

Pero a lo que nos referíamos era a aquello que  tiene que ver con la conciencia y el respeto humano, incluido el respeto a nuestra propia conciencia; a los valores personales propios, no impuestos,  que nos indican cómo hemos de conducirnos; a las reglas de conducta que seguimos no porque nos lo mande una ley, una norma social o un precepto religioso, sino porque es lo que consideramos nuestro deber humano, lo que nos dicta nuestra conciencia que debemos o no debemos hacer. 

Dice Robert Louis Stevenson en su ensayo “La moral de la profesión de letras”:

El primer deber de cualquier persona que escribe es intelectual […] Debe cerciorarse de que su propia mente se mantenga ágil, compasiva y brillante […] El segundo deber, mucho más difícil de definir, es moral.
Y lo explica del siguiente modo: Sería deseable que todas las obras literarias […] surgieran de impulsos sólidos, humanos, sanos y potentes […] No existe el libro perfecto, pero hay muchos que deleitan, mejoran o animan al lector.

Y esto es precisamente lo que buscan mis amigos: esas obras que nos engrandecen y nos inspiran, porque surgen de esos “impulsos sólidos, humanos y sanos” y nos los transmiten.

Entonces, en aquellas dos conversaciones, yo sugerí que para encontrar esa llamada literaria a la moral hace falta recurrir a los clásicos. Y nuevamente hubo confusión, porque tendemos a asociar el concepto clásico con ideas de antigüedad, de cosa intelectual difícil y aburrida, o de tradición rancia.
Pero yo me refería a esa otra idea que encierra la palabra clásico y que se refiere a aquello que por sus cualidades se convierte en un ejemplo digno de imitar o seguir. Me refería a esos “clásicos” que lo son no por antigüedad,  sino porque forman parte de la literatura eterna: Dostoievski, Flaubert, Wilde, Stevenson, Sandor Marai, Stefan Zweig, Virginia Woolf, Edith Wharton, Italo Calvino... por nombrar sólo algunos de mis favoritos.

Y es curioso que estos dos conceptos que fueron malinterpretados en las dos conversaciones, tengan entre sí una relación literaria tan estrecha, pues sin duda estas obras clásicas y eternas, se convierten en tales precisamente porque tienen, entre otras cosas,  un carácter moral, que se advierte en lo que con ellas aprendemos sobre nosotros mismos, nuestro mundo y nuestros actos. Y sobre nuestras palabras.


Jehan Georges Vibert, The committee on moral books, 1866
Jehan Georges Vibert, El comité de los libros morales, 1866


miércoles, 16 de marzo de 2016

El capricho del filósofo



No sé si conocen ustedes a Jeremy Bentham.
Hasta hace poco yo sólo sabía que era un filósofo británico. Pero hace ese poco, en un libro que nada tiene que ver con Jeremy Bentham leí una referencia a él que me sorprendió, me “inspiró viva curiosidad” y me llevó a querer saber más de este personaje.
Jeremy Bentham
Jeremy Benthan, 1827
Y resulta que, ahora que sé algo más, el buen señor me ha caído muy bien, y por eso quiero hablarles de él, por si no lo conocen, porque creo que a ustedes también les va a resultar simpático.

Jeremy Bentham nació en Londres en 1748, y fue un niño prodigio. A los tres años empezó a estudiar latín y a los doce estudiaba leyes en Oxford.
Pero no quiso ser abogado, porque las leyes de la época no le gustaban, y le pareció mejor escribir sobre cómo se podrían mejorar y hacerlas más justas.

En sus escritos Bentham defendía la reforma de las prisiones, el sufragio universal, la despenalización de la homosexualidad y el buen trato a los animales; la libertad de prensa y el debate público. También le preocupaban el bienestar de los desfavorecidos y las políticas sociales, y cuestionó la utilidad de las instituciones, los valores morales y religiosos,  etc.
Por otra parte, lo más destacado de su teoría filosófica es su concepto del utilitarismo, que consiste, dicho de manera simple, en que el criterio para determinar si una acción es correcta o no, será el “principio de la mayor felicidad”. Es decir, será correcto todo aquello que proporcione la mayor felicidad al mayor número de personas. Y como Bentham creía que lo que mueve al ser humano es el placer y el dolor, la felicidad consistirá en aumentar el placer y disminuir el dolor.  Y esta idea  es lo que debía servir como fundamento de las leyes. Ni más ni menos.

