martes, 9 de abril de 2019

La bombonera azul


Seguimos recordamos la historia de Juguetes del viento con motivo del  décimo aniversario del blog. Esta entrada se publicó originalmente el 22 de marzo de 2014.


La casa de mi tía Rosita era un lugar especial. Olía a perfume y todo estaba siempre muy limpio. Los suelos parecían  espejos y los espejos ventanas abiertas a un mundo real.
Mi tía Rosita también olía a perfume y cuando me daba un beso casi me mareaba.
Hablaba con una voz muy suave que parecía siempre a punto de apagarse, como una vela de cumpleaños, y sus movimientos eran tan sosegados que la pulsera que llevaba apenas se movía.

Algunas veces mi tía me preguntaba si quería un caramelo. Entonces se levantaba, iba a otra habitación y volvía con uno, uno solo, cogido con dos dedos que parecían de nácar.
Se inclinaba y me decía:
-Toma, bonita. Te lo cambio por un beso.

Y a mí aquellas palabras, pronunciadas siempre de la misma manera, me parecían la fórmula mágica de algún hechizo.
Mi tía tenía muchos objetos que me fascinaban, como un reloj de arena y un libro con las tapas en relieve. Pero lo que más me atraía de todo era una bombonera de cristal tallado, de color azul, que destellaba como un diamante.

La primera vez que me fijé en ella le pregunté:
-¿Qué es esto, tía Rosita?
-Eso es una bombonera. La tengo desde que era pequeña como tú –respondió ella con su voz de hada.

Siempre que íbamos a su casa nos sentábamos a la mesa, y mientras mi tía y mis padres charlaban y tomaban café, yo, con una magdalena que me duraba toda la tarde, contemplaba embelesada la bombonera.
Me resultaba un objeto enigmático, tan reluciente, tan perfecto, y hasta creía que si la abría saldrían de su interior unos rayos de colores, una música misteriosa o un soplo de polvos brillantes.
Quería levantarme y acercarme al mueble, tocar la bombonera con las dos manos y abrirla despacio para ver qué había dentro, para ver qué salía de allí.
Pero nunca me atreví. Temía romperla y que ocurriera algo terrible, y también porque yo quería que siguiera allí para poder mirarla.

Un día, estando en casa, le pregunté a mi madre:
-Mamá, ¿la tía Rosita quién es?
-¿Cómo qué quién es? Pues es tu tía, la hermana de papá –dijo mi madre. 
Pero eso ya lo sabía yo. Mi pregunta buscaba otra respuesta, porque yo estaba convencida de que mi tía no era una persona como las demás.
-Pero ¿ella qué hace cuándo nosotros no estamos en su casa?
-Pues lo que hace todo el mundo, hija –dijo mi madre-. Trabaja, va a la compra, duerme… como todo el mundo. 
Aquella respuesta no me servía tampoco, porque mi tía no era como todo el mundo, así que yo no creía que hiciera lo mismo que los demás.
Entonces pregunté otra cosa:
-Mamá, ¿tú sabes qué hay en la bombonera?
-¿En qué bombonera?
-En la bombonera azul de la tía Rosita –dije, decepcionada por la duda de mi madre, porque para mí no había en el mundo más bombonera que aquella.
-Pues no sé –dijo mi madre-. Cualquier cosa. O a lo mejor no hay nada.
Y añadió:
-Pero no le preguntes, ¿eh? No se debe curiosear en las cosas de los demás.

Me conformé con la idea de no preguntarle a la tía Rosita, pero que dentro de la bombonera no hubiera nada me parecía imposible de aceptar. ¿Cómo no iba a haber nada allí dentro? ¿Para qué serviría algo tan especial si no era para contener algo especial?

En la siguiente visita, antes de marcharnos,  mi tía me dijo algo que me sorprendió y me entusiasmó de tal modo que por un momento dejé de respirar.
Me dijo que sabía cuánto me gustaba la bombonera y, cogiéndola del mueble con mucho cuidado, me la dio.
-Ahora es tuya –dijo-. Espero que la tengas durante mucho tiempo.
Yo no dije ni una palabra, solo recibí la bombonera y la sostuve entre mis manos como si fuera un pajarillo caído del nido.
Pensé que a continuación mi tía me contaría algún secreto o me daría instrucciones especiales o me pediría alguna promesa.
Pero  no me dijo nada más.

Cuando llegamos a casa fui a mi habitación y me senté en la cama con la bombonera en las manos. La miraba sin cansarme, sin creer aún que fuese mía.
Y entonces la abrí. Levanté la tapa muy despacio esperando descubrir algún secreto, preparándome para ver algo extraordinario.

