jueves, 25 de septiembre de 2014

El lenguaje tiene sentimientos

 
¿Conocen ustedes el chiste del científico y la araña? Sí, el del investigador que dejaba a una pobre araña sin patas y le decía: “Ven, arañita, ven aquí”, y que, observando la inmovilidad de la araña, llegaba a una conclusión irrefutable: cuando la araña pierde las patas se queda sorda.
Desde pequeña yo –me imagino que como muchas personas-  he tenido también  la tendencia a desarrollar mis propias teorías científicas sobre diferentes fenómenos del mundo y de la vida que me llamaban la atención. Yo observaba –en ocasiones inconscientemente- alguna circunstancia, y cuando esa circunstancia se repetía varias veces, llegaba a una conclusión, normalmente siguiendo el mismo estilo de pensamiento que el científico del chiste.
Pero de vez en cuando, para mi satisfacción y sorpresa, me he encontrado con que algunas de esas teorías mías, esas conclusiones intuitivas y deslavazadas, tenían algo de lógica y de sensatez.
Es lo que ocurre con una teoría que elaboré –o más bien intuí- cuando estaba en la universidad, relacionada con las lenguas extranjeras y la expresión de ciertas emociones.
Una de las primeras veces que pensé en ello fue estando en casa de una amiga mía, de padre español y madre inglesa. La madre de mi amiga hablaba español con poca soltura, pero lo usaba con frecuencia, y hablaba en español o en inglés dependiendo de las circunstancias. El inglés lo usaba indefectiblemente cuando estaba enfadada, cuando se quejaba de algo o cuando les regañaba a sus hijos.
Esto me hizo pensar que para ella el español, por no ser su lengua materna, no tendría suficiente fuerza, suficiente carga de significado como para sentir que sus emociones quedaban expresadas con la contundencia necesaria.
También estaba el hecho, según me contó mi amiga, de que cuando la buena señora intentaba regañar en español, al hijo pequeño le daba la risa. Y supuse entonces que esto se debía a lo mismo: a que el chiquillo percibía que aquella regañina, expresada en un idioma ajeno a quien regañaba, no resultaba seria ni creíble para nadie.

En ocasiones posteriores tuve la oportunidad de observar casos parecidos, en los que personas bilingües utilizaban su segundo idioma con soltura  pero cambiaban automáticamente a su lengua materna cuando necesitaban expresar determinados pensamientos o sensaciones con una carga emocional intensa. Parecía que a pesar de  que conociesen las palabras y expresiones necesarias para expresar sus emociones en su segundo idioma, este no era suficiente. Es decir, para expresar determinadas sensaciones e intenciones no bastan las palabras, sino que son necesarios también los sentimientos y la emotividad que  van asociados sólo a la lengua materna.
Y si esto me parecía interesante, más aún me fascinaba el caso contrario, es decir, el hecho de que expresar ciertas ideas o pronunciar ciertas palabras resultara más fácil en el idioma extranjero que en la lengua nativa. Me refiero concretamente a las “palabrotas” y las expresiones malsonantes en general.  Estas palabras tienen una gran carga emocional, moral y cultural; no son cualquier cosa, no las utilizamos en cualquier contexto ni en cualquier ocasión.
Por eso mismo, pensaba yo, debía de resultar más fácil, menos comprometido, utilizar sus equivalentes extranjeros, porque nuestra conexión con esas palabras extranjeras es mucho más débil, mucho menos profunda o íntima, y por lo tanto nos parece que tienen menos significado, menos potencia emocional.
Esta era la sensación que yo tenía, la teoría inarticulada que daba vueltas en mi cabeza como un trapo en la lavadora, y que no me habría atrevido a compartir con nadie.

Pero ahora sé que mi idea tenía fundamento y que a este fenómeno que yo observé espontáneamente los expertos lo llamaron, años después,  Emotion-Related Language Choice (ERLC), y se refiere exactamente al hecho de que las personas que hablan más de un idioma eligen su lengua materna o una segunda lengua según quieran expresar sus emociones con mayor o menor implicación afectiva.
Según un experimento que se ha realizado recientemente, un grupo de estudiantes polacos que tienen el inglés como segunda lengua, se sintieron muy incómodos al tener que expresar insultos racistas en su lengua materna, y en cambio les resultó muy fácil expresarlos en inglés.
 
La conclusión parece ser que nuestro bagaje emocional, cultural y moral está impreso en nuestra lengua materna y no en los idiomas que aprendemos posteriormente. Por eso nos resulta más fácil ser maleducados o groseros en otro idioma, ya que en una lengua extranjera aprendida las palabras  relacionadas con las emociones y los sentimientos nos resultan más tenues, más abstractas, menos  conectadas con nuestro mundo emocional.
Dicho de otro modo, el utilizar una lengua extranjera nos libera de las restricciones e implicaciones sociales y culturales  relacionadas con  determinadas palabras.
 
