jueves, 17 de diciembre de 2015

Que hablen ellos (una vez más)


Cuando un año va terminando  y otro está a punto de comenzar,  al margen de las celebraciones y los sentimientos promovidos por los medios de comunicación y consumo, parece que, de manera natural, el alma se nos vuelve como esponjosa, y predispuesta a absorber ideas de renovación y mejora.

Por eso, como otras veces, he estado hablando con unos amigos muy simpáticos y muy listos, y les he pedido que me dejen algunos pensamientos suyos para compartirlos con ustedes.
Y en esta ocasión, Robert Walser, Robert Louis Stevenson, Octave Uzanne, Leon H. Vincent y Stephen King, me han hablado de formas de felicidad,  de sentirse bien. Y, viendo lo que dicen, me da la impresión de que nuestro bienestar reside en nosotros mismos, en nuestra forma de afrontar la realidad.

Por ejemplo, un cambio de actitud, una forma diferente de enfrentarse a las cosas, pueden convertir a un desdichado en alguien feliz y satisfecho:

“Volví a respirar más tranquilo y más libre… y volví a ser un hombre más hermoso, más cálido, más feliz. Poco a poco vi desaparecer los temores que llenaban mi alma; la tristeza y el vacío de mi corazón y la desesperanza se transformaron lentamente en alegre y serena satisfacción, y en un agradable y vivo interés que aprendí a sentir de nuevo. Estaba muerto, y ahora es como si alguien me hubiera elevado y alentado. Donde creía tener que sufrir muchas cosas feas, duras e inquietantes, encuentro el encanto y la bondad, y lo hallo todo tranquilo, familiar y bueno.”

Robert Walser. El paseo (1917)

Todos nuestros autores, que tan sabios  y cultivados son, están de acuerdo en que los sentimientos, más que el intelecto, son lo fundamental para vivir contentos:

“Adiós, amigo, es usted joven, ame la vida con alegría y nobleza, sin demasiadas cosas en la mente, pero con muchas en el corazón […] Piense que cuanto más ganamos del lado de la inteligencia más perdemos del lado del instinto, y la pérdida no compensa la ganancia.”

Octave Uzanne. “El bibliotecario Van Der Broëcken de Rotterdam” (1895)

 
Pero, claro, han de ser sentimientos sinceros, sin disfraz; si son fingidos no reportan bienestar:
“La verdad hacia el sentimiento, la verdad en una relación, la verdad hacia tu propio corazón y tus amigos, nunca simular ni falsificar la emoción: ésa es la verdad que hace posible el amor y feliz a la humanidad.”
Robert Louis Stevenson. “La verdad de la conversación” (1879)

 
Y si compartimos los sentimientos con los demás, la felicidad será aún mayor :

“Un sentimiento compartido es uno de esos grandes bienes que hacen que la vida resulte agradable y siempre nueva. Saber que otros han sentido lo que nosotros hemos sentido, y que han visto cosas, aunque sólo sean cosillas, de forma no muy distinta de cómo las hemos visto nosotros, será, hasta el final uno de los placeres más exquisitos de la vida.”
 
Robert Louis Stevenson. “Apología de la pereza” (1877)

 
Otro de nuestros amigos está de acuerdo en que un sentimiento compartido produce  satisfacción y contento, pero le da a la idea un matiz específico. Seguro que ustedes también están de acuerdo con él:

“Para los lectores, uno de los descubrimientos más electrizantes de la vida es que son lectores: no simplemente capaces de leer […] sino de enamorarse de ello. Sin remedio.
El primer libro que consigue esto nunca se olvida, y cada página parece traer una nueva revelación, que quema y exalta: ¡Sí! ¡Eso es! ¡Sí!  Y por supuesto: ¡Eso es lo que yo pienso! ¡Eso es lo que yo SIENTO!
Stephen King. Finders Keepers (2015)

 
Por último, aquí tenemos lo que a mí me parece que es la descripción de un hombre verdaderamente dichoso. Incluso la podríamos tomar como una lista de ingredientes con los que elaborar el bizcocho de la felicidad:

“De manera que, en cierto modo, era la encarnación de la tolerancia, al igual que, sin duda, era la encarnación del buen humor y la generosidad. No le envidiaba a nadie los dones de la naturaleza o del destino. No sólo se complacía en vivir y dejar vivir sino que se esmeraba en hacer que la vida de los demás fuera un placer para ellos, y recibía con risueña serenidad comentarios adversos sobre sí mismo.”
Leon H. Vincent. El bibliótafo (1898)



Esta tierra es mía (This Land is Mine. Jean Renoir, 1943)

Para todos ustedes, amigos de Juguetes del viento, mis mejores deseos y mi sincero agradecimiento, siempre, por su presencia.

