viernes, 7 de agosto de 2009

Amigas

Hace años, siendo yo adolescente, una vecina nos habló de una amiga suya. Se conocieron de niñas, en la escuela, y treinta años después seguían conservando su amistad.
Nuestra vecina no había seguido estudiando una vez terminado el colegio. Estaba casada desde muy joven y tenía dos hijos. Su vida consistía en atender a su familia y su casa.
La otra sí estudió. Primero el bachillerato y luego música. Tocaba el violín en una orquesta clásica internacional. Era soltera y viajaba con la orquesta dando conciertos por toda Europa, llevando una vida cosmopolita y emocionante.

Dos vidas completamente diferentes, como se ve. Y a pesar de todo, seguían siendo amigas y se veían siempre que tenían ocasión.

A mí me sorprendió, y me pareció admirable, que aquellas dos mujeres conservaran su amistad, pues no parecían tener nada en común. Sus circunstancias eran como la noche y el día y además una de ellas pasaba la mayor parte del año fuera del país. Comprendí que ni el tiempo, ni la distancia, ni la condición social, económica o cultural, pueden romper los lazos de una amistad verdadera, lo cual me llenó de optimismo y esperanza.
Y comprendí también que para conservar a una persona a nuestro lado, lo principal es la voluntad, el querer realmente que esa persona siga con nosotros, esté donde esté y pase el tiempo que pase. Del mismo modo que decimos “dos no se pelean si uno no quiere”, podríamos decir que dos no son amigos si uno de ellos no tiene suficiente interés.

Pero lo que más me sorprendió de esta historia de amistad fue que las dos decían envidiar a la otra. La madre de familia envidiaba la vida mundana, socialmente plena y llena de satisfacciones profesionales, de su amiga. Envidiaba su cultura, sus amistades, sus viajes y sus aplausos.
La violinista, por su parte, envidiaba la estabilidad sentimental de nuestra vecina, su vida hogareña y su contacto permanente con la familia.

Y esto me llenó de intranqulidad y preocupación, pues comprendí, o más bien intuí, que estamos hechos de insatisfacción, de deseo permanente y de anhelo. Me pareció que el ser humano nunca se conforma con lo que tiene, por muy afortunado que sea, y que siempre nos parece mejor lo que tiene el otro.

Con el tiempo comprendí que quizá ese deseo constante de otra cosa es el impulso que nos hace seguir adelante; que el afán de conseguir lo que no tenemos es lo que nos empuja a lograr metas.
Más adelante pensé que la insatisfacción permanente es igual de negativa, o peor, que la falta total de ambición.
Por suerte, después supe que todo tiene un término medio, en el que, según dicen, está la virtud.

El caso es que creo que la historia de aquellas dos mujeres la he guardado siempre, de manera inconsciente, como un resorte que me avisa, un dispositivo que me recuerda esa tendencia que tenemos a la insatisfacción, a querer estar aquí cuando estamos allí y viceversa; a desear lo que no tenemos y a olvidar su valor una vez que lo conseguimos. Y gracias a ese resorte estoy alerta...
Y quizá por eso la mayor parte del tiempo yo soy feliz, pues creo que sé apreciar el valor de cada momento, disfrutar lo que tengo y seguir valorando aquello que consigo, por mucho tiempo que pase.

Por eso espero que la violinista y la madre de familia hayan sabido apreciar siempre el valor de lo que cada una tenía, incluida su valiosa amistad.





5 comentarios:

Anónimo dijo...

Una historia muy bonita

JuanRa Diablo dijo...

Dos no son amigos si uno de ellos no tiene suficiente interés. Esto me ha dejado pensando.

Estupenda historia, Ángeles.
Y muy a tener en cuenta en la vida.

Ángeles dijo...

Muchas gracias, JuanRa.
Parece que le has sacado jugo a la historia, y eso dice mucho de ti.

Anónimo dijo...

Un ejemplo precioso. Esa amistad que parece sincera es totalmente envidiable. Y es que parece mentira porque, no ya sus vidas, es que por fuerza también su cultura, su modo de pensar -el de una, global con seguridad, el de la otra mezquino, por decirlo así, concentrado sólo en la pequeñez de su casa y de su calle- tienen que ser tan diferentes que cuesta creer que tengan comunes de los que hablar que no sean los inspirados por su niñez.
Y en cuanto al inconformismo, el querer estar donde no estamos, estoy de acuerdo contigo. Es lo que a mí me pasa al contrario que a ti, que por eso eres feliz.
Lo que pasa es que si en lugar de utilizar ese inconformismo para avanzar, uno se limita a sufrirlo sin tener voluntad para cambiar, entonces es una condena.

P.D. Oye, que estoy pensando en que no debes esforzarte en contestar estos comentarios. Yo los escribo muy a gusto porque me siento "escuchado" pero no quiero que te veas en la obligación de contestarlos. Evidentemente me gusta leer tus respuestas pero soy consciente de que puedo llegar a ser un petardo de cuidado. Así que por favor, entiende que aunque yo te escriba para nada me mosqueo si tú no puedes llegar a contestar porque evidentemente tú tienes obligaciones muy importantes. Muchas gracias por comprenderme.

carlos

Ángeles dijo...

Lo que dices del inconformismo es muy profundo, Carlos, y da para mucho pensar.
Hay veces que no podemos hacer nada por cambiar las circunstancias; no todo depende de nuestra voluntad ni tenemos control sobre todas las cosas. Y entonces es mejor "conformarse", es decir, adaptarse, para ser lo más feliz posible dentro de lo que las circunstancias nos permiten.

PD: gracias por tu deferencia, pero no me supone ningún problema contestarte, todo lo contrario, aunque a veces tarde un poco.
Gracias a ti.