 
Por eso creo yo que esta teoría, este fenómeno de la ERLC, se produce también cuando se trata de expresiones cariñosas que nos pueden resultar algo comprometedoras o embarazosas en nuestra lengua. Es decir, nos puede resultar más fácil o más cómodo decirle a alguien palabras mimosas en otro idioma que en el propio, porque tanto para nosotros  como para la otra persona, esas palabras o expresiones extranjeras estarán menos cargadas de contenido afectivo, no tendrán las mismas connotaciones que las de nuestro propio idioma, y nos permitirán por lo tanto mantener una cierta distancia emocional con lo que expresamos.
Y es que, según han sugerido recientemente algunos investigadores*, las expresiones y palabras que por alguna razón nos incomodan o nos cohíben, hacen que se active un mecanismo que bloquea y dificulta el acceso a nuestra lengua materna, mientras que este bloqueo no se produce con  las palabras de nuestra segunda lengua.
Con razón dice la lingüista Anna Wierzbicka que conocer dos idiomas significa vivir en dos mundos emocionales  diferentes. 

El lenguaje es portentoso y espectacular. Ya hemos dicho aquí otras veces que el lenguaje es el verdadero motor del mundo, lo que hace que funcione y lo que ha hecho posible la evolución del ser humano, las sociedades y las civilizaciones.
Pero lo más admirable de todo es que esta capacidad nuestra para expresarnos mediante unos pocos sonidos articulados, siendo algo tan íntimo, tan inherente al ser humano y tan cotidiano, no deja de sorprendernos y de dar nuevas muestras de su tremenda y maravillosa complejidad, y de su influencia no sólo en nuestro pensamiento sino también en nuestros sentimientos.
 

 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Palabras insensatas


En una ocasión una alumna mía, una niña de nueve años, me preguntó si yo conocía “todas las palabras del inglés”.
Le dije, lógicamente, que no, que es imposible conocer todas las palabras de un idioma, ni siquiera del propio. La niña se sorprendió mucho al oírme decir eso, y su sorpresa quedó expresada cuando respondió: “Pues yo conozco todas las palabras del español… ¿tú no?”
Entonces yo, entre didáctica y bromista, le pregunté si sabía qué significaba la palabra idiosincrasia. Fue genial ver la cara de la niña, que me miró como si yo acabase de revelarle el sentido de la vida.
En realidad algo de eso había –y perdonen ustedes la exageración-, pues lo cierto es que la chiquilla acababa de descubrir un mundo nuevo: el de las palabras que están más allá del vocabulario que usamos a diario y que manejamos con absoluta familiaridad.

A diferencia de mi alumna, yo, de niña, nunca pensé que conociera todas las palabras de nuestro idioma. Al contrario, sufría mucho porque había una cantidad enorme de palabras y frases que escuchaba y veía escritas por aquí y por allá y cuyo significado no lograba discernir.
Confundía, por ejemplo,  los significados de las palabras divorciarse y suicidarse.
Recuerdo que una vez vi, en un kiosko de prensa, la portada de una revista en la que, junto a la foto de una bella señora, se leía: “Fulanita de Tal se divorcia”,  y que pensé que era una pena que siendo tan guapa, famosa y seguramente rica, hubiera decidido quitarse la vida.
Pero lo que más me desconcertaba eran ciertas expresiones hechas que me parecían tan incomprensibles y absurdas que llegué a pensar que la gente las decía mal, que tenían que ser de otra manera. Y no es que yo me creyera más lista que los mayores, en absoluto; es que alguna explicación tenía que haber para aquella incomprensibilidad.
 
Una frase que me desesperaba especialmente era dentro de lo que cabe.
Me devanaba la sesera dándole vueltas a aquello. ¿”Dentro de lo que cabe”? Pero, ¿lo que cabe no es lo que está dentro? ¿No debería ser “ de lo que cabe dentro?” Y así me pasaba un rato.
 
También me resultaba muy extraña la expresión merece la pena, y no comprendía por qué la gente decía cosas como “merece la pena levantarse temprano”.  Yo creía entender que el hecho de levantarse temprano -o lo que quiera que fuese- merecía que sintiéramos pena. Y claro, no veía lógico que lo dijeran tan contentos y acordaran levantarse a las ocho para ir de excursión. ¿Es que querían ponerse tristes o qué?
Más o menos lo mismo me ocurría con mejorando lo presente. Yo entendía que eso se decía como un cumplido, porque veía que los aludidos lo agradecían,  pero en realidad a mí me parecía un insulto: “Pepita López es encantadora, mejorando lo presente.” Y yo entendía que la bella Pepita era mejor que las señoras presentes.
Desconcertante, ¿no?
Lo más curioso de todo esto es que yo no preguntaba por el sentido de esas frases, no pedía que me las explicaran, y no sé por qué. Quizá es que daba por hecho, intuitivamente, que las frases eran absurdas, que se decían por costumbre y sin reparar en su insensatez.
También me mortificaron mucho las expresiones ceda el paso (eso tenía que estar mal por fuerza) y admón de loterías (¿qué será un admón, madre mía?).
Sí, esas expresiones me hicieron sufrir mucho durante mucho tiempo, pero recuerdo el día en que oí a alguien decir “… en la administración de loterías”. En aquel momento la palabra admón. cobró todo su sentido y fue tal la satisfacción que sentí con este descubrimiento que me pareció que un gran telón se levantaba y que ante mi ojos se alzaba el arcoíris refulgente del discernimiento. Qué momento, señores.
Quizá esto explique por qué no preguntaba yo a mis mayores por el sentido de esas palabras y expresiones: la satisfacción de descubrirlo por mí misma era tan gratificante que merecía la pena esperar.

