jueves, 11 de diciembre de 2014

Cuidado con las novelas


Imagínense ustedes que un crítico literario o similar dijera que Paul Auster es un desalmado y que sus novelas son inmundas. O que Umberto Eco y Javier Marías escriben que da pena y sus obras no valen ni el trabajo de mirarlas.  O que publicar y comprar las obras de Ana María Matute es un derroche irresponsable.
Y que dijera, además, que las novelas, así, en conjunto, como hecho literario, son las culpables de la corrupción política y del calentamiento global.
Tal vez pensaríamos que ese señor ha bebido lo que no debía, o bien que tiene muchas ganas de guasa. Y tal vez también pensaríamos que lo que dice, por ser una tontería, tiene su lado divertido.
 
Pero si trasladamos esta ficción hasta 1910, comprobaremos que un crítico semejante existió y que decía, dentro de su contexto social e ideológico, los mismos disparates aunque, eso sí, con mucha más elegancia y gracejo.
En efecto, hace ya más de un siglo, un sacerdote jesuita, de nombre Pablo Ladrón de Guevara, escribió un libro muy curioso, divertidísimo (aunque no fuera esa su intención) y promotor (aunque tampoco fuera esa su intención) de muchísimos autores clásicos. El libro se titula Novelistas malos y buenos, y yo lo tengo.
En este libro encontramos un repaso muy completo de autores y  novelas que el buen sacerdote somete a juicio y  califica de buenos o malos según su pío y digno criterio.
Pero resulta que la mayoría de las novelas le parecen malas, y más malos aún sus autores, que se dirían entes malignos dedicados a  pervertir a las pobres almas cándidas que tienen la fatal ocurrencia de leer una novela.
En la introducción de la obra dice:
 
Así, basta abrir una novela de Louys, Eça de Queiroz, de Valle Inclán, de D’Annunzio y de tantos otros, para que, sin más, sepamos que tenemos delante, además de la impiedad, la inmoralidad, la deshonestidad más asquerosa y desvergonzada.
 
No, no se ahorra calificativos adversos el padre Pablo.  Pero escribe con tanta gracia, con  tal precisión semántica  y con tan certera conjugación de la idea y la expresión, que si lo leemos con ojos modernos y hacemos caso omiso de la intención moralizante y el espíritu doctrinario,  lo cierto es que da gusto leerlo, además de risa.
Vean lo que dice, y cómo lo dice, de algunos autores y sus obras:
A Galdós lo tacha de “sectario obcecado y de malas entrañas”, y su literatura le parece “innoble, falsa e insidiosa”. Fortunata y Jacinta es “muy deshonesta é indecente en pecados de especie especialmente grave”.
Baroja no sale mejor parado, pues dice  de él que “no le cuadra el nombre de Pío, sino el de impío, clerófobo, deshonesto”. Y de Camino de perfección dice sencillamente que es “muy mala”.
Clarín es un “crítico presuntuoso, de mala ley, que se precia de tener por su gran maestro al novelista francés cuyo nombre las gentes decentes no pronuncian sino con mucha repugnancia.” Y de  La Regenta dice: “En el fondo rebosa de porquerías, vulgaridades y cinismo”, y es “cargante en demasía.”
 Tampoco le cae bien Pardo Bazán, la cual “ha venido á caer en el realismo deshonesto, y, en alguna novela, hasta en el determinismo”. Y de Los Pazos de Ulloa dice: “Muy mala. Hay pecado deshonesto de gravedad específica singularmente opuesta á la naturaleza, con descripciones y fraseología que no toleran ni los ojos ni los oídos de las personas bien educadas.”
Da la sensación de que a los franceses les tiene especial manía, pues de Balzac dice que es “Novelista muy deshonesto, y en alto grado pernicioso por sus máximas y principios y por los sentimientos que despierta.”
Y Victor Hugo “con frecuencia habla que parece un loco, ó más bien poseído del demonio. Muy inmoral y fatalista".
Y su obra El último día de un condenado a muerte le parece una “especie de novela atroz, horrible”.
A Zola le tiene mucha tirria y no lo oculta cuando dice que “… nació en París, donde murió de muerte desastrada, después de haber escrito libros tan escandalosos por su impiedad y asquerosa lujuria, que acabó por causar náuseas á sus propios amigos. Con tal infame comercio se hizo muy rico.” Y para reforzar su criterio se apoya en las palabras de otro crítico,  que calificó su estilo de “brutal y grosero” y a sus personajes de “grotescos y monstruos repulsivos”.
 
