viernes, 31 de mayo de 2013

Cuento. El perrito

 
Mientras el hombre miraba los libros, el perrito que lo acompañaba se levantó sobre las patas traseras y se apoyó en el marco del escaparate, jadeando y babeando como si en vez de libros  allí hubiera filetes.
Unos momentos después el hombre ató la correa del perrito a una farola y entró en la librería.
-Qué perrito tan gracioso tiene usted –le dijo el librero, que había observado desde dentro la escena del escaparate.
-Sí, a veces me da la sensación de que sabe leer.  
 Al poco rato el hombre salió de la tienda y mientras desataba la correa de la farola, el perrito saltaba y brincaba mirando ansioso  la bolsa que llevaba.
-Tranquilo, chico, que ahí no hay nada para ti.
 
Pero durante todo el camino el perrito fue haciendo cabriolas, con la lengua fuera, intentando alcanzar la bolsa que el hombre levantaba y apartaba, entre risas y regañinas.
Al llegar a casa el hombre dejó los libros sobre una mesa y fue a la cocina. Mientras, el perrito se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, mirando hacia arriba,  como si estuviera ideando  alguna estrategia para alcanzar los libros.
 
El hombre volvió de la cocina con un café y encontró al perrito en esa situación.
-Pero qué te pasa, chico. Siempre igual. Anda, míralos y quédate tranquilo.
Y cogió los libros y los puso en el suelo para que el perrito los pudiera observar cómodamente.
Si hubiera sido otro perro quizás habría perdido el interés en seguida, al ver que aquello no era comestible ni servía para jugar. O tal vez hubiera gruñido y los habría deshecho a mordiscos.
Pero este perrito acercó el hocico a los ejemplares, los miró con atención y emitió un gañido dulce y lastimero.
 
Entonces, con la cabeza gacha, fue a echarse delante de la chimenea, como de costumbre,  junto al sillón.
Y mientras el hombre leía y tomaba su café, el perrito, con la cabeza apoyada en las patas y la mirada triste, intentaba calcular, con su limitado cerebro perruno, cuántas reencarnaciones le faltaban todavía para volver a ser humano.
 
 
 


jueves, 16 de mayo de 2013

El reino de los libros


Perdido entre los campos de Gales hay un pueblecito llamado Hay on Wye.
Podría ser uno de tantos pueblos olvidados, de esos que “no están en el mapa”.
Y de hecho eso era, antes de que un joven llamado Richard Booth decidiera que había que hacer algo para que el pueblo resultara interesante.
Y lo que se le ocurrió fue abrir una librería de segunda mano.
Pero ¿cómo se consigue que una librería se convierta en el gran atractivo de un pueblo?
Es verdad que los libros de segunda mano tienen algo que hace que la gente se sienta atraída por ellos de una forma peculiar. Sin embargo, ¿es eso suficiente para transformar  un pueblo moribundo  en destino turístico internacional?
Pues parece que sí.
Y Richard Booth inició esa transformación cuando abrió su librería en 1962.
Los libros los adquirió comprando bibliotecas enteras, por aquí y por allá, a particulares y en subastas, en Reino Unido, en Francia, en Estados Unidos… reuniendo así miles  y miles de ejemplares.
De hecho llegó a a tener tantos que se quedó sin espacio, así que empezó a comprar tiendas, de las muchas que había cerradas en el pueblo, y a llenarlas de libros.
En una entrevista reciente, por cierto, dijo que en aquella época hubiera podido comprar el pueblo entero por unas cuantas libras. Qué tiempos.
Hay on Wye Booksellers
Contagiadas por la iniciativa de mister Booth, otras personas, algunas de las cuales habían empezado en la cosa librera precisamente trabajando con él, se animaron a establecer también sus propias librerías.  Y así fue como aquel pequeño pueblecito condenado al olvido empezó a ser conocido por  todo el país y llamado “el pueblo de los libros”.
Al cabo de un tiempo don Richard abrió otra librería, bien grande, en la calle Lion. Y por la misma época compró también el castillo del pueblo, del siglo XIII, que se caía a pedazos. Y lo convirtió en librería también, claro.
Además, en el terreno que hay delante del castillo, el librero empedernido colocó unas estanterías de donde los visitantes podían coger libros las veinticuatro horas del día, depositando los cincuenta peniques que costaba cada uno en una caja colocada allí a tal efecto. La llamó “Honesty Bookshop” con todo el sentido del mundo.
No hace falta comentar el aspecto que acabaron teniendo tanto los libros como las estanterías al cabo de unas pocas lluvias…

