martes, 7 de diciembre de 2010

Premios Gamba 2010. Los últimos del año (o no)

Normalmente los gambazos más sonoros los encuentro en la tele y más concretamente en los telediarios.
Confío en que la razón de esto sea que es casi el único programa que veo, y no que los telediarios –sobre todo los de Telecinco y Cuatro- sean los espacios que menos cuidan el lenguaje.
El caso es que en esta nueva edición de los Premios Gamba encontramos varias pruebas de que en otros medios también se da el resbalón, el desliz, la falta de precisión, el poco cuidado y el exceso de confianza.

Por ejemplo, el 18 de julio, en el dominical XLSemanal entrevistan a la novelista Herta Müller. En un destacado se lee “… el dolor infinito que te infringe la vida.”
Confundir infringir con infligir es fácil, desde luego, pero por eso mismo hay que tener más cuidadito, para no caer en un error de principiante.
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En septiembre, en un telediario de Telecinco, hablaban de ‘El toro de la Vega’, esa tradición que tienen en Tordesillas (Valladolid) que consiste en lancear a un toro hasta que muere.
La noticia está en que un grupo de personas se manifiesta contra esta tradición, y la voz en off dice que "estas personas tienen muy claro quién es aquí el verdadero animal."
El periodista que dijo esto ha cambiado la objetividad informativa por el insulto. Un nuevo nivel en la escala de la ineptitud.

Otra noticia televisiva de septiembre. Se trata de un accidente de avión en Venezuela. Sobre imágenes del avión destrozado, en el suelo, dice una locutora que “parece mentira que al menos treinta personas hayan podido salir con vida de entre estos escombros”.
¿Escombros? ¿Pero es que el avión era de ladrillos?

El 6 de octubre, en Cuatro hablan de una campaña protagonizada por famosos, destinada a promover la igualdad y el respeto por los homosexuales, bisexuales y transexuales.
La campaña se denomina 'Give a Damn’ y los listos que la comentan lo traducen como me importa un bledo, que, mira tú por dónde, significa todo lo contrario: preocúpate, muestra interés o expresión similar.
Lo que significa "me importa un bledo" o "un comino" es ‘I don’t give a damn’, frase famosa por la película Lo que el viento se llevó, en la que Clark Gable le dice a Vivian Leigh: “Frankly my dear, I don’t give a damn” (‘Francamente, querida, me importa un bledo’), cuando la pobre le pregunta qué será de ella si él la abandona.
O sea, que si, como creían los de Cuatro, la campaña se titulara "me importa un bledo", menuda campaña sería. Pero se ve que no se percataron de que confundían una frase afirmativa con una negativa ni de que el sentido era por lo tanto totalmente opuesto ni de la incongruencia que esto supone..

En llegando a noviembre la cosa ya se torna epidémica y la abundancia de metidas de gamba es notable. Y no solo por parte de los profesionales de los medios.
Por ejemplo, el día 28, refiriéndose a las elecciones autonómicas de Cataluña, el candidato Montilla dice que “contra más alta sea la participación…”
¡Contra más! ¡El famoso y vulgar contra más en boca de un político! No me lo puedo creer. Bueno, sí que puedo.

En la versión online del diario ABC, el día 30, leo una noticia en la que se comenta el asunto de la ortografía y la reunión de las Academias para llegar a un consenso sobre ello.
En el texto leo: “Como uno no es bachiller, ni menos aún doctorando, sino más bien leguleyo en la materia, lo primero es acudir al Diccionario de la RAE”.

Pues sí, eso es lo primero. Y ya de camino podría haber consultado el significado de leguleyo: “Persona que aplica el derecho sin rigor y desenfadadamente”. Es decir, aquel que habla de leyes sin saber o sabiendo escasamente.
Y entonces cabe preguntarse, ¿a qué viene eso de que uno es leguleyo en la materia? Pues no viene a nada, porque lo que se debería haber dicho en ese contexto es que uno es “lego en la materia”, que es la expresión que se usa para indicar que no se no tiene conocimiento sobre algo determinado.
Parece un bucle lingüístico.
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Y por último, una gamba multimedia.
Resulta que las Juventudes Socialistas de Andalucía, con motivo del día internacional en la lucha contra el sida, han realizado una campaña a favor de la utilización del preservativo. Y han hecho un vídeo en el que, aludiendo a la Iglesia, se dice, entre otras cosas, “Que no te den la ostia”.
Pues muy mal. Porque en la Iglesia, cuando comulgas, lo que te dan es una hostia con hache. Una ostia te la darán como mucho en la marisquería, ya que ostia significa ostra, que es ese bello molusco lamelibranquio que produce perlas.  
Y cuando te llevas un golpe, a causa de un resbalón, por ejemplo, también te llevas una hostia, con perdón.

Hay muchos por ahí produciendo perlas, ¿eh?

viernes, 26 de noviembre de 2010

La RAE se las trae (o eso dicen)


Hace tres días escribí la entrada que ahora publico aquí. En ella me refiero a los cambios ortográficos que se proponen desde las instituciones y que tanta polémica han generado entre los hablantes informados. Empiezo refiriéndome, cómo no, a la pobre 'i griega'.
Pero hete aquí que hoy mismo leo la noticia de que las instituciones que habían propuesto ese cambio han rectificado -por mediación de la RAE, que ha oído las quejas suscitadas- y tal propuesta parece ser que quedará anulada. Igual que se está contemplando la anulación de otras. 
Es bueno que las instituciones presten oídos a la opinión de la calle, pero mejor aún es que haya opinión en la calle sobre un asunto tan propio y a la vez tan ignorado como es el idioma.
He aquí la entrada:

Aunque creo que, como ha dicho Javier Marías, antes de opinar deberíamos esperar a tener en la mano la obra terminada, me voy a atrever a dar mi parecer sobre algunos de los cambios que se presentan en la nueva edición de la Ortografía de la Real Academia Española.