Pero lo más sorprendente de esta ilustre figura no es su mentalidad moderna y altruista, lo que ya sería suficiente para despertar nuestra simpatía. Lo más sorprendente es el capricho que tuvo para después de muerto; un antojo post mortem que consistía básicamente en que lo disecaran y lo expusieran en una vitrina.
Y así lo especificó en su testamento, donde dio instrucciones sobre cómo se debía cumplir su voluntad:

“El esqueleto se dispondrá de manera que la figura completa quede sentada en la silla que habitualmente he utilizado yo en vida, en la actitud  que adopto cuando estoy enfrascado en mis pensamientos mientras escribo.”

También especificó que “el esqueleto se vista con uno de los trajes negros que suelo utilizar”, y que  “el cuerpo así ataviado, junto con la silla y el bastón que he llevado en los últimos años, se coloquen en un mueble o vitrina adecuados”;  y añadió que a ese mueble se fijaría una placa grabada con su nombre y su fecha de defunción “en caracteres llamativos”.
A su figura así conservada la denominó “auto-icono”.
Por último, dejó escrito en su testamento que si sus amigos y discípulos tenían a bien reunirse cada año “con el propósito de conmemorar al fundador de la teoría de la mayor felicidad”, su albacea se encargaría de que el mueble o vitrina que contendría su auto-icono se llevara a la sala en la que fuesen a reunirse.

Jeremy Bentham auto-iconComo ya se imaginarán ustedes, sus amigos, su médico y sus abogados cumplieron estrictamente la última voluntad del finado, y hoy día, el auto-icono de Jeremy Bentham está expuesto, desde 1850 y en una especie de quiosco de madera, en un vestíbulo del University College London, para sorpresa o sobresalto de todo el que pasa por allí.
Conviene especificar que la cabeza del difunto quedó tan maltrecha después de embalsamada que resultaba terrorífica, y en una concesión al buen gusto se decidió sustituirla por una reproducción de cera. La auténtica, la orgánica, se conserva en una caja fuerte y sólo se puede contemplar en circunstancias muy especiales. Bueno, y también en internet.

Todo este asunto, claro, se presta al debate y a la especulación. Muchos creen que la intención de Bentham al pedir que sus restos se conservaran de este modo tan peculiar era simplemente gastar una broma de ultratumba; otros creen que era un arrogante y un creído; y otros que era una forma de cuestionar las concepciones religiosas de la vida y la muerte.

A mí me parece que quizá había un poco de todo, y también creo que Bentham, que era tan listo,  supo prever que la sociedad, en las décadas y siglos posteriores, se volvería cada vez más frívola, más olvidadiza y más indiferente a su propio pasado; y que, convencido como estaba de las bondades de sus teorías, quiso que las generaciones futuras no se olvidasen de ellas; que no quedasen reducidas a una lección más en los libros de texto. Y siendo, como parece ser que era, un filósofo guasón, pensó que la mejor manera de que se siguiese hablando de él, y por ende de su pensamiento, era darnos a nosotros, a los frívolos habitantes del futuro, un motivo a nuestra medida para que nos fijásemos en él.
¿O acaso no es eso lo que me ha pasado a mí?



old london engraving


sábado, 5 de marzo de 2016

¿Qué haré con ellos?


Hace un par de años leí Nadie acabará con los libros*,  donde Umberto Eco y Jean-Claude Carriere charlan sobre diversos temas relacionados con los libros: el coleccionismo, la evolución de los soportes, la censura a través de la historia, etc.

El último capítulo del libro tiene el explícito título de “¿Qué hacer con nuestra biblioteca cuando morimos?”, y en él los dos polímatas comparten ideas sobre lo que se puede hacer con los libros que dejamos tras de nosotros, y comentan sus planes personales para cuando llegue la hora.

Leyendo ese capítulo medité yo al respecto y sobre mis propios libros. Porque aunque mi modestísima biblioteca es una risa comparada con los cincuenta mil volúmenes de Umberto Eco o los de tantos grandes lectores y coleccionistas que andan por el mundo,  yo tampoco quisiera que un día mis queridos libros fueran simplemente a parar a un contenedor de reciclaje.

