martes, 28 de octubre de 2008

Yo enseño, yo aprendo

Una de las razones por las que me gusta la enseñanza de adultos es que con ello tengo la ocasión de conocer a personas de muy diversos ámbitos sociales y laborales. Personas de toda índole y condición.

Un grupo de adultos en un aula es un mundo por descubrir. Son personas que tienen en común el deseo o la necesidad de formarse en una materia determinada, y el sólo hecho de que decidan dedicar su tiempo a recibir esa formación ya habla bien de ellas. Quieren aprender, y mi misión es enseñar, pero creo que al final soy yo quien más aprende.
Aprendo detalles y aspectos de profesiones o disciplinas de las que sé poco o nada, y descubro que todo es interesante, que todas las ocupaciones requieren conocimientos, habilidades, capacidades y actitudes específicos, lo que me hace pensar en lo poco que generalmente valoramos el trabajo de los demás. Pero sobre todo descubro aspectos humanos y personales que, nuevamente, dan para meditar un rato.
 
Además de alumnos españoles, he tenido o tengo alumnos venidos de diferentes países (de Argentina a Rusia, pasando por Colombia, Ecuador, Uruguay, Rumanía...), que se emocionan hablando de su tierra, que siempre tienen algo interesante que contar, que aportan una visión diferente del mundo, de la sociedad, de la vida en suma, lo cual abre el alma y ensancha el pensamiento.
 
Hay también alumnos que me sorprenden por su modestia, o por su optimismo, o por su inseguridad, o por su desparpajo... Hay alumnos que demuestran una gran inteligencia aunque su formación cultural sea escasa. Hay otros que me emocionan con su gratitud y con lo mucho que valoran mi modesta labor. Otros me conmueven porque teniendo una complicada situación personal o familiar, mantienen, sin embargo, incólume su ilusión por aprender, por mejorar y salir adelante contra viento y marea.
 
Hay, en fin, alumnos que resultan interesantes y sorprendentes por sus conocimientos, por sus aficiones, por su educación exquisita, por su capacidad de trabajo o porque tiene un talento artístico fuera de lo común. He conocido, por ejemplo, a alumnos que parecían tener un ángel entre los dedos, por su asombrosa manera de dibujar o de tocar un instrumento musical;  o con una  voz portentosa  que pasma a quien la escucha.
 
No dejo de sorprenderme cada día con lo mucho que aprendo en clase. Yo doy lecciones de inglés, pero a mí los alumnos me dan lecciones de superación, de modestia, de constancia, de convivencia, de sensatez, de gratitud...





miércoles, 20 de agosto de 2008

Viva el lenguaje

Para mí no hay nada más fascinante que el lenguaje humano. Creo que es el mayor logro del hombre. De hecho, creo que sin ese logro ningún otro hubiera sido posible. Todo se basa en la comunicación entre unos seres humanos y otros, y de esa capacidad de comunicarse deriva el mundo que hemos creado: la sociedad, la ciencia, la guerra, el arte, la tecnología... Sin el lenguaje, la civilización humana no sería lo que es. Puede que ni siquiera fuese. Porque sin el lenguaje -creo yo, con permiso de Piaget- no existiría el pensamiento, o por lo menos el pensamiento complejo. Sería en todo caso un pensamiento primitivo, elemental, más parecido al instinto que al razonamiento.

Es fantástico que con sólo un puñadito de sonidos y un puñadito de símbolos que representan esos sonidos, hayamos podido crear, y sigamos creando, la barbaridad de palabras que tenemos para nombrarlo todo, lo material y lo abstracto, y que podamos expresar la barbaridad de ideas que cualquiera expresa al cabo del día, desde un simple hola hasta el discurso más retórico y florido; desde el concepto más genial a la tontería más tonta. Con los mismos elementos.

Y es que el lenguaje es como una maquinaria maravillosa de posibilidades infinitas. Y como un juguete extraordinario cuya capacidad para entretener nunca se agotara. Porque las palabras son mágicas.

Digo esto porque el lenguaje, usado convenientemente, puede ser la monda, y procurarnos más diversión que cualquier juego de cualquier clase.
Es obvio que para crear diversión con el lenguaje hace falta un cierto grado de ingenio, de creatividad y de conocimiento. Pero es que también es cierto que, a veces, cuando el lenguaje se cruza con la ignorancia, produce expresiones jocosas involuntarias que pueden llegar a ser más divertidas que cualquier chiste premeditado.
Hace poco oí en la calle a una señora que hablaba con otra sobre alguien que ambas conocían. Por lo visto, ese conocido común había fallecido recientemente, y según la señora que lo contaba, "iba por la calle tan tranquilo y de pronto le dio un infarto fumigante".
Al parecer, el mundo de la medicina da para muchas de estas creaciones hilarantes. Recuerdo a una vecina que decía que su marido tenía "una hernia fiscal". Si el hombre se hubiera dedicado al Derecho la cosa tendría su lógica, pero no era el caso.
Y otra vecina nos decía que su padre seguía en el hospital pero ya le habían quitado el "engranaje", como si el pobre señor fuera un reloj de cuerda. Reconozco que tardé un rato en comprender que lo que le habian quitado era el drenaje.
Fuera del ámbito médico, un amigo mío oyó a alguien decir que iba a instalar "una antena parapléjica". Quizá fuera el mismo que dijo que a la plancha había que echarle "agua destinada". Y hablando de destino, hay quien encuentra milagroso que una carta o un paquete lleguen donde tienen que llegar, y quizá por eso un señor decía que conviene mandar las cosas "por correo santificado". Y el caso es que creo que algo de razón tenía...