 

 

lunes, 25 de agosto de 2014

Ingredientes para un enigma


¿Se imaginan ustedes que existiera un libro escrito en un idioma que nadie entendiera? ¿Y que estuviera además lleno de  dibujos y gráficos que nadie supiese interpretar?
¿No sería intrigante un libro así, de factura medieval, de cuidada caligrafía y vivo colorido, que hubiera llegado hasta nosotros sin título, sin fecha y sin nombre de autor?
Pues lo cierto es que tal libro existe, y que no son estos los únicos hechos  interesantes relacionados con él.
Pensemos ahora  en un joven polaco, químico de formación, que por motivos políticos fue encarcelado y deportado a Siberia en 1885;  que cinco años después consiguió escapar y que tras diversos avatares consiguió llegar a Londres, donde se estableció definitivamente y comenzó una nueva vida como coleccionista y vendedor de libros  antiguos y curiosos.
El joven se llamaba Wilfrid Voynich.
 
Ahora nos vamos a Italia. Allí, en la ciudad de Frascati, había un antiguo edificio llamado Villa Mondragone, que pertenecía a la Biblioteca del Vaticano y que los  religiosos jesuitas habían convertido en escuela privada. A principios del siglo XX, necesitados de dinero, los religiosos  decidieron  vender parte de los fondos de su biblioteca. Ante tal reclamo para bibliófilos no es de extrañar que Voynich viajara hasta allí y acabara comprando una buena cantidad de manuscritos.
Entre ellos estaba el libro indescifrable, que desde poco después sería conocido como Manuscrito Voynich.
 
Esto ocurrió en 1912 y desde entonces hasta hoy el manuscrito Voynich ha seguido siendo un verdadero misterio sin resolver.
Muchos expertos, incluido el propio Voynich, trataron de descifrar el contenido de sus páginas, y tan imposible resultaba que algunos decidieron que el libro era una falsificación, que el idioma en el que estaba escrito era una lengua inventada y que en realidad no había nada que descifrar porque no significaba nada.
Se llegó incluso a acusar al propio Voynich de ser el autor del fraude, de haber creado un falso libro antiguo.
Sin embargo, investigaciones posteriores permitieron datar con certeza el manuscrito en  el siglo XV. Y también se  averiguó que el lenguaje  en el que está escrito tiene rasgos en común con las lenguas naturales. Es decir, no era un lenguaje inventado, sino un idioma real codificado.
 
Esto llevó a pensar que el libro pudiese ser un tratado de alquimia, pues los alquimistas, considerados herejes, publicaban sus estudios e investigaciones en textos cifrados. Pero teorías sobre el contenido y el idioma del libro hay otras muchas, como la que afirma que se trata de una obra de juventud de Leonardo da Vinci;  la que propone que se trata de un manual de higiene escrito en alemán medieval y en espejo, es decir, con la caligrafía invertida; la que asegura que es un texto escrito en un idioma secreto y que Jesús entregó a Judas; o mi favorita, según la cual el manuscrito Voynich es un libro llegado del futuro, escrito en hebreo cifrado y que trata sobre tecnología alienígena.

A pesar de todos los intentos, serios o disparatados, por descifrar el enigma, Voynich murió en 1930 sin saber cuál era el mensaje de su libro.
El siguiente propietario del manuscrito fue un coleccionista americano, Hans Peter Kraus, que lo compró a los herederos de Voynich en 1961, y que en 1969 lo donó a la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, donde se conserva en la actualidad.
 
Y de actualidad vuelve a estar el manuscrito Voynich en 2014.
El pasado mes de febrero se anunció que Stephen Bax, lingüista de la universidad de Bedfordshire y experto en manuscritos medievales,  ha conseguido penetrar en el misterio del libro y dar con la clave para desentrañarlo, utilizando minuciosas técnicas de análisis lingüístico.
Así ha logrado decodificar nueve palabras, correspondientes a nombres de estrellas y plantas como tauro, centaurea, algodón o eléboro.
Según el catedrático, estas palabras, que pueden ser el punto de partida para descifrar el texto completo, llevan a pensar que el manuscrito Voynich es probablemente un tratado sobre la naturaleza y que está escrito en alguna lengua oriental.
Qué emocionante tiene que ser descubrir el misterio de un libro cuyas páginas han permanecido en silencio durante 600 años.
Qué emocionante debió de ser para Wilfrid Voynich intuir la importancia del manuscrito que le había comprado a los frailes italianos.
Y qué emocionante es imaginar a alguien, perdido en el tiempo, escribiendo esas páginas, llenándolas con palabras secretas y dibujando, a la pobre luz de una vela, enigmáticas figuras. Alguien queriendo dejar testimonio de sus ideas; queriendo preservar, con enorme esfuerzo y dedicación, lo que sabía de su mundo  que es también el nuestro. 
               