Ortografía RAEMe parece que uno de los  que más polémica ha generado (incluso entre los propios académicos) es el del nombre de la letra ‘y’. 
En el Diccionario de la Lengua Española (RAE, 2001) se dice que el nombre de esta letra es i griega o ye, pero lo chocante es que se pretenda que ahora todos los hispanohablantes la llamemos ‘ye’ y hayamos de olvidarnos de la denominación “i griega”. ¿Por qué?
También dice el Diccionario que la ‘b’ se llama be, be alta o be larga, y que la ‘v’ se denomina uve, ve, ve baja o ve corta.
Es verdad que a lo mejor son demasiados nombres para una cosilla tan chica, y por eso se  propone que a partir de ahora se llamen respectivamente ‘be’ y ‘uve’ exclusivamente.
Pero no me parece posible que los hispanohablantes de los países latinos se avengan a cambiar su forma de nombrar estas letras.
Dicen los expertos que es bueno unificar la denominación de las cosas, sean letras o sean lo que sea. Vale, será bueno, pero ¿es necesario? Y sobre todo, ¿es factible? Yo humildemente creo que no.
Ni necesario ni factible, porque un nombre asociado a un concepto es algo tan difícil de separar como las dos caras de una moneda.
Así que yo me atrevería a decir que esta pretensión está destinada a fracasar.
El secretario general de la Asociación de Academias, señor López Morales, ha señalado que el cambio de nombre de las letras es solo una propuesta y que si tal propuesta no triunfara, en la siguiente edición de la Ortografía se daría marcha atrás.
Pues esperaremos y veremos lo que ocurre.
Sí me parece razonable, en cambio, otra de esas supuestas novedades ortográficas anunciadas por la prensa como si fueran una ocurrencia mañanera de los académicos: que deje de usarse la tilde del adverbio solo.
Hasta ahora siempre habíamos estudiado que hay dos clases de solo: uno que es adverbio, que significa ‘solamente’ y que lleva tilde, y otro que es adjetivo, que significa ‘en soledad’ y que no lleva tilde. Y por eso escribíamos:
Quiero estudiar solo (sin compañía) y Quiero estudiar sólo (únicamente)

Con esa tilde se buscaba evitar en la escritura la ambigüedad producida por la homografía. 
Pero la verdad verdadera es que los casos en que esta ambigüedad se produce son poco frecuentes y además el contexto suele bastar para dejar claro el verdadero significado.
Y, por supuesto, siempre podemos expresar la idea de otra manera menos conflictiva. Porque en realidad ¿no suena raro eso de 'quiero estudiar sólo? ¿No es más natural decir 'solo quiero estudiar'?).
Otro ejemplo: si decimos 'Este verano voy solo a Mallorca', la ambigüedad está servida, pero podemos decir  'Este verano voy a Mallorca yo solo' o 'Este verano voy solamente a Mallorca'. Y evitamos esa tilde que, por cierto, no todo el mundo usa o no todo el mundo usa correctamente ni sabe apreciar la diferencia que implica.
De hecho, en la lengua hablada, donde no hay tildes, para evitar la ambigüedad recurrimos a lo mismo: se cambia el orden de las palabras, se añade alguna otra, se hace una pausa, se entona de determinada manera…

Además, lo mejor de todo es que si prescindimos de la tilde, podremos contar por escrito, sin que pierda la gracia, el chiste de los mantecados:
-Ayer me comí un kilo de mantecados.
-¿Solo?
-No, con pan.

Como decíamos, esto no es una decisión repentina: hace décadas que la norma ortográfica indica el uso de la tilde exclusivamente para los casos de evidente ambigüedad. Por eso la RAE, en su Diccionario, señala que el adverbio se escribe “solo o sólo”.
Y por otro lado, en el Panhispánico de Dudas se dice que la tilde de sólo sirve para distinguir el adverbio del adjetivo pero que “también puede deshacerse la ambigüedad sustituyendo el adverbio solo por los sinónimos solamente o únicamente”.

También se ha acordado que no es necesaria la tilde en los pronombres demostrativos(este, ese, aquel, esta, esa, aquella, sus plurales y esos, estos, aquellos), por la misma razón: los casos de ambigüedad son pocos o rebuscados y se resuelven fácilmente por esos otros medios que nos proporciona la lengua.

Como se ve, la única novedad es que ahora - si es que finalmente se fija tal modificación- se recogerá ‘oficialmente’ en una publicación lo que es norma o recomendación desde hace luengos años.
Otro tanto ocurre con la supuesta ‘desaparición’ de las letras (dígrafos exactamente) 'ch' y 'll'.
Me parece que hace años que los niños recitan el abecedario diciendo A, B, C, D … K, L, M…, así que no es novedad que chapuza, chivato o chorizo aparezcan en el diccionario como parte de la letra C, puesto que las palabras que empiezan por ‘ch’ ya aparecen entre cevichero y cía; y las que empiezan por ‘ll’ aparecen entre lizo y lo, es decir, dentro de las entradas C y L respectivamente.
La única diferencia es que hasta ahora el inicio de la ch y la ll se ha destacado con negrita y a partir de ahora, imagino, no se destacará. Pero seguirán estando en el mismo sitio.
Además esto es algo que ya se anunciaba en la anterior Ortografía de la RAE, de 1999, como respuesta a una petición de diversos organismos lingüísticos internacionales para que el abecedario español se unifique con el alfabeto latino internacional.
Es decir, que la nueva Ortografía lo que hace es reflejar un acuerdo de hace más de diez años.