Pero no ocurrió nada. La bombonera estaba vacía y solo se veía el cristal del que estaba hecha, tan pulido y brillante que parecía líquido.
En ese instante me sentí desilusionada, pero este sentimiento duró poco porque enseguida comprendí, sin palabras, que el misterio de aquel objeto estaba en sí mismo, en su capacidad para emocionarme y hacerme soñar.
No, no estaba vacía, es que lo que contenía no estaba dentro.




sábado, 30 de marzo de 2019

Un paseo por el campo


Iba por el campo un perro, arrastrando la nariz por el suelo. De vez en cuando se detenía,  volvía la cabeza hacia el hombre y lo miraba como diciendo: «Adelante, todo despejado». 

Al pie de un gran árbol el perro se entretuvo más de lo habitual, aplicando la nariz con especial interés.  Entonces levantó la mirada de nuevo, y esta vez además ladró como nervioso. «Qué habrá visto ahora el detective canino», se dijo el hombre mientras se acercaba al perro y miraba hacia abajo para seguirle el juego.
—Ah, vaya, pero si es una flor. Muy bonita, inspector. Anda, vamos, que está apretando el calor.

Pero el animal se quedó clavado en el sitio y volvió a ladrar, y el hombre le vio algo en la mirada que lo obligó a tomar en serio su insistencia. Entonces se agachó, miró la flor con más atención, y casi se cayó del sobresalto.  El perro lo miró ufano, mientras el hombre, atónito, alargaba la mano para tocarla.
—No la arranques —dijo una vocecilla desde el interior de la flor.
Y el hombre, dudando de lo que veía, retiró la mano al instante.
—No le digas a nadie que me has visto, por favor —dijo de nuevo la voz—, pero si puedes, tráeme un poco de agua, ¿quieres?

Siempre que salía a pasear por el campo, el hombre llevaba agua, para él y para el perro, así que sacó su botella, la destapó, y sintiéndose un poco tonto preguntó:
—¿Te la echo por encima o en el suelo?
Y el niño diminuto que se acurrucaba en la corola respondió:
—Por encima, por favor, pero despacito.
Con mucho cuidado el hombre dejó caer el agua en el interior de la flor, mientras veía cómo el niño, risueño, bebía y se bañaba.
Y el perro, con la cabeza inclinada, observaba en silencio.



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martes, 19 de marzo de 2019

Sin que nadie me vea

(Divertimento primaveral)


7 de marzo

Hace unos días, mientras me duchaba, ocurrió algo inexplicable: empecé  a volverme transparente.  Cuando abrí el grifo y el agua empezó a llevarse la espuma, me di cuenta de que debajo no estaba mi cuerpo. Bueno, sí estaba, porque lo notaba, podía tocarlo; pero se confundía con el agua, sólo se percibía el contorno. Parecía una de esas estatuas de hielo. Y a continuación, poco a poco, fui desapareciendo del todo. ¡Me volví invisible! Pero después, durante la tarde, fui reapareciendo.

18 de marzo

Cuando era pequeño vi una película sobre un hombre invisible, y desde entonces siempre pensé que me gustaría ser invisible  para dedicarme a salvar el mundo. Me colaría en  las reuniones de los maleantes, me enteraría de sus planes y se los echaría a perder. Les quitaría las armas, las drogas o lo que fuera, y mandaría cartas a la policía para que los pillaran. Me sentaría  tranquilamente en los despachos de los corruptos, sin que nadie me viera, y escucharía sus conversaciones, y luego mandaría toda la información a los periódicos.

El caso es que creo que ahora estoy cerca de poder hacer realidad todo eso. He estado recordando detalles y ya sé a qué se debió que me volviera invisible. El día 7, antes de la ducha, me había tomado un yogur de piña, que, según vi después, llevaba varios días caducado. Y luego, al ducharme, usé un gel de una marca nueva. Pensé que la combinación del yogur caducado con algún componente del gel había producido el sorprendente fenómeno en mi organismo, así que hice una prueba. Me tomé otro yogur caducado y después me duché, y voilá, como dicen lo magos: volvió a ocurrir exactamente lo mismo.
O sea que ahora puedo volverme invisible a voluntad. El efecto sólo dura unas tres horas al día, pero creo que si aumento las dosis de yogur durará más. El yogur tiene que ser de piña, he comprobado que con otros sabores no funciona; y el gel tiene que ser el de la marca nueva.

26 de marzo

Mis experimentos de estos días  han dado el resultado que yo esperaba. Si me tomo dos yogures antes de ducharme, la invisibilidad me dura seis horas. ¡Seis horas cada vez! Tiempo suficiente para llevar a cabo mi sueño de convertirme en justiciero. Y si me hace falta más tiempo me tomo tres yogures.