El señor Booth, además de un gran amante de los libros, debía de ser también un gran amante de la guasa, porque en 1977, en una ceremonia que me imagino bastante cómica, declaró Hay on Wye estado independiente, y él mismo se proclamó  rey, con el sobrenombre de Ricardo Corazón de Libro.

Esta ocurrencia publicitaria le proporcionó al pueblo su sitio en el mapa definitivamente, y lo convirtió en la meca de los bibliófilos de todo el mundo.
Richard Booth's Bookshop
Hoy día Hay on Wye sigue siendo un pequeño pueblo de mil quinientos habitantes, pero recibe una media de 350.000 visitantes al año; tiene galerías de arte, tiendas de artesanía, de ropa, un festival literario internacional, y por supuesto muchas librerías, más de treinta, y con catálogos impresionantes.

La librería de la calle Lion sigue abierta y, aunque ya no está regentada por Richard Booth, sigue conservando su nombre. Es lo lógico.
El castillo, sin embargo, ya no es librería. Ha sido adquirido recientemente por un particular para convertirlo en un centro cultural, que tampoco está mal.

A mí me parece sorprendente que una persona piense en libros cuando busca un modo de dar vida a un pueblo. Y me parece sorprendente también que se lo proponga y haga realidad esa idea locuela. En cambio, pensándolo bien,  no me sorprende tanto que tenga éxito.
Porque, como dijimos antes, los libros atraen mucho a las personas, y tener un sitio donde  curiosear sin fin entre miles de volúmenes es algo que entusiasma y divierte mucho al bibliófilo.
Hay on Wye es un parque de atracciones para lectores y coleccionistas, una pastelería para golosos de las letras.
Abren todos los días del año y nos están esperando.



Con el tiempo, y a partir de la idea de Richard Booth, se han creado otros “pueblos de los libros” por todo el mundo: en Escocia, Estados Unidos, Holanda, Noruega, Australia, Francia, Suiza, España Pero estos han sido creados de manera artificial, de golpe, con lo que en algunos casos el invento resulta  impersonal, de diseño, sin la  gracia, sin el encanto y, por supuesto, sin el toque de locura de Hay on Wye.

domingo, 5 de mayo de 2013

El artista infame. Segunda parte

(viene de aquí)
 
Necesitamos un  nombre para  nuestro  sospechoso y desacreditado artista, pero lo cierto es que no tenemos que inventarlo.
No,  porque como ya habrán supuesto ustedes,  este personaje existió realmente.
Se llamaba Thomas Griffiths Wainewright, nació en Londres en 1794  y aunque fue en verdad pintor, retratista y escritor,  la posteridad lo conoce como Wainewright el envenenador.

El misterio que rodea a Wainewright es notable, no solo por los delitos que se le atribuyen, sino porque muchos datos de su biografía son desconocidos, contradictorios o confusos, como la fecha de su muerte, que según unas fuentes es 1847,  según otras, 1852.
 
Lo que sí parece cierto es que las aseguradoras se negaron a pagarle los seguros contratados por su cuñada Helen, al sospechar que había sido asesinada por él.
La justicia no encontró pruebas sólidas de asesinato, aunque sí de fraude, por la enrevesada forma y circunstancia en que se suscribieron los seguros.