El mes pasado, cuando supe la noticia del fallecimiento de Eco, lo primero que pensé fue: “¿Y qué pasará ahora con sus libros?” Recordaba haber leído que el destino que él tenía previsto para su biblioteca era la donación. Releí el pasaje y en efecto, quería que su familia la donase a una biblioteca pública o la vendiese, completa, en una subasta, a una universidad.

Aparte de esto, dice Eco en el libro que en su testamento dejaría libros determinados a determinados amigos. Y también que tenía montones de ejemplares de sus libros en traducciones a diferentes idiomas y que muchos de ellos los había donado a las cárceles, donde hay presos de toda las nacionalidades.
Por su parte, Jean-Claude Carriere habla de la posibilidad de crear una fundación, como forma de que las instituciones oficiales se encarguen de conservar las bibliotecas de personalidades ilustres. Y respecto a sus propias colecciones,   dice que quisiera cederlas a museos o bibliotecas especializadas.

Así pues, parece que éstos son los destinos de las grandes bibliotecas cuando sus dueños ya no están para leer mucho: la venta, la subasta, la donación a diferentes entidades, y la creación de fundaciones.

Pero, claro, éstas son las soluciones para las colecciones de postín, para los libros que poseyeron los personajes célebres. A ellos les dejamos las grandes cifras y las soluciones trascendentes,  pero ¿qué se hace con los trescientos, los quinientos o los mil doscientos libros que puede tener una persona cualquiera? ¿Dejarlos simplemente atrás, a su suerte, al capricho del azar o a la decisión de unos herederos que quizá no sepan qué hacer con ellos?

En una ocasión conté aquí cómo llegaron a mis manos unos libros cuyos dueños quisieron asegurarse de que fuesen a un lugar donde estuvieran calentitos y a gusto.
Y espero que del mismo modo en que yo recibo ahora libros que pertenecieron primero a otras personas, los míos, incluidos estos heredados, vayan a parar algún día a otras manos interesadas.

No me gusta ponerme trascendental, y menos antes de tiempo, pero a veces es inevitable pensar en ciertas cosas e imaginar qué nos gustaría hacer en determinados momentos y circunstancias.
Por eso a veces he pensado que a mí me gustaría donar mis libros a las bibliotecas del instituto y la universidad en los que estudié, o a alguna biblioteca pública.

Pero antes de enviarlos allí, seleccionaría los más queridos y los regalaría a personas concretas, incluidas algunas de las que pasan por aquí. A veces incluso me entretengo en fantasear con esta idea y trato de decidir qué libros regalaría a cada quien, según lo que sé o creo saber de los gustos, intereses y personalidad de cada uno.

Otras veces, después de hacer este reparto mental,  pienso que quizá lo mejor que podría hacer con los restantes sería llevarlos simplemente a alguna librería de segunda mano, pero no para venderlos, sino para donarlos también. Me parece que dejarlos en esas estanterías que dan una segunda oportunidad a los libros y quizá una primera a muchos lectores, es la mejor manera  de que los libros sigan su trayectoria natural, que es ser vendidos y comprados, cambiar de manos, recorrer el mundo.

Porque me parece que los libros están con nosotros para cumplir una función: enseñarnos y acompañarnos, darnos consuelo y alegría y procurarnos una clase única de felicidad. Después, al cabo del tiempo, cuando su función con nosotros ya está cumplida, cuando ya no los podemos disfrutar,  han de ir a otros sitios, a otras personas. Así es cómo se mantienen vivos y cómo conservan su sentido.
Ésa es la naturaleza de todos los libros, aunque se trate de modestas ediciones económicas, fabricadas en serie, y no hayan pertenecido a ningún lector ilustre.


casa abandonada en Bélgica
Casa abandonada en Bélgica


* Editorial Lumen, 2010. Traducción de Helena Lozano Miralles

jueves, 25 de febrero de 2016

Un nuevo misterio en casa del señor Talbot

(segunda parte y final)


A la hora de costumbre empezaron a llegar los amigos de Talbot. Cuando estuvieron todos reunidos y después de intercambiar breves impresiones sobre diversos temas, Scott, el jefe de la policía, que tenía un aire entre altivo y sosegado muy adecuado para su puesto, dijo:
-Talbot, amigo mío, no hace falta ser policía, y mucho menos jefe de nada, para darse cuenta de que algo le preocupa. Espero que no haya sufrido ningún contratiempo serio.
­-Es cierto, señores, que estoy preocupado. Y bastante perplejo. He perdido, no sé cómo ni dónde ni cuándo, mi ejemplar de Las metamorfosis.
Y a continuación Talbot puso a sus amigos al tanto del percance.
        