 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Un libro, una emoción



Nuestro amigo Holden, a través de su blog, me ha propuesto participar en un juego que me ha parecido original e interesante.
El juego está inspirado por la película Inside Out (“Del revés”), en la que cinco personajes de animación representan sendas emociones: alegría, tristeza, miedo, asco e ira. Y se trata de elegir cinco libros, cada uno de los cuales nos haya  producido una de esas emociones.

Me ha resultado muy difícil elegir un solo libro para cada emoción, por lo que en algunos casos me he tomado la pequeña libertad de nombrar dos. O tres.
Son estos:

Alegría. Al pensar en un libro que me haya producido alegría o felicidad, he llegado a la conclusión de que cualquier libro que me gusta me produce felicidad y me alegra; pero quedarme ahí sería hacer trampas. Se trata de elegir un libro que me haya alegrado el ánimo y me haya hecho sonreír. Y entonces han aparecido ante mí  El paseo de Robert Walser, y las Historias de amor, de las que ya hablamos hace poco aquí, del mismo autor. Pero también  La tienda de los suicidas, de Jean Toulé, que a pesar de su título, es un libro divertido y optimista, con unos personajes sombríos y cenizos que regentan una tienda de artículos para el suicidio, y que descubren con recelo que el hijo menor les ha salido de lo más risueño y alegre.

Asco. Esta ha sido la relación que más me ha costado establecer, porque no recuerdo ningún libro que me haya causado impresión de asco. Sin embargo, recientemente he leído uno que me ha producido angustia y rechazo. Me refiero a  El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, que es una historia de amor, del amor de un padre por su mujer y su hijo; pero es que está llena de detalles “orgánicos”, de minuciosas descripciones de dolor y trauma físico,  algo para lo que yo no tengo espíritu.


Ira. También en este caso dos libros han aparecido a la vez: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, y La herencia de Eszter, de Sándor Márai.
En el primero, como es bien sabido, la injusticia y la traición de las que es víctima Edmundo Dantés dan mucha rabia y ganas de decirle cuatro cosas al pérfido Fernando Montego.
Y en el de Márai, el personaje llamado Lajos es un tipo despreciable, un timador y un frescales, que se aprovecha del encanto personal que la naturaleza le ha dado para embaucar a quien tiene mejor corazón que él. En el fondo es un infeliz, siempre trampeando y siempre insatisfecho, pero no escarmienta, y mientras tanto va destruyendo la vida de quien haga falta con tal de salirse con la suya. 
Es una historia emocional y psicológicamente intensa y muy interesante.


Esta escena da mucho más
miedo en el libro
Miedo. Desde niña me gusta el género de terror, el suspense, el misterio, y he pasado maravillosos momentos de emoción y sinvivir gracias a este tipo historias. Y, como saben algunos de ustedes, el autor al que más he leído en este género es Stephen King, que, dicho sea de paso, no es sólo un autor de terror. Pero ése es otro tema. Centrándonos en el que nos ocupa, uno de los libros que más miedo me ha hecho pasar es El misterio de Salem’s Lot. Escenas como las de aquellos hombres metiendo los ataúdes en la casa abandonada, o la del niño Danny Glick llamando a la ventana del dormitorio de su hermano, ponen los pelos de punta, sobre todo si tienes doce o trece años.

Tristeza. De nuevo dos libros vinieron sin titubear a mi mente al pensar en esta emoción, y no puedo dejar de lado ninguno de los dos.
Uno es La educación sentimental, de Flaubert, y el otro Flores para Algernon, de Daniel Keyes, una conmovedora historia de ciencia-ficción. Los dos son muy emotivos, los dos me hicieron llorar de pura tristeza y compasión por sus protagonistas, pero, sin pretender comparar dos libros entre los que no hay comparación posible,  creo que Flores para Algernon es más enternecedor y el infortunio de su protagonista más impresionante.

