martes, 27 de diciembre de 2011

La casa oscura, II

Cuento misterioso a la manera decimonónica

(viene de aquí)

Al día siguiente, el tercero de nuestro estancia en la casa,  Marcela me preguntó:
-¿Cerraste anoche las cortinas, cuando me dormí?
-No; las dejé como me pediste ayer, y, mira, así siguen. ¿Por qué lo preguntas?
-Pues porque cuando me estaba quedando dormida, me pareció que la habitación se oscurecía. Me debí dormir en ese instante.

El asunto para mí no tenía ninguna importancia, pero noté que Marcela estaba pensativa, como dándole vueltas a alguna idea. Le pregunté qué le preocupaba.
-Es que, ahora que lo pienso, anteanoche tuve la misma sensación.
-Seguramente –supuse yo-, lo que ocurrió fue que las nubes ocultaron la luna.
No hablamos más del asunto, pero, al cuarto día, en cuanto desperté, Marcela hizo el mismo comentario:
-Esta noche ha ocurrido otra vez: justo en el momento en que me quedaba dormida, noté que la habitación se oscurecía.
-Claro, el cielo sigue muy nublado -dije.
-Pero es que me parece que es otra clase de oscuridad… más repentina… más cercana…

Como vi que Marcela estaba nerviosa por este hecho, aunque para mí carecía totalmente de importancia decidí hacer un pequeño esfuerzo por mantenerme despierto aquella noche hasta que ella se durmiese, y comprobar si era cierto que la habitación se oscurecía en ese momento.

Por suerte, ese día había amanecido un poco más claro y hacía menos frío, así que le pedimos a Irene que nos preparase un almuerzo que pudiésemos llevar en una cesta, y pasamos la mayor parte del día al aire libre.
Cuando volvimos a la casa por la tarde, Marcela estaba más relajada, y a mí, a pesar de que me encontraba cansado, también parecía haberme sentado bien la excursión.
No había pensado en ello durante todo el día, pero al subir al dormitorio recordé mi propósito de no dormirme antes que Marcela.
Así pues, cogí un libro cualquiera de la biblioteca, y me lo llevé a la habitación para leer hasta que ella se durmiese.

No pasó mucho rato antes de ver que ya descansaba plácidamente, y, como yo esperaba, la habitación no se oscureció ni ocurrió nada anormal. De hecho, el cielo esa noche estaba más despejado, y el resplandor de la luna era más nítido que las noches anteriores.
Vencido ya por el sueño y el cansancio, cerré el libro, apagué el pequeño quinqué que ardía sobre la mesita de noche, y me dispuse a dormir.

Pero entonces, justo antes de cerrar los ojos, comprendí lo que había estado pasando. Pues pude ver claramente, gracias a la luz de la luna, cómo el monje del cuadro que tanto nos impresionaba, soplaba suavemente la vela que sostenía en la mano, oscureciéndose entonces la habitación, tal y como Marcela había notado las noches anteriores.

Aquella visión me dejó clavado en la cama, con la mirada fija en el cuadro, la respiración contenida y las manos agarrotadas aferrando las mantas.
Así me encontró Marcela cuando despertó por la mañana.
Tardé horas en recuperar un estado de cierta normalidad, pero desde entonces, y ya han pasado varios años, la pluma y el papel siguen siendo el único medio con el que puedo comunicarme.

FIN






17 comentarios:

Manuela dijo...

Muy buena mano narrativa, Ángeles; me ha gustado mucho.
Te animo a que lo envíes a algún concurso en el que encaje.

¡Hagamos una sección de ruegos y preguntas al señor Blogger!

Saludos afectuosos.

Sara dijo...

¡Pegadita me he quedado! ¡Pero si parece escrito por el mismísimo Poe!

Sí, sí, mándalo a un concurso literario.

Felicísimo año.

loquemeahorro dijo...

El clero, de verdad, lo que puede llegar a molestar :-)

Ahora, jamás podré dormir en una habitación que tenga cuadros de monjes, además de las muñecas de porcelana, como cualquier persona de bien.

Mae Wom dijo...

Pobrecito, qué pena me ha dado!
A mí me pasa eso y yo me habría tenido que levantar a ver qué era. Como en la pelis que cuando anda el asesino cerca la víctima siempre sale de la seguridad de su habitación al peligroso y oscuro pasillo... :)

Anónimo dijo...