Sin embargo, y al margen de esto, lo de la unificación alfabética creo que sigue siendo imposible. Porque tenemos en nuestro alfabeto una letra, la ‘ñ', que no existe en otros alfabetos latinos, con lo cual  tal unidad alfabética sigue siendo incompleta.
Quizá haya que preguntarse nuevamente si la dichosa unificación es tan importante, o si en realidad no pasa nada por que haya diferencias dentro de un mismo idioma y un mismo alfabeto.

Y otro ‘ajuste’ ortográfico que a mí personalmente me parece razonable, es que se escriba Catar e Irak.
Porque si decimos Londres en vez de London, y Florencia en vez de Firenze, encuentro lógico que se españolicen también Qatar e Iraq.


Con respecto a los demás cambios propuestos por la Academia, me imagino que tienen detrás también una razón, que nos parecerá más o menos fundada y con la que estaremos más o menos de acuerdo.
Pero yo no tengo todavía un juicio formado al respecto, por lo cual me abstengo de opinar, por lo menos de momento.


Diccionarios RAE


(Aquí, Sin reglas no te arreglas)


viernes, 12 de noviembre de 2010

Sin reglas no te arreglas



La Real Academia de la Lengua Española va a publicar próximamente, como es  sabido, una 'nueva' Ortografía, es decir, un libraco en el que se recogen las reglas del correcto escribir.

Y seguramente también es sabido que no han faltado la polémica, los desacuerdos y las reacciones airadas ante la aparición de dicho volumen.
Pero es que, me parece a mí,  algunos medios, por la forma de hablar del asunto, han dado a entender que a partir de ahora tendremos nuevas reglas para escribir.
No es así ni mucho menos, y quizá me anime próximamente a dar mi modestísimo punto de vista sobre el asunto.
Lo que  sí es verdad es que muchos se quejan de la RAE, diciendo que ordena y manda, que impone  normas a su antojo y que hace barbaridades con el idioma, admitiendo lo inadmisible o anunciando que hablar y escribir así o asá está muy feo.


ortografía RAEMi humilde opinión al respecto es que no hay motivo para tales enfados. Más que nada porque la RAE no manda ni puede imponer tanto como algunos creen. 
Por un lado, la RAE actúa como observador, toma nota de cómo se usa el idioma y lo refleja en sus diccionarios y manuales.
Y por otro, claro que establece normas y reglas, pero igual que las establece Tráfico, y la Federación de fútbol, y las asociaciones de vecinos. Y los que juegan al parchís.
Porque si no hay normas el mundo no funciona. Así de simple.
Después  cada cual  decide: o sigue las normas o se las salta, pero luego no vale quejarse.

Y con la lengua pasa igual. Para que funcione, para que cumpla su función -la comunicación entre los hablantes-, tiene que estar regulada y ordenada, que para eso es un código.  
Porque si cada uno escribiéramos, habláramos y usáramos el idioma como nos pareciera, la comunicación se volvería caótica y arbitraria, y llegaría un momento en que no nos entenderíamos.
Bueno, de hecho creo que ese momento está llegando ya.
Hoy día, y gracias a internet, mucha gente que antes  nunca utilizaba el lenguaje escrito, ahora sí escribe: en foros,  chats, blogs,  correos electrónicos, comentarios a noticias online, etc. Lo cual está muy bien.
Pero no hace falta buscar muy hondo para ver que son muy pocos los que utilizan correctamente la ortografía, es decir, la forma de las palabras, las tildes y los signos de puntuación.
Hay quienes dicen, dándoselas de rebeldes, que cada uno puede escribir como le plazca. Vale, pero si alguien se molesta en escribir algo es porque quiere hacerse oír, porque pretende que otros sepan lo que piensa, opina o siente. Y lo cierto es que   leer esos textos que ignoran la ortografía resulta incomodísimo y dificil.
Sin la ortografía la lectura se hace farragosa y torpe, ambigua y confusa, y en ocasiones hay que leer lo mismo siete veces para hacerse una idea de qué quiere decir quien escribe. Incluso una misma frase o párrafo se puede interpretar de maneras distintas, porque no se sabe cuándo acaba una oración y cuándo empieza la siguiente. O no se sabe si la persona está enfadada o de guasa; si está siendo irónica o es que no sabe lo que dice; si duda o afirma… Si en la escritura no se manifiesta la diferencia entre un matiz y otro, no podemos percibir  el sentido exacto de lo dicho.
Y para eso precisamente está la ortografía: para reflejar la forma en que hablamos, las pausas, la entonación, el acento… o sea, para que se entienda claramente lo que decimos, ni más ni menos.
Porque no es lo mismo decir -como en aquel telegrama- "Señor muerto. Esta tarde llegamos", que "Señor, muerto está. Tarde llegamos".
Ni significa lo mismo "Deberíamos investigar cómo se ha hecho hasta ahora", que "Deberíamos investigar, como se ha hecho hasta ahora".
He ahí el poder expresivo de una simple coma, de una simple tilde.

Pero lo más curioso de todo esto es que los mismos que hacen caso omiso de la ortografía,  aprecian y agradecen un texto bien escrito, y se admiran de lo bien expresado que está todo, de lo bien que se entiende y de cómo da gusto leerlo.
Pues será por algo, digo yo.



martes, 2 de noviembre de 2010

Los viejos

Pienso mucho últimamente en los viejos, quizá porque tengo la suerte de conocer a varias personas de edad avanzada y sabia, a las que trato con frecuencia.
Y pensando en los viejos he llegado a la idea de que parece que las personas tenemos una especie de límite para la aceptación del paso del tiempo. Como un contador que nos dice ‘aquí nos quedamos".
Ese límite, supongo, es lo que se suele llamar ‘la edad espiritual’, es decir, la edad que verdaderamente sentimos como nuestra, la edad con la que nos reconocemos.