Esta es mi selección, que espero les haya parecido interesante.
Para completar este juego yo debería ahora invitar a otros blogueros para que presenten su selección de libros en sus respectivos blogs, y por supuesto, todos los que pasan por aquí están invitados. Pero voy a permitirme también una variación,  y en vez de nominar blogs concretos voy a pedirles a ustedes otra cosa, para que puedan jugar también, si les apetece, quienes no tengan blog propio. Y es que me gustaría mucho saber no sólo qué les ha parecido mi selección,  sino también cuál sería la suya, conocer los libros que les han producido a ustedes cada una de estas cinco emociones.
Así pues, los espero aquí detrás, ya saben, en el saloncito de los comentarios.





jueves, 26 de noviembre de 2015

Tres historias de amor aproximadamente


 
Prioridades

-Mi trabajo está por encima de todo, mis novelas son lo más importante para mí. Y su ayuda me resulta imprescindible. Tiene un don especial para los diálogos, para poner las palabras exactas en cada ocasión.
-Querido,  ¿recuerdas lo que me dijiste aquella vez que perdí las llaves del coche?
-Claro, mi amor: que eras una idiota redomada.
-Ah, eso es: redomada... ¿Y qué te dije yo?
-Que era un impertinente y un zafio.
-Perfecto… Gracias, cielo, qué haría yo sin ti.

***
Sin mentiras

-Otro paquete para Roberto Díaz.
-Pues qué bien. Adelante.
-¿Ya han traído este pedido? Qué pronto, ¿no?
-Sí, es que el chico estaba deseando volver  a verme.
-Pfff, sí,  seguro.  
-Sí…
***
He vuelto

Un día, después de varios meses, el marido volvió a casa, arrepentido.
-Todo ha terminado, querida.
-¿De verdad?
-De verdad, mi amor. Todo lo que ha pasado ha sido una locura, un error imperdonable. He sido un idiota, pero tú eres tan buena que sé que me perdonarás, ¿verdad que sí?
-Sí, sí. Todos nos equivocamos, no te preocupes.
-Ahora yo sabré compensarte por el abandono, por la soledad, por las mentiras.
-Entonces, ¿vienes para quedarte?
-Sí, mi amor. Me quedaré a tu lado para siempre.
-¿Y todo volverá a ser como antes?
-Sí, mi vida, como antes.
Ella se echó a llorar, y el aguafiestas creyó que era de felicidad.






(Dos historias de amor aproximadamente, aquí) 

martes, 17 de noviembre de 2015

Nosotros lo terminamos


“El escritor sólo empieza el libro. El lector lo termina.”
(Samuel Johnson, 1709-1784)


Hace unos días comentaba con un amigo algunos aspectos de El guardián entre el centeno, la mítica novela de J. D. Salinger, y hablamos en especial del  significado simbólico del campo de centeno imaginado por Holden Caufield, protagonista de la historia.

J. D. Salinger
Esto me llevó después a meditar un poco sobre lo difícil que es a veces llegar al significado profundo de las obras literarias; no quedarnos en la superficie, en lo que leemos, sino  dar una interpretación a lo que el autor nos dice cuando nos lo dice de manera indirecta.

Esto, por cierto, se da con frecuencia en las historias que tienen un carácter fantástico, irreal o sobrenatural, y creo que esa dificultad para atravesar la superficie del texto, para desentrañar su posible sentido implícito, es lo que hace que tantas veces la literatura de fantasía, en todas sus variantes, sea considerada poco seria y de menor categoría que la literatura realista.
No hace mucho comentamos aquí algo a este respecto.

El escritor tiene una forma propia de ver el mundo, la vida y al ser humano, y esa visión, esa forma personal de concebir el mundo, es lo que nos transmite en sus obras, mediante sus historias y los personajes que habitan en ellas.
Y los lectores, claro está, también tenemos nuestra propia concepción de las cosas, que se va construyendo según nuestras experiencias, conocimientos, entorno cultural, etc.  Por eso, cuanto mayor sea la distancia cultural o emocional entre el autor y el lector, más difícil nos resultará captar los significados y las intenciones que se ocultan tantas veces en la escritura.

Henry James (por
John Singer Sargent, 1913)
Es posible, por supuesto, que el autor no haya pretendido conscientemente dar a su texto una intención o una carga simbólica determinada. Puede que seamos nosotros, los lectores, quienes encontremos un simbolismo, una relación entre conceptos, que el autor no perseguía o que otros lectores no perciben.