Estos ejemplos provienen de gente de la calle, gente común y corriente, como yo, pero no quiere esto decir que no se den casos semejantes, y con más delito y menos gracia, entre los que pasan por listos y cultivados. Algunos sueltan perlas lingüísticas que deberían tener multa.

Ya dije antes que creo que para pensar hacen falta las palabras. Pero se ve que para usar las palabras no siempre es imprescindible pensar...

lunes, 11 de agosto de 2008

En la penumbra (última parte)

Cuando estaba en casa, solo, invadido por la pereza, incapaz de nada que supusiera un mínimo de acción, pensaba en ella. Pero esos pensamientos no traicionaban el recuerdo de mi amada esposa, porque la mujer de la iglesia no me inspiraba amor, ni nada parecido a él. Mi amor seguía y sigue siendo para mi esposa, y lo que en verdad deseaba era haber podido hablar con ella sobre la misteriosa figura enlutada.
Aunque ella, con su talante práctico y su carácter alegre y mundano, probablemente se habría reído dulcemente y me habría dicho que tanto trabajo me había alterado el entendimiento.
Y realmente, todo aquello era algo completamente absurdo. Tanto que ni para mí mismo tenía sentido.

Así pensando, concluí que aquella mujer etérea no podía ser más que una ilusión de mis sentidos, embotados no por el trabajo sino por la soledad, por la melancolía, por la falta de resignación ante la muerte de mi esposa, por el dolor insuperado. Y llegué a sentir verdadero temor a obsesionarme y a que mi mente se trastornara y enfermara seriamente. De modo que resolví no volver más a la iglesia. Era el único modo de apartar de mi vista a esa persona, o fantasma, o ensoñación, o lo que quiera que fuese. Y apartándola de mi vista, conseguiría, tarde o temprano, apartarla de mi pensamiento, y evitar así un desconcierto permanente de mi ánimo.

Pero, por otro lado, no podía renunciar al sosiego y la paz que la iglesia me proporcionaba y que ahora necesitaba doblemente.De modo que elegí al azar una nueva iglesia en la que sentarme a recibir la balsámica influencia.
En pocos días fui visitante asiduo de una iglesia muy pequeña, muy antigua, en el centro de la ciudad. Un reducto de silencio y penumbra en medio del agotador ajetreo mundano.
Sentí por fin mi cuerpo y mi alma descansar. Pero este descanso sólo duró unos días, pues al cabo, la volví a ver. Allí estaba la figura negra, ella, buscándome. Y me encontró. Me miró, no de frente, sólo moviendo lentamente la cabeza, dirigiendo sus ojos hacia mí, con tal intensidad que me pareció que me tocaba.
Y he de decir ahora que sentí miedo. No porque esa mirada pareciera cruel ni amenazante. Sentí miedo porque empecé a comprender.
Pero aun mayor que el miedo fue la curiosidad. Y fue la curiosidad, y el deseo de saber y comprender, y estar seguro, lo que me llevó al día siguiente a otra iglesia. Y al día siguiente a otra, y a otra... Y en todas ellas, cada día, la encontré. Y cada día me miró, y con su mirada, esa mirada que como dedos me tocaba, me envió un mensaje que aún no he logrado descifrar por completo.
Ahora, mi único deseo, mi único afán, es que esa mujer quimérica me hable, o que de algún otro modo me haga comprender por fin. Porque ya no temo nada. El miedo ya lo he perdido. La esperanza la conservo. La duda permanece.

viernes, 8 de agosto de 2008

En la penumbra (2ª parte)

No supe ni sé si lo que sentí al ver aquella figura fue temor o esperanza, o ambas cosas a la vez. Pero indiferencia, ninguna.
Volví a la iglesia muchos días desde entonces, y allí estaba siempre ella, de pie, vestida de negro, rozando el suelo el leve vuelo de la falda, y en las manos, el misal.
Siempre parecía concentrada en el altar, fija la mirada, y sin más movimiento que el de la respiración y el lento parpadeo.
Yo no la veía llegar, sino cuando ya estaba allí, de pie, a un lado de la nave. Y nunca se marchaba antes que yo. Cuando me levantaba para partir, ella se volvía y la veía alejarse, hacia una puerta interior.Era hermosa, pero no era su belleza lo que me hacía mirarla, sino su misterio. No parecía tener edad, como tampoco parecía tener una vida fuera de la iglesia. Tan frágil aparentaba ser, tan silenciosa y quieta, que no podía ser imaginada formando parte del bullicio exterior. No podría sobrevivir.
Nunca la había visto mirarme, pero sabía, aunque no tengo explicación para esta certeza, que ella estaba allí por mí. Sabía que entre nosotros tenía que haber alguna clase de comunicación, y yo deseaba que esa comunicación se produjera.
Llegó un momento en que no pensaba en otra cosa. Ya iba a la iglesia a diario, y su imagen, su forma de moverse y de estar quieta, ese aire fantasmal, me intrigaba y me fascinaba.Quise acercarme a ella en alguna ocasión, pero me detuve, sin saber cómo dirigirme a tan sutil criatura. ¿Qué le diría? Y en algún otro momento fue ella quien, intuyendo mi intención de acercarme, impidió tal cosa, girando lentamente su oscura silueta y desapareciendo de mi vista aún no sé cómo...

