lunes, 18 de enero de 2016

El misterio del diccionario



Los diccionarios son una herramienta fundamental para mí, tanto por razones profesionales como por interés o gusto personal. Los utilizo a diario, y, quizá porque no dejo de sorprenderme con su utilidad y la magnitud de su alcance, también me resulta muy interesante el proceso de elaboración de estas obras lexicográficas.

La creación de un diccionario puede parecer  –y lo es– una tarea ardua y lenta; incluso  tediosa y propia de eruditos sin vida social. Un trabajo, en fin, nada emocionante.
Sin embargo, a veces, el proceso de elaboración de un diccionario puede deparar sorpresas asombrosas y contener  elementos tan misteriosos y enigmáticos como los del más interesante caso ideado por Agatha Christie.

Y eso precisamente es lo que ocurrió en el siglo XIX durante la elaboración del prestigioso Oxford English Dictionary (OED).

Sucedió que en 1857, los sabios de la British Philological Society, decidieron crear un diccionario que recogiera el significado y la etimología de todas las palabras de la lengua inglesa conocidas desde el siglo XII. El diccionario habría de incluir también, como elemento distintivo, citas literarias que ilustraran los diferentes significados de las palabras.

Los inicios del proyecto ya fueron azarosos. Herbert Coleridge fue nombrado editor, y como tal empezó el buen hombre a elaborar definiciones de palabras. Pero al poco tiempo enfermó y falleció. Su sucesor, llamado Furnivall, tenía, al parecer, más interés en invitar a señoritas a pasear en barca por el Támesis que en encerrarse en su despacho a escribir definiciones. Así que lo sustituyeron. Esta vez el elegido fue Sir James Augustus Henry Murray, un hombre con una asombrosa capacidad de trabajo y grandes conocimientos. Y también grandes barbas, por cierto.
James-Murray en 1910
Sir James es un personaje muy interesante del que merece la pena hablar, y más cuando se acaba de cumplir el centenario de  su muerte. Pero por ahora sigamos adelante con el diccionario y su misterio.

Murray se levantaba a las cinco de la mañana y trabajaba doce horas diarias, y aun así, al cabo de cinco años él y sus colaboradores sólo habían llegado a la palabra “hormiga”. Esto no estaría  mal si no fuera porque en inglés hormiga se dice “ant”.  Es decir, que en cinco años no habían podido ni terminar las entradas correspondientes a la letra A.

Pero entonces, en 1879, el sabio tuvo una gran idea: hizo un “llamamiento a las personas que hablan y leen inglés para que lean libros y extraigan citas para el nuevo diccionario de la lengua inglesa de la Sociedad Filológica”. En el llamamiento también se explicaba en qué consistía el proyecto y se incluía una “lista de libros para los que se necesitan lectores”. Entre esos libros estaban, por ejemplo, los Poemas Menores de Chaucer; El progreso del peregrino, de Bunyan; la prosa de Milton; Robinson Crusoe, de Defoe; el Gulliver de Jonathan Swift; la mayoría de las obras de Charlotte Bronte, de Byron, de Coleridge, de Hawthorne, etc.
Esta petición de colaboradores tuvo una respuesta maravillosa, pues los responsables del Diccionario empezaron a recibir  miles y miles de notas de lectores de todo el mundo de habla inglesa, que enviaban cada día  las citas que seleccionaban de los libros que iban leyendo y que fueron ilustrando el uso de cada palabra registrada en el OED.

Pero si todo esto ya es de por sí curioso y emocionante, más interesante aún es el hecho de que hubiera un colaborador misterioso. Alguien cuyas aportaciones al OED fueron asombrosas, pues estuvo enviando citas literarias, perfectamente organizadas en índices, cada semana, durante muchos años.
¿Quién sería esa persona, este voluntario y voluntarioso lector, que tan en serio se tomó la petición de Murray? Debía de ser sin duda un gran lector y un gran trabajador.

Llegó un momento en que Murray se interesó personalmente por saber quién sería este dedicado colaborador. Y con sorpresa supo que, según el anónimo remite de sus envíos, se trataba de alguien que escribía desde Broadmoor. Desde el manicomio de Broadmoor.
Murray pensó que se trataría de un médico, y desde luego, el colaborador misterioso era médico…
William Chester Minor era un estadounidense, nacido en 1834, que había sido cirujano militar; un hombre culto y refinado, que leía con avidez, pintaba acuarelas y tocaba la flauta. Quizá demasiado refinado y sensible para soportar la crueldad y la barbarie que presenció durante su servicio en la Guerra Civil Americana. Incluso en una ocasión fue obligado a marcar a fuego la letra D en la cara de un desertor. Todo esto dio pie a una grave inestabilidad mental.
William C. Minor
Y a esto se unió el hecho de que padecía también una obsesión por las prostitutas que lo llevaba a comportarse de manera cada vez menos aceptable para el ejército. Después de un tiempo hospitalizado, se le declaró incapacitado y fue jubilado en 1871.