No es esta una edad numérica como la biológica; no es una edad que se mida en años, sino una edad abstracta, ambigua, en la que nos sentimos cómodos, seguros, al margen de las condiciones del cuerpo. Es la edad con la que se identifica nuestro espíritu, o nuestra alma, o nuestro ser, o como queramos llamar a lo que en esencia somos.

Hasta no hace mucho yo creía que las personas aceptaban el paso del tiempo con naturalidad, independientemente de las quejas habituales sobre los años que cada uno tiene encima y los afeites utilizados para camuflar la pérdida de lozanía.
Y pensaba, consecuentemente, que los viejos, los viejos de verdad, vivían su vejez como algo propio, algo a lo que se habían ido acostumbrando gradualmente, conforme la vida iba transcurriendo, olvidando al mismo tiempo cómo era ser más joven.
Pero ya he descubierto que no es así. Que los viejos no se sienten viejos, que no se dan cuenta de lo viejos que son. Y que hablan de su vejez como de algo externo, ajeno a su persona.

Un día, hace algún tiempo, oí a un señor de más de ochenta años decir algo que me sorprendió, pero que he terminado por entender perfectamente. El abuelete estaba regular en motricidad, y ante sus pasos lentos e inseguros, la persona que lo acompañaba le preguntó por qué no usaba el bastón que tenía en casa. A lo que el anciano respondió: '¿El bastón? El bastón ya lo cogeré cuando sea viejo.' 
Como digo, estas palabras me dejaron atónita, pues entonces yo no comprendía que aquel hombre no se considerara ya suficientemente viejo para cualquier cosa.

Pero ya sí lo entiendo, porque he observado actitudes semejantes en otras personas de edad provecta, y he visto que es algo habitual.
Es el caso de aquella mujer de casi ochenta años y salud precaria que decía estar ahorrando ‘para cuando sea viejecita’. No se daba cuenta de que ya era viejecita.
No es que no quisiera darse cuenta, es que no se reconocía como viejecita, aunque fuera consciente de que tenía setenta y nueve años en sus huesos.
La conclusión de esto me parece, por lo tanto, un poco pesimista. Porque al envejecer cambia nuestro estado físico y nuestro aspecto, pero nuestro yo íntimo y verdadero sigue siendo el de antes, el que llegó a ser en un momento determinado de nuestra existencia, y que se quedó ahí, donde se sintió cómodo, mientras el cuerpo siguió su camino.
Y  debe ser difícil sobrellevar ese desequilibrio.
O a lo mejor es que ahí está la gracia.





domingo, 26 de septiembre de 2010

Tal como somos

Una amiga extranjera que ha pasado una temporada aquí recientemente, no se ha cansado de repetir que le encanta España, nuestra forma de vida, nuestras costumbres, el clima, la comida, la gente...

Yo, como buena patriota que soy, intentaba por todos los medios hacerle ver la cantidad y variedad de defectos que nos adornan, pero ella no se dejó convencer en ningún momento.

Lo cierto del asunto es que con ella, gracias a su entusiasmo, he reparado en la enjundia de ciertos aspectos  patrios a los que yo hasta ahora no había dado ninguna importancia.
Por ejemplo, a ella le resultaban sorprendentes, y le gustaban mucho, las calles llenas de gente, paseando, haciendo recados, yendo de acá para allá. Y es que, según cuenta, en su ciudad (Amman) nadie va a ningún sitio andando. Todos van a todas partes en coche, aunque sea a la vuelta de la esquina. 
Resulta que -sorpréndanse conmigo- allí no hay problemas de aparcamiento.
Esto, en principio, me pareció cosa envidiable. Aunque después, pensándolo bien, ya no estoy muy segura de que  sea tan bueno.

También le llamaba a ella mucho la atención  el hecho de que las personas, sin conocerse de nada, entablen conversación de buenas a primeras, ya sea en la parada del autobús, en un semáforo o mientras esperan turno en la frutería. Cuando me comentó esto la primera vez, yo le dije que sí, que eso es muy normal, pero en ese momento me di cuenta de que yo en realidad nunca había reparado en ello conscientemente. Y entonces casi me sorprendí yo también de esta peculiaridad idiosincrásica nuestra. Y me paré a pensar en que cosas que unos damos por sentadas, por  obvias y naturales, para otros son novedad y sorpresa.


Con todo, creo que lo que más le gusta a mi amiga es que las mujeres vayan solas a las cafeterías. Por lo que cuenta, eso es impensable en su país. “Me encantan las mujeres españolas”, decía una y otra vez.

Lo que me resulta curioso a mí es que hasta ahora, como señalaba al principio, yo no hubiera dado ninguna importancia a nada de esto, sin duda porque, siendo prácticas habituales en nuestro entorno, nada llamativo veía en ello.
 
Y ha tenido que venir alguien de tierras lejanas, donde se vive de forma muy diferente, para que yo vea nuestra cotidianeidad con ojos más amables y curiosos. 

