martes, 29 de enero de 2013

Un hombre peculiar


Hace años, cuando iba al instituto, solía coincidir en los alrededores de mi casa con un vecino que me resultaba peculiar.
 
Yo no sabía nada de este hombre, salvo que debía de vivir por allí, dada la frecuencia con que me cruzaba con él.
Lo veía por la calle, por el vecindario, y a veces también en la parada del autobús que nos llevaba al centro de la ciudad.
 
Era alto, muy delgado, con las mejillas un poco hundidas  y algo desaliñado en el vestir.
Era joven, pero caminaba levemente encorvado y con paso lento.
Me resultaba singular por su aspecto físico, sin duda,  pero había algo más que era lo que realmente hacía que me fijara en él. Algo que siempre captaba mi atención y que lo convertía, a mis ojos, en una persona diferente a la mayoría.
 
Siempre iba solo, y a pesar de esto y de su semblante serio, yo no me lo imaginaba solitario ni triste. Al contrario, siempre me dio la sensación de que debía de tener buenos amigos y probablemente un trabajo que le gustaba.
Quizá esta impresión mía venía provocada por ese rasgo especial que lo caracterizaba y  que siempre observaba en él. Siempre.
Un día volvía yo a casa con mi madre, y, como tantas veces, este hombre se cruzó en nuestro camino.
Yo no lo sabía, pero resultó que mi madre también se había fijado en él en ocasiones anteriores y también pensaba  que tenía un aspecto un tanto particular.
 
Cuando pasó de largo y se alejó, mi madre me dijo en voz baja:
-¿No te parece a ti que ese muchacho tiene una pinta un poco rara?
A lo que yo contesté, divertida:
-Sí, parece un malo de película.
Entonces ella dijo que  no le causaba muy buena impresión, pero yo le dije que, al contrario, yo estaba segura de que debía de ser educado y culto.
 
Mi madre se sorprendió un poco de mi opinión y mi convencimiento, puesto que, como he dicho, no lo conocíamos más que de vista.
Pero yo insistí en que a mí me parecía que aquel hombre tenía que ser una buena persona y alguien interesante.
Y al ver el asombro de mi madre, me expliqué:
-Lo digo porque siempre va con un libro en la mano.
 
Mi madre me miró con una sonrisa, pero no sé qué pensó exactamente.

 

 

viernes, 18 de enero de 2013

Un hombre y dos burros


El año pasado leí una novela titulada La librería ambulante, (Parnasus on Wheels, 1917) de Christopher Morley.
En esta novela, que se desarrolla en Nueva Inglaterra a principios del siglo XX,  un hombre, el señor Mifflin,  viaja en un carromato tirado por un caballo. Su negocio es la venta de libros y su pasión la difusión de las ventajas de la lectura.
No hace mucho conocí la historia de otro divulgador de los  beneficios de la lectura, este de carne y hueso,  que en el siglo XXI cuenta prácticamente con los mismos medios que el de la novela, pero se enfrenta a mayores dificultades y peligros ( y eso que el bueno de Mifflin también sufre lo suyo).
En La Gloria, Colombia, una zona marcada por la violencia de grupos paramilitares y bandas de asaltantes,  un maestro de enseñanza primaria  llamado Luis Soriano va de un  lado a otro con dos burros. Uno se llama Alfa y el otro Beto,  y van cargados de libros.
Los sábados por la mañana, muy temprano, el maestro sale de casa con sus dos burritos libreros y una mesa plegable en la que ha pegado un letrero que dice “Biblioburro”.
Llega a aldeas aisladas, donde los niños tienen padres analfabetos y viven en casas en las que no hay un solo libro.
Al llegar, después de varias horas de camino a pleno sol,  abre la mesa portátil  y a continuación pone en el suelo un peculiar top manta de las letras, un picnic bibliográfico, con los libros que lleva ese día.
Los niños se ponen a curiosear. Algunos se sientan a leer allí mismo, o a escuchar leer al maestro o  a hacer los deberes de la escuela; otros se llevan algún libro en préstamo.
 
Un día el maestro escuchó en la radio a un periodista que hablaba sobre el libro que acababa de publicar, y le escribió pidiéndole que donara un ejemplar para su biblioteca ambulante.
 

El periodista, conquistado por este proyecto singular, lo dio a conocer en la radio, y gracias a esto, don Luis Soriano empezó a recibir donaciones de libros que llegaban de muy diversos lugares, y además una entidad financiera donó dinero para la construcción de una pequeña biblioteca en el pueblo.
Don Luis inició su biblioteca itinerante, hace más de una década, con los setenta libros que constituían su exigua biblioteca personal.
Hoy día, gracias a las donaciones, tiene casi cinco mil volúmenes, entre libros infantiles, libros de texto,  novelas, ensayos y enciclopedias. 

Al principio muchos se reían de él al verlo pasar con sus  burros y sus libros  y lo tomaban por loco.
En una ocasión se cayó de su montura y se partió una pierna, a resultas de lo cual sufre una cojera permanente.
En otra ocasión lo asaltaron unos bandidos que, al ver que no llevaba dinero, le robaron una novela.
A lo mejor la leyeron y todo, quién sabe.

