jueves, 25 de febrero de 2016

Un nuevo misterio en casa del señor Talbot

(segunda parte y final)
(viene de aquí)


A la hora de costumbre empezaron a llegar los amigos de Talbot. Cuando estuvieron todos reunidos y después de intercambiar breves impresiones sobre diversos temas, Scott, el jefe de la policía, que tenía un aire entre altivo y sosegado muy adecuado para su cargo, dijo:
-Talbot, amigo mío, no hace falta ser policía, y mucho menos jefe de nada, para darse cuenta de que algo le preocupa. Espero que no haya sufrido ningún contratiempo serio.
­-Es cierto, señores, que estoy preocupado. Y bastante perplejo. He perdido, no sé cómo ni dónde ni cuándo, mi ejemplar de Las metamorfosis.
Y a continuación Talbot puso a sus amigos al tanto del percance.
        
El asunto era tan peculiar, y el libro tan valioso, que todos aportaron ideas, teorías y posibilidades sobre lo que podría haber ocurrido. E incluso hicieron una solidaria y afanosa búsqueda por todo el estudio. Dibujaban un escena muy pintoresca aquellos cinco hombres, ora agachados, ora arrodillados, metiendo la cabeza debajo de los sillones y detrás de los muebles; levantando cortinas y almohadones; mirando al techo en busca de inspiración y al suelo en busca del libro.
Pero fue inútil. El precioso ejemplar de Ovidio no apareció.

Al día siguiente Talbot ordenó al servicio buscar por toda la casa, incluso en los lugares más absurdos, como la alacena y el lavadero. Mientras tanto, él mismo y el jardinero recorrieron los parterres, removieron la hojarasca y miraron en cada seto, en cada macizo de flores y en cada alcorque. Pero de nuevo la búsqueda no dio ningún resultado: el libro parecía haberse evaporado como el aroma de un perfume barato.
Con gran pesar de su corazón, Talbot se rindió y dio el libro por perdido. Se dio todas las explicaciones que se le ocurrieron, incluso que el gato que rondaba siempre por el jardín, y que nadie sabía de dónde procedía, se había llevado el libro por algún motivo animal, con lo que ahora esa joya de la literatura y de la imprenta yacería en algún inmundo agujero, con consecuencias que prefería no imaginar. Y así, resignado a quedarse sin el libro y sin explicación, Talbot dejó de buscar, aunque su corazón nunca perdió la esperanza de que su Ovidio apareciera algún día, de  manera tan inusitada como desapareció.

Transcurrió el tiempo, y un día, al cabo de un año, tuvo lugar en el jardín un prodigio que maravilló a Talbot y que llevó a Pedro, el veterano jardinero, al borde de las lágrimas de emoción. Por su parte, Casilda, sin apreciar lo portentoso del fenómeno, sólo exclamó con naturalidad: "¡Ay, qué bonito, señor!"

Cuando por la tarde llegaron sus amigos, Talbot, muy conmovido, les dijo:
-Caballeros, vengan conmigo al jardín y sean testigos de algo que sólo podrán creer si lo ven. Y aun así, les resultará difícil.
Salieron los señores al jardín y Talbot los condujo hasta el manzano injertado. En seguida vieron que el árbol había dado frutos por primera vez después del experimento, y que a consecuencia de ello estaba lleno de manzanas de distintas variedades: rojas, verdes y amarillas; dulces y ácidas…, tal y como Talbot había esperado. Pero además había otras manzanas de una clase desconocida: unas manzanas azules con reflejos dorados.
Para asombrar más aún a sus atónitos amigos, de una rama baja Talbot cogió una de esas manzanas, y con una pequeña navaja la partió y mostró las dos mitades.
En el primer momento, los hombres hicieron un gesto de rechazo ante lo que Talbot les mostraba.
–No, no, fíjense bien, caballeros, no es lo que parece.
Y, en efecto, no era lo que parecía.  La carne de la manzana, de color pajizo como el pergamino, estaba marcada por líneas oscuras que, a simple vista, parecían la señal de la descomposición o los sutiles senderos que trazan  los insectos cuando devoran. Pero al mirar con más atención, los amigos de Talbot apreciaron, deslumbrados e incrédulos, que aquellos rastros  no se debían a nada tan  vil, sino que eran en realidad producto de algo superior, de algún proceso incomprensible y excelso.
Porque lo que veían en la manzana eran palabras impresas, palabras en latin que formaban versos, versos tal y como los que escribió Ovidio para narrar  las mágicas metamorfosis de los dioses.


