viernes, 30 de septiembre de 2011

Palabras estupendas



Hay por ahí palabras magníficas, pomposas, que suenan como un redoble de sílabas, como una traca de fonemas: pom-pom-pom, tacatacatá.

Son palabras que, después de pronunciadas, se quedan un rato flotando a nuestro alrededor, porque son densas, voluminosas, no se diluyen en al aire fácilmente, no se las lleva el viento sin esfuerzo.
Hecatombe. Cenotafio. Apabullante. Cariacontecido. Meditabundo. Ensoberbecido. Prolegómeno.

Algunas de esas palabras opulentas son completamente redondas, pulidas como la bola de cristal de un mago, y mientras las pronunciamos parece que ruedan dentro de la boca, que van rebotando por la lengua.
Ostrogodo. Psicopompo. Paralelepípedo. Rimbombante. Epanadiplosis.

Otras, por el contrario, tienen aristas y resultan un poco ásperas al paladar. Algunas parece incluso que nos regañan, que están un poquito enfadadas.
Estrambótico. Botarate. Australopiteco. Carpetovetónico. Zarrapastroso. Triscaidecafóbico.

Y otras son más bien lánguidas, algo espesas, como gotas de aceite. Pero gotas gordas, con entidad, con presencia. Pueden resultar un poco dulzonas, incluso empalagosas si se usan con frecuencia.
Libélula. Parsimonia. Ecuánime. Delicuescente. Inmarcesible. Palimpsesto. Clepsidra.

Hay también palabras que tienen autoridad, que suenan como una orden, como un “oiga usted”. Son palabras con aplomo, con seguridad en sí mismas. Son palabras que no se andan con miramientos.
Recóndito. Pantomima. Contumaz. Cachalote. Pantagruélico. Cimborrio. Antagónico.

Parece como si, una vez pronunciadas, las propias palabras se volvieran y dijeran: ahí queda eso.

En realidad todas las palabras son estupendas, tanto las más campanudas y floridas como las más discretas. Porque todas son útiles y todas llevan en sí el misterio de su origen.
No solemos prestarles atención,  simplemente las utilizamos a conveniencia, como el que no quiere la cosa, a veces a lo loco, pero no podemos pasar sin ellas. No seríamos nadie sin ellas.
La prueba está en que cuando no encontramos la que necesitamos, qué desvalidos nos sentimos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Cuento. Anselmo


Delante de mí caminaba un hombre de unos treinta años.  Llevaba un cigarrillo en la mano derecha y una carpeta, un libro y un cuaderno en la izquierda.
Me pareció, no sé por qué,  que esos elementos no eran naturales en él, como si no fueran suyos, o como si los llevara por obligación. Y de la misma manera, tuve la sensación de que el hombre tampoco encajaba en el entorno, en la calle que recorríamos: una calle tranquila, limpia, floreada.

Un poco más adelante, en la acera opuesta, unos hombres trabajaban reponiendo unas baldosas.
Uno de ellos, al ver al que caminaba delante de mí, levantó un brazo al tiempo que llamaba sonriente:
-¡Eh, Anselmo!

Y el tal Anselmo, como respuesta a aquel efusivo saludo, miró de soslayo y pronunció un desganado eh, con un lánguido movimiento de la mano.

Seguí tras él, pensando que era un tipo descortés y desconsiderado. Y, como para confirmar mi impresión, este Anselmo, después de llevarse el cigarrillo a la boca por última vez, tiró la colilla al suelo, hacia atrás, sin importarle donde cayera, sin pensar que pudiera haber en la calle alguien más.
Y a continuación, para terminar de dibujar su desagradable retrato, tosió y escupió en la acera.

Aminoré el paso para aumentar la distancia con aquel tipejo tan enojoso.
Ya casi estábamos al final de la calle, y como yo debía volver la esquina de la derecha, deseé que él fuera por la izquierda y perderlo de vista para siempre.

Pero, poco antes de llegar a la esquina, vi que el libro que llevaba se estaba deslizando poco a poco y acabaría cayendo al suelo.

Efectivamente, al instante el libro cayó, y yo, por inercia, le avisé:
-¡Oiga,  se le ha…
Antes de que yo terminara la frase, él mismo se percató tanto de la caída del libro como de mi aviso.

Pero mi frase, que ya tenía vida propia, continuó su camino y concluyó:
-…caído el libro.
Entonces Anselmo me miró y con tono de desprecio dijo:
-Sí, ya me he dado cuenta.
Y  más antipático aún, añadió:
-¿Qué quieres, que te dé las gracias?

-Madre mía, qué elemento, pensé. Y sin decir nada, mientras él se agachaba, seguí mi camino, doblé la esquina y lo dejé atrás.

Unos metros más adelante me encontré con  una conocida, una joven muy agradable -educada, trabajadora, guapa- a la que tengo gran aprecio. 
Me saludó con su habitual simpatía y mientras cambiábamos unas palabras vi venir a Anselmo.
Ella también lo vio, y sonriendo dijo:
-Ah, aquí llega mi novio.

