viernes, 8 de agosto de 2008

En la penumbra (2ª parte)

No supe ni sé si lo que sentí al ver aquella figura fue temor o esperanza, o ambas cosas a la vez. Pero indiferencia, ninguna.
Volví a la iglesia muchos días desde entonces, y allí estaba siempre ella, de pie, vestida de negro, rozando el suelo el leve vuelo de la falda, y en las manos, el misal.
Siempre parecía concentrada en el altar, fija la mirada, y sin más movimiento que el de la respiración y el lento parpadeo.
Yo no la veía llegar, sino cuando ya estaba allí, de pie, a un lado de la nave. Y nunca se marchaba antes que yo. Cuando me levantaba para partir, ella se volvía y la veía alejarse, hacia una puerta interior.Era hermosa, pero no era su belleza lo que me hacía mirarla, sino su misterio. No parecía tener edad, como tampoco parecía tener una vida fuera de la iglesia. Tan frágil aparentaba ser, tan silenciosa y quieta, que no podía ser imaginada formando parte del bullicio exterior. No podría sobrevivir.
Nunca la había visto mirarme, pero sabía, aunque no tengo explicación para esta certeza, que ella estaba allí por mí. Sabía que entre nosotros tenía que haber alguna clase de comunicación, y yo deseaba que esa comunicación se produjera.
Llegó un momento en que no pensaba en otra cosa. Ya iba a la iglesia a diario, y su imagen, su forma de moverse y de estar quieta, ese aire fantasmal, me intrigaba y me fascinaba.Quise acercarme a ella en alguna ocasión, pero me detuve, sin saber cómo dirigirme a tan sutil criatura. ¿Qué le diría? Y en algún otro momento fue ella quien, intuyendo mi intención de acercarme, impidió tal cosa, girando lentamente su oscura silueta y desapareciendo de mi vista aún no sé cómo...

2 comentarios:

Lan dijo...

Hay sensaciones que no deben ser mancilladas por la palabra y sólo el sentimiento o la pasión pueden actuar, metiéndose en ellas, y hablar en su lenguaje antiguo por nosotros.

Ángeles de los Santos dijo...

Exacto.