30 de abril

Ya he empezado a sacar provecho de mi invisibilidad. Por ejemplo, me cuelo en las cocinas de los restaurantes, y  sin que nadie me vea, me zampo lo que se me antoja. Me cuelo también en los conciertos, y, si quiero, hasta me subo al escenario. También he ido de viaje por todas partes, en primera, claro…  
Pero todo esto es sólo para practicar. Dentro de poco empiezo a salvar el mundo.


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domingo, 10 de marzo de 2019

Ingredientes para un enigma


 Seguimos celebrando los diez años de Juguetes del viento recordando algunas de  las entradas que conforman la historia del blog.

Ésta se publicó originalmente el 25 de agosto de 2014.


¿Se imaginan ustedes que existiera un libro escrito en un idioma que nadie entendiera? ¿Y que estuviera además lleno de  dibujos y gráficos que nadie supiese interpretar?
¿No sería intrigante un libro así, de factura medieval, de cuidada caligrafía y vivo colorido, que hubiera llegado hasta nosotros sin título, sin fecha y sin nombre de autor?
Pues lo cierto es que tal libro existe, y que no son estos los únicos hechos  interesantes relacionados con él.

Wilfrid VoynichPensemos ahora  en un joven polaco, químico de formación, que por motivos políticos fue encarcelado y deportado a Siberia en 1885;  que cinco años después consiguió escapar y que tras diversos avatares pudo llegar a Londres, donde se estableció definitivamente y comenzó una nueva vida como coleccionista y vendedor de libros  antiguos y curiosos.
El joven se llamaba Wilfrid Voynich.

Ahora nos vamos a Italia. Allí, en la ciudad de Frascati, había un antiguo edificio llamado Villa Mondragone, que pertenecía a la Biblioteca del Vaticano y que los  religiosos jesuitas habían convertido en escuela privada. A principios del siglo XX, necesitados de dinero, los religiosos  decidieron  vender parte de los fondos de su biblioteca. Ante tal reclamo para bibliófilos no es de extrañar que Voynich viajara hasta allí y acabara comprando una buena cantidad de manuscritos.
Entre ellos estaba el libro indescifrable, que desde poco después sería conocido como Manuscrito Voynich.

Esto ocurrió en 1912 y desde entonces hasta hoy el manuscrito Voynich ha seguido siendo un verdadero misterio sin resolver.
Muchos expertos, incluido el propio Voynich, trataron de descifrar el contenido de sus páginas, y tan imposible resultaba que algunos decidieron que el libro era una falsificación, que el idioma en el que estaba escrito era una lengua inventada y que en realidad no había nada que descifrar porque no significaba nada.

Manuscrito Voynich Se llegó incluso a acusar al propio Voynich de ser el autor del fraude, de haber creado un falso libro antiguo.
Sin embargo, investigaciones posteriores permitieron datar con certeza el manuscrito en  el siglo XV. Y también se  averiguó que el lenguaje  en el que está escrito tiene rasgos en común con las lenguas naturales. Es decir, no era un lenguaje inventado, sino un idioma real codificado.

Esto llevó a pensar que el libro pudiese ser un tratado de alquimia, pues los alquimistas, considerados herejes, publicaban sus estudios e investigaciones en textos cifrados. 

Pero teorías sobre el contenido y el idioma del libro hay otras muchas, como la que afirma que se trata de una obra de juventud de Leonardo da Vinci;  la que propone que se trata de un manual de higiene escrito en alemán medieval y en espejo, es decir, con la caligrafía invertida; la que asegura que es un texto escrito en un idioma secreto y que Jesús entregó a Judas; o mi favorita, según la cual el manuscrito Voynich es un libro llegado del futuro, escrito en hebreo cifrado y que trata sobre tecnología alienígena.

Manuscrito Voynich 
A pesar de todos los intentos, serios o disparatados, por descifrar el enigma, Voynich murió en 1930 sin saber cuál era el mensaje de su libro.
El siguiente propietario del manuscrito fue un coleccionista americano, Hans Peter Kraus, que lo compró a los herederos de Voynich en 1961, y que en 1969 lo donó a la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, donde se conserva en la actualidad.

Y de actualidad vuelve a estar el manuscrito Voynich en 2014.
El pasado mes de febrero se anunció que Stephen Bax, lingüista de la universidad de Bedfordshire y experto en manuscritos medievales,  ha conseguido penetrar en el misterio del libro y dar con la clave para desentrañarlo, utilizando minuciosas técnicas de análisis lingüístico.