El asunto era tan peculiar, y el libro tan valioso, que todos aportaron ideas, teorías y posibilidades sobre lo que podría haber ocurrido. E incluso hicieron una solidaria y afanosa búsqueda por todo el estudio. Dibujaban un escena muy pintoresca aquellos cinco hombres, ora agachados, ora arrodillados, metiendo la cabeza debajo de los sillones y detrás de los muebles; levantando cortinas y almohadones; mirando al techo en busca de inspiración y al suelo en busca del libro.
Pero fue inútil. El precioso ejemplar de Ovidio no apareció.

Al día siguiente Talbot ordenó al servicio buscar por toda la casa, incluso en los lugares más absurdos, como la alacena y el lavadero. Mientras tanto, él mismo y el jardinero recorrieron los parterres, removieron la hojarasca y miraron en cada seto, en cada macizo de flores y en cada alcorque. Pero de nuevo la búsqueda no dio ningún resultado: el libro parecía haberse evaporado como el aroma de un perfume barato.
Con gran pesar de su corazón, Talbot se rindió y dio el libro por perdido. Se dio todas las explicaciones que se le ocurrieron, incluso que el gato que rondaba siempre por el jardín, y que nadie sabía de dónde procedía, se había llevado el libro por algún motivo animal, con lo que ahora esa joya de la literatura y de la imprenta yacería en algún inmundo agujero, con consecuencias que prefería no imaginar. Y así, resignado a quedarse sin el libro y sin explicación, Talbot dejó de buscar, aunque su corazón nunca perdió la esperanza de que su Ovidio apareciera algún día, de  manera tan inusitada como desapareció.

Transcurrió el tiempo, y un día, al cabo de un año, tuvo lugar en el jardín un prodigio que maravilló a Talbot y que llevó a Pedro, el veterano jardinero, al borde de las lágrimas de emoción. Por su parte, Casilda, sin apreciar lo portentoso del fenómeno, sólo exclamó con naturalidad: "¡Ay, qué bonito, señor!"

Cuando por la tarde llegaron sus amigos, Talbot, muy conmovido, les dijo:
-Caballeros, vengan conmigo al jardín y sean testigos de algo que sólo podrán creer si lo ven. Y aun así, les resultará difícil.
Salieron los señores al jardín y Talbot los condujo hasta el manzano injertado. En seguida vieron que el árbol había dado frutos por primera vez después del experimento, y que a consecuencia de ello estaba lleno de manzanas de distintas variedades: rojas, verdes y amarillas; dulces y ácidas…, tal y como Talbot había esperado. Pero además había otras manzanas de una clase desconocida: unas manzanas azules con reflejos dorados.
Para asombrar más aún a sus atónitos amigos, de una rama baja Talbot cogió una de esas manzanas, y con una pequeña navaja la partió y mostró las dos mitades.
En el primer momento, los hombres hicieron un gesto de rechazo ante lo que Talbot les mostraba.
–No, no, fíjense bien, caballeros, no es lo que parece.
Y, en efecto, no era lo que parecía.  La carne de la manzana, de color pajizo como el pergamino, estaba marcada por líneas oscuras que, a simple vista, parecían la señal de la descomposición o los sutiles senderos que trazan  los insectos cuando devoran. Pero al mirar con más atención, los amigos de Talbot apreciaron, deslumbrados e incrédulos, que aquellos rastros  no se debían a nada tan  vil, sino que eran en realidad producto de algo superior, de algún proceso incomprensible y excelso.
Porque lo que veían en la manzana eran palabras impresas, palabras en latin que formaban versos, versos tal y como los que escribió Ovidio para narrar  las mágicas metamorfosis de los dioses.




