viernes, 16 de febrero de 2018

Fortis imaginatio


Cuento. Segunda y última parte.

(Viene de aquí)

Mientras la mujer hablaba yo ya había dejado de fingir que leía. El libro estaba sobre mi regazo, abierto porque mi mano lo sujetaba, pero olvidado.
La mujer prosiguió:
—Cuando después del entierro volvimos a casa de mi hija, yo fui a la habitación de la niña. Necesitaba estar allí, con sus cosas; ver y tocar lo que ella había visto y tocado todos los días. Me senté en su camita, acaricié su manta y lloré abrazada a su camisón. Sentía que esas cosas estaban impregnadas de ella, de su esencia. Yo nunca había pensado en lo importantes que pueden ser los objetos personales de las personas amadas, pero algo me llevaba a ellos; algo me decía que en ellos permanecía, de alguna manera, el espíritu de mi nieta.

Todos los ocupantes del compartimento estábamos en silencio, y casi inmóviles. El hombre de la gorra ya no sonreía, y el hombre de la pipa ya no fumaba. Toda nuestra atención estaba en el rostro y las palabras de aquella mujer que nos revelaba la verdad de su corazón.
—Entonces —continuó—, levanté la cara y, entre mis lágrimas, vi la muñeca de trapo que yo misma le regalé cuando cumplió un año y que siempre fue su juguete favorito. Siempre tenía la muñeca consigo, incluso dormía con ella. Si algún objeto estaba impregnado del espíritu de mi nieta, sería esa muñeca.

»Y ahora estoy segura de eso —añadió—, porque al mirar la muñeca yo veía a mi nieta. La veía, créanme, estaba allí, en los ojos de aquella muñeca a la que tanto quiso.
Y a continuación, la mujer relató que cogió la muñeca y la estrechó contra sí, igual que tantas veces había estrechado a su nieta. Y que fue un gran consuelo, porque no sólo sintió que de algún modo estaba abrazando a la niña, sino porque tuvo una sensación muy clara, muy real, de que la muñeca le devolvía el abrazo.
Entonces, la  mujer y su marido se miraron, se cogieron de las manos, y no dijeron nada más.

—Mi querida señora —dijo entonces el hombre de la pipa—, permítame decirle en primer lugar que lamento su pérdida en lo más profundo de mi corazón. Y ahora añadiré que lo que cuenta usted no me sorprende. Me maravilla, porque es algo maravilloso sin duda; pero no me sorprende, porque he oído a otras personas relatar  experiencias semejantes.

—Pero ¿no será que las personas que pasan por un trance tan doloroso quieren creer en la presencia de las personas perdidas? 
El hombre de la gorra escocesa expresó esta opinión con un tono de respeto, y me pareció que su escepticismo previo se había convertido en prudencia. Y añadió:
—Quizá, en su dolor, imaginan que realmente ocurre lo que desearían que ocurriera. Como dicen los sabios, fortis imaginatio generat casum.    

 En ese momento, para mi propia sorpresa, intervine yo misma en la conversación:
—Si me permiten, señores, yo también creo que los objetos guardan en sí el espíritu o el alma de las personas que los amaron. Quizá sea, como dice este caballero, que una fuerte imaginación genera el hecho mismo; quizá el intenso deseo de recuperar a un ser querido tras su muerte, nos hace sentir que en verdad su alma permanece a nuestro lado. Podría ser eso, pero yo no lo creo. No creo que ese estado de extrema sensibilidad nos haga imaginar la presencia de quien se fue, sino al contrario: que esa sensibilidad excepcional es precisamente lo que se necesita para poder percibir la presencia del ser querido. Normalmente no somos conscientes de esa vida que hay en los objetos porque nuestra sensibilidad está adormecida, y ésta sólo adquiere el nivel de percepción suficiente cuando el dolor de una muerte la despierta.

Faltaba poco para que el tren llegase a su destino. La conversación fue perdiendo intensidad a medida que nos acercábamos a Oxford, y cuando el tren se detuvo en la estación ya hacía rato que estábamos en silencio.
Nos despedimos unos de otros casi en silencio también, como si no quisiéramos interrumpir el curso de nuestros pensamientos.

