sábado, 16 de mayo de 2009

Una historia hospitalaria

En una ocasión, siendo yo bastante joven, fui al hospital a ver a una tía mía a la que habían operado. En un momento de nuestra charla, me dijo que en la habitación contigua había una mujer mayor a la que no visitaba nadie y que no hablaba español, sólo inglés.
Mi tía me preguntó si yo querría ir a hablar con ella, porque la pobre se debía sentir muy sola.

Cuando entró una enfermera le dijimos que yo podría hablar con ‘la extranjera’, lo cual le pareció estupendo.
Así pues, me llevó a la habitación de la mujer, y me contó que no sabían nada de ella; que la policía la había encontrado en la calle, sola, inconsciente y sin documentación; y que no tenía aspecto de mendiga, sino al contrario; y que no parecía haber nadie buscándola.
Como la mujer no hablaba español, no sabían siquiera su nombre.

La historia era triste, desde luego, pero también me parecía lamentable que no hubiesen podido llevar a nadie que hablara con ella. Que la única ocasión que iba a tener aquella persona de comunicarse con alguien era la que yo pudiera brindarle, es decir, una ocasión totalmente casual y debida a unas cuantas coincidencias.
Que en un hospital precisamente, una persona se encontrara aislada, incomunicada, por causa del idioma, me pareció una deficiencia inexplicable e inaceptable.

La cuestión es que al ver a la mujer recibí una fuerte impresión. Era extremadamente delgada, puro hueso y piel, completamente pálida. Su respiración era imperceptible y daba la sensación de no tener fuerzas ni para abrir los ojos. Era la primera vez que veía a alguien en ese estado, en la frontera exacta entre la vida y la muerte.

La enfermera me dijo que la mujer no estaba dormida, como yo creía, así que, con algo de aprensión, la saludé en su idioma y le pregunté cómo se encontraba.
Inmediatamente la mujer abrió los ojos, muy sorprendida, según me pareció.
Y dijo algo, pero su voz era tan débil que apenas oí un susurro.
-Disculpe -le dije- no la he entendido.
Me miró, no sé si con impaciencia, frustración o irritación, pero me sentí inútil y absurda. Aquella mujer debía haber sido tremenda en sus buenos momentos.
Pero entonces levantó la cabeza, y con una mirada ardiente, dijo, casi gritó:
-¡¿Estoy viva todavía?!

Aquella reacción y aquella pregunta me impresionaron profundamente, tanto que, por unos instantes me quedé sin palabras y casi sin respiración. Pero le dije que sí, que claro que estaba viva; que estaba en un hospital y que estaban cuidando de ella.
Quería preguntarle su nombre, de dónde era, si tenía familia o amigos aquí… Pero no pude, porque, tras mi respuesta, la mujer hizo una mueca de pena, y con un gesto de la mano me indicó que la dejara, que me marchara. A continuación, volvió la cabeza y cerró los ojos, claramente decepcionada por seguir entre los vivos.

Me he acordado de aquella mujer muchas veces a lo largo de los años, y siempre que la he recordado he deseado sinceramente que no tardara mucho en alcanzar el otro lado.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Un testimonio complejo y, aparentemente, inexplicable. Me ha gustado y conmovido.

Ángeles de los Santos dijo...

Gracias, Anónimo; me alegra mucho que te haya producido esa emoción.

Lan dijo...

En las habitaciones de los hospitales, entre el ajetreo azacanado del personal sanitario y el trasiego de visitas, suele haber alguien que está solo y del que nadie sabe apenas más que eso. Las enfermeras y auxiliares, generalmente de natural compasivo, suelen darse cuenta de la situación y apolijarles en la medida de sus fuerzas... pero de algunos, como fue tu caso, sólo tendrán sus cuerpos.

Ángeles de los Santos dijo...

Gracias,Lan, por tu acertada reflexión.

Soros dijo...

A veces pienso, y no sé si será posible, que, cercanos a morir, podremos ver nuestra vida en negativo, iluminados aquellos puntos que se mantuvieron oscuros... y, entonces, lo comprenderemos todo poco antes de dejarlo definitivamente.

Ángeles de los Santos dijo...

Muy profundo, Soros, y estaría bien que tu teoría fuera cierta.

Anónimo dijo...

Vengo de un remoto lugar llamado Storylane, en donde "alguien" compartió esta historia sobre la soledad y la muerte. Como allí no se me permite hablar, he caminado cientos de kilómetros virtuales para dejar aquí mi voz. :p

Tremenda la historia, y comparto esa reflexión final: cómo debieron ser sus últimos días para tener tantas ganas de irse. Ojala lo consiguiera pronto y en paz.

JRD

Ángeles dijo...

Gracias, JRD, por esa caminata hasta Storylane y luego hasta aquí.
Gracias por tu interés y por tu reflexión.
:-)

Anónimo dijo...

¡Jo! ¡Qué fuerte! Me refiero a tu situación ante la actitud airada de la mujer, su enigmática pregunta y la confesión de tu deseo que expresas al final.
Si la situación no fuera tan trágica por el evidente dolor de aquella señora bromearía preguntándote si es que acaso te tomó por San Pedro al preguntarte aquello...
Yo me pongo en tu lugar y siento la misma sensación desagradable de intentar mostrar cierta empatía con una desconocida, en un idioma que tal vez no dominabas a la perfección -cómo han cambiado los tiempos en este país, por otro lado, en cuanto al interés por aprender inglés- y que aún encima te contestaran casi con desprecio. La verdad es que, primero, ni me habría atrevido a entrar y segundo, habría salido de allí pitando herido en mi orgullo.

carlos

Ángeles dijo...

Carlos, nunca se sabe cómo reaccionaremos ante una circunstancia determinada, por mucho que lo imaginemos.
No, yo no dominaba el inglés ni mucho menos; sabía poco más de lo que aprendemos en el instituto. Pero quería ayudar a aquella mujer y sin duda me atreví a intentarlo porque no conocía su verdadero estado. Aun así, no me arrepentí. Entendí que no estaba para "tonterías". Quería irse y quería que la dejaran irse, simplemente.