martes, 27 de diciembre de 2011

La casa oscura, II

Cuento misterioso a la manera decimonónica

(viene de aquí)

Al día siguiente, el tercero de nuestro estancia en la casa,  Marcela me preguntó:
-¿Cerraste anoche las cortinas, cuando me dormí?
-No; las dejé como me pediste ayer, y, mira, así siguen. ¿Por qué lo preguntas?
-Pues porque cuando me estaba quedando dormida, me pareció que la habitación se oscurecía. Me debí dormir en ese instante.

El asunto para mí no tenía ninguna importancia, pero noté que Marcela estaba pensativa, como dándole vueltas a alguna idea. Le pregunté qué le preocupaba.
-Es que, ahora que lo pienso, anteanoche tuve la misma sensación.
-Seguramente –supuse yo-, lo que ocurrió fue que las nubes ocultaron la luna.
No hablamos más del asunto, pero, al cuarto día, en cuanto desperté, Marcela hizo el mismo comentario:
-Esta noche ha ocurrido otra vez: justo en el momento en que me quedaba dormida, noté que la habitación se oscurecía.
-Claro, el cielo sigue muy nublado -dije.
-Pero es que me parece que es otra clase de oscuridad… más repentina… más cercana…

Como vi que Marcela estaba nerviosa por este hecho, aunque para mí carecía totalmente de importancia decidí hacer un pequeño esfuerzo por mantenerme despierto aquella noche hasta que ella se durmiese, y comprobar si era cierto que la habitación se oscurecía en ese momento.

Por suerte, ese día había amanecido un poco más claro y hacía menos frío, así que le pedimos a Irene que nos preparase un almuerzo que pudiésemos llevar en una cesta, y pasamos la mayor parte del día al aire libre.
Cuando volvimos a la casa por la tarde, Marcela estaba más relajada, y a mí, a pesar de que me encontraba cansado, también parecía haberme sentado bien la excursión.
No había pensado en ello durante todo el día, pero al subir al dormitorio recordé mi propósito de no dormirme antes que Marcela.
Así pues, cogí un libro cualquiera de la biblioteca, y me lo llevé a la habitación para leer hasta que ella se durmiese.

No pasó mucho rato antes de ver que ya descansaba plácidamente, y, como yo esperaba, la habitación no se oscureció ni ocurrió nada anormal. De hecho, el cielo esa noche estaba más despejado, y el resplandor de la luna era más nítido que las noches anteriores.
Vencido ya por el sueño y el cansancio, cerré el libro, apagué el pequeño quinqué que ardía sobre la mesita de noche, y me dispuse a dormir.

Pero entonces, justo antes de cerrar los ojos, comprendí lo que había estado pasando. Pues pude ver claramente, gracias a la luz de la luna, cómo el monje del cuadro que tanto nos impresionaba, soplaba suavemente la vela que sostenía en la mano, oscureciéndose entonces la habitación, tal y como Marcela había notado las noches anteriores.

Aquella visión me dejó clavado en la cama, con la mirada fija en el cuadro, la respiración contenida y las manos agarrotadas aferrando las mantas.
Así me encontró Marcela cuando despertó por la mañana.
Tardé horas en recuperar un estado de cierta normalidad, pero desde entonces, y ya han pasado varios años, la pluma y el papel siguen siendo el único medio con el que puedo comunicarme.

FIN






miércoles, 21 de diciembre de 2011

La casa oscura, I

Cuento misterioso a la manera decimonónica

Marcela y yo llegamos a la casa cuando empezaba la tormenta. El viaje había sido largo pero tranquilo, y el monótono golpeteo de los cascos de los caballos, casi adormecedor.

El dueño del lugar era un viejo amigo mío, que nos había ofrecido la casa, desocupada durante el invierno, para que pasásemos en ella unos días de descanso, antes de partir de luna de miel.

En la entrada, al final de un sendero bordeado de flores, nos esperaban Irene y Daniel, el matrimonio que se encargaba del mantenimiento del edificio y el jardín.
Nos recibieron con un ramo de prímulas, dándonos la enhorabuena por nuestra boda.
- Sólo notarán que estamos aquí cuando podamos serles útiles en algo –dijo Daniel.