¡Ya sabía yo que el cuadro del monje estaba por algo! Era atento y apagaba la luz cuando todos se dormían.
El final me ha dado mucha pena... ¡pobrecillos, recién casados y él ha perdido el habla!
Estoy de acuerdo con los comentarios que se han dicho más arriba, preséntalo en un concurso. Está muy bien.

MJ

Ángeles dijo...

Muchas gracias, Manuela, me complace sobremanera tu opinión. Pero lo del concurso no lo veo claro...

Sara, tu comparación con Poe me sonroja por excesivamente generosa. Aunque te la agradezco porque sé que eres sincera.

Loque, estamos de acuerdo en lo de las muñecas de porcelana. Son terroríficas. Mira cuántas pelis hay de muñecos asesinos, diabólicos, infernales... por algo será.

Je-je, pues sí, Mae Wom, algunos es que se lo buscan, andando en pijama por los pasillos de la mansión siniestra o el lúgubre caserón. La curiosidad mató al gato, ya se sabe.
Aunque este pobre, es que no tenía escapatoria...

Efectivamente, MJ, el monje era muy educado y se preocupaba por el bienestar de sus huéspedes, pero mira el mal rato que le dio a este, que se quedó mudo de espanto, literalmente.

JuanRa Diablo dijo...

Pobre hombre, ¡menudo shock!

De haber sido menos impresionable madrugaría para ver cómo el monje volvía a encender la vela, que también sería un espectáculo muy digno de ver.

La miel de esta luna no fue dulce en absoluto, ¿eh?
Me ha gustado mucho :)

Ángeles dijo...

Muchas gracias, JuanRa, me alegra mucho que te haya gustado.

Pero me pregunto, ¿tú te habrías quedado tan pancho y hubieras esperado a ver cómo encendía la vela? No sé, no sé...

Manuela dijo...

Entiendo lo que dices sobre lo del concurso. Por unas cosas u otras (todas de peso), yo dejé hace tiempo de mandar trabajos a concursos literarios, en mi caso, poemas.
Te lo decía porque leo muchos relatos y este tuyo me parece muy bueno.

Besos.

Ángeles dijo...

Muchas gracias de nuevo, Manuela. Veo que tenemos ideas y experiencias similares en cuestión de concursos.
Pero te agradezco la sugerencia, por supuesto.

JuanRa Diablo dijo...

Yo sí, con la piel de gallina y la sangre pinchando en la carne de puro miedo, pero, oh espectáculo irracional.

Luego, para aliviar tensiones aplaudiría y saldría pitando de allí para no volver nunca más.

Pero yo sí... sí.

Anónimo dijo...

¡Ahí, ahí!...¡Cómo me gustan los relatos de terror decimonónicos! Lo mejor del reinado de la reina Victoria fueron, precisamente, las novelas y cuentos de terror y misterio que se publicaron en Inglaterra. Bueno y aquí en España. Estoy pensando ahora mismo, por lo infrecuente que se supone que es, en unos relatos de miedo de Emilia Pardo Bazán que me gustan mucho, se ve que aunque naturalista también tenía su corazoncito romanticoide.

carlos

Ángeles dijo...

Qué bien, Carlos, estamos de acuerdo en que los cuentos victorianos son algo muy especial.
Aquí tenemos a Bécquer, a Espronceda, y, por lo que dices, a Pardo Bazán con esos cuentos que desconozco. Pero los reyes de la cosa son los británicos, sin duda :-)

guille dijo...

Si hay que ir a una casa con fantasmas que me toque uno como este; terrorífico pero sin intenciones dañinas.

Muy buena la atmósfera del cuento.

Muy buena la razón por la que se oscurece la habitación.

El amigo de la pareja un poco cabroncete, les podría haber avisado del monjesoplavelas.

Ángeles dijo...

Muchas gracias, Guille, por la apreciación y por venir, once more.

Respecto al amigo... digamos que él no sabía lo que pasaba, que el cuadro era nuevo y que él no había usado la habitación de invitados... (la verdad es que ése es un aspecto del cuento que yo no había contemplado...:D).

guille dijo...

Al amigo le gustaba la chica y les mando a la habitación fantasmal para que su habitante vigilara sus juegos nocturnos.

Y ahora Marcela solo puede hablar con el amigo, porque con el mudo se hace de un lento imposible de aguantar.

¿Como acabara este giro del destino?

¿Que será del fantasma de la vela?

Ángeles dijo...

Y así es como se convierte a un personaje amable pero irrelevante en un protagonista de aviesas intenciones :D