La sabiduría del universo ( Christi Belcourt, 2014)
(Aquí, otro misterio en casa del señor Talbot)


sábado, 20 de febrero de 2016

Un nuevo misterio en casa del señor Talbot

Cuento (primera parte)


El señor Talbot era un hombre de hábitos muy arraigados. Después de pasar dos o tres días en su casa, cualquiera sería capaz de predecir sus acciones según la hora que fuese.
Por las mañanas, después de desayunar, despachaba con su secretario los asuntos del día, y a continuación salía un rato al jardín. Últimamente estaba muy entusiasmado con un manzano que había mandado injertar. Le parecía muy emocionante poder modificar el árbol para que diese distintas variedades de manzanas. Pero aparte de este novedoso capricho botánico, su costumbre era  leer sentado en uno de los bancos,  pasear por los senderitos, contemplar las pérgolas y el estanque, y solazarse con el trinar de los pájaros que habían establecido su residencia en tan placentero vergel.

Volvía  a entrar en la casa a la hora de almorzar, y después de la comida se sentaba ante la chimenea de su estudio, con una pipa y una copa de licor.  Mientras fumaba y bebía se dedicaba a contemplar con deleite su maravillosa colección de cuadros, o a estudiar los catálogos de las subastas del mes en curso, o a leer otro rato, y así hacía tiempo hasta la hora en que llegaban sus amigos para su habitual tertulia vespertina.

Efectivamente, Talbot era por completo predecible, y le gustaba que las cosas sucedieran tal y como él las tenía previstas.

Detestaba lo inesperado, lo que rompiese la rutina, lo que lo obligase a improvisar. Por eso aquel día del que vamos a dar cuenta a continuación, Talbot lo pasó nervioso y alterado como los pececillos de su estanque cuando se acercaba el gato.

Resultó que después de comer fue al estudio, se preparó la copa de licor y la pipa y, antes de sentarse en su sillón, delante de la chimenea, fue a coger el libro que por la mañana había llevado consigo al jardín. Se dirigió sin pensarlo al aparador, el que estaba debajo de aquel magnífico y sorprendente cuadro de Spiers. Allí, encima del aparador, era donde dejaba siempre el libro que tenía entre manos en cada momento. Sin embargo, en esta ocasión, el libro no estaba allí. 

Un poco desconcertado miró a su alrededor por ver si, inexplicablemente, lo había dejado en la mesa, encima de alguna silla, en la repisa de la chimenea. Aunque eso no hubiera sido propio de él, estaba dentro de lo posible. Pero no, el libro no estaba en el estudio. Pensó entonces que quizá lo llevó hasta el comedor cuando entró del jardín para almorzar. O, tal vez, supuso con temor, se había quedado en el jardín. Talbot se estremeció ante la posibilidad de haber dejado a la intemperie, encima del banco, debajo del manzano, su ejemplar de Las metamorfosis de Ovidio. Su precioso ejemplar de tapas azules, letras doradas y filigrana floral. Su valiosa edición de 1775, impresa en Londres por  Paddington-Collier.

Presa de un nerviosismo impropio de un hombre de mundo como él, se sintió incapaz de correr al jardín para rescatar el libro lo antes posible, si es que en verdad estaba allí. Porque la posibilidad de encontrar el libro marcado por el impacto de una manzana, por muy newtoniana que pudiera resultar la imagen, lo llenaba de terror. E imaginar la delicada encuadernación manchada con los innobles desechos de algún pájaro, lo paralizaba de espanto.
Pudo sin embargo reaccionar lo suficiente como para tirar del cordón que hacía sonar una campanilla en la cocina, y al poco apareció Casilda, la asustadiza y tarda doncella que, aunque hacendosa y limpia como nadie, no era precisamente una persona adecuada para la resolución de problemas de ingenio.
–Casilda, dígame –empezó Talbot con fingida paciencia–, ¿ha visto usted por casualidad un libro de tapas azules en el comedor?
–No, señor,  yo no he visto ningún libro.
–¿Está segura, Casilda? Es posible que yo lo haya dejado olvidado encima de la mesa durante el almuerzo.
–Si hay un libro en la mesa, yo me doy cuenta, señor. Porque en la mesa no se ponen libros.
–Claro, claro, Casilda, así debe ser. Pero, ya le digo, es posible que yo, no usted ni nadie del servicio, yo, me lo haya dejado allí olvidado.
–¿Y dice usted que es un libro azul?
–Eso es, un libro azul y con letras doradas.
–No, estoy segura de que no había ningún libro azul, señor. Ni de otro color tampoco.
Talbot respiró hondo, como hacía siempre que hablaba con Casilda, y aceptando que la despistada muchacha no se equivocara, le dijo:
–Bien, Casilda, muchas gracias, y hágame el favor de decirle al jardinero que venga.
–¿A Pedro, señor?
–Sí, a Pedro, el jardinero. Gracias.