Agradecí sinceramente sus palabras, pues tanto Marcela como yo deseábamos disfrutar de nuestro recién adquirido derecho a la intimidad.
Mientras nos dirigíamos a las habitaciones que nos habían preparado, observamos que la casa estaba decorada con un gusto por lo clásico y lo sobrio. Era elegante, pero, a juicio de Marcela, demasiado oscura y un poco triste.
La tormenta que tronaba fuera no hacía más que subrayar la atmósfera sombría de la casa.

Una vez llegados a nuestro dormitorio nos llamó la atención un cuadro que había sobre la chimenea. Representaba a un monje, visto de medio cuerpo, que sostenía en una mano una palmatoria con una vela encendida. Con la otra mano protegía la llama, como si una corriente de aire amenazara con apagarla.
El fondo del cuadro era prácticamente negro, y la cara del monje, iluminada por el amarillento resplandor de la vela, destacaba en esa negrura.

Marcela dijo que el cuadro le daba escalofríos, y yo he de reconocer que a mí también me causaba cierta incomodidad su extraordinario realismo: el efecto de la luz sobre el rostro del monje estaba magníficamente conseguido.

Irene nos sirvió una cena magnífica espléndida, y después, al calor de la chimenea del salón, Marcela y yo estuvimos haciendo planes para el viaje que emprenderíamos a la semana siguiente.

Al volver al dormitorio, Marcela me pidió que dejase las cortinas entreabiertas.

- No me gusta dormir en total oscuridad -dijo-. Me agrada el resplandor de la luna en la ventana.
Por la mañana nos despertamos temprano. Seguía nublado y hacía frío, pero no llovía, así que después del desayuno fuimos a dar un paseo por los alrededores, y después pasamos la tarde charlando, leyendo y escribiendo cartas.





martes, 6 de diciembre de 2011

Premios Gamba. Cerrando la temporada


Este año hemos dado pocos Premios Gamba, aunque gambazos, pifias, meteduras de pata y resbalones lingüísticos se han producido en abundancia, como viene siendo habitual, en los medios de comunicación.

Lo que ocurre es que unas veces ha faltado la oportunidad para registrarlos; otras, ha sido poco el tiempo dedicado a los medios; y otras, la constante repetición de los mismos errores ha hecho que el asunto se vuelva tedioso y que dé pereza dejar constancia de ellos.
Sin embargo la cabra tira al monte, y el vicio notarial de los que nos divertimos con estas cosas acaba por vencernos y volvemos a las andadas.
Así que sí, candidatos tenemos y sus méritos son detallados a continuación.

Por ejemplo, con motivo de la visita de algún querube de esos que vuelven locuelas a las chicas, se hablaba en una tertulia televisiva del “fenómeno fan”, de los estragos que causan los bellos artistas en las adolescentes y del griterío que se produce ante la proximidad de alguno de ellos. Y de que con frecuencia la emoción por la presencia del ídolo va acompañada de desmayos, ataques de nervios y lloros de diversa intensidad.

En dicha tertulia intervenía un invitado muy conocido, un reputado intelectual de cuyo nombre fingiré no acordarme, que explicaba que la palabra inglesa fan significa abanico, y que a los fans se les llama así porque  se agitan como abanicos.

Esta explicación me dejó un poco trastornada, verdaderamente, porque si bien es cierto que la palabra  fan (derivada de vannus) significa abanico, o ventilador, tiene otra acepción, la de seguidor o admirador de algo o alguien. Y esta acepción, que es la que nos ocupa, es, según los diccionarios,  un  acortamiento de la palabra fanatic, que es lo que siempre hemos tenido entendido y es asunto de conocimiento común.
Hay otra teoría, según la cual la palabra fan derivaría  del término fancy (inclinación, deseo, capricho), que también cuadra con el asunto.

De modo que, sea una u otra la verdadera etimología de fan, lo que está claro es que la peregrina explicación del contertulio no hay por dónde cogerla, y por lo tanto, es candidato a un Premio Gamba con todo merecimiento.