Al bajar del tren el bullicio de la estación me hizo sonreir con cierta indulgencia, tal y como mis compañeros de la universidad sonreían ante mis comentarios.
La mayoría de las personas se afana en sus ocupaciones mundanas sin llegar nunca a saber que la vida es mucho más que eso. Creen que lo visible y lo conocido es lo único que existe, y van de acá para allá, como hacendosas hormigas convencidas de que no hay más mundo que el que rodea su agujero.

Recorrí el andén en dirección a la salida. Llevaba mi bolso de viaje en la mano izquierda. La derecha la tenía en el bolsillo del abrigo, sujetando con fuerza el viejo reloj de leontina de mi abuelo. 


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martes, 13 de febrero de 2018

Fortis imaginatio


Cuento. Primera parte

Desde pequeña he creído que algunos objetos tienen conciencia. Y que cuantos más vínculos existan entre un objeto y una persona, más intensa será esa conciencia.
Esta idea provenía de las creencias y las narraciones que mi abuelo había conocido en sus viajes por África. Yo le pedía con frecuencia que me hablara de ellas, y recuerdo que mientras me las contaba yo me cogía de su mano con fuerza, porque aquellas historias me asustaban tanto como me atraían. Y por eso, cuando mi abuelo veía que las emociones que me causaban sus relatos no me dejarían dormir esa noche, sacaba del bolsillo su reloj de leontina, fingía que se le hacía tarde para algo, y ponía fin a su narración.

Más tarde, siendo adolescente, mi mente rechazó esas creencias. Yo había entrado en esa etapa petulante en la que nos sentimos por encima de todo, convencidos de que ya tenemos una visión del mundo completa y cierta, y de que nadie sabe más que nosotros.
Sin embargo mi corazón seguía creyendo, así que cuando cumplí unos años más y recuperé la forma de mirar de la infancia, que es libre y aventurera, volví a interesarme por aquellas ideas.
En un par de ocasiones incluso planteé esta cuestión en el club de debate de la universidad. Hablé de los pueblos africanos que otorgan alma a todo lo que para nosotros es inanimado, y que creen que todo está vivo y posee inteligencia. Pero mis compañeros se refirieron con arrogancia a esas creencias y rebatieron mis palabras con tono indulgente.
No me importaba mucho que se riesen de mí, pero me molestaba que se burlasen de tradiciones ancestrales, que manifestaran tal desprecio por todo lo que no encajara en los parámetros de su ciencia occidental, fatua y arrogante como un adolescente.

Pocos días después de uno de aquellos debates ocurrió algo que me reafirmó en mis ideas y me demostró  que no siempre los más ilustrados son los más clarividentes.
Tomé un tren a Oxford para asistir a una serie de conferencias que iba a impartir un discípulo de mi abuelo al que yo tenía gran aprecio: las charlas que durante años compartieron mi abuelo y él en el salón de nuestra casa abrieron mis ojos de niña a la ciencia y despertaron en mí la pasión por el conocimiento.

En mi compartimento viajaban otras cuatro personas, lo cual, al principio, me incomodó mucho. Cuando viajo en tren me acurruco en mi asiento, que estará junto a la ventanilla o junto a la puerta, nunca en medio, y me escondo detrás de un libro. Leer me resulta difícil en esos casos, pues la tónica general de los viajes suele ser la cháchara constante e insustancial de los viajeros. Pero, aunque no consiga leer ni una página, finjo estar concentrada en la lectura para evitar que se me incluya en la charla.

Sin embargo, en esta ocasión todo fue distinto, porque al poco de iniciado el viaje comprendí que aquellos pasajeros no eran de los que hablan sólo para matar el tiempo. Su conversación tenía cierta profundidad filosófica, y, sin ser unos eruditos, planteaban cuestiones y puntos de vista muy interesantes. 

Sin darme cuenta, me encontré prestando toda mi atención a la charla, que, no recuerdo cómo, acabó derivando en el tema que a mí tanto me interesaba.
Uno de los pasajeros, un hombre que fumaba en pipa, dijo que él estaba seguro de que los objetos que han sido importantes para una persona tienen alma, y que esa alma se la otorga precisamente el amor que la persona depositó en ellos.
—¿Quiere usted decir que el apego hace que surja un alma en las cosas? —preguntó otro de los viajeros, un hombre que llevaba una gorra escocesa.
—Sí, señor, eso es exactamente lo que digo.
—Entonces —volvió a preguntar el anterior con sorna —¿significa eso que mi gorra, por ejemplo, tiene alma, que es consciente de cuánto la quiero?
—En efecto, caballero. Según esta teoría, su gorra, o mi pipa, que me acompaña desde hace años, habrán adquirido con el tiempo una especie de conciencia; es decir, habrán dejado de ser meros objetos inanimados. Ahora, por influjo de nuestro aprecio por ellos, estos objetos saben, por así decir, que existen. Y esa conciencia es una parte de nosotros mismos, puesto que ha sido creada por nuestra preferencia hacia el objeto.