Por ejemplo, la ambigua y compleja novela Otra vuelta de tuerca, de Henry James, es un  ejemplo paradigmático de esa literatura que da pie a múltiples interpretaciones. Podemos leerla como una historia de fantasmas sin más, en la que los espíritus de dos amantes perversos, anteriores habitantes de la casa, acosan a la institutriz y, al parecer, también a los dos niños que tiene a su cargo.
También podemos hacer una lectura freudiana y  llegar a la conclusión de que tales fantasmas no existen más que en la mente de la institutriz, quien, tal vez traumatizada por una represión sexual, cree que los niños sufrieron alguna clase de abuso por parte de los amantes fallecidos, que quieren ahora apoderarse de sus almas.
O podemos decidir que los fantasmas no son tales, sino dos personas de carne y hueso que merodean por los alrededores de la casa con determinadas intenciones, y a las que la institutriz, por su  inestabilidad psicológica e influida por la historia de los amantes fallecidos, ve como los espíritus de éstos.

The Innocents (Suspense), adaptación de
 Otra vuelta de tuerca (Jack Clayton, 1961).
Además de todas estas posibilidades, y sin renunciar a ninguna de ellas, a mí personalmente me resulta interesante la idea de que en la novela subyace también una denuncia de la situación de desprotección personal y económica, de soledad, aislamiento e incluso maltrato psicológico, que sufrían las institutrices en la Inglaterra victoriana; situación que las llevaba en muchas ocasiones a la neurosis, las obsesiones, la pérdida de contacto con la realidad…
No sé si Henry James tuvo esa intención de denuncia, pero teniendo en cuenta el contexto histórico y social en que se escribió, la propia historia me sugiere esta posibilidad; y me satisface, porque le añade un valor más a la obra y le da  una dimensión más trascendental.

También me gusta pensar que lo que pretendió James, como cualquier autor que introduce en su obra elementos simbólicos, alegóricos o metafóricos, fue precisamente escribir un relato ambiguo para que los lectores lo terminasen. 

Por lo tanto, cada lector podrá interpretar y entender la misma historia de una manera diferente, o de varias maneras simultáneas. 
Pero esto no quiere decir, claro está,  que cualquier interpretación de una obra sea válida; que el significado de una obra dependa del capricho o la imaginación de los lectores. Para que una interpretación sea válida y se pueda considerar correcta ha de estar fundamentada en la propia obra, ha de responder a la historia, es decir, ha de ser coherente con el contexto de la obra y poder justificarse en sus detalles.


Yo creo que tan atractivo resulta el desentrañar los secretos de una obra como el hecho en sí de que ésta dé lugar a diferentes interpretaciones. Que podamos darle algo nuestro a una historia, haciéndola así más nuestra. Y que podamos apreciar el interés de todas las interpretaciones posibles y admirarnos de la habilidad del autor para crear esa riqueza argumental que sugiere, insinúa, evoca e  invita a meditar. 




viernes, 6 de noviembre de 2015

El cuestionario en cuestión


En la entrada anterior hablamos del llamado Cuestionario de Proust, ese juego de preguntas de personalidad que Marcel Proust contestó en dos ocasiones y que estuvo de moda en los salones ingleses del siglo XIX.

Como saben ustedes, el objetivo del juego es conocer mejor a las personas, incluidos nosotros mismos, porque nos hace meditar sobre cuestiones en las que quizá no hemos pensado con anterioridad.

El caso es que el asunto despertó curiosidad –de lo cual me congratulo- entre los lectores de este blog, algunos de los cuales han mostrado interés por que realicemos aquí el dicho cuestionario. Y yo procedo encantada a poner en marcha la propuesta. 

Las preguntas originales que contestó Proust en su día son más de treinta, pero para jugar nosotros me ha parecido más conveniente hacer una selección, y he elegido las diez que he considerado más relevantes para el objetivo del juego y que pueden dar pie a respuestas más interesantes. 
Así pues, éstas son las preguntas de nuestra versión del cuestionario:

  1. ¿Cuál es tu ideal de felicidad?
  2. ¿Con qué defecto ajeno eres más indulgente?
  3. ¿Cuál es la cualidad que más admiras en los demás?
  4. ¿Cuál es tu ocupación favorita?
  5. ¿Quién o qué te gustaría ser?
  6. ¿Qué don natural te gustaría poseer?
  7. ¿Cuál es la característica o el aspecto  más destacado  de tu personalidad?
  8. ¿Cuál es tu principal defecto?
  9. ¿Qué valoras más en tus amigos?
  10. ¿Cómo querrías morir?
Quienes deseen participar y contestar el cuestionario pueden dejar sus respuestas aquí detrás, en el saloncito de los comentarios. Después podremos comparar, comentar y sorprendernos.
El primer comentario será el mío propio, con mis respuestas, que serán breves y concisas. Ustedes, por supuesto, pueden extenderse cuanto deseen.