Un error muy común entre los candidatos a nuestro premio es el de los refranes o dichos populares mal empleados, mezclados, fuera de lugar o utilizados con un sentido equivocado. Recordemos el ominoso caso del tertuliano que en un programa de radio decía: “y esto no es más que la gota del iceberg”, en una mezcla loca de “la gota que colma el vaso” y “la punta del iceberg”.

Más reciente es el ejemplo que aquí les traigo. En un telediario de Antena 3 del pasado noviembre, nos informaban de las inundaciones que se habían producido en esos días en diversos lugares de España. Sobre imágenes de vecinos que con palas, cubos, escobas y fregonas intentaban sacar el agua y el barro de sus casas, nos dice una voz que tal labor es “como matar moscas a cañonazos”.

O sea, que, según alguien, los vecinos estaban empleando medios excesivos para un problema tan pequeño. Porque eso es lo que significa “matar moscas a cañonazos”. Lo cual implica que el que escribió ese texto desconoce el significado de la expresión o desprecia el problema de esas personas.
Esperemos que sea lo primero.

Otro tipo habitual de metedura de pata es el de las noticias trágicas expresadas con tan poco acierto que inducen a risa, como pasó en septiembre en las noticias online de Yahoo, en referencia al décimo aniversario de los atentados de Nueva York.



Seguro que a cualquiera se le ocurre otra forma de redactar la noticia de manera que no resulte tan chocante ni tan desafortunadamente cómica.

Y con respecto al mismo asunto, en muchos lugares del mundo se llevaron a cabo homenajes y actos simbólicos. En España, por ejemplo, los príncipes de Asturias plantaron diez árboles en algún sitio para conmemorar los diez años transcurridos desde el terrible suceso. Pero en el telediario de Antena 3 –otra vez-, dijeron que "los príncipes Felipe y Letizia han plantado diez árboles por cada año transcurrido”.

Es decir, que según eso, plantaron 100 árboles. Y en un rato.
Luego dirán que la realeza no trabaja. Pues sí que…

Para terminar, una gamba de película. En el cartel promocional de la película “Pánico” se lee: “Sólo tú lo vistes. Sólo tú puedes salvarla”.
Fijémonos en ese “tú lo vistes”. Estaría bien si la cosa trata de muñecos y vestiditos, porque entonces podríamos decir “yo lo visto, tú lo vistes, él lo viste…”

Pero aquí lo que ocurre es que, una vez más, el afán finolis hace su aparición y se le coloca una –s de regalo a la segunda persona de un verbo en pretérito perfecto simple, que es un error muy común:  comistes, llegastes… o, como decía Mecano en su famosa copla La fuerza del destino, “tú contestastes que no”.

En fin, podríamos seguir recapitulando meteduras de pata de todo tipo, como faltas de concordancia, confusiones entre palabras de significados opuestos, oraciones incoherentes, preposiciones utilizadas sin ton ni son... O rótulos tan mal redactados que dan a entender, por ejemplo, que  vamos a escuchar las declaraciones de una víctima mortal.
Y no era una psicofonía, no.


viernes, 25 de noviembre de 2011

Parejas complejas 5

Hace ya  tiempo que no hablamos aquí sobre esas palabras que resultan tramposillas y traidoras, que hacen dueto con otras a las que se parecen un montón, y que a la primera de cambio y a poco que nos descuidemos, nos hacen confundirnos y decir digo donde debimos decir Diego. O al revés.

Es lo que venimos llamando parejas complejas, y es lo que le pasó hace poco a una señora  que departía con otra sobre la duquesa de Alba.
Comentaba la una que la aristocrática dama “tiene la cara muy rara”, y exclamaba la otra :
-¡Claro, eso es porque le hacen el botulismo!

 Sin duda se confundía la señora, y decía botulismo donde debía decir bótox.

-botulismo: Enfermedad producida por los alimentos envasados en malas condiciones.
-bótox: toxina que se inyectan los famosos en el rostro para dejar de parecerse a sí mismos.