Además de estos dos hombres, en el compartimento viajaba también un matrimonio. Tanto el hombre como la mujer vestían de negro, tenían el semblante triste y habían estado todo el tiempo en silencio y, al parecer, ajenos a la conversación.     

Pero entonces la mujer levantó el rostro y miró al hombre de la gorra:
—Disculpe, señor, pero yo creo que este caballero tiene razón.
—Me gustaría mucho escuchar su parecer, señora —dijo el hombre con cortesía.
—Hace unos meses —empezó la mujer— perdimos a nuestra nieta, una niña de seis años. No hará falta que les diga que su muerte nos causó un dolor insuperable, eterno. Pero dentro de ese dolor, hay algo que a mí me trae un poco de consuelo, una leve sensación de alivio que hace soportable la vida después de la tragedia. [...] 


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(Continúa aquí)


domingo, 28 de enero de 2018

Una de ésas


Hace un par de semanas se me plantó delante una de ésas. Una de esas palabras que me obligan a indagar sobre ellas si no quiero que me persigan hasta en sueños.
Pero al contrario de lo que es habitual en estos casos de persecución léxica, esta palabra no era nueva para mí.  La conocía, sí, aunque sólo de oídas, porque, por alguna misteriosa razón, nunca había ido al diccionario para comprobar su significado.

La palabra en cuestión es tuera, y nunca se la he oído a nadie más que a mi madre, y sólo en la expresión “amargo como la tuera”. Supongo que por eso nunca pregunté por su significado, porque formaba parte de esa locución cuyo sentido completo sí entendía. Es lo mismo que me ocurría hasta no hace mucho con palabras como brete o dechado como quizá recuerden algunos de ustedes.

colothyntisLa cuestión es que días atrás, como decía al principio, por algún  motivo estaba yo pensando en que hay personas de trato muy áspero y descortés, y me dije que esas personas “resultan amargas como la tuera”. Esta expresión surgió de la forma más natural y espontánea, y en ese mismo momento, con cierta sorpresa por cierto, me pregunté por primera vez qué sería exactamente la tuera.
Y eso fue lo que dio pie a una nueva pesquisa semántica y a sus curiosos resultados.

El primer paso, como siempre y como es lógico, fue acudir al diccionario, y ahí encontré la primera sorpresa. Porque la entrada tuera remite a coloquíntida, que es otra palabra que conozco desde pequeña y que, dicho sea de paso, siempre me ha gustado mucho. Además, sabía que una coloquíntida es una planta, una especie de calabaza. De hecho la palabra griega de la que procede, kolokynthís, significa justamente “tipo de calabaza”.

Después de este primer descubrimiento seguí indagando un poco más, y así supe que la tuera o coloquíntida procede originariamente del norte de África y Egipto, que es del tamaño de una naranja y que tiene un sabor sumamente amargo. Por esta razón en la antigüedad se usaba como vomitivo o purgante. Lo malo es que, al parecer, sus efectos eran tan drásticos y violentos que resultaban muy perjudiciales; es decir, que era, literalmente, peor el remedio que la enfermedad.

La etimología nos dice que el término tuera deriva del mozárabe turah, que a su vez procede del latín phthora y éste del griego phtorá, que curiosamente significa ruina. De manera que en última instancia tuera significa ruina, lo cual me hace pensar que quizá se le dio esa denominación a la planta por la ruina que causaba en la salud. Y pensé también que decir “amargo como la tuera” sería entonces como decir “amargo como la ruina”, lo cual a mí me parece muy poético.

Por otra parte, como las palabras siempre van de la mano unas de otras, al indagar sobre tuera me encontré con que también existe el tuero, que a pesar del gran parecido no es pariente suyo. Tuero procede del latín torus, que tampoco es pariente del toro, y significa abultamiento. Por eso se denomina así al leño grueso que se pone al fondo del hogar. Y debido a esto el tuero se denomina también trashoguero, que a mí, no sé por qué, me parece una palabra colosal.
Jean Anglade
Jean Anglade

Hemos dejado atrás, pero no por ello olvidada,  a la coloquíntida, que como decía antes, es una palabra que siempre me pareció muy bonita, cantarina, con un sonido como de campanilla. Una palabra que resulta, curiosamente, dulce al paladar del oído.

