lunes, 28 de septiembre de 2009

Parejas complejas

Hace unos meses hablábamos aquí, bajo los títulos ‘Viva el lenguaje’ y ‘En efectivo’, de esas palabras que se unen en parejas para fastidiarnos, para dejarnos en mal lugar –bueno, y también para divertirnos- porque se prestan fácilmente a que las confundamos, a que tomemos unas por otras y nos pase como al chiquillo que dijo en efectivo cuando lo correspondiente era en efecto.

Y, en efecto, hay muchos de esos dúos difíciles, complejos, que se usan a veces al revés, a veces indistintamente, sin percatarnos de que, obviamente, no significan lo mismo ni se emplean en los mismos contextos.

Está claro que con estas traicioneras palabritas hay que tener cuidado, pero sobre todo, hay que ser especialmente cauto cuando pretendemos resultar finos y cultivados, porque hablar de temas cultos y usar mal las palabras, es una paradoja que deja en un lugar poco grato a quien las pronuncia.

Recientemente, el autor de un artículo supuestamente erudito, hablaba de “Don José Moreno de Alba, filólogo inminente”. Y una de dos: o don José Moreno de Alba se va a convertir en filólogo de un momento a otro –cosa difícil-, o el firmante del texto debería haber dicho “filólogo eminente”. Yo voto por la segunda opción: se trata de un resbalón digno de un premio Gamba.

Con esta pareja de palabras también se da el caso contrario. En una ocasión alguien me contó que en un edificio que se encontraba en muy mal estado, habían colocado un cartel que decía: “Peligro. Ruina eminente”. O sea, que el edificio se iba a venir abajo en cualquier momento, pero, eso sí, con mucha categoría.

Así que cuidadín con estas dos:

inminente: que amenaza o está para suceder prontamente.
eminente: que descuella entre los demás, que sobresale y aventaja en mérito [...] u otra cualidad.

Yo me reí mucho cuando leí que un estudiante había dicho en un examen que Camilo José Cela “fue embestido Doctor Honoris Causa”.
Y hay que reconocerlo: embestir e investir tienen muy mala idea. Pero fijémonos bien tanto en el significado como en la ortografía:

embestir: ir con ímpetu sobre algo o alguien.
investir: conferir una dignidad o cargo importante.

¿Y qué hacemos con salubre y salobre; canónigo y canónico; glacial y glaciar? Pues muy fácil: en caso de duda, consultar el diccionario, que para eso está, aunque muchos no lo saben.

salubre: bueno para la salud.
salobre: que tiene sabor a sal.

canónigo: eclesiástico que tiene una canonjía; que pertenece al cabildo.
canónico: con arreglo a las disposiciones eclesiásticas (aunque este término se utiliza también en otras disciplinas).

glacial: helado, muy frío.
glaciar: masa de hielo que se desliza lentamente.

De lo cual concluimos que un glaciar es glacial; que un canónigo es canónico, y que las aguas salobres no son salubres.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Cuento. Un trasto inútil

Llegué aquí en muy malas condiciones. Tenía la piel seca, tirante, incluso agrietada, sobre todo en los brazos. Tenía mal aspecto, mal color, y me sentía hundido y maltratado.
Oí decir a estas personas que podían hacer algo por mí, que no era demasiado tarde, pero yo no estaba seguro.

Quizá puedan hacer algo por mi estado físico, pero no podrán borrar los malos recuerdos, la tristeza, la sensación de ser un trasto inútil; la frustración y la pena de ver cómo quienes más me apreciaban han acabado abandonándome, arrinconándome como un mueble viejo. Y sí, soy viejo, pero todavía capaz de servir para algo.

Cuántas películas vimos juntos; cuántas charlas con las visitas; y cuántas veces pasamos la tarde del domingo, frente a un partido de fútbol, ese mismo hombre al que ahora tanto le estorbo, y yo.
Recuerdo su emoción, sus gritos de ánimo. Y recuerdo aquella vez que, en su entusiasmo, derramó la cerveza que estaba bebiendo, cayendo gran parte sobre mí. El pobre no sabía cómo arreglarlo; fue corriendo a la cocina, trajo un paño para secarme... Hasta ella le regañó por ser tan descuidado. Pero a mí no me molestó en absoluto. Fue un pequeño contratiempo doméstico, de esos que hacen entrañable la vida en familia, y que, curiosamente, se recuerdan mejor que otros acontecimientos más relevantes.

Y es que todos me cuidaban, todos vigilaban que no me pasara nada, y yo me sentía querido, valorado y era feliz.
Pero, cómo cambió todo casi de repente.

Los niños empezaron a crecer, y traían amigos a casa que no siempre me respetaban, y ellos no les decían nada. Poco a poco comprendí que todo el cuidado y el mimo y el cariño con el que me habían tratado hasta entonces, no era aprecio verdadero. Sólo me querían para su comodidad; y si procuraban que tuviera buen aspecto, buena presencia, era únicamente para presumir, para quedar bien con el resto de la familia y con sus amistades.

Y me convencí de todo ello el día en que los oí decir que yo ya estaba muy viejo, que era más un estorbo que otra cosa, y que mientras decidían qué hacer conmigo, me trasladarían a la habitación del fondo. No lo podía creer. Yo que siempre había tenido un lugar privilegiado en la casa, ahora me veía relegado a “la habitación del fondo”, que no era ni siquiera un dormitorio, sino un cuarto de desahogo donde se amontonaban los juguetes ya desechados por los niños, la tabla de planchar, la caja de herramientas que nunca se usaba... Qué tristeza, qué desolación. Qué sentimientos más amargos.