Porque ahora, cuando veo a personas que se ponen a charlar sin conocerse; cuando veo a las señoras tomarse un café con el carrito de la compra al lado; cuando paso por una calle concurrida o cruzo una avenida bulliciosa, me paro a mirar, a observar, como si la extranjera fuera yo. Y lo veo todo de otra manera, y me parece, no sé por qué, que todo es diferente, que todo tiene más gracia, e incluso más sentido. Y no creo que me haya vuelto indulgente o acomodaticia; es que veo más que antes.
Y me gustaría, la verdad sea dicha, conservar esta nueva forma de percibir mi entorno.

martes, 7 de septiembre de 2010

Premios Gamba 2010. Gambas de verano

Creo yo, modestamente, que hay dos motivos principales por los que en los medios de comunicación se habla tan sumamente mal: la falta de respeto y la puritita ignorancia.
El que no siente respeto por los demás ni por su trabajo, no lo siente tampoco por sí mismo, y trabaja de mala manera, sin poner un mínimo de cuidado en lo que dice o escribe, y dándole igual lo que el resultado diga de su persona.
Y luego, el ignorante, por ignorar, ignora hasta su propia ignorancia, por lo cual no se le pasa por la cabeza que pueda ser necesario consultar un diccionario, o una enciclopedia, o preguntarle a alguien. Y así dicen lo que se les ocurre, dando por sentado que está bien.
Y claro, entre unos y otros, nos tienen la tele, los periódicos, los rótulos públicos… llenitos de meteduras de pata, resbalones, lapsus y gambazos.
Veamos algunos de ellos:

En el telediario de Antena 3, del 25 de junio, hablan sobre el primer aniversario de la muerte de Michael Jackson. Dice la locutora que el cantante ahora ha recibido el perdón de aquellos que lo defenestraron.
Ea, pues caso resuelto: ni negligencia médica, ni abuso de calmantes, ni nada de nada: Michael Jackson murió porque lo tiraron por la ventana.
Es decir, que quien redactó la noticia, o tiene información privilegiada sobre el asunto, o no sabe que ‘defenestrar’ significa eso, arrojar a alguien por la ventana (y, en segunda acepción, destituir a alguien de su cargo).
A mí me da la sensación de que tal redactor confundió defenestrar con denostar, pero por alguna extraña razón no consultó el diccionario para asegurarse de que no iba a decir una memez. Y la dijo, claro.

Pero no solo de confundir vocablos vive el informador. También los hay que hablando para un público de miles, si no millones de personas, se expresan con una falta de seriedad y miramiento que tira p’atrás.
Es el caso de la reportera dicharachera que el día 7 de julio, en un programa vespertino de TV-1, nos hablaba de una residencia de lujo para personas mayores. Según dijo, por vivir en tal lugar los ancianos pagan 500 € mensuales, y que hay que tener en cuenta que en Madrid, cualquier cuchitril te cuesta ya 700 €.
Mira qué bien: no solo se expresa con una campechanía totalmente fuera de lugar, sino que, de paso, ofende a todos aquellos que viven en un modesto piso de 700 €, y que seguramente sudan mucho más que ella para poder pagarlo.

Otro caso de ignorancia descontrolada  la encontré el 1 de agosto en un diario digital llamado “El Confidencial”. No sé cómo, buscando alguna cosa, topé con la sección rosa de dicho diario, y me atacó, cual fiera corrupia, el siguiente titular: “Réquiem canti in pace por la Gala del Cáncer”.




Querer usar la fórmula latina “Requiescant in pace” y poner ese “Réquiem canti in pace” me parece una forma espectacular de hacer el ridículo.
Desde luego, lo que descansa en paz, sin duda, es la profesionalidad y el sentido común. RIP.



Hay más, hay más. El día 4 de agosto, en Cuatro, con motivo de la visita de Michelle Obama a España, ponen un rotulito que reza Bienvenida Miss Obama.
¿Señorita Obama? Se referirían a la hija, digo yo. A la madre ya la saludarían otro día.

Y al día siguiente, en Tele5, nos dicen que la señora Obama ya ha llegado a Marbella y que ya está metida en las sesenta habitaciones que tiene reservadas.
Bueno, yo sabía que la Primera Dama de los USA es una persona poderosa, pero lo que no me imaginaba es que tuviera el don de la ubicuidad. Fíjate.

El 27 de agosto, durante el telediario matutino de Tele5 van pasando por la parte baja de la pantalla, al estilo teletipo, unos titulares variados. Uno de ellos dice que alumnas y profesores de una escuela afgana están intoxicados a causa de unos gases perpetrados por fundamentalistas islámicos.
Pero, ¿desde cuando se perpetran los gases, criatura? Los gases se lanzan,  se escapan, se  huelen, pero no se perpetran.

Y después, la locutora  del mismo informativo, refiriéndose a una comparecencia de Esperanza Aguirre, dice que ha tardado en hablar, pero se ha despachado a gusto.
¿Se puede ser más vulgar dando una noticia?
Pues seguro que sí, y no tardaremos en verlo. Ya mismito.

Y para terminar, un resbalón municipal:


Y la ortografía, la mar de mal.



viernes, 30 de julio de 2010

Globish

Parece el nombre de un personaje de Tolkien, pero no es eso.

El nombre de Globish se ha formado con las palabras Global y English y es, supuestamente, el remedio para uno de los grandes asuntos de nuestra época: la necesidad de aprender inglés. Pero de aprenderlo ya, sin esfuerzo y en poco tiempo.

Su creador se llama Jean Pierre Nerrière, ejecutivo de una multinacional y, según dice, hablando Globish, una persona podrá comunicarse en inglés con cualquiera que se le ponga por delante.

Porque el Globish consiste en un vocabulario de 1500 palabras y unas reglas gramaticales simplificadas.  Es decir, que no se diferencia mucho, me parece a mí, del clásico y tradicional “Aprenda inglés en quince días”.