miércoles, 6 de agosto de 2008

Cuento. En la penumbra (1ª parte)

No soy creyente. No tengo fe religiosa ni devoción por lo sagrado. Pero es en una iglesia donde mejor me encuentro. Es en su ambiente espeso de silencio y cera donde mi espíritu encuentra la serenidad que le falta. Donde mi mente se aquieta y mis pensamientos se detienen por fin a descansar.Es esa callada luz que envuelve el murmullo de los rezos la que ilumina mi alma y la salva por un momento de sus tinieblas.

Desde que mi esposa murió no he sabido vivir. Porque en realidad era ella la que guiaba tanto su vida como la mía. Porque yo, voluntariamente, dejé que ella se convirtiera en brújula y timón de mi existencia. Y ahora sé que no debí llegar al extremo de dependencia al que llegué. Qué gran error es dejar que sea otro quien lleve las riendas de la propia vida, aun siendo ese otro la vida misma.

Pero yo siempre fui un hombre aburrido, sin iniciativa, para el que lo más fácil era dejar que ella, llena de energía y empuje, me indicara el camino, y señalara los obstáculos y la forma de salvarlos.

Y sintiéndome perdido sin ella, abandoné el deseo de vivir, porque dejar pasar los días, sumido en la penumbra de los recuerdos y el lamento, no es vivir, sino dejarse morir lentamente.

Cuando comprendí que nada de lo que hiciera o dejara de hacer volvería las cosas a su estado anterior, empecé a salir de mi abatimiento e intenté retomar mis ocupaciones.Así, volví de vez en cuando a mi despacho, aunque sólo para resolver lo imprescindible y delegar en mi secretario todo lo demás.



Fue en una de esas escasas salidas cuando reparé en un edificio amarillento, encajado en una estrecha callecita, abriendo humildemente sus puertas a quien por allí pasara; esperando pacientemente, desde hacía un siglo, para ofrecer el bálsamo de su atmósfera a las almas como la mía, necesitadas de consuelo.
Y entré, no a rezar, sino a descansar mi cuerpo y sosegar mi ánimo. Y encontré el descanso y el sosiego, pero también la duda.
Yo, que nunca había tenido más que la certeza de los números, de los resultados, de todo lo que se puede contabilizar, medir, pesar y reflejar en un documento, me encontraba ahora desbordado por una visión...

jueves, 31 de julio de 2008

N. Stephen King se divierte

En noviembre se editará (en Estados Unidos) una nueva colección de relatos de Stephen King. Su título es Just After Sunset y uno de los relatos que incluye es N.

Lo novedoso del caso es que este relato se presenta previamente como una historia videográfica, de 25 episodios de unos dos minutos de duración cada uno. La historia se puede ver en internet (www.NisHere.com), o recibirla en el móvil, o descargarla desde iTunes; y también añadirla a tu blog, o a tu MySpace o a tu página . Y es totalmente gratuito. Es que a Mr. King le gusta mucho jugar con las posibilidades que ofrece la tecnología y las diversas formas de edición que existen, y no pierde ocasión de utilizarlas para hacerles un regalito a sus fans, lo cual se agradece mucho.

N, que se podrá seguir a razón de un episodio diario, de lunes a viernes, hasta el 29 de agosto, trata sobre un psiquiatra que se ve afectado por la misma obsesión que su paciente: salvar el mundo, nada menos.

Aunque pueda parecer lo contrario, yo lo pongo aquí de forma totalmente desinteresada, por supuesto, porque me gusta y me parece divertido. Lo que no me gusta es la publicidad que se incluye entre episodios, pero... el mundo en que vivimos es un puro panel publicitario, y de eso no hay quien lo salve.

jueves, 24 de julio de 2008

Solito (y IV)




Hoy Solito se ha marchado. Ha volado.