Me despedí de ella rápidamente y me marché, cavilando, intentando comprender los misterios de la vida.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

Más detalles

En una entrada anterior me referí a lugares -o detalles de lugares- de Londres que fácilmente pueden pasar desapercibidos.
Es lógico, me parece, que ocurra esto, pues si normalmente no nos fijamos en las cosas pequeñas, cúanto más las pasaremos por alto en un lugar tan espectacular y tan lleno de portentos.
Pero hay, a la vista de quienes quieran mirar, muchos  lugares y objetos que, sin deslumbrar,  hablan de una cultura y una forma de ser que aprecia el detalle, lo pequeño; que no se queda en lo fundamental, sino que intenta darle a todo un acabado personal, un toque especial; que se entretiene en la pincelada de la finura y la belleza hasta en lo que quizá no vea nunca nadie.
Pero lo ponen, por si acaso alguien se fija. 
O por el simple gusto de saber que está ahí.

Entre los elementos que me siguen llamando la atención y que revelan ese carácter minucioso y preciso de los británicos, están los bancos de los parques y jardines que hay por toda la ciudad.
Desde los inmensos y famosos Hyde Park, Regent’s Park, St James’s Park, etc, hasta los jardines menos conocidos, como Paddinton St Gardens o Gordon Square, por ejemplo, en todas partes hay numerosos  bancos de madera para sentarse a descansar y a disfrutar del entorno.
Y cada uno de esos bancos, que es a lo que voy, tiene una inscripción diferente, porque cada uno está dedicado a alguien diferente, a alguien que dejó un recuerdo en alguien y cuya memoria se honra con esas inscripciones.
Algunas de ellas son solamente un nombre y una fecha; otras tienen alguna frase alusiva a la persona a la que se dedica el banco; y otras, que reflejan el dolor de una ausencia, son verdaderamente conmovedoras.

Recuerdo uno de esos bancos, dedicado a un muchacho fallecido a los diecinueve años; otro a alguien que “se deleitaba a diario en estos jardines”. Y otros que nos invitan a sentarnos y disfrutar del lugar como lo disfrutaba la persona a la que se recuerda.



Stephen Allison. Amado hijo, devoto marido, cariñoso padre, entrañable hermano.
Un ser extraordinario. Nunca olvidado, eternamente amado. 




Para Emily Bickerton 1965-2008.
Detente un momento aquí y disfruta un instante de paz en uno de sus lugares favoritos.
De su familia y amigos.
   
Otro detalle que me gusta mucho son esos mosaicos azules, preciosos, que aparecen en muchas fachadas, a poca distancia del suelo, y que dejan constancia de lo que hubo en el lugar en otro tiempo.

Me parece una forma muy sencilla y eficaz, sin alharacas, de rememorar aquello que ya se ha perdido pero que no deja de formar parte de la ciudad, de su historia y por lo tanto del presente.
Eso es tener memoria, conocimiento y respeto por los que estuvieron aquí antes que nosotros, y por sus obras.
Para ilustrar la cuestión, estos dos mosaicos aluden, respectivamente, a Cripplegate, una de las puertas de la muralla que en tiempos pretéritos rodeaba Londres, y a la conducción de agua de Aldermanbury, "que  proporcionaba agua gratis" a la población. Desde 1471 hasta el siglo XVIII. 


Por último (en esta entrada, claro) quiero referirme a un detalle que me parece muy gracioso. Como todo el mundo sabe, el señor Arthur Conan Doyle creó un personaje conocido universalmente: el muy británico y detectivesco Sherlock Holmes, al que domicilió en la calle Baker (ya se sabe, el 221b de Baker Street).
Pues el detalle gracioso es que la estación de metro de dicha calle está decorada con azulejos en los que se reproduce la silueta –la clásica silueta- del sagaz investigador.


Y es que, me parece a mí, la cultura anglosajona tiene la peculiaridad de guardar en su  bagaje sus aspectos más puramente eruditos y académicos junto con los más populares, dándole a cada uno su importancia, su valor y su significado, sin menospreciar y también sin exagerar. A veces, incluso, con excesiva modestia.

Digo esto porque creo que tendemos a pensar que algo que es popular –y no me refiero a lo populachero ni populista- tiene que ser necesariamente de menor calidad o de menor trascendencia que lo académico, lo intelectual y minoritario.
Y quizá el carácter de una verdadera obra de arte esté en su capacidad de llegar a muchos, sea cual sea su formación.
Como Shakespeare y Dickens, por ejemplo, que fueron muy populares a la vez que genios literarios.

A lo mejor es que todos somos capaces de apreciar las obras del intelecto humano pero no siempre tenemos ocasión –o ganas- de conocerlas. O nos distraemos con otras fruslerías que nos parecen más atractivas y fáciles de digerir.

Seguramente todo esto le parecería elemental al querido señor Holmes.