Nerrière aclara que el Globish no es un idioma sino una herramienta para comunicarse, y será por eso que, además de las 1500 palabras,  el método incluye también  gesticulación y onomatopeyas (menudo invento).  Calcula don Jean Pierre que con unas 180 horas de estudio, el alumno será capaz comunicarse en inglés. En un inglés no muy correcto, desde luego, pero suficiente para hacerse entender.
O sea, lo que  cualquier alumno de cualquier curso de inglés aprende al cabo de 180 horas: un buen montón de palabras y expresiones útiles para situaciones cotidianas diversas.

Y además, ¿en qué se diferencia el Globish de, por ejemplo, el Método Maurer (con 1000 palabras) que tanta publicidad tuvo hace unos pocos años, y que prometía lo mismo? O del Basic English de Odgen (con 850 palabras) que apareció en 1930, nada menos.
Me parece que en poco. Pero entonces, ¿por qué habría el Globish de tener más éxito que los métodos anteriores, si parece ser lo mismo? Nerrièr lo sabrá, pero yo no.

El caso es que para defenderse en inglés –o en cualquier otro idioma- de manera elemental no hace falta, como apuntábamos antes, ningún método concreto. Basta con asistir a clases de inglés normales, o estudiar algún curso básico por cuenta propia. En cuanto alcancemos lo que normalmente se denomina un nivel básico, y con un poco de desparpajo, ya podremos defendernos.

Porque es evidente que para entenderse en un idioma determinado no hace falta dominarlo a la perfección. Aun cometiendo errores gramaticales, con un vocabulario limitado y con  dificultades para entender a nuestros interlocutores y para que ellos nos entiendan a nosotros, podemos conseguir comunicarnos.
Es decir, que la imperfección es inherente a los primeros –y los segundos- pasos en el estudio y la práctica de una lengua extranjera.
Pero si estudiamos un inglés de por sí imperfecto y precario como es el Globish, entonces al final lo que hablaremos  será un inglés doblemente imperfecto.

Y es que esto que algunos consideran  una gran idea lingüística, nos parece a otros más bien una gran idea comercial.
 

sábado, 17 de julio de 2010

Fragmentos veraniegos 2010


En el mercado

Qué bien lo he pasado esta mañana en la frutería. La señora que tenía el turno delante de mí está guardando en el carrito lo último que ha pedido. La frutera le pregunta: “¿Qué más, Antonia?” , y Antonia responde: “Finish”.
La frutera, envuelta por la cháchara ambiental, no entiende: “¿Qué?”.
Y la señora, políglota ella, repite: “Finish. Finito”.
Y la frutera, insegura: “¿Un pepino?”.

Esperando el ascensor

Coincido en la espera con una vecina, una joven y abnegada madre, que suele comentarme los progresos escolares de sus niños.
En esta ocasión me cuenta que los ha apuntado a clases particulares de inglés. “Ah, estupendo”, le digo.
Y ella, orgullosa, añade: “Pero con una profesora bilingüi.”

 

En la playa

Dos bañistas charlan en la arena de sus cosas:
-Pues yo tendría que pintar la casa este verano, porque está…
-Yo pinté el verano pasado, así que este año…
-Pero con la caló que hace, yo no tengo ganas de meterme en pintura.
-Lo que sí tendría que arreglar son las losetas de la cocina.
-Y como mi hija dice que con ella no cuente…
-Que no es que estén rotas, pero están como desgastaíllas.
-Y mi marido trabajando todo el día, no se va a poner a pintar cuando viene.
-Y tienen manchas, como de humedad, así que las voy a tener que quitar…
-Así que como no pinte yo sola…
-A mi suegra le pasó lo mismo.
Entonces pasa un vendedor pregonado la CocaCula, la servesa, las patatillas, así que me quedo sin saber si es que la suegra tuvo que pintar la casa ella sola, o es que se le estropearon las losetas de la cocina.

En la calle

Me encuentro con una mujer mayor,  encantadora, antigua conocida de la familia.
Me cuenta que su nuera está trabajando para una señora que tiene dos niñas pequeñas. Y me especifica que las niñas son gemelas, porque la señora se hizo un embarazo en vídeo. 







viernes, 9 de julio de 2010

Cambio de imagen

Resulta que a lo tonto, a lo tonto,  Juguetes del viento ha cumplido ya dos años.  
Con razón últimamente me parecía    que el tiempo estaba dejando en él su huella impenitente, y  veía yo que se imponía ya un cambio de imagen.
 Y es que, como toda criatura viviente, nuestro modesto blog necesitaba un aire nuevo, renovar su aspecto, y qué mejor momento que su cumpleaños para llevar a efecto tal renovación.

Ahora solo me queda desear que el cambio sea del agrado de los visitantes,  que amablemente se acercan por aquí para dedicarnos un rato. Al fin y al cabo, para ellos se hace esto.

Y por supuesto, he de aprovechar la ocasión  para dar las gracias (muchísimas) a todos ellos por estos dos años de motivación, y los que hayan de venir.


domingo, 27 de junio de 2010

Esa música es como un rayo de luz

Existen muchos tópicos sobre el poder de la música: que amansa a las fieras; que es el lenguaje universal; que nos hace humanos; que levanta el ánimo; que nos consuela en los momentos malos; que es buena para la salud…
Son ideas que de tan repetidas nos parecen ya carentes de significado, manidas y vacías.
Pero hete aquí que no, que son todas verdad. Bueno, lo de las fieras no lo he comprobado personalmente, pero lo demás sí. Y lo corroboro cada vez que escucho el disco de Santos de Goma, Canciones de niebla, porque activa los sentidos, irradia emociones, alegría y pasión, y da ganas de escucharlo otra vez.
Aunque claro, conociendo a Conde y su hacer en Cámara, Serie B y Los Mosquitos, no me extraña nada.