Llevaba un par de días muy inquieto, piando mucho y con unas ganas locas de volar. Ya era capaz de remontar desde el suelo a la mesa, y desde la mesa a los estantes más altos de los muebles. Y los vuelos horizontales eran cada vez más largos (suerte que tengo habitaciones grandes). Desde hace varios días lo he sacado a la terraza a ratitos, para que se familiarizara con el aire libre y viera el mundo que existe tras las paredes de la casa. La primera vez se asustó mucho y se encogió dentro de mi mano, escondiendo la cabeza. Después ya se atrevía a asomar la cabeza, aunque no hacía ningún intento de revolotear. Ayer lo vi apoyado en el filo de una ventana, mirando hacia afuera. Pensé que querría salir, así que lo llevé a la terraza. Esta vez no sólo estaba más valiente sino que además piaba como si conversara con los pájaros que volaban por la plaza. Abrí la mano temiendo que echara a volar, pero no se movió. Pensé que todavía no estaba listo y, egoísta, me alegré. Pero supe que ya faltaba muy poco para la despedida. Durante el resto del día estuvo piando mucho pero yo no sabía si estaba contento o triste. El caso era que no se separaba de mí, sólo quería estar en mi mano. Pero esta mañana, después de dedicarme toda su atención durante las primeras horas, lo he vuelto a oír piar. He ido a la habitación donde lo había dejado comiendo, y lo he encontrado nuevamente en la ventana, mirando hacia fuera. Luego me ha mirado a mí. Igual que ayer, lo he interpretado como un 'vamos fuera, ¿vale?' Creo que en ese momento supe que se iba a ir, y estuve tentada de no sacarlo. Pensé 'Un día más, Solito, quédate un día más'. Pero es que también se me partía el alma de verlo ahí, mirando el mundo desde el cristal. Así que, con todo el dolor de mi corazón, lo he llevado a la terraza, y tras unos primeros momentos de vacilación, he notado que se iba animando. He abierto la mano, y cuando ya pensaba que seguía sin querer marcharse, ha salido como un rayo hacia una maceta y de ahí al mundo. Lo he seguido con la mirada y lo he visto alejarse, primero hacia un edificio y luego, en un giro magistral, hacia las palmeras. Lo he visto incluso entrar en la palmera, con suavidad y precisión. Y después ya lo he perdido de vista.

Estoy contenta por él, porque en estos dos últimos días me daba pena verlo en casa, contenido, encerrado. Incluso cuando se venía a mi mano a dormitar me parecía que era porque no quería estar sólo y yo era la única compañía que tenía. O porque estaba deprimido y no tenía ganas de nada.

Pero yo estoy muy triste y lo echo mucho de menos.
He dejado su caja, con su cabañita y su comida, en la terraza, por si quisiera volver, pero sinceramente no creo que vuelva. En la plaza hay palmeras y jacarandas llenas de gorriones, y poco después de que Solito llegara a la palmera he visto a dos de ellos revoloteando a ras del césped y saltando uno junto al otro, como si jugaran. Quiero pensar que uno de ellos era Solito que se ha reencontrado con los suyos y estaba feliz.
Todavía recuerdo a dos gorriones que salvó mi padre cuando yo era pequeña y que estuvieron con nosotros varias semanas hasta que volaron. Los recuerdo como si los viera. Así que creo que mi dulce Solito estará en mi recuerdo para siempre.

lunes, 21 de julio de 2008

Solito (III)

Solito ha hecho progresos muy notables este fin de semana. El sábado, cuando se cumplía una semana del rescate, me sorprendió con un alarde de autosuficiencia: ¡se puso a comer él solito! Así, de buenas a primeras, se acercó a su platito y sin decir ni pío se puso a comer, dale que te pego, hasta que se hartó. Luego me miraba como diciendo: ¡Conseguido! Esto me alegra mucho, porque yo temía estar malcriándolo, mimándolo demasiado, y haciendo de él un blandengue. Pero qué va. Le gustan los mimos, sí, pero también me deja claro que los mimos son para cuando él quiera, no para cuando quiera yo.


Por otro lado, sus prácticas de vuelo van dando fruto. Todavía es novato, pero sus vuelos horizontales son cada vez más largos. Ya es capaz de recorrer medio salón sin escalas.

Los verticales aún se le resisten, pero supongo que es normal, porque todavía no está 'vestido' del todo, es decir, que no tiene el plumaje completo, y todavía tiene esas marcas amarillas a los lados del pico, características de los gurripatos. O sea, que es muy chicuelino todavía.
La cuestión es que progresa día a día y para mí es una satisfacción enorme verlo así, tan vivaracho, tan lleno de energía y tan deportista.
Y me encanta cuando viene a arrebujarse en mi mano mientras yo estoy leyendo o viendo una película. Es más listo que siete.




(Continuará)

jueves, 17 de julio de 2008

Solito (II)

Solito sigue conmigo, y sigue haciendo progresos. Todos los días hace prácticas de vuelo y creo que disfruta mucho con los ensayos. Parece que piensa: "¡Eh, puedo hacer cosas!", y a continuación se lanza al vacío, aleteando vacilante desde la mesa.


Lo que más le cuesta es remontar. Tiene obsesión con subir desde el suelo a la mesa, pero eso todavía le viene grande. Le he puesto una escalera de libros, y así, peldaño a peldaño, sí puede, pero desde el suelo no hay manera. Lo que más me gusta es que no ceja en su empeño, no se rinde, y ahí va una y otra vez, llegando con cada intento más cerca de su objetivo. Así se forma un campeón.


