lunes, 19 de septiembre de 2011

Cuento. Anselmo


Delante de mí caminaba un hombre de unos treinta años.  Llevaba un cigarrillo en la mano derecha y una carpeta, un libro y un cuaderno en la izquierda.
Me pareció, no sé por qué,  que esos elementos no eran naturales en él, como si no fueran suyos, o como si los llevara por obligación. Y de la misma manera, tuve la sensación de que el hombre tampoco encajaba en el entorno, en la calle que recorríamos: una calle tranquila, limpia, floreada.

Un poco más adelante, en la acera opuesta, unos hombres trabajaban reponiendo unas baldosas.
Uno de ellos, al ver al que caminaba delante de mí, levantó un brazo al tiempo que llamaba sonriente:
-¡Eh, Anselmo!

Y el tal Anselmo, como respuesta a aquel efusivo saludo, miró de soslayo y pronunció un desganado eh, con un lánguido movimiento de la mano.

Seguí tras él, pensando que era un tipo descortés y desconsiderado. Y, como para confirmar mi impresión, este Anselmo, después de llevarse el cigarrillo a la boca por última vez, tiró la colilla al suelo, hacia atrás, sin importarle donde cayera, sin pensar que pudiera haber en la calle alguien más.
Y a continuación, para terminar de dibujar su desagradable retrato, tosió y escupió en la acera.

Aminoré el paso para aumentar la distancia con aquel tipejo tan enojoso.
Ya casi estábamos al final de la calle, y como yo debía volver la esquina de la derecha, deseé que él fuera por la izquierda y perderlo de vista para siempre.

Pero, poco antes de llegar a la esquina, vi que el libro que llevaba se estaba deslizando poco a poco y acabaría cayendo al suelo.

Efectivamente, al instante el libro cayó, y yo, por inercia, le avisé:
-¡Oiga,  se le ha…
Antes de que yo terminara la frase, él mismo se percató tanto de la caída del libro como de mi aviso.

Pero mi frase, que ya tenía vida propia, continuó su camino y concluyó:
-…caído el libro.
Entonces Anselmo me miró y con tono de desprecio dijo:
-Sí, ya me he dado cuenta.
Y  más antipático aún, añadió:
-¿Qué quieres, que te dé las gracias?

-Madre mía, qué elemento, pensé. Y sin decir nada, mientras él se agachaba, seguí mi camino, doblé la esquina y lo dejé atrás.

Unos metros más adelante me encontré con  una conocida, una joven muy agradable -educada, trabajadora, guapa- a la que tengo gran aprecio. 
Me saludó con su habitual simpatía y mientras cambiábamos unas palabras vi venir a Anselmo.
Ella también lo vio, y sonriendo dijo:
-Ah, aquí llega mi novio.

Me despedí de ella rápidamente y me marché, cavilando, intentando comprender los misterios de la vida.



13 comentarios:

Sara dijo...

¡Qué barbaridad, Ángeles, tu cuento parece un fotograma! Quiero decir que parece que lo estés viendo en lugar de leyéndolo. El personaje de Anselmo me recuerda (salvando las distancias, claro) al de Geerard Depardieu en "Mis tardes con Margueritte". Y el final, me dejaría ojiplática (no me resisto a ser idiota) si no hubiera hojeado los "Ensayos sobre el amor" de Ortega.


Un cuento sesudo y muy moderno, ya que consigues plenamente lo que te he dicho: que la narración sea una película. Mi más sincera enhorabuena.

Besos.

loquemeahorro dijo...

Conozco muchos Anselmos, y los has descrito muy bien.

Pensé que esta historia tendría un giro sorprendente al final, como nos tienes acostumbrados.

Pero desgraciadamente no, no me sorprende ver un cabestro con una pareja humana.

Lo que me sorprende es que hacía con un libro en la mano. Sería para calzar una mesa, supongo.

*entangled* dijo...

Aunque alterando el género de los protagonistas, el cuento me recuerda el comentario de Nietzsche en Así habló Zaratustra, con su habitual lengua viperina:

«Digno me parecía a mí ese varón, y maduro para el sentido de la tierra: mas cuando vi a su mujer, el mundo me pareció una casa de orates».

Saludos.

Mae Wom dijo...

Misterios de la vida como ése hay muchos. La ley de los opuestos a veces se cumple y todo.

El otro misterio de la vida que no consigo resolver es cómo con personas tan desagradables una insiste en ser educada -es que eso me pasa de vez en cuando-. ;)

Ángeles dijo...