Pero los rusos tampoco le caen bien, por lo menos Tolstoi, al que califica de contradictorio, deshonesto, incrédulo, racionalista, anarquista, nihilista, inmoral y provocativo. Y nos dice que otro crítico coloca al ruso “entre los semilocos”, y un tercero opina que es “uno de esos seres cascados”.
Y él mismo añade: “Tolstoi querría que salieran del cielo los ángeles y del infierno los demonios y demás condenados.”
 
Menos mal que a Stevenson, Dickens, Poe y a algunos más los encuentra “inofensivos” y sus obras “se pueden leer”. Pero con cuidado, claro, porque, de Dickens nos advierte: “Algunas de sus novelas de amores no convienen a todos”. Y de Poe avisa: “En sus cuentos es raro, chocante, mórbido, malsano, fríamente fantástico, pero no deshonesto”.
 
No es de extrañar, en realidad, que la mayoría de los autores le parezcan seres perversos e indecentes, porque, según su visión del asunto, la novela como género literario no trae más que problemas a la humanidad. Y es de agradecer, dentro de todo, que se preocupe especialmente por las mujeres, que al parecer son las personas más vulnerables y más expuestas a los peligros de la lectura:
 
La novela es el arte de enseñar amoríos. Es el arte de familiarizar al lector con todos los atrevimientos y deslices. ¡Desgraciada la mujer que se aficiona á novelas! Yo me he puesto a leer por necesidad algunas que sé que las han leído muchas señoras cristianas… y confieso que no entiendo cómo una señora pudorosa puede leerlas sin perder la virginidad del alma en su lectura. Imposible, imposible, imposible!!!

 
Al final del libro, el padre Pablo nos aclara definitivamente por qué las novelas son tan perniciosas y su influencia tan temible:
 
El hastío, el disgusto de todo lo que dé pena y sea vulgar, es decir, de la mayor parte de las cosas de esta vida (que dan pena y son vulgares casi todas), es el carácter más distintivo de los que leen novelas y en su lectura contraen la enfermedad crónica que yo llamaría "nostalgia del país de las novelas". Enfermedad fatua, estéril, que agota las fuerzas del espíritu en inútiles anhelos y febriles ansias, enflaquece las fuerzas de la razón, anubla el albo y diáfano resplandor del criterio, distiende los nervios del espíritu y aun los nervios verdaderos del cuerpo, produciendo en los lectores una neurastenia que los incapacita para todo ejercicio ordenado y moderado, según las reglas de la vida ordinaria.
 
Así que hay que tener cuidado con las novelas si no quiere uno acabar convertido en un completo inútil.
Lo bueno es que los que ya no tenemos remedio, los que ya estamos contagiados de la ‘nostalgia del país de las novelas’, podemos seguir leyendo tranquilamente. Peor no nos vamos a poner.

17 comentarios:

JuanRa Diablo dijo...

¡Pero qué joyita de libro el que tienes, Ángeles! xD

¿Y no sabía el tal Ladrón de Guevara que hablando mal de esos autores e intentando evitar que se leyeran las novelas que citaba, no hacía más que incitar a leerlas? ¿Ignoraba que el ser humano es curioso por naturaleza y que basta una prohibición para que se convierta en algo atractivo?

Y a mí no me engaña, si de verdad leyó a Galdós, a Baroja o a Clarín, ratos de disfrutar como un enano tuvo que pasar a la fuerza.

¿Y cómo es que le publicaron eso? Hoy no creo que ningún editor osara a algo así, ¿no? Claro que no creo que apareciera hoy en día alguien que se atreviera a despotricar tan abiertamente de todo.

PD. Aprovecho para volver a recomendar a todo el mundo Fortunata y Jacinta, novela entre novelas

PD2: ¡Otra vez El último día de un condenado a muerte! Victor Hugo me hace señales.

Anónimo dijo...

¡Lo que habría gozado este hombre censurando películas...! Debería haber esperado un poquito para después de babear, poder criticar a Gilda y tantas otras.
¿No habrá un error en cuanto a la novela mencionada de Baroja; si es la misma a la que yo me refiero me parece que es Camino de Perfección. Eso sí, en algo tiene razón el páter porque es la que menos me ha gustado de Don Pío.
Y su estilo no sé...pero parece que repite mucho lo de "deshonesto" ¿No sabía otro sinónimo? Ahora, hay que darle la razón en su conclusión final porque prácticamente ha descrito la insatisfacción por la realidad que siento yo muchas veces y por la que molan tanto las novelas.
Muy curioso este libro, ciertamente. Y su autor, también.
carlos

loquemeahorro dijo...