La sabiduría del universo ( Christi Belcourt, 2014)

sábado, 20 de febrero de 2016

Un nuevo misterio en casa del señor Talbot

Cuento (primera parte)


El señor Talbot era un hombre de hábitos muy arraigados. Después de pasar dos o tres días en su casa, cualquiera sería capaz de predecir sus acciones según la hora que fuese.
Por las mañanas, después de desayunar, despachaba con su secretario los asuntos del día, y a continuación salía un rato al jardín. Últimamente estaba muy entusiasmado con un manzano que había mandado injertar. Le parecía muy emocionante poder modificar el árbol para que diese distintas variedades de manzanas. Pero aparte de este novedoso capricho botánico, su costumbre era  leer sentado en uno de los bancos,  pasear por los senderitos, contemplar las pérgolas y el estanque, y solazarse con el trinar de los pájaros que habían establecido su residencia en tan placentero vergel.

Volvía  a entrar en la casa a la hora de almorzar, y después de la comida se sentaba ante la chimenea de su estudio, con una pipa y una copa de licor.  Mientras fumaba y bebía se dedicaba a contemplar con deleite su maravillosa colección de cuadros, o a estudiar los catálogos de las subastas del mes en curso, o a leer otro rato, y así hacía tiempo hasta la hora en que llegaban sus amigos para su habitual tertulia vespertina.

Efectivamente, Talbot era por completo predecible, y le gustaba que las cosas sucedieran tal y como él las tenía previstas.

Detestaba lo inesperado, lo que rompiese la rutina, lo que lo obligase a improvisar. Por eso aquel día del que vamos a dar cuenta a continuación, Talbot lo pasó nervioso y alterado como los pececillos de su estanque cuando se acercaba el gato.

Resultó que después de comer fue al estudio, se preparó la copa de licor y la pipa y, antes de sentarse en su sillón, delante de la chimenea, fue a coger el libro que por la mañana había llevado consigo al jardín. Se dirigió sin pensarlo al aparador, el que estaba debajo de aquel magnífico y sorprendente cuadro de Spiers. Allí, encima del aparador, era donde dejaba siempre el libro que tenía entre manos en cada momento. Sin embargo, en esta ocasión, el libro no estaba allí. 

Un poco desconcertado miró a su alrededor por ver si, inexplicablemente, lo había dejado en la mesa, encima de alguna silla, en la repisa de la chimenea. Aunque eso no hubiera sido propio de él, estaba dentro de lo posible. Pero no, el libro no estaba en el estudio. Pensó entonces que quizá lo llevó hasta el comedor cuando entró del jardín para almorzar. O, tal vez, supuso con temor, se había quedado en el jardín. Talbot se estremeció ante la posibilidad de haber dejado a la intemperie, encima del banco, debajo del manzano, su ejemplar de Las metamorfosis de Ovidio. Su precioso ejemplar de tapas azules, letras doradas y filigrana floral. Su valiosa edición de 1775, impresa en Londres por  Paddington-Collier.

Presa de un nerviosismo impropio de un hombre de mundo como él, se sintió incapaz de correr al jardín para rescatar el libro lo antes posible, si es que en verdad estaba allí. Porque la posibilidad de encontrar el libro marcado por el impacto de una manzana, por muy newtoniana que pudiera resultar la imagen, lo llenaba de terror. E imaginar la delicada encuadernación manchada con los innobles desechos de algún pájaro, lo paralizaba de espanto.
Pudo sin embargo reaccionar lo suficiente como para tirar del cordón que hacía sonar una campanilla en la cocina, y al poco apareció Casilda, la asustadiza y tarda doncella que, aunque hacendosa y limpia como nadie, no era precisamente una persona adecuada para la resolución de problemas de ingenio.
–Casilda, dígame –empezó Talbot con fingida paciencia–, ¿ha visto usted por casualidad un libro de tapas azules en el comedor?
–No, señor,  yo no he visto ningún libro.
–¿Está segura, Casilda? Es posible que yo lo haya dejado olvidado encima de la mesa durante el almuerzo.
–Si hay un libro en la mesa, yo me doy cuenta, señor. Porque en la mesa no se ponen libros.
–Claro, claro, Casilda, así debe ser. Pero, ya le digo, es posible que yo, no usted ni nadie del servicio, yo, me lo haya dejado allí olvidado.
–¿Y dice usted que es un libro azul?
–Eso es, un libro azul y con letras doradas.
–No, estoy segura de que no había ningún libro azul, señor. Ni de otro color tampoco.
Talbot respiró hondo, como hacía siempre que hablaba con Casilda, y aceptando que la despistada muchacha no se equivocara, le dijo:
–Bien, Casilda, muchas gracias, y hágame el favor de decirle al jardinero que venga.
–¿A Pedro, señor?
–Sí, a Pedro, el jardinero. Gracias.