 

lunes, 11 de agosto de 2014

Nabokov se equivoca


Necesito que tú, lector, nos imagines,
 porque nosotros no existimos si no existes tú.
Vladimir Nabokov. Lolita.


Por un momento voy a atreverme a llevarle la contraria a Nabokov. Porque yo creo que los personajes literarios, algunos al menos,  tienen vida propia y por lo tanto existen sin necesidad de los lectores.
Y no me refiero, claro está, a la vida que tienen dentro de los libros, sino a una vida “de verdad”, independiente de las historias en las que los conocemos.

A veces me imagino que existe una dimensión diferente, un universo paralelo al nuestro, un mundo simultáneo en el que viven seres reales, y que los personajes que encontramos en los libros son el reflejo literario de esos seres.
Porque si no fueran reales sería  imposible que resultaran tan verdaderos, tan creíbles, por increíbles que puedan parecer; tan auténticos y tan vivos que inspiran en nosotros los mismos sentimientos que nos inspiran nuestros semejantes, de cuya existencia no tenemos duda.
Así pues, decidido: los personajes literarios son reales y viven en algún sitio.

Bueno, esto no es más que una teoría fantasiosa, claro está, pero lo cierto es que existen personajes en la literatura que atraen a los lectores de manera extraordinaria. Y algunos de esos personajes llegan a tener tal carácter, tal identidad por sí mismos, que se convierten en figuras autónomas e independientes de la obra literaria en la que nacieron y del autor que los creó.
Es el caso de Don Quijote, Hamlet, Sherlock Holmes, Mister Scrooge, Emma Bovary, Edmundo Dantés, Ana Karenina, Alicia… y de otros quizás menos recurrentes pero igualmente simbólicos, como Atticus Finch, Gregor Samsa, Holden Caulfield, Lázaro de Tormes, esos otros en los que están ustedes pensando y algunos más.

Pero aparte de estos grandes nombres, de estos personajes universales, hay otros que destacan mucho menos, que no siempre aparecen en las listas ni en los recuentos, que se quedan modestamente en segundo plano, pero que son igual de importantes, o incluso más, para lectores determinados.
Son los favoritos de cada uno de nosotros, los personajes que nos deslumbran inesperadamente, los que nos llegan al corazón por sorpresa, los que quedan en nuestro recuerdo aun después de que olvidemos las historias en las que los encontramos.
De estos personajes he conocido, como ustedes, a unos cuantos, pero hoy nombraré sólo a dos de ellos: Arturo Bandini y John  Harper.

Arturo Bandini tendría que caerme mal, por desconsiderado y arrogante. Era lo que estaba previsto cuando empecé a leer Camino de Los Ángeles, una de las cuatro novelas que John Fante le dedicó.  Pero, al contrario, me inspira una gran ternura. Está tan solo y tan perdido, buscando como puede su lugar en el mundo, aplazando sus sueños y siempre en conflicto con los demás y consigo mismo, que resulta conmovedor. No sabe comportarse ni relacionarse con los demás, pero eso no lo hace malo, es que no ha tenido dónde ni con quién aprender. Y parece que cuanto más se esfuerza por resultar un tipo duro, más frágil y desvalido lo veo.
Bandini es tan interesante, tan complejo y está tan vivo que no es posible que sea una mera ficción. Tiene que existir en algún sitio.

John Harper tiene nueve años y una responsabilidad tremenda: proteger a su hermana del ogro y guardar el secreto que le confió su padre antes de que lo condenaran a muerte.
Este chiquillo tan asustado y tan valiente me ha robado el corazón  desde las páginas de  La noche del cazador, de Davis Grubb.
Al hablar de esta novela es inevitable referirse a la maravillosa película de Charles Laughton y a la interpretación que hace Robert Mitchum del siniestro predicador Harry Powell.
Pero en la novela no es el predicador el que me hace pasar las páginas con entusiasmo,  sino John, el huérfano dickensiano, el niño perdido de cuento de hadas. El héroe involuntario, que agotado y muerto de miedo sigue adelante, fiel a su palabra y al recuerdo de su padre, es el que me sorprende y el que me conmueve.
Yo estoy convencida de que este niño está en ese limbo literario, en ese mundo alternativo en el que viven los personajes que no necesitan de los lectores para existir.

Y ustedes, ¿qué personajes tienen en el corazón? ¿Qué personajes les son tan queridos que les parecen personas reales?
 