Muchas gracias a todos por sus ideas, sugerencias e interés.




martes, 27 de octubre de 2015

Cuestiones sobre un cuestionario



A mediados del siglo XIX se puso de moda en Inglaterra un juego de salón que consistía en responder una serie de preguntas de carácter personal, y que tenía la finalidad de conocer a fondo la personalidad de quienes las respondían. Las respuestas se anotaban y conservaban en los “álbumes de confesiones”, que fueron muy populares hasta finales de siglo y se intercambiaban entre los amigos como recuerdo.
El cuestionario manuscrito de Proust de 1890
Entrado el siglo XX estos álbumes o libros de confesiones ya no se usaban, pero  volvieron a ser conocidos cuando se encontraron  dos cuestionarios contestados por Marcel Proust: uno a los trece años de edad, en el álbum de una amiga, y otro, muy similar, a los veinte.

Desde entonces ese juego de preguntas se conoce como el cuestionario de Proust y algunos presentadores de la televisiones francesa y americana lo han utilizado para entrevistar a sus invitados y conocer algunos de sus rasgos más personales.

A mí me resulta curioso el hecho de que el cuestionario alterna preguntas muy sencillas con otras que me parecen muy difíciles de contestar. Aunque, en realidad creo que yo no sabría contestar siquiera a las más fáciles. Todas ellas requieren conocerse muy bien a uno mismo y haberse planteado con anterioridad determinadas cuestiones que no creo que se puedan contestar de improviso. Por ejemplo:

-¿Qué es lo que más valoras en tus amigos?
-¿Cuál es tu color favorito?
-¿Cuál es tu ocupación favorita?
-¿Qué don natural te gustaría poseer?
-¿Qué figura histórica te inspira mayor desprecio?
-¿Qué es lo que más detestas en general?

Quizás la única pregunta a la  que yo podría responder con cierta seguridad es cuál es mi flor favorita (la margarita); pero sería incapaz de decidirme por un escritor ni por un nombre; o decir cuál es mi héroe favorito de ficción y cuál de la vida real, Tampoco sabría decir el lugar donde me gustaría vivir, ni quién me gustaría ser, ni cuál es mi ideal de felicidad.


Pero sin duda debe de ser muy interesante ser capaz de contestar a estas preguntas y, sobre todo, contestarlas en diferentes momentos de nuestra vida, para ver cómo cambian nuestros gustos, nuestros deseos, nuestras opiniones.
Existe de hecho un sitio en internet (The Proust Questionaire Archive) en el que se puede realizar el cuestionario online y que registra y conserva las respuestas en páginas individuales, de manera que cada persona puede contestar varias veces a lo largo de los años y después comparar sus respuestas al cabo del tiempo.

Hoy día también se utiliza el Cuestionario de Proust en cursos y talleres de escritura creativa, para que los autores en ciernes imaginen las respuestas que darían los personajes que quieren crear. De este modo se supone que los personajes son dotados de una personalidad definida que los hará más verosímiles y con mayor entidad.
Y esto me ha hecho pensar en los grandes personajes de la literatura, en esos que parecen vivir más allá de las páginas de los libros, que nos parecen tan reales como nosotros mismos; y preguntarme si sus autores necesitaron o se les ocurrió crearles de antemano una personalidad, diseñarles un carácter, unos gustos determinados y unas opiniones definidas sobre cuestiones concretas.
Y me he imaginado a Cervantes preguntándole a Don Quijote, por ejemplo, cuál es el principal rasgo de su carácter o cuál su nombre favorito de mujer.
Álbum de confesiones. 1860
Y a Mary Shelley preguntándole al doctor Frankenstein cuál es su principal defecto o cómo querría morir.
¿Y qué le habría preguntado Emily Bronte a su Catherine Earnshaw? Tal vez cuál es la cualidad que más aprecia en un hombre, o cuál sería para ella la mayor desgracia.

No, no creo que ninguno de ellos, ni Shakespeare, ni Dostoievski, ni Galdós, ni Virginia Woolf, ni el propio Marcel Proust se plantearan de esta manera preguntas sobre la personalidad de sus creaciones literarias.

Pero a mí sí me gustaría jugar al juego del cuestionario con algunos de mis personajes favoritos. Por ejemplo, a Holden Caufield le preguntaría cuál es su estado de ánimo más típico; a Edna Pontellier cuál es su ideal de felicidad; a Hamlet le preguntaría cuál es el hábito ajeno que más detesta, y a Edmundo Dantés qué espera de sus amigos.