Después de hablar con el jardinero, que había estado revisando los injertos del manzano hasta ese momento y no había visto tampoco ningún libro, Talbot se sintió aliviado, pero mucho más perplejo que antes por la misteriosa desaparición.

(Continúa aquí)

(Y aquí, un misterio anterior en casa del señor Talbot)

jueves, 11 de febrero de 2016

Palabras de alto copete



Hay palabras para todos los gustos y de todas las clases: bonitas, feas, sonoras, planas, graciosas, sosas… Y hay también palabras humildes y palabras aristocráticas. Palabras modestas, sin pretensiones, palabras de diario, como casa, lápiz, móvil, lechuga… y palabras de postín, de esas que sólo están al alcance de eruditos y sabiondos. 
Cuando nos encontramos con ellas nos preguntamos de dónde habrán salido, dónde habrán estado todo el tiempo, y, en casos muy graves de adicción léxico-semántica, cómo hemos podido ser felices hasta ese momento sin tener conocimiento de ellas.

Últimamente han llegado a mis ojos algunas de esas palabras postineras, de las cuales tres me han causado especial impacto.
Se trata de icástico,  polímata y concinidad, ante cuya sonoridad y contundencia no pude quedarme indiferente.

Icástico significa “natural, sin disfraz ni adorno”, y se refiere a la representación o imitación de la realidad tal como es.  La imitación icástica (por ejemplo, el arte realista) es por lo tanto opuesta a la imitación fantástica. 
El lenguaje también tiene una función icástica, o mimética: las palabras representan o evocan los referentes, es decir, los objetos o conceptos a los que designan. Por eso mismo, y por ejemplo, una traducción ha de ser icástica respecto al texto original. 


Una imagen icástica
de Galileo
Polímata es una persona con grandes conocimientos en diversas materias científicas o humanísticas.  
Grandes polímatas de todos los tiempos son, por ejemplo,  Leonardo, Galileo, Aristóteles, Karl Marx, Einstein  y Umberto Eco.

Concinidad significa armonía, elegancia, belleza de estilo, el equilibrio que se consigue con la simetría y el paralelismo de elementos.
Es un concepto que se aplica  a la escritura, a la retórica y a la arquitectura.

Es interesante, claro está,  conocer los significados de las palabras que se cruzan en nuestro camino, aunque quizá no las vayamos a utilizar mucho; pero también es muy interesante saber de dónde salen estas palabras, de dónde vienen. 
A mí me parecen tan misteriosas, tan bien elaboradas y tan intrigantes, que quiero saber algo más de ellas, desvelar algunos de sus secretos, porque al conocer su porqué y su cómo aprecio aún más su belleza y su interés. 

Y, en efecto, me ha gustado mucho saber que icástico deriva del griego eikastikós, que significa “relativo a la representación de los objetos”;  que polímata viene del latín polymathes (“que sabe mucho”) y que este término  a su vez deriva de las formas griegas poly -mucho- y mathema -conocimiento-. Y también  que concinidad  proviene del latin concinnitas, (estilo elegante, bello), que deriva a su vez de concinnus (inteligente, elegante, ordenado, limpio, hermoso, placentero).

Y que cuando el término concinidad se aplica a un texto hace referencia a la belleza del estilo, a la hábil conexión de las palabras y las frases, y al buen orden y disposición del discurso.

Como la cuestión de la escritura me interesa especialmente, esta palabra me importa mucho. Y el conocerla me ha llevado a pensar, una vez más,  en los secretos de la escritura, en los misterios que hacen que un texto nos produzca deleite o no, independientemente de aquello de lo que hable; o que dos textos nos causen impresiones diferentes aunque hablen de lo mismo.
Y una vez más llego a la conclusión de que la forma importa; de que no sólo nos gusta un texto por lo que dice, sino también por la forma en que lo dice.

Y me llama la atención, pero no me sorprende, que toda esta idea de la concinidad, de lo que hace que un texto nos resulte deleitoso, derive, en primera instancia, de cinnus, que significa cómodo, agradable
Y es que leer un texto primoroso es como recostarse en un diván de mullidas y cálidas palabras.


Reading a story (Thomas Sully, 1783-1872) 



domingo, 31 de enero de 2016

Estuve en Noblis

Estuve en Noblis, la ciudad de la que tanto me habían hablado y que nunca tuve interés por visitar.