Como también comenté antes, es una palabra que conozco desde siempre. Porque resulta que de niña leí una historia de la cual no recuerdo nada pero cuyo título nunca he olvidado: “Ladrón de coloquíntidas”. Y ahora que pienso en ello, se me ocurre que quizá fuese esa palabra tan curiosa del título lo que me llevó a coger el libro de las estanterías de casa y querer leer la historia.
Así que desde pequeña tuve en la cabeza estas dos palabras tan curiosas, tuera y coloquíntida, sin saber que ambas se referían a una misma cosa.

No di por terminadas aquí mis pesquisas, porque al recordar la historia de aquel ladrón de coloquíntidas quise saber quién sería su autor. Así que introduje el título de la historia en el buscador y en seguida obtuve el resultado: es un escritor francés llamado Jean Anglade, que, curiosamente había fallecido apenas dos meses antes, en noviembre de este recién pasado 2017, y además a la bonita edad de 102 años.

A veces las coincidencias se acumulan de tal modo que dan que pensar. Porque son demasiado coincidentes, valga la expresión, y cuesta creer que sean consecuencia del puro azar. Puede que no sean sólo las palabras las que van de la mano unas de otras, sino también los conceptos a los que se refieren. Quizá es que las palabras son aún más poderosas de lo que ya sabemos que son.
A mí al menos me gusta pensar que es así.


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jueves, 18 de enero de 2018

De cómo Pascualito descubrió que necesitaba más palabras



Un día de primavera Pascualito iba caminando, de la mano de su madre, por un paseo en el que había grandes árboles a cada lado. Después de andar un trecho mirándose los zapatos, Pascualito levantó la vista un poco, y luego otro poco, y luego del todo, hasta ver las copas de los árboles, que le parecieron gigantes.
Y al fijarse en las ramas que se estiraban hacia arriba como si estuvieran sujetando el cielo, y al ver la enorme maraña de hojas que parecían nubes verdes, Pascualito tuvo una sensación muy rara.
Si hubiera conocido las palabras adecuadas habría podido decir que se sintió abrumado. O que esos árboles enredados con el cielo le hicieron sentirse aún más pequeño de lo que era. O podría haber dicho que tuvo una sensación de infinito, o que había sentido vértigo.

Pero como no conocía ninguna de esas palabras, y tampoco era capaz todavía de comprender sus emociones, no pudo decir nada de eso.  Sin embargo, intentó expresar lo que sentía preguntándole a su madre:
-Mamá, ¿el mundo no se acaba nunca?
A lo que su madre respondió que el mundo se acaba para cada persona al morir.

Pascualito tuvo entonces otra sensación rara,  como si no hubiera preguntado lo que quería. Como si lo que decía su pregunta no fuera suficiente para que su madre lo entendiera.  Porque eso de morir ya lo sabía. Lo que quería saber ahora era si alguna vez el mundo se acabaría del todo, para todos  al mismo tiempo. Quería saber si el mundo se termina como se termina una caja de galletas; si se va gastando poco a poco hasta que se apaga, como una vela,  o si duraría para siempre.
Pero claro, Pascualito, con seis años que tenía, no podía pensar esas cosas ni decirlas. No podía decirlas ni pensarlas, pero el caso es que eso era lo que sentía.

Y así fue como comprendió que necesitaba más palabras de las que sabía, que tendría que aprender muchas más para poder decirlo todo y que los demás lo entendieran bien.
Porque también comprendió, a su manera, que las palabras, a veces, no dicen lo que queremos que digan o lo que creemos estar diciendo; que las palabras, a veces, no significan lo mismo para todos. Y eso también le dio vértigo.



Aquí, otra historia de Pascualito

domingo, 7 de enero de 2018

Una tarea maravillosa


Dedicado a Conxita, Mar y Javier


Esta entrada corresponde a otra de las sugerencias presentadas por los lectores con motivo del aniversario del blog. En este caso, Conxita, Javier y Mar coincidieron en su interés por conocer el proceso de traducción de una obra literaria, y en concreto cómo abordo yo la traducción de un libro.