Entonces viajó a Londres para descansar, pero allí su mente siguió atormentándolo, y se obsesionó con la idea de que aquel soldado al que le marcó la cara lo buscaba para vengarse. Y una noche, convencido de que su perseguidor  lo había encontrado, salió a la calle y mató de varios tiros a un hombre que pasaba por allí camino de su trabajo.
En el juicio por el asesinato de este hombre, William Minor fue declarado loco, y así fue como ingresó en el manicomio de Broadmoor. Tenía 37 años.

Los responsables del asilo le permitieron tener libros en su celda  así como material de pintura. Además pudo mantener correspondencia con diversos libreros de Londres a los que con frecuencia hacía pedidos de libros, llegando a convertir su celda en una verdadera biblioteca. Es probable que en alguno de esos libros que recibía encontrara una copia del famoso llamamiento del doctor Murray solicitando la  colaboración de voluntarios para el OED. En seguida esto se convirtió en su pasión y su razón de vivir.

Como en toda historia trágica, en ésta tampoco faltan elementos conmovedores. Por ejemplo, que Minor, consciente, a pesar de su locura, de lo que había hecho, prestara ayuda económica a la viuda del hombre al que había matado, y que ella fuera en varias ocasiones a visitarlo y llevarle libros.
Y que el bueno del doctor Murray, enterado de la sorprendente historia de este abnegado colaborador, fuera a conocerlo y siguiera visitándolo con frecuencia durante veinte años,  y que se ocupara de que Minor fuese finalmente trasladado a su patria. Además, en el prefacio al quinto volumen del OED, Murray incluyó una mención al Dr. W. C. Minor, en sincero reconocimiento por su extraordinaria colaboración.
Y también  emociona ver cómo una pasión, en este caso la pasión por los libros y las palabras, puede dar un nuevo sentido a una vida rota.

Ni Minor ni Murray llegaron a ver terminada la obra a la que tanto trabajo, tiempo y amor habían dedicado, cada uno desde su lugar.
El sabio y entrañable filólogo murió en julio de 1915, a los 78 años, cuando trabajaba en la letra U.
El loco y desventurado cirujano falleció en 1920, en una residencia de ancianos, en Connecticut.
La primera edición del Oxford English Dictionary se publicó en 1928.




Una novela sobre este asunto: El profesor y el loco, de Simon Winchester (Editorial Debate, 1999).

15 comentarios:

guille dijo...

Leerte se está convirtiendo en uno de mis placeres (¿semanales?).

Claro que si fueras consciente de la curiosidad con la que espero tu próxima "clase" trabajarías mas como Murray y menos como Furnivall (aunque creo que por diferentes motivos).

Me encanta la historia de como se trabaja seriamente en facilitar nuestro encuentro con las palabras.

Cada día introduzco un mínimo de diez palabras inglesas en el traductor que tengo en el ordenador .

Los académicos que dedican tiempo y sabiduría a crear las diferentes versiones merecen todos mis respetos (bueno, quizá Furnivall algo de envidia y poco respeto).

Esta bien que Mr. Minor haya acabado dirigiendo sus obsesiones a tan bonita tarea. Me encanta que los especialistas abrieran al público la posibilidad de colaborar.

Una gozada leer está entrada.

Holden dijo...

¡Uau! Jamás imagené semajante historia tras una azaña de intelectuales tan grande :)

He de admitir, para mi vergüenza, que no me suena absolutamente NADA de tu historia, lo cual significa que aún tengo mucho que aprender. Y claro, NADA como pasarme por tu blog para eso :D

Sara dijo...

Me he quedado como Lina Morgan: boquiabierta y emocionada. Del llanto al asombro en un segundo. La historia que cuentas es genial, pero el cómo la cuentas...¡¡¡el cómo la cuentas es de Nobel de Literatura!!!

Ni que decir tiene que me ha encantado.

¡Millones de besos!

Papa Cangrejo dijo...

Muchas gracias! no conocía esta historia, me ha encantado.

MJ dijo...

Una historia muy emocionante y muy triste al mismo tiempo. Gracias por contarla. Me gusta saber estos detalles. Detrás de los diccionarios y las enciclopedias hay mucho trabajo y mucho esfuerzo, pero también hay muchas historias.

Ángeles dijo...

Muchas-muchas gracias, Guille, y me alegro una barbaridad de que te haya gustado la entrada.
Y me encanta eso de “nuestro encuentro con las palabras”, que me parece muy poético.

A mí también me gusta mucho que los sabios pidieran la colaboración de los lectores, que así sentirían el diccionario como algo propio, se sentirían parte de ese trabajo inmenso y valorarían más la labor de los lexicógrafos.