Al llegar, con la primera impresión, me pregunté por qué todos hablaban de Noblis, si aquel parecía un lugar sin gracia, digno sólo de olvidar.
Pero durante el primer paseo empecé a comprender.
Noblis es singular. Lo que en cualquier ciudad moderna se evita o incluso se prohíbe, en Noblis se tolera y hasta diría que se fomenta.
Lo que en cualquier otro sitio se considera deshonroso, en Noblis es respetable. Lo que en nuestra ciudad  rechazamos, en Noblis nos conquista.
Las  fachadas ruinosas, los azulejos rotos, los metales oxidados, la sábanas tendidas en los balcones como velas de una fragata, dan a las calles un aire de pobreza, de descuido, de desidia, que sorprende y desconcierta al recién llegado. Pero en seguida reconocemos que Noblis ha conseguido hacer del abandono y la decrepitud un estilo, una demostración de carácter.
Porque a esa decrepitud la llaman decadencia y entonces nos seduce.
Las palabras importan mucho.

En otra ciudad diríamos: “Está todo muy viejo”. En Noblis decimos: “Tiene todo mucho encanto”.
Y lo cierto es que lo tiene, y comprendemos que la belleza de lo marchito es real, y nos atrae  y nos transmite serenidad.
Parece en Noblis que nadie se preocupa por el paso del tiempo, y que cuando algo se ha de deteriorar, se le permite deteriorarse.

Pero al mismo tiempo hay por todas partes detalles que denotan un gusto primordial por la perfección, por la armonía, por el color. Se ve en las fachadas decoradas con pintura o con mosaicos, donde florecen las guirnaldas, los dibujos geométricos y la exhuberancia de inspiración clásica.

Y por otro lado, esa quietud que el descuido infunde, contrasta con el bullicio de la gente y el tráfico. Y con el traqueteo vertiginoso de los tranvías, también ellos desvencijados y con la pintura descascarillada, que reptan y se estremecen por las calles como fósiles vivientes, vestigios de otros tiempos, pasados hace ya mucho.

La sensación que aparece sin buscarla cuando me acuerdo de Noblis, cuando me acuerdo sin voluntad de recordar, es la de una ciudad soleada y provocativa, orgullosa de su aspecto, como una mujer mayor y coqueta, que se arregla pero sólo lo justo; que no pretende aparentar lo que no es ni esconde lo que sí es.
En esta ciudad ajetreada y plácida al mismo tiempo, parece que dijeran a los visitantes: “Vengan, vengan con su ritmo frenético de turistas y mézclenlo con nuestra parsimonia. Y vengan con sus deseos de tranquilidad y agítense en nuestro pintoresco vaivén.”
Sí, por fin estuve en Noblis, y me hubiera gustado que estuvieras conmigo.



lunes, 18 de enero de 2016

El misterio del diccionario



Los diccionarios son una herramienta fundamental para mí, tanto por razones profesionales como por interés o gusto personal. Los utilizo a diario, y, quizá porque no dejo de sorprenderme con su utilidad y la magnitud de su alcance, también me resulta muy interesante el proceso de elaboración de estas obras lexicográficas.

La creación de un diccionario puede parecer  –y lo es– una tarea ardua y lenta; incluso  tediosa y propia de eruditos sin vida social. Un trabajo, en fin, nada emocionante.
Sin embargo, a veces, el proceso de elaboración de un diccionario puede deparar sorpresas asombrosas y contener  elementos tan misteriosos y enigmáticos como los del más interesante caso ideado por Agatha Christie.

Y eso precisamente es lo que ocurrió en el siglo XIX durante la elaboración del prestigioso Oxford English Dictionary (OED).

Sucedió que en 1857, los sabios de la British Philological Society, decidieron crear un diccionario que recogiera el significado y la etimología de todas las palabras de la lengua inglesa conocidas desde el siglo XII. El diccionario habría de incluir también, como elemento distintivo, citas literarias que ilustraran los diferentes significados de las palabras.

Los inicios del proyecto ya fueron azarosos. Herbert Coleridge fue nombrado editor, y como tal empezó el buen hombre a elaborar definiciones de palabras. Pero al poco tiempo enfermó y falleció. Su sucesor, llamado Furnivall, tenía, al parecer, más interés en invitar a señoritas a pasear en barca por el Támesis que en encerrarse en su despacho a escribir definiciones. Así que lo sustituyeron. Esta vez el elegido fue Sir James Augustus Henry Murray, un hombre con una asombrosa capacidad de trabajo y grandes conocimientos. Y también grandes barbas, por cierto.
James-Murray en 1910
Sir James es un personaje muy interesante del que merece la pena hablar, y más cuando se acaba de cumplir el centenario de  su muerte. Pero por ahora sigamos adelante con el diccionario y su misterio.