Y creo que lo primero que debo decir  es que me resulta muy difícil hablar sobre esto con brevedad y orden, porque son muchos  los elementos que intervienen y se entrelazan en el proceso de la traducción. Pero intentaré dar una idea clara y sin extenderme demasiado.

Untitled Jan Frederik Pieter Portielje
Mi primer paso ante cada nueva traducción es la lectura de la obra, o parte de ella, si de antemano no la conozco. Hay traductores que prefieren trabajar sin conocer el texto previamente, para tener la misma sensación de “novedad” o de “sorpresa” que tiene el lector, que va leyendo sin saber lo que viene a continuación. 

Lo cierto es que casi nunca hay tiempo de leer el libro entero antes de empezar a trabajar en él, pero yo siempre leo al menos unos capítulos, un cierto número de páginas, para familiarizarme con el estilo, los temas, los personajes, etc., y hacerme una idea general del tipo de obra de que se trata.

Igualmente, si el autor es desconocido para mí, también me informo sobre su vida y su contexto social e histórico. Porque creo que, en general,  para comprender a fondo una obra literaria, su sentido, su origen, en suma, su porqué, es conveniente conocer al autor  y sus circunstancias. Y esto puede ser particularmente importante en las obras que tienen un carácter metafórico.

Y después de este primer acercamiento empieza la traducción en sí, que, grosso modo, podría resumirse en lo que muchas personas creen verdaderamente que es traducir: ir leyendo el libro en un idioma y escribiéndolo en otro. 

Pero cada idioma tiene sus estructuras propias y su carácter, por lo que rara vez las frases se pueden traducir palabra por palabra, sobre todo cuando se trata de idiomas cuyas estructuras sintácticas y sus formas de expresión son muy dispares entre sí, como ocurre por ejemplo entre el inglés y el español. Ya lo dijo san Jerónimo: non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu”, no palabra por palabra sino sentido por sentido.

Porque la obra, que está hecha de lenguaje, es como un mar: tiene una estructura superficial y una estructura profunda; lo  que dicen las palabras y cómo lo dicen, por un lado,  y lo que significan,  sus connotaciones, por otro. 
Y, dependiendo del nivel de complejidad de cada obra,  estas estructuras no siempre se pueden descifrar a la primera, o al mismo tiempo, o no siempre con total certeza. 

Por eso con el paso de las páginas trabajadas es como se va conociendo verdaderamente la personalidad de la obra. Y por eso, conforme ésta se va revelando a sí misma, es con frecuencia necesario ir volviendo atrás, para cambiar palabras, recomponer pasajes, y hacer cualquier modificación que se revele necesaria a la luz de las nuevas informaciones que la propia obra nos va proporcionando.

stack of books libros apilados
Otro aspecto del proceso de traducción, y sobre lo que Conxita preguntaba expresamente, es la documentación. En ocasiones, sobre todo con libros de tipo ensayístico, hay que dedicar un tiempo considerable a documentarse sobre determinados conceptos, para poder entenderlos plenamente y por lo tanto traducirlos con propiedad. 
Si en una obra se habla de un hecho histórico, o de un concepto filosófico, por ejemplo, debo cerciorame, primero, de si estoy interpretando correctamente lo que dice el autor sobre ese hecho o concepto; y segundo, de cuál es la manera habitual  de referirse a ellos en español. Porque no podemos traducir sólo las palabras que denominan ese concepto,  sino el concepto en sí; es decir, no darle otro nombre -aunque literalmente sea correcto- a algo que ya tiene una denominación establecida. 

Para terminar  este somero recorrido nos iremos directamente a la última fase del proceso, que es la revisión final, es decir, una lectura (o dos) de toda la obra ya traducida, para resolver dudas y  hacer modificaciones de carácter semántico, o fonético, o de ritmo, de tono, de estilo, cuya conveniencia se percibe  al leer la obra como un continuo, como un todo; también para detectar posibles equivocaciones o imprecisiones de sentido o de redacción; para eliminar erratas, etc. 

En fin, hay libros y más libros dedicados a la traducción, a todos sus aspectos, que son innumerables si no infinitos, como infinitas son las posibilidades del lenguaje. Esto es sólo una visión muy escueta y reducidísima de esta tarea maravillosa que requiere tiempo, dedicación, meticulosidad, paciencia, mimo… y por supuesto amor y pasión por el lenguaje y su manifestación más exquisita, la literatura. 