Así ha logrado decodificar nueve palabras, correspondientes a nombres de estrellas y plantas como tauro, centaurea, algodón o eléboro.
Según el catedrático, estas palabras, que pueden ser el punto de partida para descifrar el texto completo, llevan a pensar que el manuscrito Voynich es probablemente un tratado sobre la naturaleza y que está escrito en alguna lengua oriental.

Qué emocionante tiene que ser descubrir el misterio de un libro cuyas páginas han permanecido en silencio durante 600 años.
Qué emocionante debió de ser para Wilfrid Voynich intuir la importancia del manuscrito que le había comprado a los frailes italianos.
Y qué emocionante es imaginar a alguien, perdido en el tiempo, escribiendo esas páginas, llenándolas con palabras secretas y dibujando, a la pobre luz de una vela, enigmáticas figuras. Alguien queriendo dejar testimonio de sus ideas; queriendo preservar, con enorme esfuerzo y dedicación, lo que sabía de su mundo  que es también el nuestro.



jueves, 28 de febrero de 2019

Un libro y una carta



En una ocasión me regalaron un libro comprado de segunda mano. El libro, muy voluminoso, de casi mil páginas, estaba inmaculado, como si nadie lo hubiese abierto nunca, ni siquiera para hojearlo; y al recibirlo empecé a pensar, como siempre, en los diversos azares que pueden llevar un libro desde su propietario original hasta la librería de segunda mano.

Al hojearlo descubrí que, al contrario de lo que había pensado, el libro sí había sido abierto, al menos una vez y al menos por un punto concreto: el punto en el que una persona había introducido una hoja de papel escrita a mano.

El papel, doblado en dos y comprimido entre aquella profusión de páginas, era una carta. Una carta escrita con esmero,  con una caligrafía  muy clara y pulcra.

En el primer instante me pareció que leerla  sería como inmiscuirme en una conversación privada, pero después, claro está, la leí. Yo no era su destinatario original, pero desde el momento en que el libro llegó a la librería de segunda mano el destinatario cambió. La carta ya no era para quien debió haberla recibido muchos años atrás; la carta ya era para mí. Porque las palabras se escriben para que alguien las lea, y aquéllas merecían ser leídas. Y también la persona que las escribió merecía al menos un lector que apreciara su gentileza, su bondad y su impecable forma de escribir.

La carta es conmovedora, y desprende amor, lealtad y gratitud: es la carta de una joven que se despide de una familia, después de haber trabajado en su casa durante varios años, y que vuelve a su ciudad de origen.

Pensé que quien  llevó aquel libro a la tienda de segunda mano  no se dio cuenta siquiera de que había dentro una carta, y esto me produjo mucha tristeza, aunque, al mismo tiempo, su descuido sirviera para que esa modesta joya llegara a mí.

Hace unos días volví a pensar en esta carta olvidada en un libro, y en la persona que la escribió poniendo en ella su corazón, cuando leí una noticia sobre un hecho semejante ocurrido  en Estados Unidos.

Es el caso reciente de una mujer que compró  un ejemplar de  Mientras escribo, de Stephen King (por cierto, un libro y un autor muy especiales para mí, si me permiten el inciso), y que  encontró entre sus páginas una tarjeta de cumpleaños muy particular.  Se la dirige una abuela  a su nieto, y  conmueve de forma dolorosa. Porque en la tarjeta  la abuela le ruega al  nieto que se abra  una cuenta de ahorros,  que vaya ingresando poco a poco lo que pueda, y que nunca utilice ese dinero.  La abuela quiere evitar que el día de mañana su nieto se vea como se ve ella hoy día: en el umbral de la pobreza  y “sin nadie a quien culpar más que a mí misma.” 
Y para corroborar sus circunstancias, la buena mujer le dice al joven que de hecho su regalo de cumpleaños es ése libro, que ha comprado de saldo por 54 céntimos.  

Aparte de la elemental pero sabia lección de economía y sentido común que la abuela le da a su nieto; y aparte del hecho de que este libro que ella compró de segunda mano volviera a una venta de segunda mano, me llama la atención, una vez más, que esos tesoros, esos libros que llevan dentro una nota, una carta, una carga de sentimientos de tanto valor, acaben en una librería de viejo sin que nadie haya reparado en esos mensajes. 