Y tras unas semanas en el abandono más absoluto, entraron en el cuarto diciendo que ya venían por mí, que ya me recogían para llevarme a no sé dónde. Ni siquiera me llevaban ellos; venían unos profesionales con un vehículo de “la empresa”. No cabía mayor frialdad, mayor desapego ni mayor indiferencia.
Y me llevaron. Y en mi marcha no recibí ni una despedida emocionada, ni una caricia... Es que ni siquiera estaban presentes los niños. Bueno, quizá fuera mejor así. Me gusta pensar que no estuvieron para no verme marchar, aunque en el fondo sé que no estaban porque tenían ocupaciones, cosas que hacer que les importaban más que yo. Yo ya no significaba nada para ellos.

Pero en los días que llevo aquí he comprobado que al menos eligieron bien el sitio. Quienes trabajan aquí me tratan muy bien, me cuidan y me dicen palabras muy bonitas.
Incluso han venido varias personas a interesarse por mí, y hay un matrimonio que podría quedarse conmigo en cuanto terminen de darme los tratamientos necesarios.
Ya me han puesto unas cremas especiales y mi piel tiene mucho mejor aspecto y está casi tan suave y flexible como antes.
Me están arreglando muy bien, y ya no estoy tan hundido.
Me han puesto tambien un producto antipolillas en las patas y en las molduras y me las han vuelto a barnizar.
Ahora empiezo a sentirme otra vez señorial, elegante, con categoría. Un auténtico sillón de piel de 1930.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Fragmentos veraniegos II

En el ascensor de un centro comercial

Entran dos señoras, luego yo y tras de mí, otra.
Las dos mujeres que van juntas no hablan, yo tampoco, y la cuarta, aprovechando el silencio y pasándose las manos por el pelo dice:
-Ay, por Dios, qué picor de cabeza.
La miramos con sorpresa, y en seguida esta sorpresa se convierte en ascomiedo cuando la interfecta añade:
-Entre el calor y los piojos van a acabar conmigo.

Las otras dos mujeres y yo nos miramos con ojos de espanto. Por suerte, en ese mismo momento se abren las puertas del ascensor y casi se oye el pensamiento: ¡Huyamos!


En la panadería

Otro día de calor espantoso. Entro a comprar una barra de pan. La dependiente me atiende con su habitual sonrisa (claro, el aire acondicionado ayuda a sonreir), y cuando me está dando el cambio entra un hombre.
-¿Qué le pongo, caballero?
-No, no quiero nada. Sólo he entrado por el fresquito.



En la calle

Estoy esperando que aparezca el hombre verde para cruzar la calle. Mientras tanto, un repartidor de butano se acerca al edificio que queda a mi espalda. Llama al portero electrónico y contesta una señora:

-¿Quién es?-Señora, ¿quiere butano?
-¿Butano? ¿Pero no sabe ya que aquí guisamos con la eléctrica?
-Señora, lo que me faltaba a mí es tener que saberme con qué cocinan en cada casa…


(Fragmentos veraniegos 2010)

martes, 1 de septiembre de 2009

Fragmentos veraniegos I

En la farmacia

El farmacéutico, un joven de unos veinticinco años, atiende a una señora, y mientras recorta cuadraditos de las cajas de medicinas y los pega en las correspondientes recetas, va dando su opinión de la feria o fiestas de la ciudad:
-A mí no me gusta nada. Hay mucha gente, mucho ruido, borracheras, peleas…
La señora contesta:
-Hombre, depende. Si te reúnes con amigos, con la familia, pues se vive la feria de otra manera.
-Sí, si mi familia se reúne en una caseta, y tiene caballos y demás…
-Claro, es otra forma de vivir la feria.
-Pero a mí no me gusta. A mí me llaman, y me invitan, porque tienen caballos y demás, pero yo no voy nunca, porque siempre hay peleas y escándalos…
-Sí, es que… son formas diferentes de vivir la feria.
-Yo agradezco mucho que me inviten, pero no voy. Y podría ir, porque ellos, como tienen caballos y demás…
-Claro, se vive la feria de otra manera.
Por fin la señora tiene lista sus medicinas y se marcha. El farmaceútico me mira, le pido lo que necesito, y mientras lo coje de un estante me dice:
-A mí la feria no me gusta. Y ya digo, que como mi familia tiene caballos y demás, podría ir, porque se reúnen todos en una caseta…
Yo estuve a punto de decir que son formas diferentes de vivir la feria, pero me contuve, y así pude escapar de allí.
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En la carnicería

Un hombre de unos sesenta años, gordote, de aspecto bonachón, habla sin parar con el carnicero, un joven de exquisita educación y trato correctísimo.
Mientras éste atiende mi pedido, el hombre habla y habla sin parar de cualquier cosa que se le viene a la cabeza, desde el calor que hace hasta el reloj que lleva, que lo tiene desde hace mucho tiempo.
El carnicero le sigue la corriente amablemente sin dejar de trabajar.
De pronto, el hablador me pide disculpas por tanto parloteo y yo, que en realidad me estoy divirtiendo mucho, le digo que no se preocupe. Entonces mira al carnicero y le dice:
-Pero, ¿a que soy simpaticote?
Y el carnicero:
-Hombre, Antonio, claro que sí.
Y el tal Antonio insiste:
-Yo soy más simpático que mi hermano, ¿verdad?
El carnicero, en un aprieto, echa mano de sus dotes diplomáticas:
-Los dos, los dos son muy simpáticos.
El hombre me mira otra vez y dice convencido:
-Yo, yo soy más simpático.