Old books and key Libros Antiguos y llave



lunes, 25 de diciembre de 2017

Que hablen ellos (como es tradición)


Como saben ustedes, este blog, que ya tiene edad suficiente para eso, tiene sus propias tradiciones.  Una de ellas, apropiada para estos días en que un año termina y otro empieza,  consiste en invitar a unos amigos sabios a que  pasen por aquí y nos dejen unos pensamientos edificantes, algunas ideas interesantes sobre la vida, sus placeres y sus encrucijadas.

En anteriores ocasiones, los amigos que han venido nos han hablado, por ejemplo, sobre el papel fundamental que tienen las palabras en nuestra vida; o sobre la felicidad; o sobre los placeres sencillos, la confianza en el porvenir, etc.
Esta vez han venido algunos habituales, como Stevenson, Stefan Zweig  y Sándor Márai, además de Patrick Modiano, Tolstoi y Leon H. Vincent. Y todos ellos nos traen interesantes reflexiones sobre algo tan complejo y tan esencial para el ser humano como son las relaciones personales.

Ya sean relaciones de amistad, de amor, de familia, o los contactos casuales y fugaces que se establecen cada día, las personas estamos constantemente tratando con otras personas, relacionándonos unos con otros, en una cadena sin fin.
Y esta cadena, claro, a veces se enreda y cruje, se atranca y funciona mal.
Pero de una forma o de otra, siempre sigue en marcha. Porque, como nos dice Patrick Modiano, no podemos vivir aislados, o al menos no por mucho tiempo, porque si no, nos sentiríamos perdidos, como en un inmenso océano y sin rumbo:


En esa vida que, a veces, nos parece como un gran solar sin postes indicadores, 
en medio de todas las líneas de fuga y de los horizontes perdidos, nos gustaría dar con puntos de referencia, hacer algo así como un catastro para no tener ya esa impresión de navegar a la aventura. Y entonces creamos vínculos, intentamos 
que sean más estables los encuentros azarosos.

-Patrick Modiano. En el café de la juventud perdida (2007)-


Pero  por supuesto, no puede haber ninguna relación verdadera ni podemos ser felices si no nos apoyamos en sentimientos sinceros:


La verdad hacia el sentimiento, la verdad en una relación, la verdad 
hacia tu propio corazón y tus amigos, nunca simular o falsificar la emoción: 
ésa es la verdad que hace posible el amor y feliz a la humanidad.

Robert Louis Stevenson. “El Dorado” (1881)


Por su parte, Sándor Márai plantea que las relaciones entre las personas también están regidas por ciertas leyes; que algo tan serio como una relación importante no se forja de manera casual, sino que, aunque no nos demos cuenta, ese proceso tiene su camino y su momento, como lo tienen todos los elementos del universo aparentemente caótico en el que vivimos:


… a las personas no solamente las atan las palabras, los juramentos y las promesas […] Hay algo diferente, una ley más severa, más dura, que determina si dos personas 
están ligadas o no […] Dos personas no pueden encontrarse antes de estar maduras para su encuentro. Maduras no desde el punto de vista de sus inclinaciones y sus caprichos, 
sino en su fuero más íntimo, obedeciendo la ley irrevocable de sus destinos, de su estrella, de la misma manera que se encuentran dos astros en la infinitud del universo, 
con una exactitud perfectamente determinada, en el instante previsto, en el instante que pertenece a los dos, en la infinitud del espacio y del tiempo.

-Sándor Márai. La herencia de Eszter (1939)-


Y quizá esas leyes naturales que gobiernan las relaciones tengan algo que ver con la reflexión de Leon H. Vincent, que se refiere a la imposibilidad de que un número muy elevado de amigos puedan ser amigos verdaderos. Y no porque esas personas no sean buenos amigos en potencia, sino porque las relaciones verdaderas exigen cierto tiempo y dedicación; requieren que les prestemos un poco de atención, porque son como una planta delicada, que si la descuidamos se marchita. Y nos resultará imposible prestarles esos cuidados si el jardín es excesivamente grande.


Este particular genio ejemplificaba la desgracia de tener demasiada facilidad 
para establecer esas relaciones que quedan a medio camino entre el trato ocasional 
y la amistad. Por darle a la cuestión forma de paradoja, tenía tantos amigos 
que no tenía ningún amigo. Quizás esto sea injusto, pero la amistad conlleva 
un toque de celos y exclusividad.