Las personas suelen acordarse de su primera comunión, de su primer beso, de su primer libro… Yo me acuerdo de mi primera pareja compleja, que fue la que me hizo tomar conciencia de ese carácter caprichoso y juguetón que a veces muestra el lenguaje.
Esa mi primera pareja compleja era la formada por temeroso y temerario.

Ocurrió que, siendo yo una niña pequeña y un poquito marisabidilla, quise impresionar a mis mayores utilizando temerario en una frase.
Era una palabra que había escuchado por ahí y que di por hecho significaba lo mismo que temeroso.
Craso error el mío, por supuesto. Pero la ignorancia es atrevida y la inconsciencia aún más, así que un día, aprovechando una película en la que aparecía un personaje cobardica, dije yo muy ufana:
-Oh, qué tío más temerario.

Pero me duró poco la satisfacción, pues me quedé cabizbaja y cariacontecida cuando mi hermano, que me superaba ampliamente en sabihondez, me miró con benevolencia y me dijo:
-No te confundas. Un temerario es uno que hace cosas peligrosas sin darse cuenta del peligro.
Y me puso un par de ejemplos para que me quedara clarita la cosa.


Y encima el diccionario estaba de su parte:

temeroso: medroso, irresoluto. Que recela un daño.
temerario: excesivamente imprudente arrostrando peligros.

Y como si de un bucle lingüístico se tratara, de un rizar el rizo, de un girar sobre sí mismo, vemos cada día que hay temerarios cuya imprudencia consiste precisamente en utilizar las palabras sin cautela, sin la precaución de asegurarse de su significado.
Caen así en las garras de las parejas complejas, quedando su discurso maltrecho y desacertado.

Es el triste caso de la presentadora de un concurso de televisión, en el que se le preguntaba a un concursante algo relacionado con el huracán Katrina. Al respecto, la presentadora añadía que el huracán dejó la zona “completamente desbastada”.
Confusión al canto, entre desbastar y devastar.

desbastar: Quitar las partes más bastas a algo que se haya de labrar.
devastar: Destruir un territorio, arrasando sus edificios y asolando sus campos.

Sí, nos pasa mucho eso,  que utilizamos palabras a lo loco, sin miramiento; que empleamos vocablos cuyo significado creemos conocer pero desconocemos, y cometemos tropelías léxicas sin piedad.

Y hablando de piedad, tengo un ejemplo ad hoc: un día impreciso, en un programa de televisión indefinido, un señor indeterminado, refiriéndose a una mujer que había cometido un terrible asesinato, decía:
-Espero que caiga sobre ella todo el peso de la ley, y de manera impía.

Me da la sensación de que tendría que haber dicho "de manera despiadada", pues del contexto se infiere que esperaba un duro castigo para la asesina. Y el término impío se refiere a la falta de piedad religiosa, a la persona o acción irreverente e irrespetuosa con lo sagrado:

impío: Falto de piedad, de religión, contrario u hostil a la religión.
despiadado: Inhumano, cruel, sin piedad.

Y así, sin piedad, es como se portan con nosotros esas palabras maliciosas y liantes, quizá en alguna clase de venganza subrepticia y solapada...

viernes, 4 de noviembre de 2011

Romance anónimo


Gracias a un recuerdo que me han traído de León, he conocido un poema de singular contenido.
Trátase de un romance anónimo del siglo XVII, titulado A la Virgen de los Buenos Libros, en el que la celestial figura es comparada con un libro.
El poema causome gran sorpresa por su peculiar hechura. Y como creo que los selectos lectores de este modesto blog son todos  amantes de los libros, me place compartir el dicho romance para deleite común, por si alguien no lo conociere y pudiere encontrar en él motivo de intelectual regocijo.
Quede, pues, aquí transcrito:

                       Todo el amparo, señora,                  y en blanco, pues por ti Dios
                       de mi libro en ti le libro,                  mis culpas pone en olvido;
                       pues eres libro en quien Dios         de palma, oh libro, tus hojas
                       enquadernó sus prodigios.              en tu concepción las miro,
                       Si al que es vida le ceñiste              allá en tu parto azucenas
                       en tu virgen pergamino,                  y en tu soledad cuchillos.
                       ya libro eres de la vida,                   Tu essención es privilegio,
                       vida has de ser de los libros.          Tu tassa, precio infinito,
                       El gran Autor con la pluma            general tu aprobación,
                       del espíritu divino                           gloria el fin, gracia el principio,
                       sobre tu papel intacto                     impresión estrellas, coma,
                       sacó su palabra en limpio               la luna; punto, el sol mismo,
                       sin copia, por ser tú sola;               rectas líneas, blanco margen,
                       sin tinta, por ser arminio;               luces letras, cielo estilo
                       sin original obscuro,                        y al fin concepción sin mácula
                       y sin borrador delito.                      es el título aplaudido
                       Libro eres de cuenta,                     de tu libro, porque es Dios
                       donde el más estrecho juizio         el concepto de tu libro.
                       siempre suma lo constante           Oh libro cerrado a culpas
                       pero nunca lo caído;                       y abierto a humanos gemidos;
                       libro de memoria, siempre            borre un rasgo de tus gracias
                       para hacerme beneficio,                las erratas de mis vicios.




Discúlpeseme la sinuosa apariencia, aunque es bien sabido que Blogger no mantiene los espacios que se establecen ni permite la escritura en columnas (o esta humilde copista no ha sabido encontrar el modo).

domingo, 23 de octubre de 2011

Cuento. William el cabezota

(Inspirado en hechos reales)


En una lejana ciudad vivió una vez un hombre sencillo, trabajador, divertido e inteligente que tenía la cabeza llena de historias.
Eran historias que a todos encandilaban y que hablaban de reyes valientes que luchaban en terribles batallas junto a sus soldados; de príncipes tristes; de mujeres rebeldes; de amores imposibles; de hadas y duendes…

Sus historias se representaban en el teatro, y siempre resultaban un gran éxito, de modo que William, que así se llamaba este hombre, era muy querido y admirado.

Tenía muchos amigos, pero en especial dos de ellos, John y Henry, se preocupaban por el destino de esas extraordinarias historias, y le decían:

-Oye, William, deberías tener más cuidado con tus obras.
-¿Más cuidado? –preguntaba William sorprendido. -¿Por qué decís eso, queridos míos?
-Pues porque deberías recopilarlas, ordenarlas y publicarlas.
-¿Publicarlas? ¿Para qué?
-Pues para que todo el mundo pueda leerlas, hombre.
-Pero mis historias no son para leerlas. Son para el teatro. Mis personajes viven en el escenario.
-Bueno, sí, eso está muy bien -decía Henry-, pero en el teatro tienen una vida efímera. Se representan durante un tiempo y luego son sustituidas por otras.
-Es verdad, William, -añadía John-. Sería una gran lástima que esas historias y personajes maravillosos cayeran en el olvido.
-¿Y no es el olvido el destino de todo, incluídos nosotros mismos? -decía William, que era muy  modesto.

Y así, una y otra vez, John y Henry intentaban convencerlo de que sus obras eran muy valiosas y merecían un lugar en la posteridad.
Pero cada vez William se mostraba incrédulo y despreocupado con eso de la posteridad y la gloria.

Así que lo dejaban por imposible y se marchaban algo contrariados por la tozudez de su genial amigo.
-Qué cabezota es…
-Es que este Shakespeare… no sabe lo que vale.



jueves, 13 de octubre de 2011

No somos tan malos


Tengo la sensación –bueno, en realidad tengo la evidencia- de que los que nos interesamos por el lenguaje y comentamos los errores que se comenten a diario en los medios de comunicación, le caemos fatal a un buen porcentaje de la población.

Resultamos antipáticos, entrometidos y maleducados. Se da por hecho que nos consideramos superiores a los demás y se nos avisa con dedo amenazador de que nosotros también cometemos errores.
Como si no lo supiéramos, cuando precisamente por ese interés lingüístico que nos adorna, somos los primeros conscientes de esa posibilidad.