 Alice in Wonderland (George Dunlop Leslie,1879)
 
 


miércoles, 30 de julio de 2014

Cuento. Yin Bai, siempre puntual

 
Yin Bai  era el empleado más puntual de su empresa. Y probablemente de toda la ciudad. En diez años no había llegado tarde ni una sola vez. Y no solo no llegaba tarde, sino que llegaba con tiempo de sobra, sin prisas ni carreras.
Cada mañana se levantaba a la misma hora, como un gallo, desayunaba, se acicalaba y partía hacia el trabajo a ritmo de paseo.
Cuando empezaban a llegar sus compañeros él ya estaba en su mesa con las tareas del día organizadas.
-Siempre puntual, Yin –le decían unos.
-No hay quien te haga sombra, Bai –le decían otros.
Y Yin Bai sonreía ufano, orgulloso de su puntualidad sin tacha.
Lo más curioso de este asunto era que Yin Bai no tenía despertador.
-¿Y cómo te las apañas para levantarte a tiempo? –le preguntaban los compañeros.
Y él respondía que todo era cuestión de disciplina y que cada noche al acostarse, se ordenaba a sí mismo despertarse a una hora determinada; y que el cuerpo y la mente, doblegados por la rutina y por el sentido de la responsabilidad, obedecían sumisos de manera natural. Y añadía:
-Se trata de programar el reloj biológico. No hace falta otro reloj.
Y los compañeros lo miraban con admiración, subyugados por la sabiduría y la espiritualidad que desprendían sus palabras.
 
Sin duda Yin Bai era un hombre disciplinado y responsable como él solo. Y bastante metafísico también.  Pero el verdadero motivo por el que no tenía despertador no era su espiritualidad ni su dominio del cuerpo y la mente.
El verdadero motivo era algo de lo que nunca hablaba. Pues lo cierto era que Yin Bai era también algo supersticioso y bastante asustadizo. No soportaba el martilleo agudo y enervante del despertador, pero no porque le resultara irritante, como a todo el mundo, sino porque le daba miedo.
Y es que Yin Bai estaba convencido de que por las noches, mientras dormimos, el alma abandona el cuerpo para viajar al mundo de los sueños. Y también estaba seguro de que el alma necesita tiempo para volver y estar de nuevo en su sitio cuando el cuerpo despierte.  Así que si el cuerpo se veía obligado a despertar bruscamente, el alma no tendría tiempo de regresar. Y a Yin le aterraba la idea de despertar sin alma, sin emociones, convertido en un mero cuerpo vacío, una cáscara ambulante, un muerto interior.
Un día llegó a la empresa una nueva empleada. Se llamaba Song See y no era, ni mucho menos, la muchacha más hermosa que Yin hubiera visto jamás. Pero se enamoró de ella en seguida. Son cosas que pasan.
Con el transcurso de los días, el trato amable que ambos se profesaban y el descubrimiento paulatino de gustos e intereses en común, Yin y Song se hicieron muy  buenos amigos.
Y como Yin estaba enamorado y Song mostraba cada vez más simpatía por él, Yin empezó a sentirse un tanto alterado: estaba distraído, le costaba concentrarse y le fallaba el apetito.
Yin sabía a qué se debía este estado emocional, por lo que no se asustó mucho, pero lo malo era que su famoso reloj biológico, ese mecanismo infalible en el que confiaba plenamente, empezó a desajustarse.
Tanto era así que su consabida puntualidad desapareció y se hizo habitual que llegara a la oficina con el tiempo justo, casi tarde.
-Yin, ¿qué te está pasando? -le decían los compañeros entre risas-. ¿Se ha quedado sin pilas tu reloj biológico?
Y Yin, desconcertado no por las bromas sino por la razón que las motivaba, empezó a preocuparse. ¿Qué pasaría si continuaba así, si empezaba a descuidar sus rutinas y a llegar tarde al trabajo? ¿Es que ya no podía confiar en su reloj interno?
Un viernes de primavera Song le propuso a Yin ir de excursión el domingo, invitación que él aceptó con muchísimo gusto y bastante temor. ¿Cómo estar seguro de que se levantaría a tiempo?
“No me queda más remedio”, se dijo, “que tomar una decisión drástica, como los grandes héroes de la historia”. Y tragando saliva pensó: “Tengo que arriesgar mi alma, pero merecerá la pena.”
Y fue a la tienda de electrónica y compró un despertador.
Aquella noche, por primera vez en su vida, Yin Bai puso un despertador en su mesita de noche y programó la alarma.
Se acostó y, a pesar de sus temores, quizá por el agotamiento que le producían sus inquietudes, se quedó dormido muy pronto.
 