Leon H. Vincent. El bibliótafo (1898)


Pero, como decíamos al principio, las relaciones son complicadas y no es difícil equivocarse. Porque los seres humanos somos complicados, y con frecuencia no somos conscientes de que las relaciones no siempre significan lo mismo para las dos partes; es decir, no siempre tienen la misma importancia o la misma trascendencia para unos y otros. Por eso hay que tener en cuenta los sentimientos ajenos cuando tomamos decisiones que afectan a otros, si no queremos que esa decisión se convierta en un quebranto para ellos:


Un adulto tiene que pensar, antes de inmiscuirse en un asunto, hasta dónde está dispuesto a llegar.  No se juega con los sentimientos ajenos. Lo admito, usted encandiló 
a esa buena gente llevado por los motivos más nobles y honrados, 
pero en nuestro mundo no importa si uno actúa con dureza o timidez, 
sino sólo lo que al final se consigue o se provoca.

Stefan Zweig. La impaciencia del corazón (1939)

  
Por último, Tolstoi nos muestra que la felicidad, la nuestra y la de los otros, no tiene más secreto que el amor. Porque el amor y la entrega que ofrecemos a otras personas produce a su vez amor hacia nosotros.
Sin duda amar es más fácil que lo contrario, seguramente porque estamos hechos para eso.


Parecía tan difícil vivir mal y tan fácil amarlos a todos y ser amada… 
Todos eran tan buenos y tan dulces conmigo […] “¿Por qué son todos 
tan buenos conmigo? ¿Qué he hecho para merecer un amor así?”, 
me preguntaba. […] Ahora me parecía claro lo que antes 
me había parecido confuso. Sólo ahora entendía por qué él solía decir 
que la felicidad consistía en vivir para el otro, y me sentía 
completamente de acuerdo con él.

Lev Tolstoi. La felicidad conyugal (1859)

 

Yo les deseo a todos ustedes un año lleno de relaciones felices, y espero que sigan haciéndome feliz a mí con su presencia. 
Muchas gracias por todo.


jueves, 14 de diciembre de 2017

Tres historias navideñas aproximadamente



En bicicleta por la ciudad 

A esa hora de la noche  la ciudad ya estaba desierta.
El muchacho pedaleaba por la interminable avenida bajo estrellas y guirnaldas de colores.
De pronto escuchó tras de sí, aún lejos, el ruido de una moto.
Se acercó a la acera todo lo que pudo, y de manera inconsciente aceleró el pedaleo.
La moto siguió acercándose, y justo en el momento en que llegaba a su altura el muchacho notó un roce en la espalda, como si el motorista le pasara la mano por encima de la cazadora.
En ese instante estuvo seguro de que quería tirarlo al suelo, pero la moto pasó de largo sin más.
El muchacho de la bicicleta pensó entonces que tal vez fuera un conocido que había intentado saludarlo. O algún sentimental imprudente que quería desearle una feliz Nochebuena.
Al llegar a su casa dejó la bicicleta en el patio y subió a su habitación.
Y entendió lo que había ocurrido al ver el desgarro que cruzaba la espalda de la cazadora. 


*** 

Fuensanta

A Fuensanta no le gustaba diciembre, porque las calles y los escaparates decorados hacían que se sintiera aún más sola. Pero no tenía más remedio que salir cada tarde para tirar la basura. Y a veces, de paso, iba a misa.

Salió del portal y al volver la esquina se detuvo un momento delante de un cartel que habían  pegado en la fachada. Era uno de esos carteles en los que se pide ayuda para encontrar a alguna persona desaparecida.
Fuensanta contempló la foto: era un hombre joven y de aspecto agresivo. Y entonces, hablando para sus adentros, como les hablaba a los santos de la iglesia, la anciana dijo:
-Todo el mundo tiene a alguien que lo eche de menos. Hasta un tipejo como tú, un ladrón cobarde y miserable, que se mete en las casas de mujeres indefensas para robarles su pobre paga de Navidad...