Hombre, en todas partes hay maniáticos y exagerados a los que les da por algo, así que claro que hay quien va por ahí afeándole el uso del lenguaje a los demás e interrumpiendo para corregir. Pero esos son los raros, y ya los conocemos: son los entrañables policías gramaticales, que tanta gracia hacen.

Pero los que simplemente pensamos que hay que intentar hacer las cosas lo mejor posible, que escribir y expresarse correctamente es necesario y que las normas de ortografía y redacción no son un capricho, no tenemos mala idea. Somos personas corrientes y molientes, con un interés determinado que es el estudio del lenguaje.

Y tampoco  es que vayamos buscando faltas y errores, es que simplemente nos salen al paso, cual florecillas silvestres en medio de un prado.
Aparecen jocosas aquí, allá y acullá, y mientras a otros les pasan desapercibidas, nosotros, porque nos interesa el tema, las percibimos sin querer, sin necesidad de ir prestando atención.

Lo que sí que me llama la atención es que nadie mire mal a nadie cuando se critica al que mete la pata en cualquier otro terreno.
Se critica al médico, al profesor, al fontanero, al entrenador, al jugador y al taxista si hacen mal su labor. Y nos parece lógico que se los critique, pues lo propio es querer y esperar que las cosas se hagan bien.
Pero si criticas al profesional que usa incorrectamente el lenguaje, entonces eres un pedante y un cansino.
Y si haces un poco de guasa con las peculiaridades del lenguaje de la calle, eres también una mala persona que se ríe de los demás.

Al margen de esto, creo que la mayoría no somos muy conscientes de que nuestra manera de expresarnos, al hablar y al escribir, es una carta de presentación que dice de nosotros tanto como nuestra forma de vestir y nuestros modales.
Por eso todos, en todos los ámbitos de la vida, deberíamos aspirar a conocer el lenguaje lo mejor posible y a usarlo con toda corrección, pues eso nos dará prestigio y proyectará una buena imagen de nuestra persona.
Lo contrario nos hará parecer poco preparados, descuidados y negligentes, con el perjuicio que esto implica, sobre todo en el terreno profesional, sea cual sea.

Y no, no hace falta que nuestros interlocutores sean eruditos ni académicos para que aprecien el buen hablar y el bien escribir. La corrección y el esmero en el uso del lenguaje es algo que el hablante percibe de manera intuitiva, aunque no pueda dar razones técnicas,  ni falta que hace.


viernes, 30 de septiembre de 2011

Palabras estupendas



Hay por ahí palabras magníficas, pomposas, que suenan como un redoble de sílabas, como una traca de fonemas: pom-pom-pom, tacatacatá.

Son palabras que, después de pronunciadas, se quedan un rato flotando a nuestro alrededor, porque son densas, voluminosas, no se diluyen en al aire fácilmente, no se las lleva el viento sin esfuerzo.
Hecatombe. Cenotafio. Apabullante. Cariacontecido. Meditabundo. Ensoberbecido. Prolegómeno.

Algunas de esas palabras opulentas son completamente redondas, pulidas como la bola de cristal de un mago, y mientras las pronunciamos parece que ruedan dentro de la boca, que van rebotando por la lengua.
Ostrogodo. Psicopompo. Paralelepípedo. Rimbombante. Epanadiplosis.

Otras, por el contrario, tienen aristas y resultan un poco ásperas al paladar. Algunas parece incluso que nos regañan, que están un poquito enfadadas.
Estrambótico. Botarate. Australopiteco. Carpetovetónico. Zarrapastroso. Triscaidecafóbico.

Y otras son más bien lánguidas, algo espesas, como gotas de aceite. Pero gotas gordas, con entidad, con presencia. Pueden resultar un poco dulzonas, incluso empalagosas si se usan con frecuencia.
Libélula. Parsimonia. Ecuánime. Delicuescente. Inmarcesible. Palimpsesto. Clepsidra.

Hay también palabras que tienen autoridad, que suenan como una orden, como un “oiga usted”. Son palabras con aplomo, con seguridad en sí mismas. Son palabras que no se andan con miramientos.
Recóndito. Pantomima. Contumaz. Cachalote. Pantagruélico. Cimborrio. Antagónico.