También le falta aprender a comer sólo. Ya sabe coger la comida del palito, pero no sabe picotear del suelo o de un recipiente. Lo intenta, pero no atina. Pica donde no hay nada y se deja la comida a un lado. Pero todo se andará. Menudo es él.

A mí me da mucha alegría verlo progresar, pero también me pone triste, porque cuanto más progresa, más se acerca el momento en que querrá volar libre por esos mundos y yo me veo aquejada de eso que llaman 'síndrome del nido vacío' (nunca mejor dicho). Pero así es la vida, un constante ir y venir, un constante y obligado movimiento de adaptación y de aceptación.

(Continuará)

martes, 15 de julio de 2008

Solito ( I )

El sábado por la tarde me encontré en la calle un gorrión de pocos días. Estaba en el suelo, pegado a la tapia de un colegio que hay cerca de casa. Era evidente que se había caído del nido y no podía volar, con lo que estaba en tremendo peligro, así que lo cogí y me lo traje a casa.
El animalillo estaba aterrorizado, y yo sentía su corazón, como un tamborcito, latir contra mi mano.

Al llegar lo puse en una caja de zapatos e intenté darle de comer y beber. Pero estaba tan asustado y desorientado que no conseguí que abriera el pico. Temiendo que no sobreviviera, lo dejé tranquilo en la caja.

Al rato vi que doblaba el cuello y apoyaba el pico sobre un ala, como hacen para dormir. Pensé que por lo menos se había tranquilizado un poco.
Le puse de nombre Solito, porque creo que así es como se debía sentir.


El domingo se despertó bastante espabilado, lo cual me alegró mucho, pero seguía sin comer ni beber. Le ponía gotitas de agua en el pico y no reaccionaba. Le acercaba un poco de pan mojado y tampoco. Yo pensaba que abriría el pico, como en los documentales, esperando que cayera el alimento dentro, pero nada de eso.
Ya me estaba temiendo nuevamente lo peor, porque si no comía ni bebía no podría aguantar mucho. Así que llamé a mi padre, que vino raudo al rescate.

Con habilidad de cirujano, mi padre le abrió el pico y le metió la comida en la boca con un palillo... ¡y menudo desayuno se dio el plumífero! Estuvo un rato comiendo pan y agua, como los presos de los tebeos, y después se quedó tan pancho en su caja.


Aprendida la técnica de mi padre, por la tarde le di de comer varias veces. Y lo mejor fue que a la tercera vez ya no fue necesario abrirle el pico, sino que el solito devoraba lo que se le pusiera delante, estirando el cuello como el de los 4 Fantásticos y abriendo una boca por la que casi cabía yo.


A lo largo del dia observé que lo que más le gustaba era arrinconarse, meterse en algún sitio pequeño y oscuro. Apenas sabe aletear, con lo que lo de volar todavía le viene muy largo, pero remonta lo suficiente para salirse de la caja y luego, dando saltitos, esconderse donde pille.


Por la noche cenó como un pachá, y el lunes por la mañana esperaba encontrarlo tan activo y tragón como el domingo. Pero no fue así. Estába apagado y apático y comiendo muy poco.
Lo puse en una caja más grande, con una rama para que pudiera encaramarse, a ver si se animaba.

Y seguía con el afán de buscar rinconcitos oscuros. Dice mi padre que los nidos de los gorriones son muy cerrados, con forma de globo, y con un agujerito para entrar y salir, así que por eso le gustará estar en sitios resguardados y oscuros.

Entonces le puse, dentro de la caja, otra caja más pequeña, con solapa, e inclinada, de manera que forma un refugio muy ad hoc. Solito parecía encantado, porque se pasó toda la mañana allí metido. Pero a mí me preocupaba verlo tan pasivo. Supuse que estaría deprimido, echando de menos a sus congéneres. Pensé sacarlo a la terraza, pero no me atreví.

Para mi alegría, por la tarde estaba otra vez como nuevo, hecho un saltimbanqui que ni los del Circo del Sol. Estuvo haciendo prácticas de vuelo, y aunque todavía le dan un poco de miedo las alturas, poco a poco se va atreviendo a más. Sigue buscando refugio en su cabañita oscura, pero también le gusta cada vez más investigar el entorno. Es un valiente.

(Continuará)

martes, 8 de julio de 2008

Cuento. El regreso

El hombre caminaba sin prisa pero con paso seguro. Bajo el escaso peso de su mochila parecía ansioso por alcanzar su destino y al mismo tiempo temeroso de no encontrar lo que esperaba.
El paisaje era monótono, uniforme, sin sendas ni marcas de paso. Pero el hombre pisaba con decisión, como si conociera bien el lugar y la meta.
Después de varias horas de ese peregrinaje cansino y desolador, se detuvo. Bebió agua, miró al cielo, miró el terreno que ya había dejado atrás, y echó de nuevo a andar.
Era un alivio ver que hasta entonces nada había cambiado, y aunque no había ni un árbol, ni una valla, ni una hierba más alta que otra, aquella tierra desabrida, áspera y aburrida le resultaba acogedora.
Siguió adelante un rato más.
De pronto, el panorama empezó a cambiar. A lo lejos, tras un leve desnivel del terreno, apareció la copa de un árbol, un trazo verde en la lejanía que reconfortaba la vista y el alma.
A medida que el hombre avanzaba, el árbol iba poco a poco asomando, como si creciera con cada paso, y aunque el rostro y la actitud del hombre no se alteraron, el pajarillo de la felicidad revoloteó en su interior.