Probablemente ellos serían más capaces que yo de responder a las preguntas.
¿Y ustedes? ¿Sabrían contestar? ¿Y a qué personaje literario les gustaría hacerle alguna pregunta del cuestionario?




El cuestionario a los lectores, aquí.


miércoles, 14 de octubre de 2015

Una carta

Querido señor Walser:
 
En los últimos días he estado leyendo sus Historias de amor y, como ya me ha ocurrido en otras ocasiones, he sentido el deseo de escribirle unas líneas. Esta vez, como  ve, no he dejado pasar ese capricho.
Si me permite, señor Walser, yo sé que su vida no fue muy fácil ni alegre. Sé que padeció usted la melancolía de los poetas, el insomnio de los soñadores, la angustia de los sensibles. Y que pasó mucho tiempo solo y que así murió.
Sé también que fue usted una persona sin pretensiones, sin deseos de relucir, de destacar ni de ser alguien en el mundo. Al contrario, creo que, como el protagonista de su novela Jakob von Gunten, usted prefería no ser nadie, que  deseaba pasar  desapercibido, no tener responsabilidades ni compromisos duraderos; hacer sus modestas tareas con esmero y que lo dejaran soñar tranquilo.
Me embelesa y me admira,  señor Walser, que a pesar de sus desdichas, de su inadaptación, de sus fracasos, sus historias en general y estos pequeños cuentos de amor en particular, tengan un espíritu alegre. Ese tono inocente, juguetón, irónico y como de ensueño que hay en ellos me hace sonreír mientras los leo, y al final me provocan una leve sorpresa, un suspiro romántico o cualquier otra suave conmoción del espíritu.
Leer sus cuentos me hace sentir bien, ¿sabe usted?, me relaja y me alegra, porque al leerlos tengo la sensación de que no hay por qué enfadarse, afligirse ni quejarse; pero no por inconsciencia ni por indolencia, sino porque siempre hay un motivo para estar contento o porque se puede estar contento sin motivo.
Quizás algunos hayan pensado alguna vez que sus historias son insustanciales, que en ellas no ocurre nada, y que son incluso un poco deslavazadas. O que sus personajes no tienen entidad. Pero a mí me parece que sus cuentos y sus personajes reflejan un pequeño desdén por lo convencional, por lo esperado; y como usted vivió de otra manera,  también escribió de otra manera, sin encajar en lo previsto. Y que el encanto de su escritura está precisamente en la falta de aspiraciones, en la ingenuidad y en la naturalidad;  y en la sutileza del humor, de la ironía y de la parodia de las novelitas románticas y  de las convenciones que rigen las relaciones amorosas.
No quisiera resultar superficial, porque le tengo a usted mucho respeto, pero lo cierto es que me fascina la forma en que dejó usted este mundo, mientras daba un paseo por el campo nevado, aquel invierno de 1956. Y que fuera el día de Navidad y lo encontraran unos niños, caído en la nieve, herido de frío, como un ángel helado, le da a la circunstancia un aire de cuento de hadas que encaja muy bien con la imagen que tengo de usted, de persona desvalida, vulnerable y consciente de su fragilidad; de un hombre con el alma cándida y amorosa, feliz a su manera a pesar de todo. Un vagabundo de la vida que amaba el mundo y que sin decir "nada acerca de nada” cuenta mucho de sí mismo y de todos nosotros.
Cierro aquí esta carta, señor Walser, para seguir leyendo sus historias imprevisibles y sorprendentes, su imprevisible y sorprendente historia de amor por el mundo. 


Robert Walser. Historias de amor (Siruela, 2010)
Traducción de Juan de Sola Jovet y Juan José del Solar

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Literalmente hablando


Quizás recuerden ustedes que en una ocasión hablamos aquí de esas frases hechas cuyo sentido figurado comprendemos pero que contienen palabras cuyo significado literal no siempre conocemos. En aquella ocasión nos referimos al brete y la patena.
 
Últimamente, en pocos días, he encontrado, en diversos textos, varias de esas expresiones que contienen palabras que rara vez se usan de manera independiente y en cuyo significado preciso no solemos reparar.
Una de esas frases es dechado de virtudes.
Cuando era pequeña escuché una vez esta expresión, supongo que en una película o quizá en una conversación algo cómica. Y aunque no sabía qué significaba exactamente, entendí que era algo que se decía para alabar a alguien.
Tiempo después, al volver a oír la misma expresión, di por sentado que dechado debía de significar “abundancia”, y con esa idea me quedé.  
Más adelante vi, en un cuaderno de labores de mi madre, la imagen de un alfabeto bordado y un rótulo que decía Dechado. Sorprendida, me pregunté qué tendría que ver la abundancia de virtudes con un alfabeto de punto de cruz, y mientras me lo preguntaba iba rauda en busca de un diccionario.
Y resultó que dechado no significa abundancia ni montón ni nada de eso que yo creía, sino “ejemplar, muestra que se tiene presente para imitar".
Así pues, cuando decimos que una persona es un dechado de virtudes estamos diciendo que es un muestrario modélico de las mismas.
Aunque, siguiendo las acepciones que señala la RAE, he sabido ahora que se puede ser un dechado no sólo de virtudes y perfecciones, sino también de vicios y maldades…
 