Parece como si, una vez pronunciadas, las propias palabras se volvieran y dijeran: ahí queda eso.

En realidad todas las palabras son estupendas, tanto las más campanudas y floridas como las más discretas. Porque todas son útiles y todas llevan en sí el misterio de su origen.
No solemos prestarles atención,  simplemente las utilizamos a conveniencia, como el que no quiere la cosa, a veces a lo loco, pero no podemos pasar sin ellas. No seríamos nadie sin ellas.
La prueba está en que cuando no encontramos la que necesitamos, qué desvalidos nos sentimos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Cuento. Anselmo


Delante de mí caminaba un hombre de unos treinta años.  Llevaba un cigarrillo en la mano derecha y una carpeta, un libro y un cuaderno en la izquierda.
Me pareció, no sé por qué,  que esos elementos no eran naturales en él, como si no fueran suyos, o como si los llevara por obligación. Y de la misma manera, tuve la sensación de que el hombre tampoco encajaba en el entorno, en la calle que recorríamos: una calle tranquila, limpia, floreada.

Un poco más adelante, en la acera opuesta, unos hombres trabajaban reponiendo unas baldosas.
Uno de ellos, al ver al que caminaba delante de mí, levantó un brazo al tiempo que llamaba sonriente:
-¡Eh, Anselmo!

Y el tal Anselmo, como respuesta a aquel efusivo saludo, miró de soslayo y pronunció un desganado eh, con un lánguido movimiento de la mano.

Seguí tras él, pensando que era un tipo descortés y desconsiderado. Y, como para confirmar mi impresión, este Anselmo, después de llevarse el cigarrillo a la boca por última vez, tiró la colilla al suelo, hacia atrás, sin importarle donde cayera, sin pensar que pudiera haber en la calle alguien más.
Y a continuación, para terminar de dibujar su desagradable retrato, tosió y escupió en la acera.

Aminoré el paso para aumentar la distancia con aquel tipejo tan enojoso.
Ya casi estábamos al final de la calle, y como yo debía volver la esquina de la derecha, deseé que él fuera por la izquierda y perderlo de vista para siempre.

Pero, poco antes de llegar a la esquina, vi que el libro que llevaba se estaba deslizando poco a poco y acabaría cayendo al suelo.

Efectivamente, al instante el libro cayó, y yo, por inercia, le avisé:
-¡Oiga,  se le ha…
Antes de que yo terminara la frase, él mismo se percató tanto de la caída del libro como de mi aviso.

Pero mi frase, que ya tenía vida propia, continuó su camino y concluyó:
-…caído el libro.
Entonces Anselmo me miró y con tono de desprecio dijo:
-Sí, ya me he dado cuenta.
Y  más antipático aún, añadió:
-¿Qué quieres, que te dé las gracias?

-Madre mía, qué elemento, pensé. Y sin decir nada, mientras él se agachaba, seguí mi camino, doblé la esquina y lo dejé atrás.

Unos metros más adelante me encontré con  una conocida, una joven muy agradable -educada, trabajadora, guapa- a la que tengo gran aprecio. 
Me saludó con su habitual simpatía y mientras cambiábamos unas palabras vi venir a Anselmo.
Ella también lo vio, y sonriendo dijo:
-Ah, aquí llega mi novio.

Me despedí de ella rápidamente y me marché, cavilando, intentando comprender los misterios de la vida.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

Más detalles

En una entrada anterior me referí a lugares -o detalles de lugares- de Londres que fácilmente pueden pasar desapercibidos.
Es lógico, me parece, que ocurra esto, pues si normalmente no nos fijamos en las cosas pequeñas, cúanto más las pasaremos por alto en un lugar tan espectacular y tan lleno de portentos.
Pero hay, a la vista de quienes quieran mirar, muchos  lugares y objetos que, sin deslumbrar,  hablan de una cultura y una forma de ser que aprecia el detalle, lo pequeño; que no se queda en lo fundamental, sino que intenta darle a todo un acabado personal, un toque especial; que se entretiene en la pincelada de la finura y la belleza hasta en lo que quizá no vea nunca nadie.
Pero lo ponen, por si acaso alguien se fija. 
O por el simple gusto de saber que está ahí.