Se me ocurren varias explicaciones tristes, pero también una esperanzadora. Y es que quizá quienes se desprenden de libros así son en verdad conscientes de que dentro van esos mensajes, pero los  dejan ahí porque saben algo que yo también sé: que los libros especiales siempre sabrán el camino que han de recorrer para llegar a quien pueda apreciar su especial significado.


tarjeta de una abuela a su nieto
Imagen compartida por la compradora del libro.




domingo, 17 de febrero de 2019

Premios Gamba


Puede que algunos de ustedes recuerden los Premios Gamba, ese reconocimiento imaginario que en este blog hemos otorgado muchas veces a quienes se esfuerzan por hacer que la lengua española resulte más idiota cada día. 

Los galardonados suelen ser personas que desde los medios de comunicación generan fabulosas meteduras de pata (o de gamba), aunque los resbalones y deslices lingüísticos se encuentran también en libros, carteles publicitarios, doblajes de películas, y en cualesquiera otras manifestaciones del lenguaje hablado y escrito.

En esta ocasión me voy a referir sólo a disparates que he oído  últimamente en la televión, que irritan y mueven a risa al mismo tiempo, y que pueden dividirse en dos grandes bloques: el de las frases construidas de manera chocante y el de los anglicismos tontainas.

En el primer grupo podríamos incluir la frase memorable de una reportera que, al informar sobre un caso de asesinato, dijo que la autopsia indicaba que la víctima “murió de forma estrangulada”.

Y es que las autopsias revelan cosas asombrosas, porque en otro caso se averiguó, según el reportero correspondiente, que las víctimas “habían sido disparadas”.

Yo creo que estos periodistas merecen un Premio Gamba doble: uno por la forma de construir las frases y otro por la falta de respeto.

También resulta un poco estrafalaria la manera de referirse a la gran cantidad de público que había acudido a despedir a una persona fallecida:  “La capilla ardiente ha recibido muchísimas visitas y va a seguir haciéndolo”.
Sí, las capillas ardientes suelen hacer esas cosas.

Y la nieve también toma sus decisiones, no lo duden, porque un alegre reportero, colocado bajo una máquina de nieve artificial, dijo:  “Parece que está nevando, pero no es así porque lo hace de forma artificial”.

En nuestro segundo grupo de frases atolondradas, el de los anglicismos inútiles, podemos incluir el comentario de un tertuliano (o tertuliana) que, refiriéndose a un ministro que había ido al congreso sin corbata, dijo que “se presentó de casual Friday”.  O el de aquel otro que se refirió al “comunity manager” de una red social, porque seguramente no conoce la palabra “moderador”.

Recientemente se ha inventado un verbo nuevo que sin duda hacía muchísima falta en nuestro idioma. Es el verbo agendar , que gusta mucho entre los políticos y los que dan información sobre ellos. Así, se dice que un acto determinado, una comparecencia, etc, está o no está “agendado”, calcando del inglés scheduled, porque en español no disponemos de palabras como “programado”, “previsto”, “proyectado”, “planificado”…

También oí un día a una persona televisiva  referirse a “el storytelling del asunto”,  en vez de decir… bueno, la verdad es que no sé qué quería decir.
Y tampoco estoy muy segura de qué quería decir otra cuando manifestó: “Yo exijo un streaming de las negociaciones”; ni cuando otro comentó que “siempre ha habido conversaciones en on y en off”.
Aunque, pensándolo bien, a lo mejor se refería a que unas veces se habla con el cerebro encendido y otras apagado.

Para terminar, no podemos olvidarnos  del  periodista que afirmó que lo que había dicho un político “es más bien whisful thinking”, en lugar de decir que aquello era más bien “hacerse ilusiones”, o  “lo que él querría”. Se diría que algunos se creen  periodistas de la BBC o de la CNN, pero eso no es más que wishful thinking.

Yo no sé por qué dicen las estadísticas que en España no se habla inglés. ¡Pero si no paran!

Todo esto me lleva a una profunda meditación: si alguien que, como esta que les habla, apenas dedica a la televisión el tiempo que dura un té o un café con tostadas, se tropieza con tantas tonterías lingüísticas, ¿cuántas se producirán al cabo del día, en tantos programas y cadenas como hay? Yo no me comprometo a comprobarlo.


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viernes, 8 de febrero de 2019

Un hombre y dos burros


Seguimos celebrando los diez años de Juguetes del viento con la recuperación de algunas de  las entradas que conforman la historia del blog.
Ésta se publicó originalmente el 18 de enero de 2013.


El año pasado leí una novela titulada La librería ambulante, ("Parnasus on Wheels", 1917) de Christopher Morley.
En esta novela, que se desarrolla en Nueva Inglaterra a principios del siglo XX,  un hombre, el señor Mifflin,  viaja en un carromato tirado por un caballo. Su negocio es la venta de libros y su pasión la difusión de las ventajas de la lectura.