Yo a la única Ladrón de Guevara que conocía era a la madre de la Rivelles, y por lo tanto, aluien a la que vitoreado muchas veces.

Claro, es que en su época, estos eran todos unos inmorales por contar cosas como adulterios. Os lo creáis o no, mucha gente sigue pensando igual.

No quiero decir que critiquen a Tolstoi (para eso tendrían que leerlo, claro), sino que piensan que el pecado no es el adulterio (por ejemplo), sino contarlo.

Y si se cuentan inmoralidades, la gente terminará haciendo inmoralidades. Que viene a ser lo mismo que decían cuando se aprobó la ley del divorcio.

Las parejas se romperán porque hay divorcio, y no se rompen, y después se divorcian.

Diga usted que sí, caballero, una panda de deshonestos, eso es lo que eran... no como Poe (¿?)

¡¡Fortunata y Jacinta!! ¡El mejor libro del mundo mundial!!!

Sara dijo...

¿Pero de qué caverna ha salido este tío?

Yo, francamente (y como dice carlos), no encuentro su estilo nada interesante. No hace otra cosa que repetir los mismos adjetivos. ¡Eso sí que es indecente!

Me da la impresión (para nuestra desgracia) que aún hoy en día hay mucha gente que piensa igual que él.

Besos

Ángeles dijo...

Estoy de acuerdo, JuanRa: si este señor leyó estas novelas, aunque fuera “por obligación”, como dice, tuvo que disfrutar un rato por lo menos. Yo creo que como su condición clerical y jesuítica lo obligaba, camufló su admiración en desprecio y, haciendo como que ponía verdes a todos esos autores, en realidad estaba incitando a leerlos. Es decir, que el libro está escrito con esa técnica psicológica denominada técnicamente “al revés te lo digo pa que me entiendas” :D

Y le publicaron el libro porque la editorial era la propia Compañía de Jesús, es decir, que se utilizó esa técnica de márketin que los expertos denominan “yo me lo guiso y yo me lo como”.

PD: Ya sabes lo que pasa cuando un libro empieza a perseguirte: hasta que no cedes a sus intenciones no te deja en paz, y si hace falta se te aparece por las noches y todo.




Sí, Carlos, había un error en el título de la novela de Baroja. Ya está corregido, gracias. Pero que conste que el error fue mío, un lapsus teclae provocado sin duda por tanto hablar de deshonestidad, impiedad, inmoralidad, indecencia… No tenía más remedio que ir por mal camino, por un camino de perdición :D

Yo también creo que la mayor verdad del libro está en ese último párrafo: que las novelas nos hacen ver que la realidad es a veces muy fea y desagradable y que en las novelas nos sentimos a salvo. A lo mejor todo esto es producto del miedo: miedo a que las personas encontraran otro paraíso que nada tiene que ver con el que prometen las iglesias.


Es verdad, loque: lo malo no es el pecado en sí, sino contarlo, y además pintar a los pecadores –que se aman unos a otros, ¡qué vergüenza!- como personas simpáticas, buenas y listas.



Pues este tío, Sara, ha salido de la caverna de la intransigencia y la pacatería, donde tantos vivían hace un siglo y pico, y donde, efectivamente, todavía viven algunos.
Yo sigo pensando que su estilo es de lo más florido y chispeante, pero esto, como todo, es cuestión de gustos.
Besos.


Marisa C. dijo...

¡Madre mía! Después de soltar todo eso perdió hasta peso. Cuánto juez hay por ahí suelto, no importa el tiempo que pase. Una gran entrada, como siempre. Un besazo.

nosolo leo dijo...

vaya no conocía yo este libro, pero el tipo tenía para todo el mundo jeej, gracias por la reseña ha sido interesante chao

Ángeles dijo...

Muchas gracias, Marisa :)
"Perdió hasta peso" :D
Besos!


Pues sí, nosolo leo, tenía para dar y regalar el buen hombre.
Gracias a ti.

Soros dijo...

La vocación censora de la Iglesia Católica, velando por su grey, tuvo su tiempo y aún lo tiene. Pero esa vocación no sólo pervive en la Iglesia, sino que se ha contagiado a otros poderes que buscan inspirar el miedo entre todos aquellos que andan cortos de criterio. Y, si no pensamos, otros lo harán por nosotros. Medios de comunicación no han de faltarles para divulgar sus opiniones.
Saludos y gracias por esta recopilación de opiniones de ese fogoso soldado de la Compañía de Jesús.