Al cabo de unos pocos pasos más apareció otro árbol, y luego otro, y otros muchos más, y entre ellos un tejado, y éste rodeado de otros, y aquí y allá unas suaves nubes de humo doméstico.

Efectivamente, nada había cambiado. Era maravillosa esa sensación de acogimiento, de vuelta a sí mismo, de seguridad.
Entonces se detuvo. Se detuvo y observó la estampa que tenía ante sí. Quería llenarse los ojos con su visión, quería retener el momento y las sensaciones. Quería paladear ese instante, necesariamente fugaz, para después, con el paso del tiempo, saber que no lo había dejado escapar. Años después llegaría la melancolía, y avisado ya por la experiencia, intentó abrazarse a ese momento, conservarlo y aprenderlo de memoria. No dejarlo pasar como se deja pasar cada instante de vida, sino hacerse plenamente consciente de lo que veía y lo que sentía, convirtiéndolo en algo que más tarde casi podría tocar, tan intenso sería el recuerdo.
Era el momento del regreso, el momento en que sentía la absoluta felicidad de la recuperación, del retorno al lugar y a la vida que en los días del dolor y el miedo había creído perdidos para siempre. Y ese momento permanecería en su memoria con la nitidez y la intensidad con que ahora lo estaba viviendo. No sería un mero recuerdo, sino una presencia.
Podría revivirlo, verlo de nuevo, y revivirse a sí mismo sintiendo lo que ahora sentía. Y entonces se diría: “Lo viví bien”. Y evitaría así las lágrimas por lo pasado, la pena por los instantes perdidos, la tristeza por su fugacidad y el dolor por lo irrecuperable.

Por fin, absorbido ya el momento, integrado por completo en su ser, el hombre inició de nuevo la marcha, aligerando el paso a medida que percibía no sólo ya imágenes sino también sonidos y olores.

viernes, 4 de julio de 2008

Duma Key

Me pregunta una amiga sobre Duma Key, la novela más reciente de Stephen King, y francamente, no sé por dónde empezar, si por el título, por el argumento, por el estilo...

Ahora que lo pienso, acabo de establecer yo misma un orden. Me ha pasado como al poeta: burla, burlando, van los tres delante.

Duma Key (Cayo Duma) es el nombre de uno de los cayos de Florida, aunque tal nombre no existe en la realidad. Y es el lugar donde transcurre la historia que ocupa las 600 páginas mal contadas de la novela. ¡Ojo! Digo mal contadas porque no son 600 exactamente, no porque estén mal narradas. Todo lo contrario.

El protagonista es Edgar Freemantle, quien, tras sufrir un accidente que casi lo mata (como le ocurrió al propio King hace unos años), siente que su vida anterior ha acabado y tiene que empezar una nueva. Para ello se traslada a Duma Key en busca de paz y tranquilidad... y qué poco acierto tiene el pobre. Es lo que pasa por ser un personaje de Stephen King, que te llevas cada mal rato...
Como en un tiempo fue aficionado a la pintura, su médico le aconseja que vuelva a esa afición como terapia. Y con los cuadros que va pintando empiezan a ocurrir cosas...
En esta novela King vuelve a un tema que ya ha tratado en ocasiones anteriores, y que parece cobrar cada vez más importancia en sus historias: la influencia -positiva o maléfica- de la creación artística, no sólo en el propio escritor, pintor, dibujante... sino también en su entorno. Parece decir que el arte es en sí mismo una fuerza creadora, que empieza por crearse a sí misma, valiéndose del artista.

La historia es muy interesante y muy original, como suelen ser todas las de S.King, por lo que decir eso y nada es casi lo mismo: es algo que se da por hecho. Lo que a mí más me llama la atención, y ya me pasó con la anterior novela (Lisey's Story), es la profundidad, complejidad y riqueza de estilo que King ha ido consiguiendo dar a su obra con los años. En sus últimos libros el elemento fantástico o sobrenatural que ha sido siempre su rasgo más característico y evidente, ha quedado en segundo plano, dejando que sobresalga el trabajo literario en sí, el estilo, la forma, la trama y su estructura .

Esto no quiere decir que sus anteriores novelas fuesen un mero paseo por el túnel del terror escrito a la buena de Dios, ni mucho menos. Pero el elemento terrorífico estaba tan bien conseguido, era tan coherente y estaba tan bien contextualizado, que el estilo quedaba sin remedio en segundo plano. Sólo queríamos saber qué iba a pasar después.