Fuensanta caminó unos pasos más hasta el contenedor y tiró la bolsa con su escasa basura diaria: unas mondas de patata, una cáscaras de huevo, unos huesos…

***


Los tiempos cambian

A Nicolás no le gustaban los cambios. Era muy tradicional y las novedades le causaban ansiedad. Pero sabía que los tiempos cambian y que hay que adaptarse, sobre todo si eres autónomo y tienes una empresa que sacar adelante.
De modo que aunque le costó desprenderse de su antiguo vehículo, al que le tenía mucho apego, no dejaba de reconocer que la nueva furgoneta de reparto, roja y blanca, era un primor.
Cuando se sentó al volante por primera vez se sintió raro, como aprisionado. Pero en seguida vio que los asientos eran más cómodos, y que en cuestión de estabilidad y seguridad no había comparación. Ahora sí que podría hacer sus entregas con toda  puntualidad sin temor a los vaivenes ni los derrapes.
Eso sí, lo que nunca podría superar la furgoneta era la estampa clásica del trineo y los renos recortados contra la luna.


Santa trineo luna

sábado, 2 de diciembre de 2017

¿Quién soy?


Hoy quiero proponerles a ustedes un nuevo juego, uno de esos entretenimientos literario-festivos con los que de vez en cuando nos deleitamos aquí. Bueno, yo me deleito, claro, y por eso espero que ustedes también.

Esta vez creo que la cosa les parecerá bastante sencilla. Al menos en cuanto al planteamiento, pero creo que en su resolución también.

Se trata de intentar identificar a tres personajes literarios, para lo cual tendrían ustedes que  leer los tres textos que les presento a continuación, uno para cada personaje. 
Son textos escritos por mí, planteados como si fuesen palabras de esos personajes, como si ellos hablasen de sí mismos. Por lo tanto, de lo que cuentan sobre su personalidad y sus circunstancias podrán ustedes inferir de qué personaje se trata.
Por supuesto son muy populares y  todos los conocemos, incluso aunque no hayamos leído las obras a las que pertencen.

Si les parece interesante el juego, espero sus respuestas, como de costumbre, en los comentarios. Yo no diré, claro está, si van acertando ustedes o no. Las soluciones las daré, también en los comentarios,   dentro de doce días, es decir, el miércoles 13 de diciembre.

Y sin más,  ésta es la información que cada personaje nos da sobre sí mismo: 


Personaje 1:

Yo soy una persona sencilla, del campo, que no se complica la vida. A mí que no me vengan con cuentos de poetas ni cosas de esas espirituales. Eso son tonterías de gente que no tiene nada que hacer. Conozco yo a uno que… bueno, yo creo que no está bien de la cabeza. Pero me cae bien, esa es la verdad. Tendrá sus rarezas, pero es buena persona. Y muy listo, ¿eh?,  al contrario que yo, que soy un tarugo, lo reconozco. El caso es que me gusta salir con él  por los campos, porque me habla de cosas que a mí nunca se me habrían pasado por la cabeza. Tengo que ir cuidando de él, eso también es verdad, porque con lo despistado que está y lo endeble, de cuerpo y de sesera, no sé cómo no se ha matado ya. Pero el caso es que él también me ayuda a mí, sin darse cuenta, porque creo que desde que me junto con él soy mejor persona. 

***
Personaje 2:

Mi padre era un científico adelantado a su época. Estaba al tanto de los últimos descubrimientos y trabajaba para perfeccionarlos. Por desgracia yo no heredé su inteligencia, y cuando vio que yo no era como él hubiera querido, como él había soñado, me rechazó sin miramientos. Es verdad que soy un manazas, pero eso no es culpa mía. 
Nunca superé el rechazo de mi padre, así que he sido siempre un infeliz. Y por eso en cuanto tuve ocasión me escapé de casa y me fui por esos mundos, lo más lejos posible. Necesitaba encontrarme a mí mismo, saber quién soy.

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 Personaje 3:

Algunos dicen que soy un niño mimado, un hijo de papá que no sabe lo que quiere. Un veleta. Un impredecible. Pero es que mi familia es muy rara. Mi padre murió, y mi madre se se volvió a casar, casi enseguida y además con un impresentable. No sólo no lo soporto sino que sospecho de él. Creo que él es el responsable de la muerte de mi padre, que lo planeó todo para quedarse con todo, incluida su esposa. Y con estos pensamientos me estoy volviendo loco. Creo que tengo una depresión, porque he pensado suicidarme, y además últimamente he tenido alucinaciones… Pero no me atrevo a contárselo a nadie, porque con la fama de descentrado que tengo nadie me creería…

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Como siempre, los espero a ustedes  aquí detrás,  en el saloncito de los comentarios. ¡Gracias!



casa Mark Twain