Lo que sí me extraña es que este artista  nunca haya llegado a las cimas de la fama y del poder de convocatoria. No sé si es porque él no quiere o porque las circunstancias le han sido siempre adversas (la injusticia divina es así).
Y por eso me parece encomiable y admirable que, a pesar de los pesares, nunca haya desistido, nunca haya dejado de ser quien es  y nunca se haya rendido a otros intereses, ajenos a su propia condición. La de "un simple músico que hace equilibrios en la tempestad".
Quizá es que  es un incomprendido, como le pasa a la protagonista de "La niña del vespino", una joya de dulce melancolía que, cantada con el alma, atraviesa la mía sin contemplaciones.
¿O quizá es que es demasiado exquisito? Sí, puede que sea eso, y hay claras pruebas de ello en "Radio de medianoche", "No maten al músico", "Un día extraño"...

El caso es que me da rabia que haya por ahí cuatro pintas con ínfulas de star, llenando estadios y teatros, que no cantan ni para dormir a un niño chico (o que, al contrario,   profieren molestas estridencias nasales) y que  creen -y les hacen creer- que son la repanocha, mientras un artista de verdad, con un formidable talento natural para componer, cantar, tocar múltiples instrumentos y estar en un escenario, permanece oculto para la mayoría.
Eso no está bien y alguien tendría que darle un arreglo.
Porque, además, no es justo que tanta gente se lo pierda. La riqueza hay que compartirla y todo el mundo debería tener la oportunidad de saber lo que son  canciones bien hechas, meditadas, trabajadas y después interpretadas con estilo, gracia y donaire.
Y para todo eso, Conde se pinta solo.

Estas dos canciones  son solo una muestra de lo que vengo diciendo, y de la diversión, el genio, el buen gusto y la elegancia que tiene el disco por todos lados.






Santos de Goma son: Conde, Israel Calvo, Claudio Tamer, Tristán Ulla y Álvaro Gastmans.

domingo, 20 de junio de 2010

Cuento. El capitán prisionero. Segunda parte y final.

(viene de aquí)

A la mañana siguiente, el general volvió a visitar la celda.

-Bien, bien, aquí está mi Edmundo Dantés, demacrado y desesperado. Dígame, capitán, ¿ha conseguido leer mucho más?
-No me haga esto, general, se lo suplico. Fusíleme, o deme latigazos, pero no me desvele la historia.
-Vaya, eso significa que sigue en sus trece. No está dispuesto a darme la información que necesito, ¿eh?
-No señor, no voy a traicionar a los míos.
-¿Por dónde va, capitán? ¿Por qué parte de la historia?
El capitán, temiendo que el general le contase algo que aún no había leído, contestó:
-El joven Alberto ha sido secuestrado por los bandidos.
-Ah, sí, una aventura fascinante. Deme el libro, por favor.

El capitán  lo entregó  con desgana y miedo.
El general abrió el libro por la página marcada con una cinta negra.
-Vaya, vaya, me parece que me miente usted, capitán. Ese pasaje de los bandidos ha quedado ya muy atrás. Pero me gusta su intento, porque nada hay más aburrido que enfrentarse a un contrincante de inteligencia inferior.
Y  esté tranquilo, no voy a contarle el final, de momento. Esto me parece más divertido y fructífero de lo que pensé en principio, porque creo que prolongando la tortura un poco más, acabará usted cediendo a mi demanda y todos saldremos ganando: yo tendré la información y usted podrá seguir leyendo tranquilamente el libro sin que nadie lo importune.

Y tras unos momentos de pausa, añadió el general:
-Colijo que la tortura será más efectiva si tiene usted miedo cada día. Así que cada día le contaré un detallito que le fastidiará la lectura de las siguientes páginas.
Veamos... según la marca del libro, acaba usted de leer que el sirviente del conde había presenciado a escondidas el misterioso caso que tuvo lugar en la casa de Auteuil. Bien, todavía faltan muchas páginas para que se desvele quién era la dama implicada en el asunto.
-No, no, piedad... –dijo el capitán con voz temblorosa. Pero el general prosiguió:
-Le voy a robar el placer de descubrirlo por usted mismo en el momento adecuado.    Verá, después de este pasaje que acaba usted de leer hay una sorpresa tras otra, y la emoción de la lectura es suprema, pero, en vista de su tozudez, no tengo otra opción...
Y entonces el general, en un acto de perversidad inusitada,  pronunció el nombre del personaje clave en el misterio de Auteuil.
-¡No!, exclamó el capitán, que aun con las manos en los oídos pudo escucharlo.
-Ya ve que no amenazo en vano, capitán.

El capitán intentó pasar otra vez la noche leyendo. Pero a medida que pasaba las hojas y la vela se iba consumiendo, se consumía también su esperanza de terminar el libro antes de la mañana. El cansancio de sus sentidos y el agotamiento nervioso le impedían mantener los ojos abiertos.
¿Qué podría hacer? ¿Cómo escapar de la tortura? ¡Oh, desesperación!

-Buenos días, capitán. Otra noche de lectura, ¿no es así?
-Así es.
-Bien, bien ¿y hasta dónde ha llegado?
-Danglars y Montecristo intercambian información sobre Fernando Mondego.
-Ah, o sea que la intriga es absoluta.
-Desde luego.
-¿Y qué decisión ha tomado, capitán? ¿Qué hay de nuestro acuerdo?
-Acuerdo, ninguno. No voy a traicionar a mi ejército.
-Muy bien -dijo el general, exasperado por la contumacia del capitán-. Pues prepárese para oír ahora mismo el final de la novela y todos los detalles que llevan a él.