Sin embargo, últimamente, mientras nos vamos enterando de lo que pasa, vamos disfrutando de un estilo literario muy personal, donde lo más evidente es el particular uso de las palabras: términos inventados por el autor, juegos de palabras, escritura fonética que reproduce una pronunciación o acento peculiar... y en Duma Key, además, muchas palabras y expresiones en español, en boca de un personaje que estuvo casado con una mejicana. Algunas me resultan un poco raras, pero no sé si es porque son expresiones propias del español de Méjico, que por desgracia no conozco, o porque Mr. King no tiene todavía muy controlado nuestro idioma. Pero no es nada que entorpezca la comprensión del mensaje, así que no problemo.

Me parece admirable y muy de agradecer, que un autor que lleva más de treinta años escribiendo y publicando con éxito mundial, siga sorprendiendo, creando, en el más estricto sentido de la palabra, aprendiendo y tomándose tan en serio su tarea, sin caer en la fácil tentación de acomodarse, darlo todo por hecho y dedicarse a verlas venir. Por algo es el rey.






lunes, 30 de junio de 2008

Únete a nosotros



Observo desde mi terraza un panorama inusual. Algo grande ha debido ocurrir y yo no me he enterado.
La gente se ha echado a la calle a celebrar algo. Todos están contentísimos, gritan, saltan, cantan, se abrazan, agitan banderas... Hay un ruido abrumador, que debe ser el sonido de la felicidad. Los coches dan vueltas y vueltas; uno toca el claxon y otros le contestan repitiendo un ritmillo sincopado que todos conocen.
Pongo la tele en busca de un programa informativo que me aclare la situación. Espero encontrar algún locutor anunciando que se ha encontrado la cura definitiva para el cáncer, o la vacuna contra el sida... No, no hay nada de eso. Sigo cambiando de canal... hablan de fútbol, parece que el equipo nacional ha ganado un partido importante, pero no doy con la noticia que explique los fuegos artificiales y la alegría desbordante que hay en la calle. Quizá los países han llegado a algún acuerdo utópico, o quizá han dado con la fórmula para acabar con la miseria en el mundo, o para dejar de depender del petróleo... Nada, no hay más que fútbol en todas las cadenas... ¡Ah!, ya me imagino, un tanto desilusionada: será una noticia de alcance sólo provincial, y como no tengo sintonizado ningún canal local... Decido bajar a la calle a preguntarle a la gente. Me acerco a un matrimonio con dos niños pequeños que agitan sendas banderitas rojigualdas. Le pregunto a la señora qué ha pasado, qué se celebra, y mientras mi corazón se prepara para unirse al alborozo colectivo, veo que la señora, el marido y hasta los chiquillos me miran asombrados, incrédulos y casi asustados. "Pero, mujer -me dice la señora- ¿tú de dónde has salido?". "De mi casa", respondo apabullada. "¡Chiquilla, que España ha ganado la Copa de Europa! ¡Que somos campeones!"
"¡Oé, oé, oé, oé...!", grita la familia al unísono, mientras se une a otro grupo de felices que pasa junto a nosotros en ese momento. "¡Campeones, campeones...!"
"Desde luego, cómo soy -me recrimino- Un acontecimiento así y yo pensando en tonterías".

miércoles, 25 de junio de 2008

¿Todo está en los libros?



Dice mi amigo John que él nunca se aburre porque siempre lleva consigo un libro, y que no entiende cómo nadie capaz de leer pueda aburrirse alguna vez. Como todos nos encontramos de vez en cuando en situaciones aburridísimas, y yo no soy ninguna excepción, estaba completamente de acuerdo con esa opinión. Pero hace unos días tuve una experiencia burocrática que me indujo a pensar que no sólo los libros son el remedio para pasarlo bien en ámbitos aburrientes.

La sala de espera del dentista, cualquier oficina de trámites, la espera del tren... son algunos ejemplos paradigmáticos de situaciones que requieren algo para leer, y, como digo, hace unos días mientras aguardaba mi turno para un trámite burocrático, saqué el libro que para la ocasión llevaba en el bolso.

La cuestión es que, a los pocos minutos, me di cuenta de que el ambiente que me rodeaba era mucho más entretenido que el libro. Y no es que el libro no me gustara. Es que la variedad de personajes, acentos, estilos y modos que me rodeaban era de tal riqueza y peculiaridad, que merecía la pena prestarle atención.
Primero me fijé en las personas propiamente dichas.
Había un niño, demasiado mayor para ir en un carrito, que hablaba con un cuento-Los siete cabritillos- al que le decía que era un avión. Había señoras, de edades y formas corporales diversas, vestidas como para ir a la playa, y me refiero a que iban prácticamente en bikini. Dos jóvenes inmigrantes pedían ayuda a un español para rellenar un impreso. Había también un hombre que canturreaba y bostezaba al mismo tiempo...
Después me centré en las conversaciones. En el puesto de honor, la consabida cháchara sobre la falta de personal para atender al público: "Pero si es que hay más gente en el paro que trabajando", decía alguien. "Pues que pongan a unos pocos a trabajar aquí", contestaba otro. "Pero es que no hay presupuesto ", sentenciaba el último. Y esa conversación quedaba zanjada. Luego hubo otra sobre el hambre que tenía una niña que llevaba allí con su madre dos horas. Madre poco previsora, por cierto.