Sin duda esa noche su alma voló al mundo de los sueños como todas las noches, y cuando el despertador sonó, Yin abrió los ojos sobresaltado y desconcertado. Durante unos segundos no se atrevió a moverse ni a respirar siquiera.
Pero enseguida se dio cuenta de que no se notaba vacío, de que no había perdido su alma por el brusco despertar,  como había temido toda su vida,  sino todo lo contrario: se sentía repleto de ilusión y más vivo que nunca.
 
 

 

domingo, 20 de julio de 2014

No nos pongamos fonéticos

 
Uno de los aspectos de la lengua española que más gusta a los extranjeros que estudian nuestro idioma es que la ortografía les resulta muy fácil, porque es “muy fonética”. Es  decir, que entre la forma en que se escriben las palabras y la forma en que se pronuncian hay una correspondencia casi exacta: al contrario de lo  que ocurre en muchos otros idiomas, en español la m con la a siempre se pronuncia ma; la p con la o siempre se pronuncia po, etc.
 
Antonio de Nebrija (siglo XV),
el primer ortógrafo español
Es cierto que hay algunos escollos en ese mar tranquilo, como la h, que se escribe pero no se pronuncia; la existencia de b y v, que siendo grafías diferentes representan el mismo sonido; las combinaciones ge y gi, que suenan igual que je y ji, y algunos otros casos similares, que nos obligan a aprender específicamente que determinada palabra se escribe de una manera y no de otra.
Poca cosa, me parece, sobre todo si se compara con otros idiomas cuya ortografía  es mucho menos fonética y cuyo caso extremo es el inglés.
Por eso me llama mucho la atención que haya hispanohablantes que se quejen de la ortografía española y digan que hay que modificarla para que sea total y absolutamente fonética y represente con total fidelidad la pronunciación.
Pero ¿la pronunciación de quién?, cabe preguntarse. Porque obviamente una misma lengua no se pronuncia igual en todas las áreas geográficas en las que se habla.
Pero eso es lo que propone Juan Andrés Gualda Gil, que, en su libro Ortografía americana de la lengua española y en su web, promueve una renovación de la ortografía para los países hispanoamericanos, ya que, según dice, la ortografía que compartimos los hispanohablantes no refleja de ninguna manera la forma en que se pronuncia el idioma en dichos países.
Y, coherente con su propuesta, escribe de aquesta manera:
 
“A pesar de qe la lengua en America ha experimentado sustansiales cambios y es hablada por unos 420 millones de personas (nada menos qe el 93% de todos los hispanohablantes), las normas linguisticas qe la rijen son las del dialecto castellano hablado tan solo por unos 30 millones en el sentro y norte de España.”
 
Pero si nos vamos a poner fonéticos, nos ponemos del todo. Y como la ortografía española tampoco refleja la forma en que se pronuncia el español en Málaga o en Córdoba, por ejemplo, ¿habría que pedir por ello una ortografía para cada zona geográfica?
Con lo práctico y lo útil que es compartir una ortografía común, con la que todos nos entendemos; una ortografía que, por cierto, no refleja ni pretende reflejar una pronunciación específica de una zona, sino una pronunciación estándar, de referencia, es decir, un modelo consensuado de lengua, libre de las peculiaridades fonéticas de las distintas regiones donde se habla esa lengua.
 
Se supone que con esta renovación ortográfica propuesta por Gualda Gil se pretende resolver, entre otras cosas,  “el caos ortográfico que existe actualmente en el ámbito escolar”, según leo en la web. Pero a mí me da la sensación de que ese supuesto caos se convertiría en una verdadera catástrofe si se introdujeran las modificaciones que este lingüista defiende.
 
Pensemos por un momento en los libros. ¿Se utilizarían los que están escritos con la actual ortografía mientras se les enseña a los niños la nueva? ¿Estarían las editoriales dispuestas a reeditar todos sus libros, reescritos con la nueva ortografía? ¿Cuánto les costaría eso a las editoriales y cuánto al consumidor?
 
También me resulta curioso el hecho de que se propongan cambios ortográficos a tan gran escala cuando tanta polémica y rechazo se genera ante la mínima modificación que proponga la RAE. Rechazo que quizá se deba a que el hablante no acepta fácilmente que se modifique de un plumazo  su patrimonio cultural más íntimo y su herencia recibida. 
 
La cuestión es que la ortografía está siempre sujeta a cambios y tiende a la simplificación, como demuestra, sin ir más lejos, la propia historia de la palabra, que originalmente se escribió orthographía. Pero esta evolución ha de producirse de manera gradual,  sin imposiciones ni prisas, como demuestra, a mi modesto entender, el hecho de que en diferentes épocas haya habido otros intentos de renovar la ortografía española que han fracasado.
Dicen los que apoyan estas propuestas que dicho fracaso se debe a las imposiciones de la RAE, que al parecer debe de tener un gran poder y dominio sobre las academias americanas. Pero lo cierto es que en otros países, como en Estados Unidos y Reino Unido, también, desde el siglo XIX,  se han hecho intentos de simplificar la ortografía inglesa y también han fracasado. Lo máximo que se ha logrado ha sido la eliminación de algunas letras superfluas en algunas palabras, o la convivencia de dos formas, como phantasy y fantasy.