Murray se levantaba a las cinco de la mañana y trabajaba doce horas diarias, y aun así, al cabo de cinco años él y sus colaboradores sólo habían llegado a la palabra “hormiga”. Esto no estaría  mal si no fuera porque en inglés hormiga se dice “ant”.  Es decir, que en cinco años no habían podido ni terminar las entradas correspondientes a la letra A.

Pero entonces, en 1879, el sabio tuvo una gran idea: hizo un “llamamiento a las personas que hablan y leen inglés para que lean libros y extraigan citas para el nuevo diccionario de la lengua inglesa de la Sociedad Filológica”. En el llamamiento también se explicaba en qué consistía el proyecto y se incluía una “lista de libros para los que se necesitan lectores”. Entre esos libros estaban, por ejemplo, los Poemas Menores de Chaucer; El progreso del peregrino, de Bunyan; la prosa de Milton; Robinson Crusoe, de Defoe; el Gulliver de Jonathan Swift; la mayoría de las obras de Charlotte Bronte, de Byron, de Coleridge, de Hawthorne, etc.
Esta petición de colaboradores tuvo una respuesta maravillosa, pues los responsables del Diccionario empezaron a recibir  miles y miles de notas de lectores de todo el mundo de habla inglesa, que enviaban cada día  las citas que seleccionaban de los libros que iban leyendo y que fueron ilustrando el uso de cada palabra registrada en el OED.

Pero si todo esto ya es de por sí curioso y emocionante, más interesante aún es el hecho de que hubiera un colaborador misterioso. Alguien cuyas aportaciones al OED fueron asombrosas, pues estuvo enviando citas literarias, perfectamente organizadas en índices, cada semana, durante muchos años.
¿Quién sería esa persona, este voluntario y voluntarioso lector, que tan en serio se tomó la petición de Murray? Debía de ser sin duda un gran lector y un gran trabajador.

Llegó un momento en que Murray se interesó personalmente por saber quién sería este dedicado colaborador. Y con sorpresa supo que, según el anónimo remite de sus envíos, se trataba de alguien que escribía desde Broadmoor. Desde el manicomio de Broadmoor.
Murray pensó que se trataría de un médico, y desde luego, el colaborador misterioso era médico…
William Chester Minor era un estadounidense, nacido en 1834, que había sido cirujano militar; un hombre culto y refinado, que leía con avidez, pintaba acuarelas y tocaba la flauta. Quizá demasiado refinado y sensible para soportar la crueldad y la barbarie que presenció durante su servicio en la Guerra Civil Americana. Incluso en una ocasión fue obligado a marcar a fuego la letra D en la cara de un desertor. Todo esto dio pie a una grave inestabilidad mental.
William C. Minor
Y a esto se unió el hecho de que padecía también una obsesión por las prostitutas que lo llevaba a comportarse de manera cada vez menos aceptable para el ejército. Después de un tiempo hospitalizado, se le declaró incapacitado y fue jubilado en 1871.

Entonces viajó a Londres para descansar, pero allí su mente siguió atormentándolo, y se obsesionó con la idea de que aquel soldado al que le marcó la cara lo buscaba para vengarse. Y una noche, convencido de que su perseguidor  lo había encontrado, salió a la calle y mató de varios tiros a un hombre que pasaba por allí camino de su trabajo.
En el juicio por el asesinato de este hombre, William Minor fue declarado loco, y así fue como ingresó en el manicomio de Broadmoor. Tenía 37 años.

Los responsables del asilo le permitieron tener libros en su celda  así como material de pintura. Además pudo mantener correspondencia con diversos libreros de Londres a los que con frecuencia hacía pedidos de libros, llegando a convertir su celda en una verdadera biblioteca. Es probable que en alguno de esos libros que recibía encontrara una copia del famoso llamamiento del doctor Murray solicitando la  colaboración de voluntarios para el OED. En seguida esto se convirtió en su pasión y su razón de vivir.

Como en toda historia trágica, en ésta tampoco faltan elementos conmovedores. Por ejemplo, que Minor, consciente, a pesar de su locura, de lo que había hecho, prestara ayuda económica a la viuda del hombre al que había matado, y que ella fuera en varias ocasiones a visitarlo y llevarle libros.
Y que el bueno del doctor Murray, enterado de la sorprendente historia de este abnegado colaborador, fuera a conocerlo y siguiera visitándolo con frecuencia durante veinte años,  y que se ocupara de que Minor fuese finalmente trasladado a su patria. Además, en el prefacio al quinto volumen del OED, Murray incluyó una mención al Dr. W. C. Minor, en sincero reconocimiento por su extraordinaria colaboración.
Y también  emociona ver cómo una pasión, en este caso la pasión por los libros y las palabras, puede dar un nuevo sentido a una vida rota.