Entre los elementos que me siguen llamando la atención y que revelan ese carácter minucioso y preciso de los británicos, están los bancos de los parques y jardines que hay por toda la ciudad.
Desde los inmensos y famosos Hyde Park, Regent’s Park, St James’s Park, etc, hasta los jardines menos conocidos, como Paddinton St Gardens o Gordon Square, por ejemplo, en todas partes hay numerosos  bancos de madera para sentarse a descansar y a disfrutar del entorno.
Y cada uno de esos bancos, que es a lo que voy, tiene una inscripción diferente, porque cada uno está dedicado a alguien diferente, a alguien que dejó un recuerdo en alguien y cuya memoria se honra con esas inscripciones.
Algunas de ellas son solamente un nombre y una fecha; otras tienen alguna frase alusiva a la persona a la que se dedica el banco; y otras, que reflejan el dolor de una ausencia, son verdaderamente conmovedoras.

Recuerdo uno de esos bancos, dedicado a un muchacho fallecido a los diecinueve años; otro a alguien que “se deleitaba a diario en estos jardines”. Y otros que nos invitan a sentarnos y disfrutar del lugar como lo disfrutaba la persona a la que se recuerda.



Stephen Allison. Amado hijo, devoto marido, cariñoso padre, entrañable hermano.
Un ser extraordinario. Nunca olvidado, eternamente amado. 




Para Emily Bickerton 1965-2008.
Detente un momento aquí y disfruta un instante de paz en uno de sus lugares favoritos.
De su familia y amigos.
   
Otro detalle que me gusta mucho son esos mosaicos azules, preciosos, que aparecen en muchas fachadas, a poca distancia del suelo, y que dejan constancia de lo que hubo en el lugar en otro tiempo.

Me parece una forma muy sencilla y eficaz, sin alharacas, de rememorar aquello que ya se ha perdido pero que no deja de formar parte de la ciudad, de su historia y por lo tanto del presente.
Eso es tener memoria, conocimiento y respeto por los que estuvieron aquí antes que nosotros, y por sus obras.
Para ilustrar la cuestión, estos dos mosaicos aluden, respectivamente, a Cripplegate, una de las puertas de la muralla que en tiempos pretéritos rodeaba Londres, y a la conducción de agua de Aldermanbury, "que  proporcionaba agua gratis" a la población. Desde 1471 hasta el siglo XVIII. 


Por último (en esta entrada, claro) quiero referirme a un detalle que me parece muy gracioso. Como todo el mundo sabe, el señor Arthur Conan Doyle creó un personaje conocido universalmente: el muy británico y detectivesco Sherlock Holmes, al que domicilió en la calle Baker (ya se sabe, el 221b de Baker Street).
Pues el detalle gracioso es que la estación de metro de dicha calle está decorada con azulejos en los que se reproduce la silueta –la clásica silueta- del sagaz investigador.


Y es que, me parece a mí, la cultura anglosajona tiene la peculiaridad de guardar en su  bagaje sus aspectos más puramente eruditos y académicos junto con los más populares, dándole a cada uno su importancia, su valor y su significado, sin menospreciar y también sin exagerar. A veces, incluso, con excesiva modestia.

Digo esto porque creo que tendemos a pensar que algo que es popular –y no me refiero a lo populachero ni populista- tiene que ser necesariamente de menor calidad o de menor trascendencia que lo académico, lo intelectual y minoritario.
Y quizá el carácter de una verdadera obra de arte esté en su capacidad de llegar a muchos, sea cual sea su formación.
Como Shakespeare y Dickens, por ejemplo, que fueron muy populares a la vez que genios literarios.

A lo mejor es que todos somos capaces de apreciar las obras del intelecto humano pero no siempre tenemos ocasión –o ganas- de conocerlas. O nos distraemos con otras fruslerías que nos parecen más atractivas y fáciles de digerir.

Seguramente todo esto le parecería elemental al querido señor Holmes.