Muchas gracias, Sara, eres muy amable.
Me alegra y me llama la atención que el cuento te haya parecido 'visual', porque esa era la sensación que yo tenía pero no creía que se pudiera apreciar 'desde fuera'.
No conozco la obra de Ortega, pero ya sabes que los grandes pensadores solemos coincidir en nuestras percepciones... je-je.

Muchas gracias Loque, por el comentario y por las risas. Yo me imagino que Anselmo llevaba material de estudio porque se había quedado en el paro -trabajaba con los de la acera- y su novia, mucho más lista que él, lo había apuntado a un curso de formación. Pero puede haber otras razones, claro. La que tú señalas es bastante plausible, desde luego ;-)
Y lamento que te haya decepcionado el final :-(

entangled, de la obra de Nietzsche solo he leído fragmentos, pero no recuerdo la cita que señalas, que me parece magnífica y que te agradezco mucho.
Por supuesto, las "anselmas" tampoco escasean.

Saludos.

Es verdad, Mae Wom, no podemos evitar ser como somos, y a veces damos margaritas a los cerdos, aunque sepamos que no se las merecen ni las van a apreciar. Pero, como dijo aquel, "ca cuá es ca cuá".
Muchas gracias.

loquemeahorro dijo...

No, no es el final de tu historia el que me decepciona, es la vida la que me decepciona.

Y la de veces que hemos pensado ¿Qué hará Pepita/o con ese/a impresentable?

Y más de una vez, dejas de ver a Pepito/a porque no aguantas al/a impresentable.

JuanRa Diablo dijo...

Vaya que sí, que también he reconocido aquí a esos Anselmos y Anselmas que hay por el mundo.

Se me ocurren un par de frases que explican un poco cómo se pueden llegar a dar parejas tan dispares.
Una es aquella de que El amor es ciego y otra la que dice a veces mi madre
¿Qué tendrá mi hijo feo que yo no se lo veo?
Sustituimos hijo por novio y se cumple igual. :D

Y lo que suele ocurrir es que si hay confianza como para reprochar a uno la actitud del otro siempre te dirán cosas como:
No, pero es que es así con todos, pero cuando le/la conoces más...

Como si los modales y la educación no tuvieram demasiada importancia y se pudieran pasar por alto...

MJ dijo...

Muy bueno tu cuento y tan real como la vida misma. Siempre me he preguntado como hay tantos/as impresentables con pareja y luego hay gente encantadora sola.
¿De verdad los polos apuestos se atraen o hay mucha desesperación o conformismo en las relaciones?

Ángeles dijo...

Gracias, Loque.

JuanRa, creo que das en el clavo cuando dices "Como si los modales y la educación no tuvieram demasiada importancia y se pudieran pasar por alto...". Yo creo que, efectivamente, muchos no dan importancia a los modales, y se conforman con eso de "pero es buena gente". Cuando los modales -opino- son parte fundamental en eso de ser 'buena gente' y en que la convivencia -personal y social- sea grata y saludable.

Ah, yo me sé otro refrán aplicable en estos casos: Nunca falta un tiesto para una maceta.

Gracias!

Muchas gracias, MJ. Yo creo que sí, que, como dice Mae Wom, la ley de los opuestos se cumple, y con muchas frecuencia, me parece.
También es verdad, según voy viendo, lo de la desesperación y el conformismo que comentas. Y como la cosa está refranera hoy, parece que hay muchos que no piensan en aquello de "más vale solo que mal acompañado", y así se dan los casos que se dan. A lo mejor es que haría falta más autoestima, ¿no?

Anónimo dijo...

No tan misterioso, no tan misterioso, mi querida Angie. La Física lo ha explicado también con esa propiedad eléctrica y magnética que dice "Los polos opuestos se atraen" y yo me he dado cuenta de que se cumple muchas veces.

carlos

Ángeles dijo...

Sí que se cumple, Carlos, sí. Pero es que aunque haya una explicación científica, a mí me siguen pareciendo un misterio algunos comportamientos humanos.
Será que no se me dan bien las ciencias :(

Metalsaurio dijo...

Es comprensible que el libro tratase de escapar de las manos del despreciable Anselmo. ¡Lástima que no llegaras a tiempo de salvarlo! ¡Pobre chica, también, qué inopia padecemos a veces!

Ángeles dijo...


Gracias por este viaje al pasado, Metalsaurio.

Es verdad, el libro trató de escapar de sus manos, quizá esperando que yo lo recogiera... ¿No te parece que ahí hay otro relato? ;)