lunes, 11 de agosto de 2008

En la penumbra (última parte)

Cuando estaba en casa, solo, invadido por la pereza, incapaz de nada que supusiera un mínimo de acción, pensaba en ella. Pero esos pensamientos no traicionaban el recuerdo de mi amada esposa, porque la mujer de la iglesia no me inspiraba amor, ni nada parecido a él. Mi amor seguía y sigue siendo para mi esposa, y lo que en verdad deseaba era haber podido hablar con ella sobre la misteriosa figura enlutada.
Aunque ella, con su talante práctico y su carácter alegre y mundano, probablemente se habría reído dulcemente y me habría dicho que tanto trabajo me había alterado el entendimiento.
Y realmente, todo aquello era algo completamente absurdo. Tanto que ni para mí mismo tenía sentido.

Así pensando, concluí que aquella mujer etérea no podía ser más que una ilusión de mis sentidos, embotados no por el trabajo sino por la soledad, por la melancolía, por la falta de resignación ante la muerte de mi esposa, por el dolor insuperado. Y llegué a sentir verdadero temor a obsesionarme y a que mi mente se trastornara y enfermara seriamente. De modo que resolví no volver más a la iglesia. Era el único modo de apartar de mi vista a esa persona, o fantasma, o ensoñación, o lo que quiera que fuese. Y apartándola de mi vista, conseguiría, tarde o temprano, apartarla de mi pensamiento, y evitar así un desconcierto permanente de mi ánimo.

Pero, por otro lado, no podía renunciar al sosiego y la paz que la iglesia me proporcionaba y que ahora necesitaba doblemente.De modo que elegí al azar una nueva iglesia en la que sentarme a recibir la balsámica influencia.
En pocos días fui visitante asiduo de una iglesia muy pequeña, muy antigua, en el centro de la ciudad. Un reducto de silencio y penumbra en medio del agotador ajetreo mundano.
Sentí por fin mi cuerpo y mi alma descansar. Pero este descanso sólo duró unos días, pues al cabo, la volví a ver. Allí estaba la figura negra, ella, buscándome. Y me encontró. Me miró, no de frente, sólo moviendo lentamente la cabeza, dirigiendo sus ojos hacia mí, con tal intensidad que me pareció que me tocaba.
Y he de decir ahora que sentí miedo. No porque esa mirada pareciera cruel ni amenazante. Sentí miedo porque empecé a comprender.
Pero aun mayor que el miedo fue la curiosidad. Y fue la curiosidad, y el deseo de saber y comprender, y estar seguro, lo que me llevó al día siguiente a otra iglesia. Y al día siguiente a otra, y a otra... Y en todas ellas, cada día, la encontré. Y cada día me miró, y con su mirada, esa mirada que como dedos me tocaba, me envió un mensaje que aún no he logrado descifrar por completo.
Ahora, mi único deseo, mi único afán, es que esa mujer quimérica me hable, o que de algún otro modo me haga comprender por fin. Porque ya no temo nada. El miedo ya lo he perdido. La esperanza la conservo. La duda permanece.

4 comentarios:

Lan dijo...

¿Se acabará alguna vez el amor verdadero? Sí, ese, el bueno, el que algunos alguna vez tuvimos o tenemos. Y, si ocurre, a dónde iremos, qué será de nosotros.

Ángeles de los Santos dijo...

Dicen que nada es eterno, pero yo espero que algo quede. Bueno, no lo espero: estoy segura.

Anónimo dijo...

Lo malo del relato moderno es que muchas veces, se permite dejarnos en ascuas y sin comprender. Algo que sería inconcebible en el pasado más reciente, me parece a mí. No seas tan cruel Ángeles. ¿Quién o Qué es esa aparición? ¿Es acaso la Fé?

carlos

Ángeles dijo...

Interesante tu sugerencia, Carlos: la Fe.
Es lo bueno de estos finales abiertos que parecen no gustarte mucho: que cada uno puede interpretar algo diferente según su imaginación, su deseo, su experiencia, etc.

Por eso esta aparición no se presenta como algo concreto, pero parece alguna clase de mensajero, con un mensaje que el hombre no ha sabido descifrar aún... Y es que las comunicaciones ultraterrenas no son nada fáciles ;-)