Y otra entre dos jóvenes que se conocían y se encontraron allí casualmente: 
-Mira, ¿tú que haces aquí?
-Aquí, a arreglar esto del ese.
-Ah, ¿lo de eso?
-No, que va, lo de eso tengo que venir otro día. Esto es para lo otro. 
-Pues no veas, ¿no? 
-Ya te digo. 
-Pues yo me voy a ir.
-Sí, ¿no? 
-Sí, porque tengo que ir a lo del coche del Fali...

Mejor que mi libro, confirmo.

Probablemente John, en su Escocia natal no disfruta de estas formas de entretenimiento intelectual que nosotros tenemos aquí, por eso el pobre tiene que recurrir a los libros.

sábado, 21 de junio de 2008

Y es de verdad



Vivo en un edificio grande y casi no conozco a mis vecinos. Yo no tengo mucho interés en que esto cambie y, al parecer, los demás tampoco, cosa que agradezco. A veces coincidimos en el ascensor, pero simplemente nos saludamos, cambiamos algunas frases por educación y miramos alternativamente al techo y al suelo del habitáculo mientras subimos o bajamos.

Pero hay una señora que vive varios pisos más abajo a la que sí conozco. Sé hasta su nombre. De hecho, creo que es la única persona de todo el edificio que nos conoce a todos y a la que todos conocemos.

No sé cómo ha conseguido llegar a conocernos a todos, pero es fácil darse cuenta de por qué todos sabemos de ella. Por un lado, su aspecto es llamativo. Siempre lleva la misma ropa: durante el buen tiempo, un vestido estampado con flores enormes y colores horribles. Y durante los meses de frío, un jersey que le está grande, de color indefinido, y una falda marrón.
Por otro lado, cabe sospechar que se corta el pelo ella misma o deja que se lo corte un mono.

Esta mujer habla a grito pelado y hace preguntas indiscretas. Pero, para compensar esta mala costumbre, una vez que ha preguntado no deja contestar. Enlaza su pregunta con una serie de anécdotas propias que relata en un tono que asusta. Parece estar permanentemente enfadada y a punto de llevar a cabo una venganza.

Debe tener más de cincuenta años, pero tiene una hija de apenas cinco. La niña, que grita como su progenitora, pero con un tono más chirriante, al parecer no quiere comer nunca y la madre piensa que está enferma y pretende curarla a voces. Y es que la señora opina que las personas estamos en el mundo para comer, y que si uno, por motivos de salud o de estética no puede comer todo lo que quiera, no merece la pena vivir y es mejor morirse. Así me lo dijo hace unos días, cuando me encontré con ella en el vestíbulo mientras esperaba el ascensor, y los dieciséis tramos de escalera que me separaban de mi casa me impedían evitar el encuentro.

Llegó con la niña de la mano, dándole tirones, resoplando y quejándose.
-¡A estas horas estoy ya...!
-¿Cansada? –pregunté por cortesía.
-Bueno, cansada también, pero lo que digo es que estoy muerta de hambre. Usted también, ¿no?
-Bueno...
-Aunque usted no parece que coma mucho, ¿es que está a régimen?
-No, yo...
-Porque eso es un suplicio. Yo me pongo a régimen a cada momento, pero no aguanto ni tres días, y luego me pongo a comer con unas ganas...

Llegamos por fin a su planta. El ascensor se abrió y ella salió directa hacia su puerta, olvidada ya por completo de mí. Pero antes de que el ascensor se cerrara, pude oír que le decía a la niña con tono ofuscado:
-¡Y ahora a comer sin rechistar, o te pongo el plato de sombrero!

“Pobre criatura”, pensé, aunque no estoy segura de si me refería sólo a la niña o también a la madre.

miércoles, 18 de junio de 2008

Unidos por la oreja

Hasta hace poco las parejas iban por la calle amarraditas, como dice la canción, de tres formas distintas, a saber : de la mano, por la cintura o por los hombros.
Pero últimamente he visto que hay una forma nueva: por la oreja. Las parejas que muestran este nuevo estilo de enlace personal suelen ser jóvenes y tradicionales, o sea, chico y chica. Sin embargo, no van de la mano ni de ninguna de las formas tradicionales. Van sueltos, uno al lado del otro, pero comparten un MP3 ó 4, con un auricular cada uno, él en la oreja derecha y ella en la izquierda o viceversa.
Lo bonito del caso es que para todo parecen previamente de acuerdo: para cruzar, para pararse en los semáforos, para echar de nuevo a andar, para volver la cabeza... Qué simetría, que coordinación, qué ballet callejero.
Y si es que no se han puesto de acuerdo previamente, entonces es mejor aún: no cabe duda de que están hechos el uno para el otro. Sería imposible tal coordinación espontánea si no fueran almas gemelas.