Después de hablar con el jardinero, que había estado revisando los injertos del manzano hasta ese momento y no había visto tampoco ningún libro, Talbot se sintió aliviado, pero mucho más perplejo que antes por la misteriosa desaparición.

(Continuará)
(Aquí, un misterio anterior en casa del señor Talbot)

jueves, 11 de febrero de 2016

Palabras de alto copete



Hay palabras para todos los gustos y de todas las clases: bonitas, feas, sonoras, planas, graciosas, sosas… Y hay también palabras humildes y palabras aristocráticas. Palabras modestas, sin pretensiones, palabras de diario, como casa, lápiz, móvil, lechuga… y palabras de postín, de esas que sólo están al alcance de eruditos y sabiondos. 
Cuando nos encontramos con ellas nos preguntamos de dónde habrán salido, dónde habrán estado todo el tiempo, y, en casos muy graves de adicción léxico-semántica, cómo hemos podido ser felices hasta ese momento sin tener conocimiento de ellas.

Últimamente han llegado a mis ojos algunas de esas palabras postineras, de las cuales tres me han causado especial impacto.
Se trata de icástico,  polímata y concinidad, ante cuya sonoridad y contundencia no pude quedarme indiferente.

Icástico significa “natural, sin disfraz ni adorno”, y se refiere a la representación o imitación de la realidad tal como es.  La imitación icástica (por ejemplo, el arte realista) es por lo tanto opuesta a la imitación fantástica. 
El lenguaje también tiene una función icástica, o mimética: las palabras representan o evocan los referentes, es decir, los objetos o conceptos a los que designan. Por eso mismo, y por ejemplo, una traducción ha de ser icástica respecto al texto original. 


Una imagen icástica
de Galileo
Polímata es una persona con grandes conocimientos en diversas materias científicas o humanísticas.  
Grandes polímatas de todos los tiempos son, por ejemplo,  Leonardo, Galileo, Aristóteles, Karl Marx, Einstein  y Umberto Eco.

Concinidad significa armonía, elegancia, belleza de estilo, el equilibrio que se consigue con la simetría y el paralelismo de elementos.
Es un concepto que se aplica  a la escritura, a la retórica y a la arquitectura.

Es interesante, claro está,  conocer los significados de las palabras que se cruzan en nuestro camino, aunque quizá no las vayamos a utilizar mucho; pero también es muy interesante saber de dónde salen estas palabras, de dónde vienen. 
A mí me parecen tan misteriosas, tan bien elaboradas y tan intrigantes, que quiero saber algo más de ellas, desvelar algunos de sus secretos, porque al conocer su porqué y su cómo aprecio aún más su belleza y su interés. 

Y, en efecto, me ha gustado mucho saber que icástico deriva del griego eikastikós, que significa “relativo a la representación de los objetos”;  que polímata viene del latín polymathes (“que sabe mucho”) y que este término  a su vez deriva de las formas griegas poly -mucho- y mathema -conocimiento-. Y también  que concinidad  proviene del latin concinnitas, (estilo elegante, bello), que deriva a su vez de concinnus (inteligente, elegante, ordenado, limpio, hermoso, placentero).

Y que cuando el término concinidad se aplica a un texto hace referencia a la belleza del estilo, a la hábil conexión de las palabras y las frases, y al buen orden y disposición del discurso.

Como la cuestión de la escritura me interesa especialmente, esta palabra me importa mucho. Y el conocerla me ha llevado a pensar, una vez más,  en los secretos de la escritura, en los misterios que hacen que un texto nos produzca deleite o no, independientemente de aquello de lo que hable; o que dos textos nos causen impresiones diferentes aunque hablen de lo mismo.
Y una vez más llego a la conclusión de que la forma importa; de que no sólo nos gusta un texto por lo que dice, sino también por la forma en que lo dice.

Y me llama la atención, pero no me sorprende, que toda esta idea de la concinidad, de lo que hace que un texto nos resulte deleitoso, derive, en primera instancia, de cinnus, que significa cómodo, agradable
Y es que leer un texto primoroso es como recostarse en un diván de mullidas y cálidas palabras.


Reading a story (Thomas Sully, 1783-1872)