No hace mucho conocí la historia de otro divulgador de los  beneficios de la lectura, este de carne y hueso,  que en el siglo XXI cuenta prácticamente con los mismos medios que el de la novela, pero se enfrenta a mayores dificultades y peligros ( y eso que el bueno de Mifflin también sufre lo suyo).

En La Gloria, Colombia, una zona marcada por la violencia de grupos paramilitares y bandas de asaltantes,  un maestro de enseñanza primaria  llamado Luis Soriano va de un  lado a otro con dos burros. Uno se llama Alfa y el otro Beto,  y van cargados de libros.

Los sábados por la mañana, muy temprano, el maestro sale de casa con sus dos burritos libreros y una mesa plegable en la que ha pegado un letrero que dice “Biblioburro”.
Llega a aldeas aisladas, donde los niños tienen padres analfabetos y viven en casas en las que no hay un solo libro.

Al llegar, después de varias horas de camino a pleno sol,  abre la mesa portátil  y a continuación pone en el suelo un peculiar top manta de las letras, un picnic bibliográfico, con los libros que lleva ese día.
Los niños se ponen a curiosear. Algunos se sientan a leer allí mismo, o a escuchar leer al maestro o  a hacer los deberes de la escuela; otros se llevan algún libro en préstamo.

Un día el maestro escuchó en la radio a un periodista que hablaba sobre el libro que acababa de publicar, y le escribió pidiéndole que donara un ejemplar para su biblioteca ambulante.
El periodista, conquistado por este proyecto singular, lo dio a conocer en la radio, y gracias a esto, don Luis Soriano empezó a recibir donaciones de libros que llegaban de muy diversos lugares, y además una entidad financiera donó dinero para la construcción de una pequeña biblioteca en el pueblo.

Don Luis inició su biblioteca itinerante, hace más de una década, con los setenta libros que constituían su exigua biblioteca personal. Hoy día, gracias a las donaciones, tiene casi cinco mil volúmenes, entre libros infantiles, libros de texto,  novelas, ensayos y enciclopedias. 

Al principio muchos se reían de él al verlo pasar con sus  burros y sus libros  y lo tomaban por loco.
En una ocasión se cayó de su montura y se partió una pierna, a resultas de lo cual sufre una cojera permanente.
En otra ocasión lo asaltaron unos bandidos que, al ver que no llevaba dinero, le robaron una novela.
A lo mejor la leyeron y todo, quién sabe.

Pero ni estas desventuras ni peligros mayores, como el de la guerrilla, arredraron a este valiente, que siguió adelante con su romántico empeño y que se emociona al ver cómo los niños a los que él enseña,  a su vez enseñan a leer y escribir a sus padres.

Es muy grato saber que su humilde pero trascendente iniciativa ha ido poco a poco alcanzando reconocimiento internacional. Por ejemplo, en 2010, la CNN le dedicó un reportaje en su sección CNN Heroes; en la BBC y el New York Times también han aparecido noticias sobre el biblioburro. Existe igualmente un documental cinematográfico titulado Biblioburro: The Donkey Library, y además en otros países como Venezuela y Etiopía se están llevando a cabo proyectos similares.

El compromiso de este auténtico maestro no es sólo con la cultura y la alfabetización; es sobre todo un compromiso con el porvenir. Porque el conocimiento del mundo y de la vida que los niños adquieren a través de los libros, deriva, creo yo, en la conciencia de quiénes somos, cada uno y los demás. Y en esa conciencia probablemente está la fórmula mágica del respeto; y el respeto es, entre otras cosas, el antídoto contra la violencia.



                                      


Aquí, otros héroes libreros.

miércoles, 30 de enero de 2019

Libricina


Hace unos meses asistí a una especie de performance, dentro del Festival Ñen la que el escritor y crítico literario Guillermo Busutil actuaba como médico de los males del alma, por así decir.
En un espacio que representaba una consulta, este peculiar doctor, ataviado humorísticamente con bata y estetoscopio, esperaba tras su mesa la llegada de los pacientes. De este modo, los asistentes que lo desearan podían acercarse a la mesa y contarle  sus cuitas, qué les preocupaba o de qué mal emocional estaban aquejados. Y entonces el buen doctor echaba mano de sus enciclopédicos conocimientos literarios y le recetaba a cada paciente un libro, o dos, que, según su criterio, podían ayudarle a superar o sobrellevar su dolencia espiritual.