Ni Minor ni Murray llegaron a ver terminada la obra a la que tanto trabajo, tiempo y amor habían dedicado, cada uno desde su lugar.
El sabio y entrañable filólogo murió en julio de 1915, a los 78 años, cuando trabajaba en la letra U.
El loco y desventurado cirujano falleció en 1920, en una residencia de ancianos, en Connecticut.
La primera edición del Oxford English Dictionary se publicó en 1928.




Una novela sobre este asunto: El profesor y el loco, de Simon Winchester (Editorial Debate, 1999).

domingo, 10 de enero de 2016

Premios Gamba. El regreso

 
Como quizá recuerden algunos de ustedes, los Premios Gamba son un modesto reconocimiento que en este blog rendimos a las meteduras de pata lingüísticas  que con frecuencia se producen en los medios de comunicación (televisión, prensa, webs de empresas, etc.) y a veces también en los libros.
 
Y como hace tiempo que no nos deleitamos aquí con esos gambazos, resbalones y deslices, me ha parecido oportuno traer hoy una pequeña recopilación —o sea, un cóctel de gambas— de casos varios recogidos y catalogados durante este pasado año.
 
En el primero de ellos, una alegre reportera informaba en una ocasión sobre una huelga del servicio de recogida de basura. Para destacar el importante trabajo de los servicios mínimos, dijo que se había hecho “un esfuerzo infrahumano”.
Obviamente el esfuerzo debió de ser “sobrehumano”, si no qué mérito tendría. Pero confundir infra- con sobre- es como confundir arriba con abajo, o sea, que no tiene ninguna importancia.
 
Otro día, un colaborador de un programa en el que se comentaban casos truculentos de la actualidad, se refirió a unos vehículos relacionados con un caso criminal. Al respecto comentaba el buen señor que “los coches se han revisado hasta la extremaución”.
¿Qué terrible confusión se produjo aquí? Ya se habrán percatado ustedes: debió decir extenuación (agotamiento), pero se le mezcló con extremaunción (unción que realiza el sacerdote católico a quien se halla en trance mortal) y salió un híbrido de lo más peculiar.
Estamos aquí ante un caso grave de contaminación fonética o malapropismo, es decir, lo que en este blog llamamos parejas complejas.
 
Otro escabroso caso de resbalón léxico con síntomas de pareja compleja es el que se produjo cuando un vivaracho reportero televisivo explicaba los detalles de un asesinato y dijo:  “En cuanto a la perpetuación del crimen…”
Obsérvese la falta de pericia del susodicho reportero, que utilizó  perpetuación (hacer algo perpetuo o perdurable) en lugar de perpetración (cometer un delito grave).
A no ser que el asesino siguiera matando a la víctima indefinidamente, claro.
 
Hace algún tiempo recogimos aquí el terrorífico caso de una presentadora que tradujo con gran desenvoltura y desacierto un titular de un periódico extranjero. El titular decía:  "Spain piles on austerity measures", lo cual  significa que España acumula medidas de austeridad. Pero ella lo tradujo como “España se pone las pilas con las medidas de austeridad”.
Después de semejante ridiculez alguien debería haberle dicho que no se precipitara con las traducciones, que fuese consciente de que no todo es lo que parece, que no confiara tan alegremente en sus conocimientos de inglés… en fin, que la hubiesen llamado a la prudencia.

Pero se ve que no hubo nada de esto, ni propósito de enmienda ni dolor de los pecados, porque hace poco la misma  persona tradujo otro titular con la misma falta de precaución y de conocimientos.
En esta ocasión el titular decía: "Venezuela elite probed over drug trafficking", es decir, que altos cargos de Venezuela estaban siendo investigados con relación al tráfico de drogas. Pero ella lo tradujo como “Demostrado que la élite de Venezuela trafica con drogas”.
Confundió probe (investigar) con prove (demostrar), y la confusión convirtió en acusación firme lo que de momento no era más que sospecha.
Fíjense ustedes en lo grave que puede llegar a ser una traducción apresurada o realizada por quien cree tener unos conocimientos que no tiene. E imagínense una metedura de pata de ese estilo en un documento oficial o en un tribunal...
 
