jueves, 25 de septiembre de 2014

El lenguaje tiene sentimientos

 
¿Conocen ustedes el chiste del científico y la araña? Sí, el del investigador que dejaba a una pobre araña sin patas y le decía: “Ven, arañita, ven aquí”, y que, observando la inmovilidad de la araña, llegaba a una conclusión irrefutable: cuando la araña pierde las patas se queda sorda.
Desde pequeña yo –me imagino que como muchas personas-  he tenido también  la tendencia a desarrollar mis propias teorías científicas sobre diferentes fenómenos del mundo y de la vida que me llamaban la atención. Yo observaba –en ocasiones inconscientemente- alguna circunstancia, y cuando esa circunstancia se repetía varias veces, llegaba a una conclusión, normalmente siguiendo el mismo estilo de pensamiento que el científico del chiste.
Pero de vez en cuando, para mi satisfacción y sorpresa, me he encontrado con que algunas de esas teorías mías, esas conclusiones intuitivas y deslavazadas, tenían algo de lógica y de sensatez.
Es lo que ocurre con una teoría que elaboré –o más bien intuí- cuando estaba en la universidad, relacionada con las lenguas extranjeras y la expresión de ciertas emociones.
Una de las primeras veces que pensé en ello fue estando en casa de una amiga mía, de padre español y madre inglesa. La madre de mi amiga hablaba español con poca soltura, pero lo usaba con frecuencia, y hablaba en español o en inglés dependiendo de las circunstancias. El inglés lo usaba indefectiblemente cuando estaba enfadada, cuando se quejaba de algo o cuando les regañaba a sus hijos.
Esto me hizo pensar que para ella el español, por no ser su lengua materna, no tendría suficiente fuerza, suficiente carga de significado como para sentir que sus emociones quedaban expresadas con la contundencia necesaria.
También estaba el hecho, según me contó mi amiga, de que cuando la buena señora intentaba regañar en español, al hijo pequeño le daba la risa. Y supuse entonces que esto se debía a lo mismo: a que el chiquillo percibía que aquella regañina, expresada en un idioma ajeno a quien regañaba, no resultaba seria ni creíble para nadie.

En ocasiones posteriores tuve la oportunidad de observar casos parecidos, en los que personas bilingües utilizaban su segundo idioma con soltura  pero cambiaban automáticamente a su lengua materna cuando necesitaban expresar determinados pensamientos o sensaciones con una carga emocional intensa. Parecía que a pesar de  que conociesen las palabras y expresiones necesarias para expresar sus emociones en su segundo idioma, este no era suficiente. Es decir, para expresar determinadas sensaciones e intenciones no bastan las palabras, sino que son necesarios también los sentimientos y la emotividad que  van asociados sólo a la lengua materna.
Y si esto me parecía interesante, más aún me fascinaba el caso contrario, es decir, el hecho de que expresar ciertas ideas o pronunciar ciertas palabras resultara más fácil en el idioma extranjero que en la lengua nativa. Me refiero concretamente a las “palabrotas” y las expresiones malsonantes en general.  Estas palabras tienen una gran carga emocional, moral y cultural; no son cualquier cosa, no las utilizamos en cualquier contexto ni en cualquier ocasión.
Por eso mismo, pensaba yo, debía de resultar más fácil, menos comprometido, utilizar sus equivalentes extranjeros, porque nuestra conexión con esas palabras extranjeras es mucho más débil, mucho menos profunda o íntima, y por lo tanto nos parece que tienen menos significado, menos potencia emocional.
Esta era la sensación que yo tenía, la teoría inarticulada que daba vueltas en mi cabeza como un trapo en la lavadora, y que no me habría atrevido a compartir con nadie.

Pero ahora sé que mi idea tenía fundamento y que a este fenómeno que yo observé espontáneamente los expertos lo llamaron, años después,  Emotion-Related Language Choice (ERLC), y se refiere exactamente al hecho de que las personas que hablan más de un idioma eligen su lengua materna o una segunda lengua según quieran expresar sus emociones con mayor o menor implicación afectiva.
Según un experimento que se ha realizado recientemente, un grupo de estudiantes polacos que tienen el inglés como segunda lengua, se sintieron muy incómodos al tener que expresar insultos racistas en su lengua materna, y en cambio les resultó muy fácil expresarlos en inglés.
 
La conclusión parece ser que nuestro bagaje emocional, cultural y moral está impreso en nuestra lengua materna y no en los idiomas que aprendemos posteriormente. Por eso nos resulta más fácil ser maleducados o groseros en otro idioma, ya que en una lengua extranjera aprendida las palabras  relacionadas con las emociones y los sentimientos nos resultan más tenues, más abstractas, menos  conectadas con nuestro mundo emocional.
Dicho de otro modo, el utilizar una lengua extranjera nos libera de las restricciones e implicaciones sociales y culturales  relacionadas con  determinadas palabras.
 