Ángeles dijo...


Es verdad, Soros, son muchos los que se creen pastores del rebaño humano y conocedores del camino de la verdad verdadera. Y por ahí se empeñan en llevarnos, aunque sea a la fuerza. Pero como es por nuestro bien, en el fondo se lo agradecemos, ¿no?
Saludos y gracias a ti.

Anónimo dijo...

Hola Ángeles.
Me ha encantado.
Me ha resultado curiosa y sobre todo divertida.
Saludos y felices fiestas.

Inma

Anónimo dijo...

Desde luego, lo que más me ha gustado de este buen señor es lo que tú misma has recalcado: eso de "el país de las novelas", que es un nombre precioso y es poco más o menos como Oz.
carlos

Ángeles dijo...

Hola, Inma.
Muchas gracias. Me alegro mucho de que te haya gustado y de que hayas sabido ver el lado divertido.

Besos y Felicidades para ti también :)


Es verdad, Carlos, parece algo como el País de Oz, o el de las Maravillas, o algo así. Yo creo que ahí se deja llevar el hombre, que en el fondo era un romántico, aunque se empeñaba en disimular ;)

MJ dijo...

Nostalgia del país de las novelas tenemos todos...
Gracias a que estos libros tenían miles o quizás millones de copias siguen vigentes hoy en día... porque si hubiesen sido un manuscrito no dudéis de que no habrían llegado a nuestros días, habrían ardido en la hoguera. Lamentablemente, hay muchos libros que hemos perdido de esta forma y que nunca leeremos. Hay otros que solo conocemos por referencias... pero ¿podemos fiarnos de ellas? ¿Qué pensaríamos de los mencionados si nos dejáramos guiar por este criterio y no tuvieramos oportunidad de leerlos? ¡Ay, tantos libros que se han perdido!

Ángeles dijo...

Tantos libros que se han perdido, MJ, y tantos que existen, que están disponibles, y a los que no podemos acceder, ya sea por falta de medios o por desconocimiento. Así que aunque los que se han perdido no se hubiesen perdido, ¿los podríamos conocer todos? Como diría nuestro amigo el buen sacerdote, "¡Imposible, imposible, imposible!" :D

Juan M Santos dijo...

Iba a decir que, en el mundo aún analfabeto de la España de 1910, en el que la Escuela Pública era aún un invento reciente y, por supuesto, poco extendido, y la cultura de masas un logro aún agazapado en el lejano futuro, no era de extrañar que un carpetovetónico sacerdote, poco leído y algo estudiado, sintiera la tentación (¡oh, terrible pecado!) de arrogarse el derecho a juzgar lo que era bueno o malo, a fin de orientar a las almas cándidas de su rebaño. Y eso que era jesuita, orden que, a diferencia de otros estamentos religiosos, siempre se ha destacado por estar más en contacto con la cultura y el conocimiento. Aunque, como es natural, barriendo para adentro; es decir, intentando conciliar todo avance científico o filosófico con la doctrina. Lo que me recuerda el caso de Pierre Theilhard de Chardin, ya mencionado por tí en alguna ocasión. Bueno, pues siendo cierto todo esto, la cosa se pone aún peor, porque leo en uno de esos arrabales interneteros que, precisamente, el malhadado (¡toma adjetivo, Pablito!)Ladrón de Guevara hizo su postulado ni más ni menos que en Bogotá, Colombia, donde me lo imagino como "padresito" y guía espiritual de unas gentes superficialmente cristiniazadas y poco atentas a las cosas del espíritu, estando, supongo, más preocupadas por el problema de comer todos los días. Y a Don Pablo le preocupaba más que leyeran impiedades y aprendieran cosas malas en las novelas. Qué ingenuo. Me da la impresión de que ni él mismo creía que su libro llegara a ser conocido más allá de las fronteras de su provinciano entorno.

Ángeles dijo...

Ya veo, Juan M, que el personaje te ha resultado curioso como para indagar un poco sobre él. Quizás nunca imaginó, como dices, que su libro llegara a ser conocido fuera de su entorno más cercano; pero sin duda lo que nunca pudo imaginar es que su libro siguiera de mano en mano más de un siglo después y despertando la curiosidad y el asombro de los lectores de ese inimaginado futuro.