¿Qué opinan ustedes? ¿Les parece la ortografía española tan difícil, tan complicada y caprichosa como para que se haga necesario remodelarla por completo? ¿Bastaría con leer algún libro de vez en cuando para que la forma escrita de las palabras se aprendiera de manera espontánea?

 
En este supermercado de Madrid ya han modificado
 la ortografía por su cuenta.
 

lunes, 7 de julio de 2014

El diamante de Thackeray




Se dice que las grandes obras de la literatura se reconocen porque superan la prueba del tiempo, porque décadas y siglos después de haber sido creadas resultan tan actuales y pertinentes como cuando se escribieron. Porque quienes las leen doscientos o mil años después, recogen su mensaje, se conmueven y se reconocen en los personajes y sus peripecias como si no los separara ninguna distancia.
Y es que a veces resulta sorprendente comprobar, leyendo obras de otras épocas y otras culturas, cómo el ser humano es siempre el mismo, en todo tiempo y lugar, con los mismos deseos, los mismos miedos, las mismas necesidades y, en muchas ocasiones, hasta el mismo sentido del humor.

Todo esto se aprecia en La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, escrita por William M.Thackeray en 1841,  una obra ingeniosa, divertida, conmovedora y ejemplarizante, que presenta casos y hechos tan propios de nuestros días que a ratos nos sentimos tentados de volver a comprobar la fecha en que fue escrita.

Thackeray dijo, en el prefacio a la primera edición de esta obra, que a los editores del libro “les preocupa que la moraleja del cuento -es decir, que la especulación es peligrosa y que la honradez es el mejor camino-, señale especialmente al pueblo británico.”
Y en efecto, esta sátira moral alude a la sociedad inglesa, pero hoy día sabemos que sus males y sus defectos no son exclusivos ni de un país ni de una época. Como tampoco lo son sus virtudes.

Samuel Titmarsh es  un joven e ingenuo empleado de una gran empresa de seguros que, a causa de un diamante que recibe como regalo, y sobre todo por su falta de maldad y por la confianza que deposita en quienes no la merecen, se ve envuelto -víctima y sospechoso- en un fraude financiero de gran alcance. 
Él mismo nos cuenta su historia desde el punto de vista de quien aprendió una lección por las malas, y desea compartir su escarmiento por si su experiencia puede resultar de utilidad al lector.

Uno de los aspectos de esta  novela que a mí más me llaman la atención es que pesar de los amargos episodios que el bueno de Samuel tiene que sufrir, no hay acritud ni rencor en el tono de su narración, siempre impregnada del candor del joven Titmarsh, que incluso cuando se burla del esnobismo de ciertos personajes o refiere la maldad de otros, mantiene su actitud bondadosa y comprensiva. Da la sensación de que Thackeray exagera la inocencia y credulidad de sus personajes buenos -que llegan a parecer algo Tit  (bobo)- para más resaltar la vileza de los malos.
Pero sin duda Thackeray está a favor de los buenos. A los malos nos los pinta bastante ridículos en su ruindad.

Por suerte para Samuel también abundan en su historia las escenas felices, los momentos conmovedores y los pasajes cómicos, en un magistral y delicado equilibrio de emociones que recorre toda la novela.
Por eso podremos reírnos con la pretenciosa señorita Brough y sus inútiles intentos de hablar francés y resultar grácil y delicada; con el cobardica señor Preston y con la mandona señora Roundhand; con el descarado Bob Swinney y con la despistada condesa Drum. Nos indignaremos con el miserable Smithers, con la vil tía Hoggarty y con el retorcido señor Brough. Y nos emocionaremos con el fiel Gus Hoskins, con la dulce Mary Smith y con la bondadosa señora Stokes.

Esta pequeña joya literaria es una de las primeras obras de su autor y una de las menos conocidas, pero, como ocurre tantas veces, la popularidad de una obra no siempre se corresponde con sus valores. Y en este caso, la inteligente combinación de crítica, humor y sensibilidad, que caracteriza el estilo de Thackeray; la amenidad y ligereza de la narración, y la vigencia y contemporaneidad del argumento hacen que leer La Historia de Samuel Titmarsh hoy día sea como hacer un entretenido viaje al pasado cuyo destino es el presente.



 
 
William M. Thackeray. La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty.
Editorial Periférica, 2014.
 

viernes, 27 de junio de 2014

Magia postal


Últimamente he vuelto a pensar mucho en las cartas, en la comunicación epistolar al estilo clásico. Y no solo por lo mucho que me gusta a mí esa forma de comunicación, sino porque en estos días varias personas de mi entorno han hecho referencia, en diferentes ocasiones, a la añoranza del correo postal y a cómo ha ido perdiendo vigencia frente al correo electrónico, los mensajes de móvil, etc.