 
Por eso creo yo que esta teoría, este fenómeno de la ERLC, se produce también cuando se trata de expresiones cariñosas que nos pueden resultar algo comprometedoras o embarazosas en nuestra lengua. Es decir, nos puede resultar más fácil o más cómodo decirle a alguien palabras mimosas en otro idioma que en el propio, porque tanto para nosotros  como para la otra persona, esas palabras o expresiones extranjeras estarán menos cargadas de contenido afectivo, no tendrán las mismas connotaciones que las de nuestro propio idioma, y nos permitirán por lo tanto mantener una cierta distancia emocional con lo que expresamos.
Y es que, según han sugerido recientemente algunos investigadores*, las expresiones y palabras que por alguna razón nos incomodan o nos cohíben, hacen que se active un mecanismo que bloquea y dificulta el acceso a nuestra lengua materna, mientras que este bloqueo no se produce con  las palabras de nuestra segunda lengua.
Con razón dice la lingüista Anna Wierzbicka que conocer dos idiomas significa vivir en dos mundos emocionales  diferentes. 

El lenguaje es portentoso y espectacular. Ya hemos dicho aquí otras veces que el lenguaje es el verdadero motor del mundo, lo que hace que funcione y lo que ha hecho posible la evolución del ser humano, las sociedades y las civilizaciones.
Pero lo más admirable de todo es que esta capacidad nuestra para expresarnos mediante unos pocos sonidos articulados, siendo algo tan íntimo, tan inherente al ser humano y tan cotidiano, no deja de sorprendernos y de dar nuevas muestras de su tremenda y maravillosa complejidad, y de su influencia no sólo en nuestro pensamiento sino también en nuestros sentimientos.
 

 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Palabras insensatas


En una ocasión una alumna mía, una niña de nueve años, me preguntó si yo conocía “todas las palabras del inglés”.
Le dije, lógicamente, que no, que es imposible conocer todas las palabras de un idioma, ni siquiera del propio. La niña se sorprendió mucho al oírme decir eso, y su sorpresa quedó expresada cuando respondió: “Pues yo conozco todas las palabras del español… ¿tú no?”
Entonces yo, entre didáctica y bromista, le pregunté si sabía qué significaba la palabra idiosincrasia. Fue genial ver la cara de la niña, que me miró como si yo acabase de revelarle el sentido de la vida.
En realidad algo de eso había –y perdonen ustedes la exageración-, pues lo cierto es que la chiquilla acababa de descubrir un mundo nuevo: el de las palabras que están más allá del vocabulario que usamos a diario y que manejamos con absoluta familiaridad.

A diferencia de mi alumna, yo, de niña, nunca pensé que conociera todas las palabras de nuestro idioma. Al contrario, sufría mucho porque había una cantidad enorme de palabras y frases que escuchaba y veía escritas por aquí y por allá y cuyo significado no lograba discernir.
Confundía, por ejemplo,  los significados de las palabras divorciarse y suicidarse.
Recuerdo que una vez vi, en un kiosko de prensa, la portada de una revista en la que, junto a la foto de una bella señora, se leía: “Fulanita de Tal se divorcia”,  y que pensé que era una pena que siendo tan guapa, famosa y seguramente rica, hubiera decidido quitarse la vida.
Pero lo que más me desconcertaba eran ciertas expresiones hechas que me parecían tan incomprensibles y absurdas que llegué a pensar que la gente las decía mal, que tenían que ser de otra manera. Y no es que yo me creyera más lista que los mayores, en absoluto; es que alguna explicación tenía que haber para aquella incomprensibilidad.
 
Una frase que me desesperaba especialmente era dentro de lo que cabe.
Me devanaba la sesera dándole vueltas a aquello. ¿”Dentro de lo que cabe”? Pero, ¿lo que cabe no es lo que está dentro? ¿No debería ser “ de lo que cabe dentro?” Y así me pasaba un rato.
 
También me resultaba muy extraña la expresión merece la pena, y no comprendía por qué la gente decía cosas como “merece la pena levantarse temprano”.  Yo creía entender que el hecho de levantarse temprano -o lo que quiera que fuese- merecía que sintiéramos pena. Y claro, no veía lógico que lo dijeran tan contentos y acordaran levantarse a las ocho para ir de excursión. ¿Es que querían ponerse tristes o qué?
Más o menos lo mismo me ocurría con mejorando lo presente. Yo entendía que eso se decía como un cumplido, porque veía que los aludidos lo agradecían,  pero en realidad a mí me parecía un insulto: “Pepita López es encantadora, mejorando lo presente.” Y yo entendía que la bella Pepita era mejor que las señoras presentes.
Desconcertante, ¿no?
Lo más curioso de todo esto es que yo no preguntaba por el sentido de esas frases, no pedía que me las explicaran, y no sé por qué. Quizá es que daba por hecho, intuitivamente, que las frases eran absurdas, que se decían por costumbre y sin reparar en su insensatez.
También me mortificaron mucho las expresiones ceda el paso (eso tenía que estar mal por fuerza) y admón de loterías (¿qué será un admón, madre mía?).
Sí, esas expresiones me hicieron sufrir mucho durante mucho tiempo, pero recuerdo el día en que oí a alguien decir “… en la administración de loterías”. En aquel momento la palabra admón. cobró todo su sentido y fue tal la satisfacción que sentí con este descubrimiento que me pareció que un gran telón se levantaba y que ante mi ojos se alzaba el arcoíris refulgente del discernimiento. Qué momento, señores.
Quizá esto explique por qué no preguntaba yo a mis mayores por el sentido de esas palabras y expresiones: la satisfacción de descubrirlo por mí misma era tan gratificante que merecía la pena esperar.