Al oír esto, el capitán se llevó las manos a los oídos con  frenesí, moviendo la cabeza y caminando de un lado a otro de la celda, mientras exclamaba ‘¡No, no!’.
El carcelero  le ató las manos a la espalda.
-Así no tendrá más remedio que escuchar –dijo el general. Y añadió-: Amordácelo también, carcelero, para que no grite.

Y entonces el general empezó a contar todos los detalles de la historia de Edmundo Dantés, el astuto héroe conocido como el Conde de Montecristo. Y reveló los motivos de cada personaje, y las consecuencias de cada acto; y las intrigas, los engaños, las dobles intenciones y las trampas a las que el conde hubo de enfrentarse, con su ingenio y su paciencia como arma más poderosa.

Y llegó al final, a la resolución de todas las tramas y todos los enigmas, para privar así al capitán de una de las mayores satisfacciones que un alma cultivada puede disfrutar: la de comprobar que un hombre, con tan sencillos instrumentos como el papel y la pluma, puede crear un mundo y llenarlo de vida, y hacer que habitemos en él y nos sintamos felizmente atrapados y sin deseos de escapar.

Cuando terminó su relato, el general se puso en pie, ordenó desatar al prisionero y dijo con desdén:
-Aquí seguirá usted encerrado, capitán, con la única compañía de un libro que ya no guarda  misterio ni interés para usted.
Y se marchó a batallar.

Hasta ese momento, el capitán había permanecido maniatado y amordazado, sentado en una silla, con la cabeza baja,  abatido, la oscura melena cayéndole sobre la cara.
Cuando el carcelero lo desató y lo dejó solo, se levantó, cogió el libro del suelo y se tumbó en el camastro.
Abrió el libro por donde marcaba la cinta negra y empezó a leer. Pero antes, se llevó de nuevo las manos a los oídos, y, con cierta dificultad, se quitó los tapones que la noche anterior había fabricado con la cera de la vela.


lunes, 14 de junio de 2010

Cuento. El capitán prisionero.


Primera parte

El general se acercó a la celda donde tenía recluido al   capitán  enemigo.
El prisionero estaba leyendo un libro, y aunque oyó llegar al general, no levantó la mirada de la página.
-¿Qué está leyendo, capitán?
-¿Le importa mucho lo que yo lea?
-Ande, no sea antipático.
-El Conde de Montecristo.
-Ahá. No estará buscando inspiración para fugarse como Edmundo Dantés, ¿verdad?
-No señor. Sólo intento evadirme mentalmente.
-Pero, ¿no le resulta tentadora la idea de imitar al héroe de la novela?
-No. Sé que es imposible escapar de aquí.
-Más difícil era escapar de If, y Dantés lo consiguió.
-¿Me está animando, general?
El general lanzó una carcajada hueca y sincera.
-No, no. Sólo intento mantener una conversación interesante, para variar. Es un libro que me gusta mucho. Lo he leído dos veces. Diga usted, ¿por qué parte va?
- Morrel está en la ruina y un personaje desconocido intenta ayudarle.
-¡Ah! Es un pasaje apasionante.

El capitán, con una expresión de fastidio, cerró el libro y lo dejó a un lado.
-Vaya, parece que le molesta mi conversación, pero le recuerdo que es usted mi prisionero y se tiene que aguantar.
-No lo olvido, general.
-¿Es la primera vez que lee la novela o la conoce ya?
-Es la primera vez que la leo.
-¿Y le está gustando?
-Es magnífica. Absorbente. Apasionante, como usted ha dicho.
-Bien, bien. Siga leyendo, siga. Hasta mañana, capitán.

Al día siguiente, el general volvió a la celda del capitán.
-¿Cómo va eso, capitán? ¿Ha leído más?
-Desde luego. Estoy completamente atrapado por la historia.
-Vaya, vaya, no sabe cuánto me alegra oír eso.
-¿Ah, sí? ¿Y por qué, si puedo preguntar?
-Usted tiene información vital para mí, y los dos sabemos que no está usted dispuesto a traicionar a los suyos proporcionándome dicha información, ¿cierto?
-Cierto. Pero ¿qué tiene que ver eso con la novela?
-Usted dijo que prefiere la muerte antes que revelar la estrategia de su ejército y los planes de su general.
-Lo dije y lo mantengo.
-Bien, entonces es inútil que lo amenace con fusilarlo o torturarlo para que me dé la información.
-Puede fusilarme o torturarme ahora mismo si quiere. No tengo miedo al dolor ni a la muerte.
-Pues bien, le propongo lo siguiente: o me da la información que necesito o le cuento el final de la novela.
-¡No! –exclamó el capitán, tapándose las orejas.
-Piénselo, capitán. Hay torturas que no duelen, pero pueden acabar con un hombre igualmente. Le daré otra oportunidad. Mañana volveré a esta misma hora, y si no está dispuesto a hablar..., ya sabe.

El general se alejó de la celda, y el capitán, presa del pánico, cogió de nuevo el libro y empezó a leer frenéticamente.
Pasó toda la noche leyendo a la luz de la vela, pero sólo consiguió empeorar su situación. Porque cuanto más avanzaba en la lectura, más se apasionaba por la historia, más deseos tenía de averiguar qué pasaba a continuación y más le horrorizaba la idea de que el general le revelase el final, o siquiera algún detalle significativo.

(Continuará)