Sin embargo, aunque es cierto que la comunicación escrita en papel y a mano es ya algo poco frecuente, a mí me da la sensación de que su uso no se perderá nunca, aunque se mantenga de forma discreta.

Me refiero a que, como pasa con otras manifestaciones culturales (como los discos de vinilo, por ejemplo), cuando lo tecnológico, lo nuevo, se impone relegando a sus precedentes, surge, de forma paralela, una especie de rebeldía, de reacción, por parte de quienes consideran que lo clásico es superior en ciertos aspectos y que lo moderno no es necesariamente de más calidad ni más cómodo.

Sea como sea, la cuestión es que lo de escribir cartas a mí me ha gustado mucho siempre. Ya de pequeña, con diez u once años, en las vacaciones de verano me carteaba con dos o tres compañeras del colegio, por saber de ellas, claro, pero sobre todo porque me encantaba ese ritual de contar cosas por escrito, guardar el papel en un sobre, escribir los datos, ponerle un sello y finalmente dejar caer la carta en el vacío de un buzón, una especie de bidón amarillo que estaba en plena calle, con la total confianza de que desde allí, de algún modo, llegaría a la casa de mi amiga.

Un día vi algo que me maravilló. Vi a un señor abriendo uno de esos buzones por detrás. Yo nunca me había fijado en esa puerta trasera, y entonces vi que de allí recogía un saco de tela, donde comprendí que iban las cartas.
Aquella visión fue como descubrir el truco con el que un mago hace que una moneda que ha guardado en una caja aparezca en la oreja de un espectador.
Y pensé que aquel trabajo de recoger y repartir las cartas era fantástico.

Recuerdo que cuando escribía aquellas primeras cartas no estaba segura de cómo escribir el sobre, y que mi padre o mi madre me indicaban dónde tenía que poner mi nombre y dirección (yo era el remitente, ¡menuda palabra!) y dónde  el nombre de la amiga a la que escribía, que era el destinatario (¡otra!). Y debajo ponía su dirección y más abajo la ciudad, que podía ser en el norte de España, donde una de ellas veraneaba, o mi propia ciudad, a cuatro calles de distancia de mi casa. 

Porque, efectivamente, una de mis amigas y yo podíamos reunirnos cualquier tarde, en su casa o en la mía, para jugar y  hablar de nuestras cosas, pero era mucho más divertido enviarnos cartas y recibir respuesta. Y desde luego me parecía sorprendente que hubiera personas, adultos, cuyo trabajo consistía en hacer posible que mis amigas y yo nos divirtiéramos de aquel modo.

Muchas de esas cartas las conservo aún, y aunque su remitente y sus destinatarias ya no se volverán a escribir, esos sobres y su contenido siguen representando para mí la magia de la comunicación por medio de la escritura y la emoción del mensaje lanzado al vacío con la confianza y la certeza de que alguien lo llevará a su destino.

Por suerte, hoy día, en perfecta armonía con la comunicación electrónica –que también tiene mucho de magia-, sigo encontrando en mi buzón sobres de papel que contienen lo que la comunicación electrónica no puede transmitir: la calidez de la escritura manual, del trazo único y personal de cada letra, y el tiempo que alguien me ha dedicado con ese ritual que yo conocí de pequeña y que me entusiasmó para siempre.

 
 
 

martes, 17 de junio de 2014

Ya son seis

 
 


 
Sí, amigos, ya son seis. Juguetes del viento cumple seis años este 18 de junio.
 
Hay que ver cómo ha crecido, ¿eh? Parece que fue ayer cuando salió a la luz por primera vez, cuando llegó al mundo, con más miedo que otra cosa.
Y qué endeblito estaba el pobre, sin imágenes, sin comentarios, sin enlaces… no tenía nada y apenas recibía visitas, pero era lógico, porque casi nadie se había enterado de su nacimiento.
Sin embargo, poco a poco empezaron a llegar amigos, todos con muy buena voluntad y cargados de regalos en forma de  palabras amables, generosidad de corazón y sonrisas.
Y así fue creciendo, convirtiéndose en un blog fuerte, cada vez más saludable y más bonito –o eso me parece a mí- y cada vez más contento, porque además de conservar a casi todos aquellos primeros visitantes que vinieron, a lo largo de este tiempo ha seguido recibiendo otros nuevos, que han llegado también con esos regalos que tanto le gustan y algunos más, inesperados y sorprendentes. Alguno de esos nuevos amigos hasta ha viajado en el tiempo para conocerlo desde sus inicios. Y otro, que lo conoce bien,  le hizo un  precioso retrato que refleja a la perfección su sentido y sus orígenes más remotos. 

Todo esto es una maravilla, una sorpresa y una alegría constante, y no saben ustedes lo feliz y agradecido que está. Muchas veces se emociona y todo, que lo he visto yo.
Así que aquí está,  con sus seis años recién cumplidos y animado para seguir cumpliendo más.
Eso sí, si tienen ustedes ganas de seguir acompañándolo, claro.
 
¡Gracias a todos!