Pero ni estas desventuras ni peligros mayores, como el de la guerrilla, arredraron a este valiente, que siguió adelante con su romántico empeño y que se emociona al ver cómo los niños a los que él enseña, son  quienes a su vez enseñan a leer y escribir a sus padres.
Es muy grato saber que su humilde y trascendente iniciativa ha ido poco a poco alcanzando reconocimiento internacional.
Por ejemplo, en 2010, la CNN le dedicó un reportaje en su sección CNN Heroes; en la BBC y el New York Times también han aparecido noticias sobre el biblioburro. Existe igualmente un documental cinematográfico titulado Biblioburro: The Donkey Library, y además en otros países como Venezuela y Etiopía se están llevando a cabo proyectos similares.
El compromiso de este auténtico maestro no es solo con la cultura y la alfabetización; es sobre todo un compromiso con el porvenir. Porque el conocimiento del mundo y de la vida que los niños adquieren a través de los libros, deriva, creo yo, en la conciencia de quiénes somos, cada uno y los demás. Y en esa conciencia probablemente está la fórmula mágica del respeto; y el respeto es, entre otras cosas, el antídoto contra la violencia.
 

miércoles, 9 de enero de 2013

Premios Gamba 2013. Bibliogambas


Vuelven los Premios Gamba, los Óscar de la lengua, los Grammy de la gramática. Y, como se ve en el título de la entrada, en esta ocasión los nominados son unos cuantos patinazos encontrados en libros, concretamente en dos de los últimos que he leído.
No es la primera vez que traemos aquí meteduras de pata halladas en libros, pero, a pesar de la experiencia,  un gambazo gramatical, un desatino léxico en una obra literaria me sigue sobresaltando mucho.
Permítanme que hoy no dé nombres ni datos referentes a los libros en cuestión, porque no quiero resultar indiscreta como otras veces. Voy a aplicar eso de “se dice el pecado pero no el pecador”.
Pues bien, el primer sobresalto me lo llevé hace un par de meses, leyendo una novela francesa traducida al español.
En un pasaje determinado un médico que atiende a un enfermo dice que hay que llevarlo al hospital urgentemente, porque “estas cosas pueden ser fulgurantes.”
Resbalón a la vista: donde dice fulgurante debería decir fulminante porque las enfermedades no brillan ni resplandecen, que es lo que significa fulgurar;  en cambio, fulminante, referido a una enfermedad, significa “que causa muerte repentina". 

El diagnóstico es claro: estamos ante un caso grave de pareja compleja.
 
En otro libro, traducido también del francés, se lee:
“…nombrándola duquesa […] y mayordoma mayor de la princesa…”
 
¿Verdad que eso de mayordoma mayor resulta chocante y redundante?
Yo, por desgracia, no sé francés, pero sí sé consultar los diccionarios, y también sé consultar una edición francesa de la obra. Y gracias a estas curiosas habilidades que me adornan, he podido ver que el término original que se tradujo como “mayordoma mayor” es grande maîtresse.
Según los diccionarios Collins y Larousse, maîtresse  significa señora, criada o camarera, según el contexto. 
Por lo tanto me figuro que grande maîtresse se traducirá como “camarera mayor”, que es un término español de toda la vida que designa un determinado cargo  palaciego.
Para asegurarme hago otra consulta; en este caso consulto otra edición española de la misma obra, y encuentro, efectivamente, que la frase grande maîtresse aparece traducida como camarera mayor.
Aparte de esto, y ya que estaba con las pesquisas léxicas, quise comprobar cuál es el equivalente femenino de mayordomo, que resulta que no es mayordoma, como el femenino de toro no es tora ni el de hombre es hombra.
No, el equivalente femenino de mayordomo es ama de llaves.
Es decir, que en el libro que he leído se han inventado la palabra mayordoma, que además de innecesaria –porque ya existe una palabra para designar el cargo- es inadecuada para su contexto.
En otro pasaje del mismo libro dice:
 
“…montó en cólera contra una pincha de cocina…”
El pinche, según los diccionarios, es la persona que presta servicios auxiliares en la cocina.
Es decir, pinche no es una palabra masculina que haya que “feminizar”, sino un nombre común que como tal se aplica tanto a hombres como mujeres. La diferencia de sexo la marca el artículo: el pinche/la pinche; un pinche/una pinche.
Por lo tanto, potaje mental en las cocinas del léxico. 
 
Terminamos hoy con otra cosilla que me saltó a los ojos mientras disfrutaba de la lectura del mismo libro.
Se trata de lo siguiente:
 “… he hecho voto a la Santísima Virgen de que, si por su santa intersección se salva mi padre…”
¿La santa intersección de la Virgen? No, no puede ser, me digo sofocando una risilla;   si  la Virgen intercede, lo que se le puede pedir es su intercesión.
Le pido al diccionario que interceda y me responde:
intercesión: Acción y efecto de interceder.
intersección: Encuentro de dos líneas, dos superficies o dos sólidos que recíprocamente se cortan […] . Conjunto de los elementos que son comunes a dos conjuntos.
 
He aquí otra pareja compleja para nuestra colección.
 
Lo bueno de encontrar en los libros estas perlas cultivadas  es que si nos lo tomamos con humor nos podemos echar unas risas,  lo cual siempre es conveniente.
Lo malo es que un tropiezo de estos nos saca de la fantasía literaria de un empujón; nos rompe la magia novelesca a lo bruto y nos devuelve de sopetón a la realidad real, esa que pretendíamos eludir durante un rato cuando nos pusimos a leer.
Y eso no se hace.