Otra expresión que siempre me ha resultado curiosa y con la que he tropezado en estos días, es en ciernes.
Cuando decimos que algo o alguien está en ciernes entendemos que está empezando, en sus inicios. Por ejemplo, “Fulanito es un escritor en ciernes”, “un artista en ciernes”, etc. Pero ¿qué significa literalmente ciernes?
 
Curiosamente, la cosa tiene que ver con la vid y con los cereales, porque la cierna es la parte de la flor que contiene el polen, y la cierne es “el fruto en formación”.
Por eso se dice que el fruto en flor, en el estado “anterior a la madurez”, está en ciernes. Y así, inmaduro, en ciernes, es como está el que es novato en alguna actividad.
Sin duda por esto mismo coloquialmente diríamos que está “muy verde”.
Ya saben ustedes que en esto de las palabras una cosa lleva a otra, sin remedio, así que, una vez sabido lo que significa ciernes, me pregunté si éste término tendría algo que ver con el verbo cerner, es decir, pasar por un cedazo o tamiz una materia en polvo, para que lo más grueso se quede en la malla y lo más fino caiga.
Pero, para ser sincera, tuve que empezar por asegurarme de si la forma correcta del verbo es cerner o cernir. Y, por suerte para mí, habría acertado de las dos formas.
Hombres trabajando con un cerniculum
Aclarado este enojoso punto, prosigo mi investigación y descubro que  sí, que cerner o cernir proviene del latín cernere, que significa ‘separar’, ‘distinguir’, y que del mismo modo  en que el cedazo deja caer el polvo más fino, las plantas en ciernes dejan caer ese  fino polvo que es el polen. Y por eso la cierne se llama cierne.
Recapitulando,  la cierna (la parte de la flor que contiene el polen), la cierne (fruto en formación),  y el verbo cerner (dejar caer el polen u otro polvo fino) provienen todas del latín cernere.

Entonces se me vino a la cabeza el verbo discenir, y me asaltó, claro, la duda de si este verbo tendría también algo que ver con cernir. Y resulta que sí, que discernir deriva también de cernere porque tiene el sentido de “separar o distinguir ” ideas.
Pero todavía me quedaba algo más por discernir, porque entonces quise saber si cuando decimos que algo se cierne sobre algo, en sentido de amenaza, estamos hablando también de cerner, de cernir, del polen, del artista en ciernes o del cernícalo.
Y resulta que esto, que parece una broma, no lo es. Porque cernícalo  deriva de cerniculum. Y cerniculum significa, sí, cedazo. Ya se ve que seguimos dando vueltas sobre lo mismo. Pero ¿por qué al cernícalo lo llamaron como al cedazo? Pues porque cuando este ave busca una presa desde el aire se balancea como se balancea el cerniculum para cerner.
A esa forma de mantenerse en el aire antes de lanzarse sobre la presa se le llama cernirse, por eso decimos que un peligro, un problema, se cierne sobre alguien, porque es como el cernícalo que acecha, que  se cierne (se balancea) sobre su presa.
 
 A veces resulta muy sorprendente cómo están emparentadas unas palabras con otras,  cómo unas dan origen a otras y unas nos llevan a otras. Y cómo tirando de un hilo cual Teseo en el laberinto del diccionario, podemos encontrar salidas sorprendentes.
 