Libro y foto de Pedro G.
Además de las meteduras de gamba y patinazos que hemos consignado hoy, ha habido en los últimos meses otros resbalones que también merecen un reconocimiento y un lugar en nuestros corazones. Por ejemplo, el aclamado caso del político que presentó un decálogo de cinco propuestas; el de los políticos que se pasaban unos a otros la pelota caliente; el del futbolista que dejó en la estocada a su equipo, o la del sospechoso de asesinato que guardaba un asa en la manga. O sea, algo a lo que agarrarse.
Y para terminar, observen ustedes qué terrible, pero terrible de verdad, es el patinazo que recoge la foto que me manda un amigo:
 
 


 

viernes, 1 de enero de 2016

¿Controqué?

 
Contrónimo.
He aquí una palabra audaz, decidida, enérgica. Una palabra muy apropiada para empezar el año.
Pero ¿qué son los contrónimos? Pues, por decirlo de una manera sencilla, son  palabras indecisas, incoherentes, que se llevan la contraria a sí mismas. Palabras a las que se podría aplicar aquello de “donde dije digo, digo diego”.
Porque, en efecto, un contrónimo es un término que significa una cosa y su opuesta, según le parezca. Es decir, que es antónimo de sí mismo. De hecho también se denominan  autoantónimos, aunque hace falta practicar un poco antes de llamarlos así en público.
En resumidas cuentas, los contrónimos son palabras con doble personalidad.

Y no crean ustedes que son raros ni infrecuentes los contrónimos. Son palabras que usamos todos los días -o casi todos- aunque no nos damos cuenta de su carácter caprichoso y veleta.
Pensemos en unas cuantas palabras y en sus opuestos. Por ejemplo: lo contrario de comprar, vender; lo contrario de dar, recibir; lo contrario de ganar, perder; lo contrario de alquilar… alquilar.
En efecto, la palabra alquilar es un contrónimo, porque significa tanto “comprar el uso de algo” como “vender el uso de algo”. Por lo tanto, “Ya he alquilado el piso” puede significar tanto que soy el dueño del piso como que soy el inquilino (que no el alquilino, como dijo aquél).
 
Y lo mismo ocurre con arrendar y con prestar.
Decimos “Tengo un libro prestado” y puede significar que alguien me lo ha prestado a mí o lo contrario, que yo se lo he prestado a alguien. Es decir, que en este caso concreto prestar significa tanto “perder un libro para siempre” como “quedarse con un libro para siempre”.
 
Hay dos terminos contrónimos en particular que a mí personalmente me confundieron mucho durante mucho tiempo. Uno de ellos es sancionar, que yo siempre entendí como “aplicar un castigo”, hasta que descubrí que las leyes y las normas se sancionan pero con el sentido contrario. Es decir, que sancionar una norma no significa castigarla sino autorizarla o aprobarla.
Y el otro es uno que me desconcertó en mi infancia –y me sigue desconcertando hoy día, pero ahora disimulo-: el verbo “ponerse” cuando se aplica al sol. “El sol sale por el este y se pone por el oeste”, nos decían. Y la confusión era tremenda porque en este caso “ponerse” significa en realidad “quitarse”.
 
Hay dos contrónimos que son especialmente curiosos, porque uno de sus significados es de uso común mientras que el otro es bastante desconocido. Por eso es fácil que se interprete como error el uso de ese otro significado. Se trata de lívido, que significa originalmente “amoratado” pero también ha adquirido ya el significado de “pálido”;  y de nimio, que significa “sin importancia” y a la vez “excesivo, exagerado”. De los dos dimos más detalle aquí en su día.
 
Cuando supe de esta singularidad que tienen algunas palabras, comprendí varias cosas. En primer lugar comprendí que no es tan descabellado decir que algo es mortal o de miedo cuando en realidad no se trata de algo funesto o peligroso sino de algo muy bueno.
Y también comprendí por qué en ocasiones utilizamos el verbo acabar con el sentido de empezar. Así decimos, por ejemplo: “Paquito y Piluca han acabado saliendo juntos”, cuando lo que ocurre es que han empezado a salir juntos. Por eso conviene aclarar la situación si alguien nos dice “Me gustaría acabar contigo”.
 
Pero, sobre todo, gracias a este concepto de la contronimia, comprendí que todo es contradictorio en sí mismo; que el ser humano y todo su universo es en esencia paradójico; y que el lenguaje y las palabras, que tan ilógicos pueden parecernos a veces, son el más lógico y coherente reflejo de ese carácter insensato que nos identifica.
 