Pero Wainewright, tras la muerte de Helen, había huido a Francia -con lo que estaba fuera del alcance de la justicia británica-  permaneciendo allí durante varios años.
Mientras tanto, se iban extendiendo los rumores sobre sus crímenes y el descrédito de su persona.

Por cierto, Oscar Wilde,  en su ensayo Pluma, lápiz y veneno: estudio en verde (Pen, Pencil and Poison, a Study in Green, 1889), señala que en Francia Wainewright cometió otro asesinato, envenenando a un amigo al  que también habría convencido previamente para que se hiciera un seguro de vida…

Mientras se encontraba en Francia,  el Banco de Inglaterra descubrió aquel primer fraude cometido por Wainewright años atrás, cuando falsificó firmas y documentos legales para cobrar la herencia de su padre.
Se ordenó por ello su detención, aunque mientras permaneciera fuera del país estaría a salvo...
Sin embargo, sorprendentemente y con temeraria osadía, Wainewright volvió a Londres, y aunque vivía oculto y sin salir de la vivienda que ocupaba, se cuenta que fue casualmente descubierto por un policía que lo vio una noche asomado a la ventana.

Fue entonces detenido por el fraude al Banco de Inglaterra  y encarcelado en espera del juicio.

Como hecho curioso, cabe referir aquí que un día un escritor que visitaba la prisión vio a Wainewright y lo reconoció, e inspirado por su figura escribió un lúgubre relato, cargado de emoción y tristeza.
Este relato es Atrapado (Hunted Down, 1859) y su autor,  Charles Dickens.

Por fin Wainewright fue juzgado y declarado culpable. Y como entonces la falsificación de documentos legales era delito capital, la sentencia fue severa: deportación a Hobart Town, Tasmania, de por vida.

Hobart Town, Tasmania
Durante su exilio Thomas G. Wainewright, el hombre de letras, el elegante artista, hubo de realizar trabajos forzados  y sufrió las duras condiciones de vida de los convictos. Fue así debilitándose y enfermando, aunque encontró en la pintura alivio y consuelo para su penosa situación.
Realizó numerosos retratos, incluyendo el suyo propio, revelando nuevamente aquel espíritu artístico y aquel talento que en su juventud  le valió el reconocimiento de los grandes.
 
Wainewright, tal vez  asesino, sin duda estafador, murió en el hospital de prisioneros de Tasmania al cabo de unos ocho años  y cuando se le acababa de conceder la libertad condicional que había anhelado.
 
Como ya se ha dicho, nunca se demostró de manera fehaciente que cometiera los asesinatos que se le atribuyen, por lo que hoy día algunos consideran injusta e injustificada su funesta reputación de “asesino en serie”, de envenenador despiadado.
Sin embargo, parece que sus contemporáneos, incluidos los que lo habían admirado,  no tenían dudas.
Su reputación quedó destruida desde el principio y sus méritos artísticos fueron desdeñados y puestos en duda.
Sus obras y sus preciadas posesiones se vendieron, se dispersaron, se destruyeron... Casi todos sus escritos, sus documentos, su correspondencia e incluso el diario que al parecer escribía, y al que se refiere Oscar Wilde en su ensayo, se perdieron.
Me pregunto cuánto habrá de cierto y cuánto de leyenda en la información que de Wainewright tenemos, pero sin duda esta información está llena de vacíos, valga la expresión, de suposiciones, de datos confusos.
Quién sabe qué secretos contendrían esos documentos suyos perdidos para siempre; qué verdades revelarían y cuántas dudas resolverían.
Quién sabe qué nos dirían de esta genuina figura romántica en la que se mezclan la luz y la tiniebla,  la criatura sensible y el  monstruo, y que a mí más me parece un personaje de ficción gótica que un hombre real.
Quizá por eso me inspira más compasión que rechazo.
 
Autorretrato con la inscripción
"Cabeza de convicto, con rasgos de maldad y venganza.”