Esto puede parecer una broma, y de hecho el acto tenía un carácter lúdico. Pero en el fondo hay una verdad seria, cual es que  los libros, en efecto, nos ayudan a vivir; que en ellos encontramos alivio, consuelo, comprensión y compañía; porque nos hacen ver que no estamos solos en nuestras aflicciones, sino todo lo contrario: que lo que nos preocupa, nos entristece o nos perturba, es en realidad como un resfriado: algo muy común, que padece y ha padecido siempre la mayor parte de nuestros congéneres. Y sólo esto, el sentirnos  acompañados y comprendidos en nuestras inquietudes es, si no una cura, sí un gran alivio. Porque la palabra, escrita o hablada,  es muchas veces la mejor medicina, o incluso la única que necesitamos. 

Curiosamente, hace unos días he leído algo que está muy relacionado con la insólita consulta del doctor Busutil. Se trata de un artículo sobre la Piccola farmacia letteraria, una librería que abrió  el pasado mes de diciembre en  Florencia, en la que los libreros actúan como farmaceúticos que despachan justamente eso: medicina literaria, jarabe de libros; medicamentos de agradable sabor y  que además no tienen efectos secundarios ni contraindicaciones.
Según se dice en el artículo, la librería-farmacia está teniendo un éxito colosal, y próximamente empezará a funcionar su página web para que se pueda acceder a sus servicios desde cualquier parte del mundo.  

Todo esto a mí me resulta muy romántico, y me llena de satisfacción ver que en un mundo que parece enemistado con las emociones,  con la cultura, con todo aquello que no produzca un beneficio material e inmediato, no dejan de aparecer iniciativas que tratan precisamente de contrarrestrar esa frialdad, esa frivolidad, ese materialismo que parece haberse adueñado de la sociedad, de los medios de comunicación, de la vida en general. Y también es una satisfacción ver que las personas responden con entusiasmo a estas propuestas, lo cual demuestra que  son necesarias y que, quizá sin saberlo, las estábamos esperando.

Además, todo esto me ha hecho pararme a pensar en qué  libros han sido curativos para mí alguna vez, y en cuáles podría yo recomendar si alguien me pidiese una de esas recetas literarias.

¿Y ustedes? ¿Creen que la literatura puede ser terapeútica?

Piccola farmacia letteraria

viernes, 18 de enero de 2019

Dos historias


Serie B

Las olas vienen y van. Los flotadores se bambolean. Los muchachos juegan en el agua y los niños aprenden a nadar. El sol tiembla de puro calor, y yo doy pasitos por la orilla sin poder adentrarme en el mar. Sólo puedo mojarme los pies. 

El agua fría se me enrosca en los tobillos, burbujea como champán salado. Y suena como cascabeles cuando se arrastra sobre las piedras y los restos de caracolas. Mojadas de espuma brillan como lentejuelas.
Echo de menos nadar, sumergirme, rozar el fondo con las manos. Acariciar a los peces. Y emerger después con el pelo mojado y reluciente.

Unos niños pasan corriendo y salpicando agua. Doy un brinco, me vuelvo, me aparto, pero  me  mojan la espalda y los hombros. Corro hacia la toalla y me tumbo al sol. Tengo que secarme de inmediato. No podré asistir a la fiesta esta noche si vuelven a salirme las escamas.

***

La terapia del camaleón

Un amanecer de verano salí al jardín para intentar dormir un poco a la sombra de mi único árbol, que había crecido tanto que muchas de sus ramas reposaban ya sobre el muro.

Al acercarme al árbol vi que en una rama,  un poco por encima de mí, había un  insólito camaleón.
Al principio me disgustó. El animal me causaba cierta repulsión, con sus ojos desorbitados, sus manos casi humanas y su expresión de viejo cascarrabias. Pero al mismo tiempo me fascinaba. Sus movimientos lentos, casi exasperantes, resultaban incomprensibles para alguien como yo, tan inquieto y nervioso que pasaba las noches en vela, incapaz de relajarme por muy cansado que estuviese.

El camaleón siguió viviendo en mi árbol, y en muy pocos días ya me había acostumbrado a pasar tiempo observándolo. Su parsimonia, su silencio, su aparente indiferencia me hipnotizaban.

A veces me parecía que el animal actuaba para mí, como un mimo que tuviera un solo espectador y decidiera desplegar para él todo su talento. Cuando me acercaba el camaleón empezaba a moverse, despacio, adelantando una pata, luego otra, con la cola enroscada, tortuga y caracol a un tiempo. Avanzaba por la rama como si el aire fuera de miel, como si atravesara un mundo espeso, gelatinoso. Entonces se detenía entre las flores rosadas y las hojas que ya amarilleaban, y como un arcoiris viviente empezaba a lucir sus colores. Y allí se quedaba, inmóvil, casi invisible, como pidiéndome que lo dejara descansar.