 
Puesta de sol ferroviaria (E. Hopper, 1929)




jueves, 17 de diciembre de 2015

Que hablen ellos (una vez más)


Cuando un año va terminando  y otro está a punto de comenzar,  al margen de las celebraciones y los sentimientos promovidos por los medios de comunicación y consumo, parece que, de manera natural, el alma se nos vuelve como esponjosa, y predispuesta a absorber ideas de renovación y mejora.

Por eso, como otras veces, he estado hablando con unos amigos muy simpáticos y muy listos, y les he pedido que me dejen algunos pensamientos suyos para compartirlos con ustedes.
Y en esta ocasión, Robert Walser, Robert Louis Stevenson, Octave Uzanne, Leon H. Vincent y Stephen King, me han hablado de formas de felicidad,  de sentirse bien. Y, viendo lo que dicen, me da la impresión de que nuestro bienestar reside en nosotros mismos, en nuestra forma de afrontar la realidad.

Por ejemplo, un cambio de actitud, una forma diferente de enfrentarse a las cosas, pueden convertir a un desdichado en alguien feliz y satisfecho:

“Volví a respirar más tranquilo y más libre… y volví a ser un hombre más hermoso, más cálido, más feliz. Poco a poco vi desaparecer los temores que llenaban mi alma; la tristeza y el vacío de mi corazón y la desesperanza se transformaron lentamente en alegre y serena satisfacción, y en un agradable y vivo interés que aprendí a sentir de nuevo. Estaba muerto, y ahora es como si alguien me hubiera elevado y alentado. Donde creía tener que sufrir muchas cosas feas, duras e inquietantes, encuentro el encanto y la bondad, y lo hallo todo tranquilo, familiar y bueno.”

Robert Walser. El paseo (1917)

Todos nuestros autores, que tan sabios  y cultivados son, están de acuerdo en que los sentimientos, más que el intelecto, son lo fundamental para vivir contentos:

“Adiós, amigo, es usted joven, ame la vida con alegría y nobleza, sin demasiadas cosas en la mente, pero con muchas en el corazón […] Piense que cuanto más ganamos del lado de la inteligencia más perdemos del lado del instinto, y la pérdida no compensa la ganancia.”

Octave Uzanne. “El bibliotecario Van Der Broëcken de Rotterdam” (1895)

 
Pero, claro, han de ser sentimientos sinceros, sin disfraz; si son fingidos no reportan bienestar:
“La verdad hacia el sentimiento, la verdad en una relación, la verdad hacia tu propio corazón y tus amigos, nunca simular ni falsificar la emoción: ésa es la verdad que hace posible el amor y feliz a la humanidad.”
Robert Louis Stevenson. “La verdad de la conversación” (1879)

 
Y si compartimos los sentimientos con los demás, la felicidad será aún mayor :

“Un sentimiento compartido es uno de esos grandes bienes que hacen que la vida resulte agradable y siempre nueva. Saber que otros han sentido lo que nosotros hemos sentido, y que han visto cosas, aunque sólo sean cosillas, de forma no muy distinta de cómo las hemos visto nosotros, será, hasta el final uno de los placeres más exquisitos de la vida.”
 
Robert Louis Stevenson. “Apología de la pereza” (1877)

 
Otro de nuestros amigos está de acuerdo en que un sentimiento compartido produce  satisfacción y contento, pero le da a la idea un matiz específico. Seguro que ustedes también están de acuerdo con él:

“Para los lectores, uno de los descubrimientos más electrizantes de la vida es que son lectores: no simplemente capaces de leer […] sino de enamorarse de ello. Sin remedio.
El primer libro que consigue esto nunca se olvida, y cada página parece traer una nueva revelación, que quema y exalta: ¡Sí! ¡Eso es! ¡Sí!  Y por supuesto: ¡Eso es lo que yo pienso! ¡Eso es lo que yo SIENTO!
Stephen King. Finders Keepers (2015)

 
Por último, aquí tenemos lo que a mí me parece que es la descripción de un hombre verdaderamente dichoso. Incluso la podríamos tomar como una lista de ingredientes con los que elaborar el bizcocho de la felicidad:

“De manera que, en cierto modo, era la encarnación de la tolerancia, al igual que, sin duda, era la encarnación del buen humor y la generosidad. No le envidiaba a nadie los dones de la naturaleza o del destino. No sólo se complacía en vivir y dejar vivir sino que se esmeraba en hacer que la vida de los demás fuera un placer para ellos, y recibía con risueña serenidad comentarios adversos sobre sí mismo.”
Leon H. Vincent. El bibliótafo (1898)



Esta tierra es mía (This Land is Mine. Jean Renoir, 1943)

Para todos ustedes, amigos de Juguetes del viento, mis mejores deseos y mi sincero agradecimiento, siempre, por su presencia.