Yo estoy en un término medio: trabajo algo menos que Murray y bastante más que Furnivall, aunque lo dudes :D
Y, por cierto, tu envidiado y poco respetado Furnivall :D, si se pasaba el día remando por el Támesis, no se puede decir que no diera un palo al agua, ¿no? ;)


¿Has visto, Holden, qué historias más curiosas se esconden donde menos se esperan?
¿Y no te parece a ti que estos intelectuales tenían, a su modo, algo de superhéroes? ;)

Yo, como todo el mundo, también tengo mucho que aprender, de muchas cosas, y en todas partes se puede aprender algo interesante, provechoso o estimulante.

Muchas gracias!


Qué bien, Sara, cuánto me alegra que te haya gustado y emocionado la entrada, y cuánto te agradezco tus palabras.

Besos!


Gracias a ti, Papa Cangrejo. Me alegra mucho verte por aquí y sobre todo que hayas disfrutado con la historia.


Así es, MJ, trabajo, tiempo, dedicación... e historias. Aunque a veces, por desgracia, ni unas cosas ni otras salen a la luz.

Muchas gracias, como siempre :)

JuanRa Diablo dijo...

Es una historia tan increíble que no comprendo cómo nunca llegó a mis oídos, o por qué no existe una película sobre estos hechos, teniendo ingredientes tan suculentos.
Además ese último párrafo resulta sumamente emotivo, el que a pesar de toda una vida dedicados a ello, no tuvieran la satisfacción de concluirla, aunque imagino que llegaría un momento en que serían conscientes de lo inevitable. Pero ahí queda su labor, imperecedera.

Cuando oigo hablar de estas gestas tan minuciosas y entusiastas siempre pienso que es muy paradójico que los mismos humanos capaces de llevar a cabo proezas tan dignas de admiración, lo sean también para realizar actos atroces e incomprensibles.

Gracias por compartirlo contándonoslo tan bien :)

Anónimo dijo...

1928-1857=71 años haciendo el diccionario...y eso contando con las mejoras técnicas que irían aplicando para comunicarse entre la gente del equipo y en las labores de edición ¿no? (máquina de escribir, ferrocarril, teléfono...) Es inimaginable.
¿Y quién fue el responsable de seguir el trabajo de Murray? ¿aguantó hasta 1928? ¿Y esa primera edición contenía ilustraciones también? ¿Y se ha venido actualizando con las nueva palabras que ha aportado la Tecnología, por ejemplo?
Perdona por tanta pregunta pero es que esta entrada es sorprendente y me ha dejado con la boca abierta.
Aunque sea más modesta, esto me ha recordado a la labor de otra amante de los diccionarios: a María Moliner.
carlos

Marisa C. dijo...

Siempre consigues impresionarme con tus entradas. Es un verdadero placer pasarme por aquí para aprender, para disfrutar y para saludarte. Me ha encantado esta historia por el amor a los libros, a la lectura y al trabajo bien hecho que desprende. Gracias Ángeles, gracias. Abrazos.

Ángeles dijo...

JuanRa, es una historia muy especial, en efecto, pero no es popular, supongo que por estar relacionada con un mundo tan poco popular como es el de la lexicografía.
Quizá por eso mismo nadie ha hecho una peli sobre ella, pero es verdad que la historia lo merece.
Gracias!


En efecto, Carlos, fue una labor de décadas, y supongo que sí, que con el tiempo, alguna tecnología les facilitaría en algo el trabajo. Pero lo cierto es que aun hoy, con los ordenadores y todo lo que tenemos, la creación o actualización de un diccionario sigue siendo una tarea lenta y minuciosa.

El trabajo de Murray lo continuó Henry Bradley, que fue mentor nada menos que de Tolkien. Bradley murió en 1923, así que él tampoco vio el trabajo terminado.
Y por supuesto que el OED está completamente actualizado y sigue siendo uno de los diccionarios más importantes del mundo, tanto en sus versiones físicas como virtuales.

Sí, María Moliner también tuvo mucho mérito, desde luego.

Gracias, me alegro mucho de que te haya resultado interesante :)


Qué bien, Marisa, muchas gracias por lo que dices.
Yo sé que tú también aprecias mucho esta clase de historias, así me encanta que hayas disfrutado con ésta también.
Gracias a ti, y un abrazo.

Soros dijo...

Llama la atención la mezcla de altruismo, locura, afán por leer, perseverancia y amor por las señoras que se entremezclan en la historia.

guille dijo...

Toc, toc, toc.

Naaaaa, no estoy llamando a la puerta. Es mi zapato taconeando en el suelo en espera de entrada nueva.

Ángeles dijo...

Es verdad, Soros, es una mezcla curiosa, sobre todo por lo de las señoras :D
Pero, ya ves, no sólo de libros vive el erudito :D


:D Gracias, Guille, me congratula tu interés, y creo que no tendrás que taconear mucho más. New entry coming soon.
Hope you like it!

Conxita Casamitjana dijo...

Ángeles, fantástico, me ha parecido super interesante, me ha encantado la historia que hay detrás de un diccionario.
Gracias por compartirla.
Saludos

Ángeles dijo...

Qué bien, Conxita, me alegra muchísimo que te haya gustado.
Muchas gracias!