Al cabo de un tiempo, casi sin darme cuenta, empecé a dormir mejor. Cuando me acostaba, después de pasar un rato cada tarde observando al camaleón, en mi mente sólo se reproducía su imagen, sus colores, su desplazamiento elástico y pausado, su actitud estoica. Y entonces me invadían una placidez, una sensación de calma que eran nuevas para mí, y que me llevaban con suavidad hacia un dulce y mullido sueño. 


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jueves, 10 de enero de 2019

Palabras insensatas


Seguimos celebrando los diez años de Juguetes del viento con la recuperación de algunas de las entradas que conforman la historia del blog. 
Ésta se publicó originalmente el 11 de septiembre de 2014.


En una ocasión una alumna mía, una niña de nueve años, me preguntó si yo conocía “todas las palabras del inglés”.

Le dije, lógicamente, que no, que es imposible conocer todas las palabras de un idioma, ni siquiera del propio. La niña se sorprendió mucho al oírme decir eso, y su sorpresa quedó expresada cuando respondió: “Pues yo conozco todas las palabras del español… ¿tú no?”

Entonces yo, entre didáctica y bromista, le pregunté si sabía qué significaba la palabra idiosincrasia. Fue genial ver la cara de la niña, que me miró como si yo acabase de revelarle el sentido de la vida.

En realidad algo de eso había -y perdonen ustedes la exageración-, pues lo cierto es que la chiquilla acababa de descubrir un mundo nuevo: el de las palabras que están más allá del vocabulario que usamos a diario y que manejamos con absoluta familiaridad.

A diferencia de mi alumna, yo, de niña, nunca pensé que conociera todas las palabras de nuestro idioma. Al contrario, sufría mucho porque había una cantidad enorme de palabras y frases que escuchaba y veía escritas por aquí y por allá y cuyo significado no lograba discernir.

Confundía, por ejemplo,  los significados de las palabras divorciarse y suicidarse.
Recuerdo que una vez vi, en un quiosco de prensa, la portada de una revista en la que, junto a la foto de una bella señora, se leía: “Fulanita de Tal se divorcia”,  y que pensé que era una pena que siendo tan guapa, famosa y seguramente rica, hubiera decidido quitarse la vida.

Pero lo que más me desconcertaba eran ciertas expresiones hechas que me parecían tan incomprensibles y absurdas que llegué a pensar que la gente las decía mal, que tenían que ser de otra manera. Y no es que yo me creyera más lista que los mayores, en absoluto; es que alguna explicación tenía que haber para aquella incomprensibilidad.
 
Una frase que me desesperaba especialmente era dentro de lo que cabe.
Me devanaba la sesera dándole vueltas a aquello. ¿”Dentro de lo que cabe”? Pero, ¿lo que cabe no es lo que está dentro? ¿No debería ser “ de lo que cabe dentro?” Y así me pasaba un rato.
 
También me resultaba muy extraña la expresión merece la pena, y no comprendía por qué la gente decía cosas como “merece la pena levantarse temprano”.  Yo creía entender que el hecho de levantarse temprano -o lo que quiera que fuese- merecía que sintiéramos pena. Y claro, no veía lógico que lo dijeran tan contentos y acordaran levantarse a las ocho para ir de excursión. ¿Es que querían ponerse tristes o qué?

Más o menos lo mismo me ocurría con mejorando lo presente. Yo entendía que eso se decía como un cumplido, porque veía que los aludidos lo agradecían,  pero en realidad a mí me parecía un insulto: “Pepita López es encantadora, mejorando lo presente.” Y yo entendía que la bella Pepita era mejor que las señoras presentes. Desconcertante, ¿no?

También me mortificaron mucho las expresiones ceda el paso (eso tenía que estar mal por fuerza) y admón de loterías (¿qué será un admón, madre mía?).

Lo más curioso de todo esto es que yo no preguntaba por el sentido de esas frases, no pedía que me las explicaran, y no sé por qué. Quizá es que daba por hecho, intuitivamente, que las frases eran absurdas, que se decían por costumbre y sin reparar en su insensatez.

Sí, esas expresiones me hicieron sufrir mucho durante mucho tiempo, pero recuerdo el día en que oí a alguien decir “… en la administración de loterías”. En aquel momento la palabra admón. cobró todo su sentido y fue tal la satisfacción que sentí con este descubrimiento que me pareció que un gran telón negro se levantaba y que ante mi ojos se alzaba el arcoíris refulgente del discernimiento. Qué momento, señores.

Quizá esto explique por qué no preguntaba yo a mis mayores por el sentido de esas palabras y expresiones: la satisfacción de descubrirlo por mí misma era tan gratificante que merecía la pena esperar. 



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