 



jueves, 17 de septiembre de 2015

Emociones anónimas

 
Las palabras son algo tan cotidiano, tan nuestro, que no siempre somos conscientes  de lo que verdaderamente son. Están ahí, a nuestra disposición, y las utilizamos como el aire que respiramos, sin pararnos a pensar en que son imprescindibles para la vida. Para nuestra vida personal.
Las palabras nos permiten hablar de las cosas, y cuando las cosas tienen un nombre, cuando podemos encerrar un concepto en una palabra, como un genio en una lámpara mágica, nos parece que tenemos cierto dominio de la cosa en sí.
Por eso cuando se trata de ideas, emociones o sensaciones es cuando más necesitamos las palabras, y sobre todo si son emociones que nos aquejan el estado de ánimo.
Hablar de esas sensaciones y  compartirlas es beneficioso, pero además, si esa aflicción tiene un nombre específico nos parecerá menos amenazadora: en primer lugar porque si tiene un nombre es porque otros la han experimentado también, lo cual es un alivio. Y en segundo lugar porque si se le ha puesto un nombre es porque esa emoción ha sido analizada, diseccionada y se han descubierto algunos de sus secretos. Y así se vuelve menos misteriosa, menos confusa.
Un simple nombre nos da tranquilidad. Tal es el poder de las palabras.
  
El mundo intangible de nuestras emociones parece ser tan vasto como el universo físico en el que habitamos. Tan grande y tan complejo que hay muchas, muchísimas de esas emociones y sensaciones que aún no tienen nombre, y con frecuencia ni siquiera sabemos definirlas, tan complicadas e intrincadas son.
Y pensando precisamente que hacía falta “dar un  nombre a emociones que todos podemos experimentar y para las que no tenemos palabras”, el diseñador gráfico John Koenig creó hace unos años un blog-diccionario, llamado The Dictionary of Obscure Sorrows

Las palabras de este diccionario de aflicciones indescifrables son creaciones propias de Koenig, que las diseña combinando palabras y prefijos de diversos idiomas, especialmente del griego.
Así ha creado, por ejemplo, la palabra  kairosclerosis, para denominar “el momento en que te das cuenta de que eres feliz y tratas de saborear la sensación”.
Koenig ha creado esta palabra a partir del  griego kairos, "el momento oportuno” y sclerosis, “endurecimiento, consolidación”.

O zenosyne, que es la sensación de que el tiempo pasa siempre muy rápido.
Esta palabra  deriva del  griego zeno (en referencia a Zenón de Elea y sus paradojas sobre el tiempo, el espacio y el movimiento) y mnemosyne (la personificación de la memoria en la mitología griega).

El diccionario de Koening contiene palabras que a mí me resultan muy poéticas, como poéticos son los conceptos que encierran. Por ejemplo:

vellichor: la extraña melancolía que producen las librerías de segunda mano.

opia: la ambigua intensidad que se produce al mirar a alguien a los ojos.

dès vu: la conciencia de que algo se convertirá en un recuerdo.

kenopsia: la sobrecogedora atmósfera de un lugar que normalmente está lleno de gente,  en el momento en que está vacío y en silencio.


Hay también definiciones muy complejas, como la de gnossienne que  denomina “el momento en que nos damos cuenta de que alguien a quien conoces desde hace años tiene una vida interior que desconoces, y de que en los rincones de su personalidad hay una puerta cerrada desde dentro, una escalera que lleva a un ala de la casa que nunca has explorado del todo, un ático que permanecerá ignoto para ti.”
 
O la de chrysalism, que es "la amniótica tranquilidad de estar bajo techo durante una tormenta, escuchando las rachas de lluvia golpeando el tejado, como una discusión en el piso de arriba, cuyas palabras amortiguadas resultan ininteligibles pero cuya liberación de tensión acumulada entiendes perfectamente."

Y hay otras que se refieren a sensaciones que es fácil que experimentemos cada día, como:

moledro: la sensación de conexión con un escritor o artista al que no conoces, que puede haber vivido hace siglos y a miles de kilómetros de distancia.  

sonder: la conciencia de que cualquier persona que pasa por nuestro lado tiene una vida tan real y compleja como la nuestra.

liberosis: el deseo de preocuparse menos por las cosas.


En el diccionario de Koenig yo personalmente he encontrado una cuantas palabras que me parecen muy útiles y prácticas. Pero no sé  si en él encontraré  las palabras correspondientes a ciertas sensaciones para las que sigo necesitando un nombre. 
Una de esas sensaciones es la impresión de que podríamos “rebobinar” el tiempo unos segundos, para evitar un gesto que acabamos de hacer, una palabra que acabamos de pronunciar; la sensación de que eso de lo que nos arrepentimos al instante lleva tan poco tiempo en el mundo que no ha podido consolidarse y por eso tendría que ser fácil eliminarlo; que con un pequeño esfuerzo podríamos empujar el tiempo hacia atrás y repetir el instante de otra manera.
¿Cómo se llama esa sensación?
Y ustedes, ¿necesitan un nombre para alguna sensación en particular?